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Bulldog El Sargento Guillermito, mascota de los Marines Espaciales, tiene el honor de patrocinar este espacio por orden del Capellán Cassius de los Ultramarines. ¡Pulsa sobre él y te acompañará a una Cruzada épica!

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Extractos del testimonio de Crysos Morturg, Escudo Negro, superviviente de la Atrocidad de Istvaan III. En ese entonces, Morturg era el Sargento de una Escuadra Destructora de la XIV Legión Traidora de la Guardia de la Muerte, pero al ser fiel al Emperador fue marcado para morir en Istvaan III.

IntroducciónEditar

Podría relatar lo que estos hijos caídos son ahora, lo que su traición les produjo, y cómo el poder y el orgullo mutilan la nobleza. Pero entonces la ira oscurecería mis palabras y ocultaría la verdad que vosotros, mis señores, tanto ansiáis. No fingiré entender las razones que empujaron a mis hermanos al camino de la ruina: eso deben contarlo otros. En su lugar, aquí trataré de recordar a mis señores lo que estos guerreros fueron una vez, y así mostrar la altura desde la que cayeron.

El bombardeo víricoEditar

Yo lo vi, el Devorador de Vida, miré al interior de oscura alma y supe lo que era. Cuando llegó la noticia no había creído, no realmente: la traición, demasiado para abarcar. Pero nosotros los de la Guardia de la Muerte fuimos hechos para resistir, para sobrevivir, pasara lo que pasara, así que actuamos, actuamos incluso a pesar de que muchos no creíamos, no hasta que cayeron las bombas.

Estábamos demasiado lejos de los búnkeres, así que metí a mi escuadra en una celda de carga y la sellamos desde dentro fundiendo las junturas, para conseguir la protección adicional que eso pudiera proporcionar. La armadura no era siempre suficiente, lo sabía, ni siquiera el modelo Maximus, incluso sellada por completo y tirando del oxígeno interior: en concentración suficiente, puede comerse los sellos de la armadura e incluso los visores, y si tienes aunque sea una microfractura en el sitio equivocado…ya me entienden.

Las bombas cayeron y la celda de carga se sacudió y nosotros esperamos en la oscuridad, silenciosos, guardando nuestro oxígeno. Por unos pocos instantes hubo golpes fuera, pero eso cesó en seguida. Entonces Juball gritó por la red de la escuadra, no un grito como el de un hombre que muere en combate, sino atragantado, interrumpido, como un hombre ahogándose. Me volví y lo vi a través de mis sentidos automáticos: ya se había medio sacado el casco, y nada más que grasa negra y hueso salieron fuera, como si su armadura hubiera estado llena de putrefacción y no ocupada por un hombre.

Estaba muerto, sin carne, pero de algún modo su armadura seguía moviéndose; quizás era la armadura respondiendo a sus últimas órdenes nerviosas, quizás no.

Disparé mi lanzallamas y lo quemé; mejor arriesgarse a usarlo a pesar de lo apretados que estábamos que la alternativa. Sí, yo lo vi, el Devorador de Vida, un monstruo de la Vieja Noche, la maldad humana encarnada.

Entonces creí.

Huida del Velo de la PenaEditar

Nos habíamos abierto camino fuera de las trincheras antes de que nos cortaran el paso, y a partir de ahí había sido una lucha en movimiento constante. Escuadrones motorizados y de deslizadores, todos ellos eran implacables, pero nosotros también lo éramos: ambos Guardias de la Muerte, sin importar el grado de parentesco que ahora hubiera entre nosotros.

Habíamos alcanzado el borde del sector oeste de la zona industrial al anochecer, ahora nada quedaba de ella excepto hierros retorcidos y edificios rotos, la mayoría de ellos aún incendiados. No mucho después de eso nos encontramos de frente con unos cincuenta de nuestros "hermanos" que iban en dirección contraria, debían haber desafiado a la tormenta con cañoneras para adelantársenos. Habían pretendido emboscarnos, pero nos habíamos tropezado los unos con los otros en la tormenta de ceniza. Había sido una matanza cuerpo a cuerpo y yo me había separado de mis hombres y había recibido disparos también, mi suministro de sangre se estaba agotando como mi munición.

