FANDOM


¡Incluso en la desolación me alzo, ya que no hay nada más que las almas temblorosas del desenmascarado, lamentándose mientras se acobardan ante mi majestuosidad!

[Nota del Editor: ¡Alguien ha escrito en mi crónica! Esa no es mi caligrafía… ¿qué más hay en este lugar? Aquí se respira mucha historia. Apenas puedo soportarla...]

Como se mencionó en las secciones anteriores, el Imperio Occidental del Caos no era extraño a los alzamientos y a la dinámica y siempre cambiante composición política de un reino en eterno flujo. Sin importar esto, aunque cada mundo era un desorden apenas contenido de tiranos y anárquicos, había cierta seguridad provista por los Despojados y los Escogidos del Saqueador que hacían a la vida casi tolerable, incluso para los relativamente mundanos ciudadanos de sus reinos. Tolerable, pero nunca segura, por cierto.

Pero se armaban problemas en esos últimos años en plena mitad de esta Era del Ocaso. Ni siquiera el infame Saqueador estaría impermeable ante los grandes cambios y conflictos que desgarraban la galaxia en este momento. Pero, a diferencia de muchos otros reinos, las amenazas a Abaddón no vendrían desde fuera, sino que firmemente desde dentro.

Los Wulfen habían sido una molestia para las fuerzas del Caos durante casi veinte mil años. Eran persistentes y tenaces en su animalesca furia. Incitados a la batalla por los restos destrozados de la olvidada 13ª Compañía de los legendarios Fenryka, parecían aparecerse en campos de batalla a través del Imperio del Caos casi aleatoriamente. Nadie supo cómo hacían para desplazarse de mundo en mundo sin ninguna nave notable en su posesión, pero lo hacían. Siempre estaban casi sobrepasados en número, y aún así lograban forzar a sus enemigos a acobardarse ante ellos. Había algo en los lobunos Fenryka, y sus enloquecidos y sangrientos sabuesos Fenrisianos que corrían ante ellos, que inquietaban y enervaban a lo profano y a lo demoníaco; era como si la imagen del lobo fuera un retrato primordial del cazador de monstruos, impuesto sobre la psique de toda la humanidad desde sus primeros años. Esta creencia común y asunción nunca dicha les daba poder a los lobos. Pero por supuesto, no solo eran sus firmas psíquicas únicamente poderosas. Sus cuerpos estaban avivados con el aspecto supernatural de un Astartes, pero retorcidos por mutaciones genéticas para ser incluso más temerarios. Ellos eran todo el potencial que tenían los Astartes, si tan solo olvidaran su alma humana, y se perdieran ante la bestia.

Abaddón intentó durante siglo tras siglo exterminar a los Fenryka. Sus retorcidos Mechanicus Oscuros diseñaban neurotoxinas y virus disformes mejorados para lanzar enfermedades entre los Wulfen. Esto fracasó, pues los Wulfen deletrearon el Maleficarum en la carne de los contaminados, y los abandonaron. Sobre Maldain, el mundo construido dentro de la carcasa hueca y vacía de una ballena de vacío, Abaddón capturó a Khârn el Traidor y a su aquelarre de codicia sangrienta dentro de jaulas construidas por Sacerdotes de Hierro. Empleó a estos Bersérkeres durante el asedio de Mordia, cuando sus generales le informaron que había Astartes-lobos aulladores trepando sobre las barricadas de la Guardia de Hierro Mordiana para destrozar a un regimiento entero de Despojados en una noche de terribles derramamientos de sangre. Abaddón desplegó a la horda de Bersérkeres de Khârn en el corazón de la guerra. La carnicería que aseguraron cubrió todo el lado oscuro del planeta colmena encerrado entre olas. Las dos razas de monstruos se cazaron la una a la otra en lugares sombríos, y los aullidos de lobo se entremezclaron con el ronco chillido de los totalmente dementes discípulos de Khârn. Las espadas sierra chocaron, y cuando se hacían trizas o se rompían, se empleaban dedos, garras y dientes sangrantes para hacer pedazos al contrincante. Las pocas tropas de Despojados varadas debajo sufrieron hórridas muertes, así como muchos de los Mordianos. Pero a diferencia de los Despojados, los Mordianos nunca arrancaron durante su muerte. Mantenían su posición, y recargaban...

