FANDOM


Genestealer 2

Robagenes, mascota del Gran Devorador, patrocina este espacio hasta que la Mente Enjambre lo convierta en biomasa. Pulsa sobre él y te mostrará la terrible gloria biológica de los Tiránidos.

El Enjambre también se alimenta de tus visitas...

Inquisidor Kryptman wikihammer

Inquisidor Kryptman, por John Blanche.

El Inquisidor Kryptman empujó lejos de sí la gran pila de papeles, se quitó sus gafas de lectura y se frotó los ojos con cansancio. Había estado trabajando toda la noche intentando sacar algún sentido del montón de informes que llegaban desde todo el sector.

Como de costumbre, la habitación estaba fría. Su joven ayudante Carel había encendido un pequeño fuego, pero no era lo suficientemente vigoroso como para caldear la oficina de techo alto. Se levantó de su sillón de respaldo recto, estiró sus largos y fibrosos miembros y caminó hacia la ventana. Era una fría tarde de invierno y estaría completamente oscuro en un par de horas.

El Mundo de Kendrick era un lugar poco hospitalario, su población atrasada y muy supersticiosa. La presencia imperial en ese planeta era meramente simbólica; el mundo en sí no tenía mucho que ofrecer, excepto tal vez soledad, ya que estaba situado en el borde de uno de los brazos exteriores de la espiral de la galaxia. Kryptman no rechazaba en absoluto la soledad; prefería la compañía de sus propios pensamientos fríos a la camaradería de otros.

Kryptman había viajado hasta allí para continuar las investigaciones de la Inquisición sobre el extraordinariamente elevado nivel de agitación que se tenía lugar en el sector. Las razones estaban lejos de estar claras, y ahora un Capítulo de Marines Espaciales desaparecido debía ser añadido a la creciente lista de revueltas planetarias e infestaciones de Genestealers. Al menos el austero régimen de la fortaleza imperial, un monasterio reconvertido, debía ser bienvenido. Había impuesto un nuevo horario riguroso al personal y la disciplina había mejorado mucho como resultado.

Desde el descubrimiento de la extraña arma biológica y la desagradable muerte de Borshak había estado muy inquieto. Kryptman no era un psíquico, pero confiaba plenamente en su intuición. No podía evitar pensar que todos estos acontecimientos estaban relacionados, pero hasta ahora la solución siempre se le había escapado, y el rostro sin vida de Borshak aún le perseguía en sus sueños.

Miró a través de la estrecha ventana y vio una lluvia de meteoros trazando un arco a través del pálido cielo con sus oscuras colas de humo dibujando espirales tras ellos. Habían estado cayendo durante una semana y los lugareños se estaban poniendo muy nerviosos. Hablaban sobre todo tipo de tonterías sin sentido sobre el fin del mundo. Cuatrocientos años de instrucción en el Culto Imperial habían sido obviamente una completa pérdida de tiempo. Con un bufido de asco, Kryptman devolvió su atención a la tambaleante pila de informes.

*****

Diez millas valle abajo, un meteorito solitario atravesó aullando el frío aire de la noche invernal. Su impacto contra una ladera creó un pequeño cráter y el calor carbonizó un negro anillo en el brezo circundante. Un olor nauseabundo como el de la carne quemada se alzó desde el meteorito, que tenía una forma ovoide y unos 60 cm de alto. Curiosamente, su verrugosa e irregular superficie se parecía más a un órgano extraño e hinchado que a un inerte pedazo de roca. Después de unos minutos, el meteorito rodó sobre uno de sus costados. Una gran ave de caza nativa se aproximó y lo contempló con un ojo codicioso. La cosa de aspecto canceroso se sacudió una vez más, con unos apagados sonidos provenientes de su interior. El pájaro se acercó un poco más con curiosidad hasta que estuvo pegado al meteorito, que seguía temblando espasmódicamente.

El pájaro alzó su pico y lo clavó el meteorito, abriéndolo como una fruta demasiado madura. Un chorro de esputo amarillento salió disparado y una criatura sin forma definida saltó hacia el pájaro, envolviéndolo en una brillante masa orgánica. Todo terminó muy rápido. La criatura se cerró fuertemente alrededor de su presa, comprimiéndola y absorbiéndola. No se desperdició ni una pluma ni una garra. Mientras se contraía alrededor del ave, un reguero de sangre y fluidos corporales se derramó, convirtiendo el terreno carbonizado en un desagradable barro negro y sangriento.

