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El espacio... un único y sempiterno lugar donde toda la materia del universo es almacenada. Regido por leyes que ninguna civilización llegará jamás a comprender del todo, guardián de secretos que nadie podrá descifrar y hospedaje de seres que nunca debieron existir. Pero existen.

Una enorme grieta se abrió con tremenda brusquedad rompiendo la serena tranquilidad del Cosmos. La gigantesca fisura se ensanchó con rapidez hasta alcanzar una irregular forma ovalada, mostrando en su interior un conglomerado de energías purpúreas y azuladas que se retorcían sin descanso intentando salir de su encierro. Lentamente comenzó a asomarse una oronda mole casi tan grande como la propia brecha, abriéndose camino entre las amenazadoras y coloridas fuerzas hasta que las dejó completamente atrás. Acto seguido la misteriosa entrada comenzó a reducirse paulatinamente, hasta que no fue más que un destello de color rosado en el firmamento condenado a desaparecer.

-Lo hemos logrado- Dijo una sorprendida a la par que asustada voz -¡Estamos fuera!- Volvió a decir pero llena de gran y evidente júbilo.

-Así es capitán- Replicó otra voz de tono ecuánime, aunque con un ligero sentimiento de alivio.- ¿Acaso lo dudaba?

Cometa Legendario

El Cometa Legendario, un atípico carguero espacial

La mastodóntica nave permanecía detenida a escasa distancia de donde se originó el enigmático portal que la condujo de vuelta a la realidad. Se trataba del Cometa Legendario, un navío de carga construido durante la Era de los Conflictos con un aspecto francamente poco común. En vez de poseer un cuerpo alargado para finalmente acabar en una popa algo más voluminosa (que es lo corriente) el Cometa se asemejaba más bien a un huevo tumbado en horizontal, correspondiendo la zona más estrecha a la parte delantera. Se sabe que la bautizaron con dicho nombre debido a su imponente tamaño y el ardiente chorro de energía que despedían los potentísimos motores.

Dados los miles de años de antigüedad del navío y la escasa información referente a su diseño y constructores no está muy claro el porqué de semejante “estampa”, pero la teoría mas aceptada y evidente es que se hizo para obtener una nave con una capacidad de transporte muy superior a la normal. Siendo un carguero de La Vieja Noche poco más se sabe, pero es lógico suponer que tanta capacidad de almacenaje respondería a una coherente necesidad. Actualmente desempeñaba el papel de nave de transporte imperial, habiendo sido convenientemente actualizado su armamento, defensas y motores para garantizar la preservación del amplio e importante material bélico que albergaba. Al ser de un tamaño tan descomunal fue dotada con equipamiento parecido al de una barcaza de batalla, lista para realizar ataques a planetas u otras naves.

Puesto que el Cometa Legendario podía transportar una cantidad ingente de tropas y suministros con la seguridad que ofrecía una nave de guerra el Imperio lo utilizaba exactamente para eso, cargar. En su interior podían alojarse decenas de miles de soldados imperiales, millares de astartes así como cientos de vehículos, naves y hasta varios titanes. Cuando estaba “lleno” su misión era trasladar todo su contenido a su lugar/es correspondientes, que podían ser planetas, estaciones espaciales u otras naves del Imperio. Si se encontraba “vacío” enseguida recibía instrucciones indicándole el punto/s de recogida obligándole a ponerse en camino lo antes posible, de modo que siempre estaba en perpetuo movimiento.

Lamentablemente pese a disponer de una buena capacidad ofensiva y defensiva no se contaba ya con él para librar ninguna batalla de la Gran Cruzada. El motivo era evidente, su velocidad. Transportar semejante nave con un volumen de material tan inmenso no podía hacerse deprisa, y aunque llevase una carga razonable poco se veía incrementada su rapidez. Tanto viajando por el espacio como por el Inmaterium resultaba bastante más lenta que cualquier otra gran nave de combate, así que debido a esta disparidad el alto mando finalmente optó por mantenerla en servicio de transporte.

Pese a realizar una complicada y valiosa labor de abastecimiento -que además desempeñaba de una manera intachable- el navío se ganó injustamente ciertos apodos despectivos, convirtiéndose en un blanco fácil para chistes con ánimo de ridiculizarla por parte de las fuerzas imperiales. “Ya está aquí el gordo” o “a ver cuando lo pintáis de blanco” (en referencia a su aspecto ahuevado) eran algunas de las burlas que la tripulación tenía que soportar en sus tareas de carga y descarga. Unos respondían con insultos, otros intentaban aparentar que semejantes comentarios no eran dignos de su atención y algunos pensaban para sus adentros "será lenta pero es segura, estúpidos"

CAPÍTULO UNO: Error de cálculoEditar

-¿Que si lo dudaba? Desde hace días tenía la seguridad de que no saldríamos de esta, teniente- contestó el Lord Capitán al subalterno.

-Yo desde hace al menos una semana- expuso una tercera voz sumándose a la conversación.

En el puente de mando del Cometa Legendario había tres personas clave que llevan el peso del navío. Por un lado estaban los tenientes Evans y Crasen, encargados principalmente del pilotaje y sistema de comunicaciones, por el otro el capitán Rakkis que ostentaba el mando del buque. Poseía el rango de Lord Capitán, pero obligaba a todos a llamarle capitán a secas pues apreciaba la brevedad del término.

-Bueno, la pesadilla acabó. Es evidente que esto fue una mala idea desde el principio, pero por fortuna ya ha pasado. Empezad con las comprobaciones de la nave y determinad nuestra posición, yo mismo avisaré a los dos astartes y el coronel- dijo Rakkis.

-Enseguida capitán- contestaron casi al unísono ambos oficiales.

Desde hace varios meses el Imperio puso en marcha una campaña para erradicar la invasión orka que sufrían dos apartados mundos próximos al borde del Segmentum. El problema no era tanto la fuerza del enemigo, sino la distancia hasta la zona de combate. No estaba cerca de ningún punto frecuentado por las fuerzas imperiales en ese momento, así que era necesario hacer largos saltos disformes para llegar hasta allí. Y al Cometa le tocó el mayor de todos con diferencia.

La nave de carga se encontraba a cientos de años luz del objetivo cuando la operación llevaba un tiempo en marcha, y recibió órdenes de embarcar un contingente de tropas con efecto inmediato para que sirviesen de refuerzo a los soldados que ya estaban combatiendo contra los orkos. Parte de un regimiento Imperial, varias compañías astartes, vehículos, naves y hasta un par de titanes fueron subidos a bordo con toda la rapidez que les fue posible. Después tenían que dar el amplio salto y llevarlos hasta la lucha. El capitán Rakkis expuso a sus superiores que nunca habían efectuado un viaje de ese calibre, haciendo hincapíe en que tanto la nave como la carga eran valiosas y en su opinión no merecía la pena arriesgarse. Su recomendación de efectuar varios saltos más cortos fue denegada, argumentando que el tiempo era crucial y que disponían de un navegante jefe muy competente. Le dijeron que habían sopesado los riesgos y la decisión estaba tomada, o sea que era una orden y más le valía no desobedecerla. Rakkis aceptó el fracaso de su tentativa con resignación y pensó para sí "es fácil sopesar los riesgos cuando otros van a enfrentarse a ellos"

Tal como el capitán se temía aquel viaje disforme no fue bien, aunque definirlo así supondría un claro eufemismo. Los primeros días se sucedieron con relativa tranquilidad hasta completar la mitad estimada del trayecto, pero a partir de ahí las cosas se torcieron de forma grave. Los sistemas de la nave comenzaron a fallar sin previo aviso de un modo intermitente. A veces eran detalles poco importantes como la iluminación en ciertos sectores o el sistema de ventilación en otros. Pasado más tiempo dejaron de funcionar algunos sistemas vitales, sin ir más lejos los motores disformes. Por suerte cuando esto ocurría duraba pocos minutos y el Cometa podía proseguir el viaje con "normalidad", por decirlo así. Obviamente la sensación de miedo e incertidumbre era bastante palpable entre la mayoría de los pasajeros, porque bien podía suceder que los fallos pasasen a ser más duraderos o incluso permanentes. El Adeptus Mechanicus no encontraba explicación alguna para este fenómeno, lo cual no era demasiado extraño teniendo en cuenta que realizaban un largo paseo por la Disformidad. Los tripulantes llegaron a acostumbrarse a dicha situación y el temor dio paso a una relativa calma. Hasta que falló el Campo Geller.

Es evidente que esta posibilidad siempre existe y más dadas las circunstancias del extenso salto, pero el capitán Rakkis no quería ni pensar en ella. Pese a todo se dio cuenta de que sería un irresponsable si no aplicaba el protocolo de emergencia adaptado al Cometa, así que dispuso lo necesario con la esperanza de no tener que ponerlo en práctica. Cuando le comunicaron que el campo había comenzado a funcionar sólo de manera intermitente -y por tanto dejado de proteger la nave como debería- su cerebro se bloqueó por unos segundos. Después volvió a centrarse y con mano algo temblorosa activó el comunicador para dirigirse al infortunado pasaje.

-Atención, atención. Les habla el capitán Rakkis. Nos encontramos en Alerta Geller, repito, Alerta Geller. Todos a sus puestos según su actual ubicación. Abandonen cualquier tarea que estén realizando y diríjanse a los puntos establecidos inmediatamente. Repito, inmediatamente.

El capitán hizo especial énfasis en esta última palabra, y pocos segundos después la nave bullía frenética de actividad como una colonia de hormigas cuando es atacada. La burbuja protectora frente a los demonios del Empíreo no estaba funcionando, de modo que podían penetrar el casco y poseer a cualquiera cuando quisieran, o simplemente materializarse en el interior.

Conscientes del peligro y azuzados por el ostensible miedo los hombres y mujeres del Cometa corrían como nunca lo habían hecho en su vida. El plan de contención -llamémoslo así- consistía en agrupar por zonas a la gente para después sellar los accesos e incomunicar dentro de lo posible a unos grupos de otros. Cada persona debía trasladarse al punto designado más próximo al lugar donde se encontrase en ese momento. Para ello previamente se había dado orden de suministrar al personal militar un mapa que comprendía las ubicaciones donde solía estar habitualmente y los puntos de destino correspondientes. Como resultaba predecible que el desorden se adueñase de la situación los marineros del Cometa Legendario (conocedores de su gran estructura) estaban encargados de tomar posiciones y conducir la gigantesca marea humana de tropas a donde correspondía.

Una vez que todos habían llegado a su sitio y las compuertas estaban cerradas comenzaba la fase de "vigilancia". El Cometa estaba compuesto por su propia tripulación junto a las fuerzas imperiales y astartes que trasladaba, pero no había personal civil como rememoradores o iteradores. Esto facilitaba dicha fase, aunque no cambiaba el hecho de que resultase profundamente atroz. Los hombres generalmente quedaban reunidos en sitios amplios y a ser posible sin demasiados obstáculos, como hangares o almacenes medio vacíos. Formaban en varias filas emparejadas, de manera que una se situaba de cara frente a la otra para que pudieran verse mutuamente. Todas estaban mezcladas con soldados, astartes y marineros por ser lo más rápido. Una vez llegado este momento los militares tenían orden de abatir sin contemplaciones y de inmediato a cualquiera que cayese en las garras del Caos, o bien a un demonio que apareciese de improviso. Por fortuna era fácil identificarlos, ya que comenzaban a transformarse en grandes y horribles bestias o a enloquecer volviéndose hostiles. Lamentablemente sus ejecutores tenían que disparar a menudo sobre sus propios compañeros que aún conservaban buen parte de su aspecto humano, minando irremediablemente su moral. Cualquier signo de comportamiento anormal en un tripulante, aunque fuese un simple estornudo, provocaba inmediatamente que numerosos cañones le apuntasen. Por si esto fuera poco, en cualquier momento podría escucharse por el comunicador que se requería una reparación urgente en el casco u otro sistema vital del Cometa. Cada zona de reunión tenía asignado un grupo de soldados y operarios que estaban encargados de cubrir tal tarea, lo que suponía adentrase en el navío abandonando la seguridad de la gran multitud.

En cuanto a Rakkis y sus dos oficiales tampoco se libraban del peligro, pues cualquiera podía ser objetivo de las despiadadas criaturas que rondaban en la Disformidad. Encerrados en la sala de mando cada uno portaba una pistola láser en la cintura y había tres rifles apoyados en la pared por si se producía alguna intrusión disforme. El capitán confiaba plenamente en aquellos dos hombres y se preguntaba si sería capaz de apretar el gatillo de ser preciso. No se veía al frente del Cometa sin alguno de ellos, para él eran simplemente irreemplazables. Ambos tenientes pensaban exactamente igual sobre el capitán.

Disformidad-0

Sin el campo Geller los horrores disformes tenían vía libre

Transcurridos unos minutos de dicho calvario un integrante del Adeptus Mechanicus anunciaba por el comunicador que el Campo Geller volvía a estar operativo, o sea que la inexplicable anomalía había cesado de forma tan extraña como se inició. Los tripulantes daban grandes suspiros de alivio al tiempo que su vista quedaba fija en los deformados cadáveres que yacían a sus pies, la mayoría abatidos por ellos mismos con certeros disparos en la cabeza, y algunos demonios intrusos convertidos en auténticos coladores.

No obstante aunque volviesen a estar amparados por la seguridad del campo psíquico aún quedaba trabajo por hacer, y no sencillo precisamente. Siempre había algunos desafortunados Individuos que no llegaban a reunirse con los demás, bien por encontrarse dormidos, borrachos, no haber oído el aviso o resultar heridos durante la avalancha de personas a la carrera. Lo más habitual es que acabasen convertidos en demente o bien poseídos y transformados en horrendas abominaciones, deambulando por el navío en busca de presas y destrozando todo a su paso. Mediante sensores escuadras de combate armadas hasta los dientes los localizaban y eliminaban, unas veces sin problema y otras con alguna muerte. Por supuesto también se encargaban de los entes demoníacos que se habían transportado al interior en zonas "no ocupadas". Cuando todo terminaba se hacía un recuento de bajas, identificación de los poseídos (difícil en algunos casos) y valoración de daños materiales. Sistemas, maquinaria, vehículos, etc... Cualquier cosa podía acabar deteriorada cuando esos engendros andaban sueltos. Hasta royeron el pie de un titán.

Durante el resto del viaje hubo que aplicar la alerta Geller en un par de ocasiones más. El resultado final fueron decenas de muertos y diversos desperfectos que por lo general podían ser reparados. En ambos casos un coste ínfimo comparado con la carga general, pero los ánimos de la mayoría del pasaje estaban literalmente por los suelos. Al cabo de unos días salieron finalmente del Inmaterium mediante la habitual traslación, algo en lo que muchos ya habían perdido la esperanza. Pero desde luego no el piloto del Cometa.

El teniente Evans era lo que podíamos llamar un optimista empedernido, restando siempre importancia a las cosas o creyendo que todo tenía solución. Estaba muy cualificado para pilotar la nave y por tanto era de gran valor, pero en ocasiones pecaba ya de ingenuo. Sin embargo dicha actitud resultó benéfica mientras pasaban por el martirio del salto disforme. Se agradecía oír a una persona que confiaba plenamente en que el navegante jefe Koleidon los sacaría de ese reino caótico, ya había bastantes desanimados y no hacía falta sumar otro. Además fue incuestionable que tenía razón, al final el mutante lo consiguió. Escaparon.

-Atención, atención. Acabamos de salir de la realidad disforme y nos encontramos nuevamente en el espacio. La inmersión de regreso se ha efectuado con éxito y en este instante se procede a las verificaciones de rutina. Gracias a nuestros esfuerzos y a que el Emperador vela por todos hemos superado esta dura crisis. Estoy orgulloso de vosotros.- anunció Rakkis por el comunicador ufano al poder dar buenas noticias.

-Lord Comandante Segulus, capitán Hobrax y coronel Benson, acudan al puente de mando.

Cortó la comunicación y se dedicó a observar como Evans y su colega Crasen trabajan afanosamente en el diagnóstico de la nave, comprobando todos los sistemas para determinar el estado actual del Cometa. Eso llevaba tiempo y el capitán Rakkis lo sabía, así que esperó con paciencia aunque estaba bastante nervioso.

-No veo nada anormal- dijo finalmente Crasen.- Comunicaciones, sensores, oxígeno y resto de sistemas operativos al rendimiento acostumbrado.

-Por mi parte también todo en orden- contestó Evans.- Los propulsores y el control de navegación están como siempre, al igual que las compuertas, blindaje, armas, fijación de blancos y escudos. Intactos al completo.

-No me puedo creer que la nave haya salido tan bien parada- dijo Rakkis sorprendido por este informe. El Cometa era un hueso duro y durante las fases de alerta Geller nunca se vió afectado el casco o algún componente de importancia, pero sabía que el espacio disforme era muy capaz de acabar con cualquier embarcación. Como es lógico no iba a quejarse por haber tenido esa suerte, así que enfocó sus pensamientos al siguiente paso, alcanzar su destino.

-Bien, ¿a cuánto estamos del área de combate? Posición y tiempo de llegada- dijo el capitán.

Se produjo un dilatado e incómodo silencio que no dió buena espina a Rakkis.

-Evans, he dicho posición y tiempo estimado de llegada- repitió con una voz más alta.

-Eh..., hay un ligero problema con eso señor- respondió el oficial con lentitud y arrastrando las palabras.

-El corazón del capitán sufrió un repentino vuelco. Conocedor del optimismo de aquel hombre sabía muy bien que "ligero problema" equivalía a una adversidad preocupante. Nunca le había escuchado decir "grave problema" o algo similar aunque hubiese razón para ello, pero estaba seguro que si alguna vez surgía de sus labios es que podían darse por muertos.

-Nos encontramos algo lejos del punto de encuentro, a 4,2 años luz según indican los cogitadores. No va a quedar más remedio que entrar de nuevo en el Inmaterium capitán, pero será un salto estándar como los muchos que solemos hacer- dijo el piloto con rostro algo apesadumbrado.

-Maldita sea- articuló al poco Rakkis cerrando los ojos y apretando fuertemente ambos puños. En ese momento estaba acordándose de los que le enviaron a esta misión (y también de sus familias) después de "sopesar los riesgos". Al final dió un resoplido aceptando la situación y se acercó más a Evans.

-¿Y donde coño estamos si se puede saber?- vociferó con manifiesto enfado.

-Según los registros en el subsector Coprulis, cercano al límite de nuestro Segmentum Pacificus. No es zona inexplorada pero carece por completo de interés. Ni mundos habitados ni nada de valor en ellos. Tampoco hay constancia de actividad alguna por aquí, ni nuestra ni de otras razas- respondió el piloto.

-Ni nada ni nadie, comprendido. Bueno, al menos estaremos seguros. ¿Y para el salto? ¿Hay algo que nos lo pueda dificultar?-dijo el capitán mirando al otro teniente.

-No que yo pueda ver, sin presencia de tormentas disformes y con buena recepción del faro psíquico. Según me indica Koleidon la luz del Astronomicón nos llega perfectamente, y en cuanto a efectuar la traslación podemos hacerla aquí mismo ya que esta zona parece adecuada- dijo Crasen mientras tecleaba el panel.

Antes de que Rakkis pudiese hablar de nuevo irrumpieron en la sala los astartes Segulus y Hobrax seguidos por el Coronel Benson. Segulus era un Lord Comandante de los Hijos del Emperador, Hobrax el capitán de la 8ª companía de los feroces Lobos Lunares y Benson estaba al mando del 45º regimiento del Ejército Imperial. Se hicieron los rutinarios saludos del águila en el pecho y acto seguido Rakkis les invitó a tomar asiento, situándose frente a ellos y quedando los cuatro alrededor de una gran mesa con el mapa galáctico.

-Parece que al fin lo han conseguido, ya iba siendo hora demonios. Será mejor que olvidemos cuanto antes este desastre de viaje por el Empíreo y pasemos a concentrarnos en lo que importa, exterminar a los inmundos orcos de Tassenia y Foxmuzar II ¿Cuándo llegaremos? Estoy ansioso por darles sus merecido- dijo el Commandante Segulus esbozando una burlona mueca.

El capitán del Cometa se tomó un momento antes de contestar. Observó a Segulus y se dió cuenta de que cada vez lo despreciaba más. El astartes le causó una mala impresión nada más verlo cuando embarcó, y posteriormente quedó ratificado que su intuición era correcta. No perdía ocasión de culpar injustamente a los marineros, la nave, los navegantes o por supuesto el propio Rakkis de cualquier contratiempo que se produjese. Cuando solicitaba ayuda de sus fornidos astartes para tareas imprevistas o los desperfectos causados en las alertas Geller siempre se negaba, aduciendo que eran indignas de su legión los Hijos del Emperador y además tenían que entrenar para la lucha que se avecinaba. Indiferente a las múltiples muertes sucedidas en el navío, inclusive la de sus propios guerreros, sólo pensaba en llegar cuanto antes a la batalla para derramar sangre orka.

Segulus ofrecía el aspecto del típico astartes, inmenso, hercúleo, quizás algo bajo de estatura y con cara de malas pulgas. Tenía una larga cicatriz en el pómulo derecho y su mano izquierda era biónica, ambas cosas fruto del combate como era de suponer. Su cabello era de un tono negro bastante oscuro (algo poco frecuente ya que esta legión tiende hacia el albinismo) y se había dejado una melena corta. Vestía con una amplia toga morada de color similar a la armadura de su legión. Sus rasgos faciales diferían en mucho a los de su primarca Fulgrim así como los estándares de los Hijos del Emperador, dotándole de un aspecto no precisamente agraciado, aunque Rakkis estaba seguro de que así lo prefería si con ello amedrantaba al enemigo. No era tan feo como un orko, pero digamos que poco le faltaba.

-Me temo que no hemos aparecido en el punto previsto. Nos hallamos a cuatro años luz de distancia y eso implica realizar obligatoriamente otro salto disforme, pero esta vez uno muchísimo más corto y seguro. Las buenas noticias son que podemos efectuarlo sin problemas y por fortuna aún seguimos en 905.M30, aunque con tres semanas de retraso sobre lo planeado. La nave se encuentra en buen estado y las condiciones para saltar son perfectas, sin embargo yo creo que deberíamos esperar unas horas para no menoscabar más el ánimo de las tropas. Dejemos al menos que disfruten ese lapso de tiempo antes de echarles el jarro de agua fría- propuso Rakkis mientras observaba el mapa estelar.

El capitán levantó la vista para mirar a Segulus y tentado estuvo de volver a bajarla otra vez. El semblante del astartes era todo un poema, mostrando una rabia sólo equiparable a la que sentía cuando un enemigo conseguía herirle en combate. El Lord Comandante se levantó bruscamente de la silla y comenzó a pasear por la sala como una fiera enjaulada.

-Usted y ese condenado mutante son unos completos inútiles, sin olvidarnos de sus estúpidos marineros. Esto supone añadir un nuevo retraso al que ya llevamos, que no es lo que se dice pequeño. Y eso suponiendo que todo vaya bien en el próximo salto, cosa que dudo viendo en manos de quien se encuentra este ridículo huevo- bramó Segulus mientras señalaba con el dedo al capitán.

Rakkis tuvo hacer un verdadero esfuerzo para contenerse. Ya esperaba una reacción de ese tipo pero no tan rematadamente insultante. Pensó en contestarle como merecía por semejante diatriba, pero se dio cuenta de que eso sólo podría empeorar la situación y optó por tragarse el orgullo para responder con tacto.

-No comparto en absoluto su opinión- dijo Rakkis con expresión seria- Ya le he explicado más de una vez que un viaje disforme tan largo resulta muy impredecible, y es en buena medida gracias a nuestro veterano navegante que hemos podido salir vivos, de una pieza y listos para llegar a nuestro destino. Tampoco pienso que tenga motivos para reprocharle nada a mis hombres ni tampoco a mí. En cuanto a este "huevo" permítame deci...

-¡Basta!- gritó Segulus interrumpiendo al capitán-. Ahórreme sus pueriles excusas y abra bien los oídos porque sólo se lo diré una vez. Va a dar a esos dos ineptos que tiene detrás la orden de comenzar los preparativos del salto enseguida ¿Unas horas ha dicho? ¡Ja! Ni un minuto, lo que en verdad necesitan es desfogarse aniquilando al enemigo, y por eso vamos a partir cuanto antes. Yo mismo lo anunciaré por el comunicador- dijo el comandante mientras acercaba la mano al aparato.

Sin embargo antes de que lo alcanzase su muñeca derecha fue aprisionada por la mano del capitán. Segulus lo miró perplejo y se quedó paralizado, no podía creer tal atrevimiento.

Oficiales del Cometa Legendario

De izquierda a derecha los tenientes Evans y Crasen

-¿Pero qué haces idiota?- fueron las primeras palabras que acertó a decir el comandante- Rápidamente la sorpresa cedió paso a la cólera y un poderoso impulso de reventar la cabeza de Rakkis con su metálico puño izquierdo. No obstante observó que el capitán tenía la otra mano en la culata de su pistola láser, y una expresión en el rostro que no invitaba a pensar que fuese un farol. Detrás de él los dos tenientes se habían puesto en pie imitando la postura de su capitán prestos a defenderle. O tal vez se habían tomado a mal que los llamasen ineptos en su propia cara.

Segulus tenía la mirada clavada en la faz de Rakkis. Pudo observar de cerca que el capitán era un tipo alto de mediana edad y complexión robusta, tenía un poblado bigote castaño e iba vestido con un uniforme azul ostentando algunas medallas. Por supuesto la fuerza del astartes sobrepasaba inmensamente a la del capitán y era capaz de librase del agarre con facilidad, aunque no era esa mano la que más le preocupaba. Por su parte Rakkis se mantenía firme y sin dar muestras de que fuese a ceder.

-Yo me ocupo de todo lo concerniente a la nave si no le importa, así que le ruego no toque los controles, señor- dijo de improviso Rakkis de forma pausada y con apreciable ironía en la última palabra.

-Caballeros, caballeros. Es evidente que estamos nerviosos por encontrarnos en una situación de la que a mi juicio nadie de abordo tiene realmente la culpa. Volvamos a sentarnos, calmémonos y discutamos el asunto para dar con la mejor solución, que al fin y al cabo es para lo que nos hemos reunido- irrumpió el coronel Benson intentando reducir la enorme tensión en el ambiente. Al frente de un regimiento imperial este coronel era ya bastante veterano encontrándose no muy lejos del retiro. El espíritu impulsivo de su juventud cedió el testigo a un talante más sensato propio de su edad. No era ni mucho menos un cobarde, simplemente después de ver tantos caídos y sufrimiento al cabo de los años apreciaba en mayor medida el pellejo de sus hombres que la posibilidad de obtener otro triunfo (sabía que ya no iba a ascender más). De aspecto vigoroso pero quizás algo cansado lucía un uniforme verde oscuro con botas negras y gorra con visera del mismo color. Su cara estaba poblada por una recortada barba gris y en sus labios residía el humeante cigarro que portaba siempre.

-Pienso lo mismo comandante, así no arreglamos nada- dijo Hobrax que también se había levantado y temía como pudiese acabar aquello dado que conocía lo suficiente a Segulus, que dicho sea de paso tampoco era de su agrado. Este capitán astartes era mucho más templado y profesional que su superior. Tenía un porte elegante, alto y ligeramente delgado. Desde luego sus facciones eran más apuestas, con el pelo corto castaño y sin cicatrices visibles. Iba ataviado con una túnica azulada que dado su ceñido ajuste marcaba los poderosos músculos que cubría. Lo cierto es que su carácter no se amoldaba al de los brutales y orgullosos Lobos Lunares, pero si había llegado a tener el mando de una compañía significaba que a parte de poseer cerebro gozaba igualmente de una extensa lista de muertes en su haber.

Pasados unos instantes Rakkis soltó despacio la muñeca del furibundo Lord Comandante pero manteniendo aún su mano derecha en el arma. Segulus por su parte retiró el brazo mientras fulminaba con sus ojos la figura del capitán. Rakkis hizo un leve gesto con la palma y sus dos oficiales se sentaron aunque sin perder de vista al despótico gigante.

-No hay nada que arreglar ni tampoco discutir- dijo Segulus un poco más calmado mientras él y Rakkis ocupaban otra vez sus butacas.-Soy la máxima autoridad a bordo. En base a las circunstancias he tomado una decisión y dado la orden, sólo falta que el capitán la cumpla ¿O acaso va a desobedecer un mandato directo?- concluyó Segulus con una mirada muy distinta a la de antes, pero tanto o más amenazadora.

-Concuerdo en que los hombres están bajos de ánimo. Tendrá que admitir que un poco de respiro les vendría muy bien- habló rápidamente Hobrax dirigiéndose al comandante.

-Es cierto que no tenemos más salida que volver a la Disformidad, pero creo que al menos se han ganado ese intervalo de regocijo. Tampoco tardarán mucho en enterarse y es mejor que no piensen que lo ocultamos- secundó Benson al astartes.

