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La flota de los Martillos de Wikia patrullaba los confines del Imperio, tan lejanos a Terra que los Navegantes se quejaban de lo distante y leve que era el Astronomicon ahí, en varias ocasiones tuvieron que detenerse al "perderlo de vista" hasta que se reorientaron.

La fuerza de los Astartes consistía simplemente en una Barcaza de Batalla y varias naves menores de escolta; Llevaban ya dos semanas tras piratas eldar, y definitivamente parece que la misión había fracasado, tras alargarla demasiado por pura testadurez.

Cuando el Capitán Romerae, responsable de la operación, ya estaba planificando cuando anunciar que daban media vuelta, fueron atacados...


En uno de los pasillos, en la cubierta doce de la Barcaza de Batalla "Martillo del Titán"...


El interior de la Barcaza de Batalla era austero, de decoración sobria y solemne. Era común que la mayor parte de la decoración fueran mediorrelieves y frisos con escrituras que recordaban las abalanzas del Emperador y conocimientos a los que habían distinguido.

También solían destacarse estatuas de anteriores héroes Astartes del Capítulo, y en este caso concreto una estatua de Crissos "El Viejo" estaba sirviendo como protección. La enorme mole que representaba al antiguo Señor del Capítulo con su Armadura de Exterminador sobrecogía los corazones de los más novatos cuando lo veían por primera vez, y siempre imponía respeto al resto del Capítulo al acercarles el recuerdo de la presencia del anterior Señor del Capítulo.

El Apotecario de Acero se arrodilló junto al Astartes caído y acercó el Narthecium al pectoral perforado del valeroso guerrero, suministrándole calmantes y tomando anotaciones sobre su estado médico exacto. Una extraña granada había abatido a su hermano de batalla y una asombrosa cantidad de diminutos discos metálicos habían penetrado la servoarmadura y se habían alojado en el interior de su cuerpo. En un último esfuerzo el guerrero se arrastró tras la estatua del Viejo y pudó centrar su mirada unos instantes en el Apotecario antes de perder la consciencia.

Contó al menos tres decenas de perforaciones en total, y el estado comatoso en el que estaba el Marine Espacial, similar a una hibernación, quería decir que estaba tan dañado internamente que no podía seguir operando, y lo más seguro es que sin su intervención no viviera mucho más.

- ¡Una camilla a mi posición! - Demandó mediante el comunicador y alzó la vista para controlar la situación de la escaramuza. Lohannes Mus, apodado el Apotecario de Acero dado que su brazo y pierna eran protesis biónicas, estuvo tentado de alzar el Bólter y unirse a sus hermanos en la sanguinaría pelea, pero tuvo que contenerse: al hermano que yacía a sus pies podía salvarlo, y tenía un voto que cumplir que superaba con creces su sed de sangre.

A lo que se enfrentaban en los mismos pasillos de la Barcaza de Batalla Martillo del Titán no era más que una pura y aberrante representación de que los males de la Galaxia no habían podido ser extirpados del todo en el pasado, y aún quedaba mucho que hacer al respecto: esos engendros no tenían nombre, no se conocia nada sobre ellos. Lo único que les unía a una idea ya concebida era la palabra "Xenos".

Los xenos que habían abordado por sorpresa la Barcaza de Batalla eran altos y delgados, cubiertos con unos monos ceñidos de tonos azulados y negros que poseían una rara tecnología protectora que servía para desviar los proyectiles que, de otro modo, les aplastarían con facilidad. No es que fuera imposible abatirlos a disparos, sino que uno de cada diez disparos se desperdiciaban y los propios xenos respondían eficientemente con unas armas láser que si bien no abatían con facilidad a un Astartes con servoarmadura, sí causaban graves daños a cualquier ser orgánico menos protegido, como el personal de la nave.

Si la cosa hubiera acabado ahí, sería sencillo. Sin embargo, unos bípodes de combate, de casi cuatro metros de altura cada uno, eran tripulados por esos seres desde cabinas transparentes casi impenetrables; sus cañones dobles, rotatorios, disparaban la misma tecnología láser pero con una potencia y cadencia mucho mayor, y esos individuos sí que eran capaces de derribar a los Marines Espaciales. Un par de brazos mecánicos, a menudo con lanzallamas acoplados o más láseres, terminaban en afiladas cuchillas o gruesos mazos, dotándoles de una habilidad combativa muy superior a sus congéneres, puesto que la infantería xenos no parecía disponer de entrenamiento ni de armas adecuadas para el combate cuerpo a cuerpo.

