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Roboute Guilliman, Primarca de los Ultramarines

"Serán puros sus corazones y fuertes sus cuerpos, libres de la duda y de la mácula de la soberbia. Serán luceros en el firmamento de la batalla, Ángeles de Muerte que con brillantes alas traerán la pronta aniquilación a los enemigos del hombre. Así será durante mil veces mil años, hasta el mismo fin de la eternidad y la extinción de la carne mortal"

Codex Astartes

Roboute Guilliman es el Primarca de los Ultramarines.

Además de las hazañas de su Legión durante la Gran Cruzada, Guilliman obtuvo mayor renombre tras la Herejía de Horus por sus esfuerzos para preservar el Imperio. Entre sus logros más destacables está la creación del Codex Astartes. El Primarca es uno de los héroes y guerreros más poderosos de la época de la Gran Cruzada. Sus facciones indicaban un gran valor y una gran fortaleza.

La vida de Guilliman había sido sesgada antes de tiempo por la hoja envenenada del Primarca de los Hijos del Emperador, el traidor Fulgrim, y fue preservado en un campo de estasis en el momento de su fallecimiento, donde se podía ver la herida reluciente y escarlata que tenía. Su tarea había quedado inacabada, su legado incumplido.

En la actualidad su cuerpo, que descansaba en el trono del Templo de la Corrección en Macragge, planeta natal de los Ultramarines, fué resucitado por Yvraine, y tras proclamarse Lord Comandante del Imperio de la humanidad, se encuentra dirigiendo a la humanidad contra las fuerzas del caos.

Orígenes[]

Al igual que los demás Primarcas, Roboute Guilliman fue uno de los veinte "hijos" genéticamente modificados del Emperador. Y al igual que sus hermanos, cuando no era más que un bebé, fue tomado por los Poderes del Caos, y lanzado a través de la Disformidad, hasta acabar en un lejano planeta en un esfuerzo para evitar una posible hegemonía del Imperio en la Galaxia.

La cápsula del pequeño Guilliman fue a parar al planeta Macragge, donde fue descubierta por un grupo de nobles que se hallaban de caza en el bosque. Dentro de esta encontraron a un niño rodeado de un aura resplandeciente. Entonces fue llevado hasta Konor (uno de los dos Cónsules que gobernaban Macragge), quien adoptó al niño como su hijo.

La llegada de Roboute a Macragge fue un hecho portentoso, y mucha gente informó de sucesos extraños. El más notable fue que cuando Konor dormía, tuvo sueños en los que vio al Emperador, y en algún momento se encontró al lado de las Cataratas de Hera, en el Valle de Laponis. Al despertar, se colocó su armadura y se dirigió a las Cataratas de Hera, y allí encontraron al niño. Y considerándolo una premonición, fue entonces cuando Konor dio nombre al niño, llamándolo Roboute, significa "El Grande".

Roboute era un prodigio, creciendo rápido tanto física como intelectualmente. A los diez años, ya dominaba todos los temas que los mayores eruditos de Macragge podían enseñarle, y sus ideas sobre historia, filosofía y ciencia a menudo sorprendían a sus mayores. Sin embargo, su mayor talento era como líder militar. Tal era su habilidad que en un momento dado su padre le dio el mando de una fuerza expedicionaria a Illyrium. Se trataba de una región montañosa en el extremo norte de Macragge, cuyos salvajes habitantes había aterrorizado a regiones civilizadas durante años, además de resistir con éxito todas las campañas militares llevadas a cabo contra ellos.

Roboute no solo fue capaz de librar una campaña brillante, sino que también se ganó el respeto de los hombres salvajes haciendo que nunca volvieran a amenazar los territorios más civilizadas de Macragge. Sin embargo, al regresar a la capital, se encontró la ciudad sumida en el desorden. Gallan, el co-Cónsul de su padre, había intentado un golpe de estado. Gallan utilizó a una parte de la nobleza de Macragge, la cual se encontraba en un confortable estado de poder, riqueza y posición social a expensas de incontables cantidades de esclavos, por lo que eran reacios a las legislaciones promulgadas por Konor, las cuales favorecían a la gente común entre las que era inmensamente popular.

Al aproximarse a la ciudad, Roboute y sus soldados la vieron sumida en el caos, siendo saqueada por una multitud de los hombres de Gallan, mientras la casa de el cónsul se hallaba sitiada. Roboute dejó a sus hombres para restaurar el orden en la ciudad mientras él se apresuraba hacia a la casa del Cónsul. Al final consiguió levantar el sitio, solo para encontrar a su padre cerca de la muerte rodeado de sus guardaespaldas leales. Había sido mortalmente herido por un asesino a sueldo de Gallan. No obstante, con su último aliento le dijo a Roboute quién fue el responsable. Roboute aplastó la rebelión rápidamente, y en medio de una ola de satisfacción popular, asumió el título de Cónsul único de Macragge. Se dedicó a castigar la traición y a la realización de la visión de su padre. Gallan y sus co-conspiradores fueron ejecutados en un promontorio que desde entonces se denominaría la "Roca de Gallan" y sus tierras y riquezas se redistribuyeron entre el pueblo. Con una energía sobrehumana, Roboute reorganizó toda la estructura social de Macragge, creando una meritocracia donde los ministerios y honores fueron entregados al trabajador, en lugar de al rico e influyente. Bajo su liderazgo, Macragge prosperó como nunca antes lo había hecho.

La Llegada del Emperador[]

Mientras Roboute proseguía con su guerra contra los rebeldes de Illyrium, el Emperador de la Humanidad y sus ejércitos habían llegado al planeta vecino de Espandor. Fue allí donde el Emperador oyó historias sobre el extraordinario hijo del Cónsul Konor, y se dio cuenta de que había encontrado en uno de los Primarcas perdidos. Sin embargo, debido a una inesperada tormenta de Disformidad, su nave fue llevada lejos de su rumbo; y para cuando llegó a Macragge, Roboute llevaba gobernando casi cinco años. Cuando el Emperador llegó a Macragge, se encontró con un mundo autosuficiente, próspero, con un ejército fuerte y bien equipado, y con lazos comerciales con Sistemas cercanos. Impresionado, el Emperador asignó el mando de la Legión de los Ultramarines a Guilliman, y se trasladó la base avanzada de la Legión a Macragge.

La Gran Cruzada[]

Roboute Guilliman

Con la excepción de los Lobos Lunares, ninguna Legión conquistó tantos mundos, o tan rápido, o dejándolos en tan buen estado, como los Ultramarines durante la Gran Cruzada. Siempre que Guilliman liberaba un mundo, no se iba hasta que había establecido un sistema de defensa autosuficiente y dejado atrás asesores para aumentar la industria, establecer el comercio con el resto del Imperio, y formar un gobierno cuya primera preocupación sería siempre el bienestar de la gente.

Con su base principal reubicada en Macragge, a Guilliman se le otorgó el mando independiente de la Cruzada para la región, y rápidamente emprendió una serie de nuevas conquistas. Su ahora duodécima flota expedicionaria se reformó bajo su mando y se suministró con buques de guerra de los últimos diseños de Marte como una bendición del Emperador. Las nuevas conquistas fueron inmediatas, ya que los Ultramarines recientemente nombrados expandieron rápidamente su alcance desde Macragge, identificando objetivos adecuados para el Cumplimiento y ,posteriormente, seleccionando descubiertas razas xenos para su erradicación. Interrumpida solo cuando la voluntad del Emperador la convoca a unirse a campañas más grandes, durante casi un siglo la Flota Expedicionaria XII se extendió hasta el norte galáctico donde terminó abruptamente ante las zonas muertas que delimitan la galaxia, hasta el este y el sur galácticos. Como el punto de Ultima Thule, donde las estrellas palidecieron y se vaciaron en la oscuridad ilimitada del vacío exo-galáctico.

Durante este período, los Ultramarines, según algunos registros, lograron liberar más mundos que cualquier otra fuerza del Primarca, y los planetas que Roboute Guilliman trajo al Imperio siempre se beneficiaron de su intensa pasión por un gobierno eficiente y ordenado. Cada vez que Guilliman y los Ultramarines conquistaban un mundo, sus fuerzas gastaban tanto esfuerzo en establecerlo de nuevo, establecer defensas autosuficientes y asegurarse de que, a su paso, los agentes de la Verdad Imperial y la industria sellaran firmemente el lugar del mundo en el tejido del Imperio. Esta expansión de la civilización cohesiva en el camino de la Legión sirvió tanto para solidificar como para expandir las líneas de suministro para su avance, facilitando en gran parte la gran velocidad y alcance de las conquistas de los Ultramarines.

Roboute Guilliman durante la Gran Cruzada

Al mismo tiempo, con la ayuda de sus nuevos asesores, Guilliman creó una maquinaria militar sumamente eficiente en Macragge y sus mundos circundantes, lo que proporcionó a los Ultramarines un flujo constante de nuevos reclutas. Este factor, combinado con las bajas mínimas que sufrieron gracias a la habilidad táctica de Guilliman, permitió a los Ultramarines convertirse en la más grande de todas las Legiones de Marines Espaciales. Para cuando Horus fue nombrado Señor de la Guerra, los Ultramarines eran, según cualquier evaluación oficial, la Legión de Marines Espaciales más grande por número de Legionarios con un margen considerable. Debido a esta expansión, la 12ª Flota Expedicionaria ahora masiva se subdividió en una veintena de flotas expedicionarias y de persecución más pequeñas, lo que permitió a la Legión llegar más lejos, cada una de las cuales todavía sumaba decenas de naves y miles y, a veces, decenas de miles de legionarios. La fuerza numérica de la Legión de los Ultramarines, en exceso de 250,000 Astartes, sería un logro que no se superaría, aunque en secreto la expansión tardía de Portadores de la Palabra, que originalmente contaba con aproximadamente 100,000 Astartes, llegaría a rivalizar. según algunas evaluaciones, mientras que las afirmaciones más salvajes sobre la fuerza de la Legión Alfa también los hacen correr más cerca de lo que indicarían los registros oficiales.

Esta escala de fuerza militar y el estatus de "imperio dentro de un imperio" casi autónomo que lo mantuvo, Ultramar habiendo alcanzado un dominio popularmente atribuido como los Quinientos Mundos antes del estallido de la guerra, tendría consecuencias nefastas e imprevistas para los Ultramarines. y su Primarca. Separados e inviolables en el este, y con un gran poder por derecho propio, la propia existencia de la Legión los convirtió en una amenaza para la conspiración del Traidor que no podía ser ignorada, aunque en Calth verían el plan del Señor de la Guerra y el deseo de venganza del Portador de la Palabra destruida

Cuando Horus fue nombrado Señor de la Guerra por el Emperador, la reacción entre los Primarcas fue dispar. Algunos apoyaron el nombramiento por afecto a Horus, algunos se opusieron, y otros lo aceptaron cínicamente. Sin embargo, Guilliman, Rogal Dorn, y Jaghatai Khan apoyaron el nombramiento, creyendo en su juicio frío y racional que Horus era realmente el más digno de ellos. Por esta razón, y debido a su genio militar, Horus valoraba a Guilliman y Dorn como sus asesores más cercanos.

En privado, Guilliman tenía a cuatro de sus hermanos en la mayor estima: Dorn, Sanguinius, Leman Russ y Ferrus Manus. Se refería a ellos como Los Intrépidos, y declaró que él podría ganar cualquier guerra, sin dudar, si los tenía a los cuatro y a sus Legiones a su lado.

La Herejía de Horus[]

Ultramarines combatiendo contra Portadores de la Palabra en la órbita de Calth.

Cuando estalló la Herejía de Horus, Guilliman y los Ultramarines fueron engañados por Horus, quien los envió al Sistema Veridian mientras llevaba a cabo su conspiración traidora. Cuando la traición fue revelada, los Ultramarines estaban mal situados para reaccionar.

Mientras los Ultramarines reagrupaban sus fuerzas en Calth, en Ultramar, fueron atacados por los Portadores de la Palabra. Sin embargo, estos habían pasado por alto dos puntos principales: el espíritu de lucha inquebrantable de los Ultramarines, y el brillante liderazgo de Guilliman. Por último, tras la derrota de los Portadores de la Palabra y conocer el engaño de Horus, Guilliman puso rumbo inmediatamente a la Sagrada Terra. Viajando a la máxima velocidad, la Legión estaba a solo horas de distancia, junto con varias otras Legiones.

En última instancia, aquello fue lo que decidió la suerte del Imperio cuando Horus se vio obligado a apostar por dejar que el Emperador se teleportase a su Barcaza de Batalla.

Tras la Herejía[]

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A consecuencia de la Gran Traición, el Emperador estaba incapacitado, y el número de Marines Espaciales había sido diezmado por las deserciones al Caos y las pérdidas en combate. Los Ultramarines se convirtieron en la principal Legión Leal, y Guilliman asumió el título de Lord Comandante del Imperio. Durante los años siguientes, con Guilliman al mando y llevando a los Ultramarines por toda la galaxia, se fueron recuperando mundos perdidos por el Caos, evitando a la par la caída de otros por rebelión o invasión desde fuera del Imperio.

Al mismo tiempo, Guilliman reorganizó las Legiones de Marines Espaciales como Capítulos y escribió el Codex Astartes, el tomo que los Ultramarines (y muchos otros Capítulos) seguirían estrictamente.

Guilliman dirigió el asalto contra la Legión Alfa en la Batalla de Eskrador, y debido a la vanidad de Alpharius, utilizó un ataque por sorpresa en el corazón de los traidores y mató a Alpharius en un duelo. Sin embargo, él y los Ultramarines se equivocaron mucho en su creencia de que la serpiente moriría sin su cabeza; puesto que de hecho el símbolo de la Legión Alfa es una hidra, una serpiente de múltiples cabezas. Los Ultramarines fueron rechazados una y otra vez por los Marines Traidores, impávidos ante la pérdida de su Primarca. Guilliman finalmente retiró sus fuerzas de nuevo a órbita y bombardeó el planeta desde arriba.

Muerte del Hijo Vengador[]

Templo de la Correción, en la Fortaleza de Hera, en Macragge

Roboute Guilliman continuó sirviendo con el Capítulo de Ultramarines, liderándolos durante cien años después de la Segunda Fundación. Se dijo que durante esos años, Guilliman dirigió varias incursiones, junto con sus hermanos Primarcas supervivientes, contra los restantes Marines Espaciales del Caos. Guilliman finalmente alcanzaría su destino final durante la Batalla de Thessala en 121.M31, cuando el Traidor Primarca Fulgrim de los Hijos del Emperador, que se había convertido en un Príncipe Demonio de Slaanesh, lo derrotó. Mientras que Alpharius no había abrazado en gran medida los Poderes del Caos, y era esencialmente el Primarca original sin cambios cuando fue asesinado, Fulgrim había estado en el Ojo del Terror, cosechando terribles poderes, y había sido convertido por Slaanesh en un poderoso Príncipe Demonio; sin apariencia humana, pero con su pureza original corrompida y aumentada por los Poderes Ruinosos. Fulgrim ahora era una criatura serpentina de inmensa estatura, y con múltiples brazos. Cada miembro blandía una espada envenenada, y en el choque apuñaló Guilliman en el cuello. Ante la imposibilidad de salvarlo, los Apotecarios enterraron a Guilliman dentro de un campo de estasis, donde permanecería congelado en el instante de su muerte, mientras que Fulgrim y los suyos escaparon de vuelta al Ojo del Terror.

Durante nueve milenios, su cuerpo mortal permaneció en estasis, en lo profundo del Santuario de Guilliman; dentro del Templo de la Corrección, uno de los lugares más sagrados de todo el Imperio. Algunos peregrinos afirmaban que las heridas del Primarca se curan lentamente, una hazaña que acredita el poder del Emperador. Otros negaban el fenómeno, y señalaban la total imposibilidad de cambio dentro de un campo de estasis. Sin embargo, bastaba creer las historias para ir a presenciar por uno mismo el milagro del Primarca.

Resurrección[]

"Guilliman pensó en su reunión con su padre, no le gustaba visitar la memoria era como si la memoria lo forzara a él, aquel ser entre máquinas antiguas, alimentadas con tecnología repugnante y luego la luz dorada y el dolor. Frialdad, esa fue la sensación definitoria de su encuentro con el Emperador, infinita y terrible frialdad, se había acercado a la reunión con temor temiendo lo que encontraría ¿estaría muerto su padre? ¿estaría loco? ¿podrían hablar?

Entre el momento de la ascensión del Emperador al trono y la muerte de Guilliman, el Emperador no había hablado con nadie. ¿Cómo podría persistir por diez mil años? Su cadáver marchito estaba rodeado por bancos de maquinaria gimiente. El sacrificio requerido para mantener vivo al Emperador enfermó al Primarca. Al verlo parecía muerto. Guilliman no esperaba nada, sin embargo, él habló, con palabras de luz y fuego. Fue como hablar con una estrella. Sus palabras quemaron al Primarca. El Señor de la Humanidad había hablado con su Primarca retornado."

- Encuentro entre Roboute Guilliman y el Emperador, 999.M41

Durante 10,000 años estándar, el Emperador de la Humanidad ha permanecido inmóvil en el Trono Dorado de Terra, su cuerpo marchito, poco más que una cáscara del gran hombre que fue. Su gran visión, el Imperio del Hombre, perdura, pero no prospera, ya que permanece bajo un manto de miseria y persecución, sospecha y desconfianza. Es atacado por todos lados y desde dentro por herejes, brujas y alienígenas, y solo por el sacrificio sin fin de innumerables ciudadanos sigue existiendo el Imperio. Sin embargo, ahora, al final del 41º Milenio, la gente del Imperio enfrenta su mayor prueba. Los Orkos causan estragos en toda la galaxia, el joven Imperio Tau se expande en la Franja Oriental, los Tiránidos envían enormes enjambres alienígenas desde más allá de las estrellas para consumir todo en su camino, y los Necrones se despiertan para reclamar lo que una vez fue suyo. Y, sobre todo, más mortal que cualquier otro enemigo, las Fuerzas del Caos eligen este momento para comenzar su invasión más concertada del Imperio. Bajo la mirada de Abaddon el Saqueador y su 13ª Cruzada Negra, innumerables mundos ya han caído. La locura y la herejía abundan y las violentas tormentas de Disformidad destruyen grandes alquileres en la galaxia. Ciegos en su ignorancia, los Altos Señores de Terra envían miles de millones a sus muertes en un intento por salvar el Imperio. Sin embargo, los Eldar, una raza más visionaria, se dieron cuenta de que lo que el Imperio necesita ahora es un héroe, un símbolo de la voluntad del Emperador que se manifiesta. El Imperio necesita un Primarca.

