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Capítulo I: Cuando cortaron la florEditar

-¡Señorita Layla, la cena estará lista en cinco minutos!- gritó Sammia, la sirvienta.

-¡Sí! Ya voy.- le contestó ella inmediatamente.

Layla se encontraba corriendo por el lugar que le servía de zona de juegos, una extensa pradera repleta de flores silvestres y pequeños animales herbívoros. Esta localización idílica no era casualidad, su vivienda estaba allí. Ella vivía en una pequeña casa campestre de dos plantas, la cual habitaban ella, sus padres y Sammia, la criada. Corriendo, entró a la casa, para ver a su padre despellejando un animal; presumiblemente para comérselo.

-¿Has conseguido cazar algún Capraní?- le pregutó el padre, nada más ver a la niña. Los Capranís eran una especie de roedores comestibles, parecidos a ardillas.

-No papá. Hoy no he tenido la suerte de ayer.- dijo mientras sonreía alegremente.- Pero mañana...¡verás cómo consigo al menos diez!

-Así me gusta. Y ahora ve a saludar a tu madre, que ha vuelto del pueblo. Y de paso ayúdala a ella y a Sammia a poner la mesa.

-¡Sí!

Como entró por la puerta trasera, no pudo ver a su madre, quién llevaba ya un par de días fuera. El pueblo más cercano se hallaba a unos treinta kilómetros, más allá del río que bajaba de las montañas que, para el asombro de Layla estaban siempre nevadas, ya fuese un caluroso verano como el último que había pasado hacía ya unas cuantas semanas.

En la cocina se encontraban Sammia y su madre hablando de las últimas noticias. Layla decidió acercarse con cuidado para así enterarse, ya que de otro modo le era imposible saber qué estaba pasando en el mundo más allá de la pradera.

-No me diga...- exclamó Sammia.

-Eso dicen. El gobierno no está diciendo nada, pero por lo visto los soldados ya se están moviendo.- comentó la madre, para extrañez de Layla. Su madre comentaba siempre los últimos cotilleos del pueblo, pero siempre lejos de movimientos militares. La niña dedujo entonces que debía tratarse de un asunto de gran importancia, así que prestó atención.- Por lo visto se están produciendo combates en el norte.

-Que el Emperador sea justo con nosotros...xenos...aquí...

Layla había escuchado alguna que otra vez esa palabra, "xenos". Su padre le explicó que los "xenos" eran criaturas malvadas y deformes, que no seguían ni adoraban al Emperador y que no dejaban a las personas en paz. Eso era lo único que sabía, pero por lo visto era algo peor. Antes de sacar alguna deliberación más, su madre se percató de la presencia de Layla y se giró para verla, cortando así la conversación.

-¡Layla, mi vida!- le dijo ella nada más verla.

-¡Mamá, qué guapa estás!- exclamó la niña mientras se acercaba corriendo a darle un abrazo.

Una vez acabados tan idílicos reencuentros, la familia decidió cenar de una vez por todas. Esta vez tocaba algo de carne de venado acompañada con una guarnición de tubérculos hervidos con salsa de setas, uno de los platos favoritos de Layla, quien babeaba solo con pensarlo. Cenaron los cuatro sin que saliera la conversación de los xenos, a pesar de que Layla no parara de preguntar sobre ello.

Layla había sido la primera en acabar de cenar, así que había llevado su plato a la cocina, cuando una extraña luz la atrajo hacia la ventana de la estancia, que daba al este, donde estaba el gran río. Estaba confusa, acababa de anochecer pero todavía se podía contemplar una fuerte luz en esa dirección, justo encima de donde estaba el pueblo.

-Qué raro.- pensó inmediatamente.- Papá siempre me ha dicho que el sol se esconde por las montañas de nieve...

-Layla, ¿te pasa algo?- le gritó su madre desde el comedor, viendo que la joven estaba tardando demasiado.

-Mamá, ven aquí, tienes que ver esto.

Cuando su madre presenció aquella luz, estaba horrorizada, su hermosa y bronceada piel se puso pálida. Eso no podía significar otra cosa, los xenos habían llegado al pueblo.

