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Debemos hablar de los Eldar en este punto de la historia. Nunca antes desde las secuelas directas de la plaga de Esclavizadores habían estado los Eldar tan debilitados; todos excepto dos de los Mundos Astronave yacen vacíos y sin vida, y la promesa de salvación de la entidad Ynnead estaba estancada por razones desconocidas.

La raza Eldar mantuvo cuatro baluartes en la Era del Ocaso; la Biblioteca Negra, Commorragh, los desafiantes sobrevivientes de Biel-Tan y, finalmente, el Mundo Astronave maldito, Altansar.

El primero era el dominio siempre elusivo de los Arlequines, avistamientos de quienes se habían vuelto cada vez más comunes en toda la galaxia. Por lejos la más enigmática de las facciones Eldar; sus verdaderas intenciones y objetivos un misterio para todos quienes solo pueden ver la vasta red de interrelaciones entre las dimensiones.

El segundo era el expansivo nido de cáncer que era Commorragh, el cual se alimentaba como un parásito sobre la muerte y la angustia de las desbaratadas razas en la Era del Ocaso. Depredaban sobre colonias de refugiados, mundos abandonados, y a aquellos que apenas podían defenderse. Además de las divisiones normales y los cismas diarios de los Eldars Oscuros, el faccionalismo de las Cábalas estaba en su punto más alto; una vez, las Cábalas eran tan depravadas y diversas en su crueldad que una facción era indistinguible de la otra. Los tiempos estaban cambiando.

Las generaciones más jóvenes de Arcontes eran impulsivas y muy impetuosas en su promulgación de crueldad y sadismo. Atacarían mundos pesadamente defendidos de las razas materiales, y darían caza a cualquiera que se les atravesara en el camino. Fueron odiados por los Arcontes mayores, pues ellos habían traído la irritante atención a su reino. Aunque a los viejos Señores les encantaba atormentar a los demasiado estúpidos que pretendían invadir Commorragh, incluso ellos sabían que su lugar en la galaxia no acababa de nacer de su superioridad, sino también de su capacidad para tejer el hecho de su existencia entre el tejido de las pesadillas de la galaxia; los Eldars Oscuros no podían ser vistos meramente como xenos invasores con los que se podía luchar. Debían parecer ser criaturas de oscuros cuentos de hadas; los monstruos que nadie admitía a decir que eran reales. Los jóvenes Arcontes (adherentes del sombrío Barón Sathonyx) arruinaban esta imagen al ser abiertos y descarados en sus incursiones. ¿Dónde estaba el arte? Del mismo modo, los más viejos pre-Commorritas comenzaron a desligarse del sistema de Cábalas en conjunto; los Cultos del Crepúsculo, encerrados en sus sub-reinos, no habían sido vistos fuera de la Telaraña (o incluso en las calles de Commorragh) en siete mil años. Abundan los rumores, pero nada era demostrable. Luego estaban los Arcontes que ilícitamente apoyaban a Lady Aurelia Malys, mientras ella trataba de socavar el liderazgo de Asdrúbal Vect, la única figura sobre los políticos de Commorragh debido a su propia e inasaltable posición como Jefe Supremo. Mientras tanto, Vect hacía sus propios planes; planes tan sutiles que incluso sus compañeros Arcontes no tenían idea de sus intenciones.

Los Íncubos también comenzaron a distanciarse del resto del populacho Commorrita; varios Jerarcas de los mayores templos secretamente enviaron bandas mercenarias de Íncubos para unirse a incursiones específicas en el Espacio Real. Estas eran incursiones que estaban cerca de antiguas colonias Eldar y Mundos Ancestrales de varias formas. Cada vez, volvían con fragmentos de tecnología, totalmente carente de interés para la mayoría de su especie. Solo los Infravidentes de las fábricas de Commorragh podían ser coaccionados para descifrar su significado y función; eran elementos de una nave. Una gran nave. Sobre un mundo de vidrio roto, escondido dentro de un doblez de la Telaraña, comenzaron su trabajo. Resguardados por los Guerreros Íncubos, trabajaban en reparar y reforjar esta titánica nave. Su nombre era impronunciable para los humanos, así que emplearé su traducción por el resto de la crónica: era conocida únicamente como “Perdición Aullante”.

Biel-Tan también sufrió conflictos internos y cismas. Las guerras contra Huron Blackheart no iban bien, pues se probó imposible asesinar al viejo Señor del Caos. Incluso cuando era aparentemente destruido más allá de toda duda, se aferraba a la vida el tiempo suficiente para que su chusma Corsaria le remendara de nuevo como un maniquí grotesco. Los guerreros de Biel-Tan no podían entender cómo podía sobrevivir a tal castigo.

Pero eventualmente se dieron cuenta que Hamadraya era la clave. El extraño familiar ictérico de Huron no era un mero acólito. De alguna forma, estaba unido a Huron a nivel mental y de alma. Así mientras vivía y perpetuaba su villanía a través del Imperio Oriental del Caos, también el Hamadraya reflejaba su expansiva presencia, hinchándose hasta convertirse en una gigantesca pesadilla enfermiza de garras y mandíbulas rechinantes. Usando poderes disformes se escondía de vista, siempre fuera del campo visual directo. Era una fuerza invisible en la mano derecha del cibernético Tirano. Bajo su influencia, Huron persistía, un producto y creador de su indomable voluntad. Los Eldar estaban desesperadamente cortos de recursos, cosa que comenzó a obstaculizar seriamente esta guerra de guerrillas.