El Lord Comandante hizo claros gestos de negación con la cabeza a la vez que se ponía nuevamente de pie. Apoyó ambas manos sobre la superficie mapa y abarcando a los tres oficiales con la mirada se dispuso a responder.- En nuestra actual misión el tiempo es sin duda lo más prioritario, por eso se optó por un único salto. Que no haya resultado bien no cambia ese hecho sino todo lo contrario, hemos de hacer lo imposible por llegar a la zona de combate y apoyar a los que ya están allí ¿Qué opinarían de nosotros si nos viesen aquí parados y seguros mientras ellos combaten y mueren? La moral en este caso es secundaria frente al tiempo. Saltaremos enseguida y no hay más que hablar. Capitán ya sabe lo que ha de hacer, y le aconsejo que no me haga repetirlo- finalizó Segulus una vez acabada su cuestionable y un tanto demagógica explicación.

Rakkis se incorporó de mala gana y pudo ver que la expresión del otro astartes y el coronel no eran lo que se dice de aprobación por lo decidido, pero seguramente previendo que continuar dialogando sería inútil mantuvieron el silencio.

-Evans, inicia los cálculos y tú Crasen contacta con el navegan...

-¡Un momento!- gritó Crasen deteniendo en seco las palabras de Rakkis.

Todas las miradas se dirigieron al teniente mientras este permanecía absorto en los datos de su pantalla.

Capitán-dijo Crasen girando su asiento- ¿Recuerda eso de que nadie viene por aquí? Pues acabo de descubrir que no es cierto.

CAPÍTULO DOS: Demasiadas incógnitas Editar

Los sensores del Cometa Legendario habían captado lo que probablemente era una nave espacial. Se encontraba detenida y a mediana distancia del recóndito lugar donde permanecían.

-¿De qué clase?- preguntó Hobrax con curiosidad.

-Ni siquiera estoy seguro de que sea una nave, podría ser una estación o incluso otra cosa. No está muy lejos pero habrá que acercase para saberlo- respondió Crasen mientras seguía trabajando.

-De acuerdo, echaremos un vistazo- dijo Segulus lacónicamente.

-¿No teníamos prisa?- articuló Rakkis con una leve sonrisa dirigiéndose al comandante.

-Si esta zona está siempre inhabitada merece la pena averiguar quienes son y que hacen aquí, no nos entretendremos demasiado. Además usted quería retrasar el salto por el bien de las tropas, ¿verdad?- dijo Segulus respondiendo a la pulla.

Rakkis no estaba seguro de que ir hacia esa intrigante nave fuese preferible al viaje disforme, pero admitió que era razonable comprobar lo que detectaba el radar.

Evans activó los propulsores y dirigió el carguero hacia el misterioso punto. Tras unos minutos divisaron el objeto en cuestión y el piloto se situó a una distancia de observación prudente.

Las seis personas que ocupaban el puente de mando mantenían sus pupilas fijas en él, observándolo con atención para tratar de identificarlo. O más bien darle algún sentido.

Ante ellos se presentaba algo sin duda fuera de lo común. Una especie de supuesta "nave" del tamaño de un crucero y con una apariencia sinceramente rarísima. Para empezar no quedaba claro que partes eran la proa, popa o costados, si es que los tenía, ni tampoco donde estaban las armas o propulsores, si es que los tenía. Básicamente era un cuerpo central semejante a una esfera, pero con muchos cambios. Hacia la mitad estaba ensanchada por un grueso listón del que partía a su vez otro menor, y así sucesivamente hasta alcanzar una forma afilada. Toda la parte redonda estaba poblada de agujeros de los que emanaban unas columnas de energía verdosa que salían y entraban con movimiento constante. Para finalizar a su alrededor orbitaba un pequeño "balón" similar a un dado con las esquinas muy redondeadas. Todo el conjunto era de color blanquecino y desprendía pequeños rayos verdes pero de colorido más apagado que las columnas.

-¿Pero qué cojones es eso?- habló por fin Rakkis diciendo lo que todos pensaban.

-Lo he pictografiado y estoy mirando los registros- dijo Evans en repuesta al capitán.

-Desde luego seguro que no es de procedencia orka- declaró Benson intentando hacer un chiste para calmar la tensión.

-Ni remotamente parecido a nada que conozcamos, esto indudablemente es nuevo- expuso Evans pasados unos segundos.

-Muy bien, intentemos contactar con "eso"- ordenó Segulus mirando fijamente el artefacto.

-Adelante Crasen. Por cierto Evans, activa el escudo de vacío ahora mismo- le ordenó Rakkis.

-Ya lo había hecho- respondió el precavido teniente.

Pasaron unos instantes y el Lord Comandante dio muestras de que la paciencia no era una de sus virtudes.

¿Responden o no?- preguntó Segulus con enfado y ansiedad.

De momento no. Ni siquiera puedo asegurar que reciben la transmisión, y tenga en cuenta que eso podría incluso estar deshabitado- dijo Crasen al comandante.

-No lo creo- respondió Segulus.-Está situado muy próximo a esa pequeña luna. Deben estar haciendo algo allí- finalizó el astartes.

Es un satélite de planeta Serafis, y sin nada que pueda resultar útil según estoy leyendo. Ni le han puesto nombre siquiera- expuso Evans después de buscarlo en el registro.

Posiblemente ellos no opinen lo mismo, sean quienes sean. Crasen, Inténtalo una vez ma... ¿Pero qué demonios?- gritó el capitán Rakkis con enorme sobresalto.

Súbitamente la estancia sufrió la inundación de una extraña luz azulada. Estaba dispuesta en varias capas horizontales, como planchas colocadas unas encima de otras con aproximadamente medio metro de separación. Cada delgada lámina presentaba un aspecto rígido mientras corrían un sinfín de líneas azul brillante por la superficie. Estas se movían en direcciones opuestas y sin descanso, dándole a cada capa la apariencia de una ilusoria rejilla. Los extraños haz de luz se desplazaban con rapidez arriba y abajo al tiempo que insólitamente traspasaban todo objeto con el que chocaban, dotando a la sala de un aire ciertamente fantasmagórico.

-¡Nos están atacando!- exclamó Segulus observando como el fulgor celeste atravesaba su pecho.

-¿Ocurre en toda la nave? Quiero un informe de los sistemas ¡Ya!- ordenó Rakkis a sus oficiales con notoria preocupación.

-Sucede en todo el Cometa por lo que muestran las cámaras señor, en cuanto a los sistemas principales funcionan bien hasta donde he llegado a examinar- respondió Crasen en cuanto tuvo los datos.

-Idem capitán, no detecto daños o anomalías de ninguna clase por el momento- pronunció Evans a continuación.

-Podría ser la respuesta a nuestro mensaje, su forma de comunicación por rara que nos parezca- supuso Crasen apoyando la mano en su barbilla.

-O un tipo de ataque biológico-radiactivo. La astronave parece estar bien pero ¿y nosotros?- dijo Hobrax mirando al comandante que se encontraba en actitud pensativa.

-Esto es lo que haremos. Reúnete de inmediato con el apotecario para que examine algunos de nuestros marines, y usted coronel haga lo mismo para con sus soldados mediante el personal más competente que llevemos del Officio Medicae. Infórmenme cuando sepan algo, yo me quedo por ahora con el capitán. ¡Muévanse! -rugió Segulus incómodo ante la situación.

-Llame a la cámara de torpedos y que se preparen para disparar. Si ese trasto nos ha causado algún daño lo reventaremos en un millón de pedazos- decretó airado el astartes mientras Hobrax y Benson partían raudos de la sala.

-Ya lo has oído Evans- dijo Rakkis acercándose al comunicador.-Atención pasaje, os habla el capitán. La luz azul que estamos recibiendo parece inocua por lo que hemos podido comprobar hasta ahora. No obstante que todos permanezcan en sus puestos y en estado de alerta. Repito, estado de alerta- les anunció Rakkis.

Desde el puente de mando podía verse el extenso mar de luz procedente del enigmático aparato, el cual bañaba por completo la estructura del inmenso carguero. Sin embargo mientras las retinas del capitán estaban posadas en el hipnótico haz éste desapareció de improviso, tal y como se manifestó.

Al cabo de un rato les llegaron los partes del capitán astartes y el coronel Benson. Ni el apotecario ni los mejores integrantes del Officio Medicae hallaron nada sospechoso en el personal examinado. Aquella luz era inofensiva, o eso parecía.

-Yo creo que simplemente nos estaban observando- expuso Rakkis después de escuchar ambos informes.

-Si era un modo de comunicación desde luego ha cesado, y sigo sin obtener respuesta- dijo Crasen al capitán.

-Déjelo. Quiero que envíen una nave hasta esa cosa, tal vez acercándose puedan establecer contacto- ordenó Segulus mirado la inusual esfera.

-¿Está seguro? Técnicamente estamos ante una raza xenos desconocida y podría ser peligroso. Quizás convendría esperar a ver si mueven pieza- le aconsejó Rakkis.

-¡No nos sobra el tiempo! ¿Acaso no lo dejé claro antes? Envíe la nave a investigar y punto. Ya me estoy cansando de repetirle las órdenes ¡Hágalo!- vociferó Segulus regresando a su irritable estado natural.

-Que preparen un Warhawk con sólo la tripulación indispensable. Evans, ¿están listos ya los torpedos?- preguntó Rakkis con semblante resignado.

-Desde hace rato capitán, lanzamiento de torpedos de fusión preparado- contestó el piloto.

La recia embarcación Warhawk VI surcaba el espacio aproximándose a la inquietante mole alienígena. Era un transporte fabricado en Terra, concretamente por los tecnobárbaros de la Era de los Conflictos al que también se conocía por el nombre de Stormbird. Iba bien armado y poseía notable capacidad de transporte, aunque en ese momento portaba tan sólo a los pilotos y cinco soldados por si llegaban a introducirse en aquella nave.

Cuando empezaban a vislumbrar los detalles de su excepcional superficie recibieron de manera brusca otra visita de la luz celeste, atravesando planchas de metal, circuitos y la propia carne de sus tripulantes.

-¿Están bien? Conteste Warhawk- preguntó raudo el capitán.

-Eh... sí, estamos bien. Esto parece lo mismo que ocurrió antes. Ningún aviso en los indicadores señor- respondió intranquilo el piloto.

Recibido, continúen aproximación pero cautelosamente- les decretó el capitán.

Cono transportador

Un enorme cono amenazaba con tragarse la nave

A los pocos segundos cesó la emisión del esotérico resplandor y el Stormbird prosiguió su curso. Pero apenas desapareció aquella luz hizo acto de presencia algo mucho más amenazador. Delante del transporte imperial comenzó a materializarse velozmente una colosal figura. Miles de rayos bermejos se enroscaban entre sí para dar forma a lo que parecía un inmenso cono. Con la boca orientada hacia el insignificante Warhawk sus tripulantes podían ver el interior de tan espeluznante fenómeno. Una concentración de energías con tonalidades rojizas y anaranjadas que giraban furiosamente en espiral hacia la parte más onda de aquella poderosa creación.

-¡Vira¡ ¡Vira de una maldita vez!- se escuchó en el puente del Cometa Legendario mientras sus ocupantes contemplaban asombrados la escena.

-¡Nos ha tra...o ...ampo cont... nav... re...den!- volvieron a oír con graves interferencias y ruido de estática.

-¡Regresen inmediatamente¡ ¿Me oyen? ¡Vuelvan al Cometa! ¿Me reciben?- gritó Rakkis con desesperación.

El Warhawk describía con lentitud un semicírculo ante aquella aterradora vorágine. Parecía que el gran cono iba a engullirlo inexorablemente, pero con los propulsores a máxima potencia la nave imperial logró al fin vencer su rango de atracción y salió disparada como una flecha hacía el buque protector.Al poco la misteriosa amenaza comenzó a esfumarse con suavidad y sin dejar ningún rastro.

-¡Todo en orden capitán! Nave intacta y tripulación indemne. Regresamos a toda velocidad, pero por poco no lo contamos- dijo poco después el angustiado piloto.

El capitán y sus tenientes respiraron aliviados, pero ese instante fue interrumpido por la desagradable voz del Lord Comandante.-Esto es un claro acto de agresión, han intentado destruir la nave y casi lo consiguen. Visto lo ocurrido y dado que seguimos sin recibir mensaje alguno por su parte voy a tener que considerarlos enemigos.- manifestó Segulus con convicción.

-Admito que ha sido muy alarmante señor, pero no sabemos si ha sido un ataque en realidad. Tal vez sólo era un modo de impedir que nos acercásemos más- supuso el capitán señalando el lugar donde antes se hallaba la desconcertante figura cónica.

-Podemos enviar una sonda. No supone riesgo y tal vez consiga averiguar algo comandante- irrumpió Crasen atrayendo la atención de Segulus.

-Pero deprisa- le dijo el astartes después de asentir con la cabeza.

El pequeño aparato de exploración se alejaba del navío carguero en pos de alcanzar la hasta entonces inescrutable nave alienígena. Surcaba el cosmos sin tropiezo alguno hasta que se halló próximo a la posición donde el Stormbird fue obligado a cambiar de rumbo. Tal como esperaban el amenazante cono reapareció delante de la sonda. Mantenía el refulgente color encarnado y agitados movimientos de antes, pero en esta ocasión era de menor tamaño, como si lo hubieran adaptado a ella.

Crasen detuvo el aparato y puso en marcha sus agudos sensores que intentaban darle sentido a lo que tenían enfrente. Desgraciadamente no tuvieron éxito.

-¿Y bien? Quiero saber que es eso teniente- preguntó el comandante cercano a perder otra vez la paciencia.

-A mí también me gustaría señor. El sensor no detecta más que una gran fuente de energía de tipo desconocido. Además y pese a que he detenido la sonda lejos está comenzando a arrastrarla- respondió el oficial.

-Métela dentro. Avanza y deja que la absorba- le dijo Rakkis.

-¿Seguro? Podemos perderla capitán- habló Crasen.

-No me digas- dijo irónicamente Rakkis. -Tenemos más en reserva, así que adentro con ella- ordenó el capitán esperando conseguir alguna pista con dicha acción.

-El teniente se encogió de hombros y accionó la propulsión del aparato, dirigiéndolo al centro de la vertiginosa figura. Apenas cruzó su circular entrada la sonda quedó envuelta por un iridiscente manto amarillo y empezó a reducir de tamaño a la vez que aumentaba su velocidad desplazándose al final del vórtice. Hacia la mitad del recorrido aceleró inesperadamente y se perdió en medio de aquel sinfín de energía insondable. Poco después el cono anaranjado se desvaneció en el firmamento sin dejar más huella que el recuerdo de sus confundidos espectadores.

-Lo dicho, una sonda menos. Ya no registro señal- habló en primer lugar Crasen rompiendo el mutismo.

-Sí, pero hemos descubierto algo. Ese cono parece un transportador por lo que acabamos de ver- declaró Rakkis acariciándose el bigote en actitud reflexiva.

-¿Hacia dónde? ¿La sonda ha terminado dentro de esa estación esférica?- inquirió Evans.

-O en el otro extremo del Segmentum. En cualquier caso si está en el interior de "eso" sencillamente no la detecto, cosa por otro lado normal ya que nuestros sensores no sirven de mucho cuando se trata de analizar esa nave, estación o lo que rayos sea- dijo Crasen respondiendo a su colega.

-Obviamente podríamos enviar de nuevo el Warhawk y que atraviese el cono, pero creo que los hombres se mostrarían algo reacios a meterse ahí- dijo el capitán a modo de broma. -Además no olvidemos el pequeño detalle de que no nos han devuelto la sonda- concluyó Rakkis temiendo que el comandante pudiese ordenar esa disparatada incursión.

Segulus se mantuvo pensativo durante unos instantes, con la vista fija en aquella indescifrable estructura redonda y jugueteando nervioso con los dedos de su orgánica mano derecha.

-Esto lo cambia todo. Hemos encontrado por accidente una civilización xenos que presumo viene de otra galaxia y dispone de una adelantada así como desconocida tecnología. Si ese cono es algún tipo de portal para viajar por el espacio podría suponer un descubrimiento de incalculable valor para el Imperio. Tal vez lleve a otra nueva dimensión, al propio reino del caos o ni siquiera sea una puerta. Buscando respuestas no hemos obtenido más que incógnitas, pero indudablemente la posibilidad de que sea un avanzado medio de transporte cósmico está ahí. No podemos ignorarla y por tanto nuestra misión pasa a un segundo plano, al menos hasta que averigüemos lo que estos xenos pueden hacer y como no si representan un peligro para la Humanidad- expuso muy serio el comandante de los Hijos del Emperador.

Usted manda y por tanto doy por hecho que asume la responsabilidad pero, ¿cómo hacerlo? Ya hemos intentado comunicarnos con ellos pero está claro que no desean visitas- dijo Rakkis algo sorprendido por la disertación del Lord.

-Antes he dicho que se encuentran estacionados a poca distancia de esa luna. Estoy seguro de que están ahí llevando a cabo lo que les a traído a este perdido rincón de nuestros dominios. Vamos a bajar para ver que cara tienen y de paso preguntárselo- contestó Segulus con un rostro malicioso.

CAPITULO TRES: Nervios justificados Editar

Un repiqueteo incesante conturbaba la paz de la solitaria estancia. Se trataba del capitán Hobrax, entrenándose a fondo en la sala de tiro del Cometa Legendario. Era innegablemente una de las mejores que había visto. Amplia, dotada de muchos objetivos, numerosos escenarios y diversas coberturas para proporcionar una simulación de combate cercana a la realidad. "Me encantaría poder llevármela", pensaba el astartes mientras configuraba un nuevo asalto en el cogitador. La galería generaba imágenes hololíticas de variadas especies xenos que imitaban el comportamiento usual de sus equivalentes seres vivos en una escaramuza. Corrían, disparaban, atacaban cuerpo a cuerpo o buscaban parapeto en el campo de batalla que el usuario hubiese seleccionado previamente. Esta vez el capitán escogió un entorno selvático y a los orkos como rivales. Eran sus favoritos.

Sonó un corto pero intenso pitido dando inicio a la contienda. Hobrax corrió veloz hacia la protección de un grueso tronco mientras los virtuales proyectiles de un grupo de pielesverdes hendían el aire en su búsqueda. El astartes empleó la misma estrategia que sus adversarios, desplazarse de cobertura en cobertura mientras disparaba en movimiento. La diferencia radicaba en que los falsos orkos no disponían de los prodigiosos reflejos ni la formidable puntería del marine espacial. Por cada vez que llegaba a un punto donde guarecerse del fuego caía algún enemigo por el camino. Se asomó por encima del gran peñasco donde se protegía y vió la imponente silueta de un kaudillo que se aprestaba a lanzarle una granada. Hobrax salió de su escondrijo disparando el bólter para evitar la ficticia e inminente explosión, pero otros dos pielesverdes le estaban esperando y sus akribilladores aullaron furiosos.

-Múltiples impactos. Blindaje de rodillera izquierda dañado- sonó una voz procedente del simulador.

-"Al grandullón lo reservo para el final"- pensó Hobrax en voz alta mientras zigzagueaba hacia la pareja de tiradores. Su bólter escupió la munición explosiva y ambas imágenes hololíticas se reajustaron para mostrar a un par de orkos sin cabeza.

-Impacto. Blindaje de hombrera derecha perdido- rezó de nuevo la metálica voz.

Hobrax se giró colérico y avistó al kaudillo disparándole ráfagas cortas y precisas al tiempo que avanzaba lentamente. El arma de mano del astartes vomitó sucesivas llamaradas y el cuerpo del jefe guerrero se llenó de agujeros progresivamente hasta que cayó de espaldas en la fértil tierra ilusoria.

-Combate finalizado, puede revisar las estadísticas. Enhorabuena- volvieron a sonar las informativas palabras del servidor lexómata.

Hobráx se acercó al panel pictográfico y examinó los datos. Su armadura recibió más daños de lo que esperaba pero logró evitar que el marine fuese herido. En cuanto a las bajas el capitán había eliminado cinco soldados orkos, dos gretchins (casi ni se acordaba de estos), un noble con zuperarmadura y por último el fastidioso kaudillo. Se fijó especialmente en los impactos que había logrado en aquel irreal jefe de guerra. El primero en un ojo, el segundo en la garganta, tercero en el corazón, cuarto en el abdomen y el quinto... Bueno, digamos que un poco más abajo.

-¿Otra vez acribillando monigotes?- sonó una potente voz que hizo dar un respingo al abstraído oficial.

Se trataba del sargento Calamux, compañero de lucha y viejo amigo del capitán. Antes de que Hobrax pudiese decir nada le entregó una placa de datos con un mensaje reciente. -Anuncian que ya está todo preparado. Transporte y hombres listos, menos uno.- dijo el sargento a modo de bromista reprimenda.

-Apagué el comunicador mientras despachaba a los "monigotes", pero ya iba a encenderlo. Vayamos rápido hacia el hangar- respondió el capitán sonriendo.

La verdad es que estas galerías de tiro hololíticas eran más bien frecuentadas por soldados imperiales. Los astartes preferían entrenar el combate cuerpo a cuerpo contra otros marines o servidores mecánicos. No es que Hobrax fuese precisamente un negado en el manejo de armas blancas, pero con el bólter era indiscutiblemente algo fuera de serie. Tanto que incluso lo empleaba diestramente en conjunción con su espada, muchas veces usándola para bloquear ataques mientras retrocedía y lograba espacio para disparar a quemarropa los devastadores proyectiles. Era una técnica compleja y poco habitual, pero muy efectiva si se aplicaba adecuadamente.

Olvidando esos fútiles pensamientos el capitán leyó el mensaje a la sorprendente velocidad de que eran capaces los astartes. Después de que el apotecario lo examinase por culpa de aquella turbadora luz fue informado del aún más extraño fenómeno del cono-transportador. El caso es que no había más remedio que bajar a la luna para explorarla y se presentó voluntario para acompañar a sus hombres en aquella misión, de modo que mientras se realizaban los preparativos Hobrax decidió relajarse en el simulador haciendo lo que mejor se la daba. Pues bien, había llegado la hora de partir hacia lo desconocido. Esta vez sumamente desconocido.

Hobrax y sus Lobos Lunares eran transportados por un Warhawk VI o comúnmente llamado Stormbird. Esta nave había sido ya sustituida por la más reducida y moderna Thunderhawk, pero los lobos prefirieron mantener sus viejas Stormbird que tan buenos servicios les habían prestado. Cuando minutos antes el Cometa Legendario se acercó más a la reducida luna pudieron detectar la presencia de otra sorpresa. La luna Serafis (llamada así provisionalmente) estaba rodeada por varios satélites parecidos al que ostentaba la presunta nave nodriza xenos, colocados a igual distancia entre sí cubriendo la órbita del planeta. Se envió primeramente un solitario Thunderhawk y al ver que no ocurría nada sospechoso hubo luz verde para los demás transportes. Lógicamente las naves tenían orden explícita de introducirse en la atmósfera por el lugar más alejado posible de dichos satélites, cosa a la que ningún tripulante puso objeción. Eso sí, antes de cruzar cada una de ellas fue obsequiada con la inevitable ración del fulgor azulado, por cortesía de dichos vigilantes.

El capitán Hobrax aprovechó el tiempo de vuelo para repasar mentalmente la información que había leído en la placa de datos. Según lo recabado por los sensores del Cometa la luna Serafis era un mundo rocoso bastante seco y abundante en planicies, con alguna flora y probablemente ninguna fauna. El aire contenía poco oxígeno y numerosos gases de moderada toxicidad, no siendo esto problema para los astartes pero sí para los soldados imperiales que se verían obligados a emplear respiradores. Pese a tener una estrella luminosa cerca la temperatura era algo baja aunque perfectamente soportable por los miembros del ejército. Por último la climatología se mostraba sosegada, sin tormentas o fuertes vientos ni peligrosos fenómenos terrestres como erupciones o seísmos.

Respecto a nuestros intrigantes xenos los cogitadores revelaron la existencia de una vasta estructura situada en medio de un páramo, con presumible maquinaria de gran tamaño a menos de un kilómetro de la misma. El plan establecido constaba de dos labores, reconocimiento del entorno cercano a esas máquinas y establecer contacto con sus dueños si no había indicios de posible hostilidad. O dicho de otra manera ojos bien abiertos, dedo en el gatillo y en caso de duda disparar primero y preguntar después.

En esta incursión exploratoria y "previsiblemente" diplomática participaban algunas escuadras astartes unidas a sus homónimas del ejército imperial. Por un lado los Lobos Lunares y por el otro los Hijos del Emperador, llevando ambas legiones sus fuerzas por caminos separados pero con tropas imperiales protegiendo su retaguardia en ambos casos. Los Hijos del Emperador iban a ser los que se acercasen hasta la maquinaria para intentar "dialogar" con los xenos con el fin de averiguar todo cuanto les fuese posible. Por su parte los Lobos Lunares estaban encargados de situarse entre las máquinas y la presunta base, vigilando así ambos puntos para prevenir ataques o servir de refuerzo a sus compañeros marines.

Un brusco cambio en el sonido de los motores devolvió al presente los pensamientos de Hobrax mientras el Warhawk se disponía a tomar tierra. Una vez aterrizó y fue bajada la rampa las tropas salieron prestas al suelo lunar, haciendo gala de la diligencia y firmeza características del Imperio de la Humanidad. Ante ellos se exhibía un paraje de un desvaído color lila, sin más elementos que unas esporádicas formaciones rocosas de igual tonalidad y algunos pequeños arbustos de apariencia nívea. El amoratado pavimento se extendía casi hasta el infinito, exponiendo una miríada de grietas y ligeras ondulaciones. A escasa altura del terreno millones de partículas de polvo componían una etérea niebla violeta que se veía arrastrada por una suave y silente brisa lateral. El cielo presentaba una monótona coloración grisácea con algunas nubes que irradiaban un intenso destello blanco. El resultado final era la imagen de un mundo tan absurdo como exánime.

Luna Serafis

La violácea luna de Serafis

-Todo un paraíso vacacional- dijo con sorna uno de los Lobos Lunares contemplando su alrededor.

-Pues espera a que se haga aún más de noche, entonces seguro que el panorama alcanzará una hermosura sublime- le habló otro astartes riendo abiertamente.

-Dejaos de parloteos ridículos y estad bien atentos. Como tenemos buena visibilidad y sobrado espacio vamos a movernos en formación abierta hasta la zona objetivo. Calamux, dile al sargento de la escuadra imperial que nos sigan a unos cien metros pero sin perdernos nunca de vista. En marcha a paso ligero muchachos- ordenó Hobrax comprobando la ruta a seguir en el visor.

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-Aquí estamos, en medio de ninguna parte sirviendo de niñeras al orgullo del Emperador ¿Soy yo o esto es un sinsentido?- dijo una fría voz cargada de desprecio.

-Aunque este sea un lugar muy apartado sabemos donde estamos Luzer, y lo que hacemos es cubrir la retaguardia de los astartes como precaución. No necesitan "niñeras" precisamente, pero a nadie le vienen mal los refuerzos ¿Cobra más sentido ahora soldado?- le explicó el sargento Travis.

-Tonterías- contestó Luzer manteniendo el desdén anterior. -Estamos aquí por si las cosas se tuercen, pero no con el propósito de ser una ayuda, sino con otro mucho más importante- expuso el soldado levantando su dedo índice para realzar aquellas últimas palabras.

-¿Y cuál es?- preguntó intrigada Lennia, la médico de combate del grupo.

-Salvaguardar el inestimable honor del Adeptus Astartes. Cuando todo sale bien el mérito y la gloria pertenecen por derecho a los marines espaciales, mientras que si algo sale mal la responsabilidad y consiguiente deshonra recaen sobre el ejército imperial, es decir nosotros. Ese es nuestro principal cometido cuando acompañamos a las legiones, cargar con la culpa. Bueno, y también aumentar el prestigio de los astartes. Cuantos más enemigos aniquilemos en batalla más fama recibirán ellos porque contarán como bajas suyas, y si acaso es demasiada quizás nos hagan el favor de cedernos un pedacito- concluyó Luzer su agria opinión sobre el modo en que se valoraba al ejército.

Aquel planteamiento provocó algunas risas entre el escuadrón, en parte por ser tan fatalista y en parte por ser cierto en ocasiones. -Vale, ya sabemos que no te caen bien los astartes, pero creo que exageras- le dijo la médico de combate con una sonrisa.

-Te has quedado muy corta diciendo que "no me caen bien". Mis sentimientos para con ellos son bastante más profundos e intensos que eso, querida Lennia- respondió el soldado con ironía.-Y para postre nos encasquetan a los presumidos y arrogantes Hijos del Emperador, puestos a elegir hubiese preferido ir con los lobos. Seguro que están despotricando de nosotros en este momento- bufó Luzer con mal humor.

-¿Más aún que tú? Permíteme dudarlo, y de paso aprovecho para ordenarte que cierres el pico. Ha quedado claro tu parecer, así que limítate a no perderlos de vista y mantenerte vigilante. Eso mismo va para todos- ordenó secamente Travis harto ya de la conversación.

