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Los consejeros y Criptecnólogos del Rey Silente observaron intensamente la guerra Necrona/T'au. Los T'au eran fácilmente el imperio rival más grande y avanzado para los Necrones. Si el Rey Silente deseaba gobernar la galaxia, debían ser humillados y esclavizados. De hecho, sus consejeros le advirtieron que si no eran detenidos de manera abrupta, podría producirse un ‘Alzamiento de los T'au’, un futuro donde los T'au serían dominantes y arrasarían con todo a su paso, con uno de los terribles Dioses Estelares gobernando secretamente tras ellos. No podía permitirse que ocurriera este futuro. Sin embargo, el Rey Silente tenía una intención aún más oscura. Observó a los T'au, y vio en ellos una raza vívida de carne y alta tecnología; una raza saludable de seres biológicos no marchitos por estrellas flageladoras. Por mucho tiempo había deseado cuerpos nuevos para que su raza metálica habitara. Deseaba revertir los errores de su pasado, y corregir la inmortalidad de su raza. Los T'au poseían a un ser que no había envejecido en miles y miles de años: Aun'Va. El Illuminor Szeras exigía a este espécimen, pues había algo encerrado dentro del antiguo cuerpo del Etéreo que podría remoldear a los Necrones y a los T'au.

Una vez cayera Thex Prime (pocos sabían que los fragmentos liberados del Embaucador habían causado este colapso con el único propósito de construir a su propio ejército de esclavos leales), los Necrones, una vez una horda disparatada de destructores psicóticos, parecían unirse bajo una causa única para atacar al Meta-Imperio T'au. Los ejércitos del Portador de la Noche habían sido traídos una vez más bajo el control de los Phaerones. Se decía que habían tantas naves Necronas en esta Gran Armada que parecían una nube plateada imposible en el espacio, de años luz de largo.

Pero los T'au no se acobardarían. El Meta-Imperio era un leviatán de civilización densamente poblado, construido y reforzado sobre los cimientos de casi veinte mil años de conflictos permanentes. Su credo era impenetrable y sus ejércitos eran la maravilla de la galaxia. Los T'au, apresuradamente, solicitaron apoyo desde cada mundo dedicado a la guerra en el Meta-Imperio para derrotar a los Necrones. El Crucero clase-Idealista fue producido en masa a escala monumental, junto con una docena de naves nuevas que eclipsaban al Idealista en todos los aspectos. Portanaves que llevaban astilleros con millones de Naves de Eliminación Cuttlefish, o barcazas de despliegue de Armaduras de Combate de miles de kilómetros de largo, que podían desplegar estas armaduras a través de casi cinco años luz de espacio desde sus naves nodrizas empleando dispositivos experimentales denominados ‘Desplazadores Portales’ (una clase de sistema de puertas teleportadoras, un facsímil de los dispositivos de los Necrones). Esta gran flota estaba liderada por ‘El Camino Trascendente’, la nave T'au más grande y poderosa jamás construida. Era más bien un mundo guarnición móvil más que una mera nave, pues poseía las instalaciones para mantener a cientos de ejércitos individuales para su despliegue rápido en cualquier ambiente de guerra.

Pero la flota de la Triarca no se enfrascaría a una acción naval directa. Cuando El Camino Trascendente y su armada les enfrentaban, el enjambre se desintegraba, dispersando flotas en todas direcciones a través del Meta-Imperio. Los T'au se vieron obligados a separar también a sus flotas con el fin de cazar a estos diversos elementos.

Sorprendentemente, los T'au eran quienes tenían la ventaja de la velocidad y la táctica en las primeras etapas de esta guerra, denominada ‘Guerra de la Esperanza y la Desesperación’. En la región T'au de la galaxia, gran parte de las redes de puertas Dolmen fueron destruidas por incursiones Eldar lideradas por Arlequines hace varios milenios. Las Flotas Necronas tenían que atacar mundos a donde alcanzaran las puertas Dolmen, y dispersarse lentamente desde estas cabezas de playa dentro de las entrañas profundas del Meta-Imperio T'au. El enfoque principal de este ataque provenía de mundos cercanos a los dominios capturados de la Dinastía Sautekh en las primeras guerras Necronas de Imotekh. Los Idealistas y sus naves descendientes no estaban tan restringidas, y podían llevar rápidamente a sus flotas a la batalla. En miles de frentes, las guerras bramaron. Las fuerzas Necronas descendían sobre mundos en una oleada de escarabajos y muerte plateada esquelética. Los mundos que no eran evacuados eran entonces infestados y sus materias primas se estropeaban bajo el propósito de crear nuevos Necrones. Estos mundos expósitos Necrones eran entonces asaltados con cañones de hipervelocidad, lanzas de plasma y toda la miríada de municiones ‘saltarinas’ que los T'au desarrollaron para asegurarse que los cuerpos de los Necrones no pudieran ser reparados.

