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El cataclismo no dejó a ninguna persona o planeta sin afectar. Desde el Ojo, todo el camino hasta las franjas más lejanas de la expansión oriental, la acometida del Nuevo Devorador clamó cuadrillones de vidas, destrozándolas en orgías de hambre bestial.

Como si fuera una ironía burlona, el Emperador fue derrocado de su trono, asesinado o simplemente muriendo. No importaba, pues el resultado habría sido el mismo. La maldición del Imperator afectó a todos quienes podían percibir los grandes cambios por surgir, resonando a través de la totalidad de la existencia.

Los Marines Espaciales, como se mencionó antes, fueron, en mayor parte, totalmente destrozados, con sus remanentes cediendo a la barbarie, a la locura, o a simple rebeldía.

Los Hijos de Baal, los Ángeles Sangrientos, a diferencia de los demás Capítulos, experimentaron los tres desenlaces.

Durante el 41° Milenio, se decía que los Ángeles Sangrientos ya estaban en el camino a la división. Oscuros susurros afirmaban que Ángel luchó contra Ángel, a través de las bóvedas escalonadas de su Fortaleza-Monasterio. Los Sucesores fueron retirados hacia su hogar ancestral. Nadie está seguro de qué sucedía, pero estos eventos unieron a los Hijos de la Sangre estrechamente. Esta conflagración se cobró las vidas de muchos de los Astartes y Siervos, dejando a su Capítulo Fundador debilitado a un número bajísimo sin precedentes.

Sin embargo, cuando el Astronomicón falló, desapareciendo como una luciérnaga, los Hijos de Sanguinius, desde varios Capítulos, se encontraron, afortunadamente, muy cerca unos de otros. Así, cuando el Imperio Cristalino de Vastinar aprovechó el momento para atacar un sector Imperial aparentemente débil, Dante y sus Ángeles Sangrientos estaban listos. Sus flotas, saltando de sistema en sistema usando saltos cortos disformes, lograron entablar combate con las bestias, quienes usaban sus cuerpos como prismas letales, amplificando y canalizando luz en estrechos rayos de muerte. La fuerza combinada de guerreros de armadura carmesí descendió sobre los xenos con gran furia, sobre el sistema de Kasus.

Las naves cristalinas impactaron contra las naves de guerra Astartes, con arcos de luz y energía centelleantes pasando entre ellos como candelas carmesíes. Naves enteras fueron hechas ruinas latentes, y colonias de Vastinar fueron destrozadas en fragmentos incendiados. Kasus I, el Mundo Colmena sobre el cual las dos fuerzas luchaban, observaba con asombro apenas disimulado, mientras las formas se desplazaban entre los cielos, haciendo rugir e iluminando el firmamento, como dioses de la guerra en batalla. El asombro se convirtió en horror, mientras arcos de energía caían sobre las espiras y los eco-domos. Las calles llovían de vidrio derretido incandescente, y abrasadoras tormentas de plasma, mientras complejos habitados enteros se deslizaron bajo el bombardeo de lanzas hiper-potentes, y rayos invisibles y asesinos de luz Vastinariana, disparos errados en la contienda naval sobre ellos.

Dante se teleportó a bordo de la nave insignia xeno, con su guardia dorada de honor volando a sus talones, mientras el legendario guerrero cargaba contra los puntiagudos demonios-prisma, su Hacha Mortalis y Pistola de Perdición cobrándose un gran número de bajas entre los malvados alienígenas. Los rayos de energía rasgaban la armadura, y sus extremidades filosas les cortaban furiosamente, pero no pudieron ser derrotados por la escoria xeno. Luego de perder cien marines, Dante, con un grito desafiante, cargó contra el centro de la nave insignia. En su centro, una enorme maquinaria, parte cristal y algo más, se acomodaba, enlazando a todo dentro de la nave cristalina. Él luchó contra los demonios por casi tres días, batallando contra oleada tras oleada de energía hirviente, la cual quemó su armadura hasta dejarla negra como el hollín, derritiendo la máscara de su Primarca dolorosamente en su rostro en el proceso. Al final, con un último aullido de furia, partió la mente glacial de la maquinaria en dos. Con ello, un poderoso rugido resonó a través de la nave, y la hizo caer del cielo, destrozándose y destruyéndose. Karsus I, ya mortalmente herida por la caótica batalla sobre ellos, fue finalmente eliminada por las montañas de vidrio que caían, de varios kilómetros de largo.