Pequeños cambios recorrieron el cuerpo de la criatura a medida que desarrollaba una apariencia más consistente: una espina dorsal y una caja torácica embrionarias aparecieron entre obscenos órganos palpitantes, su pálida piel se oscureció y brotaron pequeñas plumas. Con prolongados sonidos de succión un cuello y una cabeza gruesos se abrieron paso hasta salir por la parte superior del ser, mientras que por debajo aparecían fuertes patas con garras. Una cola corta y rechoncha se extendió desde su columna vertebral y dos ojos pequeños y brillantes se abrieron con un ¡pop!

Durante una hora o así estuvo en el suelo, sacudiendo sus nuevos miembros, recobrándose de la ordalía de su metamorfosis. Finalmente se puso trabajosamente sobre sus patas y sacudió su cuerpo como lo haría un perro mojado, limpiándose de ceniza, fragmentos de hueso y fluidos sangrientos. La criatura ahora parecía una horrenda mezcla de embrión de pájaro e insecto. Alzando su musculosa cabeza, olisqueó el aire y se marchó a grandes zancadas sobre el brezo y las rocas hacia la oscuridad del crepúsculo.

*****

Frío, este lugar es frío. Frío y duro. Aire puro, transporta bien los olores. Poca vida alrededor, animales, pájaros. Estúpidos, lentos, buena comida. Hambre, necesito más comida, más corpulencia.

Debemos cazar. Mucha vida a barlovento. Encontrar el lugar-de-piedra. Encontrarlo y matar a la presa.

*****

Kryptman no levantó la vista ante la llamada a su puerta.

—¡Pase! —gritó, irritado.

Carel, su joven ayudante, entró en la oficina, llevando una pila de papeles en sus delgados brazos. Cerró la puerta con cuidado y avanzó en silencio hacia el escritorio de Kryptman, demasiado sobrecogido para hablar.

Kryptman garabateó su firma al pie del formulario y recolocó la pluma en el tintero con forma de gárgola.

—Bueno, ¿qué ocurre? —preguntó por fin, alzando su mirada.

—La última remesa de informes de los puestos exteriores. El problema con las comunicaciones está empeorando; hemos perdido el contacto con otros cuatro puestos avanzados. No hemos vuelto a saber nada de los ingenieros que hemos enviado desde que se fueron.

A Kryptman no le gustaba nada eso. Las noticias de los puestos de avanzada eran invariablemente tediosas e irrelevante. No las echaría de menos. Lo que cada vez le preocupaba más era por qué no había comunicaciones. Las líneas de comunicación de aquel planeta eran tan simples que casi nunca daban problemas.

Una opresiva sensación premonitoria pesaba sobre el Inquisidor. Todo se desmoronaba a su alrededor: fallos de equipo, nativos volviéndose histéricos, obstrucciones a la comunicación a través de la Disformidad. Y lo más preocupante de todo: el Capítulo de Marines Espaciales de los Lamentadores había desaparecido y no podía ser contactado. La fortaleza imperial se estaba quedando cada vez más aislada: primero del resto del planeta, y ahora del mismo Imperio.

Kryptman no creía en las coincidencias.

Pero eran los tiempos como estos los que ponían a prueba la valía de los leales sirvientes del Imperio. Se estiró su chaqueta negra de damasco, ajustando el cuello de gala para que rodease de forma más cómoda su cuello.

—Coloca los informes aquí —dijo indicando un espacio libre en su abarrotado escritorio. Carel parecía más preocupado que de costumbre. El chico era un aprensivo nato, pero tenía una mente apta y ordenada para ser tan joven. Con el tiempo, el Inquisidor sabía que podría convertir al joven en un leal sirviente del Imperio. Sintiéndose un poco culpable por su rudeza anterior, preguntó:

—¿Qué ocurre, Carel? ¿Hay algo que te preocupe?

—Sé que me habéis dicho que no preste oídos a los cotilleos locales, señor, pero son las tormentas de meteoros, y todas las demás cosas extrañas que están ocurriendo.

Cosas. Sé más específico, Carel. La inexactitud es señal de un pensamiento confuso.

—No puedo, señor, son sólo rumores. Varios lugareños horriblemente asesinados, el cordero del camino de Rakkish que le arrancó la cabeza a un niño de un mordisco, un perro monstruoso que ha estado aterrorizando a los granjeros de las colinas del Páramo Occidental...

