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“Atrinchérense. ¡No cedan! ¡Nunca cedan! ¡Cierren el puño!”

- Últimas palabras, bramadas por el Señor del Capítulo Lastrates, mientras luchaba contra la oleada demoníaca en Terra.

Cuando el Emperador cayó, y los Custodes abandonaron Terra por razones desconocidas, la guarnición de Puños Imperiales lideró el desesperado contraataque contra los demonios que se derramaban desde el destrozado Trono Dorado. Sus disciplinadas líneas de armas y formaciones defensivas bombearon calmada y cuidadosamente una ronda de bólter tras otra sobre la asaltante horda, a la vez que guiaba a los Arbites y a la Guardia Imperial de Terra en una última y condenada carga hacia el Palacio Imperial. Las grandes galerías y corredores dentro del palacio fluían de esencia demoníaca, y fueron atacados en todo momento por empleados y adeptos farfulladores, vueltos salvajes por el miedo o la corrupción. A estos se les disparaba de igual forma, mientras el contingente Puño Imperial empujaba.

El Trono estaba conectado en la Disformidad Profunda, por consiguiente, mientras se acercaban al Salón del Trono, emergían demonios más antiguos y horrendos a la realidad. Demonios que nunca se habían manifestado antes. Zarcillos y tentáculos, formas enloquecedoras, forzándose en su camino a través del mismo tejido del aire, tirando marines desde los pies hacia su perdición, o hirviendo Soldados de la Guardia allí donde estaban. Sin embargo, Lastrates nunca vaciló, nunca se tambaleó, siguió empujando, ondeando sus Martillos de Trueno Gemelos con furioso abandono.

Su Primarca había construido las defensas del palacio, y se hizo difícil para los Puños Imperiales atravesarlas. Irónicamente, habían edificado una fortaleza tan bien, que ni siquiera ellos podían transitar adecuadamente por ella.

Esta desesperada batalla, sin embargo, no trataba sobre victoria. Los Puños Imperiales habían tenido éxito en su objetivo: darle a los habitantes de Terra algunas preciadas horas, permitiéndoles asegurar grupos de naves para escapar de su condenado hogar. Entre los seres humanos que huían, un solo Puño Imperial Neófito fue con ellos.

Mientras los Puños Imperiales luchaban contra las pesadillas que se filtraban desde el mismo infierno, el Neófito llevó un mensaje de su maestro, una orden final, que cambiaría la historia de los Astartes de Rogal Dorn durante los próximos diez mil años.

Él instruyó al Neófito para que viajara por toda la galaxia, a todos los lugares donde hubiera un Puño del Señor de Acero u otro marine de Dorn luchando, y que les dijera que se atrincheraran, que fortificaran. Así lo hizo, y pronto este mensaje fue recibido por otros Puños Imperiales, estacionados en los mundos, y a otras fuerzas a través de la galaxia.

A través del Imperio, incluso mientras recién comenzaba a resquebrajarse realmente, los Puños Imperiales y sus sucesores hicieron bien en sus órdenes. Las flotas cambiaron de rumbo hacia planetas defendibles cercanos, o sobre planetas recientemente arrebatados a herejes y/o rebeldes. Allí, comenzaban a fortificar cada uno de esos mundos. En algunos casos, casas de Capítulos Templarios ya estaban asentadas, y los Templarios Negros estacionados daban la bienvenida a sus hermanos de su Capítulo Fundador con los brazos abiertos, y juntos, construían fortalezas en todo el mundo. En otros, los Puños Imperiales debían encontrar el palacio central de un mundo, y exigir su fortificación. Los Astartes de Dorn comenzaban a aumentar sus defensas orbitales, y ayudaron a los mundos a encontrar fábricas de armas, además de ayudar a construir búnkeres y endurecer las estructuras de los edificios actualmente en pie sobre los mundos.

Toda nave Imperial o de los Puños Imperiales que estuviera dañada más allá de la reparación, era desguazada, y sus armas y pilas de munición eran reutilizadas, y se construían grandes armas orbitales sobre la superficie de estos crecientes Mundos Fortaleza de los Puños Imperiales. Los cascos de las naves eran convertidas en estaciones espaciales, almacenando bombarderos y naves de combate adicionales, en caso que fueran requeridas.

Se instalaban líneas de suministro y de apoyo logístico, hechas increíblemente eficientes por los aliados de los Capítulos de los Puños. La comida era asegurada para alimentar a la población de estos mundos, ya sea de las áreas agrícolas, asegurando las agro-instalaciones de los mundos, o creando eco-sistemas artificiales, en lo profundo, entre capas de acero armado, las cuales comenzaban a cubrir todo el planeta. Cada edificio era convertido en una potencial estructura defensiva, con geometría angulosa para permitir superponer arcos de fuego, y la máxima cantidad de avenidas de asalto. Se crearon sutiles zonas de muerte, camufladas como plazas o canales. Se instalaron rápidamente búnkeres y sistemas de trincheras, y el racionamiento se instauró con efecto inmediato.