Tenían cabezas abultadas y bulbosas, y les surgían tentáculos de lo que sería la barbilla; una piel violeta completaba la imagen de un ser para nada humano. Se sostenían sobre dos piernas delgadas, acabadas en garras, y sus propias manos concluían en unos extraños huesos articulados a modo de dedos.

Eran asquerosamente xenos, y no había registros sobre ellos. Los Martillos de Wikia estaban analizándolos al mismo tiempo que los mataban y defendían su nave.

Lo que podía considerarse un torpedo de asalto había impactado en ese costado de la nave y vomitado un gran número de esos seres, infantería, bípodes y un sinfín de variantes bélicas que eran difíciles de clasificar: nadie estaba preparado para ello y la primera patrulla armada que llegó allí fue superada y tuvo que replegarse hasta la encrucijada donde Lohannes Mus estaba tratando al Astartes malherido. Una veintena de Astartes de toda condición, incluso algunos de ellos sin servoarmadura, contenía la amenaza en un tiroteo incansable y, cuando un xenos se acercaba demasiado o veían la oportunidad, en sangrientos combates cerrados que empezaban y acababan con brutalidad en cuestión de segundos. El enemigo no era, para nada, rival para un Astartes, si las distancias desaparecían.

Un rugido de motor empezó a oírse por la retaguardia de los Martillos de Wikia y el Apotecario de Acero volvió a hacer uso de su comunicador. La camilla ya estaba cerca y él no estaría mucho más en el frente.

- ¡Iskorpius, ven aquí!

Otro Apotecario llegó a él. El Hermano Apotecario Iskorpius a duras penas podía considerarse un auténtico Apotecario a nivel nominal. Ocupaba el escalafón más bajo y había ascendido hacia relativamente poco al nivel de Astartes. No obstante, ya poseía suficientes conocimientos, y habilidad, como para desenvolverse en una situación como esa, y a menudo demostraba estar a la altura de los hermanos de batalla más veteranos. El considerarlo novato ya había quedado atrás.

- ¿Maestro?

- Mantén esta posición. O mejor, acompaña a nuestros hermanos sea cual sea el resultado de esta contienda. He de llevármelo al Apothecarion para atenderlo adecuadamente, puedo salvarle la vida si aplicamos cirugía inmediata -Una litera motorizada conducida por un servidor llegó junto a ellos-. ¡Ayúdame a ponerlo ahí!

Entre los dos depositaron el pesado Astartes herido en la camilla y Lohannes Mus subió a la misma.

- ¡Quédate con nuestros hermanos, cuentan contigo!

Y lo abandonó. Iskorpius se giró nervioso hacia la contienda y se acercó a una posición óptima de disparo, donde levantó el Bólter y descargó parte de su cargador contra un xenos protegido tras unas cajas de herramientas. Los proyectiles de Bólter estallaron contra las cajas y la pared, pero no alcanzaron al xenos, que se agachó temeroso de salir malparado.

La escaramuza prosiguió lentamente y los gritos de "¡Apotecario, Apotecario!" no tardaron en aparecer.


En el puente de mando...


El Capitán Romerae golpeó frustrado el panel de datos que tenía ante sí con los puños, crujiendo el aparato bajo la amenaza de romperse.

- Señor... - Romerae ignoró al Capitán de la astronave y tronó por el sistema de comunicaciones general de la nave con violencia, impotente ante la situación que se estaba viviendo bajo su mando y responsabilidad.

- ¡A TODOS LOS MARTILLOS DE WIKIA, ESTAMOS SIENDO ABORDADOS! ¡TODOS A LAS ARMAS! ¡CUBIERTAS SIETE, DOCE, QUINCE Y VEINTE HAN SIDO INVADIDAS! -Tronó por tercera o cuarta vez. La nave ya estaba en alerta máxima- ¡EL ARSENAL INFORMA DE QUE ESTÁ SIENDO ATACADO, QUIEN PUEDA ACERCARSE DEBE APOYAR A NUESTROS HERMANOS DE LA FORJA!

Se apartó de los controles y el Capitán agarró bruscamente al oficial de la nave de la pechera, levantándole con tremenda facilidad.

- ¡¿Cómo ha pasado esto?! ¡¿De dónde han salido estos torpedos?! - Reclamó airadamente.

- No... No lo sé, señor -Respondió el aterrado hombre-. No... No hay lecturas... Es... Es...

- ¡Cállate! -Romerae lo soltó para dirigirse hacia la puerta rápidamente, descolgando de un tirón su hacha de energía- ¡Voy al Arsenal! ¡Quiero respuestas para cuando vuelva! ¡Tendré que darle explicaciones al Capítulo, esto es responsabilidad mía! ¡Y más te vale que tengamos una respuesta!

