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Mascota Tau guitarra sin fondo Este artículo está bajo los auspicios del Imperio T'au. Ui'Pa'kyr Ri'n, músico de la Casta del Agua, ameniza el ambiente con sus más famosos temas. Pulsa sobre él para que te lleve a la fraternidad de los T'au mientras interpreta "Ay, como la Casta del Agua" de O'Camar'on.

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Extracto del Libro de la Guerra, las memorias del Comandante de la Casta del Fuego Shas'o Sa'cea Tsua'm; un relato auténtico y glorioso de las nobles acciones de los Guerreros del Fuego procedentes de la Academia Kais-shi de Sa'cea. Donde se relatan los sucesos posteriores a la invasión de Ke'lshan por las fuerzas del Mont'au.

Escuchad bien esto, mis guerreros, y aprended de los métodos de guerra de aquellos a los que no les importa promover un objetivo común, sino que luchan por el puro placer de la violencia, la cruel emoción de profanar a quienes derrotan. Es un relato de advertencia, pero uno que inspirará a otros y que proporciona un recordatorio de los peligros de apartarse del Tau'va, el Bien Supremo.

El planeta de Ke'lshan es un lugar de clima turbulento y de paz incierta. Toda clase de enemigos habitan en la cercana Fisura Perdus: alienígenas, piratas y seres demasiado terribles para ser siquiera mencionados. Es una región del espacio traicionera, evitada por todos los pilotos de bien, y muchos de entre los Kor susurran que puede estar maldita. No dicen por qué está maldita y, hasta la batalla del Mont'au, estaba seguro de que tales historias no eran más que cuentos apócrifos. Ahora ya no estoy tan seguro de ello.

Las fechorías de los que emergen de la Fisura Perdus son bien conocidas: todos buscan saquear y matar sin pensar ni un momento en lo que hacen. Aunque, por supuesto, no apruebo los métodos de O'Shovah ni justifico lo que ha hecho, ya no puedo condenarle por completo. Las cosas que he visto ahí fuera, en la frontera, me ha dado la suficiente claridad de pensamiento como para, como mínimo, comprender de lo que habla, y esto no fue nunca tan cierto como cuando tuvieron lugar los hechos de Ke'lshan que ahora me dispongo a relatar.

En numerosas ocasiones, aquellos instruidos en Kais-shi habían realizado expediciones para proteger a nuestros hermanos de las otras castas, y en cada ocasión habían salido victoriosos. Cuando recibí órdenes del Shas'ar'tol de llevar seis Cuerpos hasta Ke'lshan, me sentí lógicamente muy honrado por recibir el mando, y ansioso de derrotar a cualquier amenaza que hubiera surgido de la Fisura.

Mientras nos dirigíamos hacia allí, se incorporó a nuestro grupo una Esfera de Guerra Kroot y, aunque me alegré de recibir su apoyo, no había tenido constancia de la existencia de Esferas de Guerra en aquella región del imperio. Al llegar a Ke'lshan quedó claro de inmediato que lo que había sucedido en aquel mundo era antinatural. Puestos de vigilancia y poblaciones enteras habían sido arrasados hasta no dejar piedra sobre piedra; los cuerpos de los Tau muertos habían sido vejados de las maneras más inimaginables. Parecía improbable que la piratería hubiera sido el motivo del ataque, dado que no habían robado nada: los almacenes seguían llenos y los talleres mecánicos estaban intactos. No había propósito para la masacre, salvo el horror gratuito de la destrucción y la mutilación.

Pero lo peor aún estaba por llegar. Los Rastreadores informaron haber visto enormes columnas de humo negro sobre el horizonte y nos dirigimos a toda velocidad hacia los incendios. Llegamos a una colonia que, según supe más tarde, se llamaba Fio'kai, y descubrimos a una parte del ejército invasor aún acampado entre las ruinas humeantes. Aunque a primera vista tenían un cierto parecido con los Gue'la, existía entre ellos un derroche de formas y anatomías que no había visto nunca anteriormente, y apenas podía creer que fuera posible que existieran. Cada criatura poseía extremidades distendidas, órganos retorcidos y fauces farfulleantes, y todas entonaban viles exhortaciones en nombre de la indulgencia.

