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Victorique le había entregado un paquete, una sencilla caja de madera forrada de sellos, indicaciones e informes del Correo Imperial. En la base, el sello de su familia y una oración de protección en skiano para que el paquete llegara sano y salvo. La asistente de los Sables Nametherianos le había dicho que venía de Aarschlift, la capital de Skia. Él ya lo suponía. 

Jean había perdido el contacto con su familia cuando, casi algo más de medio año atrás, el inquisidor se lo había llevado con él para que formase parte de su equipo. No había tenido oportunidad de enviar una carta, y al dejar de pertenecer a su anterior unidad de la Guardia Imperial su familia no tenía constancia alguna de que su correspondencia no le iban a llegar a nadie. Llegó a la conclusión de que alguien les había informado del cambio, pero no se atrevió a ir más allá. 

<<No te rompas la cabeza. Alguien se lo ha dicho y ya está, Jean, pensar en quién lo ha hecho no te va a resolver nada>> Se había dicho a sí mismo. 

El skiano había esperado a llegar a su lugar para abrir el paquete e inspeccionar su contenido tranquilamente. Su camarote estaba bien, y era todo lo tranquilo y acogedor que podía esperarse de una habitación metálica en el interior de una nave espacial. Lo cual no era un problema en sí, sino el hecho de que el sistema de equilibrado térmico del camarote estaba estropeado, y hacía un calor bochornoso en él. Jean había buscado un lugar fresco y lo suficientemente aislado durante los dos primeros días de su estancia en el Alfanje, dejando la habitación que le habían asignado como un mero lugar para almacenar sus pertenencias. 

Al final, había encontrado su refugio en el arsenal de la fragata clase Sable. Era una simple habitación sin muebles ni decoración de ningún tipo, y Jean ignoraba cuál había sido su cometido original. Se había pasado varias horas limpiando las innumerables capas de polvo que se habían creado y superpuesto con el paso de los años, hasta que desistió y se las arregló para tomar prestado un servidor de limpieza. El autómata había completado su tarea satisfactoriamente en un par de horas, y el guardia imperial lo devolvió a su lugar antes de que alguien lo echara de menos. Llevar una hamaca hasta ahí y colocar un candado en la puerta había sido el último paso. Al fin y al cabo no necesitaba más mueblerío ni adornos. 

Se echó en la hamaca una vez hubo llegado a su refugio y dejó el paquete en el suelo, ya abierto. Contenía un par de cartas de madera de saúco metidas en sendos sobres cerrados con el sello de la familia, y una pequeña caja envuelta en papel atado con una cinta roja. Lo primero que hizo fue coger ambas cartas y comparar sus fechas para saber cuál debía leer primero. 

La más antigua simplemente hablaba sobre lo mucho que le echaban de menos y lo orgullosos que estaban de él. También le contaban algo sobre los resultados de la liga de navaretto y unas cuantas anécdotas familiares. La otra le pareció más interesante. Reconoció la cuidada caligrafía de su hermana, que regentaba una cafetería bastante popular en su zona. Decía así:


´´Querido Jean, esperamos que el Emperador guíe tus pasos y tus huellas mantengan tu recuerdo.

Recibimos un mensaje de un anónimo hace un par de días. Lo transmitieron a la central astropática de Aarschlift y desde ahí nos lo entregó en persona un tipo de aspecto curioso. Sólo sabemos que te han trasladado a un equipo especial para algo importante...y que la repatriación de tu cadáver correrá a cargo de la Administración Imperial. No sé qué intención tenían, si de avisarnos o preocuparnos... En todo caso esto parece una buena noticia. En casa esperamos de todo corazón que te licencies al final y vuelvas a Skia, sea cual sea tu ocupación actual.

Sé que estás aburrido de leer que estamos orgullosos de ti, pero alguien tiene que recordártelo. Eres el único miembro de la familia sirviendo en la Guardia Imperial desde el tatarabuelo Rolanto, y es todo un honor para nosotros saber que estás allí afuera, en algún lado, luchando por el Imperio. Mamá lo usa para presumir entre sus amigas, y el pequeño Drastello hace un montón de preguntas sobre tí. 

Caria Vidicci, la chica que vivía hace unos años en la casa de al lado y se fue a estudiar a Ardenia, volvió hace un par de semanas. Se pasó un día por casa, preguntando por ti. Se le cayó el alma a los pies cuando se enteró de que te habían admitido en el regimiento. De verdad, a veces se me hace muy pesado esto de avisar a tus novias de que ya no estás aquí...

Cambiando de tema a algo más agradable. ¡Los alacranes de Aarschlift se han clasificado para las finales estudiantiles!. Saran está muy contenta, tiene todo un club de fans en su Scholam. El entrenador de la cantera de los Carnodones Ardenios contactó el otro día con ella, están muy interesado en meterla en el equipo. Imagínate su cara...

En serio, el abuelo se puso como una moto, pensando que no le había bajado la regla. Montó un espectáculo...ya sabes cómo es, no le gusta nada su novio.

Él está bien, tan cabezón como siempre. El otro día cazó un petrodonte y colgó su cabeza en la pared, donde antes estaban esas enormes pinzas de cangrejo terrestre. A mamá le parece una horterada, pero ya sabes, al abuelo le entran las cosas por un oído y le salen por el otro. 

Papá se retiró de las FDP hace un mes y ahora está de instructor en la academia de la ciudad. Le han recibido con los brazos abiertos, le tienen en un pedestal. Sus hombres le montaron una fiesta de despedida en el cuartel, según nos contó. Le hicieron una tarta, pero sabía a rayos y acabaron viniendo a casa para hacer una parrillada. Todos. Nunca os entenderé a los militares, sois como niños. 

Drastello empieza el año que viene la scholam. Adreist y yo estamos muy contentas por él. Hemos tenido suerte de que al abuelo le cayera bien Adreist, porque la matrícula de inscripción no era barata. No es que la cafetería vaya mal, pero vaya, ahorrar unos cuantos tronos nunca viene mal.

Podría contarte unos cuantos chistes que me han contado mis clientes, y hay algunas anécdotas que te iban a gustar, pero voy a reservarlas para la próxima carta. Espero que te sirva de motivo para mantenerte con vida.

Esperemos que la suerte no te haga falta. Te quiere tu hermana.

P.D: Te hemos mandado una caja de marcattas. Las ha hecho Adreist, espero que te gusten``


Jean ya había encontrado las marcattas y había dado buena cuenta de ellas mientras leía. Las crujientes galletas le habían hecho sentir una punzada de añoranza, pero se le pasó enseguida. Ya estaba acostumbrado, al fin y al cabo. Aquel era un sentimiento que todo guardia imperial debía aprender a controlar y a usar en su favor, pues el recuerdo de la gente querida y el hogar era una razón para luchar tan válida como el deber. 

Guardó en la caja las cartas y el puñado de galletas que habían sobrado y cogió un cuaderno viejo y algo sucio de su mochila. Siempre lo llevaba consigo, al igual que la pluma marca Dibeni  que le había regalado su abuelo años atrás, cuando había empezado a ir a la academia militar. Las hojas, con los bordes sucios y ajados, se encontraban no obstante impolutas en el resto de su superficie, y Jean había ocupado casi todas con bocetos, apuntes y anotaciones. Tenía cuatro o cinco cuadernos más como aquel entre sus pertencias, todos ellos llenos de garabatos, dibujos esquemáticos y rememoraciones de sus, muy a su pesar, abundantes vivencias durante sus casi diez años de servicio en la Guardia Imperial.

Pasó una página llena de bocetos de edificaciones y estatuas que había hecho en Lachrima y se apoyó el cuaderno en las rodillas. Las ideas no le llegaron de inmediato. El secretismo en el que se veía envuelta su actual ocupación era tal que no podía decir prácticamente nada de ella sin que fuera censurado previamente. Se dio unos golpecitos en la barbilla con la pluma, pensando.

- Querida Helena- Empezó a decir en voz alta, con tono burlón- Estoy bien, y también os echo de menos. De momento todo está tranquilo aquí. De momento, porque en cuanto lleguemos a nuestro destino todo empezará a ir de mal en peor, y cualquier lho que me fume nada más pisar Gharam puede ser el último. Ahora trabajo para un inquisidor. La paga está bien, pero el plus de peligrosidad es un chiste...especialmente porque no hay. Casi me matan en Lachrima unos mercenarios, y poco después una pirata loca me reventó un pulmón mientras le tiraba los tejos a una tecnosacerdotisa que quiere ser una persona normal y corriente. Y que el Dios Emperador me proteja, te juro que tengo el presentimiento de que eso no es lo más raro que voy a ver. Postdata; las marcattas estaban cojonudas. 

Suspiró y se echó en la hamaca con la pluma entre los dientes. Era probable que aquella fuera su última carta, y no podía decir prácticamente nada que no fuera hablar sobre insulsas anécodtas de familia y preguntar por su hogar. Pensó durante unos minutos hasta quedarse dormido. 

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El nuevo nombre no estaba mal.

Nunca había visto un tenej, ni había oído hablar de ellos, pero le gustaba como sonaba. Death face apenas significaba algo para él entonces. Sus hermanos no se habían olvidado del mote, ya que para ellos era su identidad, pero habían empezado a llamarle Tenej con cada vez más frecuencia. Al fin y al cabo, las viejas costumbres son difíciles de olvidar. 

Tampoco se había acostumbrado a la televisión que había en la sala de esparcimiento de sus barracones. Los Sables Nametherianos habían personalizado y adecuado toda la nave a sus necesidades, y a Tenej le parecía que tenían demasiadas comodidades. Sin embargo, algunos de los soldados de su compañía se habían buscado unos asientos libres frente al televisor para echar un vistazo, movidos por la curiosidad. Habían encontrado varios discos de datos con docenas de capítulos de una serie de humor ogygiana, pero no comprendieron los chistes. Es más, les costó incluso discernir entre diálogos normales y chistes. Acabaron poniendo un documental propagandístico.

No le pareció que estuviera del todo mal. Lo había realizado Drastinne Avora, una famosa periodista militar salerita, y se titulaba ¿Por qué luchas?. En el documental entrevistaba a multitud de guardias imperiales, preguntándoles sobre sus motivaciones y lo que pensaban de su deber. Como era de esperar, las respuestas no variaron mucho de un indivuo a otro. Avora había filmado a los guardias imperiales en las trincheras o en los campamentos. A un par incluso los entrevistó en la cantina. El documental lo abría un sonriente soldado skiano, rubio y jovial, frente a una colosal nave de transporte de tropas que estaba a punto de despegar. Avora le había preguntado quién era, y el muchacho, exibiendo una sonrisa que había sido ensayada con anterioridad, exclamó; <<¡Mi nombre es Tharon Verna, y soy un guardia imperial!>>  

Labia, uno de los soldados therianos que estaba viendo el documental, ahogó una carcajada y se burló de Avora, alegando que se notaba demasiado que lo había ensayado previamente con el chico. Siete, uno de sus compañeros, se burló a su vez de él por escéptico, y discutieron un rato hasta que Fémur, otro clon theriano, les mandó callar. Aunque físicamente casi idénticos, todos los clones therianos tenían una personalidad más o menos diferente.

Continuaron discutiendo sobre el documental, que ya había perdido toda la gracia, hasta que tres hombres entraron en la sala. Eran individuos fornidos, cubiertos de cicatrices y tatuajes y vestidos con pantalones de combate negros y camisetas azules. Estampada en éstas, una calavera sobre sendos sables cruzados. Los therianos los reconocieron inmediamente como mercenarios de los Sables Nametherianos. Tenej y sus hermanos los tacharon de bravucones nada más ver sus expresiones.

El que iba a la cabeza fue el primero en hablar. No era tan alto como los otros dos, pero su voz tenía una autoridad incuestionable. 

- ¿A los clones os entrenaron con esa mierda propagandística?

Los therianos se miraron entre ellos. Labia habló por el grupo, como siempre.

- Los vídeos que se nos mostraron fueron muestras de combates reales y holo-reproducciones de adiestramiento. De enseñarnos la palabra del Emperador se encargaron los sacerdotes. 

Al ver que su puya no había surtido efecto alguno, el mercenario miró a sus compañeros y se encogió de hombros. Volvió a la carga

- ¿Y cómo funcionáis? ¿Se os ordena algo y lo cumplís?

- Como los servidores- Gruñó otro. Rieron los tres.

- El libre albedrío no es ajeno a nuestra creación- Prosiguió Labia, sin mostrarse ofendido. Sabía que así los desconcertaría- Nuestro deber es cumplir órdenes, pero un buen soldado también debe saber pensar por sí mismo.

De nuevo aquella mueca. Tenej no sabía si era desprecio o irritación. No entendió por qué los mercenarios estaban ahí, ni comprendía sus intenciones.

- ¿Tienes respuestas para todo?- Preguntó amenazadoramente uno de los sables nametherianos, avanzando unos pasos. Los otros dos le siguieron.

Entonces todos los therianos se levantaron al unísono. Casi una docena de hombres altos y fuertes, vestidos con monos militares negros y ajustados. Los mercenarios dejaron de avanzar, pero no se amedrentaron.

- Para empezar, no deberíais estar en nuestros barracones- Siseó Siete. 

- No sois más que pasajeros en nuestra nave- Gruñó el que había hablado primero- Unos pasajeros no deseados. 

Imán, uno de los clones, dio unos pasos hacia adelante. Su pie mecánico repiqueteó sobre el suelo. Se encaró con el mercenario.

- Igual deberíamos resolverlo a la vieja usanza. 

La pelea hubiera estallado al instante de no ser por Labia, que se interpuso entre ellos.

- Todos estamos en el mismo bando, ¿De acuerdo?- Exclamó. Después se dirigió a los sables nametherianos- Servimos a la misma persona. No tenemos intención alguna de molestar y no hemos elegido vuestra fragata. Así que, por favor, sugie...

No acabó. El mercenario le rompió la nariz de un puñetazo y se desató el infierno. Imán se abalanzó sobre el sable nametheriano que se le había encarado, y Siete le dio una patada en el esternón a otro. Fémur fue derribado por un gancho, pero Tenej se encargó de devolver el golpe por él. 

<<Bienvenido a la Guardia Imperial>> No había podido evitar pensar Tenej, recordando una de las primeras frases que había oído después de abandonar Theris. La pelea siguió creciendo a medida que mercenarios y clones se unían para defender a sus compañeros.

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- Ea- Petra dio una palmada en la espalda de su paciente- Ya puedes vestirte.

Se dio la vuelta para quitarse los guantes quirúrgicos y tirarlos a la papelera metálica que estaba junto a la camilla. Guardó las muestras de sangre en la cámara de estasis y cogió un frasco de pastillas de uno de los armarios. Se lo tendió mientras se encendía una vara de lho. 

- Tómalas si te encuentras mal. Los saltos disformes suelen causar diversos efectos en mucha gente- Advirtió cuando Mara cogió el frasco de medicamentos.

- Gracias- Musitó ella mientras lo guardaba en uno de los grandes bolsillos de su pantalón de combate negro, que acababa de ponerse. 

Petra había notado un gran cansancio en la muchacha desde el primer momento en el que había entrado en la sala médica. Habían pasado apenas dos meses desde que partieron de Lachrima, y sus heridas habían sanado. Aún así, el inquisidor Hankak había ordenado a Petra que la controlara y evaluase su recuperación. Mara había sufrido una seria herida en la cabeza que le había dejado una profunda cicatriz en la sien derecha. Ella lo disimulaba rapándose el lado derecho de la cabeza, pero aún así podía notarse la larga cicatriz, donde no crecía cabello. 

Sin embargo la cicatriz y su sanación no era la mayor preocupación de Petra. Mara había sufrido una amnesia casi total a raíz de aquella herida, y se hallaba desorientada en un mundo prácticamente nuevo para ella. Petra llevaba tiempo preguntándose si la joven podría llegar a adaptarse en algún momento a su nueva vida.

Mara había acabado de vestirse. Se puso una cazadora de cuero negro con grandes hebillas y abundantes correajes sobre su camiseta de tirantes roja y se subió el cuello de la prenda hasta la nariz. Se rascó la mano derecha nerviosamente cuando se dio cuenta de que Petra estaba con mirada ausente. 

- ¿Hay algún problema?- Dijo con voz cansada y ronca.

Petra parpadeó cuando Mara la sacó de sus pensamientos. Negó con la cabeza.

- No, tranquila. 

- ¿Puede decirme algo del examen médico?

- No mucho. Tengo que examinar las radiografías y las muestras de sangre para poder profundizar, pero de momento parece que físicamente estás en un estado óptimo- Dio una calada a su vara de lho y observó durante un segundo cómo el humo trazaba caprichosas formas al salir de su boca- ¿Frecuentas el gimnasio?

- Y el pugnatorium- Asintió ella- Me ayuda a mantenerme distraída. Tampoco es que tenga otras cosas que hacer aquí.

- ¿No mantienes relación con nadie?

- Apenas hablo con alguien que no sea usted- Negó ella, sacudiendo lentamente la cabeza- No me veo con fuerzas. Tampoco creo que lo necesite.

Petra asintió, reclinándose en su asiento y dando otra calada al lho. Aquel sentimiento de desorientación y la pérdida de memoria habían alejado a Mara del resto de personas. Simplemente no quería acercarse a nadie que no fuera la hermana hospitalaria, y aún así se mostraba nerviosa y, en ocasiones, incómoda, con ella. 

- He notado que hueles un poco a batto- Inquirió de nuevo.

- Me cuesta mucho conciliar el sueño- Explicó Mara, sentándose en la camilla al sentir que el cansancio la mareaba- El batto me ayuda a dormir. A veces hasta incluso sueño. 

Efectos colaterales de haber perdido la memoria. Petra lo sabía bien, había atendido a varios pacientes con los mismso síntomas allá en Losnya, antes de que el inquisidor la reclutara. El batto era una droga, un opiáceo bastante común que relajaba e incluso era capaz de crear alucinaciones audutivas y visuales. Su abuso podía incurrir en problemas mentales, por lo que Petra no quería dejar que Mara siguiera consumiéndolo. 

- Puedo recetarte tranquilizantes. Sólo tenías que habérmelo pedido- Rebuscó en uno de los armarios y sacó una pequeña caja de pastillas. Se la entregó- No sigas con el batto.

Mara asintió y guardó los tranquilizantes junto al frasco de pastillas. Petra no pudo evitar fijarse en las oscuras ojeras que colgaban de sus ojos. Mara siempre había sido una muchacha guapa desde que la hermana hospitalaria la conocía; de piel pálida y limpia, los ojos de un atractivo azul eléctrico y el cabello liso y negro, brillante. Las ojeras, así como otros signos de cansancio, estaban echando a perder aquella belleza. Incluso sus ojos estaban afectados, pues las pupilas estaban muy dilatadas por los efectos del batto. Petra había notado que Mara se tapaba los ojos y los entrecerraba cuando miraba sin querer a una de las lámparas del techo y que tenía tics nerviosos. A la hermana hospitalaria le daba verdadera pena ver así a la joven. 

- ¿Puedo irme ya? La luz me está haciendo daño en los ojos- Dijo de repente Mara.

- Sí, vete si quieres- Mientras ella se levantaba y se disponía a abrir la puerta, Petra la detuvo carraspeando- Tengo entendido que eras cercana a la teniente Salazar, la oficial de seguridad del capitán Targon. Te vendría bien pasar algo de tiempo con una persona en lugar de con el batto. Hazme caso.

Ella frunció el ceño, haciendo un esfuerzo por recordar. Nada. Negó con la cabeza.

- No caigo.

- Pregunta a alguien.

Mara asintió y salió de la sala médica. Petra oyó cómo una voz masculina la saludaba, aunque no obtuvo respuesta alguna. Poco después el arbitrador Drusus Briannis apareció bajo la puerta. Drusus era un hombre enorme y musculoso, con la cabeza rapada y unos rasgos duros surcados de abundantes cicatrices. Sin embargo, su mirada era cálida y agradable, y distaba mucho de resultar amenazador. La mandíbula protésica que le habían implantado un par de meses atrás en sustitución de la anterior era de excelente calidad, y apenas se notaba que era un reemplazo biónico. A Petra le encantaba su rostro real, ya libre de la antigua y robusta mandíbula metálica.

Drusus dio un par de golpecitos con los nudillos en la puerta metálica antes de entrar y saludó a Petra con una sonrisa. El gesto fue algo extraño, pues el hombre aún estaba acostumbrándose a su nuevo implante y a los labios artificiales. Petra correspondió a su saludo y sacó una placa de datos de su escritorio mientras él se acercaba.

- Acabo de ver a Mara. No tiene buen aspecto.

- Secuelas de su herida. Le cuesta conciliar el sueño, y la amnesia es más fuerte de lo que había calculado- Explicó la hermana hospitalaria, acabando su vara de Iho- Hago lo que puedo por ella, pero prefiero no inmiscuirme demasiado en su nueva vida. Tiene que desenvolverse por sí misma o luego no podrá.

Drusus asintió y se sentó a su lado.

- ¿Te preocupa?

- Claro. Es mi paciente- Advirtió que Drusus la miraba fijamente y chasqueó la lengua, encogiéndose de hombros- Y, bueno, me da algo de pena. Es muy joven y ha pasado por mucho. No se merece enfrentarse a su futuro estando confusa, desorientada y aquejada de insomnio. 

- Entonces más le vale superarlo antes de que sea demasiado tarde. Nuestra siguiente tarea no será un juego de niños. 

Petra soltó una seca carcajada sin humor alguno.

- No me digas.

- Da igual- Se encogió de hombros el arbitrador y se fijó en la placa de datos que ella tenía en sus manos- ¿Estás leyendo su perfil médico?

La hermana hospitalaria negó con la cabeza y volvió su mirada al aparato.

- No. Es el informe médico de Tenej. Es muy interesante.

- ¿Tenej? ¿El clon, quieres decir?

- El clon- Asintió ella- Pero eso es muy frío, y por lo que he visto no son menos humanos que tú o que yo. No le llames así.

- Nunca recuerdo el nombre que le has puesto- Se defendió Drusus- Podrías haberle puesto un nombre normal.

Ella le miró por el rabillo del ojo con una sonrisita y se encogió de hombros. Después le tendió la placa de datos.

- Fíjate bien. Su densidad ósea y muscular es superior a la de los otros therianos, incluso de aquellos que se ejercitan más. Qué demonios, es superior a la tuya incluso- Petra fue señálándole fragmentos del informe a medida que iba hablando- También parece ser que sus músculos y huesos están reforzados con algún tipo de implante o tratamiento químico, y su tiempo de reacción es formidable. 

- ¿Y todo esto por qué?- Cortó él sin querer, interesado.

- En algún punto del informe señala brevemente que Tenej fue usado como sujeto de pruebas para una cirugía experimental junto a otros therianos durante su etapa infantil- Explicó Petra- Presenta más aspectos inusuales, pero aún estoy estudiándolos, no quiero preguntar directamente. 

- Trono- Se asombró el arbitrador mientras revisaba el informe médico- Este tipo es un súper soldado. Nada de cirugías habituales, a Tej...Tenj...da igual, le han convertido en un súper soldado.

- ¿Un Astartes?- Preguntó con una sonrisa pícara Petra, burlándose de él. Por supuesto que sabía que era un súper soldado. 

- Por supuesto que no- Respondió él sin inmutarse- Pero no puede estar muy lejos de ser uno. Es impresionante.

Petra recuperó la placa de datos y volvió a estudiarla. Era extremadamente interesante. Pensó que quizá debía hablar con Tenej en privado cuando tuviera un respiro. Indicó a Drusus que se tumbara sobre la camilla y se deshiciera de su camiseta mientras sacaba su instrumental médico. El arbitrador obedeció sin protesta.

- Bueno, basta de charla. Vamos a ver qué tal estás, Drusus.

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El gyrinx era un animal formidable.

Luranne se lo había entregado de parte de su señora, Lucilla Tiralde, y el felino había mostrado de inmediato interés por el inquisidor. Casi dos meses después, ambos habían formado un estrecho vínculo que había resultado ser más beneficioso de lo esperado. En compañía del animal, Hankak notaba su mente más lúcida y viva, revitalizada por las habilidades psíquicas del gyrinx. Aquello le había permitido estudiar y examinar manuscritos y diversas fuentes de información con mayor rapidez, acelerando el estudio que había estado llevando a cabo durante el viaje. 

No hubo un momento de respiro en todo el viaje. Las horas de estudio e investigación sucedían a las sesiones de entrenamiento con sus acólitos y a las reuniones informativas en las que dosificaba los datos para preparar a su séquito de cara a su siguiente misión. En realidad su siguiente destino tenía un doble objetivo; ir en busca del presunto hereje Thurr e investigar sobre la existencia de un artefacto que probablemente éste último estaría buscando.

La información sobre este artefacto era más bien escasa, y difícil de encontrar. Hankak no había averiguado mucho a pesar de las horas que había invertido en la investigación. El gyrinx había resultado vital para mantener su mente clara y fresca, pero aún así había habido momentos en los que la frustración había sido tan apabullante que el inquisidor se había visto obligado a abandonar la biblioteca y encerrarse en el pugnatorium para desconectar. 

Adrienne le había preguntado finalmente sobre el artefacto al penúltimo día del trayecto. Apenas habían tenido tiempo para ponerse al día y estar juntos, por lo que la vetalita decidió ayudarle en su investigación. A pesar de la reticencia de Hankak, la ayuda que Adrienne podía proporcionarle era inestimable, y resultó ser extremadamente útil a la hora de revisar volúmenes con rapidez en busca de datos específicos. El inquisidor no había dado mucha información sobre el artefacto, eludiendo las preguntas de Adrienne, pero la artesana vetalita era persistente, y acabó logrando las respuestas que buscaba. 

- Parece ser un arma de algún tipo- Empezó a explicar Hankak, mostrándole sus notas y bocetos- Las descripciones son vagas y contradictorias, pero todas coinciden en que el artefacto es de origen xeno. Holde Mus defiende que es eldar, pero en los libros de Ordek Tenaan y otros tantos se dice que sus creadores son desconocidos. Una raza alienígena extinta o desaparecida parece la opción más probable.

- Y el hereje va en su busca- Dedujo Adrienne rápidamente.

- Exactamente.

- ¿Y si todo resulta ser sólo una leyenda?

Hankak se encogió de hombros. Ya se había planteado aquella posibilidad varias veces.

- En Gharam hay gente. Gente que Thurr puede corromper. Aunque lo del artefacto sea una mera leyenda y no encuentre nada, puede hacer mucho mal si alcanza una ciudad estado. Por eso mismo tenemos que encontrarle y darle caza lo antes posible. 

Ella asintió. Aquella era una posbilidad verdaderamente aterradora. Lo impredecible del desenlace de aquella misión la abrumó durante un instante, y tuvo un escalofrío. No tardó mucho en recomponerse y retomar su batería de preguntas. 

- Entonces, ¿Qué tiene de especial? Imagino que Thurr puede conseguir cualquier arma que desee con su autorización inquisitorial. Ese artefacto debe tener algo único.

- Por supuesto- Hankak señaló un barullo de esquemas y notas en uno de sus cuadernos. Adrienne no entendió nada- Aquí los datos son mucho más contradictorios y hay multitud de exageraciones. No puedo saber qué es con precisión, porque la poca información que hay va desde armas tangibles a energías místicas...y un montón de barbaridades que algún borracho se inventó en el punto álgido de su ebriedad. 

- Es decir, que vamos a ciegas. 

Hankak sonrió y cerró el cuaderno mientras acariciaba al gyrinx detrás de las orejas, haciendo que el animal ronroneara. 

- ¿Y cuándo no?

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Los preparativos se iniciaron en cuanto el Alfanje entró en el sistema Gharam. 

En el hangar siete de la fragata, el inquisidor Hankak había reunido a su equipo para descender lo antes posible a su objetivo. La comandante Luggae también había acudido al hangar, acompañada de su subalterno, el capitán Igni, y una pequeña comitiva de su personal de mando. Hankak le había dado órdenes específicas de mantenerse a la espera para desplegarse en Gharam lo más rápido posible una vez él hubiera dado la señal. Luggae había ordenado de inmediato a Igni que preparase a la compañía y a sus transportes, a lo que el clon había respondido con un saludo militar antes de alejarse a paso ligero.

- ¿Sabemos a lo que nos enfrentamos?- Preguntó la comandante a Hankak tras ordenar a sus consejeros tácticos que se retirasen junto al capitán.

- No. Ni siquiera estoy seguro de que tengamos que enfrentarnos a algo- Respondió el inquisidor mientras se ceñía las correas de su traje de supervivencia- Pero en el caso de que la situación se nos vaya de las manos, necesitaré a toda su compañía lo antes posible.

Luggae se llevó una mano al pecho en señal de promesa. 

- La tendrá con la mayor celeridad que pueda imaginarse. 

- Excelente- Le tendió una mano enfundada en un guantelete blindado y sellado- Deséenos suerte.

Ella miró la mano del inquisidor durante un segundo, reticente, y después la estrechó con un asentimiento. Acto seguido, echó a andar tras sus hombres, impartiendo órdenes precisas y breves a través de su enlace vox personal.

Hankak recogió del suelo el robusto casco de su traje de supervivencia y convocó a su equipo frente al portón de acceso trasero de su lanzadera. Los acólitos, que habían estado hablando entre ellos mientras terminaban de ponerse sus trajes de supervivencia, se reunieron en torno al inquisidor. 

Petra se aseguró de pasar junto a Mara y comprobó con todo el disimulo del que fue capaz que no oliera a batto. El olor de la droga no había desaparecido del todo, pues era muy fuerte, pero todo indicaba que llevaba bastante tiempo sin fumar una sola unidad de batto. Mara se volvió, apartándose. 

- No me huelas- Masculló, arrastrando las palabras.

Aquello era una buena señal, irónicamente. El batto generaba cierta dependencia, y su carencia en alguien habituado a él provocaba insomnio e irritabilidad. Tanto las ojeras como el mal humor de la chica le confirmaron de inmediato a la hermana hospitalaria que Mara había seguido su consejo y dejado el batto. Asintió y se alejó a su vez, no había necesidad de molestarla.

Se fijó un poco más en ella. Aquella armadura parecía demasiado grande para Mara, aunque estuviera ajustada a su medida. Su cabeza parecía demasiado pequeña en comparación con las sólidas placas y el grueso traje, que le daba cierta apariencia masculina. Sacudió lentamente la cabeza, apenada, y clavó la vista en Drusus, que estaba a su lado. Con el traje de supervivencia, presentaba un aspecto imponente y casi amenazador gracias a su tamaño. Advirtió que el skiano le estaba mirando con el ceño fruncido y gesto impresionado. 

- Cojones, Drusus, pareces un Marine Espacial- Silbó, con el casco de su traje de supervivencia bajo el brazo- No vas a caber en la lanzadera.

- Los Marines Espaciales no existen- Afirmó rotundamente Tenej. Su voz tomó un matiz extraño al ser emitida por el altavoz de su casco- No son más que mitos. Si fueran reales, el Imperio ya no tendría enemigos.

- ¿Cómo que no? Yo estoy viendo dos ahora mismo.

Con sus armaduras, tanto Tenej como Drusus parecían más altos y robustos de lo que ya eran. El inquisidor se había asegurado de conseguir varios trajes de supervivencia Saleris M40 para su equipo, ya que Gharam era un mundo muerto con una atmósfera tóxica y unas condiciones hostiles para la vida humana. La peculiaridad de aquellos trajes era que estaban hechos con tejido reforzado y contaban con resistentes placas de ceramita y plastiacero, pues estaban diseñados para el combate. Hankak sospechaba que aquella protección adicional les sería de utilidad más pronto que tarde. 

- Drusus es un Astartes, dejad de discutir sobre lo evidente- Interrumpió Hankak, arrancando algunas sonrisas- Y ahora, a lo realmente importante. Partiremos hacia Gharam en breve. Intentaremos encontrar una de las ciudades-estado y aterrizar en ella.

- Sencillo- Jean se puso el casco y activó sus cierres- Entonces, ¿Para qué las armaduras?

- Porque siempre hay algo que sale horriblemente mal. Tendremos otra lanzadera con nuestra ropa y equipo en espera por si acaso necesitamos una extracción, y para abastecernos si llegamos a una ciudad-estado enteros. 

- A mí me vale- El skiano cruzó su rifle de francotirador sobre el pecho, apuntando hacia abajo- Mientras tenga algo con lo que disparar, puedo enfrentarme a lo que sea. 

Como de costumbre, Jean había acudido armado hasta los dientes. Aparte de su rifle de francotirador, cuya culata de polímero estaba unida al mango, llevaba consigo dos grandes pistolas Maverick, cada una enfundada en una carcasa rígida sujeta a las protecciones de los muslos. Sobre el peto llevaba una tercera pistola, una automática de 9mm equipada con un silenciador. También había traído consigo varias granadas y cargas tubulares

La mayor parte del resto del equipo no iba tan cargado. Petra tenía su pistola bólter enfundada en una canana de cuero, Mara se había hecho con una pistola inferno y Drusus había acudido con su bólter al hombro y un robusto cañón manual al cinto. Adrienne llevaba una pistola láser, y su sable Thressoleur estaba enfundado tras su cadera. Tenej llevaba un rifle inferno cruzado sobre el pecho y tenía una pistola láser enfundada en una carcasa rígida, además de varias granadas.

Hankak apoyó una mano en el portón de la lanzadera y subió un pie a la rampa de acceso. 

- Entonces, si todo ha quedado claro, arriba. Salimos de aquí en diez minutos. 

Capítulo uno

Desde la órbita, Gharam era una esfera grisácea surcada por auroras rojizas en diversos puntos. Desde su propia atmósfera, el paisaje no variaba mucho. Era un lugar desolado y rocoso, salpicado de cráteres y largos valles que hendían el suelo de roca como si fueran colosales grietas. No había rastro alguno de vegetación, y si Gharam poseía fauna de algún tipo, tampoco era visible. 

La lanzadera Arvus parecía un minúsculo punto en la vastedad de aquel erial, y daba la sensación de que no avanzaba en la viciada atmósfera del mundo muerto. Nubes rojizas y púrpuras flotaban lenta y pesadamente entre ondulaciones multicolor de gases atmosféricos. El horizonte era de un oxidado color amarillo, atravesado por colosales cadenas montañosas formadas por colmillos pétreos carentes de toda vegetación, y erosionados por la acción del viento y el tiempo. 

- Menuda mierda de sitio- Comentó Jean mientras miraba la pantalla de compartimento de carga, que mostraba las imágenes del exterior a través de varias cámaras colocadas por todo el casco de la Arvus- Me recuerda a Thorax.

- Le faltan las macroplantas industriales y los incendios- Coincidió Petra con un asentimiento. A través del altavoz del casco, su voz sonaba ligeramente amortiguada.

- Créeme que lo prefiero así.

La voz del Mara sonó por los altavoces del compartimento de pasajeros desde la cabina del piloto.

- ¿Buscamos algo en concreto?

- La ciudad-estado de Cynophia, a poder ser- Respondió Hankak. Estaba leyendo un tomo sobre la cultura gharamita y contestó distraídamente.

- ¿Ah, sí? Pues espero que tenga un puto cartel. Sé pilotar la nave, no orientarme en este antro post-apocalíptico.

Hankak levantó la mirada del libro frente a la malhumorada respuesta de Mara y frunció el ceño. Petra ya le había avisado de su estado, pero le sorprendió de todas formas. Nunca le había oído levantar la voz.

- Entabla comunicaciones con la próxima que veas para que podamos aterrizar- Hankak cerró el libro tras marcar la página por la que se había quedado y lo guardó en la mochila- Si no es Cynophia, repostamos, buscamos información y despegamos mañana. 

- Recibido.

Mara cerró el canal y el compartimento de pasajeros volvió al pesado silencio solamente roto por el sonido de los motores de la lanzadera. Hankak decidió acomodarse todo lo que pudo en su asiento y cerró los ojos para descansar un rato.

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- Tenemos...algo a la vista, Hankak- Avisó Mara por los altavoces.

Hankak abrió los ojos y sacudió la cabeza, confuso. Se preguntó por cuánto tiempo se había quedado dormido.

- Pásalo por la pantalla- Pidió tras carraspear para aclararse la garganta.

La pantalla del compartimento de carga pasó a mostrar una imagen del horizonte, amarillento y salpicado de roca pelada y escarpada. Pero en la lejanía se distinguía una figura que se acercaba a medida que la Arvus acortaba distancias. Al principio Hankak había pensado que se trataba de otra montaña, pero luego distinguió las luces, las antenas...y los rasgos inconfundibles de la arquitectura imperial. Sobre una plataforma de dimensiones imposibles se alzaba una ciudad colmena en toda su gloria, rodeada por la aceitosa transparencia de una pantalla de vacío.

Su sorpresa fue mayor al comprobar de que, efectivamente, y tal como había leído, la ciudad se movia. 

Bajo la plataforma, contándose por millones, un océano de robustas patas mecánicas se movía por filas, como si se tratase de un gigantesco gastrópodo de ceramita y adamantio, decorado con miles de gárgolas mecánicas en forma de águila bicéfala y con todo su desgastado caparazón recubierto de inscripciones y tallados hechos con herramientas de plasma. 

- Esa ciudad...¿Está andando?- Dijo Jean tras unos segundos. El asombro era palpable en su voz.

- Pensaba que eran leyendas- Murmuró Adrienne.

