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[Abriendo campo visual: Interior, Archivo de las Planicies de Shriven. Estanterías distorsionándose. Sugerencia: ¿derritiéndose? Incorrecto.]

[Cronista vuelve a la estación de carga, portando una gran cantidad de tomos (especulación: pergaminos y vitelas). Tono reverberando a través del archivo.]

He salvado lo que he podido. Me temo que la última brazada de conocimiento que he traído de ser contaminados es suficiente.

[Respiración lenta.]

Debo permanecer en calma. Debo impartir este conocimiento tan claro como sea posible. No puedo dejar que mi dolor dé rienda suelta a sesgos maliciosos. Estos hilos del destino son especiales.

[Tosiendo/¿llorando?]

Respirar... regular... estabilizar...

Informe; siendo subido.

[Subiendo. Sugerencia visual para almacenamiento: ¿Está solo el cronista? El sistema detecta señal(es) de vida secundaria(s) en la cámara...]

Karandras y el Fénix Caído

Gran parte de la historia del Guerrero de las Sombras se ha perdido en la naturaleza elusiva y el sigilo natural del mismo Señor Fénix. Se desplazaba invisible a través de campos de batalla y campos de huesos en la galaxia, terminando con las vidas de los malvados o simplemente de los poderosos. Muchas son las cuentas de generales y divisiones de soldados siendo masacrados en medio de las batallas, o siendo inesperadamente asesinados por sombras cambiantes de verde en las profundidades de los caminos de las junglas.

Emergió muy raramente a la luz de la historia a través de las crónicas. Solo hubo dos ocasiones donde fue este el caso. La primera, cuando fue descubierto dentro de la cámara central de un Pecio Krork, y solo el esfuerzo interesado de todos los soldados de la ‘Guerra de los Krork’ a bordo de la nave forzaron al Señor Fénix a irse, pero no sin antes recapturar la inmensa gema que los antiguos Krork habían almacenado en sus bóvedas, junto a una biblioteca completa de núcleos de datos Krork, que documentaban todo el conocimiento acumulado que ellos tenían sobre criaturas cuyos nombres hace tiempo se perdieron. Estas entidades eran las denominadas ‘Ancestrales’; el término concedido a las Primeras Razas que evolucionaron en los planetas.

La segunda vez fue por elección propia. Buscó desafiar a su veleidoso mentor por tercera vez en su larga existencia. La primera vez fue durante la caída del primer Templo, donde Arhra se volvió contra sus hermanos, y Karandras debió volverse contra su maestro con el fin de expulsarlo. La segunda vez fue durante la Era del Imperio Mon-keigh, en el Templo de las Orbes Cortantes de Zhandros; un duelo irresoluto en donde ningún guerrero pudo sobreponerse al contrario. Pero la tercera arremetida era diferente. Ambos Señores habían expandido sus poderes enormemente desde su último encuentro, hinchados por las almas capturadas de sus sirvientes voluntarios y seguidores hasta que eran seres luminosos apenas contenidos en su vistosa armadura rúnica.

Arhra envió una señal clara a su némesis para que Karandras pudiera encontrarlo. Sobre la ciudad-xeno de Intrazzi, un gran ejército de asesinos y guerreros se habían encontrado, masacrando a la población en formas cada vez más violentas y crueles. Este enorme culto asesino tenía una fuerza de billones, y estaba encabezado por los silentes Íncubos, quienes discretamente lideraban a las escuadras de exterminio mientras buscaban asesinar a toda la población del planeta, fueran alienígenas nativos, o los dignatarios y mercantes humanos que también hicieron su hogar sobre este vibrante punto de intercambio en la frontera suroccidental entre el Imperio de Vulkan y el Imperio Transgoviano. El mundo estaba ubicado en la Grieta del Dominio de Creed, una grieta disforme artificialmente inducida que protegía la región en cierta medida de las naves del Dragón en esta coyuntura de la historia galáctica.[1]

Por alguna extraña razón, los guerreros Íncubos habían causado que los reactores primarios de plasma del mundo entraran en fusión. El núcleo del reactor, mejorado en su flameante poder a través de un vial de materia oscura exótica, conflagró a través del manto del planeta, hasta crear una estructura volcánica titánica en el corazón de la ciudad, liberando una densa nube de humo y ceniza a través de todo el mundo. Cada día, fuerzas desde Commorragh y otros enclaves piratas se llevaban artefactos y objetos extraños, los cuales eran arrojados desde el núcleo derretido y corrían fluidos en el ardiente corazón del planeta.

