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El regreso de Vulkan fue un poderoso símbolo para el comienzo de la Era del Ocaso, y el punto crucial en la gran desintegración de la sociedad que afligió a la galaxia durante largos milenios. Su nombre y su regreso fueron tanto ovacionados como maldecidos a través de la amplitud de los cientos de Imperios y millones de mundos.

Sin embargo, el primer ser en percatarse del regreso del Señor Herrero (además de la lacrimosa gente de Armageddón y sus enemigos directos), fue la más corrupta de las criaturas, Fulgrim. Sintió la presencia de su hermano a más de cinco mil años luz de distancia, en el instante en que Lucius el Eterno fue derrotado. Fulgrim, el Primarca Demonio serpiente, era un ser del éter, y podía sentir las almas de toda su Legión de los Hijos del Emperador. En mayor parte, poco le importaban sus acciones y travesuras a través de la gran extensión de la galaxia; él descansaba sobre su Mundo Palacio de carne perfumada y sus repugnantes y complejos implementos de placer y dolor. Sin embargo, como un niño caprichoso y codicioso, notaba la ausencia de uno de sus juguetes favoritos solo cuando se le era negado. Lucius había sido derrotado, pero no asesinado (como se relató anteriormente). No, Lucius tenía un destino por mucho peor. Mientras yacía enterrado en lo profundo de la tierra tóxica de Armageddón, su terrible voluntad se volvía más y más débil, de igual forma como su cuerpo quedaba malnutrido y marchito dentro de su armadura. Con su alma debilitada, Lucius era incapaz de controlar a las almas atrapadas dentro de su cuerpo y revestimiento de batalla viviente. Se convirtió en una cosa demente y mutante mientras cientas de millones de almas estaban todas revueltas para apropiarse sobre su carne. Miles de Señores del Caos asesinados, Orkos vencidos, Imperiales humillados e incluso demonios negados luchaban dentro de su cuerpo por la propiedad de su cascarón. Juntos, le consumirían.

Fulgrim oyó la miseria de Lucius, como un coro de voces en cascada. Mientras el Príncipe Demonio que poseía su carne ignoraba los gritos del Eterno y continuaba en sus juergas, no pudo ignorar los gritos angustiosos de Fulgrim-humano, que se hacían más fuertes con cada día que pasaba. Eventualmente, el demonio decidió reunir a sus fuerzas para golpear en el corazón del Imperio de Vulkan como neurotoxinas serpenteantes en las venas de un hombre. Pero el demonio no lo hizo por algún sentido de equidad o justicia para con el niño malo de su anfitrión, o por la gloria del Imperio del Caos, o incluso por la Diáspora de los Primarcas Demonio (el nombre otorgado a las áreas del Ojo del Terror donde Abaddón jamás gobernaría). Cuando un sirviente le preguntó con timidez por qué estaba haciendo esto, la cosa llamada Fulgrim respondió (antes de desollar vivo a este interrogador):

“Quiero darle la bienvenida a mi hermano a este nuevo reino de nuestro diseño. Entonces, le mataré, como ya he matado a muchos de sus hermanos antes que él. Su Imperio ha comenzado a entretener la noción de que puede ver a través de esta Era Oscura con seguridad; seguro detrás de sus pequeños muros de civilización y moderación. Es la hora de aplastar sus sueños, y la verdad les hará libres. Estamos muy interesados en la libertad, ¿no es así?” rió sardónicamente, dirigiendo su discurso al alma temblorosa atrapada dentro de su gloriosa contextura ofidia.

Fulgrim tenía una herramienta para lograr su objetivo de asesinar a Vulkan. La espada que portaba el demonio era una espada alienígena terrible conocida con varios nombres a través de la historia de la galaxia. Algunos la llamaban Kulgach la Estragadora, otros la llamaban la Hillexix; en alguno de los textos más antiguos, simplemente la Espada de la Medianoche. Para ustedes, mis lectores, es más conocida con el nombre que le dio la cultura Interex; la Anathame. Esta era el arma que casi asesinó al legendario Horus con un único golpe, fue el arma empleada para destripar al Señor de Veshin y a todos sus sacerdotes, y la herramienta que abatió a Roboute Guilliman con su filo envenenado. En las manos de Fulgrim, fácilmente el duelista más grande entre los Primarcas, mejorado por el Caos para ser mucho más mortífero, sería una herramienta letal para el mal dentro del Imperio de Vulkan.

Fulgrim se tomó su tiempo para construir sus fuerzas. Viajó de mundo en mundo en el Imperio Occidental del Caos, reuniendo miles de partidas de guerra y billones de tropas. Mercenarios, degenerados, alienígenas disformes, e incluso Corsarios Rojos del Imperio Oriental del Caos; todos acudían a su bandera con la promesa de expansión, poder y sobre todo, los botines de guerra. Al demonio de la espada Laer no le importaban las riquezas ni las baratijas. Solo se preocupaba de acabar con Vulkan, y deshacer el aberrante progreso que había conseguido allí. Para el final del M55, la guerra comenzó con una ofensiva relámpago repentina, una acción naval que involucraba tres elementos distintos en sus flotas.

El Imperio de Vulkan era bastante resiliente, sin embargo. Vulkan tenía colocadas múltiples líneas de defensa; cada mundo estaba dentro del alcance de las señales de peligro de más de cinco Comandancias, y al menos dos puntos de reunión de la guarnición Imperial. Tan pronto como las titánicas masas de las cruzada de Fulgrim echaran a un lado las defensas de los primeros pocos mundos a través de superioridad numérica y la ferocidad de sus adoradores casi salvajes del placer y mutantes degenerados, rápidamente encontró que había múltiples fuerzas de incursión atacando sus flotas desde múltiples vectores y varias semanas de ataques coordinados, acosadores y vigorosos. Los Ángeles de la Retribución y los Cuervos de Bronce emprendieron una campaña expedicionaria hacia el norte para liderar la contra-ofensiva principal. Allí donde un mundo fuera desbaratado, los Astartes atacarían como mercurio a las naves salientes de los codiciosos saqueadores, abordando y recuperando los cargamentos robados desde los fríos y muertos dedos de aquellos que pretendían robar en los dominios de Vulkan.