Décimotercera Cruzada Negra[]

Guerra por Cadia[]

Dirigidos por la Santa en vida, Santa Celestina, los regimientos de la Guardia Imperial de Tropas de Choque de Cadia defienden la fortaleza de Kasr Kraf en el Mundo Fortaleza de Cadia de las Fuerzas del Caos

El poder total de la 13ª Cruzada Negra asaltó el Mundo Fortaleza de Cadia, que se erigió como el único centinela de la Puerta de Cadia, la única salida previsiblemente estable de la Tormenta de Disformidad conocida como el Ojo del Terror. Aunque severamente superados en número y asaltados por todos lados, los defensores imperiales se mantuvieron firmes, montando una valiente defensa bajo el liderazgo superlativo del Lord Castellano de Cadia, Ursarkar E. Creed. A medida que el conflicto se volvía cada vez más desesperado, muchos héroes del Imperio se reunieron en Cadia. Los Marines Espaciales de múltiples Capítulos prestaron su fuerza a la defensa, incluidos los Templarios Negros del Gran Mariscal Amalrich, y los Puños Imperiales del Capitán Tor Garadon, quien trajo la Fortaleza Estelar Falange a la guerra. Santa Celestine cayó sobre Cadia en su hora más oscura, sus milagros infundieron fe en sus harapientos protectores. La inquisidora Katarinya Greyfax, prisionera del Señor Necrón Trazyn el Infinito, fue liberada del cautiverio para prestar su prodigiosa voluntad y talento a la causa. Sin embargo, la clave de la victoria sobre Cadia fue descubierta por el antiguo sacerdote tecnológico marciano, el Archimagos Dominus Belisarius Cawl del Adeptus Mechanicus. Instado por el Arlequin Sylandri Caminavelos, y ayudado por Trazyn el Infinito, había desbloqueado los secretos de los pilones negros construidos por los Necrones que tachonaban la superficie de Cadia y otros mundos en todo el Sistema Cadia. Abaddon había buscado durante mucho tiempo estas estructuras antiguas y misteriosas para destruirlas durante sus muchas Cruzadas Negras, que debilitaron el velo entre la realidad y el Inmaterium. En verdad, Cawl había estado en camino para honrar un antiguo pacto hecho con el Señor de Ultramar hace muchos milenios, pero en Cadia vio la oportunidad de revertir el trabajo del Saqueador y tal vez cerrar el Ojo del Terror para siempre. Pero eso no iba a suceder.

Huida de Cadia[]

Aunque los sirvientes del Emperador lucharon con determinación y coraje, los esfuerzos de Cawl se deshicieron cuando los pilones fueron destruidos y Cadia recibió un golpe mortal final. Los pocos defensores imperiales que quedaron vivos se vieron obligados a huir ante la inundación de las Fuerzas del Caos que asaltaron el mundo condenado. Mientras lo hacían, una terrible grieta de disformidad bostezó a su paso cuando el Ojo del Terror comenzó a expandirse. Sin embargo, aún quedaba una posibilidad de salvación: el antiguo pacto de Cawl le instaba a proteger el misterioso artefacto que transportaba dentro de un auto-relicario blindado. Los guerreros sobrevivientes del Imperio se declararon a sí mismos como la Cruzada Celestina en honor de la Santa Viviente que aún se abría paso en la oscuridad, y se dirigieron al Sistema Macragge dentro del Reino de Ultramar, con las fuerzas del Saqueador pisándole los talones.

Al mismo tiempo, la raza Eldar había sido sacudida hasta sus cimientos por una agitación cósmica de gran importancia. Ynnead, el Dios Eldar de los Muertos, se había despertado en el æther y había elegido a una antigua Eldar del antiguo Mundo Astronave Biel-Tan como su profeta. Yvraine, la Hija de las Sombras, había recorrido muchos caminos durante su larga vida. Eventualmente se había convertido en una famosa líder Corsaria hasta que un motín la obligó a huir a la Telaraña, donde terminó en la Ciudad Oscura de Commorragh, el hogar principal de los Drukhari. Luchando como una gladiatriz en la infame arena Crucibael de la ciudad oscura, derrotó a muchos enemigos antes de caer ante una sacerdotisa de Morai-Heg, sin embargo, mientras descansaba entre la vida y la muerte, fue resucitada por Ynnead y elegida para actuar como su profeta en el reino material. Su renacimiento causó una gran disyunción dentro de Commorragh, y la Ciudad Oscura fue asediada por los sirvientes demoníacos de Slaanesh. Huyendo de las fuerzas Drukhari del Supremo Soberano de la Ciudad Oscura, Asdrubael Vect, Yvraine, ayudado por un misterioso guerrero conocido como el Visarca, y seguido por algunos de los Drukhari que creían en su causa, llevaron con éxito la noticia del despertar del Dios Susurrante al Mundo Astronave Biel-Tan. Mientras estuvo allí, el Mundo Astronave experimentó un rápido y terrible ciclo de muerte y renacimiento que dio vida al Yncarne, avatar de Ynnead. Algunos de los Eldar abrazaron la creencia de Yvraine de que el ciclo de muerte y renacimiento sería su salvación, y se convirtieron en sus seguidores, conocidos como los Ynnari, los Renacidos. Otros rechazaron las enseñanzas de esta advenediza como arrogancia y peligrosamente extremas. Pero Yvraine siguió adelante sin que le importe nada, y partió de Biel-Tan en busca de las cinco espadas perdidas en el tiempo de Morai-Heg y formuló un plan desesperado para revertir las mareas del Caos.

Fue esta misión la que llevó a Yvraine a través de la Telaraña a la luna congelada de Klaisus en órbita del Mundo Fortaleza de Kasr Holn en el Sistema Cadia, liderando un ejército de Eldars de cada facción que una vez más reclamó el antiguo nombre de Aeldari. Salieron de la puerta de la Telaraña de la luna justo a tiempo para rescatar a la Cruzada Celestina de sus perseguidores. Alejándose de los Astartes Herejes de la Legión Negra, los Ynnari negociaron una causa común con los cruzados, acordando ayudarlos a llegar al Reino de Ultramar. Por lo tanto, cuando las Tormentas de Disformidad se hincharon y se extendieron por la galaxia, los peregrinos reunidos se apresuraron a través de la Telaraña, llevando una fina capa de esperanza entre ellos.

La invasión de Ultramar[]

En los últimos años del 41º Milenio, el reino estelar de Ultramar sufrió ataques sostenidos de innumerables enemigos. Formas amenazadoras se agitaron en el vacío intergaláctico, los tiránidos de la flota enjambre Leviatán viajando inexorablemente hacia el reino de Guilliman. El Archiarsonista de Charadon, uno de los más grandes señores de la guerra de los Orkos que ahí en la galaxia, dirigió un monstruoso ¡Waaagh! desde su dominio anárquico con la intención de invadir las defensas orientales de los Ultramarines. Sin embargo, la mayor amenaza de todos ellos era la que representaban los oscuros sirvientes del Caos.

Una gran horda de traidores, renegados, mutantes y locos cayó sobre Ultramar bajo el liderazgo del asqueroso Príncipe Demonio M'kar el Renacido. Esa invasión sumió a docenas de mundos en una sangrienta batalla, la guerra se extendió desde los mundos de Espandor y Tarentus hasta el oceánico Talassar. Sin embargo, eventualmente, después de largos meses de tristeza, derramamiento de sangre y pérdida, prevalecieron los Ultramarines. M'kar fue derrotado y sus ejércitos expulsados, perseguidos al vacío estelar más allá de los límites de Ultramar.

Entonces comenzó un período de reconstrucción y consolidación en Ultramar, mientras Marneus Calgar y su Capítulo dirigían los esfuerzos de su pueblo para apuntalar las defensas maltratadas de su reino. Fue un período de reposo y recuperación que se terminó demasiado rápidamente.

Actuando sobre las revelaciones proféticas del Hechicero Zaraphiston, Abaddon el Saqueador lanzó una nueva coalición de bandas de guerra del Caos contra las defensas de Ultramar. Aunque el mismo Saqueador estaba involucrado en la lucha en curso de la 13ª Cruzada Negra alrededor de la Puerta de Cadia recientemente destrozada, su influencia como Archicampeón y Señor de la Guerra de los Dioses Oscuros se extendió mucho. Entonces fue capaz de reunir una fuerza considerable de guerreros de la Legión Negra, Guerreros de Hierro, Amos de la Noche y una serie de otras facciones de traidores, y lanzarlos contra los mundos de Ultramar. Mientras que algunas partidas de guerra atacaron los sistemas estelares externos en un esfuerzo por inmovilizar posibles refuerzos leales, la horda traidora principal montó las corrientes tempestuosas de la Disformidad directamente hacia el Sistema Macragge. Entonces comenzó una invasión desesperada y sangrienta...

​La realidad de la guerra[]

Los Ultramarines defienden valientemente el Mundo Santuario de Laphis en el Sistema Macragge de las fuerzas invasoras del Caos

En lo alto de las Montañas Atheron del Santuario Mundo de Laphis en el Sistema Macragge, se agitaron energías sobrenaturales. Fluían en corrientes apenas perceptibles, levantando polvo y cenizas mientras atravesaban una meseta dispersa en cadáveres. Poco a poco se aceleraron, las fuerzas invisibles tiraban de las llamas que lamían los tanques de batalla principales destrozados y provocaban que el humo ondulante se convirtiera en vórtices lentos. Un puñado de guerreros vivos permaneció en esa árida cima de la montaña, los Marines Espaciales del Caos vestidos con la brutal armadura de la Legión Negra. Estaban en medio de los muertos de la batalla reciente, algunos de sus propios caídos dispersos entre los montones de Auxiliares de Defensa Ultramar. Los Traidores revisaron los dispositivos portátiles de búsqueda y levantaron Bólters con púas, moviendo sus armas mientras buscaban la fuente de la acumulación etérea. Voces ásperas ladraron desafíos a través de parrillas Vox con colmillos, mientras que los sensores barrieron el cielo azul cobalto y las enormes formas de montañas que se alzaban más allá del borde de la meseta. Todavía no se reveló ningún enemigo.

Con furia repentina, las energías del edificio rugieron, arrojando a los Astartes traidores al suelo. El creciente poder fue arrastrado hacia adentro hasta un punto apretado, y allí se fusionó en una estructura imponente. Alto y elegante, el edificio curvado brillaba a la vista como si hubiera estado en la cima de la montaña durante mil años estándar. El aire nadaba a su alrededor, y desde adentro escupió una lluvia de poder de fuego. Rugidos de ira y dolor surgieron de los Traidores cuando los discos monomoleculares atravesaron la armadura y las lentes rotas. Rociaron su sangre oscura sobre la piedra blanqueada por el sol. Las extremidades cortadas envueltas en servoarmadura negra resonaron en el suelo cuando los antiguos herejes se hicieron pedazos por la repentina tormenta de fuego.

Cuando los Marines Espaciales del Caos se tambalearon, los Ynnari y los Celestinos salieron de la entrada de la Telaraña. Yvraine y el Visarca lideraron una fuerza muy reducida; Al considerar que no era prudente aparecer repentinamente en los límites de Ultramar a la cabeza de todo una partida de guerra, muchos de sus seguidores, guiados por el Vidente Eldrad Ulthran y el Autarca Meliniel, habían partido en otras misiones cruciales. Los dos líderes Eldar restantes corrieron por la meseta con una velocidad impresionante, fortalecidos por la muerte de sus enemigos y tejiendo como bailarines alrededor de los proyectiles que rugían en su dirección. El Visarca se deslizó bajo, deslizándose bajo una ráfaga de fuego para golpear su espada a través del peto de un Traidor. Mientras tanto, Yvraine saltó ágilmente sobre una lluvia de disparos, plantó un pie sobre el Bólter del Legionario Negro y saltó sobre su cabeza. La Sacerdotisa de Ynnead barrió su espada en un arco intermitente, y el yelmo de su víctima dejó su cuello un instante antes de que su forma se desmoronara en cenizas brillantes.

Más guerreros surgieron de la nada para unirse a la carga Ynnari. Los Vengadores Dire de pies veloces y los Incubi atacaron junto a los Marines Espaciales de los Templarios Negros, dejando de lado su odio arraigado. El Gran Mariscal Marius Amalrich y la inquisidora Katarinya Greyfax salieron furiosos de la Telaraña lado a lado, las cuchillas arremetieron para derramar sangre herética una vez más. La figura alada de Santa Celestine se elevó sobre ellos, su Geminae Superia saltando a su lado con las Pistolas de Pernos encendidas. Las Hermanas de Batalla de la Orden de Nuestra Señora Mártir los siguieron a la batalla, con las armas encendidas mientras escupían fuego al enemigo traidor. Detrás de todos ellos vino el Magos Belisarius Cawl, deslizándose sobre sus muchas piernas mecánicas mientras su precioso auto-relicario avanzaba detrás de él. Skitarii y Servidores de Batalla avanzaron con él, y el suelo tembló al pisar un par de imponentes Caballeros de la Casa Taranis que subieron por la retaguardia.

Los Astartes Herejes de la Legión Negra no entraron en pánico ante este asalto repentino, como podrían haber hecho los guerreros menores. Sin embargo, sus números eran pocos y sus atacantes tenían la ventaja de la sorpresa total. Las balas bólter reactivas a la masa volaron a un puñado de Skitarii, y dos de los Incubi del Visarca fueron golpeados y asesinados a golpes cuerpo a cuerpo. Sin embargo, entre las espadas centelleantes de los celestinos y los Ynnari, que parecían moverse con mayor velocidad y habilidad por el momento, todos menos unos pocos Legionarios Negros fueron rápidamente eliminados.

El último de los traidores retrocedió en buen orden, decidido a dar a conocer lo que habían visto a sus amos. Eso no iba a suceder; ninguno escapó de la tormenta de fuego aullante cuando los Caballeros se afianzaron y dejaron fluir los cañones gatling y misiles perforantes. El fuego se hinchó, la metralla voló y los marines traidores que huyeron quedaron reducidos a jirones de sangre.

Tan rápido como había comenzado, la unilateral batalla había terminado. Los celestinos e Ynnari quedaron parados entre los muertos recién caídos con sus armas humeando en sus manos. Se dieron órdenes breves, los guerreros trotaban para establecer un perímetro erizado de armas alrededor del portal de la Telaraña. Los Eldar y los humanos habían luchado juntos, sin embargo, se mantuvieron recelosos entre sí, dejando brechas tácitas entre sus formaciones a medida que se desplegaban.

Ultramar 20.png

Ahora protegidos, los líderes de los Ynnari y los Celestinos se reunieron bajo el duro cielo azul. Se deben hacer preguntas y se deben establecer los hechos. Se descubrió que los canales de Vox Imperiales estaban llenos de intercambios recortados entre oficiales de los Marines Espaciales, regimientos de Auxiliares de Defensa de Ultramar, capitanes de naves espaciales y muchos otros. Todos estaban claramente involucrados en una feroz batalla contra las fuerzas del Caos, con nombres temibles como la Legión Negra, la Legión Alfa, los Guerreros de Hierro y los Hijos del Emperador resonando a través de los canales Vox. Las nubes de humo se elevaban de horizonte a horizonte, mientras que los cielos de arriba estaban entrecruzados con estelas. Al parecer, Ultramar era un reino sumido en una guerra desesperada por la supervivencia.

Los vientos cálidos silbaron a través de la meseta árida, llevando el lejano traqueteo de disparos y golpes de explosiones a los oídos de Katarinya Greyfax.

"Macragge está invadido", dijo con tristeza.

"Esa es una suposición incorrecta", dijo Cawl. Indicando, a continuación, que no se encontraban en Macragge La Inquisidora Katarinya Greyfax exige saber donde están, rodeando a la alta sacerdotisa xenos que estaba cerca. Yvraine se volvió hacia Greyfax con una mirada fría e imperiosa. La líder Ynnari bajó su espada con lenta deliberación, ladeó la cabeza hacia un lado como si escuchara algo que solo ella podía oír. Cuando habló, su voz era fría como la tumba, y Greyfax sintió un escalofrío ante el débil susurro de insecto que rascaba las palabras del alienígena. Yvraine comenta que no les alegraria a los Ultramarines saber que que los Aeldari mantenian un camino oculto en la superficie de uno de los planetas más preciado de los Mon-Keigh. El Gran Mariscal Almarich afirma que no. El Templario Negro había sido más sombrío que nunca desde la batalla en Klaisus. Greyfax sabía que había tomado la caída de Cadia, y la posterior alianza de los Celestinos con los Xenos, muy mal.

"El mariscal tiene razón", dijo Santa Celestine. Aludiendo que tal conocimiento les habría inquietado, aunque afirmando que les habría facilitado el camino. Nadie sabe que hacer ni como llegar a Macragge, todos miraron a Yvraine. La Hija de las Sombras hizo una demostración de mirar hacia el lejano horizonte, su Gyrinx girando alrededor del tren de su vestido, retumbando con un gruñido leonino.

Yvraine explica que el mundo en el que estan se llama Laphis en el sistema estelar de Macragge, su voz a la deriva como niebla fría. Para continuar necesitan localizar representantes de los Ultramarines presente en ese mundo.

Una de las Hermanas de la Geminae Superia de Celestine duda, pues caminan con xenos a su lado y llegaron sin invitación a su mando. "¿No les gusta dispararnos como para darnos la bienvenida?"

Yvraine pregunta si no son los agentes del Emperador lo suficientemente inteligentes como para diferenciar entre aliados y enemigos. Almarich responde con agresividad.

"Los peregrinos los convenceremos de que nuestra causa es sagrada y justa", dijo Celestine con fuerza, lanzando una mirada severa al ceñudo Mariscal. "Y que nuestra alianza es honesta. Pero no de pie aquí y discutiendo. Debemos movernos de inmediato, porque la oscuridad se acerca y el tiempo se acorta".

A través de las llamas[]

A instancias de Santa Celestine, las fuerzas de la Cruzada y sus aliados Ynnari se alejaron a través de las montañas de Atheron. Los eventos se estaban moviendo rápidamente ahora, acelerando como un río en marea de inundación completa, y los peregrinos no tenían el lujo del tiempo. Cadia había caído, pero peor, a juzgar por la ferocidad con la que había perseguido a sus enemigos destrozados y su conocimiento de su destino previsto, Abaddon el Saqueador sabía la naturaleza de su misión.

Desde las alturas de la meseta, un camino ancho y lleno de tierra conducía por la ladera de la montaña. Suficientemente ancho para que varios Baneblades pasen uno al lado del otro, la carretera se inclinaba constantemente hacia abajo entre los picos más altos de las montañas, y toda su longitud estaba revestida con antiguos soportes de piedra. Encima de estas se alzaban sombrías estatuas de figuras vestidas con las características inconfundiblemente grandes de los Marines Espaciales. Los braseros encendidos en las manos de las estatuas arrastraban serpentinas de incienso, y los aliados vieron montones de ofrendas devocionales y papeles de oración amontonados a los pies de las efigies.

Mientras viajaban, los Celestinos e Ynnari tenían sus armas listas y sus ojos fijos en el horizonte. Ocasionalmente se abrieron paso entre tanques destrozados y cadáveres dispersos, tanto de Auxiliares de Defensa como de Cultistas del Caos traidores. Los cuerpos parecían haber caído en cuestión de horas estándar antes, su sangre aún se congelaba a su alrededor y los insectos locales apenas comenzaban a asentarse, pero los peregrinos no vieron señales de seres vivos a lo largo de su camino, ya sea amigo o enemigo.

El Archimagos Cawl aseguró a sus camaradas que viajaban en una dirección favorable, su camino los llevaba hacia un gran centro urbano y, si sus interceptores Vox y las cargas de cartografía local eran precisas, la fortificación Ultramarine que lo vigilaba. Los extraordinarios aliados hablaron poco mientras avanzaban. En cambio, escucharon el suspiro del viento a través de los lugares altos, el crujido de sus pisadas en la tierra seca y el lejano sonido de la batalla que les llegaba a través del aire de la montaña.

Esos sonidos se hicieron repentinamente más fuertes a medida que la carretera giraba alrededor del imponente flanco de una montaña quemada por el sol. Más adelante, a menos de una milla de distancia, un bastión de ferrocemento se cernía sobre la carretera, construido en la ladera de la montaña. La estilizada U de los Ultramarines estaba grabada con orgullo en el flanco de la estructura, y las matrices gemelas de cañones Icarus giraban de un lado a otro sobre su almena, con los barriles golpeando mientras abrían fuego hacia el cielo.

El aluvión de disparos estaba dirigido a una cría de Dragñon Infernal, un Ingenio Demoníaco. Las máquinas de guerra draconianas se lanzaron y cayeron en círculos, sumergiéndose para derramar llamas sobre las murallas del bastión antes de volar nuevamente con escalofríos rugientes.