Karandras viajó a toda velocidad por la Telaraña hacia el sistema. Pero otra fuerza lo había golpeado hacia el planeta. Los refugiados del Imperio Transgoviano ahora destruido por los Necrones habían conformado una poderosa flota de guerra, apoyada por la Comandancia aliada de los Tauros Penitentes (formada a partir de los destrozados restos del Capítulo de los Minotauros, quienes hace mucho tiempo se habían autoimpuesto una penitencia eterna sobre sí mismos, por su participación en el horrible incidente de Nyx, que sea siempre recordado dicho evento...) y las Bestias de Fuego, los cuales a su vez estaban apoyados por la Legio Titanicus de Nocturne y la Legión de Tanques de los ‘Lagartos de Trueno’, en sus poderosos Tanques Blant Mk III. El Imperio de Vulkan, bajo la regencia absoluta y emergente de Vulkan durante la Guerra del Dragón, había prometido al resto de Transgovianos un lugar dentro de su Imperio en caso que pudieran expulsar a los herejes y maníacos que infestaban al Dominio de Creed. Habían saltado a la oportunidad con todo el valor desesperado de hombres que ya no tenían nada que perder.

Para el momento en que Karandras llegó a Intrazzi, era una vista del infierno. Titanes y tanques se batían contra las armas de defensa capturadas de la ciudad, y las gigantescas Barcazas de Vacío de los Eldars Oscuros, que colgaban en órbita baja mientras golpeaban a sus enemigos con enormes lanzas oscuras y municiones de vacío que se tragaban compañías enteras de soldados.

Los Khainitas humanos fueron adornados con una armadura filosa de pinchos en una burda imitación de sus amos extranjeros, y lucharon con un regocijo psicótico con espadas sierra, látigos, hachas y espadas de una salvaje variedad. Los Cabalitas luchaban junto a ellos, ocasionalmente mutilando a alguno de sus aliados Mon-keigh, solo para ver sus rostros de confusión traidora.

Con todo derecho, por supuesto, la batalla por el planeta podría haber sido ganada fácilmente por los leales a Vulkan. Sin embargo, el otro bando tenía a Drazhar Arhra de su lado. Intrazzi estaba infestada por portales a la Telaraña contaminados que se entrecruzaban sobre su superficie con una complejidad interminable. Desde sus pasajes, el Señor Fénix de los Íncubos atacaba al enemigo desde todas direcciones. Sus Espadones Compuestos acababan vidas con un único golpe. Los tanques eran inmovilizados y abiertos por el consumado asesino, antes de llenar los vehículos de un asalto psíquico que derretía a los hombres dentro del mismo casco. Luchó sin honor, atacando a enemigos por la espalda o cegándoles antes de luchar. Sus poderes eran asombrosos y aterradores en igual medida, pues estaba empoderado no solo por las almas capturadas de Íncubos caídos, sino además por el dolor y el sufrimiento de todos en la superficie de este infierno industrial retorcido.

El Alto Emperador de Transgovia fue asesinado por un único golpe desdeñoso de Arhra, y su élite de guardaespaldas semi-Ogretes le siguieron minutos después. Rayos de color ámbar penetraron en los cielos rojos y grises de la ciudad, y las calles literalmente fluían con sangre y huesos rotos. Demonios de Khorne fueron atraídos al festín, junto a Kymeras y sus Señores de las Bestias y un surtido retorcido de criaturas disformes para las que aún no tenemos nombres. Los Transgovianos siguieron adelante con una determinación implacable, sin prestar atención a sus crecientes bajas. Si sus estandartes caían o sus comandantes se quebraban, otros saltaban adelante sobre sus cuerpos y tomaban los estandartes desde sus manos frías y muertas.

