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No sería una exageración decir que la galaxia enfrentó, para fines del M55, el período de guerra continuado más grande en su historia. Aunque las Eras de los Conflictos y la Era del Imperio experimentaron incontables conflictos localizados por períodos extensos de tiempo, ninguno de estos períodos se pueden comparar a la absoluta intensidad de las batallas haciendo estragos en este momento.

Los Necrones corrían rampantes a través de la galaxia. Sus objetivos eran inenarrables; la mayor parte del tiempo, sus naves despojaban mundos de toda vida o golpeaban flotas de guerra hasta convertirlas en cenizas incluso antes que pudieran registrar qué les atacó. Pero había cuentas de naves de plata batiéndose a duelo silenciosas en el espacio profundo, lejos de cualquier estrella, y hordas completas de abominaciones argénteas batallando contra ejércitos casi idénticos. Aunque parecía imposible para los mortales que se retorcían bajo la mirada de estos seres misteriosos y belicosos, el Segador parecía luchar en múltiples frentes de forma simultánea. Cada vez mayores imperios focalizados de Necrones atrincherados y Krorks luchaban uno contra el otro por cada vez mayores territorios. Mundos motores y Pecios Krork modificados se batían en espectaculares duelos a través de las estrellas.

Como se podrá suponer, la población mortal de la galaxia había hecho varias presunciones terribles acerca de la naturaleza de esta amenaza inhumana que arruinaba sus vidas (pero se cubrirá la historia precisa de esta colosal campaña Necrona en la siguiente sección).

Mientras esto ocurría, sería ventajoso mirar a la galaxia a nivel macroscópico. Si fuera posible observarla de esta manera, las guerras Necronas podrían parecer una gran enredadera de batallas eternas, iracundas y fluctuantes a través de la galaxia. Pero igualmente, muchas otras guerras estaban desencadenándose de este repentino influjo de carnicerías. Los recursos de las potencias principales estaban estrechándose casi a un punto de quiebre; el colosal Meta-Imperio Tau, uno de los imperios militares más grandes en la galaxia, estaba contrayéndose lentamente, reforzando sus defensas contra los asaltos de las aparentemente ilimitadas armadas Necronas. El Imperio de Vulkan aumentó en diez veces su producción militar, y el Reino de los Patriarcas en veinte veces. Sin embargo aún había mundos a los que simplemente no podían alcanzar; debían confiar en la fantástica infraestructura dejada allí por Vulkan velar por esos mundos a través de ese siglo oscuro de conflictos.

En todas partes, había una sensación de que los mundos estaban cayendo entre las grietas dejadas por estratagemas militares sobrecargadas. En muchos mundos, había desorden, y donde había desorden, había anarquía. Y donde había anarquía, había caos.

[Distorsión.]

Me enferma escribir esto. Me temo que hemos olvidad[…]podría […] matarnos. Hemos olvidado aquello más insidioso. En su arrogancia, todos los imperios olvidaron el poder corruptor de los demonios y sus víctimas. Pero había algo más que eso. Un gran patrón estaba en movimiento. Solo ahora, aquí, en este lugar olvidado [el narrador parece palidecer. ¿Sus implantes parecen corroer parcialmente?] he sido capaz de juntar las piezas del patrón, el grotesco esquema, en que se basaban los aparentem […]la gran ironía; el Caos Verdadero es inevitable. Lo que relataré en esta sección podrá parecer […]del Caos, pero has olvidado […]us planos. Esto siempre […]no!

[La distorsión alcanza niveles tolerables.]