Luego de eso, la miríada de fuerzas del Primarca caído encontrarían mundos supuestamente sin defender, resguardados por FDPs reforzadas por regimientos enteros de las Legiones de Acero de la madre-Armageddón, o incluso los especialistas Comandos-Plasma de la alianza de Ryza. La compleja estructura defensiva de la frontera occidental del reino Vulkaniano se enfocaba sobre el avance principal de la ofensiva, y esta enorme fuerza cruzada comenzó a disminuir a un rastreo asesino al cabo de un año de acelerados ataques y contraataques. Pero para combatir a esta amenaza, los defensores estaban estirándose en sus guarniciones no solo en el camino del zarcillo, sino a su paso y en el espacio alrededor. Esto significaba que los zarcillos menores de la ofensiva quizás no estaban tan bien equipados con soldados. Por lo general, esto habría hecho poca diferencia. Comúnmente, las ofensivas menores eran limitadas a ataques de distracción utilizados para acosar mundos periféricos y drenar recursos, y podían ser fácilmente combatidas por los refuerzos internos de Vulkan, los que podían ser traídos desde las regiones centrales de Armageddón.

Habían dos cosas distintas en esta ofensiva. Primero, el tercero de los frentes de batalla ofensivos no estaba únicamente liderado por elementos menores de la cruzada como mutantes o milicias; el mismo Fulgrim lideraba este ataque, sobre defensas mediocres y guarniciones sobresaltadas, aplastándolas fácilmente allí donde las encontraba, antes de poner a mundos enteros bajo la antorcha, dejando solo suficientes sobrevivientes para enviar el mensaje al siguiente mundo al que se dirigían;

“Mataré a todos tus hijos, hermano, uno a uno, hasta que me enfrentes”.

La segunda complicación que hacía más dificultosa la defensa del reino era el hecho de que Vulkan se encontraba luchando dos guerras, comenzadas en tiempos perturbadoramente cercanos; la decimoséptima guerra de las Herejías de Janus. Esta era una guerra contra la Unión Teológica, y una que no había anticipado.

El notorio científico Deng Vaal, con sus ojos chamuscados reemplazados por biónicos rojos y brillantes, había torturado y extraído el conocimiento de sus víctimas T'au capturadas. Aunque varios T'au fueron liberados por xenos intrusos y extrañamente coloridos que se desvanecieron rápidamente desde la fortaleza de Deng Vaal a través de una Puerta a la Telaraña portable, el desquiciado hombre había logrado lo que deseaba. Pronto, comenzaría a diseñar naves que emularían a la de sus captores. Sin embargo, sin los restos físicos de la nave, le tomaría mucho más producir naves que estuvieran cerca de ser estables.

Pero luego de años de investigación, había creado los Grandes Cruceros clase-Witchfynder. Con su nueva flota de naves, esperaba que su posición en la Unión se expandiera rápidamente; su estrella estaba ascendiendo, al menos. Con entusiasmo viajó a la capital de la Unión, superando a todas las barcazas que buscaban ensombrecerlo a él y a su nueva gran armada. Cuando llegó a la Estación, fue bienvenido con los brazos abiertos por Elimia Ceylán, la nueva gobernadora de la Unión Teológica.

Luego de la muerte del original Alto-Eclesiarca Ceylán, sus hijos y su vasto grupo familiar comenzaron a adoptar un sistema casi dinástico de aristocracia; cada gobernador de la Unión luego de su muerte sería nombrado oficialmente Ceylán, cada uno con su línea de sangre en sus venas y, en general, cada uno tan artero e implacable como su homónimo. Elimia no era diferente. Era la heredera más joven y hermosa de la Unión, y había elevado rápidamente a su amante (el belicista General Treghan) al rol de Guardián del Reino, el cargo militar más alto. Ellá empleó su relativa juventud para cultivar una ilusión de ingenuidad inocente que desarmó a sus rivales políticos. Deng Vaal no era distinto. Cuando ella dócilmente lo felicitó, y le prometió financiamiento para una rápida expansión de la producción de los Witchfynders, él decidió que podía manipularla para sus propios fines. De este modo, ella evitó un golpe simplemente a través de subterfugios. Pero mientras Vaal producía más y más naves para sus expansivas fuerzas armadas, la fría y astuta mente de la infante Emperatriz fraguó un medio para revertir la situación a su favor.

En sermones públicos, alentó a sus predicadores y misioneros a entrar en los sistemas Vulkanianos, y comenzar a predicar los sermones del Emperador de las Tierras Devastadas y su creo de inutilidad y celo temerario. No solo esto, ella exigía que impidieran que credos rivales contradijeran las ‘preciadas palabras del Gran Dios Muerto. Pues su erial es del cuerpo y el alma. Que los sueños falsos de los herejes disputen este mensaje’. Muy pronto, sus predicadores se convirtieron en terroristas religiosos dentro del Imperio de Vulkan; destruyeron iglesias rivales, asesinaron a otros clérigos, y contrataron a varios villanos y bestias para ir en alborotos patrocinadas por el Estado. No hace falta decir que la reacción de Vulkan fue rápida y brutal. Sus fuerzas de seguridad cazaron a los predicadores, y los sometieron a juicio. Los más frecuentes de sus guerreros en promulgar su voluntad eran las Bestias de Fuego, y las siempre enigmáticas fuerzas auxiliares del Reino de los Patriarcas. Los soldados del Reino de los Patriarcas eran todos ligeramente psíquicos, y trabajaron con rapidez para descubrir predicadores en medio de comunidades de otro modo pacíficas, y llevarlas ante la justicia. Las Bestias de Fuego fueron llevadas para misiones más directas, como el abordaje y destrucción de una barcaza peregrina Teóloga, y la decapitación de la estructura de mando clerical terrorista de un rápido y pragmático golpe. Luego de un año de cazas, todos los predicadores estaban muertos o apresados.

La ‘Niña Celestial’ Ceylán hizo la mayor parte de esta munición política. Toda la Unión fue azotada en frenesí por la propaganda procedente de sus oficinas. Algunos decían que el mismo Vulkan asesinó a los sacerdotes cuando intentaron hacerle reconciliarse con su padre. Otros decían que el demonio Vulkan deseaba ver a la pequeña Emperatriz hecha trizas, para así poder romper su espíritu y tomar su trono. Los Teólogos, protectores de su casi infantil gobernante, exigieron justicia y sangre. Para el ojo inexperto, casi parecía como si Ceylán no hubiera orquestado toda esta grotesca farsa. Por desgracia, sin embargo, lo hizo, y su gente con entusiasmo cayó por su mala dirección. Elimia ‘de mala gana’ hizo un llamamiento a una Guerra Santa contra el Imperio de Vulkan, e invocó a sus escrituras tres veces santificadas, que requerían a todos los sujetos leales a la Iglesia para apoyar a sus más finas fuerzas a la causa, o tendrían a sus almas arrojadas en las espinosas explanadas de las Tierras Devastadas del Emperador cuando murieran. Deng Vaal fue obligado por estas escrituras para apoyar a Ceylán con las naves (sus Witchfynders) que ella requería. Ella las aceptó con dulzura desde Deng Vaal, y lo bendijo con aceites santos en una lujosa ceremonia ante una multitud titánica de ojos abiertos de par en par, elogiándolos sin pensar. Invisible para todos, Deng Vaal enmascaró una terrible furia detrás de su sonrisa serena y falsa. Ceylán había neutralizado su golpe antes de que pudiera empezar, sin levantar a un solo soldado contra él. Todo lo que se necesitó fue lanzar a su Unión a una horrenda guerra contra su más grande vecino Imperial, que causaría muertes y miseria incalculables para su pueblo ya amargo y demente; un precio que estaba dispuesta a pagar con una sonrisa tímida en sus mejillas.

