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Khorne medio sin fondo

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Lo que se lee en este artículo es una traducción del relato The Horus Heresy: Massacre,
escrito por Aaron Dembski-Bowden y publicado gratuitamente en la app de Warhammer
para móviles.

Parte IEditar

Simbolo amos de la noche wikihammer

—Hemos sido convocados —dijo Malcharion—. No los destacamentos del Ejército que nos acompañan. No los auxiliares. No el Mechanicum. Solo nosotros.

El Señor de la Flota había abierto el consejo con esas palabras, sabiendo que habría muchos guerreros que deseaban responderlas.

—La máxima autoridad exige esto de nosotros —continuó.

—¿El Emperador? —preguntó uno de sus guerreros, fuera de turno. Como pretendía, la pregunta fue recibida con tenues gruñidos de diversión entre las filas.

—La máxima autoridad que reconocemos —corrigió el Capitán Malcharion, sin sonreír. Era monumentalmente severo, y no era un hombre que mostrase su diversión ni siquiera en las escasas ocasiones en que la sentía de verdad.

Los consejos de guerra de Malcharion eran reuniones informales, aunque no carecían de cierto protocolo. Para gran irritación de sus oficiales subordinados, el Décimo Capitán de la VIII Legión veía bien cambiar esos protocolos sin previo aviso, apropiándose de tradiciones de etiqueta de otras culturas, e incluso de otras Legiones, aparentemente por impulsos aleatorios.

Sostenía que animaba a sus hermanos a considerar nuevas perspectivas en la planificación y la realización de la guerra. Muchos de ellos creían simplemente que lo hacía por perverso eclecticismo.

Su preferencia actual era una deformada imitación de la costumbre de los Lobos Lunares de colocar piezas simbólicas y recuerdos en el centro para indicar que deseaban hablar ante sus hermanos. A bordo del Espíritu Vengativo, era habitual que los oficiales de los Lobos Lunares pusieran sus armas o cascos sobre la mesa central y esperasen a que se les diera permiso para hablar. Aquí, en los consejos de guerra de la VIII Legión a bordo del Pacto de Sangre, Malcharion había decretado que sus oficiales solo podrían usar trofeos tomados de los cuerpos de sus enemigos caídos.

Casi cincuenta oficiales estaban presentes: capitanes de navío, centuriones, campeones, todos ellos acompañados por sus Guardias de Honor juramentadas y asistentes personales, alcanzando un total de cerca de doscientos guerreros que se encontraban de pie bajo los estandartes de cuatro Compañías de Batalla.

Cada Amo de la Noche presente tenía derecho a hablar sin importar su rango, lo que implicaba que los cráneos usados como trofeos eran abundantes. Las calaveras excesivamente grandes y alargadas de alienígenas muertos se apilaban sobre la mesa, cada una grabada o pintada con la curvada escritura rúnica del melifluo lenguaje nostramano. Aquí y allí entre las piezas de hueso despellejado yacían armas exóticas y trozos de armadura de culturas humanas caídas, reinos bien sometidos por la VIII Legión, bien extinguidos por ella.

Talos contempló el fúnebre montón que ocupaba la mayor parte de la mesa central en pilas desorganizadas. Fuera cual fuera el orden que imperase en la tradición de los Lobos Lunares, este estaba ausente en la versión de los Amos de la Noche. Sin la memoria eidética de un Marine Espacial, recordar qué guerrero había colocado cada reliquia habría sido imposible.

El joven Apotecario llevaba su yelmo bajo un brazo, respirando el cálido y estancado aire que apenas circulaba por la cavernosa sala. Un dulce hedor se aferraba a sus sentidos, algo no muy distinto de una mezcla de comida podrida y una especia extrañamente almizclada. La encontraba empalagosa más que desagradable; uno no se unía a la Legión de los Amos de la Noche para librar sus guerras y entrenarse a bordo de sus naves-cripta para luego rehuir el mal olor de la carne en descomposición.

Talos dedicó una breve mirada a los cientos de cadáveres que colgaban del techo sobre cadenas industriales. La mayoría eran humanos o Eldars, cuyas armaduras estaban agrietadas por los disparos y rajadas por las cuchillas, y la mayoría no eran ya más que fibrosos esqueletos cubiertos por placas rotas. Varios estaban colgados por sus muñecas y cuellos, otros por sus tobillos con sus manos muertas colgando hacia los oficiales reunidos en suplicante silencio. Muchos de los cuerpos estaban tan envueltos en cadenas y grilletes que parecían haber sido atrapados por los hambrientos caprichos de algún imposible arácnido metálico.