Uno de los Dragones Infernales se separó en dirección a los peregrinos. El mariscal Amalrich fue el primero en reaccionar, gritando a todos que se extendieran y corrieran hacia la cubierta del bastión imperial.

Los Caballeros de la Casa Taranis los alcanzaron rápidamente a todos, sus pilotos Nobles impulsaron a sus corceles mecánicos a correr. Los enormes motores de guerra sacudieron el suelo a medida que avanzaban, las armas giraban hacia el cielo con una amenaza ominosa. Uno de los Caballeros portaba un conjunto de cañones automáticos Icarus sobre su amplio caparazón, y cuando el Dragón Infernal se abalanzó a su alcance, la imponente construcción mecánica dejó de volar. Los cañones Gatling y las ametralladoras pesadas se unieron a los cañones automaticos, llenando el aire con una tormenta de proyectiles que arrancó el ala del ingenio Demoníaco que se aproximaba y lo envió girando hacia abajo para detonar contra la ladera de la montaña. Otro de los rugientes Dragones Infernales fue volando mientras se inclinaba para atacar a los peregrinos, mientras que el tercero interrumpió su ataque y se alejó por el duro cielo azul, disminuyendo hasta que no fue más que una mota.

Los Caballeros se detuvieron, descansaron las armas mientras se enfriaban, y el resto de los peregrinos los alcanzaron rápidamente. Momentos después, el portal blindado colocado en los pies del bastión siseó cuando sus cerraduras de presión se soltaron. La pesada puerta se abrió y apareció un trío de hermanos de batalla Ultramarines, con los bolters levantados. Los Marines Espaciales avanzaron, avanzando cuidadosamente hacia adelante con sus armas enfocadas en los Ynnari.

Con la voz amplificada por su Vox, uno de ellos ladró un desafío a los recién llegados, preguntando quiénes eran, de dónde provenían y por qué viajaban en compañía de xenos.

La conversación que siguió fue tensa, pero la disciplina medida prevaleció. Quizás si los aliados hubieran llegado a un mundo de un Capítulo menos racional o templado, las cosas podrían haberse intensificado hacia la violencia.

Para los Ultramarines, la presencia combinada de una Inquisidor y de la Santa Viviente, aunque pareciera poco cordial entre sí, fue suficiente para compensar la presencia de los Eldar a su lado. Santa Celestine explicó que su misión era una peregrinación divina ordenada por el Emperador mismo, y que el Archimagos Cawl y su autorelicario deben llegar al Señor de Ultramar con toda prisa.

La Santa Viviente sonrió en un gesto completamente inesperado cuando los Ultramarines revelaron que un vuelo de Stormravens estaba ahora en camino a su bastión. Se había pedido a las cañoneras que proporcionaran interdicción aérea contra los grupos de hostigamiento de Dragones Infernales en esta región. Sin embargo, podrían usarse las dos cañoneras para transportar a los líderes de los Ynnari y Celestinos al Crucero de asalto Espada de Honor, que a su vez podría llevarlos a Macragge. Los Ultramarines explicaron que el Señor de Ultramar había regresado a la Fortaleza de Hera solo unos días antes. Verían a Cawl y sus aliados allí a salvo.

Mientras esperaban las cañoneras entrantes, los peregrinos dividieron sus fuerzas. Todos los Ynnari, excepto Yvraine y el Visarca, regresarían al portal de la Telaraña, saliendo de este mundo para difundir la noticia del despertar de Ynnead entre su gente.

Como gesto de buena voluntad hacia sus anfitriones, Celestina pidió a las Hermanas de Batalla de Nuestra Señora Mártir que permanecieran en Laphis. Junto con los Caballeros de la Casa Taranis, se pondrían a disposición de los Ultramarines y ayudarían en la defensa en curso del planeta.

Así que, cuando las Stormravens ardieron con fuerza en órbita solo unos minutos más tarde, llevaron una compañía muy reducida hasta el Crucero de asalto. De los celestinos llegaron Greyfax, el mariscal Amalrich y un puñado de templarios negros, Celestine y su Geminae Superia, y Cawl, acompañados por Servidores Kataphron y Skitarii.

Las cañoneras atracaron en su buque de guerra principal y, una vez que se les presentó formalmente al capitán del crucero, los aliados fueron conducidos a cuartos de confinamiento bajo una fuerte guardia. El Eldar se erizó ante este tratamiento, al igual que el Mariscal Amalrich y sus Astartes, pero Santa Celestina pacificó a sus camaradas una vez más con firmes palabras de fe y aceptación.

Así comenzó un viaje sombrío y frustrante, atravesado en un conjunto espartano de cámaras y pasillos de acero cepillado, vigilado constantemente por silenciosos ilotas de Capítulo armados con pesadas escopetas navales.

Las horas estándar se convirtieron lentamente en días estándar. El omnipresente estruendo de los motores de la nave, y la lenta agitación de la gravedad artificial y el aire reciclado, se convirtieron en simples hechos de la existencia. El Visarca entrenó sin cesar, incluso se dignó a entrenar con el Mariscal Amalrich. La inquisidora Greyfax, mientras tanto, con la ayuda del Archimagos, fue purgada de los escarabajos necrones que habían forzado su cautiverio. Este proceso se llevó a cabo durante varios días estándar y sacudió a la Inquisidora con terribles agonías mientras los ciberparásitos invasores se filtraban de su torrente sanguíneo.

A pesar del dolor que soportó, la determinación de Greyfax nunca flaqueó, ni mostró ningún signo externo de dolor, excepto el más leve. En cambio, se concentró en vigilar a Santa Celestina. En privado, Greyfax comenzaba a sospechar que la aparente divinidad de Celestina no era más que una farsa. Había visto la batalla de la Santa Viviente contra los archiheréticos y los traidores retorcidos; ella la había visto predecir eventos sobre los cuales no podría haber sabido de antemano; ella había visto cómo la luz de la fe de Celestine repelía a los malvados y traía nuevas fuerzas a los justos.

Sin embargo, Greyfax era una Inquisidora del Ordo Hereticus, una Buscadora de Brujas cuyo primer deber era dudar y sospechar de todo lo que parecía justo en caso de que ocultara la iniquidad en su corazón. En la larga experiencia de Greyfax, los verdaderos milagros eran pocos y distantes entre sí, y lo que parecía un regalo del Emperador era, la mayoría de las veces, una tentación manchada por los Dioses del Caos. Por lo tanto, incluso cuando las semillas de la esperanza de que Celestine podría no estar corrupta crecieron en su corazón, e incluso a través de sus propias agonías, Katarinya Greyfax vigilaba a la Santa Viviente, alerta por el menor indicio de duplicidad.

El asedio de Hera[]

Los Ultramarines durante el asedio de Hera

Por fin, después de días estándar de tránsito en el espacio real, la Espada de Honor alcanzó la orbita de Macragge. Los celestinos y sus aliados fueron apresurados a través de los corredores de la nave espacial bajo una escolta armada. El Crucero de asalto se sacudió a su alrededor, el inconfundible estremecimiento de las baterías de las armas se descargó y los Escudos de Vacío absorbieron monumentales impactos cinéticos. Cuando abordaron sus cañoneras Stormraven una vez más, los peregrinos vieron a través de los brillantes Escudos de Vacío de la cubierta de embarque que su nave estaba bajo un fuerte ataque. Los pilotos de los Stormraven informaron que una considerable armada del Caos estaba ahora atacando a la Flota de Defensa Ultramar sobre Macragge, los pesados ​​acorazados y las veloces escoltas de las dos facciones llenando el vacío con haces de lanzas y torpedos. El ataque del Caos se centró principalmente en la Fortaleza de Hera, la fortificación titánica que cubre gran parte de Magna Macragge Civitas, capital del planeta del Capítulo de los Ultramarines. De todos modos, los pilotos de la cañonera prometieron bajar sus cargas de manera segura y entregarlas a su audiencia con el Señor de Ultramar. Marneus Calgar había sido alertado de su llegada a través de un comunicado Vox fuertemente encriptado, y esperaba con interés su llegada. Este último comentario fue entregado en un tono plano que sugería que tal vez el Señor de Ultramar sintió que tenía asuntos más urgentes que atender que su misteriosa y santa misión.

Los Stormravens despegaron con un grito de sus poderosos propulsores. Con sus pasajeros amarrados y el auto-relicario de Cawl firmemente asegurado, las bellas naves de combate dispararon sus reactores y salieron disparados al vacío del espacio iluminado por el fuego. Macragge giró lentamente debajo de ellos, una vasta esfera de azul, blanco, verde y gris. Más cerca, el alboroto iluminaba la oscuridad. Las lanzas apuñalaron y chamuscaron. Naufragios rotos de naves de guerra cayeron por el vacío, trozos de metal y glóbulos de líquido se extendieron lentamente lejos de sus cuerpos en llamas. Las alas enteras de los Interceptores Stormhawk se precipitaron a través de tormentas de fuego antiaéreo para ejecutar audaces andanadas de ametralladora sobre los pesados ​​Cruceros del Caos.

Por lo que pudieron distinguir los peregrinos, parecía que Abaddon y su Legión Negra estaban atacando a Macragge en cantidades significativas. Tampoco estaban solos. Naves espaciales con los íconos de los Guerreros de Hierro, los Amos de la Noche y muchos más a través de la penumbra sobre el planeta. Brillantes motas llovían desde sus flancos, y naves de ataque blindadas que se arqueaban en trayectorias de invasión.

Acompañados por un escuadrón de escolta de Stormhawks, las naves de combate Ultramarines voltearon sus morros hacia abajo y se sumergieron en la locura de la batalla. Golpearon la atmósfera superior de Macragge viajando a velocidades inmensas, y las llamas se extendieron por sus cascos mientras se estremecían y temblaban con la violencia de la reentrada.

Mirando a través de emisores de imágenes externos, los celestinos e Ynnari vieron cómo las llamas se apagaban. Fueron reemplazados por una vertiginosa vista de imponentes montañas que crecieron rápidamente a medida que los Stormravens se precipitaban hacia abajo. En medio de los picos de las montañas se extendía un inmenso paisaje urbano fortificado, iluminado de punta a punta por el estallido de las baterías antiaéreas y los silos de misiles que arrojaban su ira al cielo. Los Dragones Infernales pululaban por encima de la Fortaleza de Hera, moviendose a gran velocidad entre estatuas imponentes y edificios monolíticos para atacar a los defensores o arrojar toneladas de municion sobre objetivos terrestres. Las explosiones derribaron los templos con columnas en todo Magna Macragge Civitas, mientras que el fulminante fuego de respuesta de los Ultramarines vio a docenas de Cápsula de Desembarco Dreadclaw explotar con cada pase suicida que hicieron. Incluso cuando cayeron, los herejes se dirigieron hacia las defensas de los Ultramarines, derribando torres de armas y masacrando a guerreros.

Las Stormravens se apresuraron hacia abajo, acercandose a las inmensas fortificaciones que dominaban el corazón de la ciudad. Las alas se apretaron a sus cuerpos metálicos, una manada de Dragones Infernales cayó detrás de ellos, y los Stormhawks de escolta se separaron para interceptarlos mientras las bestias metálicas intentaban agarrarse a las naves de combate.

Rodeados por tormentas de fuego de los cañones y caídas de cometas de metal y llamas, los Stormravens siguieron hacia adelante. Se lanzaron de cabeza a través de la cortina de fuego antiaéreo de sus camaradas, solo los reflejos sobrehumanos y la habilidad de los pilotos ultramarines impidieron que su nave fuera destrozada por las innumerables amenazas a través de las cuales volaron. Los peregrinos se aferraron a sus correas de sujeción para salvar su vida, ya que fueron sacudidos violentamente de un lado a otro mientras las naves de combate se dirigían al perímetro aéreo de la Fortaleza de Hera. Luego, finalmente, las naves de combate desaceleraron, alzando el morro y arqueándose con gracia en un hangar blindado ubicado en los flancos del edificio. Por fin, los celestinos y los Ynnari habían llegado a su destino.

Los peregrinos salieron de sus cañoneras chamuscadas y maltratadas en uno de los muchos hangares de embarque de la fortaleza. Se encontraron rodeados de urgentes ajetreos por todos lados. Alrededor de la entrada del hangar, los Siervos del Capítulo tripulaban cañones antiaéreos que giraban dentro de jaulas giroscópicas mientras perseguían a sus objetivos por los cielos. Los voluminosos servidores se movían de un lado a otro, transportando carros de municiones para mantener alimentadas las armas. Más atrás, en el hangar, las naves de combate Stormtalon y Stormraven estaban se estaban reabasteciendo de combustible, volviendo a armar y recibiendo rápidos bautismos binarios bajo la dirección de los Tecnomarines. Servo brazos se quejaron. Los braseros de soldadura chispearon y estallaron. El sonido de los cañones de remaches zumbó y golpeó a través de la cámara cavernosa sobre las voces cortadas de Auxiliares de Defensa y siervos con túnicas. Cientos de hombres y mujeres se ocupaban de sus asuntos dentro del hangar, con cara sombría y decidida, y esto no era más que una cámara dentro de una fortaleza del tamaño de una ciudad.

A través del ajetreo militar, marchó una banda de Servidores del Capítulo, liderados por un solo Hermano de batalla Ultramarine. El yelmo del guerrero era blanco y dorado, y su armadura tenía numerosos papeles de juramento y marcas de honor. Los ilotas que lo siguieron tenían rifles automáticos dorados y expresiones severas: los uniformes de varios hombres estaban salpicados de lo que parecía sangre fresca, y estaba claro para todos que estos soldados habían venido directamente de la defensa de los muros de la fortaleza.

Al anunciarse a sí mismo como el sargento veterano Cassean, el ultramarine dio la bienvenida a los celestinos a la fortaleza de Hera. Se tomó un momento para asentir respetuosamente al Gran Mariscal Amalrich y sus hermanos de batalla, luego solicitó que Cawl y sus compañeros lo siguieran. Cassean se volvió rápidamente sin esperar una respuesta y se alejó por el suelo del hangar. Con pocas opciones, los inquietos aliados siguieron al brusco sargento mientras ascendía por una larga rampa de granito y los condujo a los pasillos de la fortaleza de los Ultramarines. Avanzaron a paso rápido, a través de grandes cámaras de estatuas de mármol y ornamentación dorada, a través de pasarelas con barandas colgadas con magníficos estandartes de los Ultramarines, y a través de patios con escudos de vacío donde los Hermanos de Batalla arrojaban fuego de sus bolters desde los escalones de arriba. El estruendo de la batalla nunca estuvo lejos. Estruendosas Explosiones sacudían las paredes a su alrededor de vez en cuando, haciendo que el polvo cayera como la nieve y parpadearan las luces de emergencia.

Abriendo camino a través de un puente aéreo protegido por vidrio templado, los peregrinos pudieron ver por primera vez la fortaleza propiamente dicha. Las enormes fortificaciones se extendian en todas las direcciones, sus armas arrojaron fuego al cielo y escupieron la muerte a los enemigos que se reunieron fuera de los muros o aterrizaron en los terrenos de la fortaleza. Los peregrinos vieron a los Exterminadores Ultramarines caminando sin descanso a lo largo de almenas blindadas, haciendo retroceder a los traidores que llevaban retrorreactores con tormentas de fuego. Vieron escuadrones de tanques antiaéreos levantados en medio de jardines ornamentales, lanzando misiles hacia el cielo para hacer estallar las Dreadclaw en el aire. A lo lejos, un monstruoso Titán traidor fue enmarcado por la brecha que había abierto en el muro exterior de la fortaleza. Las armas del gran motor de guerra ardían como estrellas envenenadas, y sus Escudos de Vacío parpadearon y estallaron cuando el fenomenal poder de fuego de los Ultramarines lo golpeó.

Apresurados por el sargento Cassean, los celestinos e Ynnari subieron una escalera de mármol y acero cepillado forrada de estatuas, pasando junto a un escuadrón de ultramarines con cicatrices de batalla que corrían hacia el otro lado. En la cabecera de la escalera, el grupo emergió en una amplia cámara circular con un piso adornado con frescos, y paredes y techo de transpariacero con escudos de vacío. Un enorme banco de consolas adornadas y holomapas dominaba el centro de la cámara, los Servidores se conectaban a sus tronos insertados y charlaban en código binario de un lado a otro. Docenas de funcionarios con túnicas, servidores, siervos capitulares y estrategas hablaron animadamente mientras se apresuraban alrededor del holólito central, que proyectaba un mapa en tiempo real de todo el complejo en el aire. Las runas y los sigiloslo atravesaron con tanta profusión que la Fortaleza de Hera parecía estar atrapada en un ciclón de datos.

De pie ante la pantalla, se erguía Marneus Calgar. La inquisidora Greyfax se inclinó profundamente, al igual que Celestine y su Geminae Superia. Solo Cawl y los Ynnari permanecieron de pie, impasibles a pesar de la seriedad del momento. Detrás de ellos, el auto-relicario de Cawl siseó y zumbó, su misterioso contenido aún velado por gruesas placas de armadura.

Con voz clara, Cassean anunció a los peregrinos uno por uno. Cuando el sargento terminó de hablar y dio un paso atrás, cayó un silencio expectante. Las explosiones florecieron en el cielo de afuera. Las naves de combate y los Dragones Infernales pasaron a gran velocidad, el estruendo de sus armas silenciado por el grueso aislamiento del estrado. La enorme consola del Strategium continuó sonando y zumbando con información fluida. Finalmente, Calgar dijo que no tenía idea de quién podría ser Belisarius Cawl, ni había hecho ningún tipo de pacto con ningún sacerdote de Marte. En la cara de Santa Celestina apareció una mirada de tranquila revelación, pero el resto de los celestinos volvieron sus expresiones horrorizadas al Archimagos. Sin embargo, las siguientes palabras de Cawl causaron aún más consternación, porque declaró rotundamente que no había venido a ver a Marneus Calgar. Cawl había viajado a través de la galaxia para asistir al Verdadero Señor de Ultramar, y ahora exigía que lo llevaran de inmediato. El auto-relicario, dijo, debe ser entregado al Santuario de Roboute Guilliman.

La protesta que siguió a la demanda de Cawl fue inmediata e intensa. La expresión de Marneus Calgar se volvió atronadora cuando sus asesores y los Siervos del Capítulo gritaron en estado de shock. Las plumas automáticas rascaban un escrito loco sobre resmas de pergamino mientras los escribas con capucha registraban frenéticamente cada detalle de este dramático momento. Los peregrinos exclamaron con enojo y confusión, Greyfax se volvió hacia Cawl y se enfrentó al Magos mientras gritaba una demanda de explicación inmediata. Solo los Ynnari no parecían sorprendidos por este desarrollo. Parecían disfrutarlo.

En medio del tumulto de voces, la voz del primer capitán Agemman se elevó amplificada por Vox. El Primer Capitán de los Ultramarines emitió una demanda de calma, instando a los que lo rodeaban a recordar dónde estaban parados y la conducta que se esperaba de ellos. Cuando se restableció el silencio, Agemman se volvió hacia Calgar y le dijo sin dudarlo que no confiaba en estos recién llegados, ni en el misterioso dispositivo que trajeron con ellos. El Primer Capitán aconsejó que, con un peligro tan inmediato y una batalla furiosa por ganar, solo había una solución viable en este momento. Los peregrinos deben ser encerrados y su misterioso paquete encerrado en una bóveda de estasis hasta que su contenido pueda ser examinado de manera segura. En cuanto a los xenos, Agemman aconsejó que sean destruidos rápidamente para que no representen una amenaza para la seguridad del Señor de Capítulo o la Fortaleza de Hera.

Santa Celestine habló entonces, intentando explicar la naturaleza divina de su misión y las revelaciones que había recibido del Emperador. Se encontró mirando las bocas de varios Bólters de la Guardia de Honor, sin mencionar al Bólter Condemnor de la Inquisidora Greyfax, cuyas sospechas puritanas habían sido disparadas nuevamente, una clara indicación de que ahora era el momento para que los gobernantes de Ultramar hablaran, y no sus visitantes.