Las flotas de la Unión Teológica rasgaron en la parte más vulnerable del reino de Vulkan con ferocidad nacida desde la locura. Las enormes Naves Witchfynder lideraban cada flota, junto a las viejas naves quema-brujas y las enormes naves peregrinas sin duda atestadas con millones de cruzados y fanáticos, mientras que más buques de transporte de élite llevaban a los enormes ejércitos profesionales de la Unión a la batalla. Lo mismo sucedía con las fuerzas del Caos en el noreste; las densas estructuras defensivas del Imperio de Vulkan eran un obstáculo instantáneo para los invasores. Sin embargo, las Witchfynders compensaban esto por ser prácticamente intocables en la mayoría de batallas navales. Mientras el resto de los activos navales de Ceylán estaban totalmente obsoletos y superados por las brillantes naves y cruceros de la corte de los Prometeanos, las Witchfynders podían ir codo a codo con las naves más grandes, y en muchos casos herirlas severamente. Aunque no eran tan maniobrables o pesadamente armadas como el Idealista, eran rápidas y estaban armadas con equipo sensor avanzado y armas complejas de diseño xeno ‘santificado’. Los defensores del Imperio fueron devanados por esta fuerza. Solo las acciones enloquecidas de un Capitán de los Hijos del Trueno, quien dirigió a una Witchfynder dentro de la Corona de una estrella (la cual desconcertó a sus sensores y le permitió espolonear su nave a través de su popa) permitió a las aguerridas fuerzas de Vulkan a retirarse a la ‘segunda línea’ de defensas (aunque, como se mencionó antes, las líneas de batalla en combates en el espacio no son como los conceptos y fronteras en los combates en el mar. Esta era una enorme serie de escaramuzas e incursiones en espacio tridimensional y encuentros que abarcaban cientos de años luz). Se requerían medidas drásticas.

Por lo tanto, Vulkan se vio obligado a apersonarse en este frente de batalla para hacer frente a este nuevo y poderoso enemigo. Trajo consigo varias Comandancias, sus propios Pretorianos Nocturnos en grandes números y masas de soldados de las Legiones de Acero. También autorizó a los Patriarcas del Reino de los Patriarcas a cambiar su economía a pie de guerra instantáneamente, lo cual podrían alcanzar en un tiempo récord.

Golpeó como el puño de un dios furioso. Vulkan siempre había preferido ser un constructor y un artesano, y un político que un guerrero, pero cuando su ira se levantaba, era la clase de cosas que impregnaban las leyendas oscuras. Se desplazó de frente en frente, de mundo a mundo, y allí donde se uniera en batalla con sus hombres, los cruzados Teólogos eran aplastados. Al principio, los números suponían la ventaja para los Teólogos, pero esto cambiaba cuando Vulkan aparecía. Las estrategias se volvían más firmes y hábiles, y sus soldados luchaban con el vigor de hombres con un dios encarnado a sus espaldas. Era una leyenda, y era furia; los fuegos de la forja fluían a través de sus iracundas venas. Los Teólogos no eran rival para el Primarca y los Astartes en el campo, y ellos comenzaban a perder terreno en cada mundo, lento pero seguro. Aunque cada mundo emprendió duros asedios y amargas luchas callejeras para repelerlos, eventualmente fueron suprimidos, y el enemigo había sido destruido en masa.

No obstante, aún en el espacio, los Teólogos mantuvieron sus territorios, y nadie en la zona sur del Imperio de Vulkan se sentiría seguro hasta que la última Witchfynder fuera destruida, y el Campeón de Ceylán, el General Treghan fuera finalmente derrotado.

En este inoportuno momento, llegó a Vulkan la noticia del jactancioso desafío de Fulgrim, y el horror total que desataría sobre su Imperio. No importaban las pretensiones de Ceylán, los Teólogos eran pequeños; Vulkan sabía que Fulgrim era el único y verdadero peligro para su Imperio. Ordenó al Comandante de los Manos de Hierro, Borund Épsilon, tomar control del frente austral, mientras Vulkan y sus Pretorianos rápidamente se dirigieron a Armageddón para enfrentar a su díscolo hermano.

Mientras tanto, la guerra hacía estragos cerca del corazón del Imperio de Vulkan. Esta guerra puede ser descrita como algo similar a una serie de cadenas de islas aisladas, disputada constantemente por el movimiento constante de flotas de atracadores y guerreros. Pero, innegablemente, los Vulkanianos parecían ser empujados por los colosales ejércitos de Fulgrim. Pero este movimiento se estancó a manos de los Renacidos de Dorn y sus aliados; eran maestros del asedio, y sus mundos conformaron una red enmendada de rompeolas, que drenaban a cualquier flota del placer de Fulgrim que se adentrara muy cerca. Esto forzaba a las flotas a tomar desvíos masivos alrededor de los Astartes MK II. Por el contrario, la Confederación de Justicia, las Legiones de Desembarco fanáticas, eran incluso más móviles con sus rápidas naves. Ellos luchaban detrás de escenas; destruyendo naves de suministros, desbaratando trenes logísticos y vertederos de munición a donde quiera que los encontraran. Aunque el actual Lord-Reunitor era un anciano para ese entonces, aún luchó con vigor, ataviado en su magnífica armadura de caparazón de placas águila-Varseen bruñida. Verdaderamente se veía como un Santo Renacido, mientras montaba su Valquiria personal, Icaria, batalla tras batalla.