Ahzek Ahriman había desencadenado la liberación del Dragón. Parecía una casualidad, ¿pero quizás era más bien el destino (¡un destino monstruoso!) que vio su cubo al romper las barreras disformes alrededor de Terra? Ahriman, con sus nuevos poderes gracias al conocimiento que robó de Terra, se fue por salvar a la galaxia a su antojo. Pero no era un salvador de los hombres. A pesar de su astucia y toda su intriga tortuosa, su plan no era más que una mera mutación del plan original para salvar a la galaxia de la mutación y la destrucción. Mejoró su Rúbrica. Pero su gran encantamiento había sido extendido. Comenzó a crear más marines Rúbrica. De forma activa, atacaba a los Marines Espaciales Mark II dondequiera los encontrara, a menudo provocándolos a la batalla. Ningún ejército de Astartes podía enfrentarse al Hechicero, sin embargo. Una compañía entera de la Comandancia de los Caballeros Cuervo, en la batalla del Bloqueo de Vanner, fue instantáneamente convertida en armaduras vacías llenas de polvo, las cuales se volvieron contra sus aliados humanos con una crueldad descorazonada. Era una vista horrible de contemplar, y todo aquel que la observaba quedaba profundamente asustado. Su engañada aprendiz, Crolemere, pronto aprendió de la nueva naturaleza de esta Rúbrica. Las almas y la energía de aquellos ligados a la Rúbrica eran secuestrados por Ahriman. Con esta energía disforme capturada, y los artilugios del Primarca en su posesión, comenzó a convertirse en un ser que podía desafiar incluso al más poderoso Primarca.

“Por lo demás, ¿cómo podemos derrotar a las fuerzas desplegadas contra nosotros, si no empleamos el conocimiento que poseemos para volvernos superiores?”, se le cita en una grabación, su nivel normal y voz calma alzándose hasta una horrenda risa burlona.

Crolemere intentó detenerlo, pero apenas escapó con vida. Ella fue arrojada de su presencia, y se perdió a través de la Disformidad. (Su eventual destino será revelado en una sección posterior).

Mientras Ahriman reunía sus poderes, al mismo tiempo había una expansión notable en las tormentas disformes famosas de la galaxia. La Anomalía de Hadex se retorció con mayores oleadas de energía psíquica, consumiendo a una docena de sistemas estelares en una semana. El Ojo del Terror también, como cierta avalancha colosal de locura, que tragaba sectores enteros como si se hinchara hambrienta. Los pilones sobre Cadia comenzaban a mostrar señales de fallas estructurales mayores. El Torbellino se expandió hacia el norte, como una ampolla infectada.

Las maquinaciones del Malalita maldito, Sparrod, coincidieron perfectamente con esta nueva fase del Ojo del Terror; cada mundo que el cultista provocaba destruirse a sí mismo lo hacía de acuerdo a una fecha muy específica: En el 834.M55, el Ojo brillaba más que nunca. El primer mundo bajo ataque por Sparrod estaba a un año luz del Iris, la frontera del Ojo. Este mundo fue atacado en el 835.M55. El siguiente mundo atacado estaba a dos años luz del Iris, el cual fue atacado en el 836.M55. Y así fue, durante décadas. Sparrod mataba a la población, haciendo que todos enfocaran sus miradas moribundas hacia el Ojo. Esta retroalimentación psíquica ondulaba atrás en el tiempo y en el espacio, resonando con algo profundo entre los bajíos templados del espacio disforme del Ojo. Billones de mortales agónicos miraban desesperanzados dentro del pozo.

Y algo miró de vuelta. Asumimos que la gran sensación de náusea que atenazó a todos los seres vivientes ese año se debía al aumento de la actividad Necrona. No fue así. El Maldito había abierto una puerta, aunque fuera por un segundo. A cuya petición con el tiempo se haría evidente.

[Los muros del archivo tiemblan. Temblores irrumpen en los estantes. Reactivar estructuras en angustia. El pasillo se oscurece notablemente. ¡La Crónica debe pausar! ¡La Crónica no debe pausar! ¡Emergencia! ¡No se detendrá!]

... Nah, debo continuar...

Incluso... [jadeo de dolor] Incluso los moradores del Ojo sufrieron en este momento. Abaddón, justo después de reconstruir sus bastiones sobre Cadia luego del Asedio del Dragón, encontró que su reino estaba inundado con la escoria perdida y condenada del Ojo. Pero no estaban surgiendo desde allí en pie de guerra o por mandato de algún Señor de la Guerra invasor. Estaban arrancando, en masa. Y no solo era escoria mutante; había ejércitos de los Portadores de la Palabra, e incluso sus fuerzas anti-Ángeles de los Caballeros de Élite, los Blasphematii estaban escapando. Abaddón ordenó a los Portadores de la Palabra que controlaran a las turbas y a las variopintas flotas que estaban huyendo, y que los disciplinaran.