Todos los ojos se posaron en Calgar mientras miraba al Bibliotecario Jefe Tigurius en busca de más consejos. Aunque ni siquiera los vigilantes guerreros de la Guardia de Honor lo vieron, en ese momento tanto Yvraine como el Visarca se tensaron en preparación para la batalla, contracciones musculares sutiles y alteraciones minúsculas en la postura, dejando a los Ynnari preparados para luchar si las cosas se volvieran en su contra.

El Bibliotecario permaneció en silencio durante varios latidos, con sus rasgos contemplativos. Cuando habló, la voz de Tigurius era profunda y resonante, rica en poder y sabiduría. Le recordó a su Señor del Capitulo que había experimentado visiones inquietantes en los días previos al ataque contra Macragge. Tigurius había visto pájaros de hierro volar desde un orbe carmesí distante lleno de engranajes agitados. En las visiones, esas formas aviares se habían disparado a través del fuego y las sombras que se derramaban desde una puerta de castillo rota de gran tamaño. Habían agarrado una espada ardiente en sus garras dentadas, y sus alas habían brillado con luz sagrada mientras volaban hacia Ultramar. A través de la entrada rota había sido visible un ojo que miraba fijamente y con las pupilas rajadas, y cuando los pájaros se acercaban a Macragge, una fauces gigantes llenas de colmillos ensangrentados se habían abierto a su alrededor, listos para morder con fuerza aplastante.

El Bibliotecario Jefe había creído que sus visiones se referían a la caída de Cadia y al posterior ataque de la Legión Negra sobre Ultramar. Ciertamente, habían estimulado la preparación de las defensas de la fortaleza y el envío de comunicados astrópaticos que habían llevado a la Flota de Defensa Ultramar de regreso al planeta del Capítulo en el momento crítico.

Ahora, sin embargo, Tigurius declina a estos viajeros. El bibliotecario jefe dijo que estaba dispuesto a responder por su presencia, incluso la de los misteriosos Eldar, y que creía que su llegada sería la voluntad del Emperador manifestada.

Silenciosos susurros corrieron a través del estrado ante este pronunciamiento, y Calgar asintió solemnemente. Sin más comentarios, el Señor de Capítulo ordenó a los celestinos hablar y explicar su presencia con sus propias palabras. Entre ellos, la inquisidora Greyfax, el mariscal Amalrich y Santa Celestine hicieron lo que se les pidió, contando la sangrienta historia de la caída de Cadia y su posterior viaje. Incluso Yvraine de los Ynnari se dignó a hablar un poco, proporcionando algunos detalles escasos que explicaron de alguna manera la presencia de los extraterrestres en el grupo. El único que se negó a divulgar más información fue Belisarius Cawl; a pesar de las repetidas preguntas de Marneus Calgar, el Archimagos no dio más detalles sobre lo que contenía su auto-relicario, o lo que esperaba que ocurriera dentro del santuario.

Mientras los peregrinos hablaban, la guerra continuó. La información continuó fluyendo sobre despliegues de tropas, patrones de ataque y contraataque, sitios de caída de enemigos, recuentos de municiones y un sinfín de artículos de inteligencia estratégica. Marneus Calgar los absorbió todos incluso mientras escuchaba a los peregrinos, emitiendo órdenes breves cuando era necesario y manteniendo un ojo siempre fijo en el holomapa siempre cambiante que colgaba sobre sus cabezas. El Señor del Capítulo deseaba comprender a estos extraños visitantes y el supuesto pacto al que servían, pero no descuidaría la defensa de su fortaleza mientras lo hacía.

Finalmente, Greyfax concluyó su historia, y agregó que estaba facultada para actuar como representante del Emperador en este asunto, y que con mucho gusto se haría responsable de la ejecución sumaria de Cawl en caso de que demostrara ser falso. Calgar levantó una mano para evitar más comentarios, tanto de los peregrinos como del fruncido capitán Agemman. Luego, con voz sombría, Calgar pronunció su veredicto.

El Señor de Capítulo permitiría a los celestinos llevar su auto-relicario al Santuario de Guilliman, aunque lo harían bajo la fuerte guardia de los Ultramarines. Calgar dijo que si bien entendió y dio la bienvenida al consejo prudente de Agemman, vivían en días inusuales. Los adoradores del Caos habían pisado el lecho de roca de Macragge una vez más, mientras que la disformidad se agitaba con locura a su alrededor. Calgar juzgó que el enemigo había sido ayudado en gran medida por los seres sobrenaturales que adoraban en este esfuerzo desesperado. No le daría la espalda a los poderes precognitivos de su propio bibliotecario jefe, ni a la sabiduría de la Santa en Vida, en un momento como este, incluso si le hubieran dado muy pocas razones para confiar en el Archimagos.

Si Agemman hubiera sido un Lobo Espacial de mal genio o un Mano de Hierro implacablemente lógico, podría haber impugnado tal decisión. En cambio, aceptó el juicio de su señor con estoicismo. Belisarius Cawl fue a hablar, pero Calgar se lo impidió. El Señor de Capítulo dio su permiso para que los Ynnari acompañaran a sus aliados, porque le parecía claro que estaban ocurriendo grandes eventos que llevaban la mano del Emperador sobre ellos. La presencia de los Ynnari podía no ser accidental, y cualquiera que fuese la voluntad del Emperador en este asunto, Marneus Calgar no sería el que lo contravendría.

Sin perder tiempo, el Señor de Macragge emitió sus órdenes. Le encargó a Agemman que permaneciera en el Estrategium, tomando el mando personal de la defensa de la Fortaleza de Hera. Tigurius y Voldus acompañarían a los peregrinos al Santuario de Guilliman, al igual que un complemento fuertemente armado de la Guardia de Honor, los Hermanos de Batalla de la 3ª Compañía y los Exterminadores de la 1ª Compañía. Si los celestinos o los xenos fueran traicioneros, no se quedarían sin verdugos.

Celestine pronunció palabras de agradecimiento a Marneus Calgar, alabando su sagacidad. En comparación, las facciones de Yvraine eran inescrutables, mientras que Cawl simplemente parecía impaciente, como si estuviera irritado por tales pequeñas disputas y por estar interesado en su trabajo. Cuando los peregrinos partieron una vez más, la Inquisidora Greyfax y el Gran Mariscal Amalrich intercambiaron una mirada cargada, antes de moverse para posicionarse en la parte trasera de la procesión abigarrada con armas listas. Los Ultramarines no serían los únicos en dispararle a Cawl y su cuestionable elección de aliados si sus intenciones resultaran falsas.

Afuera, la batalla continuó mientras el sol de Macragge se sumergía lentamente detrás de las Montañas Corona. El fuego iluminó el crepúsculo mientras ola tras ola de herejes caían del firmamento. Mientras los peregrinos y sus guardias armados se dirigían al Santuario de Guilliman, los Traidores redoblaron sus esfuerzos, el resultado de la batalla pendía de un hilo.

Revelación y renacimiento[]

El Santuario del Primarca, que alberga el cuerpo de Roboute Guilliman en estasis, ubicado dentro del Templo de la Corrección.

Entrar en el lugar de descanso de Roboute Guilliman fue como entrar en la triste vida de un guerrero. La cámara en sí era enorme, un sepulcro abovedado a través del cual un Titán de Batalla de clase Warlord podría haber caminado sin obstáculos. Columnas de mármol sostenían en lo alto un techo de vidrio templado teñido y obsidiana con incrustaciones de plata lunar. Las mejores obras de Guilliman fueron representadas en espectaculares frisos y estatuas, dispuestas alrededor de la cámara e iluminadas ingeniosamente por parpadeos luminiscentes para prestar a las imágenes la mayor gravedad posible. Enormes braseros de incienso devocional ardían por todo el santuario, saturando el aire con sutiles aromas, mientras que las aclamaciones de los querubines arrojaban un murmullo constante de arias marciales y oraciones reverenciales.

A pesar de la grandeza del santuario, los ojos de los peregrinos fueron atraídos hacia la espléndida figura entronizada dentro de un halo de luz blanca y clara en un extremo de la cámara. Allí, sobre un trono de mármol, oro y adamantium finamente trabajado, se sentaba Roboute Guilliman. Las maquinarias esotéricas se cernían sobre el trono del Primarca, vibrando y susurrando mientras alimentaban enormes energías a través de cables acanalados para envolverlo en un campo de estasis ondulante. Guilliman estaba sentado como en reposo, con los ojos cerrados y su sangre brillando como una joya en un delicado collar alrededor de su garganta. Guilliman llevaba su servoarmadura finamente elaborada, aún estropeada por el daño que había sufrido durante su duelo final con el Primarca Demonio Fulgrim. Sobre sus rodillas se colocó una gran espada de tamaño prodigioso, la "Espada del Emperador", una vez manejada por la mano del Maestro de la Humanidad. Aunque el Primarca se sentó pacíficamente sobre su trono, la fuerza de su presencia era palpable.

Los peregrinos se acercaron al trono en reverente silencio, su escolta Ultramarine marchando junto a ellos y el auto-relicario de Cawl en su parte trasera. El grupo se detuvo cerca del pie de los escalones que conducían al Primarca, donde innumerables Ultramarines se habían arrodillado en comunión durante milenios. Marneus Calgar se adelantó para pararse en la base de los escalones, inclinando la cabeza reverentemente ante su Primarca por un momento antes de volverse hacia los peregrinos reunidos. Los sonidos de la furiosa batalla aún eran audibles, incluso en este lugar sagrado, amortiguado y distante pero ineludible.

Calgar respiró hondo y luego pidió una vez más que Belisarius Cawl declarara sus asuntos aquí. El Señor de Capítulo había complacido a sus visitantes hasta el momento, pero con una batalla desesperada que se libraba fuera de los muros de su fortaleza, no podía ofrecerles más tiempo o paciencia.

El Archimagos Cawl inclinó la cabeza y contó una historia increíble. Cawl explicó que, en los años antes de que Guilliman fuera herido de muerte, el Primarca lo había convocado a su confianza. Los memengramas de Cawl de esa reunión estaban erosionados e incompletos, pero creía que Guilliman había visto en él el potencial de grandes cosas. Roboute Guilliman había alabado al tecnosacerdote por su gran trabajo, uno por el cual sería ampliamente recompensado con información que solo un Primarca podría proporcionar. Cawl declaró que no estaba en libertad de revelar la naturaleza de su tarea, evitando la enojada respuesta de Calgar al explicar que su trabajo se había dividido en dos partes distintas, y que estaba aquí para cumplir con la primera de ellas. Trajo una nueva y magnífica armadura adecuada para el Primarca de los Ultramarines, uno cuyos sistemas auxiliares poseían el poder de curar las graves heridas de Guilliman. El silencio aturdido reinó ante este anuncio. Para traer de vuelta a un Primarca vivo y que respira, para restaurar a uno de los mejores hijos del Emperador al Imperio en su hora de necesidad; tal noción llenó a los guerreros imperiales de asombro.

Yvraine habló, explicando su presencia en este momento seminal. Ella era la Emisaria de Ynnead, el Dios Eldar de los Muertos, y sus poderes serían vitales para la restauración de Guilliman. Leyendo la perplejidad en las caras de su audiencia, Yvraine explicó con gran impaciencia que tal milagro no podría realizarse sin sacrificio. Cawl había trabajado mucho para cumplir la solicitud del Primarca, pero sin la ayuda de Ynnead, los frutos de esa labor no serían suficientes. Para que Roboute Guilliman viva una vez más, primero debe morir.

Donde las palabras de Cawl se habían encontrado con un silencio conmocionado, Yvraine levantó una tormenta. Calgar exclamó su furia ante tal noción, prometiendo que ninguna bruja xenos jamás le pondría la mano encima al Primarca mientras el respirara. El Gran Maestro Aldrik Voldus se movió para pararse junto a Calgar, con expresión sombría, y Greyfax y el Mariscal Amalrich siguieron su ejemplo. Los Ultramarines circundantes levantaron sus armas, apuntándolos a Cawl, la Ynnari e incluso la forma descomunal del auto-relicario en sí. Solo esperaban la orden de su amo de abrir fuego.

Sin embargo, otros alzaron sus voces en apoyo de esta aparente locura. Cawl soltó en voz alta que estaba obligado por los términos de su pacto con Guilliman, y que debía completarlo. Santa Celestine también habló, implorando a los que la rodeaban que tuvieran fe, y afirmando que esta era, de hecho, la voluntad del Emperador. El más inesperado de los defensores fue el Bibliotecario Jefe Tigurius, quien se acercó para pararse junto a Cawl. Tigurius habló con una voz tranquila que cortó el clamor, pidiéndole a Calgar que confiara en su consejo y diciendo una vez más que había visto indicios de este futuro en sus visiones. Era una escena de ira y confusión, pero estaba a punto de empeorar.

Santidad destrozada[]

Archimagos Belisarius Cawl revela el contenido de su auto-relicario, la Armadura del Destino, que puede restaurar la vida del Primarca Roboute Guilliman, herido de muerte

Entre la tormenta de voces furiosas y armas blandidas, el Vox de Marneus Calgar sonó con insistencia en su oído. Enojado, el Señor del Capítulo aceptó la prioridad, pero sus palabras de reprimenda murieron en sus labios. La voz de Calgar retumbó por la conmoción, su grito de advertencia llegó una fracción de segundo antes de que el vidrio templado manchado del techo del santuario explotara hacia adentro.

Cristales rotos llenaron el aire, fragmentos del tamaño de los Escudos Tormenta se incrustaron en paredes, suelos y cuerpos blindados. Una enorme forma se estrelló contra el santuario, una masa de metal azul que se desplomaba en picado viajando a la velocidad de un tren magnético desbocado. Bajando en un ángulo oblicuo, una Thunderhawk ultramarine se estrelló contra el suelo del santuario y se deslizó fuera de control. La nave sufrió graves daños, las llamas brotaban de las brechas en su casco, y con un ala arrancada. Se movió desboada por el suelo del santuario, lejos de los peregrinos y sus guardias Ultramarines, atravesando una columna de mármol y derribándola en una atronadora avalancha de piedras preciosas. La Thunderhawk se estrelló contra la pared del fondo del santuario, derribando una estatua de Guilliman luchando contra Alpharius, antes de aparecer de lado con un sonido ensordecedor.

Incluso cuando el vehículo accidentado se estaba deteniendo, su rampa de asalto se abrió con un chillido de metal roto. Derramando desde adentro a los los Marines Espaciales del Caos vestidos con una armadura retorcida de negro y oro, retroreactores con púas fundidos en sus espaldas y gritos de guerra ensordecedores que resonaban en sus Vox.

Los Ultramarines respondieron con instantánea eficiencia, Bolters y Cañones de Asalto rugiendo a la vida. Una lluvia de disparos atravesó a las Rapaxes de la Legión Negra, brotando sangre de sus formas aviares mientras se sacudían y bailaban en medio del tiroteo. Aún así, los Ultramarines no fueron lo suficientemente rápidos como para evitar una catástrofe. Gritando su desafío, un trío de Rapaxes atravesó la lluvia de fuego para golpear los íconos con púas en el suelo del templo. Altas lanzas de adamantium y hierro, los íconos estaban adornados con trofeos macabros y ungidos con sangre demoníaca. Las energías empíricas giraban a su alrededor, y la realidad se desgarraba con el calamitoso trueno de las balizas de teletransportación.

Cuando los Rapaxes sobrevivientes saltaron, apareció una cuña descomunal de Exterminadores de la Legión Negra, docenas de asesinos de élite vestidos con una armadura táctica dreadnought decorada con púas y colmillos. Yvraine aprovechó la confusion y con su espada cortó los cables de soporte vital del campo de éxtasis.

Roboute Guilliman murió.

En ese momento el autorelicario se abrió y absorbió al Primarca con trono y todo. Los legionarios negros intensificaron su ataque, como si supieran que algo iba a pasar. Celestine estaba herida, las defensas estaban a punto de derrumbarse. Los Legionarios Negros más destacados se encontraban a escasos metros del pie del trono de Guilliman cuando los paneles de runas en el relicario automático de Cawl parpadearon de rojo a verde. Sonó una campanilla, una nota clara y pura. El propio Archimagos, luchando consecutivamente junto con los Ynnari y el Bibliotecario Jefe Tigurius, emitió un estallido poco característico de triunfo binárico. Al momento siguiente, las armaduras extendidas del relicario automático se plegaron con un silbido gaseoso para revelar una vista de esplendor impresionante.

Y de el sale con todo esplendor el Primarca de los Ultramarines.

Roboute Guilliman vive.

El Hijo Vengador vive[]

El primarca Roboute Guilliman, el Hijo vengador, resucita de su estasis milenaria

Donde antes se había sentado Roboute Guilliman, un ser pálido y encerrado en estasis, ahora el Primarca estaba despierto, alerta y muy vivo. Su presencia era inmensa, dominante como un trueno que repentinamente llenaba el santuario con su presión aplastante. Guilliman estaba vestido con una nueva y magnífica armadura, una adornada obra maestra que había viajado desde las forjas de Marte dentro del autorelicario de Cawl. En una mano, el Primarca de los Ultramarines sostenía la Espada del Emperador, iluminada ahora desde la empuñadura hasta la punta con llamas que saltaban, y en sus ojos había una mirada de una intensidad tan asesina que incluso los Leales dentro del santuario codiciaron al verla.


Era como si un hechizo se hubiera asentado sobre el santuario. Aunque fuera del estruendo de la guerra, el amigo y el enemigo miraban asombrados a la legendaria figura renacida entre ellos. Un incoherente grito de ira hizo añicos el silencio, un Berzerker de Khorne, solitario, arremetió contra los aturdidos combatientes para lanzarse en un salto volador hacia el Primarca. Guilliman se movió con tanta velocidad que los mismos Ynnari habrían luchado por igualarlo. Su espada ardiente dibujó un arco pirotécnico en el aire mientras se balanceaba, partiendo al Berzerker por la cintura y arrojando sus mitades cortadas al suelo.

Cuando el cadáver blindado del pelele del Caos cayó al suelo, el hechizo se rompió. Con un gran aullido de odio, los guerreros de la Legión Negra se lanzaron hacia Roboute Guilliman. Sin palabras, el noble semidiós se dirigió a su encuentro, y la carnicería realmente comenzó.

El primarca resucitado Roboute Guilliman lidera el contraataque contra las fuerzas de la Legión Negra que asaltan la Fortaleza de Hera en Macragge

Santa Celestine contempló la imponente forma del renacido Primarca, y supo que la satisfacción permanente de su fe se confirmaba una vez más. Un hijo del mismo Dios Emperador, un semidiós de batalla para sacar al Imperio de la oscuridad que, con cada día estándar que pasaba, parecía más seguro de envolverlo por completo. ¿En qué mayor esfuerzo podría haber jugado un papel? ¿Qué evento único podría ser más importante que la manifestación de este asombroso milagro? Humildemente, Celestine ofreció su profundo agradecimiento al Emperador por permitirle ser parte de algo tan maravilloso.

Con cada golpe, el Primarca de los Ultramarines enviaba cadáveres mutados por el aire. Su expresión era granito esculpido y odio helado, una máscara de ira vengativa que había durado milenios.

Para Guilliman, su último recuerdo fue una batalla desesperada contra un hermano mutado y lleno de odio, una competencia fraternal de fuerza divina y burlas de odio, luego veneno y dolor más allá de la resistencia. Ahora se encontraba en un entorno extraño, frente a una horda de retorcidas criaturas que eran parodias de pesadilla del ideal Adeptus Astartes. Incluso los Ultramarines que lo rodeban son extraños, pero al menos son aliados. El Primarca compartimentó sus preguntas para más tarde, y se concentró únicamente en la batalla en cuestión.

