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Nota del autor

En respuesta a numerosas bromas, peticiones (más o menos expresas) y asuntos diversos, haré un remake de historia de un mandado. Carne de ataúd es la versión más acorde a mi estilo actual de historia de un mandado, donde intentaré arreglar aquello de lo que me arrepiento de dicha historia.

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44
 

La encuesta fue creada el 14:34 18 ago 2015, y hasta ahora 44 personas votaron.

Dramatis personae

Cabo Tristán Danherr: Soldado del 712º de Granaderos Nametherianos pertenciente al diezmado pelotón Victor.

Cabo Nyria Canaar: Operadora de lanzallamas del pelotón Victor, 712º de Granaderos Nametherianos.

Cyntia Kyle: Psíquica sancionada adscrita al pelotón Victor, 712º de Granaderos Nametherianos. Nivel Eta Plus.

Capitán Tharrus Vinne: Oficial al mando del pelotón Victor, 712º de Granaderos Nametherianos. 

Sargento Inrah Al'Shar: Operadora de comunicaciones del pelotón Victor, 712º de Granaderos Nametherianos. 

Soldado Dael Meck: Soldado del 712º de Granaderos Nametherianos pertenciente al pelotón Victor.

Soldado Dante Mylers: Francotirador del 712º de Granaderos Nametherianos pertenciente al pelotón Victor.

General Augustus Di Sera: Oficial al mando del 712º de Granaderos Nametherianos. 

Cabo Nix Lherrer: Médico del pelotón Victor, 712º de Granaderos Nametherianos.

Thales Arridae: Comisario asignado al pelotón Victor, 712º de Granaderos Nametherianos.

"En esta vida hay dos tipos de personas; los ciudadanos, los pobres idiotas que los protegemos y los peces gordos que mandan sobre ambos. ¿Qué? Sí, fui a la Scholam, ¿Por qué lo preguntas?"
Soldado Dante Mylers, 712º de Granaderos Nametherianos.



- Eh, deja de pensar en la sargento. Los quemados deben andar cerca.

- Cállate- Hubo un breve silencio mientras Tristán Danherr ajustaba su visor-monóculo- Zorra.

Una mueca divertida se dibujó en el rostro de la cabo Canaar, moreno y, al igual que el resto de su cuerpo, surcado por delgadas líneas claras. Bajó sus magnoculares durante un instante para volverse y mirar a Tristán, que estaba a su derecha, agachado en el pozo de tirador, tras la ametralladora pesada. Con un gesto rápido, le dio dos suaves golpes en la nuca, haciendo que se sobresaltase y diera un respingo. Tristán la apartó de un manotazo.

- Gilipollas- Gruñó cuando ella alejó su mano, riéndose entre dientes.

Al otro lado del pequeño y oscuro pozo de tirador, cubierto de trozos de tela gris y con el rifle láser de francotirador apoyado sobre una roca, el soldado Mylers cerró los ojos un segundo y se ajustó las gafas de combate de lente ovalada que llevaba sobre el casco. 

- Yo no puedo vigilar por los tres- Dijo, camuflando el reproche.

A pesar de ser el miembro más joven del pelotón, el soldado Dante Mylers era uno de los más cabales y tranquilos de la unidad. Había sido reclutado en Saleris como parte del destacamento que el gobierno planetario había escogido de entre los mejores soldados de sus Fuerzas de Defensa Planetarias para reforzar al 712º de Granaderos Nametherianos, que se recuperaba de la campaña de Thorax. A pesar de ser apenas un muchacho que no pasaba de los diecisiete, su puntería magistral y cabeza fría llevaron a Dante a ser seleccionado para el destacamento. El capitán Vinne lo reclutó para su pelotón cuando tuvo noticias de su habilidad, y el cabo Schwainz, uno de los mejores francotiradores del regimiento, se ocupó personalmente de llevar su entrenamiento más allá de lo que había aprendido en la academia militar de Saleria Este.

- No te preocupes, Dante. Yo estoy atento- Respondió Tristán mientras oteaba el horizonte con su visor-monóculo, conectado a la mira telescópica de la ametralladora pesada.

- Las esperas me aburren- Se justificó Nyria Canaar, volviendo a ponerse el magnocular sobre el ojo derecho y tamborileando con los dedos sobre la carcasa de su carabina láser Atria M38. 

- Y a quién no- Murmuró Tristán. 

Tristán Danherr era uno de los miembros del primer destacamento de refuerzo que recibió el 712º de Granaderos Nametherianos, durante la campaña de Thorax. De ascendencia valhallana, al igual que la mayor parte de la población de Nieria, Danherr era un hombre alto y fuerte, de piel pálida y cabello grisáceo, rapado casi al mínimo a excepción de la parte superior de su cabeza, donde llevaba el pelo corto y despeinado. 

La cabo Canaar había llegado al regimiento como parte de un pequeño grupo de supervivientes provenientes del 87º de Tropas de Jungla Charybdianas. Alta y esbelta, y con el cuerpo lleno de tatuajes, resultaba intimidante a primera vista. Era la soldado lanzallamas del pelotón, pero en aquellos momentos su arma estaba apoyada en una esquina del pozo, junto a unas cajas de munición apiladas una encima de otra. En lugar de su lanzallamas, blandía su carabina láser, una versión compacta del rifle láser reglamentario del regimiento que contaba con una sencilla mira de punto rojo.

Una transmisión chasqueó a través de los microcomunicadores, y sonó la voz del capitán Vinne.

- Aquí Victoria a comadrejas con fusil. Las brasas están en el caldero, tapas fuera y gatillos preparados.

- Permiso para cambiar de código de identificación, señor- Bromeó Tristán sin apartar la vista del horizonte.

- Denegado. Vinne, corto y cierro.  

- Corto y cierro- Repitió Danherr por lo bajo, oteando a través de la mira de la ametralladora pesada.

A pesar del aviso, no logró ver a nadie. El paisaje seguía estando igual de desolado e inerte que veinte minutos atrás. El campamento comercial en ruinas había sido un punto de paso habitual para las tropas enemigas, y Tristán no había tardado en comprender por qué: proporcionaba un refugio excelente, tanto contra el enemigo como contra las inclemencias del tiempo. El viento solía arrastrar la arena de los vastos desiertos de Khopesh IV, erosionando rocas, escombros y seres vivos por igual.

Aunque la fauna y la flora locales habían evolucionado para sobrevivir a estas condiciones, los seres humanos seguían siendo vulnerables a los vientos cortantes. Era por eso que el pelotón Victor había acudido a la zona equipado con sus armaduras de caparazón pesadas. Incluso la cabo Canaar llevaba puesta las robusta armadura, a pesar de que solía emplear la versión más liviana y menos restrictiva que empleaba el resto del regimiento habitualmente. Una vez en los pozos de tirador, la mayor parte del pelotón se había liberado de los cascos y los recicladores de aire, pesados e incluso agobiantes. 

Desplazando la retícula de la mira de un lado a otro, Tristán localizó a sus enemigos caminando entre los escombros. Protegidos por raídas túnicas grises que llevaban sobre sus cuerpos, curtidos por los elementos y cubiertos de perforaciones y tatuajes perturbadores, los quemados avanzaban a buen ritmo, cargando con grandes mochilas y alforjas de cuero de grox khopeshita, con sus rifles láser colgando al hombro y sus cuchillas pendiendo de sus cinturones, tintineando al chocar entre ellas. Algunos llevaban rifles láser largos de francotirador, y se detenían de vez en cuando para examinar la zona a través de sus miras telescópicas. Las capuchas de sus túnicas, ajustadas con correas y por las cintas de goma de las gafas antireflectantes que usaban para moverse por el desierto, tenían marcas rojas que formaban intrincadas figuras, como si fueran extraños estampados de ominoso significado. Iban en pequeños grupos, cercanos unos a otros y rodeando a una hilera de groxes khopeshitas que portaban sobre sus lomos barriles de suministros y cajas de munición, atados a los animales con gruesas cuerdas de niante. 

Mientras se dirigían a Khopesh IV, se les había informado de que un levantamiento rebelde amenazaba con derribar el gobierno imperial del planeta. Tras los primeros encontronazos con el enemigo y con su rastro, comprendieron que no se trataba de rebeldes, sino de algo mucho más oscuro y peligroso. 

- Los tengo en la mira- Murmuró el cabo Bandherr por el canal de radio.

- Esperad a mi señal- Fue la respuesta del capitán. 

Con un movimiento rápido de sus pulgares, Tristán retiró el seguro del arma pesada y centró la cruceta de la mira sobre uno de los groxes, cuyo jinete llevaba un lanzagranadas sobre el hombro. En el pozo de tirador se oyeron una serie de chasquidos metálicos, al igual que en los otros cinco. Con las armas preparadas y atentos al canal de radio, los soldados esperaron cerca de siete minutos hasta que llegó la orden. El convoy enemigo había llegado hacia la mitad del camino, y una retirada rápida era impracticable.

- Victoria a comadrejas con fusil. Luz verde para apagar las brasas. 

- Al fin- Masculló Nyria, y su carabina láser lanzó una triple descarga. 

En un segundo, una chasqueante tormenta de rayos láser anaranjados y crepitantes hendió el tórrido aire en dirección al convoy, derribando a varias figuras con la primera descarga. Mientras los cuerpos tambaleantes se desplomaban con las túnicas humeando, el tchak-tchak-tchak-tchak característico de las ametralladoras pesadas se sobrepuso al tableteo de las armas láser. Las balas de gran calibre hicieron estallar restos de escombros y seres humanos por igual, volatilizando a estos últimos en una nube de sangre y jirones de tela. Los proyectiles dejaban espesas estelas de humo blanco a su paso, y barrían la caravana de lado a lado mientras los quemados se apresuraban a ponerse a cubierto, ya fuera tras los pedazos de rococemetno que salpicaban la zona, ya fuera tras sus propios animales, que se removían inquietos y bramaban.

El fuego de respuesta no se hizo esperar, y unas descargas irregulares de energía color esmeralda se desparramaron sobre los refugios falsos que el pelotón había preparado, alejados de los escondites reales y más fáciles de detectar. Éstos tenían varias linternas que lanzaban destellos intermitentemente, como si fueran armas que disparasen. Los rayos láser estallaban en chispas y rebotaban al chocar contra los bloques de rococemento de los pozos de tirador falsos. 

Desde el pozo del capitán se elevó un profundo tuk-tuk-tuk, y ráfagas de grandas de alto explosivo llovieron sobre la caravana, levantando surtidores de arena, sangre y restos humanos y animales, y enviando astillas de rococemento en todas direcciones como letal metralla. 

Tristán localizó a uno de los francotiradores oculto tras el cuerpo destripado de un grox y apretó el gatillo de la ametralladora. Mientras los cartuchos salían humeantes y repiqueteaban contra el suelo, las balas partieron la cascarón del animal en dos y alcanzaron al francotirador, arrancándole un brazo y atravesándole el vientre. La onda expansiva del proyectil destrozó su cuerpo, y jirones de carne y astillas de hueso empaparon el suelo mientras los restos del quemado caían pesadamente al suelo, aún presa de espasmos.

Una ligera oscilación y la cruceta empezó a perseguir a otro individuo, que corría en un intento de buscar mejor cobertura. La ametralladora se estremeció, y el hombre salió propulsado hacia un lado con sus piernas rebotando contra el suelo, dejando estelas de sangre a su paso. Apretó de nuevo el gatillo y dos fusiles láser dejaron de vomitar energía cuando una ráfaga de proyectiles hizo trizas a los tiradores. Sistemáticamente, Tristán siguió buscando objetivos y deribándolos con ráfagas cortas y precisas, acompañadas del tintineo de las carcasas vacías y humeantes de los proyectiles, que empezaban a amontonarse en el polvoriento suelo del oscuro pozo de tirador. 