Las Armaduras de Combate Drones de N'Dras fueron producidas en masa casi tan rápidamente como se producían Necrones nuevos. Sin embargo, ahí donde los Necrones tenían que confiar en sus oportunas fundiciones de almas para crear más de su especie, las forjas de N'Dras fabricaban millones de guerreros drones cada pocas horas. Las primeras etapas de la guerra parecían ir bien para los T'au, incluso aunque se llamaran refuerzos desde los Sept centrales (e incluso más desde las eternamente dichosas Lobotopías) convocados por completo con demasiada regularidad.

En el espacio, los sensores superlumínicos de los Idealistas y sus armas de ultra-largo alcance igualaban al alucinante gran poder de fuego de las Naves Funerarias Necronas, comparativamente más lentas. Silenciosamente, se orquestaban asaltos de teleabordaje, mientras ejércitos enteros se transportaban directamente tanto a naves Necronas como T'au. Armaduras de Combate hiperveloces tallaban en los brillantes corazones de las naves clase Cairn, mientras los persistentes Necroguardias y Espectros Canópticos sobriamente desmantelaban a las tripulaciones de las naves de guerra T'au con una facilidad horripilante. Mundos enteros eran consumidos en estas guerras. En un punto, una flota Necrona completa liberó miles de trillones de escarabajos sobre un planeta. Estas interminables entidades se multiplicaron escindiendo la materia y convirtiéndola en energía, antes de ensamblar a una docena de copias idénticas de sí mismos. Como bacteriófagos necrotizantes, los escarabajos disolvieron a todo el planeta, dejando nada detrás; ni siquiera el núcleo líquido.

A donde quiera que apareciera El Camino Trascendente, las tornas se volvían en favor de los T'au. Sus armas rivalizaban con cualquiera de las naves de la Triarca y las sobrepasaban, excepto a la nave insignia del Rey Silente. Luego de desplegar a una verdadera ola de enviados de la Casta del Agua a todos los mundos bastiones Krork conocidos en el área, los pielesverdes de élite fueron traídos como aliados del Meta-Imperio (aunque, extrañamente, se rehusaban a luchar junto a los Demiurgos). Antiguas naves auxiliares de los Gue'vesa cargaban valientemente contra la fuerza de las Armadas Necronas, pues resguardaban a las flotas de refugiados que inundaban el férreo centro del Meta-Imperio T'au en números cada vez mayores.

El Almirante Kaustran, el comandante de estas naves, era un ser típico en la raza humana. Era terco y colérico como cualquier Gue’la, y por primera vez, dicha intransigencia era de utilidad para el Imperio T'au. Cruceros clase Luna, barcazas de batalla clase Marte, e incluso una casi mítica nave de guerra clase Retribución fueron desplegados para la defensa del convoy. Esta flota irregular de naves antiguas participó en un combate naval sobre el mundo de Dal'my'therr. Las naves Necronas eran mucho mayores y extremadamente poderosas; dentro del dominio sublumínico, habían pocas naves más rápidas o más poderosas. Los humanos no tenían ninguna oportunidad; ni siquiera con la fuerza del viejo Imperio, podrían hacerles frente contra tales números.

Esto no importaba en la mente del Almirante. En un punto álgido de la batalla, mientras la nave de guerra ‘Panteras Rampantes’ moría por mil catastróficos cortes, Kaustran ordenó que la nave siguiera adelante.

“¡Adelante a toda potencia! ¡Por el Bien Supremo, y la esperanza de un nuevo amanecer!”, fue registrado gritando sobre el canal de vox.