Entonces, exigió que el líder de los Portadores de la Palabra fuera ante él, y le explicara en el nombre de los siete infiernos qué estaba pasando en el Ojo.

Eventualmente, Erebus se teleportó dentro del salón del trono de Abaddón sobre Cadia, en condiciones deplorables. Su armadura ya no era la bella y colmada de escrituras armadura oscura que una vez fue. Estaba destrozada y estropeada, quemada y fundida de forma horrenda. Se veía más como un Marine Ruidoso o un veterano de la Guardia de la Muerte que un Portador de la Palabra.

“Habla”, Abaddón le ordenó imperiosamente.

Y Erebus le contó lo que sabía. Una nueva fuerza se había levantado, en lo profundo del corazón del Ojo.

Había un nuevo planeta en el centro del Ojo. Había sido arrastrado desde un reino desconocido, y apestaba a miseria. Ni siquiera las Furias se le acercaban. Sobre su superficie, se erigían fortalezas imposibles desde lagos de cielo que caían sobre atmósferas de piedra y se arrastraban a través de campos de cristal como gusanos en la carne. Dentro de estas torres paganas y demacradas, los Draz... los Draziin-matas se liberaban.

Se decía que la Disformidad misma convulsionó en agonía ante su nacimiento.

Este implacable ejército se propagaba fuera del planeta como langostas; trepando a través del mismo vacío contaminado. No necesitaban naves. Podían trepar a través del espacio semi-real del Ojo físicamente. A instancias de sus amos y señores, atacaron a todos los demás Mundos Demoníacos. Un Príncipe Demonio tras otro caía ante ellos; sus ejércitos de demonios no podían hacer frente a estas bestias. Tan pronto como se acercaran, las formas de los demonios perdían toda coherencia y colapsaban en caos lánguido, puro e incomprensible. Los Príncipes Demonio, que solían ser dioses en sus propios mundos, pronto fueron humillados. Pero no fueron devorados o destruidos por los Draziin-matas; fueron encadenados. Grandes collares, como los de Khorne pero infinitamente más surreales, eran puestos en ellos y entonces se volvían propiedad de los invisibles patrones de los Draziin-matas.

El primer reino en caer fue el de Fulgrim. El demonio que había robado el cuerpo de Fulgrim envió incontables fuerzas contra los Draziin-matas. Sus Diablillas eran inútiles, pues se deshacían antes de poder atacar. Los Guardianes de Secretos aguantaban más, solo siendo capaces de abatir a un par de criaturas antes de también volverse informes. Aún así, Fulgrim comandó a más que solo demonios. Un muro de sonido aniquilador destrozó a cientos de Draziin-matas, mientras los Marines Ruidosos y los Hijos del Emperador ascendían las almenas del decadente palacio del placer de Fulgrim. Pero las bestias solo podían ser contenidas, no detenidas. Los bosques y jardines maravillosamente perfumados eran desvalijados y disueltos por el elemento crudo de la imaginación, deshechos y rehechos miles de millones de veces. El mismo Fulgrim luchó contra las criaturas. Era imparable en combate, y todo lo que le enfrentaba perecía. Pero los Draziin-matas no eran enemigos con los que se pudiera batirse a duelo. Ellos le hicieron arrodillarse con sus hechicerías astringentes, y pronto, el demonio-Fulgrim fue atado. Fulgrim, su mitad humana, se regocijaba cruelmente mientras su demonio era amordazado y humillado, como lo había sido él. Solo una entidad, aparentemente, escapaba de las garras de los Draziin-matas; un único marine, aparentemente un motociclista. El único rastro que dejó a su paso fue una marca de neumático de un kilómetro de largo, agrietando el mundo de Fulgrim mientras escapaba a través de la Disformidad.

Angron fue el siguiente en caer. Sus Bersérkeres eran más difíciles de superar, pero los Draziin-matas eran pacientes. Ahogaban sus mundos en hechicerías, hasta que incluso sus seguidores no eran más que mutantes desesperanzados hasta que apenas parecían humanos. Tomó cientas de poderosas trampas poner de rodillas al Rey de la Sangre, con la fuerza de éstas rompiendo su salón del trono de bronce mientras rugía ensordecedoramente.