Caímos sobre ellos y los matamos a todos salvo a uno, que parecía deleitarse con el dolor que nuestras armas le habían infligido. Tenía el cuerpo retorcido y deformado más allá de cualquiera de las leyes físicas y nos escupía y juraba tales mezquindades que me vi obligado a ordenar a mi Shas'el que se retirara, por miedo a que ejecutara al prisionero en aquel mismo instante.

Yo mismo hablé con el prisionero durante largo rato y descubrí muchas cosas, que no mencionaré aquí para evitaros el horror que yo sentí al escucharlas. Baste decir que decía ser el servidor de un señor oscuro, un ser conocido como Slaanesh, un ser que es la antítesis de todo aquello en lo que creen los Tau. Según parece, sus sirvientes son incentivados activamente a perseguir objetivos hedonistas, y el concepto del Bien Supremo les resulta aborrecible. Una criatura como esa no se sometería jamás al Imperio Tau, y debe ser destruida para que su dogma subversivo no pueda extenderse. Parece que este ser posee un poder considerable, puesto que era él (o ella, dado que el sujeto se refirió a su amo como poseedor de ambos sexos) quien había reclamado Ke'lshan como propio. Tuve que poner fin al repugnante interrogatorio cuando el prisionero pareció sentir un placer malsano ante las técnicas de interrogación que me vi obligado a utilizar. Antes de ejecutar al cautivo, pude arrancarle la localización de la fuerza principal de este Slaanesh y reagrupé a mis fuerzas, listo para enfrentarme a este depravado enemigo.

Al salir al exterior, me topé con la visión de algunos Carnívoros Kroot devorando los cuerpos de los que habíamos matado en la batalla. Aunque desagradable, no me sorprendió y no le di más importancia a su festín de la que le había dado en otras ocasiones. Los acontecimientos posteriores demostrarían lo costosa que fue esta negligencia.

La ruta que nos había proporcionado nuestro prisionero nos permitió situarnos rápidamente en una posición de emboscada por delante de las fuerzas de Slaanesh, y decidí emplear la estrategia Kauyon. Con los Kroot en el centro como señuelo, desplegué a los Equipos Crisis, un par de Cabezamartillos y a mí mismo en un terreno yermo tras una colina en mi flanco derecho, y a un Equipo Apocalipsis a la izquierda de los Kroot. Con Armaduras Miméticas, Guerreros del Fuego y aún más Kroot protegiendo el extremo de mi flanco izquierdo, consideré que mi plan era lo más tácticamente sólido que podía ser. Al cabo de una hora, los Rastreadores adelantados informaron que habían entrado en combate con la vanguardia del ejército de Slaanesh. Ordené al grueso de mis fuerzas que permanecieran a cubierto mientras los Kroot que hacían de señuelo avanzaban con cautela al descubierto, al tiempo que aparecía el Mantarraya de los Rastreadores con el enemigo pisándole los talones. Si lo que había visto en Fio'kai me había dejado atónito, lo que vi entonces ante mí me asqueó desde lo más hondo de mi alma.

Una horda de guerreros de aspecto feroz, cubiertos de armaduras estampadas con colores centelleantes y rodeados de una cacofonía de sonido discordante, se acercaba portando iconos y sellos de vicio y gratificación. Por sus flancos avanzaban criaturas de aspecto perturbador, carentes de género y cubiertas de fina seda y armaduras ribeteadas de armiño. Donde uno esperaría ver manos, estas criaturas estaban equipadas con sensuales garras, y veloces lenguas espinosas saltaban como látigos de sus fauces. Horrores cojeantes de agitados pseudópodos, garras y colmillos eran empujados por delante del ejército por grotescos monstruos de cabeza de bestia armados con chisporroteantes picanas de energía. En el centro de la horda se alzaba un gigante de armadura azul eléctrico, ribeteada de oro y rosa. Asumí que este era el propio (o la propia) Slaanesh, y juré derrotar personalmente a esa vil criatura. Los sensores de mi Armadura de Combate detectaron contaminantes químicos en el aire que rodeaba a las tropas enemigas, pero no pudieron discernir su naturaleza. Mientras los primeros efectivos del ejército de Slaanesh se lanzaban hacia el señuelo, me di cuenta de una cosa curiosa: muchos de los Kroot parecían hipnotizados por la visión de tan estridente horda y habían bajado las armas, olfateando el aire con expresiones perplejas en sus rostros.