—¡Basta! Son justo la clase de acontecimientos que son magnificados por la superstición de los granjeros. No deberías tomártelos tan en serio, Carel. Los meteoritos son simplemente un fenómeno astronómico, no significan el fin del mundo. En el futuro, por favor intenta mantenerte por encima del nivel de tus supersticiosos antepasados. Te sugiero que te aprendas los primeros setenta versos de los Cánticos del Catecismo para limpiar tu mente.

"Estoy mucho más preocupado por lo que les ha ocurrido a los Lamentadores y lo que esté causando este fallo de comunicaciones. Dile al Astrópata Faren que me informe inmediatamente. ¡Rápido!

Carel hizo una rápida reverencia y se fue rápidamente, cerrando la puerta del estudio con un sonoro golpe. A solas, la sensación premonitoria retornó. Le había dicho a Carel que todas esas historias de cuerpos mutilados y monstruos devoradores eran mera histeria supersticiosa, pero ¿a quién estaba intentando convencer, a Carel o a sí mismo? Los lugareños, aunque supersticiosos, eran notablemente pragmáticos y faltos de imaginación. Estos extraños acontecimientos debían tener una base de verdad, aunque no podía imaginarse el qué.

Todo era tan vago. ¿Acaso los meteoritos portaban algún tipo de virus que había infectado a los animales volviéndolos locos? ¿Debería investigar una posible actividad del Caos en la región? Había solamente una pequeña actividad de psíquicos nativos en el Mundo de Kendrick, por lo que parecía poco probable que hubiesen atraído la atención de la Disformidad. Y la población dispersa y la relativa poca importancia estratégica del mundo sugerían que sería poco interesante para los cultistas del Caos.

Las luces parpadearon y disminuyeron de potencia. Las sombras del anochecer invernal se cerraron en torno al Inquisidor. Abrió con cansancio el siguiente informe y trató de concentrarse.

*****

La criatura galopó sin descanso ascendiendo por el valle, corriendo sobre laderas de cantos rodados y saltando rocas y arroyos. Sólo se apartó de su rumbo para devorar a un roedor de gran tamaño que pastaba por la zona, y cuando terminó de absorber su masa y cambiar nuevamente de forma, el sol se estaba poniendo. Su cuerpo ahora era mayor, más grueso, menos preparado para la velocidad pero más letal en el ataque. El cuello de la criatura ya no estaba tan definido, causando que su cabeza se acercase más a los hombros; su mandíbula se profundizó y ensanchó, con babas chorreando por filas de largos incisivos afilados. Ahora se parecía más a un lobo mal desollado.

El viejo monasterio se alzaba a la entrada del valle, teñido de sangre por la luz del sol poniente. Era un edificio enorme y extenso, construido hacía siglos por un pueblo austero más interesado en la solidez que en la estética, mucho más dedicados a la verdad que a la comodidad; hombres muy parecidos al Inquisidor Kryptman, de hecho. Edificado por encima y por dentro de un gigantesco peñasco de granito, casi parecía una extensión natural de la misma roca. Cuando el Imperio redescubrió el Mundo de Kendrick, se decidió utilizar el vacío edificio como principal bastión administrativa y de comunicaciones.

La criatura se agazapó tras una roca, espiando el lugar. Sus ojos se habían dilatado para compensar la agonizante luz del día, y unos brotes orgánicos ondeaban sobre su frente, leyendo los aromas que traía la brisa. Con un suave sonido de desgarro, largas garras ganchudas salieron de sus patas. Su cola se acortó y ensanchó, y de ella surgió un cruel aguijón.

Cuando el sol se escondió definitivamente tras el monasterio, la criatura saltó sobre la roca, propulsándose hacia arriba con sus poderosas patas.

*****

¡Hambre, hambre! Pequeña gran vida más arriba. ¡Asciendo!

Reconocemos este lugar de piedra. Nuestra presa está aquí. ¡Recordamos su olor!

*****

Mucho más arriba, un joven guardia patrullaba los parapetos del monasterio, frotándose las manos para calentarlas. Su rifle láser pesaba sobre su hombro, y lo cambió de posición para soportarlo mejor. Desde su posición ventajosa podía ver a través del desolado valle hasta las montañas de más allá, un paisaje onírico de brumosos grises y marrones en la luz mortecina.

