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Mucho ocurrió en los mil años que precedieron directamente a la Caída del Velo del M56. Ya he recogido grandes cantidades de información de los archivos aquí (aunque es un reto el descifrar los muchos significados diversos y complejos de los “tomos” escritos), una fracción de los cuales les he mostrado hasta ahora. Pero tuve que buscar a otros historiadores y cronistas para este relato. En un esfuerzo por recoger la verdad, he mezclado testimonios de leales, Cultistas Estelares, así como varias secciones del galácticamente famoso ‘Crónicas de Telion, el Capa Gris’.

Como se ha iterado previamente, las oscuras fuerzas del Padre Estelar permanecieron excesivamente fuertes durante este período; la Disformidad estaba tumultuosa como nunca antes, y los Dioses del Caos eran casi obsesivos en su deseo de sobreponerse ante los más jóvenes y más aborrecibles de sus hermanos. Pero esto fue en el apocalipsis metafórico del mar de almas. En el Reino Material también, la influencia del Padre Estelar se estaba expandiendo. Más y más mundos dentro de los regímenes más opresivos sintieron la intangible voluntad del Dios de la Dominación cargando sobre sus mismas almas, y vislumbraron a los grandes ejércitos de Ángeles descender sobre sus mundos, convirtiendo sus planetas en autómatas casi desprovistos de vida.

Pero esto no era suficiente para el Padre Estelar; nunca era suficiente. Mientras hubiera una voluntad en el mundo que le desafiara, él estaría inquieto. Su dominación necesitaba ser final y perdurable. Necesitaba algo que los eruditos del ya extinto culto Thoriano habían predicho incontables milenios atrás; un Avatar para su voluntad, un medio por el cual pudiera canalizar una fracción significativa de su poder en la realidad. Si podía lograr esto, sería casi imparable. De este modo, envió una Hueste Angélica, liderada por uno de los Heraldos Angélicos, conocido como Kaldor Draigo, mientras los Arcángeles (incluyendo a Malcador el Dominador y al Lord Goge Vandire) dejaron que las otras huestes lucharan contra los demonios en sus reinos infernales. Draigo fue enviado a la realidad con una misión: encontrar a un ser con un cuerpo lo suficientemente robusto (física e intelectualmente) para contener la esencia del Padre Estelar, y destruir o esclavizar a cualquiera que buscara proteger al avatar.

Draigo era más que suficiente para emprender esta tarea. Era el Campeón del Padre Estelar y una de las criaturas más formidables que pisaba el Materium. Llevaba una burla desalmada de una armadura de Caballero Gris, la cual se había vuelto una piel fluida envolvente de carne metálica plateada y ploma, animada por el alma retorcida de un guerrero forjado en el odio hacia todo lo demoníaco. Su alma era dorada y luminiscente, cegando a todo aquel que la mirara. Pero la brillantez no implicaba rectitud, pues era un ser pesadillesco y profundamente destructivo. Su enorme escudo en blanco podía cargar contra falanges enteras de enemigos, y su espada bebía almas de igual forma como obliteraba la carne.

Luego de siglos de búsqueda y la destrucción o subyugación de billones de almas, el Heraldo encontró a un potencial avatar; uno que había pasado por alto durante demasiado tiempo. Sobre el mundo de Varigen, después que la corteza del mundo hubiera sido revestida en carne de acero angélica, y todos sus habitantes fueran puestos en las Marchas Eternas, Draigo encontró a un sobreviviente. Él era un Capitán de una Compañía Libre Astartes, autodenominándose un Rey Guerrero de Ultramar-en-exilio. Intentó resistirse a Draigo, pero él y sus Opresividentes pronto quebraron el espíritu del hombre, y le exigieron que le dieran todo el conocimiento que tenía. Entonces, cuando Draigo habló de avatares, el marine escupió.

“No necesitamos avatares. ¡Guilliman es el único Padre que necesitamos, y tendremos!”.

Draigo entonces lo destruyó totalmente con un gesto, pero esa afirmación hizo reflexionar al Ángel.

Y le hizo planear.

A varios miles de años luz de distancia, Gran Sicarium continuaba haciendo lo que siempre había hecho por miles de años. Era un reino infernal de viviendas urbanas hacinadas, fortalezas, fábricas y oficinas de propaganda llenas de sicofantes veneradores de Astartes e ideólogos. La gente sufría hambre regularmente a través de este subsector, pero aún adoraban a sus maestros super-humanos, quienes a su vez gobernaban sobre ellos como reyes feudales. Cada Astartes mantenía un verdadero ejército de criados y séquitos de guerreros mortales y asesores.