Al final, los carniceros Wulfen y de Khorne se destriparon mutuamente, forzando un estancamiento que terminó con la destrucción mutua. Como se dijo anteriormente, el mismo Khârn eventualmente escapó del planeta, arrasando con una nave de batalla en órbita, e irrumpiendo a través del bloqueo del Caos apisonando contra la nave de mando de Ulvenial, matando al rival de Khârn en el proceso. Aún así, Abaddón asumió que valía la pena el precio; ¿pues no habrían sido los Wulfen finalmente exterminados? Pues no: unos cuantos años después, y ese familiar y frustrante aullido hizo eco una vez más sobre los campos de batalla del Imperio del Caos. No solo esto, sino que había informes sobre diferentes variaciones entre los Wulfen; Wulfen en varias etapas de animalismo, Lobos de Trueno del tamaño de caballos y sabuesos Fenrisianos cazadores, y otros extraños Marines-bestia; ataviados en armaduras rotas y andrajos de un tono profundamente negro, con carne distorsionada y torcida llena de espinas y asiduas garras. Abaddón determinó que los Wulfen estaban engendrándose desde alguna parte. Tenía que determinar dónde y qué estaba creando más de su persistente enemigo.

Pero los recursos de Abaddón se estaban estrechando para este punto. No solo de sus fuerzas vigilando y controlando el Ojo del Terror, sus seguidores semi-leales manteniendo a los Portadores de la Palabra bajo control (los cuales lentamente propagaban su influencia entre los mundos alejados de las garras de acero de Abaddón). Abaddón no pudo ni siquiera llamar al vasto arreglo de pactos que había hecho con las partidas de guerra caóticas que infestaron positivamente su Imperio. Muchos habían sido reclamados a consecuencia de una gran armada que había surgido desde el Ojo, e iba a toda velocidad hacia el este galáctico de la frontera occidental del Imperio. Billones de guerreros, soldados, psicópatas y toda variedad de mutaciones demoníacas y demás malignidades, todas amontonadas y reunidas alrededor de esta flota, hasta que era un behemoth de proporciones cercanas a las de la Era de la Herejía. En el corazón de esta flota, varias barcazas del placer inmensas y veleros demoníacos retorcidos se desplazaban a paso lento. Aunque pocos se aventuraron dentro de tales naves contaminadas por el Caos y sobrevivieron, era obvio quién estaba liderando esta flota de excesos extravagantes; poblaciones enteras de mundos sintieron su presencia aceitosa deslizarse a través de sus almas mientras pasaba. Fulgrim iba a la guerra una vez más. Sus motivos, y su guerra sobre Vulkan, serán elaborados posteriormente.

Pero volvamos a la cuestión que nos ocupa; esta situación sin precedentes significaba que Abaddón pudo llamar solo a un puñado de sus secuaces normales para llevar a cabo su voluntad. Deseaba que encontraran la guarida de los Wulfen, y destruyeran a su/s propagador/es. Era, honestamente, una misión suicida, y las pocas fuerzas del Caos que quedaban detrás no serían mandoneadas por el debilitado Abaddón, y burlonamente desafiaron a su Emperador del Caos. Algunos idiotas incluso intentaron usurpar al Saqueador. Fueron arrojados corporalmente dentro de la funsta estrella disforme por su idiotez, y ni siquiera esta crónica es capaz de recordar sus nombres, pues fueron totalmente expurgados en mente, alma y memoria. Sin importar esto, Abaddón estaba forzado a pedir asistencia exterior para conseguir su objetivo.