Hankak encendió el comunicador, sin dejar de mirar la pantalla. Era un espectáculo único,

- Mara, solicita permiso para aterrizar.

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- Guardad las armas y quitaos los cascos. No quiero que piensen que somos una amenaza. 

- Yo me doy con un canto en los dientes por haber llegado aquí sin problemas- Comentó Jean mientras se echaba el rifle de francotirador a la espalda.

- No entiendo este espectáculo- Replicó Adrienne- Una ciudad como ésta debe recibir vuelos a diario. ¿Vienen a recibir a todos de esta manera?

Drusus, que iba a la retaguardia del grupo junto a Tenej y Mara, algo más rezagada, negó con la cabeza.

- Debe ser porque no hemos avisado antes de nuestra llegada- Explicó- Habitualmente los vuelos están programados, pero lo nuestro ha sido completamente por sorpresa. Si estuviéramos en mi mundo, habría una alarma terrorista en mi prefectura. 

- Exactamente- Hankak se mostró de acuerdo con el Arbites mientras bajaban las escaleras de la plataforma de aterrizaje- Pero todo forma parte del plan, no os alteréis.

- Se te ha olvidado mandar el aviso antes de entrar en la atmósfera, ¿No?- Dijo Mara con voz ronca.

Hankak no respondió. Tenía su profesionalidad en demasiada alta estima como para admitir que con el ajetreo de los meses anteriores, el extenuante trabajo de investigación y otros aspectos de la misión, se le había olvidado. 

Bajaron los últimos escalones de la pasarela y se plantaron frente el comité de bienvenida que habia salido a recibirles, fuertemente armados con carabinas láser, granadas de fragmentación e incluso una pareja de servidores artillados con sendas ametralladoras gatling en lugar de brazos izquierdos. Al frente de la formación de seis hombres vestidos con uniformes de combate negros, boinas azules, grebas y corazas con hombreras de un color gris mate, estaba un hombre no demasiado alto y de hombros anchos. Estaba vestido de igual manera que los otros soldados, pero llevaba además un largo abrigo negro con bordes azules colgando sobre los hombros. Esperaba erguido, con la barbilla ligeramente alzada y las manos cogidos a la espalda. 

- Bienvenidos, extranjeros, a Cynophia- Saludó sin moverse. Su tono era sereno y altivo, aunque no entrañaba amenaza alguna. De aquello se ocupaban los seis hombres y los dos servidores que tenía tras de sí- Como se habrán imaginado, su inesperada llegada ha alertado a nuestro departamento de seguridad, por lo que nos hemos visto forzados a...recibirles de esta manera. Si son tan amables, deben mostrarme sus identificaciones y explicarme el motivo de su llegada. Les advierto de que si intentan cualquier cosa, estos caballeros que tengo a mi espalda los derribarán antes de que se den cuenta.

La amenaza se quedó flotando el aire mientras los acólitos se miraban entre ellos. Petra le dedicó un gesto de reproche a Jean al ver que se llevaba las manos a las cachas de sus pistolas. Mara tosió disimuladamente, nerviosa, y apoyó la mano derecha sobre el mango de su pistola inferno, enfundada en una carcasa rígida. Hankak dio un paso adelante, adoptando una postura altanera y elegante, lo que casi sorprendió más a su equipo que la presencia de los soldados. Tuvo que hacer esfuerzos por contener una sonrisa al saber que realmente habían llegado a su destino.

- Soy Tercio Van Skaas Tiralde, tercer hijo de la familia Tiralde- El inquisidor alzó la voz, imprimiéndole un tono distinguido y orgulloso.

Hankak estaba orgulloso de su actuación. Había sido realmente convincente. Si aquel hombre sabía lo que le convenía, se iría con sus hombres por donde había llegado. Cualquier ciudadano nametheriano con la suficiente cultura general conocía a la familia Tiralde de comerciantes independientes, la más famosa, rica y poderosa del sector. Actuar bajo aquella identidad en lugar de la suya propia le ahorraría mucho trabajo en Cynophia.

Sin embargo, el hombre no parecía sorprendido en lo más mínimo.

- Vaya, vaya, Lord Tiralde. Pensé que había llegado hace tres días- A sus espaldas, los soldados levantaron las carabinas láser. Las ametralladoras de los servidores empezaron a girar- Qué mala suerte, ¿Eh, malnacido?

Hankak torció el gesto. No se inmutó al oír cómo sus acólitos desenfundaban sus armas. No contaba, ni remotamente, con la posibilidad de que Skaas estuviera en Gharam. Y mucho menos en la puñetera Cynophia. 

<<A la mierda>>

Avanzó hacia el oficial de seguridad, que desenfundó una pistola láser con rapidez. Le apuntó a la cabeza con ella justo en el mismo instante en el que Hankak le ponía la roseta inquisitorial en las narices. El oficial empezó a bajar el arma lentamente, y retrocedió un par de pasos. 

- ¿Qué significa esto?- Preguntó, alarmado. 

- Inquisidor Hankak, Ordo Xenos. Deme su nombre, rango, y explíqueme dónde está Skaas Tiralde. 

El oficial tragó saliva y guardó el arma, haciendo gestos a sus hombres para que bajasen las carabinas. Los servidores desactivaron las ametralladoras. 

- Me temo que esa información es confidencial, inquisidor- Respondió.

Hankak desenfundó su pistola bólter y se la pegó a la frente.

- No te he oído. Dime dónde está Skaas Tiralde y qué le trae a Gharam- Retiró el seguró del arma con un chasquido metálico- Y más te vale elegir tus próximas palabras con excesivo cuidado.

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Skaas Tiralde estaba sentado sobre una barandilla de la cápsula de observación trece-C, a las afueras de los niveles centrales de Cynophia. El lugar, un pequeño edificio esférico construido con ferrocristal, mostraba el desolado panorama de Gharam, que cambiaba lentamente a medida que la ciudad se movía. 

No se inmutó cuando notó el cañón de una pistola contra su nuca.

- Dónde están los xenos, Skaas.

El comerciante independiente levantó las manos lentamente. Entre los dedos de su mano derecha sobresalía una vara de lho humeante. Hankak arrugó la nariz al percibir el intenso olor del narcótico.

- No sé de qué me hablas- Respondió Skaas tras expulsar el humo que había estado reteniendo.

- Oh, sí que lo sabes, cabrón.

El comerciante independiente se encogió de hombros y soltó una risita por lo bajo.

- Eres un mamón, Drasto- Dijo, entre risitas- Deja de tocarme los cojones y baja esa pistola.

Hankak se sentó a su lado. Estaba vestido con su ropa habitual; una coraza y sendos brazales grises, unos pantalones de combate negros y un par de robustas botas de combate. La pistola bólter estaba guardada en una funda de cuero reforzado. No la había sacado desde que había ``hablado`` con el oficial de seguridad gharamita.

- ¿Qué pistola?

Skaas se le quedó mirando durante un par de segundos y luego hizo un gesto con la mano.

- Deja de tomarme el pelo.

- Sí, será eso- Hankak esbozó una sonrisa divertida- ¿No será que te has pasado con el lho?

Skaas le miró por el rabillo del ojo y sonrió a su vez. Extrajo una vara de lho de la cajetilla metálica que guardaba en el bolsillo de su guerrera y se lo tendió a Hankak. Él lo miró con el ceño fruncido, pero acabó aceptando.

- Ya sabes que no suelo tontear con estas mierdas- Mordió la boquilla y encendió la varilla con su pistola de chispa-mechero - Tengo decencia.

Skaas rió secamente frente a la pulla y le dio una calada a su vara de lho. Era un hombre de apariencia joven, aunque se debía al tratamiento juvenant. En realidad tenía sesenta y tres años estándar. Era alto y de figura esbelta, pero los músculos artificiales implantados en su propia musculatura le hacían parecer algo más robusto. De piel pálida y cabello rubio blanco rapado por los costados y peinado hacia un lado, era un hombre atractivo a los ojos de la mayoría de la gente. A pesar de su posición y poder, prefería vestir ropas sencillas para pasar desapercibido cuando se encontraba fuera de su nave. En aquellos momentos iba ataviado con una guerrrera gris del ejército laxiano, con los parches de la famosa 52ª división de infantería, una camiseta de tirantes caqui y unos pantalones de combate negros con rodilleras integradas. Sus botas tenían un refuerzo de antifrag en su dorso.

- ¿Cuánto tiempo desde la última vez, Drasto?- La pregunta surgió de su boca junto a un anillo de humo aromático.

Él se encogió de hombros y flexionó la rodilla para apoyar la bota contra el grueso cristal del observatorio.

- ¿Dos, tres años?

- Sigues con la misma cara de gilipollas.

Hankak sonrió y le dio un suave puñetazo en el hombro.

- En serio. Deberías dejar esta mierda- Dio una calada a su vara de lho y sintió cómo el humo le ardía en la garganta y el pecho antes de expulsarlo. La cabeza le dio vueltas durante un instante- ¿Qué haces en Gharam, Skaas? Pensaba que estabas por el Frente Latherano.

Skaas exhaló otro anillo de humo y observó distraído el erial a través del cristal.

- Encontré un manuscrito sobre cierto artefacto que se encuentra aquí. Probablemente sea sólo una leyenda, pero al fin y al cabo tampoco estaba haciendo mucho negocio en el Frente Latherano- Rió entre dientes- No sé, no me pareció que fuera a perder nada.

El inquisidor frunció el ceño y miró a su viejo amigo. Aquello era realmente inesperado, pero por otro lado podría contar con la ayuda del comerciante independiente para localizar el artefacto. No le importaba que él se lo llevara siempre y cuando no cayera en las garras de Thurr.

- Qué coincidencia. ¿Una clase de arma, quizá?- Inquirió para asegurarse.

- También vas detrás de ella, ¿No?

Hankak se encogió de hombros.

- Asuntos de la Inquisición- Se limitó a responder.

- Desembucha, Drasto. Sabes que así no te voy a ayudar.

- Siempre puedo obligarte- Replicó el inquisidor, alzando una ceja.

- Siempre puedes intentarlo.

Sonrieron al mismo tiempo. Se habían conocido cuando Hankak era el confesor de su predecesor, Preto. Skaas había ofrecido su nave para transportale a él y a su séquito, y no tardó en trabar amistad con el joven confesor. Desde entonces se habían visto de cuando en cuando, cada uno siguiendo sus propios intereses, que por acción de la casualidad se habían cruzado. 

Skaas fue a decir algo, cuando se calló de repente. Le hizo un gesto a Hankak para que guardara silencio, al ver que iba a preguntarle qué pasaba. Un segundo después, Hankak también escuchó los chasquidos metálicos que sonaban tras la puerta del observatorio. Reconoció aquel sonido de inmediato.

Era el sonido de una bala entrando en la recámara de un arma de fuego.

- ¡Al suelo, joder!- Chilló Skaas en un susurro, agarrando del hombro al inquisidor y lanzándose detrás de un banco.

Hankak golpeó el suelo con el hombro con fuerza, haciéndose daño. La vara de lho se le cayó de la boca y rodó por el suelo, apagándose y liberando su aroma dulzón por toda la estancia.

Un instante después, alguien derribaba la puerta de una patada. Las bisagras salieron despedidas y chocaron contra el suelo y el cristal del obseratorio, tintineando. Alguien entró en la cápsula de observación con paso rápido y coordinado, propio de alguien entrenado para luchar. Hankak calculó que se trataba de tres individuos.

Miró a Skaas. Su amigo había desenfundado una pistola de plasma que guardaba en una funda sobaquera, oculta por la guerrera. Le miró a su vez y asintió. La pistola de plasma se encendió con un zumbido, y el convertidor de plasma empezó a brillar tenuemente, despidiendo un calor que hizo que el aire a su alrededor ondulase. Hankak devolvió el asentimiento y sacó su pistola bólter, una sencilla modelo Ceres de cargador recto y con alzas de ragalita verde fosforescente.

Se asomaron a la vez, Hankak por un costado del banco y Skaas sobre él, poniéndose de rodillas. El comerciante independiente centró a uno de los intrusos en la mira de hierro de su arma. Iban vestidos con ropa de calle, portando chalecos portaequipo ligeros, pistoleras de muslo y máscaras balísticas negras con una calavera carmesí pintada. Blandían pistolas automáticas con culatas, empuñaduras y miras láser. Los cañones tenían enroscados silenciadores negro mate, más alargados que gruesos. 

Apretó el gatillo.

Su objetivo se desmoronó con un agujero del tamaño de un puño en el pecho, justo encima del corazón. La ropa alrededor de la herida se le quemó, al igual que la carne, y ambas humeaban profusamente. El fuego de respuesta fue inmediato, y ráfagas de proyectiles de 9mm barrieron la hilera de bancos, atravesándolos y abriendo agujeros en ellos, partiendo algunos y haciendo volar nubes de astillas por doquier. La pistola bólter de Hankak soltó un estampido y el proyectil explosivo creó un pequeño cráter en la pared, a dos centímetros de la cabeza de uno de los atacantes. Las esquirlas de rococemento se le clavaron en la espalda y el cuello, arrancándole un grito de dolor.

- ¡Afina esa puntería!- Le reprendió al inquisidor mientras se cubría tras el banco.

- ¡No deberías haberme ofrecido lho!- Se defendió él, disparando de nuevo y reduciendo a astillas el reespaldo de un banco. El hombre que se cubría tras él rodó a un lado para desaparecer de su campo de visión.

Hankak se deslizó por el lateral del banco, avanzando agachado tras los otros que había detrás. En la fila de enfrente, vio cómo uno de los asesinos se asomaba por un banco con la culata de su arma al hombro. Antes de que apretase el gatillo, Hankak abrió fuego, errando de nuevo.

Pero su objetivo no falló el disparo.

El inquisidor salió propulsado hacia atrás por la fuerza de la ráfaga y se golpeó la espalda y la cabeza contra la pared que tenía detrás. Se dio cuenta de que tenía los ojos cerrados y los abrió trabajosamente. El pecho le dolía en el punto en el que las balas habían impactado en su coraza. Intentó localizar su pistola, pero estaba en el suelo, lejos de él. Antes de que pudiera gatear para cogerla, vio a una figura alzarse sobre él, saltando por encima del banco tras el que se había cubierto. El asesino era tremendamente rápido, y ágil.

Le encaraba con su arma, y Hankak vio cómo su dedo índice se flexionaba, presionando el gatillo. Se lanzó a un lado patéticamente...mientras su brazo izquierdo cambiaba de forma. Su mano desapareció bajo su antebrazo, y en su lugar apareció un cañón estriado que restalló varias veces con gran estrépito. El hombre recibió un disparo en el abdomen y otro en el pecho antes de morir. El tercero le dio en un costado del cuello y los dos siguientes le partieron el hombro. Su cadáver se dio de bruces contra la pared, dejando una mancha de sangre en ella.

Rodó para coger su pistola bólter mientras su miembro biónico volvía a su forma habitual, y entonces oyó a Skaar gritar.

- ¡Se escapa, Drasto!

El inquisidor se puso en pie justo a tiempo para ver al tercer asesino salir corriendo del observatorio, no sin antes dejar caer un pequeño objeto que rebotó contra el suelo. Era una especie de esfera metálica, que empezó a botar y a rebotar contra las paredes y el techo...lanzando ráfagas láser por toda la estancia. Varios bancos resultaron atravesados e incendiados por las descargas de energía crepitante, que obligaron a Hankak y a Skaas a echarse cuerpo a tierra mientras aquel objeto seguía en funcionamiento. 

La tormenta láser duró exactamente dos segundos y medio, y entonces el dispositivo estalló en un estampido sónico que los aturdió y desorientó, aunque se levantaron, si bien trabajosamente.

- ¡Qué cojones ha sido eso!- Exclamó Hankak, sacudiendo la cabeza con fuerza.

- Un saltador- Respondió Skaas, enfundando su temible arma, aún caliente- Pero es tecnología latherana. Sean quienes sean estos cabrones, tienen contactos.

- Da igual, hay que encontrar al que se ha escapado- Hankak echó a correr hacia la salida, pero Skaas lo detuvo.

- Estoy seguro de que eran asesinos profesionales, Drasto. A estos no hay quién los encuentre una vez escapan.

El inquisidor gruñó y apretó los puños con impotencia. Una idea surgió rápidamente en su mente. Thurr debía haber enviado a aquellos asesinos tras Skaas al enterarse de que iba en la busca del mismo artefacto que él. O eso, o iban tras él. Ninguna opción era buena.

- Creo que me debes una explicación, Drasto- Skaas tecleó algo en una pequeña placa de datos y la guardó en un bolsillo de su guerrera- No tengo enemigos aquí ni nadie ajeno a mi tripulación que sepa que soy realmente yo. Yo no era su objetivo, de eso estoy seguro.

Hankak se había acercado a uno de los cadáveres para examinarlos, pero carecían de cualquier tipo de identificación, y tanto sus manos como sus rostros se estaban derritiendo por la acción de algún tipo de ácido. Imposible averigüar nada de ellos. Se volvió hacia Skaas.

- Prepárate, porque esto es largo.

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Dos de los subordinados de confianza de Skaas habían ido a recogerles en un aerodeslizador negro y muy llamativo, que desprendía opulencia. 

El conductor era un atagradano llamado Dim Nooslet, un hombre grande y musculoso vestido con una armadura de caparazón gris completa con cartucheras y portaequipos integrados sobre un uniforme de combate negro. Era de rostro marcado y apuesto, con una barba rubia recortada y unos vivos ojos anaranjados. Llevaba la cabeza cubierta por una bandana roja y un sombrero de vaquero tradicional atagradano. Su compañera, una mujer unkai enfundada en un sencillo guante corporal ajustado color rojo oscuro, era de tez pálida y angulosa, de una belleza sutil y fría. El pelo, negro con reflejos azulados, lo llevaba recogido en sendos moños. No se presentó ni dijo su nombre en ningún momento. Skaas la había llamado Katame en una ocasión, pero Hankak no se atrevía a tomarse ese tipo de confianzas.

- O sea- Empezó Dim cuando Hankak les hubo contado todo- Que usted va tras un inquisidor herético que a su vez busca un artefacto en Gharam para...no sé. Matarnos a todos, imagino.

- Más o menos.

- ¿Y para qué lo queríamos nosotros, jefe?- Preguntó el atagradano, girando levemente la cabeza hacia Skaas, que estaba sentado detrás, junto a Hankak.

- Para ver qué es exactamente. Y luego ya veremos lo que hacemos con él- Fue su respuesta. 

- ¿Pero sabes dónde encontrarlo?- Inquirió Hankak.

- Qué va.

El inquisidor adoptó una postura pensativa. Dim dio un volatanzo mientras tanto e insultó a gritos a otro conductor. 

- Bueno- Hankak esbozó una sonrisita cargada de intención. Skaas levantó una ceja, urgiéndole a hablar- Resulta que tengo una lista de personas a las que...hacer una visita.

- Que vamos a entrar en sus casas sin permiso y con armas en las manos, vamos- Aventuró el comerciante independiente- Como en los viejos tiempos.

Hankak asintió.

- Te invito a comer y te lo explico todo.

Skaas le miró durante un segundo y se encogió de hombros, repantingándose en el lujoso asiento de cuero del aerodeslizador.

- A mí me vale.

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Dejaron el aerodeslizador en una de las plazas de aterrizaje de un lujoso bloque de apartamentos en los niveles superiores, donde se alojaba Skaas temporalmente. Después tomaron uno de los colosales elevadores y bajaron hasta los niveles medios, repletos de academias, pequeños negocios, restaurantes, grandes plazas con monumentos y edificios de oficinas. El techo de los niveles medios y superiores estaba cubierto por pictopantallas que emitían la imagen de un cielo azul y soleado, y que iban variando a medida que el día avanzaba, a fin de crear una sensación de tránsito de día a noche, y viceversa. Los distritos industriales, con sus manufactorías, cadenas de montaje y hordas de trabajadores se encontraban en los niveles inferiores.

Katame se había quedado en el apartamento con la excusa de revisar su equipo y descansar. Dim el atagradano, por su parte, había alegado que no tenía hambre, por lo que se repantingó en el amplio sofá, encendió la televisión y abrió una botella de cerveza de raíces.

Una vez en los niveles medios, Hankak había contactado con su equipo para revisar sus progresos. Los había enviado a recopilar información, y para aquel entonces la mayoría de ellos aún seguían ocupados. Jean y Adrianne, que habían recibido la tarea de proteger el apartamento con cámaras ocultas y otros dispositivos, eran los únicos que pudieron acudir al Direz&Anna, un pequeño restaurante, algo alejado de las calles principales, donde Skaas y Hankak habían decidido hablar.

El sitio estaba sorprendentemente limpio, y a pesar de estar alejado de las principales vías de tráfico humano, había algunas personas sentadas en el comedor, una estancia iluminada por los ventanales de una de las paredes, que daban a la calle, y ambientada por una serie de pequeños altavoces que hacían sonar canciones a bajo volumen. 

Adrianne y Jean llegaron veinte minutos después de Skaas y Hankak. Se habían comprado ropa local para no destacar entre la población. Ella llevaba una prenda color azul intenso, ajustada y sin mangas, con el cuello alto, muy popular entre las cynophitas. También llevaba unos pantalones blancos y anchos, con grandes bolsillos en las piernas. Jean se había hecho con una cazadora gris y unos pantalones de trabajo reforzados color caqui oscuro, así como también unas botas altas de color negro y una sencilla camiseta naranja. Hankak los miró con aprobación. No llamaban nada la atención entre el resto de civiles. 

- Menuda escolta intimidante, Drasto- Dijo Skaas, mirando a los recién llegados- Como vuelvan esos cabrones van a salir corriendo al ver a estos dos.

Jean levantó una ceja y se sentó junto a la ventana tras saludar a Hankak.

- ¿Qué cabrones?

- No alcéis la voz- Hankak apoyó el brazo en el respaldo del asiento- Un grupo de asesinos a sueldo nos ha atacado en uno de los observatorios. Creemos que él los ha mandado tras uno de nosotros.

- Es obvio tras de quién los ha mandado- Se encogió de hombros Jean.

Skaas esbozó una sonrisita.

- No tanto...

Adrienne frunció el ceño, reconociéndole. 

- ¡Ah!- Exclamó. Se tapó la boca cuando vio que todo el comedor se giró hacia ellos. Bajó el volumen- ¡Eres Skaas! El comerciante independiente.

- Y tú sigues siendo rubia, Drienne.

Ella frunció el ceño de nuevo, visiblemente ofendida. A Skaas le encantaba tomarle el pelo a la gente.

- Entonces soy el único que va a ciegas, ¿No?- Jean les miró a los tres, sintiéndose fuera de lugar.

Skaas le tendió una mano antes de que Hankak hiciera las presentaciones. No era un hombre de protocolo.

- Llámame Skaas.

- Jean Strivoli- Dijo él mientras le estrechaba la mano.

- Arreglado- Skaas se cruzó de brazos y miró a Hankak- Y ahora, Drasto, cuéntame toda esta historia.

Hankak asintió y apoyó ambas manos en la mesa por costumbre. 

- Verás- Empezó, gesticulando con las manos- Tenemos dos sospechosos. Dos personas que podrían estar trabajando con Thurr y saber dónde está y qué pretende. Pero es más que probable que no estén solos. Y, bueno. No sabemos aún cómo llegar a ellos.

Skaas se llevó un dedo a la barbilla, pensativo.

- Entonces, ¿Tienes nombres?

- Sí. 

- ¿Sabemos quiénes son y a qué se dedican?

- Más o menos. No había mucha información que recopilar antes de llegar aquí.

- Pero tenemos una pista que seguir- Skaas describía lentos círculos con sus dedos sobre la mesa- ¿No?

- Sí, la tenemos.

- Entonces cuenta conmigo- El comerciante independiente hizo una pausa, tamborileando con los dedos sobre la mesa- Y probablemente con mis hombres

Hankak le dio las gracias y justo después llegó la camarera del restaurante, una muchacha joven y de baja estatura. Llevaba un delantal rosa sobre un ceñido uniforme color crema, que hacía más evidente su generoso busto.

- ¡Hola dola!- Saludó de manera jovial- ¿Qué va a ser, señores?

Se sobresaltaron al darse cuenta de que aún no habían mirado siquiera la carta y dijeron lo primero que leyeron. La camarera les observó con una expresión divertida mientras tomaba nota en una pequeña placa de datos forrada de pegatinas. Cuando acabaron, se alejó en dirección a la cocina, contoneándose.

- Hola dola...- Repitió Hankak en voz baja- Debería ser un crimen torturar así un idioma tan hermoso como el bajo gótico.

- Siempre puedes sacar la roseta...- Respondió Skaas con una sonrisita.

- Por el Trono, Skaas. No empieces.

La camarera volvió algunos minutos después, con los cinco platos sobre sus brazos en perfecto equilibrio. No los sirvió de manera menos precisa, deslizándolos sobre sus antebrazos y los dorsos de sus manos y colocándolos con soltura y delicadeza sobre la mesa. Se despidió guiñándoles un ojo y deseándoles buen provecho.

- Bueno. El servicio es bastante bueno- Comentó Jean. Le habían servido un revuelto de tubérculos y verduras a la brasa, con un par de huevos revueltos. Tenía una pinta realmente buena.

- Ciertamente- Adrienne miraba su plato con recelo. Había pedido pez qaan a la tarigesa, pero no se esperaba recibir una tortita enrollada y rellena de tiras de pescado y salsa- Aunque de una reunión entre un inquisidor y un comerciante independiente me había esperado un lugar más...más.

- ¿Qué querías? ¿Una brasería ogygiana?- Le espetó Skaas con la boca llena de bacon de grox y pasta crujiente- ¿O llevar un holocartel de ``¡Eh, miradme! ¡Soy importante!'``? Queremos pasar desapercibidos.

- Sólo comentaba lo extraño que me ha parecido, Skaas- Replicó Adrienne levantando un poco la barbilla, indignada- Te agradecería que dejaras de molestarme.

Al ver que el comerciante independiente iba a responder, Hankak dio un par de toques en la mesa con el dedo índice para llamar su atención. Agradeció que Adrienne llevase activados sus implantes anuladores, o todo el aire a su alrededor crepitaría en aquellos momentos.

- Verás, Skaas, tenemos dos nombres, como ya te he dicho- Alzó un poco el volumen de su voz para captar la atención de su compañero- El primero es Jaaq Ardon, un ex-miembro del Depatamento de Seguridad de Cynophia. Actualmente trabaja como entrenador de cadetes en una de las academias militares de la ciudad, pero en las sombras dirige y coordina las actividades de diversos grupos mercenarios en Gharam. El otro nombre es Sena Danar. Por lo poco que hemos podido averiguar de ella, es una famosa traficante del mercado negro aquí en Cynophia. Tiene negocios con otras ciudades-estado.

Skaas asintió sin desviar la atención de su plato. Adrienne estaba hablando en voz baja con Jean, aprovechando que Hankak había atraído la atención del comerciante independiente.

- Eso está muy bien- Repuso Skaas- Pero, ¿Sabes qué relación tienen con él?

- Ardon podría estar suministrándole soldados y reclutando jóvenes para un pequeño ejército personal. Probablemente se escude tras la excusa de necesitar tropas para una acción en nombre de los Ordos- Respondió Hankak- Danar conoce bien el mercado negro, así que si lo que busca ha pasado por allí, lo encontrará. También podría tener información sobre su paradero, y creemos que suministra equipo militar al ejército que está creando.

- Entiendo- Skaas abandonó su plato y miró a los ojos a Hankak, con los codos apoyados en la mesa y la barbilla apoyada sobre sus manos- Así que no sólo nos enfrentamos a un inquisidor, sino también a un pequeño ejército. Por tu bien espero que hayas traído a más gente aparte de la bruja rubia y el señor Strivoli.

Aunque no tenía pupilas en sus implantes oculares, Hankak sabía que Adrienne había mirado de reojo a Skaas con una fugaz expresión de cansancio. Tenían sentidos del humor y personalidades muy diferentes, y Hankak lo sabía demasiado bien. No intervenía demasiado, de todas formas. Lo encontraba divertido, en cierto modo. Sólo esperaba que Adrienne no se tomara demasiado en serio las bromas de Skaas, que en el fondo eran amistosas. 

- He traído refuerzos- Respondió Hankak- Y preferiría ir a por estas dos personas lo antes posible.

- Primero acabemos de comer, y luego hablamos.

Hankak se encogió de hombros.

- Iba a proponer lo mismo.

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Era la segunda cajetilla de tabaco que Mara se terminaba desde que habían entrado en el nivel 23-C. Apenas llevaban hora y media en aquel lugar. Drusus estaba seguro de que le llevaría días a su ropa librarse de aquella peste.

- No entiendo por qué quieres que hablemos con él- Mara seguía ronca, y hablaba con un tono de voz apenas audible. Desviaba la mirada continuamente y se rascaba el antebrazo izquierdo, a pesar de que era un implante biónico- Yo digo que entremos por la fuerza e interrogemos a los que queden.

Drusus sacudió la cabeza en un gesto negativo. No recordaba cuantas veces se lo había explicado ya.

- Las cosas no funcionan así en la subcolmena, Mara. Sólo conseguiremos que nos cosan a tiros.

Ella gruñó y apoyó las muñecas en la cara interior de los tirantes de sus pantalones de trabajo. Su aspecto no había mejorado. Su piel seguía más pálida de lo habitual y las oscuras ojeras seguían en su lugar. Caminaba ligeramente encorvada, mirando nerviosamente a todos lados. Parecía estar muy alterada, y a la vez, tremendamente cansada. Muy a su pesar, Drusus se sentía incómodo estando a solas con ella. 

El equipo se había dividido en parejas para cumplir con las tareas que el inquisidor les había encomendado mientras él se ocupaba de otros asuntos que había descrito como ``de extrema importancia para la misión``. No había dado ni un dato más. Adrienne y Jean se habían ocupado de asegurar el piso donde residían y su perímetro, y Petra y Tenej de recopilar información sobre posibles grupos mercenarios en la ciudad. En un principio, Drusus había preferido ir con Petra, pero dudaban de que Mara pudiera arreglárselas sola, y era obvio que Tenej estaba totalmente desorientado y fuera de lugar en entornos civiles como aquel, por lo que se aseguraron de que no fueran juntos para evitar un desastre.

Poco después de haber localizado el apartamento, se habían asegurado de procurarse ropa local para no destacar y poder integrarse en Cynophia sin levantar sospechas. Drusus había sustituido su armadura y uniforme del Adeptus Arbites por unos pantalones negros con grandes bolsilos en las piernas, algo muy de moda en la ciudad estado, y una camisa roja oscura sobre la que llevaba un chaleco de tela negra. Había aprovechado para ocultar una funda de pistola sobaquera de cuero bajo el chaleco, donde había guardado una pistola automática de 9mm. Mara, no obstante, llevaba su pistolera, de un modelo similar, sobre una camisa de tirantes gris, sin hacer el más mínimo esfuerzo por ocultarla.

Ella, aunque había hecho falta que Petra la convenciera, se había hecho con unos pantalones de trabajo verde caqui, con tirantes, rodilleras integradas y bastante anchos, por lo que el tejido se le arremolinaba sobre las botas de combate. Había sujetado un par de bolsas de herramientas a su cinturón, un ceñidor de modelo militar que nadie sabía de dónde había sacado. En vez de llevar el pelo suelto, se lo había recogido en una gruesa coleta que dejaba caer sobre el hombro izquierdo. Un sencillo collar del cual pendía un aquila plateada rodeaba su cuello, más delgado de lo habitual desde hacía algunas semanas. 

- Entonces hagámoslo rápido- Farfulló ella, sacando las manos de los bolsillos para encenderse otro pitillo- Odio este lugar.

- Pues aún no lo has visto todo...

Aunque el nivel 23-C no era de los más profundos, aquello no significaba que fuera menos miserable que los que estaban por debajo de él. Pertenecía a la subcolmena, a los niveles que se encontraban bajo las secciones donde las clases medias y altas vivían tranquilamente en un entorno avanzado y seguro. Ahí abajo, no obstante, reinaba la oscuridad, creada por las macroplantas industriales, que contaminaban todo y a todos. No había holopantallas representando un soleado y hermoso cielo, sino grandes focos que mantenían un mismo nivel de luminosidad a todas horas, haciendo imposible saber si era de día o de noche.

Los sectores residenciales eran interminables masas de bloques de construcción barata, muchos de ellos en mal estado, y los comercios y tiendas de la superficie habían sido sustituidos por maltrechos mercados y manadas de vendedores ambulantes que anunciaban sus productos a gritos. Había niños que corrían entre las multitudes, y aunque Mara pensó al principio que estaban jugando, Drusus le advirtió que se dedicaban a robar. Tras aquello, no sacó más las manos de sus bolsillos. 

Habían descubierto que podían encontrar a uno de los rivales de Sena Danar en 23-C, en uno de los bloques residenciales. Esperaban poder encontrar respuestas acerca de su paradero, ya que les había sido imposible hacerlo por medios legales. Danar era toda una experta cubriendo sus huellas.

- Entonces, ¿Crees que ese tío nos dará la información así como así?- Inquirió Mara poco después de que entraran en la zona donde se encontraba la guarida del traficante.

- Si es para acabar con ella, por supuesto. Es su rival, al fin y al cabo- Drusus revisó la sucia nota donde había apuntado la dirección de aquel hombre- Aunque es probable que intente aprovecharse de la situación y exija algún tipo de pago.

- ¿Como qué?

- Ni idea- Drusus se encogió de hombros- Si es lo suficientemente idiota para hacer eso, entonces también lo será para pedir cualquier cosa.

- Te apuesto veinte créditos a que vamos a acabar a tiros.

- Los veo. Pero de todas formas mantén la mano lejos de la pistola.

Mara deslizó los pulgares por los tirantes hasta la altura del pecho. 

- No prometo nada.

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El bloque 45-Ómicron no tenía nada de especial respecto a los otros bloques de pisos prefabricados. Se trataba de una enorme cantidad de habitáculos de ferrocemento de escasa calidad y vigas desnudas apilados unos sobre otros, extendiéndose a lo largo de algo más de medio kilómetro. Muchas de las ventanas estaban rotas y habían sido reparadas con planchas de madera o metal fino, si bien la mayoría de ellas simplemente tenían una cortina desgastada por toda cobertura. Algunas ni siquiera habían sido reparadas o cubiertas, lo que sugería a Drusus que era probable que grandes cantidades de aquellos habitáculos estuvieran abandonados.

Había gruesos conductos metálicos, ya oxidados y muchos inservibles, que recorrían las paredes de los habitáculos y llegaban hasta sus azoteas. Los que funcionaban desprendían un humo denso y oscuro que parecía atraer a grandes nubes de insectos voladores, que revoloteaban e invadían los pisos superiores. Sus inquilinos habían instalado grandes planchas corroídas con rejillas metálicas en su interior para impedir que los enjambres entrasen en sus casas.

A pie de calle, las aceras estaban agrietadas en muchos puntos, y pocas eran las alcantarillas y las filtradoras de residuos que funcionaban debidamente. Una fetidez rancia invadía las calles, de igual manera que los vendedores ambulantes, los predicadores de baja estofa, los mendigos y los carteristas. Frente a las puertas de sus casas algunas personas habían colocado mesas y sillas para beber, jugar a las cartas o fumar batto. Muchos de aquellos muebles eran barriles o cajas de madera carcomida.

Se abrieron paso entre un grupo de trabajadores de los manufactorums que regresaban del trabajo, manchados de ollín y con los baqueteados monos de trabajo llenos de quemaduras. Estaban tan cansados que ni siquiera protestaron por los codazos de Mara. Drusus se paró cuando pasaron al grupo, apoyándose contra una farola y encendiéndose un cigarro para disimular mientras llamaba la atención de Mara con un gesto.

- Eh, dame uno a mí también- Pidió ella mientras Drusus mordía la boquilla de uno de los cigarros.

- Tú ya te has fumado demasiados- El arbitrador encendió el cigarro con una cerilla y después la apagó agitando la mano. La dejó caer al suelo y la pisó- Escucha, ¿Ves ese portal? En el que hay tres hombres sentados en las barandillas.

- Sí.

- Aleja esa mano de la pistola.

Mara soltó el mango de su pistola inferno de mala gana y se agarró los tirantes. Drusus consumió medio cigarro de una calada y dejó caer la ceniza al suelo dándole un par de toques con el índice.

- Esa es la dirección que nos han dado. Ahora veamos cómo entramos.

Mara le dirigió una mirada cargada de intención llevándose una mano a la pistolera. Su compañero negó con la cabeza y agarró a un niño por el cuello del abrigo cuando se le acercó por detrás para robarle la cartera.

- ¡Yo no he hecho nada!- Exclamó el chaval, asustado.

- ¿Quieres ganar esto, muchacho?- Le cortó Drusus, mostrándole una moneda de un trono.

El niño le miró, confuso durante un segundo, y después asintió enérgicamente.

- ¿Ves a esos tres hombres de ahí?- Drusus señaló disimuladamente a los que custodiaban el portal y el niño asintió de nuevo- Ve, róbales algo y sal corriendo.

- Eso serán dos tronos, señor- Contraatacó el chaval- Esos tipos son peligrosos.

- Un trono o un disparo en la nuca, niño- Mara dio unos golpecitos en la empuñadura de su pistola- Tú eliges.