Todo el excedente de producción y pagos en Tributos era enviado al Mundo Capital de Gran Sicarium: Macragge. Allí yacía la incalculablemente vasta Ciudadela de Sicarius. Esta fortaleza se alzaba como una araña a través de las montañas de Hera, y estaba flanqueada por estatuas de un kilómetro de alto del mismo Rey Cato Sicarius. Él era supuestamente el Padre de todos los Astartes, encargado por su propio padre, Guilliman, en crear una raza de gigantes guerreros que vigilaran a la humanidad. De acuerdo a su propaganda, él cortó la carne de su mano izquierda, y utilizó poderosa hechicería para invocar a los Astartes, nacidos de su propia carne. Primero había creado a su Consejo de Ancianos, quienes a su vez trajeron a sus propios Astartes, los cuales florecieron y replegaron la oscuridad que había caído sobre la creación. Podemos ver que esto es, al menos parcialmente, una corrupción del concepto de transferencia de semilla genética, y del proceso de creación de Astartes, pero los ignorantes habitantes de Gran Sicarium creían esto incondicionalmente (incluso si algunos o la mayoría de los profesionales practicantes mortales conocían la verdad de la biología y la fisiología Astartes, continuaban propagando el credo para mantener sus propias posiciones).

Sicarius se volvió cada vez más loco y paranoico, encerrado en sus intrigantes torres. Su Praetorian Draconis (el título de segundo al mando), Titus, actualmente del Capítulo Génesis, promulgó las órdenes de Sicarius con un celo ideológico que bordeaba la manía. Los enemigos potenciales eran ejecutados regularmente, antes de ser ensartados en picas afuera de los muros de los edificios administrativos a través del subsector. Cada año se aplicaban leyes y reglas cada vez más estrictas sobre la población, hasta que Sicarius no podía ser nombrado directamente por nadie, a riesgo de ser torturado dolorosamente. Esto era porque poseía una Cábala de psíquicos y hechiceros en su corte, quienes le contaron sobre el concepto de los Nombres Verdaderos y la Demonología. Temía que su nombre fuera usado en su contra, tanto así como temía morir. Ya había oído cómo era la Otra Vida en estos terribles tiempos, y no deseaba ese destino, ni siquiera cuando el olvido o la abominación le esperaban. En cuanto a por qué concebía tanto miedo, nadie puede decirlo con certeza. Sus seguidores afirmaron que era cierta clase de veneno que sus enemigos habían creado. Otros afirmaron que fue solo su avanzada edad rompiendo su condicionamiento psicológico. Otros iban más allá. Decían que incluso los Astartes podían sentir miedo en casos extremos; Sicarius simplemente no tenía ninguna razón para ocultarlo.

Él, sin embargo, mantuvo al santuario de Guilliman y al Primarca dentro. Desde que supo del regreso de Vulkan y su rápida propagación a través de la galaxia, temía lo que el Primarca pudiera intentar hacer. También se resentía del hecho que no fuera su Primarca el que uniera a la galaxia. Preservó a Guilliman en la vana esperanza de poder emplearlo como arma contra Vulkan, pero también porque, en lo profundo, aún quería a su padre genético.

Pero había resistencia. Los misteriosos hermanos del exilio de Telion fueron una constante espina en el zapato de Sicarius. Durante los primeros años, los Capas Grises mortales y Astartes en la hermandad atacaron fábricas, destruyeron registros legales y robaron en los estados de los Lord-Astartes, a menudo asesinando a los más aberrantes de los propietarios. Pero los aliados de Telion y él mismo, perdieron el estómago por tal rebelión radical cuando se enteraron de lo que estaba provocando indirectamente a los ciudadanos de Gran Sicarium. Cuando volaban los puentes con bombas, Sicarius castigaba a bloques habitacionales completos como ejemplo, denunciándolos como degenerados y rebeldes. Cuando un Astartes era asesinado, países enteros ardían en las ‘marchas de justicia’ de los Thunderhawks. Telion no podía soportar ver a la gente de Ultramar sufrir debido a su petulante resistencia. Si él era incapaz de destruir a la raíz real de la causa de las aflicciones de Ultramar (Sicarius y su Cábala), ¿entonces qué utilidad tenía provocar al Rey Marine Espacial a mayores actos de horror paranoide? Había intentado muchas veces asesinar a Sicarius, en vano. Entonces cambió de táctica; usó su conspiración clandestina de rebeldes para proteger a aquellos perseguidos por Sicarius; arrebatándolos de las autoridades e instalándolos secretamente en su culto.

Esto cambió cuando Telion aprendió (a través de info-contrabandistas comerciando con el Reino de los Patriarcas) sobre la existencia de las nuevas Comandancias Astartes de Vulkan. Esto encendió una nueva esperanza en el viejo marine. Emplazó a su teniente de mayor confianza, Folkar, al mando de los Capas Grises, antes que él levantara su propia capa, y se desvaneciera en medio de la noche, ignorando las súplicas de sus hombres para que se quedara. Telion le dijo a Folkar que cuidara de sus hombres, y estuvieran listos para atacar en cualquier momento, en cualquier tiempo. Prometió regresar. Cuando sus hombres comprobaron sus aposentos simples de su bastión oculto, solo encontraron sus armas y un solo pergamino faltante en su archivo rescatado de escritos y tratados.