-Layla; creo que es hora de que te acuestes, mañana tendremos que hacer muchas cosas.

-Pero mamá, quiero jugar con Sammia a las cartas...

-¡No!¡Layla, vete a la cama ya!- le gritó. Era muy raro que su madre le alzara la voz, así que decidió hacerle caso para no hacerla enfadar más todavía.

Mientras ella subía las escaleras para llegar a su habitación, decidió escuchar lo que estaba pasando. No podía quedarse sin saber el por qué su madre se había puesto de esa manera en un abrir y cerrar de ojos; así que en la curva de las escaleras se puso a oir toda la conversación, la cual había empezado segundos antes.

-Kithem.- dijo su madre.- No podemos quedarnos aquí hasta mañana, deberíamos irnos. Ya has visto lo que ha pasado en el pueblo.

-No. No creo que por un día nos pase nada. Mira, Layla, Sammia y tú estáis cansadas.

-No puedo permitir que esos xenos lleguen a casa y acaben con nosotros...o algo peor. No te puedes ni imaginar las cosas que he escuchado por ahí.

-¡Rumores! No tienes por qué hacer caso a esos desgraciados, sabes que les gusta exagerar las cosas. Haremos lo siguiente: id a dormir, yo haré guardia con el rifle durante toda la noche. Me he despertado hoy más tarde, podré aguantar. Vosotras id a dormir y por la mañana nos marcharemos hacia la ciudad. Tardaremos como mucho cinco días para estar a salvo, siempre que nos pongamos en marcha. Estamos muy apartados del pueblo, así que si apagamos las luces, los xenos no sabrán que estamos aquí. ¿Estás de acuerdo conmigo?

-Sí...Sammia, ¿qué me dices?- preguntó a la criada.

-Estoy de acuerdo con el señor Kithem. Deberíamos irnos mañana, tendremos tiempo de sobra.

-Bueno pues ya está todo dicho, id a la cama. Yo voy a por el viejo rifle.

Cuando las dos mujeres empezaron a subir las escaleras, Layla se fue corriendo hacia la cama. No sabía exactamente lo que estaba pasando, pero algo dentro de ella le decía que era algo peligroso. Por suerte para ella, no pudo pensar mucho en la cama, ya que debido a un trastorno, eventualmente se quedaba dormida inconscientemente. En ocasiones suponía un severo problema, pero en este caso era una salvación.

Los rayos de sol atravesaban las claras cortinas hasta golpear en la cara de la joven, ya era por la mañana. Mientras se frotaba los ojos para despertarse, oía ruidos muy fuertes provenientes del piso de abajo. Rápidamente, se puso en pie y se deshizo de la intrincadan trenza que se hacía para dormir, dejando su melena suelta y a la altura de los homóplatos.

Todavía en camisón, bajó cuidadosamente las escaleras para ver que tantos sus padres como Sammia estaban empaquetando cosas en grandes fardos que se amontonaban en la parte exterior de la casa.

-Sammia.- dijo ella, sin dejar de bajar escaleras.- ¿qué está pasando?

-Señorita Layla, tenemos que irnos.- dijo ella tranquilamente mientras guardaba delicadamente una lamparita de gran valor en una pequeña caja de madera.- Haremos un viaje a la ciudad.

-Pero yo no quiero ir a la ciudad, le prometí a papá que hoy cazaría a diez Capranís.- argumentó la niña.

-Layla, ¿has visto alguna vez la ciudad?- comentó el padre, que acababa de entrar a la casa para coger más paquetes y llevarlos fuera. Tenía unas marcadas ojeras y un largo rostro de preocupación.- Es muy grande y bonita, y de vez en cuando se pueden ver grandes cajas que hacen mucho ruido y pueden volar. Esas cajas van a otros mundos. ¿Quieres ver esas cajas que viajan en el espacio?

-¡No! Quiero quedarme aquí y cumplir con la promesa que te hice ayer.