El muchacho tragó saliva y aceptó la moneda sin protestar. Después echó a correr hacia los tres hombres.

- Ahora escondámonos ahí- Drusus señaló un callejón que tenían detrás, carente de iluminación y lleno de basura y ratas.

Se escondieron rápidamente tras la esquina para observar con disimulo, parcialmente ocultos por la pared y por la gente que pasaba de vez en cuando por la acera. Drusus se apoyó de espaldas a la gastada pared de rococemento e indicó a Mara que vigilara. Se apoyó disimuladamente en la esquina, mirando cómo el niño trotaba hacia los hombres. Cómo se detenía frente a ellos y señalaba en su dirección. Cómo se iba andando mientras los tres matones la localizaban y echaban a correr hacia ella. Apretó los puños.

- Esa rata nos la ha liado, Drusus- Dijo con un deje de rabia contenida en la voz.

El arbitrador asintió. No era lo que había planeado, pero tampoco era algo inesperado. Al fin y al cabo lo había visto miles de veces durante su servicio en Losnya. 

- Cuando estén cerca, entra en el callejón lo más rápido que puedas.

- Tú estás de coña. Me apalearán.

- Confía en mí. 

Mara farfulló algo en voz baja y soltó el mango de la pistola.

- Como me den una paliza te rompo las putas piernas, Drusus- Hubo una pausa mientras se oía a la gente protestar cuando los tres matones la apartaban por las malas- En serio.

Cuando vio que los tres hombres estaban a apenas unos pasos de ella, Mara corrió al interior del callejón tal y como Drusus le había dicho. Maldiciendo por lo bajo, oyó cómo los matones le dedicaban también una sarta razonablemente larga de calificativos poco halagadores. 

Tan pronto como entró en la oscura fetidez del callejón, oyó un fuerte golpe y un grito ahogado. Se dio la vuelta justo a tiempo para esquivar un puñetazo de uno de los matones, agachándose. Devolvió el gancho y le rompió la mandíbula con su mano mecánica al hombre, que trastabilló hacia atrás hasta que Mara lo derribó del todo con un golpe de la llave inglesa telescópica que guardaba en una de las bolsas de herramientas. Frente a ella, Drusus se había avalanzado sobre otro de los gorilas, rompiéndole la nariz y varios dientes contra el suelo. Había dejado al inconsciente pandillero para enfrentarse al tercero, que estaba desenfundando una pistola de debajo de su abrigo. El arbitrador simplemente le agarró la cara con una de sus enormes manos y le estampó la cabeza contra la pared que tenía detrás, rompiéndole la crisma. Mientras el cuerpo inerte se deslizaba lentamente hacia abajo, dejando un rastro de sangre en el sucio y carcomido rococemento, Drusus se volvió hacia Mara.

- Vía libre- Dijo mientras salía del callejón.

Ella le siguió de cerca, plegando la llave inglesa telescópica y guardándola en una de sus bolsas de herramientas. Ningún transeúnte se paró a comprobar lo que había pasado en el callejón.

Una vez entraron en el apartamento, no volvieron a encontrarse con ningún matón. Drusus se abrió el chaleco para tener la pistola a mano. Aquello le resultaba sospechoso.

- ¿En qué piso vive?- Inquirió Mara en voz baja, mirando alrededor. 

- Vigésimo sexto. Puerta F. Espero que funcione el ascensor.

- Veinte a que no funciona.

- No tientes a la suerte.

Por suerte, el elevador sí funcionaba. Aunque era exageradamente lento y producía una gran cantidad de chirridos, les llevó al vigésimo sexto piso sin problemas, lo cual era mucho más de lo que Drusus esperaba. Las puertas se abrieron lentamente, trabándose un par de veces hasta que se desplazaron del todo. En el rellano, las paredes estaban en un estado lamentable, agrietadas en diversos puntos, cubiertas de suciedad, pintadas y varias manchas que el arbitrador sospechaba eran de sangre. Algunas puertas estaban entreabiertas, y todas tenían los marcos carcomidos y desgastados. De una de las puertas entreabiertas salía el apagado sonido de los gemidos y jadeos de dos personas, y un golpeteo rítmico acompañado del rechinar del somier. Drusus cerró la puerta en silencio.

- Se lo estaban pasando bien, ¿Eh?- Dijo Mara en voz baja con un torcido intento de sonrisa. 

Él no respondió y buscó entre los números de las puertas el que habían conseguido, donde se suponía que vivía el rival de Danar. Sin embargo, la mayoría de las puertas ya no tenían números. Sólo las marcas que habían dejado sobre las superficies de las puertas donde habían estado clavadas daban un mínimo indicio de su numeración. Drusus tuvo que examinarlas de cerca para adivinar cuál era.

- Es esta- Dijo, apoyando la mano contra la puerta- Mara, ponte detrás de mí.

Antes de que golpeara con los nudillos la puerta, ésta se abrió de golpe y el cañón de una escopeta chocó contra la barbilla de Drusus, que retrocedió llevándose una mano a la pistolera. Mara desenfundó su arma y encañonó al hombre armado.

- Baja eso, Décimo- Ordenó alguien desde dentro del habitáculo- Déjales entrar.

Alejando muy lentamente la mano de su arma, Drusus esperó a que el tal Décimo bajara su escopeta y se hiciera a un lado para entrar en el apestoso habitáculo. El interior estaba repleto de muebles de buena calidad, aunque entonces estaban en mal estado y habían perdido todo lujo. El suelo, cubierto por varias alfombras de distintos patrones, despedía un nauseabundo olor a rancio. Sobre el quicio de una de las ventanas, tapiada, habían colocado un pequeño altar dedicado al Emperador, con una vieja estampa y algunas velas. 

Había un hombre sentado en un sofá desvencijado. Era alto, de tez pálida y ojos negros como su cabello, largo, ensortijado y grasiento. Tenía una perilla mal recortada y le faltaba una oreja, en cuyo lugar usaba un implante biónico semiesférico con una hilera de luces azuladas que brillaban con menor o mayor intensidad en función del volumen de los sonidos que le rodeaban. Frente a él había una mesa de madera con una pata rota y apoyada sobre un grueso libre. Sobre ella había una pistola láser, un par de placas de datos y varias latas de una bebida alcohólica local. Les hizo un gesto para que se acercasen.

- ¿Mis hombres os han dejado entrar?- Preguntó. Tenía una voz ronca y grave.

- No exactamente- Respondió Drusus.

- Si están muertos os arrancaré la piel a tiras y os encerraré en un bidón de ácido de motor- El hombre se cruzó de piernas y apoyó la espalda contra el respaldo del sillón- Dicho esto, espero que tengáis algo realmente importante que decirme si no queréis acabar mal.

- Sabemos que eres uno de los mayores rivales de Danar- Empezó el arbitrador. Notó cómo Mara se revolvía disimuladamente, inquieta- Tenemos que encontrarla.

- Y pensáis que yo os diré dónde está a cambio de quitarla de enmedio, ¿No?

- Beneficio mutuo.

- ¿Y creéis que os lo diré así como así? Si no acabais con ella, vendrá a por mí, y eso sería contraproducente. No pienso daros información porque simplemente digáis que vais a borrarla del mapa- El traficante se echó hacia adelante y sus dedos rozaron la culata de nácar de la pistola láser- De todas formas, ¿Qué carajo sois? No sois cazarrecompensas.

- Eso no te importa.

Se oyó el chasquido de la escopeta de Décimo cuando le retiró el seguro y apuntó a Mara con ella. Dos hombres más salieron de otra estancia, ambos vestidos con gastadas prendas de trabajo y blandiendo sendas pistolas automáticas. 

- Cuida tus modales, forastero- Advirtió el hombre- Eres extramundano, ¿Cierto?

Drusus miró a los tres hombres armados. No estaba seguro de poder reaccionar a tiempo en el caso de que decidieran disparar. Tendría que ceder.

- De Laxis- Mintió- Trabajamos para el gobernador sectorial. Quiere a Danar fuera del negocio.

El traficante se mesió la perilla, valorando su respuesta. Acabó asintiendo y alejando la mano de la pistola láser. Sus hombres bajaron las armas.

- Afuera, muchachos- Ordenó. Sus hombres salieron del habitáculo y cerraron la puerta- Así que queréis a Danar.

- Eso es.

- Veréis, no he llegado adónde estoy fiándome de todo el mundo- Se levantó y caminó lentamente hacia ellos- Necesito una fianza. Algo que me compense en el caso de que no logréis eliminarla. 

- ¿Tronos? ¿Créditos cynpohitas?- Ofreció Drusus- No es un problema para el gobernador.

- De eso tengo de sobra- Respondió el traficante, mirando a Mara de arriba a abajo con un brillo peligroso en los ojos- No obstante, hace mucho que no veo a una mujer como esta. 

Drusus miró de reojo a Mara, que habia retrocedido un poco, apartando la mirada continuamente, nerviosa. Se agarraba el antebrazo izquierdo, inquieta. Los dedos le tamborileaban contra el aire.

- Eso no va a poder ser, amigo- Drusus habló con un tono serio y severo que no daba lugar a réplicas.

- No estás en posición de negociar, amigo.

El arbitrador apretó la mandíbula y dio un paso adelante, pero Mara le frenó con un gesto. Le miró a los ojos durante medio segundo y después los apartó.

- Déjalo. Acabemos con esto- Dijo.

- Oye...

Ella hizo un gesto con la mano, mandándole callar.

- Que lo dejes- Masculló con una mueca de irritación- Sal. No quiero que veas esto.

Drusus apretó los puños, sintiéndose impotente y furioso, pero asintió y abandonó el habitáculo. En el rellano no había ni rastro de los hombres del traficante. Se apoyó contra la pared y se encendió un cigarro, notando cómo la rabia dejaba paso a la confusión.

- Ha sido una buena decisión- El traficante se desabrochó la sucia camisa que llevaba y la dejó caer al suelo. Estaba en buena forma, pero los tatuajes, las numerosas perforaciones y las cicatrices que tenía en el torso le quitaban todo su atractivo- Llámame Luargo.

Mara asintió y se apoyó instintivamente contra la pared. Su mente estaba frenética, asimilando la situación y pensando qué hacer. Se dio cuenta de que estaba apretando las piernas inconscientemente y las relajó un poco. Creyó conveniente no mostrar ni miedo ni nervios. 

No obstante, cuando Luargo le agarró el cuello con una mano volvió a apretar las piernas la una contra la otra y llevó sus manos instintivamente a la gruesa muñeca del hombre. Le llevó un segundo de pánico darse cuenta de que no estaba intentando estrangularla. No entendió la finalidad de aquel gesto...hasta que le agarró la entrepierna con la otra mano.

Mara dio un respingo y apoyó las manos en los hombros de Luargo, empujando para alejarle de sí, sin éxito. Él siguió apretando tanto en su cuello como en su entrepierna, y le mordisqueó una oreja mientras se pegaba más a ella. Apestaba a batto y a licor. Mara gruñó impotente y cerró los ojos durante un segundo. Era la primera vez que tenía a una persona tan cerca, y no estaba segura de que le gustase lo más mínimo.

- Suéltame- Consiguió articular.

- De eso nada- Masculló el traficante- No estás en posición de negociar. 

Mara sabía que sólo podía ir a peor, pero el beso le pilló por sorpresa. Fue algo repentino y brusco, y la boca del hombre sabía a alcohol y a halitosis. Su lengua estaba áspera, y la saliva que le metió en la boca, pastosa, como cuando ella fumaba batto. No pudo contener la arcada que todo aquello le produjo.

- Un trato es un trato, ¿Eh?- Dijo Luargo con voz rasposa mientras aplastaba la mejilla derecha de Mara contra la pared. Le lamió la izquierda- No te vas a escapar.

Pero por supuesto que quería escaparse.

Se había ofrecido sin pensar realmente en las consecuencias. Creyó que tendría algo más de margen de maniobra, y, desde luego, no se planteó que Luargo fuera tan repentino y violento. Ahogó un grito de impotencia y miedo mordiéndose el labio inferior hasta hacerse sangre. Agradeció que el dolor le hiciera ignorar cómo Luargo deslizaba su mano dentro de sus pantalones. 

Oyó vagamente cómo Luargo maldecía en voz baja, y sintió cómo le soltaba el cuello para bajarle los tirantes, que quedaron colgando, desmayados, a ambos lados de su torso. Mara se sentía dolorosamente vulnerable, forcejeó con Luargo para volver a ponerse los tirantes. Sólo quería salir de ahí. Se sintió tremendamente estúpida por haber accedido, nunca había sido verdaderamente consciente de lo repugnante que podía llegar a ser alguien. Hasta aquel preciso momento. Entre gruñidos, el criminal trató de quitarse de encima las manos de Mara y le agarró los pantalones para bajárselos.

Ella le partió la nariz de un puñetazo. 

Los nudillos metálicos de su antebrazo quebraron el apéndice del hombre con un asqueroso crujido húmedo, y Luargo trastabilló hacia atrás hasta chocar con uno de los sofás, cayendo al suelo de espaldas con un sonoro golpe. Bufó de dolor e intentó ponerse en pie, pero una bota militar se estrelló contra su pecho, derribándolo de nuevo.

- ¡Zorra traicionera!- Le espetó él.

- No estás en posición de negociar- Mara se sorprendió de lo firme que sonó su voz. Se subió los tirantes y pisó de nuevo el pecho del criminal- Y ahora me vas a decir dónde está Danar.

Luargo se llevó una mano a la nariz y contempló durante un instante la sangre que empapó sus dedos. Después miró con furia a Mara. Su rostro estaba impasible.

- ¡Iba a respetar el acuerdo, furcia!- Le espetó.

- Como vuelva a oír una palabra que no tenga que ver con la puñetera Danar te fundo la cabeza, te lo juro- Amenazó ella desenfundando su pistola. 

El criminal se mantuvo en silencio, apretando los dientes. En un determinado momento intentó coger la pistola láser de la mesa, pero Mara la volcó de una patada y el arma rodó por el suelo, lejos de ambos.

- No tengo aciencia- Advirtió- Dime de una vez dónde podemos encontrarla. Y te aviso de que si mientes, mandaremos una jodida compañía de la Guardia Imperial a aniquilar a todo el mundo en este zulo de nivel. Y estos cabrones no son como los arbites; no van a coger prisioneros.

- ¡A la mierda!- Exclamó el traficante- ¡Te has pasado el acuerdo por el forro, tú y el puto gigante podéis iros a la mi...!

Las últimas palabras de la frase fueron abruptamente sustituídas por un grito de dolor cuando la pistola inferno le reventó la mano. Los dedos, humeantes, salieron disparados en todas direcciones, rebotando con golpes secos contra el suelo, las paredes y las ventanas. Del muñón, cauterizado, empezó a manar un olor a carne quemada, así como una delgada columna de ondulante humo. Luargo se retorció en el suelo, agarrándose la muñeca mientras gritaba.

- Escucha, puedo preguntar por Danar a cualquier otro pedazo de mierda de la subcolmena sin riesgo de que me violen- Mara apuntó su arma a la frente del traficante- Así que o desembuchas o te pego un tiro en la cara y salgo a la calle con una pancarta.

El pecho de Luargo se agitaba violentamente a medida que respiraba. Miró a los ojos a Mara, tragó saliva y asintió repetidamente. 

- Espiral C. Está dos niveles más arriba- Articuló entrecortadamente- En el piso...

Una serie de disparos fuera del habitáculo lo interrumpieron. Mara reconoció los ladridos de la pistola automática de Drusus y se concentró en seguirlos con el oído para segurarse de que su compañero estaba vivo. Unos segundos después, todo el ruido cesó tan rápido como había empezado.

- Creo que tus hombres están muertos- Apuntó, esperando no equivocarse.

- Lo dudo mucho- El jefe criminal soltó una breve carcajada- Estoy seguro de que han matado a tu amigo. Estás rodeada zorra, y en cuanto bajes esa pistola te voy a arrancar los implantes y a empotrar contr...

Un nuevo disparo le interrumpió otra vez, pero entonces había sucedido dentro del habitáculo. La otra mando de Luargo desapareció en una pequeña nube de sangre y dedos amputados. Mientras el hombre se desgañitaba gritando de dolor y ordenando a sus hombres que entraran, Mara le dio una patada en la boca, rompiéndole varios dientes que él después escupió entre chorros de sangre y saliva que salpicaron el suelo.

- ¿En qué piso?- Inquirió.

- ¡Doce!, ¡En el piso doce!

- No me estarás mintiendo.

- ¡No! ¡No te estoy mintiendo!- Gritó el traficante- ¡Y ahora lárgate de aquí, demonio!

Mara chasqueó la lengua y acarició el gatillo. Sentía una imperiosa necesidad de volarle la tapa de los sesos a aquel cerdo. Aún notaba la presión contra su cuello y su entrepierna, que le dolía, y creía sentir que sangraba. No quería comprobarlo. Por otra parte, malgastar un tercer disparo en aquel deshecho humano era una pérdida absurda de batería para su pistola. 

Pero qué demonios, se lo merecía.

El brillante rayo rojizo le entró por el centro de la cara, desintegrando la nariz y atravesando el cráneo sin problemas. Fundió el cerebro y la energía explosiva hizo reventar toda la cabeza. Un milisegundo antes de que los pantalones de Mara quedaran salpicados de sangre, trozos de hueso y masa encefálica hirviente, los ojos salieron disparados de sus órbitas y los dientes de la boca. La lengua se sacudió frenéticamente sobre la destrozada mandíbula inferior, que era lo único que quedó de su cabeza. 

Miró durante un momento el cadáver y después enfundó la pistola. Salió del habitáculo cerrándose la bragueta, y Drusus salió a su encuentro desde la esquina más cercana, que había usado como cobertura. El pasillo estaba cubierto por los cadáveres de cuatro hombres, fornidos y con vestimentas de pandillero.

- ¡Mara!- Exclamó- ¿Estás bien? ¡En qué diantres estabas pensando!

- Espiral C, dos niveles más arriba. Piso doce- Recitó ella, alejándose un poco de él cuando intentó tocarle el hombro- Y como alguien se me acerque a menos de medio metro le pego un tiro. Estás avisado.

Drusus contempló con estupor cómo la mujer abría cansinamente la puerta del ascensor y se volvía hacia él para hacerle señas. Se preguntó qué había ocurrido allí dentro mientras entraba en el ascensor.

Capítulo dos

Al acabar el día, se habían reunido en el piso franco para compartir información. Petra y Tenej no habían logrado descubrir nada útil, y estuvieron callados durante la mayor parte de la reunión, visiblemente descontentos con su desempeño. No obstante, Mara y Drusus habían hecho un hallazgo digno, y Hankak decidió que al día siguiente irían a hacer una visita a Danar en la espiral C, quizá acompañados de Skaas y alguno de sus hombres. 

Tras el viaje en lanzadera, el establecerse y las búsquedas preliminares que el inquisidor había organizado, el equipo estaba agotado y la mayor parte de él no perdió tiempo en ir a descansar cuando la reunión se pudo dar por finalizada. En poco menos de una hora, todo el mundo estaba descansando. Excepto Adrienne, pues la primera guardia corría a su cargo. Con los sistemas de vigilancia y las alarmas que habían instalado aquella era una tarea sencilla, pero aplastantemente aburrida.

Sentada en una silla de la pequeña cocina, con los pequeños monitores y las placas de datos conectadas a las cámaras en frente y una taza de cafeína demasiado amarga para su gusto en la mano, Adrienne Tentevaleur casi deseaba que algún asesino irrumpiera en la casa arma en mano, con tal de poder romper el tedio de la vigilancia. El hecho de que alguien le relevara en un par de horas era parco consuelo. De manera inconsciente, su mente empezó a explorar los rincones del piso sin mucho interés. Sentía las mentes del resto, adormecidas, sumidas en el mundo onírico mientras descansaban a pesar del estrés o la preocupación.

Sólo había dos habitaciones, además de la cocina, el pequeño salón y un cuarto de baño angosto y exageradamente frío, por lo que la mayor parte del equipo dormía junto, a excepción de Tenej, que había preferido dormir en el sofá del salón, y de Hankak, que había escogido la habitación más pequeña como propia. Adrienne tenía una invitación no expresa a quedarse en aquella habitación, pero primero debía acabar la guardia.

Con un disimulo instintivo, y aún sin percatarse de ello, su mente se deslizó en los sueños de alguien. Cuando se dio cuenta, dio un respingo y quiso salir de él, pero se percató de que se había quedado dormida. Podía despertarse cuando quisiera, pero creyó que investigar los sueños de sus compañeros podría hacer aquella guardia algo más entretenida. Al fin y al cabo, si un invitado no deseado se acercaba al piso franco, lo sabría.

Procedió entonces a reconocer aquella mente. No le era familiar, puesto que nunca se había entrometido de aquella manera en las mentes de sus compañeros, a excepción de la de Hankak, años atrás. El entorno tenía una extraña serenidad, como si la calma estuviera a punto de romperse de un momento a otro. No obstante, a pesar de su fragilidad, aquella paz era total, agradable. Un oasis de calma y claridad rodeado de un voraz incendio de llamas bailarinas.

O al menos, esa era la forma física que Adrienne le había dado en su mente.

El sueño era otra historia. A pesar de seguir sin poder determinar al dueño de aquella mente, penetró en su mundo onírico y observó, escondida, ocultando su presencia con sus poderes psíquicos. La escena era sencilla, austera y sorprendentemente cotidiana. Tumbada en una hamaca que flotaba sobre el suelo sin estar sujeta a nada, Petra leía un libro. Vestía un humilde vestido de lino blanco ogygiano, largo hasta las rodillas y sin espaldas. Adrienne observó durante un tiempo, pero no ocurrió nada. Petra ni siquiera pasaba las páginas del libro.

- Es una pena que en los sueños no puedas leer, ¿Eh?- Dijo de repente. Adrienne se sobresaltó y su barrera de ocultación tembló por un instante- Anda, sal, que te he visto. 

Era imposible que supiera que estaba allí. No se había mostrado ni siquiera por un segundo, y la mujer no tenía poderes psíquicos. Aquello podría ser parte del sueño, pero Adrienne prefirió no arriesgarse. Disculpándose mentalmente, urgó en los recuerdos de Petra hasta dar con una buena distracción. Al instante, una nueva figura apareció en la escena, caminando a través del velo neblinoso de la minúscula frontera de aquel sueño. Era una mujer, enfundada en una servoarmadura negra y muy decorada, que llevaba una boina de combate azul sobre el cabello plateado recogido en una coleta. Abrió los brazos con un gesto amistoso en cuanto Petra la vio.

- ¡Hermana Llura!- Exclamó con una amplia sonrisa, dejando el libro y levantándose de la hamaca, que no se balanceó- Cuánto tiempo.

Petra se acercó para abrazarla. Adrienne ignoraba de quién se trataba, pero se figuraba que había servido junto a ella en su orden. Entonces una idea demasiado irresistible como para ignorarla cruzó su mente fugazmente, pero el tiempo suficiente como para poder reconocerla. Con una sonrisita pérfida, decidió manipular ligeramente el sueño. Cuando Petra abrazó a Llura, ésta tomó su rostro entre sus manos blindadas y le dio un largo beso. Aguantando la risa para no perturbar el equilibrio del sueño, Adrienne esperó la reacción de Petra, pero todo se deshizo, simplemente; Petra se había despertado.

Percibió su mente agitada e incómoda, confusa, mientras la hermana hospitalaria jadeaba, sentada en su cama. Adrienne no pudo contener la risa, pero seguía dormida y sus carcajadas sólo resonaron en su cabeza. Decidió puluar un poco más por los sueños de sus compañeros, ahora impulsada por la curiosidad más que por el aburrimiento.

No tuvo que buscar mucho para encontrar otro sueño. Éste era de Jean. Lo supo porque le vio nada más penetrar en el suelo. Estaba sentado en la azotea de un rascacielos, con los pies colgando sobre el vacío, observando una gigantesca ciudad llena de luces. Estaba más joven y carecía de cicatrices, además de llevar el pelo extremadamente corto, recién rapado. Iba vestido con su uniforme de combate del 101º de Reconocimiento Skiano, pero el tejido y los parches estaban nuevos y limpios, y no llevaba armas encima, por raro que fuera en él. Adrienne permaneció a la espera, observando y escuchando. Jean canturreaba en voz baja una canción en skiano.

- No sé si quiero ir- Dijo alguien de improviso, acercándose por la espalda de Jean para sentarse a su lado.

- Pues ahí tienes el suelo- Respondió él, señalando hacia abajo- Ya no hay vuelta atrás. Y espachurrarte contra el boulevard es mucho más rápido que esperar al consejo de guerra por deserción.

El recién llegado era un muchacho más bajo y delgado que Jean, con el pelo castaño también rapado. No fue capaz de verle la cara, a pesar de usar los recuerdos del skiano para intentar identificarle. Jean le pasó un brazo por encima de los hombros.

- Deberíamos irnos ya. Mañana tenemos que estar arriba al amanecer para que nos pasen revista y embarcar- Apoyó la cara en su mano derecha- Y no sé dónde coño he metido el rifle láser.

- Te pueden ejecutar por eso.

- Siempre se lo puedo robar a Verda.

- Entonces le ejecutarán a él.

- Que se joda.

Ambos estallaron en carcajadas. Un aerodeslizador de los arbites pasó a escasos metros del rascacielos con la sirena encendida, arrojando destellos azules y rojos sobre la azotea, y pasó de largo. Jean se levantó, de pie sobre el murete y se dio un par de palmadas en las piernas. Su compañero levantó la cabeza para mirarle.

- Sabes que quedan dos horas para el amanecer, ¿No?- Dijo, observando la ciudad con las manos en los bolsillos.

- Amanece a las seis, Jean.

- Entonces media hora.

Jean agachó la cabeza y se rascó la nuca. 

- Llama a un aerotaxi, y que se den prisa.

- ¿Y con qué coño le pagamos? Nos lo hemos dejado todo en copas- Replicó el otro.

- Es nuestra última noche en Skia. Al conductor le enseñamos los parches y ya verás cómo nos lleva gratis.

- Tú verás- Murmuró el muchacho mientras sacaba un pequeño teléfono.

Adrienne se planteó dejar aquel sueño. Parecía obvio que no iba a ocurrir nada más. Sin embargo, la escena cambió rápidamente, y un campo de batalla sustituyó a la vibrante ciudad. Era una enorme y escarpada extensión de suelo rocoso plagado de cráteres. El cielo no existía. No era más que el infinito y frío espacio. Cuerpos y restos de vehículos y aeronaves flotaban, ingrávidos, alejándose hacia la nada lentamente. 

Vestido con un traje de combate espacial blindado, y con la capa de camuflaje enrollada y sujeta a la mochila de soporte vital, Jean estaba arrodillado tras una gran roca junto a otros dos hombres. Un destello lo cubrió todo repentinamente y acabó con el sueño. Adrienne fue expulsada de él, y entró de golpe, y sin proponérselo, en otro sueño. La escena no podía ser más distinta; una ciudad de enormes y majestuosos rascacielo de cristal y adamantio, con grandes carreteras, resplandecientes estatuas e inabarcables multitudes caminando por sus calles.

Mara estaba entre todas esas personas.

Los viandantes carecían de rostro, y en lugar de chocarse contra Mara, se desvanecían en una vaporosa niebla grisácea para volver a formarse a su espalda y seguir andando. Los carteles de los edificios, al igual que cualquier símbolo, estaban borrosos y se agitaban, resultando indescifrables. Adrienne tenía la sensación de comprender qué decían y reconocer los símbolos, pero en último instante todo volvía a agitarse y emborronarse y perdía toda pista que hubiera podido tener. A medida que Mara iba avanzando, con paso lento, observando todo a su alrededor, los edificios se fusionaban entre ellos o se hundían como castillos de arena, esparciendo un fino polvo blanquecino por doquier. Adrienne observó con más atención. Aquel sueño era ciertamente interesante.

Al poco rato surgió alguien de entre la multitud, cruzando la carretera. Los vehículos de tres, cuatro o doce ruedas se desvanecían al igual que las personas al tocarla, y se reformaban una vez habían pasado de largo. Aquella persona no era ni más ni menos que Miranda Salazar.

- ¿Sigues con la cabeza vacía?- La voz grave y seductora de Miranda sonó distorsionada.

- Sal de mis putos sueños.

Miranda se rió por lo bajo y avanzó entre la masa de neblinosos peatones. Estaba vestida con su grueso uniforme de combate azul y el voluminoso traje de vacío acorazado con placas de caparazón que llevaba al combate. Incluso sin su armadura le sacaba dos cabezas a Mara y era más ancha de espaldas, pero con el uniforme y el blindaje la muchacha era minúscula en comparación. Sin embargo, a pesar de la diferencia, Mara le miró a los ojos sin muestra alguna de estar intimidada.

- Que te largues, Miranda- Reiteró Mara, con los puños apretados.

En lugar de responder inmediatamente, Miranda se llevó una mano a la nariz y la agitó un par de veces. Una sonrisita perfiló su rostro.

- Apestas a batto, pequeña.

- Apestaré a lo que quiera. Lárgate.

- Tienes que dejar esa mierda- Volvió a la carga Miranda, levantando un poco la barbilla y enseñando sus dientes, blancos, cuando la sonrisa se amplió un poco. Realmente lo estaba disfrutando.

- Es para dormir- Se excusó Mara- Y ya lo sé. Ya me lo ha dicho Petra.

- Pues haz caso a la pelirroja y deja esa mierda.

La conversación estaba tomando un cariz personal, y Adrienne no quería entrometerse más de la cuenta. Abandonó el sueño en el preciso instante en el que Mara preguntaba cómo coño iba a dormir entonces. Entonces estaba en el cuarto más grande, donde dormía la mayor parte del equipo, ya fuera en una de las dos camas o en sacos de dormir. Percibió la mente de Drusus cerca, sumida en un estado de melancólica añoranza del que Adrienne no le creía capaz. Su mente estaba entrenada para resistir de todo, pero las intrusiones psíquicas no entraban en los límites de aquella defensa psicológica. Escudriñó su sueño con cautela, manteniéndose concienzudamente oculta.

Vio el austero interior de una celda individual, con el suelo, el techo y las paredes cubiertas de losas grises, algunas de ellas con el aquila tallada en ellas. Había un armario de madera, un escritorio con un globo de luz y varios papeles y libros esparcidos sobre él y una sencilla cama con una pequeña mesita de noche por todo mobiliario. No había más adornos que un póster devocional de la Schola Progenium y un pequeño altar con un par de velas y una estampa del Emperador en la ventana, barrotada. 

Sentado en la cama, y vestido tan sólo con una túnica gris estaba un muchacho de no más de once años, alto y de hombros anchos para su edad y con la cabeza rapada. Adrienne intuyó que era Drusus. En su regazo tenía un pequeño animal de abundante pelaje color caramelo, que, panza arriba, jugaba con los dedos del joven Drusus. Adrienne no sabía si estar confusa por la ternura con la que el arbitrador juguetaba con el animal o si desternillarse de risa. Fue una visión totalmente inesperada.

Alguien llamó a la puerta. Fueron dos golpes de nudillo secos y rápidos que sobresaltaron a Drusus. El muchacho escondió al animal bajo la almohada y se levantó apresuradamente para abrir la puerta. Tras ella apareció un hombre, grande y algo orondo, con grandes entradas en su escaso cabello canoso y una nariz alargada. Drusus se cuadró y saludó.

- ¡Abad!

- Buenas noches, Briannis- Saludó el hombre- Inspección sorpresa, déjame pasar.

- Sí, abad.

Drusus se hizo a un lado para dejar pasar al hombre. Estaba visiblemente nervioso por alguna razón que Adrienne desconocía. Sabía que no era por el abad, a pesar de que la mente del arbitrador lo relacionaba con sufrimiento e intimidación. 

- Celda bien recogida, como siempre- Asintió el abad, serio y paseándose por la minúscula habitación. Abrió el armario y examinó las túnicas y uniformes que colgaban de perchas plegables- Bien planchados, no como la última vez. Bien hecho, Briannis.

- Gracias, abad- Drusus casi tartamudeó. Le temblaba la mano izquierda, por lo que escondía ambas tras la espalda.

El hombre lo miró de reojo tras cerrar el armario y se volvió hacia él. 

- Pareces nervioso, Briannis. ¿Qué te turba?

- Es la prueba de mañana, señor- Mintió el joven Drusus- Creo que aún no domino el rifle láser.

- Lo harás bien, eres un joven capaz- El abad posó una mano sobre el hombro del muchacho y sonrió, paternal- Y tu nombre trae buena suerte.

- Eso espero, señor.

El instructor asintió y se dispuso a salir de la sala, pero se detuvo de golpe al escuchar un sonido que provenía de la cama. Se giró e hizo un gesto para que Drusus guardara silencio.

- ¿Y eso, cadete?

- ¿El qué, señor?- Drusus empezó a temblar a pesar de sus esfuerzos por disimularlo. Dirigó una mirada inquieta a la cama, rogando al Emperador que el gato no saliera de debajo de la almohada.

El animal volvió a maullar, y ésa vez el abad sí lo escuchó. Dirigió una furibunda mirada al petrificado Drusus y alcanzó la cama de dos zancadas. Levantó la almohada y el pequeño gato se le quedó mirando, ronroneando con aire juguetón. El abad lo cogió del pescuezo y se volvió hacia Drusus.

- ¿Qué es esto, cadete?- Preguntó con una mueca feroz.

- Yo...señor- Tartamudeó el muchacho- Es...es Macharius.

- Sabes que no se os permite tener mascotas.

- Por favor, no le haga daño- Suplicó Drusus- Limpiaré las letrinas todo el año, pero por favor, no le haga daño.

- Se lo echaré a los cibermastines- Gruñó el abad- Y no estás en posición de negociar, chico. Eso serán diez latigazos más. Acompáñame.

Drusus bajó la cabeza para ocultar el más que evidente esfuerzo que estaba haciendo para no llorar y asintió. Siguió al abad cuando éste abandonó la celda. Adrienne sintió una punzada de tristeza por el chico. Era cruel, pero la Schola Progenium convertía a los huérfanos del Imperio en servidores leales y eficaces del Emperador. La crueldad les hacía fuertes, era inevitable.

La escena cambió con un borrón. La mente de Drusus se estaba afanando en apartar aquel recuerdo, demasiado molesto. Su mente finalmente recuperó otro recuerdo, y el sueño mostró la misma celda de nuevo, pero había otra sensación en el aire, menos inocente, menos pueril, como si la mente de Drusus imprimiera el paso de los años en la atomósfera del lugar. Drusus estaba sentado de nuevo en la cama, pero era mayor que antes, quizá rondando los dieciséis. Era más alto, más musculoso y más duro. Adrienne tuvo que reconocer que también era razonablemente más guapo.

A su lado estaba sentada una chica de tez pálida y cabello artificial color esmeralda, cortado a la altura de los hombros. No era tan alta como Drusus, ni mucho menos tan corpulenta, pero sí era esbelta. Ambos estaban fumando unos cigarros alargados y oscuros.

- Como nos pille el abad...- Murmuró Drusus tras dar una larga calada.

- ¿Le tienes miedo o qué?- Inquirió ella con una sonrisa pícara.

- ¿Y tú no?

- Bueno- La chica se encogió de hombros- Claro que impone, y todo eso, pero a estas alturas ya no me da miedo. Algo muy gordo te tuvo que hacer para que le tengas ese miedo. ¿Te pilló meneándotela y te la cortó?

Drusus frunció el ceño.

- No. 

- Tampoco hace falta que me lo cuentes- Dio una calada a su cigarro e hizo un gesto para tranquilizar a Drusus- Tienes tu derecho a guardarte tus secretos.

- Claro que lo tengo.

Ella sonrió y le miró. Drusus le sostuvo la mirada y levantó una ceja pasados unos segundos, interrogante.

- ¿Qué?

- Estaba pensando que estoy hasta las narices de zurrarte en el pugnatorium.

- Bueno. Somos amigos gracias a eso, ¿No?

- Claro, amigos- Dijo ella lentamente, manteniendo su sonrisita.

-  Bueno. En la arena somos enemigos, pero no nos quita de ser amigos- Se encogió de hombros Drusus- ¿O no?

- Sí, lo que tú digas- La chica acabó su cigarro y guardó la colilla en una pequeña caja metálica que estaba sobre la mesita de noche. Después miró a los ojos a Drusus de nuevo- Y dime, ¿Ya lo has hecho?

- El qué.

- Que si aún eres virgen, Drusus.

Él frunció el ceño de nuevo y puso una mueca de desconcierto que a Adrienne le pareció francamente graciosa. 

- ¿Y eso a ti qué más te da?

- O sea, que sí.

Drusus no respondió. Ella se rió y le rodeó el cuello con los brazos. Él se dejó, aunque no sin reservas.

- Entonces estamos en las mismas- Susurró antes de besarle.

Adrienne salió del sueño con rapidez. Desgraciadamente, con tanta rapidez que confundió a la mente del arbitrador, que se despertó de golpe y gruñó algo ininteligible. Pudo percibir su añoranza, y la frustración por haberse despertado en aquel preciso instante. Después todo aquello quedó borrado por una oleada de arrepentimiento al ver a Petra, que dormía a su lado. Se dio la vuelta sobre su saco de dormir y volvió a quedarse dormido. Adrienne no quiso indagar más en sus sueños.

La mente de Tenej resultó estar protegida. 