Durante este tiempo, enormes barcazas comerciales desde Imperios Secundarios vecinos comenzaron a entrar a Gran Sicarium. Cuando eran abordados por la armada del Hermano-Capitán Artegan, encontraban a toda su tripulación muerta. Ninguno estaba masacrado, sofocado o herido de alguna manera. Los recicladores de aire de la nave estaban funcionales, como cada sistema. Sin embargo, cada persona a bordo yacía muerta. Cuando eran examinados por el Apotecario, Tyron Príncipe de Prandium, encontraban que toda la tripulación a bordo había muerto producto de malnutrición y/o extenuación; los músculos estaban arrancados a través de fuerza bruta, y cada estómago estaba vacío. Al principio esto fue desestimado como uno de los muchos misterios terribles de la galaxia fuera de las fronteras seguras de Gran Sicarium.

Entonces llegaron más. Y más, y más.

Cada año llegaban cientos de naves, trayendo tripulaciones muertas. Pero lo peor era que aquellos pocos mercantes con licencias entregadas por Titus para salir de Gran Sicarium en misiones comerciales limitadas, encontraban que sus motores disformes parecían funcionar defectuosamente. Entraban a la Disformidad; para luego emerger un mes después, encontrando que solo habían viajado dos años luz. Algo estaba haciendo imposible el viaje disforme. Los Navegantes pronto tendrían una respuesta para los Marines Espaciales de Sicarium. La Disformidad, usualmente fluida y tumultuosa, estaba volviéndose estancada y estática en una gran burbuja alrededor de todo el subsector, como si una gran mano estuviera exprimiendo al normal fluido en una cáscara sólida.

Mientras tanto, Telion había abandonado Gran Sicarium justo antes de este evento, y estaba haciendo un lento progreso a través de la galaxia. Se enganchaba a las rutas de transportes y naves de guerra, y se contrabandeaba a sí mismo a través de patrullas fronterizas y en las varias fuerzas de seguridad de cientos de diversos imperios humanos y alienígenas. El viejo marine, luego de casi quince mil años de existencia, era una ruina de Astartes, y estaba poniendo a prueba el límite de la longevidad de un Marine Espacial. Cada año, sus huesos y cuerpo perdían algo de su vigor supernatural. Pero persistía, y luchaba, sosteniendo un pergamino a su corazón.

Casi tres años después que la primera nave ingresara muerta a Sicarium, llegó la hueste. El primer mundo en caer fue Tanesburg, uno de los mundos exteriores del reino estelar. La Disformidad se abrió repentinamente en un gran torrente de luz negra y dorada, venas metálicas brillantes que se extendían en el mismo tejido del espacio. Entonces, las flotas de los Adorantes emergieron en una tormenta de llamas plateadas y zarcillos disformes extrañamente regulados. Los Adorantes eran los guerreros mortales quienes servían al Padre Estelar en el Espacio Real con una lealtad irreflexiva. Sus naves eran como losas en blanco de colores gris y dorado, enormes y cuadradas. Nadie tenía tiempo de considerar cómo es que estas naves casi sin características navegaban a través del vacío, pues de inmediato entablaron combate con la armada de Artegan, quien se lanzó para interceptarlos. Surgió armamento desde cañoneras ocultas a lo largo de los flancos, las crestas dorsales y las proas de las contundentes naves, desatando armamento igual de temible como las barcazas de batalla y cruceros de ataque de Artegan. La guerra en el vacío se extendió durante días, con más y más naves emergiendo para reforzar a los Adorantes.

Pero Artegan, a pesar de su ostentación y atavíos consentidos, era aún un Capitán Astartes, y un comandante naval dotado. Sus flotas eran implacables en sus ataques, barriendo para impactar desde ángulos de asalto impredecibles, y destruyendo más que unas pocas naves Adorantes. Cada vez, la flota regresaba a Tanesburg para rearmarse precipitadamente, antes de volver para continuar el asalto. La gente miraba hacia el cielo nocturno con miedo en sus corazones, pues veían a las estrellas parpadear visibles y no visibles en la existencia. Nuevas constelaciones parecían aparecer y desvanecerse. Para ellos, realmente parecía como si sus Astartes estuvieran rehaciendo el cielo en su guerra contra los Ángeles. En cierto sentido, tenían razón, pero su fe en sus protectores pronto sería puesta a prueba.

Los guerreros de Artegan lanzaban constantemente acciones de abordaje contra los Adorantes, quienes siempre respondían a atacar en formas predeterminadas (presumiblemente bajo la orden de sus maestros), e inicialmente, los Marines Espaciales del Hermano Artegan hacían un gran progreso. Los uniformes pasillos de las naves Adorantes estaban cubiertos de la sangre del ejército sin rostro del Padre Estelar.

Entonces, llegaron los Ángeles. Se desdoblaron desde los muros como espectros, remoldeando el metal y la carne a un nuevo material angélico que no era ninguno de los dos. Bosques de alas afiladas y zarcillos se retorcían entre ellos, y entonces atacaron a los Astartes con una velocidad pasmosa. Ninguna armadura podía detener sus ataques, y ni siquiera la biología mejorada podía evitar que los Marines Espaciales murieran en masa. Rayos de luz y y virotes plateados de energía eran desatados en respuesta al fuego de bólter, y estos últimos eran mucho menos formidables que los primeros.

