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Como se ha iterado anteriormente, las fuerzas de Vulkan se enfrascaron en múltiples incursiones y asaltos limitados durante el período de La Contracción. Esta parte continúa relatando los eventos más prominentes de este siglo, culminando con el gran evento que lo cambiaría todo. El día en que los hombres caminaron sobre la piel de un Dios.

Es sencillo olvidar, al leer estos relatos de guerras gloriosas, heroísmo y villanía gigantesca, que había mundos reales tras estos conflictos. A través de la Era del Ocaso, he hablado de tantas guerras que mi corazón amenaza con destrozarse (pues he sentido cada batalla como si hubiera estado ahí...). Pero debemos recordar, además, que la guerra no está limitada a aquellos planetas lo suficientemente desafortunados para ser parte de las zonas de guerra. Cada guerra requiere logística, y por cada planeta involucrado en un combate, existen una docena de planetas que apoyaban el esfuerzo de guerra con suministros, hombres y puntos de parada para conflictos posteriores.

Había una amenaza mucho más invisible y omnipresente que afligía a dichos mundos. Esta amenaza llevaba los nombres de hambruna, pobreza y desolación. Los mundos manufactureros de la galaxia habían trabajado por miles de años, consumiendo a una generación tras otra de trabajadores, esclavos y ciudadanos. Estos mundos fueron conocidos como los Reinos Exhaustos, pues la carga se hacía demasiado. La Segunda Era de los Conflictos y la Era del Ocaso los había lisiado, pero estos mundos quebrados fueron forzados a correr sobre sus extremidades destrozadas; corriendo para mantener a sus imperios funcionando justo al borde del colapso. Incluso el fino Imperio de Vulkan luchaba para acomodar a esos mundos. Si esto hubiera continuado por más tiempo, cuatrillones de hombres y mujeres habrían perecido, no a través de la guerra o batallas sueltas, sino a través del estrés y el hambre, la miseria y el trabajo pesado.

Pero había alguien que no se había olvidado de los Reinos Exhaustos. La más famosa de estas figuras era un hombre sencillo llamado Iacob. Se rumorea que obtuvo un lugar prominente en el Gobierno Prometeano gracias a su propia pasión y habilidad como orador. Se dice que se apareció en el estado de Darnal Taq. No era nadie; un hombre mundano, pero un hombre con un deseo de ayudar, inspirando la compasión a todos los que se encontraba. Evitó ser arrestado por el Escriba Wyvern y, de hecho, se volvió uno de los auxiliares del político. Subió lentamente a través de los rangos políticos, dando discursos y charlas a varias burocracias distinguidas. Pero no fue eso lo que le hizo ganarse un nombre.

Comisionó una gran gira por los Reinos Exhaustos (a veces llamados Mundos de la Fatiga), durante lo alto de La Contracción. Cuando nadie más se atrevió a abandonar sus mundos, corrió valientemente hacia las estrellas en una pequeña flotilla capaz de realizar viajes disformes. Visitó cientos de planetas, y los observó. Tomó nota de todos los problemas de estos mundos y comenzó a idear sus soluciones. Cuando finalmente regresó a Armageddón, se lanzó a un gran proyecto entre los administradores y las facciones misericordiosas del Imperio. A diferencia de otras organizaciones benéficas, que trataron de difundir creencias e ideologías junto con su ayuda, él realmente deseaba ayudar. Utilizó sus conexiones políticas y su puro carisma para reunir una enorme flota. Sin embargo, no era una flota de guerra. Era una flota de naves mercantes reutilizadas, buques de suministros y ayuda humanitaria, junto a cultivos sintéticos genéticamente modificados y piezas de servidores. Esta era una flota con el propósito de crear.

Pero esta flota no estaba autorizada y, por lo tanto, carecía de todas las defensas más rudimentarias. Los furiosos ojos de la piratería cayeron sobre este premio maduro, y casi indefenso. Sin embargo, habrían otras fuerzas en movimiento. Cada flota corsaria o fuerza de incursión xeno fueron atacados misteriosamente justo antes de que lanzaran sus asaltos. Desde las historias e informes que he reunido, parecía que figuras en gris y caballeros oscuros en armaduras flamantes aparecían como de ninguna parte, destruyendo a cada fuerza de ataque, antes de arrastrar a los supervivientes hacia la oscuridad. La guerra y el dolor rugían a su alrededor, pero la flota de la misericordia de Iacob lograba pasar como si nada, cruzando de mundo en mundo. La cruzada de Iacob fue abiertamente aclamada a través del Imperio, y en toda la galaxia.

El mismo Iacob era descrito en muchas leyendas como ‘el último hombre bueno en la galaxia’. Desgraciadamente para el Saqueador, su flota renegada no recibió esta información. El Saqueador no sabría que su profecía estaba teniendo frutos...

El sector en la frontera entre el reino de Vulkan y el destrozado reino sin ley alguna vez conocido como la Unión Teológica, era una región de anarquía particular, reminiscente a los peores días de la Segunda Era de los Conflictos. Pero era un área que, peculiarmente, carecía de guerras a gran escala.

Una región de espacio donde no habían estrellas cercanas, xenos hostiles o bandidos traicioneros. Había, no obstante, algo presente en esta área desolada del espacio. Había una flota; dos cruceros de batalla, diez destructores y una docena de fragatas, colocadas en un área de espacio disforme muerto. Eran vástagos del ejército de Vulkan, enviados específicamente a esta región. Había sido increíblemente difícil de alcanzar, pues más de cien años luz de espacio estaban completamente aislados de la Disformidad. Habían emergido de la misma en un sector vecino y debieron utilizar sus motores de plasma para viajar a esta región.