La visión del iracundo Capitán Romerae, hacha en mano, vestido con la servoarmadura artesanal equipada con retrorreactores, era espectacular y aterradora. Dos Astartes guardaban el puente, y cuando él los señaló casi se sobresaltaron.

- ¡Conmigo! - Gruñó golpeándose el pectoral con el hacha - ¡Limpiemos MI nave!

Era inconcebible tácticamente. Los torpedos de asalto les alcanzaron surgidos de... la nada, del mismo espacio. Los artilleros de una de las fragatas incluso llegaron a disparar al vacío espacial con el temor de que hubiera una gran nave oculta a sus ojos, pero sus cañones no alcanzaron nada.

Como habían sido abordados era un misterio, pero estaban siendo atacados e, inconcebiblemente, la Barcaza de Batalla estaba comprometida.


En el Arsenal...


En el Arsenal la situación era, como poco, caótica. Uno de los torpedos de abordaje había impactado cerca de allí y una fuerza de asalto había penetrado en él sorprendiendo a los Tecnomarines. Seis infantes y un bípode de combate entraron, pero ninguno de ellos fue rival para la ira del Señor de la Forja Sven Sannlar.

El poderoso Dreadnought-Tecnomarine estaba trabajando en un Rhino, en su despintado y puesta a punto. Era un regalo de los Dragones de Arena en honor a una campaña común, y el Señor de la Forja se había dedicado especialmente a él. Siendo él, en su trabajo, el más próximo de los Tecnomarines presentes a la entrada de la sección siete, por donde invadieron el Arsenal, fue el primero y el único en reaccionar.

Sven los aplastó y troceó implacablemente utilizando de forma especialmente imaginativa las herramientas del Arsenal. Realmente estaba mucho más furioso con su instrusión en el sagrado recinto dedicado al Omnissiah que con el hecho de una invasión xenos en plena nave insignia. Inmediatamente lamentó el hecho de que algunas masas sanguinolientas, anteriormente xenos, hubieran estropeado el pintado reciente.

En el Arsenal de la nave se desarrollaban las armas pertinentes y la puesta a punto de los vehículos dañados, del equipo y de los Dreadnoughts que fueran con ellos durante las campañas. En las condiciones actuales no era más que un enorme taller que acogía varios servidores, dicho Rhino y el dormitorio del Hermano Dreadnought Tristán Griva.

Concentrado en la decisión si despertar o no a Tristán, Sven tardó en advertir que un Tecnomarine le requería. Giró su enorme corpachón metálico para centrar su visor en él. Le reconoció de inmediato, aunque su voz siguió desapasionada.

- ¿Sí? El Señor de la Forja está ocupado.

- Mis disculpas, venerable Maestro. Pero tememos volver a ser atacados. El Arsenal tiene dos accesos y ambos son fácilmente defendibles...

- Silencio -Interrumpió el Señor de la Forja, impaciente. Observó ambos accesos, cuyas enormes puertas de acero permanecían abiertas, una cruda invitación a entrar a quien deseara encontrar la muerte prematuramente a manos de la ira de los servidores del Omnisiah-. Defended la entrada de la cubierta 7. He decidido sellar la otra. Manteneos a la espera de que lleguen nuestros hermanos. Mientras tanto, defended este lugar.

Y Sven se apartó antes de recibir respuesta, cortando los enlaces que le unían a la maquinaría del taller para marchar pasillo adelante en busca de enemigos a los que aplastar. La otra gran puerta se cerró tras él, prácticamente impenetrable, amortiguando los pesados pasos del Señor de la Forja.


Poco después...


Ahora el Ojo del Omnissiah Michaelum contenía a los enemigos apostado en el centro de la gran puerta disponible del Arsenal. No buscó cobertura, ni temió al enemigo. Les insultó y descargó su Bólter contra ellos. El cortador de plasma de su servoarnés abatió un bípode de combate y cada vez que un enemigo se acercaba demasiado lo achicharraba o cargaba contra él para aplastarlo con el servobrazo. Sus ceñidos trajes no ofrecían ninguna resistencia contra las llamas ni contra el brutal cuerpo a cuerpo.

Soltaron contra él maquinaria xenos, unas figuras arácnidas que escupían chorros corrosivos y equipadas con garras, pero no le importó tampoco: se mantuvo firme, sin dejar de disparar, defendiéndose con el servoarnés cuando era necesario.

Los impactos láser no lograban atravesar su maravillosa armadura artesanal, y los dos bípodes de combate que tomaban posiciones en el pasillo parecían tener respeto a su cortador de plasma, por lo que se exponían poco y no terminaban de apuntar bien al furioso Tecnomarine.