+++++++++++++++++++++++++++++

Dael supo que aquel era un día horrible cuando oyó el siseó de una granada propulsada por cohete dirigiéndose a su refugio. 

- ¡Al suelo!- Exclamó el cabo Bandher, soltando la ametralladora. 

Dael, Bandher y el soldado Ladegne se echaron cuerpo a tierra y una atronadora explosión sacudió el pozo de tirador. Con la cabeza aún dándole vueltas y los oídos pitándole furiosamente, Dael se incorporó y recuperó su rifle inferno mientras oía gruñir a Pierre Ladegne y maldecir a Bandher. La granada había explotado cerca del escondite, y la onda sísmica hizo caer gravilla y arena sobre los tres soldados, pero no tuvieron que lamentar pérdidas peores. 

Con rapidez, volvieron a sus puestos a pesar de la desorientación. Dael apoyó su rifle inferno contra el parapeto un instante después que Ladegne, y Bandher se arrodilló de nuevo tras la ametralladora pesada, poniéndose el monóculo-visor. El fuego no tardó en volver a surgir del pozo de tirador. Disparando en semiautomático y apuntando cuidadosamente, Dael y Ladegne lanzaron una andanada tras otra de energía crepitante mientras el fuego automático de la ametralladora atacaba sin piedad a los quemados

Se había levantado una neblina de polvo y humo, que se removía en el aire y ondulaba cuando los proyectiles y los rayos láser la atravesaban desde todas direcciones. En poco tiempo se volvió tan densa que apenas podía verse a través de ella.

- ¡No veo nada!- Exclamó alguien por el enlace vox del pelotón.

- ¡Seguid disparando!- Ordenó Vinne 

Pese a la pobre visibilidad, el tiroteo continuó, y lanzas de energía hendían la nube de arena y polvo repetidamente, mientras las balas de gran calibre dejaban huecos en la neblina que rápidamente desaparecían. El ritmo de los disparos enemigos se volvió más esporádico con rapidez, y unas enormes figuras cruzaron la cortina neblinosa, agitándola furiosamente mientras media docena de groxes khopeshitas salían en estampida a través de ella. Sobre las furiosas bestias, los quemados llevaban las riendas al mismo tiempo que disparaban sus armas, yendo de dos en dos sobre las grupas de los groxes. 

- Coordinad los disparos y derribad a los groxes. Si por casualidad encuentran uno de nuestros pozos lo apisonarán- Advirtió Vinne por el enlace vox mientras un fuego cruzado de chisporroteantes haces anaranjados sacudía a jinetes y monturas por igual.

Uno de los quemados a lomos de un grox se precipitó hacia un lado cuando Aleksandr Schwainz le atravesó la cabeza con su rifle láser de francotirador. El cuerpo fue pisoteado y vapuleado por los groxes que iban detrás. El otro jinete, que iba sobre la parte trasera de la grupa, cayó hacia atrás de espaldas con un pequeño agujero humeante en la lente izquierda de sus gafas antirreflectantes y la parte trasera del cráneo abierta de par en par. 

Dante cambió el cargador de su rifle láser de francotirador y el siguiente disparo pasó a través de la frente de la bestia, ya sin jinetes, y le chamuscó el cerebro. Mientras el animal se estampaba contra el suelo, dejando un reguero de cascotes a su paso, Dante desplazó la cruceta de su mira telescópica y acarició el gatillo. Cuando la cabeza de otro quemado apareció en su punto de mira, contrajo el dedo índice y un delgado rayo láser se abrió paso a través de la garganta del hombre, fundiendo su tráquea, rompiendo el hueso y abriendo un humeante agujero de salida que casi le separó la cabeza del cuerpo. 

El fuego de ametralladora sostenido le arrancó las patas a un grox y dos rápidas ráfagas láser de diferentes pozos de tirador atravesaron a los dos quemados que iban en su grupa. Uno de ellos se desmoronó espasmódicamente mientras su dedo aún apretaba el gatillo del rifle láser, cuyos disparos rebotaron contra la bestia que pasó a su lado. Una granada acabó con los cuerpos del grox y de sus jinetes. 

Hubo un breve intercambio de señales chasqueantes por el canal vox y los escombros frente a la estampida de groxes se tambalearon. Los pedazos de rococemento y los ladrillos salieron disparados y rodaron ladera abajo cuando un bípode de combate Sentinel salió de su escondite, cubierto por una gran manta de camaleonina que ondulaba al viento. Se oyó un zumbido cuando su arma se activó, y los cañones empezaron a rotar. 

- Vamos a ver si os gusta esto, cabrones- Murmuró Rektte Vinar desde su asiento en el Sentinel.

Los animales, sin dejar de bramar, no aminoraron el paso a pesar de los esfuerzos de sus jinetes por dar media vuelta. El multiláser que llevaba acoplado a su lateral derecho lanzó un torrente fulgurante de energía abrasadora y el grox que iba en cabeza estalló, mandando a sus jinetes al suelo, donde sus huesos se quebraron por la fuerza del golpe. Las bestias restantes aparecieron en la pantalla del Sentinel marcados por runas romboides color rubí, y Rektte manipuló con rapidez los controles para flexionar las piernas del bípode, agachándose levemente. Movió la palanca de disparo para centrar a los objetivos en la retícula que la unidad de impulsos mentales proyectaba directamente en su retícula, y apretó el gatillo. Otro grox se partió por la mitad, atravesado por los disparos del multiláser, y los dos quemados que iban sobre él fueron reducidos a un par de sacos de carne quemada y mutilada que rodaron por el suelo en silencio. 

- Los tienes muy cerca, Reks- Avisó Tristán por el microcomunicado- Apártate para que abramos fuego. 

- La duda ofende- Gruñó el piloto sin dejar de mover palancas.

El bípode de combate comenzó a moverse acompañado del sonido hidráulico de sus piernas mecáncias, cuyas pezuñas de ceramita quebraron los escombros bajo ellas a medida que avanzaba. Con el rugido de la maquinaria, el Sentinel adelantó la pierna derecha y aprisionó a uno de los groxes bajo ella, rompiéndole el cráneo con un sonoro crujido húmedo. El quemado que lo montaba salió disparado de la grupa del animal y se rompió el cuello contra el suelo tras una violenta caída. Una última ráfaga del multiláser creó una serie de agujeros humeantes en el cuerpo del grox restante, que dio de bruces contra el suelo, haciendo que sus jinetes perdieran el equilibrio y cayeran también al suelo. Schwainz los derribó a ambos con dos disparos rápidos. 

- Vigilad. Aún puede haber enemigos- Dijo en voz baja Vinne- Rekett, avanza, te cubrimos.

- Ojos abiertos y seguros fuera- Respondió el piloto mientras el bípode empezaba a avanzar dando largas zancadas, dejando un rastro ondulante de humo tras de sí, que emanaba de la boca del multiláser.

Desde los pozos de tirador todos observaron al Sentinel alejarse a grandes pasos entre los escombros y las dunas. Con las armas preparadas, vieron cómo se adentraba en la nube de polvo y humo, que estaba desapareciendo. La gran figura del bípode la disolvió con facilidad al atravesarla. Sentado en el incómodo puesto del piloto, Rekett permaneció atento al áuspex, buscando señales de vida. Las lecturas indicaron que aproximadamente una docena de enemigos se escondía entre los escombros a veintitrés metros de su posición. 

- Eso no va a salvaros- Dijo entre dientes Rekett con una sonrisa mientras manipulaba el cuadro de mandos del Sentinel- Francotiradores, ojo a mis tres. 

Sonaron tres crujidos a través del canal vox, confirmando que los francotiradores habían recibido el aviso. Rekett pulsó el gatillo secundario de la palanca que asía con su mano izquierda y un trío de bolas de fuego salió disparado del lanzagranadas de tres tubos colocado sobre la cabina. Las granadas incendiarias explotaron cuatro metros sobre el suelo, regando una zona de tamaño considerable con prometio ardiente. Los quemados salieron de sus escondrijos entre gritos de alerta, algunos de ellos envueltos en llamas y aullando de dolor. 

- Ahí los tenéis- Informó el piloto mientras activaba el multiláser.

Tres figuras cayeron al suelo casi al unísono cuando los francotiradores los abatieron, y otros dos fueron partidos por la mitad por la ráfaga del multiláser un instante después. Rekett efectuó otro disparo mientras se movía hacia su izquierda, flanqueando a los quemados, que corrían o retrocedían disparando sus rifles láser. En pocos segundos todos estaban muertos, desparramados en el suelo en posturas antinaturales mientras delgadas columnas de humo se elevaban desde sus espantosas heridas.

Rekett hizo tres barridos con el áuspex para asegurarse de que todos los objetivos habían sido abatidos. Cuando el último mostró sus resultados en una de las pantallas de la cabina, la ausencia de supervivientes le pareció un resultado más que satisfactorio. 

- Brasas apagadas, Victoria. Repito, aquí pliadón, brasas apagadas- Dijo por el canal vox tras echar un trago de su cantimplora. Aquel mundo parecía llevarse la humedad de todo aquello que entraba en él, y su garganta estaba empezando a resentirse.

- Recibido, pliadón- Respondió Vinne. A continuación pasaron unos segundos en los que intercambió varias palabras con alguien por otra línea, y después exclamó- ¡Recoged los bártulos, muchachos, tenemos que estar en el bastión antes de que caiga la noche!

Al unísono, todos los miembros del pelotón Victor confirmaron que habían recibido las órdenes y recogieron el equipo. Apenas les llevó dos minutos recoger todo y salir de los pozos, tras lo que se dirigeron  a los tres Uros que habían escondido doscientos metros más atrás.

- Odio esta guerra de guerrillas- Masculló Nyria mientras retiraba la manta de camuflaje de uno de los vehículos.

- No durará mucho más- Aseguró Tristán- La ofensiva a Ariqh será en unos días. 

- La cosa es que tampoco quiero morir tan pronto- Gruñó antes de entrar en el Uro y ponerse al volante. 

Tristán la miró durante un segundo y después se sentó en la parte de atrás. El Uro arrancó y salió de las dunas entre una nube de arena y humo negro.

- Somos carne de ataúd, Nyria. Tarde o temprano va a llegar.

Capítulo uno

"Llega un punto en el servicio militar en el que la gloria y el éxito militar son cosas que prefieres dejar a los mandos. Con sobrevivir un día más vas que chutas."
Cabo Tristán Danherr, 712º de Granaderos Nametherianos.



- Estoy harto de esta bola de polvo. Estamos perdiendo el tiempo aquí.

- Cállate, Kerry. Si el lord-general Ulric nos ha destinado aquí es por algo. No creo que esté dispuesto a malgastar a una de sus mejores unidades sofocando una rebelión. 

- Lak tiene razón. Hay algo más...y lo hemos visto todos. 

En el tacticiarum el pelotón Victor discutía desganadamente. Ya habían tenido aquella conversación docenas de veces más. Kerry Valdan y otros tantos se dedicaban a quejarse y maldecir, y Aleksandr Schwainz e Inrah Al'shar ponían algo de razón en la discusión. Era siempre igual, y Tristán ya se cansaba de oír lo mismo cada vez que había unas pocas horas de descanso. 

Mientras la discusión subía de tono y algunos empezaban a gritar, Danherr echó un trago del termo de cafeína que se había hecho al llegar al bastión, y después se lo pasó a Nyria, que a su vez se lo tendió a Dante cuando acabó de beber. El salerita se lo ofreció a Dael Meck, pero éste lo rechazó con un gesto. Los cuatro se volvieron cuando Arran Veqta agarró de la pechera a Nix Lherrer, la médico del pelotón. Nix no era demasiado alta ni corpulenta, y su tez pálida y cabello blanco le daban cierto aire de debilidad. Por supuesto, aquello era sólo en apariencia. Nadie entraba en el pelotón Victor siendo débil.

- ¡Que me sueltes, animal!- Chillaba Lherrer mientras agarraba la gruesa muñeca de Veqta con una mano y le daba manotazos en la cara con la otra.

