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Asurmen

Asurmen, el primero de los Señores Fénix, lideró a más Exarcas que sus hermanos. Visitó cada uno de los Mundos Astronave muertos. Buscó entre las ruinas, acabando con cualquiera que buscara desecrar las tumbas vacías. Algunos decían que seguía la Senda del Fénix; intentando encontrar un medio para liberar a Ynnead de su limbo, atrapado dentro de la matriz de almas de los Mundos Astronave. Había una historia que contaba sobre un antiguo rey timador del clan Ulthran, el cual había sido engullido entero por un leviatán de Slaanesh, pero que las puntas de sus dedos habían sido arrancadas por las mandíbulas de la bestia, y habían mantenido un ancla dentro del reino de los vivos; dichos dedos se volvieron gemas, que estaban ausentes del cetro de rubí de la Reina de los Muertos; sin ellas, no podría liberarse de este infinito laberinto. No podemos saber si Asurmen conocía estos relatos (o posiblemente, si los comenzó). Sabemos que él inspiraba valor y bravura a donde quiera que fuera, incluso entre quienes no eran hijos de Isha. Llevaba el blasón de un Rey, no solo un Señor entre Fénixes.

Siguió la llamada implicada por el nombre de su Templo. Era el Vengador; luchaba con valor y honor mientras vencía a los mayores campeones de imperios fétidos, o acababa con sus reyes tiranos sobre sus tronos. Tiró abajo al Imperio de los Falsos Nombres en un solo día; un único shuriken cortando la arteria precisa que causó que el Ingenio Demoníaco que gobernaba el mundo colapsara sobre sí mismo, aplastando a todo su ejército bajo su corpulencia. En un movimiento espectacular, lideró a una flota completa de Caballeros Dragoneros Exoditas contra el Imperio de los Slaugth, destrozando su poder para siempre. Se desconoce cómo hizo para llevar a los Exoditas los diez mil años luz necesarios para llegar a la Puerta de Calixis desde el extremo norte de la galaxia, pues no se conocen puertas a la Telaraña que lleven allí.

Asurmen, a diferencia de sus compañeros Asuryata, no hacía secretos sus movimientos por la galaxia. Se desplazaba entre las increíblemente escasas flotas Eldar, y ahí donde llegara, el enemigo moría. Gran parte de su tiempo, ni siquiera tenía que desenfundar la Espada de Asur; su habilidad con el shuriken no tenía parangón en toda la galaxia.

En algún momento durante los últimos siglos del 55° Milenio, buscó un pequeño imperio de alienígenas aliados, oculto tras una región escondida de espacio (llamado el Cinturón Velado por la humanidad). Este imperio, los Heketamon, habían estado en guerra contra un enemigo extraño por incontables siglos.

Los Thyrrus eran una raza de entidades cefalópodas, ataviados en disfraces elaborados y complejos. Luchaban con armas de exquisita belleza y confusa aplicación. Cuando Asurmen llegó al sistema a la cabeza de una flota de Naves Fantasma sin piloto, lo que vio fue simultáneamente hermoso y trágico. Mundos enteros estaban sumergidos por guerras que propagaban una profusión de luces fantásticas y fuegos a través de sus superficies. Cuando Asurmen descendió a la atmósfera de esos mundos, la belleza de los espectáculos lumínicos proyectados al espacio palidecían en comparación con el maravilloso fragor de la guerra contra los Thyrrus. Los ataques de artillería de tanto los Thyrrus y sus enemigos parecían estar modulados y dirigidos de tal forma que se acompañaban perfectamente. Las notas graves de las guturales macrosalvas contrastaban con los delirantes coros de baterías láser agudas y las estridentes armas hipersónicas. Armas de sonido puro convertían edificios en ruinas, las cuales caían en patrones exactos cada vez.

Desde órbita baja, el Señor Fénix pudo ver que incluso los cadáveres y los caídos formaban un patrón; se había escrito poesía a través de la misma corteza. Leyendas antiguas, del antiguo Imperio Eldar y otros mitos prehistóricos de otras especies estaban blasonados en una caligrafía cursiva que abarcaba kilómetros. Sus Exarcas estaban casi sobreabrumados con la orquestal maravilla de las escenas debajo, pues las almas de los muertos estaban entremezcladas con el espectáculo en combinaciones obscenas que tiraban las fibras del corazón e inflamaban los humores.

Solo Asurmen parecía impertérrito; sus esbeltos brazos cruzando su pecho forzosamente. Había ordenado a sus naves a escanear los sistemas de los Heketamon y a que encontraran a la mayor concentración de Thyrrus.