Los globos de luz tartamudearon y cobraron vida, convirtiendo el lugar en algo surrealistamente bidimensional con su débil luz. Dañadas estatuas de olvidados dioses nativos atestaban las paredes, cuyas formas habían sido suavizadas por el tiempo y el clima.

El guardia caminaba inquieto arriba y abajo por su parcela de muro. Había estado de patrulla durante tres horas y ya había caído la fría noche invernal. Escuchando al viento aullar y silbar, tuvo un escalofrío; se ajustó la casaca con más fuerza, sintiéndose cercado por la piedra y las sombras.

No oyó acercarse a la Muerte.

Cuando se dio la vuelta, algo se catapultó por encima del parapeto y se estrelló contra su nuca, tirándolo al suelo. Su cálido cuerpo envolvió su cabeza. El hedor almizcleño era asqueroso. Soltó su rifle láser y se llevó las manos a la cabeza para intentar arrancarse la criatura. Salvajes garras desgarraron su garganta abriéndole la laringe.

Intentó gritar, pero todo su horror y dolor sólo se reflejaron en un agónico gorgoteo. Sus afanosas manos tiraron de la cosa, tratando inútilmente de arrancarla, ya que estaba resbaladiza por un corrosivo fluido. Dientes como cuchillas despellejaron sus dedos. El dolor era terrible, inundándolo por dentro sin poder liberarse. Fuego puro le atravesó la nuca cuando unas garras se hundieron profundamente en la parte superior de su columna vertebral, destrozándole las vértebras. Las sensaciones se intensificaron y después se apagaron. La última cosa que sintió fue algo atravesándole las cuencas oculares.

*****

Comida, comida caliente. Comer y absorber. Crecer más grande, crecer más fuerte. Dientes para desgarrar, garras para despedazar.

Nuestro enemigo está aquí. Lo odiamos, lo encontraremos y lo destruiremos. Entrar en el lugar de piedra. Buscar a nuestro enemigo, cazarlo y destruirlo.

La criatura alzó su cuerpo y abrió sus fauces, revelando fila sobre fila de goteantes dientes afilados como agujas. Sacudiendo su cola de lado a lado, descendió los escalones hacia el monasterio. Todo lo que quedaba del guardia era una pila de ropa desgarrada y ensangrentada, una mancha de fluidos sobre la piedra y un solitario y desconsolado globo ocular.

*****

La puerta de la oficina de Kryptman se abrió para dejar paso a un preocupado Carel.

—¿Dónde está el Astrópata Faren? —quiso saber Kryptman—. ¿No le has dado mi mensaje?

—Sí, señor. El Astrópata Faren dijo que le transmitiera sus disculpas, pero que no puede abandonar la Cámara Astral, ya que están demasiado ocupados. Le ha enviado un mensaje en rollo codificado y la última remesa de informes extraplanetarios. El Astrópata Merril ha tenido un ataque, señor. Estaba echando espumarajos por la boca...

—Muy bien, Carel, eso será suficiente. Quédate aquí mientras examino los informes.

Carel permaneció obedientemente en posición de firmes junto a la puerta, mientras Kryptman estudiaba el rollo codificado de Faren. Kryptman sabía que el Astrópata hubiese ido a su despacho si hubiese podido. Sólo una verdadera crisis podía haberlo retenido.

Recogió el rollo y apretó sus largos dedos índices sobre las runas que había en cada extremo. El cilindro vibró suavemente y se abrió por la mitad, regurgitando una fina hoja de vitela. Kryptman ojeó la enmarañada escritura del Astrópata, difícil de leer en la mortecina luz.

El mensaje decía:

"Kryptman, demasiado ocupado para verte. Problemas cada vez mayores con la comunicación astrotelepática. Todo está fragmentado, distorsionado. Es peor intentar enviar. Hay una gran presencia impenetrable, un vacío psíquico. No una tormenta de Disformidad, otra cosa. Algo absolutamente alienígena, nada que hayamos experimentado antes. Una oscuridad sólida, una sombra en la Disformidad. Y está creciendo. Retrocedemos ante ella, no podemos hacerle frente. Vacilamos ante su poder. El Astrópata Merril ha predicho un tiempo de oscuridad. Ven a la Cámara Astral tan pronto como puedas."

Kryptman dejó la vitela con una mano temblorosa. Cuando lo soltó, el papel se desintegró en una nube de humo agrio.