Arran levantó un puño para devolver los golpes, pero dos fuertes manos los lanzaron a ambos al suelo, derribando varias sillas con gran estrépito. Kalt Bandher estaba rojo de ira. 

- ¡Sois guardias imperiales, idiotas!- Les reprochó a gritos- ¡No estamos aquí para quejarnos, estamos aquí para servir! ¡Y si el lord-general Ulric nos dice que nos vamos al Ojo del Terror solo con los calcetines puestos, vamos y le partimos la cara al doce veces derrotado si le vemos! Estoy harto de oír cómo os quejáis vosotros cuatro como si tuviérais elección. Al próximo que haga el gilipollas le saco los dientes a hostias, ¿Está claro?

Kalt Bandher era un musculoso gigante con la cabeza rapada y los ojos violetas, fruto de su ascendencia cadiana. Era un soldado ejemplar con diez años de experiencia en combate, y había sido condecorado numerosas veces por servicio distinguido y valor en combate. Junto a Al'shar, era uno de los sargentos del pelotón, y se encargaba de mantener la disciplina en la unidad. Si bien eso no era necesario normalmente, la recurrente discusión sobre su misión en Khopesh IV amenazaba con crear algo más que una pelea entre los miembros del pelotón Victor. Y él lo solucionó como mejor sabía.

- Sí, sargento- Mascullaron Arran y sus compinches mientras ayudaban a éste a levantarse. 

Nix se levantó con la ayuda de Dante, que había acudido a ayudarla. Nyria le dirigió una mirada cargada de intención a Tristán. 

- ¿Qué?- Murmuró él. 

- Mira al chaval. La peloceniza se la pone dura. Está más que claro.

Tristán hizo un gesto y desvió la vista. No tenía el más mínimo interés por meterse en la vida de otros.

- Eres un soso de mierda. 

- Déjame en paz. 

Nyria preparó una de sus mordaces respuestas para sacar de quicio a Tristán, pero Dante llegó con Nix y no pudo hablar. Dante puso una silla al lado de la suya y le hizo un gesto a Lherrer para que se sentara. No necesitó decírselo dos veces.

- Ya verás- Le susurró Nyria a Tristán al oído- Estos dos van a acabar fo...

De nuevo tuvo que callarse, ya que la puerta acorazada se abrió con un chirrido y el capitán Vinne entró en el tacticiarum. El comisario Arridae, que iba detrás de él, se apoyó contra la puerta una vez ésta se hubo cerrado. Vinne avanzó mientras el pelotón se cuadraba y saludaba. Él era un hombre cercano a la cuarentena de años, con el pelo rubio peinado hacia atrás y los costados rapados. En su cara, de piel morena, asomaba la sombra de una barba recién afeitada, y en lugar de ojo izquierdo tenía un sustituto biónico que refulgía con un brillo azulado. Sobre la pechera del uniforme llevada varias medallas, entre ellas el honor de duelista, que le fue concedido tras derrotar cara a cara a un orko en Thorax, dos años atrás. 

Activó la holomesa del tacticiarum y ordenó a sus hombres que se sentasen con un gesto. Mientras el ruido de las sillas aún flotaba en el aire, el holoproyector mostró el mapa de una ciudad en tonos azulados. La imagen cambiaba cada poco, mostrando diferentes sectores y una serie de pictocapturas.

- Bien, muchachos. Seré breve- Empezó- La ofensiva a Ariqh ya ha sido autorizada. El general Di Sera dirigirá el ataque, y quiere que tengamos la información lo antes posible. Los escáneres orbitales indican que habrá suficientes defensores como para representar un problema, así que bombardearemos la ciudad antes de atacarla. 

- Señor- Inrah levantó una mano, pidiendo permiso para hablar. Vinne asintió, invitándola a proceder- ¿Se conoce el orden de batalla?

- Sí. Nosotros, junto a la 67º División de Amazonas de Andrómaca nos desplegaremos mediante inserción aérea. Aseguraremos unas cuantas carreteras para que el 10º Blindado Alraquileano pueda entrar. El 101º Skiano se ocupará de escoltar a los carros de combate, y sus Tauros nos proporcionarán apoyo en cuanto sea posible.

Vinne señaló varios puntos en el fantasmagórico holograma. 

- El resto del regimiento se ocupará de tomar estos puntos. Nosotros tenemos que asegurar este puente- Señaló un largo puente colgante sobre un río artificial- Los matamos a todos y aseguramos el perímetro, es sencillo. Quiero que llevéis muchas granadas y munición, suficientes Pillum para abrir un agujero en una fragata espacial y las armaduras pesadas. Esperamos un combate prolongado, así que traed los rifles láser. Reks, equipa a Pliadón con un cañón automático y hazte con todos los cartuchos de alto explosivo que puedas.

- Delo por hecho, capitán- Rekett saludó al estilo militar mientras una sonrisa pícara asomaba en su rostro manchado de grasa de motor y saplicado de pecas. 

El capitán apagó la holomesa mientras asentía. Se puso la boina de combate roja del regimiento y todo el pelotón se levantó al unísono, cuadrándose y saludando con una rapidez fruto de la experiencia. 

- Eso es todo. Salimos en dos días. Para entonces quiero todo preparado. Pueden irse. 

Al abandonar la oscuridad del tacticiarum, los guardias imperiales se taparon los ojos con un gañido. Los dos soles de Khopesh refulgían con un brillo exageradamente intenso. 

- Ahora sería un buen momento para un piropo- Gruñó Nyria, mirando a Tristán bajo la visera improvisada que formaba su mano izquierda.

- ¿Qué?

- Ya sabes, comparar mis ojos a esos dos soles y eso- Bromeó.

- Sí que se parecen, sí. Es igual de difícil mirarlos directamente- Bisbiseó Dante entre risitas disimuladas.

Nyria volvió la mirada, que se encontró con la de Dante, cuya mueca divertida desapareció de golpe para ser sustituída por una expresión de terror. Antes de que el salerita balbuciera una respuesta, Nyria le agarró de la pechera y le acercó hacia sí. Dante tartamudeó algo en su lengua materna, pero dejó de intentarlo cuando ella le lamió los labios. En las mejillas salpicadas de pecas del muchacho apareció un repentino rubor.

- Me apuesto lo que queráis a que aún es virgen- Dijo entre risotadas.

Tristán los separó con desgana y gruñó cuando Nyria intentó lamerle los labios a él. Mantuvo la cara de la mujer alejada de la suya apoyando su mano contra su frente. 

- Déjale, ya no es un crío.

- E-eso di-digo yo- Tartamudeó Dante.

- Venga ya. En donde yo nací esto es un gesto de afecto- Bromeó Nyria, forcejeando con Tristán. 

Inrah pasó al lado del pequeño grupo y le dirigió una fugaz mirada con sus ojos, completamente verdes. Ella era una nativa de Diarbur, famoso por el rasgo único de su gente; sus globos oculares eran enteramente verdes. De tez morena y suave, y con el pelo castaño habitualmente recogido en un moño bajo, Inrah poseía una belleza serena y un magnetismo natural. No obstante, su carácter impávido y disciplinado había disuadido a cualquiera de intentar algo con ella. Nunca había parecido importarle. 

- Muestra un poco de dignidad, Canaar- Le susurró al pasar a su lado. Su voz, cálida y agradable, sonó tremendamente ofensiva en aquel instante- Eres una soldado del Imperio, no una fulana de barrio. 

Nyria le dirigió una mirada furiosa que rápidamente se tornó burlona, y ejecutó una reverencia. 

- Sí, señora- Respondió sardónicamente- Lo que su majestad de exóticos ojos ordene. 

Al'shar no se rebajó a plantarle cara a la charybdiana, y siguió adelante, perseguida por la mirada de Nyria. 

- Qué bien le queda el uniforme- Comentó Tristán, dirigiéndole a su compañera una mirada cargada de intención. 

Ella se volvió, con los brazos en jarras, para mirarle a los ojos.

- ¿Quién pica a quién ahora?- Sonrió él.

- Eres un imbécil, Tristán. 

++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++

En Khopesh, la noche caía rápida y silenciosamente, como los pétalos de una ordelia ogygiana madura. Los dos soles desaparecían, y en su lugar aparecía Skeptis, el enorme satélite que orbitaba en torno al mundo desértico y que llevaba el nombre de un ser mitológico khopeshita. Hubiera sido algo hermoso de contemplar si el mundo no estuviera sumido en el horror de la guerra. 

Tristán apartó la mirada del ventanuco de su habitación. Skeptis le recordaba a Siníde, la luna de su mundo natal, y aquello le envolvía con un agridulce sentimiento de añoranza. Un sentimiento que odiaba, y que prefería no experimentar. 

- Estoy harta de Inrah.

Por supuesto, aguantar el orgullo herido de Nyria tampoco ocupaba un puesto destacado en su lista de preferencias. 

- Piensa que cada vez que entramos en combate hay una posibilidad de que te libres de ella- Tristán calló durante un segundo, recapacitando sobre su respuesta- O de que ella se libre de ti.

- Déjalo. Esto no se te da bien. 

No era ningún secreto que Inrah Al'shar y Nyria Canaar se odiaban. El motivo nunca estuvo claro, pero todo el mundo sabía que las dos mujeres no podían ni verse. A Nyria le gustaba poner a prueba los nervios de la diarburana, que aguantaba estoicamente sus mordaces comentarios. Sin embargo, cuando Inrah contraatacaba, siempre conseguía enervar a Nyria. Era un círculo vicioso.

- No pretendo que se me de bien- Tristán agarró a Nyria por la cintura y la acercó a él. Su cuerpo desnudo ardía, mientras que el suyo estaba más tibio- Soy bueno en otras cosas.

- No te cuelgues los laureles tan rápido- Susurró ella tras eludir un beso. Después añadió, con una sonrisa traviesa- Y ya sabes que no soy una niñata de ciudad. Tendrás que luchar...

Tristán se apartó y se incorporó en la cama, rascándose la sien derecha. La larga cicatriz que le hendía el cuero cabelludo en aquella zona le picaba desde que había llegado a Khopesh. Arrugó la nariz cuando le llegó el fuerte olor a prometio, sudor y otros fluidos corporales que las sábanas desprendían. 

- Bah, no me merece la pena. Estoy cansado.

- Ven aquí, no seas aguafiestas- Ronroneó ella, cogiéndole una mano y mordiéndole el dedo índice. 

- Que no- Tristán apartó su mano y se levantó de la cama, cogiendo los pantalones de combate que había dejado sobre el suelo. 

Nyria se sentó, apoyándose contra el cabecero de acero de la cama y tomó un sorbo de su cantimplora. Después se la tendió a Tristán, que echó un largo trago y se la devolvió mientras acababa de atarse los pantalones. 

- ¿A dónde vas ahora?

- A dar un paseo. No duermo bien con este calor- Respondió él mientras se ponía la camiseta del uniforme. 

- Pues me voy contigo- Anunció Nyria, levantándose y cogiendo su ropa. 

Tristán se permitió unos segundos para recorrer con la mirada el cuerpo desnudo de su camarada. La luz que entraba por el ventanuco se reflejaba sobre la lisa piel, y daba un tono extraño a las cicatrices y alargadas marcas que ésta tenía. Los tatuajes parecían desaparecer en la oscuridad, y su tinta negra y roja dejaba de ser visible a su vez. No obstante, su cabello, negro y liso, cortado a la altura de los hombros, brillaba y atrapaba los haces de luz artificial que incidían sobre él. Nyria se volvió de repente, y sus ojos se encontraron, grises los de él, de un verde intenso los de ella. 

- Ahora ya no- Repuso ella.

- Vístete de una vez.