Sus tripulaciones casi se rebelaron en una furia indignada luego que los suministros se agotaran luego de treinta años de inactividad. Programas de reciclaje estricto y crianza obligada permitieron a las naves sobrevivir por los siguientes setenta años. Medio hambrientos y aturdidos, habían alcanzado el centro de este vacío silente.

Una guerra anterior contra la antigua Unión había descubierto esta región en los escáneres por casualidad mucho antes de que se hubiera enviado una misión. Era desconcertante debido a su total... ausencia. El espacio vacío era, de hecho, peligrosamente raro en la galaxia (a pesar de lo que algunos podrían asumir); nubes de gas, asteroides, mundos huérfanos interestelares y enanas marrones abortadas poblaban el silencio y el frío. Pero no aquí. No había nada más que partículas de polvo celestial en esta región.

Nada, salvo por la esfera. Era colosal. La flota exploradora era como un krill mirando abajo a una ballena azul; no, a una ballena de vacío. La diferencia en escala era así de pronunciada. Estaba completamente oscuro, excepto por la bruma de un campo electromagnético ondulando silenciosamente a través de su gran forma. Para la flota que llegaba, la estructura aparecía como un vasto muro, que se desperdigaba 180° hacia la ‘izquierda’ y la ‘derecha’ (Sé de la inutilidad de usar estos términos en el vacío, pero perdonen a este viejo cronista y sus indulgencias...) tan lejos como podían ver, y sus sensores podían detectar. Era a solo alrededor de un año luz que uno podría realmente observar su naturaleza esférica. Pero estaban demasiado cerca.

Los proyectores montados en el casco a cien metros de diámetro apuntalaban sus penetrantes haces blancos hacia la vasta estructura. Curiosamente, su corteza estaba tallada con marcas. Pero estas no eran heridas azarosas causadas por asteroides y cráteres al impactar. Eran regulares; geométricas.

Mientras las naves estudiaban la estructura luego de varias semanas, comenzaron a ocurrir cosas extrañas. Los miembros de la tripulación comenzaban a perder sus mentes, volviéndose contra sus compañeros en asaltos furiosos, con sus bocas espumantes mientras vociferaban sobre ‘¡Ella y todo lo demás!’.

Las cosas desaparecían de sus almacenes, y los pasillos que conectaban a la nave se reescribían; ya no llevaban a las mismas áreas a las que solían conducir normalmente.

Si bien seguían enviando informes sobre sus estudios dentro del vacío, estos se volvían cada vez más extraños, mientras los hombres y mujeres dentro de la nave sucumbían ante esta locura omnipresente. Pero estos mensajes no serían recibidos por sus superiores hasta que alcanzaran los transmisores telepáticos ubicados en el borde del espacio muerto, cien años más tarde, durante el término del Período de Contracción.

En otro lugar, antes de ese punto, la Hermandad de la Voluntad permaneció activa en cientos de frentes, buscando conocimiento prohibido y sabiduría temida. Imogen encontró varios artefactos valiosos y armas icónicas en sus viajes, incluyendo criptas de estasis especiales en el mundo penal de Goethe, una forma especializada de ojiva sobre las planicies vidriosas de Kivvidix, entre muchos otros. Pero muchos de los dispositivos más importantes ya habían sido capturados. Era un gran misterio, pues parecía como si hubiera otro ladrón trabajando contra ella, robando cosas antes que ella llegara. Los artefactos fueron reemplazados por ítems distintos, con extrañas runas alienígenas dejadas junto a ellos. Ella desconocía quién era este "Trazyn" (O si lo hizo, no tomó nota de sus pensamientos sobre su naturaleza en sus cuentas), pero se vio determinada a superarlo. Algunos dicen que esta rivalidad fue encendida cuando, al regresar a su cuartel general, encontró que la Anathame ya no estaba, siendo reemplazada por una docena de soldados de Catachán congelados y un Laberinto Teseráctico. Sus intentos en encontrar la Espada de la Mañana de los Kasars fueron igualmente infructuosos debido a este extraño enemigo fantasmal.

Las fronteras del Imperio de Vulkan se convirtieron en lugares cada vez más aterradores; los otros imperios de la galaxia estaban colapsando, asaltados por fuerzas caóticas y horrores abominables, tanto disformes como no. La mayor cantidad de mensajes telepáticos recibidos eran apenas gritos prolongados de horror absoluto. Los dos imperios de los T'au luchaban desesperadamente en cada lado de la galaxia para mantenerse en pie, mientras los Enclaves de los Kasar se desintegraron en mayor faccionalismo una vez la Dawnblade se perdiera. Los C'Tan, y monstruos muy similares a C'Tan comenzaron a devorar planetas y aplastar ejércitos, mientras se batían a duelo unos con otros y las legiones de Krorks y Necrones luchaban desesperadamente para extinguir al contrario. Varios mundos ardieron en llamas, y sus poblaciones conflagradas se mataban unos a otros en guerras sin sentido, mientras una figura titánica luchaba con una lanza aulladora contra una sombra segadora. Y el Ojo se abrió aún más, tragando un sector tras otro mientras la superposición entre el Espacio Real y la Disformidad se hacía cada vez más tenue.