- ¡Aquí sólo hallaréis la muerte, escoria xenos! -Advirtió. El estruendo de dos servidores arrastrando unas pesadas orugas detrás de él le avisó de que era el momento. Michaelum arrojó una granada y retrocedió mientras el enemigo se ponía a cubierto. Cuando pudieron alzar las armas contra él de nuevo, los dos servidores terminaron de colocar el Cañón Tormenta encarado al pasillo.

- Ahora veréis... -Musitó entre dientes colgándose el Bólter y dedicando ambas manos a teclear en el panel de control del cañón: la primera salva barrió uno de los bípodes y medio pasillo. El cañón rotatorio giró y Michaelum corrigió el ángulo y otra terrible salva azotó el pasillo haciéndolo saltar todo por los aires, convirtiendo la posición xenos en un infierno.

- Le prometimos al Señor de la Forja que mantendríamos a salvo el arsenal... -La tercera salva aniquiló al último bípode- ...y no permitiré que os acerquéis a este templo del Omnisiah.

Habría más oleadas, pero serían recibidos con fuego y destrucción.


A través de las cubiertas comprometidas con el abordaje...


- Recibimos fuego intenso -Informó un Sargento a través del transmisor.

- Aguantad la línea -El Capitán Romerae no tardó en posicionarse junto a las puertas atrancadas de la sección quince. Del otro lado el sonido amortiguado de los disparos lejanos era evidente. Amartilló su Bólter y asintió al Astartes que tenía a su derecha, que levantó un Bólter Pesado presto.

Consiguió reunir una docena de guerreros por el camino. Dos de ellos llevaban retrorreactores como él, y el nombrado Devastador.

- Puente, aquí el Capitán Romerae. Abrid la puerta dos de la sección 15. Cerradla tras nosotros.

La gruesa puerta, destinada a aislar toda la sección de ser necesario, chirrió y se abrió rápidamente dando paso a los Astartes, desplegados en un abanico de dos filas con las armas prestas y los sentidos agudizados. El pasillo que se extendía ante ellos no mostraba ni signos de combate ni actividad, pero ahora la lucha parecía mucho más cercana al no haber ante ellos la gruesa placa de metal.

El pasillo que se abría ante ellos se dividía en dos ocasiones, en ambas hacia la derecha.

- ¡Escuadras de Combate! -Rugió Romerae señalando la primera bifurcación- ¡Sargento Arkias, llevátelos por ahí y apoya a quien encuentres, presiona al enemigo de vuelta a su torpedo! ¡El resto seguidme, al Arsenal!

Los Astartes corrieron separándose con disciplina. Pronto el grupo de Arkias informó de que habían entrado en combate con un reducido grupo de xenos. Una explosión cercana impidió al grupo de Romerae considerar siquiera nada más al respecto.

Todo lo que era la esquina del corredor estalló dispersando todo tipo de ruina en el pasillo y dejando la bella decoración aniquilada. Un pequeño incendio empezó y los seis guerreros se protegieron agachádandose o con los brazos por delante cuando las esquirlas y la fuerza de la explosión les alcanzó.

- ¡ADELANTE, SOIS LOS ELEGIDOS DEL EMPERADOR! -Bramó Romerae empujando el Astartes de su derecha requilibrándolo y empujándole hacia la esquina arrasada. Lo siguió y tomaron posiciones para irrumpir y encarar lo que fuera.

La realidad impresionó incluso a los más veteranos presentes. Uno de los bípodes de combate xenos estaba hecho trizas contra una pared, y a su alrededor media docena de criaturas yacían aplastadas o quemadas hasta lo indecible. Aún quedaban dos bípodes más en pie y otra docena de xenos, contra un único combatiente.

Sven Sannlar, Señor de la Forja, herido antaño y encerrado en un Dreadnought, sujetó uno de los bípodes de combate utilizando su servobrazo principal, prácticamente hincando los dedos mecánicos en la carcasa de la maquinaria xenos, y lo alzó como un juguete arrojándolo contra el restante, al mismo tiempo que escupía chorros de plasma pulverizando a tres de los xenos. Así puso punto final a la amenaza de los dos bípodes ignorando las fútiles intentonas del resto de penetrar su poderoso blindaje.

- ¡A LA CARGA, POR EL EMPERADOR! -Vociferó Romerae y cargó a través del aire contra los xenos que rodeaban al venerable Tecnomarine. La lucha fue brutal y corta. El Capitán cayó encima de uno aplastándolo bajo su peso, y sin más preocupación al respecto, partió en dos al siguiente enemigo de un hachazo. Abatió a quemarropa a un tercero con la pistola y, al mirar alrededor, poco más mereció su atención, pues la escena que había protagonizado se repitió con los hermanos de asalto.