Lo que la historia no menciona con mucho detalle fue el hecho que el Lord-Reunitor transportó también a la Hermandad de la Voluntad, y otros miembros de los osados espías y aventureros de Imogen. En este momento, sus asociados se numeraban en decenas, y cada uno era único y exótico en sus estilos y habilidades. Algunos eran investigadores más allá de la comparación, otros eran tácticos e ingenieros que eran invaluables en encontrar debilidades en las naves enemigas y motores de guerra demoníacos. Pero en el fondo, Imogen era una investigadora y una mujer ferozmente inteligente. Su tiempo se dividía entre agotadoras misiones de combate, y horas y horas en las varias bibliotecas y bóvedas a través del Imperio de Vulkan. Ella descubrió muchos hechos perturbadores sobre la galaxia en la que había crecido; en tiempos de guerra, no se le prohibía ningún archivo o información, y aprendía rápidamente. Descubrió el funesto poder de la Anathame, y de la correlación entre las varias profecías de incontables ‘herejes’ locos en incontables años. Ella vio, con la ayuda de sus aliados, que los patrones de levantamientos del Caos en la galaxia no eran aleatorios, que el Caos, en toda su manía, estaba siendo demasiado ordenado. Pero era un patrón complejo que sospechaba que ni los seguidores del Caos notaban; como si una gran trampa de acero estuviera lentamente cerrándose sobre toda la creación. Pero su mente se vio obligada a concentrarse en la amenaza inmediata de la Anathame.

Si Vulkan iba a enfrentarse a Fulgrim mientras él estaba armado con ella, era seguro que Vulkan moriría. Imogen tomó una decisión fatídica ese día; tenía que robarla para Vulkan. Incluso para Imogen, era una locura. Afortunadamente, en la mayoría de su hermandad ya estaban profundamente locos.

La nave insignia de Fulgrim, la Sodominus, era una masa corpulenta de nave; una barcaza del placer hinchada y ostentosa casi tan grande como lo fue una vez el Cruzado Eterno. Tentáculos y adornos sobresalían de entre las cubiertas, repletas de joyas y esclavos desnudos, mientras poderosas espiras y domos de variadas tonalidades dominaban su super-estructura dorsal como una metrópolis oriental surreal. Había encantamientos disformes perturbando toda señal teleportadora que intentara atravesar su nave; su pesada armadura y escudos impidiendo bombardeos y abordajes físicos. Esto se combinaba con las masas de demonios y Astartes corruptos que merodeaban el sofocante interior de su barcaza. Sus fuerzas de seguridad estaban lideradas por Illirus la Señora de la Caza Carnal, una guerrera ataviada en placas de guerra demoníacas, la cual vestía mientras montaba a un grande y serpenteante Diablo de Slaanesh. La Sodominus parecía impermeable.

Imogen, de alguna forma, se las arregló para entrar en sus defensas, a través de sus lazos ilícitos con los remanentes del Capítulo de los Relictores. Esta hermandad estrechamente unida a la suya los transportó al corazón de la flota de Fulgrim en el interior de una Nave Nula robada. Una vez estuviera cerca de la Sodominus, los Relictores desatarían su arma secreta. Era conocida como la Calasangre; una tecnología del Caos antigua creada por alguna cultura afectada por la Disformidad antes que la humanidad pudiera hablar. Los dispositivos volvieron a Imogen y a sus secuaces, así como a tres escuadras de Relictores a una sopa viva de sangre. Esta sopa, empoderada por una oleada de demonios, fue arrastrada a través del espacio, y atravesó las defensas rúnicas de la Sodominus. Una vez dentro, el poder del artefacto se quebró, y se volvieron mortales físicos una vez más.

El antiguo Capitán Wallachia de los Relictores sonrió salvajemente a Imogen, antes que él liderada a sus Relictores a una furiosa carga a través de la nave. Portando poderosas Armas Demonio y hechizos desde toda la galaxia, sus tres escuadras irrumpieron a través de la nave, haciéndose más fuertes mientras se alimentaban de las ofrendas profanas dentro de la Sodominus; irrumpían dentro de cámaras de orgías salvajes, y destripaban a todo el que veían. Diablillas fueron despedazadas por Cañones Kai y espadas unidas a Desangradores, que se deleitaban en el exorcismo de sus odiados demonios de su patrón rival. Los hombres de Wallachia incursionaron en las bien suministradas armerías demoníacas de la Sodominus, y forzaron a Illirus a reunir a sus fuerzas para un contraataque precipitado.

Mientras tanto, Imogen y sus hombres se dirigieron hacia el verdadero trofeo. Sus tres Blancos más poderosos se colaban con un esfuerzo hercúleo para esconder su presencia de la volcánica esencia de Fulgrim, que impregnaba cada molécula de la Sodominus. El mismo Fulgrim estaba enrollado sobre un trono de desnudos cosidos juntos, mientras miraba dos figuras pintadas devorándose la una a la otra; sus estómagos ungulando y pulsando mientras intercambiaban fluidos y se alimentaban uno del otro sin que derramaran sangre. Por un segundo sintió que una sombra pasaba detrás de sus ojos. El demonio dentro de él se sintió debilitado, por un único segundo. Fulgrim se aprovechó de este momento, y clavó un fragmento de su voluntad, forzando al demonio de la espada Laer a enfocarse en controlarlo. Todo mientras Imogen y sus audaces seguidores irrumpían en su bóveda-cripta.

Las defensas eran formidables. Tan pronto como el erudito memético de Imogen rompiera el código sobre la puerta de la bóveda, monstruos de piel saltaron de las paredes para entablar combate con huesos afilados y ennegrecidos. Sus Kroot y Guardaespaldas Cultistas del Reino de los Patriarcas entraron en la batalla, con armas ardiendo violentamente, mientras Imogen y el Veterano de Valhalla Tronskil se precipitaron hacia el centro de la cámara. Sus Intocables activaron sus dispositivos Psióculos Potenciadores de Nulidad, y comenzaron a quemar de forma activa carne demoníaca a su alrededor. En el corazón de la cámara, suspendida en un brillante campo de fuerza, estaba la gigante espada Anathame. Ni una sola mancha ensuciaba a la espada de ninguna forma; ni un solo rastro de carne disforme o decadencia caótica afectaba a sus terminaciones. Imogen alcanzó su Colector de Datos, y desactivó el campo al emplear un Beso del Arlequín reutilizado en el terminal de control, inyectándole alambres serrados que destrozaron sus mecanismos internos, y desactivaron el campo por unos pocos preciados momentos. Mientras el campo se apagaba, la espada cayó, y se incrustó en el casco carnoso con un susurro húmedo.

