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La galaxia dentro de la Era del Ocaso era de una gran luz bombástica; la luz otorgada por las grandes guerras, y el brillo de enormes civilizaciones alzándose a niveles insospechados, momentos antes de caer en el precipicio. Sin embargo, las mayores luces arrojan largas sombras. Y así como una luz arroja sombras, las grandes batallas y políticas de los forcejeados por la realidad ocultan persistentes océanos de eventos, traiciones y esquemas, invisibles y no registrados por las historias de hombres y animales.

Hasta este día. Hasta ahora, pues fui capaz de atravesar los muros de esta bóveda y-

He dicho demasiado. Luego revelaré el cómo esta historia llegó a ustedes, pero a su debido tiempo. Esta sección cubrirá las misiones escondidas y eventos que guiaron a otros eventos mayores a través de este tiempo.

El Culto Heracles continuó con su guerra secreta contra los agentes de los Señores de la Hidra y sus infinitos familiares. Pero la Orden de Asesinos llamada Heracles no solo estaba interesada en frustrar a la Hidra a toda costa. Prestaban sus servicios como espías y asesinos a los mejores postores; moviéndose discretamente a través de tanto sociedades humanas como xenos en su deseo de lograr sus ambiciones mercenarias.

Otros cultos de asesinos veneraban al Dios Asesino Khaine, y hablaban palabras prohibidas y realizaban rituales que, según ellos, esperaban traerlos más cerca del asesinato eterno. Estos cultos no eran céntricos a una especie; si podías matar a uno de ellos, eras digno de unirte (siempre que sobrevivieras a las represalias). Los Eldars Oscuros a menudo patrocinaban estos cultos (pero invariablemente terminaban cazándolos como deporte dentro de Commorragh una vez se aburrieran de ellos).

Sin embargo, se hablaba de una fuerza oscura; una sombra no vista, la cual se desplazaba a través de la dispar fraternidad de asesinos (sean asesinos ligados a Heracles, independientes, o incluso Acechadores Malalitas y asesinos semi-demoníacos empleados por la Ordo Hydra y los Imperios del Caos en general). Los grandes Señores de las Órdenes se volvían paranoicos, desesperados e incluso más mortíferos; pues no había nada más peligroso que un asesino acorralado.

Reunían pistas y retazos de información desde toda la galaxia sobre noticias de este asesino y dónde podría ser localizado y destruido. Desde las estériles ‘lobotopías’ controladas por drogas de los Mundos Sept capitales del Meta-Imperio T'au, hasta las tierras baldías y exteriores salvajes de puntos de intercambio y guaridas contaminadas por la Disformidad, los agentes de los asesinos exhortaban información desde contactos a través de la fuerza, asesinando y robando núcleos de datos, o simplemente espiando y oyendo conversaciones y susurros conspiratorios. Todo en la esperanza de atrapar a este elusivo depredador. Los rumores y susurros hablaban de un conjunto de mundos sombríos, a la sombra de la vieja estrella de Tovinas. El atormentado mundo lluvioso de Colobar era un mundo de ciudadanos miserables que llevaban vidas cortas e inútiles bajo el látigo de la burocracia por toda la eternidad. En el año 883.M53, varios monstruos descendieron sobre Colobar. Algunos habían llegado hace años, disfrazados con químicos u otras técnicas más paranormales. Otros se escabulleron entre las alcantarillas y los canales de los tejados del grisáceo paisaje urbano, hambrientos de la sangre de sus enemigos. Cada uno había llegado por voluntad propia; cada asesino supremo había seguido su propio rastro de pistas y verdades brutalmente obtenidas. Rápida y silenciosamente, se acercaban a su objetivo.

Era conocido como la Corte de los Colectores; las oficinas tributarias de la ciudad de Colobar. Ahí era donde se escondía la oscura fuerza, y ellos atacaron con furia nacida desde el egoísmo. Los Ejecutores en armadura de caparazón que resguardaban el vestíbulo fueron repentinamente asaltados por bestias ensangrentadas con cepas trastornadas descendientes de Eversor. Con un aullido y una tormenta de espadas, los asesinos masacraron al enemigo mientras gritaban aterrorizados, y descargaban cargador tras cargador de escopetas y rondas de armas automáticas sobre los sanguinarios asesinos. El lugar era un osario.