No solo estaban los ángeles alados, sino también los extraños Tronos Barrenados; criaturas giratorias compuestas de ruedas filosas dentro de otras ruedas, que respiraban horribles haces de fuego que asesinaban al cabo de momentos de atacar a una víctima desafortunada, y no quemaban la carne, sino el alma. Luego, llegó el mismo Draigo. Caminó entre el fuego combinado de una compañía entera de guerreros, con su escudo en blanco totalmente inmaculado mientras desviaba cada golpe. Su espada destruía la vida con cada ágil impacto, bebiendo profundamente de la fuerza vital que buscaba resistirse a él.

De repente, las tornas se voltearon. Artegan vio a sus naves caer, una a una, mientras Ángeles de todas las variedades las invadían. Para su horror, cada nave derrotada comenzaba a ser cubierta de la misma carne angélica plateada que llevaban las naves Adorantes; cada nave luego comenzaba a perder su definición, hasta que eran bloques casi llanos de adamantio. Artegan, gruñendo, ordenó que sus campos Geller se activaran, por primera vez, en el Espacio Real. Su barcaza, la Victorum Ultra, entonces se abalanzó dentro de la flota enemiga, armas de fuego ardiendo en todas direcciones mientras forzaba a la barcaza en una maniobra de tirabuzón. Incluso las naves Adorantes a su alrededor se revolcaban con el daño infligido por su nave. Él sabía que estaba condenado. Su Campo Gellar finalmente se debilitó bajo la significante tensión infligida sobre él debido a las incursiones Angélicas atacantes. Momentos después, su nave estaba inundada de Ángeles multialados.

Suspirando en resignación, el veterano Astartes desenfundó sus Espadas de Energía hermanadas. Luchó a través de los Ángeles que saltaban sobre su cubierta y mataban a su tripulación en el puente. Sus hojas destrozaban los cuerpos irreales de casi una docena de las criaturas. Cada vez, se encogían en sus formas verdaderas; bloques uniformes de adamantio, que caían al suelo, inertes una vez más. Al final, estaba solo en la cubierta. Su espada humeaba por el excesivo uso, pero los Ángeles se habían ido. O eso pensó. Draigo irrumpió a través del portal sellado al puente, y se puso de pie ante Artegan. Draigo era de casi dos metros y medio de alto, y su yelmo prístino consideraba a su nuevo oponente cruelmente.

“¡ARRODÍLLATE!”, exigió Draigo con una claridad simple y brutal.

Artegan le apuñaló en el pecho. Kaldor Draigo barrió su escudo a través de la espada, destrozándola en un único golpe. Artegan alzó la otra, pero la dejó caer cuando su cabeza cayó desde su cuerpo, sin siquiera percatarse del veloz golpe de Draigo.

Tanesburg fue capturada semanas después. Los Adorantes no esperaron su rendición; simplemente invadieron, matando y encadenando a toda la población. Aquellos pocos Marines y soldados aún vivos resistieron un tiempo, pero pronto todos estaban de rodillas ante Draigo, quien les asesinó y aplastó sus almas en el suelo con la fuerza de su voluntad. Entonces se puso a la población en movimiento; forzados a caminar sobre la superficie planetaria por siempre, sin ninguna otra razón que porque así lo quería el Padre Estelar, y debía ser obedecido.

La historia se hizo recurrente a través del reino. Desde múltiples ángulos de ataque, en varios frentes a la vez, los ejércitos extrañamente precisos del Padre Estelar invadieron. Cada soldado fue llevado a la batalla para defender los reinos de su Rey-Dios de su mayor amenaza. Incluso los hombres de Folkar fueron atacados por la Hueste, y apenas lograron escapar del mundo donde se escondían antes que los Ángeles lo rehicieran a un Mundo Angélico como Tanesburg.

Aún así, en mayor parte, la Hueste de Draigo parecía impaciente. No se tomaban su tiempo en convertir a cada mundo. Simplemente hacían a un lado a la mayoría de las flotas, y convertían en ceniza a los ejércitos desde órbita. Solo Prandium, la segunda mayor ciudad-fortaleza de Sicarium, contuvo significativamente a la flota. Esto ocurrió debido a que Prandium poseía un escudo planetario, construido a partir de los restos desbaratados de una nave alienígena que se había estrellado dentro del sistema hace dos mil años. Sus flotas pudieron contener a las flotas Adorantes indefinidamente; incluso el mayor armamento naval simplemente ondulaba a través de la energizada piel del campo de fuerza prandiumiano inofensivamente, sus generadores apenas se desgravaban con el bombardeo.

Sin embargo, la mayor amenaza de los Ángeles no vendría desde sus brazos mortales, sino desde la esencia vacía y descorazonada de los mismos Ángeles. Luego de ver su voluntad denegada, los Ángeles comenzaron sus cánticos, reuniendo su voluntad hasta que sus letanías cruzaron el vacío, e hicieron eco sobre vistas sin aire a través del sistema. Draigo, con toda su reluciente majestad, se alzó desde la nave Adorante insignia, se sumergió en todo el poder de la Hueste, enfocando y canalizando toda esa autoridad cruda y poder megalomaníaco en una estrecha columna de fuerza psíquica, fina como un láser, pero con todo el espectacular poder de un sol colapsando.