Los Heketamon estaban perdiendo la guerra, pero no podían entender por qué. Sus tácticas eran acertadas, se retiraban cuando era necesario, presionaban con sus ventajas allí donde le enemigo estaba más débil. Nada parecía funcionar.

Sobre el mundo de Illustris, su consejo gobernador había estado atrincherado por casi un milenio entero. No entendían cómo podía su mayor fortaleza mantener a su desconcertante enemigo a raya, pero estaban agradecidos por ello. Asurmen pudo ver por qué habían sobrevivido, sin embargo. Desde el aire, su última fortaleza, construida y reconstruida de acuerdo a la concentración de asaltos que golpeaban en áreas particulares de ésta, había conformado un rostro titánico y estilizado. Un rostro mitad blanco, mitad negro, rodeado de una tela de araña. El símbolo del Dios Que Ríe.

Asurmen no perdió más tiempo sobre este trabajo de teatralidad demente. Se arrojó desde órbita baja, cayendo en picado directamente hacia las hordas de Thyrrus. Sus Guanteletes-Catapultas Vengadoras desataban una tormenta de shuriken resplandecientes sobre los coloridos monstruos. Mientras caía, con sus estandartes y su capa aleteando sobre su forma blindada, enlazó su mente con sus Naves Fantasma y con sus Exarcas, informándoles instantáneamente de sus planes para la inminente batalla.

Los cadáveres de los ligeros seres tentaculares se amontonaban a su paso, mientras sus espectaculares armas atravesaban el cielo como un bosque luminiscente en un vano esfuerzo de destruirlo. Cuando finalmente golpeó el suelo, su último descenso fue amortiguado por miles de cadáveres Thyrrus, los cuales explotaron mientras impactaba contra ellos a velocidad de escape, seguido rápidamente por los de sus seguidores Exarcas.

Mientas una oleada de brillante icor Thyrrus salpicaba sobre la horda, Asurmen ya estaba en movimiento, con su Espada Implacable Tethesis en mano, mientras sus Catapultas desespinaban a cualquiera que levantara un arma contra él.

La espada estaba viva, y respondía a los pensamientos de Asurmen con la empatía que solo un hermano comprendería. La hoja cortó los cuerpos de los Thyrrus con cada golpe en arco y carga energizada. Al cabo de momentos, la fuerza Thyrrus ya se estaba dispersándose hacia el exterior, lejos del guerrero eterno.

Mientras luchaba, las Naves Fantasma disparaban de acuerdo a las órdenes de Asurmen, quemando a millones de Thyrrus con sus ráfagas de púlsar y arremetidas con sus Cañones de Vibración. Para los defensores del planeta, este asalto era tan desconcertante como el de los propios Thyrrus; su misterioso aliado había escogido un punto aparentemente arbitrario para atacar a los púlpidos. No había estrategia para esto.

Poco sabían ellos que la destrucción que Asurmen forjó estaba estrechamente controlada y limitada con un propósito. Desde arriba, era obvio. Él estaba tallando el cuento Eldar de los Asuryana dentro de la horda de Thyrrus, en sangre y cuerpos ennegrecidos.

Una vez completara este ataque/obra de arte, llamó a los sirvientes del Dios Que Ríe con una voz poderosa, antes de arrojar su espada hacia una sección vacía del cielo justo sobre los Thyrrus restantes. La espada de Asur... se clavó.

Los Thyrrus pausaron, volviéndose como uno hacia la espada, la cual había perforado un poco del aire justo sobre sus cabezas. Momentos después, el holocampo se desplegó ante los ojos de las multitudes reunidas, revelando a la espectacular barcaza gravítica Eldar que estaba anclada allí. En un solo salto, Asurmen saltó hacia la nave, usando su espada como un escalón sobre el casco, antes de tirar de ella con un gemido de ruptura de psico-plástico.

“Ya basta de esto, Arlequines bobalicones”, dijo simplemente.

Los Eldar dentro permitieron a Asurmen entrar. Pero estas criaturas no eran Arlequines. Eran una facción aún más rara; los imposiblemente antiguos Intérpretes Corales de Cegorach. Estos extraños seres no eran mudos, como los mimos de los troupes de Arlequines. Estos seres hablaban constantemente, cantando las letras de una canción infinitamente compleja y sin conclusión. Luego de horas de dificultosos intentos de comunicación, el adusto Asurmen y el cadencioso y caprichoso Coro eventualmente fueron capaces de hacerse entender.

En medio de sus divagaciones, Asurmen fue capaz de discernir que Cegorach estaba disfrutando de la difícil situación de la galaxia, y que había estado instalando más y más distracciones y conjuraciones para ‘mejorar el gran acto’.