¿Por qué tenía la sensación de que los acontecimientos se estaban acelerando más allá de su capacidad para entenderlos? ¿Y que quería decir con eso de una sombra en la Disformidad? ¿Por qué los Astrópatas tenían que usar siempre ese lenguaje tan florido, por qué no podían limitarse a los hechos puros y duros?

Kryptman recogió los otros impresos de comunicaciones y los examinó tan rápido como pudo. Pérdida de contacto con Darson VI tras un incremento de los informes de actividad Genestealer en el sector. Ni rastro de los Lamentadores. Era como si hubiesen sido exterminados, lo cual, por supuesto, era tan improbable que podía ser considerado imposible... bajo circunstancias normales. ¿Qué fuerza podía hacer que un Capítulo entero de Marines Espaciales desapareciese? Un miedo gélido crecía en el fondo de su estómago.

Estaba comenzando a leer un relato incompleto sobre una estación de investigación devastada en un sistema cercano cuando un desaliñado guardia entró en tromba en la habitación.

—¡Inquisidor Kryptman, Haral ha sido asesinado! —gritó con la cara pálida por el shock—. No ha quedado nada excepto... —cerrando su boca y haciendo ostentosos ruidos de tragar, volvió a salir corriendo al pasillo.

—Carel, vete con él. Averigua lo que está pasando, y vuelve a informarme en cuanto puedas.

Carel dejó la puerta abierta, y Kryptman oyó activarse las alarmas, cuyos aullidos llegaban apagados por los laberínticos corredores y los gruesos muros. Abrió un cajón y sacó su pistola bólter. Era una bella arma, de milenios de antigüedad, pasada de Inquisidor en Inquisidor. Su familiar pesadez en su mano y las finas tallas que adornaban su cañón le reafirmaron, le dieron fuerza. Tras asegurarse de que el sello de pureza estaba intacto, abrió una caja de munición bólter e insertó quince de los broncíneos proyectiles en la pistola. Las balas eran pesadas y frías, y estaban marcadas con el sello de las factorías de armas de Marte. Colocó la pistola sobre su mesa, preparado.

*****

La criatura caminaba torpemente por los sombríos corredores del viejo monasterio, con sus fosas nasales dilatadas, leyendo los aromas que traían las corrientes de aire. Era tan grande como un hombre alto, pero con un cuerpo mucho más corpulento, cuyo centro de gravedad era más bajo que el de un humano. Sus dos brazos superiores eran cortos y gruesos, y brillaban por los tendones desnudos y los músculos sin piel. El cuello y los hombros prácticamente se habían fusionado, y su cara, ocupada principalmente por sus feroces y enormes fauces, parecía estar hundiéndose hacia su torso. Una extremidad rudimentaria salía de su frente, de la que surgía una tosca garra de tres dedos. Sus patas traseras se habían acortado y ensanchado, y una cola secundaria se extendía hacia delante entre ellas, acabada en una sustancia dura y córnea. El protuberante espinazo también terminaba en una cola musculosa, que se rizaba hacia arriba y atrás. Un veneno corrosivo goteaba de su punta, dejando diminutas marcas en el suelo de losas de piedra. Placas quitinosas flexibles cubrían su espalda, y cuando se movía podían verse a través de ella órganos palpitantes y fosforescentes. Exudaba continuamente un repelente limo, cuyo exceso se sacudía de vez en cuando, y dejaba un rancio y resbaladizo rastro a su paso.

Cuerpo humano, buena comida, fácil de absorber. Soy fuerte, voy a destruir. La presa está cerca, le he rastreado. Soy el arma viviente.

Recordamos este lugar de fría oscuridad pétrea. Recordamos a Kryptman. Ya llegamos. Somos la venganza.

*****

Kryptman volvió a sus informes. Había numerosas enumeraciones de sucesos paranormales, preocupantemente parecidos a los del Mundo de Kendrick. El contacto con los Guadañas del Emperador era confuso, pero posible, por ahora. Alguna mención a una nave de origen alienígena vista por los Lobos Espaciales de patrulla por el borde del brazo de la espiral, pero tras ello las comunicaciones se habían perdido (siempre había algún problema con las comunicaciones). No se sabía nada de otras tres naves mercantes, perdidas no en la Disformidad, sino en el espacio real. Actividades de nuevos cultos Genestealer.