El gobierno de la Autarca Asitar, su consejo de Videntes aliados y el Príncipe Yriel estaba amenazado en este momento por la influencia de mentes más sádicas. Facciones entre las diversas flotas en el Mundo Astronave pensaban que la mejor forma de ganar la guerra contra Huron era abandonar toda pretensión de guerra honorable; envenenar las tierras del Tirano, sembrar el verdadero terror y la miseria sobre su pétrea población. Hacer que servir a Huron sea la opción más temible disponible para someter a los mundos. Esta facción se reunió alrededor del Corsario Duque Traevelliath Sliscus. Aunque era un Eldar Oscuro veleidoso y monstruoso, sus flotas estaban formadas a partir de toda clase de renegados y fuerzas astutas, y la distinción entre guerrilleros de Biel-Tan y los expirados Eldars Oscuros se estaba haciendo muy delgada, de hecho. No solo esto, además el Duque era encantador y carismático, y rivalizaba con el propio carisma picaresco de Yriel.

Su flota, centrada alrededor de su trío de naves capturadas, a menudo aparecía para reforzar asaltos críticos de Biel-Tan. A veces, atacaba a los Corsarios de Huron con toda su perspicacia naval, realizando sus famosas incursiones en órbita baja sobre mundos suministros insospechados. Promulgó una campaña de terror que incluso un Amo de la Noche envidiaría. Sobre un mundo, capturó a toda la población, y los cosió unos a otros como cierto ornamento deforme de muñecos mon-keigh. Infestó otro planeta con una plaga vidriosa que asesinó a todos los que tuvieran ojos azules sobre el planeta al cabo de un mes, antes de cambiar los marcadores genéticos al azar para afectar a un grupo diferente. Este acto sembró la paranoia y la discordia entre la población hasta que se volvieron ruinas balbucientes, saltando ante sus propias sombras, cuando las flotas combinadas Eldar llegaron para saquear al mundo. A pesar de que fue minimizado, el Duque atacó a sus propios supuestos aliados casi tanto como atacó a Huron. Ocasionalmente, les daba a los habitantes del Mundo Astronave coordenadas de salto falsas, o redirigía sus Portales a la Telaraña hacia secciones condenadas de la dimensión laberíntica. Era una fuerza de inconsistencia, pulida con una sonrisa astuta y un ingenio rápido. La misma Asitar no se daba cuenta de los excesos del Duque; ni del hecho que muchos de sus capitanes rivales dentro de la flota de Biel-Tan estaban aparentemente uniéndose a su flota, junto a sus naves...

A pesar de que a veces le aborrecían, Sliscus era en mayor parte querido por la amargada población Eldar, pues al menos empoderó a los Eldar luego de largos años creyendo en su propia inutilidad. Les dio un propósito. Yriel odiaba al Duque, y éste le odiaba a su vez. Yriel no quería que su raza se convirtiera en monstruos como Sliscus y sus contactos Cabalitas. No deseaba ganar la guerra contra Huron, solo para reemplazar a una monstruosidad con otra. Él y el Duque competirían por el favor de la Autarca y su corte y esto llevó a los choques. Era inevitable.

Esta tensión llegó a su punto durante la campaña del terror contra el mundo de Mulvene. Este mundo era empleado por Blackheart como un campo de tiro. Los pocos asentamientos desperdigados a través de las grandes planicies, junglas y montañas eran regularmente bombardeados, invadidos y atacados por el Tirano de Badab, para simplemente perfeccionar sus técnicas de asalto planetario, y probar las últimas armas creadas en masa por sus Tecnomarines y Sacerdotes-Obliteradores. Curiosamente, Sliscus eligió este planeta como un foco de una de sus campañas de venganza caprichosa. La flota del Duque cargó en órbita baja, destruyendo a las escasas defensas con facilidad. Entonces comenzó a jugar con los miserables mon-keigh debajo. Desbarató asentamientos enteros, entonces mientras la gente se refugiaba, volvía con la promesa de la misericordia; su proyección holográfica afirmaba que no quería más sacrificios. Él no era el Tirano, y estuvieron inclinados en creerle, con toda la desesperación de un perro maltratado esperando someterse a un nuevo y mejor dueño. Pidió que los negociadores fueran a él, y lo hicieron debidamente. Estos desafortunados eran horrendamente torturados, antes de ser desollados y empalados en el casco de la nave insignia del Duque. Una vez hiciera esto, el Duque continuaba su ataque, afirmando que una nación de las Mulvenianas había roto la tregua, y disparaba desde sus naves. Luego que fueran solo derrotados, el Duque les permitía retirarse a sus búnkeres aterrorizados. Entonces, con la aparente paciencia de un santo, solicitaba una vez más la paz. Este ciclo de mentiras y tormento continuó por seis años.

Cuando Yriel llegó al sistema para ver por qué el Duque no se había molestado en atacar objetivos más importantes, quedó horrorizado por lo que él y sus Corsarios estaban haciendo. Yriel veía a la humanidad como una forma de animal semi-consciente, pero no había justificación para tal inútil crueldad. Él había sido una vez un Capitán Pirata, pero jamás había sido tan bajo; tan malvado. No deseaba que su raza fuera recordada como monstruos; algo se tenía que hacer.

Por ahora, Sliscus se había aburrido de atormentar a los Mulvenianos, quienes seguían enviando emisarios en una vana esperanza de detener las hostilidades. Ordenó a sus Cazas Estilete y Bombarderos Cuervo a descender sobre el mundo, y desatar la plaga vidriosa sobre ellos. Esto convertiría a cada ser vivo sobre Mulvene en una estatua de vidrio, contorsionada en un horror abyecto.

Los Mulvenianos emergían desde sus chozas y búnkeres cuando no oían la cruel risa de los usuales asaltos completos de los Corsarios. Observaron en terrible silencio mientras grandes bandadas de elegantes naves Eldar Oscuras barrían el cielo. Su temor se convirtió en desconcierto, cuando otras elegantes formas las interceptaron a apenas treinta mil pies sobre ellos. Pronto, el cielo estaba encendido de rastros de misiles, lanzas brillantes y oscuras y el sonido silbante de los cañones cristalinos y shuriken cortando el aire. Los guerreros del Príncipe redujeron a la nave enemiga con facilidad; los Eldars Oscuros no estaban preparados para esta traición, pero también sus naves estaban configuradas para atacar objetivos de infantería en tierra, no igualmente maniobrables que las naves Eldar, pero perfectas para ataques a corta distancia.