Desconocía por qué el theriano tenía aquella clase de muralla mental, pero Adrienne prefirió no adentrarse en ella. Hubiera podido superar el bloqueo psíquico sin demasiado problema, pero aquella impedimenta le pareció una señal. Prefirió no saber qué ocurría dentro de la mente de aquel hombre.

Entonces sólo quedaba una última mente en la que penetrar; la de Hankak. A diferencia de con el resto, no se sentía del todo mal adentrándose en ella. Ya lo había hecho más de una vez, aunque años atrás. Aún así, se mantuvo oculta. Tampoco era buena idea el descubrirse fisgando en los sueños de otras personas, lo que era, probablemente, lo más íntimo e inviolable de un ser humano. Aquel pensamiento le hizo sentirse culpable, pero le duró poco.

Hankak estaba soñando con su mundo natal, Sanabria. Se encontraba de pie en una barca pesquera que se mecía sobre el vasto océano planetario, que se encontraba manso y tranquilo, lamiendo los gigantescos pilares de docenas de metros de diámetro que sostenían la ciudad flotante que estaba cerca de la barca. El inquisidor sostenía una caña en sus manos, y, a su espalda, de pie y con una caña también, había una figura cubierta por una túnica y una capucha. 

- Mucho tiempo sin verte, Lorgen- Dijo Hankak, lanzando el anzuelo.

El anciano sonrió. Y lanzó el sedal también. El anzuelo se sumergió en el agua con un casi inaudible chapoteo.

- Los muertos no tenemos mucho tiempo para visitas, señor.

-  ¿Eres Lorgen de verdad?- Quiso saber Hankak- Una...¿Reminiscencia de su mente? ¿O sólo eres cosa mía?

- No estoy aquí para responder a eso, inquisidor.

Adrienne analizó aquel elemento del sueño, movida por la curiosidad. Se percató con sorpresa de que no pudo averigüarlo.

- ¿Entonces para qué estás aquí, Lorgen?

- Para nada en particular.

- Entonces bien. Ya me habías asustado.

Ambos rieron. La voz del anciano estaba cascada y era áspera, y por algún motivo enervaba a Adrienne. Se hizo un silencio durante unos segundos, en el que Adrienne pudo oír el suave murmullo del océano en calma y el crujido de los tablones de madera de la barca cuando ésta se movía. Hankak fue el que rompió el silencio.

- No estoy seguro de saber a lo que me enfrento.

- A un hereje, mi señor.

- Desde luego- Hankak recogió el sedal y examinó lo que había pescado; un sombrero pirata negro con una calavera sobre dos espadas sierra cruzadas. Lo tiró al agua de nuevo- ¿Pero cuántos más están tras él? O peor, ¿Cuántos más lo estarán? A cada minuto que paso sin encontrarle, Thurr recluta nuevos adeptos para su causa.

- ¿Y sabe qué causa es, inquisidor?

- Ojalá lo supiera. Encontrar el artefacto...usarlo para él. No lo sé. Sólo sé con seguridad que es un traidor al Imperio.

- ¿Y si no existe tal artefacto, mi señor?

Hankak se removió sobre el tablón que usaba de asiento y tamborileó con los dedos sobre el mango de la caña, pensativo.

- Eso es lo que he estado temiendo desde que salimos de Lachrima- Contestó.

- ¿Qué podría ser entonces, mi señor?- Lorgen se mantenía de espaldas, sin mover un sólo músculo de su cuerpo. 

- Una distracción- Aventuró él, sin estar muy seguro de ello- Pero es demasiado obvio. Intuyo que recluta gente para buscar el artefacto. 

- ¿Y si lo que quiere es escapar, y no atacar al Imperio?- Sugirió Lorgen.

Hankak se encogió de hombros. Un colosal tiburón titán pasó por debajo de la barca, haciendo que se estremeciera.

- Aunque sea así debo cumplir con mi deber, Lorgen. Es un traidor. Tengo que encontrarle, y acabar con él.

- ¿Y por qué no dejar que él le encuentre?

- Tiene a otras personas para eso. Lo sabes mejor que yo.

- Sí- Rió el anciano- Sí que lo sé.

Adrienne estaba sorprendida. La actividad mental del inquisidor era superior de la habitual en un sueño. Aquello era un ejercicio de reflexión inconsciente. Su mente había creado un escenario y toda la información de la que disponía, todas sus teorías e ideas estaban poniéndose a prueba, desmintiéndose, cambiándose y analizándose. Era algo sumamente extraño e impresionante. Adrienne estaba abstraída completamente en contemplar toda su actividad mental mientras no intercambiaba con Lorgen ni siquiera una ínfima parte de la información que estaba procesando.

- Pero, ¿Y si él ya le ha encontrado?- Comentó Lorgen.

- Sus hombres aún no me han encontrado. A Skaas, no obstante...

- ¿Y si Skaas no fuera quien dice ser?

- ¿Qué quieres decir?- Hankak se volvió, frunciendo el ceño.

Se topó con Skaas Tiralde, ocupando el lugar de Lorgen, y mirándolo por encima del hombro con una sonrisa de confusas intenciones. En lugar de su caña, sostenía un sable, al igual que Hankak.

- ¿Y si no fuera quien digo ser?- Repitió Skaas.

- No tiene sentido. Por poco ortodoxo que seas, o aunque huyas del Imperio la mayor parte de tu tiempo, no eres un traidor.

- ¿Y si lo soy?- Skaas se dio la vuelta y se puso en guardia.

- Lo dudo mucho.

Skaas esbozó una mueca siniestra y le lanzó una estocada, que Hankak esquivó echándose a un lado. Contraatacó con un tajo horizontal, pero Skaas se agachó y e intentó ensartarle de nuevo, ésta vez a la altura del vientre. Hankak desvió la hoja con un golpe rápido y descargó otro en sentido contrario sobre el comerciante independiente, que lo bloqueó con la guarda e intentó desarmarle con un rápido y brusco giro de muñeca. No lo logró, y el inquisidor le dio una patada en el estómago que le hizo retroceder hasta casi caerse por la borda.

Entonces, de repente, con gran estruendo, el tiburón titán emergió, elevando la pequeña barca en su lomo varios metros por encima del agua. Surtidores de agua rodearon la pequeña embarcación, empapándola y creando abundantes charcos en su interior. Skaas miró hacia atrás y saltó hacia el lomo del ciclópeo animal, pasando por encima de la borda. Hankak le siguió con rapidez, pero cuando sus botas tocaron el suelo, Skaas no estaba.

- ¿Y qué harás cuando me encuentres?- Dijo Thurr con voz rasposa, sosteniendo una gran espada sierra de doble filo.

- Lo que deba.

- ¿Me matarás sin hacer preguntas, o me capturarás para interrogarme? ¿Y si lo que quiero es distraer a los ordos de Namether de otras actividades?

- Entonces las detendremos.

Con un rugido, Thurr se abalanzó sobre Hankak, descargando un ataque descendente que rebotó contra el durísimo lomo del tiburón titán. Hankak afianzó los pies después de esquivar el envite e intentó atravesar la garganta del inquisidor traidor, que agarró la hoja con una de sus manos y la quebró como si  fuera una barra de pan duro. 

- Piensa en ello- Farfulló Thurr antes de partir en dos al inquisidor.

Entonces el sueño acabó, y Adrienne fue expulsada de su mente repentinamente. Mientras intentaba discernir qué era lo que la había expulsado del sueño, se dio cuenta de que estaba despierta, con la cabeza apoyada contra uno de los monitores. La taza de recafeinado se había caído al suelo, y su contenido se había esparcido por las baldosas. Le llevó un par de segundos darse cuenta de que  alguien estaba zarandeándole el brazo. Dio un manotazo a ciegas para apartar a quienquiera que estuviera intentando despertarla, pero su mano sólo cruzó el aire sin acertar a nada.

- Eh, relájate- Dijo una voz femenina, ronca y cansada. 

Adrienne levantó la cabeza y se encontró frente a frente con Mara, que la miraba con el ceño fruncido. Sólo iba vestida con una guerrera azul que le quedaba exageradamente grande, llegándole por las rodilas, y las mangas le tapaban las manos. Se preguntó si quella prenda era de Salazar.

- ¿Esto está encendido?- Preguntó de nuevo la chica, dando un par de golpecitos con el índice en una de las lentes biónicas de Adrienne. 

- No hagas eso- Gruñó ella, apartándole la mano- ¿Qué quieres?

- Me toca la guardia a mí ahora- Mara bostezó, tapándose la boca con la manga de la guerrera, que se dobló hacia atrás hasta el punto en el que la detuvieron la punta de sus dedos- Para una vez que consigo dormir...

- Ah- Confusa, Adrienne miró su reloj y se percató de que ya habían pasado tres horas. Se levantó y arqueó los hombros, entumecidos- Buena suerte.

- No me quedaré dormida como tú- Le reprochó Mara al sentarse. Encendió un cigarro y fijó la vista en los monitores.

Adrienne la miró durante un segundo y luego salió rápidamente de la cocina, avergonazada. Entró en la habitación pequeña sin llamar, por miedo a despertar a Hankak, pero se lo encontró sentado en la cama, pasándose una mano por encima del pelo y bostezando. Adrienne cerró la puerta tras de sí y se sentó junto a él, que la miró con gesto cansado y le dedicó una sonrisa a modo de saludo.

- ¿No puedes dormir?- Le preguntó, esperando que su intrusión psíquica no hubiera causado secuelas.

- Sí, pero acabo de despertarme de un sueño...peculiar- Respondió él.

A pesar de saber perfectamente con lo que había soñado, le pasó un brazo por encima de los hombros y le cogió una mano, invitándole a hablar. Él la miró por el rabillo de ojo y sacudió la cabeza con lentitud.

- Hablé con Lorgen, y con Skaas- Explicó él- Y vi a Thurr.

Adrienne asintió, dándole pie a seguir. No le extrañó que omitiera el resto de información. Quizá no lo recordaba, o prefería no hablar de ello. Hankak se encogió de hombros y dijo que no había más. Ella le pasó una mano por el pelo y apoyó su frente contra su sien.

- Deberíamos dormir- Dijo Hankak- Mañana va a ser un día largo. Tendremos mucho movimiento.

- Sí, tienes razón.

Mientras se quedaba dormida, Adrienne Tentevaleur se preguntó si a la mañana siguiente alguien se habría dado cuenta de que no habían estado solos en sus sueños.

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- Jean y Tenej irán por aquí. Eliminarán en silencio a los guardias que se encuentren y cortarán la electricidad. También entrarán en el sistema de la espiral. Mara irá con ellos para ocuparse de esta última parte.

- Mara. La pequeña, dices- Skaas miró a Mara, que se adelantó hacia él para darle un puñetazo, pero Jean la cogió de los tirantes y la devolvió a su sitio- No sé yo si podrá seguir su ritmo.

Hankak se rascó la cabeza, mirando el plano de la espiral C.

- Es mi experta en tecnología- Dijo- ¿Quién mejor que ella para ocuparse de las luces y de entrar en el sistema de Danar?

- Alguien que pueda seguir su ritmo- Insistió el comerciante indepeniente- Tengo a alguien idóneo para ello.

El inquisidor miró de reojo a Mara, que se encogió de hombros y asintió. Hankak asintió a su vez y volvió la mirada hacia Skaas.

- Dime qué tienes, Skaas.

- Ya lo verás. No te defraudará- Señaló la azotea de la espiral C, trescientos pisos por encima del suelo- ¿Sabes ya cómo subirán?

- Estaba esperando a que lo comentaras.

- Bueno. Resulta que tengo a mano unas piezas de tecnología punta que nuestros chicos podrían usar para llegar hasta ahí- Tecleó unos segundos sobre su placa de datos personal y devolvió la mirada al plano- Dim les acercará y esperará cerca para sacarles de ahí si las cosas se ponen feas.

- Perfecto- Hankak hizo un gesto a Tenej y a Jean, que esperaban apoyados contra la pared del almacén vacío que estaban usando para planear la misión- Id yendo. Tardaréis más que nosotros.

Los dos hombres asintieron y echaron a andar. Jean le dio una palmada en el hombro a Mara antes de irse. Ella se mantuvo impasible, fumando su pitillo y mirando antentamente al inquisidor y al comerciante independiente.

- ¿No avisas a tus hombres?- Hankak levantó una ceja al dirigirse a Skaas.

- Estás atrasado, Drasto- Contestó él mostrándole su placa de datos, en la que aparecieron una serie de mensajes marcados con fecha y hora- Mensajería local instantánea. Sin conexiones.

- Entiendo- El inquisidor frunció el ceño, asombrado y señaló otro punto en el plano, marcado con un círculo azul hecho con un rotulador- Por aquí entraré yo con Adrienne y Drusus. Esperaremos a que Jean y su equipo corten la electricidad y se infiltren en el sistema de Danar, y entonces entraremos. Sacamos a Danar, eliminamos a los que se interpongan y nos vamos rápido. 

- Bien. La pequeña y yo os esperaremos en un aerodeslizador para sacaros rápidamente- Skaas lanzó al aire la llave magnética de un aerodeslizador y la cogió en pleno vuelo- Y si ya está todo, en marcha.

Hankak recogió el plano y dirigió una mirada al resto de su equipo, que asintieron mientras preparaban su equipo. Después miró a Skaas, que estaba de brazos cruzados, con la llave magnética en una mano. 

- Venga, que se va a enfriar el motor.

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- Tecnología punta...-Gruñó Jean- Mis cojones.

- ¡Da gracias a que no tienes que ir agitando los brazos para planear!- Le contestó con una risotada Dim, el atagradano, desde la cabina del pequeño aerodeslizador. 

- ¿Pero no tenía nada mejor el señor comerciante independiente, hombre?

- Con esto es suficiente- Le cortó una voz femenina, suave y cargada de un exótico acento.

- Vaya, vaya- Jean fingió una mueca de sorpresa- Pensé que estabas muda.

La mujer no le contestó inmediatamente. Se limitó a cargar su arma, una carabina con una culata extensible triangular, un grueso silenciador y una mira láser, como las que llevaban Tenej y Jean. A diferencia de ellos dos, que llevaban unos guantes corporales negros con placas de caparazón tratadas con camaleonina, ella llevaba una robusta armadura con placas de plastiacero y refuerzos adicionales de ceramita y armaplás, con músculos sintéticos bajo el blindaje y un casco con un gran visor, que llevaba en el regazo. 

- No estoy muda. Simplemente no tenía nada que decir- Respondió. Cuando le miró a los ojos, Jean no fue capaz de sostenerle la mirada.

En lo que sí se fijó Jean fue en sus ojos; completamente verdes, de un verde claro sin pupilas ni iris. Su piel era morena, y su cabello, castaño claro y liso, estaba recogido en una coleta baja que se perdía en el interior del cuello  acolchado de su armadura, desde el cual partían unos cables que tenía conectados en el punto en el que su cabeza se unía al cuello. Los finos labios habían estado sellados hasta entonces, pero Jean lo había agradecido. La mujer emanaba un aura de hastío, y le hacía sentirse incómodo.

- Eh, espera- Jean le señaló el cuello con un índice cubierto por unos guantes antiretroceso provisto de placas de antifrag- Ese tatuaje que tienes en el cuello...¿No es del SICOM?

Durante un brevísimo instante, ella pareció desconcertada. Luego se puso el casco con rapidez y se lo ajustó. Jean vio su rostro una última vez a través del cristal del casco un segundo antes de que éste se oscureciera automáticamente, y el visor, equipado con un trío de cámaras y que le cubría desde la barbilla hasta la parte más alta de la frente, se desplazó hacia abajo con un siseo, protegiendo el cristal. El skiano se preguntó qué clase armadura era aquella. Con toda seguridad, una tremendamente cara.

- No has visto nada- Fue su respuesta.

- Sí, sí que lo he visto- Replicó Jean, señalándose un punto en la base de su cuello- Aquí, en tinta azul. Vi a un equipo del SICOM en Thorax. Sé reconocer esos tatuajes.

- Está bien- Cedió ella- Estuve en el SICOM. Pero no es de tu incumbencia.

- ¿Y por qué te fuiste?- Siguió él, incrédulo, haciendo caso omiso de sus palabras- ¿Skaas pagaba mejor?

- Es una larga historia que no te pienso contar.

- Oh, una chica misteriosa- Murmuró Jean, inclinándose hacia adelante con interés, apoyando las manos en las rodillas.

Ella puso los ojos en blanco. O lo que Jean interpretó como aquel gesto, pues al parecer sus globos oculares eran enteramente verdes. El skiano preparó otra pregunta, dispuesto a desentrañar los secretos de la ex-agente del SICOM, pero la voz de Dim le interrumpió.

- No molestes a la chica, socio- Advirtió- Nos puede partir el cuello a los tres con el mismo movimiento, así que no te pases con ella.

- Exageras, hombre.

- Por desgracia para los malos, no- Contestó el atagradano- Es una de esos secutores...o como se diga. Hace un par de años, en Scintillia, le rompió el cráneo a un mutante de un solo puñetazo. Es una mala bestia, vaquero.

- Calla y conduce, Diómedes- Aunque llevaba el casco, Jean sabía que le había dirigido una mirada asesina al atagradano, que se echó a reír.

Jean no sabía mucho sobre el SICOM, por no decir que prácticamente nada. Creía que los secutores, el cuerpo de élite del SICOM, se trataba de una leyenda. Soldados mejorados química y mecánicamente, lo más cerca de lo que ningún humano estaría a los inexistentes y míticos Adeptus Astartes. Jean desconfiaba de aquellos rumores de barracón, pero el hecho de tener a un secutor en frente le resultó emocionante. 

- Pensaba que erais un rumor- Comentó, mirando directamente al visor de la mujer.

- Como la capacidad de cerrar la boca de los atagradanos- Respondió ella. Dim siguió riendo mientras conducía- No somos un mito. Existimos, aunque seamos pocos. El proceso de acrecentamiento es duro, caro y tremendamente sofisticado. Muchos no son aptos para las mejoras, e incluso si lo son, mueren durante el proceso.

El skiano asintió para que prosiguiera. Su interés estaba creciendo por momentos, y la mujer lo estaba notando, muy a su pesar. Suspiró con aire cansado.

- No necesitas saber más.

- Oh, sí, claro que lo necesito. ¿Cómo es ese proceso de acrecentamiento?

- Pregúntale a tu amigo- La mujer señaló con la cabeza a Tenej.

- ¿A Tenej? Es grande, pero no es un súper soldado.

- El proceso de acrecentamiento del proyecto Aquiles se probó en Theris- Explicó ella- Al ser abundantes y ciegamente obedientes, los clones therianos eran unos sujetos de pruebas óptimos para el Adeptus Biologis y el Adeptus Mechanicus. Y me juego lo que quieras a que él fue uno de los supervivientes a los experimentos ¿No es así?

Tenej asintió con rostro adusto. Jean se volvió hacia él y lo miró con asombro.

- Hacia el octavo año de mi instrucción llegó personal del Adeptus Biologis y el Adeptus Mechanicus, acompañados por cirujanos del Medicae- Explicó el theriano- Doscientos hermanos fuimos elegidos para que experimentasen con nosotros. Sobrevivimos quince, siete de nosotros con heridas y taras demasiado graves como para continuar nuestra instrucción.

- Entonces, ¿Tú eres un...?

- ¡Ya estamos, muchachos!- Vociferó Dim mientras detenía el aerodeslizador, cortando a Jean a mitad de frase- ¡Inflad los globos y a planear!

La ex agente del SICOM asintió y se desató las correas de seguridad. Después se dirigió al portón lateral y lo abrió. Un hedor nauseabundo a polucción y pobredumbre inundó al instante el aerodeslizador, y Dim soltó una sarta de improperios, arrugando la nariz. 

- Nos vemos en la azotea- Dijo la mujer antes de saltar.

- Esto va a acabar mal, Tenej- Masculló Jean con una mueca- ¿Pero de verdad que eres...?

El theriano le empujó y luego fue tras él sin mediar palabra alguna. Cayeron a plomo a través de las nubes de contaminación, de un espeso color ocre. Jean era incapaz de ver nada a través de las nubes de polucción, y notó cómo su respiración aumentaba de ritmo. Su pecho se contraía y expandía rápida y seguidamente, a la vez que su boca intentaba arrancar todo el oxígeno posible del respirador. Tuvo que esforzarse para controlar su respiración y no hiperventilar, y para recordarse que, si no activaba el elevador aerostático, se estamparía contra uno de los rascacielos del nivel 12. Por encima de él, Tenej y la mujer enviada por Skaas ya habían activado los suyos, que los elevaron lentamente mientras sus sencillos impulsores los llevaban hacia adelante, hacia la espiral C.

Jean tiró de las anillas del arnés y el globo aerostático, de algo más de un metro de radio, se infló de golpe, frenando en seco su caída y empezando a levantarle lentamente. Se limpió los restos grasientos y ocres que la polucción había dejado en sus gafas, en cuyos cristales empezaron a aparecer poros causados por las sustancias corrosivas que flotaban en el aire, y encendió el impulsor de la mochila, cuyas paletas empezaron a girar hasta alcanzar una gran velocidad. Mientras avanzaba lentamente a través de la neblina ocre, localizó a sus dos compañeros, que estaban por encima de él, y más arriba, moviéndose sin problema. 

La espiral C era una torre enormemente alta, enroscada sobre sí misma y erizada de chimenas, antenas y filtros de atmósfera para eliminar los agentes tóxicos que flotaban a aquellas alturas. Infinidad de ventanas de cristales anaranjados formaban extraños mosaicos por toda su estructura, creando formas caprichosas cuando algunas estaban iluminadas desde detrás por luces y otras no. Manojos de cables recubiertos de una carcasa de plastiacero divivida en secciones y carcomida por las nubes corrosivas recorrían la espiral de arriba a abajo, entrando en su interior a través de las gruesas paredes o por ventanas rotas y tapiadas, y llevaban electricidad a las personas que vivían en la espiral. 

Jean contempló la macroconstrucción con asombro mientras el globo aerostático lo hacía seguir subiendo, lentamente, superando poco a poco la neblina de polucción y gases corrosivos. Dio gracias a que su guante corporal era capaz de resistir semejantes niveles de toxicidad y corrosión, ya que, de otra forma, la piel se le habría desprendido de los huesos hacía tiempo. Comprobó que la carabina estaba sujeta apropiadamente a las correas que llevaba sujetas a cada una de las placas de los hombros y después echó un vistazo al altímetro que tenía en la muñeca. No pasaría mucho más tiempo hasta que se viera obligado a detener el ascenso del globo para poder alcanzar la azotea de la espiral.

- Inrah- Anunció la mujer de repente- He alcanzado el destino, corto.

- Tenej- Respondió el theriano, que estaba cerca de la azotea- Té menos cuarenta y cinco.

- Jean- Gruñó el skiano, intentando que el propulsor lo hiciera avanzar con más rapidez- Dadme un par de minutos.

Llegó a la azotea casi un minuto y medio exacto después de Tenej. El theriano e Inrah estaban acuclillados tras unas grandes chimeneas, con las carabinas preparadas. Al aterrizar, Jean dejó caer su mochila, con el globo aerostático ya desinflado, y cogió su arma. Desplegó la empuñadura retráctil que el arma tenía en la parte inferior del guardamanos y asintió a sus compañeros.

- Comprobación de comunicaciones- Sonó la voz de Inrah por el canal vox privado.

- Comprobado- Respondió Tenej.

- Comprobado- Terció Jean.

Inrah asintió, aunque era un gesto leve y algo extraño, enfundada en la robusta armadura, y se levantó. Agachados, avanzaron hasta una gastada claraboya recubierta de óxido y con el metal repleto de de ampollas causados por la corrosión. Inrah deslizó un cable óptimo por uno de sus huecos y escudriñó lo que había debajo. Movió el cable en un ángulo de trescientos sesenta grados, examinando cada imagen que se proyectaba en el interior de su casco con una rapidez formidable, y apenas unos segundos después de desplegar el cable óptico, lo recogió y se lo guardó en uno de sus portaequipos.

- Está despejado- Informó- Yo entraré primero y os cubriré mientras bajais.

- Recibido- Asintieron Tenej y Jean a la vez.

En silencio, la ex agente del SICOM retiró la cubierta de la claraboya y la dejó sobre el suelo, para después agarrarse al corroído borde y pasar a través del hueco con sorprendente rapidez para alguien que portaba una armadura de aquel tamaño y tonelaje. Los músculos sintéticos de su armadura sisearon suavemente con cada movimiento, y las botas amortiguadoras no emitieron sonido alguno cuando tocaron el suelo, recubierto de sucias baldosas grisáceas que anteriormente habían tenido color. Echó un vistazo a la imagen que el áuspex de su casco proyectaba en su visor para asegurarse de que no había nadie cerca y emitó un par de chasquidos por el canal vox; la señal para que Jean y Tenej bajaran.

El theriano entró después, de igual manera que Inrah, descolgándose desde el borde superior de la claraboya y cayendo al suelo con todo el sigilo del que fue capaz. Jean, que era un experto en tareas de sigilo, no hizo ni un solo ruido al descolgarse y aterrizar sobre las baldosas, todo ello en apenas un par de segundos. Cuando los tres estuvieron dentro, Inrah hizo un gesto y avanzaron con cuidado, agachados y con las armas preparadas, con Tenej cubriendo la retaguardia y Jean y la secutrix abrendo la marcha, cubriendo cada uno un ángulo de noventa grados, de manera que también vigilaran los flancos.

Avanzaron hacia la sala contigua, ocupada por docenas de unidades de filtración y purificación de atmósfera, conectadas a las chimeneas y conductos de ventilación de la espiral. A excepción de los parpadeos de los cogitadores de mantenimiento, no había una sola luz en el lugar, y el zumbido colectivo de los aparatos era tan alto que podrían haber disparado sus armas sin silenciadores y nadie se habría dado cuenta. 

Inrah revisó el áuspex por segunda vez y avanzó hacia un gran panel de control repleto de polvorientas pantallas y gastados botones y palancas. Examinó el aparato durante un instante para familiarizarse con él y tiró de tres palancas, en sucesión, mientras los dedos de su otra mano bailaban ágilmente sobre uno de los teclados. Soltó una maldición en voz baja cuando en la pantalla central apareció un programa de identificación pidiéndole que ingresara una contraseña.

- Esto me llevará un rato- Avisó mientras conectaba un aparato al puerto de datos del cogitador central.

- Entendido- Jean se desplazó en silencio hasta la puerta del ascensor y se situó a un lado. Tenej tomó posición cerca de Inrah, para poder cubrir al skiano.

Inrah seguía trabajando en el cogitador central con su aparato decodificador en la mano, procesando miles de datos por segundo, intetando conseguir la clave. No pasó mucho tiempo hasta que, de repente, las puertas metálicas del ascensor se abrieron de par en par con un siseo, y una luz blanca inundó la habitación. Jean dio un respingo. Con el zumbido de todos los aparatos de la sala, no había sido capaz de oír el sonido del ascensor. 

Una sola figura entró en la sala, con su atención centrada en una caja de tabaco de la que estaba intentando sacar un cigarrillo. Al ver que las puertas se cerraban tras de él y que nadie más salía, Jean se abalanzó sobre él en el preciso instante en el que el hombre levantaba la cabeza y veía a Inrah. Antes de que pudiera decir nada, la daga de combate del skiano le cortó la garganta, y se desmoronó sujetándose la herida, boqueando mientras se ahogaba en su propia sangre.

- Maldito ruido- Gruñó mientras arrastraba el cuerpo detrás de unas unidades de filtración- Aquí estamos ciegos y sordos, Inrah.

- Ya casi está- Murmuró ella, que pulsaba una tecla del cogitador cada poco, a medida que su decodificador iba averigüando los dígitos de la clave.

Finalmente, pulsó una tecla por última vez y un momentáneo resplandor verde iluminó la pantalla principal. Con gesto triunfal, Inrah accionó una de las palancas y todos los cogitadores y pantallas se apagaron. Se volvió rápidamente hacia sus dos compañeros, que se habían puesto las lentes fotosensibles que traían consigo. A ella no le hacían falta. El visor de su casco tenía un filtro de visión nocturna automática que se activó en cuanto la sala se quedó completamente a oscuras. 

- Ahora es el turno de la red interna de Danar- Dijo, sacando un cortador de plasma manual que llevaba en uno de los portaequipos rígidos de su armadura- Yo iré primero. Nos detendremos tres pisos más abajo; hay una sala de cogitadores que puedo usar.

Jean y Tenej asintieron. Se preguntaron si, con las luces de media espiral apagadas, los hombres de Danar podrían dar con ellos. Mientras tanto, Inrah cortaba una amplia sección circular en el suelo del ascensor con su cortadora de plasma, arrojando intensos destellos discontinuos de un tono blanco-azulado que causaban interferencias en los fotovisores de Jean y Tenej, que se vieron obligados a apartar la mirada.

Cuando acabó de cortar, Inrah retiró el pedazo de acero con cuidado y lo dejó tras sí. Sacó una gruesa cuerda que llevaba sujeta al cinturón y ancló uno de sus extremos al techo del ascensor, de gruesas rejillas metálicas. El resto de la cuerda cayó, sacudiéndose, hacia la negrura, sólo iluminada por las débiles luces rojas de emergencia, muchas de las cuales estaban fundidas. Dejó que su arma colgara sobre su pecho por las correas y se asió a la cuerda. 

- Tres pisos, recordad- Dijo antes de descolgarse poco a poco.

Jean se acercó con cautela y se asomó, perdiéndola de vista a los pocos instantes. Se volvió hacia Tenej, que estaba preparando su arnés.

- Joder. Con el miedo que me dan las alturas- Confesó el skiano.

- Por cosas peores has pasado- Aseguró el theriano, revisando las correas.

El skiano se quedó mirando fijamente la gruesa cuerda negra. Se sacudió tres veces.

- Sí. Eso es lo más triste.

Sin perder tiempo, el ex guardia imperial sujetó su arnés a la cuerda, la agarró con ambas manos y comenzó el descenso con cautela. La enorme cavidad del ascensor contaba con cientos de metros de alto, y extraños ecos y murmullos rebotaban desde abajo, lo cual no contribuía a su tranquilidad. Sintió un escalofrío al imaginarse cómo la cuerda se escurría entre sus dedos y su arnés dejaba de asegurarlo, y casi le pareció que caía a plomo hacia el fondo. Odiaba las alturas con toda su alma.

Aunque los tres pisos que separaban la azotea de su destino no representaban una larga distancia, el descenso se le hizo eterno. Inrah se las había ingeniado para abrir la puerta de acceso al ascensor de aquel piso, que estaba abollada en los bordes interiores, como si la hubiera abierto con las manos. Jean posó los pies en suelo firme, se descolgó el arnés y dio tres tirones a la cuerda. Oyó cómo Tenej comenzaba su descenso.

La secutrix se encontraba apoyada contra una esquina, observando atentamente las lecturas de su áuspex desde detrás de su visor. A sus pies había un hombre con el cuello roto, tirado en el suelo en un ángulo extraño. Iba vestido con un uniforme negro y un chaleco antifrag ocre, desprovisto de hombreras. Llevaba una pistola láser enfundada en una funda a la altura del muslo, y no había indicios de que le hubiera dado tiempo a desenfundarla. 

- Hay un breve pasillo hasta la sala de cogitadores- Dijo ella en voz baja por el enlace vox, señalándolo con un gesto de cabeza- Creo que sólo existe ese acceso.

- Dentro de poco lo comprobaremos- Asintió Jean mientras Tenej llegaba al piso y se libraba de su arnés.

Tras comprobar el áuspex para asegurarse de que no había nadie dentro de la sala de cogitadores, los tres entraron rápidamente, en sucesión, con las carabinas en alto y preparadas por si acaso. No les hizo falta; la sala estaba vacía y oscura. Inrah avanzó hacia el cogitador maestro y le enchufó un cable que conectó su armadura al sistema de la espiral. Un abanico de señales holográficas se desplegó en el interior de su visor mientras un torrente de información invadía su cabeza. Incluso a pesar de sus implantes y su preparación, le llevó unos segundos adecuarse al ingente flujo de datos y a la cantidad de información. Reportes automáticos del fallo eléctrico, facturas, mensajes instantáneos que la red de la espiral enviaba a otros lugares, lecturas de corriente eléctrica, flujo de gas natural, temperatura de cada estancia...

La secutrix ordenó la información y la seleccionó, valiéndose de su conexión neural y de los dispositivos de su armadura, y se centró en los sistemas que más le interesaban de cara a la misión; comunicaciones externas y cámaras de vigilancia. Se dio cuenta de que no podía acceder a el archivo privado de Danar en cuanto se percató de que no había rastro alguno de ella en la espiral. Como alguien competente, era probable que guardase sus datos en otro lugar, mucho mejor protegido y escondido. Informó al inquisidor de inmediato.

- ¿Todo bien?- Preguntó Jean, que había cerrado la puerta y se había acuclillado tras uno de los cogitadores, cubriendo la entrada junto a Tenej.

- Estoy conectada- Asintió Inrah, con dificultad. El estar inmersa en el flujo de datos de la espiral, a pesar de haberlo limitado y filtrado, absorbía casi toda su capacidad cognitiva- Cubridme hasta que acabe.

- Eso está hecho.

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- Tenemos un problema.

Adrienne y Drusus le miraron. Él se inclinó hacia adelante, con la escopeta de combate provista de un grueso silenciador apoyada entre las piernas.

- ¿Inquisidor?

- Tu especialista no ha podido acceder a la red de Danar, Skaas.

- Te dije que era buena, no que fuese una puñetera cabezalata del Mechanicus- Dijo el comerciante independiente desde el asiento del conductor.

- No es eso. Al parecer sus archivos no están en la red de la espiral.

- Muy estúpida tendría que ser para que estuvieran ahí- Rió Skaas- Cómo se nota que eres nuevo en esto, Hank.

El inquisidor se pasó una mano por la frente, pensativo. Sin la capacidad de acceder a los datos de Danar, tendrían que aprovechar al máximo su interrogatorio. Estaba convencido de que la traficante estaba cooperando con Thurr, pero aún ignoraba en qué sentido. Miró a Adrienne y a Drusus, sentados frente a él, y ellos a su vez le devolvieron la mirada, expectantes.

- Sólo resta sacar a Danar- Sentenció Hankak- Tardaremos menos de lo esperado.

- Por nuestro bien- Dijo Adrienne, asintiendo.

El aerodeslizador traspasó las nubes de contaminación en dirección a la espiral a gran velocidad. Era el mismo vehículo en el que Skaas le había sacado de la cúpula de observación tras el ataque de los asesinos. Negro, alargado y elegante, con una capa de blindaje de ceramita y armaplás interna y unos potentes motores gemelos. Le habían quitado la matrícula para la ocasión, incluso a pesar de que Jean y su equipo habían desactivado las cámaras de media espiral C. 

- Estamos cerca- Avisó Skaas- Os dejaré en una rampa de acceso para aerodeslizadores, dos niveles por debajo de los aposentos de Danar.

- Entendido- Hankak, Drusus y Adrienne se levantaron, preparados para salir por la puerta en cuanto el vehículo se estabilizara.

La rampa de acceso tenía tres metros de ancho y ocho de largo, y acababa en una pista de aterrizaje circular de treinta metros de radio, rodeada por varas de luz rojas y verdes que parpadeaban, y que podían verse desde lejos incluso a través de la polucción. El aerodeslizador se colocó encima de la pista de aterrizaje y comenzó a bajar lentamente, disminuyendo la potencia de los generadores gravíticos poco a poco. La puerta lateral derecha se abrió de golpe, levantándose hacia arriba, y Hankak y sus hombres saltaron, tras lo que echaron a correr a toda velocidad hacia la entrada a la espiral.

Skaas mantuvo la energía recorriendo el vehículo, para poder irse en cuando el inquisidor y sus hombres volvieran con Danar. Pulsó un botón en la consola de mandos y un brazo mecánico armado con un cañón automático doble surgió desde un costado del compartimento de pasajeros con un silbido de servos. Miró a Mara, sentada en el asiento del copiloto y señaló el arma con un gesto de cabeza.

- Por si los chicos de Danar se ponen tontos- Dijo, sin más- Cógelo.

La muchacha se desató las correas de sujección y pasó al compartimento de pasajeros, donde se puso tras el cañón automático, que contaba con un grueso escudo de plastiacero para proteger al artillero. Amartilló el arma y cogió ambos mangos, acariciando los gatillos con sus dedos.

- ¿Qué clase de aerodeslizador es este?- Preguntó, sorprendida.

- Uno escandalosamente caro- Aseguró el comerciante independiente con una sonrisa.

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No habían encontrado a nadie en el nivel en el que aterrizaron. Hankak albergaba la esperanza de que el aerodeslizador hubiera pasado inadvertido, pero sabía que aquello era imposible. Era más que probable que mucha gente se hubiera asomado a las ventanas al ver que la energía se cortaba, y entonces verían el vehículo en la planta de aterrizaje. Debían darse prisa.

Envió a Drusus a la retaguardia del equipo, y Hankak avanzó en cabeza, con Adrienne detrás, sondeando los alrededores con sus capacidades psíquicas. La oscuridad era casi total, pues por las ventanas apenas entraba un haz de luz debido a la contaminación, de manera que llevaban, al igual que el equipo de Jean, visores fotosensibles. La vista a través de aquellos aparatos se teñía de verde, y resaltaba las siluetas en blanco. Pequeñas virutas grisáceas crepitaban de cuando en cuando en sus campos de visión.