La ola era contra los hombres de Arhra, pero poco le importaban sus mortales engañados. Ellos anhelaban un final sangriento, y las Bestias de Fuego en particular, parecían demasiado dispuestos a concedérselo. Siempre la más implacable de las Comandancias, las Bestias de Fuego destrozaron a sus enemigos con un júbilo salvaje, desgarrándolos incluso con sus propias manos en algunos casos.

Y los titanes se apersonaron. Era una vista espectacular de acuerdo a testigos sobrevivientes. Docenas de gigantes pisoteando por el campo de batalla; Warhounds, Warlords e incluso el Titán comandante (el Imperator conocido como ‘Tychus Rex’) cruzaron la ciudad como dioses a la medida. Sus rayos abrasadores y ojivas de megatones purgaron la vida del planeta en grandes conflagraciones de potencia nuclear. Los emplazamientos de defensa fueron reducidos a roca, y millones murieron bajo sus implacables bombardeos. Los tanques no eran nada para ellos, y éstos les aplastaban entre sus grandes patas como si fueran escarabajos. La Legio Nocturne había sido creada por mandato de Vulkan durante el comienzo de su Imperio. Eran los veteranos de guerra de cientos de campañas al frente. Para este momento, la Legio solo había regresado luego de una larga temporada en el frente contra el Dragón, y estaban subtripulados. Sin embargo, eran devastadores en este campo de batalla.

Karandras emergió desde su portal en silencio, respaldado por sus Exarcas. Los primeros seres que saltaron sobre él fueron Mastines de Khorne que sacudieron sus adornos, e intentaban despedazarlo. Murieron al cabo de segundos y Karandras estaba ya acometiendo contra la sangrienta bruma de sus cadáveres antes que tuvieran una chance de hundir sus colmillos en la carne.

Talló un camino a través de imperiales y cultistas, hacia un colosal volcán que los Titanes intentaban escalar puesto que se alzaba incluso más que las mayores espiras. En la cima había una fortaleza a modo de corona oscura. Allí era donde Karandras sabía que su enemigo le encontraría, y era el único lugar donde podría acabar con él.

El sonido de la batalla era un bombardeo desenfrenado que estremecía a la misma tierra. Bloques enteros de torres alienígenas se derribaban mientras el suelo debajo se desgarraba. Karandras cabalgó los edificios mientras caían, saltando desde una ruina colapsando hacia la siguiente con la gracia y la fluidez de un murciélago en picado. Su cuerpo de Exarcas le seguían de cerca, con sus garras chasqueando y sus espadas sierra rugiendo ávidamente.

Y a través de toda esta cacofonía tormentosa de esta interminable guerra, había un ritmo aún más profundo; un gran sonido pulsante, más allá de los oídos de los mortales. Golpeando y sacudiendo a un ritmo regular...

Adderkavada, el Comandante y Maestro de los Tauros Penitentes, se quedó solo en medio de los restos de cáscaras de Predators de sus hermanos de batalla. Su gran filo destellaba con energías letales mientras mantuvo a raya a una docena de Espadones, liderados por uno de los Altos Jerarcas del Templo de los Íncubos. Los espadones y las hojas de energía de sus látigos golpeaban con infinita complejidad mientras descargaban sus energías en todas direcciones. Se decía que la batalla lucía como una tormenta eléctrica viviente, pues los campos de energía se iluminaban con el ondulante humo y nubes de polvo que se alzaban por el combate. Contuvo a los Íncubos, mientras sus hombres cargaban con los asaltantes que intentaron flanquear a los Transgovianos.