En respuesta, se desplegó una cavidad en la pared, y el rampante Bruto Infernal encerrado dentro casi le arranca la cabeza a Tronskil mientras cargaba con sus Puños de Combate y su trepidante Cañón Automático. Imogen saltó sin temor hacia la hoja, arrancándola del casco antes de rodar para evitar la lluvia de fuego que destazaba el piso en una llovizna de sangre. Tronskil golpeó al Bruto infernal con cinco impactos precisos de su rifle de fusión, pero fue partido en dos mientras intentaba recargar. Pero la criatura estaba ahora ciega, y sus impactos de fusión habían arruinado sus armas. La líder de la Hermandad de la Voluntad maldijo a la cosa, la cual saltó inmediatamente hacia ella. Segundos después, el campo de fuerza se reactivó, empalando a la máquina de guerra dentro de su sarcófago.

Imogen indicó la retirada, y sus hermanos eficientemente se retiraron a una acción de resguardo. Ella se habría visto algo extraña si alguien la hubiera presenciado entonces; una mujer pequeña vestida como una corsaria, llevando una espada el doble de grande que ella, todo mientras maldecía en cada idioma conocido en el Imperio de Vulkan y más allá. Pero sus Intocables habían hecho algo terrible; habían hecho que Fulgrim se diera cuenta de un agujero negro de horror psíquico en el corazón de su propia nave. Se levantó de su trono mientras sus muchas extremidades desenvainaban sus cimitarras y dagas filosas. Para ese momento, Wallachia y sus Relictores se habían quedado atrapados dentro de la armería de la popa, rodeados de demonios y legionarios pesadamente armados. Sus terribles Armas Sónicas pulverizaban sus mentes y su carne. Wallachia murió al último, dejando caer su Hacha del Terror desde dedos enervados.

Imogen buscaba desesperadamente una ruta de escape; como era usual, no había considerado lo que haría después de robar la más preciada posesión de Fulgrim. Cruzando sus dedos, arrancó hacia el puente de desembarco. Mientras sus hermanos corrían, sus Blancos sintieron la magnífica presencia de Fulgrim, la cual golpeó sus aberrantes mentes en una masa sanguinolenta mientras se acercaba a ellos, deslizándose a un ritmo vertiginoso.

Imogen encontró que la cubierta de desembarco había sido convertida en una horrenda arena improvisada de justas, donde Hombres Bestia con cabezas de equino montaban Astartes Mk II lobotomizados como caballos, y cargaban uno contra el otro con lanzas creadas a partir de fémures fusionados y carne fálica. Aunque era repugnante e intrigante, Imogen ignoró este espectáculo. Notó que había todavía una Cápsula de Desembarco Dreadclaw aún libre en la cubierta.

Fulgrim llegó momentos más tarde, mientras Imogen y sus hombres escapaban de su nave utilizando sus propios Dreadclaws hacia el flanco de su Nave Nula robada, antes de ordenar a la nave a dirigirse a toda velocidad hacia Armageddón. Pero Imogen estaba lejos de estar segura, pues había toda una flota de Slaanesh persiguiendo su nave por el impulso psíquico de Fulgrim, quien dominaba las mentes de sus capitanes. Tal era su inmensa furia, que hizo que Illirus fuera devorada por su propia montura por su fracaso.

Así como Fulgrim y la Sodominus cargaban a toda potencia hacia Armageddón, también Vulkan aceleraba hacia su capital a bordo de la Phalanx, con los Vástagos de Polífemo y los Estigmatizadores (una Comandancia fundada desde los ex-Cicatrices Blancas) al día con su ritmo. Los dos iban por conflictos pasados.

Los sectores en los frentes australes sufrieron largos años de insurgencia, bombardeos y picadoras de carne asesinas a través de llanuras sembradas de huesos y ciudades brillantes formadas por grandes artesanos de Vulkan. Los Teólogos, aunque en pie de retirada, permanecían como un adversario tenaz y trastornado. Lucharon duramente para asegurar cada mundo sobre el que hubieran construido guarniciones, y las Witchfynders prevenían que los Manos de Hierro, las Bestias de Fuego y las varias fuerzas aliadas del sector bombardearan esos puntos de resistencia en los mundos.

Durante este tiempo de desorden, el sector Carnivas luchó su guerra por la independencia. El sector Carnivas estaba ubicado en una de las regiones más inestables y volátiles del espacio. Yacía entre los territorios del Imperio Occidental del Caos, la Unión Teológica y el Imperio de Vulkan. La capital del sector, Lychen, había estado gobernada por el culto Hemóvoro por varios miles de años, y sus fanáticos Guardas de Lychen habían traído a los sistemas alrededor de rodillas simplemente por su terrible reputación (eso, y cualquier mundo que incluso pensara en la sedición fue castigado... severamente). Lejos de permanecer neutrales durante estos tiempos de caos, los Lychen tomaron un camino muy diferente; les declararon la guerra los tres super-estados que los bordeaban, simultáneamente. Los tres estaban ocupados con sus guerras en ese momento, y difícilmente gastarían sus fuerzas en derrotar a los Lychen. Todas las fuerzas que intentaban invadir espacio Lychen se arrepentían instantáneamente. Los Lychen eran tanto carniceros psicópatas, y maestros pragmáticos. Con el paso de los años, el estado había forzado a su población a comer alimentos levemente envenenados, hasta que los Lychen nativos y sometidos desarrollaron inmunidad a los químicos que contaminaban la carne de Felshan (su exportación y producto alimenticio primario en la región). Ningún ejército invasor encontraba comida no envenenada para comer o robar, cada ciudad se había convertido en trampas mortales (siendo bombeadas con víruses si eran capturadas por el enemigo), mientras los mismos Lychen eran temidos por sus proezas de combate casi míticas. Los Guardas de Lychen derrotaron a varias fuerzas expedicionarias durante las dos guerras de Vulkan, y tallaron para sí mismos un estado pequeño e independiente, en el cruce de los imperios.

Pero los Teólogos aún se resistían a los hombres de Épsilon. Fue entonces cuando la verdadera escala de la capacidad industrial del Reino de los Patriarcas fue dramáticamente demostrada. Cada día, el Reino producía una docena de naves, cada segundo, mil Rifles Láser. Miles de millones de cultistas perfectamente entrenados eran transportados a los campos de batalla como una verdadera ola de enemigos que empequeñecían cualquier cosa que los Teólogos pudieran desplegar. Las Witchfynders podían con seguridad destruir a diez naves por cada una de las propias destruida. Habían sido superados por lo bajo setenta a uno. Los resultados fueron inevitables. En terreno, los ejércitos cultistas estaban apoyados por miles de Genestealers que se infiltraban detrás de las líneas enemigas y desataban el caos. Las Bestias de Fuego se rehusaban a luchar al lado de Purasangres, pero renuentemente se unían a ejércitos cultistas humanos si eso significaba matar Teólogos.