Extrañamente, a través de La Contracción, Vulkan estaba ausente en mayor parte; dejaba a cargo su gobierno. En retrospectiva, parecía obvio a dónde él y su selecto grupo de Astartes se había ido. Con un Patriarca del Reino de los Patriarcas de remolque, el Primarca estaba a la caza. Buscaba el premio más importante de todos; sus hermanos. Solo los Patriarcas eran psíquicos lo suficientemente poderosos para rastrear la firma psíquica de un Primarca a través del espacio intergaláctico. El rastro del León era tenue, pero aún estaba allí. Había sido movido (o se había desplazado por cuenta propia). Esto significaba que aún vivía, o al menos que estaba activo de alguna forma. Esto era suficiente para Vulkan.

Sin embargo, la mayor batalla que luchó el Imperio de Vulkan en el Período de Contracción fue un guerra que no había contemplado. La Forja de Drultevar. Drultevar había sido un mundo forja leal e aislacionista desde la misma fundación del Imperio original, hace varios milenios. Eran un culto tranquilo de Tecnosacerdotes quienes creían que el conocimiento y la habilidad de preservar el alma dentro de maquinarias era todo lo que requerían; no buscaban ninguna interferencia exterior. A cambio, cedían libremente su excedente de armas y servidores a cualquiera que les preguntara o exigiera tales cosas.

Nadie es esperaba que, de la nada, les declarara la guerra a sus aliados más cercanos. Sin embargo, lo hicieron, a una escala verdaderamente estrafalaria. Sus Arcas Mechanicus salían silenciosamente desde su forja, cargadas con munición capaz de destruir planetas enteros. Atacaron a cada mundo al alcance de un salto corto disforme, lo que incluía a varios mundos del Reino de los Patriarcas, así como mundos principales de Vulkan. Sus aliados no esperaban que les atacaran, por lo que no preparaban sus defensas adecuadamente. Miles de millones murieron en pocos días, mientras las andanadas de Macrocañones devastaban continentes y vaporizaban a incontables civiles y a los ejércitos que yacían sobre el planeta para su protección.

El por qué Drultevar realizó este aborrecible acto desconcertó a los eruditos durante años (pero los eruditos no poseen ni mis talentos ni mis recursos...). La razón era que habían sido alcanzados por un diablo de lengua plateada; un titán ataviado en una capa de plumas de medianoche (¡siempre la capa! Es casi como si quisieran que los encontrara en las crónicas. ¿Será su marca? ¿Son los gemelos burlones o están en guerra consigo mismos? No puedo decirlo). Este gigante les mintió; implicando que Vulkan intentaba saquear sus bóvedas. El mero hecho de pensar en Vulkan obteniendo acceso a sus bóvedas perturbaba a estos, de otro modo, imposiblemente estoicos Tecnosacerdotes. El gigante encapuchado y sus sombríos secuaces sugirieron un ataque preventivo. Normalmente, sería una acción suicida, pero los Tecnosacerdotes estaban desesperados en esconder sus secretos por cualquier medio posible.

Sus actos eran imperdonables. Tardó una década planear una respuesta, pero finalmente los golpeó con la fuerza de un meteorito. La Comandancia de los Manos de Hierro, expertos en combates en mundos forja, se organizaron para tomar parte en la vanguardia de la fuerza de asalto. Junto a ellos, vino una vasta fuerza de regimientos mortales desde sus dominios tributados, armados hasta los dientes y mejorados con biónicos a un nivel casi igual a los Skitarii. Durante diez años, los Manos de Hierro reunieron ejércitos desde los mundos más cercanos al sector de la forja de Drultevar. Ryza, viendo a los drultevaranos como piezas dañadas de la máquina imperial, sancionaron a Marella Harker a que desatara a sus Comandos-Plasma sobre sus enemigos. No solo eso, además, los ryzanos autorizaron el uso de toda la fuerza de su Legión Titánica y sus legiones feudales de Caballeros. El Reino de los Patriarcas también añadió el peso de la Legión Trygonis y la potencia de sus batallones de tanques súper-pesados.

Drultevar sería completamente destrozada.

Pero la forja estaba lejos de estar indefensa. Había sobrevivido por varios miles de años estando tan fortificada como lo era físicamente posible. Tenía sus propios titanes, y sus propias máquinas cibernéticas de matar, así como maravillas tecnológicas escondidas en lo profundo de sus cámaras prohibidas.

La primera fase de la guerra comenzó en el 889.M56, con el asalto inicial de los Manos de Hierro. Golpearon metódicamente con una precisión fría; sin odio ni furia. Era una guerra de desmantelamiento para ellos. Atacaron los escudos del mundo en primer lugar. Toda su flota desató un bombardeo a escala fantástica; muchos siervos a bordo de su nave insignia, la Industriosa, fueron cegados por este catastrófico asalto. Impactos de gigatones desgarraron los escudos como un huracán de fuego atómico, el cual crepitaba a través de toda la superficie del mundo. Este asalto orbital completo derribó los escudos durante diez minutos.

Era suficiente. los Exterminadores Manos de Hierro se teleportaron directamente dentro de los emplazamientos de defensa láser y en los silos planetarios de torpedos de Drultevar. Empujando contra las defensas Skitarii en el asalto relámpago, rápidamente derribaron los cañones que apuntaban a los cielos. Sin embargo, la flota de los Manos de Hierro encontró un desafío entre las lunas artificiales de Drultevar, las cuales mantuvieron a raya a la flota principal. Solo los Thunderhawks y los Barrenadores Scryer (un nuevo tipo de nave-lanzadera de combate) eran lo suficientemente rápidos y pequeños para evadir a estas grandes armas.