Gritó una vez, su yelmo en blanco desgarrándose en una gran fauce para darle voz a su innatural pronunciación. La ráfaga golpeó al escudo en el ecuador, y durante unos cuantos minutos, Prandium tenía una nueva estrella en el cielo, mientras la radiación y los bancos rodantes de fuego inundaban los cielos. Con ese único golpe, el escudo fue destrozado. A través de Prandium, los generadores de escudo explotaron con la fuerza del golpe psíquico, erupcionando como volcanes cruzando la cáscara del protegido planeta. Con sus defensas agotadas, las naves Adorantes entraron en órbita baja, y desplegaron su letal carga. Legiones enteras de soldados y tanques superpesados azotaron sobre Prandium, y comenzó la batalla entre los desafiantes ejércitos del Rey Malfodius junto a las fuerzas del Príncipe de Prandium. Atrapados entre el fuego cruzado, millones sobre millones de hombres, mujeres y niños murieron. Los Adorantes eran los habitantes mentalmente dominados de un sistema lleno de personas, y no conocían la piedad. Eran como autómatas mientras tranquilamente se desplazaban desde bloque en bloque, exterminando a todo aquel que desenfundara un arma, antes de arrastrar a quienes se rendían, y encadenarlos a extraños constructos de múltiples extremidades. Nadie sabía si eran Ángeles o cierta clase de criatura-máquina, pero todos quienes las vislumbraban tenían su propio nombre para ellas; Sanguijuelas Disidentes. Los enormes edificios se alzaban como árboles, y cada extremidad estaba atada a un humano. Sus cerebros eran conectados al dispositivo, que fríamente les drenaba las mentes de su voluntad a resistir. Una vez estaban vacíos, la máquina simplemente les dejaba ir. Las víctimas llenaban las calles, deambulando sin rumbo, murmurando rezos sin palabras a alguien que no conocían ni podían nombrar. Estos zombis nunca más podrían sentir rabia, esperanza, desesperación o cualquier deseo, más allá del deseo de servir.

Al cabo de tres semanas, Prandium fue pacificada, y solo Macragge quedaba como opositora; todos los mundos que sucumbieron al ataque Ángel carecían de flotas para apoyar a Sicarius (sin importar sus furiosas demandas y emisarios en pánico).

Mientras esta lucha se desataba rabiosa, Telion se acercaba a su destino. Llegó a un mundo llamado Fenkic, cuando por fin se desplomó del agotamiento, sus viejos huesos casi arruinados totalmente por la fatiga y la edad. Los nativos eran criaturas mutantes salvajes y fieras, con carne carmesí y espinas huesudas, y se veían casi como demonios para la cansada mente de Telion. Ellos consideraron matarlo y beber de la poderosa sangre dentro de su carne, pero las mentes más sobrias prevalecieron. Estos salvajes de la Edad de Piedra lo llevaron a su ‘Capataz Estelar’ en su gran tienda de campaña al norte. Su capataz era, de hecho, un delegado de los Soldados de Ryza-Catachán. Su líder era conocido como Morn, y sus super-ciber-soldados reconocieron el símbolo de la Omega invertida blasonado sobre la vieja hombrera del marine; un símbolo no visto en el Imperio de Vulkan durante incontables milenios. Tan pronto como fue posible, los guerreros abandonaron su misión de reclutamiento sobre Fenkic, y llevaron a Telion directamente a Armageddón en el siguiente transporte. Todo mientras empuñaba su pergamino firme en su puño derecho.

De vuelta en Gran Sicarium, las largas sombras de la flota Adorante barrieron sobre Macragge. Antiguas estructuras defensivas se desplegaron ante la proximidad del enemigo, y desataron gigatones de potencia de fuego a las naves que se aproximaban. Los cielos se tornaron rojos con fuegos ardiendo en los corazones de naves arruinadas, y la tierra fue lanzada hacia el cielo mientras naves de un kilómetro de largo impactaban el suelo y detonaban espectacularmente sobre el paisaje.

Desde las ardientes laderas montañosas venían columnas armadas de tanques Predator, vehículos de artillería Whirlwind, y toda clase de máquinas de guerra, todas ataviadas con el azul medianoche de la Guardia de Honor Sicariana; los guardaespaldas personales del Rey-Dios. Mientras los soldados Adorantes sobrevivientes y tanques tropezaban con las ruinas de sus muchas naves caídas, eran destruidos por las desdeñosas andanadas de los guerreros más finos de Macragge. Aún así, aquellos Adorantes que escaparon al bombardeo, sacrificaban sus almas con la finalidad de animar los perfectos cubos de metal que yacían en las bodegas de sus naves. Del mismo modo que parecía que la Guardia de Honor Sicariana podría ganar la victoria, emergían Ángeles desde las llamas, chirriando en tonos temibles que hablaban de una eternidad de servidumbre. Éstas eran criaturas vastas, fácilmente del tamaño de un Stormbird o un Thunderhawk, y pronto cambiaron las tornas a favor de las fuerzas de Draigo. Los tanques eran golpeados como juguetes sobre las planicies, mientras otros eran despedazados en segmentos por sus alas innaturales. Incluso las unidades aéreas de la Guardia de Honor luchaban para contener a las abominaciones voladoras, y lento pero seguro, los Marines Espaciales se replegaban ordenadamente, formando cada vez anillos defensivos más estrechos. Mientras se retiraban, destruían cualquier pasaje y ruta de acceso a través de las montañas, esperando ralentizar a las monstruosidades sin rostro que les cazaban.

