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Maestro Administratum 3 El Archiescriba Primuscriptor, mascota del Imperio de la Humanidad, ha marcado este artículo como propiedad del Adeptus Terra. Pulsa sobre él para aprender más sobre los dominios del Emperador.

El conocimiento es poder. Guárdalo bien.

El Viceprefecto Blake observó por encima del hombro de uno de los Tecnoadeptos el monitor de seguimiento. La pantalla estaba cubierta de oscuras líneas naranja y símbolos completamente incomprensibles para él.

—¿Alguna actividad? —preguntó Blake, volviendo a su posición. El Tecnoadepto se giró lentamente para mirarle, como si por primera vez fuera consciente de la presencia de su comandante.

La voz del adepto era metálica, y hablaba de forma entrecortada y telegráfica.

—Observado objeto cayendo desde órbita, señor. Probablemente es un meteorito. Punto de impacto en lo alto del siguiente valle. El asedio continúa, Señor.

Satisfecho de que todo estuviera en orden, Blake salió para iniciar su paseo matutino. No esperaba que se produjera ningún problema. El verdadero peligro se encontraba en Ciudad Selin, donde las fuerzas del Prefecto habían asediado la base de los Arbites. Habían muy pocas posibilidades de que llegaran tropas Imperiales, pues el Prefecto Dalio se había encargado personalmente de los Astrópatas. La estación de seguimiento era tan sólo una de las pruebas de la gran atención que prestaba el Prefecto a todos los detalles, aunque tan sólo fuera una medida de precaución.

El sol del amanecer brillaba débilmente entre la gélida niebla, tiñiendo de naranja el búnker del que el Viceprefecto acababa de salir. Blake bostezó y se desperezó, tratando de aliviar el cansancio de sus miembros después de seis horas de servicio. Horul, el centinela, giró la esquina del edificio de plasticemento, frotándose las manos para mantenerlas calientes. Blake le saludó con la cabeza, pero ninguno de los dos dijo una sola palabra, pues preferían la silenciosa calma del amanecer. Permanecieron en silencio durante unos minutos, cada uno perdido en sus propios pensamientos. Fue Horul quien rompió el silencio, interrumpiendo los pensamientos de Blake.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó de repente, mirando hacia la niebla.

—¿Qué ha sido qué? —preguntó Blake, que también había percibido algo raro.

—Me ha parecido oír algo. Un gruñido o algo así —respondió Horul, desenfundando su pistola automática.

—¿Un oso cud que haya bajado de las montañas, tal vez? —sugirió Blake con voz temblorosa, mientras imitaba a Horul y desenfundaba también su arma.

Un repentino movimiento a su izquierda hizo que ambos giraran la cabeza. De entre la niebla surgió una figura vestida de negro. Su cara era una sonriente calavera: en una mano brillaban unas afiladas garras, mientras que en la otra empuñaba una espada. Con un rugido saltó sobre Horul, al que le arrancó la pistola de la mano con la espada, y le clavó las garras en el pecho. El agudo chillido de Horul duró una décima de segundo antes de que sus labios quedaran en silencio, mientras la sangre le manaba abundantemente por la boca.

Blake ya estaba corriendo hacia la puerta del búnker. Mientras introducía el código de entrada miró por encima del hombro. La criatura levantó el cuerpo de Horul con la mano de las garras y lo tiró a un lado. Algunas gotas de sangre carmesí le mancharon la máscara de la calavera. La puerta se abrió con un zumbido y Blake entró rápidamente. Mientras la puerta volvía a cerrarse, el Viceprefecto apuntó su pistola bólter al mecanismo de apertura y disparó. Los controles quedaron totalmente destruidos.

Entra ahora si puedes, maldita bestia, pensó Blake mientras se apresuraba por el corredor que conducía a la sala de control. Al llegar al final del pasillo pudo oír el sonido apagado de una carga de fusión activándose. Medio girándose para observar lo que sucedía, pudo ver cómo la puerta blindada había sido arrancada de sus goznes. Con un sonido metálico, la puerta cayó al suelo, envuelta en el humo de las bombas de fusión. Sin dudarlo, Blake golpeó con la culata de su pistola el activador de la alarma, y el aire se llenó con el sonido de las sirenas. Cuando el humo se disipó, Blake pudo observar la sonriente calavera que le miraba directamente desde el otro extremo del corredor. El monstruo empezó a correr hacia él, moviéndose increíblemente rápido, con sus ojos fijos en Blake.

Todavía se encontraba a varios metros cuando los guardias empezaron a salir por un corredor lateral. El primero estaba mirando hacia Blake cuando las garras de la criatura le cercenaron la cabeza. El segundo emitió un extraño grito de absoluto terror antes de que la espada aserrada le atravesara el pecho. Blake se sintió enfermo al ver que varios centímetros de metal salían por la espalda del guardia. Los disparos de pistola llenaron el corredor, pero el misterioso atacante siguió adelante entre los disparos de bólter y láser. Mientras se giraba una vez más, Blake se dio cuenta de que en menos de un segundo la criatura había enfundado su espada y había desenfundado una intrincada pistola de doble cañón. Blake entró en la sala de control mientras la criatura disparaba su pistola por el corredor lateral. Y siguió disparando mientras dirigía su mirada hacia él. Fue entonces cuando se dio cuenta de que el Tecnoadepto le estaba diciendo alguna cosa.

—...localizadas señales múltiples en órbita, señor. Son naves de guerra imperiales —dijo el Tecnoadepto. Blake no le respondió, estaba hipnotizado por el horror que avanzaba por el corredor hacia él. Se fijó en las ampollas que contenían líquidos de diferentes colores unidas a su cuerpo y observó con una enfermiza fascinación cómo empezaban a vaciarse, bombeando su contenido en el cuerpo del asaltante. La criatura tuvo un visible espasmo, y lanzó un chillido que helaba la sangre.

—Tenemos que avisar al Prefecto, señor —oyó Blake que le decía el Tecnoadepto, pero su voz sonaba muy distante, como si estuviera en otra galaxia.

La furia del Emperador se encontraba apenas a dos metros de él, y pudo verle los ojos. Eran dos pozos de sangre roja, con las órbitas henchidas de rabia y odio, y con una insaciable sed de violencia que jamás habría considerado posible que nadie poseyera.

—Creo que es demasiado tarde —tartamudeó Blake al Tecnoadepto.

FuentesEditar

  • Codex: Asesinos (3ª Edición).
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