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Nos encontramos en Solaris IV, planeta perdido a manos de una Dinastía Necrona desconocida, recién surgida de la nada. Los Martillos de Wikia y el 220º de Cadia se han desviado para recuperarlo.

En el pabellón de mando de un campamento provisional...

—¿Qué ha salido mal? —La pregunta no estaba destinada a nadie, motivo por el cual el venerable Astartes se sobresaltó al tener respuesta. Alzó la vista del mapa holográfico que contenía la mesa ante sí.

—Confiaste en el valor de los hombres —El recién llegado se inclinó para entrar a la tienda de campaña provisional. Lucía una curiosa armadura única, a medio camino entre una servoarmadura y la reglamentaria de un Explorador neófito. Esta característica hacía que sólo pudiera tratarse de Hel Vaal, Capitán de la Décima Compañía.

—¿Y eso es un error? El día que perdamos la fe en la Humanidad estaremos defendiendo palabras vacías —le recriminó Eledan ceñudo, pasando por alto la falta de protocolo; sería un insulto de no conocer al personaje recién llegado.

—Oh, no —ironizó—, pero la valentía y el coraje de la Guardia Imperial deben de encontrarse lejos. Nuestro frente se ha desmoronado porque han cedido al terror y un batallón entero ha abandonado su posición —Hel Vaal casi escupió la palabra "terror". Tenía una cara delgada, de facciones suavizadas para tratarse de un vetusto veterano. No era especialmente corpulento, y siempre había parecido poco serio al utilizar un sombrero de civil negro y sonreír a menudo. Estaba bien asentado en el Capítulo, formando parte de él el tiempo suficiente como para que la mayoría de memorias siempre lo recordaran como Capitán de la Décima.

—Estás siendo insidioso —replicó de nuevo Eledan apretando la mandíbula, clavándole una mirada furibunda. Éste era en cambio ancho de hombros, luciendo una majestuosa servoarmadura que lo engrandecía aún más, cuyos trabajos de artesanía la envolvían en las glorias del Capítulo, otorgándole una belleza sin parangón, digna del Señor del Capítulo—. Sólo un Astartes se habría mantenido firme —continuó—. Y no lo eran. Recibieron una auténtica paliza antes de retirarse. Conoces mejor que ninguno de nosotros a qué se han enfrentado, no puedes culparles.

El rostro del décimo Capitán se ensombreció de repente, jovial y burlón hasta ahora. Su episodio, hace ya décadas, con los Guardianes de la Muerte le llevó a comprender por el peor camino la letalidad de los Necrones.

—No podemos culparles —repitió manteniendo aún cierto retintín desaprobador—. Hay cosas del pasado que es no mejor recordar a menudo, tú también sabes eso muy bien.

Eledan se puso en pie golpeando la mesa, provocando un quejido en los sistemas electrónicos y que la imagen se desvaneciera momentáneamente para reaparecer lentamente de nuevo, mostrando a la perfección la situación geográfica local. Resultaba evidente que se había ofendido con lo último, pero no dijo nada al respecto; Hel Vaal no se amedrentó, pero tampoco le retó.

—Crees que ha sido un error confiar en que resistirían. ¿Por qué no lo dices claramente y te dejas de cháchara?

—Creo que por su retirada hemos perdido valiosos hermanos, cuyo sacrificio no ha valido al Emperador para nada. Yo mismo tuve que ayudar a salir vivo de ahí al Capitán de la Quinta Compañía cuando su fuerza quedó aislada.

—Estás siendo muy improductivo —acusó—. Ahora nos hemos reagrupado y estamos listos para operar y vengar esas muertes. Nos enfrentamos a mentes lúcidas y de poderosa lógica, nos espera una dura lucha. La Guardia Imperial puede verse superada, pero nosotros existimos para estas batallas.

—Por cómo me miras intuyo que ya tienes un plan de batalla. ¿Qué quieres que haga?

—Que seas positivo por una maldita vez. Hemos vivido situaciones mucho peores, y esta no nos superará.

—No podemos subestimar la mentalidad Necrona. Podemos salir derrotados.

—No lo haremos, también sabes por qué.

—Cada hermano de batalla posee una pasión y una fe que esas carcasas metálicas nunca han tenido ni tendrán. El Emperador protege y venceremos: ¿eso es lo que quieres oírme decir?

—Sí, eso mismo. Ahora vete de aquí y ve a repetírselo a todo guerrero que encuentres.

Hel Vaal bufó y se giró para abandonar la tienda deteniéndose en el límite de la misma. Giró la cabeza y se ciñó el sombrero mirándole.

—¿También quieres a la Décima repartiendo propaganda?

—No hay nuevas órdenes. Nos avisaréis cuando los Necrones nos ataquen, tienen la iniciativa y no se la vamos a arrebatar. Pero cuando se acerquen les golpearemos tan duro que no quedará ni el recuerdo de ellos en este mísero planeta —juró Eledan sentándose de nuevo.

—El viejo estaría orgulloso de ti. Dan ganas de darte un amplificador de voz para que todo el campamento pueda oírte.

—Ahora el Señor del Capítulo soy yo.