Pero los Manos de Hierro eran una fuerza a tener en cuenta, y pronto labraron una zona de aterrizaje entre las inmensas fábricas e instalaciones del mundo forja. Repelieron las inmensas filas de servidores asesinos desatados contra ellos en terribles oleadas. Sus bólteres brillaban de rojo ardiente mientras desataban el infierno sobre estas monstruosidades con garras de acero. Estaban apoyados por extraños cyborgs descomunales, sopesando cañones pesados sobre pistas anchas, junto con autómatas y Regimientos de Tecnoguardias de todo el mundo. Cañones Thunderfire, rayos de conversión y toda clase de tecnologías experimentales, desplegadas por ambos bandos.

Pero incluso los Astartes tienen sus límites. Pronto, fueron sobre-exigidos, mientras millones de soldados se agrupaban para enfrentarles. Pronto, los Titanes de Drultevar comenzarían a caminar. Los Astartes, a solas, no podían esperar vencer a una Legión Titánica completamente armada, ni siquiera Astartes tan venerables y hábiles como los hijos de Ferrus Manus.

Pero los Manos de Hierro no estaban solos. Las lunas artificiales habían sido invadidas por Comandos-Plasma simultáneamente. Estos temerarios cyborgs lentamente purgaron las lunas de defensores, permitiendo que el gran cuerpo de invasión descendiera. Fragatas del Reino de los Patriarcas irrumpieron luego, cubriendo a las naves capitales de la fuerza primaria con un escudo de escolta casi impenetrable.

Cápsulas de Desembarco del tamaño de torres colosales descendieron sobre los cielos digitales de Drultevar, cada uno portando un dios-máquina y a sus defensores Skitarii. Cada cápsula rugía mientras los retrocohetes quemaban el aire a su alrededor, deteniendo su descenso terminal y permitiéndoles perforar el suelo metálico con una fuerza mínima. Incluso mientras las puertas blindadas caían, los titanes comenzaron su asalto.

Dos ejércitos de motores asombrosamente enormes se enfrentaron dentro del bosque de torres blindadas y bastiones-fábricas que cubrían el hemisferio norte del mundo forja como una colosal corona. Su artillería convertía el mismo aire en vapor venenoso y fuego de plasma agitado, mientras el bramido de los cuernos de guerra ahogaba toda posibilidad de comunicación verbal entre meros mortales. Los tanques súper-pesados de los híbridos siguieron a los Titanes de Ryza, junto a una verdadera oleada de guerreros de progenie, silenciosos e implacables como solo los Genestealers podían serlo.

El Patriarca, adornado con placas de guerra de obsidiana pulida, era un terror de contemplar; un inmenso purasangre genestealer que era tan alto como el mismo Vulkan. Sus grandes garras abrían tanques con un gesto, y evisceraban escuadras enteras de soldados con cada golpe de sus afiladas zarpas. Pero su verdadera arma era su mente. Inmensos rayos púrpuras llameaban desde sus ojos y fauces babeantes, pulverizando la carne y volando armaduras con una facilidad patética. Sus rugidos eran como el aullido de un demonio, fácilmente medible con un cuerno de guerra titán. Su séquito de purasangres mataba todo lo que su maestro no lograba, mientras la Legión Trygonis se desplazaba calmadamente entre edificios con una precisión y orden inquietantes. Se retiraban y reagrupaban en los momentos exactos, fluyendo alrededor de puntos fuertes para atacar donde los drultevaranos eran más débiles.

Lord Mórsan, Comandante de los Manos de Hierro, también luchó eficazmente en la sombra de los Dioses-Máquina. La presión del combate estaba cerca en los confines de las refinerías, distritos de minería y Manufactorums claustrofóbicos. En las sombras y entre la chispeante y zumbante tecnología de Drultevar, el combate se decidía al alcance de espadas y pistolas, pistones y lanzallamas. Cada bando parecía temerario; casi desapasionado. Su hacha crepitaba con sangre efervescente y fluidos aceitosos, mientras sus servobrazos crujían como serpientes hambrientas mientras arrancaban espinas dorsales y aplastaban cráneos.

La Tecnoguardia Drultevarana comenzó a usar armas cada vez más extrañas mientras los ejércitos se iban acercando al Templo-Fuerte del Deus Mechanicus, el bastión central protegido con escudos de vacío de los Tecnosacerdotes rebeldes. Armas de rayos tractores que tiraban víctimas a medio actuar, antes de lanzarlas kilómetros hacia la estratosfera, o armas que eversionaban la armadura enemiga, antes de oxidar la tecnología más allá de la comprensión. Armas que disparaban dardos de metal, que golpeaban al enemigo antes que siquiera fueran disparadas; rejillas láser que cortaban a las tropas imperiales en miles de pequeños cubos. Armas esotéricas de gravedad que hacían colapsar a sus objetivos en singularidades de vida corta, con dichas implosiones arrastrando a todos los cercanos antes de disiparse. Armas de energía transdimensionales que atravesaban toda forma de armadura. Habían incluso armas sónicas que provocaban al enemigo desvanecerse incluso a nivel atómico, simplemente manipulando sus estructuras cuánticas fundamentales. Mórsan y sus Manos de Hierro reconocieron algunas de estas armas. Desde los archivos de la vieja Medusa, sus mentes biónicas pudieron recordar instantáneamente los diseños y planos de varias de estas armas. Armas que el mismo Ferrus Manus había diseñado.