El Duque miraba desde su buque insignia con una sonrisa divertida mientras sus combatientes se vieron obligados a huir sin su premio, pero incluso sus nuevos subordinados sabían que esta sonrisa era una amarga falsedad; estaba hirviendo de odio. Con calma, solicitó a su ‘más querida hermana’. Esta era una señal para que sus hombres se comunicaran con sus agentes a bordo de la nave de Yriel (colocados allí para vigilar al rival de Sliscus). Ordenó que ejecutaran al Príncipe pirata.

Yriel había predicho este movimiento, y ya tenía a su Primer Oficial cazando a los agentes de Sliscus meses atrás, forjando sus respuestas al Duque para hacerle pensar que seguían vivos. Aún así, Yriel había subestimado la astucia de los Commorritas. Una de ellas era una cortesana Lhamaeana, y había seducido al primer oficial. La había escondido rápidamente de la purga a bordo de la nave. La venenosa Eldar se había infiltrado en el puente de Yriel y se encontró en el lugar perfecto para atacarle. Pero los Commorritas tenían una desventaja; un potencial psíquico disminuido. Yriel sintió su aproximación momentos antes del ataque. Esos momentos eran todo lo que necesitaba mientras se levantaba sobre sus talones y la decapitaba con su Lanza del Crepúsculo en un rápido movimiento. Aún mientras moría, su sangre tóxica explotó en todas direcciones (una modificación instalada por un Hemónculo hace tiempo). La mitad de la tripulación en el puente colapsó, jadeando mientras el veneno tocaba la piel y convertía su sangre en fuego en segundos. Yriel estaba en su armadura, por lo que estaba un tanto protegido, incluso si tenía que rasgar su armadura de su pecho mientras el veneno ácido lo corroía.

Simultáneamente, la flota de reserva de Sliscus se levantó desde las sombras, solo para ser atacados en el flanco por las propias reservas de Yriel. La batalla naval que siguió fue uno de los enfrentamientos más complejos y desmadejados registrados en la historia de los combates espaciales. Las dos flotas se persiguieron una a la otra a través de cinco sistemas estelares. Sus naves capitales y escoltas veloces como una flecha intercambiaron fuego desde una miríada de ángulos, mientras sus motores y campos holográficos mímicos engañaban a sus contrapartes con ilusiones cada vez más complicadas. Se planeaban maniobras a centímetros exactos mientras las flotas danzaban unas entre otras. Varias veces, las dos naves insignia pasaban a diez kilómetros una de la otra, las dos naves cada una fraccionalmente lenta para alistar sus armas antes que la otra las evadiera.

El Duque y el Príncipe eran dos de los mayores estrategas navales en toda la galaxia; intentar derribar a uno era como atrapar niebla, mientras que el otro era una víbora enroscada, que castigaba a cualquiera que intentara agarrarlo. Cada contraataque era recibido con contra-contraataques, cada maniobra y estratagema era derrotada por una réplica perfectamente ejecutada. Su florido estancamiento solo acabó cuando la nave insignia de Yriel se sumergió en el agitado ambiente de un gigante de gas, destruyendo a varias naves persecutoras en el proceso. Sobre el destino de Yriel, ningún Eldar puede afirmar algo. Sliscus lo consideró como una victoria, y regresó a Biel-Tan proclamando su victoria contra el tránsfuga Yriel. Tenía prohibido entrar a los alcances interiores del Mundo Astronave, pues era uno de los Eldar impenitentes, y su alma estaba contaminada. Sin embargo, fue felicitado por los Eldar del Mundo Astronave, quienes estaban desesperados por toda la experiencia militar que pudieron reunir. Pero las relaciones se volvieron amargas casi al instante, cuando uno de los Videntes olvidó llamar a Sliscus como ‘Duque Sliscus’. El insano Commorrita se sintió ofendido de forma instantánea e irracional, y los maldijo a todos. Asitar, la Autarca al mando de Biel-Tan exigió saber la razón para el arranque de furia de Sliscus, pero sus palabras se perdieron en su lengua, cuando observó sobre sus últimos ropajes. Observó el extraño cuero multicolorido, y pudo notar las marcas tribales de varios de sus capitanes navales. El horror de su trato con Sliscus había quedado descubierto.

Asitar ordenó que destruyeran al Duque, pero él escapó con sus Guerreros Especialistas y Guardianes, tallando su camino a través de la presión, antes de robar uno de los Acechadores de Vacío de Biel-Tan en el puerto en los muelles de popa. Arrancó, cacareando con alegría en la miseria que había labrado.

Algunos meses después, la abollada flota de Yriel regresó, pero su líder y su nave estaban perdidas. Biel-Tan había sido debilitado. Las noticias sobre Sliscus aliándose temporalmente con Huron simplemente agravaron los malos presagios. Los Videntes del último Mundo Astronave buscaron a su alrededor desesperadamente por alguna pista sobre cómo sobrevivirían a la tormenta que se avecinaba.

Una fracción significativa de sus búsquedas de visión les dijo que el camino más probable para la supervivencia yacía sobre el Mundo Muerto de Pax Argentius, y las catacumbas que había debajo de su superficie.