Adderkavada sabía que estaba condenado pero aún así luchó. Fue cortado y destajado en una docena de lugares, pero siguió luchando. Algunas leyendas (espuria) afirman que luchó luego que el Jerarca le decapitara con un corte cizallado de sus Espadones Compuestos, y que vivió lo suficiente como para bisecar al ofensivo Eldar Oscuro antes que él también muriera.

Kaa, el Capitán de las Bestias de Fuego, luchó hacia su Thunderhawk, y pilotó personalmente la máquina entre el caos de la batalla, directamente hacia el inminente volcán que buscaba perforar los cielos. Mientras volaba hacia las fugaces cumbres, fue interceptado por una gran bestia que se elevaba con terribles alas. El Capitán sintió cascos pesados estrellarse contra el techo de su vehículo, seguido del horrendo chirrido del metal siendo desgarrado por una gran hacha. El techo fue arrancado, y el demonio lascivo se sumergió en la bodega. El Capitán de las Bestias de Fuego observaba desde lejos mientras se desplegaba ante él el drama aéreo. Un Devorador de Almas de Khorne, atraído hacia Intrazzi por las olas de odio y rabia irradiando en la Disformidad, se había montado sobre el Thunderhawk, para impedir cualquier interrupción del ritual dentro. (En este punto, sería absurdo no reconocer la superposición entre Khaine y Khorne, aunque muchos Eldar han intentado negarlo durante mucho tiempo).

La escuadra de mano de Kaa, que voló con él, desenfundó sus armas, y se preparó para enfrentarse a la encarnación de la furia con toda su bestial fuerza. Miraron a través del techo destrozado, y ellos salieron para entrar en conflicto con el descomunal demonio que estaba sobre las alas de los desafiantes aviadores Astartes.

Karandras llegó primero a la cumbre. La fortaleza-templo estaba resguardada por todos sus rincones por los Íncubos; los Asesinos Especialistas. El odio por los caídos era incandescente entre los Escorpiones Asesinos, y lucharon como hombres poseídos (y, supongo, estaban así, precisamente...).

El templo, que estaba lleno de pórticos sinuosos y complejos que se cruzaban entre vastos pantanos y ríos de magma trasvasado, se convirtió en una arena para cientos de duelos y batallas separadas; algunas donde los Íncubos y los Escorpiones estaban igualados, otras donde varios Íncubos luchaban contra un único Escorpión, y viceversa. Las calientes e infernales cámaras resonaban con los sonidos de espada contra espada, los exultantes aullidos de los Íncubos, y/o los gorgoteos húmedos de los asesinados. Karandras se desplazó entre ellos como aceite. Muchos de los que mataba ni siquiera alzaban una hoja en su contra, pues apenas sabían qué les había abatido hasta que Karandras pasaba, y entonces colapsaban en una docena de piezas. Estas luchas eran ideas tardías para el Señor Fénix; solo importaba alcanzar el santuario interior de esta abominación.

Lo que encontró era horrendo de contemplar.

La cámara interior era una red enmarañada de puentes que se extendían por una caldera de medio kilómetro de diámetro, los cuales echaban humo con roca derretida dragada desde las entrañas del planeta, puestas en su lugar por un campo de fuerza. Los puentes estaba construidos a partir de huesos y el viejo metal de la una vez portentosa ciudad, fusionada con un enrejado de venas horribles que bombeaban icores a través del innatural bosque de pórticos. Sobre los puentes, bandas de esclavos luchaban por llevar cientos y cientos de estatuas de metal oscuro. Una vez alcanzaban la ubicación deseada, sus maestros los asesinarían, y arrojarían sus cadáveres junto con las estatuas al fuego, sus gritos como néctar para las bestias afiladas que cacareaban jubilosas. Los muros estaban alineados con pieles; la piel viva de los ocupantes previos de este mundo. Las pieles de color púrpura de las criaturas ondulaban y gorgoteaban desagradables con vida imposible. Los tapices fueron marcados y colocados por los Eldars Oscuros, que se deleitaban en la depravación de la profanación. El cráter descendiente del volcán era un bosque de rocas protuberantes y mandíbulas serradas. No era como ninguna estructura volcánica conocida. Era más bien como el útero fétido de un engendro demoníaco.

