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“En el nombre de la nada, los purgo a ustedes y a todo este mundo. Pues está bien, muy bien. ¡Hora de arder! ¡Hora de rezar! Espero sus dioses paganos estén escuchando, de otro modo... esto será rápido...” (la grabación degenera a una incontrolable y amarga risa)

- Última transmisión audible desde el desarmado Mundo Agrícola de Fensidal, horas antes de ser invadido y derrumbado.

Diez mil años es demasiado para una cruzada de castigo. Pero la cruzada del Alto Mariscal de los Templarios Negros continúa. Incluso cuando nuevos dioses de la Disformidad se alzaran y cayeran en el firmamento, los Templarios continuaron purgando mundo tras mundo, convirtiendo o destruyendo cada planeta que podían alcanzar. Durante incontables siglos, los Templarios enloquecidos por el duelo degeneraron y masacraron. Reclutaban a más y más insanos y ansiosos conversos dentro de su furiosa propagación de fe. Predicaron un credo de auto-mortificación, castigo y eventual muerte. Pues el Emperador estaba muerto, y el mundo conocería de ese hecho a través del dolor.

Tal nihilismo los insensibilizó ante sus propias herejías casuales. Convertían a cualquier Astartes que quisiera unirse a ellos. Amos de la Noche, asombrados por sus tácticas de terror, echaron su suerte con los monjes-caballeros enloquecidos, así como muchas Adepta Sororitas desesperadas y una gran multitud de necios a través de mil mundos. Hijos de Malicia lucharon allí y se unieron a la Cruzada en su propio júbilo paradójico, y los agentes de la Hidra encontraron que era patéticamente fácil infiltrarse entre los enloquecidos guerreros. Los Templarios ya no eran más. Habían abrazado su propia auto-destrucción, y la distinción entre hombres, Astartes y carniceros sanguinarios se disolvía en el humeante caldero de la guerra.

Esta era la Cruzada de la Locura. Cada vez se referían más a sí mismos como Oblivionitas; agentes de la dulce aniquilación. Pues solo en la destrucción sobre el campo de batalla, rodeados de miles de enemigos asesinados, podrían encontrar la paz.

Las cadenas y el fuego eran su legado. Las poblaciones eran encadenadas, y gritaban en miseria a través de los vehículos y naves Oblivionitas. Sus artificieros creaban armaduras negras retorcidas y extrañas que se amoldaban a la forma de los Cruzados; armaduras que se enroscaban a su alrededor como vides sangrantes, las cuales se mezclaban con sus cadenas y braseros. Los iniciados y siervos Oblivionitas poseían sirenas aulladoras cosidas en sus gargantas, que resonaban con viejos himnos Imperiales, horriblemente distorsionados y modulados hasta que todo lo que podía oírse era el odio subyacente que alimentaba a los aulladores de vox. Los tanques Immolator y Land Raiders Cruzados pulverizaban asentamientos y arruinaban vidas en los caprichos de esta orden enloquecida. Algunos de los Oblivionitas más insanos y formidables poseían extremidades oblongadas y enlazadas con espadas, tenazas y mayales serrados, con lanzadores ciclónicos que escupían odio y aceite espumoso tan frecuentemente como misiles Krak. Éstos eran conocidos como los Lange-mensch, y allí donde caían nada sobrevivía. Ni siquiera ellos mismos.

El Cruzado Eterno se expandía con cada año que pasaba, al igual que muchas de las barcazas que siguieron a su paso; expandiéndose para acomodar más prisiones e iglesias llenas de hojas giratorias y taladros aplastantes; donde hombres piadosos se arrojaban en la masa agitada de metal, y luego su pulpa carnosa era rociada sobre los nuevos reclutas a través de mangueras gruesas.

Los Oblivionitas eran liderados por el actual Alto Mariscal Kanan, quien se hizo conocido como el Mariscal del Terror. Estaba en el interior de un sarcófago de un Dreadnought. Algunos afirmaban que esto le había vuelto loco, y contribuyó a la rápida degeneración de los Cruzados. Otros afirman que la turbulenta Disformidad tenía la culpa de su locura; su conflicto entre el Padre Estelar y los otros poderes retorciendo las mentes de los Astartes, quienes eran tanto figuras furiosas de odio y adherentes de la dominación Imperial, los cuales dividieron sus mentes dentro de vidrio destrozado y percepción engañosa.