En muchos casos, estas medidas eran bienvenidas por la población nativa, quienes estaban aterrados ante la pérdida de contacto con el Imperio, y los constantes ataques y pillajes de xenos y caóticos. Con los Puños Imperiales allí para ayudar a defender, sentían su confianza reforzada, y ayudaron a sus aliados superhumanos en todo lo que podían. Las reservas de FDP aumentaban en un promedio de un 60% en muchos de estos mundos; las reservas de FDPs y milicias compuestas de más de la mitad de toda la población del mundo en cuestión.

El más famoso y efectivo de estos Mundos Fortaleza fue Nu Marsus. Nu Marsus era un mundo Imperial asediado, incluso para principios del M42, atacado por Devastadores de Helicaour, una extraña raza de xenos con colmillos metálicos. El Capitán Huun, de la 4° Compañía de los Puños Imperiales, lideró una fuerza de ataque de marines contra estos alienígenas, repeliéndolos. En una feliz coincidencia, una Casa de Capítulo Templario se ubicaba en la superficie, la cual ayudó en la derrota de este enemigo. Las dos fuerzas de marines se reunieron, e intercambiaron historias, mientras realizaban los extraños y masoquistas rituales de los Sucesores de Dorn.

Cuando el Astronomicón se destruyó, y las Tormentas Disformes comenzaron a emerger a través de toda la galaxia, matando a casi todos los Astrópatas, los Marines Espaciales se encontraron varados. A diferencia de otras fuerzas de Astartes, ellos no se dirigieron a enemigos cercanos para atacarles. Los Templarios entre ellos deseaban hacerlo, pero los Puños Imperiales les persuadieron para que se quedaran ahí por el momento.

Eventualmente, llegó la noticia, vía refuerzos esporádicos de siervos heridos o perdidos de los Puños Imperiales, que sus órdenes eran atrincherarse donde sea, y así, Huun se enfocó completamente en fortificar el planeta. Como los demás Puños, mencionados anteriormente, crearon defensas orbitales eficientes y efectivas, construyendo baterías en órbita. Dejó su flota y la defensa personal del sistema patrullando los límites de éste, siempre en contacto vía canal vox con Nu Marsus. El Gobernador de Marsus estaba satisfecho de ayudar a los Astartes, y con la cooperación de su gobierno, pronto cada ciudad se convirtió en una fortaleza, y la gente, deseosa de ayudar, tomó armas y roles militares.

El pequeño contingente de Tecnomarines fue puesto a trabajar, guiando el sector industrial del planeta para aumentar la producción de armas, armaduras y municiones, además de sus producciones habituales. Además, instruyeron a varias fábricas en cómo producir rondas de bólter (recordándoles discretamente no decirles cómo producir los sagrados bólteres, pues eran solo para los Astartes). Se construyeron las FDPs del planeta, y sus soldados, los Falcina, fueron ampliamente instruidos por sus aliados sobrehumanos. Portaban Rifles Láser y carabinas, además de sus armas de gancho tradicionales, y con su nuevo equipo y entrenamiento, los hombres de Falcina eran una fuerza considerable.

La fuerza de 50 Puños Imperiales, además, tomaron la decisión de dividirse en unidades más pequeñas, y cada marine tomaba el mando de pequeñas escuadras de Falcina, o de divisiones de artillería o escuadrones armados, y por lo tanto difundiendo sus masiva experiencia en asedios a las masas. Mientras el Recinto Arbites, el Palacio de Gobierno y las Fortalezas de Capítulos Templarios eran protegidas con escudos de vacío para asaltos orbitales, muchas de las ciudades y centros de población no lo estaban. Huun, buscando los generadores de varias de las más dañadas naves, convirtió los escudos de éstas en campos de fuerza masivos, los cuales fueron instalados en casi cada ciudad, para la gratitud de la población humana. Los treinta Templarios Negros dejados en el mundo se mantuvieron ligeramente apartados de los seres humanos, y mantuvieron sus formaciones de escuadrón. Sin embargo, debían someterse al liderazgo total de Huun, y su fuerza de mil Siervos de Capítulo Astartes que estaban altamente entrenados y bien equipados para defender su fortaleza.

De esta forma, Nu Marsus fue fortificada. Y al igual que con el resto de Baluartes de los Puños Imperiales, sería puesto a prueba muy pronto.

