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(Capítulo dos)
(Capítulo dos)
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La mayoría de miembros del pelotón llevaban lanzamisiles monouso ''Pillum'' sujetos a sus mochilas de combate, así como abundantes portagranadas y alforjas para explosivos. Unos cuantos, entre ellos Tristán, habían equipado sus carabinas láser con lazagranadas auxiliares, y además de las granadas de fragmentación y aturdidoras habituales llevaban ristras de granadas de 20mm sujetas a sus brazales y petos. La mayoría habían recibido además varias granadas antiblindaje, y tanto Dael, como Kerry y Ladegne llevaban células térmicas y granadas adicionales, así como munición para el lanzacohetes de Bandher. Los francotiradores se habían asegurado de llevar consigo suficientes células sobrecargadas, además de una pistola automática para los encuentros cercanos.
 
La mayoría de miembros del pelotón llevaban lanzamisiles monouso ''Pillum'' sujetos a sus mochilas de combate, así como abundantes portagranadas y alforjas para explosivos. Unos cuantos, entre ellos Tristán, habían equipado sus carabinas láser con lazagranadas auxiliares, y además de las granadas de fragmentación y aturdidoras habituales llevaban ristras de granadas de 20mm sujetas a sus brazales y petos. La mayoría habían recibido además varias granadas antiblindaje, y tanto Dael, como Kerry y Ladegne llevaban células térmicas y granadas adicionales, así como munición para el lanzacohetes de Bandher. Los francotiradores se habían asegurado de llevar consigo suficientes células sobrecargadas, además de una pistola automática para los encuentros cercanos.
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En el suelo, entre los edificios bajos en ruinas, los cráteres y los puestos comerciales destrozados y abandonados, Bandher pudo ver durante unos segundos cómo el general Di Sera y sus hombres desembarcaban de su Wyvern mediante cuerdas de rápel. Acompañado por su escolta de soldados de élite y una pareja de secutores del SICOM, Di Sera encabezó a una treintena de guardias imperiales a través de las calles, abriéndose paso a la fuerza mientras repartia órdenes a través de su enlace vox. Su arnés, un regalo de los tecnosacerdotes de Hellhest, estaba conectado a los implantes de su columna vertebral, y los dos miembros mecánicos colgaban bajo los suyos propios, sosteniendo sendos sables de energía. El general se abría paso con rápidos y precisos ataques, bloqueando y desviando los envites del enemigo y rodeándose de cadáveres a cada segundo que pasaba. 
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Di Sera no sólo era un oficial de alto rango y un estratega nato; era un líder formidable y un guerrero temible. Y los ''quemados'' lo estaban aprendiendo por las malas. Al comprender que no podían con el avance imperial, se retiraron con inusitada rapidez mientras los guardias imperiales desplegaban un intenso abanico de fuego láser que agujereaba las paredes de ladrillo y destrozaba los pequeños puestos de madera. Las explosiones de las granadas lanzaron cascotes y astillas por los aires, junto a restos humanos y cadáveres convulsionándose. El Wyvern pasó de largo, y Bandher perdió de visa al general y a sus hombres.
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- Eh- Exclamó por encima del ruido del combate y el rugido de los motores de la aeronave- El general está montando un buen estropicio ahí abajo. 
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- En cuanto los ''quemados'' se reagrupen estará jodido si no logramos tomar los puentes para que pasen los alraquileanos- Respondió Schwainz- Hagamos nuestro trabajo rápido.
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- ¿Qué pasó con eso de ''despacito y buena letra''?- Replicó Dante con una sonrisa bromista.
 
[[Categoría:Relatos No Oficiales Warhammer 40000]]
 
[[Categoría:Relatos No Oficiales Warhammer 40000]]
 
[[Categoría:Saga Danherr]]
 
[[Categoría:Saga Danherr]]

Revisión de 18:06 25 sep 2015

Nota del autor

En respuesta a numerosas bromas, peticiones (más o menos expresas) y asuntos diversos, haré un remake de historia de un mandado. Carne de ataúd es la versión más acorde a mi estilo actual de historia de un mandado, donde intentaré arreglar aquello de lo que me arrepiento de dicha historia.

A ver cuántos lectores tiene esto
 
44
 

La encuesta fue creada el 14:34 18 ago 2015, y hasta ahora 44 personas votaron.

Dramatis personae

Cabo Tristán Danherr: Soldado del 712º de Granaderos Nametherianos pertenciente al diezmado pelotón Victor.

Cabo Nyria Canaar: Operadora de lanzallamas del pelotón Victor, 712º de Granaderos Nametherianos.

Cyntia Kyle: Psíquica sancionada adscrita al pelotón Victor, 712º de Granaderos Nametherianos.

Capitán Tharrus Vinne: Oficial al mando del pelotón Victor, 712º de Granaderos Nametherianos. 

Sargento Inrah Al'Shar: Operadora de comunicaciones del pelotón Victor, 712º de Granaderos Nametherianos. 

Soldado Dael Meck: Soldado del 712º de Granaderos Nametherianos pertenciente al pelotón Victor.

Soldado Dante Mylers: Francotirador del 712º de Granaderos Nametherianos pertenciente al pelotón Victor.

General Augustus Di Sera: Oficial al mando del 712º de Granaderos Nametherianos. 