Caminando tras los Hijos del Emperador el sargento de la escuadra imperial se fijó otra vez en Luzer. Era un soldado atípico, tanto en el plano físico como el mental. Tenía una figura enjuta y de aspecto frágil que contrastaba con la recia complexión habitual de la soldadesca imperial. Tampoco era dado a protagonizar temerarios actos heroicos ni gozaba de especial puntería con su rifle láser, pero compensaba holgadamente todas aquellas carencias mediante una virtud, su intelecto. Era el tipo más inteligente que el sargento había conocido en toda su vida, cualidad que empleaba magistralmente en el campo de batalla. Su innata capacidad para evaluar situaciones le permitía escoger la mejor posición, el momento ideal para disparar o el instante adecuado para cambiar de sitio entre otras muchas acciones. Tenía en cuenta todas las posibilidades del enemigo y las opciones de su bando, gracias a lo cual había eliminado bastantes más rivales de lo que hacía pensar su aspecto. Travis jamás desoía sus consejos ni tenía problema en solicitar su opinión, pero dejando bien claro que la decisión final siempre era suya.

El sargento pensaba que sería un oficial excelente pero sus méritos sencillamente no eran reconocidos. De todas formas esto no parecia preocupar a Luzer en absoluto, nunca hablaba de ello y además no había duda de que el papel de simple soldado le sentaba como un guante. En alguna ocasión Travis le preguntó como acabó alguien como él dentro del ejército pero no obtuvo respuesta. De lo que en cambio si hablaba y con demasía era sobre la animadversión que le ocasionaban los marines espaciales. Mientras la gran mayoría de gente sentía profunda admiración por aquellos magníficos guerreros, creados a imagen del mismísimo Emperador, al soldado Luzer le provocaban verdaderas náuseas. Reconocía que en términos militares eran de incalculable valor, pero su prepotencia, el desprecio hacia los demás y la tranquilidad con que podían arrebatar vidas tanto culpables como inocentes repugnaba al soldado. Para Luzer los astartes se comportaban como seres superiores con derecho a casi todo, olvidando completamente que una vez fueron simples hombres como los que ahora miraban por encima del hombro (también en sentido literal).

Aunque Travis desconocía el origen de su odio por los marines (esto tampoco quiso decirlo) sí le relató hace tiempo un par de episodios que lógicamente echaron más leña al fuego. Por lo visto en una ocasión salvó la vida a un astartes en pleno combate. Luzer se había adelantado a sus compañeros para ocupar una posición de tiro privilegiada y eso le acercó más a la zona donde peleaban los marines. Avistó a un enorme guerrero enemigo que consiguió colocarse detrás de uno de los Portadores de la Palabra, aprovechando que estaba distraído ensartando su espada sierra en el vientre de otro de sus camaradas. Portando una tremenda hacha iridiscente de amenazadora energía roja se dispuso a descargar un fatal golpe en la nuca del marine, pero Luzer le detuvo horadando ampliamente su cuello con una providencial descarga láser. Sacando la espada de su acabado oponente el astartes se giró con brusquedad, y mirando de hito en hito al sigiloso atacante y su oportuno salvador finalmente dijo "¡Ese era mío imbécil! ¡Vuelve con los tuyos!"

Pero la gota que seguramente colmó el vaso fue el incidente en la campaña de Xocrabor contra los eldars. El ejército combatía junto a los Devoradores de Mundos, ocupándose de los refuerzos enemigos mientras los astartes asaltaban una fortificación. Concluida la batalla dos de sus más fieles compañeros de armas resultaron heridos de gravedad, pero los cirujanos del Officio Medicae estaban colapsados y sin duda morirían esperando su turno. Luzer corrió hasta el astartes más cercano y le imploró que llamase a un apotecario, porque dadas las circunstancias era la única esperanza para aquellos soldados. El Devorador de Mundos casi se echó a reír y le dijo que estaban ocupados con los astartes, que volviese a su puesto y no hiciera peticiones inadecuadas. Luzer pudo ver a lo lejos uno de ellos, curando el brazo de un marine espacial que se había sentado en un gran peñasco. Era obvio que podía esperar, pero sus compañeros no. Al insistir de nuevo el despiadado marine espacial repitió su negativa y dándose la vuelta se encaminó tranquilamente hacia sus colegas. Luzer volvió a toda prisa para intentar hablar con algún oficial superior del ejército imperial pero ya era tarde, sus amigos habían muerto. Jamás olvidaría sus caras post mórtem, ni la de aquel astartes.

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-Parece que esos enclenques nos siguen el paso. Mejor, sólo faltaba tener que preocuparnos de ellos además de los xenos con los que vamos a tratar- habló uno de los Hijos del Emperador al tiempo que miraba hacia atrás sin detener su marcha.

-¿Qué aspecto creéis que tendrán? Dado lo que hemos visto hasta ahora no presumo que sean unas vulgares bestias salvajes- dijo otro astartes mirando al primero.

-Teniendo en cuenta lo rara que es su nave no me extrañaría que tuviesen seis pies, ocho manos, dos cabezas y tres culos- se mofó otro miembro de la escuadra.

-Qué más da, son xenos y van a terminar como de costumbre, hechos picadillo- alegó otro marine con notable impasibilidad.

-Recordad que hemos de tantearlos primero, así que como alguien dispare sin mi permiso va a lamentar que los astartes vivamos tanto ¿Queda claro? A mí tampoco me gusta pero es Segulus quien manda, así que obrad con cuidado porque ya estamos cerca- irrumpió el sargento con la atención puesta en aquellos inmensos y chocantes aparatos.

Hijos del Emperador

Los Hijos del Emperador tenían delante una imponente maquinaria

Ante el grupo de Hijos del Emperador se erigían dos verdaderos colosos mecánicos. Ya se habían percatado de su tamaño desde la lejanía, pero ahora que se encontraban a escasa distancia resultaban aún más impresionantes de lo que imaginaron. Con un mínimo de treinta metros de altura y forma parecida a la de un contenedor rectangular aquellos mastodontes provocaban un ligero temblor de tierra acompañado por un perenne zumbido. Su extensa superficie era de un material argentado con apariencia porosa, encontrándose toda la parte inferior manchada por la inherente bruma color malva de aquel planetoide. Por debajo unos hinchados balones repletos de estrías negruzcas estaban colocados en filas, sirviendo como era de suponer para desplazar aquel gigantesco armatoste. La presumible zona delantera estaba dotada de un grueso cilindro octogonal que se adentraba en el terrero, provocando el ascenso de una espesa cortina de gas cobrizo a través del espacioso y profundo socavón.

-Así que era eso, minería ¿Qué extraerán de aquí? Según he oído esta luna ya se inspeccionó en su momento y no encontraron nada que mereciese la pena- dijo uno de los astartes contemplando las emanaciones pardas.

-Ni idea. O no la examinaron suficientemente a fondo o es algo de utilidad concreta para estos alienígenas. En cualquier caso explica los esporádicos hoyos que hemos visto por el camino. Resulta evidente que llevan tiempo trabajando en este satélite- le contestó otro marine con visaje meditabundo.

-Es una de las cosas que voy a preguntarles, siempre que no se muestren agresivos y consigo que nos entiendan. Atención equipo de apoyo unus aquí escuadra emperador, hemos llegado al punto de destino. Sin contacto xenos por el momento. Mantened el sitio en alerta y esperad órdenes- dijo el sargento por el comunicador mientras divisaba en la lejanía a los soldados imperiales de retaguardia.

-Entendido escuadra emperador ¿Ha llegado la escuadra lunar a su zona objetivo?- respondió Travis al astartes.

-Aún no pero deberían alcanzarla en breve según la última comunicación. Vigilen en todas direcciones y no se muevan salvo que yo se lo indique ¿Entendido?- dijo el sargento a su homónimo del ejército imperial.

-Perfectamente. Tengan cuidado- concluyó el sargento cerrando la comunicación.

Transcurrieron un par de minutos hasta que los Hijos del Emperador recibieron el aviso de los Lobos Lunares. Ambos grupos de marines espaciales y sus correspondientes refuerzos estaban en posición según lo previsto, listos para apoyarse unos a otros con prontitud si fuera necesario.

-¿Y ahora qué hacemos? No parece haber nadie al cargo de estos mecanismos de recolección o para lo que quiera que sirvan. Deben ser completamente autónomos porque sólo veo por aquí huellas de esas grandes bolas que emplean a modo de ruedas- dijo finalmente un astartes que empezaba a aburrirse.

-Tal vez esos xenos van a pie y no dejan marcas en este endurecido suelo, aunque considerando las distancias de estos yermos es poco probable. Yo diría que están dentro de esos mastodontes. No veo el timbre, pero si quiere llamo a la puerta señor- habló otro marine enarbolando su puño de combate con jocosidad.

-Vamos a esperar algo más. Si no se dignan a mostrarse pediré instrucciones, pero intuyo que acabaremos por ir a esa desmesurada estructura a un kilómetro de aquí. Entonces tal vez puedas "llamar a la puerta"- dijo el sargento siguiéndole la broma al marine.

-Voy a examinarlo nuevamente por si acaso está tripulado- anunció otro Hijo del Emperador apuntando su auspex hacia la monumental perforadora más cercana.

-Ya lo intentamos antes, y lo único que sacamos en claro es la imposibilidad del sensor para identificar la energía que emplean esos cacharros- le advirtió uno de sus compañeros.

-Tampoco perdemos nada por prob...- dijo el astartes antes de girarse súbitamente y apuntar con su bólter al cielo. Su auspex había detectado otra vez fuentes de energía sin determinar, pero en esta ocasión una de ellas estaba ubicada detrás y a considerable altura. Sus hermanos de batalla alzaron la vista en esa dirección y en menos de un segundo aquel objeto tenía más de una veintena de pesadas armas apuntándole.

-¿Cuánto llevará ahí? Ha debido llegar lentamente por lo alto y mantenerse quieto después, o nos habríamos dado cuenta de su presencia- dijo un astartes enfilando su bólter al centro de aquella lejana criatura.

-Os quiero más separados. Abríos pero sin dejar de apuntarle ¿Registras algún otro en tu auspex? -preguntó el sargento.

-Por ahora no , pero si llegan más seré el primero en saberlo- pronunció el astartes echando una fugaz vistazo a la pantalla verdosa.

-Por eso no hay huellas de otros vehículos, porque los muy capullos van flotando- exclamó otro marine con una mueca llena de dientes apretados.

-Está bien, voy a intentarlo. No le quitéis ojo pero disparad sólo si da muestras de atacarnos- dejó claro el sargento a la vez que se quitó el casco y activaba el traductor universal.

Este aparato tenía como finalidad poder comunicarse con otras razas cuyo lenguaje era desconocido por el imperio. Obviamente no existían garantias de que sirviese en todos los casos y estaba limitado a la comunicación verbal con sonidos y visual mediante signos o gestos. Si estos xenos se comunicaban telepáticamente, mediante feromonas u otro sistema que resultase poco habitual entonces el traductor pasaba a tener la utilidad de un sofisticado pisapapeles, es decir ninguna. El sargento había grabado previamente un directo y escueto mensaje inicial para ahorrar tiempo, así que se dispuso a enviarlo.

-Este planeta pertenece al Emperador de la Humanidad. Decid quienes sois y por que estáis aquí- rezó en alto una metálica voz al mismo tiempo que el suelo se llenaba de imágenes hololíticas con diversos símbolos que trataban de representar dichas palabras.

Criatura flotante

Un extraño ser ingrávido observaba a los marines

El flotante ser descendió con lentitud hasta posarse a unos cinco metros de altura y otros tantos de distancia frente a los astartes. Aún pudiendo estudiar su físico desde corto alcance no era fácil determinar si se trataba de un ser viviente o por contra una especie de robot, pero aquellos marines espaciales de la III legión más bien se decantaban por lo segundo. Delante de ellos había un ominoso engendro con forma principalmente abombada y del volumen de por lo menos tres Rhinos juntos. Estaba todo recubierto de una sustancia parecida al barro pero de un matiz plomizo, similar a unas endurecidas cenizas que lo hacían tan amedrantador como repugnante. Exhibía numerosas aperturas (tanto abiertas como cerradas) de distinta medida y diseño en su oronda "piel" , yendo desde el tamaño de una moneda la más pequeña hasta el de una puerta la mayor de todas. Pero lo más llamativo de aquella aberración era una especie de iris ovalado y áureo que lucía en su parte superior, presentando un movimiento de gamas doradas provistas de un poderío casi hipnótico.

-Está claro que les gustan las redondeces. Primero la nave, luego los satélites y ahora "esto". Aún no hemos visto la base pero si es como una pelota no me sorprendería- comentó un astartes en voz baja.

-La redondez y la fealdad. Parece como si se hubiese sumergido en un lodazal para luego revolcarse en las ascuas de una hoguera ¿De qué porquería está recubierto?- respondió otro con un irreprimible gesto de asco.

El sargento se llevó el índice a los labios en señal de que guardasen silencio y volvió a presionar el botón del traductor dado que aquel ser permanecía impasible. Ante la ausencia de respuesta envió el mensaje por tercera vez, refrenando su impulso interno de gritarle "¿Estás sordo, ciego y mudo o es que eres tonto?"

-Ya me temía esto, y encima capaces son de echarme la culpa - resopló finalmente el marine apagando el utensilio y encendiendo su comunicador con un toque en el gorjal. Pero antes de ponerse en contacto aquel esperpento comenzó de repente a emitir un tenue y agudo silbido con creciente intensidad. Aquella pupila gualda intensificó su brillo haciendo que la escuadra de los Hijos del Emperador se preparase para lo que era obvio. Pitido y resplandor alcanzaron su punto álgido, a lo que siguió un amplio rayo energético y el consiguiente retumbar de los bólters como respuesta. Una serie fugaces impactos aparecieron en el cascarón de la criatura xenos, sin más efecto que ocasionar varias marcas ennegrecidas.

-¡Quietos! ¡Maldición, alto el fuego he dicho! ¡Es la puta luz azul cretinos!- vociferó a pleno pulmón el sargento bajo el estruendo de los disparos y el tintinear de numerosos casquillos.

Las detonaciones cesaron y los bólters permanecieron en calma. A excepción del sargento y algún otro marine la práctica totalidad del escuadrón sostenía armas humeantes. La criatura alzó rauda el vuelo y se colocó a gran altitud, fuera del alcance de las balas enemigas. El suboficial astartes dirigió una feroz y reprobatoria mirada a los tiradores que dejaba bien patente su disgusto.

-¡Ha sido culpa suya! ¡Parecía que iba a disparar, no puede negarlo!- habló por fin un marine espacial justificándose.

-Primero en el Cometa, luego en el Thunderhawk y ahora aquí ¿Era necesario otra vez? ¿Y además qué coño miran exactamente? Ya me estaban poniendo nervioso con la lucecita, y seguro que no soy el único- secundó otro Hijo del Emperador.

-Al menos este "mensaje" parece haberlo entendido- dijo un sonriente astartes izando su bólter.

-No tiene gracia Coronius, nos puede caer una buena por esto, y tratándose de Segulus me puede caer a mí que soy quien os da las órdenes. Ahora bien, como eso pase os juro que...- respondió el enfurecido sargento amenazándolos con su puño de combate.

-Bah, yo creo que estará de acuerdo en que ha sido culpa del imprudente xenos. Además no parece que le hayamos hecho excesivo daño- replicó el tal Coronius restando importancia al asunto.

-¡Movimiento! ¡A cuarenta metros y acercándose como una bala!- interrumpió el astartes pendiente del auspex mientras señalaba en la dirección del objeto. Surcando el grisáceo cielo un voluminoso artilugio similar a un cilindro con base achaparrada cayó en picado sobre el centro de la escuadra marine. El brutal impacto estremeció la tierra en derredor levantando una agitada y dispersa polvareda violeta.

-¡Casi me aplasta!- bramó encolerizado un astartes adyacente a la vez que echaba mano de su espada sierra. Con suma rapidez desenfundó la hoja y desplazó su brazo hacia atrás, para descargar un mandoble lo más fuerte posible sobre aquello que pudo haberlo chafado como a un insecto.

Pero el golpe nunca llegó a producirse. A medio camino de su trayectoria una inesperada y fortísima energía arrancó violentamente la espada al impetuoso guerrero, estampándola duramente contra ese cuerpo cilíndrico. El mismo tratamiento recibió su bólter y por último el propio astartes, que acabó estrellándose de frente con terrible brusquedad. Una décima de segundo más tarde el resto de sus hermanos de batalla se unieron a él con sumo estrépito, formando una ridícula piña de armaduras violáceo-doradas alrededor del tubo.

-¡Mmmppffff! ¿Pero qué diablos es esto?- gruñió con dificultad un Hijo del Emperador apretujado entre sus compañeros.

-¡Una especie de campo magnético! ¡De altísima potencia!- acertó a decir otro intentando moverse sin éxito.

-Yo estoy herido en la pierna, por todos los apestosos xenos de la galaxia- maldijo un astartes que se había clavado los afilados dientes de una espada sierra en el muslo.

-¡No creo que pueda aguantar!- sonó la voz de otro marine, agarrado a unas piedras y con el cuerpo suspendido totalmente en horizontal a causa de la atracción. Gracias a que se encontraba cerca de esas rocas chocó primero con ellas en vez de acabar directamente donde los demás, pero éstas empezaban a agrietarse a causa de la grandísima presión que ejercía con sus dedos.

-¡Sujétate lo mejor que puedas¡ ¡Grrrrrrrmmm! ¿Alguno puede soltarse? ¡Contestad!- gritó el sargento mientras llevaba al límite la fuerza que era capaz de suministrarle su servoarmadura Cruzada.

-No cre-o que poda-mos, este campo tiene demasiada intensidad- le contestó un marine dándose cuenta de que su esfuerzo era inútil.

-Esto es un regalito de esa mugrienta albóndiga flotadora. En cuanto me suelte la voy a desinfectar con un puto lanzallamas- imprecó rabioso otro astartes pegado a la magnética columna con el cuerpo casi cabeza abajo.

-Sargento, tal vez una granada disruptora desactivase este condenado trasto, pero no llevo ninguna- sugirió uno de los Hijos del Emperador usando el cerebro en vez de los músculos.

-¿Eso no jodería nuestras servoarmaduras?- preguntó otro preocupado por el efecto que pudiera causarles esa explosión a bocajarro.

-Seguramente, pero es mejor que permanecer aquí adheridos como pegatinas ¿No crees? Oíd, ¿alguno tiene una EMP?- preguntó el sargento sólo para escuchar varias veces la palabra no.

-Por la mismísima Terra... Está bien, calma. Los soldados imperiales quizás sí lleven. Mmmmmppfffffrrrgg- gruñó el astartes mientras acercaba poco a poco su mano al control del comunicador en la gorguera.

-Atención equipo unus aquí escuadra Emperador, necesitamos ayuda urgente. Corred hacia nuestra posición pero no os acer... - más eso fue todo cuanto pudo decir el marine espacial, pues se produjo inesperadamente en su ubicación un repentino y quedo estallido blanco en forma de disco que puso fin a la llamada.

-¡Sargento! ¿Me oye? ¡Conteste escuadra Emperador! ¿Qué ha sido eso?- voceó Travis alarmado por el destello que atisbó en lontananza.

El insidioso aparato cilíndrico se alzaba firme sobre la superficie lunar sin más compañía que las amoratadas piedras y una tenue nube circundante del omnipresente polvo. Ya no había ningún astartes apretado contra él, ni tampoco sus bólters, espadas ni nada que recordase que estuvieron ahí. Suavemente realizó una elevación vertical y se alejó surcando el aire en dirección contraria a la que vino, hacia la colosal y supuesta base alienígena. El esférico ser flotante había permanecido en alto, observándolo todo. Imitando al cilindro se marchó levitando de espaldas, mientras su fulgurante ojo proyectaba aquella misteriosa luz una vez más.

CAPITULO CUATRO: Plan de batalla Editar

-¿Dónde están? ¿Los veis?- farfulló el sargento mientras corría encabezando su escuadra hacia donde se produjo el breve fulgor albugíneo, en un paisaje que la noche oscurecía rápidamente.

-¡Por el mismísimo Emperador! ¿Pero qué le ha ocurrido?- chilló un soldado imperial que se había detenido en seco, con la visión fija en el pavimento agrietado de unos metros frente a sí.

Soldado imperial-0

Un soldado con respirador para sobrevivir en aquella atmósfera

Un Hijo del Emperador yacía en el frío suelo lunar, o mejor expresado una parte de él. Comprendía el torso del marine pero mutilado de forma espantosa. Había perdido el brazo derecho a la altura del hombro y el izquierdo a la del codo, la testa mostraba ausente toda su franja superior y la barriga presentaba un enorme agujero elíptico que casi partía el tronco por la mitad. Pero lo peor no eran aquellas horribles ablaciones, sino lo que estaba ocurriendo en el cuerpo del desdichado marine. Aleatoriamente se sucedían una serie de pequeñas explosiones en aquel trozo de carne muerta, rompiendo músculos, tendones y arterias que en consecuencia lanzaban dispersas salpicaduras de sangre astartes, pintando aún más de rojo lo que ya era de por sí un cuadro dantesco. Este inmundo fenómeno igualmente afectaba a la recia servoarmadura, rajando y partiendo su dura ceramita como si de una cáscara de huevo se tratase.

-Debe haber sido una tremenda explosión para haber hecho esto- dijo un soldado que se adelantó para examinar al caído.

-Una explosión que continúa después de estallar, que me incineren si hemos visto antes algo así. Dividíos por parejas y busquemos al resto, mantened una formación circular y que nadie se aleje más de treinta metros- ordenó Travis aunque ya se temía por donde y como iban a encontrar a los demás astartes.

No tuvieron que andar mucho para hallar desperdigadas por doquier las incontables partes de que estuvo poco antes compuesta la escuadra emperador. Sus armaduras de color lila se confundían con el paisaje de la luna Serafis, pero no cuando estaban cubiertas de brillante sangre roja. Miembros, armas y trozos de su blindaje sembraban el árido terreno, que en un gesto macabro agradecía aquella nota de color así como el vital líquido que chupaba con avidez.

-Por toda la galaxia menuda masacre, dudo que encontremos alguno vivo- murmuró Travis viendo cada vez más despojos a medida que caminaba.

Transcurrido un corto lapso de tiempo él y su acompañante llegaron hasta los colosales excavadores, taladrando incansablemente ajenos al dramático suceso. A poca distancia de los mismos podía apreciarse una gran marca en el reseco firme violáceo, probablemente la del impacto de un pesado objeto redondo. Un poco más adelante ambos hombres vislumbraron algo moverse, tirado a los pies de una formación rocosa. Era el tronco de un marine espacial que agitaba su brazo de manera espasmódica.

-¡Lennia! ¡Ven aquí enseguida!- voceó con todas sus fuerzas el sargento a la vez que se aproximaba al herido.

-¡Vamos!- gritó la medico imperial a Luzer, su pareja de búsqueda en aquella ocasión.

-Ve tú. Yo seguiré explorando sin distanciarme más de la cuenta, no te preocupes- le dijo el soldado antes de que la muchacha asintiera y se marchase a todo correr.

A Luzer le pareció ver algo justo en el instante que llamó el sargento y quería comprobarlo. Estaba junto a un peñasco con algunas de esas matas albinas típicas del satélite. Al acercarse lo suficiente advirtió que era el cuerpo de un astartes, pero medianamente entero y desde luego con vida aún. Se trataba del que pudo agarrarse a la piedra evitando así quedar atrapado por el cilindro magnético. La explosión no le reventó en pedazos como a sus hermanos pero tampoco salió ni mucho menos indemne. Le faltaban ambas piernas y exhibía graves heridas en las costillas, además de una preocupante hemorragia en la garganta. Los despiadados efectos de aquellos pequeños estallidos casi habían desaparecido, pero aún se producía alguno que otro torturando aquel lisiado cuerpo. Su fisonomía alterada genéticamente en combinación con los medios de la deteriorada servoarmadura Mark II hacían lo imposible por salvarle, pero estaba claro que lo máximo que podían lograr era prolongarle la vida un cierto tiempo.

-A-visa al apote-ca-rio- le dijo el marine con voz entrecortada y débil.

Al mirarle el cuello Luzer se percató de lo estropeado que tenía el gorjal, suponiendo lógicamente que su comunicador ya no funcionaba y le fue imposible pedir auxilio. Su casco reposaba bajo su mano derecha dando a entender que él mismo se lo quitó, mostrando una cabeza sin daños aparentes a excepción de la sangrante yugular. El soldado imperial se quedó inmóvil, con una gélida y penetrante mirada hasta que al fin contestó al superviviente.

-Están todos ocupados- respondió secamente, sin apenas mover los músculos de su cara.

-Llama al pu-ente y diles que man-den un a-pote-cario, es una or-den solda-do- repitió el marine con un doloroso esfuerzo y tono indignado ante la contestación que acababa de oír. Su ceño permanecía fruncido ante la pasividad de aquel hombre, que debiera haber activado al instante su comunicador para solicitar ayuda médica.

-En una ocasión supliqué vuestra ayuda y me la negasteis. Dos compañeros míos murieron porque os trae sin cuidado todo lo que carezca del sello astartes- pronunció Luzer despacio y con frialdad, poniéndose en cuclillas para mirarle cara a cara.

-Escúcha-me gusa-no, avisa aho-ra mismo si no qu... -masculló el furioso astartes antes de detener repentinamente sus palabras y abrir los ojos como platos. Aquel soldado imperial empezó a desenvainar su cuchillo de combate.

-No va a venir ningún apotecario a salvarte, chico. Me encantaría que fueses aquel malnacido, pero tú mismo servirás- sentenció Luzer, con un brillo asesino en la mirada que el infortunado marine pudo ver en aquella máscara respiradora.

Aquel maltrecho Hijo del Emperador reaccionó intentando agarrar a Luzer con sus poderosas manos, pero éste se encontraba preparado y rodó ágilmente a un lado esquivándolas. Acto seguido descargó una puñalada vertical con envidiable rapidez y exactitud, acertando en pleno globo ocular derecho de su odiada presa. Luzer no sólo era inteligente, también era muy rápido de movimientos. Su arma penetró con facilidad el ojo y se adentró al menos veinte centímetros en la cabeza del astartes, que con un acto reflejo agarró el brazo del soldado con la intención de triturárselo. No obstante el implacable homicida estaba poseído por un odio y determinación fuera de común. Con la adrenalina fluyendo a raudales por sus venas giró con terrible fuerza la hoja del arma intentando dirigirla hacia el cerebro, lo cual provocó un espantoso crujir de huesos que sorprendió incluso al propio ejecutor. El fornido brazo del marine cayó pesadamente, dejando libre al vengativo soldado imperial sin más daños que unos moratones en su extremidad causados por la aplastante pero breve presa de su víctima. Sin ningún miramiento extrajo de un tirón el embadurnado cuchillo y limpió ambas caras de la hoja en el cabello del inmóvil astartes, dejando un tinte rojo-grisáceo sobre su pulcro pelo rubio. El otro ojo le observaba incrédulo, como si aún no fuera capaz de comprender o aceptar lo ocurrido. Luzer alzó un instante su máscara y escupió con supremo desprecio acertando en la misma cuenca. Después volvió a ceñirsela y se incorporó envainado su cuchillo de combate. "Así reventéis todos, cabrones" musitó observando al inerte guerrero, satisfecho por haber limpiado la galaxia de aquel ser despreciable.

-¡Luzer! ¿Qué haces ahí? El sargento ha dicho que nos reunamos con él- le sobresaltó la voz de uno de sus compañeros sacándolo de su indescriptible enajenación.

-Ya voy. Aquí hay uno que creí podría estar vivo, pero me equivoqué. El pobre "no ha tenido suerte"- respondió Luzer con una ironía que no pudo detectar el otro soldado imperial.

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-Se encontraba en estado crítico, nadie hubiese podido hacer nada- dijo con pesadumbre la médico de combate colocando una tela para cubrir el rostro del cadáver.

-Y no ha podido decirnos ni una sola palabra, aunque yo sigo pensando que han sido esos desmesurados cacharros- opinó uno de los soldados que el sargento había puesto a vigilar aquellas taladradoras por lógica precaución.

-Es posible pero no apostaría por esa carta. Me inclino a pensar que la explosión la produjo algo o alguien situado en esa marca circular, desintegrándose o marchándose después el muy rastrero- dijo Travis con manifiesto odio hacia el autor.

-Ya vienen Gregor, Akriso y Luzer señor. No falta nadie más, escuadra al completo- le indicó Lennia señalando con el dedo a los tres hombres que se aproximaban a paso ligero.

-Doy por hecho que no habéis encontrado supervivientes ¿Cuántos cuerpos?- les preguntó el sargento nada más llegaron.

-Akriso y yo tres marines muertos aproximadamente, dado que no es fácil saberlo con exactitud teniendo en cuenta que están despedazados. Luzer dice que ha visto otro- contestó Gregor con prontitud.

-Eso hace un total de dieciséis hasta el momento, y eran veinte o veintiuno según creo ¿Dónde están los demás?- interrumpió Lennia pues como médico llevaba la cuenta de bajas con gran interés.

-Los tienes a tu alrededor- habló Luzer extendiendo los brazos en señal de querer abarcar todo el entorno.- Si quedase alguno con vida ya lo habríamos visto, y la posibilidad de que cogiesen a alguien prisionero en tan poco tiempo y sin dejar rastro me parece muy remota- argumentó convencido a la sanitaria.

-Estoy de acuerdo, así que voy a informar al Cometa de inmediato para que nos den instrucciones- asintió Travis disponiéndose a activar su comunicador.