Mortarion fue el más difícil de derrotar, pues su reino era muerte y decadencia. Los Draziin-matas se marchitaban como pasas en el vino al aproximarse. Pero solo era cuestión de tiempo hasta que el Planeta de la Plaga también cayera. Él estaba en silencio mientras se aproximaban a su trono. Cuando intentaron entramparlo, Mortarion, de repente, se pudrió en la nada; se deslizó entre ellos y escapó. nadie sabe a dónde fue. Erebus especula que Isha, el Ángel de la Plaga, lo quitó de allí y lo llevó a los húmedos y viscosos jardines de Nurgle en la verdadera Disformidad.

Magnus no pudo ser conquistado, pues su reino ya era afín al que los Draziin-matas traían consigo. Su reino de eterno cambio no podía ser cambiado más.

“Uno no puede aprehender lo que no tiene forma...”, fue todo lo que dijo entre risas, mientras las bestias y los demonios de Tzeentch se mezclaban. Él jamás caería ante los Draziin-matas, pues ya estaba de su lado... o eso es lo que parecía...

El Mundo Demoníaco de Perturabo, Medrengard, a pesar de todas sus astutas defensas, guaridas y bastiones, no era barrera para seres que podían nadar a través del adamantio, e irrumpir en la misma naturaleza de la materia. Él fue apresado entre los cuerpos destrozados de sus Guerreros de Hierro y aquellos Draziin-matas hechos inoperativos por su violencia.

Lento pero seguro, todos eran puestos de rodillas por los Draziin-matas. Aquellos que no escapaban se convertían en cosas extrañas y dementes. Y muy pronto, los Draziin-matas volvieron su atención al reino de la realidad. A través de la Disformidad, contactaron a su espía dentro del Imperio Oriental del Caos; el Hamadraya respondió, y Huron Blackheart fue puesto bajo su control sin que tuviera que levantar ni una sola de sus terribles extremidades.

Abaddón escuchó esta historia con sospechas crecientes y temor. De seguro vendrían hacia Cadia. Necesitaba que Erebus le dijera la debilidad de los Draziin-matas. El demagogo artero sonrió, casi coquetamente.

“Supongo que no pueden funcionar más allá del Ojo. Requieren secuaces mortales para conquistar la realidad. Entonces, podrán con certeza esparcir el caos. El verdadero caos, aquél que el Aniquilador Primordial siempre planeó para nosotros”.

Fue entonces, con un quejido, que Abaddón se dio cuenta dónde habían caído las serpenteantes fidelidades de Erebus. No había mencionado a su propio Primarca, Lorgar, y Abaddón sabía por qué. Lorgar estaba de su lado, y su Legión le siguió. Como una sola entidad, los Blasphematii atacaron bases de la Legión Negra a través del sector, y luego a través de todo el Imperio Occidental en una reacción en cadena. Portadores de la Palabra normales y asesinos corruptos se volvieron contra sus gobernadores Despojados y Legionarios Negros en grandes golpes de estado orquestados en todo el Imperio. Los Astrópatas y hechiceros de Abaddón, ubicados cerca de su trono, todos gritaban angustiosamente mientras retransmitían esta información desde todo el imperio, directamente hacia Cadia. En cada pictopantalla, Abaddón vio naves de los Portadores de la Palabra, apoyados por los inmensos ejércitos de peregrinos evacuando, y otras legiones del Caos unidas bajo la campaña de los Draziin-matas, mientras bombardeaban sus flotas a órbita alta, volándolas en pedazos en inmensas nubes silenciosas de adamantio derretido.

“¡Eres un traidor entre traidores, Erebus! ¡Siempre supe que eras una criatura patética! ¿Qué es lo que te ofrecieron? ¿Poder? ¡Bestia sin agallas!”, Abaddón gritó furioso, abanicando su Espada Demonio hacia Erebus.

La imagen hololítica parpadeó. Abaddón gritó enloquecido por la furia.

Erebus agitó su cabeza condescendientemente.

“¿Por qué, Erebus? ¡Habíamos ganado! ¡Caos triunfante! ¡Ya no más serviles ante cachorros mortales! ¡Éramos gloriosos! ¡Fuimos victoriosos!”, Abaddon gruñó, mientras olía el hedor de Marines Poseídos, quienes lentamente llenaban la cámara, sus ojos brillando en las sombrías galerías alrededor del trono. Abaddón se levantó, mirando hacia las bestias.

