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La superficie de Titán está estéril y quemada, y los demonios se arrastran a través de su superficie. Pero los demonios nunca se preocuparon por la superficie, la cual era constantemente limpiada de vida por las barridas regulares de los aniquiladores de plata del Dragón. No, los demonios se enterraron y cavaron, cada vez más profundo dentro de las oscuras catacumbas y túneles secretos que perforaban a la luna saturnina como un panal.

Y allí murieron. En sus manadas infinitas. Allí, en lo profundo, donde los gritos psíquicos de antiguos héroes reverberaban, y donde las sonoras llamadas de garras contra placas relucientes llenaban el aire. Los Caballeros Grises y los Custodios aún luchaban, con el incansable coraje de hombres condenados llevado más allá de lo extremo por su prolongada prueba. Purificadores y Paladines conformaban cuellos de botella en túneles estrechos, y masacraban a cada oleada de demonios. Habían transcurrido siglos tras siglos. Las armaduras de Caballeros Grises y Custodios eran indistinguibles; todas estaban desgarradas y deslustradas. Cada guerrero estaba cubierto en cientos de años de sangre y rastros burbujeantes de pesadilla. Hace ya mucho tiempo que habían disparado sus últimas rondas, cada Psilenciador estaba agotado, el promethium hace tiempo se había derramado, ardiendo en los rostros de verdaderas oleadas de demonios. Incluso sus servoarmaduras habían cedido, y los campos energéticos de sus armas ya no encendían. Solo la voluntad psíquica de los Caballeros permanecía sin menoscabarse por la edad o ante el triturador abrazo del tiempo. Las armas Némesis aún brillaban con fuego de almas, y los contraataques psíquicos de los Cazademonios persistían.

Llegaron monstruos de cada patrón, desde Juggernauts hasta Furias aladas, y criaturas más indescriptibles saltaron desde la oscuridad; pseudópodos azotadores y picos rasgadores. Los Caballeros los contuvieron, pero se estaban constriñendo y contrayendo. Más y más de los valientes super-humanos morían cada año; sus armaduras quitadas y bendecidas, sus cuerpos ungidos en rituales adornados, antes de ser empleados como bloqueos en murallas y barreras de carne para impedir que los demonios flanquearan en las estrechas madrigueras de los santuarios interiores. Solo su poderío psíquico sostenía sus cuerpos, e incluso esto y su milagrosa forma genética no podía sostenerlos indefinidamente. Lento pero seguro, comenzaron a caer.

Muchos cayeron ante las fauces voraces de despojos y demonios, otros colapsaron bajo el peso de su armadura contra sus devastados músculos. Otros se autodestruyeron en implosiones psíquicas, simplemente para ganar tiempo a sus hermanos para poder retirarse a posiciones defensivas cada vez más estrechas y densas. Eventualmente, solo quedaban unos cientos, dirigidos por el destrozado Jefe Custodio y el Castellano conocido como Óbex. Garran Crowe se había perdido una década atrás; su malevolente espada, al detectar una grieta en su resolución, le falló cuando se enfrentó con la Ciénaga babeante de una Gran Inmundicia. Su armadura partida y quebrada fue inundada con entidades del enjambre destructor. Luego de un horripilante momento de resistencia rígida, su armadura cayó al suelo, vacía.

