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Este escrito es un inicio del relato que Eledan pretendía presentar al Certamen de Relatos III, 
que fue descartado por una idea claramente mejor.

No soy nadie. No soy un ángel de la Muerte del Emperador. Tampoco un noble. Ni siquiera un aguerrido guardia imperial. Solamente soy uno más. Una cifra.

Estoy seguro de que mi historia no te interesará…

Pero tenía que contarla.


Tengo que justificarme. Sí, porque cuando se sepa lo que voy a hacer, y salga mal, me juzgarán severamente. Y necesito que tú, que vas a leer esto, comprendas cuál es mi situación. Y si eres uno de mis jueces, quizá llegues a ver un palmo por delante de tus propias narices; si es que la gente como yo te seguimos pareciendo personas.


Me levanto un día más. Da igual cuál, todos son iguales. Esa hojalata de despertador que compré con mi primera cartilla de suministro nos despierta a Miria y a mí. Le pregunto qué tal ha dormido. La pregunta tiene sentido: Los dos dormimos, como podemos, en un catre duro de 70 centímetros de ancho. Tras eso, toses; la ración diaria de toses.


Un día más toca ponerse los desgastados monos de trabajo. Miria barre el suelo de cemento en bruto de la habitación. Tarda poco: Aparte del catre, no hay más que una mesa pequeña, dos sillas de madera talladas bastamente y un estante de madera para poner cosas.

Es la típica habitación Laboris del nivel +3 de la Colmena Thesus. Una de esas que está en un módulo de muchas plantas, que tiene un ventanuco con una persiana de metal oxidada y que es lo único a lo que puedes acceder con la cartilla de suministro del manufactorum.

Si quieres además comer, claro.


Miria hace lo que puede para tenerla bonita: La tiene limpia, ventilada y sin muchas humedades; y la adorna con cualquier cosa que encuentra por ahí: Un trozo de cerámica, una piedra llamativa. Cosas así.

Miria es mi chica. Hace no mucho nos fuimos a vivir juntos. Necesitábamos un poco de intimidad. Es… ¿Cómo describirla? ¿Alguna vez has pensado que nada de lo que haces tendría sentido si no fuera por otra persona? ¿Que es la que te anima los días, en la que te apoyas? Esa es Miria para mí. Es el vaso de agua fría tras haber trabajado todo el día al sol. Y es el motivo de mi rabia, mi rabia por no poder darle nada mejor. Ella trabaja también en el manufactorum, y gracias a eso conseguimos vivir sin muchas miserias. De la cartilla de suministro que me conceden a mí cada día, la mitad me la descuentan por el uso de la habitación, que es propiedad del manufactorum. Aunque con lo mío la habitación ya está pagada, a Miria la descuentan otro 25% porque se considera que si hay más de una persona en cada habitación hay “uso intensivo”.

Con el resto es con lo que comemos en el colmado de la planta baja del Módulo. Nadie come en su habitación. Nos vamos encontrando con los vecinos, gente joven como nosotros. Aún queda mucho rato hasta que salga el sol.

Una infusión caliente, un poco de charla somnolienta con Miria y nos ponemos en marcha desde el Módulo 7043 hacia el manufactorum, uniéndonos al río de gente que va para allá andando por la calleja llena de porquerías.


El cielo, como siempre, gris plomizo. La contaminación. Y arriba, subiendo nivel tras nivel hasta perderse en el cielo sucio, la Colmena. Miro hacia el punto más alto hasta el que la manta de porquería deja ver, como todos los días. De repente, otra tos. Que injusto es saber que los de allí arriba, que no dejan de ser todavía pequeños comerciantes, tengan una esperanza de vida el doble de larga que la mía.


Suena la alarma del manufactorum. Altísima, estridente, como una alarma antiaérea. El recordatorio al rebaño para que se dé prisa. Avanzamos un poco más, le doy un beso de despedida a Miria y me voy a mi sección, Compuestos 23.

A partir de ahí, tras fichar, tengo por delante doce horas de estar de pie ante una cadena de montaje. Mi trabajo es ir ajustando cinco tornillos a las piezas de una turbina para nosequé trasto, que van pasando delante de mí. Doce horas de atornillar vez tras vez los mismos tornillos en los mismos sitios, pero no puedo distraerme: La cinta pasa rápido y tengo que mantener el ritmo o me mandarán a la calle y cogerán a otro de la cola.

Tenemos quince minutos para comer y, diez, durante el resto del día, para parar y coger aire. Todo ello, por supuesto, se computa y se descuenta de la cartilla; pero si uno no lo hace enferma bastante rápido.

No puedo contar mucho más sobre mi trabajo. Realmente es tan anodino, tan “mecánico”, que no hay más que contar. Lo que me hubiera gustado es aprender a construir los enormes edificios que veo en La Colmena, de lejos. Pero hablar de lo que a uno le hubiera gustado hacer, en el nivel +3, es ganarse un buen puñado de risas. Solo Miria no se ríe: Cuando le hablo de contrafuertes, de bóvedas de cañón, de cómo, a poco que uno observe, puede imaginarse por qué tal o cual edificio está construido de cierta manera, dice que se me hubiera dado bien.

Mientras, pongo tornillos. De algo tengo que comer. Cae la noche, me queda poco para acabar el turno. Tras fichar recojo mi cartilla de suministros con validez de un día, hasta el fin del turno de mañana. Debo guardarla bien porque tengo que pasarla por el escáner del módulo para poder abrir la puerta de mi habitación y para ir al colmado.

Miria me espera ya en el Módulo 7043, no puede entrar sin mi cartilla.

[...] (Quizá algún día me anime a escribir más)

AutorEditar

Eledan

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