La proa, con su gran espolón, se dirigió hacia la nave insignia Necrona. Varios arcos desolladores y látigos de partículas desgarraron a la nave mientras se acercaba, envolviéndola en fuego y plasma ventilado. Con una facilidad casi desdeñosa, el espolón de la proa fue destrozado por un rayo de partículas. Pero entre el espolón, escondido durante décadas, Kaustran había escondido su regalo de despedida: un cañón Nova, el cual estaba siendo cargado a lo largo de la batalla. Se desactivaron todas las medidas de control, y todos los límites de los capacitores fueron relegados al olvido. El arma disparó a toda potencia, una vista jamás contemplada antes. Había una buena razón para esto. El contragolpe del impacto del cañón Nova desintegró a la nave de guerra. Sin embargo, el proyectil lanzado fue disparado con una ferocidad colosal, y voló el corazón de la nave Necrona en una gloriosa detonación. Borbotearon explosiones secundarias desde dentro, y la nave fue lisiada, permitiéndole al último de los convoys de refugiados activar sus motores de salto y escapar.

Por un momento, mientras las fuerzas T'au, Krork y Demiurgas contrarrestaban al enemigo en cada frente, el Gran Consejo de la Casta del Fuego comenzó a entretener la noción de que, en efecto, podían ganar.

Pero tales arrogantes asunciones pronto se convierten en cenizas en esta galaxia. Para este punto, los Necrones habían terminado su red de portales. Cada mundo que conquistaban podía ser instantáneamente alcanzado a través de los portales, y esto cambió la ventaja táctica a favor de los Necrones una vez más. Ni siquiera los Krorks podrían prevenir que la Triarca se abriera paso a través del espacio T'au. Los T'au fueron sobremaniobrados en cada momento. No solo esto, sino que además, se estaban construyendo más puertas Dolmen, y esto expandió las perspectivas navales de los Necrones cada vez más.

Lento pero seguro, un mundo tras otro cayó ante el avance de las hordas. Los Necrones no necesitaban descanso, ni alimento, ni trenes logísticos de suministros. No tenían miedo a nada, y conquistaron cada mundo sobre el que se aparecían en órbita alta.

Los T'au se contrajeron bajo esta presión, formando instalaciones militares cada vez más densas mientras cada línea de defensa caía, una tras otra. El Almirante de la Casta del Agua de El Camino Trascendente fue asesinado en sus propias recámaras; muerto a manos de asesinos ciclópeos cambiantes que saltaban entre dimensiones, así como los tripulantes caminaban entre habitaciones. Esta inmensa nave pronto volvió a T'au para rearmarse, y para encontrar a un nuevo comandante.

Shas'O'Kotar'shi, un general de la Casta del Fuego, tomó el manto del liderazgo en estos tiempos desesperados. Él era un comandante comparativamente joven. Mientras la guerra progresaba, se hizo conocido como el ‘Comandante Hopeshield’. Fal'shia fue el primer Sept imperial principal en colapsar bajo la implacable acometida de las fuerzas del Rey Silente. Sus científicos e ingenieros de la Casta de la Tierra eran entre los mejores en todo el Meta-Imperio. Mientras la invasión alcanzaba sus puertas, habían completado el diseño de una nueva y revolucionada Armadura de Combate pilotada, llamada la Armadura XXV ‘Gallant’. Éstas fueron construidas en cooperación con la Casta del Fuego y los científicos que investigaban al Acelerador de Van Grothe. Cada armadura podía canalizar energía disforme e incorporarla en los mecanismos internos de la armadura.

Desgraciadamente, Fal'shia había creado esta maravilla demasiado tarde. Incluso cuando se construyeron los primeros siete prototipos, el laboratorio donde se construyeron estas armaduras fue tirado abajo sobre las cabezas de la Casta de la Tierra por los temerarios rayos calóricos de los Acechantes de la Triarca. Con este último acto, transportaron el arma desde Fal'shia, con la esperanza que pudiera ser utilizada.

Y fue bien usada; Hopeshield inmediatamente tomó las armaduras y equipó a sus mejores pilotos (incluyéndose) con las Armaduras de Combate XXV clase Gallant. Furiosamente, luchó contra los Necrones a dondequiera que se aparecieran, arrojándose en el fragor de la batalla armado con sus sofisticadas armas y misteriosos proyectores disformes de su nueva armadura. Pero ninguna cantidad de bravura personal podía detener la marea. Bork'an cayó después, y las Lobotopías esclavizadas del Sept ardieron durante quince días; sus poblaciones sonreían con satisfacción mientras eran cocinadas vivas; sus cerebros demasiado destruidos por las drogas psicoactivas para preocuparles más.