Pero los Caballeros no se quebraron. No podían quebrarse. Los nombres de cada uno del Millón de Mártires de Titán estaban grabados en su ceramita, y marcados en su piel. Luego de mucho tiempo, fueron replegados a la única cámara inmaculada por carne demoníaca; las Bóvedas, donde se almacenaban todos los artefactos más arcanos y prohibidos. Dispositivos extraños y obras maestras estructurales perseguían las cámaras de tono negro, y el aire era imposiblemente gélido. En el fondo de la bóveda, estaba sentado el cadáver embalsamado del Emperador, encaramado sobre un Trono de Obsidiana, roscado con mármol verde veteado. Mientras vivieran, el recuerdo de su existencia y sus trabajos serían por siempre preservados, y nunca morirían realmente. No les importaba en qué se había convertido su divinidad deformada en la Disformidad. Pero no eran ignorantes; habían sentido su ascensión al igual que los Astrópatas. Pero no fueron engañados por la apoteosis del Padre Estelar. Los Caballeros y los Custodios sabían quién era el Emperador; no era un dios en la Disformidad. Él era el campeón de la humanidad; campeón del dominio humano sobre lo real, sobre la cordura. El Padre Estelar era una distorsión; un monstruo nacido en las mentes de los ilusos y los débiles de voluntad. No como los verdaderos héroes del Imperio Muerto. Pues los verdaderos héroes sabían que su credo no era más que los gritos reunidos de todos los hombres, y no podían ser deshechos al quitar al mayor hombre entre ellos. Ningún hombre, sin importar qué tan grande sea, puede equipararse a la resolución colectiva de la humanidad unificada. El Padre Estelar era una parodia desagradable de esto; una entidad recíproca que devoró su propia veneración, y se creó a sí misma. No era digno.

Así, lucharon. Óbex salió al pasillo armado antes de las puertas de la cámara, flanqueado por los dos últimos Dreadnoughts funcionales, Alaric y Tancred, para enfrentarse a la horda invasora, la cual se había extendido a un tamaño mucho mayor, pues los demonios sabían que el fin llegaría pronto. El resto de los Caballeros le siguieron, pero mientras diez de ellos marcharon a unirse a su Señor Feudal, Óbex se volvió y pronunció el Comando ‘Terminus’. Las puertas de la bóveda se sellaron, y la mayoría de los Caballeros fueron sellados dentro, dejando no más que una fuerza simbólica para mantener el gran pasillo anterior a la última bóveda de Titán. Los Custodios gritaron y bramaron por sus canales de vox, suplicando a sus amigos y hermanos milenarios que abrieran las puertas, para que les ayudan a repeler a los demonios.

“¡Juntos, enfrentaremos nuestra gloriosa perdición juntos!”, los Custodios declararon con una voz feroz pero triste.

La respuesta de Óbex fue breve. “El tarot se ha establecido, pero las últimas cartas aún no se han abordado. Quédense del lado del Emperador, Custodios, como siempre han estado destinados”.

Con esto, el enlace vox fue finalmente cortado, y Óbex cargó contra la rapaz masa de tentáculos y carne rezumada que le recibía. Levantó su espada rota, y gritó las 666 letanías de odio mientras luchaba. Los Dreadnoughts le seguían, destrozando demonios con sus garras e incluso con los cartuchos vacíos de cañones de asalto y armas de plasma. Las espadas golpeaban y los demonios morían. Océanos de lodos corrosivos bombeados desde cabezas cortadas y fauces bisectadas. Fue entonces cuando Tancred fue partido en dos por la hoja negra del más ruin de los demonios; el mismo M'kar el Renacido se lanzó a la refriega, a la cabeza de una horda de Horrores. El Dreadnought Alaric fue el primero en notar a este enemigo de hace años, e instantáneamente cargó contra la espada humeante del Príncipe Demonio. Los dos gigantes forcejearon mientras los demás luchaban con todos sus corazones y sus almas; blandían su odio como ejes de fe ardiente, empapados en sangre derramada, pero cacareando todos iguales. Eran salvajes en su frenesí.

Pero todo fue en vano. Alaric desvaneció a M’kar, pero estar de pie sobre su forma desintegrada no era una victoria. El demonio se rió incluso mientras se desvanecía de la realidad. “Tu tiempo ha terminado. Tu final estaba determinado mucho antes que fueras creado siquiera”, susurraba mientras el demonio perecía. Poco después, Alaric cayó, arrastrado por miles sobre miles de Furias que se escabullían a través de los túneles de constricción como gusanos.