En cada frente, los Teólogos fueron masacrados, y sus naves sobrevivientes se desperdigaban por el vacío, usando sus motores superlumínicos a máxima capacidad. Algunos lograron regresar a la Unión. Muchos no lo consiguieron.

Algunos se encontraron varados sobre mundos iracundos de Vulkanianos indignados. Algunos colisionaban con Manadas de Lobos desde el Imperio Occidental del Caos, a la caza de una presa debilitada. Algunos se dirigieron al este. Éstos fueron cazados por los remanentes de Ultramar; fuerzas que empleaban a estos enemigos como entrenamiento para la campaña de rearmamentización y reconstrucción del Regente Folkar para su abatido reino.

Fulgrim asedió Armageddón durante quince meses, furiosamente intentando resquebrar al mundo y recuperar la Anathame desde donde Imogen la había escondido. Lanzó todo lo que pudo traer consigo a los incondicionales defensores de Armageddón, pero resistieron. Las mayores naves de Vulkan y sus guerreros más dedicados lucharon dentro del último circulo de defensas (conocido coloquialmente como ‘el Yunque Imperioso’). Devastadores silos láser orbitales y tubos lanzatorpedos enterrados dentro de asteroides y lunas bombardearon a sus pies constantemente, mientras que refuerzos de todo el Imperio variaban constantemente su fuerza de asedio. Por primera vez en muchos siglos, el demonio Fulgrim se volvía verdaderamente frustrado.

Todo lo que podía hacer era lanzar a sus fuerzas contra los inmensos escudos y desafiantes ejércitos de Vulkan. Necesitaba a un secuaz dentro; un ser capaz de tirar abajo la red de fortificaciones desde el interior. Entonces, el demonio se dio cuenta que ya había una criatura así dentro.

El demonio Fulgrim extendió sus oscuros poderes, y canalizó una ola de poder disforme sobre el maullante y arruinado cuerpo de Lucius, enterrado en lo profundo de la corteza de Armageddón. Lucius había resucitado como el Renacido; una criatura que no debió haber existido. Era una pesadilla de carne amorfa y tendones crujientes, encadenado alrededor de un esqueleto demoníaco de marfil blasfemo. Muy pronto, el monstruo empezó a excavar hacia arriba a través de capas de roca y tierra, gritando con un millón de voces mientras una ola de demonios era añadida al coro ya desechados para clamar la carne de Lucius de una vez por todas. Eventualmente, Lucius el Renacido erupcionó desde los adoquines de la Plaza de la Victoria, arrojando cientos de soldados sorprendidos a un lado mientras la flácida masa de carne enloquecida hacía su camino libre de su vientre terrenal. Como un tornado de vísceras, desgarró a la Legión de Acero que en vano intentó ralentizarlo. Implacable como solo un loco puede ser, Lucius se dirigió hacia el edificio impreso en su alma por Fulgrim; el Templo de Grimaldus, el lugar donde se ubicaba su generador de escudo central.

Lucius no solo era brutalmente fuerte, sino además enloquecedoramente rápido. La criatura hizo crecer largas extremidades equinas, y se arrojó a un ritmo horrible. Al cabo de minutos, estaba azotándose contra las puertas reforzadas del templo con toda su masa disforme. Las puertas estaban santificadas y quemaban la carne de Lucius con su fe, pero no podían contener a la bestia por mucho tiempo; quizá por momentos. Había pánico masivo y confusión entre los defensores, quienes intentaban localizar a la bestia demoníaca rampante. Solo una figura parecía perturbadoramente calmada, mientras se acomodaba su yelmo en su cabeza y cogía el Crozius Arcanum reliquia de Grimaldus desde su cajón santificado, reverenciando con respeto a su dueño ya hace mucho muerto.

Aunque esta figura, el Pretoriano He'stan, no era un Templario, conocía la importancia de las reliquias (incluso aunque hubiere entregado todas las suyas cuando el maestro Vulkan regresó). He'stan levantó la pesada arma de energía con facilidad, su envejecido cuerpo mejorado e vigorizado por el genio científico de la Corte Prometeana, regresando su físico a sus ya olvidados años del M41. Cuando Lucius finalmente irrumpió a través de la puerta como una tormenta de fauces y garras, destrozando a los otros defensores, He'stan estaba listo para él. El Astartes se lanzó desde el púlpito del Templo, y recibió a Lucius en el aire. No emitió un grito de guerra, pues no tenía nada que decir a la cosa que ya era menos que Astartes en ese momento.

Mientras tanto, en órbita, los Hechiceros de Fulgrim detectaron la aproximación de Vulkan y la Phalanx, pues ellos dividían el mar de almas de igual forma que un gran acorazado cortaba el mar. El demonio Fulgrim creía que Vulkan había cogido su Anathame y tenía pensado emplearla contra él. No podía permitir que eso ocurriera, y ordenó que la Sodominus entablara combate con el Phalanx tan pronto como emergieran de la Disformidad.

Sus secuaces hicieron lo que les ordenó, y los cielos una vez más estallaban en llamas, mientras las dos titánicas naves chocaban al borde del sistema, como titanes encerrados en una arena de lucha. Los dos gigantes desgarraron trozos del otro, pero eran demasiado grandes y demasiado fuertes para ser dañados desde sus propios costados. Aunque los fuegos causaron estragos y miles y miles de miembros de la tripulación morían, las naves permanecían intactas. Vulkan se armó mientras sus cámaras ardían, e ignoró el fuego; dejó que le lavaran mientras sellaba su traje de escamas de dragón sobre su negra forma. Entonces, con un repentino grito de aire desgarrado, Vulkan emergió de la Phalanx, y cayó dentro del ondulante trono de Fulgrim; una teleportación ampollosa, guiada por los mismos dioses le había llevado específicamente ahí. Vulkan se puso de pie con gravedad mientras la forma serpenteante de Fulgrim se retorcía ante él.