"¡Estos desgraciados las habían robado de Medusa!" Los Manos de Hierro fueron acuciados por una furia indignante, empujando incluso más fuerte contra los endurecidos bastiones de los Tecnosacerdotes. El planeta entero se convirtió en una terrible máquina amoladora de metal; ningún bando era capaz de retirarse y ninguna fuerza buscaba rendirse en absoluto de la batalla. Los inmensos ejércitos de cyborgs e híbridos enloquecidos se aplastaban los unos a los otros con armas de fuerza suprema. Para la primera semana, la superficie del mundo parecía como si hubiera sido bombardeada desde órbita. Sin embargo, estos solo eran los efectos de la prolongada contienda de titán contra titán. Los Warlords e Imperators trizaban el mismo suelo mientras luchaban contra los escudos de vacío de cada bastión y máquina de guerra sobre la superficie. Los escuadrones de Baneblades y Stormlords intercambiaban fuego con los encorvados Warhounds entre esta hirviente masa de plasma y municiones sólidas. Las fábricas de munición eran saqueadas por ambos bandos en sus afán de resuministrarse, solo para lanzarse nuevamente al combate.

Los Comandos-Plasma realizaron incursiones aéreas sobre los titanes enemigos dañados; tan pronto como sus escudos se desactivaran, sus vehículos voladores se precipitarían sobre los hombros almenados de estas máquinas divinas, antes de irrumpir en las entrañas de los gigantes y plantar cargas demoledoras en sus corazones vulnerables. Sin embargo, por cada titán que caía, Marella Harker perdía a miles de sus soldados, y casi la misma cantidad de vehículos aéreos. Ella era una guerrera terriblemente poderosa, haciendo caer a enemigo tras enemigo en sucesión rápida con sus espadas brazales y blásters de plasma gemelos.

Ningún edificio podía ser despejado sin irrumpir físicamente allí y matar a cada Tecnoguardia dentro. Siempre morían hasta el último hombre, mujer o servidor andrógino parcialmente mecanizado. El alba estaba saciada sobre Drultevar, pues la polución arrojada por el combate ahogaba los cielos en humo tóxico y lluvias ácidas punzantes. El oxígeno del mundo estaba siendo consumido a una tasa alarmante. Muy pronto, toda la atmósfera externa sería irrespirable para aquellos que no contaban con respiraderos o pulmones biológicos/mecánicos avanzados.

Pero, lentos pero seguros, los invasores capturaban la ciudad; bloque a bloque, bastión a bastión, fábrica a fábrica. Se desperdigaron desde el sitio de aterrizaje, hasta que solo quedaba un anillo de cinco kilómetros de diámetro alrededor del Templo-Fuerte del Deus Mechanicus para los defensores de la superficie.

Mórsan luchó implacable para atravesar este anillo adamantino, liderando numerosos asaltos e incursiones desafiantes en los flancos enemigos, antes de replegarse nuevamente para atacar posteriormente.

La Legión Trygonis era el apoyo perfecto para estas acciones, pues inundaban los espacios aplastados entre las líneas enemigas, estableciendo intersecciones de arcos de fuego y emplazamientos creados para maximizar el daño causado por estos asaltos. Mientras los Manos de Hierro eran como la punta de un estoque, atravesando la carne de la bestia, los híbridos eran los ganchos y estacas que forzaban a abrir estas heridas punzantes, abriéndolas hasta convertirlas en laceraciones descuartizadoras. Todo mientras los titanes machacaban al Templo-Fuerte con sus cañones Volcano para impedir que la fortaleza, de una milla de alto, desatara sus armas para apoyar a los asediados defensores en su sombra.

Finalmente, después de un asedio extenuante que cobró más vidas de las que los administradores pudieron contar con precisión, los invasores alcanzaron el mismo Templo-Fuerte, golpeando a través de las puertas principales usando un bombardeo masivo de Vindicator a corta distancia. Los Manos de Hierro cargaron a través de las puertas destruidas a la cabeza de una inmensa formación de tanques. Sus Predators y Land Raiders lideraron el camino, seguidos por viejos diseños de Leman Russ de una variedad salvaje, junto con modelos de tanques de los Lagartos Trueno, seguidos de la artillería y súper-pesados de los híbridos. Los bastiones eran tan vastos que podían albergar fácilmente a estos tanques, pues el Templo-Fuerte era una catedral, con cámaras que se levantaban cientos de metros, con anchas avenidas y resonantes pasillos llenos de equipos de construcción y máquinas de matar en el orden de cientos de miles. Solo los titanes de Ryza eran demasiado grandes para introducirse en las entrañas de esta bestia. Pero a los Manos de Hierro no les importaba, pues estaban realizando una táctica que había probado ser efectiva incluso desde su invención en el turbio y olvidado pasado: la Marcha-Relámpago.

Los defensores luchaban por encargarse de las veloces formaciones de tanques que disparaban a sus motores furiosamente mientras desataban todo el poder de sus municiones en el corazón de las fuerzas enemigas. Los drultevaranos estaban colmados de recursos, sin embargo. Grúas y vehículos de construcción colosales volvieron sus bolas pesadas, hojas topadoras y tornos-garras contra los invasores. Bolas de demolición del tamaño de Land Raiders volteaban Baneblades, o pulverizaban tanques mundanos en ruinas aplanadas que fugaban aceite y la sangre de sus antiguas tripulaciones. Servidores guerreros Pretorianos corrían a defender instalaciones clave dentro de la fábrica, pero eran echados a un lado por el implacable ritmo de los tanques a la carga. Al cabo de unas cuantas horas, el nivel del suelo del Templo-Fuerte estaba en manos del Imperio de Vulkan. No obstante, los tanques no podían irrumpir en las bóvedas, o escalar el laberinto interno de las galerías superiores de la fortaleza.