—Y este es tu bautismo de fuego. Vence y nadie en la galaxia dudará de que mereces tu puesto —El Capitán tomó aire antes de mencionar quedamente parte del juramento de batalla—. Forjaremos una nueva era.

—¡En nombre del Emperador! —gruñó entusiasta Eledan quedándose sólo con sus cavilaciones.

Horas después, cuando el ataque Necrón se hizo inminente...

El escuadrón de Predators rugía según avanzaba en formación por el terreno irregular, escupiendo humo y chirriando sus orugas contra las rocas. Su objetivo no estaba mucho más allá y se dividieron lentamente hasta ocupar cada uno un lugar prominente en la cordillera que debían defender. Allí la Guardia Imperial ya había cavado trincheras, pozos de tirador y, en la ladera más segura, morteros; combinándose con los tres tanques Astartes ofrecían una poderosa línea de fuego.

A un centenar de metros al oeste, elementos de la Quinta Compañía de los Martillos de Wikia se mezclaban con la infantería pesada de Cadia, del 220º Regimiento, distribuyéndose Escuadras Tácticas y de Devastadores entre los pelotones.

La presencia de los Astartes, de forma tan directa y cercana, inspiraba sobremanera a los curtidos hombres de la Gloriosa; luchar al lado de un Astartes era lo más parecido a hacerlo al lado del mismísimo Emperador. Colocando a sus propios hombres entre los hombres comunes Eledan se aseguró de que, esta vez, su coraje no fallara.

Un Land Speeder cargado de Exploradores sobrevoló las líneas y aterrizó al este, donde el terreno era poco más que un desierto arenoso; los cinco ocupantes bajaron a toda prisa siendo recibidos por oficiales de la Guardia y dos Astartes. Tras una breve conversación se dispersaron entre los atrincherados sumando sus rifles de francotirador a la defensa. El Land Speeder volvió a despegar cruzando rápidamente el desierto por donde había venido.

Chimeras y Rhinos seguían llegando, sumando más efectivos a las líneas defensivas. Los Necrones empezaban a moverse, les atacarían pronto, y tenía que ser allí. La guerra por el control del planeta Solaris IV sólo podía decidirse en un enfrentamiento directo, una auténtica batalla. Todo lo anterior a este momento culminante sólo habían sido escaramuzas, encontronazos que habían empujado a ambos ejércitos a reagruparse en aquel mísero e irrelevante desierto, pero sólo uno de los dos ejércitos podía salir vencedor, y quien sobrepasara al otro daría un enorme paso en la conquista del planeta.

Una ola de calor azotó al Señor del Capítulo cuando la rampa del Land Raider bajó. Calor y arena parecían lo único que les ofrecía el campo de batalla. Salió al exterior respirando profundamente y acariciando la guarda de su espectacular espadón Purificadora. Tras él desembarcaron varios hermanos de batalla de la Primera Compañía, impresionantes en sus armaduras de Exterminador. También descendió su Guardia de Honor, la excelencia del Capítulo.

Los otros Astartes admiraron su presencia y los Guardias Imperiales se quedaron sin habla tanto por la presencia de Eledan como del resto. Éstos se distribuyeron a su orden para reforzar aún más las defensas terrestres y el propio Eledan se colocó en una de las trincheras junto a la Escuadra de Devastadores Augusta y varios efectivos de armas pesadas de la Guardia. El Land Raider se retiró para ocupar su lugar en la batalla.

—Nos honra tenerle con nosotros —declaró el Sargento Angrius, inclinando la cabeza en reverencia a su señor. Veterano guerrero, parecía inmune a la poderosa presencia del líder; sus hombres en comparación parecían nerviosos preadolescentes reaccionando con torpeza, intimidados.

—Confío en vuestra puntería, Hermanos. Protegednos de los artilugios Necrones y mi espada os protegerá a vosotros.

No hablaron más. Un lejano resplandor verduzco centelleó tiñendo el desierto de dichos tonos fantasmagóricos. Un Monolito Necrón apareció en la cercanía, y después de él, varios más, surgiendo repentinamente de la nada. La arena tembló y de ella empezaron a surgir Necrones, levantándose lentamente en distintos puntos, algunos muy cercanos a los defensores, comenzando inmediatamente el tiroteo.

Todo estalló de pronto: los Predators tronaron, los cañones láser de los Devastadores rasgaron el cielo e impactaron en los lejanos Monolitos o fundieron Guerreros Necrones, los bólteres rugieron y los rifles gauss vomitaron antiguas e inexplicables fuerzas que aniquilaron a quien alcanzaron, los Monolitos avanzaron hacia la creciente batalla vomitando de sus entrañas falanges enteras de Necrones. Todo tipo de plataformas gravíticas, provistas de poderosos escudos de energía, aparecieron entre ellos desplegando más Necrones frente a las líneas de los Martillos de Wikia y de la Guardia Imperial, o simplemente acribillando las posiciones con poderosos cañones e intensos rayos enérgicos capaces de destruir escuadras enteras.