Una poderosa y repentina explosión arrojó a los Astartes cercanos a Sven al suelo, incluyendo al Capitán Romerae. El brazo izquierdo del Dreadnought había quedado reducido a chatarra y él perdió el equilibrio hasta chocar contra la pared opuesta.

- ¡Apartaos hermanos, este enemigo os supera! -Vociferó el Señor de la Forja con autoridad alzándose nuevamente. No sabía exactamente qué le había alcanzado, pero no le daría más oportunidades de abatir a nadie. Era bien capaz de desacreditar al Capitán si este no obedecia su orden, así que los Astartes retrocedieron rápidamente en un ágil repliegue que los agrupó prácticamente en la esquina destruida anteriormente: la potencia de la explosión había sido similar.

¿Pero quién les había atacado y desde donde? El Señor de la Forja empezó a recorrer el pasillo anexo -por allí estaba la zona de impacto del torpedo de asalto cercano al arsenal- despacio y atento a cualquier anomalía, no podían cogerlo por sorpresa otra vez.


En el Apothecarion...


Cuando el Apotecario de Acero llegó al Apothecarion de la nave se sorprendió de que los xenos hubieran conseguido llegar tan lejos. Dos Martillos de Wikia hacían guardia en torno a dos figuras blancas. El Señor del Apotecarion estaba arrodillado junto a un extraño cadáver alienígena, y tras él la Auxiliar Médico Adjunta Thania tomaba nota apresuradamente del intenso examen improvisado que estaba teniendo lugar en el escenario de la breve contienda.

Unas dos docenas de... unas criaturas parecidas a perros, con seis patas, plumas y grandes mandíbulas estaban esparcidas allí donde habían caído. Dos xenos, armados con unas varas cortas brillantes, también habían muerto.

Uriel alzó la vista. No llevaba puesto el casco y un corte reciente, sin importancia, le marcaba la frente. El ojo biónico, que reemplazaba al que había perdido años atrás, analizó detenidamente a Lohannes Mus.

- ¿Qué nuevas hay del frente? -Se esforzó en sonreír. Apreciaba al Apotecario de Acero y le alegró que hubiera salido bien parado de la contienda. A estas alturas había visto heridas terribles en algunos de sus hermanos.

- ¿Deberíamos llamarlo frente? -El Apotecario de Acero descendió de la camilla y atrajo con un gesto a Thania para que le ayudara a bajar al herido.

- Deberíamos. Y también deberíamos tener presente que las batallas pueden perderse. Si el enemigo se acerca a los reactores, mata a los Navegantes o se acerca al puente será una catastrofe para nosotros -El Señor del Apothecarion, Uriel, poseía una templanza mansa que le hacía dominar las situaciones imperceptiblemente, con facilidad. Poseía talento para el mando, pero lo hacía de una forma sutil, cercionando su autoridad con la presencia y gestos quedos, sin sobresaltos-. ¿Deseas volver a la batalla, Apotecario?

- Siempre -Admitió este.

- ¡Su lugar está junto al hermano caído que ha traído! -Interrumpió impertinente Thania, pero no recibió ninguna corrección. No era una Astartes, pero estaba adscrita al Apotecarion bajo la protección del señor del mismo, una excepción compensada con creces por la valía de la chica.

- No será el único que necesite cirugía -Reflexionó Uriel-. Apotecario de Acero, nos quedaremos con nuestro hermano y prepararemos el Apothecarion para quien llegue de nuevo. Hermanos, escoltad a la Adjunta Thania a donde se requieran sus habilidades, el Apotecario Iskorpius necesitará ayuda. Marchad, aquí no necesitamos protección, la del Emperador es suficiente.

Thania asintió entusiasmada, emocionada por la oportunidad de abandonar el Apothecarion y, para variar, contemplar la acción en primera persona. Se subió de un salto a la camilla y dió órdenes precisas al servidor para volver a la zona de combate, seguida de los dos Astartes que seguía su ritmo con facilidad.

- ¡No le defraudaré, Antares! -Prometió.


Volviendo al primer combate...


El puño acorazado aplastó el cráneo del xenos fácilmente contra la pared. Iskorpius levantó a continuación la Pistola Bólter, pues su Bólter ya no tenía munición, y obligó a otros dos xenos a esconderse en vez de dispararle. Siete Hermanos de Batalla seguían luchando junto a él, la mayoría marcados por el prolongado combate. Más xenos y extrañas criaturas se habían arrojado contra ellos, y los habían hecho retroceder metro a metro. La destrucción y los reducidos incendios que tenían delante limitaban con la obertura que había abierto en el casco el torpedo de asalto de los xenos;

Una veintena de estos, solamente infantería a excepción de un bípode aún operativo, retrocedían lentamente mientras respondían a los disparos.