Todas estas cosas podían considerarse hechos aislados, pero estaba convencido de que tenía que haber alguna conexión. ¿Por qué no podía verla, entender la trama? Todo daba vueltas alrededor de su cabeza: Genestealers, los Lamentadores, meteoritos, monstruos, cadáveres mutilados, la Sombra en la Disformidad. Su cabeza comenzaba a dolerle.

Carel volvió a la oficina, sin aliento.

—¿Está siendo atacado el monasterio? —preguntó Kryptman.

—No, señor, pero lo que sea que haya matado a Haral está ahora en el edificio. Había un baboso rastro de pisadas que descendía por las escaleras. Todos los guardias lo están buscando, pero podría estar en cualquier parte.

Hizo un gesto de impotencia. Kryptman entendió el problema. El monasterio era tan grande y caótico en su construcción que aún se estaban descubriendo nuevas zonas en su interior. Asumiendo que el atacante no se hubiese perdido él mismo, podría mantenerse oculto indefinidamente.

Carel dejó caer tres pesadas barras de hierro tras la puerta para reforzarla. Sacando la pistola láser oculta en la sobaquera bajo su túnica, se quedó de guardia junto a la puerta con el arma lista en la mano. Kryptman deseó que los guardias pudiesen encargarse del intruso con rapidez. Debería estar supervisando la búsqueda en persona, pero primero tenía que ir a hablar con el Astrópata Faren.

Con un repentino impacto demoledor, la puerta voló en pedazos enviando astillas y trozos de metal por toda la habitación. La criatura saltó dentro de la sala, preparándose para atacar al siguiente movimiento. Kryptman estaba aturdido por la espectacular aparición del ser y su horrible aspecto, y permaneció inmóvil durante unos segundos vitales. Mirando a sus brillantes ojos negros se vio a sí mismo, su adusto rostro dividido en una miríada de pequeños reflejos. Supo que esta criatura estaba buscándole a él, quería matarlo. Y el ser sabía perfectamente que había encontrado a su presa.

Buscó frenéticamente su pistola bólter, haciéndola caer con torpeza al suelo. Viendo su oportunidad, la criatura saltó hacia delante con un extraño movimiento de sus patas. Carel apareció entre el monstruo y Kryptman, disparando su pistola láser a quemarropa. El bicho se volvió contra él con una velocidad pasmosa para su apariencia tan desmañada, agarrando su cabeza, aplastando su cráneo. Proyectiles de cerebro y hueso se desparramaron por toda la estancia. Continuando el brutal movimiento de su garra, azotó el cuerpo inerte de Carel contra el techo, rompiendo el resto de sus huesos contra él con un horrible impacto. Instintivamente, el Inquisidor saltó sobre su silla y rodó por el suelo, quedando bajo su escritorio mientras la criatura saltaba sobre él astillando la madera. Disparó a ciegas a través de la mesa, y rodó para salir por el otro lado. Consiguió ponerse de pie con un movimiento medianamente fluido, aprovechando para disparar otra bala contra el ser que había saltado hacia el otro lado de la mesa. Este ataque tuvo algo de premio, arrancando parte de sus placas dorsales con una rojiza lluvia mucosa y dejando al aire algunos músculos. Furioso, el ser abrió sus fauces y emitió un horrible grito gorgoteante, tras lo cual saltó limpiamente el escritorio para ir a impactar contra el Inquisidor.

Kryptman no pudo apartarse lo suficientemente rápido y fue derribado, con una de sus piernas atrapada bajo todo el peso de la criatura. Disparó salvajemente mientras caía, pero falló y algunos proyectiles atravesaron la vidriera de la ventana. La criatura estaba sobre él, lanzando zarpazos contra su cuerpo con la aparente intención de inmovilizar sus brazos.

—Poderoso Emperador, dame fuerzas —rezó Kryptman, luchando para escapar del férreo abrazo de las garras. Mientras la presión del ser aumentaba, le golpeó con su cola más corta, intentando desgarrarle el pecho. Kryptman se dio cuenta de que el alien estaba acercándolo lenta pero inexorablemente a sus fauces abiertas. El fétido hedor rancio que exhalaba le provocó arcadas. Con un esfuerzo sobrehumano, Kryptman logró liberar su brazo izquierdo lo suficiente como para alzar su pistola y disparar una vez contra la abierta boca amenazante. El proyectil entró limpiamente y explotó en lo más profundo de su garganta.