Lo que los Eldar necesitaban desesperadamente en ese momento de su historia eran héroes; no, campeones. El destino (o quizás el diseño) respondió su silente súplica. Respondida en la forma de los Señores Fénix. Aunque la mayoría de las figuras se debilitaron y sufrieron la degradación de la edad a lo largo de nuestra historia, los Señores Fénix experimentaban lo opuesto. Sus antiguas construcciones de alma supernaturales eran la armadura consciente de los más poderosos y antiguos de los héroes Eldar, infundido con las almas de todos los que ya se pusieron sus adornados trajes de guerra. Con el paso de los siglos, más y más ocupantes tomaban sus armaduras, y con ellos su poder crecía. Para este momento en la historia, millones y millones de Eldar habían tomado forma en los Señores Fénix; cada muerte mortal que era posible sufrir en combate había sido soportada por estas legendarias figuras. Y con cada muerte, habían aprendido y expandido su conocimiento. Del mismo modo, sus almas se habían visto reforzadas por las nuevas almas asimiladas, hasta que había constelaciones de almas orbitantes agitándose dentro de sus cuerpos. Brillaban con un tétrico fuego de almas que podía cegar a cualquiera con el regalo de lo psíquico. Incluso las figuras neutrales en la Disformidad podían sentir el poder que emanaban.

Podían danzar entre ráfagas de fuego, sus espadas y armas se movían como mercurio. Se decía que podían atrapar balas en el aire, leer el idioma de la batalla con tal perfecta claridad que parecía que sabían exactamente lo que el oponente haría antes que siquiera ellos lo supieran.

Cada uno de los Señores Fénix viajó por la galaxia, batiéndose a duelo con monstruos, rescatando civilizaciones y en general cumpliendo sus propias agendas personales. Aunque las siguientes cuentas individuales cubren a los siete Asuryana primarios, uno debe recordar que había más Señores Fénix a bordo en este periodo, incluyendo a Zandros del Templo de las Orbes Cortantes, así como a los misteriosos Señores de las Lanzas Brillantes y Arañas de Disformidad respectivamente. Sabemos que las Arañas de Disformidad lucharon contra las Mandrágoras a través de la Telaraña, desesperadamente intentando prevenir que dividieran la dimensión laberíntica en sus esfuerzos de liberar a sus misteriosos patrones oscuros. Es probable que su Señor Fénix los estuviera guiando en este conflicto secreto, pero no hay registros de él durante este período.

Los Asuryana generalmente viajaban solos por la galaxia; con su única compañía siendo las billones de almas perdidas girando dentro de sus imposibles interiores. A veces viajaban con séquitos de sus más dedicado y poderosos Exarcas, que actuaban como sus vasallos y como sus cronistas. Los datos que he localizado sobre los Señores Fénix a bordo en este tiempo fueron entresacados no solo desde los testigos oculares e historiadores de las “víctimas” de los Asuryana, sino también desde las baladas orales que los Exarcas-secuaces compartían con los Arlequines y sus aliados. Combinadas, siento que estas cuentas son la representación más exacta de los Señores de Asuryan/Khaine construidas. Cualquier hipérbole obvia ha sido examinada detenidamente y con referencias cruzadas. Sorprendentemente, la mayor parte de las hazañas más demenciales de estas figuras parecen estar corroboradas por espectadores y por sus enemigos.

Baharroth

En el demente reino de la Unión Teológica, posterior a la guerra contra Vulkan, hubo una guerra civil, fuego y muerte. Deng Vaal, el genio ciego que desarrolló las naves de guerra Witchfynder e incontables otros infames inventos de tortura y ejecución piadosas, estaba liderando un golpe de estado contra la familia Ceylán, la cual había caído bajo el control del violento hijo bastardo del último vástago Ceylán. Doloriad Ceylán era un hombre necio y vanidoso, pero a la vez estaba apoyado por un consejo militar de Generales de Tallarn quienes apoyaban su liderazgo sobre el espiritual Cónclave. Ambos lados crearon Órdenes Inquisitoriales de vigilantes y espías. Las Escuadras Persecutoras de Deng Vaal eran supersoldados cibernéticos, diseñados para encubrir su poder a la vista. Pero cuando encontraban disidentes políticos y/o religiosos, sus implantes se activaban; hojas, sierras zumbantes e inyectores venenosos desplegados para desatar el infierno sobre los impíos.

Los hombres de Doloriad estaban menos tecnológicamente dispuestos; sus soldados eran de élite, bien entrenados desde los mundos de Scár-vein y Temalri; Mundos Letales que criaban secuaces cruzados psicóticos para los Cardenales Carmesíes, poderosos aliados para el ilegítimo Eclesiarca. También cazaban entre la población, asesinando y quemando a los sospechosos ante la menor provocación. Mientras el poder fluctuaba constantemente entre facciones, todos se convertían en objetivos.

Entonces comenzó a propagarse la palabra entre los Teólogos del Ángel Guerrero, que saltaba entre mundos, destruía mercenarios y soldados armados, antes de simplemente irse. Al principio, los soldados de la Unión simplemente aumentaron el número de armas psíquicas que acompañaban a cada expedición y caza de brujas por necesidad. Creían que esos avistamientos eran o ilusiones, guerreros empleados por una facción rival, o en el peor de los casos, incursiones Angélicas menores.

No era ninguna de esas cosas. El mismo Deng Vaal se dio cuenta de esto cuando comenzó la invasión a Lambast. Los sombríos monjes-caballeros de Lambast no eran rival para las Hermanas de Batalla en Servoarmaduras, o sus aliados cibernéticos en las unidades Persecutoras. Entonces, el archivo de la biblioteca central del planeta explotó, como si se hubiera plantado una línea de explosivos en sus flancos. Cayó en dos mitades, bañando a todos los combatientes con una fina capa de polvo de plata y humo laminado. Las bóvedas del edificio habían contenido un Portal Eldar capturado, y se había reactivado espectacularmente. Y desde esta puerta, un ángel en llamas de armadura azul cielo y plata pulida y brillante irrumpió como los primeros rayos de un nuevo amanecer, para ser seguido por media docena de figuras aladas y similares.