El Apotecario devolvió su oscura vista a la reunión. Un hololito de la armada de los Amos de la Noche dominaba el aire por encima de la mesa cubierta de reliquias, mostrando las quince naves de diversas clases que escoltaban al Pacto Sangriento. Talos observó la nave de guerra, su hogar desde que abandonase Nostramo hacía ya tantos años, mostrada en luz azul y parpadeando mientras navegaba en formación. Los cruceros menores y las fragatas de escolta giraban en una lenta danza perimetral en torno a su nave insignia, mientras las otras naves de guerra de los Amos de la Noche se mantenían cerca del Pacto en el corazón de la flota.

Talos había visto morir a su mundo natal desde la cubierta de mando del Pacto.

Había estado allí con sus hermanos más cercanos hacía más de dos décadas cuando la VIII Legión derramó fuego sobre su propio mundo de nacimiento y lo desgarró con la furia de diez mil cañones.

Había sido la última gran reunión de los Amos de la Noche. Un hecho agridulce, en el mejor de los casos.

De todas las dieciocho Legiones, pocas evitaban la compañía de sus propios hermanos con la frecuencia llena de tacto de la Octava. Muchos Comandantes Imperiales decían que no trabajaban bien con otros, pero la verdad era un poco más graciosamente sombría.

Los Amos de la Noche apenas trabajaban bien entre sí.

El Apotecario Talos parpadeó una vez, inhumano en su languidez, y volvió sus ojos sin iris hacia las figuras que rodeaban la mesa. Los oficiales de las cuatro Compañías que componían la 2901ª Flota Expedicionaria habían sido convocados al consejo de emergencia. La reunión estaba limitada a los guerreros de la Legión. Sus contrapartidas del Ejército Imperial y los oficiales auxiliares que habían servido fielmente (aunque incómodos) a su lado durante las últimas campañas permanecían a bordo de sus propias naves.

Más allá del perenne zumbido de tantas servoarmaduras activas, los guerreros reunidos estaban callados y silenciosos. Ni murmullos ni susurros surgían de sus labios. Esperaban, antinaturalmente silentes, no por disciplina sino por fría expectación.

Algo iba mal. Todos lo sentían.

Las calaveras encadenadas a la armadura de Malcharion traquetearon cuando el Señor de la Flota tecleó una orden en los proyectores hololíticos de la mesa central. La representación de la flota desapareció con un chispazo y otra imagen cobró vida chisporroteante en resolución audiovisual sobre la pila de macabros trofeos.

El Primer Capitán Jago Sevatarion, Pretor Nox de la VIII Legión, se alzaba pintado en luz abrupta. Su yelmo con alas colgaba en su cinto, mientras que su alabarda, el arma casi tan renombrada entre las Legiones como el mismo guerrero que la usaba, descansaba apoyada en uno de sus hombros. Dos de sus Atramentar le flanqueaban como avatares inmóviles, con sus garras relámpago silenciosas y aún desactivadas. Los pálidos rostros de los guerreros que rodeaban a Talos observaban, con su blanca piel convertida en un azul consuntivo por la etérea luz.

—Hermanos de la Octava Legión —dijo la grabación de Sevatar, cuya voz siseaba con vococorrupción—. Donde quiera que estéis en este hipócrita imperio, sea cual sea la campaña que estéis llevando a cabo en su nombre, nuestro padre exige que os reunáis con la Anochecer de inmediato.

Talos notó que los signos vitales de su escuadra se elevaban ligeramente en el narthecium de su guantelete cuando el Primer Capitán habló de nuevo.

—Ha llegado la hora. Acudid a toda prisa al sistema Istvaan.

Parte IIEditar

No hubo ningún orden en la dispersión de la flota. La nave de guerra Perjuro se apartó la primera, acelerando sus motores al desviarse de la formación y empezar a penetrar la barrera entre la galaxia material y el reino de más allá del velo.

Las alarmas y cláxones aullaron a bordo de las cubiertas de aquellas naves que aún navegaban en cohesión, pero para cuando las naves del perímetro empezaron a apartarse del Perjuro a la fuga, ya era demasiado tarde. La vil maquinaria de su núcleo lanzó relámpagos de Disformidad que abrasaron la metálica piel de la nave, y el Perjuro se clavó en el gran agujero que había abierto en la realidad.

Los dos destructores de escolta más cercanos, cada uno tripulado por varios miles de humanos, fueron arrastrados inevitablemente por su estela. Grandes ciclones de humo ectoplásmico, veteados de relámpagos y hirviendo de rostros aullantes, se aferraron a las esforzadas y traqueteadas naves. Estos tentáculos de la hambrienta tormenta tiraron de ellas, sin preparación ni protección, al interior de la Disformidad tras el Perjuro.