Ondas explosivas, de kilómetros de extensión, se desplegaron frente a los mortales impactos, destruyendo billones de vidas en un instante. Aún así, desagradablemente, los alienígenas de cristal sobrevivieron. Dante, furioso contra los monstruos, ordenó fuego de torpedos ciclónicos para pulverizar la superficie, y aniquilar a las bestias, sin importar las bajas colaterales.

Toda la civilización de los Vastinar fue aniquilada un año después, luego de meses de amargos e inútiles combates navales de ataque y retirada, a través del cinturón de asteroides del sistema. Setenta naves de los Ángeles Sangrientos fueron destruidas, y cien fueron dañadas. Fue una campaña odiosa y miserable, que dejó a los Ángeles Sangrientos agotados, y a los humanos del sistema totalmente exterminados.

A pesar de esto, los Ángeles no descansarían. Durante los siguientes años de conflicto, los Ángeles recorrieron el sector de arriba abajo rodeando Baal Secundus, luchando contra una amenaza xeno tras otra, suprimiendo enjambres de demonios rapaces, destruyendo aquelarres de psíquicos que habían vuelto locos a mundos enteros, así como ejércitos herejes de hombres ilusos. Ellos lucharon, pero con cada batalla, los Ángeles se daban cuenta que estaban cada vez más y más solos. Ninguna fuerza Imperial vendría a ayudarles, ningún agradecimiento vendría de las capitales del Sector. Nada. Y, con cada guerra y cada victoria apenas ganada, la tasa de muertes entre sus cargas humanas crecía y crecía. A medida que los años pasaban, muchos más de los Ángeles Sangrientos se encontraban en la Compañía de la Muerte, y aquellos que no sucumbían a sus impulsos, endurecían más y más sus corazones.

Eventualmente, setecientos Astartes regresaron a Baal Secundus, maltrechos y ensangrentados, arrastrando a casi cien enloquecidos de la Compañía de la Muerte con ellos. Cuando entraron al sistema, supieron que algo andaba muy mal. Las baterías de defensa orbitales estaban ardiendo con descargas de armas y lanzando torpedos. Los otros planetas del sistema retumbaban con un tenso conflicto. Y, lo más repugnante de todo, había naves Imperiales a la vanguardia. No eran herejes, pero sus cascos tenían pintado el patrón de triple hélice del Imperio de Trivit, uno de los muchos Imperios Secundarios de la humanidad post-Imperial. Estaban invadiendo Baal, en guerra con los desafiantes Siervos del Capítulo, quienes luchaban junto a miembros de las furiosas Tribus Sangrientas de Secundus, contra los invasores. Los traidores post-Imperialistas tenían aliados, en las partidas de guerra mutantes, las cuales rondaban por Baal Secundus como un cáncer, y la amarga guerra obviamente había estado librándose desde hace muchos años.

Dante, con su corazón totalmente roto, sucumbió ante la furia. La Rabia Negra. Como demonios honrados, los Ángeles Sangrientos se lanzaron sobre su enemigo, los Trivit. Los bólteres rugieron, las espadas sierra cortaron. La sangre fue bebida, y los huesos pulverizados. Y, a través de la matanza y la muerte, Dante, su armadura chamuscada y empapadas en sangre, lloró detrás de su máscara.

"¡Horus! ¡Horus!" gritaba, su mente reproduciendo los eventos de un pasado hace mucho perdido, mientras mataba a todos a su alrededor con su brillante hacha.