El Imperio Secundario Atoniano era gobernado por Aton, un hombre idiota y vanidoso. Desafortunadamente, su vanidad le permitió ser poseído por un demonio de Slaanesh. Así, todo su Imperio fue controlado, y comenzó la adoración de los Dioses del Caos en el Imperio Atoniano. El demonio-Aton decidió que, para canonizar a su nuevo Imperio de sesenta mundos, él debía bautizarse en sangre. En la sangre de Nu Marsus, para ser preciso.

Sus fuerzas atravesaron el sistema exterior en el 222.M43. Durante semanas, la flota de Huun de los Puños Imperiales hostigó y acosó a la flota post-Imperial mientras se dirigía hacia Nu Marsus, dañando e inutilizando varias docenas de las naves de carga y suministros de Aton, antes de regresar dentro del sistema exterior.

La flota principal de Aton consistía de una sola nave de guerra, ocho cruceros, y varias escoltas. Para cuando alcanzaron Nu Marsus, tenía seis cruceros, y muy pocas escoltas, sin mencionar una menor cantidad de naves logísticas.

Sin importar esto, la oscura fuerza de Aton seguía siendo inmensa. Esta flota de considerable tamaño se estrelló contra las estaciones y las defensas orbitales densamente empaquetadas erigidas en órbita. Varios naufragios ahuecados que conformaban toscas naves de transporte aliadas, soltaron cientos y cientos de soldados, bombarderos y Thunderhawks hacia la fuerza enemiga, a la vez que naves monitoras se abrían en la flota, así como el ya ubicado láser orbital, y los silos de torpedos de largo alcance, integrados en el propio planeta. Otro crucero fue destrozado, así como dos naves escolta.

Aún así, Aton logró dirigir su nave de batalla dentro de su rango orbital, y disparó. Fuego, azufre, y conductos ardientes de luz, llovieron sobre todo el planeta, iluminando el cielo de colores naranjos y rojos, mientras desgarraba las nubes, y retumbaba los numerosos campos de fuerza de las ciudades alrededor del mundo. El sonido fue ensordecedor, pero la gente de Nu Marsus, inspirados por sus benefactores marines, no mostró miedo. Se dijo que, mientras los cielos ardían en llamas, el Sargento Blant de la 6° Escuadra de ataque, se puso de pie en medio de la plaza de la capital, y comenzó a reír en voz alta; su voz atronadora guiando a todo el pueblo de la ciudad, pues se habían encogido. Entonces tomó algunas piezas de metal, y comenzó a golpear una melodía sobre ellas, con el mango de su espada, cantando una enérgica canción de guerra. Eventualmente, otras personas se agruparon en las calles, y cantaron, desafiantes.

Los bombardeos duraron tres días. En ese tiempo, solo un escudo falló. La desafortunada ciudad fue golpeada y convertida en ruinas en pocos minutos; las vidas de siete millones de personas desvanecidas en la nada. Ya no existía la ciudad de Shogar. Sin embargo, los láseres de defensa se cobraron terribles bajas entre la flota en órbita.

Sin embargo, el resto de Nu Marsus estaba en pie.

De esta forma, tan pronto como pudo, Aton envió grandes números de naves de tropas hacia la superficie. El enemigo aterrizó casi sin pérdidas sobre las ruinas de Shogar, donde ya no habían más baterías antiaéreas contra las que combatir.

El ejército de Aton era inmenso, con casi 60 millones de soldados, y transportes Chimera armados. Se desplegaron grandes estandartes, portando las runas malditas de Slaanesh, pintadas con crudeza sobre la Aquila. Las Diablillas tanteaban y cabriolaban entre las formaciones de Soldados Atonianos, mientras la enorme y desnuda forma de Aton, se sentaba sobre un trono con Escudos de Vacío, en toda su andrógina y malvada majestuosidad.

El ejército se dirigió a toda velocidad hacia la capital, Sherivar. Si Aton podría destruir el centro del poder de los Puños Imperiales, el planeta sería suyo.

La artillería hizo llover fuego y explosivos sobre la ciudad durante dos días seguidos, antes que el ejército cargara contra la fortaleza. Los cañones láser dispararon entre las avenidas. Los bólteres y las armas automáticas escupieron rondas, mientras las armas descargaban en arcos confusos y entrecruzados. Los tanques retumbaron por las calles, solo para ser volados por equipos ocultos de misiles, quienes a su vez, eran quemados por sabuesos infernales, o asesinados por cañones pesados destruyendo edificios. Los Puños Imperiales estuvieron presentes en cada línea de fuego, emitiendo órdenes, las cuales fueron instruidas en cada humano durante años; la potencia de fuego concentrada y disciplinada conteniendo oleada tras oleada de soldados asesinos. Los batallones armados cargaban unos con otros en avenidas estrechas y parques abiertos, intercambiando andanadas devastadoras de munición altamente explosiva.

