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Capítulo 1: El mundo que olía a muerte

Era la guerra. Pero daba la sensación de ser algo completamente diferente. 

Las tórridas marismas del hemisferio sur de Ventius Tertiarius escondían una codiciada posición ventajosa en el centro del continente. Pero no había un enemigo, sólo aguas aceitosas, lodo negro y baboso, árboles muertos y aquella espesa niebla baja. Los jirones de vapor blanco amortajaban el horizonte y seseaban entre los retorcidos árboles en descomposición y ocultaba a un enemigo real. La guerra. Al otro lado de la fétida oscuridad pincelada de niebla, tras una traicionera tierra de nadie que se había cobrado ya muchas vidas y suministros de ambos bandos.

Pero aún no lo había visto, y era como si no existiera. Resonaba lejana y atroz la artillería imperial batiendo las posiciones del Caos. Respondía distorsionada y enmudecida por la distancia y la niebla la del Archienemigo. Pero todo estaba tan lejos. Y ahí estaba él, en un pozo de tirador que tenía que reparar cada dos por tres por la humedad y la inestabilidad del terreno. Estaba al amparo de un telón de camuflaje, a cubierto tras un grueso murete de sacos terreros, envuelto en un chubasquero impermeable de plástico, teñido con un patrón de camuflaje de pantano. Tenía el resistente uniforme de combate caqui acartonado y sucio por el lodo ya seco, y la armadura antifrag que estaba bajo el chubasquero empapado había quedado salpicada de gotas aceitosas y negras de agua estancada y fétida. Los guantes de combate estaban también cubiertos de barro seco y malolientes restos de marisma. Todo en aquel sector de Ventus Tertiarius estaba rebozado en aquella porquería, al parecer. 

Asomando apenas la cabeza por el parapeto, el soldado Denz Varlen vigilaba. Había por lo menos dos kilómetros de tierra revuelta y destripada por la artillería hasta el espeso bosque muerto, y no pasaba absolutamente nada en ella. 

Siempre había detestado la espera antes de una batalla, y a pesar de sus diez años de experiencia con la Guardia Imperial nunca logró controlar los nervios, la ansiedad, la risa forzada y nerviosa ante un chiste malo que no obstante era bienvenido. Pero el silencio vagamente roto por la lejana artillería le estrangulaba en su puesto. Con el rifle láser colocado entre dos sacos terreros, escrutó por enésima vez la marisma desollada por obuses y misiles. 

Y no había nada. 

Y el olor no ayudaba en absoluto. 

Chasqueó la lengua con desagrado y se llevó un pitillo a la boca. El encendedor le falló; tenía el mecanismo de gas atascado por el lodo viscoso y calentorro. Suspiró. Ni siquiera el hornillo para el recafeinado ni la tostadora de raciones de masa alimenticia estaban cerca de su puesto para poder encenderse el cigarro, y soltó un obligado juramento. 

- Que Arridae no le escuche, soldado- dijo una voz amistosa pero firme. 

Denz levantó la cabeza y se encontró con el capitán Tharrus Vinne, máximo oficial de su compañía. Llevaba la gorra de oficial puesta sobre los vocoauriculares de combate, y por encima del uniforme y el chaleco antifrag se había puesto un largo abrigo de cuero sin teñir bien cuidado pero descolorido. Lo llevaba abierto y ambos extremos del cinturón oscilaban como péndulos a cada lado. El sable de energía lo tenía envainado en la funda decorada con filigranas de plata, semiescondida bajo el largo abrigo de crujiente marrón y envuelta en cinta impermeable para protegerla del terreno. Le tendía un encendedor de ceramita con un calentador eléctrico. Denz asintió y aceptó el fuego y tras dar una satisfactoria calada al cigarrillo agradeció en voz alta la ayuda.

- Gracias, capitán, el...- dio otra buena calada y exhaló, saciado-. El Emperador le guarde.