Talos observaba desde el puente del Pacto de Sangre. Se inclinaba sobre la barandilla que rodeaba la plataforma elevada central, donde el trono de mando de Malcharion supervisaba el trabajo de toda la cubierta. Ninguna expresión marcó su cara mientras presenciaba la caída de los indefensos navíos en las mareas de la Disformidad, arrastrados a la condenación cuando sus motores fracasaron en liberarlos. Pensó, brevemente, en los miles de hombres y mujeres a bordo de las naves, que llenaban los pasillos con aullidos mientras el hirviente ácido de la irrealidad fluía a través de las cubiertas desprotegidas.

Una muerte rápida, quizás, pero una que condensaba una infinidad de agonías en los últimos torturados segundos de un alma.

El Pacto de Sangre comenzó sus propias maniobras. La cubierta se sacudió bajo sus botas. Los servidores se aseguraron en sus estaciones por instinto monoprogramado, mientras la tripulación se preparaba para entrar en el Mar de las Almas.

Las llamadas de confirmación y explicación resonaron desde el resto de la flota, surgiendo desde los altavoces instalados en el ornamentado techo gótico de la cubierta de mando. Enmudecieron a un seco gesto de la mano de Malcharion, mientras se sentaba con estatuesca paciencia en su trono de mando.

Talos sintió que uno de sus hermanos se le acercaba por el zumbido de la armadura activa. Sabía quién era sin necesidad de mirar los rastreadores de proximidad de su narthecium. Reconocer a los compañeros de escuadra por familiaridad e instinto era algo que se volvía natural: caminaban con ritmos distintos, su sudor tenía toques diferentes, su respiración seguía cadencias sutilmente distintas. Los sentidos de un Marine Espacial bañaban su cerebro de información en todo momento.

—Hermano —dijo Vandred Anrathi, poniéndose a su lado.

—Sargento —replicó Talos. No apartó sus ojos negros de los retorcidos y sacudidos navíos, que ahora estaban a medio de ser tragados por fuego incorpóreo.

El Sargento Anrathi era un guerrero de rasgos pulidos y esculpidos, con los dientes afilados de las tribus adoradoras de la noche que habían vivido más allá de los límites de las ciudades ahogadas por el crimen de Nostramo. A pesar de sus barbáricos orígenes, su compostura y autocontrol eran envidiados por muchos: pocos guerreros manejaban un Interceptor Xiphon con tanta serenidad, o podían supervisar una batalla orbital con la misma precisión tenaz.

Dirigía la Escuadra de Mando del Capitán Malcharion, y aconsejaba al comandante en asuntos de guerra espacial.

—Vaya vista, ¿no crees? —preguntó.

Talos no respondió. Había habido un tiempo en el que la extinción que estaba teniendo lugar le habría hecho sentir una sombría fascinación en su corazón. Incluso en el proceso de infligir tortura a los prisioneros de la Legión, había una sensación de justicia en sus actos. La agonía y el miedo eran aplicados por una causa, por un propósito. No al azar.

Pero observar cómo su mundo natal ardía y se rompía había enfriado su capacidad de sentir simpatía. En realidad, ni admiraba ni lamentaba la destrucción que ahora tenía lugar ante él. De hecho, sentía poco más que una vaga sensación de curiosidad sobre si la Disformidad vomitaría algún día las afligidas naves de vuelta al espacio real, y qué ruina habrían sufrido en su tempestuoso abrazo.

La cubierta dio una violenta sacudida tras un trueno distante. Andanadas, pensó Talos. EL Pacto de Sangre estaba disparando a su propia flota.

Eso, al fin, le hizo tomar aire para cuestionar lo que estaba teniendo lugar.

—¿Por qué? —preguntó, volviéndose para mirar a los ojos a su Sargento.

Anrathi sonreía más que la mayoría de sus hermanos. Lo hizo ahora, enseñando sus dientes elegantemente afilados. No necesitaba preguntar qué cuestionaba el Apotecario.

—Porque yo lo he ordenado, y el Capitán Malcharion lo ha aprobado.

—¿Por qué? —repitió Talos. La curiosidad irritada le hizo entrecerrar los ojos. Quería respuestas, no otra de las danzas semánticas de Anrathi.

—Si los matamos ahora —respondió el Sargento—, no necesitamos matarlos después.

El medicae no se lo tragó. Talos bufó, volviendo la vista a las amplias pantallas del oculus, que ahora mostraban los cascos ardientes de sus naves de escolta, muriendo en el negro vacío entre mundos, haciéndose pedazos mientras intentaban fútilmente alejarse. El Pacto había nacido en los cielos sobre el sagrado Marte y bendecido con una hueste de armas capaces de arrasar ciudades. Las confiadas y desprotegidas naves de sus aliados no tenían esperanza alguna.

