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Los hombres que corrían por las calles de la ciudad en ruinas eran los únicos supervivientes del 4º regimiento de Tánathos. Se encontraban en la ciudad de Aegia, en Tánathos VI, el planeta más alejado de la estrella en ese sistema. Ese mundo árido únicamente poseía una cosa de interés: el cráter de Silva; una extensa jungla situada en el fondo del cráter, cuya unica salida estaba custodiada por ese asentamiento. La invasión comenzó sin previo aviso en las profundidades de la selva. Primero llegaron las esporas, junto al avistamiento de los primeros xenos. Al segundo día, las plantas comenzaron a mutar; y finalmente, al cuarto día, llegó el asalto. En solo unas horas los tiránidos habían tomado la ciudad, arrasando con el ejército allí apostado. Los cinco guardias que quedaban con vida se refugiaron en un edificio derruido para descansar un poco.

- No se para qué corremos – dijo Kenneth mientras tomaba aire y comprobaba el depósito del lanzallamas -. No queda nadie más vivo en la ciudad. Nadie se molestará en venir a recogernos.


- Tenemos que encontrar una manera de avisar al resto del sistema – el sargento Gard se detuvo y los otros cuatro hombres hicieron lo mismo -. Reily, ¿alguna señal?


- Nada, señor – contestó el más joven de los supervivientes mientras manipulaba la radio colgada a su espalda.


- ¡Maldición! Brent dame el mapa – el soldado obedeció -. Bien. Ahora tú, Kenneth y Murray vigilad y avisad si avistáis a una sola de esas heréticas criaturas.


- A la orden señor – y los tres combatientes se dirigieron a cubrir las entradas.


«Tiene que haber algo que podamos hacer.» pensó el oficial mientras observaba el mapa junto al especialista en comunicaciones. Se encontraban en el sector tercius, pero la única nave de la que estaban seguros de que no se había marchado quedaba al otro lado de la ciudad. A pesar de todo, si conseguían abandonar la ciudad, serían ejecutados por traidores, al no haberse defendido hasta la muerte.


- Señor, - dijo Reily señalando por una de las ventanas – sobre la planta de promethium queda una antena de radio. Si pudiéramos llegar hasta allí, sí conseguiría enviar un mensaje que algún astrópata cercano captaría.


- Buena idea pero, ¿cómo llegamos sin ser vistos?


- Por aquí – dijo señalando una línea azul en el plano que cruzaba la ciudad por debajo de la central distribuidora -. Hay una entrada a los túneles de servicio cerca de aquí. Parece el camino más seguro.


- De acuerdo. ¡Hombres! ¡Nos movemos! – y los cinco guardias imperiales salieron en dirección a la fábrica.



- ¿Por qué siempre terminamos de mierda hasta el cuello? – Bromeó Murray, tratando de aliviar la tensión que había en el ambiente.


- Porque somos la Guardia Imperial, y siempre combatimos en las peores situaciones – los cuatro soldados rieron, pero el sargento Gant se mantuvo serio.


Durante todo el camino habían estado escuchando a los alienígenas en la superficie. Dentro de el túnel no parecía haber ninguno, aunque a veces las apariencias engañan. Mientras la escuadra caminaba únicamente iluminada por las linternas acopladas a los rifles, algo cayó al agua. Todos se detuvieron al unísono y se volvieron al lugar del que había parecido provenir el ruido. No parecía haber nada.


- Estad atentos soldados – dijo el sargento mientras desenfundaba su pistola láser y avanzaba unos metros.


De repente algo cayó desde el techo, haciendo que todos los hombres levantaran la vista. Lo que vieron los aterrorizó. Por el techo se desplazaban decenas de pequeños monstruos de color azulado, con aspecto de pequeñas serpientes, cuyo cráneo se había hiperdesarrollado. No parecían poseer ojos, pero si tenían una enorme boca repleta de afilados colmillos.


- ¡Devoradores! – gritó Murray mientras disparaba con su rifle láser al alienígena que tenía más cerca. El resto le imitaron.

- ¡Morid escoria! – Kenneth se adelantó y descargó una ráfaga de llamas sobre las sacrílegas bestias. Muchas se arrojaron al agua para tratar de llegar a sus presas. Y alguna lo consiguió.


- ¡Argg! – Murray se tambaleó antes de ponerse a disparar contra el agua -. ¡Una de esas cosas me ha mordido en el tobillo!

- Retroceded - ordenó Gant –. Brent, ayúdalo a caminar. Y seguid disparando.


El sargento se quedó el último mientras sus hombres le cubrían, cogió una granada de fusión de su cinturón, y la arrojó contra la marabunta. Justo después de explotar, el hueco que había quedado completamente vacío, se llenó de las apestosas aguas residuales

- Bien. Continuemos – Y la tropa siguió su camino por las alcantarillas.