El último de los líderes herejes perdió los nervios, ladrando órdenes a sus subordinados para que cubrieran su retirada del santuario. El Hechicero se volvió, pesado en su armadura de exterminador, y se encontró cara a cara con Roboute Guilliman. Gritos hechiceros se precipitaron cuando el Hechicero intentó conjurar una potente maldición. Antes de que pudiera escupir las sílabas dentadas para desatar su poder, el Hechicero fue izado físicamente del suelo, la Mano del Dominio de Guilliman sujetó firmemente la garganta del Traidor. En una impresionante muestra de fuerza, el Primarca levantó a su enemigo en el aire, la cara de Guilliman era una fría máscara de asco. El Hechicero hizo un último y ronco intento de hablar antes de que la Espada del Emperador golpeara el estómago del Traidor, y la rasgó rápidamente hacia arriba. La antigua armadura y la carne corrupta se separaron tan fácilmente como la seda, y las entrañas del hechicero se derramaron rápidamente para salpicar las losas.

Entronado de nuevo[]

Guilliman en su trono.png

Durante una breve ceremonia informal bendecida por Santa Celestine, el Primarca Roboute Guilliman es reinvertido como el legítimo Señor de Ultramar y Maestro de los Ultramarines.

Para cuando los refuerzos llegaron al Templo de la Corrección, la lucha había terminado. Todos y cada uno de los Ultramarines que se apresuraron en ese espacio abovedado cayeron de rodillas con admiración al ver renacer a su Primarca.

Ahora tranquilo, Roboute Guilliman se hizo cargo de sus guerreros. No hizo preguntas, salvo las de naturaleza puramente estratégica. No hizo referencia a las circunstancias de su renacimiento, su largo descanso o los extraños de los que se vio rodeado, y ninguno se atrevió a plantear tales asuntos con él. El Primarca sin duda buscaría respuestas, pero atrapado entre la maravilla y una especie de miedo sobrecogido, los Ultramarines, los Celestinos e incluso los Ynnari mantuvieron su propio consejo. Además, la guerra todavía se libraba fuera del santuario.

La noticia del ascenso del Primarca se extendió como un incendio forestal a través de la Fortaleza de Hera. Fue proclamado por todos y cada uno de los Ultramarines encargados en los canales Vox, gritaron desde cada muralla y se transmitió desde los emisores vocales de innumerables ciber-querubines que revoloteaban a través del caldero de guerra. Guilliman se aseguró de que así fuera, porque entendió bien que su presencia viviente envalentonaría a sus ejércitos y acobardaría a sus enemigos. Ultramarines y Auxiliares de Defensa de Ultramar conocieron por primera vez el desconcierto, luego la nueva fuerza mientras procesaban esta increíble noticia. Los adoradores del Caos, en comparación, vacilaron en su ataque. Incluso el más temido de sus Campeones se vio eclipsado por la gloria marcial de un Primarca vivo y respirante, y las ondas de inquietud se extendieron a través de la multitud Hereje ante la idea de enfrentarlo.

Guilliman se dirigió directamente al estrado de la fortaleza y, en un momento dramáticamente cargado que quedaría consagrado en la estatuaria, aceptó formalmente el mando de la defensa de mano del primer capitán Agemman. Marneus Calgar estuvo al lado de su Primarca durante este intercambio, gravemente herido y apoyado por dos Guardias de Honor, pero decidido a estar presente de todos modos. Guilliman demostró su nobleza al solicitar humildemente el permiso del Señor del Capítulo para asumir el mando completo de los Ultramarines en ese momento. Calgar se encogió de hombros con sus Hermanos de batalla y, haciendo una mueca de dolor, se arrodilló ante su padre genético. Igualaba la solemnidad de Guilliman mientras ofrecía lealtad sin fin al Primarca, y le legó el control total del Capítulo a perpetuidad.

Como un empresario que se acomoda ante su instrumento, Guilliman extendió sus manos sobre la mesa del estrategio y respiró hondo antes de comenzar a ordenar. Con cada una de sus palabras, la difícil situación de los invasores se hizo más evidente. La perspicacia estratégica del Primarca, su genio táctico y su agudeza mental milagrosa eran incomparables. Los líderes de los Ultramarines observaron con asombro cómo Guilliman reunía a los defensores como piezas de regicidio, bebía una gran cantidad de datos estratégicos y emitía un flujo constante de órdenes que convertían una pelea tras otra a favor de los defensores. Calgar y sus lugartenientes habían ejecutado una campaña sobrehumana de desafío contra los invasores, pero el Primarca estaba operando en un plano mental diferente.

A la orden de Guilliman, tormentas de fuego superpuestas y redes de ataques interceptores despejaron el espacio aéreo sobre la Fortaleza de Hera. Ya no amenazados desde arriba, las reservas de Ultramarines y un gran número de Auxiliares de Defensa fluyeron hacia la lucha en patrones de despliegue magistrales. Las fintas, las emboscadas, las falsas retiradas y los repentinos y abrumadores contraataques desgarraron las fuerzas del Caos y los expulsaron de los terrenos de la fortaleza. Guilliman manejó cientos de miles de guerreros a la vez, prediciendo cada movimiento que hicieron sus enemigos y contrarrestando incluso antes de que pensaran actuar.

Para cuando el Primarca y su camarilla salieron para liderar la lucha en persona, los atacantes del Caos estaban tambaleándose. El ataque dirigido por Guilliman al corazón de sus líneas fue como una ronda final colocada entre los ojos de un enemigo herido. Legionarios Negros, Guerreros de Hierro, Legión Alfa y Amos de la Noche, todos fueron arrojados de los muros. Los titanes traidores cayeron como vastos árboles en llamas para derrumbarse en la ruina. Solo tres horas estándar después de su resurrección, Roboute Guilliman concluyó la purga generalizada de los invasores del Caos de la Fortaleza de Hera, y proclamó con seguridad que la fortaleza de los Ultramarines era segura.

Ahora llegó un momento en que se podía respirar y hacer un balance. Incluso mientras los pesados ​​Servidores y las pandillas de los siervos del Capítulo trabajaban para apuntalar las defensas maltratadas de la fortaleza, Guilliman convocó a una compañía selecta para que lo atendiera en el santuario del Señor del Capítulo. Este había sido durante mucho tiempo el dominio y la sala del trono de Marneus Calgar. Ahora se convertiría en el santuario del propio Primarca, y fue allí donde fue investido formalmente como Señor de Ultramar y Maestro de los Ultramarines una vez más. Calgar, Tigurius, Agemman y sus lugartenientes más cercanos estuvieron presentes para la elevación de Guilliman, al igual que los hermanos representativos de todas las compañías del Capítulo. También los celestinos asistieron a la coronación formal de Guilliman, y la propia Santa otorgó ceremonialmente sus bendiciones al Primarca. Incluso los Ynnari observaron desde un segundo plano cómo ocurría este acontecimiento trascendental; acechaban entre las sombras, una presencia silenciosa e incontestable cuyas expresiones permanecían frías y vigilantes.

Cuando concluyó la ceremonia, Guilliman se levantó y se dirigió a la asamblea. Había mucho por hacer, e innumerables preguntas a las que el Primarca requería respuestas. Antes de que pudiera actuar más, Roboute Guilliman necesitaba saber todo lo que había sucedido durante su larga ausencia.

Roboute Guilliman, Marneus Calgar , Belisarius Cawl, Santa Celestine, Katarinya Greyfax y Voldus dirigen a los Ultramarines y los Caballeros Grises contra la Legión Negra en defensa de la Fortaleza de Hera.

La rueda de los Demonios nunca para[]

La Disformidad es, en muchos sentidos, un espejo de nuestra realidad. Como una piscina oscura e insondable, su superficie se ondula con el impacto de eventos trascendentales o grandes estallidos de pasión y emoción. La resurrección de Roboute Guilliman durante la Campaña de Ultramar envió ondas de energía psíquica hacia el Immaterium, corriendo tsunamis de agitación que no pasaron desapercibidos.

Uno por uno, los Campeones de los Dioses Oscuros del Caos se dieron cuenta de que el Primarca había resucitado. Reclinado en medio de un banquete interminable de almas, Fulgrim hizo una mueca de disgusto cuando los demonios le susurraron la noticia al oído. El Primarca Demonio de la Legión Traidora de los Hijos del Emperador se levantó de su trono de terciopelo, prometiendo a su depravada diosa Slaanesh que esta vez aseguraría la eterna caída en desgracia de Guilliman.

En lugares ocultos y laberintos cristalinos, los demonios más grandes de Tzeentch observaron cómo la trama del destino se ondulaba y cambiaba con las implicaciones del regreso de Guilliman. Al leer la voluntad de su maestro en las facetas destrozadas del futuro, cada uno se propuso la tarea de contaminar, tentar o destruir al Primarca de los Ultramarines en una miríada de modos sutilmente variados.

En lo profundo de los ruidosos pantanos del Jardín de Nurgle en el Reino del Caos, un cónclave de Grandes Inmundicias escuchó con indulgencia el frenético balbuceo de las moscas mensajeras. Se deleitaron con alegria, la bilis y los gusanos cayeron por sus pústulas. ¡Un primarca! Uno no tocado ni contaminado por ninguno de los hermanos de Nurgle. Su maestro pestilencial sin duda valoraría un premio tan alto. Quizás, se rieron burlonamente, incluso podrían organizar una reconciliación final entre el amargo Mortarion y su hermano. Tal oportunidad no se había presentado en miles de años estándar, y las Grandes Inmundicias tararearon alegremente mientras comenzaban a inventar una enfermedad digna de un semidiós.

En otra parte de la galaxia, el Cataclismo de Mendox estaba llegando a su horrible conclusión. A lo largo de un frente de guerra que abarcó sistemas estelares enteros, los Campeones de Khorne quemaron ochenta y ocho mundos imperiales a la vez. En medio de las crecientes llamas de su genocidio, los Campeones de Khorne, tanto mortales como demoníacos, presenciaron visiones de su furiosa deidad, furiosa por el regreso de Guilliman. Su fuelle apoplético resonó como un trueno a través de los cielos de los planetas moribundos, y Tormentas Disformes estremecieron la realidad como si el Dios de la Sangre estuviera atacando las estrellas con su espada ruinosa. Los sirvientes de los otros Dioses Oscuros podrían tratar de corromper a Guilliman, engañarlo o despojarlo. Sin embargo, los sirvientes de Khorne sabían que su maestro no tenía paciencia para tales cosas. En cambio, cayeron a la batalla entre ellos, luchando por el derecho de cazar al Primarca renacido y reclamar su cráneo para el Señor de los Cráneos.

Otros señores oscuros, también, vieron el faro brillante del renacimiento de Guilliman desde lejos y comenzaron a reunir sus fuerzas en consecuencia. Prevenido por las visiones proféticas del profeta Zaphariston, Abaddon había forjado una alianza de partidas de guerra de Marines Traidores para asesinar a Guilliman antes de que pudiera ocurrir su resurrección. Fue esto lo que provocó la repentina y frenética invasión del Caos de Ultramar, pero, incluso con la ayuda de una fuerza considerable de Legionarios Negros, los señores de la guerra vasallos de Abaddon habían fallado en su táctica inicial. Furioso, Abaddon convocó y ató al Señor de la Transformación Kairos Tejedestinos, enviándolo a través de la galaxia para reunir nuevas fuerzas contra el Primarca.

En mundos infernales remotos, Magnus el Rojo y el Señor de la Muerte Mortarion recibieron la noticia del despertar de su hermano. Sus reacciones fueron tan diferentes como el fuego y el hielo. Mortarion se enfureció, una tormenta de ira fría y virulenta se arremolinaba a su alrededor hasta que sus ecos en el espacio real sembraron siete nuevas y terribles plagas en 7 mundos imperiales desafortunados. Atascado en medio de planes que estaban llegando a buen término, el Primarca Demonio de la Legión Traidora de la Guardia de la Muerte aún no podía actuar para atacar a Guilliman. En cambio, miraba con ojos brillantes a través de los campos de desfile cubiertos de niebla de su Planeta de la Plaga, y las filas masivas de la Guardia de la Muerte allí reunidas, Mortarion prometió que haría que Guilliman y su imperio se pudrieran lo suficientemente pronto.

Magnus, en comparación, lanzó una risa estruendosa de absoluto deleite. Como un adivino que voltea su carta de tarot final y obtiene una visión repentina, el Rey Carmesí vio ahora ante él caminos de destino glorioso, donde antes había sido un desierto de confusión. Magnus comenzó a dar órdenes, sus palabras estallaron como enjambres de insectos cristalinos. Volaron para reunir a las bandas de esclavos de su una vez orgullosa Legión de Marines Espaciales, los Mil Hijos. Ya, el ciclópeo Primarca se había vengado de un antiguo enemigo odiado, incendiando el Sistema Fenris de los Lobos Espaciales en los fuegos de la retribución. Ahora veía la oportunidad de castigar a otro.

Así que el poder de la Disformidad comenzó a reunirse, enroscándose y retorciéndose como un nido de serpientes. Las partidas de guerra de los marines traidores cabalgaron las mareas oscuras del Empireo hacia Ultramar, aullando con sed de sangre fresca y jurando votos para derribar a Guilliman en nombre de los Poderes Ruinosos.

Las franjas de la galaxia ya estaban llenas de Tormentas de Disformidad que se habían derramado a través de la Puerta de Cadia con toda la ferocidad de la Vieja Noche, o que se habían desatado por la fractura del Mundo Astronave Biel-Tan. Ahora esas tempestades se extendieron aún más, cuando el Aniquilador Primordial volvió todas sus atenciones al espacio real. Las fauces gritonas se abrieron entre las estrellas, horriblemente inmensas, bostezando abismos rodeados de colmillos montañosos y tentáculos ectoplásmicos en espiral. Docenas de mundos se sumieron en la oscuridad y el terror cuando el tiempo se desmoronó a su alrededor y las energías del Immaterium estallaron en sus orillas para inundar el espacio real.

Sin embargo, los sirvientes de los Dioses Oscuros son siempre oportunistas, y creían que este momento de distracción podría usarse para atacar a los respectivos rivales de sus amos entre el panteón del Caos.

Montados sobre un escorpión de engranajes del tamaño de una ciudad, las legiones de sangre de Khorne se precipitaron de cabeza a los sinuosos bordes del Laberinto de Cristal del Señor del Cambio, enjambres de demonios de Tzeench que eructaban llamas salieron a su encuentro como insectos defendiendo su territorio. Al mismo tiempo, la cabalgata de hedonismo de Slaanesh se abrió camino en el Jardín de Nurgle, incluso cuando el infame Anfitrion Perezoso del Dios de la Peste se retorció a través de las cavernas de azufre bajo el Bastión del Fuego de Hierro de Khorne. Muy pronto, nuevas guerras se desataron en los dominios de los Dioses del Caos, sus eternas rivalidades avivadas por los acontecimientos trascendentales, pero aún una parte de sus atenciones se centró en el destino de Roboute Guilliman, y en los planes de sus adoradores para humillarlo.

Revelaciones Oscuras[]

"¿Por qué sigo viviendo?— Gruñó, harto. —¿Qué más quieres de mí? Te di todo lo que tenía para ti, para ellos. Mira lo que han hecho de nuestro sueño. Este cadáver hinchado y podrido de un imperio no es impulsado por la razón y la esperanza sino por el miedo, el odio e ignorancia. Mejor que todos hubiéramos ardido en los fuegos de la ambición de Horus que vivir para ver esto. — Mientras lo decía, Guilliman escuchó la mentira en sus palabras. Entre sus hermanos, ninguno había sido más idealista que Roboute Guilliman. Ninguno había imaginado un futuro más brillante, no solo para la humanidad sino también para los guerreros de las Legiones Astartes. Esa llama de esperanza había sido parte de él durante el tiempo que había vivido. Incluso ahora, como estaba sofocado por la oscuridad y el dolor, Guilliman se dio cuenta de que su llama perduraba."

Roboute Guilliman, tras su resurrección

En cuanto al propio Primarca, Guilliman aún no estaba al tanto de la locura demoníaca que había provocado su regreso. Esto fue una misericordia, ya que el Señor de Ultramar ya tenía un peso aplastante de preguntas y conmociones que tratar. Todo lo que Guilliman sabía había desaparecido, reemplazado por la locura y el horror de un futuro que había tratado tan desesperadamente de evitar diez mil años estándar antes.

Uno por uno, el Primarca había hablado con cada uno de los celestinos, los señores de los ultramarines e incluso con Yvraine de los Ynnari. Los días estándar se habían pasado en una conversación profunda y sincera, Guilliman utilizó cada ápice de su astucia caracteristica en él para tranquilizar a sus invitados, sacarles la mayor cantidad de información posible y ocultar sus reacciones a sus palabras. Guilliman había agradecido a cada uno de sus visitantes por sus percepciones y su servicio al Imperio, evaluando internamente a cada uno de sus invitados y mostrándoles cualquier aspecto de su personalidad que fuera más seguro para hacerlos comprensivos y volubles.

Aunque no lo había mostrado, cada nueva revelación golpeó al Primarca como un proyectil de macrocañón. Estaba agotado por evitar el desconcierto y el horror, ahuecado por el dolor. Guilliman gimió y colocó su cabeza en sus manos, su nueva armadura siseaba y zumbaba con el movimiento.

Cruzada Terrana[]

Batalla de Ultramar[]

El Primarca Roboute Guilliman y las fuerzas de la Cruzada Terrana se enfrentan a Magnus el Rojo y a los Mil Hijos en la superficie de Luna

Cuatro días y noches estándar después de su coronación como Señor de Ultramar, Roboute Guilliman salió de su reclusión. En su ausencia, Marneus Calgar había seguido liderando la guerra, ignorando sus heridas mientras coordinaba el esfuerzo de guerra de los Ultramarines. Ahora, sin embargo, Calgar cedió voluntariamente el control de la campaña a su padre genético. Reconociendo al Señor del Capitulo enormemente capaz por el activo que era, Guilliman mantuvo a Calgar al alcance de la mano en las batallas que siguieron, y le preguntó a su consejo constantemente. El Hermano Bibliotecario Tigurius también se convirtió rápidamente en un asesor de confianza. En una decisión que sorprendió a muchos, Guilliman también incluyó a Voldus, Cawl, Santa Celestine y la Inquisidora Greyfax entre su camarilla de lugartenientes. El Primarca buscó las ideas de cada brazo de la máquinaria de guerra imperial, reconociendo que en la unidad se encontraba la fuerza.

Con sus consejeros a su lado, y el poder de los Ultramarines a su disposición, Guilliman comenzó la reconquista de su mundo natal. Los asuntos galácticos más amplios tendrían que esperar; Macragge todavía estaba acosado por todos lados, y si el planeta Capítular caía, incluso el Primarca resucitado seguramente sería arrastrado por la marea de enemigos.