El mismo Sicarius atestiguó los eventos desde su colosal banco de picto-pantallas y cogitadores, sus ojos abiertos en incredulidad y odio. Este era el asentamiento más poderoso de Marines Espaciales en la Franja Este; ¿Cómo podía su imperio ser empujado a retroceder tan fácilmente? La rabia superó a sus miedos suprimidos, y fue corriendo a su armería, equipándose con su Espada Tormentosa Talassariana, y el único Guantelete de Ultramar sobreviviente, arrancado de la mano del cadáver envenenado de Calgar hace ya mucho tiempo. Por primera vez en casi 700 años, se quitó su capa de piel Donoriana, y se armó con el manto de Alto Suzerano, poniéndose su adornado yelmo crestado una vez más. Él era Cato Sicarius, y solo reconocería a un único maestro de Macragge.

Pronto, los pasillos de su propia ciudadela hacían eco al estruendo de disparos, y los gritos atonales de la Hueste Angélica. Regimientos de Hombres de Armas, Siervos-Sicarianos y la misma Guardia de Honor se batieron a duelo con los rampantes monstruos, espada contra ala afilada, bólter contra haz de arco. Las espadas reliquia de la Guardia de Honor cantaban mientras destrozaban esencia Angélica, mientra denunciaban a esas cosas aladas como demonios abominables e ídolos falsos. Titus, ataviado en su armadura carmesí, se separó del lado de su maestro, desvaneciéndose en la expansión laberíntica de la ciudadela.

Sicarium observaba mientras sus seguidores mortales y Astartes caían ante las espadas de los Ángeles. En particular, notó la presencia de Draigo con una aversión particular; el Heraldo se veía como una burla en blanco de un guerrero Astartes, aunque poseía una velocidad y poder que le impactaban. Todo aquel que le enfrentaba, moría. Incluso cuando el Dreadnought Ortan Cassius golpeó fuertemente su escudo con sus garras energéticas, Draigo devolvió el golpe diez veces más fuerte, destazando a la venerable máquina de guerra con la fuerza de docenas de cortes certeros.

Sicarius se desesperó, y arrancó de su Salón del Trono, ordenando a su Cábala de Bibliotecarios que eliminaran (o al menos debilitaran) al arrasador Caballero-Ángel. Solemnemente, los psíquicos, mortales y Astartes aceptaron, y se enfrentaron a la hueste con toda la magia disforme que podían manejar. Ningún ser viviente estaba presente para confrontar a Draigo, pero se dice que unos cientos de Ángeles fueron desvanecidos en la batalla, y la torre de Bibliotecarios explotó espectacularmente, una vista que podía observarse aparentemente desde órbita. Sicarius no lo notó, sino que fue corriendo hacia el único lugar que consideraba seguro, en toda Macragge.

Cayó ante los pies de Roboute Guilliman, quien permanecía congelado al borde de la muerte tras un escudo de energías azures; inmutable e impasible, como una estatua viva, un monumento que representaba a toda Ultramar. Sicarius pidió su guía, incluso a sabiendas que su maestro no le proporcionaría nada. Rezó por su perdón, pero en el fondo, sabía que no lo merecía, no realmente.

Las pesadas pisadas de la forma metálica de Draigo eran ominosas así como sonoras, anunciando su llegada con tanta seguridad como una fanfarria triunfal. Las puertas de la cámara fueron voladas de sus bisagras, como si fueran desgarradas por un vendaval repentino que voló a cada artefacto a través del cuarto con la fuerza de la entrada de Draigo. Temblando, Sicarius levantó sus armas en desafío. Draigo le exigió arrodillarse, pero Sicarius exigió a su vez a Draigo hacerlo:

“Yo soy el maestro y el rey de todos los Marines Espaciales. ¡Aunque hayas tirado por la borda tu humanidad, sigues siendo un Astartes!, ¡Y tú! ¡Te VAS! ¡A ARRODILLAR!”.

Con eso, Sicarius cargó a la batalla contra Kaldor Draigo. Las dos espadas eran mercurio y fuego en sus manos, y los golpes intercambiados encendieron las alfombras y los murales que se alineaban en el templo, envolviendo con llamas este inmortal combate. El Guantelete de Ultramar era la única arma capaz de bloquear la espada de Draigo, y Sicarius usó esto a su ventaja, repeliendo su espada antes de atacar a Draigo con su ancestral Espada Tempestuosa. Pero Draigo estaba empoderado con una fracción de la voluntad del Emperador-Ascendido, y ninguna espada creada por mortales podría realmente asesinar a la bestia. Además, Sicarius era un hombre anciano, y pese a que luchó con furia indignada, se estaba debilitando. En lo más alto de la batalla, Draigo repentinamente azotó con su espada, y arrancó el Guantelete de Ultramar del brazo de Sicarius, antes de golpear al Rey Astartes con el dorso de su mano, casi despectivamente. Sicarius cayó al suelo, con su yelmo rodando hacia la oscuridad.