Kanan moraba casi exclusivamente en el Cruzado Eterno, conversando con figuras sombrías que cambiaban ante la penumbra de su Reclusiam. Los Capellanes traían adherentes a sus cámaras cada mes, y esos temblorosos hombres eran raramente vistos de nuevo. Aquellos que dejaban sus cámaras eran insanos y con los ojos negros; escupiendo estupideces filosóficas, mientras calmadamente tallaban sus nombres en los rostros de sus amigos, o abrían escotillas y saltaban. La única cosa sobre la que vociferaban en equidad era una única palabra; Malal. Estas bandas oscuras podía verse en ocasiones en las almenas; destellos de formas de sombras en la periferia de la visión.

Los Oblivionitas aterrorizaron al norte galáctico en un gran arco, la cual violentaba a ambos Imperios del Caos, bordeando el conflicto en el Este, e incluso afectando a los territorios exteriores del Imperio de Vulkan. Ellos fueron impulsados estrechamente del sector de la Alianza Ryza-Catachán, luego de repetidas incursiones con los cibernéticamente mejorados ‘Comandos-Plasma’ de Catachán.

Sin embargo, en muchos casos, los mundos que invadían estaban deplorablemente mal preparados contra el enemigo que descendía sobre ellos. Incluso aunque estuvieran preparados, los ejércitos mercenarios de mundos privados a menudo desertaban en lugar de arriesgarse a luchar contra super-humanos enloquecidos. Incluso las pocas Compañías Libres restantes eran reacias a malgastar recursos luchando contra tales monstruosos y destructivos enemigos. Los mundos pronto se rendían lastimosamente, y su gente sufría por ello. Cazados por las calles, y quemados desde órbita, o capturados e indoctrinados en un credo que les obligaba a asesinar a todos los que amaban; los hombres sufrieron y murieron en grandes masas. Los Oblivionitas erigían monumentos titánicos en cada mundo que convertían; estatuas de un kilómetro de alto construidas a partir de inmundicia y escombros de ciudades aplastadas, quienes proclamaban el desprecio de los propios cruzados por todo y todos en la existencia.

Valhalla no era uno de esos mundos. Cuando los Oblivionitas atracaron en su sistema, su flota de defensa inmediatamente cargó a atacar a las naves de obsidiana entrantes, iniciando una enorme batalla naval la cual duró por casi un mes antes que las FDPs fueran eliminadas. Esto dio tiempo a los Valhallanos. Señales de peligro fueron desesperadamente enviadas a través del vacío, se cavaron trincheras, se prepararon y almacenaron líneas de suministro y armerías. El proyecto vio a casi todo hombre y mujer no empleado en la fabricación, desplegados en el ejército. Orvec Chenkov, el gran dictador de Vahalla y un descendiente distante del infame Coronel del M41 con el cual compartía su apellido, no aceptaría la invasión o la subyugación. Valhalla había resistido la Segunda Era de los Conflictos y la Década de las Mil Invasiones entre el 234-244.M53. Ellos no se inclinarían o postrarían ante psicópatas nihilistas. Valhalla perduraría, como siempre.

Las inmensas ciudades congeladas de los Valhallanos, construidas sobre laderas o entre capas de hielo de un kilómetro de espesor, fueron incluso más fortificadas. Siete Compañías Armadas fueron desplegadas fuera de la ciudad de Invenka, donde el alto Domo Dorado de St. Ciaphas se elevaba majestuosamente sobre una cordillera volcánica que sobresalía debajo de un glaciar. Soldados-Siervos de Krieg fueron ubicados en las áreas más peligrosas e inhóspitas. Milicias portando los estandartes de sus ciudades inundaban sus barracones de entrenamiento en millones. Todo abandono de las fábricas fue revocado, y los trabajadores producían durante 22 horas al día material de guerra para almacenamiento. Se decía que había un vertedero de munición en cada esquina, y que incluso los niños llevaban pistolas automáticas en sus cinturones.

Durante el anochecer del 284.399.M54, comenzó el bombardeo orbital con una tormenta de fuego a escala temible, seguida de andanadas cinéticas de arpones y macrocañones pesados. Las mismas placas tectónicas se estremecían con la fuerza del asalto. Erupcionaron llamas y terremotos sobre Valhalla, pero las fuerzas simplemente se atrincheraron. Los láseres de defensa cosían patrones llameantes en los cielos, y herían el cielo hasta que parecía sangrar ante la acometida. Los silos de torpedos integrados en acantilados se batieron en duelos con las naves enemigas también, lanzando bombas del tamaño de Torretas Castellanas hacia el enemigo unido al vacío. Haciendo caso omiso del riesgo, muchas de las naves Oblivionitas más pequeñas fueron golpeadas y se estrellaron en la superficie como meteoritos del tamaño de ciudades. Los hongos de fuego de plasma quemaban los glaciares, y generaban enormes bancos rodantes de vapor nuclear, que hervían a miles de Conscriptos y Soldados-Siervos mientras corrían en busca de cobertura.