Vinne indicó con un cabeceo que no le debía nada y se aupó para poder ver sobre el parapeto. Barrió la tierra de nadie con sus ojos, el biónico y el violeta, herencia cadiana. Al igual que Denz. Al igual que el resto del 714° de Infantería laxiana.

- Todo sigue...

- Exactamente igual, capitán- se encogió de hombros Denz-. No van a moverse a través de la arboleda con nuestra artillería activa, ni nosotros con la suya aún respondiendo. No son tontos estos traidores. Perdóneme. No sé si es herejía decir eso- terminó bromeando.

Vinne rió cansado y apoyó un antebrazo en el parapeto, la otra mano sosteniendo unos magnoculares. 

- Nos han traído unos regalos, Varlen- anunció oteando con aire frustrado el horizonte neblinoso-. El Departamento Monitorum ha conseguido prescindir de algunas provisiones, medicinas y municiones de la retaguardia, ya que tenemos a las fuerzas enemigas del sector atrapadas en la ciudad colmena.

- Capitán, quizá no todas- Denz sopesó sus palabras antes de hablar-. Hay noticias de bandidos y elementos enemigos dispersados en el sector. Desertores de las FDP junto a los heréticos. Los traidores asaltan los convoyes, se rumorea.

Vinne asintió con aplomo. Su mirada de por sí dura se volvió casi fría. Pero se mantuvo mayormente impasible.

- La Armada y los muchachos de Catachán están peinando los pantanos. Limpiarán sus campamentos, bombardearán la zona con fósforo y harán un último barrido de reconocimiento- le dijo, como si le contara un secreto. Pero ambos eran veteranos, y sabían que sólo era una forma de subir la moral-. Todo está controlado, Varlen.

- ¿Traen repelente de mosquitos?- inquirió Denz para cambiar de tema.

- Y armamento pesado de la retaguardia. El general Di Sera quiere forzar al enemigo a asaltar nuestras posiciones y tener a mano toda la artillería disponible. Pretende arrastrarles a una matanza y que después tomemos sus posiciones y rodeemos la ciudad colmena.

- ¿Y cómo pretende hacer eso?.

Vinne sonrió y se bajó del parapeto.

- Quién sabe. Pero piénselo de la siguiente forma; si al final atacamos primero, es mejor para nosotros tener todas las armas pesadas posibles.

Denz inclinó la cabeza hacia un lado, admitiendo que tenía razón. Había aprendido a valorar al capitán Tharrus Vinne. Era un hombre inteligente, y que se preocupaba por su tropa. Dirigía la compañía con disciplina, pero se lo había ganado junto al respeto de los soldados. Había liderado la compañía en uno de los momentos críticos del regimiento; la había llevado a la victoria a través de un huracán de fuego y muerte en un mundo en ruinas. 

Había demostrado que eran una unidad de combate muy eficaz, y que él los hacía más fuertes como tropa.

Todo fue en la titánica Guerra de Thorax cinco años atrás. Entonces Denz no tenía ni veinte años, y era un muchacho recién salido de la rigurosa instrucción laxiana combatiendo a monstruosos xenos. Eran novatos y desconocían cómo los orkos combatían, y estuvieron a punto de pagar un precio mortal por ello. Pero el capitán logró unir a sus hombres y rechazar y perseguir a los alienígenas, salvando a la compañía y ganando también, sin saberlo en su momento, la batalla. 

Y por eso Denz le salvó la vida sin dudarlo.





Bautismo de sangre en el Apocalipsis.

Thorax era un mundo industrial áspero y oxidado en la frontera del sector Namether. Producía cada año cientos de miles de toneladas de equipo de combate y máquinas de guerra para alimentar los esfuerzos militares del Imperio. Sus catorce billones de habitantes vivían hacinados en ciclópeas colmenas-factoría y enclaves mineros repartidos por su superficie yerma y polvorienta. Un viento caliente y árido, de un difuso color naranja, barría insistente la superficie calva de vida y de machacada roca volcánica. 