Sorprendentemente, (se afirma que) Draigo habló a Sicarius.

“HE VENIDO SOLO POR EL AVATAR. NO HAY NECESIDAD DE MAYORES INCIDENTES”, declaró en una clara voz clarinada.

Sicarius replicó con los labios ensangrentados.

“¿Acaso deseas llevarte a nuestro Padre, y convertirlo en una marioneta para un dios-demonio enloquecido? ¿Deseas destruir las mentes y almas de MIS hombres, y MIS mortales? ¡Esos serán incidentes mayores! ¡Guilliman no es un premio para ser reclamado! ¡Titus!”.

A su señal, Titus emergió desde las sombras, detonando las cargas puestas alrededor de Guilliman. Sicarius preferiría destruir a Roboute que permitir que lo usaran contra él. La detonación voló el techo del templo, y quemó la capa de Sicarius, así como gran parte del lado izquierdo de su rostro. Incluso Draigo se replegó por la fuerza. La maquinaria caía destrozada y brotando chispas sobre el suelo, tecnologías antiguas y olvidadas destruidas por siempre, para nunca ser reaprendidas o reconstruidas. Sin embargo, el cuerpo de Guilliman permanecía vivo. Sicarius gimió miserablemente, mientras Draigo se puso sobre él una vez más. Sicarius levantó su espada, pero Draigo cortó su otro brazo. Sicarius escupió veneno al heraldo; éste le ignoró, y apuñaló a Sicarius en el pecho, atravesando un corazón y dos pulmones, y haciendo arder a sus otros órganos adicionalmente. Sicarius aullaba del dolor, y pronto cayó sobre su espalda, humeando, con sus brazos cortados y su carne latente. En una sorpresiva y fugaz visualización de emoción, Draigo regodeó, agradeciendo a Sicarius por su ayuda. El cuerpo de Guilliman sería un excelente huésped para Él sobre Terra. Sin embargo, Sicarius, debido a su repetido desafío, no se le tendría permitida una audiencia con el Padre Estelar renacido, declaró Draigo.

Su espada no cayó. Perplejo, Draigo volvió a mirar al gran guante azul que sostenía su muñeca de plata en un triturador apretón. Draigo levantó su otra mano, con energías ya concentrándose dentro de él, crepitando en arcos eléctricos alrededor de su mano. Otro puño conectó con Kaldor, pero éste golpeó en su pecho, y arrancó su latente corazón humano, a pesar del metal derretido que corría como sangre. Draigo tropezó hacia atrás, pero no cayó. Levantó su espada otra vez, pero esta vez, otra espada conectó con ésta. La espada dorada de Guilliman destrozó a Draigo de un único golpe. Estupefacto, Draigo no tenía nada que decir antes que el Primarca lo decapitara. Con el cuerpo destrozado, el ser simplemente se derritió como cera.

“Yo... rechazo tu oferta...”, se cita a Guilliman toscamente, antes de caer de rodillas. El veneno de la Anathame, usado por Fulgrim en su duelo, había terminado su tarea de matarle completamente.

Sicarius no tenía nada que decir. Simplemente levantó la mirada hacia Guilliman, con lágrimas en sus ojos. El Primarca miró alrededor del templo en llamas, y al enjoyado Astartes ante él, y su mente super-humana evaluó en qué se había convertido su mundo y el estado del Imperio con una velocidad pasmosa. Miró a Sicarius por un largo tiempo, su imagen ardiendo en la mente del anciano, y descubriendo la verdad como solo un semi-dios puede conocerla.

Sollozando, Sicarius rogó perdón a Guilliman, pero Guilliman no era un hombre sentimental. Habló tranquila pero forzosamente, empujando el aire a través de su garganta arruinada mientras hablaba.

“Esto... no está bien. Tengo... contingencias en marcha. Sigue las... contingencias. Los pergaminos...”.

Esto fue todo lo que Sicarius escuchó, antes que la voz de Guilliman se convirtiera en una gárgara estrangulada, y cayera al suelo con un sordo ruido metálico.

Roboute Guilliman, el Primarca de los Reyes Guerreros de Ultramar, y fundador del Imperium Secundus, yacía muerto. Sicarius sería el siguiente. Titus se levantó sobre su señor moribundo, abrumado por las emociones. Tomó la espada de Sicarius, quitándola cautelosamente desde su brazo cortado. Escuchó las últimas palabras de Cato, pero las ignoró.

“No estábamos equivocados, mi señor. Cuando mi reino comience, lo probaré”, prometió Titus a su maestro, incluso cuando Sicarius finalmente pereció.