-¡Tienes que venir con nosotros, niña!- volvió a gritar la madre, esta vez cogiéndola del brazo con fuerza.

Layla se zafó del apretón y salió corriendo hacia fuera, estando descalza y en camisón. La madre fue detrás de ella. La joven corrió todo lo que pudo para escaparse de su captora y cumplir la promesa que le hizo a su padre el día anterior. Una vez llegó al camino principal, se dio cuenta de algo, en la lejanía se podía ver a un grupo de hombres a caballo cabalagando hacia ellos. En el momento en el que ella los vió, la madre ya se había dado cuenta de su presencia momentos antes y se paró en seco a la vez que empezó a soltar lágrimas de alegría.

-¡Layla vuelve aquí!- le gritó el padre desde la entrada a la casa.- Ya me conseguirás los Capranís cuando volvamos, ¿vale?

En ese justo instante, el padre vio que su esposa se giró hacia él, y contempló una mirada llena de alegría y esperanza.

-¡Son ellos!¡Los soldados!- dijo la madre con alegre sonrisa.- Kithem, ellos nos ayudarán a escapar de los xenos. Ve a hablar con ellos.

El padre, al escuchar esas palabras, no cabía en su asombro. Toda su preocupación se había ido en cuestión de segundos. Él corrió hacia la mujer para abrazarla fuertemente mientras Layla desconocía qué estaba pasando y por qué se daban esos sentimientos contradictorios.

-¡Layla, ve a casa y trae una jarra de agua, esos soldados estarán cansados!- le ordenó el padre, a lo que la niña reaccionó inmediatamente.- Hoy podrás conseguirme al menos...veinte Capranís.

Ella volvió a la casa y cogió la jarra más grande que todavía no estaba empaquetada, se dirigió al pozo de la parte trasera de la casa y la llenó hasta donde el agua ya rebosaba. Delicadamente para evitar el derrame innecesario de agua, caminó hacia donde estaban sus progenitores, ya hablando con los soldados.

Los soldados vestían extraños ropajes de color verde, lo que su padre llamaba "uniforme". Eran cinco en total y eran llevados por elegantes y gráciles caballos, dos de ellos negros y el resto de color castaño. Había uno de esos soldados que llevaba una ropa y un equipamiento diferente. El resto llevaba casco y unas armas, parecidas al rifle de su padre, al hombro mientras que ese que vestía distinto iba con una gorra y con algunas medallas en su pecho. Su caballo, uno de los de color negro, tenía atada junto a la silla de montar una reluciente espada.

-Bienvenidos caballeros.- dijo su padre, mientras Layla se acercaba por el camino hacia los soldados.- ¿Qué les trae por aquí?

-¿Cuántos son?- le respondió inmediatamente el que vestía de modo distinto, presumiblemente sería el jefe, pensó Layla.- Es...necesario saberlo.

-Ah, bien. Ya empiezan a evacuar, perfecto. Pues verá, estoy yo, mi esposa, nuestra criada Sammia y Layla, nuestra hija pequeña.

-Excelente. Muchas gracias.

Sin decir nada más, el que vestía distinto sacó su arma, una pequeña pistola y apuntó al padre a la cabeza, apretando el gatillo instantes después. Layla dejó caer la jarra dado el estupor que sentía. El rojo de la sangre manchó el intenso verde de la pradera y el suave marrón del camino de tierra. Nada más ver el arma, la madre profirió un grito tan fuerte que sería escuchado hasta en las montañas nevadas. Justo después de dispararle al padre, su asesino disparó a la madre en el estómago, haciendo que cayera desplomada al suelo.

-¡Buscad a la niña y a la criada!¡Nos llevaremos a las tres!

Capítulo II: Fue cortada y regada con sangreEditar

La niña perdió la inocencia de su alma aquel día. Vio cómo mataban a su padre y violaban a las mujeres de la casa; Sammia mordió en el cuello a uno de los soldados, dejándolo al borde de la muerte. Tras esto, asesinaron a la criada. Layla desconocía el futuro de su madre, a quien dejaron moribunda junto a uno de los grandes árboles que rodeaban a la casa. Pero los soldados le concedieron otro destino a la niña.