Las colmenas se alzaban con sus negras agujas y cúpulas erizadas de antenas y artillería, recortando el paisaje plano y muerto con su extensa y avariciosa sombra. Parecían crecer sobre gigantescos desagües y tuberías de deshechos, como si fueran raíces oxidadas y ponzoñosas. Pero no ardían sus chimeneas ni vomitaban negro los hornos de fundición. La colmena no humeaba más con la industria, sino con destrucción. Columnas de humo negro y rojizo se elevaban en cada nivel, en cada distrito de herrumbosos bloques prefabricados, en cada calle urdida de escombros y fuego. La noche de humo estaba iluminada por ráfagas estroboscópicas. Resplandecían fugaces y feroces las andanadas de láser bajo el techo etéreo de negro muerte. Bramaban furiosas las naranjas detonaciones de los monstruosos orkos. Crujían los lanzallamas, serpenteaban las trazadoras, devoraban las explosiones. Ensordecía el trueno atroz de la guerra con cada disparo, cada bombardeo, cada grito. Con cada muerte. 

La ofensiva imperial llevaba dos horas de intenso combate urbano asaltando las ajadas raíces de óxido de la colmena-factoría. Habían demolido con artillería los mares de habitáculos chabolistas que rodeaban la colmena como un charco de miseria y pobredumbre. Después la infantería había avanzado a través de los escombros dispersando con tenacidad los restos de la defensa alienígena. Los orkos no obstante se habían reagrupado en el extremo del mar de ruinas, entre los tóxicos laberintos de cañerías y desagües de los cimientos de la colmena. Se habían preparado para una ofensiva final, y los regimientos de la Guardia Imperial tomaron posiciones y se dispusieron a frenar el avance pielverde antes de tomar por el asalto las raíces corroídas de la colmena-factoría. La marea verde había asaltado las posiciones imperiales con una salvaje ferocidad, y las líneas empezaban a colapsar en algunos puntos. 

Y rebozado en polvo y hollín el soldado Denz Varlen corría entre los escombros triturados por la artillería. 

Se encontraba justo al borde de la depresión que llevaba a las raíces de la colmena, y ahí abajo, entre escombros y enormes desagües de vertidos tóxicos los Orkos crispaban la zona con disparos. Surgían de las bocas rotas de las tuberías y se habían hecho fuertes entre los esqueletos de las laberínticas profundidades de la colmena.

Denz vio cómo una atronadora ráfaga partía en dos al soldado Stenner y agachó aún más la cabeza. Chocó con el hombro con los restos de un habitáculo de obreros y miró a su alrededor mientras las ruinas restallaban con impactos de proyectiles. Una ametralladora primitiva de los alienígenas le había aislado de su escuadra, y había visto cómo avanzaban ladera abajo, agachados entre restos retorcidos de arquitectura prefabricada. La escuadra del sargento Oxn había tomado posiciones a unos cien metros a su derecha, desperdigados en una centelleante línea de escaramuza. De la escuadra del sargento Veryn no sabía nada desde que una emboscada desesperada de los pielesverdes les había atrapado. Pero el capitán y las secciones de artillería iban detrás de él. O al menos eso esperaba.

Puso el selector de potencia de su rifle láser en "alto" y sonó un zumbido cuando la célula suministró más energía al rifle. Se asomó para disparar al mismo tiempo que el capitán Tharrus Vinne y su escuadra de mando aparecían entre el destrozado rococemento. Detrás de ellos, las tres secciones de armas pesadas que acompañaban al pelotón. El resto de la compañía estaba a su alrededor, avanzando a través del anillo en ruinas. Pero era como si estuvieran en otra parte, aislados de ellos en la destrucción inmensa de aquel lugar.