Casi me caí al cráter en la niebla de ceniza. Diez metros de ancho, ocupaba casi toda la calzada en la que estaba y estaba medio lleno de Marines Espaciales muertos, todos ellos carniceros de Angron. Era alguna especie de trampa, sin duda, pero no tuve tiempo de cuestionar el cómo ni el por qué, las luces brillaban detrás de mí y podía oír el retumbar de orugas de los Rhinos acercándose. Me dejé caer al cráter, con la esperanza de esconderme entre los muertos, conseguir disparar una o dos veces antes de que me cogieran. Solo entonces vi que los Devoradores de Mundos muertos habían sido saqueados, desgarrados y despojados, no solo de sus armas, sino también de sus unidades de energía y sus circuitos. No tuve tiempo de considerarlo, el Rhino había llegado al borde del cráter, y había una docena de siluetas a su alrededor; Guardia de la Muerte, Compañía de Kolak por sus marcas, todos auténticos hijos de Barbarus.

Estaba a punto de disparar cuando vi a los otros salir de la tormenta. Al principio creí que eran Exterminadores; algún modelo que no reconocía, quizás Devoradores de Mundos que venían a vengar a sus muertos. Pero eran demasiado grandes, y supe que estaba viendo otra cosa, algo desconocido. El cráter se iluminó como una estrella en explosión y un relámpago negro saltó de Guardia de la Muerte en Guardia de la Muerte, desgarrándolos.

El cráter había sido una trampa, solo que no había sido dispuesta por ninguna Legión Astartes, ni Leal ni Traidora.

El final de la luchaEditar

Habían pasado quince, o quizá siete días desde que el Palacio del Director del Coro había caído. No puedo asegurarlo ahora, mi membrana an-sus funcionaba erráticamente debido a las muchas heridas, y el frío y los cielos oscuros hacían en ese momento indistinguibles el día de la noche. En realidad no debería haber estado vivo, ninguno de nosotros debería para entonces.

Tenía el mando de diecinueve de mi Legión, todos heridos que aún luchaban, procedentes de una docena de escuadras. Nuestro último Apotecario, Daeka, había sido partido por la mitad por un disparo de Medusa en el ataque que nos había expulsado de nuestro último bastión. Shabran Darr, el Devorador de Mundos al que los otros llamaban "Ojos Blancos", estaba con nosotros, junto con seis de sus hermanos berserkers, "Vengadores" se llamaban a sí mismos, armaduras quemadas hasta quedar negras y cubiertas de sangre y trofeos de hueso como la pesadilla de un loco sobre lo que podrían ser las Legiones Astartes, pero estábamos contentos de tenerlos y también de tener sus Hachas Sierra cuando el enemigo estaba sobre nosotros.

No teníamos necesidad de armas o armaduras, la traqueteante progenie de Decima se ocupaba de eso, almacenando suministros limpios y sangrientos en los túneles de las alcantarillas desde el principio, seres incansables e inhumanos; no sé a cuántos habían matado bajo la sombra de la tormenta. Ni siquiera la voluntad de luchar nos guiaba ya, era solo el odio lo que nos alimentaba, lo que aún nos mantenía, y mientras los Traidores siguieran respirando ansiábamos cobrarnos sus vidas. Pero la vida y las fuerzas nos estaban fallando, y éramos ya tan pocos.