-Esto... tal vez deberías contárselo a los Lobos Lunares primero, y que ellos se encarguen a su vez de comunicarlo a Segulus. Si habla contigo te freirá a preguntas restando crédito a tus palabras, como si fuéramos idiotas que no sabemos actuar en base a la situación. No te extrañe que al final nos haga responsables por no cubrirlos debidamente, aunque le digas que ellos mismos nos ordenaron permanecer a distancia y acudimos presurosos al rescate nada más lo pidieron. Comunicándoselo un astartes, aún siendo de otra legión, lo entenderá todo enseguida. Hazme caso y llama a Hobrax- sugirió Luzer al sargento en tono algo condescendiente.

-De acuerdo, pero también lo hago para avisarles del peligro. Ellos están aquí con nosotros mientras los del Cometa Legendario se encuentran a salvo, o eso espero- le contestó Travis bastante molesto por aquella impertinente sugerencia, aunque por mucho que le costase admitirlo sabía que era acertada. A veces odiaba que Luzer fuera tan sagaz.

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El puente de control del Cometa Legendario se había convertido en una zona de alta tensión. La persona al mando estaba que echaba chispas y eso por lo general no traía nada bueno. Segulus acababa de ser informado por el capitán de los Lobos Lunares de una impensable noticia, la misteriosa y atroz muerte de veintiún astartes de su legión. Por lo que le contó Hobrax el equipo de apoyo de la erradicada escuadra recibió un inacabado pero claro mensaje de socorro. Cuando los soldados imperiales llegaron al lugar se encontraron a los Hijos del Emperador descuartizados por lo que ellos creían pudo ser una explosión. Ni supervivientes, ni atacantes, ni tampoco explicación a lo que ocurrió. Lo único seguro era la veintena de valiosísimos astartes muertos.

Por la cabeza del Lord Comandante pasaron varias furibundas ideas. Desde la orden de ejecutar a la escuadra de apoyo por su "encomiable protección" hasta bajar él mismo a esa endemoniada luna espada y bólter en mano clamando venganza. Con la sangre ya más fría y su mente algo más calmada ordenó a la escuadra de Hobrax y las dos de soldados imperiales que volviesen a la nave. Esto ni mucho menos era una retirada, pues el plan de Segulus consistía en organizar un demoledor y coordinado ataque masivo contra aquellos xenos que se atrevieron a plantar cara al mismísimo Adeptus Astartes. Iban a pagar con creces aquella sangre derramada.
Warhammer 40k muelles de carga

Los almacenes del carguero quedarían bastante vacíos tras el despliegue

A los pocos minutos el capitán Hobrax entró en la sala de mando. La vuelta desde la Luna Serafis se produjo tal y como fue la ida, sin incidentes (salvo la inexorable cortina de luz azulada). Aquel rostro era un espejo de su fuero interno, mostrándose compungido por la pérdida de sus hermanos y a la vez colérico por no haber podido destruir a los responsables. Al igual que Segulus todo su ser pedía a gritos vengarse.



-Bien, ya que no falta nadie más paso directamente a explicarles el plan de batalla- dijo el Lord Comandante mirando a los demás presentes. En la sala de mando se encontraban Hobrax, Benson, dos capitanes de los Hijos del Emperador, Rakkis y sus tenientes más el propio Segulus. Todos convergían alrededor de un mapa hololítico que representaba la nave xenos, su base lunar y el emplazamiento de las grandes máquinas donde ocurrió la aniquilación.

-Básicamente ejecutaremos un ataque simultáneo a los tres objetivos. Primero desplegaremos en el planetoide Serafis a la mitad de su regimiento de infanteria coronel, incluyendo vehículos, naves de combate y hasta un titán. Aterrizarán cerca de esas máquinas y mantendrán la posición. Luego sembraremos con cápsulas de desembarco la periferia de su base estableciendo dos frentes. Por uno la compañía de Lobos Lunares dirigida por Hobrax y en el opuesto las suyas conmigo a la cabeza- explicó el comandante señalando a los dos Hijos del Emperador.

-Mientras las cápsulas atraviesan la atmósfera el Cometa atacará dicha base con disparos de lanza para debilitarla y abrir brecha en sus muros. Al mismo tiempo disparará torpedos de fusión contra la nave nodriza xenos e intentará destruirla, o al menos mantenerla controlada. En cuanto se produzca el primer impacto de lanza las tropas del coronel atacarán las máquinas y una vez derribadas proseguirán hasta la cercana base enemiga, momento para el cual las cápsulas ya habrán tocado tierra y nuestros astartes se encontrarán desplegados. Con el titán debería ser rápido y fácil borrar del mapa esos gigantescos artilugios, así que empléenlo para poder servir de apoyo cuanto antes a los marines. Tal vez no puedan introducirse en la estructura o aparezcan muchas fuerzas enemigas, en cualquier caso reúnanse con ellos lo antes posible. Una vez dentro del complejo los astartes irán en cabeza y se harán con el control de la misma. Procuren reducir los daños estructurales al mínimo para que el Adeptus Mechanicus pueda estudiar después su tecnología. En cuanto a los xenos quiero que capturen a varios vivos ¿Me oyen? Vivos he dicho, y a ser posible "enteros". Aunque me gustaría verlos a todos cortados en pedacitos hagan prisioneros si resulta factible, es una orden. Por último recuerden que estos alienígenas nos son completamente desconocidos y ese factor juega en nuestra contra. No obstante con semejante despliegue coordinado no me cabe duda de que los barreremos sin problema señores ¿Alguna pregunta?- dijo Segulus concluyendo aquellas directas instrucciones.

-Yo tengo dos señor- afirmó Rakkis alzando levemente su mano.

-Como no- le respondió Segulus irónicamente. -Aunque ya sé lo que me va a preguntar ¿Acaso he olvidado los conos que pueden engendrar a modo defensivo?- le respondió el astartes.

-Exacto, si los crearon cuando enviamos una nave y una sonda imagínese si se trata de un torpedo con carga nuclear. Además, ¿qué nueva tecnología espera conseguir si la hace estallar en mil pedazos?- replicó el capitán.

-Aunque pueda pensar lo contrario he meditado bastante la cuestión. Con esos conos sería muy arriesgado para nuestros marines enviar torpedos de abordaje con el fin de capturar la nave. He decidido que lo mejor será borrarla del mapa pese a la pérdida que ello probablemente comporta. En cuanto a como hacerlo no veo mejor opción que el lanzamiento de varios torpedos dirigidos que traten de impactar por diferentes ángulos. Si solo pueden materializar uno de esos conos a la vez funcionará. No me queda más remedio que confiar en ustedes para combatir contra esa nave xenos, cosa que espero sepan hacer muy bien o no tendremos donde volver cuando los hayamos vencido en tierra ¿Estarán a la altura?- preguntó Segulus con los ojos posados en Rakkis y sus dos oficiales.

-Desde luego comandante. Le garantizo que nadie puede pilotar o combatir con esta nave mejor que nosotros. Si es posible derrotar a esa esfera alienígena con los medios que poseemos delo por hecho.- le contestó Rakkis con suma convicción.

-Lord Comandante, ¿qué pasará con nuestros compañeros caídos? ¿No deberían ser extraídas sus glándulas y recogido su equipamiento?- dijo uno de los capitanes astartes nada más concluyó Rakkis.

-Es algo que por supuesto haremos, pero cuando la zona esté asegurada porque no quiero que nos sorprendan de nuevo esos cobardes xenos con un ataque a traición. Algunos apotecarios acompañarán al regimiento imperial para que cuando avance después de ocuparse de las máquinas puedan realizar esa labor. No obstante en base al informe y siendo realistas creo que poco se podrá recuperar, pero por todos los planetas de la galaxia juro que sus asesinos van a acabar mucho peor- respondió el astartes con un semblante repleto de furor.

-Según mis cuentas vamos a desembarcar en esa luna más de seiscientos cincuenta soldados, unos doscientos ochenta marines más un par de docenas de vehículos y otras tantas naves de ataque, todo eso sin olvidarnos del titán ¿No le parece un tanto excesivo? Ni siquiera sabemos con certeza si esa estructura es su base o cuantos enemigos puede haber en caso de que estén ahí- expuso de repente el coronel no sin cierto reparo sobre su propia pregunta.

-Han exterminado a veintiún marines espaciales de un plumazo, como el que no quiere la cosa. Debería enviar a todo el contingente militar de esta astronave, pero eso tal vez le pareciese ya "desorbitado" ¿Lo creería así Benson?- le replicó Segulus en un tono bastante reprobatorio acompañado por una mirada que no destilaba afecto precisamente.

-No señor, discúlpeme. Sin duda la situación exige tal despliegue- respondió de inmediato el veterano coronel, pensando ya de paso en las tropas que habría enviado el astartes si hubieran sido soldados imperiales en vez de marines. El número que imaginaba difería bastante del actual, acercándose peligrosamente a uno de un solo dígito con forma ovalada y dispuesto en vertical.

-¿Alguna cuestión más? Bien, según hemos calculado en ese planetucho amanecerá dentro de unas cuatro horas, tiempo más que suficiente para prepararnos. No quiero ni un problema, ¿entendido? Ni antes ni durante la operación. Ordenen comprobaciones del armamento, comunicaciones, transporte, etc... Como falle algo que pudo evitarse el responsable lo pagará muy caro. Eso es todo, comiencen los preparativos e informen cuando estén listos- terminó diciendo el Comandante mientras se disponía a salir del puente.

Legiones astartes

Los astartes en formación poco antes de embarcarse hacia la inminente batalla

Durante las pocas horas que faltaban para la invasión toda persona a bordo del Cometa Legendario trabajaba rápido y sin descanso, bajo la guía y supervisión principal del Adeptus Mechanicus no había ni un solo tripulante ocioso. Pese a que el navío se hallaba en permanente estado de alerta desde que avistaron a los xenos eso no significaba que pudiese llevar a cabo un desembarco masivo en un santiamén. Comprobar todo lo que ordenó Segulus era un proceso arduo y complejo, aunque perfectamente comprensible dado que disponían de tiempo hasta que se hiciera de día y eran cerca de mil efectivos los que iban a poner los pies en aquella polvorienta luna. Rakkis solicitó al Lord Comandante que enviasen un mensaje vía astropática comunicando a la flota su actual situación y por supuesto el plan de batalla. Segulus aceptó un poco a regañadientes y escribió un conciso informe en una placa de datos que entregó después al capitán. Posiblemente no recibiesen una respuesta antes del desembarco, pero resultaba obvbio que este iba a llevarse a cabo aunque se apagasen todas las estrellas del universo. Además la flota debía que saber que encontraron a estos extraños alienígenas. Rakkis hizo que la placa llegase a manos de su mejor astrópata al que apodaban "el afortunado", ya que únicamente perdió la visión de un ojo tras la durísima prueba conocida por la comunión de almas, de la que generalmente los psíquicos no salían tan bien parados.

Cuando finalmente los rayos de sol comenzaron a iluminar el amoratado paisaje de la luna Serafis todo estaba dispuesto para demostrar a los xenos que enfrentarse al Emperador solo conllevaba una ignominiosa derrota e inherente defunción. En la sala de mando el capitán Rakkis y sus oficiales recibían las últimas indicaciones de Segulus antes de que bajase al planeta para liderar las compañías de Hijos del Emperador. El regimiento de infantería imperial (la mitad de él para ser exactos) había partido hace poco y en breve cruzaría la atmósfera lunar. Para cuando desembarcasen y tuviesen a tiro la gran maquinaria los astartes descenderían raudos sobre el cuartel enemigo.

-La coordinación es primordial para no darles margen de respuesta, así que no me fallen ¿Acertarán sus artilleros a la primera en esa base?- preguntó el astartes algo nervioso y emocionado por la perspectiva de entrar en combate contra una raza desconocida.

-Oh, desde luego comandante. Siendo tan grande y tratándose de un objetivo estático es un blanco muy fácil. No creo que yerren ni un disparo de lanza- le contestó Evans con seguridad.

-¿Y los torpedos?- preguntó Segulus lacónicamente al piloto.

-Los dirigiré yo mismo. Sé muy bien como hacerlo pero ya ha visto esos malditos conos, no puedo prometerle nada- le respondió el teniente haciendo un gesto de incertidumbre con las manos.

-Si los neutralizan ataquen con las baterías, prueben todo lo que pueda funcionar y defiendan la nave a cualquier precio. Bien, creo haberlo dejado todo claro, llegó la hora de meterme en la cápsula junto a mis guerreros. Ah, por cierto capitán. No he olvidado lo de antes pero ya discutiremos eso - dijo el Lord Comandante súbitamente mientras se marchaba, en clara referencia a cuando Rakkis le sujetó la muñeca.

-Hará bien en recordarlo señor. Un oficial de su rango no puede ni debe perder los nervios de esa manera- le contestó el capitán sin el menor gesto de preocupación. Muchos astartes habían pasado por su buque y hace tiempo que dejaron de impresionarle y aún menos asustarle. No estaba de acuerdo con sus habituales métodos violentos ni con la forzosa imposición imperial a los mundos habitados por humanos. Esto último era un deseo expreso del Emperador, pero los astartes se encargaban de aplicarlo con un criterio demasiado sanguinario.

-Segulus se detuvo un instante y esbozó una ligera sonrisa burlona que nadie pudo ver por encontrase de espaldas. A continuación prosiguió su marcha hacia el transporte con el pensamiento ocupado en decidir si mataba aquellos xenos con disparos de bólter o bien descuartizándolos con su hoja de energía ¿Qué les ocasionaría más dolor y sufrimiento?

CAPITULO CINCO: Tiro por la culata Editar

-Las tropas del coronel se posarán sobre el terreno en unos tres minutos señor- anunció Evans al Lord Capitán con la vista anclada en un panel de datos.

-Bien, creo que es el momento de lanzar a los astartes. Ejecuta...- dijo Rakkis antes de ser interrumpido por el otro teniente.

-Alto, alto. Esas cosas han empezado a moverse- avisó Crasen levantando una mano y apuntando con el índice de la otra a su radar.

-¿Justo ahora?¿En qué dirección?- le demandó el capitán.

-Derechitas hacia la base, y a muy buena velocidad para ser tan enormes. Benson y sus chicos no las tendrán a tiro cuando lleguen porque ya se habrán metido en el refugio, o eso supongo que pretenden. En cualquier caso está claro que no se van a quedar quietas sirviéndoles de diana- declaró el oficial mientras seguía su trayectoria por la pantalla.

Sin perder un segundo Rakkis accionó el comunicador y se puso al habla con el comandante de los Hijos del Emperador.

-Atención al habla el capitán Rakkis. Señor, esas máquinas han empezado a moverse hacia la estructura con gran rapidez y probablemente para resguardarse allí, de modo que las tropas imperiales no las tendrán delante para cuando aterricen dentro de unos tres minutos. ¿Qué debo comunicar a Benson?- explicó el capitán con brevedad y hablando con la mayor celeridad posible.

-Cobardes. Esto no me sorprende y por tanto lo tenía previsto. El plan para la nave y nuestros marines se mantiene intacto. Diga al coronel que se dirija hacia la base a toda marcha en cuanto pise tierra. Acto seguido lánzenos en las cápsulas de desembarco y ya sabe que hacer poco después ¿Entendido?- respondió Segulus mientras era observado por los otros marines que ocupaban el reducido compartimento.

-Perfectamente, saldrán al espacio en unos segundos. Suerte ahí abajo y que el Emperador les guíe- habló Rakkis cortando la comunicación.

Pasaron un par de minutos más y por fin llegó la hora de encender la mecha a la bomba que estaba a punto de explotar en aquella perdida luna. El ejército imperial corría hacia la presunta base xenos y los astartes caerían en torno a ella en breves momentos. Aún no se había efectuado ningún ataque, pero eso estaba a punto de cambiar.

-¿Todo a punto muchachos? En cuanto lo diga hemos de disparar la lanza y los torpedos simultáneamente- dijo Rakkis con voz algo nerviosa. Tenían por delante una tarea bastante imprevisible dada la desconocida capacidad de combate enemiga, y además el capitán albergaba un mal presentimiento esta vez.

-Los artilleros están listos señor. Nada más se lo indique ese edificio dispondrá de una "puerta" nueva- respondió Crasen con una leve sonrisa pero también firmeza en sus palabras.

-Dos torpedos de fusión preparados. Inicialmente enviaré cada uno por un lado y luego cambiaré su curso sobre la marcha. No se lo pondré fácil capitán- dijo Evans poniendo las manos sobre las palancas de dirección.

-De acuerdo, pues vamos allá ¡Fuego!- gritó Rakkis poniendo casi toda la fuerza de sus pulmones en aquel último vocablo.

La proa del voluminoso carguero escupió un brillante y poderoso rayo de energía que se abría paso implacablemente hacia el mundo violáceo. Por su parte el costado de babor expulsó dos grandes cilindros que se apartaban el uno del otro con fulgurante velocidad, dando un rodeo pero ansiosos por descargar su terrible potencia nuclear sobre el objetivo. Por desgracia la respuesta del contrario no se hizo esperar.

Cuando el abrasador haz de la lanza estaba próximo a la atmósfera el satélite xenos más cercano proyectó unas líneas coloradas de energía y éstas materializaron casi al instante uno de los infranqueables conos defensivos. El fulgurante disparo proveniente del Cometa Legendario se adentró en aquella anaranjada espiral hasta que toda su extensión desapareció de la vista del consternado capitán.

-Mierda- habló Rakkis bajando ligeramente cabeza y negando con ella al mismo tiempo - Para eso sirven los condenados satélites, protegen el exterior de todo el planeta y por ende a cuanto haya en él. Su nave nodriza no es la única que puede crear los dichosos vórtices. Lo que no entiendo es por qué dejan pasar a las nuestras, pero desde luego los ataques directos tienen la entrada prohibida. Alto el fuego de momento Crasen- ordenó el capitán profundamente decepcionado.

Torpedo Strike

Dos torpedos nucleares eran dirigidos por el piloto

-Tal vez yo lo consiga señor, no falta mucho para que lleguen hasta el casco de esa estación redonda. Ahora veremos si Segulus acertó al pensar que quizás sólo podían generar un cono a la vez- dijo Evans totalmente concentrado en la maniobra de los torpedos. Ambos llevaban trayectorias opuestas y cambiantes, con diferente velocidad que el piloto alteraba frecuentemente. No podían ser un blanco más difícil.

Como era de esperar el magnífico sistema defensivo de aquellos xenos volvió a hacer acto de presencia, dando en cierto modo la razón al comandante astartes. No fabricaron dos conos como era de suponer, sino que emergieron cuatro nada menos. Cada pareja tenía dispuesto uno encima de otro, siendo el inferior el encargado de recibir al torpedo de fusión en ambos casos. Nada más verlos el oficial intentó cambiar su curso de manera brusca pero fue inútil dada la proximidad de los mismos y su campo de atracción. Al parecer el único efecto que iban a causar los ataques del Cometa sería disminuir sus propias reservas de munición.

-¡Condenados xenos! Es imposible, totalmente imposible capitán. Pudiendo generar esas cosas tan rápido y con semejante precisión no hay nada que hacer- maldijo Evans mientras observaba como uno de los proyectiles se dirigía inevitablemente hacia la gran entrada de aquella trepidante espiral.

-¿Por qué el doble esta vez? ¿Para qué los otros dos conos? Y además no están orientados como los de abajo, sino hacia...- se preguntó el teniente Crasen mientras su faz cambiaba radicalmente de expresión ante el lógico pensamiento que cruzaba su mente..

-No... ¡No me jodas!- exclamó en voz alta el capitán, con los ojos abiertos de par en par y fijos sobre ambos conos superiores.

Pues sí. Tal y como se temían un segundo después de que el primer torpedo desapareciese por uno de los conos inferiores resurgió amenazante desde el interior de su más elevado compañero. El devastador proyectil seguía un rumbo directo hacia el gran navío, y poco después su gemelo recorría una trayectoria distinta pero con idéntico destino.

-¡Por la infinita galaxia! ¿A qué esperas para desviarlos?- vociferó Rakkis al piloto pensando que no reaccionaba debido a la estupefacción.

-¡No responden capitán! ¡No lo comprendo! El sistema parece estar bien, pero es como si...- le contestó Evans mientras forcejeaba inútilmente con las palancas de control.

-Como sí algo anulara la señal, que es justo lo que están haciendo. El sensor detecta una rara interferencia en el espacio entre nuestra proa y su nave. En cuanto al tiempo y lugar de impacto calculo que el primero nos alcanzará en menos de medio minuto sobre la parte alta del costado de babor. Podíamos movernos pero sólo cambiaríamos la zona de impacto por otra y además perjudicaría a los artilleros- intervino Crasen señalando los disparos láser que ya habían comenzado a surgir del Cometa en respuesta al proyectil "enemigo".

-Permaneceremos quietos. Escudo de vacío al máximo y que los artilleros se concentren en el torpedo más lejano ¡Vamos!- ordenó el capitán lo más rápido que pudo articular sus palabras.

Con la urgencia que les proporcionaba aquella peligrosa y en cierto modo cómica situación los dos tenientes trabajaban veloces como centellas. Evans incrementó casi al ciento por ciento la fuerza del escudo defensivo en la zona de impacto para que así pudiese detener proyectiles sólidos como los torpedos, y por su parte Crasen ordenó disparar exclusivamente al más alejado . La idea era dejar que el primero chocase contra el escudo y luego destruir en vuelo a su gemelo más distante. La barrera protectora en teoría era capaz de soportar ese impacto nuclear, pero desde luego no otro que se produjese poco después. Como los artilleros no acertasen a su aniquilador objetivo la nave iba a necesitar algo más que una soldadura en el casco.

Pasados unos instantes (que parecieron horas a la tripulación) el primer torpedo alcanzó el exterior del escudo de vacío intensificado y una monstruosa detonación amarillenta envolvió el lateral izquierdo del titánico carguero. Aquella región del espacio quedó manchada por la inconmensurable deflagración mientras decenas de líneas coloradas pintaban el cosmos en dirección opuesta.

-Sin daños capitán, pero escudo a menos del cinco por ciento. El restante nos dará dentro de diez segundos en el centro de estribor si no le aciertan- dijo Evans con una mezcla de alivio y miedo. Habían neutralizado uno pero el número dos aún mantenía su fatal rumbo.

-Le acertarán- contestó secamente Rakkis más para convencerse a sí mismo que otra cosa. No había tiempo para evacuar la zona de impacto ni para ninguna otra cosa que pudiese resultar útil, salvo confiar en la habilidad de los artilleros y punto. Una auténtica oleada de disparos láser y explosiones de fragmentación aparecieron en la ruta de la fatídica arma nuclear en un santiamén. El torpedo seguía una trayectoria fija pero era un blanco rápido y pequeño para las torretas, así que no suponía una diana sencilla. Las hileras rojas pasaban muy cercanas al temible proyectil, como hebras que intentaban pasar por el diminuto ojal de un alfiler.

-Dejadlo todo y agarraos bien- terminó diciendo resignadamente el Lord Capitán a sus oficiales. La colisión era ya inminente y lo último que necesitaban era llevarse un golpe en la cabeza por la sacudida que iban a sufrir. Sus manos empezaron a sujetar con fuerza los asideros cuando un propicio disparo láser desgarró la cola del imparable torpedo. Aquella bomba dirigida experimentó un forzado cambio de rumbo y acto seguido estalló con tanta o más fuerza que su antecesora. Cuando estos torpedos de fusión sufrían en vuelo algún grave desperfecto automáticamente explotaba su carga nuclear con la esperanza de dañar al enemigo si estaba próximo, siendo paradójicamente el propio Cometa Legendario la víctima en este caso. La desatada fuerza atómica se extendió en todas direcciones hasta alcanzar el debilitado escudo de vacío, el cual atravesó con la misma facilidad que una espada de energía secciona carne humana.

-¡Menos mal! Por el Emperador que debo haber envejecido diez años ¿Alguna avería?- preguntó Rakkis resoplando para expulsar la tremenda angustia acumulada.

-Varias menores y un par quizá más serias, pero ninguna preocupante. Demos gracias a que no eran torpedos de vórtice- le contestó Crasen medio en broma con el cuerpo aún ligeramente agitado por la turbulencia de la detonación.

-Pues siendo así ahórrate los detalles, ya las repararemos luego. Poned rumbo inmediato hacia la órbita de esa luna. Vamos a usarla como parapeto frente a esa maldita nave, así que quiero una línea recta entre nosotros y ellos con el satélite de por medio. Y otra cosa, como alguien dispare una sola vez contra esa bola yo mismo lo meteré de cabeza en el reactor de plasma ¿Queda claro? Comunicadlo ahora mismo y más vale que se cumpla- decretó el capitán en modo sumamente autoritario y con toda su atención puesta en la intocable nave xenos.

Con lentitud pero también decisión el carguero inició su camino hacia el punto que la luna Serafis les ocultaría del enemigo. Pero los xenos no se movieron ni tampoco contraatacaron, su astronave permanecía inmóvil y tranquila, como si el ataque imperial no les preocupase lo más mínimo.

-Llamada de Segulus, señor- manifestó de improviso Crasen sobresaltando al capitán e interrumpiendo sus pensamientos.

-Joder ¿Y cómo le digo yo ahora que no podemos apoyarles y encima estamos huyendo?- se lamentó Rakkis mientras se llevaba una mano a la frente y con la otra accionaba el comunicador.

CAPITULO SEIS: Nadie es invencible Editar

-Esta claro que si se quiere algo bien hecho debe hacerlo uno mismo- renegó el Lord Comandante después de cerrar su canal de comunicación. Rakkis acababa de explicarle lo ocurrido y se negaba tajantemente a disparar otra vez contra la nave xenos o el planetoide Serafis, calificando aquella orden como un completo disparate ya que el enemigo tenía no sólo la capacidad de neutralizar los ataques sino también de volverlos en su contra. Asimismo recomendó al astartes que detuviese el asalto masivo y optase por emplear avanzadillas para tantear las defensas del adversario. Como era de esperar Segulus tachó de acto excesivamente cobarde aquella sugerencia y le dijo que ya se encargaban ellos de todo, como ya había previsto que terminarían haciendo.

-Pues casi mejor, así la victoria será exclusivamente nuestra- dijo uno de sus capitanes mientras salía de la cápsula sacudiéndose algunos restos de espuma anti-impacto.

-Seguramente. Bien, ocupaos cada uno de vuestro flanco mientras yo voy por el centro del frente. En caso de que nuestras armas no pudieran abrir brecha en esa mole se encargará de ello el titán que llevamos detrás. Ya conocéis las órdenes y el plan de combate, así que venguemos a nuestros hermanos caídos ¡Al asalto Hijos del Emperador!- rugió el astartes alzando su espada a modo de arenga para la tropa.

Con paso rápido y sin el menor atisbo de indecisión los curtidos marines se aproximaban hacia su imponente objetivo. Momentos antes el pardo cielo de aquella luna había sido acribillado por las veloces y precisas cápsulas de desembarco, encontrándose ahora el cuartel xenos rodeado por varias compañías astartes ávidas de sangre enemiga.

La gran estructura de alzaba unos ochenta metros sobre el árido suelo violeta, mostrando una forma simétrica equivalente a la de un enorme cubo pero con la parte del techo algo más prominente y extensa. Las paredes eran mayormente lisas y de un color blancuzco uniforme, con algunos salientes más clareados compuestos por variadas figuras geométricas situadas en torno a la parte central. La verdad es que tenía un aspecto demasiado simple y plano para algo de semejante tamaño, o al menos así se mostraba por fuera.

De pronto una de las pocas cápsulas que restaban por aterrizar chocó estruendosamente contra un borde superior de aquel "megacubo". Se había desviado más de la cuenta y por consiguiente acabó demasiado cerca del objetivo, o dicho sin tapujos cayó encima del mismo. El transporte rebotó a causa del tremendo impacto y rodó burdamente por el techo hacia la parte exterior, hasta que llegó al borde y se precipitó como una roca en dirección al seco pavimento. No estaba tan abollada como para pensar que los ocupantes hubiesen muerto, pero tampoco era probable que saliesen incólumes. Despotricando sobre toda la tripulación del cometa (y en especial su capitán) el comandante Segulus corría hacia el cubo mientras observaba de soslayo la cápsula estrellada, sin dar valor al hecho de que todas las demás habían caído en sus puntos estimados.
Drop Pod1

Una cápsula de desembarco atravesando el cielo de aquel mundo perdido

Repentinamente la cuadrada base xenos pareció cobrar vida, como si aquel golpe la hubiese despertado de un placentero sueño, y huelga decir que dado lo que aconteció después seguro que no se levantó de muy buen humor. Escuchándose un extraño y bronco sonido, una multitud de diversos aparatos voladores comenzaron a brotar desde la cima de aquella fortaleza enemiga. Toda el área circundante en un radio de al menos cien metros adquirió un leve matiz rojizo, como si el aire hubiese estuviese impregnado por una fina niebla granate, y un segundo después varios seres flotantes manaron del géiser que producía el techo del gran cubo. Eran como el que había encontrado la desdichada escuadra emperador, grandes, redondos, de aspecto sucio y con su particular ojo brillante. Tres de ellos se elevaron a gran altura con una rapidez verdaderamente impresionante y formaron juntos en triángulo, para acto seguido permanecer inmóviles barriendo el campo de batalla con la consabida luz celeste. Algunos objetos voladores cayeron a tierra como auténticos rayos, quedando enterrados por el fortísimo choque y dispuestos alrededor de la base xenos. No obstante el resto de aparatos y seres flotantes volaban prestos hacia los ya muy cercanos invasores.