- Bloquead los ascensores- Comunicó al grupo de Jean en un susurro mientras empezaba a subir las escaleras al nivel superior.

- Bloqueados- Respondió casi instantáneamente la mujer que Skaas había enviado. 

En un principio, Hankak no se había fiado de ella. Prefería a alguien de confianza, como Mara. No obstante, en cuanto Skaas le dijo que había estado en el SICOM, el inquisidor cambió de opinión. Contar con alguien así era realmente una ventaja.

- Hay dos arriba- Avisó Adrienne en voz baja por el enlace vox.

Hankak asintió y le hizo señas a ella para que avanzase junto a él, y a Drusus para que mantuviera la posición. Subieron las escaleras con las armas preparadas, sin hacer ruido. Les llegaba luz desde el piso superior, donde los dos hombres habían encendido sus linternas y hablaban entre ellos en susurros. Se detuvieron, pegados a la pared, y Hankak miró a Adrienne con tres dedos extendidos. Los fue contrayendo poco a poco.

Cuando su mano se convirtió en un puño, atacaron.

Los dos hombres no eran pandilleros ni escoria de la subcolmena. Llevaban chalecos antifrag negros y monos ocres, e iban armados con pistolas láser. No les dio tiempo a desenfundarlas. Uno de ellos se desplomó con dos agujeros de bala, uno en la mejilla y otro en la frente cuando Hankak disparó su carabina. Adrienne derribó al otro con un certero disparo en el cuello. El guardia se deslizó contra la pared, dejando un rastro de sangre en ella.

- Despejado. Drusus, sube.

Mientras el arbitrador subía, con su voluminosa escopeta en ristre. Hankak examinó el ascensor que los dos sicarios de Danar estaban guardando. Era probable que llevase a los niveles que la traficante empleaba. Encendió el microcomunicador.

- Inrah, activa el ascensor...- Buscó algún panel de identificación. Lo encontró sobre el panel de control- B45. Llévanos al próximo nivel y vuélvelo a desactivar.

- Recibido.

Las puertas se abrieron en cuanto Inrah respondió.

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Carnon Vamm era un hombre duro. 

Era uno de los matones más peligrosos de su nivel. Aquello fue lo que atrajo la atención de los agentes de Danar, y lo que le consiguió el mejor trabajo que podría haber imaginado jamás. Pero a pesar de todo aquello, Carnon Vamm tenía miedo a la oscuridad.

- Vamos, no me jodas- Gruñó, dándole golpes a su linterna. El aparto titiló e iluminó un amplio área enfrente de él con un haz blanco. Suspiró aliviado- Mejor.

- ¿Alguno tenéis idea de qué demonios está pasando?- Vociferó Herman Stingfall, acercándose con la linterna en una mano y la pistola láser en la otra.

- Guarda eso, hombre- Le respondió Ludo Norins- Se habrá ido la energía por la mierda de los circuitos. A saber cuántos años tienen. 

- Ya te digo yo que no- Protestó Stingfall. Después miró las luces del ascensor, que se encendieron de repente- Los ascensores estaban cortados. ¿Qué demonios?

- Serán Atneen y Voben, que vendrán a ver qué pasa- Opinó Ludo.

- ¿Y dejar sus puestos?- Gruñó Stingfall- Danar les arrancaría los ojos.

- Bueno, peor para ellos- Se encogió de hombros Carnon.

El ascensor llegó al piso con un tintineo, y las puertas se abrieron. La luz azulada bañó el rellano. Ludo se acercó a ella con los brazos extendidos.

- Neen, Vobs, ¿Qué hacéis aquí, mamones? Como Danar os coja...

La respuesta fue un disparo.

Ludo salió despedido con el chaleco y el torso destrozados y se estampó de espaldas contra la pared. Stingfall se puso a gritar insultos y disparó varias veces hacia el ascensor, pero se desplomó súbitamente con media cabeza volada. Sus sesos quedaron proyectados sobre Carnon, que titubeó mientras su mano buscaba desesperadamente su arma. Una figura surgió del ascensor, moviéndose con rapidez. Estaba vestida con un guante corporal negro y ajustado, y llevaba la cara cubierta por un pasamontañas y un visor nocturno. Le apuntaba con una carabina.

Carnon era uno de los matones más peligrosos de su nivel. Uno de los sicarios más brutales de Danar. Pero aquello no le salvó de morir.

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- Cuidado, oigo algo- Susurró Jean, alejándose de la puerta para poder apuntar con su arma. 

- Apártate- Le dijo Inrah con voz ausente.

- ¿Qué?

- Que te apartes de la condenada puerta.

Jean rodó hacia Tenej justo a tiempo para evitar la explosión. Los restos de la puerta se desperdigaron por la sala acompañadas de humo y varios disparos láser, que iluminaron la oscuridad con destellos verdes. 

- ¿Y cómo saben que estamos aquí?- Gritó Jean por encima de los disparos mientras gateaba para cubrirse tras un cogitador.

Los disparos siguieron chisporroteando por toda la sala durante varios segundos, chocando contra paredes y cogitadores y rebotando constantemente. Tuvieron que agachar las cabezas para que no se las volasen. Cuando el tiroteo cesó, Jean y Tenej no perdieron tiempo en asomarse con las armas en alto, buscando objetivos. Sólo se toparon con un único guardia, equipado con una voluminosa y gruesa armadura completa pintada de negro. Sostenía una ametralladora con un cargador de tambor pintado con una franja roja.

- Ah, mierda- Masculló Jean.

- ¿Qué te pasa?- Gruñó Tenej, disparando. Las balas se chocaron y rebotaron en la armadura sin hacer daño.

- Sabes lo que significa que un cargador esté pintado, ¿No?- Le dijo mientras volvía a ponerse a cubierto. Una salva de proyectiles explosivos arrancaron baldosas de la pared e hicieron estallar dos cogitadores- Que viene con sorpresa.

El theriano disparó una última ráfaga y se agazapó tras el cogitador de nuevo, justo a tiempo para evitar un aluvión de disparos láser. Tres guardias armados con carabinas láser entraron tras el de la ametralladora, lanzando ráfagas cortas y constantes. Tenej y Jean dispararon a ciegas para contenerles. Los destellos de los disparos iluminaban intermitentemente la habitación, cegando y confundiendo a los fotovisores de los dos hombres.

- Peón a Pescador- Exclamó Jean por el microcomunicador- Estamos bajo fuego intenso. Coged el paquete y largaos lo más rápido que podáis. Si no respondo, ha sido un placer servirle. 

- Recibido, Peón- Jean no entendió la mitad de la transmisión debido al estruendo de los disparos- Espero veros cuando esto acabe.

Jean se asomó y lanzó una ráfaga desesperada contra el hombre de la ametralladora. Las balas rebotaron contra sus hombreras y brazales, arrancando chispas de sus placas. Uno de los guardias con carabina le vio y el skiano tuvo que volver a ponerse a cubierto. Miró a Tenej, que había hecho lo mismo.

- No sé si los therianos creéis en el más allá- Le dijo- Pero te veo allí en un rato. Si tienen bar, invito yo a la primera.

Tenej sacudió la cabeza y abrió fuego. El volumen de disparo enemigo le obligó a buscar refugio tras otro cogitador, pues el suyo fue aguijoneado por una lluvia de haces de energía y proyectiles explosivos. Jean se llevó una mano al cinturón y acarició con un dedo la granda de fragmentación que había guardado allí. Si iba a morir, no tenía intención de hacerlo solo.

Entonces la misma muerte entró en la habitación.

Con la carabina preparada, Inrah apareció tras el cogitador de Jean, moviéndose con fluidez. El skiano se quedó mirándola, asombrado por el poder que emanaba. Enfundada en su armadura era impresionante. Caminaba con una seguridad implacable, y pareciera que no existiese arma en la galaxia capaz de acabar con ella. Se plantó frente a los hombres de Danar y abrió fuego sin dejar de avanzar.

Un proyectil explosivo impactó en su costado y atravesó la placa con un violento estallido, pero la ametralladora no volvió a disparar. Uno tras otro, a una velocidad de vértigo, la secutrix eliminó a los cuatro guardias con cuatro disparos efectuados en apenas dos segundos. Los disparos láser rebotaron contra su armadura, dejando marcas de quemaduras en sus placas, pero sin llegar a causar daño. No le acertaron muchos, de todas formas. Los sicarios apenas tuvieron tiempo de abrir fuego contra ella.

El guardia con la ametralladora recibió un disparo en el cuello y se tambaleó antes de caer de espaldas. Dos de los otros tres cayeron casi al mismo tiempo con una agujero de bala en la frente y la parte trasera de sus cráneos abierta de par en par. El último se desmoronó cuando una bala le reventó el ojo izquierdo y se alojó en el interior de su cerebro. Mientras caía, siguió disparando su arma, que dejó una hilera de boquetes humeantes en el techo. Inrah se volvió, con el arma colgando de sus correas, al mismo tiempo que los cadáveres chocaban contra el suelo.

Jean y Tenej permanecieron un segundo en silencio, perplejos. Tenej tardó menos en reaccionar, y se asomó a la puerta con la carabina en alto para asegurarse de que nadie más venía. Jean se acercó a Inrah, alternando su mirada entre la placa dañada de su armadura y el casco, cubierto por el adusto visor, que hacía imposible verle el rostro.

- Estás herida.

- La armadura se ha llevado la peor parte. Estaré bien. Y ahora, vámonos antes de que vengan más. Se habrá oído por toda la puñetera espiral.

- ¿Cómo que irnos? ¿Y qué pasa con el otro equipo?.

- No nos necesitan más- Aseguró Inrah. 

Jean no podía ver a través de su visor, totalmente inexpresivo. Le costaba imaginar que hubiera una persona tras él. Tragó saliva y asintió.

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- Jean y su equipo tienen problemas.

- ¿Esperabas que no hubiera?- Murmuró Adrienne, concentrada en sus barridos telepáticos.

- No los esperaba tan rápido.

Hankak recargó su arma. Esperaba que Jean y su equipo pudieran retirarse antes de que los hombres de Danar acabaran con ellos. Ya habían hecho su parte, cumpliendo parte de los objetivos. Solamente restaba capturar a la traficante. Adrienne le había advertido de que no estaba lejos.

- Hankak- Drusus atrajo su atención con un gesto- El comunicador de ese hombre...

El inquisidor hizo un gesto para que guardaran silencio y se agachó sobre el aparato, que había empezado a emitir estática. No tuvo que esperar mucho hasta que surgió de él una voz masculina.

- Carnon, llévate a tus hombres a la pista de aterrizaje del nivel trece, tenemos que cubrir a la jefa. Alguien nos está atacando- Exclamaba el hombre entre jadeos. De fondo, se oía una algarabía de botas golpeando el suelo mientras corrían- Mueve el culo. Trender, corto.

Drusus se agachó junto a Hankak y se quedó mirando el pequeño comunicador con la culata de la escopeta apoyada contra el suelo. 

- Nos tienen- Dijo.

- Entonces seremos más rápidos- Respondió el inquisidor, levantándose. Contactó con Jean por el enlace vox privado- Pescador. Id a la pista de aterrizaje del nivel trece si os es posible; Danar se dirige hacia allí. Luz verde para fuerza letal, pero necesitamos a Danar con vida.

- Recibido, Pescador- La voz de Jean surgió a través el auricular, entrecortada por los jadeos- Vamos para allá. Y estamos todos vivos, gracias por preguntar. Peón, corto.

Hankak apagó el aparato y miró a Drusus y a Adrianne. Hizo un gesto hacia al ascensor.

- Acabemos rápido con esto.

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Jean apagó el microcomunicador en el mismo instante en el que un disparo volaba un pedazo de la pared tras la que se estaba cubriendo. Esquirlas y polvo de rococemento saltaron por todo el pasillo cuando una nueva ráfaga acometió contra la pared. Los rayos láser hendieron la espesa nube de polvo que se había formado, haciendo que se agitase y creando boquetes a través de ella.

- ¡Ya habéis oído al inquisidor!- Exclamó, intentando sobreponerse al tableteo chasqueante de las carabinas láser- ¿Alguna idea de cómo bajar al nivel trece? Sin morir por el camino, si es posible.

- ¿Cuánto te importa morir?- Dijo de pronto Inrah, sacando algo de uno de sus portaequipos.

Arrojó el artefacto, que rebotó contra una pared y desapareció tras la esquina del pasillo. Se oyeron gritos de alerta de los hombres de Danar, y después una explosión que sacudió todo el pasillo. Astillas de rococemento y miembros humanos salieron disparados, chocando y rebotando contra el techo, las paredes y el suelo. Jean apartó la vista del dantesco espectáculo y miró a Inrah, que estaba sacando más explosivos de sus portaequipos.

- ¿Del uno al diez? Ocho- El skiano frunció el ceño, pensativo, mientras la secutrix colocaba los explosivos en la pared- Siete y medio.

- El nivel trece está dos niveles por debajo. Sacad las cuerdas- Inrah se alejó de la pared y accionó un detonador. Las granadas krak se llevaron por delante gran parte de la pared, que se desmoronó y cayó como una cascada de roca hacia el exterior- Y poneos las máscaras.

Tan pronto como desapareció la pared, las espesas nubes de contaminación empezaron a entrar en el pasillo, llenándolo en poco segundos. Aquello aseguraría que los hombres de Danar no los siguieran. La pintura de las paredes no tardó en desconcharse por la corrosión.  

Sacaron las gruesas cuerdas de rápel y las sujetaron al suelo mediante anclajes metálicos con punta de taladro. Las aseguraron y se acercaron lentamente al borde, en el punto en el que la pared se había desmoronado. Miraron hacia abajo. Aparte de una caída sin fin, sólo estaba la pista de aterrizaje, redonda y con un aerodeslizador y tres guardias armados esperando. Los hombres empezaron a dispararles, alertados por la pared demolida.

- Yo me ocupo de esos tres. Vosotros del conductor- Dijo Inrah, y comenzó a descender.

En lugar de descolgarse poco a poco e ir saltando contra la pared, Inrah descendió de golpe, usando la cuerda para frenar su velocidad de vez en cuando. Jean y Tenej la miraban, confusos y sorprendidos. Las botas amortiguadoras y los músculos sintéticos de su armadura se llevaron la mayor parte del impacto cuando llegó al suelo, golpeándolo con fuerza y estruendo y creando grietas en el rococemento reforzado. Su estructura ósea, más densa y resistente que la de un humano corriente, hizo el resto.

Se levantó como una exhalación, plantándoles cara a los tres atónitos guardias, que la apuntaron con sus armas. No les dio tiempo a dispararle una sola vez. En menos de dos segundos, Inrah había desenfundado su pistola Na-13 modelo 23 y descerrajado un disparo a dos de los sicarios que más cerca estaban. Ambos salieron despedidos hacia atrás con el cráneo abierto y humeando. El tercero se chocó contra el fuselaje del aerodeslizador cuando una bala le impactó en el chaleco antifrag, que aunque no llegó a penetrarlo, sí tuvo la fuerza suficiente como para enviarle hacia atrás. El segundo disparo le partió la mandíbula en dos y llegó a su cerebro. El cuerpo se sacudió entre espasmos mientras el piloto del aerodeslizador trataba de levantar el vuelo, maldiciendo.

Los motores y los disruptores gravitacionales emitieron un zumbido constante cuando el vehículo se alzó sobre la plataforma de aterrizaje, virando lentamente para alejarse. Maldiciendo por lo bajo, Jean bloqueó su arnés y se apoyó sobre el quicio de una ventana, adoptado una posición de disparo. Apuntó a través de la mira láser al conductor, que estaba tras la ventanilla corroída del puesto del piloto. Exhaló el aire que había estado reteniendo y mantuvo su pulso todo lo firme que pudo. Sólo tenía una oportunidad.

Acarició el gatillo y disparó.

La bala reventó la ventanilla, y los fragmentos se le clavaron al piloto en la cara y el cuello, haciéndole bramar de dolor y sorpresa. La bala erró el blanco por poco, pero el sicario perdió el control y el aerodeslizador se escoró y voló dando vueltas hasta chocarse con unas gigantescas tuberías de filtrado de atmósfera. La explosión resultante fue enorme, cuando los gases que las tuberías transportaban fueron prendidos por el combustible en llamas del aerodeslizador. En el interior de la espiral y las torres cercanas, los asustados habitantes se asomaron tras sus ventanas, llamando al Departamento de Seguridad. 

- La operación de sigilo más sigilosa de la puta historia del Imperio, Jean- Gruñó Tenej mientras seguían descendiendo.

- Cállate, si así no te aburres.

Bajo ellos, en la plataforma de aterrizaje, Inrah se volvió hacia la puerta acorazada que daba al exterior. Su aúspex detectaba algo más de una docena de objetivos acercándose a la plataforma. Activó el comunicador de su casco mientras rebuscaba en una bolsa portaequipo que tenía en la pierna izquierda.

- Esperad ahí. Atentos a la pasarela, se acercan los hombres de Danar.

Jean y Tenej bloquearon los arneses y se dieron la vuelta, a seis metros de la pasarela que daba a la plataforma de aterrizaje. Levantaron las carabinas y esperaron, con la respiración agitada. Notaban cómo la corrosión de la atmósfera tóxica empezaba a devorar el grueso tejido reforzado de las cuerdas.

Inrah sacó un aparato esférico, casi el doble de grande que su puño, y lo dejó caer sobre el suelo, frente a ella. La baliza de teleportación desplegó automáticamente una serie de antenas y una hilera de luces azuladas se iluminaron a lo largo del anillo central. Inrah la activó desde la placa de control que tenía implantada en el avambrazo izquierdo, rezando en voz baja para que no hubiera problemas en el proceso. 

La Ladón, la nave de Skaas, contaba con una sala de teleportación, a pesar de que el comerciante independiente apenas contaba con tres balizas, y solo una era lo suficientemente grande y potente para transportar personas. Utilizaban la más pequeña para recibir municiones y equipo de combate en zonas de guerra, cuando no tenían ninguna vía de reabastecimiento. Inrah había mostrado al comerciante independiente aquella táctica, propia del SICOM, y siempre llevaba el dispositivo consigo a cualquier misión. Para aquella situación había dejado en el teleportador algo de potencia de fuego adicional, en caso de que las cosas se pusieran feas. Y era el momento preciso para hacer uso de ella.

Hubo un relámpago que iluminó la plataforma momentáneamente. Junto a la baliza de teleportación había aparecido un bólter pesado, que humeana. Se guardó la baliza y recogió el arma mientras las puertas comenzaban a abrirse. Confirmó que el bólter pesado estaba entero y conectó la extensión de enlace neural del avambrazo derecho al puerto de conexión del arma. Una retícula blanca apareció en su visor, junto a una pequeña pantalla que mostraba el estado del arma, junto a la munición que quedaba en el cargador de caja. Agarró la asidera horizontal acoplada sobre el cuerpo del bólter pesado y lo levantó a la altura de la cadera.

Las puertas se abrieron.

El sistema de detección de objetivos de su armadura marcó de inmediato a las trece personas que cruzaron la puerta. Se aseguró de configurar el selector de objetivos para filtrar a Danar, resaltándola con una silueta de un verde intenso, mientras el resto de sus guardaespaldas fueron marcados con una runa triangular rubí sobre sus cabezas. Activó los estabilizadores acoplados al bólter pesado, y sus anuladores de gravedad comenzaron a funcionar con un ronroneo.

La primera ráfaga partió a uno de los sicarios en dos y destrozó el panel de control de la puerta, dejando a Danar y sus hombres sin una ruta de escape. La segunda segó las piernas de otro guardia e hizo explotar el torso de un tercero. Los guardaespaldas de Danar devolvieron el fuego, cubriendo a su jefa, lo que facilitaba el trabajo a Inrah. Apretó el gatillo de nuevo y otro sicario salió despedido, con un boquete del tamaño de una cabeza en el estómago. Las andanadas de disparos láser volaban hacia ella al mismo tiempo, rebotando contra su armadura. Un disparo le dio de refilón en un costado del casco, dejando una marca alargada en el punto en el que la descarga de energía había quemado la pintura. Otro le dio en la hombrera izquierda y se desvió hacia un lado, perdiéndose entre el mar de polucción ocre. Un tercero chocó contra una de las placas pectorales de la armadura y dejó una pequeña abolladura humeante en ella.

Otras dos ráfagas más acabaron con los hombres de la traficante. La puerta y la pasarela habían quedado cubiertas de sangre y miembros amputados. Danar se encontraba en medio de la grotesca escena, con una máscara antigás transparente con dos filtros cubriendo la mitad inferior de su cara y una pistola láser en la mano. Disparó, y el rayo incandescente resbaló sobre una de las rodilleras de Inrah, que levantó el bólter pesado en señal de amenaza. Danar soltó el arma y se llevó las manos a la cabeza, agachándose. 

- Tenemos a Danar- Le dijo a Hankak por el enlace vox mientras hacía señas a Jean y a Tenej para que bajasen y cogieran a la traficante- Dim, ven a recogernos. Estamos en la pista de aterrizaje del nivel trece.

- Estoy allí en un minuto, socia- Fue la respuesta del atagradano.

Capítulo tres

Petra se había encargado de llevar las cosas del equipo a una mansión en las afueras de uno de los niveles más altos de la colmena, que Skaas había alquilado con un nombre falso. Llegaron a la mansión en dos coches alquilados en un concesionario cuatro niveles por encima de la espiral C, ya que habían escondido los aerodeslizadores en unos almacenes abandonados, un nivel por debajo de la mansión. Hankak se llevó al sótano a Danar, encapuchada, acompañado de Petra y Adrienne. El resto fueron a instalarse y descansar tras la misión.

Inrah, aún con su herida sin tratar, cogió su equipaje, la mayor parte de él herramientas, armas y piezas de recambio para su armadura, y subió a la buhardilla, por encima del tercer piso. No era especialmente grande, pero la secutrix necesitaba poco espacio. Dejó las cajas de herramientas y repuestos apiladas ordenadamente en una esquina, y guardó la maleta que contenía sus armas bajo la cama, con la excepción de una Inthanne Craver modelo 3 que guardó, cargada, debajo de la almohada. Su armadura, guardada en un contenedor sellado de tamaño considerable, y que había llevado escaleras arriba, la había dejado apoyada contra una pared, entre las dos ventanas cubiertas de polvo. 

Separó la silla del escritorio de madera y se sentó sobre ella, vestida tan sólo con unos pantalones de combate. La camiseta, manchada de sangre, la había dejado sobre la cama. Dejó su botiquín sobre el escritorio y sacó un vial de gel cicatrizante. Lo destapó y aplicó el contenido sobre la herida en su costado, cuyo sangrado había remitido hacía algunos minutos. Gracias a sus implantes y a los tratamientos químicos del proyecto Aquiles, su capacidad de regeneración era muy superior a la de un humano normal, por lo que ni siquiera había necesitado coser su herida. El sangrado había acabado remitiendo antes de que representase un problema, y el gel cicatrizante ayudaría a sus formidables capacidades regenerativas a cerrar la herida y renovar el tejido en unas horas. 

Su oído mejorado percibió los pasos que se acercaban a la buhardilla por las escaleras antes de que la puerta se abriera. Identificó rápidamente aquellos pasos como los de Skaas. Cuando se abrió la puerta, Inrah ya tenía la vista fija en ella. Al encontrarse con sus ojos, Skaas no se sobresaltó. Estaba más que acostumbrado a la mirada penetrante de aquellos dos hermosos orbes verdes.

- ¿Qué tal tu herida?

Ella devolvió su atención al vial de gel y terminó de introducir su contenida en la herida abierta. Guardó el recipiente vacío en el botiquín y lo cerró después de sacar una gasa esterilizada.

- Estará curada en unas horas- Aseguró- Me lo preguntas como si no lo supieras ya. Me has visto sanar este tipo de heridas miles de veces.

- Quería una excusa para hablar contigo.

- ¿La necesitas?

El comerciante independiente se encogió de hombros y se apoyó en la puerta. Inrah se levantó, abrió una caja de herramientas y tecleó en el panel electrónico del tanque sellado de la armadura la clave que lo desboqueaba. El contenedor se abrió con un siseo y se puso de inmediato a reparar la placa perforada. Skaas la observaba en silencio.

- No es que me desagraden las vistas- Dijo, de pronto- Pero, ¿No deberías ponerte algo encima?

- Cuando acabe la reparación desempacaré mi ropa y lavaré la camiseta- Respondió ella en voz baja, concentrada en su tarea.

- Puedo dejarte mi guerrera- Ofreció Skaas.

- Estoy bien, déjalo.

Skaas levantó las manos a la altura de los hombros en un gesto cómico.

- Tú verás. En verdad salgo ganando yo.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro salpicado de pecas de Inrah, y le miró por el rabillo del ojo, aunque él no percibió el movimiento de sus ojos monocromáticos. 

- Me parece muy curioso que sigas tomándome el pelo de esa manera aún sabiendo que puedo romperte el cuello antes de que te dé tiempo a esbozar una de tus sonrisas de ``sólo estaba bromeando``- El tono de Inrah no dejaba claro si hablaba en serio o estaba tomándole el pelo al comerciante independiente.

- Cometiste el error de no rompérmelo la primera vez- Contestó él con una media sonrisa- Así que intuyo que te gustan estas gilipolleces que vomito continuamente.

Inrah sacudió la cabeza lentamente, sonriendo. Le miró por encima del hombro durante un instante sin dejar de trabajar en la reparación.

- Siempre me has recordado mucho a un antiguo camarada soldado. Por suerte, él era mucho más serio, pero tenéis el mismo humor idiota y negro.

- Ah, sí- Skaas se llevó una mano a la mandíbula, pensando- ¿Cómo era su nombre? ¿Tris algo?

- Tristán- Aclaró Inrah- Servimos juntos en el 712º de Granaderos Nametherianos, y después en el SICOM. Él también superó el proceso de acrecentamiento.

- ¿Y sigue vivo?

- ¿Había alguien vivo cuando me encontrasteis a mí?

- No había nadie más. Imperial, al menos.

- Entonces sabes tanto de su paradero como yo.

Skaas se encogió de hombros. Dio un par de pasos sin rumbo fijo y luego se acercó a la secutrix, que estaba acabando de tapar el agujero en la placa con cemento de reparación, sobre el cual después añadiría una capa de blindaje provisional hasta que tuviera más tiempo para poder reemplazar la pieza, lo que requería de tiempo y paciencia.

- Ahora quiero que me respondas a algo- Dijo Inrah de repente, sin levantar la mirada de la reparación- ¿Cómo es que Tercio Van Skaas Tiralde, de la ilustre familia Tiralde, está en una sórdida bola de ceniza alejada de la mano del Emperador, ayudando a un inquisidor del Ordo Xenos, nada más y nada menos? ¿Y qué pasa si descubre a Por'Savon y a sus ingenieros?

- Que a ti no te gusten no quiere decir que Hankak me vaya a ejecutar porque formen parte de mi tripulación. Yo les necesito. Y sirviéndome a mí, sirven al Imperio.

- Son xenos, Skaas. Te ejecutará, les ejecutará a ellos y confiscará la Ladón.

- Conozco a Hank- Negó con la cabeza él- Por muy inquisidor que sea, no pasaría nada. Somos buenos amigos. Por eso le ayudo.

- Es un inquisidor- Reiteró Inrah, mirándole fijamente a los ojos.

- Es mi amigo- Aseguró Skaas.

- Nada se interpone entre el deber y su cumplimiento, Skaas. Ni la amistad, ni el amor, ni nada. 

El comerciante independiente no dijo nada. Se apoyó en la pared esperando a que Inrah retomara la batería de preguntas. Siempre lo hacía.

- Y ahora dime qué hacemos aquí- Inquirió la secutrix.

- Ayudar a un inquisidor.

- Es evidente. Quiero saber por qué le estamos ayudando. 

- Es un...

- Ni se te ocurra- Le cortó Inrah- Estamos involucrándonos en algo peligroso de lo que no podemos escaparnos cuando se ponga feo, Skaas. Si de verdad estamos aquí para cumplir nuestro deber para con el Imperio, no volverás a oírme hablar del tema. Pero te conozco. Y sé que tiene que haber algo más.

Skaas no respondió. Inrah dejó sus herramientas y se volvió para mirarle fijamente. El comerciante independiente se alejó de la pared y apoyó la mano sobre el picaporte.

- A su debido tiempo lo sabrás- Dijo, en tono neutro, mirándola fijamente a los ojos- De momento sólo debes saber que no es de tu incumbencia, así que puedes volver a la Ladón cuando quieras y esperar a que termine aquí. 

- ¿Y dejar de prestar mis servicios a la Inquisición? Existo para proteger al Imperio.

Skaas asintió y abrió la puerta en silencio, dispuesto a salir de la buhardilla.

- Te seguiría al Ojo del Terror- No hubo vacilación en la voz de Inrah- Pero no soy una herramienta que puedas mandar donde te plazca a eliminar a quien necesites fuera de tu ecuación. Si voy a arriesgar mi vida, al menos quiero saber por qué. 

El comerciante independiente permaneció inmóvil y en silencio unos segundos. Asintió y abandonó la buhardilla. 

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El interrogatorio se había alargado durante tres horas y media. 

A pesar de las constates preguntas de Hankak y la tortura psíquica de Adrienne, Danar aún no había hablado. Sus barreras mentales eran fuertes. Ser una de las jefas criminales más importantes de todo el planeta no era tarea fácil, y había afilado el ingenio y la determinación de Danar a niveles impresionantes. También se entrenaba a sí misma para resistir interrogatorios, y era realmente buena mintiendo y eludiendo las preguntas de Hankak. Había creado seis historias distintas, con una cohesión perfecta y una verosimilitud impecable. Pero no estaba preparada para resistir la acción de un psíquico, y todas sus historias falsas acabaron siendo descubiertas tarde o temprano por Adrienne.

- Has suministrado armamento, equipo militar y drogas de combate a un individuo durante los últimos tres meses- Dijo Hankak mientras andaba en círculos al rededor de la silla a la que Danar estaba atada. Había perdido la cuenta de cuántas veces había dicho aquello, pero no daba la más mínima muestra de cansancio.

- ¿Quién os envía?- Jadeó Danar- Ninguno de mis rivales sería tan estúpido como para joderme así.

- Has suministrado armamento, equipo militar y drogas de combate a un individuo durante los últimos tres meses- Volvió a la carga Hankak, con un tono paciente e inalterado.

- Habéis tenido suerte de que estuviera en la espiral- Contestó Danar, haciendo caso omiso.

- ¿Y dónde ibas a estar si no?

Danar abrió la boca para contestar, pero no llegó a hacerlo. Hankak la había confundido al cambiar de pregunta tras cuatro horas formulando la misma. Adrienne aprovechó su confusión para entrar en su mente y sacarle la respuesta. 

- En mi mansión de Compar B- Respondió la traficante con voz ausente. Luego sacudió la cabeza. 

- Muy bien- Prosiguió Hankak, asintiendo en dirección a Adrienne- Podrás volver a tu mansión en Compar B si respondes a mis preguntas.

- ¿Y por qué ibais a...?

Danar no acabó la frase de nuevo. Adrienne le envió un pinchazo psíquico que le hizo chillar de dolor. Intentó llevarse las manos a la cabeza, pero las tenía atadas al respaldo de la silla. Dejó caer la cabeza, jadeando.

- Me estoy aburriendo de ti, Danar- Susurró Hankak, levantándole la barbilla con el pulgar- Puedo inflarte con drogas hasta que estés en un estado vegetal, y luego mi psíquica te sacará toda la información. ¿Prefieres eso?

Danar titubeó. Después de tres horas y media de preguntas constantes y repetitivas, estaba agotada física y psíquicamente, y ya no respondía con tanta rapidez ni seguridad. Aquel último pinchazo mental la había debilitado más de lo esperado. Asintió con dificultad. Un hilillo de sangre le bajaba por la nariz.

- No tenéis motivos para dejarme ir con vida- Carraspeó.

- No me interesan ni tu vida ni tus negocios. Sólo quiero información.

- ¿Y podré irme? 

- Tienes mi palabra.

Danar le miró a los ojos. Tenía la mirada de un animal vapuleado.

- Mi psíquica sabrá si mientes- Dijo Hankak, señalando con la barbilla a Adrienne- Y no quieres sufrir los resultados.

- Deja la pantomima y pregunta. 

- Has suministrado armamento, equipo militar y drogas de combate a un individuo en los últimos tres meses- Volvió a preguntar Hankak.

- Sí. 

El inquisidor asintió. Por fin empezaba a lograr resultados.

- ¿A quién?

- No lo sé. Usaba un intermediario- Respondió Danar.

Hankak levantó la mirada hacia Adrienne. Ella asintió; no mentía.

- ¿Conoces la identidad de ese intermediario?

Jaaq Ardon.

Hankak frunció el ceño. Durante las investigaciones previas a su llegada a Gharam, Ardon había sido uno de los sospechosos de cooperar con Thurr. Con aquello, sus sospechas se cumplían. 

- No necesito saber más. Adrienne, hazlo.

- ¡Espera!- Chilló Danar- ¡Me dijiste que me dejarías marchar!

- Y te dejaré marchar- Dijo Hankak antes de que Adrienne la dejase inconsciente. Miró a la psíquica- Que no recuerde nada de esta conversación. Enviaré un mensaje anónimo al Departamento de Seguridad, que Diómedes la lleve a la capilla de Santa Elenea y la deje ahí de inmediato. Que no le vean.

Adrienne asintió mientras se filtraba en la psique de Danar y borraba sus últimos recuerdos.

- ¿Qué haremos ahora?- Preguntó, con la mano apoyada sobre la cabeza de la traficante inconsciente.

- Prepararnos. Investigaré a Ardon- Respondió Hankak mientras se dirigía a la puerta- Él será el próximo. Thurr no va a escaparse.

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Jean tomó el cuchillo en su mano y lo sopesó, comprobando que estaba perfectamente equilibrado. Era una pieza excelente, fabricada según los diseños y patrones del cuchillo de combate tradicional de los regimientos de su mundo de origen, Skia. 

La funda era negra y lisa, sin adornos de ningún tipo. La guarda se curvaba ligeramente hacia abajo para proteger el dedo índice, y el mango estaba tallado con pequeñas formas romboides para mejorar su agarre. En el centro del mango, había incrustada un pequeño aquila plateada. El pomo tenía forma de cabeza de águila, con el pico orientado hacia el mismo lugar que el lado filado de la hoja, recta y pulida, brillante. 

- Gracias, Adrienne- Agradeció, colgándoselo del cinturón- Perdí el mío en Lachrima. Te debo una.

- No ha sido nada- Dijo ella, cerrando y guardando el estuche donde había estado esperando el cuchillo- Es muy sencillo, a pesar de ser monofilo, tal y como pediste.

- Gracias de nuevo, de verdad- Insisitó él- Significa mucho para mí. Las cosas de casa tienen valor sentimental.

Adrienne le sonrió. Ella también echaba de menos Vetalis, su mundo de origen, de cuando en cuando. 

- Ha sido un placer. Me gusta hacer cosas sencillas, como esta, de vez en cuando.

- ¿Podrías hacer algo más grande?- Preguntó Jean. Adrienne lo conocía lo suficiente como para saber que la expresión de su cara indicaba que estaba tramando algo.

- Puedo. Pero necesitaría más tiempo. Y otras herramientas. También sé fabricar muchas otras cosas que no son armas, Jean.

- Ya, pero mi trabajo lo hago con armas. 

Adrienne se encogió de hombros. Tenía razón.

- Quizá tengo un manual o dos del Monitorum- Empezó Jean- Sobre el funcionamiento y el mantenimiento del Hiperión MKIII. ¿Crees que...?

- Eso son palabras mayores, Jean- La mujer levantó las manos en un gesto apaciguador- Cuando volvamos a la Alfange veré qué puedo hacer.

- A mí me vale.

Charlaron un poco más sobre las habilidades de Adrienne, de las cuales Jean estaba muy impresionado, y después él se despidió para volver a su habitación. Tenía que preparar su equipo y dejarlo listo para usarlo en el momento menos esperado. Para su propia sorpresa, no estaba especialmente ansioso por entrar en acción. Había algo en aquella misión que era oscuro y ominoso, como si fuera una sensación de fataliad ineludible y oculta, a la espera de una señal para surgir y condenarlos a todos.

Pero su trabajo era obedecer, no pensar más de la cuenta.

Al abandonar la habitación de Adrienne tenía la intención de volver a la suya para revisar el equipo, pero algo le detuvo a mitad de pasillo. Al principio pensó que no era más que su imaginación, un recuerdo rescatado sin aviso por su subconsciente. Se quedó quieto, en el pasillo, con una expresión de desconcierto en el rostro. Volvió a oírlo; venía de arriba. Era una sinfonía lenta, lastimera. Un hombre cantaba, acompañado por un piano. Reconoció perfectamente la canción rosella, que había cosechado un gran éxito en su mundo natal décadas atrás. Para aquel entonces ya se había pasado de moda, pero seguía siendo considerada una de las mejores y más hermosas canciones de la historia de Skia. 

