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El Resurgimiento de Vhnori fue una importante revuelta de antiguos Señores Tecnobárbaros que tuvo lugar en Terra poco después del inicio de la Gran Cruzada. Fue cruelmente aplastada por la VIII Legión, los futuros Amos de la Noche.

HistoriaEditar

El Imperio de principios de la Gran Cruzada era un reino recién nacido, aún lloroso y convulso en medio de la sangre y los fluidos de su parto. Las alianzas y juramentos aún estaban frescos, sin probar o a medio formar. Incluso cuando el Imperio empezó a extenderse más allá del Sistema Solar, los dominios dejados atrás solían ser de estabilidad y lealtad cuestionables. Los intentos de rebelión y las conspiraciones eran comunes. El Imperio sofocó la mayoría de estas insurrecciones rápidamente y sin fanfarrias. Unas pocas, sin embargo, requerían una respuesta distinta; no una simple subyugación sino una venganza.

Vhnori era un enclave urbano terrano que antaño había formado parte del Imperio Panpacífico. Construida en las paredes de una grieta que se hundía profundamente en la tierra, había sido uno de los últimos dominios de Narthan Dume en caer. Una extensión de estructuras cubría las llanuras en torno a la fosa en más de cien kilómetros a la redonda. Edificios blindados se aferraban al borde y las paredes de la grieta y se extendían a lo largo de kilómetros hacia el fondo. La luz tanto del sol como de la luna alcanzaba los niveles más profundos solo como un brillo débil, y el hedor a humanidad la cubría como una nube fétida. El pueblo de Vhnori nunca había aceptado fácilmente el yugo imperial, pero tras la derrota de Dume se habían sometido durante años en un silencio amargo. La venida de los Caminantes Carmesíes cambió eso.

Los Caminantes Carmesíes eran una cábala de psíquicos, manipuladores genéticos y caudillos que habían servido a los últimos grandes tiranos de la Era de los Conflictos. Al unificar Terra el Emperador había derrocado a muchos reyes, reinas, demagogos y déspotas cuyos nombres y actos aún perviven en la memoria de muchos. Eran los monarcas de la Vieja Noche, monstruos que esclavizaron a miles de millones con mentiras, terror y conocimiento maldito. Atrocidades forjadas con saber genético, sangre y el poder de las brujas marcan su época, y nos ayudan a recordar lo que el Emperador dio a la Humanidad cuando acabó con su dominio. Pero algunos rastros de la Vieja Noche permanecían en las sombras: los siervos fanáticos, los hijos clónicos y los caudillos fugitivos. A lo largo de los años muchos de estos renegados habían sido cazados, pero algunos sobrevivían. Estos pocos encontraron a otros, e hicieron pactos diabólicos de odio, atormentados por el ansia de volver a tener lo que el Emperador les había arrebatado. Poco a poco reunieron seguidores y recursos, extendiendo una red secreta por toda Terra. El centro de su resurgimiento fue Vhnori.

En la ciudad-cañón, los Caminantes Carmesíes encontraron seguidores y aliados voluntarios, y empezaron a construir una nueva fortaleza de la desesperanza. Viejas pesadillas regresaron a Terra por primera vez en muchos años: forjas de carne, cosechas de sangre y seres no-muertos. Lo peor, sin embargo, fue que cuando los Caminantes Carmesíes tomaron el poder el pueblo de Vhnori se alzó para seguirlos como si fueran bestias leales regresando al lado de su amo, en lugar de rechazar los horrores de los que habían sido liberados. Los pocos que se resistieron se convirtieron en el combustible de las horribles artes de los Caminantes Carmesíes. Por un momento pareció que podrían arrastrar a parte de Terra de vuelta a las pesadillas del pasado. Cuando el Emperador se enteró del ascenso de esta amenaza renacida, se dice que pronunció solo cuatro palabras: “¡Enviad a la Octava!”

La VIII Legión no respondió de inmediato. Sus fuerzas en el Sistema Solar en ese momento apenas superaban los quinientos guerreros: una fuerza grande pero no una capaz de avasallar un enclave poblado por decenas de millones de personas. Este hecho, no obstante, no importó a los guerreros de la Octava, pues sabían por qué habían sido convocados a luchar y lo que tenían que hacer.