El mundo acoplado por las mareas de D'yanoi fue el siguiente en caer. Muchas de sus colonias exteriores se rindieron ante los Necrones, y fueron trasladadas desde sus mundos, para no ser vistos de nuevo. Los Etéreos de D’yanoi se suicidaron con neurotoxinas momentos antes que los Criptecnólogos llegaran para reclamarlos. Frustrados, los Necrones limpiaron el mundo de toda forma de vida.

Au'taal, para mucha vergüenza del Imperio, se rindió de inmediato ante los Necrones, y éstos les esclavizaron rápidamente con los Escarabajos Cepomentales.

El mundo natal de los Aguijones Alados de Véspid se convirtió en un cenagal de guerras de guerrillas, pues este extraño mundo gaseoso era una pesadilla para que los Necrones lo navegaran. Sus gobernadoras hembras aguantaron, mientras sus secuaces guerreros castigaban a los Necrones con sus extrañas armas cristalinas y garras duras como diamantes.

Pech fue dejada sin molestar, pues los Necrones no vieron nada de valor en este vil y pantanesco mundo forestal. Sin que ellos supieran, los Kroot se habían encomendado la tarea de evacuar a cada niño de las academias de la Casta del Agua de Dal'yth. Hasta el día de hoy, no estoy seguro por qué los Kroot hicieron esto, pero ciertamente revela que, quizás, no eran los bárbaros que los T'au siempre consideraron que eran.

El autodenominado ‘Sept Gue'vesa’ promulgó una política de tierra quemada, y destruyó todo lo que pudiera ser de utilidad para los Necrones. Entonces, en una desesperada carga frontal, intentaron irrumpir contra los portales de los Monolitos. Murieron por completo, pero perecieron con maldiciones en sus labios. Muchos cayeron mientras ondeaban antiguas banderas que solo unos pocos entendían su relevancia: una águila bicéfala, con una cabeza ciega...

Los Necrones llegaron a Arthas Moloch liderados por el Líder Supremo Jorunkekh y sus brillantes Necrones dorados. El mundo artefacto estaba frío y silencioso, lleno de prolongadas sombras. Ningún Necrón regresó desde ese lugar. No se enviaron más flotas allí.

Vior'la no se rendiría sin luchar. Este Sept estaba formado por una gran cantidad de mundos guerreros, y se aseguraron al menos que ningún Necrón quedara sin ser dañado. Los guerreros jóvenes, frescos desde las academias y sin sangre, fueron arrojados a esta repentina y pesadillesca ordalía de fuego.

Así continuó todo; cada uno de los mayores mundos de los T'au era asediado y sobrepasado en batallas apocalípticas. El número de cuentas bien conocidas de estas batallas llena varias bibliotecas; la polémica épica del Saqueo de Sa'cea, la leyenda del poeta de Elsy'eir (quien supuestamente salvó al planeta a través de sus bellas canciones, las cuales captaron la atención de Trazyn el Infinito. Trazyn perdonó al mundo, siempre que el poeta estuviera de acuerdo en ir con él a sus bóvedas), Tash'var y la serpiente celestial, y muchas otras historias.

Pero, por supuesto, la mayor batalla se llevó a cabo en la cuna de la raza de carne azul: T'au. Aquí es a donde todos los sobrevivientes escaparon; al último gran bastión de los T'au. Aquí fue donde la armada del Rey Silente reunió todas sus fuerzas.