- ¡Matadlos! ¡Aniquilad lo que no debería poblar el universo! -La voz de un Sargento le llegó claramente a través del comunicador interno del casco. Iskorpius ni siquiera sabía si dicho Sargento estaba en la misma refriega de él, pero la simple fórmula reforzó su moral.

Echó a correr junto a otro Astartes y agotó el cargador de la pistola en el breve sprint que le llevó a coger cobertura en un bípode xenos derribado.

El Hermano Táctico arrojó una granada de fragmentación al frente y volvió a salir. Iskorpius tardó unos breves segundos en reaccionar y salió tras él para apoyar su valerosa carga. No recargó, enfundó la pistola y blandió la espada sierra con las dos manos. Tras él los Marines Espaciales restantes se lanzaron a la carga para finalizar, de una vez por todas, la contienda.

Un explosivo xenos estalló contra los dos primeros arrojándolos al suelo, envueltos en una luz verdosa que corroyó inexplicablemente, y rapidísimo, las partes más expuestas de la servoarmadura.

Iskorpius luchó por mantenerse consciente. Los sistemas de la servoarmadura y su propia condición inhumana le calmaron el dolor y, finalmente, se incorporó despacio. A su alrededor los Astartes aplastaban a los xenos restantes uno a uno, con una facilidad pasmosa. Una vez entablado el cuerpo a cuerpo no tenían ni la más mínima posibilidad, sólo se defendía el Bípode de Combate que ahora lidiaba con un veterano con Puño de Combate.

Iskorpius se acercó a su hermano caído, que le precedía, y lo volteó para comprobar su estado. La pintura de la servoarmadura bullía, a él le había golpeado más fuerte esa explosión. Gran parte de la ceramita se estaba deshaciendo con el simple hecho de haberlo girado, convertida en su mayor parte en un desecho inútil y frágil. Dada su propia experiencia Iskorpius consideró que el Astartes caído debía de estar viviendo un infierno si es que aún vivía.

- ¡Protección! -Demandó Iskorpius cuando un proyectil le alcanzó en el hombro, sin herirle. Un Martillo de Wikia se posicionó ante él cubriéndole con su propio cuerpo mientras descargaba con ráfagas cortas el Bólter.

Empezó a aplicar el Narthecium para abrir la servoarmadura y retirar el corrosivo para que, una vez desechas las placas, no destrozaran aún más el cuerpo que debían proteger. Empezó una cirugía de campo hábil y con cierto desespero, no tenía mucho tiempo y aunque un hermano Astartes le protegía, podía caer otra granada cerca o acertarle un disparo al herido.

Una tromba de xenos encabezados por dos Bípodes de Combate irrumpió desde una de las salas que debían de permancer selladas y se unieron al combate desbordando a los Astartes, que retrocedieron rápidamente y de inmediato en un círculo defensivo para contener la nueva ofensiva. Se trazó una línea donde prácticamente estaba apostado Iskorpius, lo cual le intranquilizó enormemente, pero siguió tratando al caído, ahora ya estaba seguro de que sin intervención podía perder la vida de un hermano.

La contienda empezó a hacerse insostenible. Cinco Astartes debían de hacer frente a otra veintena de xenos, más los supervivientes del combate inicial y a esos dos nuevos bípodes, que cargaron contra ellos. El Sargento había destruido a su oponente en cuerpo a cuerpo, pero fue abatido por uno de los brazos armados con cuchillas cuando intentó repetir la gesta.

- ¡GLORIA AL EMPERADOR! ¡ANIQUILADLOS! - El vozarrón del Capitán Romerae, seguido del estruendo de tres retrorreactores arrojando a los tres Astartes de asalto a través del pasillo, anunció la llegada de los refuerzos. Los tres marines cayeron en mitad de la refriega tumbando y machacando xenos, mientras que los dos Tácticos restantes se unieron al resto.

El Sargento Arkias no llegaría con sus hombres, pero la presencia del Capitán fue suficiente.

Romerae pasó por encima de varios xenos ignorando sus disparos y se encaró con un bípode. Saltó a un lado gracias al retrorreactor evitando un chorro de llamas y en su pasada descargó poderosamente el hacha de energía, cortándole uno de los brazos armados. Cuando se posó, el bípode se giró y le disparó a quemarropa con el cañón láser, destrozándole el pectoral poco a poco con la enorme cadencia del arma, saltando trozos de servoarmadura hasta que empezó a salpicar sangre. A pesar de ello, Romerae avanzó contra el bípode, despacio, alzando el hacha y descargándola contra la cabina. Abatió así a su piloto y con la caída del bípode, que no dejo de disparar, barrió a varios otros xenos.