Empezó con fuego cayendo de los cielos. Turboláseres y proyectiles Inferno convirtieron la noche en día al ser disparados sobre las afueras de Vhnori. El bombardeo duró seis horas. Cuando acabó, un anillo de un kilómetro de ancho de metal y rocas fundidos se había formado en torno a la ciudad, y sus millones de habitantes miraron al cielo preguntándose qué traería el amanecer consigo. Sin embargo, el amanecer nunca llegó. De horizonte a horizonte negras nubes bloqueaban la luz. Entonces empezó a llover una pesada tromba cargada de sustancias químicas desde las nubes artificiales. La gente empezó a sentirse mareada, a temblar donde se encontraba, constantemente consciente de cada sonido que los rodeaba, de cada movimiento en el margen de su visión. Llovió durante un día entero, aunque no hubo ningún atardecer que lo distinguiese de la noche que siguió. En la oscuridad la gente lloraba abiertamente mientras las sombras se retorcían con sonidos y formas apenas percibidas.

La VIII Legión emergió entonces de las profundidades. Mientras sus naves en órbita habían iluminado la noche con llamas, los Astartes se habían dejado caer desde el borde de la atmósfera, cayendo revestidos en armadura de medianoche hacia la fosa del corazón del enclave. Solo una vez que hubieron sobrepasado con creces la luz del incendio de la superficie encendieron sus propulsores de salto para detener su descenso. En la oscuridad de debajo de la ciudad habían aguardado a que cayese la auténtica noche, aferrándose a las paredes rocosas como criaturas cavernarias mientras transcurría el día sin sol. Entonces se alzaron desde el abismo sobre chorros de llamas. Penetraron en los límites inferiores de la ciudad colgante, masacrando a cualquiera que se cruzaba en su camino y colocando cargas para enviar secciones de edificios girando hacia la oscuridad. Los gritos empezaron a resonar desde el cañón. Para la población de la superficie, los aullidos de terror y el combate reverberaban a través de sus mentes debilitadas por las drogas. Muchos simplemente se derrumbaron sacudiéndose de terror, mientras que otros huyeron a encerrarse lejos del creciente clamor.

Los Caminantes Carmesíes respondieron desatando un ejército de monstruosidades: golems recosidos que scampered sobre docenas de manos humanas, filas de soldados con la mente quebrada, los ojos de cristal y vías de estimulantes clavadas en sus cerebros expuestos, y esclavos psíquicos que llenaban el aire con el tufo estático de la Disformidad. La fosa se iluminó con los disparos y la strobing luz de las llamas disformes, pero aun así la VIII Legión siguió avanzando, dando vueltas entre los escombros con sus propulsores y descuartizando abominaciones con garras envueltas en relámpagos. Aullaban con las voces de los muertos mientras luchaban, profiriendo a través de los altavoces de sus cascos los sonidos grabados del sufrimiento, el dolor y la pérdida. Cuando la grieta brillaba ya como la boca de un infierno mítico, las Cápsulas de Desembarco cayeron. Los refuerzos convergieron sobre esta, abriéndose camino a través de los arrabales superficiales mientras mataban a todo el que encontraban. Los pocos que presenciaron aquella noche hablan de figuras con armadura acribillando a aquellos que huían ante ellos, de incendios que se alzaban desde bloques residenciales, y del eterno y omnipresente coro en aumento de gritos.

Las fuerzas de los Caminantes Carmesíes eran terribles, pero escasas. Los Caminantes afrontaron su fin divididos, cada uno intentando sobrevivir o escapar de la ciudad condenada por libre. Ninguno lo logró. Con sus escoltas de abominaciones despedazadas o reventadas por los disparos, cada uno de los renegados se encontró a los pies de las imponentes figuras de armadura azul medianoche, cuyas caras estaban ocultas por yelmos sin expresión, y supieron que la justicia imperial había acudido a por ellos. Aquellos que alcanzaron la destrozada frontera que ahora rodeaba la ciudad se vieron cazados por las Escuadras Buscadoras de la VIII Legión. Se dice que la VIII Legión permitió a muchos huir antes de cazarlos durante las largas horas de la noche artificial, mutilándolos pero nunca matándolos, hasta que arrastraban a su presa de vuelta a la fosa como sacos ensangrentados de carne aplastada y huesos rotos. Con Vhnori gritando y ardiendo, la Octava llevó a cabo su deber final. Vivos y curados lo suficiente para estar conscientes, los Caminantes Carmesíes fueron arrojados al abismo. Entonces detonaron cargas explosivas por todo el borde del acantilado, arrancando los edificios colgantes de la ciudad de las paredes rocosas. Se dice que los gritos de los diez millones de personas que se habían refugiado allí de los combates alcanzaron los cielos mientras acompañaban a los Caminantes Carmesíes a las negras profundidades de Terra. La Octava Legión abandonó la ciudad diezmada antes del nuevo amanecer.

FuentesEditar

  • The Horus Heresy II.
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