Eledan no se movió, no era su momento. Los Devastadores de su lado concentraron sus disparos en una de las Arcas Fantasmales que se estaba dirigiendo directamente hacia ellos. Los láseres no parecían afectarla, y mucho menos los proyectiles sólidos del bólter pesado, hasta que finalmente uno de los impactos láser consiguió fundir sus sistemas internos y el extraño vehículo perdió su capacidad gravítica a unos cincuenta metros de las defensas, estrellándose espectacularmente contra la arena.

Les llegaron gravilla y trozos de metal candente y retorcido. Poco después les llegaron disparos gauss, potentes y temibles. Uno de los guardias se disolvió entre gritos cuando un bláster gauss le alcanzó. El Arca derribada sirvió de cobertura para el enemigo, que ya empezaba a mostrar infantería más poderosa: de algún modo habían aparecido núcleos de Inmortales aquí y allá, arrastrando silenciosamente su armamento más pesado, haciendo tambalear las defensas allí donde golpeaban.

Ahora sí, Lord Eledan alzó su pistola de plasma acoplada a su brazo y su escolta le imitó con sus propias armas, disparando con precisión contra cualquier Guerrero Necrón que se atreviera a perder su cobertura o estuviera dentro de su alcance.

Los Necrones tirotearon a las trincheras, muchos de ellos sin cobertura, apoyados por sus poderosas plataformas y, poco a poco, por las increíbles explosiones provocadas por los Monolitos. No intentaron entrar en la línea defensiva, sino que la batalla se estancó en un tiroteo a gran escala en distancias medias, desesperando a las unidades de asalto que aún esperaban su oportunidad para intervenir a la batalla.

El comunicador sonó, cargado de estática y con todo tipo de aullidos y explosiones de fondo.

—¡Es el momento! —exclamó una voz apasionada, impaciente por actuar.

—¿Cuál es su situación, Capitán Zakarías? —Eledan, en cambio, era mucho más comedido, reservado. Se agachó en la trinchera intentando captarlo con claridad.

—Hemos perdido buena parte de los vehículos y las Plataformas Tormenta de disparo, pero les hemos dado duro y no resistirán nuestro impulso.

—Está bien, empezad. ¡Gloria a Terra!

—¡Emperador!

Poco después el flanco oeste cambió radicalmente cuando Land Raiders y Rhinos sobrepasaron las líneas para instalarse directamente entre las filas Necronas, atropellando Necrones y desembarcando a los que, hasta ahora, se habían limitado a disparar. Soldados de Asalto y Land Speeders les acompañaron en un violento contraataque que buscaba la corta distancia y el cuerpo a cuerpo.

Los impactos de las armas gauss podían hacer destrozos en tales vehículos, atravesando sus blindajes con relativa facilidad. Un Rhino quedó inmovilizado, estallando su oruga derecha. A medio camino, dos Land Speeders cayeron para estrellarse mortalmente en el desierto. Un Land Raider embistió una Plataforma de Aniquilación ladeándola y volcándola de forma permanente. Los Marines Tácticos que desembarcaron dispararon a quemarropa a los Guerreros e Inmortales que les recibieron y se lanzaron contra ellos utilizando pistolas bólter, espadas sierra y fe. Los sargentos encabezaron el ataque con armas de energía.

Las Escuadras de Asalto cayeron en mitad de la confrontación rompiendo el contraataque Necrón, impidiendo que el ataque fuera rodeado y aislado. Los vehículos restantes formaron un muro para protegerles del fuego de otras partes de la batalla y de paso devolverlo. La intención era seccionar brutalmente ese flanco y empezar a presionar a la fuerza Necrona.

Eledan saboreó el momento previo a la orden que lanzaría a la carga a su propia fuerza cuando entendió rápidamente que no podría darla, pues le habían arrebatado la iniciativa: dos aeronaves Necronas alcanzaron velocísimamente su posición y viraron alejándose, perdiéndose entre las nubes.

La silenciosa pasada dejó un agrio recuerdo entre las filas de la Guardia y los Marines. Una fuerza de Inmortales y otra de Necroguardias, la poderosa élite, habían aparecido entre ellos comandados por un regio Líder Supremo que no necesitó de ninguna orden para que comenzara la matanza.

Los Devastadores se giraron y dispararon, derribando Inmortales y descubriendo que los poderosos escudos de los Necroguardias eran capaces de rechazar incluso impactos láser directos. La Guardia Imperial apenas arañó alguna baja a pesar de arrojar granadas. Pronto se trabaron todos en cuerpo a cuerpo, y a excepción de las Escuadras Tácticas allí instaladas, los Necroguardias empezaron a superar fácilmente a los operarios de las armas pesadas, los Exploradores y los Devastadores.

Lord Eledan bramó y se lanzó a la cabeza de la contracarga uniéndosele cualquiera que pudiera verle y permaneciera lo suficientemente cerca, algunos Astartes y Guardias Imperiales con bayonetas caladas en vana esperanza de atravesar el duro metal Necrón. Eledan se estrelló contra un Inmortal blandiendo su tremendo espadón de energía; El Necrón alzó su bláster gauss hacia él pero no llegó a bajarlo nunca, siendo partido en dos de un brutal mandoble.