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El cepillo eléctrico emitió un zumbido al activarse. Cuando las cerdas sintéticas rozaron el blindaje del Sentinel, el eco se extendió por todo el hangar, rebotando en las paredes metálicas y en los vehículos allí aparcados. Las manchas de sangre y de hollín fueron desapareciendo poco a poco mientras Rekett se esmeraba en limpiar las placas de su bípode. 

- Lo que daría por un servidor de limpieza- Gruñó, peleando con una mancha de sangre especialmente resistente- ¿Qué narices come esta gente?

Sin embargo, aquella no era la peor parte del mantenimiento del Sentinel. Después debía extraer toda la arena de las juntas, reponer el combustible y la munición, comprobar los sistemas, recargar las baterías e instalar los paracaídas gravíticos...Si algo odiaba de su trabajo, era eso. Otra cosa que le ponía los nervios de punta era el solitario hangar, que en aquellos momentos estaba vacío y pobremente iluminado, pues gran parte de sus lámparas se habían fundido. Unos gruesos insectos fotófagos locales parecían devorar la energía de los globos de luz y los focos de campaña, y en el hangar C-3 los repelentes se habían instalado demasiado tarde. 

El tiempo pasaba lentamente, y Rekett, envuelto por el zumbido que provocaba el cepillo eléctrico, se había puesto los auriculares de combate conectados a una pequeña placa de datos que se había guardado en el grasiento y desgarrado mono. La música se sobrepuso a la molesta cacofonía de la limpieza rutinaria, y el piloto puso una mueca de satisfacción mientras murmuraba fragmentos de canciones y movía la cabeza siguiendo el ritmo. 

No se dio cuenta de que había dejado de estar solo en el hangar hasta que fue demasiado tarde.

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Los barracones del 712º eran una serie de filas de habitáculos prefarbicados. Dado su poder económico y su puesto prefrente en la lista de tropas del Alto mando, el regimiento gozaba de comodidades con las que otras unidades sólo podían soñar. Alimentos de primera calidad y habitáculos personales (si bien, minúsculos) eran algunas de esas ventajas. 

Durante la noche, los hombres del pelotón Hotel de la compañía D se ocupaban de la guardia, y patrullaban los barracones del regimiento equipados con la armadura completa y los rifles láser cruzados sobre el pecho, apuntando hacia abajo. Algunos intercambiaban saludos y mantenían breves conversaciones con los soldados que estaban fuera de los habitáculos, jugando a las cartas, descansando o limpiando su equipo. La noche de Khopesh IV era sinónimo de insomnio para muchos de los hombres del 712º de Granaderos Nametherianos. 

Tristán saludó al cabo Lockman, que estaba de patrulla, y advirtió que el hombre arrugaba la nariz al pasar junto a él. Por suerte, la vergüenza era una de las muchas cosas que había perdido a aquellas alturas.

- Deberíamos habernos duchado antes de salir- Respuso con tranquilidad.

- Siempre podemos ducharnos al volver. 

- Cada uno por su cuenta.

- Bueno, eso vayámoslo viendo sobre la marcha. 

Durante la noche, la temperatura descendía y se hacía casi cómoda, pero surgía una brisa pesada que quitaba el sueño a muchos de los guardias imperiales destinados en Khopesh IV. El personal del Adeptus Medicae había repartido cajas de tranquilizantes y pastillas para conciliar el sueño, pero ni siquiera así podían descansar algunos. No parecía ser el caso de las andrómacas, cuyos barracones estaban sumidos en una tranquilidad casi utópica. Sólo las guardias, con los rifles láser al hombro y las armaduras carmesíes puestas, rompían con aquella paz. 

En cambio, la zona del bastión dedicada al alojamiento del 101º Skiano de Reconocimiento bullían de actividad. Los soldados, cubiertos por sus características capas de camaleonina a pesar de que debajo sólo llevaban los pantalones de combate y las camisetas de tirantes, se reunían fuera de sus habitáculos de contrachapado y planchas de acero para conversar entre risas y canciones. Algunos limpiaban sus rifles láser, otros zurcían agujeros en uniformes y capas, y la mayoría se dedicaba a beber latas de cerveza Stannesberg y alborotar. Sobre unas cajas de municiones y suministros, e iluminada por un par de focos de campaña, una muchacha cantaba con una voz asombrosa, acompañada por otros dos soldados skianos que tocaban sendos instrumentos improvisados. Más allá, Tristán divisió a un grupo sentado alrededor de una hoguera y varias cajas metálicas, rellenando latas de Stannesberg con clavos, cristales y casquillos de bala usados. No le llevó mucho darse cuenta de que estaban fabricando granadas caseras. 

Encontraron un pequeño almacén unos minutos después. Se miraron al unísono, y no les hizo falta articular palabra alguna para saber lo que cruzaba por sus mentes. La puerta estaba cerrada, pero no había ningún candado que la bloqueara, y la abrieron sin problema. Tras encontrar el interruptor, un globo de luz colocado en el techo parpadeó y bañó el interior del cobertizo con una luz amarillenta. El lugar estaba lleno de sacos de tela llenos de sábanas, bolsas de almohadas, colchones de recambio y material de limpieza. 

- Me va a gustar este sitio- Murmuró Nyria, dirigiendo una mirada cómplice a Danherr. 

- Creo que a mí también- Repuso él en voz baja mientras apoyaba las manos en sus caderas.

Con una risita, Nyria aferró los hombros de él y se dejó poner de espaldas contra la pared, tras lo cual le mordió la barbilla con suavidad. Oyó con satisfacción como Tristán suspiró entrecortadamente y deslizó sus manos bajo la camiseta, notando con las palmas las horrendas cicatrices que deformaban gran parte de su torso. Nunca le había echado atrás aquella marca, sino todo lo contrario. Arañó el tejido cicatrizado y se estremeció cuando él se zafó de sus dientes y le mordió a su vez el cuello. 

El comunicador restalló súbitamente, vomitando un gran escándalo por el canal vox del pelotón. Nyria apagó el suyo, pero Tristán prestó atención a la transmisión, a pesar de los esfuerzos de la charybdiana por arrebatarle el dispositivo. El auricular emitió la voz de Cynthia Kyle, la psíquica sancionada del pelotón. Sollozaba y hablaba trabajosamente, lo que alteró a Tristán y a Canaar desde un principio. 

- Que alguien vaya al hangar- Cynthia se sorbió la nariz y tosió- ¡Rápido! Que alguien vaya al hangar C-3, por favor. He...¡Que alguien vaya ya, por el amor del Trono!

Varios miembros del pelotón respondieron rápidamente, bien dando su afirmativa, bien lanzando preguntas. La confusión crecía por momentos, hasta que todos llegaron a la conclusión de que no iban a recibir respuesta alguna por parte de la telépata, y se apresuraron a despertar a los compañeros que estaban dormidos y a reunir al resto. 

- Eso no tenía buena pinta- Masculló Tristán. 

- Ahí trabaja Reks. 

Ambos se separaron apresuradamente y abandonaron el cobertirzo sin ni siquiera apagar la luz o cerrar la puerta. 

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A pesar de tener casi diez años de experiencia en combate, de haber contemplado escenas realmente desoladoras y de haber vivido verdaderos infiernos, Tristán Danherr no pudo evitar sentir como la bilis se le subía a la garganta. La cabeza le dio vueltas y un escalofrío le recorrió la espalda al mismo tiempo que la boca se le secaba repentinamente. A su lado, Nyria no parecía estar soportándolo mejor. 

- Sagrado trono- Murmuró con dificultad. 

El repiqueteo de casi una veintena de pares de botas de combate a sus espaldas anunció la llegada del resto del pelotón.  La mayoría ni siquiera estaban vestidos del todo. Más de uno no pudo contener un grito, y alguien se echó a llorar desgarradoramente. Muchos se pararon en seco, y Tristán y Nyria retrocedieron para que la sangre no les manchara las botas. 

- Esto es...una salvajada- Tartamudeó alguien. 

Sujeto a la pierna derecha de Pliadón por sus propios intestinos, el cadáver de Rekett miraba al vacío con unos ojos muertos. Había sido abierto en canal, desde el ombligo hasta la boca, y su mandíbula estaba partida en dos, al igual que su barbilla y el labio inferior. Su caja torácica había sido abierta de par en par, y las tripas y órganos internos se habían desparramado por el suelo junto a litros y litros de sangre que aún manaban de la horrible herida. La luz, fría y blanca, se reflejaba en los bordes del tremendo corte y sobre el espeso fluido rojo, que avanzaba poco a poco.

Hubo un revuelto momentáneo cuando Dante se abrió paso a codazos para alejarse y vomitar, con Nix detrás, más pálida de lo habitual y con la mirada teñida de terror. Incluso Kalt Bandher, el hombre-roca, tenía los nervios de punta y la boca desencajada, incapaz de articular palabra alguna. Aquella visión se repetía en todos y cada uno de los miembros del pelotón, que empezaban a sufrir intensos sudores fríos y a emanar un hedor a puro miedo.

- ¡Abrid paso!- Exclamó repentinamente Vinne, que acababa de llegar.

Sus hombres se apartaron titubeantes, mostrándole el dantesco espectáculo que perseguiría a muchos de ellos en sus pesadillas durante los meses venideros. El capitán tosió violentamente, manchándose la mano que se había puesto frente a la boca con la bilis que le había trepado por la garganta. El comisario Arridae, a su lado, torció el gesto y apartó la mirada, con una mezcla de rabia y dolor en ella. Cynthia Kyle, que apenas les llegaba a la altura del pecho a la mayoría, lamentó haberse abierto paso. Vomitó todo lo que tenía en el estómago, y también una cantidad peligrosa de bilis. 

La telépata tenía el pelo, cortado a la altura del hombro, de un frío azul en aquel momento. Era originaria de la capital del sector, proveniente de una familia inmensamente rica, y los implantes capilares habían sido una moda de gran éxito entre las jóvenes de familias ricas durante una temporada en los barrios altos de Namether. Dependiendo de su estado de ánimo, el cabello le cambiaba de color, y en ese preciso instante mostraba puro terror. 

Inrah apartó la mirada del cadáver de Rekett para ayudar a Cynthia, que estaba empezando a desmayarse. Ni siquiera ella, famosa por su impavidad, había sido capaz de resistir aquella visión. Sus ojos verdes estaban húmedos, y tenía escalofríos constantes por todo el cuerpo. 

- ¿Quién ha podido hacer esto?- Logró articular mientras ayudaba a la joven telépata a mantenerse en pie. 

- No lo sé- Respondió Vinne, que ya se había repuesto- Hay que hablar con el general Di Sera...esto es serio. 

En ese momento Tristán se fijó en dos personas que no conocía, y que habían llegado junto al resto del pelotón. Uno era un hombre, alto y fuerte, con el pelo castaño revuelto y la misma expresión de horror y sorpresa que el resto. La otra, una mujer, tenía los ojos cerrados. 

- ¡Cerrad el hangar!- Ordenó el capitán mientras se alejaba apresuradamente, encendiendo su microcomunicador. 

Tristán y Nyria titubearon antes de cumplir la orden. La sangre siguió colándose por debajo de la puerta. 

Capítulo dos

"Y te preguntas, ¿Por qué él y no yo? Bueno. A él le protegen sus dioses de mierda, y a mí el Dios Emperador de la Humanidad. Además yo tenía un lanzallamas."
Cabo Nyria Canaar, 712º de Granaderos Nametherianos.



Esa noche no hubo descanso. 

El comisario Arridae, junto a un pequeño grupo de cadetes-comisario, se encargó de interrogar a los miembros del pelotón Victor, y a todo aquel que se encontrara en las inmediaciones de la escena del crimen. Llevándolos a uno de los búnkeres subterráneos del bastión, Thales Arridae y su impasible comitiva de ayudantes fueron interrogando uno a uno a aquellos considerados sospechosos o testigos potenciales. No obstante, no se lograron progresos.

- Dígame dónde estuvo ayer de dos de la mañana hasta la hora del suceso, cabo.