Extrañamente, fue un Crucero de Batalla de Caballeros Sangrientos de Baal mercenarios quien respondió a su llamada.

El barroco crucero ingresó al espacio del Caos a petición de Abaddón. El único pago que pedían era un mundo de humanos mortales, no contaminados por el Caos, del que pudieran alimentarse. Abaddón estaba sorprendido ante lo fácil que sería satisfacer sus deseos, y acordó cautelosamente. Los Caballeros Sangrientos eran guerreros temerarios y de sangre fría. Como los Wulfen, habían sido una vez Astartes. Pero las oscuras técnicas usadas para evitar sus aflicciones gemelas los había moldeado en algo muy diferente. Eran pálidos y mirarlos era doloroso, cubiertos en una armadura esculpida como carne desollada, y la imagen de una fuente de sangre brotando de un cráneo lamentoso era un adorno común entre su extraña armadura de Artificiero. Habían esclavos y degenerados encapuchados, maleantes de Baal elevados a la servidumbre acompañándoles a dondequiera que fueran; saciando el hambre de su maestro debido a la marca de una gota tallada sobre su carne. El líder de esta banda era conocido como Tychellus, y vestía una capa de cuero humano cosido junto y portaba una Hoja Obsidiana arrancada del puño de un Ángel Oscuro hace muchos siglos.

Aunque Abaddón estaba al tanto de eran antiguos enemigos hechos sus aliados, los Caballeros Sangrientos no conocían nada de sus viejos antagonismos, más allá de historias. Los Caballeros veían que no le debían lealtad a nadie; habían superado cada uno de los fallos de su carne, y eran agentes libres en una galaxia carente de control. Eran predadores; heraldos de sus propios destinos. Luchaban contra quien fuera que quisieran, y hacían festines de ellos. Tychellus afirmó que sabía dónde encontrar a los Wulfen. El Legionario Negro que les recibió como enviado se burló de esta noción, hasta que Tychellus le arrojó los cráneos acolmillados de varios Fenryka a sus pies, cada uno llevando las señales indicadoras de haber sido rebanados violentamente de sus cuerpos.

Y así, con una gema de alma de Abaddón como su pasaporte de seguridad a través de su reino, comenzaron la caza. Habían apenas veinte Caballeros Sangrientos sobre el crucero, conocidos como los Insaciables; cada guerrero era un luchador y asesino legendario. Cada uno de estos mordaces guerreros llevaba un salón de trofeos en lo alto de sus cuerpos, con cadáveres destrozados y trofeos capturados de monstruos asesinados y enemigos destruidos. Estaban entrenados en el arte del rastreo y especialmente en el de matar. Tychellus se aseguró de capturar a algunos esclavos de entre la población imperial del Caos, y les inyectó con una toxina única en la sangre que sus Vitae-artesanos habían desplegado especialmente. Los Caballeros Sangrientos eran expertos en manipular los componentes fundamentales del plasma corporal, y este compuesto podía ser rastreado a través de distancias astronómicas por el Bibliotecario Jefe de Tychellus, el cetrino Mordifax, por la señal que producían propagándose a través de la misma Disformidad. Los Caballeros Sangrientos liberaron a sus peones inconscientes de regreso al Imperio, y se escondieron; esperando a que sus contaminados cautivos regresaran a sus tareas caóticas de saqueo, tortura y asesinato. Estaban cerca de un sitio de avistamientos Wulfen, así que Tychellus no tuvo que esperar demasiado a que los Wulfen mordieran el anzuelo. Cayeron sobre los esclavos contaminados, y los hicieron trizas. Las bestias hicieron más que matar; tragaron grandes bocanadas de carne sangrante y mordieron a través de los huesos hasta alcanzar la médula. Mientras tanto, la toxina de la sangre les infestó. Esta toxina no era un veneno creado por demonios, de esta forma, los lobunos Astartes no sospecharon nada. Cuando los Wulfen desaparecieron repentinamente del mundo, los Caballeros Sangrientos ya estaban rastreándoles.