Los Exterminadores permanecieron allí con un puñado de soldados para contener la línea principal mientras su retaguardia se veía comprometida. Los Astartes reaccionaron con disciplina y de forma mecánica, como si tener Necrones encima por ambos frentes no representara ningún tipo de contratiempo. Los Guardias Imperiales, sin embargo, sólo seguían allí por la inspiración que representaba la valía de los Astartes.

—¡POR EL CAPÍTULO, POR EL EMPERADOR! ¡DESTRUIDLOS! —Eledan pasó por encima del Necrón derribado y se abrió paso a golpes. A su alrededor los Marines Espaciales luchaban con fervor y fuerzas renovadas, sin asumir la delicada situación. Los Guardias Imperiales morían con valentía y más que combatir entorpecían a los Inmortales e incluso a los Necroguardias logrando abrirles la guardia para que un proyectil de bólter o una espada sierra consiguiera herirles, que no matarles. Los Necroguardias demostraron ser increíblemente resistentes, y unos combatientes excelentes, dignos de ser la élite de su ejército.

Los refuerzos no tardaron en llegar en forma de Marines de Asalto, los que debían de apoyar el avance tal y como había ocurrido con el Capitán Zakarías. E incluso estos dotados especialistas tuvieron problemas con lidiar contra los Necroguardias y su líder: ahora superados en número, actuaban como una unidad cohesionada reuniéndose lentamente alrededor de su jefe. Los Necroguardias rechazaban ataques de todo tipo con sus escudos y contraatacaban con armas de energía o dáculus, con una precisión y fuerza que hacia peligrosísimo aproximarse a ellos.

Varios Necrones quedaron aislados y los Inmortales fueron derrotados totalmente. Eledan vio como uno de sus Sargentos Devastadores caía, destrozado por un dáculus. Sus ojos se encontraron con la fría máscara del Necroguardia ejecutor y ambos se lanzaron a buscar el duelo.

El dáculus trazó un hábil arco, en el cual de camino a Eledan descuartizó un Guardia Imperial, que concluyó en Purificadora. El Señor del Capítulo rechinó los dientes al extenderse el impacto a sus brazos, y estuvo a punto de ceder. Alzó la rodilla impactando varias veces en el pectoral del Necroguardia hasta que lo hizo retroceder y destrabarse, alzando el mandoble para descargarlo en vertical rápidamente. El dáculus desvió su hoja hacia un lado y en el mismo movimiento intentó una estocada, hábil, que de no ladearse le habría arrancado un ojo.

Eledan quedó en una mala postura, a punto de perder el equilibrio, con Purificadora baja y el dáculus cerca de la garganta; el Necrón sólo tenía que retroceder el arma y volver a bajar para terminar con su vida. El Necroguardia empezó el movimiento pero él soltó una mano de Purificadora y agarró el mango del arma, inmovilizándola. Rugió con el esfuerzo que representaba medirse con la increíble fuerza mecánica del Necrón.

—La carne... es débil —murmuró tenebroso el Necroguardia tirando del dáculus incansablemente.

—Mi fe es mi escudo, mi fervor es mi arma ¡Y TÚ YA ESTÁS MUERTO! —El Señor del Capítulo volvió a gruñir cuando usó el dáculus como punto de apoyo para lanzarse contra el Necroguardia, dándole un poderoso testarazo que lo desequilibró; Purificadora consiguió hendir profundamente en el Necroguardia antes de que éste pudiera recomponer su equilibrio, derribándolo como un títere roto y sin vida.

Lord Eledan empezó a sangrar por una brecha de la frente, que coaguló rápidamente, y observó como se desarrollaba la batalla. Demasiados Hermanos de Batalla yacían a los pies de los Necroguardias acorralados, aunque unos pocos de estos también habían sido derribados. Se mantenía una táctica mixta en la que se acosaba a los poderosos guerreros procurando no exponerse a sus temibles armas y a su vez buscar ángulos de tiro para abatirlos con los Bólteres y Rifles de Plasma, aprovechando la ventaja que representaba el disparo pues ellos no poseían ningún arma de largo alcance.

El Señor del Capítulo descubrió con disgusto que el Necroguardia que él mismo había matado estaba juntando sus propias piezas, recomponiéndose lentamente. Lo descabezó y su autorreparación se vio interrumpida. Utilizó el comunicador.

—¡Zakarías! ¡Informe!

—Estamos estancados —La voz sonaba distante, amortiguada por los disparos del Bólter del Capitán—. Los hemos empujado y desviado, nuestro ataque ha sido demoledor, pero no podemos avanzar más, necesitamos apoyo. SU apoyo, Señor.

—No puedo abandonar mi posición. Resistan ahí.

Calibró el comunicador cambiando la frecuencia.

—¡Décima Compañía! —ladró mientras avanzaba hacia el último reducto de Necroguardias.

—Tengo unos pequeños inconvenientes, sea conciso —replicó Hel Vaal, mucho más claro que Zakarías. Parecía que ni siquiera estaba en la batalla.

—Necesito una baliza de teleportación para Zakarías.

—Y yo un sombrero nuevo... Cogeré un Land Speeder y a ver qué se puede hacer... ¿Desde ahí ves el Land Raider Conocimiento?

