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El alzamiento del Imperio de Armageddón es uno de los eventos más importantes de los diez mil años posteriores a la Segunda Era de los Conflictos, y es una historia muy inspiradora. Sin embargo, ésta comienza dentro del período más oscuro de la historia del atribulado mundo de Armageddón. Como siempre había sido, el polucionado Mundo Colmena había sido un lugar de guerras esporádicas durante el colapso del Imperio. Durante la víspera del M51, la población del mundo se vio alanceada por tres temidos e implacables enemigos. El Imperio Kazan, una cultura de hombres enloquecidos e indulgencias narcóticas, que llenaban al sistema de sus narco-naves y vehículos de guerra, atacando y agrediendo a los mundos del sistema sin descanso, saqueando los suministros del acosado reino para crear más drogas que enviar de vuelta a su loco populacho. El segundo enemigo eran los Rand, un Imperio de abhumanos rebeldes y monstruos mutantes, quienes deseaban anexar al Mundo Colmena y robar todas sus capacidades militares de manufactura para sus propios fines. Hordas de salvajes hombres-bestia y Ogretes siervos eran comunes entre los ejércitos de los Rand, quienes masacraban y realizaban los más crueles actos ante el acobardado pueblo. No solo estos Imperios asaltaron los planetas despiadadamente; una fuerza mucho peor fue atraída por la esencia de la batalla, y una oportunidad para el sadismo:

Una partida de guerra de los Hijos del Emperador, quienes arrastraron a una docena de partidas de guerra del Caos esclavizadas a su paso mientras irrumpían desde la Disformidad para participar en el libertinaje y el tormento que tal guerra ofrecía a los retorcidos super-humanos del Caos. La Legión de Acero y las Milicias de Colmena intentaron lo mejor que pudieron para contener a estas fuerzas, pero nunca hubo una esperanza real. Poco a poco, más de casi tres años de horrendos y asesinos tiroteos y luchas sangrientas y desesperadas empaparon de sangre sobre la suciedad y los escombros de innumerables espiras colmena destrozadas y casas en ruinas sobre Armageddón. Los cuerpos yacían apilados sobre las calles. Las aceras y caminos corrían de un apagado rojo-negro, el hedor de sangre congelada llenando cada fosa nasal.

Los Hijos del Emperador cabalgaban sobre los campos de batalla como dioses malevolentes. Sus Marines Ruidosos ensordecían y liquidaban a los restos de humanidad que huían, mientras que otros desquiciados elementos de retorcidos monstruos acechaban a los hombres a través de las calles como animales, antes de tumbarlos con risitas intermitentes, arrancando ojos mientras los hombres se agitaban inútilmente contra ellos. Muchas leyendas oscuras comenzaron a formarse entre la desesperada población: unas razonables, otras enfermizas.

A través de cada mundo en el sistema de Armageddón, un nombre se decía con susurros temblorosos y temerosos. El Eterno, Lucius. Lucius el Sempiterno era una pesadilla para este período, un gigante colosal cubierto con los rostros estridentes de aquellos asesinados por sus bestiales espadas, o subvertidos por su encanto. Viajaba de mundo en mundo, desafiando y asesinando a los mayores héroes y líderes de los casi quebrantados defensores. Luego de veinte mil años de su vil existencia, el cuerpo de Lucius se había estirado más allá de su físico natural, su cuerpo expandiéndose para acomodar a los miles de rostros agonizantes unidos junto a su maldita placa de batalla. Su látigo se agitaba sobre él como una víbora, matando a hombres y mujeres con cada venenosos y lánguido golpe de sus tentáculos empinados, mientras su brillante espada cortaba a los guerreros, con una habilidad más allá de la que cualquier mortal pudiera esperar igualar.