Los Baalitas ahondaron en lo profundo de los círculos exteriores del Iris del Infierno, casi en el mismo Ojo del Terror. Dentro de esta desolada región, los esparcidos y maulladores imperios de mutantes y cosas retorcidas garabateaban y peleaban entre sí en la oscuridad. Las estrellas brillaban débilmente aquí; ceñidas con carne demoníaca grasosa u obscurecida por olas de cucarachas o moscas imposibles, que cubrían los mundos en omnipresente penumbra. Aquellas fuerzas lo suficientemente necias para cruzarse en el camino de Tychellus aprendían por qué les temía media galaxia. Los cuerpos de los enemigos derrotados debían ser quitados en baldes. Drenados de la cabeza a los pies de su sangre casi constantemente, Tychellus emitió una sonrisa sin alegría. Se dio cuenta por qué las partidas de guerra crecían poco aquí, y eran cada vez más cautelosas.

Tenían miedo, y no de sus hombres.

Estaba cerca.

Pero los Baalitas estaban siendo seguidos. El notorio coronador e intrigante Erebus les observaba desde lejos, y envió a un ejército de sus Portadores de la Palabra a seguirles, liderados por el Apóstol Oscuro Vesk. Erebus deseaba saber qué estaba planeando Abaddón, y cómo volverlo a su ventaja. El Apóstol debía seguir a los Caballeros por el tiempo que fuera necesario, y eliminarlos en caso que intentaran hacerse de una base de poder dentro de los anillos exteriores del Iris del Infierno.

Los Caballeros de Baal comenzaron a ver escenas curiosas mientras se ahondaban más profundo. Eran las escenas de viejas batallas, y muchas más recientes. Pero esto no les hizo detenerse. Desde mundo en mundo, comenzaron a notar la abundancia de viejos sitios, muchos edificios y torres colapsados que parecían haber sido alguna vez laboratorios e instalaciones de investigación. Tychellus y sus hombres se adentraron entre las ruinas del sitio más prominente. Encontraron tanques de incubación rotos, obleas de documentos triturados y los restos disecados de muestras de tejido sin usar y desechos biológicos. Aunque los ex-leales no se daban cuenta, esta era una vieja guarida de uno de los muchos esfuerzos atroces de Fabius Bilis. Pero cualquiera fuera la vil hechicería que había promulgado aquí, hace mucho tiempo que había sido despojada. Aún así, algunas de las máquinas parecían ser demasiado nuevas, demasiado inmaculadas para ser reliquias de actividades pasadas.

Alguien las había reutilizado, estaba claro. Fue entonces cuando los Portadores de la Palabra les confrontaron. Una compañía entera de Astartes, cubierta en los colores a sangre seca de la Legión de Lorgar rodeando a los Caballeros, exigiéndoles saber qué estaban planeando. El mismo Vesk se encaminó e hizo gestos con su Crozius Maldito de forma amenazadora. Le tomó aproximadamente cinco minutos a Vesk morir, mientras Tychellus sacaba su oscura espada desde la garganta del aturdido Apóstata. Los Caballeros Sangrientos de Baal eran mucho más que Astartes, y lo demostraron. Eran horriblemente más rápidos y fuertes que cualquiera de sus enemigos. Cargaron instantáneamente al combate contra los Portadores de la Palabra, esquivando el zumbido de fuego de bólter que acribillaba sus posiciones. Cada uno de los Caballeros desenvainaba espadas únicas y armas creadas durante años de masacres; perfeccionadas para ser implementos de ejecución y destrucción. Los Portadores de la Palabra se recuperaron del golpe inicial de los Caballeros Sangrientos, y se replegaron para hacer uso de sus armas más pesadas, y los Caballeros fueron rechazados. Pero eran menores en número, y emplearon con mayor eficacia la densa cobertura de las fábricas abandonadas y laboratorios a su alrededor.