Las ventanas de las oficinas en lo alto dentro de la Torre del Recaudador se astillaban mientras salían balas a alta velocidad desde ellas, lanzando a escribas y empleados desde sus pies en bocanadas de sangre y médulas vaporizadas. Algunos trabajadores se volvieron por su cuenta, cuchillas estremeciéndose en existencia en lugar de sus manos, antes de asesinar a todo aquel que pudieran encontrar. Algunos, portando tatuajes de serpiente, sacaron pistolas y bólteres desde sus escritorios, y dispararon aleatoriamente a sus compañeros. Aunque los asesinos trabajaban individualmente, el hecho de que estos individuos atacaran a la vez significó que la torre se despoblara rápidamente. Luego de diez minutos, la torre estaba llena de nada más que cadáveres.

Los asesinos comenzaban a buscar fríamente en las oficinas, por la cámara que todos sabían yacía escondida dentro del laberíntico complejo. Destrozaron el lugar, con los ojos penetrantes y ceñudos mientras analizaban todos los documentos y esquemáticas que pudieron encontrar. Eventualmente, lo encontraron; una cámara que no podía hallarse en los planos, o marcada de alguna forma por el equipo de la Corte de los Colectores. Convergieron sobre su premio como una manada de chacales reunidos temporalmente para un gran festín.

Bombas de fusión derritieron las pesadas puertas de adamantio, y los asesinos irrumpieron ansiosamente en la oscuridad. Había oscuridad, pero algo más. Una serie de cajones pesados. Los asesinos más clarividentes saltaron de la habitación al instante, mientras las rondas de bombardeo dentro de los cajones, adosadas a espoletas de proximidad simples, detonaron como aplauso de titanes. El gris cielo de Colobar se iluminó por varios segundos, mientras los fuegos de fusión hervían a las nubes de tormenta sobre la torre de kilómetros de largo.

Dentro del ardiente cráter que una vez fue un bloque habitacional, aquellos asesinos sobrevivientes se liberaron de los escombros ardientes; despellejados y gritando de furia. Se dieron cuenta demasiado tarde del anillo de sombras descomunales que rodeaban el cráter. Los bólteres rugían en la noche, mientras los Astartes de armaduras negras asesinaban al grupo de asesinos con una eficiencia irreflexiva. Solo dos figuras no añadieron su peso de fuego a la descarga; ambas iban encapuchadas, sin rostro. El primero era un gigante sobre gigantes, y portaba un manto de plumas de medianoche marchitadas sobre sus grandes hombros; su identidad permaneció como un misterio a toda la galaxia hasta que la Guerra se luchó con la piel armada de un dios (lo cual será relatado a su debido tiempo, una vez mis servidores sobrevivientes puedan cruzar este... reino… si puedo llamar así a este lugar). La otra figura es un misterio; no tenemos información sobre él. Solo tenemos las intrigas susurradas de empleados y escribas en toda la galaxia, que hablan de un hombre sin miedo. Un hombre que, según dicen, era como el agua: inatrapable, e imparable.

Dentro de la hermética sociedad controlada del Imperio T'au, la Casta Psíquica de los M’yen era usada para localizar y eliminar elementos subversivos dentro de los mundos más grandes; usando sus dotes para sondear las mentes de todos los que cayeran ante sus miradas. Además ayudaban a hacer funcionar los centros de re-educación, usando telepatía para perfeccionar los cócteles de drogas correctores requeridos para aplastar todo pensamiento no unificado en los T'au y sus vasallos más cercanos. Los M’yen eran esenciales también para combatir a las unidades infiltradas de los Necrones modificados del Embaucador, quienes constantemente buscaban socavar el esfuerzo de guerra de los T'au y sus aliados, los cuales aún estaban combatiendo una enorme y desesperada guerra para contener al Portador de la Noche y sus legiones de destructores plateados. A menudo, las fábricas que suministraban munición aniquila-Necrones especializadas a las unidades militares del frente eran señaladas para su destrucción por doppelgängers Necrones. Solo la clarividencia de un psíquico podía revelar las frías y atrofiadas almas que se retorcían debajo de las fachadas robadas usadas por las pesadillescas criaturas.

Sin saberlo por la Alianza Thexiana, miembros de su propia raza comenzaron a negociar con enviados Necrones; cada uno deseando ganar dominación económica o social sobre sus rivales. En particular, un grupo renegado de la Élite Thexiana denominados como los Prospectores de Cythor, hicieron un terrible pacto con los demonios sonrientes de plata conocidos solamente como los Ralei; a cambio de inmunidad Necrona, las viles bestias cambia-formas permitirían a los Necrones construir complejos funerarios bajo la superficie de casi un centenar de sus mundos, y les proveerían de las almas necesarias para pilotar las construcciones Necronas que se alzarían desde esas tumbas y reforzarían a las crecientes Legiones del Embaucador (quien era siempre el que poseía menos Necrones bajo su control, comparado con sus hermanos más poderosos). Esta traición solo sería revelada cuando la Alianza Thexiana comenzara a colapsar en el M55, luego que sus capitales fueran arrancadas por Necrones entrando en fase a la batalla desde mundos renegados cercanos. Se cree que los Diablos de Cythor ayudaron a prolongar la guerra por milenios, contrarrestando la repentina aparición de Pecios Guerreros de Orkos de Élite en el espacio T'au, quienes ayudaron a replegar las fuerzas del Portador de la Noche lentamente en múltiples frentes.

