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Khorne medio sin fondo

Cerberus el Rebañacráneos, mascota de los Poderes Ruinosos, patrocina este espacio para honrar a sus demoníacos señores. Pulsa sobre él y te introducirá en los misterios del Caos.

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Caos fortaleza mundo demoniaco

Allí, en el distante horizonte, se erigía la Fortaleza Imposible. Era una mastodóntica estructura imposible de asediar, titánica e inamovible. Sus torres, más altas que las de cualquier palacio de un gobernador planetario, herían los cielos. Sus portales eran fauces abiertas que podían engullir y vomitar ejércitos enteros. El veneno supuraba por sus muros, contaminándolo todo a su alrededor. Ante las puertas de la fortificación se extendía un bosque de muerte. Los cadáveres yacían en él hasta donde mi vista alcanzaba a ver. Allí la muerte se alimentaba de la muerte. Esos eran los jardines de M'Kachen.

Allí los oscuros árboles se habían petrificado, y viles criaturas aladas anidaban en sus ramas, royendo los restos de los Caídos, sus aullidos rasgaban el cielo, sus nidos estaban construidos con los huesos de los muertos. Las tumbas de los caídos se habían convertido en una fértil marga absorbida por los árboles de este siniestro bosque. Atravesados por las raíces de los árboles, los muertos volvían a levantarse, y de cada rama pendía un cráneo, enmohecido e impregnado de alabanzas a su oscuro señor, un cargamento cruel y macabro. Sus fauces descarnadas parloteaban en el aire gélido. Sólo los horrendos e incesantes aullidos de las sombras torturadas turbaban el campo.

Y proseguí mi viaje hacia delante, hacia la Fortaleza Imposible.

Construido con pura demencia se erigía el castillo. La locura había sido su arquitecto. Sus muros, de las más extrañas sustancias, como cristal, obsidiana o humo multicolor, gritaban con odio. Sobre sus pináculos estaban posados Demonios alados, buscando una presa con sus agudos ojos de halcón. De sus garras goteaba la sangre de los inocentes, sus cuerpos estaban hinchados por sus festines de almas. Eran las semillas de su infecto señor, creados a imagen y semejanza de M'Kachen.

La fortaleza descansaba sobre una roca titánica, esculpida con la forma de una cabeza cornuda de demonio, y sus ojos brillaban como fuegos fatuos. Las torres y las murallas se retorcían en ángulos imposibles, ignorando cualquier orden, y sin embargo el castillo era simétrico, extraño y perturbador. A sus pies un mar de fuego borboteaba y bramaba enfurecido. Por encima de él las nubes se rompían como si fuesen de papel y las formas de un millar de demonios llenaban el cielo. El castillo se fragmentaba constantemente y nuevas construcciones emergían en un ciclo sin fin. En su interior habitaba el Príncipe Demonio, en sus cámaras de cristal y fuego, según las profecías, estudiando el mundo desde ese ventajoso punto de observación que descollaba sobre la creación. Y las fauces nos tragaron, hacia el interior, donde jamás ningún mortal había osado aventurarse.

Hacia los dominios de M'Kachen, el maldito. Y allí enfrente vi una muralla, alineada con pilares y columnas, arcos de sangre y huesos tallados, peldaños de bronce, horribles bocas chillonas y demonios atrapados por el hierro más negro, los que habían fallado o habían contrariado a su maligno amo. Rocas y cráneos se apilaban en su base. La muralla se extendía incólume en su horrorosa perfección de horizonte a horizonte, sólo turbada por una abertura en forma de la obscena runa de Tzeentch, El que Cambia los Caminos, maligno amo de M'Kachen. Atravesamos la runa, y continuamos avanzando por escaleras demenciales de cristal que reflejaba todos los colores del espectro, y se retorcían de mil formas diferentes, de forma que no podíamos discernir cuándo ascendíamos o descendíamos. Finalmente llegamos a la cámara del Príncipe Demonio.