—Esto es desprecio —Talos dijo al fin. Un dolor empezaba a formarse en sus sienes, trepando indeseadamente a través de su mente—. Podríamos incapacitar a los que no podemos convertir. Podríamos simplemente huir, sabiendo que nunca serían capaces de alcanzarnos incluso si se enterasen de nuestra destinación. En vez de eso los acribillamos por puro desprecio.

El ligero encogimiento de hombros de Anrathi podría haber sido tanto una confirmación como un desafío.

—¿Sientes pena por ellos, Talos?

¿La siento? Por un momento, durante el más breve instante, lo consideró. El chico que había sido mucho antes de alzarse revestido de medianoche con sus hermanos... ese niño habría mirado con impactado horror lo que estaba presenciando. Antes de que la empatía, como la simpatía, hubiera sido erosionada de su alma.

Se encontró sonriendo ante la idea.

—Sabes que no —dijo Talos.

—¿Entonces por qué siento desaprobación en tu tono?

—Mi rechazo es solo filosófico. Si destruimos por desprecio, no por un propósito ni una necesidad, damos motivos para creer lo que las otras Legiones dicen que somos. Si matamos las suficientes almas sin un verdadero motivo, seremos los monstruos que nuestros primos creen que somos. Una profecía autocumplida.

Anrathi apoyó una mano blindada en la hombrera del guerrero más joven. Los cráneos atados a la armadura de Talos matraquearon contra la ceramita como si se susurrasen unos a otros en algún huesudo lenguaje.

—Nunca sé si eres tan ingenuo como te haces ver, tan engañado como pareces, o si simplemente te ríes de todos nosotros a escondidas, Talos.

El Apotecario volvió a mirar la pantalla del oculus, observando cómo la realidad era arrasada por los arcanos motores del corazón del Pacto. Se abrió una herida en el espacio ante ellos, derramando iracunda antimateria en chorros de feroces relámpagos, lista para engullir a la nave entera.

—Quizás la verdad esté en algún punto entre las tres cosas —dijo al fin. La presión en sus sienes estalló, un auténtico dolor de migraña que penetró por su cráneo como un fluido ardiente, haciéndole sentir una fea premonición.

—¿Estás bien? —preguntó Anrathi, con un tono de cauta sorpresa.

Lo sabe, pensó Talos. Lo siente. Algo en el rostro del Apotecario había revelado su repentino dolor.

—Nunca he matado a otro Legionario —dijo Talos—. Eso es todo. No puedo evitar preguntarme cómo se sentirá.

—Sin embargo, te he visto matar a muchos, hermano. Lo he presenciado con mis propios ojos.

El Apotecario inclinó la cabeza, dándole la razón.

—Sí y no. Tortura y ejecución no son exactamente lo mismo que asesinato.

Parte IIIEditar

La cañonera Ennegrecida era un cuervo de sucio azul y mugriento bronce. Los cuerpos de varios alienígenas y apóstatas estaban fundidos con el casco mediante cadenas de adamantio medio derretido, y los cadáveres habían sido reducidos a esqueletos quemados por la entrada en la atmósfera. Renovarlos entre misiones era el acto más sagrado que los guerreros de la Primera Garra jamás realizaban juntos. Si no había enemigos presentes, los Amos de la Noche de la escuadra de Malcharion no tenían remilgos a la hora de crucificar miembros de su propia tripulación humana en su lugar.

Talos y sus hermanos permanecían de pie en la oscuridad mientras la cañonera se sacudía a su alrededor. Todos ellos habían abandonado los arneses de sujeción de la parte trasera, escogiendo permanecer en la bodega delantera para desplegarse rápidamente, y se agarraban a las barras del techo. Solo los más cautos entre ellos activaban los imanes de sus botas para aferrarse a la agitada cubierta.

—Cinco minutos —dijo el Capitán Malcharion—. Poneos los cascos.

Talos levantó su yelmo y lo colocó en su sitio, bañando sus sentidos con el rojo de su pantalla táctica. Los cursores de objetivos parpadearon y las listas de munición brillaron. Runas nostramanas se deslizaron por sus lentes oculares al recibir los signos vitales y datos de su escuadra. Los sistemas de su armadura recibieron su inmersión con rociadas de fuego químico de adrenalina en los implantes de su torso y espina dorsal.

—Primera Garra, cuenta de almas —ordenó Malcharion. Los tonos severos del Capitán sonaban ásperos por los fallos de la transmisión.