Con un deseo incontenible de represalia muchos astartes detuvieron su avance y dispararon contra aquellos singulares objetivos. Proyectiles de bólter, ráfagas láser, cohetes y rayos de plasma cruzaban el aire con la intención de erradicar lo que quiera que fuesen dichos blancos, pero dado el tamaño y la asombrosa velocidad que tenían era como intentar abatir moscas lanzando puntas de alfileres. Descendiendo con un ángulo casi vertical y rapidez endiablada el primero de aquellos artilugios se colocó bruscamente en medio de un grupo de cinco marines. Nada más tocó tierra firme una especie de extensa pero también ancha cuchilla láser plateada surgió del mecanismo buscando al Hijo del Emperador más inmediato. Su cuerpo quedo limpiamente partido en dos por la zona de la cadera, y a continuación la infernal cuchilla efectuó un repentino giro de 360º tal como haría la manecilla de un reloj que se hubiese vuelto loco. El dispositivo retrajo la insólita hoja y alzó el vuelo dirigiéndose hacia otra agrupación de enemigos, todo ello con una celeridad que resultaba difícil de creer. En un momento había dejado a su paso cinco cadáveres repartidos en diez precisas mitades y sangre como para pintar una pequeña bodega de carga.

Estos aparatos volantes causaban auténticos estragos entre los desconcertados legionarios, reduciendo su número más deprisa de lo que nunca hubieran podido imaginar. Cada uno ofrecía una "sorpresa" distinta, pero sin lugar a dudas sumamente efectiva y letal. Aterrizaban junto a las escuadras de marines y acto seguido procedían a efectuar su mortífero ataque, la gran mayoría consistentes en descargas o explosiones de variopintas energías que trataban de alcanzar al mayor número posible de adversarios. Aunque resultase algo impensable los poderosos astartes se encontraban completamente desamparados en aquella lucha. Estaban en campo abierto frente a un enemigo que descendía del cielo de manera fugaz, concisa y absolutamente mortal, pudiendo marcharse tras la acometida del mismo modo que hubo llegado. Docenas de disparos surcaban el violáceo entorno en un fútil intento por abatir aquellos heraldos de destrucción. Los escasos impactos que recibían tan sólo les dejaban unas deformes marcas negruzcas, y resultaba obvio que alcanzarles con las potentes armas cuerpo a cuerpo de los marines no era una opción. Estaba claro que penetrar ese monumental cubo consistía una necesidad imperiosa, de modo que muchos astartes habían optado ya por "ignorar" los dispositivos (una actitud no recíproca) en pos de alcanzar los blanquecinos muros de aquella caja dispensadora de trampas.

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-¡Adelante! ¡Colocad las cargas y apartaos enseguida!- tronó la voz de un sargento de los Hijos del Emperador. Sus hombres se hallaban a tan sólo veinte metros de la estructura, y esprintaban con todas sus fuerzas para situar las bombas de fusión que les abrirían una salvadora entrada. No avanzaron ni diez pasos más hasta que entraron en juego los artefactos que inicialmente habían sido enterrados rodeando la base. Pasivos y ocultos desde que comenzó el ataque ahora asomaban un par de metros sobre el nivel del suelo, mostrando una forma cónica truncada con una pronunciada bocacha que seguramente no iba a disparar simples perdigones.

Un anillo de oscurecida energía verde del tamaño de un escudo se formó a escasos centímetros del filo de dichos cañones. Al son de unos sucintos y ásperos ruidos los aros verdinegros cortaron el aire dejando una estela vaporosa tras de sí. Tres de ellos se hundieron en el pecho de los legionarios más avanzados sin encontrar apenas resistencia, atravesando ceramita, metal y carne para esfumarse de improviso un instante después de salir por sus espaldas. O mejor dicho por donde antes se encontraban sus espaldas, ya que los perforantes anillos consumían no sólo aquello que entrase en contacto con sus bordes, sino igualmente todo lo que pasase por su interior. El trío de infaustos marines cayó desordenadamente a tierra, con sus cabezas y extremidades sujetas al resto del tronco (osea al "contorno" que había quedado) en modo muy precario debido al enorme agujero que exhibía en medio.

-¡Al suelo!- ordenó con un seco grito el oficial efectuando un cuerpo a tierra lo más rápido que pudo. Casi todos los demás hicieron lo propio excepto un par de valientes que permanecieron en pie acribillando las torretas xenos con sus bólters. Serían recordados como héroes por aquel absurdo sacrificio.

Tumbados en el polvoriento firme los astartes disparaban sus armas desde una posición que distaba mucho de ser cómoda o ideal, pero desde luego era más "sana" que permanecer erguido. Mientras las destructoras anillas verduzcas los acosaban sin darles tregua una lluvia de proyectiles impactaba sobre aquellas defensas alienígenas, sin más resultado que las marcas oscuras ya vistas anteriormente. Un aro pasó por el lateral de la mochila de un astartes evaporando dicha sección, lo cual provocó la aparición de varias runas en la pantalla del casco advirtiendo del daño. Con un rabioso gruñido el marine lanzó una granada perforante, gesto que imitaron sus otros compañeros en vista de la inutilidad que mostraban sus -por lo general eficaces- bólters.

Un serie de dispares estallidos hostigaron las defensas enemigas, pertenecientes a bombas de plasma, fusión y hasta una disruptora. Las torres cónicas se vieron sacudidas por tan violento pero por desgracia no muy preciso ataque. Medio tiznadas de negro continuaban escupiendo sus imparables anillas verdes, que reducían inevitablemente el número de los agresores. Cuando ya parecía estar todo perdido para la escuadra de legionarios una tremebunda explosión dio de lleno en una de aquellas torretas, reventando su parte baja y dejándola inclinada hacia adelante, quedando totalmente inoperativa ¿Alguien había tenido excelente puntería con una granada?

Baneblade-0

Un Baneblade socorrió a los marines cuando más lo necesitaban.

-¡Fuego!- resonó una firme voz en el interior del Baneblade. Los artilleros acababan de cargar un nuevo proyectil y con algo de suerte mandarían al infierno otra defensa enemiga. El gran obús autopropulsado del cañón demolisher siguió una trayectoria recta y esta vez acertó en el medio de la torreta contigua, descuajeringándola por completo y dando así un ligero respiro a los inmovilizados marines.

-¡Lanzad humo! ¡Dadles cobertura y seguid disparando! !Fuego continuo maldita sea!- mandó el oficial del tanque mientras secaba su frente cubierta por un sudor frío. Los blindados del ejército imperial seguidos por cientos de soldados empezaron a unirse a la batalla. Como no podía ser de otra forma la "caballería" apareció en el momento justo.

-¡Arriba todos, hacia el humo! !Replegaos, replegaos!- bramó el sargento astartes poniéndose en pie. La espesa cortina gris proporcionada por el Baneblade estaba a bastantes metros de distancia y alcanzarla era lógicamente arriesgado, pero quedarse donde estaban significaba la muerte segura. Empleando toda la potencia que podían alcanzar los servomotores de sus corazas aquellos Hijos del Emperador iniciaron la frustrante retirada, a una velocidad casi idéntica con la que poco antes se acercaron al muro.

Donde los legendarios marines espaciales habían fracasado estrepitosamente los tanques del ejército imperial se mostraban más efectivos. El 45º regimiento era de infantería estándar y por tanto no poseía demasiados vehículos de combate, pero el coronel Benson se esforzó durante años por suplir esta carencia sometiendo a sus dotaciones a un entrenamiento exhaustivo. Como fruto de este empeño la actual tripulación de sus blindados poseía un grado de competencia que ya lo quisieran muchos regimientos acorazados.

-¡Ahora! ¡Fuego a discreción sobre el objetivo! !Abrid brecha como sea!- ordenó con impaciencia el coronel a bordo de su caza Raven particular. Los tanques del regimiento así como sus homólogos astartes podían haber disparado antes contra el enorme cubo, pero Benson prefirió esperar a que estuviesen adecuadamente posicionados y así efectuar un posterior bombardeo más eficaz. En ese momento la mira estaba puesta en la base de una pared con un buen número de legionarios próximos y anhelantes por entrar. La artillería de los Basilisk situados a poco más de un kilómetro dio en el blanco con prodigiosa exactitud, algo posible gracias a que estaban diseñados para el combate a distancias mucho mayores. Por su parte los tanques superpesados del Adeptus Astartes atacaban en línea recta contra el seleccionado muro. Los Fellblade con sus cañones aceleradores sumados a los Vindicator con sus respectivos demolisher castigaban sin piedad aquella pequeña zona de la estructura, arrancando violentamente amplios trozos renegridos con cada impacto. Estaba claro que iba a ceder de un momento a otro, o eso esperaban.

Sin embargo aquellos robóticos xenos disponían de un medio defensivo que frenó en seco los daños estructurales. En vez de generar los infranqueables conos que empleaban en el espacio aquel megacubo empleó un sistema distinto pero igualmente eficaz. Los símbolos que decoraban la zona media adquirieron un tono azul brillante y las cuatro paredes de la base quedaron envueltas por una masa acuosa translúcida, cuyo ondulante movimiento recordaba a la inestable gelatina. Cuando el primer obús entró en contacto con aquella insólita sustancia en vez de simplemente estallar continuó su recorrido a lo largo de la pared, hasta que salió por un extremo y entonces explotó al llegar a tierra momentos después. Esto se repetía con cada proyectil, variando un poco la trayectoria por el muro y posterior salida en función del angulo de entrada. Un imponente cazatanques superpesado Falchion de los Hijos de Emperador avanzaba aplastando rocas y algún que otro marine despedazado para obtener un buen ángulo de tiro. Se detuvo bruscamente y a continuación vomitó el abrasador rayo láser de su doble canón volcán, un arma tan destructiva que no tenía parangón entre los tanques del Imperio. Con su característico estruendo el haz escarlata surcó el aire en dirección a la zona que el ejército imperial bombardeaba ahora sin éxito, para desgraciadamente lograr un resultado aún peor. El colorado rayo de energía se dobló noventa grados hacia la izquierda al tocar la gelatinosa superficie, recorriendo toda la muralla alienígena sin causar daño alguno y saliendo limpiamente por el borde. Bueno, en realidad sí que causó daños, pero a dos astartes y la pala frontal de un Vindicator que se cruzaron en el camino del desviado láser. No es necesario decir que sendos legionarios murieron sin saber ni qué les pasó.

El avezado coronel contemplaba patidifuso la admirable técnica protectora xenos mientras mordisqueaba enérgicamente su maltratado cigarro. La visión del escenario de batalla que contemplaba desde su caza era desesperanzadora mirase allá donde mirase. Dando una profunda calada que llenó sus pulmones del tranquilizador humo de tabaco volvió a cobrar confianza y se dispuso a continuar.

-Que los Basilisk y tanques pesados más próximos sigan machacando sin parar ese punto hasta que yo ordene lo contrario. Quiero un fuego incesante a la mayor velocidad posible- pronunció Benson sin desviar la mirada de la práctica ventanilla.

-Pero señor, ya ha visto como desvían los disparos. No podremos echarlo abajo, pero sí alcanzar por accidente a nuestras tropas- desaprobó sin ningún disimulo el oficial de comunicaciones.

-Lo sé muy bien, pero mantener activa esa barrera por fuerza debe tener un precio. Intentaremos aumentar su coste hasta que ya no puedan pagarlo. Es arriesgado pero ahora mismo me parece la mejor opción. Transmita la orden y que las naves y el resto de blindados apoyen a la infantería como puedan- adujo el veterano con la voz un tanto insegura.

Dicho y hecho, en pocos segundos los disciplinados artilleros del regimiento lanzaban y recargaban obuses sin respiro a una velocidad de vértigo, que como era previsible no hacían más que socavar intensamente el terreno a ambos lados del muro objetivo. Pero este febril martilleo en breve empezó a producir cambios en el baluarte enemigo. La impenetrable cortina diáfana reducía gradualmente su fluctuante movimiento y toda la base del megacubo emitió un color verde opaco, similar al de los destructivos anillos que expulsaban las torretas. De pronto y acompañado por un persistente crujido que hacía temblar de manera preocupante sus aledaños, aquel grandioso edificio empezó a hacer algo que nadie podría fácilmente creer.

El consumido y humeante cigarrillo del coronel resbaló de su boca chocando silenciosamente contra el suelo, espolvoreando levemente de ceniza sus relucientes botas. De un modo veloz e irremediable aquel titánico hexaedro levantaba una infernal polvareda mientras se sumergía progresivamente en la amoratada tierra. Cuanto más se hundía menos perceptible era la imbatible protección acuosa, como si se difuminase a medida de aquel inconcebible descenso.

-¿Sub..., subterránea? ¿Esa mole puede hacerse subterránea?- logró al fin balbucir el pasmado coronel, resistiéndose a creer la imagen impresa en sus retinas. Sencillamente no daba crédito a lo que tenía delante. Un bloque de al menos quinientos mil metros cúbicos (y quien sabe cuantos miles de toneladas) se habría paso verticalmente sin dificultad y con presteza en la dura planicie rocosa.

-Que..., ¿qué hacemos señor?- preguntó con voz trémula el oficial mientras contemplaba atónito la inmersión del poliedro gigante. En pocos segundos quedó enterrado del todo, manteniendo la cara superior correctamente nivelada con el suelo lunar, de modo que los numerosos proyectiles que antes impactaban en la base de una pared lo hacían ahora en el "tejado". No fue raro el hecho de que tales disparos no ocasionaban ya el menor deterioro, quedado patente como era lógico la mayor solidez de su techumbre. Por si esto fuese poco aún surgían ocasionalmente artefactos volantes de ella, a través de múltiples y dispares escotillas que ahora resultarían visibles para las tropas de tierra en cuanto se asentara más la cárdena nube de polvo.

Benson tenía la impresión de acabar de presenciar el hundimiento de una montaña. Tras los fuertes temblores y profusas grietas que azotaron aquel terreno baldío el "paisaje" había cambiado, y con él los planes de batalla. Ya no tenían enfrente una base enemiga que asaltar, sino un duro y amplio cuadrado a ras de suelo que les ofrecía muy pocas opciones de entrada, por no decir nulas.

-Que los Basilisk cesen el fuego y todos los blindados se movilicen para combatir al enemigo, ya no hay motivo para que sigan en formación de asedio. Y ponme con Segulus en seguida, hay que detener esta locura antes de que sea demasiado tarde- contestó por fin el abatido coronel sin dejar de contemplar la devastación que su bando sufría por momentos.

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-¿Retirada? Ni hablar de eso coronel. Aunque de momento no podamos entrar a su refugio vamos a exterminar hasta el último condenado robot que nos lancen por mucho que nos cueste ¿Está claro? Ordene a sus naves que se centren en esos globos negros voladores y deje el resto para las demás tropas. Salvo que yo lo mande no nos retiramos ni un palmo. Estos xenos aún no saben de lo que somos capaces- le conminó el insensato Lord Comandante sin dar oportunidad de réplica.

"No saben de lo que somos capaces" Aquella última frase retumbó en los oídos del veterano militar mientras su cerebro trataba de asimilarla. Era indudable que estaba mal formulada, el astartes debió recitarla dándole justo el sentido contrario.

-Ya lo has escuchado muchacho, da la orden a los cazas y que el Emperador nos asista- pronunció Benson con no poco esfuerzo y casi sin esperanza de triunfo. Sin embargo decidió que si la situación no daba muestras de mejorar ordenaría ipso facto la retirada de sus valerosos hombres. No iba a permitir que un lunático como Segulus sacrificase su regimiento de esa manera, por muy caro que le pudiese salir.

-A por esos tres de ahí chicos. Que nos respalden un par de naves próximas y abrid fuego a larga distancia con todo lo que tengamos- ordenó el coronel a los pilotos, señalando en dirección hacia el trío de inmóviles seres flotantes que barrían el escenario de combate con la enigmática luz celeste.

Respondiendo a los deseos del piloto el sistema de puntería del caza Raven fijó de inmediato y con suma facilidad aquellos tres enormes blancos. Asignó ambos cañones láser para los globos laterales, y al central le serviría una ración del pesado cañón automático. Presionó el botón de disparo y el estático trío recibió de pleno la furia de las armas imperiales. Esta vez los xenos no hicieron gala de ningún sorprendente sistema de protección, tan sólo aguantaron la enérgica embestida que les hizo retroceder levemente, pero eso fue todo. Las grandes esferas de los lados presentaban claras señales granate, vestigio del reciente e ineficaz flagelo

Thunderbolts

Una pareja de Thunderbolts fijaba el blanco antes de soltar la lluvia de cohetes

láser. Mientras los inamovibles xenos proseguían sin inmutarse la labor de proyectar su haz de repente sufrieron el demoledor choque de varios misiles skystrike. Un par de lejanos cazas Thunderbolt les martilleaban sin piedad mediante sus cohetes buscadores de largo alcance, algo que produjo un cambio en dichos enemigos. Seguían manteniéndose de una pieza pese al feroz castigo, pero ya no expelían luz azulada sobre el terreno. Levantaron aquellos dorados iris para fijar su vista en las naves agresoras, y a continuación descargaron en perfecta sincronía una serie de proyectiles argentados, con dimensiones bastante reducidas pero realmente veloces.

Con toda la presteza que les permitieron sus reflejos los pilotos de las naves de combate iniciaron acciones evasivas para esquivar el ataque. Su vano esfuerzo no obtuvo recompensa alguna, pues los insidiosos misiles iban dirigidos y alcanzaron sin obstáculo su objetivo, las turbinas y motores. Unas amplias detonaciones se sucedieron en las tres naves alcanzadas, llenando el aire de sonoros chispazos amarillentos pero inesperadamente sin causar ningún daño estructural, por el momento.

-¿Qué ocurre? ¡Informe de daños! !Deprisa!- vociferó el coronel mientras se echaba dificultosamente hacia atrás para separarse de uno de los pilotos. Salvo por la luz proveniente de las ventanas el resto del caza estaba en completa oscuridad. Todos los aparatos dejaron de funcionar, incluidos los que portaban sus propios tripulantes. Ni que decir tiene que la nave caía en picado como un flecha al igual que las otras dos Thunderbolt, y ninguna de ellas volaba lo que se dice a baja altura.

-¡No tenemos energía! !Vamos a estrellarnos en unos segundos! ¡Coronel, póngase aquel casco y agárrese lo mejor que pueda!- le gritó un piloto mientras señalaba un compartimento alto por el que asomaba dicha protección.

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-¡Esa es la nave del coronel! ¡Hijos de perra!- chilló el sargento Travis mientras veía como el caza Raven se precipitaba ineludiblemente hacia el firme lunar, y no era un hecho aislado. Otras naves descendían fugazmente de la parda atmósfera arrastradas por la fuerza gravitatoria de Serafis, en especial un Thunderhawk que aún portaba un blindado y como es lógico caía a plomo. Los posteriores impactos hicieron mella tanto en el amoratado suelo como en el ya menoscabado ánimo de las tropas imperiales.

-¡Freíd a ese cabrón! ¡Posicionaos y a mi señal!- bramó rabioso el sargento esprintando hacia uno de los sombríos globos que flotaba a escasa altura. Estaba ocupado disparando contra soldados de infantería de corrían en otra dirección, por tanto la cercana escuadra de Travis se encargaría de devolver la gentileza.

-¡Fuego! ¡Disparad, disparad!- aulló el oficial en cuando sus hombres se hubieron colocado en abanico mirando hacia la renegrida bola. No parecía haberse dado cuenta, pero de ser así enseguida iba a notar su enérgica presencia.

Casi al unísono un conjunto de mortales hileras carmesíes punzaron sin clemencia la espalda de aquel ovalado ser. Un soldado portador de un rifle de fusión descargaba la potente energía mientras notaba en el rostro el intenso calor producido -¡Venga, venga!- se repetía el infante cuya máscara empezaba a calentarse peligrosamente a causa del implacable ardor.

Tras unos segundos el candente río de energía dejó de fluir y aquel extraño enemigo flotante comenzó a girarse. La parte castigada refulgía con un bullente tono bermellón, muy luminoso y del que se desprendían finas columnas de humo agrisado. Exceptuando el cambio de color la arrugada superficie se mantenía curva, homogénea y en consonancia con el resto de la criatura. Cero daños.

-¡Corred!- gritó Luzer bajando su recalentada arma láser y dirigiéndose hacia unas rocas cercanas. El sargento no dio orden de retirada, pero su sentido común e instinto de supervivencia tomaron la decisión. Algunos más cobardes siguieron su ejemplo, mientras que otros más valientes optaron por permanecer firmes en su puesto... por poco tiempo. Aquel esférico adversario comenzó a escupir sobre ellos los temibles anillos verdosos, que si eran capaces de aniquilar fácilmente legionarios astartes no digamos ya soldados de a pie.

En apenas unos instantes el número de bajas en la escuadra creció desmesuradamente. Sus armaduras de caparazón no les otorgaban la menor defensa, ni siquiera protegerse tras algún peñasco lunar. Quedarse allí plantando cara era un completo suicidio. Un par de infantes salieron huyendo a la vez pero su carrera se vio truncada cuando ambos fueron brutalmente segados por la mitad, consecuencia de un solo disparo. No fue un aro esa vez, sino una estrecha elipse adaptada al tiro en cuestión.

-¡Retirada! ¡Atrás, atrás todos!- ordenó a pleno pulmón Travis mientras disparaba inútilmente su arma láser. Miró detrás suyo y divisó los restos de un Warhawk estrellado, lugar hacia el que se dirigía Luzer como una bala. El sargento se puso en marcha al tiempo que escuchaba los terribles alaridos de sus hombres. No todos morían al instante bajo el azote de la energía verdinegra, muchos estaban partidos en dos o presentaban horribles heridas, y durante la acción de retirada los gritos iban en aumento.

-Mierda- se dijo asimismo el sargento frenando en seco su fuga y girándose para apuntar al imbatible enemigo.-"A ver que tal te sienta un disparo ahí"-pensó Travis enfilando con su ojo derecho el llamativo iris dorado de la criatura. El blanco no era demasiado pequeño pero la distancia y el movimiento de aquel globo (para nada luchaba inmóvil) hacían el tiro algo complicado. El sargento disparó su haz láser pero falló por unos centímetros, dejando un pequeño e inocuo círculo rojo que no pasó inadvertido a su oponente.

-¡Coño!- gritó sorprendido el oficial precipitándose bruscamente de cara contra el polvoriento suelo, chocando con tal fuerza que casi daña su careta protectora. Un devastador círculo le pasó por encima una fracción de segundo antes de que se echase cuerpo a tierra. La distancia y sus buenos reflejos le habían salvado la vida, pero el sargento esperaba de un momento a otro un nuevo disparo que no podría esquivar. Al incorporarse tan rápido como le fue posible un anónimo rayo láser pasó por su izquierda, e impactó en la destacada retina del flotante ser. Como consecuencia éste dejó de atacar y empezó a estremecerse, a la vez que su iris proyectaba de forma intermitente la misteriosa luz azul.

Travis miró detrás suyo y vislumbró a un soldado con la rodilla en tierra y el rifle bajado, señal inequívoca de que acababa de efectuar el propicio disparo. Era Luzer, que había retrocedido unos metros y esperó el momento adecuado para actuar.

-¡De pura chiripa! ¡No creo que le dure mucho el telele! !Vamos, vamos!- les voceó el soldado haciéndoles gestos con el brazo para que le siguieran. Era incuestionable que debían poner tierra de por medio ahora que gozaban de alguna seguridad.

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-¡Por el sagrado Fulgrim!- berreó enfurecido Segulus mientras asestaba un tremebundo mandoble a un dispositivo xenos que acababa de aterrizar. Aquel peligroso aparato emitió unas centelleantes chispas por donde había resultado escindido y dejó de ser una amenaza para nadie. El Lord Comandante había calculado su trayectoria y para cuando tocó el suelo ya le estaba esperando con la espada en alto. No obstante después fue consciente de que si hubiese golpeado unas décimas de segundo más tarde tal vez hubiese sido su última acción. La jugada le salió bien esa vez, pero algo en su interior le avisaba de que no debía tentar a la suerte de semejante manera.

El impetuoso Hijo del Emperador se detuvo entonces a contemplar el transcurso de la batalla y su mente empezó a rendirse ante la evidencia. Estaban perdiendo el combate, y por mucho. Allá donde posase la vista sólo veía tropas imperiales masacradas o intentando evitar dicho fin, tanto del Adeptus Astartes como del ejército. Aquellos sofisticados robots les dispensaban el mismo trato sin problema alguno, haciendo gala de un repertorio de ataques tan amplio como eficiente.

Un grupo de Dreadnoughts mantenía a raya varias torretas enterradas mientras una escuadra de legionarios se aproximaba para apoyarles. Los cañones de asalto regaban el agrietado suelo con cientos de brillantes casquillos, y un par de lanzallamas pesados transformaban litros de promethium en un llameante velo anaranjado que cubría sin dar tregua aquel firme lunar. Las torres no podían emerger sin recibir severos daños, y en cuanto llegasen los astartes usarían granadas o bombas para destruirlas aunque permaneciesen enterradas. Pero al llegar los intrépidos legionarios a su destino algún alejado globo flotante lanzó un veloz proyectil romboide que impactó justo en el centro del lugar. Seguidamente y de forma violenta una opaca bóveda envolvió la zona sumiendo su interior en la más absoluta oscuridad. Bólters y cañones ululaban a ciegas sin que casi pudieran apreciarse sus fogonazos, e incluso el calcinante manto de los lanzallamas era poco visible en medio de aquella negrura artificial. Después de numerosos disparos y algunos sobrecogedores alaridos la atezada cúpula empezó a diluirse hasta que permitió ver lo que desdichadamente era de esperar. Todas las torres subterráneas habían emergido y no quedaba en pie ni un solo astartes. El sucio terreno estaba sembrado en abundancia con sangre y chatarra imperial.

En otro sector un numeroso grupo de soldados de infantería avanzaba para apoyar a los Lobos Lunares, que para no ser menos recibían el mismo castigo que la diezmada III legión. Formados en filas algo distantes y disparando sin cesar sus rifles láser así como armas pesadas, esta multitud parecía aguantar los embates de aquellos robots asesinos. Los dispositivos voladores caían sobre ellos y las torretas los acosaban, pero dada su formación abierta y elevado número resistían con" moderadas" bajas.Sin embargo de manera súbita e inesperada todos aquellos enemigos dejaron de atacarles y un singular dispositivo rojo aterrizó en medio de la nutrida soldadesca. Los más próximos retrocedieron o se tumbaron esperando una explosión, cortante energía o cualquier otra clase de feroz ataque. Nada de eso, en su lugar se produjo una especie de vibrante onda de choque que sacudió hacia afuera todas las partículas violeta que se alojaban en el lugar. Tras levantarse aquella arremolinada polvareda y de forma sincronizada los soldados imperiales cayeron sin vida al suelo. Todos y cada uno de ellos sencillamente había dejado de respirar, pero ninguno presentaba el menor rasguño. Eran como marionetas a las que hubiesen cortado los hilos, como decenas de muñecos tirados por el suelo esperando que alguien los recogiera. Los soldados en retaguardia que tuvieron la suerte de no ser alcanzados por la invisible onda tenían delante el espectáculo más aterrador que jamás hubieran visto. Estaban acostumbrados a los horrores de la guerra, las mutilaciones, el sufrimiento y por su puesto la muerte, pero no a ver como en un enorme grupo sus compañeros se desplomaban al unísono sin razón aparente, de modo tranquilo y sin la menor violencia. Lo peor era que no parecían haber muerto, a través de los cristales de sus máscaras podían ver que muchos de ellos tenían los párpados abiertos, como si sólo estuvieran paralizados. Pese a que lógicamente no podían estar seguros ninguno de los supervivientes albergaba dudas sobre su estado. Estaban muertos, todos.

Las naves e infantería luchaban con todo el coraje y destreza que podían ofrecer, pero eso parecía no importar nada en absoluto. Su número se reducía de manera ineludible y cada vez más deprisa. En cambio las fuerzas acorazadas y artillería se hallaban intactas, lanzando obuses, rayos láser y otros proyectiles contra todo xenos que estuviese a su alcance. Si gozaban de este privilegio era porque aún no habían sido el blanco de sus enemigos, pero tarde o temprano todo llega..., y ahora les tocaba.