Subió las escaleras, movido por la curiosidad. No sonaba en el tercer piso, así que subió de nuevo otro tramo de escaleras, hacia la buhardilla. No sabía quién se había instalado ahí, pero tenía un gusto musical excelente. La luz que pasabapor  las ventanas se colaba a través del hueco que dejaba la puerta entreabierta, iluminando el último tramo de escaleras, más corto que el resto. Dudó antes de abrir la puerta. Pero, honestamente, le daba igual quién estuviera al otro lado. Si le gustaba la música skiana, estaba seguro de que comprendería que un skiano se sintiera conmovido al encontrarse de nuevo con un pedazo de su hogar.

- Fravio Mícaro-Zaronne - Dijo, pasando lentamente al interior de la habitación- No he escuchado rosella desde que abandoné el regimiento.

- Pensé que los skianos eran gente civilizada y con educación- Respondió Inrah Al'shar- Pero tengo que darte mi enhorabuena. No te he oído acercarte.

Estaba sentada frente al escritorio, con una soldadora de plasma en una mano y una de las placas de su armadura en la otra, que estaba cubierta por un guantelete térmicamente aislante de escamas cristalinas. La cara la tenía cubierta por una máscara de soldar. A Jean le pareció que estaba intentando repararla soldando otra placa adicional. Un apaño de campaña, como a él le gustaba llamar a aquello.

- Diez años en un regimiento de infantería de reconocimiento- Contestó en voz baja Jean, disfrutando de la canción.

- 101º de Infantería de Reconocimiento Skiana- Inrah no se volvió. Seguía trabajando- En el SICOM nos enseñaron vuestras tácticas. Debo admitir que como tropa de infiltración y reconocimiento sois impresionantes.

- Así que es verdad. Estuviste en el SICOM.

- Claro- Contestó ella- ¿Por qué no iba a serlo?

Jean se encogió de hombros.

- Sois como una leyenda.

Pareció que Inrah iba a responder, pero se quedó quieta de repente, con el ceño fruncido, como escuchando. Miró al skiano.

- ¿Has oído eso?

- Ah, he sido yo. Es que tengo hambre.

- No, eso no- Cortó ella, sacando una voluminosa escopeta Paladin Estrat-11 de debajo de la cama- Avisa al resto, creo que alguien ha entrado.

Jean titubeó durante un instante, mirando sorprendido la escopeta seimautomática, pero asintió, sacó una pequeña pistola modelo Hellhest de una funda rígida que llevaba detrás de la cadera y bajó las escaleras a paso ligero. Inrah le miró mientras se iba, colocándose una pistolera en la pierna derecha donde guardó su Na-13 y recogió un cargador para la escopeta, que insertó en el arma con un chasquido. La amartilló mientras bajaba las escaleras. 

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Adrienne se desplomó.

De repente, sin aviso, cayó redonda sobre el suelo, con los ojos en blanco, desmayada. Hankak, que estaba mostrándole un mapa donde había marcado varios puntos y explicándole el próximo paso que tenía planeado, la miró desconcertado durante un segundo antes de arrodillarse a su lado para tomarle el pulso. Estaba bien. Sólo se había desmayado. Pero la repentina naturaleza de aquel desmayo le llevó a pensar que algo estaba ocurriendo. Adrienne era una psíquica, y había maneras de anular a un psíquico a distancia. Y sólo se solía usar para lidiar con psíquicos descontrolados...o con aquellos que podían detectarte. 

Con una maldición, recogió su pistola bólter, se guardó un cargador adicional en el pantalón y salió de la habitación activando su microcomunicador. Contacó con el canal vox privado del equipo y habló en voz baja, incluso temeroso de que hubieran logrado pinchar sus comunicaciones. Por seguridad, habló en ge'na.

- El pescador ve una forja apagada, los misterios repentinos- Susurró- Partes unidas y astadas, inexistencia de la evasión. Hogar. La santa avivará la forja.

Una serie de chasquidos confirmaron que su equipo había recibido su mensaje. Dim, el atagradano, que ya estaba considerablemente llevando a Danar en su coche, se preguntó si el inquisidor estaba componiendo una canción.

Hankak se dirigió silenciosamente hacia el salón, donde había ordenado a su equipo que se reuniera. Drusus ya estaba ahí, escondido detrás del sillón en el que había estado sentado y empuñando una pistola automática. Saludó a Hankak con un cabeceo cuando le vio. El inquisidor se acuclilló a su lado, mirando apresuradamente a todos los lados. Se dispuso a explicarle al arbitrador lo que había ocurrido.

- El peón...veamos, llama a las partes. Eh, astadas. Las partes astadas. Las...sospechas del pescador son puras- Dijo Jean por el canal vox. Aún no dominaba la ge'na, y era más que obvio que le costaba encontrar las palabras- Eh...puf, las partes astadas en el hogar...ah, para hablar.

Hankak miró por encima del sillón para ver cómo Jean acudía hacia el salón tras bajar las escaleras, con una pequeña pistola en las manos. Miraba nerviosamente a todos lados. Detrás de él apareció Inrah, con una robusta escopeta y cubriéndole las espaldas, mirando en derredor, alerta. Llegaron rápidamente al salón. Skaas apareció poco después, alertado por Inrah, ya que desconocía el ge'na. Sólo llevaba unos calzones de lino, y su pistola de plasma refulgía en su mano derecha. Presentaba una apariencia más bien cómica.

- ¿Qué coño ocurre, Hank?- Gruñó Skaas, de visible mal humor- Iba a ducharme...

- Alguien ha entrado- Le interrumpió el inquisidor- Y no creo que sea del Correo Imperial. 

- Pues le buscamos y le fundimos- Concluyó el comerciante independiente con un encogimiento de hombros- Y luego yo me doy la condenada ducha.

Hankak asintió y echó un vistazo a su áuspex compacto, integrado en la muñeca de su antebrazo izquierdo, un sustituto mecánico. Levantó la cabeza, alertado, al mismo tiempo que el resto se volvían para mirar a Mara, que había aparecido en una de las chirriantes escaleras. No había recibido la transmisión y había bajado a la planta baja de pura casualidad.

- ¿Y tú quién coño eres?- Preguntó, con voz neutra, a alguien que quedaba oculto por la esquina de la pared.

Advirtiéndole a gritos que se alejara, Hankak se levantó con la pistola en la mano. El resto le siguieron, con las armas preparadas. Una serie de disparos amortiguados por silenciadores destrozaron la barandilla de la escalera, reduciéndola a astillas. Mara había comenzado a subir las escaleras a grandes zancadas, blasfemando en voz alta. Una figura dobló la esquina para perseguirla, empuñando un rifle automático y vestida con un gastado traje monopieza de un rojo apagado, recubierto de placas de armadura grises y con la cara tapada por una máscara antigás. Detrás de ella aparecieron otras tres, ataviadas de manera similar y armadas con rifles automáticos con gruesos silenciadores. Se dirigieron al salón con las armas en ristre.

Un rayo de plasma volatilizó un pedazo de pared a unos centímetros de la cabeza de uno de los extraños, que se agachó instintivamente. Maldiciendo su puntería, Skaas disparó de nuevo, reespaldado entonces por Jean y Hankak. Drusus e Inrah avanzaron rápidamente para poder estar más cerca y cubrir los accesos laterales. Tenej apareció por uno de ellos, con la culata de su rifle inferno apoyada contra su hombro.

- ¿Nos atacan?- Preguntó en voz alta, lanzando una ráfaga a través de la puerta hacia las tres figuras que acababa de ver. Una más apareció desde detrás de la escalera.

- ¡Tú qué crees!- Exclamó Jean.

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Mara ascendió por la escalera todo lo rápido que sus implantes le permitieron, con sus pies metálicos golpeteando la madera desnuda con sonoros golpes. Sólo había bajado a la planta baja para comer algo, y se había encontrado con un individuo armado que casi acaba con ella. Había sentido cómo algunas balas habían rebotaban contra sus implantes, pero estaba segura de que no los habían dañado de gravedad. 

Podía sentir a su perseguidor, un hombre, a juzgar por el tono de su respiración y por la forma de su cuerpo, alto y muy musculoso. Sus botas golpeaban las escaleras con velocidad y sorprendente suavidad, y había intentado agarrarle del hombro en una ocasión, aunque Mara logró zafarse de él. Si tuviera un arma, le habría plantado cara, pero ni siquiera la pistola láser integrada en su antebrazo derecho estaba cargada. De hecho, ni siquiera estaba vestida para combatir; tan sólo llevaba la guerrera azul que Miranda le había dado, que le llegaba casi hasta las rodillas, y por eso ni siquiera llevaba ropa interior.

Dobló rápidamente hacia la derecha al acabar el tramo de escaleras, no sin antes fingir que se iba hacia la izquierda, y corrió hacia su habitación. En la planta baja se oía un violento y constante tiroteo, y las ocasionales maldiciones de Skaas. 

Alargó la mano derecha para abrir del todo la puerta, que estaba entreabierta, y se la cerró en las narices al perseguidor. Las bisagras se rompieron y la puerta se salió de los goznes cuando fue derribada por una patada, pero el asaltante anónimo se encontró con la muchacha empuñando firmemente con ambas manos una pistola inferno. No dijo nada, sólo disparó. El hombre trastabilló hacia atrás con un boquete humeante en el pecho. Se tropezó con la puerta derribada y cayó cuan largo era sobre el suelo de madera pulida. 

Mara lo remató con un disparo en la frente.

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El corto tramo de pared que separaba las dos puertas del salón arrojó astillas y polvo de yeso en todas direcciones cuando los disparos lo atravesaron. Tenej salió de su cobertura, cubierto de polvo blanco y tosiendo, con el rifle inferno a la altura de la cadera. Disparó en amplias ráfagas, y los rayos de energía crepitaron a través del vestíbulo.

Los atacantes parecían en posición de retirarse, cubriéndose unos a otros con amplias ráfagas mientras desaparecían tras la misma esquina por la que habían aparecido. Hankak, junto a Drusus, Inrah y Tenej, se adelantó para perseguirles y averigüar por dónde habían entrado. Entonces, súbitamente, se acordó de Mara, perseguida escaleras arriba por uno de los desconocidos.

- ¡Jean, ve a buscar a Mara!- Le ordenó, volviéndose momentáneamente- Asegúrate de que está bien.

El skiano asintió y subió por las escaleras con gran rapidez. Skaas salió por la puerta principal, con la pistola de plasma refulgiendo, atento por si los atacantes aparecían cerca. Afuera todavía era de noche, y todo estaba desierto. Una brisa helada le erizó el vello de todo el cuerpo. 

Hankak, Drusus, Inrah y Tenej persiguieron a los asaltantes hasta la cocina de la planta baja, que se encontraba en el ala este de la mansión. Los desconocidos arrojaron un par de granadas aturdidoras para librarse de sus perseguidores, que les pisaban los talones. Los artefactos, no mayores que un puño, rebotaron contra la pared y el suelo y estallaron en una confusa algarabía de destellos blancos, chispas y emisiones ultrasónicas incapacitantes que se extendieron por toda la sala, haciendo añicos los cristales de las ventanas. Maldiciendo y blasfemando en voz alta, tapándose los ojos doloridos, Hankak, Tenej y Drusus cayeron de rodillas o tropezaron hasta encontrar una pared donde apoyarse, aturdidos por las granadas.

Sin embargo, Inrah estaba preparada para aquellas situaciones.

La secutrix había percibido aquella jugada con antelación, y se había tapado los ojos y apartado la vista. Sus implantes de filtración sónica hicieron el resto, protegiéndola del ataque sónico, aunque aún así los oídos le pitaban entonces. Se abrió paso entre sus aturdidos compañeros justo a tiempo para ver cómo el último de los asaltantes se escabullía a través de una de las ventanas de la cocina. El cristal había sido completamente eliminado, seccionado casi hasta el marco, intuyó, ya que no había fragmentos de aquella ventana por ningún lado. Sin perder tiempo, llegó hasta la ventana en dos zancadas...e inmediatamente cayó contra la encimera. 

Una bala le había pasado rozando la mejilla, abriendo un profundo corte en ella. Gruñó y disparó a ciegas por encima de la improvisada cobertura. El estampido del arma se vio ampliado en el interior de la cocina. Los desconocidos dispararon otras dos veces y se oyó un portazo. Poco después el ronquido de un coche al encender los motores y ponerse en marcha rompió el repentino y tenso silencio. 

Inrah maldijo en voz baja y desenfundó su pistola mientras saltaba a través de la ventana. Con rapidez y habilidad, extrajo la primera bala y la sustituyó por un proyectil especial, una bala rastreadora. Insertó el cargador de nuevo en el arma con un chasquido metálico y se agachó sobre la hierba seca. Skaas apareció cerca, corriendo desde la entrada principal y disparando al coche a la fuga mientras insultaba a los asaltantes a gritos. Los rayos de plasma fallaron el blanco sin excepción alguna. 

El automóvil derrapó y dobló la esquina de la calle, desapareciendo entre los bloques de edificios en su mayoría abandonados que poblaban el barrio. Inrah se levantó, con una pistola humeante en las manos. Miró a Skaas y le hizo un gesto, indicándole que entrara en la casa.

- Los tengo localizados- Resumió, dirigiéndose a paso ligero hacia la entrada principal- Vamos, el inquisidor querrá saberlo.

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- Su puta madre, cómo huele.

- ¿De qué te suena esto, Hank?

- No veo una mierda.

- Se le ha fundido la piel.

- Ah. Los asesinos del observatorium.

- Bingo.

Hankak y Skaas, junto a Jean, se habían reunido alrededor del cuerpo del asaltante anónimo que Mara había matado. Su piel se había convertido en una masa burbujeante y asquerosa, que emanaba un hedor insoportable. Mara había insistido en que se iba a trasladar al sofá del salón, al no aguantar aquella peste.

Apoyado en Skaas, pues aún estaba casi cegado del todo por las granadas aturdidoras, Hankak arrugó la nariz y se la tapó con la otra mano, murmurando un improperio. 

- Hay que deshacerse del cuerpo. Ya sabemos que no podemos sacar nada de esta gente- Dijo. Después miró a Jean, o a dónde creía que el skiano se encontraba- Jean, Inrah dice que tiene localizado el coche. Ve con ella y localiza a estos cabrones. Vamos a hacerles una visita en cuanto sepamos dónde están ocultos. 

- Entendido- Asintió él- ¿Tienes alguna idea de quién se puede tratar?

- Alguno de los lugartenientes de Danar. Su socio, Ardon. Incluso Thurr- Contestó él- Aún no puedo sacar nada en claro. Ve.

Jean se despidió con un gesto y salió de la habitación, enfundando una pistola en una funda sobaquera, oculta por la cazadora gris, mientras bajaba las escaleras para reunirse con Inrah en el vestíbulo. La mujer miraba de vez en cuando una placa de datos, donde recibía la información que le transmitía el proyectil rastreador. 

Adrienne entró en la habitación donde Hankak y Skaas aún contemplaban el cadáver, grotescamente deformado. Petra la estaba ayudando a andar, ya que estaba debilitada por el desmayo. La hermana hospitalaria saludó al inquisidor y al comerciante independiente con la mano izquierda. Se oyó a Dim silbar y soltar una sarta de exabruptos al entrar en la mansión.

- ¿Qué ha pasado?- Preguntó Adrienne.

- Nos han atacado. Tú te desmayaste poco antes- Explicó Hankak- Creo que usaron un anulador psíquico y se pasaron con la potencia de la emisión.

- Puede ser- Cabeceó lentamente ella- ¿Estáis todos bien?

- Estamos enteros, sin heridos. Inrah ha logrado rastrear el vehículo que usaron para escapar. Ha ido con Jean a localizar su refugio. 

- Bien. Dadme unos minutos para que me tome algo para recobrar fuerzas y estaré lista.

- Habrá tiempo de sobra- Intervino Skaas- Les llevará mínimo una hora. No sabemos dónde tienen su refugio, quizá es en otro nivel. Y tienen que encontrar el lugar sin ser descubiertos...tardarán.

Hankak asintió y se dispuso a decirles que descansasen y montaran una guardia, pero Dim, el atagradano, entró en la habitación, rascándose la cabeza, con el sombrero en un mano y una bolsa de plástico en la otra.

- Todopoderoso Emperador, vaquero- Exclamó, sacando una chocolatina de la bolsa y quitándole el envoltorio de un mordisco- Paro de vuelta para comprar algo de comer y asaltan la casa. Dulce madre de Enilda, qué fangal.

- Las ventanas de la cocina están destrozadas, Dim- Le dijo Skaas- Ve a arreglarlas.

- Me pagas por pegar tiros, socio, no por hacer bricolaje. 

- Es para perderte un rato de vista.

Dim se encogió de hombros y salió por la puerta, sacudiendo la cabeza y mordisqueando la chocolatina.

- No me pagas lo suficiente por aguantarte, vaquero.

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Inrah y Jean volvieron algo más de tres horas después.

A su llegada, todos se reunieron en el salón para informarse sobre los descubrimientos de sus compañeros. Había una atmósfera de tensión e inseguridad. Habiendo sido asaltados en su propio piso franco, todo el equipo estaba tenso, y aún algo incrédulo, asimilando el fallido ataque relámpago.

- Hemos localizado su base de operaciones- Anunció Inrah, dejando sobre la mesa del salón un mapa del nivel donde había marcado un círculo rojo y anotado varias coordenadas y observaciones- Está lejos de aquí, casi en la otra punta del nivel. 

- Entonces debemos movernos cuanto antes- Apuntó Adrienne, ya recuperada de su aturdimiento- No podemos dejarles escapar.

Hankak observaba el mapa con una mano en la barbilla, pensativo.

- Todo a su debido tiempo- Dijo- Inrah, Jean, ¿Habéis descubierto algo más?

- Desde luego- Asintió la secutrix- Están establecidos en un bloque de pisos desalojado por los derrumbes, lo que me lleva a deducir que se trata de un establecimiento temporal. 

- Además tienen una red de alarmas y cámaras bastante completa- Jean tomó el testigo. Esbozó una sonrisa pícara- Pero antes de irme me tomé la libertad de llenar las cámaras de imágenes en bucle y de desactivar las alarmas de proximidad. Cosas que se aprenden con el tiempo.

- Entonces tenemos vía libre- Mara se levantó del sofá con rapidez. Seguía vestida con la guerrera de los Sables Nametherianos, pero se había puesto ropa interior. Drusus, que estaba apoyado en el reespaldo del sillón, la volvió a sentar con delicadeza, apoyando una mano sobre el hombro izquierdo de la muchacha.

- La lolita tiene más sangre en las venas que tú, jefe- Diómedes se rió entre dientes.

Skaas puso los ojos en blanco.

- Deberían exterminar toda Atagrada, Dim- Fue su respuesta.

- Nah.

Hankak señaló el círculo rojo trazado sobre el mapa y miró a Inrah y a Jean, sin prestar atención a la discusión entre el comerciante independiente y su subordinado. 

- ¿Sabéis en qué piso se ubican?

- Tomé varias pictocapturas- Asintió Jean, sacándolas de su bolsillo y entregándoselas al inquisidor- Están en un bajo, bien cubiertos. No lo tienen complicado para vigilar la zona.

Hakak tomó las pictocapturas y las fue examinando una a una, buscando un punto de entrada. Todos los ángulos estaban cubiertos por las ventanas, y era más que probable que hubieran desplegado cámaras adicionales en los pisos superiores o que vigilasen desde los puntos más elevados. No era un experto en sigilo, y al igual que Preto, su maestro y predecesor, prefería las acciones directas.

- ¿La red de alcantarillas es transitable en la zona?- Preguntó, súbitamente iluminado por aquella idea.

Sin embargo, Jean negó con la cabeza.

- Qué va. Se colapsó. Toda la zona se está colapsando. Por eso está desalojada.

- Vaya, por el Trono...- Hankak chasqueó la lengua, decepcionado y se frotó la barbilla- Inrah, tú estuviste en el SICOM. Seguro que tienes alguna idea.

- No disponemos de los medios con los que contaba en el SICOM- Respondió- Pero estábamos entrenados para arreglarnos con lo que tuviéramos. Dígame, inquisidor. ¿Quiere matarlos o interrogarlos?

Hankak sonrió levemente ante aquello, cogido por sorpresa por la pregunta tan directa.


- Necesitaré con vida a todos los que pueda.

- Entonces usaremos munición incapacitante. Tengo algunas cajas- Decidió Inrah- Eliminaremos a un par para amedrentarlos y abrirnos paso y después capturamos al resto, los traemos aquí y los interrogamos. 

Hankak asintió lentamente, trazando mentalmente una serie de pasos para llevar a cabo la llegada, el asalto y la extracción. La indignada voz de Mara le sacó de sus pensamientos. Rara era la vez en la que la chica imprimía alguna emoción a su voz.

- ¡De eso nada! ¡Tenemos que dejar a dos con vida y cargarnos al resto!- Exclamó, levantándose bruscamente. Drusus intentó sentarla de nuevo, con delicadeza, pero ella le dio un manotazo. El arbitrador retiró la mano, dolorida por los dedos metálicos- Nos han atacado, Hankak. Y nos quieren matar. Hay que vengarse, nada de piedad.

- Joder, lolita, para una frase que dices con más de cuatro palabras y no das ni una- Silbó Dim. Mara lo fulminó con la mirada. Él se echó a reír.

Hankak volvió la cabeza hacia Mara, que le contemplaba airada. No podía negar que encontraba aquella espontaneidad útil e incluso inspiradora, pero era demasiado agresiva como para poder controlarse como debía. Lo achacó a los efectos del mono de batto.

- Tú te quedas aquí con Skaas, Drusus y Jean- Negó con la cabeza, adoptando un tono suave pero firme que no la alterase- No podemos dejar la casa vacía.

- Joder- Gruñó ella- Que casi nos matan, Hankak. Tenemos que hacer que se arrepientan.

- Relájate, chiquilla, y haz caso al jefe- Intervino Dim, aparentemente entretenido con aquello- Trono, necesitas un polvo con urgencia, ¿Eh?

Mara se volvió hacia el pistolero con el rostro contraído en una mueca de rabia y dio una zancada hacia él con el puño levantando, presentando un aspecto sorprendentemente intimidante para su tamaño. 

- Me tienes hasta las narices, paleto. Te voy a partir la crisma- Amenazó, acercándosele peligrosamente rápido. Él la observó, divertido.

Sin embargo, el avance asesino de Mara se vio frustrado cuando Drusus la agarró firmemente del brazo derecho y la sentó de un tirón en el sofá. Cuando intentó levantarse de nuevo, hecha una furia, Drusus la mantuvo sentada apoyando con firmeza su mano sobre la cabeza de la chica. Hankak dirigió una cansada mirada hacia Mara y Dim.

- Si a vosotros dos no os mata el enemigo os va a cabar matando Hank- Skaas apoyó los pies sobre la mesa- Y a todo esto, ¿Qué pinto yo cuidando la casa, Hank? Creo que estaría mejor en el equipo de asalto.

- Tienes una puntería patética, Skaas- Le respondió el inquisidor desganadamente. Jean ahogó una risita. Los labios de Inrah se arquearon brevemente, formando una pequeña sonrisa- Mejor quédate aquí.

- Esa no es manera de tratar a los amigos, Hank- Protestó el comerciante independiente, aunque acabó encogiéndose de hombros, imitando el gesto que le dedicó Hankak. Sacó una petaca de licor Unrah y le dio un trago- Que os cunda la masacre, payasos.

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- Hay un centinela en el octavo piso. Está armado.

- Elimínalo.

Inrah ajustó el zoom de la mira telescópica y dentró la cruceta sobre la cabeza del centinela, que oteaba la zona con unos magnoculares. Su dedo índice, dentro del guantelete blindado, acarició el gatillo del láser largo. Un haz de láser invisible hendió el aire, ondulándolo brevemente, y el hombre cayó de espaldas con un pequeño agujero humeante en la frente. 

- Baja confirmada. Vía libre.

- Recibido- Respondió Hankak- Vamos allá.

Mientras la secutrix se echaba el rifle a la espalda y desenfundaba la carabina, cargada con balas incapacitadoras, oyó el rugido del motor del coche, y lo vio acelerar hacia el edificio. Uno de los asesinos se asomó por la ventana del bajo para echar un vistazo, con el rifle láser cruzado sobre el pecho. Un disparo le voló la cabeza.

Inrah echó a correr todo lo rápido que su anatomía mejorada y los servomúsculos de la armadura le permitían, avanzando a grandes zancadas hacia el edifcio. El coche, conducido por Dim, el atagradano, derrapó y sus ocupantes bajaron, armados y con equipo de combate. Tenej, Adrienne y Petra se dirigieron hacia una camioneta que estaba en la parte trasera del piso para cortar las vías de huida. Hankak y Dim avanzaron hacia el portal, ambos armados con carabinas. 

Inrah no tardó en alcanzarles. Estaban rodeando la puerta de acceso al piso, tras la cual se oía un gran revuelo, y gritos, mientras los mercenarios recogían su equipo para plantar cara, o para escapar. Sin pensárselo dos veces, Inrah se lanzó contra la puerta, derribándola bajo el peso de su armadura y la velocidad que había adquirido. Las astillas volaron, las bisagras salieron disparadas y la puerta golpeó la pared en el lado opuesto con gran estrépito, rompiendo un armario. Uno de los sicarios se había lanzado al suelo para esquivarla. 

Enseguida le llovieron los disparos. Rayos láser, desde tres posiciones distintas, no muy lejanas entre ellas. Su armadura, de placas de armaplás y ceramita, absorbió y desvió los disparos sin problema alguno. Alguien echó a correr y pasó a través de una puerta, agachado y apresuradamente, mientras los rayos láser rebotaban por toda la estancia. Sin perder tiempo, Inrah levantó la carabina y derribó a uno de los tiradores con una ráfaga corta al torso. El hombre se desplomó entre convulsiones. Giró sobre sus talones y disparó de nuevo. Un segundo tirador golpeó la pared, sacudiéndose, y cayó lentamente al suelo. 

Entonces Hankak y Dim irrumpieron en la sala, con las carabinas en alto. Derribaron al tercer tirador de un rápido disparo al cuello y avanzaron por una de las dos puertas que habia en la sala, haciéndole gestos a Inrah para que avanzara por la otra. La secutrix asintió y la cruzó con celeridad, volviéndose hacia el pasillo al percibir un movimiento.

Y entonces salió despedida.

El disparo de lanzagranadas reventó las ventanas y llenó la estancia de humo y metralla. La armadura de Inrah resisitó el impacto, pero estaba seriamente dañada. Los servomúsculos protestaron cuando se levantó. Oyó el chasquido del tambor del arma girando, cargano otro proyectil en la recámara. Sin tiempo para apuntar debidamente, sólo disparó en automático por todo el pasillo. Su objetivo se desmoronó contra el suelo entre sacudidas cuando la bala incapacitante la alcanzó en el hombro. Inrah bajó el arma y se acercó con cautela. Era una mujer, con ropa de civil y un implante ocular provisto de varias lentes. No parecia una soldado.

Pasó por encima de ella y examinó el resto del lugar. Estaba vacío. Oyó varios disparos en la estancia contigua, pero cesaron con rapidez. Dim exclamó una maldición seguida por un grito de dolor. Recogió a la mujer inconsciente y la arrastró hacia la sala central, donde la soltó junto a los tres tiradores. Hankak y Dim cruzaron la otra puerta, arrastrando a otros asesinos inconscientes. El atagradano tenía una humeante herida de láser en el cuello, apenas una rozadura. 

- Creo que estos eran todos los follagroxes que había- Dijo, llevándose una mano a la herida, ya cicatrizada. Después miró a Inrah y soltó un grave silbido- Estás hecha unos zorros, ojitos.

- Nada que no pueda reparar.

Hankak miró a todos los prisioneros y frunció el ceño.

- Vamos a necesitar otro coche. 

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Los habían torturado durante horas antes de que empezaran a ceder.

Habían bajado al equipo de asesinos al sótano de su propio bloque, y Hankak había dejado a Drusus y a Jean montando guardia. Adrienne, que había estado debilitando psíquicamente a los mercenarios, había acabado por irse del sótano cuando las torturas se volvieron demasiado para ella. Tenej y Petra se habían dedicado a la penosa tarea de efectuar las torturas, a cada cual más cruel y dolorosa. Tuvieron que esforzarse al máximo para permanecer impasibles. Hankak y Mara, por su parte, se ocuparon de interrogar a los asesinos. La muchacha había demostrado una sangre fría y una inexpresiva decisión que sorprendieron al inquisidor. Lo había hecho inesperadamente bien.

Durante los interrogatorios iniciales descubrieron que cuatro de los hombres, incluidos los que habían muerto durante el asalto, y una de las dos mujeres habían formado parte de algún grupo militar regular, pero eran extrasectoriales. Venían de las Estrellas Muertas, el imperio hereje más allá de los límites de Namether.

La segunda mujer era una lingüista y experta en infinidad de culturas e idiomas, y el último hombre habia resultado ser un experto en tecnología, ambos ciudadanos imperiales. La lingüista, que había sido la que había revelado todo aquello, se derrumbó mentalmente, producto de algún tipo de adoctrinamiento, y fue incapaz de seguir hablando. Fue la primera en ser ejecutada. La siguieron los otros dos soldados, que no soltaron una sola palabra.

- No a la temo muerte- Jadeó el hombre, escupiendo un diente roto, acompañado por un chorro de sangre que resbaló por sus labios, reventados por los golpes. 

- ¿Qué?- Tenej se hizo a un lado para esquivar el escupitajo del hombre y le propinó un puntapié en el estómago que hizo que se doblara sobre sí mismo.

- Su idioma materno debe ser muy distinto al gótico bajo- Explico Hankak, agachándose frente a él y levantándole la cabeza agarrándole de la frondosa melena- Imagino que usa su estructura sintáctica por error. 

El hereje gruñó, enseñándole los dientes, mellados y manchados de sangre. Hankak, lejos de amedrentarse, mantuvo su cabeza en alto tirando de su cabello.

- Dime líder es quién- Vocalizó con lentitud, asegurándose de que entendía las palabras. Al ver que no respondía, le zarandeó la cabeza, haciéndole enfurecer. Intentó morderle, pero sólo se rompió los dientes al toparse con el cañón de la pistola bólter del inquisidor- Di.

El hombres mordía el cañón del arma creando un sonido húmedo y chasqueante bastante desagradable. Hankak asintió y le agarró la cara con la mano, lanzándole de espaldas contra el suelo con un brusco empujón. Mientras el pagano sacudía la cabeza, gruñendo, el inquisidor se puso en pie y lo decapitó con un disparo. Su cuerpo se sacudió, presa de espasmos, mientras la sangre manchaba a borbotones el suelo. Los sesos y los restos del cráneo del infeliz habían quedado proyectados en la pared que tenía a sus espaldas. A la derecha del cuerpo, los cadáveres de los otros dos hombres y la otra mujer permanecían quietos, cubiertos de sangre seca.

- Ahora tú vas- Dijo, señalando con el arma humeante a la última hereje con vida.

- Yo hablo bien, perro- Escupió ella con desprecio. Aunque su voz estaba cargada del fortísimo acento de sus compañeros, se la entendía sin problema- No oses hablarme como a una retardada.

Hankak se encogió de hombros. Jean y Tenej se miraron, sorprendidos.

- Está bien. Tú pareces más inteligente- Se situó lentamente a su espalda y apoyó una bota entre sus hombros- Ya sabes lo que hay. Si me das lo que busco, tu muerte será rápida e indolora.

- Je- Los hombros de la mujer se sacudieron levemente por la breve risa, seca y desprovista de todo humor- No tendrás una sola palabra mía sobre él, escoria pagana.

Su cara golpeó el suelo con fuerza cuando Hankak la empujó hacia él con su bota. Se oyó un crujido en su espalda y ella ahogó un grito de dolor. El inquisidor le apoyó la bota en la cara y asintió en dirección a Mara. Ella se agachó frente a la mujer y se dispuso a decir algo, pero la hereje comenzó a gritar una sarta incomprensible de palabras secas y extrañas, perturbadoras, que ninguno entendió. Apenas empezó a chillar, Mara sintió cómo la cabeza le daba vueltas y algo espeso y caliente le bajaba por la nariz. Cuando se llevó los dedos al labio superior descubrió que era sangre.

Oyó a Petra soltar un grito de dolor, y a Tenej gruñir mientras se tapaba los oídos. Jean se dio cuenta de que estaba hablando en un idioma retorcido y siniestro, una lengua que ningún siervo digno del Dios Emperador debería siquiera oír. Se puso en pie para acallarla a patadas, pero Hankak se le adelantó y la silenció al enterrar su bota en el vientre de la mujer, que se dobló sobre sí misma, tosiendo y jadeando, cesando su parloteo herético.

- Vuelve a hacer eso- Dijo mientras la levantaba para ponerla contra la pared. Su respiración estaba agitada y jadeaba. Le sangraba el oído derecho- Y te arrancaré la lengua con mis propias manos.

Ella esbozó una sonrisa agresiva y se relamió los labios, provocándole. El inquisidor tuvo que contenerse para no pegarle un tiro ahí mismo.

- Me necesitas- La sonrisa no había desaparecido del rostro de la asesina cuando habló- Cooperaré. Con una condición.

Hankak no dijo nada. Desgraciadamente, era verdad. Presionó su rostro contra la pared con la mano izquierda. Ella soltó una breve risita de victoria.

- Qué quieres- Dijo al fin.

Petra se le acercó y le apoyó una mano en el hombro.

- ¡Estarás de broma!- La indignación era evidente en su tono- No vamos a negociar con una hereje.

- No tenéis otra elección- Replicó la asesina tras otra carcajada.

Petra, temblando de ira, apretó los puños por pura frustración y le propinó un fuerte puñetazo en la cara. Notó un crujido en los nudillos, que los tenía en carne viva, y se dio cuenta de que le había roto la nariz. La piel de la hereje, casi blanca, estaba manchada de sangre en diversos puntos, por lo que el chorretón de sangre que manó de su nariz no se notó.

- Ten cuidado, inquisidor- Pronunció aquella palabra con sorna tras escupir saliva mezclada con sangre- Tu perra pelirroja podría matarme.

- Hankak, no podemos...- Respondió Petra, con la voz temblándole por la rabia y la indignación.

Él levantó una mano, cortándola. Asintió con mirada sombría. La hermana hospitalaria sabía lo que aquello significaba. <<No tenemos otra opción>> 

- No te necesitamos más aquí. Puedes irte si quieres.

Ella asintió y se fue rápidamente del sótano, cerrando apresuradamente tras ella. La puerta tembló cuando le propinó un puñetazo. Se sacudió tres veces más antes de que se oyeran sus pasos alejándose.

- Y ahora, habla antes de que cambie de idea. 

La mujer esperó unos cuantos segundos antes de responder, disfrutando con la frustración y la impotencia que estaba causando en sus captores. Posó su mirada en la muchacha con la mitad de la cabeza rapada vestida con ropa de mecánico. En cuanto la chica se percató de su mirada, sus ojos azules se apartaron, incómodos, quizá asustados. Una sonrisa apareció muy lentamente en sus labios. 

- Te llevaré adónde Allhajat está- Paladeó sus palabras y disfrutó de la expectación que había creado- Si la chica pequeña es la única que me custodia. 

Hankak y Tenej miraron a Mara, que había abierto los ojos como platos. Un sudor frío empezó a recorrerle la espalda, y buscó la mirada de Hankak, escapando de la maliciosa sonrisa de la asesina.

- Hankak- Consiguió articular. No supo qué más decir y añadió, en voz baja- No.

El inquisidor tardó unos segundos en dar respuesta alguna, pero acabó relajando la presión de su mano sobre el rostro de la pagana y asintiendo. 

- No es lo único, ¿Verdad?- Aventuró Hankak con un tono de voz engañosamente sereno.

- De momento me contentaré con la compañía de la pequeña- La herética cruzó su mirada durante medio segundo con Mara. Ella le sostuvo la mirada con una deliciosa expresión de desamparo en el rostro- Cuando encontremos a Allahajat tengo otra petición que no podrás rechazar.

- ¡Hankak!- Mara dio un paso adelante, sufriendo escalofríos y con la mirada desorbitada. Apretaba los dientes con tanta fuerza que le dolía la mandíbula.

- El pescador instruye a la quietud en el horizonte- Le respondió en su código secreto mientras se separaba de ella. Mara asintió lentamente, pero no parecía menos alterada.

- Je- La asesina se separó de la pared y ladeó la cabeza, haciendo que el cuello le crujiera. Exhaló con satisfacción y se volvió hacia Hankak mientras se masajeaba el cuello. Le tendió la otra mano- Estoy segura de que haremos un buen equipo...Hankak.

Hankak se sobresaltó cuando la hereje pronunció su nombre. El sarcasmo en su voz era más que obvio. Se contuvo para no romperle el cráneo contra la pared y echó a andar hacia la salida. Sus acólitos le siguieron.

- Podéis llamarme Ylvenia- Dijo la asesina, alzado la voz con superioridad antes de que la puerta se cerrase. 

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Se sentía furioso.

No solamente por perdonarle la vida a una hereje, ni tampoco por tener la certeza de que, al menos de momento, la necesitaban. Ni siquiera porque ella los tuviera, como Jean solía decir, cogidos por las pelotas. Lo que realmente le enfurecía era haberse visto forzado a acceder a que Mara fuera la única que la custodiase. Le había parecido una buena manera para destapar sus secretos y asegurarse su lealtad, al menos hasta que se deshiciera de ella. Pero aquello exponía a Mara a un riesgo considerable, y se sentía como si la hubiera fallado.