Pero esto no fue lo peor que Karandras contempló.

Los Jerarcas se pusieron de pie en el borde de este espectáculo ardiente, y abrieron sus trampas de almas, liberando a todas las almas de Guerreros Especialistas atrapadas dentro durante todos estos milenios. Estos fantasmas lúgubres surgieron en el horror fundido debajo. En el corazón de la estructura volcánica, el estrepitoso ritmo era imposiblemente fuerte, pero inaudible para todo aquél que no tuviera una conexión con Él.

Con Khaine.

Karandras se arrojó sin palabras al combate. Cortó en pedazos a todo lo que encontró, fuera esclavo o Íncubo, Cabalita o Corsario. Solo se detuvo cuando Arhra finalmente se apareció.

Arhra había caído mucho más en los años transcurridos desde su creación original. Su armadura adornada brillaba con una luz oscura en los espacios entre las placas. Un tocado complejo de cuernos entrelazados adornaba su estrecha máscara de guerra, que parecía casi demacrada ante la luz parpadeante del fuego de la lava. Sus Espadones Compuestos estaban esgrimidos como garras de mantis en sus guantes. La mantis que miraba al Escorpión a través de la explanada.

Drazhar Arhra, famoso por nunca decir una palabra, levantó su mano y tomó la mente de un Eldar menor, el cual de repente, se retorció en el terror mientras sus cuerdas vocales fueron manipuladas por la amenaza silenciosa.

“Viniste”, Arhra le forzó a decir en una voz tan profunda e innaturalmente resonante, que fácilmente recorrió la gran distancia entre ellos.

“Heme aquí. Lo que aquí se está alzando no debería. Es una sombra retorcida de un Dios que hace tiempo se ha esfumado”.

“Nah, Él nacerá de nuevo; un dios renacido desde las ruinas. Deberías estar orgulloso, pues renacerá así como hace un Fénix; desde las cenizas”.

Karandras sacudió la cabeza. “La cosa que reside aquí no es Khaine. Es una cosa retorcida y fracturada. Una cosa nacida desde la locura y la destrucción sin un enfoque o control. El Maestro de la Muerte vio esto sobre Altansar. Lo vio en los núcleos de datos de los Krorks”, explicó fríamente el Señor Fénix, su voz era un susurro sedoso comparada a la de Arhra.

“¿Que no es Khaine? Tú me expulsaste hace mucho tiempo, cuando solía ser el seguidor más leal de Khaine. Tus templos Especialistas están contaminados por Asuryan y su nobleza. ¿Has olvidado tan fácilmente el nombre Kaela Mensha Khaine? ¡El Dios de la mano de sangre! ¡El fratricida, cuyo acto más famoso fue asesinar a un héroe Eldar! ¡Yo le rindo homenaje!”.

“Sigues la Senda del Asesino. Los Eldar debemos ser mucho más que eso. Esto no puede suceder”.

La respuesta de Arhra no fue registrada, pero los dos seres pronto se enfrascarían en combate, sobre los puentes superpuestos que se cernían sobre la boca del volcán. Los Mandiblásteres de Karandras eran casi inofensivos contra su enemigo, cuyas ráfagas rebotaban de su piel reforzada como una llovizna. Su pistola shuriken tenía poco efecto. Esta batalla degeneró a espadas y garras.

La espada sierra, la garra chasqueante y los Espadones cortantes. Intercambiaron una agitada salvaje de golpes, y cada florecimiento de arremolinados patrones de arco era cada vez más complejo. Los golpes que fallaban su objetivo tallaban puente tras puente, enviando a las ruinas en un traqueteo hacia el lago de fuego. Saltaron como acróbatas entre los postes restantes de los puentes y los restos magullados de las barandillas, campos de energía siseantes rebotando con una repetición concusiva.