Harker y el Patriarca lideraron a sus fuerzas de infantería hacia arriba para derribar al gran ejército de Tecnoguardias que estaba sobre sus cabezas, mientras Mórsan y sus cansados Manos de Hierro penetraban el subterráneo, en lo profundo.

Marella era famosa por su disgusto hacia los alienígenas, pero admirablemente dejaba atrás su revulsión mientras organizaba el ataque con el Patriarca y sus Magi. No tenía el lujo de perder tiempo odiándoles. La Tecnoguardia había volado todos los elevadores y rellanos que llevaban arriba. Pero peor que eso, estaban atacando la superestructura de su propia fortaleza: buscaban hacer colapsar su propio templo; destruyendo así a la mayor parte de sus enemigos de un solo golpe y atrapando a los Manos de Hierro bajo tierra; por siempre enterrando a los Astartes Mk II. La torre debía ser capturada, y rápido. Eventualmente, la extraña pareja de Marella, una mujer biónica corpulenta, y la inmensa masa quitinosa del Patriarca, llegaron a un acuerdo.

Mientras tanto, en el exterior, los titanes finalmente sometieron a los cañones del Templo a la sumisión. Sin embargo, incluso mientras hacían esto, una nueva amenaza emergía de los agitados cielos aceitosos. Las formas angulosas de los monolitos descendían, contadas en miles, junto a un enjambre de escarabajos y Guerreros Necrones. Suspirando con resignación, el Princeps Gorios del Imperator líder ‘Amanecer de Ryza’, ordenó a su Legión a que se dieran la vuelta y atacaran a los intrusos.

Los Necrones brillaban en existencia como un fantasma entre la bruma. De repente, Gorios sintió que el canal vox de su titán gemía de dolor, pues una señal alienígena desgarraba a través de cada vox en la legión.

“Ríndanse y mueran. Este mundo es ahora nuestro. La Hueste del Heraldo de la Tormenta ha llegado. Perezcan en silencio. Son necios si creen que pued-”

Gorios emitió una señal vox a su legión, mientras cortaba limpiamente a los Necrones en medio de su siniestro discurso.

“Suficiente de este sinsentido. Aquí Gorios a todos los Princeps; el enemigo cree que puede dejarnos perder motores para capturar este mundo, ¿y luego dejarlo para sí mismos, sin sacrificio? Creo que su lógica está profundamente fallida. Permítannos educarlos. Legio Tyberos; marchamos”.

Mientras los titanes marchaban a la guerra, los Manos de Hierro penetraban cada vez más profundo en el núcleo de Drultevar. Con armas de fusión y puños sierra, literalmente tallaban su camino entre un portal sellado tras otro, disparando a las máquinas de matar que buscaban arrastrarlos a la oscuridad. Cañones caminantes pequeños chisporroteaban en llamas, mientras servidores asesinos caían desde las cornisas para acuchillar a los Manos de Hierro y a su soldadesca sierva que les seguían a las sombras. Por supuesto, ningún bando requería de luz visible para ver. Los drultevaranos habían destruidos todos los globos lumen en las bóvedas sin éxito. La única luz en las bóvedas eran las energías crepitantes de las armas de energía y escudos tormenta o los incesantes intercambios de fuego. Sacerdotes tunicados que portaban lanzallamas de plasma, armas inmensas que escupían gotas de energía azul cegadora en un cono destructivo de energía achicharradora. Ni siquiera la servoarmadura podía actuar como defensa contra estas armas. En los confines cercanos del túnel, varios Manos de Hierro habían muerto. Eventualmente, los Exterminadores de Asalto conformaron un muro protector con sus escudos tormenta, protegiendo a aquellos detrás de ellos mientras avanzaban hacia los lanzallamas. Los misiles volaron sobre las cabezas de la armadura táctica de los Dreadnoughts, mientras sus aliados los apoyaban lo mejor que podían.

Los sitios profundos de Drultevar hacían eco con los gritos y los chirridos estáticos de la batalla.

Mientras tanto, los Comandos-Plasma y sus aliados habían descubierto una forma de alcanzar a la Tecnoguardia de arriba. Los Purasangres liderarían la carga, escalando a través de los ejes de elevación y por los túneles entre los pisos. Cada bestia alienígena poseía cuerdas de escalada adosadas a sus espaldas. Las cuerdas estaban aseguradas a los muros de la fortaleza, y los hombres de Harken los siguieron ansiosamente, escalando por los cables con la agilidad de primates. Fueron seguidos por la Legión Trygonis, quienes también arrastraron armas pesadas para ayudar en las peleas entre habitaciones que con seguridad se producirían.

La batalla dentro de la torre fue totalmente caótica, pues aliados y enemigos lucharon a través de pasillos y habitaciones cada vez más estrechas. Las granadas de fragmentación estallaban a través de finos muros divisores, mientras los bólter tormenta y las ametralladoras pesadas masticaban a través del resto. Las armas inferno crujían y siseaban mientras disparaban una y otra vez, hasta que sus generadores de mochila se fusionaban con el implacable calor. Los impactos de plasma quemaban a escuadras enteras vivas, o de otro modo creaban agujeros a través de muros y Pretorianos por igual. Los Purasangres eran una pesadilla a enfrentar; una tormenta de extremidades con garras que evisceraban todo lo que estuviera a su alcance en un espacio de segundos. Eran demasiado rápidos; los Skitarii apenas podían seguirlos con sus armas antes de ser destrozados por monstruos alienígenas. Cada tiroteo era corto y brutal; ya fuera que los Skitarii acabaran con cada escuadra en apenas momentos, o los invasores los mataban igualmente rápido. Habían escaramuzas frenéticas ocurriendo en cada nivel de la fortaleza. Los ascensores se volvían puntos de congestión letales para emplazamientos de armas y emboscadas, mientras se empleaban escritorios cubiertos de adamantio como barricadas improvisadas, o simplemente como cobertura del implacable fuego entrecruzamiento de fuego entre cada habitación.