Sabía que Mara confiaba en él y lo obedecería, pero temía que aquello les alejase, o que incluso ella sintiera resentimiento hacia él. Y para cumplir su deber, un inquisidor debía poder confiarle su vida a su equipo, y su equipo a él. No deseaba tener fisura alguna en su equipo, por mínima que fuese.

- Me va a convertir en uno de ellos. Y va a ser culpa tuya- Le dijo Mara desde su silla, mirándole fijamente a los ojos. En su mano, un pitillo de batto humeaba.

- Pensé que habías dejado el batto.

- Tengo que calmarme.

Hankak asintió y se sentó frente a ella, con una taza humeante de té qeeon en las manos. Él también necesitaba calmar sus nervios. Mara no dejó de mirarle en ningún momento, con una mezcla de miedo e ira en sus ojos. Hankak sentía el peso de aquella mirada como si de un destructor espacial que se mantenía sobre sus hombros se tratase. 

- Escucha...- Empezó.

- ¿Vas a pedirme mi testamento?- Le interrumpió ella. 

- Que me escuches- Le reprendió, con un tono severo. Lo suavizó y siguió hablando- Mara, estarás bien. Sólo necesitamos que la vigiles y te asegures de que no hace nada sospechoso. Nosotros estaremos cerca, probablemente. Y estarás armada.

- ¿Nada sospechoso?- Mara alzó la voz inconscientemente y le dio una nerviosa y larga calada al pitillo de batto- ¡Me ha hecho sangrar de la puta nariz hablando! Si su lenguaje puede hacerme eso, ¿Qué no me puede hacer ella?

- Tranquilízate- Hankak le tendió la taza de té, pero ella la rechazó bruscamente- Estoy seguro de que aquello no era su lenguaje. Quizá se trate de alguna variante de Enuncia, o...

- ¿De qué?

- Enuncia. Da igual, investigué sobre ello hace tiempo. No voy a aburrirte con los detalles- El inquisidor tamborileó con los dedos de ambas manos sobre la taza al sopesar aquella posibilidad. Deseó que no se tratase de Enuncia- Si vuelve a...a no sé. A hacer eso, tienes mi permiso para darle una paliza, o amordazarla. Estará esposada, así que no temas por lo que pueda hacerte.

Mara estuvo en silencio unos segundos, sin dejar de mirarle. Luego se mordió el labio inferior y se dispuso a decir algo, pero se calló antes de decir una sola palabra. Le dio otra calada al pitillo de batto y volvió a morderse el labio inferior.

- Viene de las Estrellas Muertas. De las jodidas Estrellas Muertas- Hizo el gesto del águila precipitadamente sobre su pecho al pronunciar aquellas palabras, y el pitillo dejó caer las cenizas en su escote cuando ambas manos chocaron. Soltó una maldición y se sacudió la camiseta hasta que las cenizas dejaron de arderle en la piel- Las putas Estrellas Muertas, Hankak.

- Sí, ya te he oído. ¿Cuál es el problema?

- ¡Cómo que cuál es el problema!- Estalló ella. Cuando se hubo serenado, cerró los ojos y contó hasta diez en voz baja- Ese sitio está poblado por herejes, y demonios, y monstruos, Hankak. No quiero estar cerca de alguien que ha salido de semejante pesadilla.

- En realidad dudo que haya demonios, o monstruos como tales- Hankak dio un sorbo al té y escogió sus siguientes palabras con delicadeza- Preto me habló sobre esta gente. No sabemos mucho, pero tenemos por seguro que no son tan diferentes a nosotros. A excepción de sus abominables dioses, claro está.

- ¿No te parece suficiente diferencia?- Protestó Mara.

- Sí. Pero quería convencerte de que no es tan terrible ni intimidante como crees. De hecho, estoy seguro de que ella se siente igual respecto a nosotros. 

Mara parpadeó. La idea de que una hereje tuviera miedo del Imperio, recto y puro, le parecía absurda. Iba en contra de la creencia popular que ella compartía con la mayor parte del Imperio de la Humanidad. Aún así, se forzó a creer en aquel argumento, y se lo guardó para recordarlo más adelante. Se repitió mentalmente varias veces que el inquisidor conocía mucho más que ella acerca de los enemigos del Imperio, y que su información sobre ellos solamente rascaba la superficie de lo que él sabía. Se humedeció los labios antes de hablar, ya que se le habían quedado secos.

- Vale. O sea, que nos tiene miedo. 

Hankak asintió.

- Aunque actúe con tanta seguridad, estoy seguro de que está desorientada, y probablemente asustada. Para ellos, nosotros somos lo mismo que ellos son para nosotros; su bestia negra- Se reclinó en la silla, algo más tranquilo al ver que Mara comprendía sus palabras- Pero tiene la...ventaja de saber que nos hace falta. De manera que yo no esperaría que actúe llevada por el miedo. Se sirve de la certeza de que nosotros también la tememos para aparentar superioridad. 

- Pero no lo es, ¿Verdad?- Preguntó ella, inclinando la cabeza con gesto apremiante.

- Sólo si nosotros se lo permitimos. Y eso no va a pasar.

- No va a pasar- Repitió Mara, negando lentamente con la cabeza. 

Hankak sonrió, pero Mara no le devolvió el gesto. Seguía inquieta. Quizá no tan asustada, pero sí inquieta, e incómoda. Al fin y al cabo, tenía que enfrentarse a algo desconocido y temido por todo ciudadano imperial. Confiaba en que se sintiera lo suficientemente segura como para saber que la hereje era la que tenía todas las de perder. Pero quizá necesitaba algo más para reforzar su confianza frente a la ominosa presencia en la que la prisionera se había convertido. Se inclinó hacia adelante para miarle directamente a los ojos. Ella levantó las cejas para que hablase.

- ¿Quieres dejarle claro que mandas tú?

- Claro que sí.

- Bien- Hankak le tendió su cuchillo de combate. Ella lo rechazó con un gesto y señaló la vibrocortadora que llevaba en el cinturón. Hankak asintió. Aquello haría el trabajo mejor- Al igual que no es extraño que nosotros nos tatuemos oraciones, aquilas y cualquier símbolo imperial, ellos también se tatúan sus propios símbolos. Si la despojas de ellos, la tendrás sometida.

- ¿Quieres que la desuelle?- Murmuró Mara, con el ceño fruncido e inclinándose hacia él, dubitativa.

- No tanto. Sólo que borres cualquier símbolo impío de su cuerpo. 

Mara dudó por un instante y después asintió, levantándose. Sacó la vibrocortadora de su soporte y se la metió en un bolsillo.

- Vale. Manda luego a Petra por si las cosas se complican.

- Lo haré. ¿Conoces los símbolos?

- Sí- Respondió ella con una mueca de asco. Hankak se había encargado de mostrárselos a todos para poder reconocerlos cuando fuera necesario. Contemplar aquellos iconos de pura maldad y depravación había sido...interminable. Pero gracias a aquello podían soportar su visión en cierta medida. 

Hankak asintió.

- Entonces enséñale quién manda. Y recuerda que la necesitamos viva.

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Mara dudó antes de abrir la puerta. Su mano acarició el pomo, pero luego la retiró. ¿Y si se la encontraba en medio de un ritual y un demonio la devoraba? Apartó aquellos pensamientos de su cabeza. Hankak se lo había dejado claro; no era más que una mujer, como ella, con unas divinidades abomibables y entrópicas. Petra, que la había acompañado, posó una mano sobre su hombro.

- Entiendo que estés asustada- Le dijo, con un tono amable- Puedo entrar contigo, si quieres.

- No. Le enseñaré que la situación no es como ella la cree- Respondió Mara con decisión fingida. Dio gracias a que sus rodillas fueran protésicas, porque de no ser así, en esos momentos estarían temblando furiosamente- Espérame aquí fuera.

- Como quieras- Cuando Mara se dispuso a abrir la puerta, Petra le tendió su colgante, que tenía un aquila de plata pendiendo de la cadena, tallada con inscripciones- Toma. Lo necesitarás para tratar con esta pagana.

Mara lo agradeció con un gesto y se lo puso antes de girar el pomo y entrar en el sótano. Apretó con fuerza el mango de su vibrocortadora en el interior de uno de los bolsillos de su pantalón, esperando encontrarse a la mujer derramando su propia sangre para pintar símbolos de sus dioses con ella sobre las paredes. Pero no fue así. Ylvenia estaba sentada sobre el desvencijado colchón que había en un rincón de la sala. La miró con curiosidad en cuanto la vio entrar.

- Ya estabais tardando en mandar a alguien para torturarme- Dijo, con una sonrisa que Mara no supo cómo interpretar.

- Cállate- Le espetó, intentando sonar intimidante. 

Su voz surgió atropelladamente, no obstante, y su tono la delató. Al estar de nuevo frente a ella, se olvidó momentáneamente de todo lo que el inquisidor le había contado. Aferró con fuerza el aquila del colgante mientras se forzaba a recordar todo lo que Hankak le había explicado.

<<No es más que una mujer, como tú, que teme y aborrece al Imperio como tú temes y aborreces a los Poderes Ruinosos>> se repitió mentalmente de manera constante mientras se acercaba a Ylvenia, que la miraba, curiosa, con una expresión divertida en el rostro. No se echó atrás cuando Mara se plantó frente a ella. En su lugar, se puso trabajosamente en pie para mirarle directamente a la cara. Su sonrisa de suficiencia, que tenía cierto cariz agresivo, enervó a Mara.

- Quítate la ropa- Ordenó. 

Al instante se le antojó lo ridículo de la situación; ella no llegaba al metro sesenta, mientras que Ylvenia pasaba del metro setenta. Tenía que levantar mucho la cabeza para poder mirarle a los ojos, tarea que se le antojaba realmente difícil, pues la pagana no daba la más mínima muestra de sentirse amenazada ni intimidada. Su rostro se convirtió en una mueca burlona en cuanto Mara habló.

- ¿Qué planeas hacer conmigo?- Ronroneó- Una muchacha tan pequeña como tú no puede esperar forzarme fácilmente.

Mara la agarró por el cuello de la camisa y la obligó a agacharse hasta su altura. Para su sorpresa, Ylvenia no se resisitó.

- Quítate la ropa, o yo te quitaré otras cosas- Amenazó, enseñándole la vibrocortadora.

Ylvenia imitó con sorna un murmullo de sorpresa y miró la herramienta durante un instante. Después le lamió los labios.

- ¡Pero qué coño haces!- Estalló ella, retrocediendo y blandiendo la vibrocortadora por delante de ella para alejar a la mujer. 

- No he podido resistirme- Se encogió de hombros ella, disfrutando con el mal rato que le estaba haciendo pasar- En mi mundo, las mujeres pequeñas son muy deseadas. 

- Te cortaré los brazos si vuelves a hacerlo.

- El riesgo merece la pena.

Mara evaluó la situación. Toda su confianza se había desplomado de golpe en cuanto entró al sótano. En lugar de ser ella la que enseñara a la pagana en qué situación estaba, Ylvenia estaba jugando con ella. Y lo estaba disfrutando. Decidió recurrir a la artillería pesada.

Con un movimiento rápido, agarró su colgante y se lo puso frente a la cara a la mujer. El aquila de plata se balanceó delante de su nariz. Tal y como había esperado, la hereje cayó al suelo entre gritos de agonía, cerrando con fuerza los ojos y retorciéndose. Al otro lado de la puerta, Petra sintió una punzada de satisfacción al oír sus gritos. 

Mara acercó el colgante hacia la espasmódica prisionera, disfrutando con el dolor que le estaba causando. Aquella sensación desapareció de golpe cuando los gritos se convirtieron en carcajadas. Temblando por la risa, Ylvenia se dio la vuelta para poder ver la cara de estupefacción de Mara, aún agachada sobre ella con el colgante en la mano. 

- ¿Creías que me iba a derretir, o que me iba a quemar la piel?- Logró articular entre carcajadas. 

Mara miró el colgante, y después a Ylvenia, que se retorcía sobre el suelo. Le dio una patada en el estómago y la obligó a ponerse de rodillas agarrándola por el pelo, negro y abundante, decorado con cuentas y abalorios. 

- Estoy acostumbrada a ver ese símbolo, niña- Dijo, llevándose las manos esposadas hasta la cara para secar una lágrima que corría por su mejilla. Su pecho dio una sacudida cuando volvió a reírse.

Pero Mara estaba roja de rabia. Ya había cruzado el límite. No permitiría que volviera a jugar con ella de esa manera. La obligó a ponerse en pie y se alejó unos pasos, encañonándola con su pistola inferno. 

- Quítate la ropa.

- Otra vez la misma historia. Si quieres divertirte con una indefensa cautiva sólo tienes que pedirlo.

- Que te la quites- Gruñó, apretando con fuerza el mango del arma. Era consciente de que la estaba provocando deliberadamente, pero no era capaz de contenerse- Voy a quitarte los tatuajes. Y a enseñarte en qué posición te encuentras.

Ylvenia levantó una ceja al comprenderlo. Querían despojarla de los símbolos de su religión y provocarle dolor para amedrentarla y acabar con su seguridad, que era lo único que la había mantenio a salvo hasta entonces. No lo conseguirían. Disrutaba mucho con aquello, a pesar del tremendo peligro.

- No puedo con esto- Dijo, levantando las muñecas esposadas para que Mara las viera

La chica no se acercó de inmediato. Desconfiaba, y no le faltaban los motivos. Finalmente se acercó con cautela y abrió las esposas, que cayeron sobre el suelo con un tintineo metálico. Libre de sus ataduras, Ylvenia se masajeó las muñecas, doloridas y en carne viva. 

- ¿Quieres un espectáculo? No se me da mal- Ofreció con una sonrisa burlona mientras se desabotonaba la camisa. 

- Hazlo rápido. Y date la vuelta. 

Ylvenia obedeció y se desvistió con rapidez, dejando caer la ropa a sus pies. Cuando se hubo despojado de la ropa interior, la lanzó hacia atrás con el pie. Mara esquivó la prenda.

- No hacía falta que te quitases eso también. 

- Hay muchos sitios que pueden tatuarse.

- Como sea. Ponte las esposas.

- Ah, ¿Eres una de esas?- Ylvenia se mordió el labio inferior provocadoramente- Nunca me ha llamado la atención, pero estoy abierta a probar cosas nuevas. Sobre todo si tienes una pistola en la mano.

- ¡Date la vuelta!- Exclamó Mara.

Notó cómo la cara se le calentaba y se ruborizaba ligeramente, incómoda. Ylvenia era esbelta, y de proporciones atractivas. Mara nunca había visto una espalda tan bonita, y jamás lo reconocería. Sus hombros eran fuertes, y tenía una larga cicatriz en el omóplato izquierdo. Tardó unos segundos en darse cuenta de que la vista se le había ido a zonas inferiores, y subió la mirada con rapidez, incómoda. Ylvenia estaba en forma en todos los sentidos.

Se dio la vuelta con las muñecas en alto. Su piel, casi blanca, resplandeció con la poca luz de la estancia. 

Mara esperaba encontrarse perforaciones, cicatrices rituales y una algarabía de tatuajes incomprensibles por todo su cuerpo, pero no fue así, para su sorpresa. Inconscientemente, recorrió de arriba abajo con la mirada a la mujer. Tenía la clavícula marcada, lo que se le antojó extrañamente atractivo.  El vientre era totalmente plano, fibroso, y tenía un par de pequeñas cicatrices sobre el ombligo. 

Mara no se lo explicaba. Ni un tatuaje, ni una marca ritual, ni una perforación. Se había hecho a la idea de que quizá no tendría tentáculos, mutaciones ni protuberancias extrañas, pero no esperaba, ni de lejos, encontrarse con algo tan mundano como un cuerpo completo y libre de tinta ni perforaciones. Y también mostraba un nivel de higiene y cuidado que no se esperaba de un pagano salvaje.

- ¿Qué te pasa? ¿Nunca te has mirado al espejo sin ropa?- Se burló Ylvenia.

Mara sacudió la cabeza y le apuntó de nuevo con el arma. 

- No tienes tatuajes- Observó.

- Chica perspicaz- Ronroneó la pagana, divertida- Y ahora, ¿Por qué no guardas esa pistola y nos olvidamos durante un rato de que somos enemigas?

A Ylvenia no le atraían especialmente las mujeres, pero jugar con los nervios y los curiosos ojos de aquella pequeña muchacha era demasiado irresistible. Le guiñó un ojo. Mara, por su parte, enfundó el arma y salió del sótano sin mediar palabra alguna. La puerta se cerró con fuerza.

- ¿Y bien?- Preguntó Petra con sincero interés- He oído que se...reía.

- No tiene tatuajes- Concluyó Mara, sintiendo una mezcla de rabia y decepción.

- Entonces...

- Y es humana. Como tú, y como yo- Hizo una pausa mientras subía las escaleras- Bueno. No se parece mucho a ninguna de las dos.

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Mara había acudido a Hankak, visiblemente alterada, para informarle de que la cautiva no tenía tatuaje alguno. No había dicho una palabra más antes de irse. 

Hankak decidió finalmete hacerle una visita a Ylvenia para sonsacarle información sobre su benefactor, temiendo que no se tratase de Thurr y toda su investigación se fuera al traste. Danar podría no tener nada que ver, o incluso su socio, el jefe de mercenarios, podría no estar tampoco involucrado. Podría haber estado siguiendo una pista falsa. 

Aquello le hacía estremecerse de frustración. Thurr estaba resultando ser un verdadero fantasma.

Petra seguía montando guardia junto a la puerta del sótano. Estaba sentada sobre un taburete y leía, en silencio. Levantó la mirada de las páginas del libro cuando oyó al inquisidor acercarse.

- ¿Vas a interrogarla?- Preguntó. Hankak asintió- ¿Me necesitas ahí dentro?

- No, será rápido. Pero estate atenta.

El interior del sótano era verdaderamente sórdido. Estaba prácticamente vacío, a excepción de los cadáveres apilados en un rincón de los mercenarios y un par de muebles viejos y apolillados. Una serie de columnas polvorientas y cubiertas de telerañas se sucedían en el centro de la sala, yendo de un extremo a otro, sosteniendo el piso superior. En el suelo y la pared, las manchas de sangre ya se habían secado. La estancia apestaba.

Ylvenia estaba tumbada en el maltrecho y amarillento colchón, completamente desnuda. Mara debía de haberse puesto demasiado nerviosa como para devolverle la ropa. Al abrir la puerta Hankak, la pagana giró la cabeza para mirarle. 

- La otra ya ha comprobado que no tengo tatuajes- Dijo.

- No vengo por eso- Le lanzó la ropa con el pie y dejó sobre el suelo la silla que había estado arrastrando. Se sentó en ella, inclinándose hacia Ylvenia- Ponte tu ropa.

- Estoy bastante cómoda así- Replicó ella, poniendo a prueba su paciencia.

Hankak no respondió. Le lanzó una seca mirada que no admitía réplica alguna. Ylvenia levantó las manos y se arrodilló sobre el colchón.

- Vale, vale. Tú no te andas con bromas como la pequeña- Dijo. Después señaló sus muñecas con la barbilla- Quítame las esposas para que pueda vestirme.

El inquisidor rebuscó en sus bolsillos y la llave se deslizó sobre el suelo hasta llegar a ella.

- Hazlo tú.

Ylvenia recogió la llave y se deshizo de las esposas con relativa rapidez, suspirando aliviada cuando sus muñecas estuvieron libres. Las dejó a un lado y se acomodó sobre el colchón.

- ¿Está seguro de que quiere que me vista, señor inquisidor?- Ronroneó, burlona.

De nuevo, no respondió. Desenfundó su pistola bólter y la dejó sobre su regazo, sin dejar de mirar fijamente a la cautiva. Ella siseó, decepcionada.

- Santurrones- Masculló, poniéndose la ropa- Visto uno, vistos todos.

- Ahora háblame de ese Allajhat- Inquirió Hankak, sin prestarle atención- Imagino que ese nombre no es el suyo.

- Imaginas bien, señor inquisidor- Ylvenia se abotonó la camisa y se recostó de lado sobre el maloliente colchón- Es una palabra que significa mecenas en fatemriek. ¿Quieres saber su nombre real?

- Sería todo un detalle- Respondió Hankak, sarcástico.

Ylvenia sonrió y cogió las esposas, enseñándoselas.

- Entonces líbrame de esto y déjame dormir en una cama que no huela a meados.

Hankak amartilló la pistola bólter. Ylvenia no se echó atrás, y le acercó aún más las esposas.

- No tengo garantía alguna de que no vayas a escapar o a hacer daño a mi equipo- Dijo Hankak al ver que no iba a conseguir nada más con amenazas. Aquella mujer era realmente tenaz, y nada estúpida- Te quedarás aquí hasta que encontremos al que os contrató. 

Ella suspiró exageradamente, exasperada.

- No soy una amenaza, Hankak- Aseguró.

- No uses mi nombre- Respondió el inquisidor, tajante y ofendido- Dime de quién se trata, y me pensaré el cambiarte de estancias.

Por supuesto, no tenía intención alguna de ello. 

- Uno de tus colegas, nada más y nada menos- Ylvenia confirmó sus sospechas. Hankak tuvo que controlarse para no dar un salto en la silla. Por fin tenía una pista clara- Quería mantener el anonimato, pero en mi compañía exigíamos confianza mutua entre nosotros y el patrón. Ya sabes, negocios. Alènos, nos dijo que se llamaba, pero luego descubrimos que el muy cabrón se llamaba Thurr. Le aseguramos que daría igual que conociéramos su identidad, ya que tú y tus chicos no llegaríais con vida a dar con él, pero desconfió igualmente. 

- ¿Sabes dónde está?- Aventuró Hankak.

- Debería estar llegando a Gharam.

- ¿Quieres decir que no está aquí?- Hankak se mostró perplejo involuntariamente. De nuevo, la situación volvía a írsele de las manos.

- Quería algo de Gharam. Vendrá aquí, debe estar al caer.

- ¿Y conoces qué busca o dónde lo puede encontrar?

- Yo sólo soy un peón, señor inquisidor- Ylvenia se encogió de hombros con una enigmática sonrisa- Eso es todo lo que sé. Absolutamente todo.

Hankak se recostó en la silla, cruzado de brazos. Desconfiaba de aquella mujer, pero era el mejor rastro que había conseguido hasta la fecha. Asintió y se puso en pie, fingiendo que se iba. Cuando se dio la vuelta, pistola bólter en mano, Ylvenia ahogó un grito de sorpresa.

- Gracias por cooperar- Y apretó el gatillo.

La bala estalló en la pared, abriendo un serio boquete que roció la espalda de Ylvenia con metralla, haciéndola chillar de dolor. Había rodado a un lado justo a tiempo, con gran rapidez. Hankak la apuntó de nuevo.

- ¡Ni se te ocurra!- Exclamó ella- ¡No soy tu enemiga! ¡Pax imperialis!

Hankak dudó durante un instante ante aquel código, pero volvió a centrar la mira del arma sobre la mujer de nuevo. 

- Explícate rápido o aprieto el gatillo- Concedió finalmente.

- Baja el arma.

- Se te acaba el tiempo.

- Vale, vale- Ylvenia asintió repetidas veces- Mira, mis compañeros y yo éramos proscritos en Fathem. Nos consideraban herejes por no adorar a sus dioses. Nos perseguían..

El inquisidor levantó una ceja, sorprendido. Por lógico que fuera, nunca se le había ocurrido pensar en cómo los susodichos herejes trataban a sus disidentes. No obstante, el que Ylvenia no adorara a los Poderes Ruinosos era un giro inesperado.

- Escúchame- Siguió ella, con las manos levantadas- Un día le robé un colgante del aquila a un tío que nos habían ordenado eliminar. No me mires así. Vosotros también os matáis entre vosotros.

- Irrelevante. Sigue- Ordenó Hankak.

- Pues bien, me puse su collar desde entonces. Lo encontraba bonito. Mira, nunca he creído en las religiones, pero caí gravemente enferma junto a casi treinta miembros de mi compañía. Murieron todos, menos yo- Miró a Hankak fijamente a los ojos- Creo que de alguna manera ese colgante me salvó la vida. Desde entonces siempre he querido rendir culto al Emperador,creo que...fue una revelación. Pero mis compañeros me hubieran matado por rendir culto.

- Mientes- Gruñó Hankak. No había notado cambio alguno en su voz, ni identificado ningún indicio de mentira, pero quería forzar la situación para obligarla a cometer un fallo que la delatara. Si es que había algo que delatar.

- ¡No miento!- Exclamó ella, ofendida- Esa era mi segunda condición. Quiero entrar en el Culto Imperial. 

Una serie de expresiones cruzaron el rostro de Hankak mientras asimilaba la situación, confuso y sorprendido. Sabía que no había mentido, pero algo en su interior le gritaba que le pegase un tiro ahí mismo. No obstante, si de verdad era fiel al Emperador...

- ¡Inquisidor!- Drusus entró atropelladamente en el sótano, alterado.

- ¿Drusus?- Hankak se volvió.

- Ha llegado una nave espacial a la órbita de Gharam, inquisidor- Jadeó.

- Bueno, no es tan raro- Se encogió de hombros Hankak.

- Señor- Drusus jadeó de nuevo- Se perdió en la Disformidad hace cuatro siglos. 

- ¿Qué?- Logró articular Hankak, desconcertado.

Ylvenia se puso en pie. Drusus le apuntó con su pistola automática. La mujer permaneció de pie.

- Ahí tienes lo que tu amigo venía a buscar, señor inquisidor. 

Capitulo cuatro

La nave recién llegada del pasado, tal y como Jean lo había descrito en su estupefacción, se trataba de un crucero de batalla clase Marte, un monumento al poder bélico y la supremacía del Imperio de la Humanidad. Mientras se dirigían apresuradamente al espaciopuerto para llegar a la Xyfos y abordar la nave recién salida de la Disformidad, Skaas explicó el suceso del Preludio.

La flotilla partió de Gharam, oficialmente como refuerzo para la frontera de Cynus. No obstante, lo que muy pocos sabían era que, además de eso, su misión era transportar un valioso y sumamente raro artefacto al cuartel de la Inquisición en Tronia. Al oír aquello, Hankak había sufrido un escalofrío y una repentina iluminación. Casi se puso en pie en el asiento de la lanzadera.

- ¡Thurr lo sabía!- Gritó. ¡Viene a Gharam por el artefacto!

Todos se quedaron callados al instante, mirando al alterado inquisidor. Dim, el atagradano, que estaba en la cabina del piloto, soltó un grito de sorpresa que se oyó a través de los altavoces del compartimento de pasajeros. De repente, Skaas, con los ojos desorbitados, lanzó una maldición.

- ¡Su puta madre!- Exclamó. Comenzó a dar golpes en la puerta de acceso a la cabina del piloto- ¡Acelera, Dim, acelera por tus muertos!

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Al llegar a la Xyfos, que había abandonado el Alfanje, Targon, Victorique y Miranda, con su armadura completa, estaban esperándoles en el hangar para recibirles. Después de intercambiar unos apresurados saludos, Hankak le explicó a Targon la situación. El capitán de los Sables Nametherianos, con el rostro desencajado por la sorpresa y la urgencia, echó mano rápidamente de su microcomunicador. Miranda soltó una salta de improperios. Victorique abrió tanto los ojos que parecía que se le iban a salir de la cara.

- ¡Motores, a toda máquina! ¡Puente, tracen rumbo hacia el Preludio!- Ordenó. Después miró a Hankak- Inquisidor, si sus sospechas son ciertas, necesitamos al Alfanje para darnos apoyo.

- Contacte con ellos y ordénesle que se acerquen y le bloqueen la huida al Preludio, que usen mi código de identificación inquisitorial- Dijo Hankak mientras varios servidores y mecánicos se apresuraban a rellenar el depósito de combustible de la lanzadera- ¡Y el resto, coged vuestro equipo! Vamos a meternos en problemas.

El equipo asintió y echó a correr hacia el elevador para acudir a sus camarotes y a la armería. Skaas, Diómedes e Inrah, equipados y armados hasta los dientes, se quedaron junto a la lanzadera.

- Nosotros ya venimos preparados de casa, Hank- Dijo el comerciante independiente- Tú ve a por tus cosas. ¿Qué hacemos con la hereje?

- No soy una...- Se defendió Ylvenia, enérgicamente.

- Que te calles- La cortó Skaas. Miró a Hankak- ¿Y bien? La perra es tu prisionera, es cosa tuya. Pero no quiero tenerla cerca y que me apuñale por la espalda.

- No voy a...

Aquella vez fue Diómedes la que la cortó, de una sonora bofetada que le dejó la mejilla al rojo vivo. Ylvenia, esposada, no pudo contraatacar. Miró impotente a Hankak, que se encontraba mirándola a su vez, pensativo. Después se volvió hacia Targon, que estaba hablando a través de su microcomunicador.

- Eh, Targon. ¿Tenéis collares explosivos aquí?

El capitán le miró confuso durante un segundo, sin comprender la intención del inquisidor, pero acabó asintiendo.

- Sí, mi señor. Miranda, ve al arsenal y tráele un collar explosivo al inquisidor.

La oficial asintió, y se puso rápidamente en marcha. Alcanzó a Mara por el camino y le dio una palmada en el hombro, tras lo que se puso a hablar con ella. En un momento dado le acarició la barbilla, y Mara respondió dándole una patada. 

- ¡Es denigrante!- Protestó Ylvenia, airada- ¡No puedes hacer eso!

- No tengo motivo alguno para confiar en ti- Contestó Hankak- Y no me trago lo de tu conversión. Si quieres ganarte mi confianza y formar parte del Imperio, tendrás que demostrar que vales. ¿Quieres luchar? Lucharás. Pero al mínimo indicio de traición, ese collar explosivo estallará.

Ella le miró fijamente durante varios segundos, sosteniéndole la mirada con los ojos entornados, enrojecidos, furiosa y ofendida, pero acabó cediendo. 

- Si con eso logro lo que quiero, sea. Dame un arma y te demostraré que soy más que merecedora de luchar por el Imperio. 

Hankak asintió y miró a Diómedes, que estaba encendiéndose una varilla de lho peligrosamente cerca de un servidor con un depósito de combustible en la espalda. 

- Dim, llévala a la armería y equípala. 

- Tú no me pagas, vaquero- Se encogió de hombros él- No hay tronos, no hay trabajo.

- Tira, joder- Gruñó Skaas dándole un empujón. 

Diómedes se puso en marcha de mala gana y agarró a Ylvenia por las esposas, tras lo cual echó a andar hacia el elevador, obligando a la mujer a mantener su ritmo. 

- Es un buen tipo, y el mejor pistolero que conozco- Le dijo el comerciante independiente a Hankak- Pero te juro que a veces le mandaba de una patada al Ojo del Terror.

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- Y recordad que no podemos fallar. El sector entero depende de esto, y sólo tenemos una oportunidad. A saber de qué clase de artefacto se trata, y qué planes tiene Thurr para él.

- Sin presiones- Dijo Jean, burlón, alzando las manos.

En el interior de la lanzadera Aquila, todos estaban armados hasta los dientes. Hankak llevaba su armadura y su pistola bólter, así como también su venablo, enfundado en la otra pierna, y su espada. Adrienne había acudido con su sable y una pistola láser, y en esos momentos estaba ajustando sus implantes psíquicos. Jean, con su uniforme y chaleco antifrag del 101º Skiano, así como también con su capa de camaleonina, llevaba varias pistolas, y se había hecho con un rifle de plasma del arsenal del Xyfos. Mara le había preguntado por qué llevaba consigo una pala de combate, a lo que él había respondido que sabía de sobra la clase de daño que aquella herramienta podía causarle a alguien. Ella llevaba su indumentaria habitual, con sus bolsas para herramientas y su pistola inferno.

Drusus, con su armadura de arbitrador negra, estaba imponente como siempre. Llevaba su escopeta de combate apoyada sobre su regazo, y su pistola automática enfundada. Petra iba con su servoarmadura, y estaba calibrando la sierra de su narthecium, con la pistola bólter descansando en su funda. Tenej, con su armadura de caparazón repleta de portaequipos y granadas y un rifle inferno echado al hombro, se encontraba, previsiblemente, en silencio. 

Skaas había salido de Gharam con una indumentaria más propia de un comerciante independiente que sus anteriores ropajes de civil. Llevaba una armadura de caparazón negra bajo un largo abrigo antifrag muy decorado, y tanto su pistola de plasma como una espada sierra se encontraban enfundados y listos para ser empleados. Inrah, con su voluminosa armadura, estaba realizando unas comprobaciones de última hora de su bólter pesado. Diómedes estaba metiendo una a una balas explosivas de alto calibre en el tambor de uno de sus revólveres. Sobre su armadura corporal negra llevaba un gastado abrigo de cuero marrón. Sobre su pañuelo, y bajo el sombrero de vaquero atagradano, se había puesto unos auriculares de combate con micrófono. 

Y por último estaba Ylvenia, taciturna y con la mirada perdida. A pesar de que Diómedes había insistido en darle tan sólo una pistola láser, ella había insistido tanto en sus capacidades de combate y en llevar un equipo completo que el atagradano había acabado cediendo sólo por no seguir escuchando sus protestas. Estaba equipada con una armadura de caparazón negra y un uniforme de combate azul de los Sables Nametherianos, con abundantes portamuniciones y bolsas de equipo, así como una pistolera rígida donde llevaba una pistola láser. Entre las piernas, con la culata apoyada en el suelo, tenía un rifle láser de manufactura sebkana, una fina pieza de gran calidad, con un proyector holográfico que hacía las veces de mira de hierro.

Hankak miró a su equipo y se preguntó si aquello sería suficiente para detener a Thurr. Tendría que serlo.

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El Alfanje se había desplazado hasta la posición del Preludio, con las armas activadas y preparadas. Cuando el capitán Vises, de la Preludio protestó enérgicamente por aquella amenaza, Targon le hizo saber que seguía órdenes inquisitoriales. Vises no dijo una palabra más.

Abundantes lanzaderas iban y venían hacia y desde el Preludio, cargadas de soldados de la Armada Imperial y de las FDP, de suministros médicos y de personal del Medicae, especialmente psicólogos. Para los tripulantes de la nave extraviada sólo había pasado un mes, y no cuatro siglos. Los tripulantes necesitaban asistencia psicológica para poder comprender y superar aquel hecho, y muchas de aquellas personas no lo lograrían jamás. Los soldados de la Armada Imperial y de las FDP de Gharam habían sido movilizados previamente para asegurar el crucero de batalla y comprobar que todo el mundo estaba como debía estar; cuerdo y sin ningún apéndice nuevo. La Disformidad era traidora y despiadada.

El personal del Medicae se estaba ocupando de realizar exhaustivos análisis a los tripulantes para asegurarse de que estaban en buenas condiciones, reespaldados por los soldados de rostros adustos de la Armada Imperial y de las FDP de Gharam, que llevaban uniformes y chalecos antifrag marrones bajo amplias capas cerradas tratadas contra los agentes tóxicos de la atmósfera de su devastado mundo de origen. Todos los soldados de las FDP llevaban las capuchas de sus capas caladas, y los ojos ocultos por unas gafas hexagonales.

El capitán Vise esperaba a la lanzadera en uno de los hangares de su nave, frotándose nerviosamente las manos y con el rostro tenso. Estaba acompañado de algunos de sus oficiales, que presentaban expresiones similares. La mera mención de la Inquisición, especialmente después de haber estado perdidos cuatro siglos en la Disformidad, les había destrozado los nervios.

La lanzadera Aquila penetró en el hangar, pasando a través de los escudos de vacío, y aterrizó suavemente sobre las tres patas hidráulicas que había desplegado. La puerta se abrió ominosamente, y Vises tuvo ganas de vomitar. Se dio cuenta de que le temblaban las rodillas. Ni siquiera había empezado a asimilar que habían desaparecido durante cuatro siglos. 

- Inquisidor, los therianos están preparados y dentro de los botes de asalto para aborar el Preludio a su señal- Le informó Targon.

- Excelente, que se mantengan a la espera- Hankak bajó a paso ligero de la lanzadera, seguido del resto de su equipo, que se desplegó a su alrededor- Mantén el canal abierto en todo momento, Targon.

- Sí, señor.

Todo aquel que se encontraba cerca del inquisidor y sus hombres se volvió hacia ellos, mirándolos con los rostros desencajados. Iban equipados para el combate, y pesadamente armados. Más de uno ahogó un gemido de terror.

- Inquisidor- Vise y sus oficiales saludaron torpemente realizando el signo del aquila sobre su pecho- Es un honor tenerle a bordo de mi...

- El artefacto- Cortó Hankak, plantándose frente a él- Dónde está.

- ¿Disculpe?- Balbució Vises.

- El artefacto que transportaban a Tronia- Reiteró Hankak- Creemos que un hereje de gran peligro anda tras él. Voy a confiscarlo y llevarlo al cuartel general de los Ordos en Lachrima.

Vises frunció el ceño durante un instante. Luego asintió apresuradamente.

- En la celda de contención 9/O. Le llevaré allí.

- Sea- Coincidió Hankak, poniéndose en marcha, siguiendo al capitán.

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El puente de mando del Alfanje era infinitamente más espacioso que el de la Xyfos.