- Estaba dando un paseo con la cabo Canaar.

- Por lo que tengo entendido, ambos llegaron antes que nadie.

- Estábamos más cerca- Había respondido Tristán con un encogimiento de hombros. 

- ¿Puede alguien confirmar su testimonio, cabo?


- No lo sé. No creo.


Thales Arridae se frotó la cara con desesperación e hizo un gesto a sus subordinados.

- Lleváoslo, no hace falta que apuntéis su nombre.

Prácticamente todos los interrogatorios siguieron el mismo curso, desembocando en una pérdida de tiempo y una breve disculpa por las molestias. 

- Por lo que tengo entendido, era amigo del fallecido- Arridae observaba la ficha del cabo Mylers mientras le hablaba.

- Sí, Reks es...era buen amigo mío. 

- ¿Sabía de algún enemigo o rival que tuviera?

- No. Que yo sepa, se llevaba bien con todo el mundo.

- Entiendo. Gracias por su colaboración, Mylers. Puede retirarse. 

Dante Mylers había implorado reiteradas veces que encontrasen al asesino antes de abandonar la improvisada sala de interrogatorios. Impotente, Arridae no había podido prometer nada.

- Cabo Meck- Cinco minutos después, otro interrogatorio había dado comienzo- Hasta donde yo sé, usted...

- Comisario- Le había cortado Dael, tapándose los ojos entrecerrados- Apague esa lámpara, por favor. No soy un criminal al que intimidar.

La cadete Minar había dado un paso al frente, levantando una vara aturdidora lista para descender sobre el guardia imperial. 

- ¡Cómo te atreves!

Arridae le arrebató la herramienta y la dejó sobre el escritorio. La cadete comisario intentó protestar, pero su superior la cortó con un gesto.

- El cabo Meck tiene razón, cadete- Después volvió a mirar a Dael, que asintió- Prosigamos. Hasta donde sé, usted mantenía una relación con el fallecido. Imagino que le conocerá mejor que nadie. ¿Podría indicarme si tenía algún problema con alguien?

- No. Reks no tenía ningún lío con nadie. 

Arridae se encogió de hombros.

- ¿Algún sospechoso, cabo?

- Si lo tuviera, ya lo habría matado. 

- Entendido- El comisario suspiró e hizo un gesto a la cadete Minar para que abriera la puerta de la sala- Puede retirarse, cabo. Estése atento al canal vox, quizá requiramos de su cooperación más adelante.

Dael se había despedido de Arridae y abandonado la sala de interrogatorios en silencio. Detrás de él entró Cynthia Kyle, lívida y con el cabello de un frío color azul. Se apoyó en el quicio metálico de la puerta y asomó la cabeza al interior. 

- ¿Me requiere, comisario?- Preguntó con un hilo de voz.

- Entra, niña- Indicó, intentando sonar tranquilizador. 

La muchacha se adentró en la penumbra de la sala de interrogatorios y se sentó en la silla de acero que Arridae le apartó del escritorio. Agradeció el gesto con un cabeceo y acto seguido se tragó tres pastillas de ansiolíticos acompañadas de un trago de su cantimplora. Sus ojos, violetas por su ascendencia cadiana, estaban vidriosos y enrojecidos por el llanto.

- Cadete Minar, traiga una taza de cafeína para Kyle- Ordenó Arridae al ver el estado de la telépata. Una trémula sonrisa anunció su agradecimiento. El comisario carraspeó y se sentó frente a Cynthia- Bien, Kyle, empecemos. Usted fue la que avisó a todo el pelotón. ¿Cómo lo supo?

- Soy telépata...señor- Respondió tras un breve instante de confusión- Usted ya lo sabe.

- Sí, sí. Pero tiene que quedar grabado en el registro- Arridae carraspeó- Y ahora, volvamos. ¿Tuvo una visión o algún fenómeno similar?

Cynthia asintió.

- Estaba durmiendo, y tuve una pesadilla. En ella veía a Reks siendo devorado por un enjambre de cuchillos. Y sé distinguir una visión de una simple pesadilla...

- Un enjambre de cuchillos- Repitió Arridae en voz baja- ¿No tiene algo más exacto?

- Con el debido respeto, comisario. No soy una pictograbadora- Murmuró la psíquica, rehuyendo su mirada- Además, muchas de mis visiones son solamente simbólicas. No tienen elementos reales, principalmente porque no los he conocido aún.

- Es decir, que no conoce la identidad del asesino.

Cynthia abrió la boca para responder, pero la cadete Minar llegó con un vaso de plástico lleno de humeante recafeinado, y se lo dejó sobre la mesa. La telépata lo agradeció con una débil sonrisa y dio un sorbo a la amarga bebida, pese a estar caliente.

- No, me temo que no la conozco. Percibí un estallido emocional, y la vaga imagen que le he comentado. No vi nada más, comisario.

Arridae se ladeó la gorra para rascarse la cabeza, pensativo, mientras asentía. Sabía que Kyle era incapaz de mentir como resultado de su ritual de sanción. Añadió algunos datos al esquema que había estado garabateando en su placa de datos y se levantó de la silla.

- Bien, Kyle. Creo que hemos terminado.

- Espero haberle ayudado, comisario- Deseó ella mientras se levantaba a su vez y tomaba otro sorbo del recafeinado.

- Más que la mayoría, niña- Al ver que Cynthia posaba el vaso sobre la mesa, lista para irse, lo señaló con la barbilla- Puedes quedártelo, te hará falta.

- Gracias, comisario.

- Recupérate para mañana, Kyle. Te vamos a necesitar- Dijo antes de que la muchacha abandonara la sala de interrogatorios. El color de su cabello se volvió más frío aún.

Cuando se volvió para repasar el confuso esquema y las vagas anotaciones que había estado recogiendo en su placa de datos, uno de los cadetes-comisario abrió la puerta repentinamente.

- Señor, el último de los estigos está aquí- Informó.

- Hágale pasar, cadete- Ordenó Arridae con un gesto.

El cadete-comisario se hizo a un lado, y tras él entró un hombre con el uniforme del 10º Pesado Alraquileano. Era alto y de constitución fuerte, de buen parecer. Sobre la cabeza llevaba una boina de combate azul, bajo la cual se intuía un cabello castaño y rizado. A juzgar por su rostro, Arridae sabía que no estaba muy dispuesto a cooperar por las buenas.

- Soy el comisario Thales Arridae. Siéntese si es tan amable- Arridae le indicó su asiento con un cabeceo- Usted es el teniente Roderyck Gaask, del 10º Pesado Alraquileano, ¿Me equivoco?

- Encantado- Contestó sardónicamente. Arridae lo fulminó con la mirada.

Mientras revisaba las fichas con la información de los testigos que había recopilado, vio por el rabillo del ojo como el alraquileano apoyaba los pies en la mesa después de sentarse. 

- Baje los pies de la mesa.

Su tono dejó patente que no estaba para bromas, y el hombre bajó los pies de la mesa. Arridae se quitó la gabardina, agobiado, y la dejó sobre un perchero. Se sentó frente al teniente Gaask y retomó su placa de datos.

- ¿Conocía usted al fallecido?- Empezó.

- No, señor. Ni siquiera conocía su nombre.

- ¿Y qué hacía usted en la escena del crimen, teniente?

- Oí el estruendo cuando su pelotón acudió allí. Les seguí para averiguar qué sucedía. Ojalá no lo hubiera hecho.

<<Ojalá nosotros tampoco>> pensó Arridae mientras anotaba la información. Carraspeó y siguió con las preguntas.

- Tengo entendido que no iba solo. ¿Quién era su acompañante?

- Vio que no iba solo, querrá decir... Thales bajó la placa de datos y miró a Gaask con dureza. Estaba empezando a resultar irritante. Por suerte para él, el alraquileano pareció captar el mensaje y carraspeó antes de continuar.

- Prefiero no preguntar qué estaban haciendo- Apuntó el nombre de la alraquileana y apagó el aparato- Está bien, hemos terminado. Gansz, acompañe al teniente a la salida.


Thales observó con desgana cómo el cadete-comisario sacaba al joven oficial de la sala de interrogatorios. Una vez se hubo cerrado la puerta, miró a la cadete Minar antes de levantarse y ponerse la gabardina.


- Estamos dando palos de ciego, Minar.


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El día amaneció antes de lo que a muchos les hubiera gustado. Las tropas se organizaron alrededor de sus transportes bajo las órdenes de los líderes de unidad, haciendo las últimas comprobaciones del equipo, ajustando las correas de sus portaequipos y hablando entre ellas. El nerviosismo flotaba en el arie junto al aromático humo del Iho y el olor a prometio de los depósitos de combustible de las aeronaves.

Cerca de las pistas de despegue, los vehículos del 101º de Reconocimiento Skiano y del 10º Pesado Alraquileano estaban siendo preparados, con sus tripulaciones cargando latas y mangueras de combustible y cajas de munición, comprobando la maquinaria y poniéndola a punto. A lo lejos, el estruendo del bombardeo persistía, escalonado e intermitente mientras las baterías autopopulsadas de Basilisk y los lanzamisiles de largo alcance castigaban Ariqh.

El pelotón Victor se encontraba en el interior del Wyvern que le habían asignado, una aeronave alargada y robusta con cuatro grandes motores, dos a cada lado del casco acorazado y pintado con un esquema digital desértico. En el lado derecho había una puerta corrediza tras la cual se encontraban sendas ametralladoras gatling de gran calibre sobre dos brazos articulados. 

- ¿Listos para el viaje solo de ida?- Había exclamado Tristán por encima del ruido de los cuatro motores cuando la aeronave despegó.

Hubo un coro de risas disimuladas en el compartimento de carga del Wyvern.

- ¡Cállate, Danher!- Le espetó el sargento Bandherr.

- Sí- Convino con un hilo de voz Cynthia, pálida y con unas oscuras ojeras colgando de los ojos cansados. Su cabello seguía de un frío tono azul- Por favor. 

Tristán se encogió de hombros con una mal disimulada sonrisa de satisfacción. Le encantaba cuando lograba crispar los nervios de alguien con su humor negro. Sin embargo, aquella vez ni siquiera insistió. Flotaba una sensación extraña en al aire, una mezcla de tensión y dolor que pocas veces había experimentado de manera tan intensa. Muchos tenían la mirada sombría y la cabeza gacha, y se oían más oraciones que de costumbre. Incluso Dael, poco dado a rezar, oraba en silencio con el casco en su regazo. 

Miró de reojo a Cynthia, que se encogía en su asiento todo lo que la robusta armadura le permitía. Con el voluminoso chaleco de caparazón reforzado repleto de portaequipos y las hombreras sujetas a los brazos, la cabeza de la psíquica parecía exageradamente pequeña, de una manera casi cómica. Su capucha psíquica, consistente en dos implantes cada uno sujeto a una sien, chisporroteaba de cuando en cuando, y las hileras de luces se encendían y apagaban en consecuencia a la actividad psíquica de la muchacha. Tristán sacudió la cabeza. Presentaba un estado tan lamentable que dudaba siquiera que fuera capaz de sobrevivir a los primeros minutos del combate.

- Eh, ¿Qué tal estás?- Oyó a Nyria susurrar a Dael, sentado a su lado.

- Tú qué crees- La voz de Dael, amarga de por sí, tenía un tinte desolador- Alguien ha destripado a mi novio y ahora tengo que ir a jugarme la vida sin saber quién lo hizo. Espero que los quemados estén en paz con sus pecados, porque lo voy a pagar con ellos.

Nyria posó una mano sobre el hombre de su amigo y asintió.

- Eso es, deja que salga. 

Tristán volvió la cabeza, pero notó como Nyria le daba un codazo disimulado. Se volvió, y la mujer le miró a los ojos. Aquella vez no le gustó; los iris de jade despedían un dolor y una ira inimaginables.