La criatura fue destruida desde dentro; trozos de carne y hueso llovieron sobre el Inquisidor. Kryptman fue lanzado violentamente contra un muro; sintió como sus pulmones se quedaban sin aire y su espalda se resentía por un violento dolor.

Todo el combate había durado apenas unos segundos. Kryptman rebuscó entre los restos de su escritorio para recuperar algunas píldoras estimulantes y analgésicos. Uno de sus pies resbaló en los babosos restos del caparazón del alienígena y acabó cayendo sobre la silla, con un gemido de dolor.

¿Qué era esa cosa? ¿Por qué estaba aquí para matarme, y quién la ha enviado? No tenía ninguna duda de que el ser había recibido tales órdenes. A diferencia de un monstruo descerebrado, había atacado con implacable eficiencia, sin ser distraído por nada, como si estuviese guiado por una lejana y fría inteligencia.

La mezcla de drogas calmantes y analgésicos le estaba aclarando la mente. Un terrible conocimiento asaltó su conciencia. De alguna forma esta criatura era el eslabón que unía todos los acontecimientos, todas las extrañas noticias que recibía. Casi podía ver la pauta. ¡El Imperio debía ser advertido! Colocándose su desgarrada chaqueta negra, Kryptman salió tambaleándose de su oficina, hacia la Sala Astral.

*****

El Astrópata Merril estaba tumbado en un diván a la entrada de la Sala Astral, con sus ojos en blanco, murmurando incoherencias sobre la Sombra en la Disformidad. Kryptman intentó calmarle sin éxito, tras lo cual desistió. Merril estaba más allá de cualquier ayuda que pudiese ofrecerle.

La Sala Astral era una gran estancia esférica, con su techo perdido en las sombras. Ornados asientos de mármol, distribuidos uniformemente contra los muros, miraban hacia el centro de la sala, donde se encontraba el estrado del Jefe Astrópata. En cada asiento se encontraba un Astrópata. La parte superior de los asientos quedaban ocultas por la pared, por lo que no se podía ver el rostro de los Astrópatas. La cámara estaba iluminada por una difusa luz rojiza, y cuando Kryptman entró tuvo la impresión de que los cuerpos pétreos de varias personas flotaban a su alrededor.

Faren, aparentando inquietud, bajó de su estrado para saludarle. Parecía viejo y cansado, con su pelo gris desordenado. Kryptman explicó rápidamente la situación, expuso con brevedad su teoría e hizo hincapié en la gravedad de la amenaza. Para su sorpresa, el Astrópata lo escuchó con seriedad sin decir nada, asintiendo de vez en cuando con la cabeza mientras asimilaba sus palabras. Mientras discutían la mejor forma de informar al Imperio sobre lo que ocurría, fueron interrumpidos por un Astrópata que había conseguido establecer contacto fiable con los Guadañas del Emperador.

—Los Guadañas del Emperador están bajo un fuerte ataque, no saben cuánto podrán aguantar. La situación es crítica. Deben recibir refuerzos. Esperad, están enviando una advertencia…

La respiración del Astrópata era rápida y fatigosa. El sudor caía de su frente mientras luchaba por mantener el contacto con el asediado Capítulo de Marines.

—¡Avisadlos, avisadlos, llegan los Tiránidos! ¡LLEGAN LOS TIRÁNIDOS!

Con un grito apagado, el Astrópata cayó al suelo agarrándose la cabeza. Al mismo tiempo los cuerpos de otros Astrópatas saltaron de sus asientos mientras se rompía el contacto psíquico, el esfuerzo demasiado grande como para mantenerlo durante más tiempo. Uno de ellos se dirigió hacia Faren y Kryptman.

—¡La Sombra! ¡La Sombra en la Disformidad! ¡Es demasiado fuerte como para romperla, es inhumana! —se derrumbó sobre el suelo, sollozando.

Las luces de la Sala Astral parpadearon y se apagaron. Faren y Kryptman permanecieron en medio de la habitación, las siluetas de los Astrópatas que gemían y lloraban de dolor como almas en pena a su alrededor. Se miraron, sus sombríos rostros iluminados por las runas fosforescentes de la maquinaria.

—¿Tiránidos? —murmuró Kryptman con horror—. ¿Otra Flota Enjambre?

Por primera vez en su vida, el Inquisidor estaba aterrorizado de verdad.

FuentesEditar

  • White Dwarf nº 131 (Edición inglesa).
El contenido de la comunidad está disponible bajo CC-BY-SA a menos que se indique lo contrario.