—Sí, me ha traído —Eledan se paró, había algo raro en el tono de Hel Vaal. Se giró hacia la pequeña colina donde se había parado el Land Raider, que a pesar de varias penetraciones en su casco seguía arrojando una tormenta de fuego al frente. Distinguió varias figuras, próximas a una decena, agazapadas junto al Land Raider. Allí no había infantería asignada—. ¿Quiénes son?

—¡No son nuestros! ¡Y hace cinco minutos no estaban ahí!

Los Omnicidas evidenciaron aún más su presencia cuando empezaron a disparar con precisión milimétrica sobre las tropas de la Guardia Imperial, aniquilando de un plumazo a la mayoría de sus oficiales y tiradores de armas pesadas del flanco este, debilitándolos repentinamente frente al acoso Necrón.

—¡Yo me encargo! —declaró Hel Vaal cortando la comunicación.

Eledan desvió su atención nuevamente hacia los Necroguardias. Habían pasado a la acción y como un ariete se abrieron paso hacia las trincheras para sobrepasarlas y reunirse con sus líneas. Debían atravesar las filas de Devastadores y Marines Tácticos que aún mantenían la linea. Debían pasar a través de Lord Eledan, Señor del Capítulo.

—¡A MÍ LOS MARTILLOS! —vociferó clavándose en el sitio con el mandoble bien en alto, preparado para el choque. Su Guardia de Honor se reunió entorno a él, así como los Marines de Asalto más próximos— ¡A LA CARGA, DESTRUID AL XENOS! ¡ANIQUILACIÓOON!

Y así ambas élites se lanzaron una contra la otra. Los Necroguardias chocaron violentamente contra la Escuadra de Mando y en cuestión de segundos la lucha pareció quedar reducida a ese reducido duelo, un punto luminoso en una batalla a gran escala de resultado incierto.

A la izquierda de Eledan el Paladín del Martillo, Erik Truenosangre, rompió la defensa del primer Necroguardia con una estocada y de un severo martillazo de su exótica arma aplastó el cráneo del Necrón, sobrepasándolo y haciendo retroceder dos más ante su ira. A su derecha el Sargento de los Marines de Asalto cayó víctima de un dáculus y su verdugo le arrebató un brazo, casi en el mismo movimiento, a uno de los Guardias de Honor. Éste le disparó varias veces a bocajarro con una pistola de plasma utilizando lo que era ahora su único brazo, hasta que el Necrón también se derrumbó, y retrocedió dejando paso a algún Astartes menos malherido para ocupar su lugar.

Purificadora chocó contra un escudo fásico desequilibrando a su portador bajo el tremendo peso del golpe. Eledan levantó de nuevo el mandoble y lo volvió a descargar una y otra vez hasta que el Necroguardia cayó de rodillas. Cuando este intentó acuchillarle el muslo, perdió el brazo y a patadas el Señor del Capítulo lo apartó como si fuera escoria para abrirse paso. El Líder Supremo debió reconocerle porque se desvió hacia él para cerrarle el paso y retarle.

El Líder Necrón rió por lo bajo, un sonido gélido y distorsionado, cuando desvió a Purificadora con el Dáculus con una habilidad combativa muy superior a la de los Necroguardias, aun cuando éstos sólo podían ser igualados por los expertos en el cuerpo a cuerpo del Capítulo, e incluso Erik tenía problemas para salir indemne del encuentro.

—La Dinastía siempre vence —El Líder golpeó con el mango de su arma para desequilibrar la guardia del Señor del Capítulo y atacó con su brillante y temible hoja. En última instancia Eledan pudo evitar el ataque y perdió el equilibrio, pero la intervención de otro Marine de Asalto impidió que el Líder le presionara más. Este recibió el impacto de la Espada Sierra en el pecho, pero sus afilados dientes no hicieron más que arañar su pectoral. El Necrón lo agarró del cuello y lo alzó del suelo con aparente facilidad mientras el Astartes seguía golpeándole fútilmente.

Cuando Eledan atacó de nuevo el valiente guerrero ya estaba ensartado en el dáculus, y lo que detuvo su ataque fue que el Líder giró hacia él interponiendo el Marine Espacial ensartado, por lo que tuvo que retener a Purificadora.

—¡NO ERES MÁS QUE UN BÁRBARO Y UNA MONSTRUOSIDAD! ¡LIBRARÉ AL UNIVERSO DE TU EXISTENCIA! —gritó impotente, descargando toda su ira y frustración contra otro Necroguardia que intentó atacarle desde un lado, girándose violentamente hacia él interceptándolo con un poderoso golpe con la parte plana del espadón. No le atravesó, sino que, cual impacto de un puño de combate, chafó la caja torácica y lo arrojó varios metros más allá.

El Líder Supremo volvió a reír.

—Hoy no —descolgó al Marine del Dáculus y lo clavó en el suelo soltándolo. Alzó con ambas manos un objeto que extrajo entre sus harapientos ropajes. Era una esfera luminosa, un arcano artefacto Necrón.

—Hoy sólo hay oscuridad. La Dinastía siempre vence —continuó antes de quebrar el objeto, provocando un estallido de luz que cegó a Eledan y le hizo tambalearse ante el repentino cambio de intensidad. Parpadeó y la luz se convirtió en lo prometido: oscuridad.