Aún con toda la habilidad y sutileza de Karandras, no podía superar al terrible poder de Arhra. Se dio cuenta entonces, mientras era golpeado de columna en columna, de puente en puente por su antiguo maestro, que no podía esperar superar al Padre Oscuro solo.

El Thunderhawk, mientras tanto, se desplomó al suelo en una lluvia de llamas y escombros. El impacto arrojó al Devorador de Almas a través de la llanura inclinada de ceniza, pero también lisió a gran parte de la escuadra de mando. Solo el Capitán logró mantenerse en pie. Su brazo izquierdo había sido arrancado, pero el derecho aún empuñaba un Bólter Tormenta, con el cual disparaba implacablemente al enorme demonio rojo. El demonio aulló de dolor mientras las rondas lo alcanzaban, pero ni siquiera hicieron tambalearse a la criatura. Con un rugido espantoso, se preparó para cargar.

Entonces, un rugido aún más fuerte y profundo ahogó al propio. El Devorador de Almas se volteó, solo para ser golpeado repentinamente por el bastión descendiente del Tychus Rex. Emergió otro bramido discordante desde su cuerno de guerra mientras tumbaba al demonio, mientras los artificieros del bastión le disparaban todo lo que tenían al asediado monstruo.

Desde el informe del capitán sin nombre, vio como el Tychus Rex comenzó a escalar el mismo volcán, una pisada atronadora tras otra, con su Cañón Volcano ardiendo, mientras los misiles se derramaban desde sus bastiones en los hombros, y sus vastas armas de combate rugían con una voz ensordecedora. Su armadura fue desgarrada y destrozada por constantes asaltos de Devastadores, pero no se rendía.

La máquina marchaba.

El duelo de los Señores Fénix fue interrumpido por eventos que ocurrieron bajo el volcán. La abominación derretida entre ellos comenzó a alzarse. Lo primero en emerger era una garra titánica, cubierta en sangre y humo. Pero no era Khaine. La retorcida pesadilla era metal y fuego, cubierta en rostros enfurecidos y gritando, pero no podía conformarse en una forma definida mientras subía velozmente por la cumbre. Todos los puentes fueron desintegrados en átomos mientras el diluvio de metal erupcionaba desde la montaña.

Una columna arremolinada de plata marcó su camino hacia el cielo, hasta que parecía ser un poderoso tornado de acero.

El Princeps del Tychus Rex era el único que podía ver completamente la forma de la abominación desde la barbilla de su titán. Sus manos temblorosas levantaron su canal voz hacia sus labios, y señaló al Capitán de las Bestias de Fuego a que se retiraran completamente. Ordenó al Astartes a que reuniera a tanta gente como pudiera y la sacara del planeta tan rápido como fuera posible.

“Aquí Tychus Rex. Esta es un señal de amplio espectro a todos los motores y unidades de apoyo en el área; retírense inmediatamente. No es posible luchar contra este objetivo”.

“¿Entonces qué harán ustedes?”, respondió el Capitán desde su propio canal de vox.

“¿Nosotros? ¡Vamos a luchar! ¡Todas las armas preparadas!”, fue la última transmisión conocida del Tychus Rex. Se cree que el Princeps quedó enloquecido ante la criatura, o posiblemente el Espíritu Máquina de su titán había invadido su propia mente. Sin embargo, creo que decidió luchar con la finalidad de salvar a su Legio y a sus aliados de aquella cosa que era Khaine.

Las fuerzas de los imperios se retiraron, al igual que las fuerzas Eldar, a raíz de lo que habían dado vida. Los registros de la última batalla del Titán Emperador son vagos y carecen de detalles. La montaña estaba envuelta en humo y fuego, y constantemente florecía con los colores de un millón de diferentes tonalidades. Esto continuó por casi una hora, antes que una gran espada ardiente haya sido vista tallando entre las nubes, y todas las señales del titán se perdieron.

[¡Peligro! ¡Las defensas rúnicas han caído! ¡Incursión inminente! ¡Los Centinelas han sido invocados!]