Baharroth, el Grito en el Viento, estaba desatado. Su alma luminosa hizo que los psíquicos se inmutaran ante él, y el sol reflejaba desde sus relucientes alas en todas direcciones. En solitario, barrió el campo de batalla contra los poderosos secuaces de Vaal, mientras sus compañeros Halcones Cazadores luchaban para acabar con la artillería pesada de la fuerza asaltante. Baharroth era una tormenta de espadas y ráfagas de láser disparadas desde su garra de halcón. Cualquier que levantara armas contra él (fueran nativos, o los secuaces de Vaal) eran tronchados con fría habilidad.

Pronto, los persecutores cibernéticos de Deng Vaal localizaron a la solitaria figura entre el desmadejado caos de la acometida en toda la ciudad. Desplegando sus espadas de plasma y cañones exterminadores sónicos, se acercaron a Baharroth. En las destrozadas ruinas del propio palacio del Lord Mariscal Lambastian, finalmente localizaron al Señor Fénix de los Halcones Cazadores.

En la golpeada ciudadela, se batieron a duelo dos supremos guerreros. No estoy seguro sobre la naturaleza del Mariscal de los Monjes Lambastianos, pero él era un poderoso guerrero por derecho propio; un psíquico guerrero versado en el arte de la Kine-espada. Cuando los cyborgs persecutores lo encontraron, Baharroth estaba rodeado por una tormenta de dagas plateadas y hojas serradas, retorciéndose como un tornado a su alrededor, mientras el Mariscal avanzaba sobre él, con sus manos crepitando de energías telequinéticas. Sorprendentemente, ni una sola golpeó al Señor Fénix; su reluciente espada destrozó cada hoja que intentó atacarle, antes de desviar cada una de las astillas resultantes con igual facilidad. La confianza del asomado guerrero monje se evaporó. Con un broche de oro, Baharroth desplegó sus alas a su alrededor. Sus motores gravíticos arrojaron las cuchillas kinéticas de nuevo hacia su amo con la fuerza de balas. Solo la rápida desenfunda de su espada de energía salvó la vida del Mariscal. Ahora los dos guerreros luchaban espada contra espada.

La lucha duró tres golpes de espada. El Mariscal cayó al suelo; primero sus dos brazos cortados, luego su cabeza, entonces su cuerpo desmembrado. Lentamente, Baharroth se giró para enfrentarse a las escuadras de persecutores, que cautelosamente encendían sus sistemas de armas. Dudaron, antes de atacar al Grito en el Viento. Deng Vaal, quien estaba en órbita sobre la nave Witchfynder, la Excruciadora, se impacientó con sus secuaces. Exigía ver qué era lo que les asustaba y usó un redirector sobre sus pictoalimentadores; cambiando la señal directamente hacia el puente de mando.

Los ojos biónicos de Deng Vaal se ensancharon para enfocar a la brillante figura de pie sobre el Mariscal, enmarcada por el sol que fluía a través de las ventanas rotas del palacio. Él conocía a los Señores Fénix, pues había investigado mucho en su larga y aborrecible vida. Se volvió pálido y temblaba del terror.

“¡Mátenlo! ¡Mátenlo! ¡Fuego!”, gritó, y los Persecutores fueron mecánicamente obligados a seguir sus órdenes. Ráfagas de plasma, ondas de choque sonoras, rondas de bólter sibilantes y torrentes de agujas tóxicas volaron desde ellos como una única vorágine, obliterando al trono y gran parte del muro posterior en una gran andanada de alta potencia de fuego. Pero Baharroth tenía alas, y cargó contra ellos con la fuerza de un cometa. Los descomunales monstruos semi-máquinas fueron enviados contra el mármol deslustrado. Incluso mientras se levantaban, diez de ellos fueron derribados por ráfagas láser perfectamente apuntadas que atravesaron sus corazones y vaporizaban mentes con cada disparo. A toda prisa, el resto saltó a combatir contra él antes de que abatiera a más de ellos. Baharroth se esperaba esto, y sus alas se agitaban anticipadas. El Halcón Cazador usó sus propias alas como grandes armas de vibración, tallando entre la armadura y la ceramita con la misma facilidad que su propia arma. Los persecutores fueron cortados en masa, con fragmentos bisecados de sus cuerpos aún brillando mientras caían al suelo.

La batalla había acabado en minutos, terminando con Baharroth arrancando una cabeza cortada del suelo. Su máscara rejada de acero parecía sonreír, y dominaba la pantalla de Vaal, mientras miraba a los ojos del persecutor muerto. Aunque ninguna palabra emergió desde los labios del Señor Fénix, todos a bordo sabían qué estaba diciendo a Vaal:

Eres el siguiente.

El aterrado científico inmediatamente ordenó bombardear la ciudad; debía ser demolida. Fuegos de plasma y ráfagas explosivas de impactadores cinéticos aplastaron la ciudad apenas una hora después, pero ya era muy tarde. Baharroth se alzó desde la ciudad en llamas, surgiendo a través del aire hacia el borde superior de la atmósfera del planeta. Era demasiado pequeño para ser atacado por plataformas orbitales; de igual forma, los cazas estaban confundidos.

Baharroth y sus Halcones combatieron contra los cazas hipersónicos en el techo de la tenue atmósfera, batallando contra estos poderosos enemigos en un ballet silencioso de descargas láser y maniobras rápidas. Incluso los Halcones Exarcas no eran rival para los Cazas Rayo y Furia. Fueron asesinados uno a uno, hasta que solo Baharroth quedaba. Saltaba de caza en caza, rompiendo las cabinas y matando a todos dentro, antes de saltar de la desocupada nave y enfrentarse a otra.