- Cuando me maten, véngame. Yo haré lo mismo por ti- Murmuró, con una decisión que sorprendió a Tristán.

- Si te matan, querrás decir.

Una sonrisa sin gracia apareció en los finos labios de la charybdiana. Tristán supo lo que iba a decir.

- Ya sabes con qué acaba el servicio.

- Sí- Tristán asintió lentamente y se puso el casco- Sólo con la muerte.

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A pesar del bombardeo, los quemados no habían tardado en salir de sus refugios y preparar sus defensas.

Los escuadrones de Thunderbolts y cañoneras Fury que acompañaban a los Wyvern y las Valquirias habían acabado con docenas de insurgentes mientras abandonaban los improvisados búnkeres y los refugios antibombardeo, pero aún así no dejaban de aparecer. Los escuadrones de escolta tuvieron que plantar cara rápidamente a numerosos aparatos enemigos que salieron a su encuentro, principalmente modelos antiguos y baqueteados, armados con poco más que una pareja de cañones automáticos y un puñado de bombas primitivas. 

La situación empeoró cuando los quemados llegaron hasta sus defensas antiaéreas: primitivas plataformas de artillería armadas con un trío de ametralladoras pesadas. Algunas baterías Hydra ubicadas en zonas de gran valor estratégico vomitaron ráfagas de proyectiles de gran calibre en dirección al agitado cielo, salpicado de aeronaves rugientes, explosions y vertiginosos combates de acrobacias. Varias naves de transporte fueron derribadas antes de que pudieran efectuar maniobras evasivas. 

En el interior del Wyvern, el capitán Vinne ordenó a Bandher y a Dael que ocuparan las ametralladoras gatling del compartimento de carga mientras el portón blindado se abría con un prolongado chirrido mecánico. Tras sujetarse las correas de seguridad, retiraron los seguros y activaron los motores eléctricos de las armas, con lo que los cañones empezaron a rotar cada vez más rápido. Cuando los dos guardias imperiales abrieron fuego, una cortina de proyectiles de gran calibre descendió sobre las calls, ocupadas por los quemados y sus piezas de artillería.

- ¡Todo el mundo en pie, muchachos!- Ordenó Vinne mientras se levantaba y enganchaba un mosquetón al cordón de seguridad del techo del compartimento de carga- ¡Listos para saltar!

Al unísono, todo el pelotón se puso en pie y enganchó sus mosquetones al cordón de seguridad. Con los cascos y los respiradores, y las carabinas láser cruzadas sobre el pecho, presentaban un aspecto realmente amenazador. Tristán se fijó por el rabillo del ojo en Cynthia, que se tambaleó un segundo antes de recobrar el equilibrio. Armada tan sólo con su pistola láser, Tristán esperó que Inrah, habitualmente encargada de su protección, estuviera más alerta que nunca aquel día. 

Las explosiones y las detonaciones se superponían unas a otras en una cacofonía irregular, con el sonido de los motores y el chirrido de la estructura del Wyvern de fondo. Destellos constantes bañaban el interior del compartimento de carga, iluminado por una tenue luz roja. 

- Destino en quince segundos- Anunció el piloto.

- Recibido- Confirmó Vinne- Estamos preparados, piloto.

El capitán miró a Arridae, a su lado, y ambos asintieron. 

Thales Arridae portaba una armadura de caparazón pesada idéntica a la que portaba el resto del pelotón, pero pintada de negro a discrección propia y decorada con un cordón rojo del comsariado sobre el peto. Del cinturón colgaba una gruesa cadena que sujetaba un tomo de oraciones y letanías, con una cerradura electrónica. En lugar del casco, portaba la gorra de pico de su oficio, y unas gafas de lentes verdes y redondas, mientras el respirador le tapaba el resto de la cara. Por su parte, Vinne simplemente llevaba la boina roja del regimiento en lugar del más habitual casco de combate. 

La mayoría de miembros del pelotón llevaban lanzamisiles monouso Pillum sujetos a sus mochilas de combate, así como abundantes portagranadas y alforjas para explosivos. Unos cuantos, entre ellos Tristán, habían equipado sus carabinas láser con lazagranadas auxiliares, y además de las granadas de fragmentación y aturdidoras habituales llevaban ristras de granadas de 40mm sujetas a sus brazales y petos. La mayoría habían recibido además varias granadas antiblindaje, y tanto Dael, como Kerry y Ladegne llevaban células térmicas y granadas adicionales, así como munición para el lanzacohetes de Bandher. Los francotiradores se habían asegurado de llevar consigo suficientes células sobrecargadas, además de una pistola automática para los encuentros cercanos.

En el suelo, entre los edificios bajos en ruinas, los cráteres y los puestos comerciales destrozados y abandonados, Bandher pudo ver durante unos segundos cómo el general Di Sera y sus hombres desembarcaban de su Wyvern mediante cuerdas de rápel. Acompañado por su escolta de soldados de élite y una pareja de secutores del SICOM, Di Sera encabezó a una treintena de guardias imperiales a través de las calles, abriéndose paso a la fuerza mientras repartia órdenes a través de su enlace vox. Su arnés, un regalo de los tecnosacerdotes de Hellhest, estaba conectado a los implantes de su columna vertebral, y los dos miembros mecánicos colgaban bajo los suyos propios, sosteniendo sendos sables de energía. El general se abría paso con rápidos y precisos ataques, bloqueando y desviando los envites del enemigo y rodeándose de cadáveres a cada segundo que pasaba. 

Di Sera no sólo era un oficial de alto rango y un estratega nato; era un líder formidable y un guerrero temible. Y los quemados lo estaban aprendiendo por las malas. Al comprender que no podían con el avance imperial, se retiraron con inusitada rapidez mientras los guardias imperiales desplegaban un intenso abanico de fuego láser que agujereaba las paredes de ladrillo y destrozaba los pequeños puestos de madera. Las explosiones de las granadas lanzaron cascotes y astillas por los aires, junto a restos humanos y cadáveres convulsionándose. El Wyvern pasó de largo, y Bandher perdió de visa al general y a sus hombres.

- Eh- Exclamó por encima del ruido del combate y el rugido de los motores de la aeronave- El general está montando un buen estropicio ahí abajo. 

- En cuanto los quemados se reagrupen estará jodido si no logramos tomar los puentes para que pasen los alraquileanos- Respondió Schwainz- Hagamos nuestro trabajo rápido.

- ¿Qué pasó con eso de despacito y buena letra?- Replicó Dante con una sonrisa bromista.

La voz del piloto ahogó la respuesta de Aleksandr mientras la luz roja que iluminaba el compartimento de carga parpadeaba y se volvía verde.

- ¡Destino, capitán, buena suerte ahí abajo!

Vinne miró a sus hombres por encima del hombro y se caló las gafas de combate. Asintió.

- ¡Pies por delante, muchachos! ¡Vamos a enseñarles a esos cabrones con quién se están metiendo!- Exclamó antes de saltar por la compuerta.

Uno tras otro, los guardias imperiales saltaron por el portón lateral mientras la batalla bullía furiosa a su alrededor. El bólter pesado montado bajo el morro del Wyvern lanzaba ráfagas amplias, abriendo líneas de cráteres en el suelo e hileras de boquetes en las paredes, obligando al enemigo a correr en busca de cobertura. Una cañonera Fury intentó efectuar un ataque de pasada, pero un intenso fuego antiaéreo la obligó a retirarse haciendo maniobras evasivas. 

- ¡Y ahí va nuestro apoyo!- Exclamó Kerry por el canal vox- ¡A los que sobreviváis os invitaré a una ronda!

- ¡Cállate, Kerry!- Le espetó Schwainz mientras saltaba al vacío.

Cuando Aleksandr hubo saltado, Tristán pudo ver la zona de aterrizaje de primera mano. No era más que una plaza acribillada de cráteres, cuya superficie estaba salpicada de escombros y restos de mobiliario urbano. Podía ver a los quemados alejarse entre las ruinas en grupos, corriendo con sus rifles láser cruzados sobre el pecho y lanzando ráfagas esporádicas contra la nave de transporte. Tragó saliva y apretó los dientes. Saltó.

La sensación de no tener suelo bajo los pies siempre le desconcertaba. Tuvo que hacer esfuerzos por no agitar los brazos inconscientemente y activó el paracaídas gravítico. Oyó el chasquido metálico de los generadores gravíticos al desplegarse, y después un borboteo de energía que se transformó en un tableteo regular. Notó un fuerte tirón cuando el aparato controló su caída, y dos segundos después sus botas tocaron tierra. Apretó el botón central del arnés de sujección y el paracaídas gravítico cayó al suelo con un ruido sordo mientras se descolgaba la carabina láser y le retiraba el seguro. A su derecha, Nyria tocó tierra, seguida de Dante y de Dael, que se deshicieron de sus paracaídas gravíticos y prepararon sus armas.

Diez metros más adelante, Vinne y el resto del pelotón se habían atrincherado entre los restos de una enorme fuente. La estatua que estaba en el centro había perdido los brazos y la cabeza, y estaba tan acribillada de metralla que ni siquiera podía intuirse su forma anterior. El capitán les hizo un gesto, y echaron a correr hacia la cobertura con la cabeza agachada, mientras las anadanadas de láser empezaban a hacer hervir el aire a su alrededor.

Y entonces el Wyvern fue derribado.

Una granada propulsada por cohete había destrozado uno de los rotores de la aeronave mientras levantaba el vuelo. La nave de transporte se había ladeado durante un segundo mientras los pilotos intentaban equilibrar el aparato, pero otro proyectil se llevó por delante un segundo rotor, con lo que el Wyvern perdió fuerza y se tambaleó en el aire, tras lo que cayó hacia el suelo, sacudiéndose y vomitando humo por sus heridas.

- ¡Aquí Whiskey Especial, nos han dado, repito, nos han dado!- Gritaba el piloto por el canal vox. La transmisión se cortó cuando la aeronave se estampó contra el suelo, levantando un géiser de cascotes y grava. 

Entonces los quemados empezaron el contraataque.

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Desplegarse por paracaídas gravítico en una zona rodeada de enemigos era malo, pero que además derribasen la nave de transporte y el aparato casi se les cayera encima era peor. 

El Wyvern había caído dando bandazos hasta que se estrelló demasiado cerca de la fuente, derribando la estatua y cubriendo a parte del pelotón con polvo y gravilla. Cynthia sacudió la cabeza para despejarse y apoyó ambas manos en el suelo para levantarse, pero al ponerse en pie se tambaleó y cayó al suelo. La cabeza le daba vueltas. De manera involuntaria, descubrió su casco tirado en el suelo a diez metros de ella, con una importante abolladura en uno de sus costados. Se palpó la cabeza en busca de heridas, pero no encontró nada. Dando gracias al Emperador por su suerte, se quitó las gafas de combate y guardó el respirador en uno de sus portaequipos mientras el resto del pelotón se reunía en el interior de la fuente y cerca de la aeronave derribada, buscando cobertura. 

- ¡Mierda!- Exclamó alguien.

Cynthia agachó la cabeza cuando un disparo hizo volar un pedazo del muerte que usaba como cobertura, y desenfundó su pistola láser. Retiró el seguro con el pulgar e hizo un barrido psíquico de los alrededores. Notó cómo su mente se expandía y exploraba los alrededores, y por un segundo, el tiempo se ralentizó. Les estaban disparando desde las tres y las once, aproximadamente una treintena de quemados armados con fusiles láser, ametralladoras y un lanzagranadas anticarro. La batalla confundía sus sentidos y le impidió ver más allá de las inmediaciones de la plaza, pero la violencia del combate le llegaba en oleadas junto a una confusa e intensa lluvia emocional; sorpresa, miedo, dolor, ira...

La guerra siempre despertaba los mismos sentimientos.

Se asomó por encima del murerte para efectuar una rápida sucesión de disparos y volvió a acurrucarse entre los restos de la fuente. Había guiado su mano valiéndose de su poder psíquico, y estaba segura de que sus disparos habían acabado con uno de los quemados. Un golpe en el hombro le hizo volver la cabeza, sobresaltada.