La primera ráfaga de sus Cañones Kai hirió a su guardaespaldas sobre el Servoterror corrompido. El gigante se resistió y rugió con furia, destrozando a varios poseídos antes de caer con un ruido sordo; una ruina humeante goteando icor verdoso.

La imagen de Erebus gruñó. “¡No era nuestra victoria! ¡Fue la tuya! ¡No tienes imaginación! Mira lo que hiciste; desgarraste al Imperio, y construiste uno nuevo en su lugar. Traicionaste los mismos ideales del Caos. Los Eldar se resistieron a su destino y mira lo que les ocurrió. ¿Ahora renegarás tu verdadera naturaleza? Somos seres de anarquía. ¡Eso es lo que deseamos!”, continuó Erebus.

“¿Anarquía?”, Abaddón sonrió de repente. “¿Quieres anarquía? Entonces deberías aprender a aceptar que incluso los mejores planes tendrán complicaciones; cosas que simplemente olvidas en el fragor del momento”.

Erebus resopló. “No voy a jugar tu juego, Abaddón”.

Entonces, los poseídos cargaron. Pero el Emperador del Caos no era un simple déspota mortal. Aún era un Campeón del Caos, posiblemente el más poderoso aún sin ascender. Su Bólter Tormenta escupía muerte, agitando los cuerpos de decenas de escoria poseída, mientras más saltaban sobre los cuerpos para terminar su trabajo. Su espada temblaba con humo de colores mientras cortaba las almas a la mitad, mientras la Garra de Horus arrancaba la vida de marine tras marine.

“Aún te olvidas de algo”, Abaddón dijo burlonamente, mientras los cuerpos se amontonaban a su alrededor. Cada vez más traidores irrumpían en la cámara, derramando fuego sobre el Emperador del Caos. Prepararon puntos de fuego para el estrago de terminar el trabajo de matar a Abaddón desde lejos.

“¿Y qué sería eso?”, Erebus se encogió de hombros en su ubicación segura.

“El motociclista, por supuesto. El que escapó primero”, dijo Abaddón, su risa perturbando incluso a los demonios. Mientras reía, el gran techo de cristal en su salón del trono voló en pedazos, mientras el legendario Doomrider se hundió hacia abajo, como si viniera de la nada, aullando su propio nombre mientras su cuerpo estaba envuelto en fuego impío. Su motocicleta aterrizó en las galerías superiores, y disparó a los motores demoníacos con toda su potencia, acabando con los Portadores de la Palabra que Abaddón no tronchó con su espada.

Entonces, así como apareció, el motociclista se desvaneció, como si su vehículo hubiera perforado la misma realidad. Cuando el polvo se dispersó, Abaddón se había ido. Se había esfumado mientras los traidores se cubrían. El Señor Oscuro lucho su camino por las cubiertas orbitales, luchando contra las hordas humanas que en vano intentaban ralentizarlo. Mientras corría rampante a través de sus propias fortificaciones como una bestia salvaje, una banda sanguinaria de Despojados, y algunos de sus Legionarios Negros le rodearon. Juntos, lanzaron una incursión relámpago sobre el Aniquilador Planetario. Mataron a todos aquellos que intentaban capturarlo, y Abaddón lo aseguró para sí mismo. Las armas disformes fácilmente limpiaron su camino a través del precipitado bloqueo naval instalado para frenarlo, y con ello escapó del sistema cadiano.

Sin embargo, le importaba poco a Erebus, quien se teleportó a Cadia, seguido de Lorgar. Puso una gran corona negra sobre la cabeza dorada de su Primarca, quien sonrió calmadamente mientras sus fuerzas se propagaban a través del Imperio Occidental del Caos como veneno. Entonces, Lorgar levantó su guantelete e hizo chasquear sus dedos. Mientras hacía esto, las cargas altamente explosivas puestas en la base de cada pilón sobre Cadia detonaron al unísono. Los cielos se oscurecieron, mientras la Disformidad inundaba el mundo por primera vez en millones de años. Los Cadianos Oscuros miraron aterrados hacia los cielos, pues éstos estaban llenos de demonios, quienes llegaban con miradas lascivas. Pero lo peor estaba por venir, mientras algunas cosas treparon desde el cielo, con la carne deshecha con cortes en sus extremidades. Los Draziin-matas se alzaban.