Poco después, llegaron las cápsulas de desembarco, haciendo su camino entre el fuego y la furia, y produciendo agujeros a través de la ablativa armadura glacial que protegía sus ciudades. El hielo contuvo varias cápsulas, atrapándolas a medio camino entre el cielo y la corteza en tumbas congeladas. Los equipos de armas pesadas pronto destruían a estos invasores inmovilizados con sus Cañones Láser y Baterías de Misiles. Otras sin embargo, penetraron el hielo y golpearon como dagas a la velocidad del rayo sobre el corazón de las ciudades. Los super-humanos cargaban contra los bastiones y atacaban a través de las calles con furioso abandono. Su perfección física y poder asesino sobrepasaba la disciplina y lo sanguinario de los defensores, y eran forzados a replegarse.

Mientras tanto, sobre la superficie, los ejércitos conscriptos en sus incontables millones cargaban contra los neófitos Oblivionitas humanos que pululaban desde sus grandes naves de transporte, con Thunderhawks cubiertos de prisioneros encadenados que ametrallaban las oleadas de carnes de cañón, y enviaban a más Astartes a la refriega. Pero los cielos estaban siendo competidos. Valquirias y Vendettas también atacaron a los invasores, mientras los bombarderos Marauder soltaban miles de toneladas de explosivos a través de los ensangrentados glaciares. Los Soldados-Siervos demostraron su valor, sin ningún miedo en plena batalla. Aquellos que morían se aseguraban de matar a su captor, o al menos estorbarlo lo suficientemente para permitir a sus hermanos terminar con ellos. Basilisks e incluso posiciones fijas más grandes de artillería arrojaban un diluvio interminable de proyectiles en el fragor de la batalla, y continuaron disparando incluso cuando sus defensores intentaban desesperadamente rechazar Equipos de Ataque Astartes de Oblivionitas de los Amos de la Noche, quienes trepaban los acantilados como arañas para alcanzarlos.

Los Oblivionitas eran dioses posthumanos de la guerra, nacidos para destruir, respaldados por legiones de fanáticos y gigatones de proyectiles. Pero ellos se enfrentaban a todo un mundo de soldadesca Valhallana, atrincherados con una armadura que podía durar meses. La guerra continuó, y Valhalla pronto se convirtió en un mundo de ruinas congeladas, colmillos de cadenas montañosas rodeadas de océanos formados con los restos derretidos de la corteza de permafrost. El Mundo Helado se convirtió en una pesadilla anegada. Las batallas bramaban a través de las catacumbas y las alcantarillas. La artillería se batía a duelo desde la cúspide de las oponentes montañas. Los Batallones de Tanques se enfrascaban con los Predators y los Land Raiders de la cruzada Oblivionita a la sombra del glorioso Domo Dorado, el cual fue pronto convertido en fragmentos resplandecientes en medio de la furia del intercambio de proyectiles.

Durante cada semana que se alargara la guerra, más comandantes comenzaban a cuestionar el enfoque basado en la atrición de Chenkov. Cada semana, más y más comandantes eran ejecutados, y más y más soldados eran enviados a enfrentar la potencia de la enorme fuerza cruzada del Mariscal del Terror. Las fábricas comenzaban a utilizar los inventarios de adamantio y promethium que había sido reunidos el año anterior desde comercios con mundos cercanos. Valhalla comenzaba a desangrarse, y los enloquecidos Astartes aún derramaban toda su furia y odio auto-destructivo en la guerra, la cual se había esparcido a los otros planetas en el sistema, quienes caían uno a uno, hasta que solo Valhalla quedaba en pie. Conversos recién trastornados al culto del Olvido acudieron a Valhalla desde los otros planetas, deseosos de morir en los fuegos del conflicto. Chenkov les obligó a ello, por supuesto. Había demasiados cadáveres anegados sobre Valhalla, que conformaban inmensas almenas de muertos que se extendían por kilómetros alrededor de cada ciudad.