- ¡Kyle, necesito saber si los pilotos están vivos!- Le ordenó Vinne, agachado a su lado. Tenía un feo corte en la mejilla y estaba lleno de polvo.

Cynthia señaló a su espalda apresuradamente.

- Tenemos una treintena de quemados a las once y a las tres, rifles láser y ametralladoras. También tienen un...

- ¡Los pilotos, Cynthia!

La psíquica se sobresaltó al percatarse de su error y escrutó psíquicamente el interior del Wyvern estrellado. Sintió dos presencias, ambas débiles y frías. Cuando profundizó en su barrido los identificó como los pilotos, que estaban malheridos. Abrió los ojos y asintió enérgicamente ante la mirada apremiante de su capitán.

- ¡Sí, están vivos!- Exclamó atropelladamente, esforzándose por superponer su voz a la cacofonía de la batalla- Malheridos, pero vivos.

El oficial asintió y se echó la carabina láser al hombro. Le hizo un gesto a Bandher y señaló el transporte estrellado con un dedo. El sargento lo entendió sin problemas. Ambos se levantaron y corrieron hacia la puerta de la cabina del Wyvern. Bandher la abrió con un fuerte tirón y Vinne entró, seguido de su subordinado. Salieron a los pocos segundos cargando con los pilotos sobre sus hombros. Estaban inconscientes, y tanto sus uniformes como su piel estaban quemados y llenos de cortes. Los voluminosos cascos estaban abollados, y sus lentes de combate, rotas.

- ¡Lherrer!- Llamó Vinne tras apoyar a los dos heridos contra el pedestal de la estatua. 

La muchacha levantó la cabeza de la mira de su carabina láser y localizó al capitán. Dejó que su arma colgase de sus correajes y se abrió paso con celeridad hasta los dos pilotos. Se arrodilló en frente de ellos y sacó su diagnostor. A su lado, Vinne no había necesitado darle una sola orden.  

Nix escaneó con su dispositivo a los dos hombres mientras el resto del pelotón, atrincherado entre los restos de la fuente, devolvía el fuego a ciegas. Nix consultó las lecturas del aparato y miró a Vinne, que bajó la carabina láser. Ella asintió.

- Están vivos. Heridos, pero vivos- Señaló a uno de ellos- Este tiene una hemorragia interna, necesita ayuda inmediata, y yo no puedo dársela aquí.

El oficial asintió y lanzó una ráfaga hacia los escombros. Las lanzas incandescentes se perdieron en la jungla de rococemento. Un haz de láser verde se estrelló contra el sucio y castigado fuselaje del Wyvern, a escasos centímetros de la cabeza de uno de los pilotos. Nix se apresuró a tumbarlos para mantenerlos a salvo.

- Inrah, contacta con las naves de extracción- Ordenó Vinne tras agacharse junto a su subordinada- Tenemos a los dos pilotos vivos pero tocados, necesitan ayuda médica lo antes posible. 

Ella asintió y bajó el arma, que quedó colgando de la correa. Apoyó la espalda contra el murete de la fuente y activó el comunicador de largo alcance. 

- Aquí Victor, tenemos dos heridos, necesitamos extracción inmediata. ¿Me recibe alguien?- Empezó a decir por el micrófono de sus auriculares.

No hubo ninguna respuesta clara. El canal estaba lleno de estática y transmisiones confusas. Probó a lanzar el mismo mensaje por otro canal. Entonces sí llegó una respuesta.

- Aquí Whiskey Rojo tres. Aguanten, Victor, vamos a por ustedes.

- Recibido, Rojo Tres, dénse prisa.

Inrah tomó su arma de nuevo y se ajustó los auriculares. Vinne le dedicó una mirada apremiante.

- Están en camino, señor- Respondió ella.

- ¿A cuánto tiempo están de aquí?

- No lo han dicho, señor.

- Perfecto- Vinne encendió su enlace vox- Alerta, muchachos, tenemos que esperar a la evacuación. Quiero fuego de contención a las tres y a las once, y que los francotiradores se encarguen de seleccionar y eliminar. Kyle, barridos constantes. Quiero saber en todo momento a qué nos enfrentamos.

Un coro de respuestas tomó lugar, tanto a través del canal vox como por las gargantas de los guardias imperiales. El tableteo chasqueante de las carabinas láser se intensificó, y el pelotón tomó posiciones defensivas para cubrir los puntos indicados por Vinne. El fuego enemigo siguió cayendo sin cesar, arrancando pedazos de mármol de la fuente y dejando hileras de boquetes en el murete y el fuselaje del Wyvern.

Cynthia agachó la cabeza y concentró sus esfuerzos en identificar las mentes de los francotiradores de la unidad. Cada presencia era distinta, y a cada una la diferenciaba por una sencilla referencia que había ligado inconscientemente a cada persona: un olor, un color, una imagen, una sensación...A pesar de lo difícil que se lo ponía la atmósfera psíquica de la batalla, Cynthia localizó a Dante y a Aleksandr y deslizó su mente en las suyas con toda la suavidad de la que fue capaz. A pesar de sus esfuerzos, los dos hombres experimentaron intesas náuseas durante un segundo cuando la telépata estableció el vínculo psíquico. El siguiente paso fue más sencillo; mientras recuperaban el aliento, Cynthia lanzó un barrido telepático, detectando a los quemados y transmitiendo la información a sus dos camaradas. No tardaron en levantar los rifles láser largos.

Mantener ese tipo de vínculo y barrer a la vez la zona era mentalmente agotador, pero Cynthia estaba entrenada para ello. Mantuvo el flujo psíquico regularmente, asegurándose de que el vínculo no se cortara, lo que sería un problema muy serio para los tres. Comprobó con satisfacción que tanto Dante como Aleksandr estaban localizando a sus objetivos sin problemas, a pesar del malestar y el mareo que causaba el vínculo psíquico. 

Sin perder la concentración, empezó a murmurar una oración de protección para poder sorportar el esfuerzo.

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No era la primera vez que Cynthia le guiaba psíquicamente, pero la sensación de tener otra mente conectada a la suya propia siempre era extraña y desconcertante.

Cuando ocurría, la sensación de desánimo y la inferioridad de darse cuenta de su propia ceguera frente al mundo que le rodeaba invadían la más mínima fibra de su ser. Estar limitado sólo a los sentidos le parecía horrible e irreal cuando los sondeos psíquicos de Cynthia le convertían en casi omnisciente. 

Y Aleksandr Schwainz odiaba profundamente aquello.

Con cada barrido, adivinaba instintivamente dónde se encontraban sus enemigos, y la información lo abrumaba durante los primeros segundos de la sinergia psíquica. Se levantó y se llevó la culata de su rifle láser largo al hombro con rapidez, cerrando el ojo izquierdo y viendo la cabeza de su objetivo tras la cruceta de la mira telescópica. Tal y como había presentido, el quemado se había levantado en ese preciso instante. Llevaba un casco antifrag de las FDP bajo un turbante, pero no le protegió del disparo. El rayo de energía penetró a través de su ojo izquierdo e hizo estallar su cerebro, haciendo que tanto humo como sangre y masa encefálica derretida manasen por su boca, nariz ojos y oídos mientras el cadáver del hombre se precipitaba al suelo, presa de espasmos.

Aleksandr se agachó de nuevo en el preciso instante en el que una ráfaga de balas le hubiera partido por la mitad. También lo había sentido. Cerró los ojos y se concentró en las ondas psíquicas de Cynthia, que proyectaban imágenes en su mente, revelando las posiciones de sus enemigos. Se asomó por un costado del murete y derribó a otro enemigo, atravesándole la garganta con un disparo limpio que le volatilizó el cuello en una pequeña nube de sangre y humo.

Inspiró. El olor a ozono y fycelina ya invadía la zona. 

- ¡Tenemos un lanzamisiles a las tres!- Avisó Ladegne a gritos mientras disparaba su carabina láser.

Aleksandr sintió cómo el vello se le erizaba y la mirada se le desenfocaba cuando Cynthia lanzó un barrido repentino. Una oleada de frustración le llegó de repente por parte de su sinergia con la telépata, invadiéndolo. Un escalofrío le recorrió la espalda y los brazos y se levantó casi involuntariamente. Afianzó la culata de su rifle contra su hombro y centró la cruceta sobre el quemado que portaba el lanzamisiles. Medio segundo después, el hombre caía hacia atrás con un agujero humeante en el pecho. 

- Eliminado- Informó. Notó la voz temblorosa, como si algo se interpusiera entre su cerebro y sus cuerdas vocales. Sacudió la cabeza y se agachó más aún cuando una punzada psíquica le aguijoneó la mente.

- Están retirándose- La voz de Cynthia sonó a través de su vínculo telepático en lugar de por el canal vox. Dante repitió sus palabras en voz alta, pero con dificultad- Cortaré el vínculo. Preparaos, chicos.

Aleksandr y Dante no pudieron reprimir un grito al notar que la presencia psíquica de Cynthia abandonaba sus mentes. Era como sentir un tirón en el alma. Sus pensamientos se distorsionaban, sus sentidos se apagaban y tenían que luchar por no caerse al suelo. Aunque aquello apenas duraba unos segundos, les pareció una eternidad. El hecho de verse despojados de los sentidos superiores que el barrido psíquico les proporcionaba les hizo sentirse vacíos hasta que se acostumbraron a sus sentidos habituales. Dante no pudo resistir los efectos secundarios del cese del vínculo y vomitó. 

- ¿Qué les hace retirarse?- Preguntó a voz en grito Bandher. Aún llovían disparos esporádicamente sobre su posición, aunque él era incapaz de ver a los tiradores. 

- Es el Wyvern- Jadeó Cynthia. Se pasó una manga por la frente para limpiarse el sudor y tosió- Está cerca.

Vinne recargó el lanzagranadas de su carabina láser y sacó los binoculares para escrutar la zona. 

- Perfecto. Lherrer, ocúpate de Kyle.

Nix asintió y corrió agachada hasta Cynthia, que se había dejado caer contra la fuente, exhausta. La psíquica suspiró cansinamente al verla acercarse y dejó escapar un quejido. Nix se arrodilló a su lado y abrió uno de sus botiquines.

- Me pongo de pie en dos minutos, Nix- Imploró Cynthia- No hace falta...

- No te resistas, Cynthia- Respondió ella con una sonrisa divertida- Ladea la cabeza y di aaah.

- ¿Para qué iba a decir aaah?- Preguntó la psíquica, extrañada, tras ladear la cabeza y dejar su cuello al descubierto.

Nix le administró una dosis de adrenalina directamente en el cuello con gran rapidez, haciendo que Cynthia diera un respingo. Tiró a un lado el vial vacío y cerró botiquín.

- ¿Para qué querías que dijera aaah?- Gruñó Cynthia, acariciándose el cuello, dolorido.

- Para que estuvieras despistada- Respondió la médico de combate, y le guiñó un ojo.

- Ya- Cynthia agarró su casco del suelo y se lo puso de nuevo- Gracias, supongo.

El murmullo de los motores de un Wyvern empezó a sonar, acercándose cada vez más, y no pasó mucho tiempo hasta que vieron a la aeronave surgir de entre los altos edificios que los rodeaban. El rechoncho aparato se deslizó por el aire, con su foco buscando objetivos en las ruinas, mientras que la ametralladora rotativa que tenía bajo la cabina lanzaba ráfagas de cuando en cuando. El portón lateral se abrió antes de llegar a la plaza, y uno de sus tripulante desplegó el brazo mecánico que sostenía la ametralladora de tres cañones del compartimento de carga. 