Seguía siendo de día, por supuesto, y había cierta luminosidad, pero todo lo que alcanzaba a ver estaba cubierto por sombras, dándole una sensación de irrealidad y pesadilla que empezó a enloquecer a los Guardias Imperiales, y más de uno y de dos disparó a otro soldado por error, presos del miedo y de las formas que no acababan de distinguir, incluso a los Astartes.

Para el resto de la batalla, el centro de la misma había desaparecido bajo una cúpula negra, una forma casi física que representaba el limite del alcance de aquel artefacto Necrón.

Los Necroguardias retrocedieron, los pocos que quedaban, en torno a su Líder. No pretendían ganar la batalla cegándoles, sino acondicionando más la batalla. La arena empezó a revolverse por todas partes, haciéndose inestable.

Gritos de terror anunciaron la llegada de los Desolladores entre sus propias filas, y los Necroguardias volvieron a la carga.

En algún otro punto del frente...

El Land Speeder barrió la cordillera con el Cañón de Asalto dispersando la reducida tropa de Omnicidas allí reunida. Tan pronto como habían aparecido, estos desaparecieron bajo la amenaza. Siguió su curso sobrevolando la batalla hasta posarse cerca del suelo en la cordillera de los tres Predators. Allí uno ardía intensamente destruido, y los otros dos presentaban graves daños en el casco pero seguían disparando las armas que podían hacerlo.

Nada más aterrizar, cuatro Exploradores surgieron de aquí y allá, derramando la arena con la que estaban cubiertos, y entraron o se agarraron al Speeder.

El Capitán Hel Vaal, una vez afianzado en el vehículo y palmeando al piloto para que alzara el vuelo, volvió a intentar la comunicación.

—¡Décima, Décima! —Pero en vez de la voz de Eledan sólo recibía estática. En el aire observó con preocupación la esfera de oscuridad. En sus lindes de vez en cuando aparecía algún Guardia Imperial que salía huyendo, disparos, pero nada más. No se emitía ningún sonido del interior ni podían ver nada desde fuera. Se preguntó si debía ir allí.

—¡Aquí la Décima! ¿Quién me oye?

—Capitán Zakarías presente.

—Biblio...ario ...fe Are... —Y la estática terminó por suplantar la respuesta.

—Zakarías, llevo una baliza a su posición y a doce hombres. ¿Tiene capacidad de movimiento?

—Negativo, estamos jodidos y que me traigas un par de rifles más no me sirve. Le cubriremos.

—¡Aresius! ¡Háblame!

Un Land Speeder más se reunió con el que ya llevaba a su Capitán y ambos surcaron rápidamente el cielo en dirección al muro de tanques ennegrecidos que mantenían a la Quinta Compañía en continua presión contra el flanco Necrón. Disparos antiaéreos empezaron a amenazarles pero no disminuyeron su tenacidad.

Sea lo que sea que pasa en nuestro centro, interfiere las comunicaciones.

La voz del Jefe de Bibliotecarios resonó en lo más profundo del Capitán de la Décima Compañía, sobresaltándole y haciéndole estremecerse.

—¡No soporto que hagas esto! ¡Hemos perdido contacto con el mando y desde aquí veo toda la batalla! ¡Tienes que avanzar y apoyar a Eledan a la vez, si no la Quinta Compañía seguirá comprometida y Lord Eledan puede necesitar refuerzos, están machacando su posición!

No eres el único que lee las batallas. Ya estoy listo, ya he empezado con esas consideraciones. Iré yo mismo en apoyo del Señor del Capítulo, cumple tu misión.

La conversación terminó subitamente. Estrictamente, Hel Vaal estaba hablando a gritos solo y, como si se tratase de una locura temporal o simple excentricidad era como lo miraban los Exploradores. No hubo ninguna explicación dado que finalmente un Cañón Tesla impactó en el costado del Land Speeder y una poderosa corriente eléctrica fulminó a los dos hombres más cercanos, calcinándolos prácticamente por la poderosa electricidad, y todos los sistemas del vehículo fallaron al unísono.

—¡Caigo! ¡Seguid el plan! —gritó al comunicador el capitán a quien pudiera oirle antes de estamparse contra el suelo en mitad de la falange Necrona.

El otro Land Speeder prosiguió y se posó en mitad de los maltrechos Marines del Capitán Zakarías, desembarcando varios Exploradores, y alzó el vuelo de nuevo alejándose. Para alivio del Capitán e inspiración de los demás, la baliza que dejaron sirvió para completar la aparición de dos equipos completos de Hermanos en Armadura de Exterminador, tanto de Asalto como Tácticos y portadores de armas pesadas.

Los vehículos que pudieron moverse lo hicieron para dejar paso al nuevo ataque, lanzándose la Quinta Compañía contra los Necrones de nuevo con su Capitán al frente y los Exterminadores en cabeza, frescos y ansiosos por decantar la batalla a su favor.

Poco después, de vuelta en la oscuridad...

