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Bulldog El Sargento Guillermito, mascota de los Marines Espaciales, tiene el honor de patrocinar este espacio por orden del Capellán Cassius de los Ultramarines. ¡Pulsa sobre él y te acompañará a una Cruzada épica!

¡Lee más! ¡Sin piedad, sin remordimientos, sin miedo!

Erasmus Tycho

El batir de unas poderosas alas, un sentimiento de infinita melancolía. Que hubiera llegado a esto... compañeros de armas atrapados en una batalla a muerte. Entonces le vio, una vez su hermano, su enemigo ahora. Un relampagueo de hojas y una explosión de sangre, un dolor aullante estallando alrededor de su cuerpo como una descarga eléctrica, y él...

...abrió sus ojos, con el sudor cubriendo su piel con un brillo aceitoso, y su boca llena de sangre. Tragó y se pasó la lengua por los dientes, luchando contra las visiones. Pero no importaba lo fuerte que intentara apartarlas, estaban siempre ahí, acechando en el fondo de su mente. El Hermano Capitán Erasmus Tycho se puso en pie y se giró para salir de la capilla, deteniéndose al ver al Capellán Lemartes en la arcada, con su cara oculta por las danzantes sombras arrojadas por las electro-antorchas.

—¿Las estabas volviendo a ver? —preguntó Lemartes.

Tycho asintió lentamente.

—Sí... –susurró—. Las veo incluso ahora. Puedo sentir su dolor, me quema.

Lemartes se acercó a Tycho y colocó las manos en los hombros de su amigo. Siempre había sabido que esto llegaría, pero aun así sentía dolor. Era adecuado que esto sucediera en Armageddon. Podía ver la mirada vidriosa de Tycho, y supo que una parte de su mente ya no estaba ahí, en el presente, sino que había sido arrancada de vuelta a la época de la Gran Traición. A la última batalla del Primarca Sanguinius. A su muerte.

—¿Han considerado mi... petición? —preguntó Tycho.

—Lo han hecho, amigo mío —replicó Lemartes tristemente.

—¿Y?

—Tu deseo se hará realidad, Erasmus. El honor de liderar el asalto desesperado a la brecha de Tempestora por la mañana es tuyo. Ven, llevaré a cabo el Moripatris.


Vestido con su armadura recién pintada de negro, Tycho miraba fijamente hacia la asediada Colmena Tempestora mientras el Capellán se movía entre los hombres del asalto suicida, los primeros hombres que saltarían a la brecha. Los primeros hombres en morir. Sintió como su pulso se aceleraba y su respiración también... El Palacio Imperial estaba en ruinas, miles estaban muertos... Parpadeó y observó cómo unos panzudos Gargantes... Titanes de cara demoníaca acechaban entre los escombros de Terra como dioses depredadores, matando y destruyendo todo a su paso... ...se colocaban en posiciones de disparo ante la colmena. En alguna parte del infierno lleno de cráteres que se extendía ante él estaba el enemigo que le había desfigurado terriblemente hacía ya tantos años... La traición de un hombre les había llevado a esto, el orgullo y la presunción de un hombre. Pero tenían una oportunidad de acabar con todo aquí. Su Emperador había decidido llevar la lucha hasta Horus, y Sanguinius de los Ángeles Sangrientos no le fallaría... El Capellán Lemartes se detuvo frente a Tycho y sumergió su dedo en un cáliz lleno de sangre. Ungió el yelmo de Tycho con sangre haciendo la forma de un aspa irregular y dijo:

—Con mi sangre yo encomiendo tu alma al Emperador. Que él te guarde en este día.

—Y a ti también, Dorn —dijo Tycho, agarrando la mano de Lemartes con el saludo del guerrero, muñeca contra muñeca—. Una última vez, hermano.

—Sí –asintió Lemartes, sabiendo que había perdido definitivamente a Tycho—. Una última vez.