-Al coronel le gustará esto…lleváosla.- dijo el hombre que vestía distinto, antes de que los soldados esposaran y subieran a Layla a un caballo.

Dos días se mantuvo prisionera cabalgando junto a esos hombres malvados. Dos días repasando cada una de sus acciones en busca de algo malo que haya hecho pero claro, poco se encontró en esa joven memoria infantil; no había nada por lo que pedir perdón y que justificase aquel horror. Pero de algo estaba segura: el Emperador no había deseado aquello, él no justificaba y amparaba a los hombres malos.

Al amanecer del tercer día llegaron a un edificio gigantesco, nada que Layla hubiera visto antes. Sus muros eran altos como montañas, y parecían ser igual de robustos. Una vez entraron por una de las puertas, se dio cuenta de que aquello no era un edificio, sino la muralla de una gigantesca fortaleza. Cuando miró a su derecha pudo observar una gran explanada de color negro cuya finalidad se preguntó. A su izquierda decenas de soldados como los que la llevaban presa cargaban con más personas esposadas y retenidas, así como con recursos y víveres, además de armas. Al fondo del todo se alzaba una gran estructura de color gris, con una gran puerta coronada con el Aquila Imperial. Una vez descabalgaron, todos entraron en aquel edificio gigantesco, Layla no cabían en su asombro a pesar de estar en esa situación. Todo era demasiado grande y demasiado extraño, sus padres siempre le habían dicho que el Emperador era la encarnación del bien, y que todos aquellos que estuvieran bajo su mando, todos los humanos, tenían que hacer lo imposible por llevar el bien a cualquier lugar o donde estuvieran los hombres malvados; pero ese momento no era así: los hombres del Emperador eran los malos.

Una vez entró, veía lo mismo que afuera (soldados y apresados) pero con una luz blanca, artificial, de quirófano. Allí, a la entrada, todos los hombres se despidieron del que vestía distinto. Éste agarró a Layla por los hombros desde detrás y le dijo que continuara andando. Ambos siguieron andando por los pasillos y las escaleras, en esa posición, hasta que llegaron por fin a una gran puerta metálica, tendría el tamaño de dos hombres uno encima de otro. Como la puerta de la entrada, tenía arriba un Aquila ensamblada.

-Niña, si te portas bien con el coronel puede que sobrevivas más de la cuenta y…quién sabe lo que pasará.- le susurró el hombre que vestía distinto, justo antes de hablar con dos hombres que estaban apostados a los laterales de la puerta, todavía cerrada.- Soy el sargento Ign Pennko. Le traigo al coronel una agradable sorpresa.- dijo, esta vez en voz alta y a los soldados.

-¿El coronel está al tanto de esto?- preguntó uno de los soldados, probablemente el de la derecha.

-Creo que sí. Abajo también me preguntaron dónde iba.

-Bien entonces. Un momento.- el hombre con el que entabló conversación el que vestía distinto cogió un instrumento de su hombrera y comenzó a hablar por él. Instantes después volvió a hablar.- Puede pasar, pero tú no. El coronel agradece tu presente y te buscará para recompensarte. Puedes irte.

-Claro…lo sabía.- suspiró el que vestía distinto.- Chica.- volvió a susurrarle a Layla, que estaba desconcertada y muerta de miedo por lo que podía pasar.- Haz lo que el coronel te diga, es un hombre con muy mal genio.