Los olas de perdición fluían sobre los empañados Caballeros y nada podía prevenir lo que vendría después. Los Custodios oyeron a través de los seis metros de adamantio que les separaban del combate. Los oyeron perecer a todos, uno a uno. Gritos desafiantes reemplazados por risas y gárgaras escupidas desde fauces inhumanas. Luego, la burla se convertía en un susurro siniestro, mientras los demonios intentaban abrir la bóveda. Un estampido contra otro resonaron a través de la puerta. Los defensores restantes solo escucharon los sonidos con sus cascos alicaídos, sentados entre los antiguos artefactos que nunca habían sido usados, ni serían usados. Ellos se sentaron a esperar su destino en un verdadero museo de su propia historia, su propio propósito.

Fue entonces, cuando incluso la resolución de las voluntades colectivas más grandes en la galaxia disminuían, algo cambió, y un sonido el cual hace mucho tiempo no era oído sobre Titán se alzó desde su miseria.

Fuego de bólter.

Masas de fuego de bólter concentrado provenían más allá de la puerta de la bóveda. Ahora era turno de los demonios a gritar. Los Custodios localizaron a los pocos Tecnomarines restantes, y exigieron saber qué ocurría más allá de la puerta. Eventualmente, los Astartes y Custodes lograron montar un pictoalimentador improvisado desde un servidor vigilante muerto en el pasillo. Lo que vieron les confundió, pues sus refuerzos eran Astartes ataviados en armaduras negras de fuego ardientes y cascos con la forma de máscaras de la muerte de Capellanes sonrientes. Eran la Legión de los Condenados. Ya no más un mito. Mataron a los demonios en sus multitudes, cada uno silente como una tumba mientras morían.

Así absortos estaban los Caballeros, que solo un Custodio notó que uno de los antiguos artefactos en la bóveda estaba reactivándose. Era uno de los antiguos portales de los Eldar, que comenzaba a regresar a la vida. Mientras aumentaba su poder y recuperaba su vigor, los Caballeros y Custodios se volvieron para enfrentar a esta nueva aparición. ¿No habían enfrentado ya a suficientes enemigos? ¿Qué era esta nueva diablura? Las preguntas plagaban sus mentes azotadas por la guerra mientras el portal, con un último crescendo lírico, se activó.

De él salieron dos niñas pequeñas. Tenían coletas en sus cabellos, y sus túnicas color crema las hacían espejo una de la otra, mientras caminaban desde la Telaraña tomadas de la mano. Su poder era instantáneamente indiscutible. Cada Caballero en la habitación tembló involuntariamente ante su presencia psíquica; era muy raro estar ante tal proximidad de un psíquico nivel Apex, mucho menos de dos. Las niñas sonrieron a los gigantes que las rodeaban. Uno de los Caballeros logró contrarrestar su delirante sentido de la sorpresa y habló primero.

“¿Por qué han venido?”, fue todo lo que pudo decir.

“Abrimos la única puerta que podíamos abrir, para que nuestro pariente estuviera feliz con nosotros. Deben venir con nosotras ahora. Nuestro pariente es muy amigable. Pero necesita todas sus piezas si quiere jugar este juego. Nos encantan los juegos. Vengan. El enloquecido despertará pronto; aquí es donde empezará. No queremos perderlo”, respondieron alegremente, al unísono.

El hecho que sepa de esta historia sugiere que los Caballeros y sus aliados hicieron caso a las Gemelas Apex sobre su enigmática petición, y al menos sobrevivieron lo suficiente como para contarles a otras almas; a otros cronistas sobre sus hazañas. Así aconteció que Titán fue aliviado, y el cuerpo del Emperador fue arrebatado de las fauces de corrupción herética.

Ha, herejía. Qué extraña palabra para usar ahora. Ahora que sé lo que está por venir.

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