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Para el amanecer del 50° Milenio, casi ocho mil años después de la muerte del Emperador, la galaxia era como un mosaico destrozado. Miles de Imperios, de diversos credos, creencias e incluso tecnología, se dispersaron por años luz, cada uno débil y desolado, comparados con las glorias de los viejos días ya perdida. Alienígenas y locos dominaban mundos, e incontables cadáveres planetarios devorados o roídos por la guerra, yacían dispersos en cada esquina del disco galáctico. No había autoridad, ni ley, ni misericordia.

Y, en medio de toda esta carnicería y el caos, una cosa nunca cambió: la devoción ciega y desesperada de las masas, mientras oraban y pedían al Emperador muerto para salvar sus almas de esta anarquía galáctica. Hubo sacrificios de sangre, la gente denunció a sus vecinos, amigos e hijos, a los errantes cazadores de brujas y lunáticos, quienes ansiosa y brutalmente asesinaban a estos sacrificios en un salvaje júbilo religioso. Desde las más atrasadas y aisladas de las villas, apiñados alrededor de sus predicadores, mientras rompían el cráneo de un descreyente con una barra de metal, hasta los grandes procesos industriales de quema de brujas, los cuales se volvieron una característica constante en el horroroso Imperio de Ophelia; la mayoría de la humanidad clamaba por orden, por protección.

Para el 000.M50, ellos recibieron sus deseos, vieron cumplidas sus súplicas. Y se arrepintieron, con todos sus pútridos corazones. Pues, en ese día, el Niño Estelar, fermentando en el útero de lo inmaterial, había nacido.

Para definir los orígenes del Niño Estelar, hay que remontarse hasta la Herejía de Horus, hace ya varios milenios. En el instante en que el Emperador fue abatido por su hijo genético, toda su buena voluntad y benevolencia fue arrancada de él, hacia el éter, dejando solo un amargo y moribundo cascarón de fría opresión. Este cascarón fue dejado sobre el Trono Dorado, sellando la Disformidad de Terra y manteniéndolo vivo. Aún así, el propósito del trono iba más allá. Este trono fue una vez diseñado para ayudar a extraer todo el conocimiento del universo, directo desde lo inmaterial. Y así continuó haciéndolo. Durante miles y miles de años, la miseria de la galaxia, la angustia y las súplicas desesperadas por protección, así como las súplicas de sumisión por opresión, llenaron la mente del Emperador. Cada evento, cada muerte, resonaba en su mente. Cada asesinato a sangre fría, cada lágrima desesperada de madres desconsoladas, gritando por que alguien las salvara, pulsó a través del trono, incluso mientras millones de psíquicos eran alimentados para el Emperador, amplificando e intensificando estos pensamientos de angustia y miseria. Lo volvió total e irreversiblemente loco. Atrapado en su propio cadáver, él gritaba en silencio, aunque nadie podía oírle, y aquellos que podían eran fanáticos locos, que no podían entender sus confusas y balbucientes palabras.

Al mismo tiempo, en la Disformidad, el Niño Estelar creció y maduró, pero aún no nacía, aunque estaba a la espera de su momento. El Niño Estelar era un ser formado a partir de las emociones más positivas posibles: la compasión, y la voluntad de proteger a todos. Por supuesto, alimentadas y nutridas dentro de la Disformidad, estas emociones fueron torcidas y estiradas, hasta alcanzar proporciones monstruosas y gigantescas. El Niño Estelar llegó a alimentarse de todas las formas de protección, y ésta fue llevada a sus extremos. Para protegerlos a todos, se requería la represión y la dominación, y esas emociones se alimentaron de las demás, hasta que fueron una. La compasión se convirtió en amor celoso. En el retorcido aspecto del Niño Estelar, el amor por la humanidad era el amor hacia él, y ningún otro. Se convirtió en una fuerza oscura y terrible, acechando en los pliegues ocultos de la Disformidad. Esperando.