Abaddón se convirtió en un forajido en su propio imperio. Una vez más sintió el frío tacto de la traición. Se dio cuenta de la necedad de la civilización. El único camino que le quedaba era el de bárbaro. Si eso era lo que querían, que así fuera. Mientras abandonaba su imperio, saqueó sus propios planetas por recursos y naves, preparándose para su nueva guerra. Incluso bombardeó la torre de carne suturada, arrancando a uno de los retorcidos clones de Fabius Bilis. Una vez hecho esto, escapó de las fronteras hacia el Imperio de Vulkan.

Kor Phaeron, quien había logrado capturar al Espíritu Vengativo, reunió consigo una poderosa flota de guerra de naves demoníacas y de guerra de un millón de variedades. Lorgar le ordenó perseguir y destruir a Abaddón, a dondequiera que fuera. Kor Phaeron se dedicó a su tarea con gusto, con entusiasmo persiguiendo a Abaddón dentro del espacio de Vulkan.

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Una nota sobre los Draziin-matas:

Los Draziin-matas parecen ser las fuerzas militares primarias del Nex-[Sollozo detectado en pista de audio. Sugerencia: ¿mal funcionamiento? ¿Cintas corrompidas?]. Son pesadillas elongadas y largas compuestas de carne púrpura brillante, extremidades innaturales y armas alienígenas que se retuercen y conforman desde sus formas imponentes y vagamente humanoides. Exhiben una salvaje variedad de sistemas de armas y, de hecho, pueden crecer y cambiar sus formas en pleno fragor de la batalla. Esta versatilidad es resultado de que estos seres están cubiertos de cierta forma de proto-Hueso Espectral, la cual encierra a una entidad disforme interna. No hay dos Draziin-matas iguales, pero todos son uniformemente mortíferos; capaces de aplastar a un Astartes con facilidad, cuyas extremidades parecen evolucionar nuevos métodos de muertes creativas casi instintivamente. Los informes desde los más antiguos entre los Eldar sugieren que estas construcciones fueron una vez máquinas fantasma usadas por el antiguo Imperio Eldar para luchar sus guerras y extinguir civilizaciones problemáticas. El que ahora sean las tropas de choque de un nuevo poder naciente de desorden entrópico absoluto sugiere que este nuevo enemigo es de hecho mucho más antiguo de lo que cualquiera podría suponer.

Se desconoce la naturaleza de estas entidades que empoderan y manejan a estos corruptos autómatas de guerra, pero mucho se ha especulado sobre el caso. Se dice que la Disformidad contiene las emociones y las consecuencias de cada decisión y pensamiento concebible en la realidad; cada idea posible o emoción que haya existido. Algunos dice que, en lo profundo de la Disformidad Abisal, entre capas y capas de panteones dementes y tormentas turbulentas, yace lo olvidado; los elementos crudos de la existencia. Cada línea de tiempo abortada, cada paso no tomado, cada sueño abandonado y cada hijo abortado; todos vienen a descansar entre el cenagal de la inexistencia. La teoría más popular (y horripilante) sobre los Draziin-matas es que están empoderados por estas entidades imposibles. Por supuesto, como muchos demonios de la Disformidad Abisal (y el Nex-[el archivo crepita como si estuviera bajo presión. El autor babea vómito ligeramente] para este caso), tales entidades intrínsecamente inestables solo durarían una fracción de segundo dentro del reino material. En ese segundo, habrán dañado irrevocablemente el Materium, pero de otro modo su efecto debería ser mermado a menos que estén siendo nutridos por una grieta disforme. En el caso de los Draziin-matas, esta existencia imposible teóricamente podría mantenerse dentro de una matriz de hueso espectral contaminado autosuficiente.

El N-la Disformidad Abisal puede que no parezca tener una estrategia global más allá de la Disolución, pero algo diseñó a estas abominaciones, y alguien ha estado planeando esta incursión desde hace mucho, mucho tiempo.

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