La lanza y el escudo de Vulkan se engancharon a su armadura esculpida, y lucía ante todo el mundo como un mítico caballero dragón. Por otro lado, Fulgrim era la cúspide de la corrupción. Era alto incluso para Vulkan, y sus varias extremidades lucían una colección de armas obtenidas de sus grandes conquistas. Su cuerpo desnudo estaba ataviado en escamas aceitosas, y tachonado de monedas y piedras preciosas que brillan en la penumbra. Fulgrim lo maldijo furiosamente. ¿Este Herrero creía que tomando su espada, como un ladrón cobarde en la noche, le iba a salvar? El demonio, con la voz de Fulgrim, se jactaba de que incluso sin la espada, nadie podría derrotarlo, pues nadie lo había hecho jamás.

Vulkan estaba quieto, y replicó sucinto.

“Vas a morir, demonio. Si es posible el que mueras, yo lo llevaré a cabo”.

Fulgrim cacareó mientras lo rodeaba, haciendo chocar sus espadas, hambriento. Desafió a Vulkan por su insolencia; ¿este necio no reconocería a su hermano al verlo? Se dice que Vulkan se rehusaba a aceptar a Fulgrim como su hermano; su hermano estaba muerto.

La sonrisa del demonio era la crueldad indulgente encarnada, y se dio cuenta de su oportunidad de revelar la verdad. Fulgrim estaba vivo, pero el débil, en el momento crucial, se había rehusado a asesinar a Ferrus Manus, y su débil alma había sido tragada completa y sometida como el miserable que era.

Vulkan perdió su compostura.

“¡Tus palabras son veneno!”.

“Y las tuyas son necedad”.

Vulkan no lo dudó más y levantó sus puños de combate, antes de lanzar corrientes gemelas de fuego abrasador hacia la serpiente, quien retrocedió y arrojó sus espadas hasta desviar el ardiente torrente. El calor era como el de el corazón de una estrella, y los muros comenzaron a derretirse, mientras el piso cárnico se oscurecía y chillaba en una agonía atroz. Fulgrim echó los brazos a lo ancho, y desvió los golpes flamígeros a un lado, antes de embestirse directamente hacia Vulkan. Los dos Primarcas chocaron con una explosión sonora, volando todas las ventanas del salón del trono. Sus bramidos y estridentes maldiciones se perdieron mientras la atmósfera se ventilaba de la cámara, soplado de la nave por el vacío.

Entonces, se batieron en silente duelo. La lanza y el poderoso escudo de Vulkan fueron desenfundados, y los dos intercambiaron golpes y esquivaron cada impacto que buscaba mutilar y asesinar. Saltaban chispas desde el manto salamandra de Vulkan y desde su gran escudo, mientras las espadas de Fulgrim efervescían y eructaban humo maligno, mientras parecían encenderse con vida impía. Era un bosque de hojas, y el Padre de la Forja fue forzado a replegarse, paso a paso. Cada golpe desviado de los combatientes Primarcas destruía algo; las estatuas eran bisecadas, los espectadores eran vaporizados, o secciones del casco volaban en pedazos o eran quemadas. Pero Vulkan no podía vencer a Fulgrim; el demonio Fulgrim estaba en lo correcto. Vulkan no era un duelista. Era ciertamente mejor que cualquier mortal, pero Fulgrim era algo completamente diferente. Sus espadas eran omnipresentes e implacables; donde no estuviera Vulkan en guardia, allí aparecían. Su armadura era maltratada por golpes torrenciales, golpes que ardían sin importar la aparente impermeabilidad de la armadura ante el daño térmico. Este era fuego infernal, y Vulkan apenas pudo sostener la destrucción que venía.

Bramando como un toro, Vulkan afirmó sus pies, y dirigió su cuerpo hacia adelante. Fulgrim era sinuoso y ágil, pero había sacrificado volumen por esta nueva forma, y era forzado a retirarse de la rampante carga de Vulkan. Ambos chocaron de mamparo en mamparo, haciendo sonar las alarmas de mantenimiento y con los aullantes demonios aún incrustados en dichos muros. Vulkan siguió impulsándose hacia adelante, forjando su camino hacia la cámara hexagonal donde debería estar ubicado el teleportarium. Aturdido, Fulgrim casi falla en bloquear uno de los empujes de la lanza de Vulkan, y en vez de eso se retiró para evitar el golpe. Vulkan apresuradamente dio un puñetazo sobre los controles del teleportarium, y los dos fueron despedidos de la Sodominus, y regresaron a la última localización a donde la señal buscadora había sido ajustada: la Phalanx.

La tripulación de Vulkan se replegó repentinamente mientras los dos gigantes explotaban en existencia en el corazón de la nave. Ya no se batían a duelo como guerreros; se desgarraban como perros salvajes, enloquecidos por la rabia. Las espadas de Fulgrim estaban aplastadas o rotas por el combate. La lanza de Vulkan se embotó y destrozó, y su blindaje yacía perforado y destrozado por las garras. Agarrando a su hermano por el voluminoso cuello con tres manos, Fulgrim lo golpeó de esta manera y entonces, lo abalanzó a través de las esclusas de aire y roca pulverizada con su cráneo negro. La serpiente se enrolló alrededor de Vulkan como un constrictor, y apretó con toda su furia. Rodaron en el suelo como bestias inhumanas. Centímetro a centímetro, Vulkan era arrastrado más profundo en su nave, jadeando mientras Fulgrim intentaba sofocarle. Mientras se ahogaba, a su vez estranguló a Fulgrim. Se había perdido el orden, y todas las nobles ideas habían sido olvidadas por un tiempo; perdidas entre la bruma roja y el deseo de revancha. Revancha por todo lo malo que Fulgrim había hecho. Istvaan, Guilliman, Ferrus, el propio sufrimiento de Fulgrim; el monstruo ante él era el arquitecto de todo eso. Por un momento, Vulkan perdió su claridad mental.

Dentro del Templo de Grimaldus, Lucius se arremolinaba como un vórtice. Los rostros brillaban y ondulaban dentro de su masa, mientras las garras azotaban y se revolvían para agarrar. Y, en el corazón de la tormenta cárnica, Vulkan He'stan aún luchaba. A donde quiera que una cabeza gruñendo emergiera de la tormenta, él le propinaba un golpe brutal con el Crozius, mientras su bólter ladraba al desatar ráfagas de fuego en el cenagal. Luchó aun cuando apuñaló más allá de su guardia de más de cien veces, perforando su carne y drenando su sangre. Sus brillantes ojos rojos resplandecían con cólera virtuosa, y siguió luchando. Tenía que luchar. Mientras más lo hiciera, más tiempo le daría a su Primarca y a su gente. Siguió luchando, incluso aunque el brazo que sostenía el bólter fuera cortado en una fuente sangrante de oscura sangre arterial.