—Talos, presente —replicó de inmediato el Apotecario.

Vandred, presente —dijo el Sargento Anrathi un momento después.

Ruven, presente.

Xarl, presente.

Cyrion, presente.

Sar Zell, presente.

—Recibido —transmitió Malcharion por la sufrida red de comunicaciones—. Segunda Garra, cuenta de almas.

Y así continuó mientras las otras garras a bordo de otras naves de desembarco informaban de su situación. Talos observó cada runa de nombre brillar brevemente en las filas de la Décima Compañía a medida que sus signos vitales se descargaban en su guantelete narthecium.

—Noventa y dos almas —transmitió Talos al completarse la cuenta. Se volvió hacia el Capitán, que estaba a la cabeza de la escuadra. Malcharion estaba haciendo las últimas comprobaciones en su bólter de dos cañones—. Décima Compañía preparada —le dijo Talos.

Viris colratha dath sethicara tesh dasovallian —murmuró Malcharion en serpentino nostramano—. Solruthis veh za jasz.

Hijos de nuestro Padre, revestíos de medianoche. Nosotros traemos la noche.

No hubo aclamaciones, ni juramentos solemnes, ni gritos de disposición cargada de adrenalina, todos tan típicos de otras Legiones. Los Amos de la Noche aguardaron tras sus palabras tradicionales, observando la oscuridad a través de selectores de objetivos activados; algunos sonreían, otros mantenían miradas muertas, otros más enseñaban silenciosamente sus dientes sintiendo emociones inefables para un mortal, pero todos lo hacían tras máscaras con marcas de calaveras.

La cañonera viró, casi cayéndose del cielo. Talos sintió una náusea durante una fracción de segundo antes de que los cambios genéticos en sus oídos internos la compensaran. Activó la presión en su cráneo, que hasta entonces había ido disipándose.

—Atmósfera penetrada —dijo Malcharion—. Tres minutos.

No hay vuelta atrás, pensó Talos. Aunque en realidad hacía meses que habían cruzado el punto de no retorno. Quizás hacía años, cuando habían quemado Nostramo por orden del Acechante Nocturno para detener el veneno que se estaba infiltrando en la Legión desde sus propias cosechas de reclutamiento.

Xarl estaba al lado del Apotecario, agarrando la barra opuesta. Su espada sierra a dos manos estaba sujeta a su espalda, y Talos vio el alto crestón del casco de su pariente, elevado y orgulloso.

—¿Por qué llevas eso? —transmitió Talos a su hermano a través de la conexión interna de la escuadra-. No será un desfile ahí abajo.

Xarl giró su yelmo de alas de murciélago hacia Talos, con sus lentes oculares rojas brillando en la oscuridad de la bodega de transporte.

—Orgullo de la Legión —llegó la respuesta en su profunda y ronca voz—. Parece correcto, dado lo que estamos a punto de hacer.

Cyrion, que estaba detrás de Xarl, había colocado la bayoneta-sierra de su bólter, y la estaba probando haciéndola girar con zumbantes chirridos.

- Esa cresta es casi tan alta como la de Sevatar -señaló-. El enemigo te confundirá con un héroe.

Xarl gruñó. Fuera por rechazo o asco, dio lo mismo. Se volvió de nuevo hacia el frente.

En la sacudida y rechinante agitación que siguió, Cyrion miró por encima del hombro hacia donde Ruven observaba distraídamente cómo los relámpagos rielaban por la hoja desnuda de su espada de energía. Arrojaba una luz acuosa por el interior de la cañonera, fea y fluida; habría sido lo bastante brillante para molestar a los sensibles ojos nostramanos de los guerreros, si no hubieran llevado puestos los cascos.

—¿Te mantendrás fiel a los preceptos del Edicto de Nikaea ahí abajo, hermano?

Ruven, el Bibliotecario asignado a la 10ª Compañía, hizo un sonido burlón sin gracia. Envainó su espada, arrojándolos de nuevo a la auténtica oscuridad, y no dijo nada.

Despojado de sus objetivos favoritos a los que picar, Cyrion se volvió a mirar a Talos. En su placa facial había relámpagos pintados en sentido descendente, trazados como lágrimas elementales. Brillaban escarlatas por la luz de sus lentes.

—Bueno —dijo Cyrion—, ¿qué tal te va?

Parte IVEditar

Fiel a la naturaleza de los Amos de la Noche, la lucha fue de todo menos justa. Habían dejado la batalla principal en la Depresión de Urgall en manos de las fuerzas de vanguardia del Señor de la Guerra Horus. Malcharion tenía otros planes, que recibieron la encantada aprobación del Primer Capitán Sevatar.