Habíamos jurado poner fin a aquello entonces, cuando aún éramos lo bastante fuertes para hacer un daño real, un Juramento del Momento para morir y al morir hacer sangrar a los Traidores. Para mi sorpresa Decima se había mostrado de acuerdo: "La lógica de la guerra es consumir vida y material", había dicho. "Todas las cosas mueren, solo la muerte es eterna." Si aún poseyera una cara, creo que incluso habría podido sonreír. En verdad incluso sus Thallax habían sufrido un severo desgaste y estaban en un estado muy similar al nuestro a su manera.

Habíamos escogido el vestíbulo exterior del espaciopuerto para llevar a cabo nuestra lucha, y para atraerlos a la trampa Decima hizo que sus últimos adeptos tripulasen un par de Land Raiders Proteus y un Deslizador de Ataque, chatarras del campo de batalla que había reparado lo justo para que funcionaran. Debían atacar un punto de reunión conocido y emprender una huida fingida. Era una misión suicida, pero los adeptos no dijeron una palabra.

Se nos concedió mucho más de lo que deseábamos: un Proteus regresó hasta nosotros en llamas, y no puedo comprender cómo lo consiguió; tras él venía un superpesado Fellblade persiguiéndolo, destrozando todo lo que encontraba a su paso a la cabeza de cuatro escuadras montadas en Rhinos, tres con la heráldica de los Hijos de Horus y una con la de la Guardia de la Muerte.

Nuestro valiente Proteus se frenó hasta detenerse justo casi al lado de donde nuestro desesperado plan lo requería, y un momento después fue lanzado por los aires entre llamas y rebotó por el vestíbulo como una lata vacía a consecuencia del impacto de un proyectil del cañón principal del Fellblade.

Esperamos mientras los blindados Traidores se abrían en abanico mientras la torreta del Fellblade giraba lentamente para cubrirlos, y se les unió un momento después un Land Raider de la Guardia de la Muerte que se movía pesadamente sobre unas orugas dañadas.

La posición era lejos de ser perfecta, pero Decima debió juzgar que era la mejor que iba a conseguir y activó el arma. Se parecía a una estrella de latón hecha de retorcidos mecanismos de relojería, y se alzó hacia los cielos desde la fosa en la que la había ocultado. No sé lo que era, quizá alguna bomba improvisada a partir del motor de teleportación de su nave, quizás algo más. Por un segundo hubo un resplandor tan fuerte que pude ver los huesos de mi mano a través de la armadura; se nos había advertido que desconectáramos nuestra armadura previamente y que la reactiváramos tras la explosión. Cuando mis sentidos automáticos se aclararon, vi que la mitad del Fellblade simplemente ya no estaba ahí, como si hubiera sido cortada con un cuchillo, y de uno de los Rhinos de los Hijos de Horus no quedaba nada, solo una sombra quemada en el vestíbulo. El resto tenían un curioso tono desteñido y se habían apagado, excepto el Land Raider, que estaba más atrás y que estaba retrocediendo a toda la velocidad que podía mientras los Traidores surgían de los Rhinos muertos como marionetas con los hilos enmarañados.

Nos levantamos de nuestros escondites y derribamos a los más expuestos con fuego de Bólter mientras los Devoradores de Mundos cargaban para acabar con el resto.

Los Thallax rompieron la cubierta de tierra de las fosas en las que habían sido enterrados para bloquear la retirada de los Traidores y atraparon al Land Raider entre los arcos convergentes de sus extrañas armas, haciendo que un fuego de San Telmo negro como el hollín bailara por su casco hasta que sus orugas se desintegraron y sus barquillas de armas detonaron. Las criaturas-máquina lo dieron por muerto, y surgieron llamas por las portillas de acceso.

La victoria era nuestra, pero el triunfo solo duró un momento ya que el grupo más alejado de Thallax fue hecho saltar en pedazos cuando el proyectil estalló entre ellos antes de que oyéramos el sonido del cañón que lo había disparado. Otro Fellblade estaba avanzando a través de la ciudad hacia nosotros, flanqueado por tanques Predator y Rhinos, levantando grandes nubes de polvo a su paso. Nos dispersamos para cubrirnos de nuevo cuando un escuadrón de Storm Eagles pasó a ras del vestíbulo, regando la zona con misiles sin preocuparse de si alguno de los suyos seguía vivo allí abajo.