La guerra por Macragge duró un poco más de un mes estándar y su ritmo fue vertiginoso. Roboute Guilliman era una fuerza de la naturaleza, un avatar imparable de la voluntad del Emperador que empujó a sus enemigos ante él como si fuera un ganado. Primero vino una serie de ofensivas a la velocidad del rayo para despejar el Valle de Laponis y la ciudad parcialmente arruinada de Macragge Magna Civitas. Las baterías de los cañones de asedio de los Guerreros de Hierro fueron destruidas. Los motores de artillería semi-sensibles fueron destrozados, sus supervisores fueron ejecutados con rápida eficiencia. Las masas de canto de los Cultistas del Caos fueron rodeadas dentro de cúpulas doradas y altos bloques de viviendas, antes de ser sistemáticamente asesinados. Agemman, Celestine y Greyfax lideraron ataques precisos para recuperar las baterías orbitales primarias de la ciudad. Muy pronto, columnas de luz rubí se precipitaron hacia los cielos para expulsar a los buques de guerra del Caos de sus órbitas geosíncronicas sobre la Fortaleza-Monasterio de los Ultramarines. Esto era solo el principio. Liderados por el famoso comandante de tanques Antaro Chronus, las columnas rugientes de tanques Ultramarines barrieron a los grupos de batalla de Traidores de las Tierras Altas de Magletine, y condujeron a sus sobrevivientes al Océano Pharamis sacudido por la tormenta. El Gran Maestro Voldus y su 3ra Hermandad de los Caballeros Grises prestaron su poder a la reconquista cuando encabezaron el ataque contra la ciudad corrupta de Collosae. Aquí los cazadores de demonios con armadura plateada libraron una batalla de gatos y ratones con bandas crueles de Amos de la Noche, que habían velado la ciudad en una penumbra antinatural. Los Traidores finalmente fueron expulsados, y un misterioso ritual de sangre se detuvo antes de que pudiera llegar a buen término, aunque la ciudad entera tuvo que ser purificada desde la órbita por temor a su mancha del Caos.

Guilliman dirigió ataques contra Valmari, el Monte Tarphus y el nevado Pasaje Gallinus, emergiendo triunfante a cada paso. Los Ultramarines barrieron todo ante ellos, combinando su habilidad y disciplina excepcionales con los planes de batalla visionarios de su Primarca en un todo imparable. Los Ultramar Auxilia siguieron cada nueva conquista, excavando y fortificando en gran número para que cualquier intento de las Fuerzas del Caos de contraatacar se encontrara con una resistencia abrumadora. Aunque los Astartes Herejes lucharon furiosamente e infligieron graves pérdidas a los Leales, simplemente no pudieron igualar la perspicacia estratégica de Roboute Guilliman, y una partida de guerra del Caos tras otra fue derrotada. Incluso aquellos que huyeron de Macragge no encontraron refugio en el vacío, ya que su flota de invasión había sido rodeada y reducida a chatarra por la Flota de Defensa Ultramar.

Finalmente, después de largas semanas estándar de batallas viciosas y un gran número de muertos, el mundo de Macragge fue liberado una vez más.

La Corona de Glorias[]

Los primeros pasos se habían tomado en el camino de la reconquista. Macragge estaba libre de la mancha del Caos. Guilliman deseaba seguir adelante, consumido por su deseo de expulsar a los Poderes Ruinosos de Ultramar. Sin embargo, los que lideró necesitaban tiempo para reagruparse y consolidarse. Incontables heridos requirieron atención. Cientos de máquinas de guerra necesitaban reparación.

Guilliman fue lo suficientemente sabio como para dar a sus seguidores el tiempo que necesitaban. Mientras tanto, los refuerzos imperiales se reunieron alrededor de Macragge. Enfrentándose a las Tormentas de Disformidad que se desataban en el espacio local, las naves de los Marines Espaciales se reunían sobre el mundo natal de los Ultramarines. Las delegaciones de muchos capítulos sucesores del Primogenitor de los Ultramarines habían pasado por el Empíreo, arriesgándose a un terrible peligro de ver por sí mismos que el Primarca había vuelto. Novamarines, Hijos de Orar, el capítulo Génesis y muchos otros se unieron a la creciente multitud, arrodillándose ante el Primarca y jurando lealtad a él.

Mientras se reunían los ejércitos destinados a la reconquista de Ultramar, se presentó una nueva oportunidad. Fue el Archicónsul de Magna Civitas, el más cercano que Ultramar tenía a un gobernador planetario convencional, quien sugirió que se pudiera celebrar un gran desfile de la victoria, y su majestad se registrara en imágenes para enviar a lo largo y ancho del Imperio. El cónsul dijo que la gente necesitaba la luz de la esperanza en esta hora oscura, un brillante ejemplo de victoria para renovar su fe no solo en el Emperador, sino en Guilliman. Ahora renacido.

El Primarca accedió a esta demanda, aunque se sintió mal con su sombrío estado interior. Guilliman vio la sabiduría en él, pero aceptó tal engrandecimiento solo a regañadientes. Pocos días estándar después de que se declarara la victoria, un gran triunfo se extendió desde la Puerta del Titán hasta los mismos escalones de la Fortaleza de Hera. Miles de motores de guerra y millones de guerreros presentaron sus colores y levantaron vítores y bocinas al cielo. Un mar agitado de residentes de la ciudad llenó las procesiones y plazas llenas de cráteres para observar los procedimientos, y voces más allá del recuento sonaron como una para proclamar elogios de Guilliman en un solo rugido ensordecedor.

De pie sobre una plataforma de columnas de mármol con sus lugartenientes más cercanos a su lado, el Primarca presentó obedientemente el espectáculo más magnífico que pudo para las masas reunidas. El propio Archicónsul presentó a Guilliman con una corona de laurel asombrosamente labrada en oro hecha a mano, instando al Primarca a ponerse la corona dorada de inmediato. En el momento en que Guilliman lo hizo, su mente se llenó de pensamientos sobre futuras glorias. Este miserable triunfo no sería nada comparado con el impresionante espectáculo de su conquista galáctica. Los ejércitos del Primarca serían innumerables, su adoración por su heroico señor era tan grande que morirían por él alegremente. Los planetas, los sistemas, los Segmentums completos se renombrarían en honor al que los había liberado, y los perros azotados del Caos huirían ante él como los malditos que eran. Se levantarían estatuas para conmemorar la majestad de Guilliman, y eventualmente incluso el Trono Dorado de Terra sería suyo para sentarse. El hijo más leal del Emperador no merecía menos que una herencia, y él se la merecía.

Fue este último pensamiento el que sacó a Guilliman de la insidiosa maldición de la corona. Con un grito ahogado, se arrancó la corona dorada de la cabeza y gritó una orden para que se arrestara al Archicónsul. Fue el Gran Maestro Voldus quien agarró al dignatario con túnica, y cuando sus benditos guanteletes tocaron la carne del hombre, chisporroteó y crujió. El estruendo del triunfo fue colosal, una oleada de ruido oceánico que ocultó los chillidos del Archicónsul mientras las ilusiones que lo velaban se desvanecían.

Guilliman y sus lugartenientes retrocedieron ante la cosa mutante deforme que fue revelada. Bulboso y deformado, la abominación carnosa y entusiasta llevaba un amuleto brillante alrededor de su cuello en una correa de piel humana. Mientras Guilliman miraba con disgusto este fetiche maldito, escuchó un susurro silbando en su mente que no había escuchado desde aquel fatídico encuentro en Thessala diez milenios antes. En tono burlón, Fulgrim le dio la bienvenida a Guilliman a su amado Imperio. El Primarca Demonio reveló que había ocultado un fragmento de su propia alma en el amuleto que llevaba su criado, y confesó su decepción porque Guilliman había rechazado su regalo, la Corona de Glorias. Muchos héroes grandes y puros habían caído en los halagos de la baratija, y Fulgrim había esperado poder corromper a Guilliman de la misma manera. Sin embargo, el Príncipe Demonio le aseguró a su hermano que esta era la primera de las tentaciones sin fin que Guilliman tendría que enfrentar. Riendo cruelmente, se burló de que el Señor de Ultramar nunca podría volver a confiar en ningún sentimiento de triunfo o satisfacción propia.

Disgustado, Guilliman condujo su espada a través del amuleto y dentro de la horrible criatura que lo portaba. Sin embargo, mientras el triunfo retumbaba, las palabras de Fulgrim continuaron resonando en la mente de Guilliman. Lo harían durante muchos días estándar por venir.

Zona de Guerra: Ultramar[]

Un mapa estratégico imperial que representa el sistema de Macragge y la reconquista del primarca Guilliman del Reino de Ultramar.

A medida que se reunían los ejércitos destinados a la reconquista de Ultramar, cada vez más fuerzas imperiales acudieron en busca del Primarca. Algunos, como los Ángeles Oscuros y la Guardia del Cuervo, enviaron pequeñas delegaciones para determinar la veracidad de este milagro. Otros llegaron con esperanza y celebración, bandas de Lobos Espaciales, Cicatrices Blancas, Templarios Negros y otros que se apresuraron al lado del Primarca. Un momento glorioso sucedió cuando los Templarios Negros cayeron en el planeta, porque se reunieron con el Gran Mariscal Amalrich, quien era el único de su hermandad que había sobrevivido a la batalla en el santuario de Guilliman. Al observar la celosa luz en los ojos de Amalrich, los Capellanes lo declararon tocado por la Mano del Emperador. El Mariscal fue llevado a bordo del Crucero de Ataque Azote de Herejes, y ceñido con la Armadura y la Espada Negra del Campeón del Emperador.

Otros, también, llegaron a Ultramar ante la insistencia de sus videntes, astrópatas, adivinos y señores. Acorazados de la Armada Imperial, regios barones de Mundos Caballeros alineados al Imperio, flotas de buques de guerra del Adeptus Mechanicus y sus Legiones Titánicas, procesiones del Adeptus Administratum; todos vinieron a ofrecer fidelidad al Primarca.

Un ciber-sínodo grotesco del Adeptus Ministorum descendió sobre la Fortaleza de Hera e insistió en confirmar primero, y luego proclamar, la supuesta divinidad de Guilliman. El horrorizado Primarca aceptó tal beatificación solo después de que Celestine y Greyfax le impresionaran cuán poderosa era la Eclesiarquía en el Imperio del 41º Milenio. Es mejor tenerlos como aliados que como enemigos.

Antes de su partida de la fortaleza, Guilliman tenía una orden de trabajo más. Decretó que ahora era una era de ira y guerra, en la que el aprendizaje y la tradición debían dejarse de lado. El Primarca conmocionó a su Capítulo al ordenar que la gran Biblioteca de Ptolomeo prohibiera a todos los asistentes bajo pena de muerte. Hasta el último tomo, cada secreto persistente y peligroso contenido en ese antiguo repositorio estaba encerrado detrás de mamparos de adamantium y las armas de los Servidores. Al mismo tiempo, se construyó una nueva sala de guerra. Este era el Strategium Ultra, desde donde la reconquista de Guilliman podía trazarse, rastrearse y coordinarse.

Cuando finalmente los ejércitos de reconquista estuvieron listos para partir, Roboute Guilliman los lideró al campo de batalla con un sentimiento parecido al alivio. Después de las interminables luchas políticas internas y la burocracia de este nuevo y turgente Imperio, la idea de un campo de batalla parecía casi acogedora.

Guilliman comenzó su campaña en el propio Sistema Macragge, varios de cuyos mundos fueron acosados ​​por las Fuerzas del Caos. Una banda de Guerreros de Hierro conocida como los Hijos Amargos había invadido el Mundo Colmena de Ardium, conquistando una de las tres ciudades colmena subterráneas del planeta y fortaleciendo sus serpenteantes redes de túneles. Guilliman se unió a las guarniciones de Auxiliares supervivientes de las otras dos colmenas, Geodrane y Tarnis, y dirigió elementos de la 4ª y 6ª Compañías Ultramarines a través de un infierno subterráneo para asaltar la colmena Magmaria. La lucha fue salvaje en extremo, los Guerreros de Hierro superados en número se aferraron tenazmente a sus defensas hasta el último hombre. Los cadáveres ahogaron túneles magnéticos enteros y la sangre llenó la parte inferior hasta que se desbordó por las rejillas de drenaje de la colmena. Al final, Guilliman y sus seguidores empapados de sangre salieron victoriosos.

El Mundo Santuario de Laphis se convirtió en el sitio del mayor enfrentamiento naval de la liberación cuando la Flota de Defensa Ultramar se enfrentó a las naves de la Legión Alfa que bloqueaban el planeta. Marneus Calgar comandaba la ofensiva, sentado en el trono del capitán a bordo del antiguo buque insignia Honor de Macragge. Las naves Ultramarines atravesaron el vacío con sus cañones atronando, haciendo retroceder con éxito a las naves de la Legión Alfa que participaban en el bombardeo de superficie. La victoria se convirtió en horror cuando se reveló que una flotilla de graneleros imperiales que huían estaba tripulada por Cultistas del Caos de la Legión Alfa. Llenos de explosivos, los pesados ​​transportistas se estrellaron contra las naves estelares Ultramarines y paralizaron a varias. Sin embargo, Calgar había esperado este acto de sus enemigos, y ahora reveló su propio golpe maestro cuando una segunda flota de reserva de rápidos Cruceros de Asalto y fragatas apareció detrás de la tercera luna de Laphis, Aurora. Al mismo tiempo, las unidades de ataque de élite, que incluían tecnomarines, cayeron sobre la superficie de Laphis y lograron despertar la maltratada red de defensa orbital del mundo. Atrapados desde tres lados, las naves de guerra de la Legión Alfa fueron destrozadas, dejadas como un cinturón de restos a la deriva sobre el Mundo Santuario.

Mediante acciones tan heroicas se aseguró el Sistema Macragge, lo que permitió a los ejércitos de la reconquista imperial avanzar hacia los sistemas estelares vecinos que formaban el Reino de Ultramar. Ese dominio estelar había comprendido una vez quinientos mundos asentados por humanos, antes de que Lord Guilliman concediera a muchos su propia soberanía después de la Herejía de Horus. Todos esos tratados que el Primarca firmó ahora los declaró nulos y sin valor, los Quinientos Mundos de Ultramar renacieron al igual que su gobernante. En tiempos tan sombríos y desesperados, vería forjado de nuevo su imperio personal, porque en esto, como en todas las cosas, Guilliman deseaba la fuerza a través de la unidad.

A través de las estremecedoras Tormentas de Disformidad y las huestes traidoras batallaron los ejércitos de Ultramar. Ni una sola vez vacilaron. Manos de Hierro lucharon junto a los Pretores de Orfeo en Talasa Secundus. Los Ángeles Oscuros fueron a la guerra junto a los titanes de la Legio Fulminari para liberar a Ischara. Las procesiones de cánticos del Culto Mechanicus lucharon hombro con hombro con los Novamarines y las Hermanas de Batalla de la Orden del Cáliz de Ébano contra las hordas de mutantes en los campos de exterminio de Konor Prime. Unificados y elevados por el liderazgo de Roboute Guilliman, sus esfuerzos de guerra coordinados con la precisión de un reloj desde el Strategium Ultra en Macragge, los ejércitos de reconquista vencieron Tormentas de Disformidad, ejércitos traidores e incluso incursiones demoníacas en su batalla para expulsar a las fuerzas del Caos para siempre de sus mundos. Sin embargo, la lucha continuó, las semanas estándar se convirtieron en meses estándar, porque Ultramar es un vasto reino estelar y sus numerosos invasores, avivados por los fuegos de su antiguo odio, fueron obstinados. La Guerra Larga se desató, los mundos ardieron y la sangre manchó las estrellas.

Después de diversos eventos desafortunados, el Primarca y sus fuerzas fueron arrastrados hacia el Torbellino donde se enfrentaron contra los Corsarios Rojos, liderados por Huron Blackheart. Eventualmente, la cruzada Terrana logró escapar del torbellino por un portal de la Telaraña que enlazaba con Luna, pero al costo de una cantidad ingente de equipamiento y la vida de muchos hombres, también la pérdida de todas las naves de la cruzada, incluida la Honor de Macragge.

Resurrección del Imperio[]

En medio del mar de tormentas[]

Guilliman atravesó las luces brillantes de la puerta de la Telaraña, soportando la inquietante duplicación de la realidad que creó. Pasó de una suave iluminación a una dura sombra negra y un resplandor deslumbrante, del aire y el cálido calor a la letalidad helada y sin aire del casi vacío. La gravedad se desangró a su alrededor, y con un solo paso, Guilliman se lanzó lejos de la puerta de la Telaraña hacia el ondeante polvo de la luna más allá.

La Cruzada Terrana había emergido en un profundo cráter, gran parte del cual estaba inmerso en una negrura oscura. Los rayos de luz intensa cayeron desde arriba, donde los rayos del Sol se derramaron sobre el borde del pozo profundo. Conscientes de que los enemigos los seguían de cerca, los Leales treparon rápidamente por los costados del pozo. Los Marines Espaciales saltaron hacia arriba gracias a la baja gravedad, solo una décimo sexta parte de la de Terra.

Sin embargo, un enemigo mortal todavía perseguía los talones del Primarca, y no se le podía permitir que ejerza su maléfica voluntad a la vista del Mundo del Trono. Guilliman sabía que los fenómenos disformes que estallan actualmente en las profundidades del cráter seguramente han disparado cada alarma y los Augures emergencia.

No pasaría mucho tiempo antes de que las abrumadoras fuerzas imperiales corrieran para investigar, pero no se sabía qué estragos irrevocables podría causar Magnus antes de que llegaran. Guilliman volvió a ver las visiones que Kairos le había enviado, de un mundo destrozado que se estrellaba contra una Terra ennegrecida por el fuego, y se estremeció. Él y sus seguidores debían retener al enemigo aquí, haciendo retroceder a los Mil Hijos o, al menos, manteniéndolos ocupados hasta que llegue la ayuda.

Los Mil Hijos se derramaban desde la puerta de la Telaraña en números crecientes. Su avance fue constante pero imparable, empujando las paredes del cráter con sus armas encendidas. Reconociendo que el cráter en sí mismo ofrecía la mejor oportunidad de contener al enemigo, Guilliman extendió a sus guerreros, bípodes de combate y tanques alrededor de su borde y les ordenó arrojar fuego sobre los Mil Hijos que avanzaban.

Durante un tiempo, pareció que los Mil Hijos estarían embotellados en el cráter. Aunque su fuego de respuesta causó un lento desgaste entre los Leales, los Traidores estaban perdiendo muchos más guerreros de los que mataron.

Luego, un nuevo pulso de poder oscuro surgió a través de la puerta de la Telaraña, sus energías giraban cada vez más rápido hasta que formaron un vórtice en llamas. Una ola de temor sobrenatural se apoderó de los leales marines espaciales cuando una figura enorme y con una cabeza cornuda entró en la superficie de Luna. Extendiendo sus alas, Magnus el Rojo miró a Guilliman con una sonrisa burlona.

Dioses de guerra[]

Al ver el cambio repentino en la situación, y sabiendo que debían resistir sin importar el coste, Guilliman ordenó a sus guerreros sobrevivientes que regresaran. Momentos después, las primeras filas de Rubricae se alzaron en el borde del cráter y salieron con los cañones de sus armas encendidos. Más Astartes de los Mil Hijos marcharon detrás de ellos, y los leales sobrevivientes volvieron y encontraron refugio en los naufragios y los cráteres rocosos que utilizaron para protegerse mientras sus tanques retrocedían constantemente con sus armas retumbando.

Magnus se levantó del cráter. Con una palabra, el Primarca Demonio deshizo un trío de Servoterrores Némesis, quemó sus enlaces psíquicos y aplastó su armadura. Con un gesto, telequinéticamente levantó un Land Raider del suelo y lo lanzó a través de las filas de Skitarii como una bala de cañón. Magnus blandió su bastón y partió la realidad en dos, dejando caer una marea de demonios de Tzeench para unirse a la batalla.

Reconociendo que el Primarca Demonio destruiría rápidamente a su ejército si se le permitía actuar libremente, Guilliman se lanzó a la carga de cabeza. Dando rienda suelta a un grito de guerra en auge, el Primarca de los Ultramarines abrió un camino a través de los Rubricae ante él y realizó un salto heroico desde el borde del cráter.