Malcharion había dirigido a la Décima Compañía al frente de su batallón a lo largo de la cordillera sudoriental, manteniéndola apartada para hacer aterrizar sus Thunderhawks en medio de las columnas de Manos de Hierro heridos y en fuga que se esforzaban por alcanzar sus propias naves de evacuación.

Recién llegados de la órbita, sin haber sufrido la agotadora lucha de aquel día que seguía sorbiendo la vida de las Legiones masacradas, los Amos de la Noche habían despedazado a sus enemigos con implacable y gozoso abandono.

Tras un largo y sangriento medio día, las interminables exigencias de la carnicería se estaban cobrando su precio incluso entre los hijos de Curze. Sus cañoneras aún les sobrevolaban lanzando ataques y pasadas, destripando a los Leales con implacables salvas de fuego de bólter pesado y empujándolos hacia las cuchillas de la VIII Legión. Pero esas cuchillas se movían más despacio en brazos que se estaban cansando. Aunque heridos y dispersos, los Manos de Hierro se resistían a su masacre con una tenacidad que sus primos de Nostramo estaban aprendiendo a lamentar.

Talos arrancó su espada sierra de otro guerrero caído, ignorando el chorro de sangre que salpicó sus lentes desde los dientes revolucionados de su arma. Su mano estaba acalambrada aferrando la empuñadura, con su dedo índice retorcido contra el gatillo e incapaz de soltarlo. Sus músculos ardían con ácido láctico solo de la agotadora repetición de levantar y blandir su espada, una y otra y otra vez.

El Mano de Hierro que yacía en el suelo empapado de sangre agarró al Amo de la Noche, demasiado brutal y testarudo para darse cuenta de que estaba muerto. Otro golpe de la espada sierra le arrancó la mano biónica que estiraba por la muñeca con una lluvia de chispas, y con el revés Talos estrelló la chirriante y quejosa arma en la garganta del Mano de Hierro. La espada sierra perdió varios dientes más de los que le quedaban mientras atravesaba la musculatura de haces de fibras que formaba el collar de la gorguera del guerrero. Cuando el Apotecario sacó finalmente la espada, miró con una irritación momentánea a los pocos que quedaban sujetos, girando holgadamente en la cadena.

Trató de arrojar la espada a un lado. Le costó dos intentos lograr abrir la mano para ello, tanta era la fuerza de su calambre tras seis horas de combate cuerpo a cuerpo.

Justo cuando la espada dejó su dolorida mano, algo se estrelló en el lateral de su casco con la fuerza de un martillazo, haciéndole dar un cabezazo hacia atrás y desconectando sus lentes en un barullo de estática roja durante dos latidos de corazón. Talos se estaba levantando otra vez del barro cuando otro golpe le alcanzó bajo el brazo derecho, clavándose a través de sus costillas con una afilada, gruesa y punzante presión. Saboreó humo de ficelina de disparos en su lengua, y sangre al fondo de su garganta.

Las alarmas retinales brillaron y parpadearon, exigiendo su atención, catalogando sus heridas exactas e incluso trazando los ángulos del fuego enemigo. Más adelante, un Rhino destrozado y sin orugas apareció silueteado en sus imágenes retinales: la fuente de los disparos que le habían derribado. Durante un poco usual momento, sus propios signos vitales cobraron precedencia sobre los de sus hermanos. Sintió picaduras por su corriente sanguínea cuando su armadura dispensó analgésicos y estimulantes de combate.

Disparó a ciegas a través de la masa de cuerpos enfrentados, sosteniendo su bólter con una mano y reconfortándose con el pesado retroceso del arma en su mano. No había cobertura que aprovechar en aquella matanza desnuda. Los restos más cercanos de un tanque destruido estaban a treinta metros de distancia.

Dos de sus hermanos estaban cerca, casi al alcance de la mano. A su izquierda, Xarl estaba segando a diestra y siniestra con su inmensa espada sierra, abandonado ya todo sentido de destreza por innecesario, cortando junturas expuestas en las servoarmaduras negras y cargadas de cicatrices de modelo Mk. II. Cyrion estaba en el suelo, de rodillas sobre un Mano de Hierro que sufría convulsiones, serrando su garganta con su bayoneta.

Xarl, que normalmente guerreaba en frío silencio, estaba emitiendo por las comunicaciones gruñidos primarios, sintiendo sin duda cómo ardían sus músculos tras tantas horas de combate. Cyrion alternaba entre maldiciones en reptilianas sílabas nostramanas y ocasionales carcajadas. Tenía una forma de reírse sin crueldad, sonando de algún modo como si estuviera de buen humor y se sintiera generoso incluso mientras desgarraba la tráquea de un rival.

