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Con un rugido de cohetes se levantó una gran nube de polvo de la cuarteada tierra cuando la Escuadra de Asalto de cinco hombres aterrizó. El Capitán de los Ángeles Sangrientos se aproximó a la unidad de la Guardia Imperial posicionada tras una barricada apresuradamente levantada con restos de tanques destruidos.

—¿Qué tiene que informar, sargento?

—Una de las últimas unidades de los rebeldes de Varlak aún está atrincherada en una sección del centro de mando —explicó el sargento Mordax de la Guardia de Hierro de Mordia—. Hemos intentado un asalto al búnker, pero los hombres de Varlak están bien armados y no podemos acercarnos lo suficiente sin que nos maten.

El Marine Espacial no podía negar la veracidad del informe del Guardia Imperial, pues los cuerpos de varios mordianos yacían inmóviles en el polvo entre la barricada improvisada y las ruinas del centro de mando. Aunque la rebelión de Lord Varlak en Korsk II había sido suprimida, aún había bolsas de resistencia de los leales al psíquico renegado que resistían a las fuerzas imperiales en el planeta. La mayoría habían sido aplastadas, pero aquí la posición de los rebeldes era simplemente demasiado fuerte, y por tanto los Ángeles Sangrientos habían sido convocados.

—Puede que necesite más hombres, señor —dijo Mordax, mirando al pequeño grupo de Ángeles Sangrientos.

El Capitán de los Marines Espaciales se incorporó en toda su estatura y miró amenazadoramente al sargento de los Guardias Imperiales.

—Nos insultas, mordiano —gruñó—. Tendré unas palabras contigo después de que nos hayamos ocupado de los rebeldes.

A una señal de su Capitán, la escuadra se lanzó hacia los cielos, elevándose con sus retrorreactores muy por encima de la barricada hacia los rebeldes. Descendiendo sobre el centro de mando, los Marines Espaciales abrieron fuego con sus pistolas Bólter. El costado atacado de la estructura, ya debilitado por los disparos de los tanques, cedió y los Ángeles Sangrientos entraron directamente al corazón de la ratonera de los rebeldes. Sin pararse a pensar en sus actos, los guerreros de élite empezaron a acribillar a los humanos y a cortarlos con sus chirriantes espadas sierra.

Aullando un grito de guerra, Mordax llevó a sus Guardias Imperiales a la refriega. Pero el grito murió en sus labios cuando llegó al agujero arrancado en el muro y vio el escenario de matanza del interior. Aunque solo había cinco Marines Espaciales y al menos seis veces más rebeldes, la furia animal apenas contenida de los Ángeles Sangrientos compensaba su falta relativa de fuerzas.

Cuerpos rotos yacían dispersos entre las ruinas, no solo atravesados por disparos sino mutilados en formas que el Guardia solo habría esperado de un horror alienígena como los Tiránidos. Aquí, a un rebelde muerto de un tiro en el estómago le habían arrancado el corazón del pecho; allí, el cadáver de otro hombre mostraba que, mientras aún vivía, su cabeza había sido arrancada de su cuerpo, llevándose consigo la mitad de su columna vertebral. Que semejante destrucción pudiera haber sido causada en un periodo tan corto de tiempo parecía casi imposible.

Helados de horror, los mordianos contemplaron cómo la élite del Emperador continuaba con su masacre. La sed de sangre poseía ahora a los Marines Espaciales, y nada podía impedir que purgaran Korsk de rebeldes. Solo la mitad de los defensores seguían con vida.

Con su armadura salpicada de sangre y vísceras, el Capitán de los Ángeles Sangrientos golpeó a un lado con su zumbante espada sierra, cortando a uno de los hombres de Varlak por la mitad desde el hombro hasta el abdomen. Un Guardia rebelde saltó contra uno de los Ángeles Sangrientos disparando su rifle láser. Sin embargo, contra la poderosa armadura del Marine Espacial los chorros de energía del arma tuvieron escaso efecto. Volviéndose hacia su asaltante con rapidez sobrehumana, el Ángel Sangriento golpeó con su brazo izquierdo. Su Puño de Combate, envuelto en un chisporroteante campo de energía, golpeó de lleno al rebelde en la cara, rajando el cristal de su casco y partiéndole el cráneo al mismo tiempo.

Cerca de allí otro Ángel Sangriento levantó en peso a otro rebelde y lo arrojó al otro lado de la habitación con desdeñosa facilidad, vaciando el cargador de su pistola Bólter en el indefenso Guardia mientras se estrellaba contra el suelo. El estómago y el pecho del soldado estallaron en una sangrienta ducha de intestinos y órganos internos.

En unos instantes todo acabó y solo quedó una escena de devastación y carnicería. Mordax esperó incómodo en el mortal silencio que siguió a la batalla mientras el Capitán de los Ángeles Sangrientos caminaba hacia él por encima de los cadáveres de las tropas de Varlak. El Guardia tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no encogerse ante el guerrero de más de dos metros de altura que se le acercaba. Podía imaginar los ojos del Capitán ardiendo de sed de sangre apenas reprimida tras los visores de su casco. El ansia de matar aún le poseía.

El Ángel Sangriento se detuvo y se inclinó hacia delante, poniendo su visor a apenas unas pulgadas del rostro del Guardia. Hubo un momento de tenso silencio en el que el mordiano no se atrevió a imaginar qué ocurriría después. Un sonido como un gruñido grave emergió del casco del Marine Espacial.

—¡Alabado sea el Emperador! —rugió repentinamente y después, girando sobre sus talones, se marchó con su escuadra por el destrozado campo de batalla.

Alabado sea, sin duda, pensó Mordax con un suspiro incontrolable de alivio.

FuentesEditar

  • Codex: Ángeles de la Muerte (2ª Edición).
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