Era una especie de desconcierto confuso cuando se ordenó a los Destructores clase Cobra que escoltaban a la Excruciadora combatir contra una única figura, volando a través del vacío. Sin embargo, consintieron diligentemente. Sus pequeñas torretas anti-cazas llenaron el vacío entre ellos con un terrible volumen de potencia de fuego, pero no estaban diseñadas para atacar a un objetivo tan pequeño. No solo esto, sino que sus propias armas impactaban inofensivamente sobre los escudos de los otros Destructores. Estos impactos no les hacían daño, pero enviaban muros de impactos relucientes sobre sus escudos, haciendo imposible cualquier tipo de focalización.

Perdieron al Señor Fénix. Las horas pasaban, mientras los visioingenieros y oficiales de sensor de timonel buscaban en cada centímetro cuadrado de espacio en órbita. Algunos afirmaban que el Señor Fénix estaba a la deriva en el espacio. Otros decían que había muerto finalmente. Pero las alas de Baharroth no funcionaban como las de un halcón real. Eran motores gravíticos; el espacio vacío hacía poca diferencia para él. Por supuesto, ningún Halcón Cazador sería utilizado para una guerra naval, pues no podrían dañar ni a la más pequeña de estas naves.

Esta regla, sin embargo, no se aplicaba a un Señor Fénix, quien portaba un Portal a la Telaraña. Diez horas en la búsqueda, y Baharroth re-emergió, dentro de la Excruciadora. Comenzaban a inundar informes sobre una gran máquina de matar barriendo a través de las cubiertas, destruyendo a todo el personal armado que intentaba detenerlo. Deng Vaal salió del puente inmediatamente, ordenando a dos de sus guardias que lo siguieran hacia la Bóveda Nula. Allí era donde se encontraban todos los artefactos heréticos y contaminados confiscados desde brujas condenadas en las cazas. Irónicamente, la única esperanza de Vaal radicaba en los pesadillescos dispositivos por los que tanto condenó a sus víctimas por poseerlos. Abrió las bóvedas, y arrojó susurrantes Armas Demonio a las alistadas manos de sus guardias. Instantáneamente, las cruzadas femeninas se retorcieron en pesadillas de venas negras, quienes instantáneamente sintieron la esencia de Baharroth mientras se acercaba a su posición. Los demonios gemelos de Slaanesh que poseyeron a sus guardias rápidamente arremetieron para saborear el alma del Señor Fénix. Mientras tanto, Vaal buscaba frenéticamente algo que salvara su patética vida.

Mientras Baharroth mataba a otra patrulla de hombres armados, los demonios lo encontraron. Se burlaron de él por su inútil actitud desafiante; ¿acaso no sabía que su muerte había sido pronosticada mucho antes que naciera siquiera? Baharroth se batió a duelo psíquicamente con esas venenosas palabras.

La Sedienta no tendría más sed, pronto. Pronto, ella sufriría la extinción, como todas las demás cosas.

Los demonios se rieron. “¿Acaso los Señores Fénix no lo saben? Simples criaturas; lanzas con almas; armas y nada más. No ven lo que hemos planeado. Pequeño y estúpido Eldar. ¿Aún crees que puedes ganar el gran juego? Este juego está terminando; el tablero será volteado, y las piezas esparcidas. Ya ha comenzado”.

Y con ello, ambas se abalanzaron. Armas demoníacas chocaron contra metal supernatural. Solo los demonios del gran enemigo podían contener al Señor Fénix en un combate mortal. Por un momento, parecía que Baharroth caería. Pero regresó, lleno de toda la furia de Khaine y todo el majestuoso poder de Asuryan. Como un fénix, su espada ardía mientras decapitaba a los humanos poseídos, antes de destrozar las armas demoníacas una después de la otra.

Baharroth estaba avanzando, y Vaal se desesperaba más y más. Cogió un generador de saltos disformes, en sí mismo un artefacto Eldar. Baharroth llegó momentos más tardes. Deng Vaal sonreía mientras se activaba el generador. Su expresión se tornó a horror absoluto mientras miraba algo dentro del pesadillesco reino en el que neciamente intentaba sumergirse.

“¡Oh Dios-Emperador, lo veo. Veo al N-”.

Esas fueron sus últimas palabras, antes que Vaal fuera consumido por el portal disforme, dejando nada más que el aroma de amoniaco en el aire.

Baharroth desapareció de la nave poco después. Solo había matado a los soldados armados dentro de la nave, a nadie más.

El Grito en el Viento apareció varias veces en los siguientes cinco años; cada vez destruyendo las fuerzas de ambos bandos. Aún así, sin Vaal, las fuerzas de Doloriad triunfarían inevitablemente. En cuando a Doloriad, él fue asesinado poco después por la Junta Tallarniana, la cual se cansó de su estilo extravagante de vida y su mezquina crueldad que era demasiado incluso para la iglesia del Emperador de las Tierras Devastadas. Varios Eclesiarcas y aspirantes a Emperadores le siguieron, pero la Unión Teológica nunca más supondría una amenaza a la comunidad galáctica. En los años que vendrían, serían totalmente eclipsados por las más grandes amenazas que se movían contra las fuerzas de la cordura.

Jain Zar

Este Señor Fénix estuvo involucrado en varios conflictos contra las fuerzas del Caos. En tanto los Imperios Occidental y Oriental del Caos, ella era una fuerza acechadora silente de destrucción arremolinada. Su arma, el trisquelión conocido como la Muerte Silenciosa o Jainas Mor, era un tema recurrente en la mitología de una docena de civilizaciones del Caos; era la representación de la venganza, y el castigo de los dioses perdidos.