El Patriarca lideraba el paso, saltando entre pisos, arremetiendo a través de techos para emerger en el nivel superior. El Patriarca además llevaba una cuerda en su espalda, por la cual Marella y un puñado del escuadrón de mando Trygonis se colgaban. Ella abatía con su arma a todo aquel que intentara atacar a los Purasangres a distancia. Rápidamente, ascendieron la torre. Pronto, alcanzarían a los últimos de los defensores, y podrían eliminar al Archimagos de Drultevar de una vez por todas.

Las bóvedas estaban tranquilas. Los Manos de Hierro habían matado todo su camino hacia el más profundo de los bastiones subterráneos. Sin embargo, sus Tecnomarines se comenzaron a preocupar más y más. Su áuspex les decía que habían descendido varios miles de metros. Deberían estar llegando al manto, pero no era así. Continuaron yendo más profundamente, bajando niveles con cada vez mayor rapidez. Los Tecnomarines llevaron su preocupación al mismo Mórsan, cuando le mostraron sus hallazgos. Estaban aún más profundo de lo que debía ser Drultevar. Habían entrado al reino de lo imposible. Mórsan ordenó que exploraran los túneles a su alrededor. Los Astartes lucharon fácilmente contra las emboscadas de la Tecnoguardia restante. Sin embargo, no importaba en qué dirección viajaran, el áuspex les decía que se entraban más en lo profundo.

Pero mientras marchaban en la oscuridad, seguían encontrando bóvedas y cámaras de almacenamiento llenas de extraños diseños mecánicos que los Astartes solo podían recordar de las notas de Ferrus Manus. Sin embargo, no pudieron encontrar tales notas. Con el tiempo, la voluntad inquebrantable del Capellán Korbin permitió a los Manos de Hierro navegar por el desconcertante laberinto y encontrar la bóveda que hubieran deseado localizar por encima de todos los demás.

El Patriarca irrumpió a través de la puerta del último piso, hacia un aullador campo de nulidad. El gigante monstruo cayó sobre su espalda tan pronto como emergió. Marella entró poco después a la cámara, pero apenas preocupada por el campo. Las tres Legiones Trygonis se tambalearon mientras entraban en este campo; su telepatía se cortaba. Estaban forzados a hablar con Harker, solicitando instrucciones mientras se lanzaban hacia un costado de su colosal padre. El Patriarca no podía hablarles, sino apenas gesticular a que siguieran a Harker. Asintieron, antes de ayudar a su padre de progenie volver a levantarse para llevarlo al nivel debajo. Harker tendría que seguir sin ayuda del Patriarca.

No obstante, Harker luchó a través de los Tecnoguardias con una habilidad brutal. Los híbridos lucharon efectivamente con sus Rifles láser, pero habían perdido gran parte de su inquietante coordinación. El Archimagos era un gigante, una bestia tunicada apoyada sobre inmensas piernas biónicas que arrojaban vapor, dándole una apariencia de un arácnido envuelto en un torbellino de zarcillos mecánicos. Los tres vaciaron sus armas en el Tecnosacerdote, cambiando entre cargadores hasta que su munición se agotó. Mientras disparaban, Harker se abalanzó a combate cuerpo a cuerpo. Sus blásteres desgarraron un agujero en su torso, el cual abrió con sus crepitantes espadas. Cada garra y mecadendrito eran bloqueados o esquivados por la sobrehumana máquina de matar mientras destrozaba pieza a pieza al Archimagos. Pero el soberano de Drultevar no estaba sin sus propias defensas. El Armamento sónico replegó a Harker y el Archimagos casi la destruye completamente. Pero los híbridos interceptaron al inmenso príncipe-máquina. Arrojando sus rifles vacíos, todos sacaron espadas de las vainas sobre sus espaldas.

Eran hábiles oponentes; más fuertes y más rápidos que cualquier humano, y aunque habían perdido la valentía que venía con el colectivo, lucharon sin cuartel. Atacaron sistemas vitales; cortando cables y rompiendo pistones con sus espadas de energía. Lentamente, el Archimagos se replegaba, al costo de sus vidas, que dieron con mucho gusto. Esto le dio a Marella una oportunidad para asestar un último disparo devastador con sus armas de plasma. La vasta bola de energía hizo arder un agujero de dos metros de diámetro a través del Archimagos, matándolo en segundos, antes de volar el muro exterior con la fuerza del impacto.

A través del agujero, Harker notó que los Necrones luchaban contra los titanes a la distancia. Sus palabras no fueron registradas (pero sospecho que fueron expletivos...).

Mórsan recibió información sobre la situación sobre el suelo. Pero no le podía importar menos en ese momento. Pues en el centro de la última bóveda, vio un gran cuerpo, sentado sobre un trono en un campo de estasis. Había Tecnosacerdotes rodeando a la figura, golpeando teclas y escribiendo con stylus sobre pizarras de datos. Se volvieron hacia el sonido de los Manos de Hierro, rogándoles que mantuvieran el campo activo. Mórsan los mató sin pensarlo dos veces, pulverizando sus cuerpos con una furia maníaca.

Los normalmente estoicos Manos de Hierro estaban, desesperadamente, conteniendo sus lágrimas. Lágrimas de gran pena eterna.