Los dos hombres que estaban vigilando la puerta la abrieron, a la vez que el que vestía distinto le dio a Layla un empujoncito para que entrara, cosa que hizo. Dio dos pasos, los suficientes como para que los soldados cerraran la puerta. La luz del interior era mucho más tenue que la del resto del edificio, así que pasaron unos segundos hasta que los ojos de Layla se acostumbraran a esa luz. Una vez hecho, pudo observar el interior de la habitación: un gran escritorio de alguna madera noble, probablemente roble o caoba con incrustaciones doradas. En las paredes había un gran número de cuadros y diplomas colgados, así como varias medallas expuestas en una vitrina. Una gran estantería cubría media pared derecha, mientras que la izquierda estaba cubierta por un gigantesco plano; Layla reconoció que se trataba de un mapa del planeta, en el que había varias líneas rojas dibujadas. Detrás del escritorio había unas pequeñas ventanas, las cuales estaban corridas con cortinas de un color crema; debido a ambas circunstancias, no se dejaba pasar la luz. Entre el escritorio y dichas ventanas se podía distinguir la figura de un hombre: el ilustre coronel Crodig Kiomen, comandante en jefe de los ejércitos imperiales de Varriom II, el planeta natal de Layla y en el cual se encontraban. Quién sabe por qué, pero ese hombre le resultaba familiar a la niña, así que decidió hacerle unas preguntas para aclarar todo este malentendido.

-¿Usted es el coronel Kiomen, verdad señor?- dijo ella entre sollozos.

-Así es, jovencita.

Layla vivió entonces un horror imposible de describir, la inocente niña de nueve años fue violada y golpeada hasta que el ilustre coronel Kiomen se cansó de ella. “Lleváosla a un calabozo, no quiero deshacerme de ella todavía” fue lo poco que escuchó del coronel, ya que la cabeza le retumbaba a causa de tantos golpes. Lo siguiente que la niña recordaba era estar allí, en una oscura y húmeda celda, mirando al techo. No lloraba, no hacía nada; solo se quedó quieta. Su infantil pensamiento fue atravesado por la maldad de unos hombres lascivos, ella no lo entendía, no entendía el por qué los hombres actuaban así habiendo enemigos xenos en los alrededores, palabra que todavía Layla no identificaba con nada, solo con unos seres deformes y no humanos; muy parecidos a sus captores, que en apariencia sí lo eran pero desde luego en su interior ya no eran personas.

Dos semanas pasaron hasta que el coronel exigió verla otra vez. En esta ocasión, tanto las estancias del coronel lucían distintas: montones de cuadros de índole erótica o sexual colgaban en las paredes, una larga alfombra de color pastel adornaba el despacho, y un fuerte olor a incienso se mezclaba con los olores a almizcle y aceites perfumados del coronel. La luz se había vuelto más tenue si cabe. El coronel se encontraba demacrado. Las inflamaciones causadas por las heridas ya se estaban curando cuando volvieron a aparecer; el coronel era un hombre carente de cualquier sentido de la humanidad. Una vez pasada la tortura de nuevo, la volvieron a llevar a su celda. Apoyada en la puerta de metal de la celda, Layla pensó que quizás los hombres que la tenían presa y el coronel eran los xenos, la habían estado engañando todo este tiempo. La joven, en ese momento, llegó a una resolución: los xenos debían morir para que tanto ella como el planeta fueran salvados. No era una tarea sencilla, y menos para una niña. A partir de ese día buscó respuestas con los rezos, rezos dirigidos al Dios Emperador, protector de toda la humanidad. Semana y media más tarde, volvió a ver al coronel. Esta vez estaba ataviado con una elegante túnica de color malva y blanco, más a juego con el despacho. Su rostro reflejaba casi todos sus huesos, su ya de por sí afilado rostro era ahora una muestra de la decadencia en la que tanto el planeta como sus habitantes estaban sufriendo; pero eso, no era del conocimiento de Layla.

Una vez estuvo la niña allí, en el despacho, por el comunicador del coronel empezaron a saltar avisos. “Recibimos ataques de los imperiales. Coronel, son las Hermanas.” Consiguió escuchar Layla. Ella no era había recibido instrucción militar de ningún tipo, pero sabía que si los soldados recibían ataques imperiales, definitivamente los hombres con los que estaba no lo eran.

-Por el Príncipe…-murmulló el coronel al escuchar aquello.

Layla en ese momento fue rápida. El coronel se mantenía ajeno a la presencia de la niña, quién no desaprovechó la ocasión. En un ropero situado cerca de la puerta se hallaba la indumentaria del coronel y un objeto muy interesante a la vista de la niña: un puñal.