Sobre el mundo de Kalderus, ella se enfrentó a toda la población del Mundo Colmena contaminado por el influjo de Khorne, la cual había sido reducida a meros salvajes desnudos, vestidos únicamente con sangre, envainando espadas sierra y hachas de una profusión salvaje. Se dice que ella y sus hijas batallaron sobre una montaña conformada con los millones que ella asesinó en esta gran batalla. Aunque ninguna de sus siete docenas de Espectros Aullantes sobrevivieron, ella salió del mundo, victoriosa y erguida.

Su desbordante grito de guerra hizo que un batallón de Despojados cayera sobre sus propias bayonetas, antes que enfrentarse a su furia devastadora. Durante la brutal guerra de Kalnendris, ella intervino para ayudar al Imperio Humano de Garrosynx (secretamente, un mundo gobernado por un culto escondido de Exoditas) en su guerra contra Huron Blackheart, quien buscaba abrir las Puertas Oscuras de Rhidhol. Apareció de la nada, y atacó al corazón de la flota del Rey Tirano. Sus Corsarios Escogidos colisionaron con sus doncellas Espectros, toscos Exterminadores batiéndose a duelo con ágiles mujeres blindadas en un despliegue deslumbrante de trabajo de armas. Ella evadía sus ráfagas, y luchó contra el mismo Huron. Ya que los testigos de ambos lados del combate estaban ocupados matándose entre sí, las cuentas de su duelo están fragmentadas. Tanto el Fénix como el Tirano golpearon el uno al otro, pero la discípula de Morai-Heg y el dios de la guerra Khaine era la combatiente más experta, y derrotó a Huron, cortando la poca carne que quedaba de su cuerpo hasta que no era más que un montón de cintos sangrantes. Por supuesto, semanas después, los cirujanos de Huron una vez más lo habían devuelto a la vida, y reemplazaron aún más de su carne con aumentos biónicos. Mientras tanto, el Hamadraya se hinchaba, invisible para todos excepto para el mismo Huron.

Jain Zar parece ayudar particularmente a todos los videntes y prognosticadores disformes. Sorprendentemente, incluso brujos no-Eldar eran ayudados por su enigmática presencia. Cortó a la mitad al Gran Demonio N'Kari que buscaba devorar el alma del Prognosticador Alcain de la 8° de los Cráneos Plateados, durante el infame asedio de cuatro frentes de Varsavia. Parece ser que ella es la patrona para todos aquellos que empleen el regalo de Morai Heg.

Fuegan

Fuegan y sus Discípulos Dragones lucharon contra la acometida Necrona sobre las lunas de Héxfort, y contuvieron a las recientemente alzadas Legiones del Embaucador, dándole a los Enclaves Farsight el valioso tiempo necesario para construir sus defensas durante el comienzo de la invasión. La Pica Ígnea de Fuegan, y los Bláster de Fusión de sus secuaces eran algunas de las pocas armas capaces de dañar severamente a los Necrones; forzándolos a regresar a sus complejos funerarios sobre Thex Prime una y otra vez. Él hizo esto no para derrotar a los Necrones (a los cuales no podría derrotar solo, ni siquiera mejorado por incontables almas ambiente), sino que para corromper su programación a través de la constante necesidad de resucitación necrona. Las una vez perturbadoras fuerzas del Embaucador comenzaban a degradarse.

Fuegan fue arrinconado por las fuerzas del Embaucador alrededor del mundo de Kanus. Fuegan caminó entre los defensores, señalando puntos débiles en los cascos Necrones y haciendo arder su propio camino de destrucción entre el enemigo. Pero los Necrones no podían ser contenidos por mucho tiempo. Naciones enteras de defensores T'au y humanos eran completamente vaciadas de vida; asentamientos, edificios y personas, todas atomizadas en cuestión de minutos por poderosos Pilones Gauss y descargas aeónicas destructivas. En un punto cúlmine del asedio, una nueva nave apareció sobre Kanus. Era una nave funeraria gigantesca, que empequeñecía a las inmensas naves clase Cairn que se movían a su lado. La nave era dorada y plateada, brillando con un trémulo fuego sinople. Evidentemente esta era la nave insignia de la flota, y en un instante destruyó a todas las naves defensoras restantes en órbita.

Entonces, en el punto más álgido de la batalla, Fuegan se desvaneció en un destello de energías verdes; había sido cambiado de fase a bordo de la poderosa nave funeraria. Él y su séquito reaparecieron dentro de uno de los extraños laboratorios alienígenas dentro de la nave. Las armas de Fuegan estaban ausentes, para mucha de su silente furia. Intentó irse, pero un poderoso campo de energías azures lo atrapó. Eventualmente, un Líder Necrón emergió. Esta figura era obviamente uno de los más antiguos Necrones, pues su figura estaba adornada con toda la decoración y artificios finos de una cultura hace mucho olvidada, mientras que los Necrones nuevos no portaban ninguna ornamentación. Este Necrón estaba ataviado en una fina película de escarabajos microscópicos, que se rearmaban a escala molecular, permitiéndole a la entidad tomar cualquier forma humanoide. De alguna forma, Fuegan conocía a esta entidad. Su verdadero nombre se ha perdido, pero los humanos lo conocen simplemente como Maturin Ralei en ciertos momentos de la historia.

La entidad estaba intrigada ante Fuegan, pues era en esencia una construcción de almas hospedada en un cuerpo artificial, de forma similar a los mismos Necrones. Fuegan observó mientras todos, excepto uno de sus Exarcas eran desollados lentamente, para ver si su interior era biológico. Para decepción de Ralei, lo eran.

“Eres diferente. No estás vivo. La criatura a la que llamas tu dios era astuta, sin importar su inestabilidad emocional. Los fragmentos derretidos del Segador deben haber contenido elementos del oscuro conocimiento de Kaelis-Ra. Tú eres un producto de su pensamiento. Kaelis-Ra fue inspirado por el Drachen del Vacío para crear sus propios demonios espejados, y tu señor de la guerra fue inspirado para hacer una imagen de nosotros para sus propias guerras. Qué pintoresco. Te aseguraré que ustedes serán exterminados al término de este procedimiento”, informó Ralei a Fuegan, quien ardía en una furia incandescente.