La destrucción de Draigo había enviado una onda de contragolpe hacia la Hueste Angélica, desuniéndoles y volviéndoles inertes una vez más. Finalmente, los Astartes triunfaban. Sin embargo, Titus emergió, vestido con los mantos del Rey-Dios, portando su espada y sus sellos. Su rostro era una máscara piadosa y preocupada que disfrazaba sus ambiciones y esquemas internos. Llevó las noticias de la muerte de Guilliman a los sobrevivientes azotados por la batalla, pero añadió que le había otorgado el liderazgo desde el mismo último aliento de Guilliman. Sin embargo, una voz entre la multitud le desafió. Folkar y sus hombres aparecieron entre el conformado grupo. Instantáneamente, la Guardia de Honor levantó sus bólteres, solo bajándolos cuando vieron a otro Astartes Sicariano y a sus séquitos desde los otros mundos asediados en el sub-sector marchando a espaldas de Folkar. Mientras Macragge era asediada, Folkar los había vuelto en su contra, preparando el camino para este momento.

Declaró que el gobierno de Sicarius y sus regentes asociados y miembros de la Cábala era inválido. Titus burlonamente denunció a Folkar como un desafecto y un alborotador; ¿Quién era él para desafiarle? ¿Quién se atrevía a contradecir las palabras del mismo Guilliman?

Desafortunadamente para Titus, Folkar explicó quién exactamente: el mismo Guilliman. El Contingente de Nocturne, el viejo pergamino que Telion aseguró, finalmente había sido entregado a su destinatario, luego de miles de años de negación y otros eventos apremiantes. El pergamino había sido escrito por Guilliman, ante el evento de la muerte del Emperador y su propia incapacidad. En el documento, él cedía el control de Ultramar al León, pero en el caso de la incapacidad o muerte de éste, el reino pasaría entonces a Vulkan, pues se creía que un solo Primarca podría unir al Imperio de nuevo. Si fueran más Primarcas los regentes, simplemente habrían disputas (como suelen hacer los hermanos), y traerían más conflictos. De esta forma, Ultramar se convertiría en un estado vasallo del Imperio de Vulkan, y se volvería parte de este nuevo imperio de prosperidad y esperanza.

Titus, sintiendo su autoridad desvanecerse, argumentó que seguía actuando como Maestro de los Ultramarines, y hasta que el mismo Vulkan se apersonara para confirmar esto, él no se arrodillaría ante él. Folkar maldijo a Titus, pero Titus estaba en lo correcto.

No obstante, Folkar tenía una última táctica. Desafió a Titus por el derecho de gobernar Ultramar como su regente. Se ofreció él mismo como candidato. El gobierno sería decidido por medio de un duelo. Titus llamó al Campeón del Capítulo para que aniquilara a este necio, pero Hektor se negó, enfundando su daga y espadas en protesta. Titus maldijo, mientras acomodaba su manto y levantaba la Espada Tempestuosa entre sus guantes. Folkar se quitó su capa, arrojó su Pistola Bólter y empuñó su cuchillo de combate. No habría interferencia, sin armas de fuego, y sin retirarse. Estas eran reglas implícitas que la multitud acató, e inconscientemente dieron un paso atrás para conformar un círculo alrededor de los dos guerreros. Folkar era un explorador talentoso y un luchador de guerrillas, pero solo estaba en armadura de caparazón, y estaba empequeñecido ante Titus en su servoarmadura, con la enorme espada de Sicarius firme en sus manos. Ambos eran guerreros consumados, pero Titus era en espíritu un político, no un asesino nato. Aún así, su espada le hacía un enemigo formidable.

La multitud estaba en silencio mientras los dos cargaron. Fueron cautelosos, balanceándose y golpeando el uno al otro en un primer momento, mientras rodeaban la improvisada arena.

Entonces, chocaron. Su espada no golpeó nada mientras Titus saltó hacia el combate, abanicando su espada furiosamente. Folkar le apuñaló detrás de la unión del tobillo izquierdo, y luego en la unión de la cadera, luego bajo la axila, cortando dentro de las débiles zonas encauchadas entre las placas de la armadura. Titus se tambaleó, sangrando. Folkar no podía ceder, no ahora. Cargó cuidadosamente, agachándose para evitar el temible golpe de la Espada Talassariana, que talló un surco poco profundo a través de su coraza. Él dio un paso lateral para evitar otra estocada, antes de apuñalar de nuevo. Cortó detrás de la rodilla, rompiendo un cable en el generador de energía dorsal de Titus, y cortó a través de la otra unión en los hombros. Titus cayó de rodillas, y Folkar impulsó su cuchillo de combate en el ojo izquierdo de Titus, empalando su cerebro. Instintivamente, Titus abanicó su espada, y cortó el brazo de Folkar a la altura del codo. El explorador se tambaleó agónico, pero todo había terminado ya. Titus se resistió patéticamente a la hoja en su cerebro por varios momentos, antes que sucumbiera y muriera.

El régimen de Gran Sicarium había terminado. Desde las cenizas se alzaría Ultramar una vez más.

Este no fue el final de las aflicciones infligidas sobre Ultramar, pero fue el fin de las infligidas sobre su gente desde sus supuestos protectores. Solo una incómoda unidad con el Imperio de Vulkan permaneció; una alianza que pronto sería puesta a prueba en los oscuros días venideros.

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