La fina y antinatural niebla colorada que les envolvía desde el inicio de la contienda empezó a espesarse y adquirir un tono ocre, como preludio al nuevo truco que iban a sacar de la chistera. Los globos y dispositivos voladores ya no se movían tan raudos como antes, y eso no era un buen presagio. Una de las aniquilantes torretas efectuó el primer disparo, pero no en forma de anillo verdoso sino como un grueso e interminable rayo tan negro que parecía carbón. El tétrico haz horadó limpiamente en ángulo el blindaje de un Falchion, y siguió su rectilíneo curso para hacer lo propio con un Rhino más atrasado. En cuestión de segundos aquellas oscuras barras destruyeron irremediablemente varios tanques, buscando siempre tiros que les permitiesen acertar a dos o más de ellos. Un par de dispositivos crearon un lazo de unión mediante aquella oscura energía y avanzaban a ras de suelo cercenando todo enemigo a su paso. Para destruir a la molesta artillería compuesta por Basilisk y cañones Thudd, los ominosos balones flotantes se adelantaron e imitaron a sus congéneres terrestres. Flotando a poca altura para logar óptimos resultados les dispensaban su correspondiente ración de energía negra. Ante aquella devastadora potencia de fuego las fuerzas imperiales contraatacaban sin seguir ya ningún tipo de estrategia, tan sólo disparando lo más rápido posible (arriesgándose a provocar fuego amigo) y procurando no caer demasiado pronto. Con aquel desesperado sacrificio hicieron estallar algunas torretas y artefactos, pero sin lograr que cayese ningún globo. Ni por asomo bastaba para resistir.

Titan Reaver disparando

El Titán Reaver disparando un abrasador chorro de plasma

Al verse presa de un exterminio sistemático e inexorable los invencibles astartes empezaron a darse cuenta de algo obvio, no lo eran. Muchos de ellos comenzaban a sentir una sensación ya casi olvidada, recuerdo de cuando eran simples hombres que aspiraban a convertirse en lo que ahora son. El miedo. No a la muerte o recibir cruentas heridas, sino a la derrota y el deshonor, a la impotencia e indecisión que les provocaba aquel enemigo ante el que no sabían como actuar. Se trataba de un imparable adversario al que no eran capaces de intimidar con su poder bélico. No podían asaltar su fortaleza, acabar con sus defensas ni tampoco derramar su sangre. Ese día los legionarios sufrieron en sus propias carnes lo que habitualmente sentían sus enemigos vencidos. Pelear era inútil, estaban sentenciados y nada se podía hacer... salvo intentar retirase.

-¿A qué carajo espera ese condenado Titán?- rugió el Lord Comandante mirándolo con desesperación. Pese a todo tenía alguna vana esperanza en la única baza que les quedaba por jugar.

Como si aquel imponente gigante de metal hubiese escuchado sus palabras un candente surtidor de plasma bañó a uno de los globos flotantes, a la vez que fundía otro artefacto xenos terrestre con su efectivo destructor turboláser de triple cañón. El poderosísimo bláster de plasma del Titán Reaver descargaba toda su cólera contra el repulsivo ser flotante, haciéndolo retroceder metros y metros con su deslumbrante energía que alcanzaba la temperatura de las estrellas. Cuando la asoladora descarga cesó aquella criatura aún se mantenía a flote, con su flanco derecho teñido por un color blanco puro repleto de fulgurantes grietas azuladas. El posterior giro brusco que realizó indicaba que aquel Titán Imperial había captado plenamente su atención.

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-¡Increíble! ¿Cómo es que ha soportado nuestra arma principal?- pronunció atónito el princeps observando aquella sólida esfera desde su trono de mando.- ¡Preparad otra descarga enseguida! A ver si el muy puerco es capaz de aguantar un segundo golpe- ordenó irritado ante el hecho de que su coloso no derribó a la primera lo que él veía como un fútil y gordo balón oscuro.

- Creo que nos disparará primero señor- le respondió uno de los moderati mientras llevaba rápidamente a cabo el mandato accionando el panel de control.

-Posiblemente, pero chocará contra nuestro escudo de vacío intensificado. Después golpearemos nosotros y esta vez va a caer. Por las incansables forjas de Marte que va a besar el suelo- replicó lleno de ira el princeps mientras usaba la conexión mental para subir la potencia del escudo energético. Sabía hasta donde era prudente "vaciar" las reservas del reactor de plasma para tal fin, pero dadas las circunstancias decidió que esta vez convenía forzar el límite algo más allá de lo sensato.

Con el lateral aún refulgente por la gran oleada de plasma el ingrávido xenos mantenía su única pupila fija en aquel Titán agresor. Sin previo aviso la totalidad de fuerzas xenos detuvo en seco el ataque. El resto de aparatos voladores comenzaron a elevarse y los terrestres se hundían más aún en la yerma tierra. La neblina ocre adquirió entonces un tono amarillo mucho más intenso, y el ojo del robótico engendro exhaló el conocido fulgor azul. Sin embargo esta vez no se trataba de un manto completamente uniforme lo que rociaba al gigante imperial, pues había una zona que empezaba a destacar con un inquietante centelleo.

- N... no- balbuceó Segulus con el corazón encogido (o mejor dicho los dos) por temor a lo que presentía que iba a ocurrir. Aquel sector del Titán era ni más ni menos que su indispensable eje central, el grandioso reactor de plasma.

-¡Nooooooo!- chilló con todas sus fuerzas el astartes con la mano extendida hacia la enorme máquina de combate, como si ese gesto fuera a evitar lo que ya era inevitable. Con un áspero crujido el redondeado xenos escupió un rayo aún más oscuro si cabe que los anteriores, deformando violentamente el aire cercano a su paso fruto de aquel innegable poder. El ariete negro chocó contra el sobrepotenciado escudo de vacío, disolviendo y apartando sus moléculas como una llamarada lo haría con un frágil castillo de naipes. Después le llegó el turno al blindaje frontal que ofreció un idéntico resultado, hasta alcanzar finalmente el trasero y buscado generador de plasma. La indeseada irrupción de energía xenos desestabilizó al instante el resguardado equilibrio del mismo, ocasionando un cegador estallido que pudo apreciarse tenuemente desde el propio Cometa Legendario.

La desbocada marea de plasma se extendió por el amoratado paisaje desintegrando absolutamente todo a su paso. Sangre, carne y metal se evaporaban al contacto de la blanca energía, ávida por consumir cuanta materia pudiese. Cuando alcanzó a Segulus el inicuo astartes sencillamente dejó de existir. Antes estaba pero una fracción de segundo después ya no. La vida de un ser en teoría inmortal había finalizado, junto con la de muchos otros más como él. Todo en un mero instante.

Explosion de plasma

Una sobrecogedora explosión asolaba el planetoide

La destructora cúpula energética empezó a disminuir y perder intensidad, hasta que expiró para mostrar el hondo cráter que delataba su origen. Por algún extraño motivo la explosión no fue para nada tan amplia como era de esperar, alcanzando un "escaso" radio de unos ciento veinte metros. Aquella luz negra que sirvió de detonante tuvo que modificar la reacción del estallido de plasma, haciéndolo más reducido pero probablemente más intenso. Un vasto círculo gris oscuro contrataba con el intenso color violeta del terreno adyacente. Donde antes tenía lugar un encarnizado enfrentamiento ahora no quedaba nada más que un gran vacío, tan despejado y estéril como la mesa de un quirófano.

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-¡Cof! ¡Cof!- tosió Hobrax mientras apoyaba ambos brazos para levantarse dificultosamente. Al no llevar casco para motivar más a sus legionarios la neblina del fino polvo de Serafis se alojaba en sus ojos y garganta, sin contar con el pequeño zumbido que sufría en la oreja izquierda. Para otra vez tendría que replantearse lo de ir a cabeza descubierta.

-¡Por la mismísima Cthonia! ¿Pero qué diantres ha pasado?- gruñó el capitán con una molesta sensación en la garganta.

-Creo que han hecho estallar el reactor del Titán. Hace años vi explotar uno pero el estallido fue mucho mayor. En cualquier caso podemos decirle adiós, y quien sabe a cuantos tanques ,soldados e Hijos del Emperador. Si estamos vivos es por encontrarnos en otro frente- le respondió Calamux recogiendo su espada del quebrado páramo.

El capitán de los Lobos Lunares observó confuso su entorno y percibió que ya no había combate. Las torretas xenos permanecían enterradas, y los dispositivos regresaban flotando hacía el techo del gran cubo como insectos que volvían tranquilamente a su colmena. La base enemiga estaba emergiendo de nuevo cual géiser y tan sólo aquellas voluminosas esferas negras permanecían inmóviles en su lugar.

De repente Hobrax reparó en que un grupo de nuevas "criaturas" se hallan a unos metros de él y sus hombres. Siendo aproximadamente una quincena formaban una derecha e impecable fila delante de ellos. Eran bastante delgados y con aspecto humanoide, salvo por la parte inferior así como las manos. En vez de piernas tenían una especie de tallo similar a una falda ancha, y sus entecos brazos terminaban en alargadas hojas puntiagudas. Todo su cuerpo mostraba un tono plateado algo sucio, exhibiendo varios de ellos irregulares marcas que tal vez eran efecto de anteriores combates. Los ojos y cuchillas brillaban con una intensa energía azul, y sus figuras levitaban a escasos centímetros del suelo sin que la "falda" llegase a rozarlo.

El que se encontraba justamente en medio se adelantó un poco, e hizo dos simples y escuetos gestos que pudieron ver los sacudidos Lobos Lunares. Primero señaló un extremo y desplazó la cuchilla horizontalmente hasta el otro, abarcando todo el espacio que ocupaban aquellos astartes. Después izó su fino apéndice hacia el grisáceo firmamento, casualmente en línea recta hacia el Cometa Legendario (aunque no era posible verlo desde allí). Aquel ser no había pronunciado ni media palabra, pero el mensaje no podía estar más claro.

-¡Eso ni soñarlo, basura xenos!- fue la primera respuesta que obtuvo por boca de un colérico astartes, ávido de justa venganza.

-¡Por fin dais la cara, putas gallinas! ¡Lupercaaall!- les imprecó otro desatado legionario abalanzándose contra el más próximo, espada sierra en mano y alentando al resto con su grito de batalla. La vista de seres humanoides con los que pudiesen luchar frente a frente supuso una revitalizadora inyección para su minado ánimo. Si no podían destriparlos y probar su sangre (en caso de ser también robots) les bastaba con arrancar de cuajo sus circuitos. Había que hacerles pagar caro aquella matanza, y esta era la ocasión.

Hobrax no había ordenado cargar contra los flacuchos enemigos, pero en ese momento ni una llamada del mismo Señor de la Guerra hubiera podido frenarlos. Compartiendo su deseo de venganza y dado que no quedaba otra, el capitán izó su resplandeciente bólter y empezó a correr hacia el que les dió el "ultimatum gestual".

A falta de unos metros para que se produjese el primer encontronazo el aire volvió a cambiar al anterior tono rojizo, provocando en los cascos marines la alerta de un campo de energía existente en el aire que se acrecentó hasta el punto de que parecía llover pimentón en el maldito Serafis. Cuando el primer astartes tuvo al alcance de su arma uno de los odiados enemigos arremetió con una recia y hábil estocada, intentando ensartarlo por en medio como a un animal que después quisiera asar. No obstante el furibundo Lobo Lunar se quedó sin cena, pues el xenos la esquivó a una velocidad que sencillamente no parecía real. En lo que el valeroso guerrero pudo apreciar como un sólo movimiento, la criatura se apartó lo justo y propinó un limpio tajo a la garganta de su agresor, rebanando ceramita, plastiacero y por supuesto blanda carne. El astartes llevó instintivamente su mano al cuello y poco después su sangre estaba regando aquella desecada tierra.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco... Nada más efectuar el primer ataque cada astartes recibía una mortal cuchillada, bien en el cuello, el pecho o en pleno rostro. Los combatientes más fieros del Emperador caían cuales fichas de dominó. Estos enemigos se desplazaban con tal rapidez que sus ojos de astartes sólo veían el final de cada movimiento, como si estuviesen presenciando los "saltos" de una grabación en la que faltaran imágenes. Frente a esa irreal velocidad los miles de horas de entrenamiento en lucha cuerpo a cuerpo y exánimes oponentes que atesoraba cada legionario resultaban completamente inútiles. Aunque adivinasen por donde iba a venir el golpe sus cuerpos no disponían físicamente de la rapidez necesaria para detenerlo o esquivarlo, y para postre aquellas cuchillas azul cobalto penetraban las servoarmaduras como si no existiesen. Con semejante ventaja a los xenos ni siquiera les hacía falta ser diestros luchando, pues ni la mismísima Legio Custodes sería rival para ellos.

Estos infructuosos mandobles dieron paso a varios disparos de bólter. Los Lobos Lunares más atrasados abrían fuego sobre aquellos levitantes enemigos, los cuales esquivaban la poderosa munición del mismo fugaz modo que las armas blancas. En tan sólo una fracción de segundo avanzaban a hipervelocidad sorteando las balas, y se colocaban enfrente de sus agresores para hacer lo que no es necesario explicar de nuevo.

El arma de Hobrax escupía sin cesar humeantes casquillos mientras sus pies lo hacían retroceder a toda prisa. Al principio avanzó disparando, pero nada más ver lo poco aconsejable que era la lucha cuerpo a cuerpo comenzó a recular sin pensárselo dos veces. El xenos "mensajero" eludía los proyectiles tan bien como los demás, pero la maestría del capitán le hacía avanzar algo más dificultosamente. Sin embargo el astartes se dió cuenta de que eso no le impediría alcanzarle, y una vez llegado ese punto se convertiría en otro caído más. Haciendo trabajar desesperadamente a su cerebro la ferviente actividad neuronal le suministró un arriesgado plan. Sin dejar de abrir fuego y cuando su adversario empezaba a estar cerca Hobrax saltó de espaldas cayendo pesadamente en el morado firme. Por muy rápida que fuese la criatura al ser alta e ir levitando le resultaría más dificultoso atacar a alguien que estaba tumbado, pero Hobrax podía disparar perfectamente en aquella postura.

El temerario movimiento funcionó mejor de lo que esperaba. El xenos se detuvo un mero instante y procuró evitar un disparo desplazándose a la izquierda, pero no era tan veloz como para poder esquivar una bala desde tan sumamente cerca. Recibió un impacto en el costado y el mortífero proyectil explosivo ocasionó un tremebundo destrozo, haciendo salir por la brecha un incontrolado surtidor de oscura energía azul.

-¡Muere, asqueroso bastardo!- fueron las grandísonas palabras que le dedicó el capitán mientras incrustaba la punta de su espada de energía en pleno estómago, y reventaba su cabeza con un segundo tiro de bólter justo entre aquellos ojos añiles.

El ser se desplomó hacia atrás y Hobrax se levantó como un rayo para rematarlo por si fuera necesario, aunque al haberle desposeído de su testa era improbable que siguiese "operativo". El capitán le echó un rápido vistazo y observó como la energía azul se escapaba por los boquetes, hasta que soló quedó lo que supuso era una coraza vacía. No parecía un ser vivo ni tampoco una máquina ¿A qué se estaban enfrentando entonces?

Alzó la mirada y vió como sus curtidos marines perecían sin remedio, casi tan rápido como el movimiento del que hacían gala sus famélicos verdugos. Reparó en uno de los cuerpos al ver una insignia en su pierna que conocía muy bien, una cruz plateada con los bordes ondulados. Su apreciado sargento Calamux estaba tendido de espaldas, con una honda brecha en el pectoral por la que fluía sin parar el indispensable líquido rojo. Aquel hombre le salvó el pellejo en más de una ocasión, pero Hobrax no fue capaz de corresponderle ese día.

Con toda la furia que podía albergar un ser humano, el capitán se dispuso a utilizar su recurso de emergencia. Agarró con firmeza una granada y la arrojó lleno de cólera contra el grupo más compacto de enemigos, los cuales habían "despachado" a varios de sus chicos y en ese instante mantenían la posición esquivando disparos de bólter.

-¡Comeos esto, malnacidos!- gritó rábido acompañando el lanzamiento de la bomba. Esta chocó contra el pavimento y tras rodar un par de metros se detuvo cerca de las fugaces criaturas, justo donde quería Hobrax. La granada estalló y una desenfrenada energía púrpura comenzó a arrastrarlo todo a su interior. La recién creada grieta hacia el espacio disforme se tragó al enemigo más cercano, e iba a hacer lo mismo con el resto pese a que intentaban alejarse de su ineludible atracción.

Sin embargo aquellos xenos se caracterizaban por sus excelentes capacidades defensivas, y este implacable ataque no llegaba a sobrepasarlas. La densa niebla granate cambió de improviso a un tono amarillo intenso, tanto que el paisaje parecía haber recibido un descuidado brochazo de pintura color limón. El efecto de este cambio estético se hizo patente de inmediato en la puerta hacia el Empíreo, reduciéndola de tamaño hasta convertirla en un mero recuerdo. Una vez eliminado aquel peligroso vórtice la neblina volvió a tornarse roja, como los charcos de sangre que bañaban el suelo de aquella recóndita luna.

Todos los marines permanecieron detenidos y pasmados ante aquel fenómeno. Habían cerrado una grieta al Inmaterium en menos de tres segundos, tan fácil como el que cierra la tapa de un baúl. A continuación, uno de los seres que eludió su fatal destino gracias a la cortina gualda avanzó en dirección hacia el astartes más cercano, y esté hizo algo que ni él mismo podía creer. Retrocedió asustado.

Los Lobos Lunares habían recuperado confianza al tener delante a enemigos con los que podían luchar mano a mano, sólo para perderla poco después al ver que les aniquilaban con toda facilidad. Pero el "espectáculo" de observar como igualmente neutralizaban una granada de vórtice les privó del escaso coraje que aún poseían. ¿Hasta dónde llegaba la tecnología de aquellos crípticos alienígenas? ¿Acaso superaban en todo a las poderosas fuerzas del Imperio? Reaccionando como su compañero y de manera involuntaria otro astartes dió un par de pasos atrás cuando se le acercó el peligro. Ahora sí que un patente miedo empezaba a invadirles, y era muy contagioso.

-¡Basta! Vosotros ganáis, nos retiramos- profirió en alto el capitán dejando caer sus armas y extendiendo hacia adelante ambas manos. Ver a sus marines titubear en la lucha fue un claro indicio de que había llegado el momento de dejarlo.

-¿Qué?- artículo patidifuso uno de los Lobos Lunares, desplazando la vista desde el punto de mira de su arma hasta el oficial claudicante.

Hobrax Capitán Lobos Lunares

El Capitán Hobrax justo antes de ordenar la retirada

-Lo que habéis oído. Bajad las armas y retroceded despacio. Segulus probablemente ha muerto en la explosión y por tanto yo asumo el mando. Atrás todos, es una maldita orden- dejó bien claro Hobrax a sus marines a la vez que recogía con cuidado sus armas y empezaba a caminar de espaldas. Muy indecisos (pero en definitiva obedientes) los astartes acataron su deseo y recularon poco a poco, mientras los ingrávidos enemigos se mantenían quietos contemplando aquel inaudito repliegue. Les permitían marcharse y conservar el pellejo, algo mil veces más humillante para un legionario que caer en batalla.

-Atención todas las fuerzas, soy el capitán Hobrax. Con nuestro Lord Comandante desaparecido ahora yo estoy al mando, y ordeno retirada general hacia la zona de despliegue del ejército. Retrocedan sin abrir fuego, a no ser que les ataquen directamente. Son dos órdenes muy claras, así que obedezcan de inmediato y sin discutir- decretó el capitán a las tropas mediante el comunicador de su gorguera.

-Ni mucho menos esto se ha terminado ¿Me entendéis? Volveremos, juro por nuestro amado Emperador que vamos a regresar muy pronto- habló en voz alta el capitán para que todos lo escuchasen, señalando con la reluciente espada al grupo de larguiruchos xenos.

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-Bueno, pues parece que se acabó la fiesta. Volvamos a casita enseguida, antes de que nos manden recoger todo este desorden- declaró el soldado Luzer con ironía y asomándose por entre los restos del Warhawk abatido.

-¿En "este desorden" incluyes a los cientos de hombres muertos hoy aquí?- le espetó el sargento Travis, visiblemente molesto por su frívola actitud.

-Vale, un mal chiste. Ya cierro la boca- contestó Luzer entendiendo que se había pasado de la raya.

- Mas bien nada apropiado e irrespetuoso. En fin, dirijámonos al punto de desembarco a todo correr. Por cierto, ya hablaremos de tu "valerosa actuación", esa en la que saliste huyendo el primero- le reprendió Travis al tiempo que oteaba el horizonte en dirección a la zona de llegada.

-Ni tú mismo crees que actuase mal, y de nada por auxiliarte después- le contestó el soldado con aquel tono condescendiente que tanto irritaba al sargento. Cualquier día le iba a...

-¡Malditos seáis! !Esto váis a lamentarlo más de lo que podéis imaginar!- sollozó Lennia por culpa de la interminable matanza que desfilaba ante sus retinas. Ella y los pocos supervivientes de la escuadra se desplazaban hacia el lugar ordenado, sorteando destrozados cadáveres y montones chatarra en cada paso. Para la médico de combate era una visión harto insoportable.

-Por esos no derrames ni una lágrima. Ya sabes que les encanta dar su vida por el Emperador, y a mí aún más que lo hagan- le dijo Luzer apuntando con su rifle hacia una pareja de Hijos del Emperador hechos papilla. Si no fuera porque cientos de sus compañeros también acababan de perderla, este sería el momento más feliz de su carrera. Docenas y docenas de astartes reventados por doquier, y los que no cayeron huían temerosos. Lástima no poder sacar una pictografía de aquel bello cuadro, pero ya se haría con alguna después.

-Como vuelvas a abrir eso que te sirve de boca va a ser lo último que hagas. Nunca he hablado tan en serio, así que no tires más de la cuerda, o se romperá- pronunció lentamente el sargento al dirigir a Luzer una mirada más amenazante que el doble cañón de un Falchion.

El inaguantable soldado hizo el gesto de pasar su mano horizontalmente cerca de sus labios, dando a entender la expresión "cremallera". Sorteando a los hombres y vehículos caídos el pequeño grupo de infantes imperiales marchaba sin riesgo, pues no sufrían ya ataque por parte de los xenos- "Tan apacible como cuando llegamos. En cualquier caso el paisaje ha mejorado en ciertas zonas"- pensó Luzer sin llegar a verbalizar dicho pensamiento, sabedor de que "la cuerda" estaba al límite de su tensión.

CAPITULO SIETE: Adeptus Investigatus Editar

El Lord Capitán sostenía la mirada sobre uno de los ventanales del Cometa, observando el regreso de las naves de rescate que partieron minutos antes. Su vista estaba fija y perdida al mismo tiempo, siguiendo lentamente el vuelo de los transportes y con la mente anegada por mil y un pensamientos ¿Realmente estaban viviendo aquella situación o todo era una horripilante pesadilla?

Cuando finalizó la batalla tras la orden de retiro dada por Hobrax el páramo lunar quedó en relativa calma. El esquivo megacubo se desplazó flotando hasta volver a posarse dócilmente, cercano al borde del aquel descomunal agujero cuadrado que "excavó" para ocultarse. Una grandiosa puerta triangular se elevó con un estridente chirrido para dar salida a los dos imponentes vehículos mineros. Estos se dirigieron en línea recta hacia su anterior lugar de trabajo, aplastando hombres, máquinas y hasta los propios robots xenos como el que pisa las hojas de un bosque. Esta sangrienta batalla no les había supuesto más que unos minutos de retraso en su labor de recolección. Habían acabado con la molestia, de modo que ya podían volver a su tarea.

Por su parte lo que quedaba del bando imperial estaba reunido en la zona donde desembarcó el ejército, a la espera de naves que los regresaran al Cometa Legendario. En la lucha cayeron todas las que tenían, junto a la práctica totalidad de blindados y unidades artilleras. Las tropas de a pie formaban una masa sin orden ni concierto de soldados, Hijos del Emperador y Lobos Lunares. Lo que antes era una extraordinaria y amenazadora fuerza bélica ahora daba auténtica pena. Decenas de hombres generalmente maltrechos y temblorosos, con la cabeza alzada a la espera de un "autobús" que los devolviese a casa.

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-Tomen asiento caballeros- les invitó el capitán Rakkis con la faz más seria que había puesto en su vida. Hobrax había concertado una reunión de emergencia en el puente de mando, a la que asistían un capitán de los Hijos del Emperador que permaneció en la nave, Rakkis, sus dos tenientes, el coronel Benson a través una pantalla pictográfica y el propio capitán de los Lobos Lunares. Dando oficialmente por muerto a Segulus y puesto que Hobrax era el oficial astartes más veterano de a bordo el peso del mando recayó en él. El otro capitán de los Hijos del Emperador pudo haber solicitado dicho puesto, pero no lo hizo porque no estaba seguro de querer la "papeleta" que suponía estar al frente de tan peliaguda situación.

Gracias ¿Cómo se encuentra coronel?- pronunció Hobrax dirigiéndose a la pantalla que habían colocado sobre el mapa estelar. La imagen mostraba al viejo Benson siendo atendido en la enfermería. Sobrevivió a la caída de su caza y uno de los pilotos cargó con él hasta la zona de extracción. El otro no tuvo tanta suerte y falleció en el duro impacto. El caso era que presentaba múltiples heridas leves, salvo en el tobillo derecho que estaba prácticamente colgando.

-He estado mejor. El médico dice que salvaré la pierna, pero con toda seguridad se me acabó el bailar- contestó Benson con una amarga sonrisa.

-Considerando los hechos creo que ha tenido suerte de seguir entre los vivos. Escapó de la muerte a un precio bajo, y eso es lo importante- le contestó el capitán astartes.

-Bueno, no es perder el tobillo lo que más me duele ahora mismo- respondió Benson, haciendo clara alusión a los cientos de hombres que habían perdido más que eso.

-Claro, por supuesto coronel. Como es lógico por eso nos hemos reunido, para tratar un asunto muy complicado que puede resumirse en una sencilla y escueta pregunta ¿Ahora qué hacemos?

-Pues está bien claro señor, lanzar una segunda ofensiva y erradicarlos de una vez por todas. No podemos permitir que un puñado de máquinas xenos logre lo que ninguno de nuestros enemigos ha conseguido nunca, ponernos de rodillas. Aún disponemos de muchos efectivos y conocemos sus tácticas, así que lograremos vencerles planificando bien el ataque. Lo que han hecho de ninguna manera puede quedar impune, supongo que estamos todos de acuerdo- presumió Meltenius, el capitán de los Hijos del Emperador.

-Pues me temo que supone mal, porque en lo que a mi respecta no puedo estar más en desacuerdo con la idea de una segunda oleada invasora ¿Acaso no ha visto las grabaciones capitán? Nuestra tremenda fuerza nos sirve de muy poco en este caso. Hasta un ciego vería claro que a este enemigo no le podemos derrotar, al menos hasta que sepamos más sobre él. Eso es lo que necesitamos, información. Aunque hayamos visto sus técnicas de combate no sabemos ni como funcionan ni mucho menos la forma de contrarrestarlas. La realidad es que no sabemos una mierda, capitán Meltenius- arguyó Rakkis de manera que parecía estar regañando a un niño de diez años. Durante la batalla las naves realizaban grabaciones automáticas que eran enviadas al Cometa en tiempo real, y gracias a este sistema se podía observar el desarrollo de la misma además de almacenar valiosa información para evaluar a posteriori.

-Tiene razón- dijo Hobrax antes de que el Hijo del Emperador pudiese replicar -Concuerdo en que tenemos que borrarlos del mapa, eso no admite debate, pero la cuestión es como. Tengo mis propias ideas pero quiero también escuchar las suyas. Soy todo oídos caballeros- dijo el Lobo Lunar mirando una pantalla en la que se sucedían en bucle las múltiples imágenes del fatídico encuentro.

Adeptus mechanicus examinando

Un miembro del Mechanicus investigando los restos enemigos

-Mientras se retiraban al punto de extracción algunos de mis hombres recogieron partes de esos artefactos xenos cargándolas en blindados. En estos momentos el Adeptus Mechanicus las examina concienzudamente para tratar de entender su tecnología. Creo que debemos decidir que hacer en base a lo que averigüen- manifestó Benson mientras un doctor hacía numerosos preparativos junto a su camilla.



-¿Cómo no se me dijo antes? ¡Por supuesto que haremos eso! Excelente trabajo el de sus hombres. Doy por hecho que los recompensará como merecen, con un ascenso como mínimo ¿Cuanto tiem...? -pudo articular Hobrax antes de ser interrumpido bruscamente.

-Lo siento mucho señor, pero esperar más dificultaría la intervención. Tenemos que operar el tobillo del coronel ahora mismo- explicó de forma directa el jefe médico al legionario astartes.

-Está bien, proceda. Benson, usted ahora tan solo descanse. En cuanto esté lo suficientemente recuperado volveremos a hablar. Avíseme doctor- le ordenó Hobrax. El médico asintió y un ayudante empezó a empujar la camilla del baqueteado oficial. La enfermería era todo un muestrario de heridas de guerra, donde el personal sanitario no daba a basto para atender a las decenas de soldados que fueron evacuados de Serafis. En lo que respectaba al lado astartes la situación era aún peor, ya que los apotecarios se podían contar literalmente con los dedos. Bastantes hombres fueron abandonados a su suerte en aquella detestable luna. No había medios para evacuarlos y aunque así fuese tampoco hubieran podido atenderlos. El límite fue sobrepasado con creces porque nunca se esperó que ocurriese tal situación en un carguero.