“No moriré aquí. Solo yo puedo comenzar la danza final de los Asuryata. Es el destino”, exclamó, su voz sonando como un horno avivado.

El rostro de escarabajo de Ralei se retorció a una sonrisa, mientras tomaba la forma de un viejo héroe Eldar. “El destino es una mentira. La más grande de todas ellas. El sentimiento y el misticismo no son más que necedades. Nosotros construimos a nuestros dioses, ambos. El camino de la existencia no está fijado”.

“El Fin está predicho. Todos los caminos convergen”.

Ralei, afortunadamente, no había desarmado completamente a Fuegan; sus Bombas de Fusión escondidas aún estaban fijadas a su armadura. Con una sacudida repentina de un movimiento, arrojó una. El impacto desactivó brevemente el campo de contención, y Fuegan saltó libre. Ralei avanzó sobre él, pero Fuegan arrojó una segunda bomba directo a su rostro, convirtiéndolo en escoria derretida en cuestión de segundos, antes de huir de la cámara, perseguido por rayos Gauss que lo buscaban. Ralei se reformó rato después, desatando un grito metálico penetrante que activó a cada Necrón dentro de la nave funeraria.

Fuegan fue cazado a través del laberinto de corredores y pasajes conscriptivos de metal, los cuales activamente buscaban entramparlo mientras huía de los estridentes rayos Gauss que desgarraban todo a su paso. De alguna forma, recuperó su Pica Ígnea y su hacha durante su precipitada huida. La retorcida geometría de la nave Necrona podría haber enloquecido a cualquier entidad menor al cabo de pocos minutos, pero Fuegan era un viajero veterano del sistema de Portales a la Telaraña, una red tan infinitamente compleja, que ni siquiera el antiguo Imperio Eldar había logrado mapear en toda su extensión. Solo los Señores Fénix, los Arlequines y el Atlas Infernal eran lo suficientemente capaces de atravesar este reino. Los juegos dimensionales de los Necrones no eran nada comparado con este reino imposible; sus trucos aún estaban anclados a la realidad y nunca podrían alcanzar la cota de la locura en su estado puro.

La ardiente lanza se clavó en los muchos corazones de la nave funeraria; destruyendo nodos con pica y hacha, y atravesando reactores de materia Gauss uno a uno. Su habilidad y destreza le permitieron evitar las redes enmarañadas de energía desintegradora de las infernales defensas y las frenéticas garras de los Espectros Canópticos que se dirigían contra él. Finalmente, Ralei lo atrapó, en el corazón de la nave; su nucleo aeónico. El núcleo era una estrella atrapada y consumida por las maquinarias internas de la nave. Parecía imposible que una estrella Clase M pudiera encajar en una nave comparativamente más pequeña, pero lo estaba; venas verdes de energía envenenaban el horno de fusión mientras sus energías eran extraídas con un 100% de eficiencia.

El Líder Necrón era un oponente terrible, y ambos chocaron en siluetas ante la colosal estrella. Su energía y letal calor apenas eran contenidos por los campos de fuerza, y el campo de batalla del Necrón y el Señor Fénix era constantemente bañado en borbotones de fuego de plasma y descargas radiactivas, que golpeaban a cualquier Necrón que buscara intervenir en su lucha hasta los átomos.

Ralei era un titiritero del tiempo, y se desplazaba a una velocidad imposible para cualquier mortal. Fuegan de alguna manera lo igualaba, pero era forzado a replegarse con cada blandir y cada golpe. Su Hacha Ígnea evitaba chocar con la guadaña de guerra del heraldo del Embaucador, para nada se quedaría la hoja de un Líder Necron. Estos eran dos construcciones de almas, construidos en días antiguos; máquinas de matar perfectas, engendrados para la guerra y la exterminación respectivamente.

Ralei estaba levantando su mano, pero había fallado en darse cuenta de las verdaderas intenciones de Fuegan. Nunca estuvo interesado en batirse a duelo contra Ralei. La Lanza Ardiente era una destructora, y ningún vehículo era demasiado grande para que lo destruyera. Mientras combatían, sus armas además disparaban a todos lados a su alrededor; para Ralei parecía que fallaba en casa ocasión, cuando de hecho Fuegan acertaba a sus objetivos cada vez. Sus objetivos eran los pilones generadores de campos de fuerza.

Demasiado tarde, Ralei se dio cuenta de su error, chirriando en impotencia mientras la estrella volvía a la vida; finalmente permitiendo progresar en su línea temporal. Comenzó a expandirse. El cuerpo de Ralei fue vaporizado por el hinchado gigante, y fue forzado a renacer en un cascarón nuevo y más plano (a su frío destemple). Las eyecciones de masa coronal destriparon a la nave funeraria desde todos los ángulos y direcciones, mientras la estrella se soltaba de sus ataduras y castigaba a los Necrones por su arrogancia. Desde el exterior, la nave funeraria parecía retorcerse horriblemente, antes que grandes ejes de luz y fuego de plasma apuñalaban fuera como espinas de erizo de mar hechas de fuego. Entonces, la nave colapsó en la nada, y una gran estrella de repente nacía en el corazón de la Flota Necrona. La gravedad tiró a las naves más cercanas antes que pudieran activar sus motores sin inercia. El resto se desvanecieron, mientras sus motores las propulsaban sin esfuerzo desde el sistema.

Sobre Fuegan, sabemos poco de él luego de esto. Pero sé que ha sobrevivido. Pues debe. Pues lo hará. Pues lo está.

Nada es más esencial que la Lanza Ígnea en los eventos que vendrán. De alguna forma, sé que no ha perecido.

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