Tycho arrojó a otro pielverde desde los escombros con un barrido de revés de su puño. Los huesos crujieron y brotó sangre. La cima de la brecha estaba a menos de diez metros de distancia. El fuego enemigo trazaba un camino hacia él, levantando chorros de polvo y piedras a su alrededor. Sintió los poderosos impactos, pero los ignoró, cargando hacia la cumbre de la ladera salpicada de escombros. Un polvo y un humo asfixiantes llenaban el aire. Todo lo que podía ver ante él eran formas sombrías... hermanos Marines Espaciales, cuyos juramentos de lealtad eran cenizas en el polvo. Les odiaba como nunca había odiado a nada antes. Una espada fue blandida hacia su cabeza, golpeando su hombrera y rasgando hacia arriba... La mascara dorada de Tycho fue arrancada de su rostro paralizado en un baño de sangre y piel. Aulló de furia, manteniéndose en lo alto de la brecha, rodeado por sus enemigos.

Los Orkos se apiñaron alrededor de los Ángeles Sangrientos, muriendo a docenas mientras cincuenta años de odio y venganza se derramaban por las venas de Tycho. Tras él, el último Marine Espacial del asalto desesperado cayó bajo las hojas de los Orkos... los otros han caído, separados en la teleportación. Estaba solo... Tycho luchó con la fuerza de las leyendas, combatiendo y matando a todo el que se le acercaba. Recogió una espada caída y continuó la carnicería, haciendo subir y caer su hoja y empapando su filo en sangre Orka. Ninguna arma podía atravesar su armadura, ninguna bala podía derribarle. Los cadáveres de los Orkos, que se podían contar por docenas, le rodeaban, formando su altar de muerte.

La humareda se abrió y un enorme y poderoso Orko, enfundado en una resoplante armadura mecánica, atravesó pesadamente los escombros hacia él. Nubes de humo negro salían de unos tubos de escape oxidados y unas enormes garras chasqueaban en cada uno de sus brazos. Tycho gruñó cuando la inextinguible furia de la Rabia Negra por fin le consumió completamente... Horus, el mayor y más amado de los Primarcas. ¿Por qué? Podríamos haber conseguido todo lo que hubiéramos soñado, ¿por qué? Horus no dijo nada, blandiendo su puño lleno de cuchillas. Sanguinius saltó esquivando la poderosa garra, colocándose con un giro detrás del Traidor. Saltó con los pies por delante hacia Horus, sintiendo como se rompían los colmillos de su enemigo bajo los tacones de sus botas. Aterrizó suavemente, y rodó rápidamente para ponerse de pie cuando Horus atacó de nuevo. Su espalda estaba contra la pared, sin ningún lugar adonde ir excepto hacia delante. Los dos hermanos se encontraron espada contra espada y Sanguinius se dio cuenta de que no podría vencer a Horus. Su espada se partió y Horus clavó su garra a través de su armadura y la enterró en su abdomen. Una agonía atroz trepó hasta su caja torácica mientras Horus le arrancaba su corazón de cuajo. Sanguinius escupió sangre al rostro de su hermano y siseó:

—¡Moriré aquí, pero tú morirás conmigo, Traidor!

Mientras decía esto, golpeó con su puño y arrancó la garganta de su enemigo en una lluvia de sangre. Sintió cómo el agarre de Horus se aflojaba y cayó al suelo, con su fuerza vital derramándose desde su destrozado cuerpo. Pudo escuchar vagamente cómo sus compañeros gritaban su nombre, pero con cada segundo sus voces se volvían cada vez más apagadas. No le había fallado a su Emperador. Sonrió y cerró sus ojos mientras la vida le abandonaba.


Lemartes observó cómo el pequeño grupo de Marines Espaciales transportaba el cuerpo de su Capitán a hombros hacia las líneas imperiales. La brecha había caído y el anillo exterior de fortificaciones y búnkeres estaba ahora en manos imperiales. Tycho había mantenido la brecha lo suficiente para que el resto del ejército alcanzase los muros y salvara el día. Con una ternura que contradecía el aspecto salpicado de sangre de los Ángeles Sangrientos, depositaron al Hermano Capitán Erasmus Tycho a los pies del Capellán Lemartes. Este se arrodilló al lado del cadáver ensangrentado, poniendo una mano en su frente y clavando la mirada en la cara de su amigo. Quizás fuera la relajación de los músculos que seguía a la muerte, pero creyó ver una suavización en los rasgos de Tycho, como si la terrible desfiguración que había sufrido se hubiera retirado al interior de su carne. Esperaba que fuera así.

—Adiós, hermano —susurró—. Nunca serás olvidado.

FuentesEditar

  • Chapter Approved (2001).