Talos avanzó, teniendo que luchar para abrirse camino. El suelo entre sus botas era un derrubio atormentado de ceramita rota y barro ahogado en sangre; cuando no estaba trepando sobre los cadáveres caídos estaba chapoteando en la sangre expulsada por sus cuerpos. Se detenía solo para saquear la munición de los muertos y para disparar tiros de gracia a los moribundos.

+ Déjalo. +

La palabra resonó en su mente, más visual que audible, escrita en llamas sobre el fondo de sus ojos. El Apotecario se tambaleó, arriesgándose a mirar a su lado en busca de señales del Bibliotecario Ruven. Le llevó varios segundos despejar su visión de la niebla de fuego de la migraña.

+ Deja de ejecutar a los caídos. La piedad no tiene lugar aquí. +

Talos soltó un gruñido bestial al sentir la presión en su cabeza, una compresión en sus sienes lo bastante fuerte para hacer que los huesos de su cráneo chirriasen bajo su peso. El dolor sin fuente de las últimas semanas resonó más dura y fuertemente tras la telepatía de Ruven.

El Bibliotecario se encontraba junto a Malcharion (Como siempre, pensó Talos con una mueca, protegido por la mejor espada de la Compañía) añadiendo sus relámpagos hechiceros al implacable avance del Décimo Capitán.

—Veo que toda pretensión de seguir el Edicto ha sido abandonada —murmuró Cyrion por la conexión interna de la escuadra.

El Apotecario ignoró la provocadora observación de Cyrion.

—No es piedad —transmitió Cyrion a la figura que combatía a la sombra de Malcharion—. Es prudencia. Si avanzáramos demasiado, y los heridos se reagruparan en número suficiente...

Por delante, Ruven no se volvió a mirar a Talos. El Bibliotecario cubierto de pieles blandía su pesada espada, rebosante de energía psíquica, y desataba truenos cada vez que golpeaba ceramita negra.

+ Ya has oído las órdenes. +

Talos estaba tomando aire para replicar cuando otro disparo le alcanzó por detrás de la rodilla, destrozando los músculos mecánicos de su greba. Dos más le dieron en la parte inferior del pectoral medio segundo después, partiendo el símbolo Imperialis de plata y haciéndole caer por tierra. Se estrelló en el fango revuelto de sangre, para acto seguido sentir cómo otro de los Manos de Hierro caídos le clavaba un gladius roto en el costado herido, desatando otra oleada de irritantes alarmas retinales.

—Traidor —jadeó el medusano con una voz que sonó como un crujido húmedo a través de su destrozada rejilla de comunicación. Talos miró a carbonizada y vacía cuenca ocular del guerrero a través de la placa facial partida del Mano de Hierro. Hubo un grotesco momento de camaradería fraternal, unidos como estaban por las heridas, el odio y la hoja que se clavaba a través de las costillas del Amo de la Noche.

Talos apuntó su bólter, apretándolo contra la cara arruinada por las llamas del guerrero.

Jasca —replicó con un siseo de nostramano. Sí.

Nunca apretó el gatillo. La cabeza del Mano de Hierro rodó libre, arrancada por un golpe descendente de la enorme y aullante espada sierra de Xarl.

—Levántate, maldita sea —le llegó la distraída orden de su hermano.

Gruñendo contra la picadura de la adrenalina y los analgésicos, Talos levantó su mano. Ocupando el lugar de Xarl, Cyrion agarró la muñeca del Apotecario y tiró de él hasta ponerlo de pie. Las pulsaciones en la cabeza de Talos eran ahora desgarradoras colisiones. Apenas podía ver más allá de las desdibujadas runas que descendían por sus pantallas retinales de información. Los subrepticios escaneos neuronales que había realizado a bordo del Pacto de Sangre no habían detectado ningún daño cerebral, pero el dolor venía cada vez más fuerte, día tras día.

—Gracias —le dijo a su hermano.

—Qué adecuado —dijo Cyrion.

—¿El qué?

Talos aún estaba tratando de despejar sus alarmas retinales. La Primera Garra no había sufrido bajas, pero las otras escuadras estaban empezando a sufrir de tanto en cuando alguna pérdida. Había semilla genética que cosechar.

Cyrion golpeó su puño blindado contra el humeante pectoral de Talos, donde el Imperialis forjado en plata había quedado reducido a una ruina rajada y ennegrecida.

—Eso. Qué adecuado.

Parte VEditar

Arañazo. Arañazo. Arañazo.