Asurmen les maldijo por su frivolidad; Cegorach era el último de los Dioses; él debía estar luchando y ayudando a sus hijos, no perdiendo el tiempo con espectáculos crueles y rarezas.

Ellos referían enigmáticamente a los ‘deslumbrantes actos’ del Dios Arlequín. Eran demasiado necios y estaban demasiado extraviados. Las cegadoras luces eran una fachada; luces que arrojaban sombras. Y en las sombras era donde el Chapucero trabajaba. El más astuto y despiadado de los Primeros. Tan secreto él era, que solo los hijos olvidados de los trogloditas aún lo recordaban.

Asurmen se dio cuenta de la importancia de esta información, y agradeció al Coro. Ellos respondieron con risas burlonas y mofas; afirmaron que cuando la verdad finalmente se desdoblara a través del Pozo de la Eternidad, el Señor Fénix con el manto del Rey podría no ser tan comprensivo. Mientras Asurmen se iba, ellos le preguntaron si iba a castigarlos, ¿acaso iba a vengar a los que habían sido agraviados? Respondió:

“No. Pero a mí no me han agraviado... aún...”.

Y con eso, se desvaneció; teleportándose de regreso a la cubierta de su Nave Fantasma. Fue entonces cuando el Coro se dio cuenta que su nave estaba aún visible. Segundos después, una andanada de misiles Deathstrike de los Heketamon golpearon a la nave del Coro en una luz enceguecedora de olvido blanco. Esto rompió el apoyo de los Thyrrus, y el contraataque finalmente comenzó.

Pero el Señor de los Vengadores Implacables ya estaba en dirección a un segundo objetivo; un nuevo plan conformándose dentro de su gloriosa mente dorada. Viajó hacia el corazón del Dominio Mayor Krork de Vandergloin. Este viaje habría sido imposible sin la Telaraña; pues era la única ruta no obstruida con muerte y derramamientos de sangre. La Disformidad estaba viva con flotas de guerra, mientras constantemente cruzaban de un extremo de la galaxia al otro respondiendo a una incursión tras otra. El Espacio Real era un reino confuso de batallas ocurriendo en cada sector de la galaxia; pocas naves podían esperar cruzar la galaxia sin ser atacadas por naves plateadas monolíticas, o desgarradas por defensas planetarias paranoides.

Sin embargo, Asurmen alcanzó su objetivo. Irrumpió dentro de las bóvedas, liberando a una psíquica humana desamparada de los corrales de esclavos bajo el bastión central. Cuando fue confrontado por los inmensos guardianes, él (sorprendentemente) se rindió. Dejó que lo llevaran hacia el corazón del complejo. En lo profundo de la sombría bóveda, se levantaba un inmenso salón del trono, cubierto de diez poderosos tronos. Sobre ocho de ellos, había una criatura Krork psíquica (conocidas antiguamente como ‘Eztrambótikoz’) acomodada. Sus cerebros estaban conectados dentro de cierta clase de matriz, la cual Asurmen sintió de inmediato. Sintió el legendario ‘Campo Guerrero’ de los Krork, pulsante a través de la cámara; la vigorosa esencia vital de toda una especie. Asurmen vio a otros Krorks, de la clase mecánica, jugueteando con complejas matrices de campos de fuerza alrededor de los tronos. Estos eran Campos de fuerza Krork; los campos de energía más poderosos y complejos que la galaxia haya conocido. Incluso los campos de energía Necrones eran menos poderosos (aunque los Necrones tenían muchas otras ventajas sobre ‘La Guerra de los Krork’, como se demostrará en otras secciones). Las figuras dentro del campo estaban totalmente seguras de cualquier cosa que Asurmen, o incluso una flota de guerra completa pudiera lanzarles. Además, varias bestias Krork de clase guerrera estaban firmes alrededor de la cámara, sosteniendo armas de energía y de proyectiles avanzadas cerca de sus inmensos petrales. Su líder no estaba presente, pues el planeta todavía estaba siendo sacudido por los reiterados ataques de los Necrones, quienes estaban asediando éste y, en efecto, gran parte de los bastiones Krork en la galaxia a la vez.

La psíquica temblaba aterrada, pero sólo marginalmente menos aterrada de las almas doradas del Fénix que apretó sus hombros suavemente, sosteniéndola con firmeza frente a los Krork. Sobre los últimos dos tronos habían dos criaturas diminutas. En otra vida podrían haber sido rechazadas como Snotlings, pero durante este período eran las entidades más temidas de la galaxia. Eran los cerebros de la maquinaria de guerra Krork; la fuerza guía detrás de su gran poderío verde.

“¿Por qué, Eldar, irrumpes en nuestras bóvedas y pretendes quitarnos a nuestros esclavos?”, preguntó el primero, su voz extrañamente amplificada por medios desconocidos.