Aún así, hubo otras historias propagándose a través de esta miseria. Un gigante, cuyos ojos eran como los fuegos del infierno, luchaba también a lo largo del sistema. Donde incluso la resolución de los humanos defensores parecía debilitada, este encapuchado titán de carne de obsidiana aparecería; el Ermitaño de gloriosos mitos, ahora cuerpo. Allí donde apareciera, el rumbo de la batalla cambiaba. Su fuerza y poder eran impensables y maravillosas; los tanques eran destrozados, brigadas enteras de hombres narco-bersérker desde Kazan asesinadas con sus puños y sus lanzallamas, incluso los guerreros aulladores de los Hijos del Emperador sintieron las brutales exacciones del Ermitaño, quien acababa con ellos como presuntuosos hijos bastardos.

Eventualmente, el último de los defensores fue retirado a las ardientes ruinas de la Colmena de Hades. Iluminado por infinitas llamas púrpuras, la última de las Legiones de Acero conformaron un anillo defensivo, usando sus Chimera como barricadas, mientras los Basilisks y Leman Russes desataban una andanada constante de municiones sobre las arremetedoras hordas de locura y desesperación. Lord Delorr, el último de los líderes gobernadores de Armageddón, engalanado en la antigua Guardia Imperial naval de sus antepasados, con su sable de energía floreciendo mientras reunía a sus defensores con un apasionado discurso, llamaba a su gente para que lucharan de tal manera, que sea recordada para siempre en la infamia entre sus enemigos, como el último puesto avanzado Imperial verdadero. Sus hombres aclamaron vítores amargos, mientras llevaban en sus hombros sus Rifles Láser por última vez.

Delorr fue arrastrado de sus líneas mientras las hordas superaban el bloqueo de Chimeras, con el brutal latigazo de Lucius el Sempiterno, quien se rió con una arrogancia sádica que no hizo acobardarse a Delorr, más bien le hizo enfurecerse. Lucius dejó caer al mortal sobre el polvo, a sus pies. Ambos lados pausaron, mientas Lucius exigía a todos vislumbrar la muerte de la esperanza sobre Armageddón. Delorr, quien no sentía miedo pese a tener un brazo roto y muchos cortes arrancados en un costado por el vicioso Látigo del Tormento. Escupió sangre, y lentamente levantó su sable en posición de guardia. Su brazo se entumecía del dolor, y los hombres y mujeres defensores, y los hijos embrujados por la guerra de Armageddón lo miraron con gemidos internos de angustia. Lucius se alzaba sobre tres metros por encima del frágil y herido anciano quien en vano levantaba su espada para desafiar a su enemigo.

Lucius sonrió horriblemente, sus rasgos excesivamente marcados dividiéndose al igual que el esmalte en una vieja pieza de cerámica, sus colmillos y su lengua serpenteante chasqueando alrededor de sus mandíbulas. Delorr atacó con toda la habilidad que pudo reunir, y Lucius vagamente bloqueó y desvió cada golpe sin siquiera esfuerzo. Cada vez, regalaba a Delorr con otro corte superficial, y el líder caía de rodillas, antes de levantarse lentamente otra vez. Finalmente, Lucius partió a la mitad a Delorr de la cabeza a los pies con un único golpe de su espada.

“¡Y así, la humanidad cae ante la eterna espada de los Hijos del Emperador, para nunca más levantarse!”, se registró a Lucius gritar por el campo de batalla, su voz demoníaca alcanzando con facilidad todo el campo.

“Solo hay un Hijo del Emperador sobre este mundo, y no eres tú. He luchado desde las sombras por mucho tiempo. Yo decreto que esto no continuará más”.

La voz que respondió era poderosa sin esfuerzo, y llena de una humilde pero feroz autoridad que evaporó el efecto de la vil diatriba de Lucius. Se dijo que cada guerrero en el campo ese día fue noqueado brevemente en silencio durante unos momentos, mientras el mismo Ermitaño emergió detrás de las líneas de los Rand, embistiendo a los abhumanos al frente, dirigiéndose directamente hacia donde estaba Lucius.

Lucius se volteó y maldijo la presunción de la patética bestia que pensaba desafiarle, desenvainando su espada una vez más. Sus venenosas palabras quedaron atrapadas en su garganta, mientras se daba cuenta quién estaba detrás de su capucha sobre sus hombros, revelando a un gigante con una armadura esculpida con aspecto de dragón esmeralda y placas brillantes de verde.