¡Pequeño humano! Tan limitado por sus fragilidades del conocimiento. Sé de la batalla. ¡Saboreo la batalla! ¡El titán se batió contra un Dios aquel día! Un verdadero dios, en toda su terrible majestad. Vi los dientes zumbantes de una espada más grande que una torreta de castillo, una espada aulladora de un demonio enjaulado. El gigante de odio derretido se levantó desde el torrente inmaculado por el calor. Sus palabras eran una corriente de lenguaje infernal que quemó el casco del Rex.

Sentí a su tripulación masacrarse unos a otros, en sus entrañas, como gusanos vueltos salvajes ante el hambre y la desesperación. Vi sus armas disparar con la luz cegadora de un sol, haciendo agujeros a un dios encarnado. Presionaban contra el Dios de la Guerra como un luchador en un concurso gladiatorial completamente sobrepasado. El fiero corazón animal del titán luchaba para liberarse de sus amarres artificiales; para desgarrar al dios de la mano de sangre con sus garras inexistentes.

Karandras y Arhra se perdieron, aunque es obvio que sobrevivieron al encuentro.

Necio sobre un trono de ignorante conocimiento. Se escuda en el saber, pero teme mirar a los ojos del Arquitecto; el Gran Conspirador, quien lo ve y lo conoce todo. Solo yo puedo ver el giro de los destinos. Vi lo que ningún mortal había visto nunca, sobre ese campo de huesos y dolor.

Mientras el Dios de la Guerra le rompía la espalda al Dios Máquina, los Señores Fénix se dirigieron a los cielos. Treparon sobre los dos ardientes combatientes. Cargaron entre las vastas almenas del titán. Incluso desafiaron a la apocalíptica carne de Khaine mientras trepaban. La armadura de Karandras estaba rota y humeante con fugas de energía. El Padre Oscuro ardía con su luz oscura. Sus hojas gritaban mientras cortaban el mismo aire en su precipitación por asesinar.

Cada choque de espadas era una detonación de tal monumental fuerza que derribaba a ambos combatientes. El Escorpión, desesperado, dio al caído un poderoso golpe con su bota, enviando al caído a impactarse contra los ojos del Dios Máquina, en su interior. Él le siguió, pero Arhra era más rápido. Sus Espadones echaron a un lado a Karandras, dándole una docena de golpes mortales que habrían acabado con cualquier hombre vivo. Pero Karandras no estaba vivo, no realmente, por milenios. Pero su armadura cayó al suelo, con polvo bombeando desde sus graves heridas.

Como un reflejo de su terrible naturaleza, Arhra alcanzó y asesinó a toda la tripulación del titán, maniobrando sus espadas con tal velocidad que los hombres morían incluso antes que pudieran gritar.

Pero él no podía acabar con Karandras. Mientras se acercaba a él, sintió las cuerdas del destino que enlazaban a todos los Señores Fénix. Sintió a todos sus hermanos y hermanas volver sus miradas psíquicas contra él. El peso de la profecía se hacía enorme, y el fuego del contragolpe psíquico hizo temer al Padre Oscuro. Este no era el momento; la Rhana Dandra no había comenzado, y el último hombre bueno no había silenciado al siempre amargo hijo. Los Mon-Keigh no habían caminado sobre la piel plateada de un Dios, y la Puerta no hacía su llamamiento. La Disformidad fluctuaba, y Arhra se retiró. Vio a un Fénix; titánico e incandescente, chillando por su derrota. Así no era cómo moriría, sin embargo. Desesperado, pidió a cualquier dios que le escuchara que oyera sus súplicas. Khaine hacía oídos sordos, pues aquellos que se alzaba no era Khaine. Sabía que no lo era.

En ese salvaje instante de comprensión religiosa, el tiempo y la Disformidad se desdoblaron en uno; un momento perfecto para un horror atemporal. Arhra estaba solo. Se dio cuenta en este momento. Durante mucho tiempo, había sido llamado el campeón del Caos y él había rechazado esa senda. Se hacía llamar el último Khainita verdadero; el asesino perfecto, y nada más. Pero era mucho más que un Drazhar; más que un Maestro de Espadas. Tenía un destino mucho mayor. Los Videntes estaban, en cierto modo, en lo correcto. Ardería con la Luz Oscura del Caos. Pero no era un mero peón.