T'au había sido asediada quince veces anteriormente, durante las guerras contra los Thexianos y varios otros conflictos. Como tal, era una fortaleza y una metrópolis como ninguna otra. Cada planeta en el sistema estaba cubierto en miles sobre miles de plataformas orbitales que conformaban una cuadrícula coherente de potencia de fuego superpuesta en la forma de una esfera de un año luz de diámetro alrededor de todo el sistema. Había Idealistas e incluso mejores naves inundando el sistema y podían sentir la aproximación de cualquier nave no autorizada a billones de kilómetros de distancia. Cada Guerrero del Fuego que podía estar armado, lo estaba. Incluso la Casta de la Tierra se levantó en armas; irrumpieron en los laboratorios de investigación y extrajeron todas las armas extrañas y esotéricas que habían considerado demasiado dementes para usarlas hasta ahora; látigos cuánticos y armas de Orkos sometidas a ingeniería inversa de incontable variedad y niveles de locura. Dos Pecios Guerreros de los Krork se anclaron en los límites exteriores del sistema, junto a sus flotas concomitantes. Además, seis Esferas de Guerra Kroot aterrizaron sobre el suelo de T'au, depositando a varias bandas de guerra de carnívoros Kroot, junto a una hueste completa de mercenarios xenos incluyendo a los ofidios Sslyth, criaturas Loxatl, bestias Groevianas y múltiples clanes Viskeons. Se les prometieron pagos exorbitantes si solo aseguraban la seguridad de los Etéreos y todos los T'au no combatientes sobre la superficie.

Los Necrones no tenían puertas Dolmen localizadas en la región, así que se aproximaron al mundo a velocidades sublumínicas, asaltando las defensas exteriores como un golpe Nova. Las dos titánicas flotas cargaron en una gloriosa guerra en el frío vacío entre mundos. Desde T'au, la apertura de la fase de la batalla fue una exhibición celestial deslumbrante, que llenó los cielos del atardecer con luces multicoloridas. Los defensores no podían sino observar atónitos el gran espectáculo, maravillados y asustados por igual. Los infantes T'au fueron llevados por sus queridos tutores a lo profundo de las entrañas de las grandes bibliotecas de T'au, con la esperanza que pudieran ser librados del horror.

Esta guerra naval se luchó a través de un año luz de espacio. En la realidad, eran una miríada de batallas individuales entre flotas próximas, pero fueron clasificadas como una sola acción, ya que cada flota se combinó y se mezcló con las demás, mientras las naves dañadas rotaban y salían de las luchas, a la vez que llegaban refuerzos en otros combates. Los dos Pecios eran como enormes bestias segmentadas desde las profundidades oceánicas, atacadas por un banco de voraces peces depredadores, mientras luchaban contra docenas de naves de guerra Necronas a la vez. Las lanzas y las baterías de armas disparaban continuamente en el vacío, bisecando silenciosamente y volando en pedazos nave tras nave. Los Idealistas intentaban mantener a las naves Necronas a máximo alcance con sus municiones avanzadas, pero inevitablemente algunas atravesaban el bloqueo con sus propias armas; destripando a las veloces naves con arcos de rayos concentrados que desgarraban la armadura como si no existiera. Pero los Idealistas eran naves no tripuladas, y pocos T'au se perdieron con su destrucción.

Pero el Rey Silente había luchado encuentros navales contra las naves Eternas de la Primera Raza (¡Silencio! ¡No hables de ellos!), y la fuerza del K'nib Grendel-kesh. Era un maestro de la guerra en el vacío. Donde otros veían un lío confuso de acciones navales individuales, él veía una gran red de batallas entrelazadas y las orquestaba perfectamente. Luego de días de batalla, sus fuerzas condujeron a los defensores hacia trampas de fuego y sobremaniobraron a los T'au exhaustivamente. La sentencia de muerte definitiva de la flota se produjo cuando la nave insignia T'au fue destruida desde dentro por los haces invasores de un Megalito. Se decía también que los Necrones caminaron a través de su casco exterior, indiferentes ante el vacío, destruyendo pausadamente cada sistema de armas con sus Plataformas de Aniquilación, Pilones Gauss y Arcas del Exterminio. Como un poderoso oso caído, la nave cayó a la deriva en el espacio como una ruina destrozada, destripada y quemada desde dentro y por fuera.

De esta forma, los Necrones continuaron, ya dentro del sistema, mientras su retaguardia acababa con los elementos remanentes de la flota. Las plataformas orbitales les golpeaban continuamente con salvas perfectamente sincronizadas. Trayectorias de misiles, torpedos y rondas de hiper-velocidad se sumaron al constante ataque abrasador de rayos de energía y rayos tractores. Los Necrones se estancaron en su avance aquí, pues tenían que destruir manualmente cada plataforma orbital antes de poder continuar. Esto tomaba tiempo, y le dio a los defensores momentos para planificar la defensa.