Capítulo III: Y floreció entre muerteEditar

-¿Te gusta esto, coronel?- susurraba la niña mientras el puñal salía y entraba de la espalda de su captor.- ¿Te gusta el dolor? ¿Te gusta sentir tu propia sangre cuando sale de tus heridas? ¿Te gusta verte morir?

El coronel no pudo hacer nada para impedirlo. Su ya maltrecha espalda estaba llena de sangre y heridas. Su túnica, una vez de colores claros, estaba empezando a mancharse del rojo de la sangre. Su fuerza se desvanecía.

-¡Que el Juicio del Emperador te sea satisfactorio, xeno!- gritó Layla mientras continuaba con el apuñalamiento.

Kiomen no pudo sostenerse de pie mucho más tiempo, así que instintivamente se agarró a una de las cortinas. Su espalda no dejaba de escupir sangre, pero la niña paró de atacar, sabía que ya era suficiente.

-Príncipe…Oscuro…sálvame…-lograba decir con la boca llena de sangre.

-Ya nadie puede salvarte, coronel.- Layla se le acercó por detrás y le susurró detrás de la oreja.- El Dios Emperador solo ayudará a los hombres y no a los impostores.- Con el puñal todavía en la mano, le cortó el cuello, dejando que el resto de su esencia vital se escapara por la garganta. Las cortinas no resistieron más el peso del hombre y se resquebrajaron. El coronel cayó al suelo y las cortinas sobre él, pareciendo incluso que esas mismas cortinas estaban tapando al cadáver.

-Coronel, ¿se encuentra bien? Estamos escuchando bastante más ruido de lo normal aquí fuera.- conseguía escuchar Layla de uno de los soldados.-…¿coronel?

Los soldados se mostraban extrañados al no recibir respuesta, por lo que, tras mucho pensarlo, abrieron la puerta con delicadeza.

-¿Qué es eso?- dijo uno de ellos.-¡Por el Príncipe Oscuro, alguien ha matado al coronel! Avisa a los homb…-no le dio tiempo a finalizar la frase cuando recibió un disparo en el ojo. La bala de bólter le impactó y su cabeza explotó de manera que el casco salió disparado hacia el techo.

El otro, mientras soltaba alguna maldición, buscó con los ojos dónde se escondía el asesino tanto de su superior como de su compañero. Vio un destello y perdió el equilibrio; su pierna derecha, a la altura de la rodilla, había salido disparada hacia atrás. Sangrando, dolorido y tirado en el suelo allí la pudo ver: la niña que siempre traía al coronel se había escondido debajo del escritorio de madera noble, parapetada y lista para disparar con la pistola bólter del coronel.

-¡Por favor no me hagas nada!- gritó el hombre rápidamente, instantes después de escuchar otro destello…que sería el último.

La niña se levantó rápidamente para ver todo el estropicio que había armado: tres hombres habían muerto…”no, no eran hombres” se decía a sí misma para justificárselo. Era difícil hacerlo puesto que lo parecían, “pero eran xenos; xenos malvados y asquerosos alejados de la luz del Dios Emperador”. Layla cogió el puñal, todavía en la sanguinolenta espalda del coronel y se dirigió hacia la salida del despacho, decidida a escapar de allí. En el comunicador del coronel todavía se escuchaba a alguien gritar, como una llamada de socorro, de auxilio, pero la joven lo ignoró.

Layla, mientras corría por todas las instalaciones, escuchaba a los soldados correr de aquí para allá, portando toda una miríada de enseres y cajas, armas y municiones. Ella se ocultaba para que no la vieran, cosa que sería difícil puesto que los soldados estaba bastante atareados. Cuando se hubo deshecho de una patrulla que iba y venía con carretillas llenas de armas por un pasillo, consiguió asomarse por un pequeño ventanuco que daba al exterior, hacía mucho tiempo que no respiraba aire limpio o veía la luz del sol; apenas si sabía la hora del día en la que se encontraba.

