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Roboute Guilliman se instaló pesadamente en su nuevo trono. El Primarca había despachado a todos sus asistentes y asesores, e incluso había ordenado a su Guardia de Honor que esperara fuera del santuario. Por fin pudo permitir que se notara siquiera un poco de su congoja, trauma y dolor, y Guilliman dejó caer su máscara con un suspiro de alivio. Fuera lo que fuera que se le hubiera hecho para traerle de vuelta, había dejado al Primarca con un dolor constante e insistente que irradiaba desde lo más profundo de su ser. Sospechaba que el dolor nunca lo abandonaría.

Las heridas físicas eran el menor de los problemas de Guilliman. Uno por uno, el Primarca había hablado con cada uno de los celestinos, los señores de los Ultramarines e incluso con Yvraine de los Ynnari. Había pasado días enteros en una conversación profunda y sincera, en la que Guilliman había aplicado cada ápice de su astucia de estadista para tranquilizar a sus invitados, sonsacarles la mayor cantidad de información posible y ocultar sus reacciones a sus palabras. Guilliman había agradecido a cada uno de sus visitantes por sus puntos de vista y su servicio al Imperio, evaluando internamente a cada uno de sus invitados y mostrándoles aquel aspecto de su personalidad que garantizase su simpatía y locuacidad.

Aunque no lo había mostrado, cada nueva revelación había golpeado al Primarca como una bala de cañón. Estaba exhausto de mantener a raya el desconcierto y el horror, y el dolor le había dejado vacío por dentro. Guilliman gimió y apoyó su cabeza en sus manos, haciendo que su nueva armadura sisease y zumbara con el movimiento.

—Han pasado milenios —murmuró, sin tener muy claro con quién hablaba. Solo sabía que tenía que expresar en voz alta su situación antes de que lo volviera loco. No por primera vez desde su regreso, Guilliman deseó que uno de sus hermanos estuviera allí para hablar con él. Ellos, al menos, podrían haberle entendido.

—Miles de años —dijo—. Y mira lo que ha sido de ellos. De nosotros. Idolatría. Ignorancia. Sufrimiento y miseria, en nombre de un dios que nunca deseó ese título.

Guilliman sacudió la cabeza y se puso de pie, paseando por el santuario del Señor del Capítulo para contemplar los estandartes colgados en la pared occidental. Cada uno tenía la altura de un Caballero Imperial, una cascada de tela magistralmente tejida que representaba las glorias de los Ultramarines.

Bestias alienígenas asesinadas, déspotas herejes ejecutados, mundos salvados y mundos quemados. La orgullosa iconografía del Capítulo estaba muy presente, pero también lo estaba el Aquila del Imperio y allí, presidiendo sobre varios de los diseños heráldicos, una figura con trono y halo que seguramente debía ser el Emperador.

—Hemos fracasado, padre —dijo Guilliman, con palabras cansadas y cargadas de tristeza—. Tú fallaste a tus hijos, y nosotros, a nuestra vez, te fallamos a ti. Y ahora, para agravar nuestra arrogancia y vanagloria, también les hemos fallado a todos ellos. ¿No dijo Horus que querías alcanzar la divinidad? Construyó una rebelión sobre esa afirmación. Cómo se regodearía, si pudiera ver el Imperio ahora.

La ira se apoderó del Señor de Ultramar, que apretó los puños con un esfuerzo de autocontrol. Se imaginó destruyendo esta cámara, destrozándola y arrojando sus restos como una bestia salvaje. No se atrevió, por temor a que aquellos extraños que vestían la librea de su Capítulo vieran a través de su fachada. Aunque luchaba contra su desesperación, el Primarca sabía que no podía dejar que se mostrara su debilidad. Calgar, Tigurius, Agemman y todos los demás le miraban como si fuera el Emperador mismo. Guilliman era dolorosamente consciente de su propio valor simbólico y de lo desesperada y oscura que se había vuelto la hora. No debía mostrar nada más que fuerza a sus hijos genéticos, no fuera que su desesperanza manchase sus corazones también.

—Y, sin embargo, acaso importaría realmente —suspiró, volviendo la espalda a los estandartes y caminando a través de la cámara para mirar a través de una vidriera. Allá afuera, a través de la inmensidad devastada por la guerra de la Fortaleza de Hera, Guilliman vio el amplio baluarte donde habían estado una vez sus antiguos aposentos. Habían pertenecido a su padre antes que a él. Allí había trazado sus planes, hablado con sus hermanos, reído y rabiado y, en una ocasión, casi había muerto. Ahora habían desaparecido, enterrados bajo feas aglomeraciones de contrafuertes y baterías de armas. Era apropiado, pensó con amargura.

La ira de Guilliman se desbordó, y giró sobre sus talones, mirando al Emperador tejido con ojos acusadores.

— ¿Por qué sigo viviendo? —gruñó, harto—. ¿Qué más quieres de mí? Te di todo lo que tenía para ti, para ellos. Mira lo que han hecho con nuestro sueño. Este cadáver hinchado y podrido de un imperio no se mueve por la razón y la esperanza sino por el miedo, el odio e ignorancia. Mejor habría sido que todos hubiéramos ardido en los fuegos de la ambición de Horus que vivir para ver esto.

Mientras lo decía, Guilliman se dio cuenta de que mentía. Entre sus hermanos, ninguno había sido más idealista que Roboute Guilliman. Ninguno había imaginado un futuro más brillante, no solo para la Humanidad sino también para los guerreros de las Legiones Astartes. Esa llama de esperanza había sido parte de él durante toda su vida. Incluso ahora, a pesar de estar sofocado por la oscuridad y el dolor, Guilliman se dio cuenta de que su llama perduraba.

— Todavía hay esperanza —se dijo a sí mismo, volviéndose de nuevo hacia la ventana y colocando una palma blindada contra ella. Contempló a las cuadrillas de trabajo que se esforzaban para reparar los daños de la guerra, y a los Ultramarines que se alzaban orgullosos y decididos sobre las murallas. Habían nacido en este milenio oscuro y no habían conocido nada más que las dificultades, el sufrimiento y la desesperación de un conflicto sin fin. Sin embargo, seguían luchando sin doblegarse, a pesar de los innumerables enemigos que les asediaban. Guilliman había visto una edad mejor, una de esperanza y triunfo. ¿Qué derecho tenía él, un hijo sobrehumano del propio Emperador, para mostrar menos fuerza y ​​coraje que sus seguidores nacidos en la oscuridad?

Guilliman había visto lo que la Humanidad podía lograr. Además, sabía qué frutos había producido el trabajo de Belisarius Cawl bajo la superficie de Marte. Creía que todavía era posible un futuro mejor para el Imperio. Pero solo se haría realidad si aquellos que atormentaban a la Humanidad eran derrotados primero.

—Toda esta miseria —dijo Guilliman—. Todo este sufrimiento y dolor. No es obra de la Humanidad, sino de aquellos que nos han traicionado. Los peones del Caos han dictado demasiado tiempo el destino de nuestra especie. Eso debe terminar.

Guilliman sintió que una nueva fuerza lo llenaba. Inspirado por eso, el Primarca tomó su dolor y su desolación y los encerró profundamente en su mente. Pero su ira la mantuvo. A ella le daría uso.

Más adelante habría tiempo para llorar, razonar y planear de nuevo. Ahora era el momento de luchar y hacer que los enemigos de su padre pagaran por cada horror que habían infligido al Imperio.

FuentesEditar

  • Gathering Storm - Part Three - Rise of the Primarch (7ª Edición).
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