Mientras los recién llegados tomaban posiciones, esparcidos por la ladera, las escuadras del sargento Oxn y del sargento Gabant abrieron fuego. Dispararon en automático, inundando las posiciones de los xenos con una granizada de brillantes rayos naranjas. Algunos orkos se desplomaron con la cabeza reventada o una rodilla vaporizada, pero la mayoría se puso a cubierto con disparos que no habían logrado matarlos. Denz sabía que eso no era un problema; no intentaban eliminarlos, sólo dispersarlos y contenerlos. Contra bestias como los orkos, las armas pesadas tenían que dar el golpe letal. Buscó con la mirada la sección de apoyo del sargento de artillería Llisker. Sus tres dotaciones de bólter pesado estaban desplegando los trípodes, dispersados entre las ruinas. Los bólteres pesados Modelo Hellhest eran de una PCE de su sistema, y tenían alargadas mangas cilíndricas alrededor del cañón, enfriándolo con un gel de nitrógeno. Estaban estriadas, estilizadas con un aspecto industrial e intimidante. Sus cañones tabletearon.

Los proyectiles explosivos se esparcieron sobre la zona inferior, en letales arcos de tiro superpuestos. Los alienígenas se derrumbaron con boquetes humeantes, desmembrados y decapitados. Pero los desagües vomitaban más, y vadeaban entre los cascotes y los cuerpos mientras una lluvia de fuego láser salpicaba la zona con estallidos estroboscópicos.

Las secciones de los sargentos de artillería Dolanus y Venz se parapetaron a su espalda, desplegando los robustos bipodes de sus morteros. Las seis piezas de artillería retumbaron escalonadamente y surgieron géiseres de fuego y metralla entre los xenos. Los cuerpos salían despedidos, destripados y triturados por la metralla, amputados y heridos.

- ¡Varlen!- oyó la voz del capitán a su derecha-. ¡Venga, necesito un cargador!

Denz se asomó tras su cobertura y una ráfaga cruzada silbó por encima de su cabeza. Soltó una maldición y resopló mientras tomaba impulso. Se lanzó rodando hasta la cobertura del capitán. Las balas levantaron explosiones de polvo a su alrededor.

- ¡Coja esto!- le gritó el cabo Dennan, médico del pelotón, tendiéndole una amplia mochila portamisiles. 

- ¡Échame una mano, Denz!- exclamó el cabo Irsan, señalándole con la mirada el lanzamisiles portátil que llevaba al hombro. 

Denz cogió la mochila y sacó uno de los misiles en su cartucho tubular. Se aseguró de leer su pintada identificativa y lo insertó en la recámara del lanzamisiles. 

- ¡Listo!- anunció, dando una palmada en el casco de Irsan. 

- La boca de desagüe de la izquierda, ¡se les oye llegar desde aquí!- señaló el capitán. 

El lamzamisiles tronó y el proyectil explosivo silbó propulsándose hacia el desagüe, dejando una estela blanca de gases de propulsión. La tormenta de alto explosivo y metralla sacudió el espacio cerrado del túnel de deshecho y mató a una docena de orkos. Pero otros tantos que iban detrás salieron cargando, disparando con desenfreno y bramando salvajes. 

El intercambio de fuego se había redoblado, hendiendo el aire con violencia. Las ráfagas orkas obligaban a los laxianos a agacharse y ponerse a cubierto, y los bólteres pesados estaban saturados de objetivos. Una cortina de granadas de mortero llovió entre las posiciones alienígenas. De entre el polvo y el humo surgió un fuego más atroz, un grito de guerra más furioso. 

- ¡Mylers!- llamó Vinne a su vocooperador mientras Denz cargaba el lamzamisiles-. Dile a la artillería que concentre el fuego al otro lado, por encima de los cimientos. Los pielesverdes cruzan desde ahí. 

El cabo Dante Mylers asintió y se llevó una mano al comunicador. Vinne señaló otro objetivo. Irsan disparó. El misil silbó y un torrente de muerte destrozó a media docena de orkos y mutiló a otros tres. Nuevos guerreros xeno retomaron su lugar, y una inesperada ráfaga láser desde arriba los dispersó. Denz alzó la vista al igual que Vinne. El pelotón C estaba en un amplio puente elevado; una entrada a la colmena. Podían oírse los ruidos del combate, centelleante de tiroteos. Pero dos escuadras se habían apostado en el borde, y estremecían el avance alienígena con precisas ráfagas de láser. Una palmada en su casco devolvió a Denz a su situación. 