Lo que pudo ver después de que sus retinas se adaptaran a la luz la dejó perpleja: el cielo estaba lleno de columnas de humo y había como...como unos vehículos metalizados que volaban de un lado para otro, parecía que estaban disparando a los soldados que les devolvían los disparos, allí en la gran muralla gris de afuera del edificio, donde Layla debía dirigir.

Tras pensarlo detenidamente, decidió salir por algún otro sitio que no fuera la puerta principal, no era una opción viable. Su única forma posible de salir era por alguna vía secundaria o conducto; inmediatamente pensó en las tuberías que recorrían gran parte de los techos de los pasillos, pequeñas para que cupiera un hombre, pero suficientes para que lo hiciera una niña. Quedaría saber por dónde podía colarse, y la respuesta le vino como caída del cielo: cerca de su celda siempre vio una pequeña abertura por la que cabría. “Siempre que pueda escaparme y salir corriendo, me iré por ahí” pensaba cada vez que veía tan hueco.

Así que se fue de allí en busca de aquella brecha de la tubería; pero el camino sería difícil ya que estaba todo plagado de soldados yendo de un lugar hacia otro, a pesar de ser solo girar dos veces en u pasillo y bajar unas escaleras. Se arriesgó demasiado caminando por aquel lugar tan solo escondiéndose en los montones de cajas del pasillo y en los marcos de las puertas, pero la jugada le salió bien: en cuestión de dos minutos estaba ya en la entrada a su pequeña ruta de escape. No había nadie, pero debía actuar rauda por si acaso.

Rápidamente intentó meterse en la hendidura de la tubería, la cual se ajustaba perfectamente a su cuerpo, ahora lleno de magulladuras, moratones y con una delgadez que nunca había padecido. Sin quererlo, se cortó el gemelo derecho al escuchar un sonido extraño, por lo que se había apresurado. No había sido nada, quizás alguna explosión en el exterior, pero nada que alterase sus planes; sin embargo, su herida sí era real.

La tubería en esa parte llevaba una leve inclinación, que llegaba al techo, propicia para que Layla pueda arrastrarse sin demasiado esfuerzo; cosa que hizo. El gemelo no dejaba de sangrar, y ella se dolía de la herida y de toda la suciedad que le estaba entrando en ella. Pero eso no importaba, la libertad estaba tan cerca que ni todos los dolores físicos podían equipararse. Escuchaba disparos, explosiones y gritos; unos más cerca que otros. Eso no le preocupaba porque no le afectaba a ella lo más mínimo.

Llegó a un punto en el que no se veía nada. Pensó entonces que la tubería estaba ahora bajo tierra. Un ruido extraño y constante la acompañaba desde hacía ya, ella recapacitó sobre todo lo que podría estar pasando: que la estuvieran siguiendo, que arriba siga la batalla, que sean solo roedores que habitan los conductos…pero no era nada de eso. Al avanzar un poco más supo ya de que se trataba. Los sistemas de ventilación habían llegado a su final, ahora estaba frente a un gran ventilador que se movía de forma que no se lograban ver las aspas. No pudo reaccionar al verlo porque de repente su vista se nubló y sus oídos le pitaban con una fuerza desmedida.

De repente volvió en sí. Le parecía extraño…según ella solo había pasado un momento, pero la sensación era de haber estado allí durante horas. Pero eso ahora no importaba, en el fondo del túnel había una luz; lo que indicaba que el ventilador gigante ya no estaba y la libertad estaba cada vez más cerca.

Sentía dolor, mucho dolor. Sus piernas apenas respondían, sus brazos estaban entumecidos, los ojos llenos de polvo, la cabeza le retumbaba, toda ella estaba llena de magulladuras y heridas de poca gravedad comparado con la gran brecha que tenía en el gemelo. En ese instante, eso era secundario.

