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Los Templarios Negros, fácilmente los más piadosos de los Adeptus Astartes, segundos solo ante los Cazadores Rojos en su fervor religioso, se convirtieron en algo por mucho peor, mientras el Imperio caía y se dividía en facciones de monstruosos Reinos, Imperios Secundarios y Protectorados.

Los Templarios, siempre desconfiados de los degenerados Navegantes y Astrópatas, se vieron justificados en su odio, cuando la caída del Astronomicón llevó a esos psíquicos a la destrucción. A través de la galaxia, los Templarios, de golpe, fueron trozados a cientas de cruzadas separadas. Otra vez, esto afectó poco a los fanáticos, pues siempre fueron un capítulo dividido, y lo único que cambiaba es que ahora estaban forzados a permanecer divididos.

Sin embargo, fue el efecto psicológico sobre los Templarios, a raíz de esta calamidad, lo que fue mucho más profundo. Las diversas cruzadas pequeñas, desprovistas de su misión central, simplemente recurrieron a lo que siempre hicieron. Lucharon, en nombre del Emperador y Dorn. Atacaban de forma suicida mundos e Imperios Secundarios, sin importar sus alianzas o herejías, fueran reales o imaginadas. Esto hizo que se ganaran la enemistad de todos los grupos, quienes les atacaban siempre que podían. Estas fuerzas de cruzados aisladas fueron, en mayor parte, emboscadas, superadas o incluso destruidas, por magnates de poder locales crueles y vengativos.

Sin embargo, la mayor fuerza de Templarios, de mil soldados, cortaron una franja sangrienta contra sus enemigos. Esta era la flota central Templaria, liderada por el Gran Mariscal Dorstros, desde su nave insignia, el Cruzado Eterno.

Los Templarios viajaban de mundo en mundo, buscando desesperadamente justicia y honradez. Lo que veían, en todos los mundos, les enfermaba. La herejía, la laxitud y la impiedad eran moneda corriente, pues cada mundo humano e Imperio buscaba seguir sus propios destinos entre las impasibles estrellas. Los grandes ideales del Imperio fueron olvidados por todos. Salvo, por supuesto, por los Templarios. Cuanto más veían, más sentido parecían tener sus propias ideologías insanas, y más retorcida se hacía su visión del mundo.

Dorstros se desplazó de mundo en mundo, viajando en saltos cortos disformes, dentro de una galaxia cada vez menos mapeable. Sus Templarios ofrecerían dos opciones a las colonias humanas: re-convertirse a la Fe Imperial, o ser totalmente destruidos. A los xenos no se les dio ninguna opción, pues eran masacrados a donde quiera que los Templarios los encontraran. Así, los Templarios Negros invadieron un mundo tras otro, reclutando a todos los suficientemente locos o desesperados, y poniendo al resto de la población ante el fuego o la espada. Ciudades enteras fueron quemadas, o limpiadas a través de fuego nuclear. Hermanos de Espada y Neófitos de ojos salvajes se desplazaban entre el temeroso enemigo, cantando delirantes himnos, todos gritando jubilosos mientras mataban y aplastaban y quemaban, todo en nombre del Emperador.

A medida que avanzaban lentamente a través de la galaxia ya embrutecida y devastada por la guerra, absorbían a los locos y cegados de la sociedad humana. Sacerdotes farfulladores, cultistas flagelantes y clerecía renegada se adjuntaban a las rápidamente expandidas filas de la flota de los Templarios. Mientras más y más fanáticos religiosos se fusionaban con las flotas, cantando sus himnos devocionarios en toda su extensión, los Templarios comenzaron a inclinarse más y más a creer que el Emperador era en verdad Dios hecho manifiesto, y la pérdida del Astronomicón era simplemente la última señal, la convocatoria de reunión de los Templarios. Tendrían que purgar a toda la galaxia, y solo así, en Su misericordia, el Emperador podría regresar.

Algunas de las Hermanas de Batalla, varadas en mundos remotos, fueron incorporadas a esta cruzada, y se vieron atrapadas en la auto-perpetuadora psicosis religiosa en la que toda la Cruzada estaba imbuida.

Cientos de Marines renegados desde varias Compañías Libres siguieron a la divagadora y asesina Cruzada, junto a una gran cantidad de piratas, con sus respectivos ejércitos privados. Aunque abiertamente rendían tributo al Emperador como todos en la Cruzada, estos descontentos y engañosos mercenarios y asesinos sabían en secreto por qué luchaban: solo por la alegría pura de asesinar, y el simple hecho de que podrían hacerlo siempre. Algunos de los Marines eran incluso traidores, quienes solo usaron los motivos religiosos de la Cruzada para justificar el unirse a ella. Por ejemplo, se ha sabido que varios marines dentro de la cruzada eran, de hecho, Marines Espaciales del Caos de los Amos de la Noche, luchando con los Templarios simplemente porque ambas fuerzas tenían motivos similares en mente: destrucción y miedo.

La Cruzada comprendía casi dos mil Astartes, millones de humanos rabiosos y fanáticos, y soldados de semi-élite, así como miles de naves. Era la segunda mayor concentración de Marines en la galaxia durante este período. Sin importar esto, la Cruzada jamás podría reunir al Imperio, o intentar traer orden a la implacable anarquía. No, porque los Templarios ya creían en su propia retórica. Ya no eran una cruzada de redención, sino una de castigo y dolor. Rondaron de sistema a sistema, casi sin rumbo fijo, atacando y brutalizando a quienquiera que se encontraran. Los planetas fueron saqueados, sus pueblos condenados a muerte o simplemente golpeados hasta que ya no pudieran luchar más.

Este incansable proceso de asesinato y rezos podría haber continuado indefinidamente, uno podría pensar, pues la Cruzada de los Templarios Negros crecía en número con cada mundo que desbarataban. Esto cambió cuando se encontraron, en lo alto del norte galáctico, con el Imperio Oriental del Caos, liderado por el legendario Huron Blackheart.

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