No fue sino hasta el 42° Milenio, que estas dos fuerzas, una de opresión total, la otra, un ser frío, alimentadas sobre la masacre y los sacrificios asesinos, se mezclarían otra vez. Cuando el Emperador, atrapado en su silla, miró a los fríos ojos de su asesino, envuelto en una profunda capucha, él no se resistió, sino que simplemente murmuró, pues la hoja estaba suspendida sobre su corazón:

“TERMINA ESTO”.

Terra sucumbió ante el caos, pero el gran espíritu del sacrificio yacía libre, en la Disformidad, mientras se encontraba con las enroscaduras expectantes de su contrapartida. Tomó meros instantes dentro de la Disformidad, mientras las dos energías se fusionaban y moldeaban en algo mucho, mucho peor que la suma de sus partes. En el Materium, esta fusión tomó miles de años, mientras tanto el Imperio se despedazaba y la galaxia se resquebrajaba.

Su nacimiento, a diferencia del nacimiento de Slaanesh, no fue una gran salpicadura explosiva disforme, sino más bien una poderosa implosión. Centrada alrededor de Ophelia, el oscuro corazón de la sangrienta adoración al Emperador, el espacio se desgarró, mientras Ophelia era devorada completamente por la Tormenta Disforme, antes que ésta regresara a la normalidad, dejando al Imperio Opheliano sin su mundo capital. Apenas sobrevivió, pero Tallarn tomaría ventaja (esto es una historia aparte).

De repente, las tormentas disformes volvieron a la vida, por toda la galaxia, como si en su extensión se sintiera... algo. Era como si dos behemoths del océano lucharan entre las olas de un gran mar, y causaran que los botes sobre ellos chocaran y se desviaran como resultado. Los Dioses del Caos, ese gran behemoth, combatía contra esta repentina fuerza resurgente del orden. Nadie podría describir este conflicto porque, en efecto, no era un conflicto en ningún sentido conceptual. Los reinos se solaparon, se desdoblaron, malditos y cambiantes en diferentes estados emocionales, y la razón y la locura emocional cernían y despulpaban emociones de desconcierto y angustia, desesperación y lujuria asesina, mientras la Disformidad se agitaba como nunca antes. Nurgle se apoderó de la desesperación empática del aspecto del Emperador, pero estaba retorcida por la esperanza de dominación, la cual se rodeaba de esperanza por más esperanza, y el ansia de cambios. Los demonios, cuyos conceptos y emociones alimentadas cambian de bando casi tanto como sus patrones, parpadeaban entre el ángel demoníaco del orden, mientras el Gran Juego se jugaba, confuso e insano como siempre fue en la Disformidad. Aún así, ésta era como mucho un proceso más que una entidad o entidades distintas, y el proceso, como siempre, era el mismo.

El Niño Estelar se alzó, y los Dioses del Caos (nominalmente) se unieron contra él, derrocándolo en algún momento entre el reino no causal de la densidad abrumadora de la mente y la locura espantosa. Luego del derrocamiento del Niño Estelar, Nurgle se alzó en su lugar, solo para que el Niño Estelar se uniera, aunque fraccionadamente, con los otros Dioses, para derrocar a Nurgle. Y por lo tanto, el Gran Juego continuó, como siempre lo había hecho. Se convirtió en uno de los cinco aspectos principales de la Disformidad.

Por supuesto, en el Materium, el Niño Estelar (o ‘Padre Estelar’ como se le conocería) se hizo sentir mucho más profundamente.