Lord Eledan tenía sus propios problemas. Allí donde miraba no había más que Astartes luchando por sus propias vidas contra los Desolladores, en una proporción de tres a uno favorable a los Necrones. Sus poderosas garras podían atravesar la ceramita y causar graves heridas, y había que ser sumamente cuidadoso al lidiar con ellos. La poca visibilidad, que además afectaba a la mayoría de sus sistemas, hacía poco viable dispararles.

La Guardia de Honor contenía como podía a los Necroguardias, pero no llegaba a haber un vencedor claro. El Paladín del Martillo, Erik, contenía y hacía personal la contienda con el Líder Supremo, dándole al Señor del Capítulo el respiro necesario para reorganizar sus fuerzas.

Aunque tuvo que hacerse oír a gritos, empezó a agrupar -ayudándose personalmente a golpe de mandoble para conseguirlo- Astartes sin distinción alguna, simplemente apiñándolos en torno al gran combate que representaban los Necroguardias y la Guardia de Honor de forma que trazaran un círculo en torno a estos, que a su vez contenía a los Desolladores y no permitía reagruparse a los Necroguardias y su líder al tener una muralla de Astartes que superar en caso de que la Guardia de Honor cayera.

Lord Eledan era, como poco, inspirador. Parecía estar en todas partes y los Desolladores caían a pares ante su mandoble, cada uno de sus golpes era poderoso y certero, y pronto una decena de Astartes le debieron la vida. Él seguía fuera del círculo, engrosándolo, ayudando a los hermanos de armas a llegar hasta él.

Una sombra titánica apareció ante él y el Señor del Capítulo se giró hacia ella preparando un mandoble horizontal. Retuvo su mano al reconocer a un Exterminador con un lanzamisiles Ciclón acoplado sobre los hombros.

El veterano de la Primera Compañía no dijo nada, simplemente paso por su lado y abatió un Desollador con el puño de combate, convirtiendo la masa metálica cubierta de horrendas pieles en un amasijo irreconocible, y penetró en el círculo adentrándose directamente contra los Necroguardias. Otros dos Exterminadores más aparecieron pero se dedicaron a abatir Desolladores con ráfagas cortas de los bólteres tormenta y a puñetazos.

La situación, aún así, no mejoraba. Seguía habiendo demasiados enemigos y la perpetua oscuridad conseguía que los Astartes siguieran disgregados rodeados de enemigos. Para los Guardias Imperiales ya no había esperanza alguna.

De repente, un fulgor apareció, una intensa luz que atrajo las miradas hacia una figura envuelta en una Armadura de Exterminador azul. El Jefe de Bibliotecarios Aresius Keltar sostuvo en alto su martillo psíquico, cuyo cabezal brilló como la luz del Astronomicón iluminándole a él, al estandarte de la Segunda Compañía de los Martillos de Wikia y a las dos Escuadras Tácticas que le rodeaban en disciplinada formación, avanzando paulatinamente mientras acribillaban a los Desolladores que aparecían en los lindes de la luz.

Su actuación atrajo a los Astartes disgregados y perdidos, orientándolos hasta su estandarte y agregándolos a la procesión dirigida por el Bibliotecario. Aresius localizó a Lord Eledan, inconfundible con su gran mandoble y su excelentísima armadura.

Levantó un brazo saludándole con expresión severa.

—¡Milord! ¿Necesita refuerzos?

Lord Eledan se irguió orgullosamente y meneó la cabeza en un gesto negativo.

—¡Sólo un necio rechazaría su ayuda! ¡Sigamos la batalla! —Y se giró cargando en dirección a los pocos Necroguardias restantes dejándole a Aresius Keltar la tarea de ocuparse de los Desolladores. De nuevo se vio sumido en la oscuridad, pero en esta ocasión cada vez que mirara atrás vería el estandarte de la Segunda Compañía y el martillo del Jefe de Bibliotecarios, que ahora descendía y ascendía al ritmo de los golpes descargados. Ahora tenía un punto de referencia.

Cargó contra el primer Necroguardia, que mantenía a raya con su poderoso escudo al Exterminador con lanzamisiles Ciclón, y lo obligó a retroceder y a dedicarle atención hasta que el Exterminador consiguió aprovechar un resquicio en su defensa y abatirlo con el Puño de Combate.

—¡MUERTE AL XENOS! —exclamó el Exterminador pisoteando al Necroguardia cuando este, aun horriblemente maltrecho, intentó alcanzar su espada fásica.

Poco después, tal y como había surgido, la oscuridad desapareció completamente. Nada más distinguirse con claridad al enemigo, y el aberrante nivel que había alcanzado la matanza, los proyectiles de bólter hicieron el trabajo que hasta ahora, prácticamente, estaban haciendo las espadas y los puños de combate. De los Necroguardias ya sólo quedaban dos, y fueron reducidos bajo el ingente número de agraviados Hermanos de Batalla que se les echaba encima.

La reaparición de la luz diurna le dio a todo una sensación de extremo frenesí que mareó a Lord Eledan hasta que encontró una nota discordante en la rabiosa ira que los Martillos de Wikia aplicaban al ajusticiar los últimos Desolladores: el Paladín del Martillo Erik inmóvil, sosteniendo la destrozada y casi irreconocible cabeza del Líder Supremo. Él había devuelto la luz a la batalla, aniquilando su origen en lo que había sido, sin ninguna duda, un épico duelo.