Aún herido el Capitán Romerae volvió a encender el retrorreactor y cayó sobre el otro bípode por su espalda, empujándolo con el cuerpo de forma que lo desestabilizó y cayó hacia delante; Sólo tuvo que erguirse y golpearle con el hacha de energía hasta que la maquina dejo de moverse.


Poco a poco la contienda se convirtió en una masacre al sólo quedar la infantería xeno trabada en un combate cuerpo a cuerpo que jamás podrían ganar; Los puños acorazados, filoarmas y espadas sierra combatían contra culatas y cuerpos enclenques.

La acción se vio interrumpida cuando una pared cayó apareciendo entre la ruina y el humo la gran figura de un dreadnought rojo; Sven Sannlar sostenía algo con el servarnés, algo que había aplastado contra esa misma pared. El Señor de la Forja sufría daños en el casco por todas partes, pero seguía en pie, chorreando aceite y fluidos internos, aún así intacto su sarcófago.

Los restos aplastados de una criatura se deslizaron por la pared destrozada y el dreadnought escrutó su alrededor inmediato buscando algo.

- ¡INVISIBILIDAD! - Vociferó a través del altavoz sin molestarse en explicar nada más. Repentinamente el poderoso dreadnougth se giró y accionó su cortador de plasma en una dirección en la que, técnicamente, no había nada. Se produjo una pequeña explosión y al poco apareció un cuerpo humeante en el suelo, medio seccionado por el cortador, de un xeno muerto. Éste lucía una armadura corporal ceñida con extraños detalles esféricos aquí y allá, que, de estar activos, lo mantendrían oculto a ojos normales.

Sven no se molestó en explicar cómo había descubierto al ser invisible y relajo su atención. - Sólo eran tres. - Informó ante todos los Hermanos expectantes, que de pronto recordaron que aún había que rematar la batalla y la acción se renovó hasta la extinción total de los asaltantes.


En el Apothecarion...


El quirófano estirilizado presentaba un ambiente gélido y cerrado, ocupado por las masas de varios servidores médicos y los dos Astartes que estaban tratando al paciente. Uriel Antares pasaba revista a los escanners y las cuatro pantallas que le informaban con detalle de todo lo que necesitaba saber; El primer escaneado ya había localizado los principales focos de metralla que debían extraer.

El hígado estaba dañado, dos pulmones y el intestino delgado. Eran los puntos más delicados y en los que deberían tener extremo cuidado, puesto que no podían dejarlos allí y la cirurgía equivocada provocaría aún más daños internos al Hermano de Batalla.

- Deberíamos ampliar este lugar. - Objeta Lohannes Mus haciendo a un lado delicadamente las piezas de la servoarmadura desguazada. Habían tenido que abrirla enteramente en el pectoral para acceder rápidamente al paciente inconsciente.

El equipo de batalla merecía respeto y cuidado, y aunque lo que habían retirado eran poco más que placas de blindaje sueltas y chatarra el Apotecario de Acero tuvo cuidado al depositarlas más allá para tener espacio.

Inmediatamente empezó a operar manipulando desde una cónsola uno de los servidores médicos, cuya infinidad de delgados brazos mecánicos (rematados con instrumentos propicios para la estirpación y extracción) empezaron a funcionar con brio. El frío metal comenzó a hendir en la carne del Astartes incapacidado ampliando incisiones y extrayendo rápidamente y sin demasiada delicadeza las pequeñas esquirlas mecánicas que estaban alojadas en el cuerpo fuera de los puntos críticos.

El mismo servidor aplica coagulantes inmediatamente después de su breve intervención. El Señor del Apothecarion no aparta la mirada de las cónsolas controlando los signos vitales.

- Hiroshi resiste. No ha cambiado nada. - Informó.

- ¿Es así como se llama? - El Apotecario de Acero, Mus, indicó retroceder a un segundo plano al servidor y se acercó a examinar él mismo cómo habían quedado las incisiones.

Uriel asintió sin prisa enguantándose las manos para intervenir él personalmente. En este caso él mismo adquiere el instrumental abriendo en canal al Astartes caído. Está en estado comatoso y no hace falta sedarlo ni inducirle nada, lo cual recuerda lo apremiante de la operación.

- Ahora viene la parte desagradable. - Comenta fríamente Uriel Antares, acostumbrado a la anatomía; Mediante el análisis directo, óptico, ambos Apotecarios examinan los órganos dañados para deliberar si éstos pueden seguir ejerciendo sus funciones sin necesidad de ser reemplazados o, si en caso de tener que hacerlo, cómo proceder a ello.