La influencia del Padre Estelar era casi tan insidiosa como la de los otros Dioses del Caos. Zarcillos de su esencia infestarían las mentes de los gobernantes y sacerdotes devotos de un mundo. Ellos solo buscaban proteger a su rebaño, como el Emperador hubiera deseado. La voz fría y autoritaria del Padre Estelar, parecía susurrar y bramar en sus mentes a la vez. Para proteger, uno debe esclavizar. Pero más que esclavizar. Dominar completamente. Así, una red de influencias se esparció a través de todo el mundo, invisible, pero poderosa más allá de lo medible. Los sacerdotes y predicadores realizaron sermones, que abrieron las puertas a la gente ante la posibilidad de 'la última piedad'. El Caos era emociones, retorcidas y enfermizas en el corazón de aquello que siente. Para quitar el pensamiento del caos, uno debe remover el pensamiento. La inconsciencia y la servidumbre eterna eran la única protección segura contra la corrupción del Caos. Así, todos ellos, lentamente, comenzaban a sucumbir a esta forma de pensar. Aquellos que no, eran sacrificados en el nombre de la sumisión a Él, el Padre Estelar, el gran patriarca de toda la existencia (en sus mentes). Al mismo tiempo, ellos eran los corruptos, que sacrificaban más almas al Padre Estelar, hasta que fue lo suficientemente poderoso para romper las barreras de la realidad, y permitir a sus demonios (a los cuales se referirá como ‘ángeles’ desde ahora, solo para diferenciarlos de los demonios, o espíritus del caos) caminar por su superficie.

Para ese momento, el mundo estaba fascinado por estos ángeles, que se dedicaron a reformar el mundo. Los edificios eran derretidos y remoldeados, como monumentos uniformes, dorados y plateados, al Padre Estelar, mientras la población era forzada a caminar a través de la superficie del mundo por el resto de sus vidas, sin ninguna razón en particular. Sin embargo, si alguien se desviaba de las líneas perfectamente rectas demarcadas en sus sendas, serían destruidos, y sus almas arrastradas a la Disformidad. Hombres, mujeres y niños caminaron y caminaron, hasta que ya no pudieron seguir más. Aquellos eran entonces asesinados, o morían de cansancio. Tales eran las formas del Padre Estelar. Mundos como estos brotaron en la galaxia, especialmente alrededor de mundos donde la devoción al Emperador se había vuelto completamente sin sentido. A diferencia de los Mundos Demoníacos, los Mundos Angélicos encalmaban la Disformidad a su alrededor, en lugar de agitarla. Aquellos eran mundos de un orden horrible y auto-destructivo.

Los Sensei, la progenie del Emperador, se las arreglaron para, en mayor parte, resistirse a la dominación (sus trágicas historias están contadas en otro lugar, por lo que no se detallarán aquí).

Los Ángeles, Sus temibles avatares, eran tan poderosos y fríos como su maestro. Sin rostros, la forma más común de Ángeles eran seres alados, con formas andróginas de oro y plata, ni hombres, ni mujeres, ni alguna otra forma natural. Docenas de alas se arqueaban desde ellos, cada una devastadora y filosa, con rostros grandes y en blanco emergiendo dentro de esas alas. Brillaban permanentemente con una intensa luz blanca, y dejaban trazas de chispas detrás, mientras flotaban de forma etérea a donde quiera que fueran. Algunos decían que los Ángeles estaban formados desde los espíritus de todos los Astrópatas, unidos en alma al Emperador, mientras aún visten la carne. Nadie puede probar esto, pero esta teoría es prevaleciente. De los más grandes Ángeles, solo se conoce uno con nombre y rostro: Malcador, el gran Dominador. Malcador tenía un rostro humanoide, severo y austero, además de las túnicas plegadas y alas afiladas. Era el más grande de todos, el primero unido en alma al Padre Estelar, hace mucho tiempo. Era en ocasiones la voz de su patrón durante las guerras, y él solo ofrecía una opción a los enemigos del Padre Estelar:

“¡OBEDEZCAN!”

Pues, en la amarga pesadilla del 51° Milenio, ya no existe el camino correcto o adecuado. Aquello había sido asesinado, junto con el Emperador, hace mucho tiempo. La tiranía y la opresión, o la anarquía y la perdición, eran las únicas opciones restantes para los fieles. Todo es polvo, y ya no hay salvación.

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