Vulkan irrumpió en el salón de alistamiento, arrojando a Fulgrim a través de la caverna, impactando un Thunderhawk con una detonación ensordecedora. En llamas, Fulgrim esprintó los cien metros de distancia entre ellos, y golpeó a Vulkan a los pies. La batalla se luchó a una velocidad que los hombres apenas podían seguir, y no se atrevieron a disparar al tumulto, no sea que esto pudiera debilitar a su Primarca en algún momento inoportuno. Con un gran azote de su cola, el demonio Fulgrim destrozó la placa petral de Vulkan, y le hizo tambalearse hacia atrás, en otra cámara. Ansiosamente, Fulgrim se deslizó para asestar su golpe mortal.

Fue entonces cuando sintió la familiar aversión de la presencia anatema intocable. Pero esta era mucho mayor. Era una anulación inmensa. El demonio Fulgrim observó la cámara en la que se encontraba. Dos docenas de Operativos Culexus emergieron desde la penumbra. Fulgrim notó que Vulkan también sufría ante su presencia. Se tumbó sobre su espalda, escupiendo y silbando en agonía; pues cada Primarca era una criatura de la Disformidad, lo supieran o no. Sin embargo, el demonio Fulgrim se dio cuenta muy tarde de lo que Vulkan realmente proponía. Los Intocables estaban debilitándolo excesivamente. Más que a Vulkan. Más incluso que al propio Fulgrim...

La quimera serpiente chilló como si se electrocutara y se desplomó en el suelo en un ataque de espasmos, justo delante de los agotados y brillantes ojos de Vulkan. Con gran esfuerzo, Vulkan se levantó de rodillas, escupiendo trocitos de sangre con cada respiración. Observó, sorprendido, mientras la piel de la serpiente parecía abultarse y expandirse. También palideció y parecía perder su lustre aceitoso. Algo se movía debajo de su carne, un cuerpo liberándose. El cuerpo estaba enfermizo y cubierto de venas negras, pero Vulkan reconoció al rostro.

Los dos se miraron como hermanos una vez más. Fulgrim tenía lágrimas en sus bellos ojos.

“Debes... hacerlo ahora... Mátame... ahora...”, susurró suavemente.

Vulkan protestó. “¡Puedo salvarte! ¡Déjame intentarlo!”, siseaba agónico. Fulgrim agitó la cabeza.

“No puedes destruirlo. Está fusionado conmigo. Somos uno. Cuando ascendimos... dos almas.. mezcladas...”, declaró. “Mátame. Expúlsalo conmigo. Tu tiempo se acaba...”, continuó Fulgrim, asintiendo a los Culexus, mientras comenzaban a morir uno a uno. Se desplomaban en el suelo, con sangre escapando de las cuencas oculares de sus cascos. Incluso los Parias tenían límites. No era sabio intentar someter el alma de un Primarca, mucho menos a dos. De hecho, Vulkan tenía poco tiempo.

Fulgrim abrió sus brazos, y se quitó la armadura para Vulkan.

“Haz que valga la pena”, fue lo último que Fulgrim le dijo a su hermano.

“Yo... te perdono... tu castigo es eterno... ya es suficiente. No puedo añadir mis miserias personales a tu castigo”, añadió Vulkan, sollozando mientras quitaba su yelmo claveteado de su cabeza. “Te encontraré de nuevo... te lo prometo”.

Y con eso, él usó su yelmo para destrozar la cabeza de su hermano en pedazos. No se detuvo hasta que el una vez hermoso rostro alabastrino no era más que una ruina ensangrentada. La multitud sobreviviente de la tripulación observaba apenados y desesperanzados. No les importaba Fulgrim, sino el obvio dolor que su muerte le causaba a su líder.

Con su huésped destruido, el alma de Fulgrim voló de vuelta al Ojo como un ángel de alas negras, arrastrado a su contraparte demoníaca de vuelta al infierno con él. Con el poder de su Primarca drenado, sus ejércitos se desmoronaron en sus partidas de guerra componentes, y fueron cazados hasta la destrucción. Lucius perdió el favor de su patrón y colapsó sobre sí mismo; desintegrándose en la locura y la informidad una vez más. Sin embargo, su último acto consciente fue asesinar a He'stan, y por esto, Vulkan llevó el cuerpo retorcido de Lucius a fundirse en el centro de la estrella de Armageddón; para arder por tanto tiempo como el Eterno persistiera.

Vulkan no se quebró ante el tormento eterno de su hermano. Lo volvió, de hecho, resuelto; debía encontrar al resto de sus hermanos y él los salvaría. Pero cuando volvió a su salón del trono, encontró a Imogen sentada a los pies de su trono, sosteniendo la Anathame, con sus ojos muy abiertos por el miedo.

“Tenemos que hablar sobre las tres, Maestro. Siempre han habido tres de estas, pero nunca nos habíamos dado cuenta porque nunca habíamos tenido una en nuestra posesión. Hoja de la Mañana, Hoja del Crepúsculo, y esta, la Hoja de la Medianoche...”.

En el sur, los Teólogos arrancaron de todos los frentes. Elimia Ceylán, por supuesto, culpó a su esposo por su fracaso, y cuando regresó, fue ahorcado hasta la muerte por el crimen de avergonzarla. Rápidamente perdiendo el apoyo de sus cardenales, ella estaba forzada a darle la bienvenida al loco científico Deng Vaal de vuelta al redil, y en una posición de poder mucho más grande (para mucho disgusto de ella y para el placer de él).

Las Bestias de Fuego persiguieron a la última Witchfynder dispersa en una región de espacio cerca del fondo del plano galáctico. Cuando la destruyeron, sus Capitanes pararon. Sus sensores habían detectado algo. Algo enorme y apagado, en las profundidades más frías del espacio, lejos de cualquier estrella. Era invisible al Bibliotecario, y no arrojaba calor casi.

Y era enorme. Mientras se acercaba, notaron qué tan grande era. Estaba en la escala de unidades astronómicas. Una esfera perfecta y colosal; con la excepción de una astilla tan grande como lo era Terra, la cual era una pequeña fractura a su colosal hiper-estructura. Informaron de sus hallazgos a Vulkan tan pronto como pudieron.

Ese viejo dicho no tenía sentido hasta estos días del despertar. Siempre encuentro esta nota en viejos cuentos de hadas e historias para niños a través de la galaxia, en cada idioma. La frase dice:

‘Cuando caminamos en la piel de un dios,

dejamos a la locura entrar.

¿Pero acaso no es un pecado,

dejar a la locura entrar?’

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