Los treinta Templarios estaban desde fuera de la acción, cada uno llevando una mochila a reacción. Como ángeles de perdición, se dirigían de zona en zona, atacando rápida y viciosamente, siendo ordenados por Huun. Sus puños, martillos, hachas, plectros, y espadas sierra, cortaron sangrientas franjas a través de las retorcidas filas de los soldados post-imperiales caídos.

Las trincheras a través de la ciudad eran sangrientos campos de muerte, donde las tropas y bestias salvajes forcejeaban entre la sangre y los huesos de soldados ya muertos. Se trabajaba con cuchillos, garrotes y espadas, no armas de fuego, mientras los enemigos se unían en un épico conflicto. Huun se desplazó en su Land Raider, asaltando en cada batalla que podía encontrar, él y sus Exterminadores cargando desde el interior de su vehículo de transporte, y desgarrando enemigos con sus garras relámpago, mientras su escuadra de Exterminadores de Asalto aplastaba a sus enemigos con martillos y escudos.

Los Falcina lucharon con bravura y ferocidad, sus ganchos sangrantes cobrándose vidas entre sus enemigos traidores. La milicia, apenas armada, luchó sobre sus hombros, ayudando a los hombres mientras los enemigos les perseguían. Todos emitían maldiciones desde sus labios, y fe en sus atribulados corazones.

La Casa del Capítulo era un osario ardiente, y los cañones láser y pesados de los Servidores bípedos disparaban casi constantemente, mientras desafiantes siervos de los Templarios Negros tripulaban las ventanas y las paredes de la fortaleza, derramando municiones de bólter y láseres sobre las enloquecidas y rebuznantes hordas. Se decía que, cuando la puerta fue tiraba abajo, y el enemigo amenazaba con entrar en el edificio, el Señor Siervo del Capítulo, temeroso de perder a sus maestros superhumanos, tomó una de las espadas sierra de un marine y corrió a defender la puerta. Aunque la espada no era más que un arma corta para un marine, él la desenvainó como una mandoble a dos manos, aullando juramentos Templarios, mientras cortaba a sus enemigos. Aunque solo era un siervo, él estaba modificado y era fuerte, entrenado hasta el límite de la fuerza y velocidad mortal humana, y mientras infligía terribles golpes a sus enemigos durante horas y horas, mantuvo la posición en la puerta.

El Sargento Blant caminó por la ciudad en un desafiante estado de buen ánimo. Su loca alegría en la batalla era cosa de leyenda. Se decía que estaba haciendo malabares con espadas, mientras cantaba al tope de sus pulmones, para hacerse oír por encima del estruendo de la batalla, mientras se reía a carcajadas, cercenando extremidades y cabezas con golpes desdeñosos de su espada. En un momento, se dijo que estaba tocando su gaita con una mano, mientras disparaba su bólter desde la cadera con la otra.

Esta batalla fue brutal y sangrienta, durando una semana completa. El asedio había sido quebrado, sin embargo, la flota de Huun regresaba, y asaltaba la flota demoníaca Atoniana. Atrapados entre las defensas orbitales y esta nueva flota, los Atonianos tuvieron que desaparecer en la Disformidad, dejando a Aton sobre el mundo.

Eventualmente, sus fuerzas fueron forzadas desde la capital, cazadas, hasta que llegaron a Shogar donde aterrizaron previamente. Por segunda vez, cayó un bombardeo orbital sobre las ruinas, y el ejército de Aton ya no existía más.

Huun y sus marines permanecieron sobre el planeta durante el resto del período, siempre fortificando y reforzando las defensas del planeta, luchando contra alienígenas tiranos y monstruos demoníacos, casi todos los años. Estas guerras eran feroces, asesinas y terribles, y pronto el buen ánimo de los defensores se volvió un determinación sombría y un carácter adusto.

La historia fue similar para todos los Baluartes de los Puños Imperiales. Mientras cerraban sus puños, también endurecieron sus corazones, y se aislaron del resto de la galaxia, luchando contra quien fuera que entrara en sus sistemas, hasta que la galaxia los abandonó completamente. La galaxia se destrozó, y la Segunda Era de los Conflictos daba un horrible comienzo. Y todo el tiempo, los amargos y farisaicos Puños de Dorn simplemente se atrincheraban, más y más profundo. Ensangrentados, maltratados, fangosos, pero con la frente en alto; así eran los Puños. Erguidos, pero ciegos y fútiles en sus defensas, pues, como sospechaban, resistieron a cambio de nada. Ninguna ayuda o alivio vendrían jamás. Allí permanecerían, atrincherados en sus Mundos Fortaleza, llenos de fango y alambre de concertina, para siempre. Ni siquiera la insana alegría de marines como Blant podían cambiar este simple pero deprimente hecho.

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