“Cumplo las órdenes de los que llegaron primero. De Aquellos que Persisten”.

Ante las palabras de Asurmen, los Zezudoz rieron. “No conoces a quienes llegaron primero. Eres joven. Luchamos a su lado. Y ahora, al ser despertados luego de mucho tiempo entre el yermo del deseo de la batalla, nos hemos dado cuenta que todos se han ido. Todos están muertos. ¡Devorados completamente por vuestra locura venérea!”, resopló el otro Zezudo, con su voz siendo traducida instantáneamente al dialecto de Ulthwé (por alguna razón).

Asurmen agitó la cabeza. “Aún quedan algunos que persisten. ¿Quién los trajo de vuelta? ¿Quién los arregló?”.

Los goblinoides Krork agitaron sus manos en rechazo. “Ese engañador no nos sacó de la locura por buena voluntad. Él es un atisbo demente, dispersado a través de la galaxia. Nos rehizo para ser otro juguete en sus juegos egoístas; no nos hacemos ilusiones acerca de sus motivos. Se entrometió con los de carne azul para ver cómo reaccionarían los Sapiens; ¡los creó como una burla! Es un fanfarrón y un terror. Nosotros, y solo nosotros recordamos por qué estamos luchando esta Gran Guerra contra los Demonios Espejados. ¡Y lucharemos! ¡Lucharemos y venceremos! Este es nuestro propósito, arraigado en cada uno de nuestros guerreros fúngicos aumentados”.

Asurmen estuvo en calma por un momento antes de responder. “No hablo de Cegorach. Su propósito no es unir o liderar. Es engañar y distraer; desconcertar y confundir. Hablo de la sombra, que crece y se establece en los espacios entre la luz”.

Ambos bandos sabían a qué se refería. Los Zezudoz husmearon. “Eres más iluso de lo que pensaba. Él está muerto, así como los demás”.

Pero Asurmen les reveló la verdad. El sombrío, el Dios Invisible, olvidado incluso entre el viejo panteón Eldar. Qah hace tiempo que estaba activo, incluso estando destrozado. Sin embargo, en algún momento durante la Segunda Era de los Conflictos, sin que nadie se percatara, había sido curado, y comenzó a planear y tramar.

Los Zezudos se burlaron de esto, hasta que Asurmen les preguntó sobre su iluminación; ¿por qué aún había sombras persistiendo en su propio salón del trono, teniendo la potencia de ilumiar toda la habitación? Antes que pudieran responder, Asurmen usó su constelación interna de almas para iluminar completamente la cámara. Solo su luz podía atravesar hasta las más profundas sombras. Por unos breves segundos, la cámara no tenía matices, y revelaba a docenas de formas barrenadas, cubiertas de trajes de carne carcomida y quitina. Segundos después, las sombras regresaron, y las figuras se habían ido; escabulléndose aterradas. Los Hrud eran los secuaces de Qah, y estaban en todos lados. Eran los Vigilantes, incluso en la Oscuridad. Siempre alerta, documentaban todo lo que veían. Mientras que el Dios Que Ríe causaba estragos, los Hrud se movían en la estela del caos, manipulando y dirigiendo eventos sin siquiera involucrarse. Habían sido difamados como pestes durante miles de años, pero Asurmen los reveló por lo que eran en realidad.

(Sospecho que incluso revolotean por este lugar, aunque parecen estar de acuerdo en dejarme continuar con esta crónica sin problemas. Para ser honesto, no les temo. Yo temo a los Draziin-matas, y a lo que planean hacer. Pero debo continuar).

Sus acciones probaron a los Zezudoz que Asurmen había sido honesto, y de mala gana le dejaron ir con su premio psíquico. Esta chica era una clase particular de psíquico; una suerte de ‘batería’ telepática, que podía almacenar los recuerdos de muerte de cualquier ser vivo que haya fallecido en el mar de almas. Esto le había vuelto loca, pero la hacía útil para el Señor Fénix (a quien continuamente llamaba como el ‘Rey pájaro de fuego’ a pesar de su estoica condena ante ese apodo).

Su siguiente destino era un reino que había sobrevivido y prosperado durante más de diez mil años en la sangre de los hombres y los gritos de locura de monstruos superhumanos. Su objetivo era Baal, el Mundo Trono de los Caballeros Sangrientos, y la guarida del primero de su número.

Si Asurmen deseaba continuar su enigmático esquema, Mephiston y sus enloquecidos Bibliotecarios serían su mayor obstáculo. Asurmen necesitaba traer de vuelta los oscuros recuerdos hace ya mucho reprimidos por los vampirescos Astartes y lucharía hasta la muerte para recuperarlos.

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