- El edificio está justo enfrente señor – dijo Reily mientras descendía la escalerilla -. Parece que no hay movimiento en la superficie.


- Pero no podemos arriesgarnos. Uno de vosotros deberá salir a comprobarlo.


- Yo lo haré sargento – Brent se adelantó mientras se colocaba el rifle a la espalda para subir.


- Bien. Cuando llegues a las puertas silba para avisarnos de que el camino está despejado – dijo el sargento -. Que el Emperador te proteja.


- Gracias señor – dijo mientras ascendía las escaleras, retirando la tapa, y desapareciendo de la vista de los demás.


Durante unos minutos, los cuatro soldados permanecieron en silencio esperando la señal de su compañero. Cuando ya pensaban que no iban a escuchar nada, oyeron el silbido. Todos los guardias salieron al exterior y vieron a Brent parapetado en la puerta haciéndole señas para que avanzaran, mientras vigilaba los alrededores en busca de presencia alienígena. Uno a uno, fueron llegando a la entrada de la factoría hasta que estuvieron todos y cerraron las puertas. El edificio parecía estar en buen estado. La sala donde se encontraban era enorme, sin ventanas y con una sola puerta, siendo el lugar mejor defendible que habían encontrado. En esa gran nave estaba situada la máquina encargada de distribuir el combustible por toda la ciudad; casi tan grande como el edificio, y de la que cientos de tuberías se ramificaban internándose en el suelo y recorriendo las paredes.


- De acuerdo – los hombres se giraron hacia su superior -. Vamos a separarnos en dos grupos: el primero lo formaremos Kenneth, Murray y yo, y nos encargaremos de vigilar aquí abajo; el segundo seréis Brent y Reily, que subiréis a la azotea para tratar de mandar el mensaje. Ahora veamos esa pierna.


Murray se acercó cojeando hasta una estructura de metal y se subió en ella. El sargento se acercó a él mientras Kenneth caminaba hacia la puerta, y los otros dos subían al tejado. Gant le levantó el pantalón al soldado, viendo que tenía el hueso completamente destrozado. Además las pequeñas heridas no dejaban de sangrar; algo que esos seres tendrían en la saliva impedía la coagulación.


- No saldré de esta, señor – el oficial trató de pensar en algunas palabras de consuelo, pero no las encontró y guardó silencio. De todas formas, no pensaba que ninguno saliera con vida de Aegia.


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- ¿Puedes hacerlo o no? – Brent comenzaba a impacientarse.

- Ya te he dicho que si, pero necesito tiempo – dijo Reily mientras manipulaba los cables del repetidor de radio -. Esto no es nada fácil.


Desde donde estaban trabajando los dos hombres podían ver toda la ciudad; multitud de edificios ardían, las calles estaban llenas de cadáveres, y de vez en cuando a Brent le parecía ver algo moverse entre las ruinas. Para consuelo de ambos, junto a la antena, había una ametralladora pesada acoplada al suelo, que les daba algo más de seguridad.


« ¡Joder! ¿Por qué no funciona cuando conecto los cables? » Pensó el especialista en comunicaciones mientras realizaba un puente entre su comunicador y la enorme emisora. Se supone que había aprendido a hacer ese tipo de trabajos cuando se alistó en el basto ejército del Emperador, pero con los nervios del momento no lograba aclarar sus ideas.


- Reily, ¿falta mucho? - dijo impaciente el otro soldado.


- ¡Déjame! ¡Necesito más tiempo! – El muchacho ya comenzaba a enfadarse.


- Es que ese es el problema. Que no creo que tengamos mucho más.


Reily se giró hacia su compañero y palideció ante lo que vio. Una enorme nube formada por cientos de criaturas aladas se dirigía hacia su posición, a la vez que por la superficie, los tiránidos habían dejado de ocultarse y corrían hacia el edificio. Brent corrió y se armó con la ametralladora pesada.


- Puedo darte un par de minutos chico. ¡Aprovéchalos! – y comenzó a disparar contra las bestias.


Reily corrió hacia la radio y trató de entablar un mensaje.


- Bien – lo había logrado -. Atención. ¿Alguien me oye? Les habla un superviviente del 4º regimiento de Tánathos. Aegia ha sido invadida por tiránidos. Si alguien me escucha, enviad refuerzos – fue lo último que dijo antes de que dejara de funcionar la radio.


Las gárgolas cayeron sobre ellos, aunque el fuego continuo de la ametralladora consiguió frenarlas. De repente, todas comenzaron a ascender y a concentrarse sobre la estación de radio.


- ¡Vete de aquí novato! – gritó Brent mientras apuntaba a la masa de bestias matando a decenas con sus disparos.