Cazaron a los Portadores de la Palabra, y solo los Astartes poseídos podían rivalizar su brutalidad y poder en combate. Los Portadores de la Palabra fueron pronto derrotados, y arrancaron hacia sus transportes, más por practicidad y un deseo egoísta de capitalizar la muerte del Apóstol que por miedo. Aún así, esto les dio a los Caballeros Sangrientos una oportunidad de escapar en su propia nave, antes que la flota de los Portadores de la Palabra pudiera clamar venganza sobre ellos. Navegaron adelante a través de la semi-locura del espacio del Ojo. Pronto, el rastro de sangre de Mordifax les dirigiría a un mundo inquietantemente tranquilo.

Los cronistas no nombran el mundo, pero dicen que era un mundo de batallas pasadas; cáscaras de un billón de tanques cubriendo los desiertos de óxido, mientras los cuerpos y los restos de edificios conforman corrientes de polvo y cenizas de miles de metros de alto. Solo los laboratorios parecen mantenerse en orden, con solo daño superficial. Este era el lugar, y Tychellus descendió ansiosamente con sus guerreros.

El mundo era una tumba; silenciosa y fría. Pero todavía se estremecía con rastros de calor; el tenue brillo de presencias prolongadas, como el calor de un cadáver nuevo. Los Wulfen estaban allí, y en vastos números. Mordifax podía sentir su sangre en sus propias terribles venas, y Tychellus casi podía saborearla. Aún había allí tanques de incubación y una miríada de aparatos para alguna forma tosca de creación posthumana, y aún estaban pegajosos con fluidos corporales frescos y mucosidad de úteros falsos. Cuidadosamente, los Caballeros Sangrientos tenían a sus acólitos instalando sus equipos. Mientras lo hacían, los Caballeros Sangrientos bebían las fragancias frescas en el viento mientras desenfundaban una gran diversidad de armamento; Vencejos, Espadas Sierra, dagas estocadas, mayales-sierra gruñendo y guadañas barrocas y adornadas entre su colección de implementos.

Fue entonces cuando el aullido sonoro de los Wulfen hizo eco a través del mundo muerto, y cargaron al combate. A su señal, Tychellus ordenó que activaran el armamento sónico traído a la superficie, y los Wulfen alternaron momentos antes de entrar en la refriega. Los Caballeros Sangrientos se burlaban mientras las armas de distorsión sónica y olfatoria confundían y perturbaban a sus enemigos semi-caninos. Los Caballeros fueron implacables mientras se lanzaban a la batalla. Las espadas chocaron, y las garras cortaron, y hubo muerte. Incluso casi lisiados, los Wulfen eran formidables, y cinco de los Caballeros cayeron entre sus fauces y garras ensangrentadas. Pero Tychellus era una tormenta de muerte obsidiana, su espada Ángel tallando a través de piel peluda y ceramita con la misma facilidad. Mordifax usó sus oscuros poderes para combatir contra los Sacerdotes Rúnicos que apoyaban a las bestias, y emergieron energías etéreas a través del campo de batalla.

Luego, el Wulfen Alfa hizo sentir su presencia. Unido a su manada en cuatro patas, golpeando Fenryka desordenados y lobos a un lado mientras trotaba, babeante. Era una bestia enorme, dejando pequeñas a las demás con facilidad, pero no era lo que lo hacía distinto. Estaba perforado por espinas y su carne ondulaba con sangre negra. Sus ojos eran rojos como brasas de carbón, y su aliento era como niebla tóxica verde desde bramidos corruptos. Saltó entre las balizas sónicas, destrozando a los acólitos y a sus herramientas diabólicas con un júbilo salvaje equivalente. Mientras aullaba triunfante, los Caballeros se estremecieron, pues era realmente un sonido que inspiraba temor. Pero, peor que eso, el aullido era una onda de choque psíquica, que parecía que ondulaba a través de los bestiales Astartes, haciéndoles expandirse en algunos casos, mientras otros hacían crecer garras más afiladas, o perdían más de su fugaz humanidad. Era como si el Wulfen Alfa sangrara poder disforme como un reactor nuclear sangra radiación.