Allí, sentado en su argénteo trono, con los ojos cerrados y reposante, como si estuviese dormido, con su túnica blanca cuidadosamente colocada para que ninguna arruga turbase su magnificencia. Era un ser gigantesco, de más de cinco metros de altura, similar a un ave de presa y a un hombre. Mis acompañantes, Astartes de los Salamandras, hombres curtidos en cientos de batallas contra las abominaciones de los dioses oscuros, y entre los que se encontraba Erasmus, mi propio hijo, quedaron paralizados de terror al ver al maligno Príncipe Demonio. Tras un momento de duda, supe que esta abominación a los ojos del Emperador debía ser destruida. Y levanté la bendita espada psíquica para asestar el golpe letal.

De repente, sus ojos, brillantes como gemas multifacetadas, se abrieron y me miraron, como si escrutasen mi alma. Quedé inmovilizado con la espada en alto. La criatura se levantó del trono y, con su voz aterciopelada, me habló.

—Inquisidor Viktor Czevak, cuánto honor tener a una eminencia como vos en mi Fortaleza. Vaya, bonito juguete esa arma psíquica Némesis, bendecida en nombre del Emperador.

M'Kachen levantó uno de sus dedos anillados y señaló el arma. Esta voló de mis manos hasta quedar levitando en el aire frente a él. Acto seguido, cerró su puño y mi espada se redujo a polvo. Me quedé sin habla.

—Realmente sois un inconsciente. ¿Creéis que yo no sabía todo esto? Os he visto nacer y crecer, he visto cómo vuestros planes para destruirme han ido madurando, he visto a vuestro padre, y al padre de este, y a toda vuestra línea desde que la humanidad holló por primera vez la Tierra con sus pies. Lo sé todo sobre vos. Pero me habéis resultado divertido, así que os perdonaré la vida. Pero he de daros un castigo, así que mataré a todos y cada uno de vuestros acompañantes, dejando para el final a vuestro querido hijo.

El Demonio susurró unas palabras incomprensibles con su suave voz, y los astartes cayeron al suelo. Con horror, contemplé cómo sus servoarmaduras de combate, capaces de resistir el impacto de un rifle de plasma, se quebraban y se reducían a polvo, y cómo, con un brillo de sus malignos ojos, el demonio mutaba hasta lo irreconocible los cuerpos. Los astartes murieron entre gritos de dolor y súplicas de clemencia, algo inútil ate un ser que se alimentaba del dolor y que desconocía la piedad. Erasmus disparó una ráfaga de proyectiles con su bólter sobre M'Kachen, lo que provocó una carcajada histérica por parte del demonio. Este se volvió hacia mi hijo, enarbolando su bastón, que brillaba como mil soles. Quedé cegado durante unos instantes.

Cuando recuperé la visión, Erasmus me sacó de allí en brazos. Conseguimos llegar hasta el exterior de la fortaleza, tras un duro camino, ya que su interior había cambiado de nuevo. No sabía lo que había sucedido. Atravesamos el jardín, hasta que finalmente llegamos a nuestra nave. Me depositó en uno de los sillones y la puso en marcha. Caí inconsciente.

Cuando desperté, estaba en una base de los Salamandras, tumbado en una cama y con varios tubos en el cuerpo. Un Apotecario me dijo que mi cuerpo estaba gravemente dañado por la influencia de los poderes del Príncipe Demonio. Quedé allí tendido durante horas, rezando al Emperador, suplicando su perdón por haber fallado.

Hasta que entró Erasmus. Me alegré de que estuviese bien. Mi hijo me miró a los ojos y sonrió con ternura, como solía hacer. Pero algo iba mal. Su sonrisa se transformó en una mueca de crueldad, y en sus ojos había un brillo maligno. Entonces, con una voz que no era la suya, pronunció unas palabras que han quedado grabadas en mi mente. Sin más, dejándome allí, desapareció en la nada, y yo quedé allí, lamentándome por la pérdida.

"No preguntes qué criatura grita en la noche. No preguntes quién te espera oculto en las sombras. Es mi aullido el que te despierta en la noche, y mi cuerpo el que acecha en las sombras. Yo soy M'Kachen, y tú mi marioneta que baila a mi voluntad."

Fuentes Editar

  • Codex: Caos (2ª Edición).
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