El Primarca, el semi-dios de la Guerra, Vulkan. Aunque Lucius aún era más alto que él, el Primarca era poderoso y rebosaba una esencia que el Sempiterno no podía esperar igualar. Vulkan levantó su lanza ardiente con un puño, apuntando hacia el marine del Caos. Lucius sonrió en respuesta.

“Al menos”, fue todo lo que el monstruo dijo, antes de cargar contra Vulkan.

La arremolinada contienda duró por casi doce horas, con energías demoníacas y luz derramándose desde el conflicto en grandes olas hirvientes. La arena del conflicto entre defensores y atacantes se había derretido ante la furia de la contienda. La lanza de Vulkan era como un ser vivo en su asimiento, doblándose y girando para enfrentarse a Lucius con asaltos cada vez más complejos. El Eterno, por primera vez en milenios, estaba luchando por defenderse y contraatacar, a simplemente defenderse. Sin embargo, él simplemente se agitaba de júbilo. Al menos, era un verdadero desafío.

Aún así, con todas las odiosas habilidades de Lucius, Vulkan era mayor. Cortó las piernas del marine, antes de arrancar sus brazos de su torso desdeñosamente. Lucius solo rió, escupiendo sangre negra desde su boca en un gran torrente. Se burló de Vulkan, incluso cuando el Primarca se levantó sobre él.

“¡Vamos, mátame, príncipe Salamandra! ¡Así como mataste a tu Legión en Istvaan! ¡Termina tu victoria, toma tu sangrienta venganza! ¡Siente el orgullo y la alegría de vengar a tus hermanos caídos, tu Imperio caído, tu padre destrozado! ¡Mátame, y aprende de tu insensatez!”, dijo Lucius, con ojos malevolentes.

Vulkan golpeó con su bota sobre la cabeza de Lucius.

Solo que no lo hizo. Su bota se detuvo a centímetros del golpe mortal. La arrogancia se derramaba del rostro de Lucius, mientras Vulkan sonreía sin humor, y se devolvía para enfrentar a las hordas de enemigos que estaban listas para asesinar a cada defensor sobre Armageddón sin piedad. Levantó su lanza, la giró en su mano, y la hundió dos metros en el suelo, antes de levantar sus brazos por los costados. Declaró su nombre, quién era y qué representaba. Declaró cómo reconstruir al viejo Imperio, y expulsar a la desesperación de su nuevo reino. Su discurso resonó por el paisaje, mientras su apasionada voz alcanzaba a los hombres que estaban a punto de destruir los últimos vestigios de resistencia.

Pero no le importó a los Hijos del Emperador. Avanzaron una vez más, armas desenfundadas... y entonces fueron asaltados por las fuerzas del imperio Rand, quienes se lanzaron al combate con los carniceros super-humanos con celo reavivado en las palabras del verdadero hijo del Emperador. Los Hijos del Emperador, creyendo que sus dos aliados se habían vuelto en su contra, atacaron con malévola venganza. Los Kazan, Rand e Hijos del Emperador se volvieron unos contra otros, y este conflicto se expandió al espacio y a cada planeta en el sistema. Con sus enemigos divididos, Vulkan lideró una última contraofensiva. Luchó en persona allí donde podía. Los pocos sobrevivientes de la Legión de Acero le siguieron desesperadamente, y mientras entablaba combate a través del sistema, reunía a más y más supervivientes de la población local. Aquellos soldados y gente que se habían escondido de la acometida de los Astartes se levantaba, impulsados por la llegada de su nuevo campeón.