Mientras Hopeshield organizaba a sus tropas, los Consejos de T'au argumentaban sobre qué debían hacer para preservar su cultura. Todo el Imperio T'au enfrentaba la extinción; necesitaban salvar al menos una parte de ella. Algunos de los más antiguos exigieron lugares en naves de evacuación, pero fueron ignorados. Otros sugirieron que Aun'Va y una sección transversal de la civilización T'au arrancara con el fin de propagar su cultura. ¿Pero a dónde irían?

Fue una Por'la sin nombre de bajo rango quien les habló a ellos, sin importar las crudas miradas de los ancianos y los maestros de élite. Antes que ella pudiera ser silenciada y castigada, el mismo Aun'Va se apareció y silenció a sus críticos con un gentil levantamiento de sus manos. Entonces, le dio permiso para hablar.

Por'la sugirió dirigirse a la puerta que había sido encontrada en el domino humano de la Cuenca de Jericó. Por lo que Por'la sabía, esta puerta podría llevarlos lejos de la amenaza Necrona en la Franja Este. Y, francamente, cualquier lugar sería más seguro que quedarse sobre T'au si éste caía. Sus palabras eran sabias, y el consejo comenzó a planear; planificar la evacuación secreta del espíritu del T'au'Va.

Mientras tanto, los Necrones ya habían alcanzado órbita alta, bajo fuego pesado todo el camino. La guerra naval dio paso al furioso estruendo de la guerra aérea, en los cielos sobre el primer mundo Sept. Los cazas y las Guadañas de la Noche se batieron a duelo, mientras los bombarderos alcanzaban la órbita alta para asaltar las naves estelares enemigas. Sucesivamente, los cazas Necrones dispararon arcos de energía horrendamente poderosos en las ciudades debajo. En medio de estos combates aéreos y ametrallamientos, el Megalito descendió. Era inmune a cualquier asalto sobre él, y mientras aterrizaba, arrojó rayos invasores que permitieron a las fuerzas de tierra de los Necrones ser desplegados directamente.

Falanges de Guerreros Necrones lucharon contra Cuerpos de Guerreros del Fuego protegidos de los Desolladores por Drones de defensa sobrecargados a una escala industrial. Ya, el aire estaba lleno de azufre y de gritos de los moribundos. Los Necrones, por otro lado, permanecían silenciosos.

El Némesor Turenekh, el portavoz del Rey Silente, se apareció ante Hopeshield como un holograma. Exigía únicamente a Aun'Va y a sus sacerdotes; si los T'au se inclinaban dócilmente ahora y renunciaban a sus pequeños y necios demagogos, el Rey Silente quizá solo diezmaría a su población, en lugar de aniquilarla. Hopeshield maldijo su nombre, antes de azotar uno de sus cañones disformes hacia el holograma. Para mucha sorpresa del Némesor, la señal holográfica de alguna forma transmitió la energía disforme y obliteró su cuerpo (Algunos afirman que fue un milagro, pero yo no creo en milagros. La Disformidad causa que ocurran cosas extrañas a menudo...).

Hopeshield luchó contra los Necrones, liderando el frente. Lideró una escuadra de Armaduras de Combate, las cuales escalaron el Megalito y lograron introducirse en su interior. Dentro del antiguo artilugio, un Némesor demente que despotricaba sobre guerras hace mucho olvidadas, se lanzó al combate con él, acompañado de otro Necrón que era monstruoso donde su maestro era valiente, y sombrío donde su maestro era perturbadoramente jovial.

Este duelo fue visto como una gran batalla técnica, donde la precisión del fuego combatió contra antiguas técnicas de combate cuerpo a cuerpo. La armadura y la máquina de guerra saltaron de pilar en pilar, intercambiando golpes y rondas con un abandono atronador. Nunca se supo el resultado del encuentro, pues fue abruptamente interrumpido por un impacto de artillería que golpeó al Megalito, dándole a Hopeshield una posibilidad de escapar.

A través del mundo, cada ciudad era asediada por las inmortales hordas de metal. Los Acechantes eran una presencia constante, mientras se abrían camino a través de los vastos montículos de muertos. Los cañones del Exterminio volaban trozos de las ciudades, derribando torres y espiras como si fueran casas de cerillas.