Guilliman salió disparado, la llameante hoja dejó un rastro de llamas trás él. Magnus vio venir a su hermano y comenzó un encantamiento de dolor, pero antes de que pudiera terminarlo, el Señor de Ultramar golpeó. Magnus logró detener el golpe arqueado de la espada de su hermano con su mirada, pero el brutal golpe del salto de Guilliman llevó al Rey Carmesí hacia atrás, lejos de la lucha. Los dos Primarcas cayeron sobre la superficie lunar, el polvo los envolvió y se estrellaron contra los restos oxidados de una fragata imperial. Losas de metal y herrajes corroídos cayeron a su alrededor, enterrando a los hermanos que luchaban en una avalancha de restos. Mientras tanto, la batalla alrededor del cráter continuó, los últimos restos de la Cruzada Terrana luchaban furiosamente para sobrevivir.

Guilliman se abrió camino hacia la libertad, arrojando a un lado una losa de metal oxidado e ignorando las alarmas que sonaban dentro de su casco. Su armadura estaba comprometida, su suministro de aire se vaciaba y el frío del vacío se filtraba. Si no fuera por su constitución divina y la tecnología de soporte vital de Cawl, Guilliman probablemente habría muerto.

En cambio, levantó su espada y se abrió camino lejos de los restos dispersos.

La Ira del Emperador[]

El Gran Maestre Aldrik Voldus alzó la vista y dio gracias cuando la liberación del Emperador llovió sobre el campo de batalla. Las fuerzas de la Cruzada Terrana se habían abierto paso y resistido en pequeñas bolsas de resistencia, algunas se resguardaron en medio de los restos de naves espaciales, otras se agazaparon detrás de las rocas lunares que sobresalían. Los Mil Hijos los habían rodeado, vertiendo fuego implacablemente en las posiciones Leales mientras los demonios de Tzeentch se precipitaban sobre ellos en discos dorados para hacer llover fuego disforme sobre ellos.

Ahora, sin embargo, la ayuda había llegado. Las naves de combate doradas sobrevolaron el paisaje lunar. Mientras lo hacían, ondulantes líneas de fuego explotaron en medio de los Rubricas y Horrores por igual. Las explosiones y el granizo de los proyectiles explosivos destrozaron a los demonios de tzeentch. Las bombas cayeron entre ellos, rompiendo armaduras y carne.

Al mismo tiempo, grandes leviatanes de adamantium y plastiacero retumbaron en lo alto. Los monitores del sistema naval de la Flota de Defensa de Terra de la Armada Imperial se situaron en órbita baja, sus enormes formas sumieron el campo de batalla en la sombra cuando llegaron. Ayudados por los datos triangulación de objetivos transmitidos por el Archimagos Belisarius Cawl, las naves arrojaron un fuego preciso sobre el enemigo.

Al aparecer la ayuda, eran los últimos enclaves de aquellos guerreros que habían salido de Macragge y lucharon con renovada furia. Aldrik Voldus salió de los restos de un transporte, llevando a sus Caballeros Grises y Servoterrores restantes a una carga valiente. Su martillo destrozó la ceramita dondequiera que impactara, y un rayo psíquico bailaba sobre él a pesar de los mejores esfuerzos de los Hechiceros del Caos para desterrarla. La inquisidora Katarinya Greyfax luchó junto a él, su hierro pondrá de rodillas a los magos de tzeentch antes de que se golpeara la cabeza con su espada maestra.

El estallido amortiguado de los motores sonó en lo alto, anunciando la llegada de más fuerzas imperiales. Las cápsulas de desembarco amarillas se estrellaron, los propulsores ardieron. Sus escotillas se abrieron y escuadrones de Marines Espaciales de los Puños Imperiales emergieron del interior, con los bólters disparando al enemigo. Las cañoneras retumbaron en lo alto, los Stormraven y los Stormtalons amarillos atravesaron a los Mil Hijos. Varios fueron golpeados por rayos de brujería y un aluvión de fuego de cañones rotatorios, las llamas eructaban desde los cascos rotos mientras se extendían para estrellarse en medio de los restos de naves espaciales.

Entre estas naves volaba un trío de valquirias con cascos carmesí y negro, el sello del Adeptus Astra Telepathica estampado en sus flancos. Arqueando a través de las explosiones y el caos sobre el campo de batalla, las naves de combate se dirigieron hacia un punto lejano donde Guilliman aún luchaba contra su monstruoso hermano.

El fuego púrpura se elevó hacia arriba, arrancó el ala de la nave principal y la detuvo rodando en una bola de fuego ardiente. Los otros dos avanzaron hacia su cantera, y cuando entraron bajo, sus puertas laterales se abrieron.

Mientras sus valientes pilotos abrían fuego contra Magnus el Rojo, dos escuadrones de Hermanas del Silencio con casco cayeron de las naves de combate. Aterrizaron cerca de Guilliman en posición de combate. Enojado, Magnus barrió su mano con garras por el aire, arrastrando una nave de costado con poder telequinético y estrellándola contra la otra. Ambas Valquirias explotaron y cayeron hacia abajo, pero las Hermanas del Silencio saltaron ágilmente a un lado. Magnus frunció el ceño, golpeando con su mirada y enviando zarcillos de llamas psíquicas verdes y amarillas en espiral en su dirección. La brujería chisporroteó y murió antes de llegar a ellas, deshecha por la zona muerta empírica alrededor de las guerreras nulas.

Al ver una ventaja estratégica por fin, Guilliman saltó del montón de restos y aterrizó en medio de las Hermanas del Silencio. Lo protegerían de los poderes de su hermano caído. Juntos, el Primarca y las Hermanas cargaron hacia Magnus con sus espadas listas.

El Primarca Demonio lanzó otra descarga de destrucción psíquica, gruñendo de frustración cuando se desvaneció como el primero. Enojado, Magnus levantó su mirada y se lanzó hacia delante para encontrarse con sus enemigos de cerca. Si no podía destruirlos con los poderes de la disformidad, aplastaría sus cuerpos mortales hasta que no quedara nada más que carne. Debajo del oscuro cielo lunar, con Terra colgando, antiguo y santificado sobre ellos, los dos Primarcas se estrellaron una vez más.

El señor de Ultramar se abalanzó sobre su hermano. La espada ardiente entró, bajo la guardia del Primarca Demonio, y se hundió profundamente en su pecho. Las llamas doradas saltaron y Magnus aulló de agonía mientras masticaban hambrientos su carne. Él desató sus poderes en una explosión hechicera incontrolada, su onda expansiva cruzó el cráter y arrojó a Sylandri de sus pies.

El estallido de poder arrojó a Guilliman sobre su espalda, con la espada en la mano, y envió a Magnus tambaleándose libre, de regreso a través de la puerta pulsante de la Telaraña. Sylandri tuvo una oportunidad, un solo momento para alterar el destino. Con una última palabra, hizo añicos la piedra rúnica que brillaba en la palma de su mano y cerró la puerta de la Telaraña hacia Luna para siempre. El poder aumentó, Magnus rugió de furia, y luego fue separado de Luna, sus guerreros y su hermano, desterrados a las profundidades de la Dimensión del Laberinto. Magnus había sido desterrado de la Luna.

Consecuencias[]

Retrato épico Guilliman.jpg

Por fin, Guilliman fue escoltado por los atemorizados defensores de Terra hasta el Palacio Imperial, donde los supervivientes de las Cruzadas Celestinas y Terrana finalmente tomaron caminos separados. Allí, finalmente se reunió durante un día terrano completo con su Padre, el Emperador de la Humanidad, por primera vez en diez milenios.

Roboute Guilliman se paró ante el Trono Dorado y se comunicó con el Emperador. A través de su interacción telepática, el Primarca se vio perturbado por lo que había sucedido con el estado mental de su padre. Sintió que el Emperador había perdido toda pretensión de humanidad y desprendía una abrumadora sensación de frialdad.

El Emperador saludó a Guilliman con interés, pero como lo haría un creador con una herramienta perdida hace mucho tiempo, no como lo haría un padre con su hijo. Guilliman temía que los largos siglos de sufrimiento hubieran quitado toda la calidez y la humanidad que alguna vez había poseído el Emperador.

Nadie sabe lo que se dijo entre ellos, pero cuando el Primarca emergió del Palacio Interior, declaró que estaba tomando el manto de Lord Comandante del Imperio una vez más.

Ahora, el primero entre iguales entre los Altos Señores de Terra tal como lo había sido después de la Herejía de Horus, Guilliman prometió a la gente de la galaxia que reuniría la mayor flota y ejércitos vistos desde la Gran Cruzada para llevar la lucha al Caos... y revivir el sueño perdido del Emperador de un futuro mejor para la Humanidad.

La Era Indomitus había comenzado.

Era Indomitus[]

Belisarius Cawl y Roboute Guilliman, en las profundidades de la superficie de Marte, supervisan las etapas finales de desarrollo de los Marines Espaciales Primaris

Durante diez milenios, el Archimagos Dominus Belisarius Cawl había estado trabajando en una tarea que Guilliman le había encomendado antes de que el Primarca Demonio Fulgrim lo hiriera de muerte en los días posteriores a la Herejía de Horus: una nueva legión de guerreros transhumanos. En el tiempo que siguió a la Cruzada Terrana, aunque el Imperio estaba al borde de la aniquilación a manos del Caos, su tarea finalmente se completó.

Los Marines Espaciales Primaris son una nueva generación de guerreros transhumanos desarrollados a lo largo de diez milenios estándar por Cawl en Marte. Cawl utilizó la plantilla genética de los Marines Espaciales originales creados por el Emperador para Su Gran Cruzada como punto de partida para el desarrollo de los nuevos Astartes. Los Marines Espaciales Primaris son más grandes, más poderosos físicamente y poseen tiempos de reacción más rápidos que sus homólogos Astartes originales.

Los Primaris son los nuevos héroes para la era más oscura en la historia del Imperio del Hombre. Estos guerreros fueron el siguiente paso en la evolución de los Ángeles de la Muerte del Emperador, y fueron refuerzos oportunos para los ejércitos del Imperio cuando sus enemigos se acercaron para rematarlos a raiz de la 13ª Cruzada Negra de Abaddon el Saqueador y el nacimiento de la Cicatrix Maledictum, una gigantesca tormenta Disforme que partió al Imperio en dos.

Para ayudarlos en la batalla, estos guerreros forjados genéticamente fueron equipados con nuevas armas y armaduras forjadas en el mismo Marte, como la servoarmadura Mark X modelo Tacticus que usan los Intercesores de los Marines Espaciales Primaris, que combinaban los elementos más efectivos de la época de la Herejía de Horus, con desarrollos más recientes; el rifle bólter Mark II modelo Cawl , el arma de fuego arquetípica del Adeptus Astartes, ahora rediseñada, y perfeccionada, y los nuevos Dreadnoughts Redentor.

En los albores de la Cruzada Indomitus convocada por Guilliman para hacer retroceder a las Fuerzas del Caos, estos nuevos fenomenales guerreros se unieron al Lord Comandante del Imperio en su lucha por liberar los bastiones dispersos del Imperio. A algunos, Guilliman forjó nuevos Capítulos de Marines Espaciales, hermandades enteras compuestas solo por estos nuevos guerreros transhumanos.

A otros los ofreció a los Capítulos de Marines Espaciales existentes. Muchos Señores del Capítulo dieron la bienvenida a sus hermanos Primaris a sus filas, aceptando los nuevos refuerzos con mucho gusto, como en el caso de los Ángeles Sangrientos. Otros, sin embargo, vieron estas nuevas creaciones con sospecha u abierta hostilidad, afirmando que el trabajo del Emperador nunca debería haber sido entrometido por simples mortales.

Aunque están a un paso de sus hermanos, los Marines Espaciales Primaris todavía tienen la semilla genética de sus Primarcas, y algunas voces disidentes se preocupan de cómo reaccionará este nuevo tipo de guerrero con las peculiaridades y defectos genéticos conocidos de algunos de los más inusuales Capítulos. Capítulos, como los Ángeles Sangrientos (como la Rabia Negra o su Sed de Sangre) y los Lobos Espaciales (como la imposibilidad de los lobos de Fenris de tener capítulos sucesores debido a la inestabilidad genética de la Canis Helix)

Pero antes de que pudiera comenzar la cruzada, Guilliman se vería obligado a defender el mundo natal de la Humanidad por segunda vez de las fuerzas del Caos durante la Batalla de la Puerta del León. Cuando las primeras tormentas Disformes estallaron sobre la Sagrada Terra, sus cielos llenos de polución se volvieron de un carmesí turbio. Khorne, haciendo caso omiso de los planes de sus hermanos y ansioso por demostrar su superioridad, envió a ochenta y ocho cohortes de sus legiones de Demonios a asaltar el Palacio Imperial. El Dios de la Sangre quería para sí la gloria de derribar el Trono Dorado del Emperador, y convirtió los cielos de Terra en nubes de sangre que desplegaron a la hueste roja directamente ante la Puerta del León.

Los Marines Espaciales Primaris forjados genéticamente yacen en estasis, esperando ser despertados de su largo letargo

Las baterías artilleras del Palacio Imperial no tienen rival, pero no podían frenar esta marea roja por sí solas. Dirigidos por Roboute Guilliman, recién renombrado Lord Comandante del Imperio, los Marines Espaciales Primaris, el Adeptus Custodes y las Hermanas del Silencio lucharon hombro con hombro. Aunque el temerario asalto del Caos fue rechazado y quebrado mucho antes de que pudiera alcanzar la Puerta de la Eternidad, los Altos Señores quedaron conmovidos por el atrevimiento del enemigo. Sin el faro del Astronomicón, su arcana maquinaria e instrumentos protectores no eran suficientes para impedir que los siervos de los Poderes Ruinosos se materializasen incluso en la Sagrada Terra. Khorne entró en un ataque de rabia tan furibunda al ver regresar a sus huestes derrotadas que su fortaleza tembló, y el calor generado por su arrebato destruyó por completo las esencias de los ocho Devoradores de Almas que habían dirigido el fallido ataque.

Después de su defensa de la Sagrada Terra, Guilliman reunió una nueva armada a lo largo de los años, acumulándola alrededor del Sistema Solar, pidiendo ayuda, reuniendo aliados, requisando naves, honrando pactos y forjando nuevos. A final, llamó al producto de esta monumental hazaña Cruzada Indomitus, la mayor concentración de fuerzas militares imperiales vista desde la Gran Cruzada original más de diez mil años estándar antes.

Junto con elementos de los Adeptus Custodes, un pequeño contingente de la Hermanas del Silencio y una vasta hueste de guerra de Marines Espaciales Primaris de muchos Capítulos recién fundados y las 9 Legiones de los Hijos Innumerables, los Astartes Primaris a los cuales aún no se les había asignado un capítulo al cual servir, el Primarca estableció un rumbo sinuoso. Las fuerzas de ataque de más de una docena de Capítulos de Marines Espaciales preexistentes, liderados por los Puños Imperiales, se unieron a la flota.

Así comenzaron muchas leyendas nuevas mientras Guilliman viajaba para ayudar a planetas asediados, rompiendo asedios y barriendo a los invasores del Caos y xenos por igual para devolver la esperanza a los desesperados defensores. Entre los muchos mundos ayudados por la Cruzada estaba Baal, el mundo natal del Capítulo de los Ángeles Sangrientos, que había sido atacado por la Flota Enjambre Leviathan. Durante la llamada Devastación de Baal, la flota de la Cruzada llegó a la órbita de Baal después de que las Tormentas de Disformidad ya habían consumido la mayor parte de la flota colmena.

Los refuerzos imperiales ayudaron a los Ángeles Sangrientos a limpiar a Baal de todo rastro restante de los xenos antes de ayudarlos a reconstruir, ya que la fuerza de los Ángeles Sangrientos y sus Capítulos Sucesores se necesitaban urgentemente en otras partes del asediado Imperio.

No pasó mucho tiempo antes de que comenzara a correr la voz, ya que todos esos planetas que aún podían recibir mensajes astropáticos aclamaron el regreso de un héroe salido del mito. Una vez más, uno de los semidioses del pasado luchó por el Imperio de la Humanidad. Algunos se mostraron escépticos ante esta noticia, calificándola de propaganda de Terra, como es el caso del Comodoro Wer, comandante en jefe de los restos de la Armada Imperial en el sistema Odoacro. Pero en casi todo el Imperium Sanctus se creyó en su totalidad el regreso del Hijo Vengador.

Finalmente, el primer paso de la Cruzada Indomitus llegaría a su fin más de un siglo después, en el 42º Milenio en la Batalla de Raukos. Posteriormente, Guilliman centraría su atención en ayudar a su Reino de Ultramar a derrotar a las fuerzas de la Legión Traidora de la Guardia de la Muerte y a los sirvientes de Nurgle en las Guerras de la Plaga. La Cruzada Indomitus dirigiría su atención a Ultramar.

Guerras de Plaga[]

"¡Pero ahora debes volver con el Maestro que has elegido!"

Emperador, antes de desterrar a Mortarion al Jardín de Nurgle.

Después de que el nacimiento de la Gran Fisura en el clímax de la 13ª Cruzada Negra fracturara el Imperio del Hombre por la mitad, Ultramar fue atacado por los sirvientes del Dios de la Plaga Nurgle, quienes habían decidido agregar todo Ultramar a su Jardín en el Reino del Caos. Tres sistemas estelares al norte galáctico de Ultramar, las ahora conocidas Estrellas de la Plaga, fueron corrompidas por la influencia de Nurgle y sus planetas se transformaron en escenarios para la invasión del pequeño imperio estelar de Guilliman.

Los mundos de Ultramar fueron atacados desde adentro y desde afuera por las fuerzas de Nurgle, incluida una invasión liderada por el Primarca Demonio Mortarion y su Legión Traidora de la Guardia de la Muerte y las legiones demoníacas de Ku'Gath, una Gran Inmundicia. Estas llamadas "Guerras de la Plaga" duraron décadas estándar segun el calendario de Terra, hasta que tras la conclusión oficial de la primera parte de la Cruzada Indomitus en la Batalla de Raukos en el 111.M42, Roboute Guilliman, ahora el Lord Comandante gobernante del Imperio, finalmente llegó con refuerzos para ayudar a su asediado hogar

La ya grande fuerza de invasión de Mortarion, reforzada por mutantes y Cultistas del Caos de las Estrellas de la Plaga, estuvo acompañada por Typhus y su Flota de la Plaga junto con una Gran Inmundicia llamada Ku'Gath que lideró una hueste de 7 Demonios Mayores de Nurgle llamados la "Guardia de la Plaga". Su estrategia se concentró en tomar y mantener algunos de los mundos más importantes de Ultramar, como Iax, Espandor y Konor. Los siervos de Nurgle solo lanzaron incursiones más pequeñas en los mundos menores del subsector, y siempre se retiraron antes de que se desplegaran los Ultramarines Astartes.

El Sistema Espandor fue el primero en ser sitiado. Todos los mundos del sistema, excepto el propio Espandor, cayeron en manos de las Fuerzas del Caos; los Ultramarines disputaron amargamente Espandor Prime hasta que más tarde fueron relevados. Uno de los Demonios Mayores de la Guardia de la Plaga, Qaramas, lideró este ataque, y su conquista parcial del Sistema Espandor preparó el camino para que el resto de la flota de invasión bajo el mando de Nurgle llegara a Ultramar.

Iax fue invadido por los demonios de Nurgle liderados por Ku'Gath cuando la mayor parte de la fuerza de invasión se enfrentó a él. Se había convertido en un llamado "Mundo Hospital" anteriormente en el conflicto para hacer frente a la propagación de los "dones" patógenos de Nurgle en el subsector y, por lo tanto, era susceptible de infiltración por parte de los heraldos de Nurgle a pesar de sus estrictas medidas de cuarentena. Iax serviría como base de operaciones para la conquista de Ultramar por parte de los servidores de Nurgle, ya que Mortarion, la Guardia de la Muerte y el resto de la Guardia de la Plaga finalmente concentraron sus fuerzas allí al final del conflicto.