Las fuerzas del Imperio Secundario fueron repelidas del sistema, con sus números enormemente agotados por los experimentados comandantes navales de los Ángeles Sangrientos. Aquellas naves demasiado lentas para escapar, fueron abordadas, y capturadas. Siervos invadieron las naves, y las trajeron de regreso a la Fortaleza-Monasterio, para ser consagradas como dignas de uso por los Astartes.

Dante fue arrastrado desde el campo por sus retenedores, bajo las órdenes de Mephiston, el sobreviviente de mayor rango de los siglos de guerra precedentes. Así, el maestro de la muerte se convirtió en Maestro de la Sangre también.

Mephiston era un ser extraño y siniestro. Un aura de pesar total rodeaba al Bibliotecario Jefe/ahora Señor del Capítulo. Había vivido a través de la Rabia Negra, su propia voluntad contrarrestando la terrible maldición psíquica dentro. Había alcanzado a su propia mente, y arrancado el defecto. Ningún mortal sería capaz de hacer esto, y sin embargo, él lo logró. Algunos dicen que cuando lo hizo, y regresó a la realidad, ya no era la misma persona que antes.

Como líder, miró hacia su mundo natal con malicia condescendiente. Era primitivo; sin importar toda la cultura y pureza de los Ángeles Sangrientos, siempre vendrían desde bestias.

"Vamos a rehacer a nuestro ganado de nuevo, no sea que su bestialidad contamine nuestra perfección", fue citado remarcando una vez, en referencia a las tribus humanas, que cubrían los tóxicos paisajes infernales de Baal Secundus.

Sobre la arruinada tierra, construyeron grandes bastiones, con el trabajo de millones. Cada bastión era una ciudad completamente amurallada. Mármoles y grandes esculturas dominaban cada arco, cada puerta. Se volvieron refugios para las tribus contra los varios horrores de Baal, quienes eventualmente, a través de persuasión y la propaganda de Mephiston, se convertían en residentes de estos barrocos y magníficos edificios.

En el centro de estas grandes ciudades, se levantaron torres con inquietud. Las cámaras de los herederos eran prohibidas, y los procesos de las mismas eran secretos. Pues, Mephiston y sus Sacerdotes Sanguinarios habían descubierto un método para curar la Rabia Negra. Había descubierto que, una vez que se inyecta con una cepa viral de semilla genética, antes de ser completamente drenado de la sangre, un ser humano podría proporcionar los medios para curar la Rabia Negra. Sin embargo, esta drenaje de sangre se volvía un método para desatar brotes controlados de la Sed Carmesí. La gran y voraz hambre y la soberbia de su padre genético hace mucho muerto, les permitió deshacerse de la reacción psíquica de su Primarca. Para resistir a la Rabia Negra, ellos sucumbieron a la Sed Carmesí.

Sin embargo, para los desafortunados marines que ya sufrían la empática rabia de Sanguinius, había poca esperanza. Mephiston quería a esos monstruos fuera, echándolos lejos de las ciudades, al infierno nuclear más allá. Estos trastornados marines de la Compañía de la Muerte y desgarradores de carne errantes, descendieron mucho más, volviéndose abominaciones. Afuera, en los yermos, se encontraron con las tribus mutantes originales, bestias retorcidas y monstruosas, clones fallidos de Ángeles Sangrientos y otros terrores, y lucharon, desmembrando y desgarrando. Sus malogradas armaduras se volvieron jirones alrededor de sus hinchados y furibundos brazos. Mataron a todo y a todos, con el totalmente enloquecido Dante a la cabeza.

En lo profundo de las ciudades, los Ángeles Sangrientos implementaron sus planes. Tomando a criminales y disidentes en primer lugar, su gobierno vampírico fue relativamente benevolente. Los ciudadanos temían a los pavorosos y sedientos gigantes, pero sabían que la obediencia les mantendría vivos.