-Yo opino... -acertó a decir Meltenius antes de que Hobrax le cortase tajantemente con un gesto de su mano izquierda -Después escucharé lo que tengan que decir. Ahora mismo lo único que quiero oír es el informe del Adeptus Mechanicus. Pónganme con el máximo responsable que llevemos a bordo- expresó el astartes dirigiéndose a los tenientes del navío.

-Aquí el teniente Crasen, el capitán Hobrax desea hablar con el magos biologis de inmediato. Responda a la llamada- comunicó el oficial siguiendo aquel mandato.

Pasaron un par de incómodos minutos y al fin el intercomunicador dio señales de vida -Aquí el magos Cobrezze, lamento la espera señor pero jamás mi equipo y yo hemos estado tan ocupados. Le escucho- se disculpó nervioso el mandamás del Adeptus Mechanicus.

-Es muy simple. Preséntese ahora mismo en el puente de mando con un informe de todo cuanto hayan descubierto hasta ahora. Por supuesto que sus hombres continúen investigando y avisen de cualquier dato relevante, pero a usted quiero tenerlo ante mí porque necesitamos respuestas ya- decretó el capitán astartes con suma impaciencia.

-Eh, verá señor lo cierto es que no es mi especialidad. En este caso se trata de analizar tecnología supuestamente robótica, no criaturas xenos "vivas" . El más indicado posiblemente sea nuestro magos dominus, quien actualmente lleva el mayor peso de la investigación- explicó algo temeroso dado el tono de voz que percibía en Hobrax.

-¡Quién sea! ¡Le quiero aquí ahora mismo y con respuestas! ¿O acaso prefiere que vaya yo hasta allí?- rugió amenazadoramente el capitán. Estaba claro que la situación alteró su habitualmente sosegado carácter, cosa muy comprensible en semejante contexto.

-¡No, no, señor! Voy a avisarle y le verá enseguida. Mis disculpas otra vez- respondió el magos justo antes de salir corriendo para buscar a su tocayo.

-¿Por qué no me puso directamente con él?- preguntó enojado Hobrax al teniente.

-Lo lamento, pero el magos biologis es quién está a la cabeza del Adeptus Mechanicus en este buque. Tenga en cuenta que lo habitual es toparse con xenos biológicos, no exclusivamente con máquinas sin nadie que aparentemente las dirija. Es por eso que la división biologis posee el mando- se defendió Crasen de la inquisidora mirada que le dirigía el marine.

-Comprendo, pero ahora no necesitamos expertos en biología o genética sino en maquinaria y robots ¿Que tan competentes son los que llevamos a bordo?- preguntó el capitán, posando ahora sus ojos en Rakkis.

-Saben lo que hacen como es natural, pero sinceramente no es nuestro departamento mejor preparado del Mechanicus- le respondió con franqueza el Lord Capitán.

-Pues van a tener que superarse a sí mismos, porque necesito que sean los mejores de todo el Imperio- declaró el Lobo Lunar sin la menor muestra de que estuviese exagerando.

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-Mis saludos capitanes, mayor y tenientes- pronunció nada más entrar en la estancia el magos dominus. Hizo su aparición pocos minutos después de ser llamado, portando una placa de datos junto a una caja cerrada de tamaño mediano. Algo antes de su llegada se sumó a la reunión el mayor Holguen, siguiente en el escalafón del ejército debido a la ausencia del coronel. Un hombre de menor edad y experiencia pero con la preparación adecuada para reemplazarle llegado el caso.

-Puede sentarse e iniciar el informe- le instó Hobrax sin disimular su ansia por la información. El magos tomó asiento frente al astartes con algo de dificultad y dejó lo que portaba sobre la mesa. Como era habitual entre las filas del Mechanicus exhibía numerosos implantes cibernéticos, entre los que destacaban principalmente varios tentáculos biónicos o mecadendritos, bastante largos y sinuosos partiendo de su espalda a través del grueso hábito encarnado que usaba como atavío.

-Bien, antes de empezar quisiera dejar claro que nos encontramos ante la tecnología más avanzada e inescrutable que jamás haya visto el hombre. Aunque mi departamento quizás sea el más cualificado para estudiarla igualmente los demás contribuyen cuanto pueden. Artesanos, transmecánicos, lexmecánicos y hasta nuestro magos prime estudian algunos de los restos xenos sin descansar, aunque con poco éxito debo decir- explicó el tecnosacerdote de la Legio Cibernética.

-Pero usted ha tenido más, ¿no es cierto magos...?- preguntó el astartes que ni siquiera sabía el nombre de su interlocutor.

-Gromek señor, dominus Gromek. Y sí, hemos descubierto algunas cosas interesantes, pero ya le aviso que nada que pueda servir para combatirlos. Este es el mayor hallazgo tecnológico de nuestra historia, y eso supondrá mucho tiempo de análisis y estudio- le previno el técnico.

-No es lo que quiero oír- respondió Hobrax con una desagradable mueca.

-Ya lo supongo, pero esa es la realidad y no voy a mentirle para evitar su enfado. Dado que esta situación es de extrema gravedad e importancia requiere hablar claramente- contestó Gromek.

-Por desgracia todos nuestros tecnomarines han caído en la batalla. Seguro que ellos hubieran podido averiguar algo útil- intervino Meltenius con un manifiesto desdén hacia el siervo del Dios Máquina.

-Con el debido respeto hacia sus fallecidos compañeros le aseguro que no sería así. Estamos ante lo nunca visto señores, no guardan el menor parecido con nada que haya visto jamás en la Legio Cibernética. Nadie, absolutamente nadie por muchos conocimientos que tuviese podría obtener conclusiones sólidas. Ni los más veteranos tecnosacerdotes de Marte les darían las respuestas que buscan, y mucho menos en tan poco tiempo. Además ni siquiera cuento con el equipo más adecuado para el estudio, aunque dado este excepcional caso no creo que importe demasiado. No sólo es que no alcancemos a comprender el funcionamiento de su ciencia, es que ni siquiera cuadran algunas leyes físicas ¿Comprenden? No ya la tecnología, las leyes físicas- expuso Gromek haciendo un entendible énfasis en sus últimas palabras.

-No puede ser- acabó diciendo Holguen tras unos segundos de estupefacción por parte de todos los presentes.

-Visto lo visto yo ya me lo creo todo- terció Rakkis antes de que el magos dominus pudiese responder- ¿Está completamente seguro de eso?

-No le quepa la menor duda. Las pruebas a nivel atómico que hemos realizado demuestran que en ciertos casos seguían otro patrón diferente al natural. Al principio nos negamos a creerlo y pensamos que era un error, pero luego nos vimos obligados a aceptar la evidencia. Si estuviéramos en el Inmaterium o detectásemos algún signo disforme en ellos podría entenderse, pero estamos en el espacio real y nada indica que guarden relación con el caos. Cualquier otro miembro del Mechanicus se lo confirmará- aseveró Gromek sin el menor titubeo, después de consultar su placa usando un mecadendrito manipulador.

-Está bien. Denos su informe y ya decidiremos lo que sirve y lo que no- habló Hobrax mostrando una pose reflexiva. Por poco reveladora que fuese la información siempre sería mejor que nada.

-Primero expondré lo que sabemos con "relativa certeza", por decirlo de algún modo, y después nuestras principales teorías- dijo el técnico.

-Déjeme adivinar ¿A que hay mucho más de lo segundo que de lo primero?- irrumpió el capitán Meltenius, quien no parecía dar el menor crédito a la labor del magos.

-Está en lo cierto, pero no vaya a pensar que cualquiera puede elaborar teorías, al menos que sean coherentes- le respondió Gromek, devolviendo así el agravio.

-Basta de estupideces. Empiece de una vez, y más vale que nadie interrumpa con preguntas inútiles- ordenó el capitán de los Lobos Lunares, a punto de perder la entereza que procuraba mantener.

-De acuerdo. En primer lugar dos afirmaciones con la que pueden estar en desacuerdo. No son exactamente robots, ni tampoco conforman un ejército o fuerza de combate- dijo el tecnosacerdote esperándose una mala reacción.

-¿Me está tomando el pelo? ¿Qué no son un ejército dice?- pronunció en voz alta Hobrax y con perceptible incredulidad.

-Rotundamente no. Pese a su increíble capacidad combativa no encajan en esa definición. Más bien constituyen un sistema defensivo. Si ve más allá de la derrota que nos han infligido y se fija atentamente en sus tipos de unidades y como se comportan tendrá que darme la razón- alegó el magos dominus con seguridad.

-Mmm... Puede que la lleve desde ese punto de vista, pero si eso es cierto y disponen de un ejército "de verdad" no quiero ni imaginármelo ¿Y además si no son robots que diablos son entonces?- preguntó el astartes mientras su mente evocaba la destrucción de aquel grácil ser ultrarápido.

-Lo más correcto sería llamarlos artefactos o dispositivos, ni tan siquiera máquinas porque no hay "maquinaria" propiamente dicha en su interior. Casi carecen de partes móviles y no emplean electricidad sino otro tipo de energía. De hecho -y esta es una de las teorías- creemos que esa energía es la que compone el mecanismo interno. Para que lo entiendan, maquinaria y combustible fusionados en uno. Todo lo que estamos analizando son meras carcasas huecas, así que por fuerza algo debe "animarlas". Si no es materia sólida como en cualquier mecanismo debe ser energía. Quizás Interna o quizás proveniente del exterior, pero por fuerza ha de ser así porque con la estructura que presentan estos artefactos no pueden funcionar por sí solos- argumentó el adepto del Mechanicus.

-Eso será porque están hechos añicos. Nuestros blindados y artillería dieron buena cuenta de ellos- habló el mayor con perceptible orgullo en sus palabras.

-Por muy fuerte que sea el impacto no eliminaría todo aquello del interior dejando sólo la envoltura, a menos que el interior no fuera material como sostengo. Permitan que les enseñe algo muy curioso- dijo el magos abriendo la caja que trajo consigo y extrayendo un plateado trozo de metal con varias marcas negras.

-¿Ve los impactos de bólter capitán? No consiguieron atravesar esta chapa- evidenció Gromek sosteniendo con su mano derecha el pedazo ante el lobo lunar.

-Eso ya lo veo ¿A dónde quiere llegar?- preguntó el astartes.

-A esto- respondió el tecnomago apartando su mano diestra, y efectuando luego un disparo con uno de sus tentáculos sobre la desconcertante pieza. La bala de la pequeña arma de fuego perforó la superficie y rebotó en una pared provocando algunas chispas, hecho que dejó boquiabiertos a todos los de la sala.

-Probablemente fuese la energía que hace mover estas cosas lo que endurecía de algún modo su blindaje. Si su tecnología no es física sino más bien energética sencillamente no está aquí- manifestó el dominus arrojándolo al suelo con indiferencia, como el que tira una desdeñable colilla.

-Asombroso, debo admitirlo ¿Un sistema para que nadie pueda entender ni copiar su ciencia?- preguntó Hobrax volviéndose a sentar despacio, pues se había levantado involuntariamente al ver como el magos atravesó si problema algo que minutos antes era casi impenetrable.

-Bien pudiera serlo. No encontramos restos del córtex o lo que sea que les proporcione su inteligencia artificial, pero podría ser que se autodestruyese al resultar dañado el artefacto, o bien están todos dirigidos a distancia. Francamente no lo sé, ni creo que pueda averiguarse con lo que tenemos- le contestó.

-Tal vez estemos ante un caso similar al de los Hombres de Hierro, aquel enorme desastre ocurrido durante la Era oscura de la Tecnología. Estas máquinas o lo que rayos sean ya no obedecen a sus creadores xenos y están descontroladas, lo que supondría una razón de más para destruirlas cuanto antes- intervino el capitán Meltenius con anhelante deseo por pasar a la acción.

-Posible, pero poco probable. Están a la defensiva ocupándose de extraer mineral de Serafis, no dan la impresión de haberse vuelto locas sino todo lo contrario. Por otra parte quienes las hayan diseñado deben poseer un intelecto de increíble magnitud, sería raro que no hubieran previsto tal cosa- razonó el miembro del Adeptus Mechanicus.

-¿Sabemos qué buscan en esa perdida luna?- demandó Evans participando así en la reunión.

-Antes de la batalla enviamos un equipo a recoger muestras en los socavones que dejaron esas excavadoras gigantes y nos enviaron los datos antes de..., dar todos su vida por nuestro Emperador- terminó Gromek la frase con pesadumbre.

-Aparte de algún metal o gas que puede encontrarse en otros lugares del planeta hallaron una abrumadora concentración de bantrenio, un mineral poco común de nulo valor y escasa utilidad. En algunos mundos primitivos se usa a modo de combustible cuando no hay otra cosa, porque hasta la madera desprende más calor cuando arde. No obstante estoy seguro de que estos alienígenas le sacarán más partido. Ni idea de como o para que lo usan, pero sin duda les es valioso- concluyó el técnico.

-Otro misterio más para la colección. Casi diría que cuanto más investigamos menos sabemos- dijo Rakkis negando con la cabeza.

-¿Qué más? Ya va siendo hora de que me dé algo, ¿no le parece?- instigó el capitán Hobrax al dominus.

-Más o menos eso es todo lo importante, el resto son teorías. Hacemos todo lo humanamente posible señor, y ya le dije que no hemos descubierto aún nada que les sirva en combate- alegó en su defensa el magos que mantenía la calma pese a la presión.

-Pues ni de lejos es suficiente. Por el momento hágame un breve resumen de esas dichosas teorías. Breve, ¿comprendido?- gruñó el astartes esperando obtener información útil de una vez.

Adeptus mechanicum

Los robots de la Legio Cibernética eran lo más parecido a sus inescrutables oponentes

-Bien señor. Esa perturbadora luz azul creemos que es algún tipo de sensor, diseñado para analizar y por tanto encontrar los puntos débiles del enemigo. Dense cuenta de que no han empleado nada para lo que nuestros legionarios tuviesen defensa. Ni gas, ni veneno, ni cegadores destellos o ensordecedores ruidos. Todos sus ataques -y no digamos ya sus defensas- rebosaban efectividad. Por eso nos miran tanto con ella. Sabían qué era y donde estaba el reactor del Titán, y por otro lado recuerde las decenas de soldados caídos de golpe y sin motivo aparente. Creyendo varios de sus compañeros que no estaban muertos trajeron algunos a bordo, y el Officio Medicae ha dictaminado que en sus cuerpos no hay el menor rastro de electricidad. Aquel dispositivo los "apagó", como hicieron esos globos negros -que parecen de un nivel superior y diferentes a los artefactos- con la nave del coronel, entre otras. Luego está esa colorida y cambiante niebla que suponemos genera su gran base cúbica, empleada para aumentar según convenga la capacidad de sus unidades en batalla. Hemos visto como se desplazaban más rápido o disparaban con mayor potencia en función de la neblina presente, y hasta puede cerrar una grieta disforme como hemos podido observar en la videografía que recogió su casco. Armamento, defensas, sistemas de apoyo... Toda su ciencia parece basarse principalmente en energías que nos son desconocidas. En cuanto a su procedencia es casi seguro que vienen de otra galaxia, y por su actitud no parece que hagan otra cosa más que defenderse- expuso Gromek haciendo un esfuerzo por resumir hasta que fue interrumpido.

-¿Defenderse? ¡Asesinaron a toda una escuadra de Hijos del Emperador! ¿Lo ha olvidado acaso?- se alzó rabioso el capitán Meltenius fulminando al magos con su mirada.

-No tenemos videografías de ese momento pero según la escuadra imperial de apoyo habían sin duda disparado sus armas, que debió ser lógicamente antes de la explosión que los mató. No es mi intención echarles la culpa de su propia muerte, pero creo que ellos abrieron fuego antes por seguridad y los xenos respondieron- contestó impasible el magos dominus. Al igual que el capitán Rakkis los astartes no le atemorizaban en absoluto, ni tampoco los consideraba superiores.

-¡Esto ya es demasiado! ¡No voy a consentir que un sabiondo...!- vociferó Meltenius siendo detenido otra vez por un brusco gesto de la mano de Hobrax.- Estoy seguro de que actuaron conforme a las órdenes, pero en cualquier caso ahora ya no importa. Estamos en guerra con estos peligrosos xenos por lo que han hecho, empezase quien empezase- dejó bien claro el capitán de los Lobos Lunares.

-Escaneadores- musitó tímidamente el piloto Evans.

-¿Qué?- dijo el capitán Rakkis volviendo la mirada hacia su subalterno.

-Tarde o temprano habrá que ponerles un nombre. Si esa condenada luz azul es alguna clase de escáner podríamos llamarlos así, ya que la emplean tanto- explicó así el teniente su breve intrusión.

-Muy bien, pero en este momento la cuestión es qué hacer con esos malditos "escaneadores". Ponerles nombre no soluciona mucho, pero diría que es más útil que todo lo que me ha contado, dominus Gromek- dijo Hobrax nada contento con el informe que escuchaba.

-Ok, ¿quiere oír algo últil? Pues le voy a dar mi opinión sobre este asunto- habló el sacerdote con un tono algo desafiante.

-No se la he pedido, ni creo que me interese oírla- respondió Hobrax haciendo gestos negativos con la cabeza.

-Pues se la voy a dar igualmente. Nos hemos topado con el mayor descubrimiento científico de nuestra era, unos seres cuya ciencia casi sobrepasa lo imaginable y que nos han arrollado en combate. Usted quiere devolver el golpe y eso lo entiendo, pero tal cosa es simplemente inalcanzable. Su tecnología no es superior a la nuestra, es que está varios peldaños por encima. Aunque le resulte inconcebible son demasiado fuertes para nosotros, o mejor dicho para cualquier civilización de esta galaxia. Yo estoy convencido de que si no pulverizan nuestra nave es sólo porque no quieren, capacidad para ello no creo que les falte. Capitán, hemos de llevar los restos que estamos analizando directamente a Marte, para que puedan ser estudiados adecuadamente y por supuesto informar de todo a nuestro Comandante Supremo Horus y el propio Emperador. Olvide la venganza por un momento y larguémonos de aquí, si es que nos dejan- declaró el magos sin tapujos.

-Estoy con él. Ya le hemos intentado y no hemos conseguido más que empeorar la situación. Fuimos a vengar una escuadra y perdimos cien veces más que eso. Teniendo en cuenta lo que sabemos de ellos , o sea casi nada, la mejor opción es retirarse e informar. Que nuestro Emperador decida el curso a seguir- secundó Rakkis al adepto del mechanicus.

-¡Ni hablar! ¡Eso sería huir como cobardes! ¿Cuando hemos hecho tal cosa? Esos cerdos no son indestructibles , lo prueban los restos que hay a bordo. Capitán Hobrax, organicemos un contraataque con los muchos efectivos de que aún disponemos ¡Estoy seguro de que nuestro amado Señor de la Guerra diría lo mismo!- Intervino Meltenius que parecía apunto de estallar.

-Eh..., ahora que caigo en la cuenta -y aunque esto suene como si tirase piedras contra nuestro propio tejado- ¿qué hemos destruido exactamente? Un puñado de torretas y dispositivos, unidades prescindibles a mi entender, y quien sabe cuantas más tienen dentro de su base cúbica. No logramos abrir brecha en ella ni tampoco derribar un solo globo oscuro, y no se de puede negar que les atizamos a base de bien. Cuanto más duro les golpeábamos más fuerte respondían ellos, con una potencia de fuego que ya la quisiéramos tener nosotros. Por otra parte la moral de las tropas ha decaído ya hasta un nivel que no he visto jamás. Temo incluso que se produzcan algunas insubordinaciones de ordenar el retorno a esa luna- dijo el Mayor Holguen al airado astartes. Los soldados supervivientes del combate en Serafis no mostraban muchas ganas por volver a enfrentarse a los escaneadores, sentimiento que se extendía por igual a un buen número de avergonzados legionarios. No era cobardía ante el enemigo, sino certeza de que los derrotarían por segunda vez.

-Me lo creo viniendo del ejército, pero eso jamás ocurriría en el Adeptus Astartes. Nuestros legionarios se hallan preparados y deseosos de combatir al enemigo para vengar a sus hermanos, o al menos así es entre los Hijos del Emperador- le contestó el displicente capitán Meltenius.

-¿Perdón? ¿Qué ha querido decir? ¿Insinúa acaso que los Lobos Lunares no lo están?- interpeló Hobrax al otro astartes, con una expresión en su faz que nadie desearía pictografiar.

-Bueno, tenemos las videografías y además por lo que cuentan los que han regresado... Se rumorea que hubo un momento en que sus legionarios retrocedieron ante los xenos escaneadores, señor- afirmó Meltenius enfrentándose a su homólogo imperial.

-¿Pero cómo se atreve? ¡Yo ordené la retirada para evitar una aniquilación total! ¡De mis legionarios y los suyos! ¿Pone en duda nuestro coraje o sólo mi decisión?- respondió Hobrax fuera de sí. Estaba cerca de imitar el nefasto comportamiento del fallecido Segulus.

-"Bueeenoooo. Ya estamos con el dichoso honor de los astartes, que no vale más que para causar infantiles disputas. Aparte estaba el detalle de mis legionarios y los suyos ¿El ejército no contaba acaso? Se le debió olvidar"- pensó el Lord Capitán del Cometa llevándose una mano a la cara, y levantándose después para ver si podía calmar a los "niños".

-Disculpe señor, traigo u... -dijo el marinero que irrumpió de improviso en el puente y pasó a ser el blanco de todas las miradas.

-¡Creí haberle ordenado que no interrumpiesen nuestra reunión!- exclamó el iracundo Hobrax con los ojos apuntando a Rakkis.

-Desde luego Zenfill posees el don de la oportunidad. Ya puede ser importante- dijo el capitán al recién aparecido.

-Respuesta del mensaje astropático. Me dijo que se la entregase nada más llegara, señor- respondió firme el marinero, que intentaba no parecer asustado ante aquellas inquisitoriales ojeadas.

-Ah, si. Con todo lo que ha pasado me olvidé completamente. Disculpe Zenfill, démelo y vuelva a su puesto- se excusó Rakkis alargando la mano para recibir la placa de datos.

-Lo leeré en voz alta enseguida- dijo el Lord Capitán, más afirmando que pidiendo permiso. Era una oportunidad de calmar los ánimos, o eso esperaba.

"Situación desesperada en las zonas de combate 412-XB Tassenia y 035-EV Foxmuzar II. Cuantiosas pérdidas debido a la llegada de refuerzos orkos. Diríjanse de inmediato al punto de destino. En caso de haber entablado combate con xenos, suspendan acción y dejen... pfjmm, ja, ja. Perdón, lo siento de veras- se rió nervioso el capitán Rakkis, disculpándose antes de proseguir la lectura.

"Dejen en el satélite una fuerza de soldados imperiales no superior al 10% de los disponibles para encargarse de dicha amenaza, si fuera necesario. Excluyan cualquier vehículo de categoría pesada o efectivo astartes en dicha tropa. Necesitamos los refuerzos con suma urgencia.

Comandante Alexius Breen, Manos de Hierro"

-Así termina. En fin, dentro de las malas noticias hay algo positivo. Ya podemos dejar de discutir sobre lo que se ha de hacer. Nos vamos ahora mismo y punto- expuso Rakkis dejando la placa en la mesa, justo ante el Lobo Lunar.

-Aún no he tomado una decisión. Ese comandante desconoce la magnitud de lo que tenemos aquí- replicó Hobrax, mostrándose claramente reacio a irse sin dar su merecido a los escaneadores.

Marine de los Manos de hierro

Los Manos de Hierro se veían superados en número

-Cuidado capitán Hobrax. Es la orden directa de un superior y ha de obedecerla ¿Cree que yo no hubiese preferido hacer varios saltos disformes como pedí en vez de este maldito salto gigante? Mire a donde nos ha llevado, pero no me quedó más remedio que obedecer. Además ya ha visto que nos necesitan con verdadera urgencia en nuestro destino, que le recuerdo es nuestra misión original. Aquí no podemos hacer nada salvo perder más hombres. Vámonos allá donde podamos ser útiles, vámonos de una puta vez capitán- contestó Rakkis con un semblante frío como el hielo. Era un oficial un tanto malhablado, pero se le entendía de maravilla.

Un ligero pitido procedente del cuadro de mandos sobresaltó a los integrantes de la reunión. Los cogitadores ya disponían de la lista de bajas que solicitó el astartes al mando, poco antes de ordenar la pequeña asamblea. De forma automática -y contribuyendo al aumento de la ya de por sí cargada tensión en el ambiente- una de las pantallas cercanas empezó a mostrar datos concernientes a los caídos y desaparecidos en Serafis, así como los que descansaban para siempre en las enfermerías del Cometa Legendario. Estos porcentajes eran aún peor de lo que esperaban, mostrándose al final un desolador 14,2% como media de tropas supervivientes y vehículos funcionales. Una auténtica debacle.

En los globos oculares de Hobrax podían verse reflejadas las digitales imágenes, con letras y números de color turquesa que se sucedían horizontalmente sin parar, totalmente ajenas a la gravedad de lo que representaban. Sin que nadie lo esperase y conmocionando a cada uno de los presentes, el robusto marine elevó su puño derecho y descargó toda su rabia contra la placa de datos que mostraba el fatídico mensaje. Aquel tremendo y sonoro mazazo quebró sin remedio la frágil pantalla, agrietando asimismo la inocente mesa de operaciones en la que reposaba.

-¡Joder! ¡Esto no puede estar pasando!- gritó el capitán astartes mientras un par de finos ríos escarlata empezaban a fluir por el contorno de su puño. La presión que soportaba sobre sus hombros acabó haciéndole perder los estribos.

El capitán Rakkis abrió la boca para hablar, pero antes de que pudiese articular palabra el arrebatado marine se le adelantó. -Conforme, nos marchamos capitán. Ordene que inicien los preparativos para el salto, pero antes de irnos vamos a darles un regalo de despedida. El mayor que tengamos- profirió con la vista puesta en las múltiples fisuras que exhibía aquella machacada e inerte placa.

CAPITULO OCHO: Acceso restringido Editar

-Por última vez, le ruego que me haga caso y desista de llevar a cabo este imprudente plan. No es buena idea- le repitió el capitán Rakkis, sabedor de que difícilmente iba a hacerle cambiar de opinión.

-Está decidido y no hay más que hablar. Mientras se prepara el salto aprovecharemos el tiempo para devolver el golpe. Después de todo lo ocurrido no podemos largarnos sin intentarlo siquiera- dejó muy claro Hobrax, más que resuelto a ejecutar su propósito.

La reunión que poco antes tenía lugar en el puente de mando fue traslada a la cámara del teleportarium, un arcano aparato que mediante el uso de la Disformidad transportaba ipso facto hombres y equipamiento allá donde se desease... si todo iba bien. Exceptuando a los dos tenientes que permanecieron en su puesto y al magos dominus que regresó a su labor de investigación, los demás se hallaban ante el prístino y poco convencional sistema de transporte. La idea del Lobo Lunar era muy sencilla, aunque pensándolo bien resultaba la única opción de ataque con alguna probabilidad de éxito. Cuando estuviese todo a punto para que el Cometa Legendario se adentrase en el Empíreo su teleportarium enviaría el "presente" al interior de la nave nodriza xenos. Este obsequio consistía nada menos que en un torpedo ciclónico preparado para detonar remotamente, cuya desmedida explosión tendría por fuerza que esparcir sus restos por todo el Segmentum. Se desechó añadir asimismo un torpedo de vórtice, no por falta de ganas desde luego, sino por si eran capaces de neutralizar la grieta al mundo del caos como hicieron en Serafis. Afortunadamente el carguero iba equipado con armamento de sobra para hacer frente a cualquier contingencia, aunque desde luego no una de este calibre.

-Ya lo traen- avisó el mayor Holguen tras divisar como el gran torpedo se introducía paulatinamente en la estancia. Dada su rareza nunca había visto uno, así que se dedicó a contemplarlo. Un par de servidores lo empujaban gracias a una amplia y recia vagoneta de varios metros de longitud. El proyectil ciclónico era muy voluminoso y de aspecto bastante simple, con una superficie gris metalizada lisa, curva y totalmente uniforme, desprovista de inscripciones o adornos- "El meollo está en el interior, que es lo importante"- supuso Holguen para sus adentros.

-Dejadlo aquí, justo en el medio- les señaló un tecnosacerdote que estaba encargado del mantenimiento de aquel arcaico dispositivo.

-¿Podrá teletransportar algo tan grande? Lo digo porque ambos lados sobresalen del círculo exterior -preguntó Hobrax inquietado ante la posibilidad de que teleportarlo no fuese factible.

-Sí capitán, con vagoneta y todo. El problema no es la carga sino el viaje. Necesitaremos algo de suerte para ubicarlo donde usted quiere- respondió el integrante del Mechanicus.

-Es el único que tenemos de esta clase. Si fallan habrá que intentarlo de nuevo con uno de fusión, y quiero entregarles justamente este ¿Entendido?- recalcó Hobrax para así "motivar" al técnico.

-Lo intentaremos lo mejor que podamos señor, pero entenderá que no puedo darle garantías sin contar con una baliza de teleportación. Al haber energías disformes en juego el resultado no depende enteramente de nosotros- le explicó el tecnosacerdote, pese a que ya sabía que el astartes era conocedor de este hecho.