Luego de una década de posterior conflicto, Armageddón fue reclamada, y aquellos que se oponían a Vulkan fueron forzados a retirarse. El Príncipe Demonio Kadious, quien lideró a los Hijos desde su Fortaleza del Placer en órbita, huyó del poder de Vulkan, sus aullidos haciendo eco a través de la Disformidad mientras escogía abandonar su forma física en lugar de arriesgar la derrota en manos del Primarca. En alguna parte, en lo profundo del interior de un Mundo Demoníaco formado a partir de carne maullante y tatuada, los ojos serpenteantes de un antiguo ser se abrieron de golpe, reconociendo la palabra ‘Vulkan’. Una leve sonrisa se propagó en su distendido rostro, mientras recordaba a su hermano, aunque esta historia será contada después.

La consolidación de Armageddón a manos de Vulkan terminó cuando regresó al mundo, y volvió a la Colmena de Hades, a la cabeza de un ejército de refugiados y soldados curtidos, algunos Kazanos, otros Randianos, y algunos Legionarios de Acero genuinos sobrevivientes y ciudadanos del planeta. Allí encontró a Lucius, aullando y maldiciendo. Había sido vigilado por una docena de soldados mientras Vulkan estaba en la guerra. Se habían disparado a sí mismos, pues la influencia de Lucius corrompió sus mentes. El Sempiterno aún vivía. Sin extremidades y destrozado, pero aún vivo.

Cuando Vulkan regresó, Lucius maldijo y escupió su nombre, con ojos salvajes de malicia. “¡Nunca moriré, perro del Emperador! ¡Soy Eterno! ¡Incluso en la derrota, me hago más fuerte! ¡No puedes matarme, o caerás como tus otros hermanos!”, Lucius cacareó maníacamente.

El rostro de Vulkan, como se dijo en las leyendas posteriores, era como una piedra, mientras respondía fríamente: “No, Lucius. No morirás. Vivirás por siempre. Mis súbditos; caven un pozo”, solicitó Vulkan, mientras levantaba a Lucius a la altura de sus ojos.

“¡Vivirás en tu corrupción, en la oscuridad y la impotencia! Serás Eterno, te lo prometo. Sin embargo, te sofocarás en tu propia tumba, y tu alma una vez más buscará la reencarnación, que lo sepas; No siento orgullo ni placer ante tu caída, pues tú estás debajo de mí. No siento NADA por ti”.

Por lo tanto, mientras Lucius gritaba su desafiante miseria a través de sus fauces sangrantes, fue sepultado dentro de un féretro de adamantio aplanado, y fue arrojado al gran hoyo cavado en la corteza de Armageddón por los aliados adoradores de Vulkan, antes de ser enterrado para siempre.

Lucius el Sempiterno fue, al final, vencido.

Vulkan volvió su atención al interior, y rehizo a Armageddón desde sus mismos cimientos. Militarmente asegurado, el Primarca reconstruyó las estructuras del planeta, impuso proyectos de renovación de infraestructura masivos, incluyendo un aumento de la agricultura, tanto en la superficie como dentro de bóvedas subterráneas dedicadas a invernaderos. A medida que la comida y la seguridad aumentaban, la mano de obra aumentó y la población lentamente comenzó a recuperarse. Se crearon fuerzas ejecutoras para mantener la paz, se construyeron instalaciones médicas y fábricas, y la gente de Armageddón comenzó a prosperar con el paso de las décadas, bajo la guía de su Señor Inmortal, quien gobernaba junto a un consejo de Senadores y pensadores célebres. Eventualmente, esta reconstrucción se propagó a cada planeta en el sistema. Una vez su mundo estaba seguro y era tan perfecto como lo imaginaba en su visión, comenzó a mirar al exterior.

Sus nuevos ejércitos estaban forzados a utilizar las naves de guerra y barcazas de los Kazanos y los Rand, así que su progreso era lento. Aún así, a medida que se realizaron saltos cortos disformes hacia los sistemas cercanos, comenzó a encontrarse y derrotar a otros reinos consiguiendo tecnologías útiles, conocimiento y equipamiento el cual podía utilizar para reclamar mucha de la información perdida de la humanidad en su auge. Liberó grupos de Tecnosacerdotes y sus acólitos, llevándolos a Armageddón para fundar la primera de las Academias Tecnocráticas Prometeanas de Vulkan, donde el Culto Mechanicus renacía sobre el mundo. Usando las fábricas reconstruidas y el equipo industrial de Armageddón, la Academia comenzó a producir nuevas y gloriosas maravillas tecnológicas. Luego de un siglo de campañas y reconquista, Vulkan ya tenía una docena de sistemas estelares bajo su mando, y los Académicos se enclaustraron dentro de la Torre del Conocimiento, situada sobre Armageddón, habiendo diseñado y construido tres enormes naves de guerra, desensamblando docenas de naves viejas, y usando dichas partes en conjunción con nuevo equipo diseñado.