Pero las verdaderas batallas se lucharon en las planicies. Las fluidas formaciones de los T'au barrieron alrededor de las rígidas fuerzas Necronas que aguantaban sus ataques con un estoicismo silente. Los cielos brillaban con un hórrido tono verde, y el mundo lentamente comenzaba a envenenarse ante la infestación Necrona.

El Templo del Espíritu Imperecedero, el asiento del mismo Aun'Va, fue asediado al último. En los grandes escalones blancos del templo, una hueste de Necroguardias marchaba hacia la gran puerta. Allí, inmóviles entre ellos y la puerta, se encontraban las fuerzas amasadas de la Guardia de Honor. Sus espadas brillaban con el tono verde del ocaso inducido por los Necrones, pero los guerreros no sentían ni un ápice de miedo, pues conocían el precio del fracaso. A su alrededor, los Guerreros del Fuego derramaban fuego de apoyo contra los Necroguardias, pero gran parte de éste era desviado o ignorado. Esto degeneró al choque de espadas.

M'yen'shas'Va, la cabeza de la Guardia de Honor, lideró la carga. Vestía un generador de escudo sobre su espalda, pero no llevaba armadura alguna, solo sus túnicas ceremoniales y su enorme mandoble a dos manos. La Carga de los Escalones es otra de esas leyendas que se fundaron en este asedio, pues afirma que las espadas de honor se midieron a la par contra las Dáculus durante casi una hora. Esto parece imposible, pues las espadas de honor son armas sin energía de simplicidad casi medieval. Sin embargo, de alguna forma, estancaron a los Necroguardias, abatiendo a más de unos cuantos antes que los guerreros cayeran también.

Pero mientras los Necrones asediaban el templo, su maestro estaba escapando. Una simple y antigua nave clase Explorador fue escogida como su carruaje, llena hasta el tope con el conocimiento recogido de los T'au. Estas viejas naves fueron escoltadas por múltiples naves clase Idealista, así como muchas otras naves de transporte, llevando a cientos de miles de T'au en sus cubiertas. Su destino era la Cuenca de Jericó, y aceleraron hacia la puerta a una tasa abrasadora.

En el templo, el mismo Rey Silente llegó a la superficie. Su tecnología, escondida dentro de su monumental forma estaba más allá de la comprensión de incluso los Criptecnólogos. Vencía a escuadras enteras con un gesto, apagaba sistemas de armas con el presionar de un botón. Su báculo desgarraba todo lo que tocaba, enviando contragolpes de energía al exterior, matando a aún más de sus enemigos. Era el Rey de los Necrones, y era poderoso.

Cuando al final irrumpió dentro de la cámara de Aun'Va, encontró a Hopeshield allí, esperándole. Hacía tiempo que había agotado toda su munición, pero estaba de pie, desafiante, frente al Rey Silente. En sus guanteletes empuñaba las retazas quebradas de una espada de honor partida a la mitad, con cada punta terminada en una hoja curva. Se inclinó ante el Rey Silente, antes de lanzarse a la batalla.

Las dos enormes figuras cargaron, con descargas de energía destrozando los vidrios y derritiendo el suelo mientras luchaban. Hopeshield no era ningún espadachín, pero estaba conducido por la esperanza y la desesperación. El Rey Silente estaba conducido por el auto-desprecio y el desdén, pero siempre fue el más fuerte. Cada ademán de Hopeshield era contrarrestado de forma patéticamente fácil. Sus contraataques herían profundamente los flancos de Hopeshield, agotando su generador de escudo en minutos.

El convoy de Aun’Va irrumpía a través del bloqueo Necrón, pero no se fueron sin ser descubiertos. Una flota cosechadora Necrona se desprendió del asalto principal. Su líder estaba obligado por su programación a conseguir el anhelo de su Líder Supremo. Sin duda, ¿un premio así justificaría su reconocimiento?

El capitán de la flota exploradora presionó a toda potencia, y entró en espacio semi-disforme; aunque lenta, estaba segura, y era más rápida de una nave Necrona sin viaje superlumínico. Desafortunadamente, este líder conocía la ubicación de la puerta Dolmen precisa, e irrumpió en la sección robada de la Telaraña a una velocidad amedrentadora. La flota Necrona podría haber alcanzado al convoy T'au en segundos. Lo hubieran logrado, si es que otra fuerza no hubiera entrado en juego en ese mismo segundo.