El más joven de los soldados corrió hacia la puerta, entrando dentro del edificio y dejando a su compañero solo en la torreta. El chico rompió a llorar; no podía soportarlo más. Había visto a demasiados hombres morir ese día, y sabía que él sería otro de ellos, pues sabía que nadie acudiría a la llamada.


- ¡Morid bestias malditas! – Brent no dejó de disparar y maldecir ni siquiera cuando todos los monstruos cayeron sobre él, cortándolo y desmembrándolo hasta que no quedo más que un enorme charco de sangre.



Gant había estado esperando a que bajaran sus hombres hasta que comenzó a escuchar los disparos. En cuanto empezaron, subió corriendo las escaleras, encontrándose de frente a Reily. Lloraba mientras apretaba el rifle contra su pecho.

- Soldado, ¿qué ha ocurrido? – preguntó el sargento.


- Lo he abandonado – sollozó -. Soy un traidor, y ha muerto por mi culpa.


- No te preocupes – dijo acercándose a su subalterno -. Nadie más sabe lo que ha ocurrido.


- ¡No! – El movimiento cogió por sorpresa al oficial. Reily le arrebató la pistola de la mano y lo encañonó – ¡No se acerque!


- Te ordeno que me devuelvas el arma, chico.


- ¿Sabe? Ninguno saldrá vivo de aquí – fue lo último que dijo antes de apuntarse a la sien y apretar el gatillo.


La desesperación invadió al sargento. Uno de sus hombres acababa de suicidarse delante de él, viendo inevitable la muerte. Pero lo peor es que no lo veía una idea tan descabellada. No. Tenía que tranquilizarse, aún podían escapar si había podido enviar el mensaje. Tras recoger la pistola y el rifle volvió a bajar hacia la sala de máquinas.


- Señor, ¿qué ha sido ese disparo? – preguntó Murray


- Han muerto, los dos – fue la única respuesta que dio. Nadie preguntó nada más.


El ruido en el exterior era inconfundible; los tiránidos se estaban reuniendo a su alrededor. Se preparaban para el asalto final, y ambos bandos conocían el desenlace. De repente, algo comenzó a golpear la puerta, hundiéndola y abriendo un pequeño orificio. Kenneth se acercó corriendo hasta la puerta y sacó el lanzallamas por el agujero.


- ¡Comed fuego, engendros! – y vació todo el promethium que le quedaba, calcinando a varios alienígenas. Ese hecho le dio una gran idea al sargento.


- ¡Murray! Ven conmigo – ordenó mientras se dirigía a la computadora encargada de distribuir el combustible -. ¿El promethium llega a cualquier punto de la ciudad, no?


- Si, señor – él también comenzaba a entender el plan.


- Quiero que abras todos los conductos y liberes hasta el último litro de combustible.


- ¡Sargento! – gritó Kenneth mientras tiraba el lanzallamas y cogía su rifle -. ¡Están entrando!


La puerta cedió y Kenneth comenzó a disparar contra los xenos de cuatro brazos que aparecieron en el umbral, frenando un poco su avance. Las criaturas eran tremendamente rápidas, con cuerpos un poco más bajo que los humanos, y de un color azulado. Murray realizó la tarea que le había ordenado el oficial, para luego acercarse arrastrando la pierna a ayudar a su compañero. Mientras tanto, el sargento Gant había subido sobre el depósito de combustible y abierto la escotilla. Desde donde estaba vio como uno de los tiránidos cortaba en tres partes a Kenneth; y en como Murray había caído al suelo al retroceder, siendo descuartizado por media docena de bestias, que saltaron sobre él. Ahora únicamente quedaba él, y sabía perfectamente cuál era su misión.


«Que el Emperador me acoja en su seno.» fue lo último que pensó antes de coger una granada del cinturón, activarla, y arrojarla dentro del contenedor de promethium.




“Mientras nos dirigíamos a la ciudad para frenar la invasión tiránida, una enorme explosión iluminó el horizonte, cuando nos encontrábamos a escasos doscientos kilómetros de Aegia. A la escuadra Villius y a mi escuadra nos encargaron registrar el enorme cráter en el que se había convertido la ciudad, mientras el resto de la compañía limpiaba la jungla de la que habían aparecido los alienígenas. Nada más llegar a la ciudad, los sensores de mi servoarmadura me indicaron que en el aire había una gran cantidad de promethium evaporado, por lo que parecía que la explosión se había debido a la combustión de esta sustancia. Nunca sabremos si fueron los soldados que enviaron el último mensaje recibido por nuestra nave quienes lo hicieron. Pero de lo que no hay duda es, de que si fueron ellos, el Emperador los recibió como verdaderos héroes. ’’

Informe del sargento veterano Horatius, perteneciente a la 8ª Compañía del capítulo

de los Ángeles Piadosos tras la limpieza de Tánathos VI. 998.M41




Escrito por 19_CK

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