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Khorne medio sin fondo

Cerberus el Rebañacráneos, mascota de los Poderes Ruinosos, patrocina este espacio para honrar a sus demoníacos señores. Pulsa sobre él y te introducirá en los misterios del Caos.

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La entidad conocida como el Cambiante sentía desánimo, pero era de esperar. Sucedía cada vez que uno de sus planes laberínticos llegaba a su fin. En parte era la dulce melancolía que sentía al final de una tarea ardua y querida, pero también una creciente frustración con el inevitable final decepcionante. Después de todo, no había nadie en este reino con el ingenio suficiente para apreciar los detalles intrincados o los engaños elaborados que había obrado con tanta pericia. El Cambiante había intentado explicárselo a los mortales antes, pero muchas de las sutilezas se perdieron y el juego con ellos se hizo aburrido.

Todavía con la forma de un sacerdote de la Eclesiarquía que se había apresurado a escapar del planeta condenado, el Cambiante se asomó desde su túnica con capucha y observó a sus compañeros refugiados a su alrededor. Estaban acurrucados en la bodega de carga en una masa espantosa, muchos agarrados entre sí o meciéndose hacia adelante y hacia atrás, con el horror aún grabado en sus rostros.

El Cambiante bebió profundamente del terror de sus temblores, sus emociones puras le ayudaron a mantener su presencia física, ya que rápidamente comenzó a desvanecerse.

Lo que había comenzado como malestar en el Mundo Colmena de Raxos, había degenerado hasta convertirse en una guerra civil. A posteriori, cada movimiento del Gobernador imperial había tenido sentido en ese momento y fue apoyado por otros funcionarios de alto rango, pero en realidad lo que hizo fue agitar más a las masas reprimidas. Cada nueva afrenta incrementaba la retórica a alturas más incendiarias y en muy poco tiempo, los bandos enfrentados llegaron a las manos.

A medida que la nave se alejaba de Raxos, el Cambiante podía sentir la tensión. Puede que fuera la falta de energía del Caos, o tal vez sus propias reflexiones lo que causaron la metamorfosis, pero mientras repasaba su glorioso plan, los rasgos del Cambiante se transformaron en los del Gobernador. Un refugiado cercano agitó y se frotó los ojos, alertando al Cambiante de que algo andaba mal. Cuando el joven humano volvió a mirarlo con más atención bajo la capucha, se tranquilizó al comprobar que el rostro del sacerdote lo miraba a él.

Al infiltrarse en ambos bandos y susurrar consejos envenenados, el Gobernador imperial se aseguró de que los esfuerzos de reconciliación fueran más violentos. Tras la colocación masiva de baterías de misiles Deathstrike y la sugerencia de atacar una zona del reactor enemigo, las explosiones resultantes perturbaron la estabilidad tectónica del planeta. Millones de personas murieron y las Colmenas se convirtieron en infiernos furiosos, enormes piras funerarias visibles desde órbita. Y lo peor estaba aún por llegar...

Cuando la agitación en el planeta alcanzó su cénit, el Cambiante abrió los portales a la Disformidad para que el Caos puro se desbordase por ellos. El mismo aire se rasgó en dos y desde los portales palpitantes irrumpieron los Demonios, unas bestias repugnantes que aparecían para alimentarse y destruir, algo que para ellos es una misma cosa.

La guerra y el caos no eran más que un eslabón de la cadena y cuando las legiones de Demonios se desbordaron sobre Raxos, atrajeron la atención de los Caballeros Grises. Cuando llegaron, el Cambiante se había visto obligado a tejer un camino entre las batallas despiadadas surgidas junto a cada una de las fisuras de la Disformidad sobre Raxos. Resultó una tarea ardua garantizar el equilibrio conecto; los Caballeros Grises tenían que sufrir mucha presión para que no sospechasen nada raro. Uno a uno, los agujeros fueron cerrados aunque los Caballeros Grises tuvieron muchas bajas con tal de cumplir sus exorcismos, mientras a su alrededor las Ciudades Colmena ardían y el planeta comenzaba a consumirse. El último espaciopuerto operativo, la Cubierta Nubosa del Sector 7, se convirtió en un faro de esperanza para el resto de la población. Millones de refugiados intentaban alcanzarlo huyendo de la destrucción de su mundo.

En dos ocasiones, el Cambiante se había reunido con sus enemigos cara a cara, ya que la emoción de rodear a su presa era imposible de resistir. Una vez, actuando como ayudante del Gobernador de la Guardia Imperial, envió un pergamino de datos al Hermano Capitán Stern y, en otra, el Cambiante se unió al consejo de asesores del Inquisidor Karamazov. Los muchos planes entrelazados estaban convergiendo cuando el Cambiante se unió a la multitud de refugiados, consumiendo al sacerdote y tomando su lugar. Esta muerte también estaba estipulada y su destino se narró años atrás, cuando el ser insignificante se había atrevido a pronunciar el nombre de Tzeentch, alegando que tenía la protección del Emperador y nada que temer. Otro detalle entre miles era que algunas venganzas mezquinas se cobraban en represalia por actos de antepasados que se remontaban a la época que la Humanidad denominaba la Era de los Conflictos.

Cuando se cerró la última de las fisuras de la Disformidad, los Caballeros Grises comenzaron a darse cuenta de que algo andaba mal. El Cambiante sabía que podía engañar a las máquinas, a los escáneres, a los sistemas de disparo de la Disformidad y a los campos de energía. Pero la intuición podía hacer los saltos de lógica necesarios y entonces podría reunir suficientes piezas del mosaico para distinguir algunas formas. Y aunque odiaba a sus adversarios, sabía muy bien su valía. Fue Stern, el que había marcado el rastro del Cambiante, quien había rastreado al Demonio hasta el Gobernador Imperial, y el que marcó su camino a los transbordadores de refugiados.

El Cambiante sonrió, aunque su cuerpo físico comenzó, por fin, a desaparecer. Incluso ahora, mientras el transbordador alcanzaba la órbita exterior de Raxos, podía oír la orden de Stern a la Barcaza de Batalla Espada Brillante. Sabían que él iba a bordo de una de las miles de lanzaderas, pero no en cuál. Los Caballeros Grises tendrían que destruir todas y cada una de ellas matando a centenares de miles de vidas inocentes, solo para asegurarse de que él no escapara a emprender una travesura en otro lugar. Podía escuchar sus justificaciones incluso mientras se deslizaba de nuevo a un reino en el que pudieran apreciar las sutilezas de sus obras. Cuando los rayos de las lanzas y torpedos comenzaron a aniquilar a la primera armada de refugiados, ya se había ido, dejando sólo las ropas arrugadas de un sacerdote asesinado.

Toda la destrucción, hasta la extinción definitiva de la vida en Raxos, había sido parte de un plan que dejó poco más que los cabos sueltos atados con gracia. Todo se había previsto y planeado para llegar a este momento exacto. A bordo de la Espada Brillante, alguien observaba la masacre que estaba teniendo lugar: un recién ordenado Caballero Gris. El Hermano Brutus estaba preocupado por la masacre. Durante un momento, olvidando los rituales de execración y de purga, dejó que la duda entrase en el bastión de su mente.

En la larga historia del Capítulo, ningún Caballero Gris ha caído en la tentación del Caos. Sólo el tiempo dirá si el caso del Hermano Brutus será diferente. Pero allí, en la cubierta de la Espada Brillante, se había plantado una semilla...

FuentesEditar

  • Codex: Demonios del Caos (6ª Edición).
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