Éstas fueron luego usadas para liderar las flotas de naves capturadas que Vulkan controlaba, un millón de cascos y equipo de armas para un millón de propósitos y guerras distintas. Los restos viejos y disueltos de antiguos Mundos Regimientos y de Reclutamiento de la Guardia Imperial también comenzaron a ser incorporados, añadiéndose a la habilidad y efectividad de los ejércitos de Vulkan.

Sobre cada mundo que Vulkan capturaba, él se quedaba por casi una década, cuidadosamente reconstruyendo mucho de lo que había destruido, y convirtiendo a la población a sus visiones utilizando su poderosa retórica y habilidades como diplomático y orador. Aún así, sin importar la influencia y el poder de Vulkan, no podía liderar a todas sus flotas, y sus ejércitos mortales estaban luchando para hacer avanzar su nuevo Imperio, mientras muchos otros de los viejos Imperios Secundarios comenzaban a oponerse a ellos cada vez con mayor obstinación. Esto no debía ser.

Mientras el Imperio de Vulkan se hacía mejor conocido entre la población galáctica, comenzó a encontrarse con Marines Espaciales, bajo distintas formas. Sobre los mundos de Domhald, Vesker y Hoinkaz respectivamente, Vulkan encontró estos Mundos Fortaleza muy bien resguardados por defensores temerarios, quienes no cederían ante los ejércitos de Vulkan. Eventualmente, Vulkan se dio cuenta que ellos eran Puños Imperiales. Luego de muchos argumentos, guerras y debates, los Puños fueron persuadidos a que Vulkan era, de hecho, quien decía que era, y aceptaron renuentes una alianza, finalmente liberándolos de sus extensos asedios. Cada pocas décadas, Armageddón sería visitada por guerreros de piel negra, ataviados con armaduras verdes desgastadas y rotas, con lágrimas recorriendo sus facciones mientras realizaban peregrinajes hacia la residencia de Vulkan, una torre relativamente mundana dentro de la enorme Colmena de Hades reconstruida. Los Salamandras sobrevivientes regresaban con su padre. Vulkan gozosamente aceptó a los refugiados Salamandras en el redil de nuevo. Ocasionalmente, la palabra de las campañas de Vulkan llegaban a oídos de bandas de Marines Espaciales renegados incursionando y saqueando varios mundos humanos a través del Segmentum. Allí donde Vulkan se encontraba a muchas de estas bandas, descubría que muchas no eran marines caóticos renegados, sino simplemente Astartes sin propósito causando problemas y comenzando guerras simplemente porque era lo que querían hacer. Águilas de la Perdición, Marines Malevolentes, Estrellas Oscuras, Minotauros, Cicatrices Blancas, y cientos de Capítulos diferentes con elementos corriendo rampantes y descontrolados a través del vacío. Vulkan forzaba a estas bandas a la batalla. Aquellos que no se sometían a su mandato Imperial eran destruidos y sus armaduras capturadas. Aquellos que se daban cuenta quién era en realidad Vulkan, eventualmente se sometían a su voluntad. Aún así, a pesar de estos reclutas y conversos, el Imperio de Vulkan sólo podía contar con alrededor de trescientos Astartes envejecidos, y esto no era suficiente para ser de utilidad en su reino en expansión.