- ¡Ahí, cien metros!- exclamó Vinne, señalando-. Se están poniendo a cubierto en masa, ¡se preparan para asaltarnos! No podemos permitírselo.

Denz e Irsan respondieron con firmeza y el lanzamisiles vómito con estrépito una nube de humo. El misil trazó una trayectoria descendente y masacró a una decena de pielesverdes. Pero más se afanaban en avanzar desde atrás, bajo las zonas de muerte de los bólteres. El fuego cruzado de las secciones de apoyo estaba segando a los xenos con proyectiles explosivos, pero eran tantos que cada vez más orkos aparecían entre las estelas de bólter para parapetarse con el resto. Y mientras tanto los morteros sacudían el otro lado, y Denz observó que llegaban menos orkos a través de los desagües, y muchos cruzaban heridos. El capitán Vinne estaba controlando la situación.

Había estado en otro regimiento antes, y sus hombres no se fiaban mucho de él porque no lo conocían. Pero Denz sintió un gran orgullo al cargar una vez más el lanzamisiles, a la orden de Vinne.

Otro estallido desgarrador que sacudió la cobertura de los alienígenas, pero la respuesta fue abrumadora. Con gritos de guerra, disparando indiscriminadamente los orkos saltaron sobre sus posiciones y empezaron a cargar cuesta arriba. De inmediato les recibió un aluvión de láser, derribando a varios con disparos en la cabeza y saturándolos hasta abrirlos en canal, pero más tomaron su lugar. Vinne llamó entonces una vez más a Mylers, manteniendo la calma y hablando con autoridad.

- Transmite a Llisker; quiero que una de sus dotaciones bombardee los desagües, y que las otras dos abran fuego sobre los parapetos. No quiero ni un orko más uniéndose a la carga, ¿entendido?

Dante asintió con decisión y conectó de nuevo el receptor de voz. Vinne disparó a los xenos al asalto.

- ¡Dispersadlos o nos superarán!

- ¡Listo!- exclamó Denz, palmada en el casco de Irsan.

El misil frag acertó en el centro del avance orko y los desperdigó a lo largo de la ladera de escombros. Cinco habían salido volando destrozados y otros tantos se arrastraban, sin piernas o partidos por la mitad. Al tiempo las escuadras de infantería desplegaban sus lanzagranadas. Cuatro armas de asalto escupieron explosivos de fragmentación desde las posiciones de los laxianos. Las andanadas de láser serpentearon entre los estallidos antipersona.

- ¡Listo!

El polvo y los cascotes llovieron sobre la ladera en una erupción explosiva y hendida de metralla. Pero sólo tres orkos fueron alcanzados. El asalto empezaba a perder fuerza bajo el intenso fuego de los guardias imperiales. Y en los desagües, el flujo de monstruos parecía haber cesado por completo. Los cadáveres mutilados se amontonaban en el suelo a los pies de las bocas oxidadas y con los barrotes rotos, retorcidos.

- ¡Listo!

Un orko fue incinerado y otro se estampó con el suelo partido en dos. Poco después los últimos xenos morían a apenas unos metros de las posiciones imperiales. Ladera abajo, unas dos docenas de orkos sorteaban los cadáveres de sus camaradas mientras disparaban descoordinados. Denz se dio cuenta de que estaban desorganizados y desperdigados. Eran vulnerables. Miró al capitán, sabiendo su orden.

Pero una ráfaga de fuego láser y un grito de guerra a coro, en el nombre del Emperador, ahogó las palabras en la boca de Vinne. La escuadra del sargento Veryn avanzó ladera abajo, surgidos de la nada, magullados y cubiertos de sangre y polvo de rococemento. Los vítores recorrieron la línea de los laxianos mientras Vinne se levantaba y desenvainaba su sable de energía. La hoja del arma relampagueó con un destello vengativo.

- ¡Tomamos sus posiciones al asalto!- ordenó por el enlace de voz-. ¡En el nombre del Emperador!