Pues sobre el trono había un gigante sin cabeza. Un gigante con brazos unidos en un perfecto plateado. Había cables brotando desde el muñón donde debería estar su cabeza, alimentado a unos cientos de dispositivos cogitadores alrededor de la bóveda.

Éste era Ferrus Manus, y estaba muerto. Los Manos de Hierro siempre sospecharon de su muerte, pero ver su cuerpo, y saber que había sido profanado, era casi demasiado para soportarlo. Furiosamente, destrozaron el campo de estasis que sostenía a su Primarca. Pero cuando lo hicieron, observaron horrorizados cómo se volvía polvo ante sus ojos. Sus dos brazos metálicos caían al suelo con un estruendo sonoro.

La desesperación se apoderó de Mórsan, y cayó de rodillas. Los Astartes estaban quebrados ante esta revelación. Korbin, aullando en locura demente, desató su lanzallamas sobre los brazos de metal, gritando letanías en desesperanza. Maldijo el nombre de la legendaria serpiente plateada Asirnoth; la bestia que Ferrus había matado. Pero al derretir el metal, Korbin había hecho algo inesperado. Había despertado al metal. La piscina fundida de repente comenzó a tomar forma. En unos instantes, el metal saltó hacia el capellán, hundiéndose en su armadura como si no estuviera allí. Korbin comenzó a gritar, con luz y metal enturbiándose entre su armadura como una tormenta subterránea. Los demás furiosamente lucharon para contenerlo, pero golpeaba como un enloquecido, arrojando lejos a los Astartes. Luego de una larga batalla, Mórsan eventualmente retrajo a la bestia. Habló en muchas voces; un rugido inhumano, como el de un gran monstruo reptiliano, un grito de estática y código desensamblado, Los propios desvaríos de Korbin del Emperador imperecedero y de horribles visiones de terror. Además, había una última voz, una voz que pensaban que podría haber sido Manus. Era como si la entidad fragmento no pudiera recordar qué era; ¿era un Primarca, un Marine o el Dios del conocimiento? Gritaba y gemía en confusión, detonando armas de fusión con un pensamiento y creciendo largas garras que rasgaban trozos del suelo.

Jugando con la confusión de la entidad, Mórsan le persuadió para que les ayudara. Le contó sobre los Necrones, que venían a reclamarlo. La mención de los Necrones inspiró un desprecio en la criatura, más profundo de lo que cualquier mortal podía conocer.

Me atrevería a sugerir que fue esta entidad la que causó el famoso ‘Incidente de Drultevar’. Hasta ahora, no tenemos explicación sobre cómo todo el ejército de Vulkan que asaltaba Drultevar se desvanecía del planeta y aparecía dentro de sus naves, permitiéndoles apenas escapar de Drultevar con vida.

La misma Drultevar fue lentamente convertida en un Mundo Angélico, pues los Necrones del Señor de la Tormenta perdieron todo interés en el planeta una vez robaran el fragmento del C'Tan.

En el cierre del Período de Contracción, Vulkan se sintió perdido; desolado. Había regresado de su búsqueda por el León, sin éxito. Había sabido que el cuerpo de Ferrus había sido destruido. El enemigo estaba a las puertas proverbiales; Ahriman en el sur, los Caballeros Sangrientos de Baal en el suroeste, las dementes fuerzas de Lorgar y Huron Blackheart muy cerca desde el norte y el oeste, el Saqueador forajido en alguna parte dentro de sus propias fronteras, masacrando aleatoriamente mientas luchaba con todos en su camino, mientras los Necrones le amenazaban desde cada ángulo. Darnal Taq estaba muerto; reclamado por la vejez. Él se había rehusado al rejuvenecimiento artificial. Sabemos que la captura de un fragmento de C'Tan por los Manos de Hierro podía haberle dado una fuente de inteligencia invaluable, pero yo...

... siento su desesperación. En ese momento, aunque fuera hace varias décadas, siento su desesperación, como si estuviera pasando justo ahora. Mi mente... esta...

Contemplé a Vulkan sobre su trono, en un salón de consejos vacío; los otros gobernadores planeaban varias campañas de expansión, para intentar expulsar a las fuerzas de la locura. Sabía que la galaxia se hacía trizas. Su Imperio no duraría; no contra tales aplastantes números. Parecía como si la demencia fuera la mentalidad por defecto del universo. Su reino de civilización y cordura era el último hombre sano, gritando al viento. Había algo más allá de su vista; Algún gran patrón. Era etéreo, perdido para todos sin los sentidos para verlo.

Entonces, recibió una señal de vox. Había sido redirigida desde la región fronteriza austral y entregada a él personalmente por Imogen. Temestor Braiva la acompañaba; cojeando de una vieja herida de guerra. El mensaje era de la flota orbitando la esfera. Hablaba de su situación y de su locura. Habló de cómo algunos miembros de la tripulación habían robado las lanzaderas de los hangares. Habían salido de sus lanzaderas sin trajes espaciales. Habían caminado a través de la superficie de la esfera, cantando incluso mientras se sofocaban. La esfera había sido llamada ‘Dios’ por estos tripulantes dementes. Deseaban caminar sobre la piel de Dios...

Sin embargo, gracias al fragmento del C'Tan, Vulkan por fin se dio cuenta exactamente de lo que era esta ‘Piel de Dios’.

Sabía cómo podría salvar a su pueblo del apocalipsis venidero. Pero Vulkan también sabía que no podía unirse a ellos. No podía dejar a sus hermanos a las depredaciones del Caos.

Si alguien iba a sobrevivir, el propio Vulkan tendría que luchar. Con su gente a salvo, nada lo contendría.

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