El Wyvern aminoró la velocidad mientras descendía poco a poco hasta que se quedó a doce metros del suelo. El polvo del suelo y las paredes empezó a salir volando por los reactores del aparato. Algunos disparos surgían de las ruinas circundantes, rebotando contra el fuselaje del Wyvern, que hacía girar la ametralladora de su cabina para barrer la zona con proyectiles trazadores de alto calibre. 

Whiskey Rojo tres en posición- Transmitió el piloto por el canal vox- Tenéis vecinos, así que más os vale salir pitando.

- Recibido, Rojo tres- Vinne hizo gestos a Bandher y a Dael para que cogieran a los pilotos heridos- Bajad las camillas y largaos de aquí antes de que los vecinos vengan a hacer una visita.

Mientras los motores de los cabos de acero bajaban las camillas, Bandher y Dael se echaron a hombros a los pilotos, inconscientes, y se acercaron al Wyvern mientras Inrah y Tristán les cubrían, con las carabinas láser al hombro y siguiéndoles de espaldas y con paso lento. 

- ¿Todo despejado?- Le preguntó Vinne a Cynthia, arrodillándose a su lado y guardando los magnoculares.

La telépata cerró los ojos durante un par de segundos.

- Negativo, capitán- Confirmó tras abrir los ojos- Hay aproximadamente dos docenas de hostiles en las cercanías. 

Vinne asintió y se descolgó la carabina láser del hombro.

- Entonces nos pondremos en marcha de inmediato- Dijo antes de levantarse.

Le tendió una mano a Cynthia, que agradeció el gesto con una sonrisa y se levantó con su ayuda. Desenfundó su pistola láser y se aseguró de desactivar su seguro mientras Vinne reunía al resto del pelotón en torno a la fuente. Bajo el Wyvern, Bandher dio dos tirones a uno de los cordones metálicos cuando subieron al último piloto y se encaminó junto a Dael hacia el resto de la unidad.

- Nosotros nos vamos, Victor- Avisó el piloto del Wyvern- Pero os dejamos un regalito.

El portón trasero de la nave de transporte se abrió, y rápidamente surgieron de él dos vehículos todoterreno Tauros. Los paracaídas gravíticos que les habían acoplado se activaron y los dos cayeron con relativa suavidad sobre el suelo. Vinne mandó a sus hombres a ocuparlos sin perder un instante.

- Gracias, Rojo tres- Agradeció a través del microcomunicador- Os debemos una ronda. 

- Le tomo la palabra, Victor- Respondió el piloto mientras el Wyvern se alejaba.

Vinne observó cómo la aeronave desaparecía entre los edificios y después echó a andar hacia los dos Tauros, que sus hombres ya habían puesto a punto y examinado.

- ¡Aquí hay suministros, capitán!- Avisó el teniente Namhein.

En la parte trasera de cada vehículo, en el puesto del artillero, habían dejado varias cajas de provisiones y munición, aseguradas mediante correas. En cada uno había no menos de tres cajas de munición y granadas, así como también repuestos médicos y un par de latas de gasolina para los Tauros. Vinne ordenó a sus hombres que se repartieran la munición y los suministros médicos y se subió a uno de los Tauros, en el asiento del copiloto.

- ¡Meck, al volante!- Ordenó mientras se ajustaba las correas del asiento- Canaar, Danherr, Mylers, conmigo. 

Dael se apresuró a ocupar el asiento del conductor, cerrándose los portacargadores del chaleco y la bolsa portaequipo que llevaba sujeta a la placa que le protegía el muslo izquierdo. Tristán se subió a la parte trasera del Tauros de un salto y se ató las correas del puesto del artillero a la altura de la cadera. Nyria y Dante se colocaron tras él, de pie, y se agarraron a los costados del vehículo. Arridae se subió poco después, sentándose entre los dos y con los pies colgando sobre el suelo.

El resto del pelotón se subió en el otro Tauros y ambos todoterrenos se encendieron con un rugido, que fue decreciendo hasta convertirse en un ronroneo. Las luces iluimnaron el suelo por delante de ellos, revelando las nubes de polvo que flotaban en el aire, y haciendo que la luz resbalara sobre los cascotes y el suelo plagado de cráteres y destrozos, lanzando sombras irregulares por doquier. 

Vinne marcó un punto en su placa de datos, donde tenía una versión digital del mapa de Ariqh. Envió el punto de destino al resto del pelotón, y las sencillas placas de datos que tenían implantadas en los brazales izquierdos parpadearon, mostrando la nueva información. Dael y Arran, que se ocupaban de conducir, arrancaron casi al unísono y se dirigieron plaza abajo en dirección al punto marcado por Vinne, saltando sobre los escombros.

- Es uno de los puentes que el 10º Alraquileano debe usar para entrar en Ariqh- Informó Vinne por el canal vox del pelotón- Eliminamos a los defensores y aseguramos el puente hasta que los alraquileanos lleguen. Después nos abriremos paso hasta la catedral, para tomarla. 

- ¿La ha ocupado el enemigo?- Preguntó Inrah. Tenían que alzar la voz para hacerse oír sobre el viento y los motores incluso hablando a través de los microcomunicadores.

- Posiblemente algo peor.

El canal vox quedó en silencio tras las palabras del capitán. La idea de una gloriosa catedral imperial mancillada por el archienemigo era algo demasiado pavoroso e incendiario como para encontrar las palabras adecuadas con facilidad. Optaron sabiamente por el silencio. Algunos, como Valdan y Mylers, murmuraron algunas oraciones para proteger sus almas de la insidiosa influencia del Caos.

Los dos Tauros derraparon por una alargada curva, esquivando los restos de vehículos y edificios por igual con rápidos volantazos, haciendo que las ruedas patinaran y rechinaran continuamente sobre el suelo de piedra plagado de baches. Allá donde miraran veían cráteres y grandes agujeros en las casas, creados por los obuses y los cohetes que se usaron para bombardear la ciudad. Miles de cadáveres carbonizados y mutilados estaban esparcidos por toda la ciudad, inertes sobre las calles, descansando en el fondo de los cráteres o dentro de los edificios. Algunos, más recientes, eran claramente quemados, fácilmente reconocibles por sus ropajes y por el polvo blanquecino de ceniza con la que se cubrían los cuerpos, y por el cual recibían su mote.

Tristán retiró las tapas de seguridad que cubrían los dos gatillos del cañón rotatorio de 20mm tras el que estaba y apoyó los pulgares en ellos. Con sus índices acarició los gatillos frontales, que hacían girar los tres cañones del arma gracias al motor eléctrico que llevaba acoplado a un costado, y que era cilíndrico y casi tan grande como su cabeza. Hizo moverse el cañón automático de lado a lado, en busca de objetivo. Era consciente de que estaban en territorio enemigo, aunque los áuspexes estuvieran en silencio. 

Había algo que no le gustaba nada en aquellas calles, y no eran los incontables muertos que yacían en ellas.

- No me gusta nada este sitio- Murmuró por el enlace vox.

- Yo vendría aquí de vacaciones- Respondió en tono sarcástico Arran, también en voz baja- No te jode.

- El olor...- La voz de Cynthia apenas fue audible. 

Aquello era cierto. Tristán había guardado el respirador tras aterrizar para sustituirlo por un ligero pasamontañas negro con la parte inferior de una calavera estamapada en blanco bajo la franja para los ojos, y percibía aquel hedor a muerte y desolación sin filtro de ningún tipo. Estaba acostumbrado, pero aún así el olor penetraba en sus fosas nasales y le recordaba continuamente que en cualquier momento él podía formar parte de esos cadáveres, y desprenderlo también. Siempre intentaba aprovechar aquella sensación para mant¡ enerse alerta, pero la tranquilidad que reinaba en las calles le escamaba.

En la lejanía podía oír los sonidos del combate como si estuviera ahí, pero se sentía inexplicablemente aislado. Las explosiones y los disparos eran un constante recordatorio de la batalla, al igual que los escuadrones de cazas que luchaban sobre sus cabezas, sobrevolando la ciudad de un lado a otro perisguiéndose unos a otros y esquivando el fuego antiaéreo. Sin embargo, no era capaz de oír voz alguna que no perteneciera a sus compañeros de pelotón. Ni gritos, ni órdenes, ni siquiera los tristemente siempre presentes aullidos de agonía de los heridos y moribundos. 

Súbitamente, el áuspex empezó a mandar señales de hostiles en algún punto frente a su posición, cada vez más cerca. El Tauros en el que iba Tristán se adelantó algo al otro para que pudiera cubrirle la retaguardia y el capitán informó de lo contactos por el enlace vox, para asegurarse de que nadie se lo había perdido. Las calles estaban desiertas, y no había ni rastro de movimiento por los edificios que se alzaban a ambos lados de la carretera. Sin embargo, treinta metros más adelante, había un puente colgante que cruzaba la carretera de lado a lado, a cinco metros sobre el suelo.

- ¡Sobre el puente, hay seis!- Exclamó de repente Cynthia, atropelladamente tras percibir sus mentes.

- El aúspex no los detecta- Replicó Vinne.

- ¡Pero están ahí!

Vinne asintió y levantó una mano, con los dedos extendidos. Después, la cerró de golpe antes de bajarla. Tristán comprendió la orden y levantó el cañón automático. Disparó prácticamente al mismo tiempo que Bandher, el artillero del otro Tauros. Los proyectiles explosivos de 20mm arrancaron el murete lateral del puente a pedazos y abrieron grandes boquetes bajo él a medida que los vehículos avanzaban. 

- ¡Cinco!- Exclamaba Cynthia a medida que los emboscadores iban siendo abatidos- ¡Cuatro! ¡No, tres!

El Tauros pasó por debajo del puente como una exhalación, con el tableteo ultrarápido del cañón automático lanzando ecos. Pero algo cayó sobre el capó del todoterreno cuando casi lo dejaron atrás. Un quemado, vestido solamente con unos pantalones de combate y una capa de camuflaje desértico, se había lanzado desde el puente y asido al vehículo con ambas manos. Cruzada sobre el torso llevaba una bandolera repleta de granadas...sin anilla.

Dael gritó una maldición y dio un volantazo para librarse del quemado, pero estaba firmemente agarrado y apenas se tambaleó. En el asiento del copiloto, Vinne desenfundó el revólver compacto que llevaba enfundado sobre el chaleco y le descerrajó un disparo casi a bocajarro. El disparo le arrancó una mano al quemado, que perdió equilibrio, y sin la sujección que le proporcionaban sus dos mano, se tambaleó con otro volantazo de Dael y se precipitó hacia el suelo, gritando. 

Se oyó un fuerte crujido cuando sus huesos se rompieron contra el asfalto, y el cuerpo rebotó y rodó varios metros antes de estallar en una violenta deflagración. Sobre la carretera quedaron esparcidos sus restos sobre un manchurrón rojo y negro.

Pero el otro vehículo no tuvo tanta suerte.

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El último quemado se había lanzado sobre ellos desde el puente, pero este no parecía llevar explosivos. Nyria intentó acertarle desde el otro vehículo, pero sus disparos no le rozaron. Cayó sobre el capó del Tauros, agarrándose al parabrisas con una mano y empuñando un largo cuchillo de hoja ancha con la otra. Veqta dio varios volantazos para quitárselo de encima, pero sólo logró hacer que perdiera el equilibrio durante un breve instante.

- ¡Quita de encima, coño!- Gruñó Arran Veqta, moviendo el volante frenéticamente.

El quemado le atravesó la boca con el cuchillo antes de que dijera nada más. El Tauros dio bandazos, descontrolado, mientras Pierre Ladegne, que estaba de copiloto, intentaba derribar a disparos al quemado, maldiciéndolo en voz alta. El vehículo giró bruscamente, con Veqta aún vivo retorciéndose sobre el volante, y se estampó contra una de las casas que bordeaban la carretera. Arran Veqta murió al instante, rompiéndose el cuello contra el volante. El quemado quedó aplastado entre la casa y el Tauros sus tripas estaban desparramadas sobre el capó que antes estaba pisando. 

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