Los casi treinta laxianos saltaron sobre su cobertura y cargaron con las bayonetas caladas. Habían sufrido algunas bajas y heridos, pero atacaron con decisión, con el coraje del León de Laxis. Denz estaba conducido entonces por su entrenamiento, por la firmeza y el valor que le habían inculcado, por la férrea disciplina, el frío instinto de combate. Con el nombre del Emperador en sus labios, cargó sobre los parapetos de los orkos.

Se produjo una serie de explosiones de granada a lo largo de las líneas alienígenas, y varios orkos fueron alcanzados por los explosivos y la metralla. Y entonces todo sucedió a toda velocidad, con una furia y un desenfreno agotadores y apabullantes.

Los laxianos saltaron sobre los orkos sin dejar de disparar en alta potencia, hasta agotar las células térmicas. Los alienígenas se derrumbaron cosidos por pequeñas explosiones de energía. Pero devolvían el fuego, y Denz vio morir al soldado Ralen y al cabo Yrzin, atravesados por proyectiles orkos, y Gredan cayó rodando por el suelo y jurando a gritos sujetándose una pierna hecha jirones.

La carga de bayonetas fue feroz, confusa e implacable. Los orkos estaban dispersos y aún aturdidos por las granadas y los disparos láser, y se abalanzaron sobre ellos con un valor ciego. Denz clavó su bayoneta monofilamento en la garganta de uno de los robustos alienígenas y Dante le atravesó la frente con un grito. A su derecha el capitán Vinne cercenó el brazo armado de un orko y le voló la cabeza a bocajarro con la pistola bólter. Cerca, un guerrero xeno mandó malherido y por los suelos al soldado Vesk. El sargento Gabant le voló media cabeza de un disparo y la vaporizó del todo con un segundo.

A su alrededor los laxianos rodeaban a los orkos y los cosían a bayonetazos con una resistencia dispersa y lenta. Vinne encabezó el asalto, luchando junto a sus hombres blandiendo su sable de energía y su pistola bólter. Era inspirador, y Denz se encontró lleno de fuerza. La infantería del pelotón terminó con los pocos orkos que intentaban huir a través de los desagües. La sección de lanzallamas del sargento Mikken se ocupó de ello.

Pero antes de que los guardias imperiales vitorearan eliminando los restos de la resistencia xeno, Mylers trasladó a Vinne un mensaje del pelotón C, que observaba desde las alturas.

- ¡Tienen refuerzos pesados!- anunció por el enlace de radio Vinne-. Su líder va a cruzar las tuberías, ¡tenemos que demolerlas!

Los laxianos se miraron entre ellos. Los caudillos orkos y sus elegidos con servoarmadura eran enemigos extremadamente peligrosos; la instrucción se lo había dejado claro. Y no contaban con la potencia de fuego para plantarles cara eficazmente. Vinne llamó a los jefes de escuadra.

- Cuatro hombres con todos los explosivos que podamos reunir y un equipo de lanzallamas por cada desagüe- ordenó-. Vamos a demoler esto.

Denz entró junto a Vinne, Mylers y Dennan, con los soldados Drestin y Molock llevando el lanzallamas. El interior de los desagües estaba horadado por mil impactos láser y de bólter, y arañado por la metralla. También estaba sembrado de restos de orkos. Avanzaron rápido, oyendo con tensión los rugidos de guerra, salvajes y desgarradores al otro lado del desagüe. Vinne se detuvo y señaló a su alrededor. 

- Explosivos, ¡adelante!- exclamó provocando un eco que redobló su autoridad. 

Denz y los demás empezaron a colocar granadas y cargas de demolicion en el techo y los lados del conducto, pegándolos al óxido con cinta adhesiva. Al otro lado podían oírse ya los rechinantes y escandalosos pasos de los orkos acorazados y su caudillo. El eco atronador les hizo estremecerse y se apresuraron. 

- ¡Cargas colocadas!- anunció Mylers inquieto. 