Para el 006.M52, el Imperio de Vulkan abarcaba aproximadamente mil mundos. Cada uno de ellos estaba bien fortificado, y su ejército seguía expandiéndose y reorganizándose en una fuerza de combate galáctica más unificada. Brotaron las instituciones y la burocracia, y se desarrollaron muchos sistemas industriales y sociales complejos, convirtiendo a Armageddón en una bulliciosa metrópolis en el nuevo Imperio de Vulkan.

No solo cambiaban los ejércitos mortales, sino que las fuerzas de Astartes fueron rehechas también de acuerdo a los nuevos planes de Vulkan. Utilizó la información genética de su propia carne, combinada con la semilla genética de aquellos Astartes que se adhirieron a él, para comenzar un nuevo proyecto de creación de Astartes. Incontables niños y familias rogaron unirse a esta nueva revolución de fabricación de dioses. Estos nuevos Astartes fueron formados en fuerzas conocidas como Comandancias, cada una de dos mil marines de fuerza. Eran lideradas por veteranos de los antiguos Capítulos del viejo Imperio, quienes conocían el intensivo entrenamiento requerido para convertir a estos superhumanos en verdaderas máquinas de matar Astartes. En total, se fundaron doscientas Comandancias, y muchas de ellas son recordadas con infamia entre los enemigos de Vulkan; Príncipes de Jade, los Suplicantes, Nemenmarines, los Renacidos de Dorn, e incontables otros (los cuales no se detallarán aquí). Aquellos Salamandras que regresaron con Vulkan conformaron la Primera Comandancia, y mantuvieron su título. Se dedicaron totalmente a proteger a su Primarca. Se convirtieron en una fuerza de guardianes y en contra-insurgentes, utilizada para sofocar las revoluciones violentas contra el régimen de Vulkan. Sin embargo, Vulkan no tenía intención de aplastar a los disidentes. Aquellos que tuvieran preocupaciones respecto a su gobierno tenían derecho a dar su opinión en los consejos del Imperio de Vulkan. Aunque muchas quejas eran ignoradas, al menos eran consideradas.

Con las Comandancias al frente de la reconquista, el Imperio de Vulkan se expandió a casi tres mil mundos en la mitad del tiempo que tomó reclamar los primeros mil. Mientras su Imperio se expandía, Vulkan se encontraba con las mayores amenazas que llenaban la galaxia. Al sur de su reino, residía el vasto reino Teocrático y pesadillesco del Imperio de Tallarn-Ophelia. Era un oscuro reino de sospechas y odio, donde los cazadores de brujas y los predicadores conducían al reino hacia la manía religiosa. El Eclesiarca era la mayor autoridad allí, y declaró desde su monolítico Mundo Catedral que Vulkan no era ningún Primarca, sino un demonio disfrazado. Aquellos que se enfrentaban a los ojos rojos demoníacos del rey guerrero del Imperio de Vulkan, difícilmente negaban que parecía realmente diabólico. Al norte y al este del Imperio de Vulkan, los dos Imperios del Caos comenzaban a reaccionar ante sus acciones de consolidación, y muchas fueron las viciosas guerras luchadas entre los tres poderes, en anticipación de algún enorme conflicto invisible por venir. Al este, Vulkan recibía emisarios desde un reino que nunca había visto antes; Gran Sicarium. Los multicoloridos Astartes que llegaban ante la corte de Vulkan estaban ataviados en finas armaduras pulidas, pieles carísimas y joyería, y portaban vistosos bólteres cruzados en su pecho. Afirmaban que el Rey Sicarius, siendo Rey de todos los Astartes, estaría feliz de aceptar a las Comandancias de Vulkan dentro de su Imperio, siempre que aceptaran a Sicarius como su señor y maestro.

No hace falta decir que Vulkan no estaba contento, y hubo demostrado gran moderación por matar a solo uno de los emisarios de Sicarius, enviando al segundo de vuelta con su maestro, para informarle a Sicarius que no, las Comandancias no se unirían a su guarida de infamia y opresión. Que lucharían hasta el final.

Pues, en medio de la creciente marea de peligros a lo largo de la galaxia, Vulkan había formado un núcleo sólido de cordura en medio del corazón del antiguo Imperio.

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