Durante la primera mitad de la Era del Ocaso, varios mundos, aleatoriamente, fueron atacados por bandas de mutantes gigantes y aulladores de carne torcida y garras nudosas; a menudo dos facciones de monstruos descendían sobre ellos, y procedían a destrozarse mutuamente junto a los desolados nativos. No habían órdenes para estas incursiones, tampoco había patrón. Imperios aleatorios en la galaxia sufrieron estos extraños asaltos terroristas. Como se puede suponer, lo que comenzó pareciendo horripilante y sorprendentemente mundano, era de hecho una competencia. Una competencia entre artistas, cada uno tan retorcido e impensadamente hórrido como el contrario. Uno era la perversión de la ciencia humana y la astucia demoníaca, el otro, el pináculo de la perversión xeno.

Urien Rakarth y el Aquelarre de la Torre de Carne de Commorragh habían construido monstruos y esculturas de carne viva desde la caída, y se habían vuelto increíblemente inventivos en sus creaciones durante estos largos milenios. Sin embargo, tenían un rival que había aprendido a los pies marchitados de la Era del Imperio. Fabius Bilis y su Cábala de degenerados que eran también creadores de monstruos y animadores de bestias impuras. Las dos facciones desarrollaban una obsesión en probar quién era el más original de los herreros de la carne. Con el paso de los años, liberaban a sus Grotescos y sus ‘nuevos hombres’ a la realidad para probarlos. A donde quiera que Bilis viajara, era perseguido por bestias babeantes que buscaban protegerlo, y otras que buscaban matarlo. A su vez, permitía que sus propias creaciones fueran capturadas en incursiones Eldars Oscuros, y bajo las manos de los Hemónculos, que a menudo eran asesinados temporalmente por astutas abominaciones del caos. Cada vez que un ataque fallaba, los creadores enviaban notas de cortesía a sus oponentes, explicando por qué sus monstruos habían fallado, y sugerencias sobre cómo mejorar su arte. Esta era la correspondencia de los estudiosos, entregado por mensajeros monstruosos, quienes desgarraban a miles de inocentes con el paso de los años.

Sin embargo, no toda acción encubierta en la Era del Ocaso nacía de la malevolencia y la amenaza. Los Consejos del Imperio de Vulkan crearon a ‘La Hermandad de la Voluntad’. Este era un grupo de aventureros e investigadores, fundado en el M55, para descubrir los secretos oscuros de la galaxia, y averiguar una forma de derrotarlos, o prevenir que tales terribles profecías ocurrieran. Su líder era Imogen Kaltrane, una erudita de estupenda inteligencia e inigualable valentía. El grupo que ella reunía era reclutado desde diversas fuentes a través del Imperio; proscritos y héroes, mercenarios y pródigos ideológicos. En un momento u otro, varios Astartes Mk I y Mk II se unieron a la Hermandad en algún momento. Nunca era un grupo grande, y su composición se vio alterada varias veces en el curso de la historia. Sin embargo, eran listos e inteligentes; trabajaban para salvar y proteger a la gente de Vulkan. Tenían sanción no oficial de Vulkan, que a menudo significaba que tenían que evitar ser censurados por las autoridades locales no voluntarias, pero así era cómo Imogen prefería trabajar; ‘Con los pantalones bien puestos’, fue citada una vez, al explicar a un escribano desconcertado que intentó recopilar su historia.

Descubrieron mucho durante este tiempo; ayudaron a descifrar las varias profecías de las razas antiguas, descubrieron y se dieron cuenta del oscuro potencial de los Necrones y probaron la existencia de los Dioses de una vez por todas; eran también quienes reunían varios artefactos dispersos por la galaxia. Esta cuenta solo puede proveer de unos pocos ejemplos de sus muchas misiones, pero fueron muchas más, todas escondidas a los ojos de la historia durante siglos de secretismo y el abismo esculpido en la historia de esta guerra que todavía amenaza con engullirlo todo. Pero eran tan heroicos en sus obras como cualquiera de los líderes expedicionarios de los muchos ejércitos de Vulkan.

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