La luz la cegó, pero por fin había asomado la cabeza por la apertura del túnel. Todo lo que podía ver eran formas diseminadas por todo el paisaje, ahora gris. Mientras su vista se aclaraba, el horror que la embargó no pudo ser mayor. Cientos, quizás miles de personas yacían muertas en la extensa llanura en la que había ido a parar, y donde estaba el equipo de ventiladores que suministraban aire al gran edificio. Nada más posar sus maltrechos pies en el suelo, pudo sentir que éste estaba caliente y lleno de huellas tanto humanas como de vehículos.

La niña, sentada y abatida en el suelo y con una miríada de sentimientos contradictorios, comenzó a llorar por sus vidriosos ojos verdes. Las lágrimas recorrían sus mejillas quitando parte de la suciedad de la cara de Layla; caían al suelo pesadamente mientras la niña se mostraba impotente ante aquella imagen.

-Por el Dio Emperador…¿de dónde has salido tú?- Layla escuchó una voz, una voz de mujer, que venía de atrás. En ese mismo instante, las esperanzas de la niña de sobrevivir se desvanecieron pero…un momento. Aquella voz había mentado al Emperador, ¡no eran xenos! Layla se volvió, el cuerpo del que provenía aquella voz estaba más cerca de lo que creía, pero se abrazó a la pierna de quien estuviera hablando.

Estaba frío…frío y duro. Layla no tuvo más que mirar hacia arriba para comprobar que no se trataba de un “soldado xeno”. Para empezar, se trataba de una mujer. Llevaba una armadura de color blanco, manchada de sangre y polvo, así como abollada por diversos puntos. De su cintura colgaba una cadena de perlas de color oro. Layla logró identificar ese objeto como un Rosarios, su madre guardaba uno en algún cajón de su habitación.

Cuando la mujer miró hacia abajo, a Layla se le heló el alma. Tenía los ojos de un color gris tan blanquecino que parecían de mármol, sus rasgos faciales, todos ellos afilados, estaban llenos de antiguas cicatrices y de alguna que otra mancha de sangre y de ceniza. Cuando le vio la cara a Layla, no hizo ningún gesto, ninguna mueca, nada; era muy fría.

-¿Qué haces aquí, niña?- le preguntó la mujer de la armadura.- Esto es un campo de batalla.

-Se…señora…-lograba decir a pesar del dolor y los sollozos.- Los xenos…ellos me raptaron.

-¿Xenos?¿De qué xenos hablas?- volvió a preguntarle, como si se sintiera más interesada esta vez.

-Esos hombres muertos…eran…xenos. Los humanos…el Emperador…son buenos…ellos eran malos…los xenos son malos.

-¡Ja ja!- rió ella, lo que no le hizo ninguna gracia a Layla, sobre todo después del infierno que había padecido.- Esos no son xenos. Son herejes, y nuestro deber era acabar con ellos. Hermanas, creo que el Dios Emperador nos ha enviado un regalo.

–parecía que hablaba con alguien, pero a Layla no le pareció ver a nadie a su alrededor más que cuerpos calcinados y vehículos estropeados y humeantes.- De acuerdo.- continuó ella.

-¿Qué me va a pasar?- preguntó la niña, nerviosa y temblando.

-Nada malo. El Dios Emperador ha decidido que te conviertas en una de nosotras y combatas a sus enemigos. No aceptes discusión alguna.- Laya en ese momento solo quería salir de allí y que le curasen todas sus espantosas heridas, habría aceptado ir a cualquier lugar. La mujer de la armadura la cogió en brazos, llevándosela de allí.

Tiempo después, a la niña se le explicó que ellos, sus raptores, no eran xenos. Eran humanos, humanos como ella; pero humanos malvados. Lo primero que ella pensó era que el Dios Emperador no podía permitir que existieran ese tipo de personas en la Galaxia, por lo que ella debía acabar con los “malos” por Él. Unos años de entrenamiento y meditación profunda dieron sus frutos, de ellos salió del convento, lista para eliminar a los enemigos de la Humanidad, preparada para hacer que a nadie le pase lo que a ella. La joven, la niña, Layla. Ahora no se llamaría así nunca más. Ahora sería la furiosa, la iracunda, la temida: Nesaricca.

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