Por suerte el escrutinio desvela inmediatamente que Hiroshi no está en peligro de muerte, de hecho ya se podría considerar que ha superado su... pequeño traspié en la batalla.


Una explosión en el exterior retumbó en el aislado quirófano. Uriel ni siquiera levantó la vista.

- Asegura la entrada, Apotecario de Acero. No podemos permitirnos daños en este recinto o el Capítulo se resentirá al no poder atender a los próximos heridos, nuestros hermanos batallan y sufren.

Sin una palabra más Lohannes Mus se retira aprisa recogiendo por el camino su bólter y aparece fuera del Apothecarion sólo para descubrir como una nube de polvo se está posando más arriba en el pasillo, una pared ha caído tras una tremenda explosión y esparcido ruina por todo el lugar. Sella la puerta tras de sí con un gruñido y apunta en dicha dirección esperando discernir algún movimiento.

No tuvo que esperar mucho pues pronto el visor del casco descubrió las enjutas formas xenos y antes de que abandonaran la enorme nube de suciedad y restos empezó a disparar de forma controlada. Distinguió seis figuras y derribó a dos con facilidad (Desperdiciando una razonable cantidad de disparos por culpa de esas extrañas protecciones) antes de recibir fuego de respuesta.

Sin miedo Lohannes Mus se posicionó junto al marco de la puerta, cubriéndose muy parcialmente con ella, manteniendo las ráfagas estables para hacerlos retroceder. Retuvo así a prácticamente una docena de los mismos antes de que apareciera una amenaza real; Un bípode.

El bípode se deslizó torpemente por encima de los escombros y resbaló con uno de los cadáveres, aplastándolo y cayendo de lado. Aún así su poderosa arma disparó contra la puerta obligando al Apotecario a refugiarse todo lo posible.

Al parecer el apárato mecánico ya tenía prevista la posibilidad de caer y por si mismo, utilizando su brazo armado, se pusó en pie sólo para perdurar unos instantes más.

El atronador aullido de una motocicleta astartes retumbó por todo el pasillo según un catafracto se aproximó a toda velocidad por todo lo largo del pasillo: La Escuadra Catafracta son hermanos veteranos de la primera compañía especializados en el asalto montado; Que uno de ellos apareciera era un pequeño milagro, y que la estrambótica decoración del casco resaltara tanto indicaba que se trataba del Hermano Veterano Kialas.

Kialas avanzó frontalmente contra el enemigo, en gran parte descubierto, sin molestarse en disparar los bólters acoplados de la motocicleta y agachándose para protegerse tras el manillar de los disparos; En su mano derecha sujetó su espada de energía - de estilo espada de puño y medio - levantándola y activándola en el momento crucial en el que sobrepasó al bípode de combate.

El embite de Kialas destrozó literalmente el bípode. El arma de energía fue capaz de atravesar su cabina y su blindaje como si fuera mantequilla, tanto por su poder de penetración como por la altísima velocidad de la moto; Cayo prácticamente abierto en dos, e inmediatamente los xenos se dieron a la fuga por el agujero que ellos mismos habían creado.

Kialas no podía parar y darse la vuelta, por lo que siguió adelante gritando triunfal perdiéndose en la lejanía del pasillo en búsqueda de más presas.

Lohannes Mus quedó mirando como el enemigo había huido, su salvador desaparecía y todo volvía a la calma. Quedó allí asimilando la situación y decidiendo si volver al Apothecarion o aventurarse en persecución de los xenos.

Hiciese lo que hiciese, la batalla ya había prácticamente acabado, los Astartes y la tripulación habían terminado de reaccionar y los xenos en todas las cubiertas ya estaban prácticamente exterminados y repelidos. Habían defensivo su nave, derramado sangre en nombre del Emperador y descubierto una raza totalmente nueva.


Los análisis posteriores de los Martillos de Wikia y los datos almacenados tras la refriega acontecida a bordo de Martillo de Titán no desvelaron nada sobre el enemigo. Esos xenos nunca más habían vuelto a aparecer ni ningúna fuerza del Imperio los había encontrado antes.

Fueron, realmente, un enemigo desconocido sin nombre contra los cuáles, desde aquel día, los Martillos de Wikia estaban más que preparados para hacerles frente y aniquilarlos si volvían a aparecer. Los mandos lamentaron que no se pudieran rastrear y que no se pudiera volver a contactar con ellos. Con el tiempo la acción pasaría a los archivos más olvidados y rara vez serían consultados.

Cómo una Barcaza de Batalla astartes pudó ser abordada sin siquiera divisar el origen del ataque fue para siempre un misterio.

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