Mephiston mandó a escribir crónicas de sus épicas guerras, en poesías, canciones y arte. El aprendizaje clásico y la teología compleja fueron abiertamente discutidas. Para los días grises de Baal, la alta cultura, basada en factores internos, gobernó suprema. Durante la noche, el terror y la sangre reinaban aún más ferozmente, mientras los Ángeles Sangrientos comenzaron a desesperarse. Ya habían pocos criminales, y se necesitaba un reaprovisionamiento constante para evitar que la Rabia Negra consumiera sus cuerpos. Comenzaron a cazar gente, siendo cuidadosos de dejar vivos a los suficientes para sostener a la población. Nadie podía huir, pues los Astartes controlaban las naves, y más allá de los muros impuestos, mutantes y pesadillas con la Rabia Negra acechaban en las tierras.

Gradualmente, luego de varios siglos, los Ángeles Sangrientos cambiaron. Atrás quedaron los caballeros de pureza y leyenda. Ahora eran temerarios e infames. Muchos de los Astartes aborrecían esta existencia, y pidieron el exilio hacia el resto de la galaxia, con el fin de encontrar al Imperio, como decían (lo cual se sospecha que quería decir 'encontrar una verdadera cura' para su aflicción, actualmente). Sin embargo, muchos de los Ángeles Sangrientos comenzaron a deleitarse con el asombro y el miedo desgarrador que creaban ante su ganado. Muchos convirtieron sus armaduras, dándoles la temible apariencia de antiguas armaduras de plata de eras pasadas, como si antiguos dioses politeístas del primitivismo pagano se hubieran alzado entre los hombres, y hayan venido a festejar. Muchos esculpieron o adornaron sus casos con imaginería de cráneos, o de otra forma creando la impresión de que eran agentes de la muerte sangrienta. Algunos adosaron extrañas unidades vox a sus cascos, con los cuales hacían aullidos electrónicos perturbadores durante sus cazas, así amplificando el horror.

Olvidaron las tradiciones de su Capítulo, obsesionándose con sus 'altas culturas' fabricadas por sí mismos. Sanguinius y el Emperador seguían siendo alabados, pero ahora los autodenominados Caballeros Sangrientos de Baal, se volvieron como santos, a la par con sus padres genéticos.

Para mantener a los reclutas fuertes, se crearon pozos de gladiadores para niños en las ciudades, y a los jóvenes entre la gente se les obligaba a luchar por la supremacía. Pocos pasaban la cota, pero ocasionalmente, un niño guerrero con nada más que agresión y habilidad, pasaba las pruebas. De éstos, muy pocos sobrevivían a los procesos de implantación. Aquellos que lo lograban, se convertían en Caballeros Sangrientos, y comenzaban a aprender la 'historia' de su reino, y su lugar entre él. Se dice a menudo que los Caballeros más jóvenes eran los peores. Sentían la Sed Carmesí agudamente, y con avidez arrancaban gargantas abiertas y venas, inyectando semilla genética en su presa a través de dispositivos complejos derivados del Narthecium, antes de dejar secas a sus victimas, de esa forma calmando su Rabia Negra durante un mes o dos.

Para el 342.M43, tenía que haber un cambio. Mephiston, el siempre-vivo Señor Psíquico y Maestro de Baal, decidió que era tiempo para que sus Caballeros se alzaran una vez más. Debían encontrar sangre nueva, y nuevos enemigos. Debían comprobar quienes habían sobrevivido a los horrores combinados del Nuevo Devorador, la maldición del Imperator y la pérdida de la luz guía. Mientras que antes, cuando el Imperio se hacía añicos a su alrededor, los Ángeles Sangrientos luchaban para mantener su reino, ahora, los Caballeros Sangrientos luchan para reclamarlo y rehacerlo.

Pues ellos morían de sed, como nunca antes. "¡Nueva sangre y nueva vida!" fue el temible grito de guerra de estos salvajes descendidos, mientras sus flotas capturadas comenzaban a dar sus primeros y tentadores pasos, hacia la monstruosidad arruinada que era la galaxia durante la Segunda Era de los Conflictos. Solo deseaban una cosa: limpiar a los Imperios Secundarios, a los herejes, a los monstruos y rebeldes, a todos, en una vil ola de carnicería y baños de sangre. Si ellos tenían que sufrir la Sed, entonces que la galaxia sufriera también.

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