Empotrados en sus nichos, bajo el nivel del suelo, los servidores conectados a potentes cogitadores realizaban tareas y comprobaciones mecánicamente, todos ellos siguiendo ciegamente las órdenes de su capitán, sentado en su trono de mando, equipado con servobrazos que le iban mostrando diversas pantallas y placas de datos. Los oficiales del puente estaban sentados frente a cogitadores y puestos de mando, con el rostro pétreo e iluminado por el fulgor verde de las máquinas. 

Los gruesos paneles de ferrocristal dejaban a la vista la inmensidad del espacio, con sus millones de estrellas refulgiendo y parpadeando en medio de la oscuridad. Targon se había permitido abstraerse brevemente en aquella magnífica visión, pero volvió a la realidad de mala gana cuando las alarmas del puente se activaron, chillando y parpadeando intermitente.

- ¿Qué ocurre?- Targon se acercó al trono de mando y miró a Luranne, semienterrado entre placas de datos y pantallas holográficas.

- Ha surgido una nave de la Disformidad- Respondió él sin rastro alguno de emoción en su voz- Sus escudos están activados, y ha trazado una ruta de intercepción hacia el Preludio

Targon maldijo en voz baja y activó el comunicador, potenciado por los relés de la propia Alfanje.

- Inquisidor, tenemos problemas. Ha llegado- Dijo, sin más.

- Mierda- Masculló el inquisidor entre ruido blanco- ¡Dése prisa, Vise! Recibido, Targon. Que el Alfanje se prepare para entrar en combate.

- Sí, señor- Después se volvió hacia Luranne y exclamó- ¡Zafarrancho de combate! Van a atacar el Preludio, todo el mundo a sus puestos.

- Te recuerdo, Targon, que yo estoy al mando de esta nave...- Gruñó Luranne.

- El inquisidor me ha dejado el cargo- Respondió Targon- Tú gobierna tu nave, yo daré las órdenes cuando lo juzgue necesario.

Luranne torció el gesto, pero no replicó. Levantó la vara de mando y comenzó a repartir órdenes entre sus oficiales del puente. Targon miró con preocuapción hacia el Preludio.

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El recién llegado era un crucero clase Dominador con los emblemas y colores de la flota de batalla Namether. 

Surgió de la Disformidad con los escudos levantados y las armas preparadas, y arremetió contra los dos cruceros ligeros que habían acudido a escoltar al Preludio a su llegada. Su cañón Nova hizo trizas los motores de uno de ellos antes de que levantara los escudos, y sus baterías de macrocañones partieron a la otra en dos mientras intentaba alejarse de su trayectoria.

Los restos de las dos fragatas se alejaron de la recién llegada a cámara lenta, pero cubriendo cientos de kilómetros por segundo. Ardiendo, destrozados y perdiendo incontables fluidos como si de sangre se tratase, los restos eran ahora meros recordatorios patéticos de lo que hace tan sólo unos instantes habían sido. Miles de vidas se habían extinguido de un plumazo, con una facilidad ricídulamente dolorosa, y apabullante.

El Dominador se acercó a una peligrosa velocidad al Preludio, pero en lugar de embestirlo, activó los posquemadores y rotó sobre sí misma hasta presentarle sus baterías de babor. Pero éstas no dispararon. Como una nube de insectos, varias docenas de botes de asalto salieron de sus hangares, dejando estelas azuladas de sus motores tras de sí, y abordaron la nave. Las alarmas estallaron por todo el Preludio. Los soldados de la Armada Imperial y las FDP se pusieron en marcha entre gritos y confusión, mientras los tripulantes y el personal del Medicae se ponían a salvo. Alguien, en algún lugar del Preludio, se pegó un tiro en la sien. Nadie lo sabría nunca.

El Alfanje apareció en la trayectoria del clase Dominador desde el otro lado del Preludio. Sus escudos de vacío estaban levantados, y sus armas dispararon contra la nave recién llegada en cuanto la tuvieron a tiro. Andanadas de macroproyectiles perforantes y descargas láser de las lanzas chocaron violentamente contra los escudos de su objetivo, haciéndolos parpadear. Avanzando lentamente, las dos naves se enzarzaron en un violento combate, en una perezosa coreografía de lentas maniobras y abrumadoras andanadas de muerte que surcaban silenciosamente el vacío del espacio.

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- ¡Dése prisa, Vise!- Urgió Hankak, que había desenfundado la pistola bólter- ¡No tenemos tiempo!

El capitán corría todo lo rápido que podía, poco acostumbrado al ejercicio físico. El inquisidor y su equipo le seguían casi pisándole los talones, desplegados en formación para cubrir sus flancos y retaguardia. Los sonidos de los combates empezaron a lanzar sus ecos a través del pasillo. 

Thurr había hecho su movimiento.

Tres hombres doblaron la esquina, vestidos con trajes de vacío anaranjados y cubiertos de placas de acero negras, desgastadas. Blandían escopetas y rifles automáticos, y en los visores tenían pintada una mano naranja. Hankak supo de inmediato que no eran hombres de la Armada Imperial, a pesar de que llevaban emblemas imperiales en sus uniformes y armaduras. Levantó la pistola bólter y le voló la cabeza al primero antes de que pudiera reaccionar.

Los otros dos se desmoronaron prácticamente al mismo tiempo, atravesados por rayos de plasma y ráfagas de la escopeta de Drusus. Vise miró los cuerpos y comenzó a sudar aún más.

- Trono de Terra- Murmuró- ¿Qué está ocurriendo?

- Ya se lo explicaré a su tiempo, capitán- Resopló Hankak- Primero debemos recuperar el artefacto.

El capitán tartamudeó algo en voz baja y temblorosa, se secó el sudor de la frente con la manga y desenfundó su pistola automática sin aminorar el ritmo, corriendo por el pasillo flanqueado por el inquisidor. Ernst Vise dio unas cuantas órdenes a su tripulación a través de su enlace vox, recordando repentinamente entre la niebla del miedo y el desconcierto que aquella nave era suya. Las respuestas, no obstante, fueron confusas y atropelladas, cargadas de estática. Masculló una maldición y siguió guiando al inquisidor y a sus hombres, jadeante.

La celda de contención 9/O no estaba lejos, tan sólo había que atravesar un amplio vestíbulo que, según sus cálculos, se encontraba a escasa distancia de su posición actual. El lugar estaba permanente vigilado por patrullas de soldados de la Armada Imperial y por servotorretas. Incluso si lo habían atacado, Vise dudaba de que hubieran podido penetrar en ella. Empero, no podía desterrar los jirones de preocupación que envolvían su mente, dándole un funesto presentimiento que le hacía estremecerse cada vez que calculaba aquella posibilidad.

Pero era algo imposible.

A medida que avanzaban, los disparos se oían más cerca, como Vise había temido. Quizá sí que el enemigo hubiera logrado abrirse camino hasta la celda 9/O. Y si los atacantes no habían sido eliminados a esas alturas, aquello quería decir que probablemente estarían machacando a las tropas que protegían el lugar. El capitán se dio cuenta de que estaba hiperventilando.

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- Señor, estamos entablando combate con la nave enemiga- Informó Targon por el canal vox privado del inquisidor- Estamos muy parejos. Intentaremos inutilizarla, pero me temo que no puedo prometerle nada.

- Que el Trono te proteja entonces, Targon- Le deseó el inquisidor, con la respiración agitada por la carrera y la tensión- Hankak, corto.

Apagó el comunicador y echó una mirada de soslayo a Vise. El capitán, sudando profusamente, miraba a todos lados, alarmado, crispado. Hankak no lo culpaba. Después de haberse enterado de que toda la nave había pasado cuatro siglos en la Disformidad cuando él y toda la tripulación pensaban que sólo habían pasado unos meses, el verse abordados por un inquisidor e inmediatamente después ser atacados era capaz de quebrar el coraje y los nervios de cualquiera. Sólo deseaba que pudiera guiarles hasta el artefacto sin problemas. Thurr no podía hacerse con él.

Siguieron avanzando a buen ritmo pero con cautela por el pasillo, con Inrah y Tenej en cabeza, seguidos de Drusus y Hankak. En retaguardia iba el resto, y Vise en el centro, guiando al inquisidor y a sus compañeros con voz crispada por la tensión. Ya no oían disparos esporádicos y breves tiroteos, un intenso stacatto de disparos y gritos sonaba por doquier, rebotando en las paredes y haciéndose cada vez más intenso. La alarma de disparo de la nave aullaba, una voz preprogramada instaba a los soldados de la Armada Imperial a responder a la amenaza con fuerza y coraje. Hankak se llevó un dedo al comunicador. 

- Comandante Luggae, tenemos una situación a bordo. Envíe a sus tropas al Preludio de inmediato.

La voz de la mujer sonó amortiguada y quebrada por la estática.

- Recibido, inquisidor. Necesitaré sus coordenadas.

- Negativo, comandante- Replicó Hankak- Nosotros no necesitamos la ayuda, la necesita la tripulación. 

Se hizo en breve silencio en el canal voz.

- Recibido- Contestó al final Luggae- Que el Trono le proteja, inquisidor.

En cuanto Hankak desactivó el comunicador, Vise hizo un gesto para que se detuvieran. Señaló a una gran puerta acorazada abierta de par en par a unos metros de ellos, separada del pasillo por una sección circular y varios escalones. Los sonidos del combate se intensificaban en aquella zona, y una miríada de resplandores fugaces surgía de la puerta. Gritos, maldiciones y alaridos de dolor se sobreponían intermitentemente a la tormenta de disparos. Dos grandes servotorretas estaban sujetas al techo, bordeando la puerta. Trataban inútilmente de girar para apuntar al interior, pero no hacían más que chocarse con el borde de adamantio sobrecargado de decoración del portón. 

- Es ahí- Señaló Vise, jadeante- El acceso a la 9/O. 

- Vuelva al puente- Ordenó Hankak, adelantándose mientras amartillaba su pistola bólter- Prepárse para recibir refuerzos, y en cuanto lleguen cierre la nave a cal y canto. ¿Me ha entendido?

Vise asintió repetidas veces y puso rumbo hacia el puente a paso ligero.

- Mara, ve con él- Dijo el inquisidor- Protégele.

La muchacha, que ya tenía su pistola inferno en las manos, frunció el ceño y negó con la cabeza, esbozando una mueca furiosa.

- ¡De eso nada!- Exclamó- Voy a entrar ahí con vosotros.

- Quiero interrogarle después, y lo necesito vivo para eso- Contraatacó Hankak con tono severo- Ve. Ya.

Mara apretó los dientes e hizo amago de responder, pero se dio la vuelta y echó a andar furiosamente hacia Vise a grandes zancadas. Hankak la vio alejarse con un ligero sentimiento de culpabilidad. Estaba claro que quería luchar, pero no estaba preparada para ello. Y no podía arriesgarse a perder a un miembro clave de su equipo.

Miró al resto y señaló con un cabeceo el portón, avanzando hacia él con la pistola bólter preparada.

- Inrah, Tenej- Exclamó- En cabeza, distraedlos. Skaas, Jean y Petra, dadles fuego de cobertura. El resto, conmigo. ¡Adelante!

Siguiendo las órdenes del inquisidor, Inrah y Tenej abrieron la marcha, cruzando la puerta los primeros. Ella iba delante, con el bólter pesado en ristre, y el theriano la cubría dos pasos más atrás, avanzando con rapidez y seguridad, ligeramente inclinado hacia adelante y con el rifle inferno contra el hombro. Al entrar en el vestíbulo se encontraron con una batalla a pequeña escala.

El vestíbulo era gigantesco, de planta circular, y tenía dos niveles. El primero llevaba a una segunda puerta, la de la celda 9/O, y estaba salpicado de bancos de datos, cogitadores y pilares de adamantio, con un pasillo despejado en el centro, que estaba salpicado de cadáveres de ambos bandos. El nivel superior daba a varias celdas más pequeñas, y contaba con una barandilla metálica por toda cobertura. Gruesas tuberías descoloridas recorrían las paredes y el techo, transportando diversas sustancias vitales para el funcionamiento de la nave.

Docenas de figuras se enfrentaban en un furioso tiroteo en ambos pisos, llegando incluso al combate mano a mano en varios puntos. Nubes de chispas saltaban por todo su alrededor cuando las balas erradas impactaban contra los mamparos de adamantio, y un resplandor tan intenso como intermitente sacudía el vestíbulo acompañado de una cacofonía de disparos y aullidos.

Los soldados de la Armada Imperial se agazapaban detrás de toda la cobertura que pudieran encontrar y se esforzaban en mantener a raya a los secuaces de Thurr, que gritaban y disparaban, inundando el colosal vestíbulo como un enjambre interminable. La mayoría de cogitadores y bancos de datos habían quedado destrozados por los disparos; una pérdida atroz. Estaban cubiertos de agujeros de bala, y chisporroteaban en algunos puntos, añadiendo destellos azules al fulgor rojizo del tiroteo.

Cuando cruzó el umbral, Inrah ya estaba abriendo fuego.

El visor de su casco le ofrecía constantemente lecturas de disparo y marcaba a los atacantes con runas rojas sobre sus cabezas, y el bólter pesado vomitó muerte entre estallidos de fuego que hacían ondular el aire alrededor del cañón. Tres herejes fueron pulverizados por la primera ráfaga en el nivel superior, seguidos rápidamente de otros dos a su izquierda y un sexto en el nivel inferior. Descargó una nueva ráfaga, y así una tras otra, sin dejar de avanzar con paso firme.

Tenej disparaba su rifle inferno en semiautomático, seleccionando sus objetivos uno a uno y despachándolos con velocidad, con una precisión y fluidez de movimientos impresionante. Los rayos anaranajados, intensamente brillantes, explotaban al impactar en sus objetivos, abriendo boquetes en sus armaduras y cuerpos, decapitándolos o arrancándoles miembros con una facilidad terrorífica. 

Los soldados de la Armada Imperial no tardaron en fijarse en los recién llegados, pero no hubo vítores ni gestos de ningún tipo. Les superaban ampliamente en número y la llegada de refuerzos no parecía que fuera a ser su salvación. Portaban carabinas láser y escopetas de combate, e intercambiaban disparos incansablemente con los heréticos. En algunos lugares del vestíbulo, incluso se enfrentaban cuerpo a cuerpo a ellos, ya fuera con sus cuchillos de combate, herramientas o con sus manos enguantadas. La refriega era intensa y brutal, concentrada especialmente en el primer nivel. Muchos de ellos yacían muertos, con los trajes de vacío acribillados o hendidos por cuchillas.

Los herejes empuñaban una amalgama de pistolas automáticas, rifles de asalto, fusiles semiautomáticos pesados, escopetas de distintos modelos y ametralladoras ligeras. Además muchos llevaban cuchillos, espadas, hachas o garrotes, y varios portaban cintas de granadas de fragmentación cruzadas sobre el pecho. Cuando Hankak cruzó la puerta experimentó una mezcla de temor y genuina sorpresa. Estaban mejor equipados de lo que pensaba. Thurr no se había rodeado de una turba de mercenarios y vulgares matones como inicialmente había pensado. Tenía un pequeño ejército.

El grupo formado por Jean, Petra y Skaas aprovechó con rapidez la distracción que Tenej e Inrah estaban causando con su granizada de fuego para avanzar hasta una posición segura desde donde disparar. Se cobijaron tras unos bancos de datos inutilizados por los disparos y empezaron a descargar sus armas sobre los asaltantes del segundo nivel, que no tardaron en responder al fuego.

Pero el ataque sorpresa había surtido efecto. Muchos de los heréticos del segundo nivel yacían muertos, con los cuerpos destrozados y en posiciones antinaturales, su sangre empapando tanto el suelo como los mamparos de adamantio que tenían detrás. Inrah y Tenej se concentraron entonces en el primer nivel, cubriéndose con uno de los gigantescos pilares que sostenía el piso superior, pero sin dejar de disparar. Cuatro herejes trataron de asaltarlos desde una posición cercana con escopetas, rifles automáticos y cuchillas, pero Inrah los barrió con su bólter pesado a apenas unos pasos de distancia.

Tenej controlaba el otro flanco, habiendo pasado de su método de disparo selectivo a uno más indiscriminado. Su rifle inferno chasqueaba furiosamente mientras arrojaba un resplandor ígneo a su alrededor, y un torrente de fuego láser intermitente se abatía sobre sus objetivos, rebotando contra los mamparos y pilares de adamantio o impactando contra sus objetivos, destrozándolos con una pequeña explosión de energía que arrojaba a su alrededor chispas, trozos de metal fundido y carne carbonizada como si fueran metralla. Los cuerpos se desmoronaban con grandes agujeros humeantes en sus cuerpos.

Hankak, junto a Drusus, Dim, Adrienne e Ylvenia avanzaron por el lado derecho del vestíbulo, donde la presión enemiga era más fuerte. La extrasectorial iba en cabeza, pero nadie la había obligado. Empuñaba su rifle láser con decisión y avanzaba alerta, disparando ráfagas cortas de vez en cuando al tener un objetivo a tiro. Hankak sabía que quería demostrar que no era una amenaza, lo veía en sus ojos. Sabía que quería demostrarles a todos que era digna del Emperador. Pero la perspectiva de aquello le revolvía el estómago.

Un trío de hombres de Thurr surgió tras uno de los pilares y les sorprendió, plantándose frente a ellos mientras gritaban y alzaban sus armas. Para sorpresa de todos, Ylvenia frenó en seco y disparó el rifle láser en una amplia ráfaga desde la cadera. Uno de los herejes salió disparado hacia atrás y rodó por el suelo con el torso perforado en dos lugares, y los otros dos se desplomaron en el sitio cuando los rayos láser les hicieron estallar los estómagos. Se revolvieron enérgicamente en el suelo, aullando, pero la mujer los remató con sendos disparos. Giró la cabeza para mirar al inquisidor con una sonrisa de orgullo. Solamente se topó con una expresión severa.

Pero Hankak había quedado ligeramente impresionado. Había reaccionado con gran rapidez, y disparado aún mejor.

La apartó con la mano y se apoyó en el borde del banco de datos que tenían a su izquierda, ocultándolos del resto del vestíbulo. Se asomó para evaluar la situación, alzando una mano para indicarles que esperasen. Divisó a Skaas y a su grupo tras un maltrecho banco de datos enzarzados en un intenso tiroteo con varios heréticos en el piso superior. Jean estaba disparando su rifle de plasma, emitiendo un sonido breve y seco, un chisporroteo acompañado de un apagado sonido explosivo que el rayo de energía creaba al ser emitido por el cañón. Un hereje desapareció de estómago para arriba. Skaas y Petra le cubrían con sus pistolas, abriendo fuego por turnos.

Inrah y Tenej estaban en una posición más peligrosa, en primera línea. Un grupo de soldados de la Armada Imperial había avanzado hasta un cogitador cercano a ellos, y mantenían un intenso intercambio de disparos con un nutrido grupo de secuaces de Thurr que había tomado posiciones cerca de la puerta que llevaba a la celda 9/O y a lo largo del pasillo. 

Barrió el lado derecho del vestíbulo con la mirada. Había mucha resistencia, quizá dos docenas de herejes, o incluso más. Se apartó cuando una bala impactó en la esquina del banco de datos, a unos centímetros de donde había estado antes. Miró a Drusus, Adrienne, Dim e Ylvenia.

- Dim, Adrienne y tú- Dijo, señalando a la extrasectorial- Avanzad hasta ese pilar, sacad a esos cabrones de ahí. Drusus y yo intentaremos flanquearles. 

Asintieron. Cuando salieron de su cobertura, con las cabezas agachadas y corriendo, ráfagas de ametralladora y rifle automático les acosaron, rebotando y explotando en pequeñas flores de chispas contra los mamparos y el banco de datos. El inquisidor hizo un gesto a Drusus y ambos se asomaron para darles fuego de cobertura. La pistola bólter de Hankak coceaba contra su palma con cada disparo, acompañado de un estampido seco y el tintineo del cartucho vacío y humeante al rebotar en el suelo. El arbitrador disparaba su escopeta automática Vox legis en amplias ráfagas, obligando a varios herejes a agacharse tras su cobertura cuando las postas hicieron trizas a dos de ellos y le destrozaron el brazo a un tercero, que se echó al suelo sujetándose el miembro hecho jirones y soltando alaridos.

Una granada de fragmentación tintineó cuando cayó cerca de él, acompañada de un grito en skiano.

- ¡Arrivederci!

La explosión lo mató al instante, junto a otro de sus camaradas, y la metralla le arrancó la pierna a otro más. Dos se desplomaron sobre un cogitador cercano con los torsos y las cabezas llenas de heridas de metralla.

Hankak volvió a cubrirse al ver que Adrienne y los otros habían alcanzado una cobertura y recargó su pistola bólter. Miró a Drusus, que asintió.

- ¡Por el Emperador!- Exclamaron al unísono, abandonando el amparo del banco de datos, disparando.

Una granizada de balas se desató a su alrededor, destrozando el banco de datos y obligándoles a agazaparse tras la primera cobertura que encontraron. Una bala rebotó en la coraza de caparazón de Drusus, haciéndole ladearse como si le hubieran empujado. Gruñó cuando apoyó su espalda contra el pilar, y comprobó que el disparo no había causado daños. Aparte de una pequeña abolladura que había arrancado la pintura negra de su coraza, estaba intacto. 

Pero estaban inmovilizados por el fuego enemigo. Respondieron de inmediato, pero el fuego era tan intenso que se vieron obligados a ponerse a cubierto nuevamente. El arbitrador miró a Hankak, que torció el gesto. No pintaba bien.

No muy lejos de ellos, Diómedes, Adrienne e Ylvenia libraban un desesperado mano a mano con un grupo de herejes que había asaltado su posición. Estaban rodeados y superados en número, pero peleaban con decisión. Ylvenia disparaba su rifle láser a bocajarro, y cuando se le acabó la batería utilizó su culata para apartar y golpear a los enemigos que se le echaban encima. Uno trató de apuñalarla con un cuchillo de combate, pero le estampó la culata en la máscara y desenfundó la pistola, descerrajándole tres disparos en el torso. Adrienne extendió su mano izquierda, y el aire onduló y vibró a su alrededor. Dos herejes se desplomaron de inmediato cuando sus cabezas estallaron bajos las máscaras. Desvió un hacha con su sable y ensartó la garganta del que la esgrimía con un movimiento preciso y fluido. Un nuevo atacante surgió frente a ella, encañonándola con una escopeta, pero la psíquica la apartó con la mano y le propinó un golpe en la cara con la guarda del sable. El hombre gruñó y trastabilló, pero antes de que pudiera reaccionar un tajo horizontal le degolló. 

Dim era quizá el que mejor se estaba desempeñando. Disparaba sus revólveres Stiff Haudric a bocajarro y golpeaba sin miramientos a los heréticos, apartando sus armas con los cañones de sus pistolas y alejándolos de sí a patadas. Una porra descendió sobre él, pero la apartó con el revólver que asía en la mano derecha, bajándolo bruscamente para que el arma de su atacante apuntase hacia abajo. Pasó casi en el mismo movimiento el brazo izquierdo sobre el derecho para apuntar a su atacante. Apretó el gatillo y la bala explosiva hizo estallar su cabeza. Girando hacia atrás sobre los talones extendió ambas armas y disparó de nuevo, derribando a otros dos herejes con sendos disparos en el torso. Se desplomaron hacia atrás con boquetes en el pecho, los trajes de vacío destrozados y la carne humeante y sanguinolenta allá donde los proyectiles impactaron.

Se agachó hacia adelante al percibir una hoja lanzarse hacia él desde la izquierda y avanzó con una larga zancada tras la cual se irguió, girando hacia el nuevo oponente con la pistola izquierda encarándolo. La espada del hereje apartó el revólver con un violento golpe y el hombre se lanzó sobre Dim con un cuchillo en la otra mano, descendiendo sobre él. Girando hacia la derecha con agilidad, le golpeó en la nuca con la pistola de su mano derecha, desestabilizándole y mandándole al suelo, donde rodó y se levantó con una rapidez sorprendente, sólo para rebotar contra el suelo cuando una bala explosiva le arrancó la cabeza. 

- ¡Id a por ellos!- Gritó el atagradano- ¡Yo contendré a estos follagroxes!

Adrienne e Ylvenia se miraron durante un instante y asintieron. A su alrededor, los soldados de la Armada Imperial avanzaban con lentitud, disparando en todas direcciones. Soldados enemigos se derrumbaban por todo el vestíbulo, acribillados por un nuevo escuadrón de soldados de la Armada que cruzó el umbral del portón disparando sus carabinas láser. Uno de los grupos que avanzaban por el pasillo central fue segado por ráfagas de ametralladora entre surtidores de sangre. Unn soldado cayó al suelo con un disparo en la pierna, sujetándosela y gritando. Petra se acercó agachada para agarrarle de las correas del traje y arrastrarle hasta su cobertura, donde se ocupó de la herida.

Mientras Adrienne e Ylvenia avanzaban, aprovechando la momentánea confusión causada por la llegada de los refuerzos, Diómedes se batía con varios hombres de Thurr al mismo tiempo. Pero no era el mejor pistolero que Skaas había visto jamás por nada. Un pistolero necesitaba flexibilidad, puntería, agilidad...y sobre todo creatividad para matar. Y él llevaba años perfeccionando sus habilidades.

Apartó a un hereje de una patada, que se estampó contra un mamparo. Extendió ambos brazos en direcciones opuestas y apretó los gatillos. El cuerpo del herético chocó de nuevo contra el mamparo, esta vez muerto, y otro cayó de espaldas con un boquete humeante y sanguinolento en el casco. El chasquido que las armas emitieron era muy familiar para Diómedes; estaban vacías. Con un giro de muñecas rápido, las cogió por el cañón y golpeó con la sólida culata de una de ellas una espada que hendía el aire hacia él. La otra golpeó con fuerza el casco del atacante, y se produjeron otros dos golpes más en rápida sucesión antes de que cayera al suelo, desequilibrado. 

Se agachó justo a tiempo para evitar un culatazo en la nuca y placó con el hombro al hereje, inmovilizando su brazo y empujándole contra un banco de datos junto a otro más, que quedó atrapado entre su camarada y el sólido aparato de gran tamaño. Con manos ágiles, Dim enfundó uno de sus revólveres y sacó de su pistolera el arma de cinto de uno de los herejes, descerrajando dos disparos a bocajarro sobre los dos desgraciados atrapados entre él y el banco de datos. Se separó de los cadáveres y disparó dos veces al que había mandado antes al suelo en la cabeza, tras lo cual arrojó el arma humeante sobre el enemigo que más cerca tenía, haciéndole retroceder al golpearle en la cabeza.

Enfundó el otro revólver vacío al mismo tiempo que liberaba uno nuevo de su cinturón. Disparó a bocajarro y un hereje cayó. Desenfundó el otro revólver, extendió ambos frente a él. Dos disparos, dos muertos. Un tercer disparo, un hereje cayó al suelo con una bala en el estómago. Dio media vuelta para derribar a otro disparando con ambos revólveres a la vez y remató al que estaba en el suelo rompiéndole el cuello con la bota. Sintió con cierta satisfacción el crujido del cuello al quebrarse bajo su robusta bota y esbozó una fugaz sonrisita de orgullo.

Un grito le alertó de un nuevo atacante, y le voló la rodilla de un disparo preciso y veloz. Extendió su brazo derecho hacia él y percibió por el rabillo del ojo un movimiento a su derecha. Pasó su brazo izquierdo sobre el derecho y apretó el gatillo. El hombre salió despedido un metro por la bala explosiva y chocó con un golpe seco contra el mamparo. Contrajo el índice derecho. El disparo remató al que había perdido la rodilla.

Cuando se volvió, dispuesto a seguir luchando, se encontró con los herejes huyendo en desbandada, entre aullidos desesperados y disparos apresurados. Tanto el inquisidor y su equipo como los soldados de la Armada Imperial avanzaron hacia la puerta de la celda 9/O, disparando sin piedad y matando a muchos de los herejes a la fuga. Adrienne e Ylvenia remataban a los hombres de Thurr a los que habían asaltado tras un cogitador. La extrasectorial parecía incansable, y luchaba con una ferocidad y habilidad que habían sorprendido a Diómedes. Pero no dejaba de ser una pagana. Inrah y Tenej seguían en vanguardia, y habían causado la retirada unos segundos atrás al abandonar su cobertura disparando sin parar, llevándose por delante a varios heréticos en unos pocos segundos.

- ¡Se retiran!- Exclamaba Hankak, disparando su pistola bólter. A su lado, Drusus lanzaba ráfagas de postas desde la cadera a su lado- ¡Avanzad!

Persiguieron a los herejes entre disparos y vítores. Irrumpieron en la celda 9/O rodeados de los latigazos de las armas láser y el estampido de las escopetas de combate. Era más pequeña que el vestíbulo, con un techo abovedado y paredes cubiertas por mamparos de adamantio y gruesas tuberías refrigerantes, cubiertas de cables y mangueras de energía como si fueran enredaderas de cobre y goma. Imperaba un frío seco, que se les pegaba al cuerpo por debajo de las armaduras y ropajes. El zumbido del contenedor de estasis era imperceptible por la cacofonía de la lucha.

Los herejes se habían agrupado en la sección final de la celda, en torno a la plataforma elevada donde se alzaba el contenedor de estasis, de cuatro metros de alto. Bajo la gelatinosa capa de energía que proyectaba se encontraba un aparato sucio y viejo, una antena con la base robusta y negra, sin un único símbolo ni decoración alguna. Pero algo en su construcción era grotesco, perturbador. Hankak supo qué era cuando logró discernir las calaveras humanas que cubrían la carcasa bajo la aceitosa luz del contenedor de estasis.

Parecían estar vivas. Abrían y cerraban las mandíbulas muertas y giraban sobre sí mismas, desacompasadas y a distintas velocidades.

Manipulando la cámara de estasis estaba una figura abotargada, enorme, que flotaba sentada o fundida a un trono antigravitatorio surcado de cables, luces y antenas. Portaba un icono mancillado y deforme del Adeptus Mechanicus.

Y junto a la figura, Thurr. Envuelto en su armadura negra, robusta y decorada con filigranas de Esmeralda y plata, les miraba. Su capa verde ondeaba sin viento como una nube de humo que lo rodease, y estaba envuelto por una esfera translúcida y aceitosa, ondulante, producida por su generador de escudo personal. Miró a Hankak con unos ojos salvajes que no obstante brillaban con una implacable astucia, o quizá convicción.

Hankak levantó su pistola bólter y disparó. El proyectil estalló contra el campo de energía y Thurr se ocultó tras un pilar, sonriendo. Su guardia personal, de una veintena de hombres equipados con trajes de vacío de combate acorazados y que blandían rifles láser, se lanzó a plantar cara al inquisidor y sus fuerzas.

Aquello cortó en seco la retirada de los herejes, que se volvieron para combatir. Fue tarde para ellos. El inquisidor y sus hombres habían tomado posiciones y derribaron a la mayoría antes de que pudieran responder a sus disparos mientras buscaban desesperadamente una cobertura. Inrah, con su bólter pesado vomitando ráfagas, fue la que más daños causó.

También fue la primera en verle.

Algo, de una estatura imponente, se abrió paso entre los heréticos, apartándolo con brusquedad. Era un gigante astado y grotesco, cubierto de ceramita pintada en un desgastado color naranja. De su servoarmadura sobresalían espinas y trofeos macabros, y estaba decorada con bronce y latón. Las filigranas y tallas, antaño gloriosas y que mostraron rectitud y justo fervor estaban deformadas por las energías malignas y entrópicas de la vileza más ruin hecha realidad.

El Marine del Caos lanzó un aullido distorsionado por su casco en forma de cráneo de perro y los herejes redoblaron el ataque, presas de un frenesí ciego, involuntario y aterrorizado.

Hankak se estremeció, horrorizado. Los hombres de la Armada Imperial gimieron atropelladamente oraciones de protección mientras un sudor helado y afilado como escarcha les mordía la piel con puro terror. Jean gritó algo en skiano por encima del atronador tiroteo.

Inrah cambió su objetivo.

El coloso de ceramita y maldad agarró por la cabeza a uno de los hombres de Thurr y lo interpuso entre él y la ráfaga de Inrah. El desdichado se agitó y pataleó por encima del suelo, hasta que el bólter pesado lo partió en dos. El Marine del Caos arrojó el despojo con indiferencia y avanzó, disparando su bólter. El arma escupía un lamento distorsionado y entrecortado superpuesto a un rugido del más monstruoso y cruel odio. Dos hombres de la Armada se desplomaron despedazados.

- ¡Fuego concentrado, maldita sea!- Ladró un oficial de la Armada Imperial.

- "Dolce Terra"- Tartamudeó Jean, clavado en el sitio.

La monstruosidad astada avanzaba con pasos pesados pero fluidos, escupiendo muerte y bramando maldiciones. Era una visión abominable y terrorífica, desoladora. En la seguridad de sus mundos, la mayoría de ciudadanos Imperiales no llegaban jamás a ver o a oír hablar de tales bestias. Ni siquiera sus peores pesadillas podían ser capaces de concebir tal monstruosidad, del odio más puro e imparable.

Disparó su rifle de plasma.

El Marine del Caos era sorprendentemente rápido para su tamaño, y esquivó el rayo de plasma con soltura, sin dejar de disparar. Un grupo de soldados de la Armada que irrumpían en la celda fue segado por sus aullantes ráfagas.

Mientras tanto, en la celda 9/O se desataba un feroz tiroteo entre los hombres de Thurr que habían sobrevivido, su guardia personal y los soldados de la Armada. La mayoría de éstos habían vuelto sus armas contra el Marine del Caos, por lo que el inquisidor y su equipo estaban plantando cara a los secuaces de Thurr, obligados por su tenaz avance. Estaban envalentonados por la presencia del Astartes caído, y llenos de terror. Luchaban como demonios, sin importarles las heridas sufridas.

Frente a la cámara de estasis, el tecnoadepto renegado del Mechanicus seguía trabajando, impasible, con Thurr oculto tras una columna junto a él. Observaba con una tranquilidad fría e inalterable cómo el gigantesco adepto trabajaba, flotando sobre su trono gravitatorio.

Pero no podían alcanzarlos. Se interponía entre ellos un buen número de herejes fanáticos, y un Marine del Caos.

<<Un puto Marine del Caos>> Había pensado Hankak tras obligarse a sobreponerse al pavor inicial. <<Thurr, bastardo hereje. Hay sangre en tus manos y herejía en tu corazón. Voy a acabar contigo aunque sea lo último que haga>>

- ¡Inrah, Tenej!- Gritó por el comunicador para hacerse oír por encima del tiroteo- ¡Terminad con esa abominación o no podremos avanzar hasta Thurr!

- ¡Entendido!- Exclamó el theriano, disparando su rifle inferno. A su lado, Inrah estaba enzarzada en un rabioso tiroteo con el Marine del Caos, danzando ambos con evasiones y eludiendo los disparos. En esto último, la "Secutrix" parecía moverse con más agilidad y control, habiendo esquivado hasta entonces el punto de mira del monstruo.

Con un movimiento fluido, Tenej sacó una carga de demolición tubular de su cinturón y la arrojó hacia el Marine del Caos. El hereje la esquivó con facilidad, y la deflagración abrió un gran agujero en el suelo embaldosado.

Una nueva ráfaga aullante. Inrah lanzó un gruñido cuando uno de los proyectiles le impactó en el torso y estalló sobre la coraza de su servoarmadura. Una fea marca negra sobre una abolladura apareció en su coraza. Ella siguió disparando el bólter pesado. Los compensadores cinéticos y servomúsculos de su armadura la mantuvieron de pie a pesar de que un segundo proyectil de bólter explotó con rabia contra el costado de su coraza.

Se enzarzaron entonces en una pequeña tormenta de disparos. Las ráfagas del bólter pesado estallaban contra la repugnante servoarmadura del Marine del Caos dejando apenas marca, mientras que el rifle inferno de Tenej granizaba rayos de energía fosforescente de manera constante, que explotaban con profusión de chispas y esquirlas de ceramita cuando alcanzaban su objetivo.

Mientras tanto, el tiroteo en la celda continuaba, furioso. La mayoría de los soldados de la Armada yacían muertos, y Hankak y su séquito luchaban desenfrenadamente por mantener a su enemigo a raya. Jean disparaba su rifle de plasma junto a Drusus, con su escopeta de combate y a Skaas, que maldecía mientras disparaba su pistola de plasma apresuradamente, errando gran parte de los tiros. Petra y Hankak estaban parapetados juntos tras una columna, y se esforzaban por mantener un volumen de fuego constante con sus pistolas bólter a pesar de la granizada de proyectiles que se abatía sobre ellos. Cerca estaban Diómedes y la pagana Ylvenia. Estaban luchando hombro con hombro, con determinación, y graves insultos hacia los hombres de Thurr. Eran los que más cerca estaban del enemigo, y el intercambio de disparos esa desenfrenado e inmisericorde.

Uno de los proyectiles de fusil le atravesó el estómago desorotegido a Ylvenia y empapó de sangre su ropa. Se derrumbó y se arrastró hasta cubriese con la columna, con ambas manos presionándose el estómago y la mirada perdida, inmóvil sobre el suelo. Diómedes ladró una maldición y siguió disparando sus revólveres.

- ¡Le han dado a la pagana!

El grito por el comunicador sacó durante medio segundo a Inrah de su duelo con el Marine del Caos.

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