El guerrero estaba en cuclillas en la confortable oscuridad, sin necesidad de luz para tallar. Arañar la ceramita no era fácil, pero el filo de un cuchillo de combate de las Legiones Astartes era suficiente para lograrlo.

Arañazo. Arañazo. Arañazo.

Cada raspón del filo del cuchillo se clavaba en el punzante dolor que hervía en su mente. Cada largo arañazo era un respiro, pero no una liberación. Podía combatir el dolor, disminuirlo, pero no expulsarlo.

Arañazo. Arañazo. Arañazo.

El sonido de la talla era un chirrido de piedra de afilar que resonaba por las paredes desnudas. El sonido de un arte tosco naciendo en la negrura absoluta. Los ojos humanos no podían penetrar la oscuridad, pero el guerrero no había sido humano en muchos años. Podía ver, igual que podía ver en el mundo sin sol, habiendo nacido en una ciudad donde la luz era un pecado que solo se podían permitir los ricos.

Arañazo. Arañazo. Arañazo.

Era una percusión que acompañaba al gruñido omnipresente de los distantes motores de la nave. Otros sonidos invadían la obra del guerrero, pero estos eran fáciles de ignorar inconscientemente. Lejos de su santuario había apagados quejidos de hombres y mujeres que trabajaban en las negras cubiertas, y traqueteantes golpes de compuertas abriéndose y cerrándose por todo el Pacto de Sangre. Aquí, en la habitación, junto a él, había el lento latido de un corazón humano y el húmedo suspiro de la respiración de un mortal. Escuchaba estas cosas sin conocerlas realmente. Eran una nada sensorial, información sin contexto que no penetraba el velo de su implacable concentración.

—¿Amo? —le llegó una voz.

Arañazo. Arañazo. Arañazo.

—¿Amo?

El guerrero no levantó la vista de su obra, aun habiendo perdido el ritmo instintivo de tallado.

—¿Amo? No entiendo.

El guerrero tomó aire lentamente, dándose cuenta solo entonces de que había estado sin aliento, murmurando para sí en un grave zumbido que se fundía con los retumbantes motores de la nave. Eso, al fin, fue suficiente para hacerle apartar la vista de sus tallas.

Un humano estaba de pie en la oscuridad, cubierto con un sucio uniforme de la Legión, que llevaba una moneda nostramana cosida a un collar de cuero. El guerrero miró al mugriento hombre durante un tiempo, sintiendo cómo su reseca garganta se contraía en un intento de pronunciar el nombre del esclavo.

—Primus —dijo al fin. El sonido de su propia voz le horrorizó. Sonaba como si hubiera muerto hacía semanas, y un espectro reseco hablase por él.

Un marcado alivio invadió los rasgos barbudos del esclavo.

—He traído agua.

El guerrero parpadeó para despejar su vista, estirando la mano para tomar la cantimplora metálica de Primus. Vio la suciedad acumulada bajo las uñas de su esclavo. Olió la estancada salobridad del líquido vital del contenedor de hojalata.

Bebió. El dolor de su cabeza, ya exorcizado por sus grabados, se desvaneció cada vez más con cada trago.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó—. ¿Cuánto llevo aquí?

—Doce días, amo.

Doce días. ¿Cuándo había terminado la masacre? ¿Cómo había terminado la masacre?

Recordaba poco más después de haber visto la placa facial con relámpagos de Cyrion cuando este le ponía de pie...

Talos se volvió hacia la pared más cercana, donde un retorcido garabateo de runas nostramanas recorrían en líneas feas el negro hierro. Las letras se cruzaban unas con otras, aparentemente sin orden. Cubrían toda la celda, incluso el suelo en algunos sitios, grabadas por el ahora embotado gladius que el guerrero tenía en la mano.

—Doce días —dijo en voz alta. Había sido reforjado genéticamente más allá de la capacidad de sentir temor, pero una incomodidad muy, muy fría se deslizó por su sangre al ver todas estas palabras que no recordaba haber escrito.

—Hay cosas en mi cabeza —dijo al fin—. Recuerdos que nunca ocurrieron.

Primus no tenía respuesta. Talos no esperaba ninguna. Ya estaba distraído: su propia servoarmadura también estaba grabada con runas. Gran parte no tenía sentido, aunque los nombres de sus hermanos estaban mezclados entre los sinsentidos. El nombre del Sargento Anrathi había sido tachado brutalmente con la runa que significaba "Elevado".

Una frase resonó por sus sentidos cuando sus ojos negros la encontraron. Una frase que nunca olvidaría.

Allí escritas, en una versión abrupta e infantil de la escritura nostramana, había nueve palabras:

Es una maldición, decían las runas, ser el hijo de un dios.

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