Mientras entraban, los Necrones no esperaban que hubiera otra flota en la Telaraña. Esta era una flota de sombras y espadas, y les acechaban mientras continuaban.

De repente, una extraña voz fue detectada en su sistema de comunicaciones. Una voz siseante y aceitosa, cargada de maldad y malicia.

“Podrán ser muy fuertes allá afuera, pero este es mi reino, pequeños demonios espejados. Es nuestro Reino Crepuscular, y queremos jugar...”, dijo la voz, antes de degenerar a una risa demencial.

La flota de Lady Malys, apoyada por los inquietos Arlequines, atacaron a los Necrones dentro de la Telaraña. Los Necrones no estaban familiarizados con tales ataques y se replegaron débilmente. pero lo peor para ellos era que, distraídos por este ataque, no se dieron cuenta que la Telaraña los había desviado. Muy pronto, la pequeña flota Necrona emergió dentro de un extraño reino que nunca antes habían visto.

Y allí, en el corazón de Commorragh, los antiguos alienígenas aprendieron por qué todas las razas jóvenes, a través de toda la galaxia, temían el nombre ‘Eldar Oscuro’ más que cualquier otro...

Mientras los Necrones eran capturados, Aun'Va atravesó la puerta, entrando en la Extensión de Koronus.

T'au estaba cayendo. Sus ejércitos se retiraban, intentando desesperadamente seguir en marcha, pero sin bases de origen, estaban siendo derrotados. Los cielos ya eran de los Necrones, y éstos derramaban un infernal fuego verde como lluvia. Los Kroot y los demás xenos fueron emboscados dentro de sus naves, luchando como barones medievales contra un enemigo imparable que se rehusaba a permanecer muerto.

Hopeshield yacía sangrando en el suelo, a los pies del mudo monarca Necrón. Sus espadas estaban rotas, sus esperanzas disminuían.

Entonces, mientras los T'au miraban en su miseria, se volvió peor.

Otra flota Necrona surgió dentro del sistema con una rapidez imposible. En un momento solo había espacio vacío, e instantes después, una Nave Funeraria verdaderamente colosal emergió. Silenciosamente, entraba en órbita. Era de casco negro, veteada con luz verde y púrpura. Empequeñecía a todas las demás naves salvo la nave insignia del Rey Silente. Minutos más tarde, disparó. Sus inmensos rayos de energía pulverizaron seis de las ciudades de T'au a la vez, destruyéndolas por completo con un único disparo.

Una imagen terrible destelló psíquicamente a través de las mentes de todo ser vivo sobre la superficie.

Un mundo rojo fracturado. Un gran aullido de dolor y júbilo monstruoso. ¿El último inquebrantado? Hermanos perdidos; Desollador asesinado. Furia. Odio, inconmensurables. El cielo nocturno conforma sus alas; el gran némesis. La última perdición. El Gran Wyrm. El Dragón. Olvido. Dioses Máquina y monstruos máquina; él lo es todo y está hambriento. La galaxia es suya. El universo le sigue.

Y con eso, la inmensa nave (una simple nave heraldo del Dragón) se desvaneció instantáneamente.

El Rey Silente desapareció en un relámpago de luces verdes. Para mucha extrañeza de los T'au, los Necrones de la Triarca comenzaron a retirarse, corriendo hacia sus naves a la espera. Sus naves aceleraron, alejándose de T'au a velocidades fenomenales. Para cuando salió el sol sobre el Templo del Espíritu Imperecedero, los Necrones se habían ido. No dejaron ningún rastro de que hubieran estado allí, salvo por las ruinas.

Aunque los pocos millones se alegraban y agradecían a la senda del Bien Supremo por guiarlos hacia la liberación, Hopeshield no estaba tan cegado. Observó desde su ventana, hacia los tormentosos cielos.

Sea lo que el Dragón fuere, aterraba a la Triarca. ¿Qué clase de pesadilla podía aterrar incluso al Rey de los Necrones? Sea lo que sea, la galaxia y los T'au estaban lejos de estar seguros.

Y, vaya, tenía mucha razón...

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