Pronto quedamos rodeados, dispersos, acorralados, con nuestra trampa vuelta en nuestra contra. Los Hijos de Horus y la Guardia de la Muerte acudían desde todas direcciones, machacándonos a disparos, los proyectiles caían sobre nosotros como olas rompiendo en una playa. Algo de gran calibre, una bala de cañón automático creo, me dio en el costado y me pulverizó las costillas bajo la armadura, pero me negué a caer.

Disparé hasta que se me acabó la munición, cogí un arma de los caídos y disparé de nuevo mientras mis camaradas caían a mi alrededor. Había tantos que, aun herido como estaba, no podía fallar.

Uno de la escoria de Horus con una volkita en las manos logró atravesar las barricadas y le arranqué la cabeza de los hombros con mi hoja de energía, pero no antes de que matara a otro de nosotros.

Fue entonces cuando vi a Shabran Darr al otro lado del vestíbulo, cargando a través de la tormenta como algún demonio de los antiguos mitos, con su armadura deshaciéndose bajo quién sabe cuántos impactos. Vi su brazo izquierdo desaparecer en una niebla roja y él se tambaleó, pero aun así llegó hasta ellos, lanzándose contra los Hijos de Horus con su hacha sierra convertida en un sangriento arco de acero.

Entonces el Fellblade apartó de una embestida los restos de sus hermanos y disparó a bocajarro a las ruinas que un puñado de Guardias de la Muerte que quedaban y yo estábamos usando para cubrirnos. Salí despedido, mi armadura quedó hecha un desastre por la metralla y mis piernas destrozadas.

Yacía en el vestíbulo, luchando por levantarme, por morir de pie, cuando un andrajoso borrón rojo voló por encima de mí y corrió, como una araña, trepando por el casco del Fellblade; dudé de mis ojos entonces. Era Decima, y con un destello líquido rojo desapareció dentro de la torreta, tan rápido que me planteé si no había sido un producto de la imaginación de mi mente moribunda. Aún podía escuchar las armas de los Thallax aullar siniestramente, los Bólteres atronar, pero mi conciencia estaba fallando. Mi último recuerdo de la batalla es la bostezante boca del cañón del Fellblade, y después la torreta girando...apartándose de mí.

Más tarde, mucho más tarde, creo, recuerdo como en un sueño ser arrastrado a través de la ceniza y el hueso durante muchísimo tiempo, una andrajosa capa roja revoloteando sobre mí, el frío, el cielo nocturno hendido por fuego en la distancia.

Entonces no lo sabía, pero se había acabado. Istvaan III había muerto por fin, y mi Legión había quedado enterrada con él, pero el odio permaneció.

ConclusiónEditar

A juzgar por su relato, Crysos Morturg fue arrastrado fuera de la Ciudad Coral por Calleb Decima, Magos Leal del Ordo Reductor cuya nave había sido destruida en órbita al mismo tiempo que se incendiaba Istvaan III y huía la famosa Fragata Eisenstein para advertir al Emperador de la traición de Horus.

De algún modo, al menos Morturg consiguió alcanzar territorio imperial y presentar su testimonio de los hechos de la Atrocidad de Istvaan III a unos dignatarios de gran autoridad, seguramente los Altos Señores de Terra o sus predecesores del Consejo de Terra.

Por su título de "Escudo Negro" podemos imaginar que su valentía y su lealtad fueron recompensadas con la opción de seguir combatiendo a los enemigos de la Humanidad entre los primeros Guardianes de la Muerte, ocultando no obstante toda su heráldica Traidora original bajo el color negro de esta organización.

FuentesEditar

  • The Horus Heresy I.
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