Solo Tychellus permanecida indemne ante su oscura aura, mientras desgarraba su paso entre la presión de cuerpos para alcanzar al último animal. Él ya era casi un animal en su propia forma; desgarrando a esos Wulfen en su camino con sus propias manos, saboreando la picante sangre de las bestias mutantes con su lengua venenosa. Su último golpe fue luego de apenas diez minutos, tal era su velocidad y destreza. Si uno pudiera ralentizar el tiempo, como lo hacen los Demonios Espejados, uno podría haber visto un demonio con una espada atenuado en rojo, bloqueando y deslizándose, mientras una enorme bestia cubierta de un manto negro de carne y huesos afilados regresa cada impacto con un poderoso contragolpe. Pero a pesar de su fuerza, era un monstruo animal, mientras Tychellus era un espadachín supremo. Paró un golpe descendente de una gran pata con su espada, cortando la mano en una ducha de sangre. Antes que pudiera recuperarse, se había encaramado sobre su cabeza y hundió la espada Ángel en lo profundo de su collar, y giró la espada dentro de la bestia, mientras abría su pecho con un gorgoteo chirrido. El Wulfen Alfa había caído al suelo, bombeando sangre furiosamente desde su herida mortal.

De una vez, el monstruo comenzó a empequeñecerse a una escala aún formidable, pero menos colosal. Para sorpresa de Tychellus, notó que la gran bestia llevaba restos de armadura Astartes aún. pero esta armadura no era la misma que la de los Fenryka. Era negra; del tono más profundo de negro. Sólo los piñones blancos de un pájaro blasonados en su hombrera revelaron la identidad del apodado Wulfen Alfa; el azote de un sector y el monstruo más cazado y vilipendiado a través del Imperio Occidental de la discordancia.

“¿Qué es esto? No eres uno de esos Lobos...” Tychellus siseó calmadamente, lamiendo sus incisivos de marfil con frustración y confusión.

El monstruo moribundo escupió sangre negra mientras comenzaba a reír a carcajadas, incluso en su agonía.

“¡Necios! Soy el hijo quebrado de un Padre con el corazón roto, impulsado a extremos que nunca habría tenido que ir, y nunca debió haber sufrido. Ellos son a los que buscas”, murmuró mientras moría, y hacía un gesto hacia las altas figuras que aparecieron detrás de los Caballeros Sangrientos como si caminaran sobre aire. Sólo se dieron cuenta de la amenaza cuando los dos gigantes comenzaron a rugir con todo el odio terrible e ira que pudieron reunir.

Pues el ‘Wulfen Alfa’ era solo uno de los muchos monstruos leales abandonados dentro del Ojo. Se había convertido en un líder de los Wulfen, refugiados descarnados de experimentos caóticos fallidos que se rehusaban a arrepentirse de sus pecados, y todos aquellos Astartes penitentes perdidos en el Ojo hace ya tanto tiempo, que sus mentes estaban rotas, y se habían convertido en los monstruos que su psico-adoctrinamiento había encendido en sus corazones.

Pero el Wulfen Alfa no era el creador ni el recolector de dichas fuerzas. Las dos titánicas figuras que ahora les rodeaban lo eran. Ambos eran completamente desvencijados en sus apariencias. Uno estaba totalmente desnudo salvo por trozos dispersos de ropa y masas de pelo ensangrentadas. En su mano llevaba una antigua espada alienígena de huesos, desgarrada del cuerpo de alguna bestia tiránida bio-mecánica hace mucho tiempo. Era una espada psíquica, y brillaba con la rabia reflejada de su dueño. Su rostro era bestial, pero a la vez noble. Aunque estaba de pie, el otro gigante estaba encorvado, casi rondando sobre sus manos y rodillas. Incluso llevando marginalmente más armadura y ropaje, estaba menos sano. Su carne pálida estaba empañada por cicatrices autoinfligidas y manchada de sangre y polvo, y su cabello estaba arrancado en grumos. Donde el noble gigante lobo estaba de pie y gruñía indignado, el otro balbuceaba y gruñía de miseria.