Después de un año de duros asedios y batallas desesperados luchadas en los océanos poco profundos creados por la guerra, los Heraldos del Mariscal del Terror comenzaron a dirigirse al mundo con un canal de vox abierto, llevado a través del sistema a cada comandante que pudiera recibir dichas señales. Era una voz de cruel bravuconería e intención despiadada. Los Heraldos gritaron desde sus naves de flota: “Vamos a tallarles en sangrientos cintos de carne, y reduciremos su mundo a polvo. La Visión del Emperador se ha extinguido, y la desviación reina en su lugar. ¡Ya no hay faro del Astronomicón! ¡Estamos solos en la oscuridad! ¡Van a morir aquí, y le darán la bienvenida a su destino! El Olvido ha llegado a su mundo. Festejaremos sobre su tributo de carne, y nos haremos más fuertes a partir de su destrucción, mientras ustedes se harán más débiles. ¡Ofrezcan sus cuerpos, su carne, a la tutela del Heraldo del Fin, y él asegurará que su pasaje sea rápido y glorioso! Con su carne y nuestra fuerza, apagaremos los ojos de nuestros enemigos, y obtendremos la apoteosis en la degradación. ¡La carne es fuerte, y ustedes pueden ser fuertes!”, escupieron.

Antes que los defensores pudieran responder, otro mensaje irrumpió en la transmisión. Era un tono áspero y metálico.

“Para nada, perro pagano; la Carne es Débil. Lord Vulkan les envía saludos”, respondió bruscamente el Comandante de Fuerzas de los Manos de Hierro, mientras sus naves emergían desde el espacio interestelar, donde habían estado esperando por un año, reingresando al sistema bajo potencia mínima. La emboscada perfecta.

Chenkov nunca buscó la victoria sobre los Oblivionitas. La estrategia de Chenkov era una de contención; se le había ordenado que mantuviera el enfoque de los cruzados sobre Valhalla, y asegurarse que todos los Oblivionitas convergieran sobre su sistema. Él había sido implacable en su aceptación de este plan, y en el sacrificio de su pueblo para lograrlo. Él sabía que se sufriría, pero no le importó; un legado de la línea sanguínea de su ancestro. Aparentemente, Chenkov murió en su sueño luego de la liberación de la arruinada Valhalla[1].

La flota del Mariscal del Terror fue sorprendida con la guardia baja por los Manos de Hierro y sus frías naves de metal que pronto emergieron a la vida y desataron el infierno sobre los retorcidos Astartes. Barcazas de batalla y cruceros se batieron a duelo en los cielos a distancias colosales, y las naves volaban en pedazos como ballenas azotadas en las profundidades, arrojando vísceras ardientes desde entrañas mecánicas.

Sin embargo, a pesar de su seria potencia mecánica, los Manos de Hierro no pudieron contener al Cruzado Eterno. Maltratada y sangrienta, la nave despejó su camino, casi rompiendo la flota de los Manos de Hierro en el proceso. El Maestre Comandante de los Manos de Hierro, Murgon, logró destruir el motor disforme del Cruzado, forzando a la nave a huir en el vacío. Herida pero aún pesadamente armada, el Cruzado fue expulsado del sistema. Aún así, los Manos de Hierro no podían permitirse más pérdidas en perseguir a la vejada nave más allá. Dejaron la aparentemente trivial misión a las Bestias de Fuego, quienes se teleportaron al sistema junto con las Comandancias de Víboras Púrpura y los Desgarracorazones para limpiar al sistema de los cruzados supervivientes.

Cuando las Bestias de Fuego finalmente atraparon al Cruzado, estaba funcionando con la potencia mínima. Esperando capturar a la nave para Vulkan (de igual forma como el Primarca hizo con el Phalanx durante la batalla de los Cielos Caídos un siglo atrás), los Astartes abordaron violentamente la nave. Lo que pasó a bordo del Cruzado Eterno es un misterio, pero varias horas después, las Bestias abandonaron la nave, y la bombardearon hasta que colapsó sobre sí misma y fue finalmente destrozada. Las Bestias de Fuego raramente hablan sobre lo que ocurrió dentro de la nave. Todo lo que se sabe es que perdieron casi 200 marines dentro. Lo único que dicen cuando explican qué pasó dentro es una simple frase: Malal ha visto la rueda detrás del mundo’, y es todo lo que han dicho en referencia a ese oscuro día. El día en que los Templarios Negros fueron acabados.

  1. Tomó varias docenas de soldados contrariados, catorce disparos de una ametralladora pesada, una sobredosis de tranquilizante, un vial de neurotoxina, un hacha de mano y tres bayonetas para asegurarse que muriera en su sueño, pero eventualmente lo hizo. La leyenda de la muerte de Chenkov de seguro fue amplificada durante su propagación, pero sus restos sugieren que al menos los disparos de la ametralladora fueron precisos...
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