-Adelante, y avíseme en cuanto sólo reste apretar un botón. Capitán Rakkis, que sus oficiales nos coloquen lo más cerca posible de la fisura una vez abierta- ordenó el Lobo Lunar. En cuanto la bomba haya sido teleportada al interior de la nave escaneadora la detonaremos, y acto seguido que pongan los propulsores a toda mecha para entrar a la Disformidad, pero únicamente si yo lo ordeno. De resultar bien esto haremos lo propio con su base cúbica y máquinas recolectoras, ya sea con torpedos de fusión o vórtice- explicó el astartes que entreveía la posibilidad de acabar con todo rastro de los xenos sin moverse de la nave.

-Todo listo capitán. Grieta disforme abierta, situados a distancia segura y propulsores en estado óptimo. A la espera de órdenes- anunció el teniente Evans por el intercomunicador poco después.

-Nosotros también preparados. Coordenadas establecidas en el centro aproximado del objetivo. Cuando quiera- dijo casi a continuación el tecnosacerdote.

Hobrax hizo un extenso giro de cabeza para relajar su cuello y se dispuso a iniciar aquella incierta operación- Envíenlo- pronunció sin más el capitán astartes, deseando con toda su alma que el plan funcionase.

Teleportarium Imperial Activado

El teleportarium del buque permitía enviar un considerable número de tropas y equipo

La ornamentada cámara resonó con un eléctrico zumbido a la vez que una parpadeante luz azul llenaba hasta su último recoveco. Los encargados del Adeptus Mechanicus operaban desde sus consolas mientras un astrópata velaba por la seguridad del salto mediante sus poderes psíquicos, para así evitar la intrusión de criaturas caóticas (ya tuvieron suficientes durante su viaje). El aire se pobló con la intensa fragancia del ozono, la iluminación se congregó en torno al círculo de transporte y el poder que fluctuaba por la mística maquinaria alcanzó su cénit. El prolongado zumbido cesó de golpe y se produjo un brusco resplandor, tras lo que aquella sala volvió a la normalidad como si nada hubiese pasado. Tanto que incluso el abultado torpedo ciclóniclo aún permanecía en su sitio.

Hobrax se quedó mirándolo con cara de bobo y después se volvió hacia el tecnosacerdote jefe, sin decir palabra y con los brazos ligeramente abiertos, en pose de preguntar que había ocurrido.

-Eh..., teletransporte fallido señor, o mejor dicho intento de teletransporte- pudo decir al fin el técnico, tan sorprendido como los demás.

Hobrax siguió mirando al tecnosacerdote, pero esta vez con el ceño muy fruncido, lo cual resultaba casi peor que una reprimenda verbal. Podía esperar que el torpedo acabase en medio de espacio en vez de en la nave xenos, pero no que ni siquiera pudiesen teleportarlo.

-Un momento. Voy a solicitar a Crasen que haga un sondeo específico de esa nave y también la Luna violeta-explicó el técnico mientras enviaba un mensaje al oficial de comunicaciones. Pasaron sólo dos minutos hasta que llegaron los datos a su pantalla, dando una clara explicación.

-Lo siento señor, pero al parecer generan un campo que inhibe nuestro teletransporte, tanto en la nave como en el planeta. Eso explica el fallo, no hay duda- enunció molesto el tecnosacerdote.

-¿Anulan el teletransporte en todo un planeta?- interpeló el capitán Meltenius, siempre escéptico ante el departamento mechanicus (o cualquier otro que no fuese el astartes)

-Es una luna pequeña y tienen varios satélites a su alrededor. No resulta impensable- le respondió enseguida el técnico.

-Hubiera sido demasiado fácil, pero había que intentarlo. Esta visto que pueden tanto cerrar puertas al Inmaterium como evitar que se abran- intervino Holguen a modo de consuelo para el desasosegado astartes.

-Suerte hemos tenido de que no lo hayan hecho estallar por su cuenta antes de poder mandárselo. No me hubiera sorprendido nada, al menos durante la fracción de segundo que nos quedase de existencia. Sin embargo huelga decir que aún están a tiempo ¿Nos vamos ya o nos quedamos a comprobarlo?- dijo irónicamente Rakkis, aunque de ningún modo hablando en broma. Capaces eran de hacerlo explotar en sus mismas narices como represalia a esta "poco honrosa" tentativa.

Hobrax agachó su cabeza y mantuvo la vista fija el metálico suelo de la arcana cámara, vencido ante lo que no quería admitir. Los escaneadores dominaban claramente el juego, porque estaban a un nivel que ellos de ninguna manera podían alcanzar. Tras una breve pausa y con mucho esfuerzo el astartes finalmente asintió.

El capitán Rakkis se dispuso a contactar con sus oficiales en el puente cuando algo empezó a materializarse en la sala, justo delante del decaído astartes. Un elíptico portal cristalino quedo formado ante él, parecido a un gran espejo de azabache pero dotado con mayor brillantez. Justo después hizo su entrada otro elemento que por contra sí conocían de sobra, el fantasmal halo celeste. En perfecta sincronía surgieron dos rayos azules, uno procedente del oscuro óvalo y otro que atravesaba el carguero hasta el teleportarium. El primero envolvía a Hobrax en un fino manto azul y el segundo hacía lo mismo sobre el mayor objeto de la sala, la bomba ciclónica.

-¡Capitán! ¡Capitán, aquí Evans! ¡Responda! ¡Tenemos un problema muy serio!- restalló como un látigo la voz del piloto en aquel ámbito, enteramente en silencio debido al estupor del grupo. Aquello que Rakkis predijo con cierta ironía iba camino de transformarse en realidad.

-Y tanto ¿Qué ocurre?- respondió despacio el Lord Capitán, con su corazón invadido por el temor.

-¡Los propulsores se han apagado y no consigo ponerlos en marcha! ¡La nave alienígena los está bloqueando con un rayo! Puedo ver como parten tres de ella, uno dorado que alcanza nuestros motores y otros dos azules ¡Me acaban de informar que uno de estos riega al completo nuestro generador de plasma!- exclamó casi a voz en grito el teniente. Esta era la primera vez que el capitán oía decir a su optimista piloto "serio problema", aunque desde luego no era para menos, y más teniendo en cuenta el dato que iba a soltarle.

-El otro lo tenemos aquí, fijado en el torpedo ciclónico- le dijo sin ambages el veterano Rakkis, que ya empezaba a ver el fin del Cometa junto a todo su contenido. El teniente se quedó mudo unos instantes, así que el capitán volvió a tomar las riendas de la situación.

-Escuchad con mucha atención muchachos, no hagáis absolutamente nada ¿Queda claro? ¡Nada! Tan sólo informad de cualquier cambio, y en caso de que estos cabrones nos suelten de improviso mantened la nave detenida. Ni siquiera os sonéis la nariz a no ser que os lo mande ¿Entendido? Quietud absoluta hasta nueva orden- fue el dictamen del Lord Capitán para ambos subalternos.

Rakkis se volvió hacia Hobrax que era verdaderamente la imagen de una espectral aparición, pues estaba ungido de la cabeza a los pies con un etéreo envoltorio azul -Mire que se lo dije maldita sea, se lo rogué pero no hizo caso. De algún modo saben exactamente lo que hemos intentado hacer, y no parece haberles gustado mucho que digamos. Podíamos habernos ido como era nuestro deber, pero ahora ya me dirá cómo- escupió Rakkis aquellas palabras, echándole abiertamente en cara que era el culpable de la situación.

-Toda la culpa es mía, lo admito. Mi ofuscación por lograr la venganza de nuestros hermanos era la única consejera que estaba dispuesto a escuchar- dijo suavemente el astartes, recordado en especial al viejo sargento Calamux e inundado por la culpabilidad (y también la ¿inofensiva? luz).

-Es muy loable que lo reconozca, pero poco útil en este momento. Voy a formular mi pregunta en cinco palabras ¿Ahora qué cojones hacemos, señor?- le preguntó con visible odio el Lord Capitán, pensando que su arriesgado "plan-bomba" iba a ser el causante de mandarlos a todos al otro barrio.

-¡Modere su lenguaje y recuerde con quién está hablando!- intervino Meltenius en defensa de su hermano astartes. A su juicio el capitán del navío debía empezar a medir sus palabras.

-Voy a entrar. Esto no puede ser más que un portal y por esta luz es evidente que me quieren a mí. Yo estoy al mando y yo ordené enviarles la bomba, así que debo ir. Está muy claro que nos encontramos a su merced, como dijo el magos Gromek. Pueden desintegrarnos hasta el último átomo cuando les plazca- dijo Hobrax permaneciendo como una estatua ante la enigmática elipse.

-¡Pero le matarán! ¡Deje que vaya yo primero al menos!- le pidió Meltenius con la espada sierra apuntando a la abertura.

-No, es mejor que entre solo, pero gracias compañero. Además no veo otra opción, porque de no ir podrían hacer lo que es evidente, o sea repetir la jugada del Titán pero sumándole además nuestro torpedo. Señores, mi vida es un coste bajo comparándola con todas las que hay en juego. Si no he vuelto en veinte minutos y los xenos se lo permiten márchense sin dudarlo. Después sigan aquí o no usted tomaría el mando capitán Meltenius, es mi última orden- concluyó Hobrax dando el primer paso hacia la cristalina superficie.

-Pues aunque sea llévese mi arma. No puede adentrarse ahí yendo tan indefenso, se lo ruego- le indicó el Hijo del Emperador ofreciéndole su temible hoja dentada, ya que Hobrax había dejado la suya junto con su bólter en la sala de mando.

-Está bien, se lo agradezco mucho. Recuerden, veinte minutos- repitió Hobrax tras aceptar el obsequio e introducir la punta en la negra y brillante superficie. Pese a que el astartes no era capaz de verlo desde su posición, la espada sobresalía por la otra cara del portal conforme éste avanzaba, hasta que intrudujo la mano y la pesada arma cayó con estrépito por el otro lado. Alarmado por el metálico sonido el astartes se giró un poco para poder ver esa zona, y finalmente esbozó una pequeña sonrisa.

-Ya me parecía que cada vez pesaba menos, además la luz no la bañaba. Nada ni nadie me hubiese podido acompañar, esto es un portal personalizado. Otra muestra de su omnisciencia. Grandísimos hijos de... -fue lo último que se escuchó decir al capitán, antes de que su cabeza se internase en aquel oscuro pasaje.

CAPITULO NUEVE: Visita guiada Editar

Frente a Hobrax se mostraba lo que hasta el momento no habían llegado a ver, un escaneador vivo. La criatura presentaba una imagen bastante singular, como solía ocurrír con los diseños de aquella raza. Medía unos dos metros de altura y su cuerpo era de un apagado color blanco, parecido al del hueso. Su piel ostentaba numerosas y variadas marcas, que bien podían ser dibujos, letras, símbolos o vete a saber qué. Tenían algo de relieve y a veces emitían un sutil brillo cetrino, lo que hacía improbable que se tratara de simples "tatuajes". El cuerpo tampoco tenía desperdicio, porque ni a posta el astartes hubiera podido imaginar algo tan extravagante, ya que ser más alto que ancho era su única similitud con una forma humanoide. La base estaba constituida por una gran bola con hendiduras diagonales que se cruzaban configurando una cubierta de rombos, y subiendo algo más la vista unos tallos gruesos y de poca separación conformaban el supuesto tronco. Por ambos lados del mismo surgían sendos apéndices rugosos, que a la mitad se dividían en otro par dotando a aquel ser de cuatro brazos cuya terminación consistía en unos peculiares dedos planos. En lo más alto y por último lugar estaban las cabezas, o eso creía el astartes. Dos emulando los hombros (o tal vez fueran eso), de apariencia alargada y hacia atrás, unidas al tronco por unos gordos tubos. Entre ellas y más elevada aún se encontraba la mayor, desmesuradamente grande y de forma casi pentagonal, como si fuera una antigua cabaña. Por si esta imagen no fuera ya lo suficientemente repulsiva, dicha cabezota "palpitaba" como si fuese un corazón bombeando sangre. No había rastro de ojos, nariz u oídos, ni siquiera las facciones de un semblante. Sólo una central y fea membrana gris rompía la monotonía del espantoso miembro superior. Aquellos terribles balones negros que les diezmaron resultaban algo incluso bello, si se los comparaba con sus creadores.

La insólita figura también portaba algunos implantes mecánicos, cuyo aspecto delataba que no formaban parte de aquel cuerpo, pero Hobrax no albergaba duda. No era ninguna máquina, dispositivo ni tampoco un robot de clase alguna. Este era el responsable de todo, el artífice de la cruenta masacre en Serafis. Por fin podía ver a los que les espiaban continuamente, la jodida raza escaneadora.

El capitán dejó de observar un momento aquel engendro para estudiar su entorno inmediato. Había traspasado el portal oscuro y ahora lo tenía situado a su espalda, mostrándose idéntico al ubicado en el teleportarium del carguero.Se hallaba en un habitáculo reducido, semejante a una cabina de cristal y absolutamente vacuo salvo por un objeto situado en alto y que le apuntaba directamente. Era como una antiestética flor abierta de color marrón, que por el momento no hacía otra cosa que estar allí arriba. Tras las diáfanas paredes Hobrax pudo contemplar lo que quizás fuese una fábrica en pleno funcionamiento. Chocantes y laboriosas máquinas que movían, cortaban, moldeaban y ensamblaban inidentificables materiales, pero sin valerse de grúas, sierras u hornos de fundición. Prácticamente todo a través de medios gravíticos y energías, sin el empleo de herramientas físicas.

En cuanto al alienígena anfitrión se hallaba en otro habitáculo yuxtapuesto al de Hobrax. De buena gana el marine hubiese saltado sobre el escaneador para desmembrarlo con sus propias manos, pero no había que ser muy avispado para darse cuenta de que ni rompería el cristal ni tampoco era lo más juicioso dadas las circunstancias. De improviso el horrendo xenos giró para encararse a una especie de panel holográfico que tenía a su derecha. Accionó algo tocando aquellos impalpables controles y ambas celdas se pusieron en marcha.

Ante el astartes comenzó a desfilar toda una exposición de aparatos y tecnología escaneadora en funcionamiento. No sabía si se encontraba en la nave nodriza, el megacubo o bien otra estructura que les pasó desapercibida. Tal vez ni siquiera estaba ya en la órbita de Serafis y fue transportado a otra galaxia, tal vez a un mundo habitado por estos xenos u otra nave a billones de kilómetros. Lo cierto es que daba igual, y tampoco veía ningún "cartel" que le indicase donde se hallaba. Lo que en cambio si advirtió fue la presencia de algo que en lo que no había reparado antes. Cada infatigable mecanismo tenía sobre sí una pantalla en la que se dibujaban unos complicados esquemas, que se infería estaban asociados al trabajo que realizaban. Hobrax se fijó con más interés en el que tenía justo delante en aquel momento, aunque no esperaba entender ni jota de los datos alienígenas. Y efectivamente así fue, su escritura le resultó ininteligible pero no así las imágenes que la acompañaban. Esas se entendían perfectamente, de hecho hablaban por sí solas.

La mirada de Hobrax subía y bajaba como un elevador, incapaz de moverse más que en el mismo lugar y sentido vertical. Escrutaba los esquemas del intrincado panel y acto seguido cotejaba éstos con su respectivo aparato inferior, repitiendo el proceso sin detenerse y con cada uno que pasaba frente al atónito capitán.

-"¡No es posible! ¡Tiene que ser un ardid!"- pensó el astartes tras varios exámenes, mas sin creerlo realmente. ¿Una estratagema? ¿Un truco para engañarle? Qué tontería, no lo necesitaban para nada. Aquello era bien real, por mucho que se negase a aceptarlo.

Los dibujos de cada diagrama representaban fielmente a los efectivos y recursos imperiales. Soldados, legionarios, tanques, naves y su respectivo armamento se intercalaban con el críptico lenguaje de los escaneadores. Las imágenes se sucedían con rapidez y en bucle, pero a Hobrax no le cupo duda sobre su utilidad. En uno de ellos se mostraba un Vindicator completamente desglosado. Cada pieza del interior, los motores, el blindaje, el cañón demolisher y hasta los obuses quedaban registradas en la pantalla, cuya parte más baja ofrecía la imagen de un aparato claramente xenos que debía instalarse en uno de los inconfundibles globos negros. En otro adyacente un modelo de soldado imperial era sometido al mismo proceso, salvo que en este caso el desglose se extendía también al terreno anatómico. Huesos, músculos y órganos eran analizados fríamente como si fueran simples engranajes de un mecanismo. Más abajo se apreciaba la representación de un dispositivo cilíndrico, y casualmente la máquina finalizó su tan complicada como maliciosa tarea en ese instante. Expulsó con suavidad el alargado aparato y al poco éste inició el vuelo en dirección al techo, colándose por uno de los varios huecos que atravesaban la parte alta de aquella inefable factoría. Sucedido esto el diligente ingenio xenos volvió al trabajo para fabricar otro exactamente igual.

Ahora empezaba a cobrar sentido su aplastante victoria sobre las fuerzas del Emperador. La insistente luz azul era en efecto un escáner, pero mucho más avanzado de lo que habían supuesto. La verdad es que en función de lo que estaba viendo Hobrax llegó a pensar que contaban hasta los pelos de cada cabeza. Con sobrante información acerca del enemigo los alienígenas sabían exactamente cual era su potencial y como neutralizarlo. No obstante, en vez buscar el mejor modo de emplear o adaptar adecuadamente sus recursos contra el invasor, aquellos xenos se valían de un método del todo insuperable. Fabricarlos directamente.

Todo a cuanto se habían enfrentado estaba hecho a su medida, forjado expresamente para las unidades de combate que trasportaba el Cometa Legendario, como si ellos fuesen un virus y los escaneadores sus anticuerpos. Poseyendo la tecnología y los medios para llevar dicha estrategia a cabo, docenas de artilugios en filas creaban más artefactos para reponer las existencias de los que perdieron, y posiblemente también añadir más al arsenal. El anonadado astartes no acertaba a concebir el nivel de cálculo que tendrían sus computadoras para posibilitar semejante empresa, y en tan sólo cuestión de las pocas horas que el contingente imperial llevaba allí¿O tal vez podían lograrlo en minutos? Y eso era únicamente la parte logística del proceso, que luego claro está había que materializar. Un material que le estaban enseñando a propósito, y dejaba perfectamente claro el hecho de que nunca tuvieron la menor oportunidad.

Hobrax se giró hacia el estrambótico ser del otro vagón cuando la indagadora luz azul (procedente esta vez de no sabía dónde) incidió sobre él y sus datos aparecieron en el inmaterial panel de control. Tal y como había presenciado antes todo lo concerniente a su figura quedo plasmado de forma matemática. Desde cada uno de sus implantes orgánicos hasta pequeñas piezas de su armadura que ni siquiera conocía. Era una manera directa de que captase el hecho de lo absurdo que resultaría cualquier enfrentamiento con ellos, por si no se había dado cuenta aún.

Al ver su cuerpo analizado de aquella abusiva e ineludible manera, a Hobrax le asaltó el pensamiento de que asimismo podían sondear su mente. El sentirse tan humillado e indenso aumentó el nivel de su cólera hasta que sobrepasó al de prudencia. Cargando contra el xenos y profiriendo un enloquecido grito la gran hombrera izquierda del astartes chocó brutalmente contra el cristal que los separaba, que ni era tal ni por supuesto se llegó a romper. El transparente muro quedó deformado en el lugar del choque, pero volvió a adquirir su estructura plana antes de que el legionario pudiese golpear de nuevo. Insistió con un tremendo puntapié que dejó una marca más reducida y profunda, para volver a presenciar la misma reparación. Era golpear en vano, aunque tal vez con un arma... No, el portal se encargó bien de que no llevase ninguna. Tenían todo previsto.

Sin darse aún por vencido el capitán de los Lobos Lunares concentró todas sus fuerzas en lanzar un recto derechazo, pero justo en ese momento la pasiva flor dejó de serlo. Proyectó un amplio haz rosado sobre él y a continuación un insoportable dolor recorrió aquel físico astartes. Las múltiples defensas implantadas en su organismo luchaban en una batalla perdida contra el fiero castigo. Hobrax a punto estuvo de soltar un grito al sentir como su cuerpo se contraía ante la inusitada presión que le provocaba aquella planta, llegando los macizos huesos de su caja torácica a doblarse hacia dentro y comprimiendo órganos vitales al límite de su resistencia. Su formidable armadura no le protegía lo más mínimo, puesto que no recibía la despiadada fuerza opresora. Al parecer sólo su propia constitución era merecedora de tal honor.

Cuando ya creía que iba a ser estrujado como una vulgar fruta para extraer su jugo , la machacante tenaza fue sustituida por otra igual de firme aunque sin resultar nociva. Ahora no sentía dolor pero se encontraba flotando a media altura de la cámara, sujeto por lo que sentía como una gran mano invisible que le exhibía como un trofeo ante el escaneador. Sin la menor dilación y ahora que el marine estaba "más calmado" (o al menos quieto), procedió a mostrarle en una de las pantallas un par de cosillas.

La primera consistía en una inequívoca representación del torpedo ciclónico, simple y llanamente. La segunda resultó más compleja pues estaba conformada por tres elementos, pero era entendible hasta para un descerebrado kanijo. Nave xenos, Cometa legendario y un alargado triángulo encima de éstos. La nave escaneadora disparaba sobre el cometa y lo reducía a fino polvo estelar, mostrando esa secuencia en bucle una y otra vez. Respecto al triángulo era evidente que se trataba de una cuenta atrás, porque iba menguando por los extremos lenta aunque perceptiblemente. En términos coloquiales vendría a significar algo parecido a esto:

"La intentona de la bomba no ha estado bien. Hasta ahora sólo nos protegíamos, pero si no os marcháis ahora mismo no quedará de vosotros ni el recuerdo, así que largo antes de que cambie de idea"

Sufriendo todavía resaca por la severa tortura anterior, el inmovilizado astartes respondió al aviso-amenaza. -Aunque nos vayamos otros vendrán y acabarán hasta con el último de vosotros. Más tarde o más temprano el Imperio os aplastará bajo su bota. Sé que comprendes lo que digo, puta aberración- insultó el Lobo Lunar a su enemigo, con firme convicción en que el divino Emperador sometería a aquella raza.

Fue terminar la frase y súbitamente la garra de energía que lo aprisionaba expelió su cuerpo con desmedida fuerza, haciéndole volar de espaldas a través de la elipse negra y entrando de nuevo en el teleportarium ¡Y menuda entrada! Ni una horda de sanguinolentos pieles verdes disparando sus armas a troche y moche hubieran sobresaltado tanto a los que aguardaban su regreso.

Empujado por la mayúscula inercia el pobre capitán se estampó justo contra el pesado torpedo ciclónico (¿casualidad?), con tanta fuerza que de no ser por la servoarmadura su espina dorsal habría acabado pegada al esternón. El exorbitante proyectil se salió de la vagoneta a causa del choquetazo, y golpeó en su caída una máquina cercana causándole tal destrozo que ni un martillo de energía alcanzaría a superar. El otro extremo del interminable cilindro alcanzó las piernas de un desafortunado miembro del mechanicus, y al caer al suelo -con semejante estrépito que casi pareció haber estallado- aquel hombre sintió como si todo el peso del buque se hubiese posado en ellas.Hobrax yacía tirado semiinconsciente dentro del círculo teletransportador, incapaz de escuchar los alaridos del técnico cuyos muslos tenían ahora el grosor de un menudo librito.

-¡Por el alabado Emperador! ¿Qué hace ahí como un pasmarote? ¡Asista al capitán!- apremió Rakkis al apotecario en cuanto se libró del estupor, mientras por su parte el mayor Holguen solicitaba de inmediato un médico para el desdichado tecnosacedote. A la espera del regreso de su capitán y como medida de prevención, mandaron que el Apothecarion de los Lobos Lunares enviase a su mejor hombre. Podían suponer que volviese herido, pero no imaginar que llegase como un proyectil de cañón ocasionando tal catástrofe.

-No parece haberse golpeado la cabeza, creo que todo el impacto ha sido en la espalda- dijo el sanitario al poco de examinarle. Lo giró de costado y pudo verse como su armadura estaba muy agrietada por detrás. Se puede decir que tuvo suerte, porque de haber sido el encontronazo entre su cabeza y el torpedo aquel apotecario le estaría atendiendo de otra manera bien distinta.
Mayor Holguen

El mayor Holguen sustituía al herido coronel Benson

-¡Pwah!- tosió el malparado astartes, manchando con pequeñas gotas de sangre la blanca servoarmadura de quien le ayudaba- Tranquilos, no estoy tan mal como me veis- pronunció el marine al volver en sí, llevándose una mano a su magullado espinazo.

-¿Qué ha pasado capitán? ¿Qué ha visto?- preguntó ansioso Meltenuis.

-Pues he visto que su tecnología va aún más allá de lo que sospechábamos. Han tenido el descaro de mostrarme un poco y luego "devolverme" aquí. Por cierto, debo admitir que tenía razón capitán Rakkis. Lo del torpedo no les ha hecho ni pizca de gracia ¿Todavía seguimos bloqueados? Mmpppff... - preguntó Hobrax intentando ponerse en pie mientras el apotecario le echaba una mano.

-No, señor. De hecho poco antes de su regreso Evans informó sobre el cese del rayo dorado, aunque los otros dos azules se mantienen. En cualquier caso los motores vuelven a funcionar y la grieta disforme sigue abierta- le informó claramente.

-Ya lo suponía. Entonces vamos al Empíreo, a toda mecha- ordenó Hobrax, algo más repuesto del testarazo.

-No hará falta que lo repita. Atención puente de mando, en ruta directa al Inmaterium y a máxima propulsión ¡Deprisa!- transmitió por el comunicador y en voz alta el Lord Capitán.

Sin perder ni una fracción de segundo los tenientes pusieron en marcha el inconmensurable navío, en pos de aquella escalofriante puerta que conducía al mismísimo infierno. Impelido por el incandescente aliento que vomitaban sus enormes propulsores, el Cometa Legendario adquirió presta velocidad y se adentró nuevamente en los dominios del caos.

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-Menuda paradoja. Quien nos iba a decir que nos alegraríamos tanto por volver a este lugar de pesadilla- le dijo un rato más tarde el teniente Crasen a su colega.

-Después de lo que hemos sufrido a mí me parece un remanso de paz. Lo único malo son sus tonos violetas, no sé tú pero yo ahora aborrezco ese color- contestó el piloto señalando al infinito vacío disforme.

Ambos oficiales se echaron a reír y el Cometa Legendario siguió su curso, a la espera de entablar una nueva batalla contra un adversario que al menos les era familiar. Ya lo dice el refrán, "más vale orko conocido que xenos por conocer" ¿O no?

Editar

La nueva travesía por aquella demoníaca realidad tuvo un desarrollo y conclusión mucho más apacibles, sin abordajes disformes ni ninguna otra contrariedad. El paso al espacio real igualmente fue como la seda, situándose el carguero muy próximo a los mundos en conflicto. Cuando Hobrax y los demás explicaron al Comandante de los Manos de Hierro por qué venían con la mitad de las tropas, éste no acertó a discernir si se trataba de una broma pesada o una burda mentira. Sin embargo las videograbaciones definitivamente le convencieron, aunque su sorpresa no duró mucho. En aquel lugar él estaba al mando y por el momento lo único que le preocupaba eran los orkos. Se envió otro mensaje astropático a la nave más cercana (que estaba lejísimos), para que el trascendental hecho ocurrido en Serafis llegase hasta oídos del Señor de la Guerra. Al margen de eso todos los hombres del carguero entablarían batalla lo antes posible. Eran la mitad de los que se le garantizaron al comandante Alexius, pero afortunadamente peleaban bastante mejor de lo que cabía esperar. En pocos días y con la inestimable ayuda del asolador armamento del Cometa, las huestes del Imperio recuperaron el terreno perdido en ambos planetas. Los antes férreos defensores Manos de Hierro, sumados al nuevo y eficaz refuerzo ,hacían decrecer las filas orkas cada vez más rápido. Si la nave de carga hubiese llegado con todas las tropas que embarcó la guerra ya hubiera tocado a su fin, pero por suerte una mitad pareció bastar en esta contienda. Los orkos que quedaban no podían ganar, estaban sentenciados.

-¡Granada!- avisó un soldado viendo como el cilindro homicida describía una amplia parábola. Los combatientes saltaron a los lados y el estallido de la bomba enemiga no logró herir a ninguno. Cuando los pieles verdes asomaron para rematar la faena, varios candentes disparos láser penetraron sus inmundos cuerpos, convirtiendo así a los cazadores en presas. Tres orkos más que nunca abandonarían aquel planeta.

El sargento Travis se fijó en como goteaba algo de sangre por su brazo izquierdo. Una bala orka le había rozado en el intercambio de disparos contra el cochambroso trío. Dado que no revestía gravedad, echó un último vistazo a los agujereados cadáveres e hizo una amplia inhalación de aquel limpio aire.

-Bueno, esto ya es otra cosa. Como se agradece "volver a la normalidad"- dijo el sargento con una sonrisa.

FIN

Autor: Editar

Pesadilla333

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