Macragge sufrió episodios de disturbios inducidos por el Caos cuando Mortarion lideró los ataques de sondeo en el planeta natal de los Ultramarines. Si bien esto no provocó una destrucción generalizada o daños a las instalaciones críticas, estos incidentes causaron una caída en la moral civil y obligaron al Señor de Capítulo de los Ultramarines Marneus Calgar a perder un tiempo y recursos valiosos en misiones de mantenimiento de la paz y demostraciones de fuerza para apuntalar la moral y confianza en los civiles que sufren de Maccrage.

Typhus y su Flota de la Plaga invadieron y capturaron uno de los fuertes estelares de Ultramar. Más tarde, Mortarion le ordenó atacar el mundo de entrenamiento de los Ultramarines de Parmenio.

Konor fue atacado por las fuerzas de la Guardia de la Muerte, su objetivo era conquistar el crucial sistema y usarlo como trampolín para un ataque final contra Macragge.

Al final de la primera parte de la Cruzada Indomitus, Guilliman anunció su intención de regresar a su reino natal con miles de refuerzos de Marines Espaciales Primaris y hacer retroceder el asalto del Caos. Primero, limpió el Mundo Colmena de Ardium en el Sistema Macragge de sus ocupantes de la Guardia de la Muerte. En el curso de esa operación se enteró de que Mortarion estaba usando el antiguo artefacto conocido como la Mano de la Oscuridad para fabricar Ingenios de Plaga que volvían a animar a los muertos y los convertían en Zombis de Plaga. Guilliman destruyó el Ingenio de la plaga en Ardium y liberó al mundo de la influencia de Nurgle.

Su siguiente destino fue el propio Macragge, su antiguo mundo natal. Él y sus refuerzos Astartes, incluidos los Marines Primaris, brindaron un alivio muy necesario a la población cansada y a los defensores. Al llegar a Macragge, Guilliman anunció que había cometido un grave error al permitir que las fronteras oficiales de Ultramar se redujeran tan drásticamente en los días posteriores a la Herejía de Horus debido a su creencia de que los Marines Espaciales no deberían gobernar grandes extensiones de la Humanidad. En cambio, restableció el antiguo Consejo Tetrarca gobernante para Ultramar, y encomendó a sus cuatro Tetrarcas recién nombrados, incluido a su propio Palafrenero Primaris, el capitán Decimus Felix y el Primer Capitán Ultramarines Severus Agemman, con el comienzo de expandir los territorios de Ultramar para incluir a todos los sistemas estelares que alguna vez comprendieron los Quinientos Mundos.

Después de hacer un balance de la terrible situación, Guilliman reorganizó a los Ultramarines y sus auxiliares mortales y lanzó un contraataque a gran escala contra los invasores. Varios Capítulos Sucesores de Ultramarines también se unieron a la lucha a instancias de su primarca, sus flotas de Capítulos se enfrentaron a la Guardia de la Muerte y hicieron todo lo posible para mantener las rutas de navegación de Ultramar y las líneas de suministro al Imperio en general a salvo y seguro.

Guilliman puso sus ojos en el Sistema Espandor por primera vez como parte de lo que llamó su campaña "Lanza de Espandor", porque sirvió como la principal línea de suministro para la invasión de la Guardia de la Muerte de las Estrellas de la Plaga. Volvió a tomar cada uno de los mundos perdidos en el sistema y destruyó los Ingenios de Plaga que estaban elevando la marea interminable de los zombis de la plaga en cada uno de sus mundos. Después de una feroz batalla en la que el Capítulo de los Ultramarines se encontró luchando codo a codo con sus hermanos Primaris por primera vez, las fuerzas de Nurgle fueron expulsadas de Espandor. Guilliman terminó decisivamente la batalla al matar a la Gran Inmundicia Qaramas con la Espada del Emperador y destruir la última Máquina de Plaga en el sistema. El Sistema Espandor había sido limpiado de la mancha del Dios de la Plaga y las fuerzas de Nurgle ahora estaban aisladas de su base en las Estrellas de la Plaga.

Con sus líneas de suministro a las Estrellas de la Plaga cortadas, sus Ingenios de Plaga desapareciendo y eliminando lentamente la constante marea de refuerzos de muertos vivientes, y los nuevos refuerzos imperiales llegando a Ultramar con cada día estándar que pasaba, Mortarion se encontró en el lado equivocado de lo que se había convertido en una guerra de desgaste. Guilliman había cortado con éxito el reabastecimiento de la Guardia de la Muerte y ahora procedería a cortar sus fuerzas en pedazos, un sistema a la vez. Con esto en mente, Mortarion decidió lanzar todas sus fuerzas restantes a un solo objetivo con la esperanza de revertir la marea.

Macragge todavía estaba demasiado defendido para que las fuerzas de Nurgle llevaran a cabo un asalto exitoso, por lo que Mortarion decidió que los sirvientes del Dios de la Plaga apuntarían al mundo de entrenamiento de los Ultramarines de Parmenio. Esta batalla vio el mayor enfrentamiento blindado entre las fuerzas del Caos y el Imperio durante la guerra.

El fuerte estelar más grande de Ultramar, Galatan, intentó brindar apoyo, pero fue atacado por la Flota de la Plaga de Typhus y fue abordado por un contingente de Marines Traidores, lo que provocó la muerte del Señor del Capítulo de los Novamarines, Bardan Dovaro, en la feroz lucha.

Guilliman contra Mortarion

En la superficie de Parmenio, sin embargo, los Ultramarines ganaron lentamente la ventaja. Guilliman mató al lugarteniente de Ku'Gath, Septicus Seven, séptimo señor de la séptima casa, y destrozó a su demoníaca Guardia de la Plaga, una acción que finalmente dio a los sirvientes del Emperador la ventaja en el conflicto. Con la campaña finalmente en la mano, Guilliman se dedicó a la caza de su hermano traidor, quien se retiró al planeta Iax.

Guilliman finalmente dirigió una fuerza de relevo al olvidado Iax. Al no haber descubierto a Mortarion liderando sus fuerzas en Parmenio o Espandor, el Lord Comandante del Imperio estaba decidido a dar caza a su traidor hermano de una vez por todas.

La batalla culminante del conflicto tuvo lugar en Iax, donde Guilliman y Mortarion lucharon personalmente entre sí hasta un punto muerto brutal entre las ruinas del otrora Mundo Hospital. Mortarion finalmente logró ganar la contienda, insertándole al debilitado Guilliman la Plaga Divina, la plaga que podría matar al más puro de los Primarcas. Cuando Mortarion insertó la Plaga Divina en el cuerpo de su hermano, los Nurgletes murieron a su alrededor y hasta el propio Primarca Demonio tuvo que usar todo su poder psíquico para no verse afectado por la Plaga Divina. E incluso esta plaga se alzó amenazante al cielo para contaminar todo Pestiliax, pero fue detenido por un escudo psíquico invocado por los brujos y hechiceros humanos y Aeldari, estos últimos enviados por el propio Eldrad Ulthran para ayudar a Guilliman.

Guilliman sentía el dolor, sentía la muerte abalanzarse sobre él, en su desesperación, Guilliman se refugió en un recuerdo. El reencuentro entre el y su Padre.

Guilliman recordó como fue su encuentro, el recuerdo que relucía como una débil luz de esperanza para el Primarca. El Emperador habló con múltiples voces, dándole órdenes de destruir todo lo que construyeron, pero también de salvar todo lo que construyeron. Órdenes contradictorias que no podía desobedecer, ninguna de ellas. Pronto, el sonido de múltiples maquinarias funcionando mal, entrechocándose y a punto de romperse, inundaron la habitación. Solo con el grito de miles de almas más, sacrificadas a su hambrienta Santidad, la maquinaria continuó sus funciones.

El Emperador pudo hablar con una única voz con el último hijo leal que le quedaba, su última herramienta.

Mortarion observaba horrorizado en lo que se convirtió su Padre, se alzaba gesticulando gestos de horror detrás del hombro de Guilliman. El último recuerdo de Guilliman sobre el tema fue él desmayándose y despertando días después. El Capitán General Trajann Valoris, quien había estado junto a Guilliman cuando este habló con su Padre le dijo que no escuchó ninguna voz, no vio ninguna luz, y no vio cuando Guilliman se arrodilló ante el Emperador, Lo único que vio fue a Primarca de los Ultramarines de pie, a su lado, mirando el Trono en el que se sentaba el gobernante de la Humanidad, mientras Guilliman movía sus labios.

El recuerdo se desvaneció hasta que ambos regresaron a la realidad.

Guilliman estaba muriendo mientras escuchaba a Mortarion burlándose de en lo que se convirtió el Emperador.

Pero en el último momento, el Emperador en persona poseyó a Guilliman, restaurando su armadura, su vida y su alma herida de muerte. Las fuerzas del Caos creyeron haber asestado un golpe mortal al Imperio al haber abierto la Cicatrix Maledictum teniendo como efecto secundario el aumento de los poderes psíquicos de todas y cada una de las especies conscientes. Eso incluye al Emperador, el más poderoso psíquico que la Humanidad alguna vez engendró.

El Emperador, habló con la voz de Guilliman, habló con Su voz, habló con una voz. Recriminándole a Mortarion, echándole en cara lo que pudieron haber logrado juntos. Terriblemente enojado, el Emperador desterró a Mortarion al Jardin de Nurgle, que todavía tenía conexión con Pestiliax, nombre dado por la Guardia de la Muerte después de enfermar el planeta, mientras Mortarion gritaba mientras sentía un terror puro.

Luego, el propio Emperador lanza una advertencia al mismísimo Dios de las Plagas, con la voz de su hijo: "¡Escúchame, soy Roboute Guilliman, el último Hijo Leal del Emperador de Terra! Tu destino no concluye hoy... Dios de la Plaga. Pero debes saber que iré a por ti... Te encontraré y te haré arder."

A continuación, el Emperador cogió la Espada Ardiente a dos manos y lanzó oleadas de fuego ardiente, con llamas más calientes que un millón de soles haciendo arder parte de las apestosas arboledas del propio Jardin de Nurgle, mientras estas llamas se dirigían a la Mansión Negra, el lugar dónde residía el mismísimo Nurgle.

"Esto es una advertencia" dijo Guilliman "La Disformidad y el Materium estuvieron en equilibrio, pero durante demasiado tiempo has inclinado la balanza a tu favor. No solo la Disformidad puede empujar. Este "reino" no es real, solo la Voluntad es real. Y nada puede superar a mi Voluntad. Y te aseguro Señor de las Plagas, y debes transmitir este mensaje a tus hermanos, que no hablo en mi nombre. Hablo en nombre del Emperador de la Humanidad."

Mortarion y la Guardia de la Muerte que fueron desterrados, no se detuvieron después de ser lanzados por el poder psíquico del Emperador. Mortarion fue atraído de manera forzosa al propio Jardín de Nurgle. Porque el Abuelo estaba molesto.

Nurgle es el Dios de las Plagas, pero también del Amor. Amaba desde las criaturas más ínfimas hasta las más poderosas de ellas. Como bien le dijo Typhus a su padre genético Mortarion, es muy difícil hacer enojar a Nurgle. Pero Mortarion lo había logrado debido a sus constantes fallos y debido a que no respondió a su llamado para enfrentarse a los otros dioses, mientras defendían su territorio en el eterno juego de los dioses del caos.

Finalmente, la Guardia de la Muerte se retiró de Iax al amparo de un ataque con bombas víricas contra las fuerzas imperiales y los sirvientes restantes de Nurgle finalmente se retiraron de Ultramar.

Las Guerras de Plaga habían terminado. pero la amenaza de un nuevo ataque de las Estrellas de la Plaga era ahora una amenaza persistente.

Armamento[]

Gran Cruzada y Herejía[]

Roboute Guilliman, el Primarca.jpg

Roboute Guilliman vestía una armadura artesanal conocida como la Armadura de la Razón, que él hizo reforjar una y otra vez durante toda la Gran Cruzada y la Herejía de Horus para suplir las deficiencias y puntos débiles que le iba encontrando en sus campañas.

Como muchos de sus hermanos Primarcas, Guilliman poseía una amplia selección de armas y piezas de equipo, tanto para blandirlas en la batalla en función de sus deseos y necesidades, como, en el caso del Señor de Ultramar, también para estudiarlas y meditar cómo perfeccionar y mejorar sus habilidades y las de su Legión. Dos de las más icónicas eran el puño de combate conocido como la Mano del Dominio y la brillante espada de plata llamada Gladius Incandor. También son famosos los Guanteletes de Ultramar, actualmente símbolo de oficio del Señor del Capítulo de los Ultramarines. Asimismo, para disparar en campo abierto su favorito era el combibólter Arbitrador, llamado así por zanjar disputas y agravios.

Llevaba consigo además granadas de fragmentación y un cognis signum para dirigir a sus tropas.

Tras su resurrección[]

Tras ser devuelto a la vida por Yvraine y Belisarius Cawl en el 999.M41, este último le equipó con la Armadura del Destino, una servoarmadura especialmente diseñada que incorpora un sistema de soporte vital y el halo de hierro de Santa Celestine. También fue armado con la espada ardiente del mismísimo Emperador de la Humanidad y con su antigua Mano del Dominio, adaptada y mejorada con un bólter pesado integrado.

Obra literaria[]

Durante toda su vida Guilliman dedicó mucho tiempo a la lectura así como la redacción de libros y tratados de estrategia militar y filosofía. A continuación se transcriben los títulos de algunas de sus obras:

  • Sobre la lealtad.
  • Disertación sobre los principios del mando.
  • Hacia la unión de la Teoría y la Praxis.
  • Prolegómenos sobre las Tácticas.
  • Tratado sobre el Desastre.
  • Para una Hermenéutica de la estrategia.
  • Reflexiones.
  • Notas para una codificación marcial.

Citas[]

"OBJETIVO / ADQUISICIÓN

La Fase de Adquisición, o condición preparatoria, es un segmento vital en cualquier misión que se quiera cumplir con éxito. Aunque un guerrero debe estar preparado de un modo inmediato para el combate sin aviso previo ni advertencia alguna, es cuando se prepara y planifica la guerra, cuando adapta las características específicas de su adversario a ese plan, cuando tienes la mayor probabilidad de éxito. Así es la guerra como arte o como ciencia, como ya he mencionado antes. A menudo, la batalla se gana antes incluso de que se efectúe el primer disparo, o antes de que se sepa siquiera que se va a efectuar ese disparo.
"

Anónimo

"ABSOLUTO / APLASTAMIENTO

La batalla no es un estado en el que se deba entrar a la ligera. La batalla siempre es dolorosa y siempre tiene un coste, por lo que el comandante inteligente nunca entra en batalla a menos que no le queden otras opciones. Una vez que se haya comenzado la Fase de Ejecución, o «condición primaria», debe librarse del modo más eficaz posible: una rápida aplicación de una fuerza abrumadora para aplastar al enemigo de la manera más súbita y completa posible. No se le debe dar ni tiempo ni espacio para reaccionar. No se le debe dejar ningún suministro u oportunidad que pueda utilizar en la fase de reagrupamiento. Hay que eliminarlo de un modo físico y psicológico para que su amenaza quede borrada por completo. Hay que matarlo con el primer disparo. Aniquilarlo por completo con el primer ataque. Esto se puede considerar la aplicación de la noción de «ataque» en su forma más pura.
"

Notas para una codificación marcial.

"MUERTE / SISTEMA

En algunas circunstancias, incluso in extremis, durante campañas de sometimiento, es necesario destruir de un modo metódico toda la infraestructura del enemigo junto al propio enemigo. A veces, una victoria militar empática no es suficiente. Algunas veces, la propia tierra debe quedar sembrada de sal, tal y como lo expresan los textos antiguos. Los principales argumentos a favor de este tipo de actos son psicológicos (contra un pueblo o una especie desafiante), por una cuestión de seguridad (en el sentido de que se purifica una región de algo que es demasiado peligroso para que siga existiendo). Ninguno de estos argumentos es especialmente consolador para un comandante pragmático. La guerra consiste tanto en conseguir unos logros como obtener la victoria. No debería consistir en la destrucción absoluta. Este tipo de guerra total, este proceso de arrasamiento, es muy común en las fuerzas de asalto o hiperagresivas. Los guerreros de Angron, mi hermano primarca de la XII Legión, se refieren a ello como «la Totalidad», e incluso ellos lo llevan en contadas ocasiones hasta sus máximas consecuencias. De mi hermano Russ, y del cántico de guerra Wurgen de los Vlka Fenryka, hemos tomado prestado el término «Skira Vordrotta», cuya traducción más fiel y útil es «muerte sistemática».
"

Notas para una codificación marcial.

"OBJETIVO / ENFRENTAMIENTO

En la fase de guerra abierta, sobre todo cuando uno se encuentra en una situación de defensa o de contraataque, se debe ser proactivo. Hay que determinar qué suministros o recursos se necesitarán para conseguir ventaja y poner al enemigo a la defensiva. Hay que establecer cuáles de esos suministros o recursos posee el enemigo. Hay que arrebatárselos. No hay que perseguir la gloria. No hay que forzar enfrentamientos imposibles de ganar. No hay que intentar igualar su fuerza si se sabe que esa fuerza es muy superior. No hay que perder tiempo. Decide qué es lo que te hará lo suficientemente fuerte, y luego consíguelo. El recurso más deseable siempre es la capacidad continuada de seguir con la guerra.
"

Notas para una codificación marcial.

"USHKUL / THU

En la Fase Final de cualquier combate, o en cualquier momento posterior a la consecución exitosa del Ataque Decisivo, se deben reconocer las pérdidas. Esta a menudo es la lección más difícil de aprender para un guerrero. Se escribe poco acerca de ello, y no está valorado o definido. Se debe comprender cuándo se ha perdido.

Percibir este estado es tan importante como conseguir la victoria. Una vez que se aprecia, bajo cualquier concepto teórico, que uno ha sido derrotado, se puede decidir qué desenlace práctico se puede permitir mejor. Por ejemplo, se puede elegir la retirada, y de ese modo conservar unas fuerzas y unos suministros que de otro modo se desperdiciarían. Se puede elegir la rendición, si se puede conseguir algo con la continuación de la vida de uno mismo, incluso en cautividad.

Se puede elegir pasar los últimos momentos de la vida causando el mayor perjuicio posible al vencedor, para así debilitarlo de cara a otros adversarios. Se puede elegir morir. El modo en el que un guerrero hace frente a la derrota es una muestra más clara de su valía que su comportamiento en la victoria.
"

Notas para una codificación marcial.

"RUINA / TORMENTA

Todo es un enemigo.
"

Notas para una codificación marcial.

"El guerrero que actúa por honor no puede fallar. Su deber es el honor en sí mismo. Incluso su muerte, si es honorable, es una recompensa, y no un fracaso, porque esta ha llegado a través del deber. Por tanto, busca el honor mientras actúas y no conocerás el miedo."

Roboute Guilliman

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Saber más[]

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Fuentes[]

Extraído y traducido parcialmente de Lexicanum Inglés y de Wikihammer UK

  • Codex. Adeptus Astartes (8ª Edición).
  • Warhammer 40,000: Reglamento (8ª Edición)
  • Codex: Ultramarines (2ª Edición).
  • Codex: Marines Espaciales (Ediciones 3ª y 5ª).
  • Index Astartes III.
  • Deathwatch: Reglamento (Juego de rol).
  • Garro: Oath of Moment (Audiolibro), por James Swallow.
  • Roboute Guilliman, Señor de Ultramar, por David Annandale.
  • Dark Imperium, de Guy Haley
  • Dark Imperium - Guerras de Plaga, de Guy Haley
  • Dark Imperium - Plaga Divina, de Guy Haley
  • Gathering Storm - Parte Tres - Ascenso del Primarca (7ma Edición).
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