Lord Eledan sonrió y echó a correr para subirse a los restos de un Chimera y así obtener mejor panorámica de la batalla: al oeste, y ya no muy lejos, Zakarías y sus tropas se habían adentrado entre las filas Necronas y de alguna forma habían derribado un Monolito. Un segundo Monolito había explotado en pedazos por el fuego de los Land Raiders y de los Predators, aunque aún había muchos operativos, pero ya no vomitaban legiones de Guerreros, sino que castigaban las posiciones de disparo que la Guardia Imperial conservaba.

El centro se hallaba en un estado prácticamente de calma. Allí los Inmortales y Guerreros, apoyados por todo tipo de maquinaría Necrona, se habían disgregado para apoyar ambos frentes de la batalla confiando en que la esfera de oscuridad terminaría con la amenaza central. Estaban empezando a agruparse ante ellos en previsión de una carga que no iban a poder impedir ni ralentizar. Eledan saboreó el momento antes de confirmar cómo a su derecha, en el frente bajo responsabilidad de Aresius, dos Dreadnoughts encabezaban una heroica lucha donde la Segunda Compañía avanzaba, paso a paso, contra las filas Necronas. Sus tanques y sus Marines de Asalto combinaban a la perfección con el avance de los Tácticos, que disparaban fuego de cobertura para los Marines de Asalto, concentraban sus proyectiles en una zona u otra debilitando la resistencia a los veloces envites de los Astartes con retrorreactores, o facilitaban los gallardos desembarcos desde los últimos Rhinos y Razorbacks en pleno frente.

Lord Eledan se giró alzando su espada.

—¡A MÍ, MARTILLOS DE WIKIA! ¡A MÍ, MARTILLO DEL EMPERADOR! ¡NUESTRO ENEMIGO ESTÁ PERDIDO, A LA CARGA!

Todo lo que quedaba de las posiciones centrales imperiales siguió al Señor del Capítulo, nuevamente rodeado de lo que quedaba de su Guardia de Honor, con el estandarte del Capítulo bien en alto y el Jefe de Bibliotecarios dispuesto junto a ellos. Todo aquel que fue capaz de hacerlo fue hacia delante para chocar contra las recién formadas líneas Necronas, rebasándolas y añadiendo un nuevo punto de presión a la batalla que terminó desmoronando las filas Necronas.

No es que huyeran, sino que simplemente la punta de lanza de Zakarías consiguió unirse con el Señor del Capítulo, unificando sus fuerzas y aislando un gran numero de Inmortales, que no pudieron hacer más que resistir hasta el último soldado operativo mientras los Marines Espaciales terminaban con ellos.

Aresius Keltar cogió un puñado de hombres y se lanzó a reunirse con la Segunda Compañía de Nesstor, abriendo una profunda brecha entre los Guerreros Necrones, evidenciando cuán vulnerables eran ante el poder desatado de una mente tan poderosa. La batalla ya estaba decantada hacia un bando, y en sus horas posteriores el único frente que avanzó fue de los Martillos de Wikia y la Guardia Imperial.

Lord Eledan remató al Líder Necrón y encaró a su siguiente contrincante sin advertir que ya no había nadie delante de él. En su ímpetu había adelantado a la Guardia de Honor y dejado un rastro de cadáveres Necrones partidos en dos o más trozos hasta abatir al Líder que había distinguido organizando esa bolsa de defensa.

Cuando ya iba a relajarse ante la falta de enemigos, ante él se materializó otro Necrón, apareciendo repentinamente de la nada. Éste era otro Líder Necrón, pero no lucía restos de ropajes antiguos, sino que una masa de Escarabajos Canópticos permanecía unida en torno a él creando una capa multicolor. Lo que sostenía no era un Dáculus, sino un bastón parecido mucho más decorado y rodeado de arcanas energías.

El Necrón alzó una mano cuando Lord Eledan levantó su espada de nuevo.

—Alto. La lucha ha terminado. Soy el Phaeron de esta hueste y esta Dinastía, y para vergüenza de mis generales hoy la victoria es vuestra.

—¡ESTE MUNDO ES NUESTRO! —reclamó el Señor del Capítulo con expresión fiera.

—Así es. Pero no olvides que la Dinastía siempre vence. Volveremos.

—¡Si nuestros caminos vuelven a cruzarse, te aniquilaré, xenos! ¡No quedará nada de ti ni de tu Dinastía!

Sin responder, el Necrón volvió a disolverse en la nada. Cuando él lo hizo, los Monolitos operativos se desvanecieron también entre energías y fulgores verdes, fantasmágoricos. Los propios Necrones lo hicieron a continuación, tanto los que aún se sostenían como los trozos inconexos que eran la mayoría de cadáveres. En pocos minutos no quedó nada en el campo de batalla que indicara que allí había sido derrotado un ejército Necrón.

Los Martillos de Wikia y el 220º Regimiento de Tropas de Choque de Cadia recuperaron Solaris IV en nombre del Emperador.

FuentesEditar

Escrito por Shas'El Fi'rios Kais'Val.

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