Pues estos eran los dos errantes; los hijos leales del Emperador que se había desvanecido dentro de la Disformidad como mitos sobre la brisa. Uno, el gran Rey Cuervo, había huido en vergüenza y autodesprecio, llevando consigo a los monstruos que no pudo cargar a destruirse con él en un exilio autoimpuesto. El otro era el Rey Lobo, el cual no tenía razón para su exilio. La verdad es compleja (demasiado para ejemplificarla aquí), pero parte de la razón de sus ausencias era que Leman Russ había oído de la Saga de los Weregeld, y del vuelo del Cuervo. Se había determinado a no perder a más hermanos. Demasiados habían muerto ya; algunos por su propia mano, otros por la traición, otros aún a través de la locura. Russ había sido seguido al infierno por su propio ejército de monstruos; aquellos marcados con la última expresión del Canis Helix. Estaba convencido que los monstruos de la Guardia del Cuervo no eran monstruos, sino que eran manifestaciones de los poderes necesarios para expulsar y destruir al Maleficarum en todas sus múltiples formas.

Eventualmente le habían encontrado, pero entonces estaban atrapados. La única forma de salir del Ojo era luchando; algo para lo cual los dos hermanos eran extremadamente buenos.

“¿Quiénes son ustedes? ¿Ángeles Sangrientos? ¿Es esa una de las espadas de Lion?”, Russ exigió enérgicamente.

Tychellus no estaba intimidado por los dos Primarcas. Estaba más allá del miedo. “¿Ángeles Sangrientos? ¡Esas palabras son blasfemia! ¿Qué son ustedes? Veo ante mí dos monstruos. ¡Persisten en sus pozos como cobardes, mientras el mundo gira sin ustedes! ¡Han fracasado, y sus trabajos ahora son polvo! ¡Polvo!” siseó furiosamente. “¡El Emperador está MUERTO!”, añadió con una agitación malévola. “¡Todos sus esfuerzos fueron para nada, pues han regresado al mundo como un monstruo mayor que sus enemigos. ¡Están acabados!”.

Russ escuchó esta diatriba cuidadosamente, con sus dientes apretados firmemente hasta que Tychellus se detuvo, reteniendo a Corax, quien desesperadamente deseaba arruinar el cuerpo de Tychellus.

Russ entonces se encogió de hombros. “Sea como fuere...”, comenzó, antes de lanzarse y arrancar la cabeza de Tychellus de su cuerpo. Tychellus cayó hacia atrás, y Russ agarró fácilmente la espada de Ángel Oscuro mientras caía. “...no me gustan los ladrones. Hermano, terminemos con esto”.

Ningún Caballero Sangriento escapó del mundo. Ni siquiera los Insaciables. Por alguna razón, trazaron una trayectoria directamente hacia la estrella del sistema.

Quizás ustedes, mis lectores, se pregunten por qué no añadí un énfasis específico ante la primera reaparición confirmada de los dos Primarcas en esta sección de la crónica. Como ya se volverá aparente en las siguientes adiciones a esta Crónica, el Ojo en estos momentos estaba sometiéndose a una gran agitación, la cual empequeñecía completamente a este comparativo evento de bajo perfil.

Pues no eran únicamente los Primarcas mortales los que, una vez más, se preparaban para la batalla. Los Panteones convulsionaban, y ni siquiera los Monarcas regentes del Infierno podrían ignorarlo.

El contenido de la comunidad está disponible bajo CC-BY-SA a menos que se indique lo contrario.