Cuando el ejército de Slaanesh se acercó a nuestros aliados, horribles cambios empezaron a extenderse entre los Kroot y estos comenzaron a sufrir convulsiones, chillando horrorosamente mientras su carne estallaba a causa de las mutaciones. En ese momento me di cuenta de que esos eran los Kroot que habían devorado la carne de los enemigos muertos en Fio'kai. El frente principal de Slaanesh cambió de repente de rumbo y, en lugar de cargar contra los Kroot, empezó a dirigirse a mi posición. ¡Peor aún, los Kroot que había situado al frente como señuelo empezaron a avanzar junto a las tropas de Slaanesh con mirada asesina! Ordené de inmediato a las tropas situadas a mi izquierda que avanzasen, atacasen el flanco del ejército de Slaanesh y se reuniesen con mi Equipo Crisis. Las Apocalipsis dispararon andanadas de cohetes contra las masas que se agolpaban delante de ellas, matando a docenas de enemigos con cada explosión. Sin embargo, apenas prestaban atención a la carnicería que se desataba entre sus filas. De hecho, muchos parecían disfrutar perversamente de sus heridas. Mis Cabezamartillos rodearon al flanco opuesto del ejército de Slaanesh y empezaron a machacarlo con descargas de submunición de hipervelocidad de sus aceleradores lineales. No obstante, el enemigo seguía avanzando.

La potencia de fuego que desatamos estuvo muy por encima de lo que la academia de Kais-shi nos enseña que debería ser suficiente para quebrar a un ejército de ese tamaño y, sin embargo, las tropas de Slaanesh no flaquearon. ¡Estos guerreros eran valientes de verdad! La carnicería continuó, con mis guerreros se retirándose y disparando contra la masa de criaturas a la carga. No importaba cuántos hubiéramos matado ya, siempre quedaban más para ocupar su lugar, hasta el punto de que temí no tener la potencia de fuego necesaria para enfrentarme a aquella superioridad numérica. Pero entonces mi izquierda golpeó el flanco del ejército de Slaanesh, sembrando la confusión cuando los guerreros Kroot no contaminados se abrieron paso a través de sus filas, y estalló una refriega turbulenta cuando estos guerreros sobre sus parientes corruptos. Aprovechando la confusión, lancé mi propio contraataque.

Junto con mi escolta de Shas'vre, me abrí paso por el centro de la horda y me reuní con los ensangrentados Kroot para rodear a Slaanesh. Ahora bien, como cualquiera de mis alumnos de Kais-shi podrá corroborar, soy un Tau poco dado a las fantasías o a las nociones románticas de la belleza, pero cuando me enfrenté a este ser revestido de impactantes rosas y azules, estuve a punto de sucumbir a los hipnóticos colores y olores almizclados que parecían atravesar de algún modo mi Armadura de Combate. Descarté rápidamente esas cuestiones y liquidé al villano con un disparo de mi bláster de fusión. Su muerte pareció provocar que sus esbirros se desorganizaran, y en cuestión de minutos no eran más que una masa derrotada que huía presa del pánico. Sabía que no podía permitir que un enemigo así lograra escapar, de modo que ordené una persecución total y, al caer la noche, ya habíamos destruido hasta el último vestigio del ejército de Slaanesh. Cuando volví a la zona de la emboscada original, me encontré a los Kroot ejecutando a sus camaradas contaminados y arrojándolos a una gran pira de fuego. He visto que la costumbre normal entre los Kroot es devorar los cuerpos de sus parientes muertos, pero después de lo que había sucedido durante la batalla, no pude culparles por su precaución. Los Kroot no quisieron marcharse hasta que la pira no quedó reducida a cenizas y los restos fueron esparcidos al viento. Cuando se apagó el fuego, recogimos a nuestros muertos y nos marchamos de Ke'lshan.

Me estremezco al pensar lo que podría haber pasado si se le hubiera permitido a Slaanesh apoderarse del planeta, y agradezco a los Etéreos que su previsión nos llevase a mis guerreros y a mí hasta ese planeta. Dejar existir un eco tan degradado de nuestros propios antepasados hubiera deshonrado a todos los que han luchado y muerto en aras del Bien Supremo.

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