- ¡Vámonos!- fue la orden de Vinne. 

Pero mientras se daban la vuelta para emprender la retirada una forma enorme y aullante dobló la esquina. Agitó una exagerada garra de combate y Drestin y Molock se convirtieron en jirones. El noble orko rugió y avanzó triturando los restos de los operadores de lanzallamas. Sin pensárselo, Denz empujó al capitán Vinne y se interpuso entre el monumental xeno y él. Vinne gritó algo y Den le apartó aún más lejos. Movió el pulgar y calibró su arma para disparar en modo "sobrecarga". 

La célula térmica zumbó. El orko se lanzó sobre él. 

El rifle láser vomitó tres rayos chisporroteantes y vaporizó la cabeza desprotegida del alienígena. Pero la garra de combate le arrancó el brazo izquierdo.

Gritando, aullando, fue arrastrado por Vinne hasta la boca del desagüe. Dennan Le ayudó a sacarle, inconsciente y chorreando sangre por el brazo arrancado. Le llevaron a retaguardia mientras todos corrían, alejándose de los desagües y disparando a su interior para contener a los orkos. Pero los disparos de los rifles láser rebotaban sobre las servoarmaduras alienígenas, tan sólo cegándoles con sus estallidos de energía. Y entonces Vinne dio la orden.

Un trueno retumbó por el sistema de cañerías, haciendo estremecer todo. El fuego manó de las bocas retorcidas mientras toda la estructura se derrumbaba sobre el entramado de tuberías. Los escombros y la pulpa salpicada de metal sanguinolento que habían sido los orkos bloquearon las entradas al desagüe y éstas exhalaron una nube de polvo que los cubrió a todos. Se levantaron aturdidos por la onda expansiva, mientras una comunicación del pelotón C crujía por el enlace de radio.

- ¡Los han sepultado, pelotón A!- celebraban-. ¡A este lado se han detenido, han quedado como aturdidos!

Los disparos del pelotón C estaban dirigidos entonces a un amplio grupo de dos centenares de pielesverdes que se habían detenido de golpe al otro lado. Para cuando empezaron a responder lo hicieron de forma errática y muy desorganizada, y los rayos láser y las granadas estaban sacudiéndolos sin piedad.

Tosiendo polvo, Vinne se ajustó los vocoauriculares y conectó con la frecuencia del pelotón.

- ¡Adelante, muchachos! ¡Al asalto, todas las unidades!

Aquella tarde el pelotón de mando del capitán Vinne descendió por los escombros descargando una lluvia de fuego. Avanzó con agresividad hasta pocos metros de los orkos y empezó a barrerlos con un fuego cruzado de láser y granadas. Después las armas pesadas terminaron de aniquilar a los orkos junto al pelotón C, desde lo alto.

Aquel día las fuerzas imperiales persiguieron a los orkos hasta el corazón de la colmena-factoría. Fue una feroz batalla urbana, luchada habitáculo a habitáculo, con bayoneta y lanzallamas, pero los orkos estaban desorganizados sin su caudillo. Cuando se despejaron las entradas, los blindados y la infantería mecanizada asaltaron la colmena-factoría y se unieron a Vinne y el resto de compañías de infantería.

En tres horas sangrientas, despejaron la mayor parte de la ciudad. Dos horas después, habían aniquilado a los orkos en una ofensiva coordinada con los blindados en punta de lanza.

Pero el soldado Denz Varlen nunca lo vio. En una instalación medicae móvil, un cirujano trataba su mutilación. Sólo recuperó el conocimiento horas después. Y vio al extraño dúo. Aquella tétrica pareja. Le acosaba en sueños aquella visión macabra. Una adepta medicae y un tecnosacerdote del Adeptus Mechanicus, ligando una prótesis mecánica a su cuerpo.

Para cuando terminaron de conectar la pieza a sus conexiones nerviosas, Denz ya estaba inconsciente. Pero en aquellos confusos y neblinosos momentos en su mente sólo existía una cosa.

Habían vencido.

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