Él era el guardián del Pozo de la Eternidad. Era el punto de calma en el corazón del patrón.

En ese momento, la realidad volvió a convulsionar, y una poderosa fuerza lo desgarró de la realidad, salvándolo de la entidad renacida conjurada por los Señores Fénix.

Fue llevado a-

[Defensas rúnicas reiniciadas.]

Sobre la entidad de metal líquido que descabezó la montaña artificial de Intrazzi, no se conoce mucho.

Lo que se sabe es que la inmensa nave de guerra que los Commorritas estaban reconstruyendo, la Perdición Aullante, se desvaneció a los meses después sin explicación alguna.

  1. Nota: Esta sección tiene numerosas referencias a la Guerra del Dragón. Este era un conflicto cataclísmico reciente, posterior al debilitamiento de la prisión del Dragón por Ahriman. Una vez estuviera libre de su prisión, el Dragón envió instantáneamente sus naves a cada rincón de la galaxia. Al cabo de cinco minutos, había comenzado a asediar los mundos capitales de casi cinco mil Imperios al mismo tiempo, incluyendo a Seraph Nox, Armageddón, la Bastilla Licenciosa, Macragge, Cadia, Terra Nova, los asediados mundos Sept interiores de T'au, los Dominios Octavarianos de los Krork y muchos más, además que simultáneamente, activaba a muchos de sus Cultistas del Dragón durmientes y Mundos Necrópolis sobre la galaxia. Para mayores referencias, los capítulos subsecuentes harán referencias extensas a este evento continuamente, mientras ocurrían eventos mayores que moldeaban el destino de todo este tiempo. No quiero recordar esos tiempos, pero debo hacerlo. Debo contarles todo. Es imperativo que conozcan cómo enfrentar al enemigo de la Vida, y aprendan de sus formas. ¿Cómo podemos ganar? ¿Cómo podemos-

Espera, ¿qué es eso?

[Inicialización de señal de imagen. Intento de identificación de lecturas visuales anómalas. Efecto de ‘derretimiento’ más pronunciado. Sugerencia: ¿humanoide? Sugerencia: ¿Sugerencia? Forma multiflagelada aproximándose. Sin reconocimiento. Sin archivos en registro. El cronista se retira de la distorsión, desde la cual emergen muchas extremidades/apéndices/fenómenos.]

¡No! ¡No! ¡Draziin-matas! ¡Retrocedan!

[Descarga de armas. Sin efectos notables.]

[Registro degradándose. ¡Emergencia! ¡Emergencia!]

[Corrupción de señal de vídeo. ¡Serpientes desatadas sobre el piso! ¡Temperatura alcanzando máximos niveles aceptables! Múltiples contactos-cero contactos. Temperatura mínima. ¡Cero absoluto! ¡Incorrecto! La entidad avanza. Quiere nacer. Quiere exisssssssssssssssssssssssssss####ERROR-ERROR-ERROR...]

[Descarga de Cañón de Distorsión. Segundo rayo golpea al objetivo. Tercer rayo golpea al objetivo. Entidad (clasificación-desconocida: Draziin-mata) es destruida. Volumen alcanzando 100000 Decibelios. ¡ALERTA!]

[Entidad: sugerencia. Cámara despejada. Sin detección de entrada desautorizada. Solo el cronista y dos acompañantes, designados Sujeto 1 = Soldado de raza Krork Gorverial, y Sujeto 2 = Hermano-Capitán Tolrego.]

[El cronista habla con las dos figuras un rato, antes de que partan.]

Yo...

Yo... pausaré y haré un diagnóstico en los sistemas de la crónica.

[Arrancando Diagnóstico...]

[Crónica Pausada.]

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