Cabo Nix Lherrer: Médico del pelotón Victor, 712º de Granaderos Nametherianos.

Thales Arridae: Comisario asignado al pelotón Victor, 712º de Granaderos Nametherianos.


- Eh, deja de pensar en la sargento. Los quemados deben andar cerca.

- Cállate- Hubo un breve silencio mientras Tristán Danherr ajustaba su visor-monóculo- Zorra.

Una mueca divertida se dibujó en el rostro de la cabo Canaar, moreno y, al igual que el resto de su cuerpo, surcado por delgadas líneas claras. Bajó sus magnoculares durante un instante para volverse y mirar a Tristán, que estaba a su derecha, agachado en el pozo de tirador, tras la ametralladora pesada. Con un gesto rápido, le dio dos suaves golpes en la nuca, haciendo que se sobresaltase y diera un respingo. Tristán la apartó de un manotazo.

- Gilipollas- Gruñó cuando ella alejó su mano, riéndose entre dientes.

Al otro lado del pequeño y oscuro pozo de tirador, cubierto de trozos de tela gris y con el rifle láser de francotirador apoyado sobre una roca, el soldado Mylers cerró los ojos un segundo y se ajustó las gafas de combate de lente ovalada que llevaba sobre el casco. 

- Yo no puedo vigilar por los tres- Dijo, camuflando el reproche.

A pesar de ser el miembro más joven del pelotón, el soldado Dante Mylers era uno de los más cabales y tranquilos de la unidad. Había sido reclutado en Saleris como parte del destacamento que el gobierno planetario había escogido de entre los mejores soldados de sus Fuerzas de Defensa Planetarias para reforzar al 712º de Granaderos Nametherianos, que se recuperaba de la campaña de Thorax. A pesar de ser apenas un muchacho que no pasaba de los diecisiete, su puntería magistral y cabeza fría llevaron a Dante a ser seleccionado para el destacamento. El capitán Vinne lo reclutó para su pelotón cuando tuvo noticias de su habilidad, y el cabo Schwainz, uno de los mejores francotiradores del regimiento, se ocupó personalmente de llevar su entrenamiento más allá de lo que había aprendido en la academia militar de Saleria Este.

- No te preocupes, Dante. Yo estoy atento- Respondió Tristán mientras oteaba el horizonte con su visor-monóculo, conectado a la mira telescópica de la ametralladora pesada.

- Las esperas me aburren- Se justificó Nyria Canaar, volviendo a ponerse el magnocular sobre el ojo derecho y tamborileando con los dedos sobre la carcasa de su carabina láser Atria M38. 

- Y a quién no- Murmuró Tristán. 

Tristán Danherr era uno de los miembros del primer destacamento de refuerzo que recibió el 712º de Granaderos Nametherianos, durante la campaña de Thorax. De ascendencia valhallana, al igual que la mayor parte de la población de Nieria, Danherr era un hombre alto y fuerte, de piel pálida y cabello grisáceo, rapado casi al mínimo a excepción de la parte superior de su cabeza, donde llevaba el pelo corto y despeinado. 

La cabo Canaar había llegado al regimiento como parte de un pequeño grupo de supervivientes provenientes del 87º de Tropas de Jungla Charybdianas. Alta y esbelta, y con el cuerpo lleno de tatuajes, resultaba intimidante a primera vista. Era la soldado lanzallamas del pelotón, pero en aquellos momentos su arma estaba apoyada en una esquina del pozo, junto a unas cajas de munición apiladas una encima de otra. En lugar de su lanzallamas, blandía su carabina láser, una versión compacta del rifle láser reglamentario del regimiento que contaba con una sencilla mira de punto rojo.

Una transmisión chasqueó a través de los microcomunicadores, y sonó la voz del capitán Vinne.

- Aquí Victoria a comadrejas con fusil. Las brasas están en el caldero, tapas fuera y gatillos preparados.

- Permiso para cambiar de código de identificación, señor- Bromeó Tristán sin apartar la vista del horizonte.

- Denegado. Vinne, corto y cierro.  

- Corto y cierro- Repitió Danherr por lo bajo, oteando a través de la mira de la ametralladora pesada.

A pesar del aviso, no logró ver a nadie. El paisaje seguía estando igual de desolado e inerte que veinte minutos atrás. El campamento comercial en ruinas había sido un punto de paso habitual para las tropas enemigas, y Tristán no había tardado en comprender por qué: proporcionaba un refugio excelente, tanto contra el enemigo como contra las inclemencias del tiempo. El viento solía arrastrar la arena de los vastos desiertos de Khopesh IV, erosionando rocas, escombros y seres vivos por igual.

Aunque la fauna y la flora locales habían evolucionado para sobrevivir a estas condiciones, los seres humanos seguían siendo vulnerables a los vientos cortantes. Era por eso que el pelotón Victor había acudido a la zona equipado con sus armaduras de caparazón pesadas. Incluso la cabo Canaar llevaba puesta las robusta armadura, a pesar de que solía emplear la versión más liviana y menos restrictiva que empleaba el resto del regimiento habitualmente. Una vez en los pozos de tirador, la mayor parte del pelotón se había liberado de los cascos y los recicladores de aire, pesados e incluso agobiantes. 

Desplazando la retícula de la mira de un lado a otro, Tristán localizó a sus enemigos caminando entre los escombros. Protegidos por raídas túnicas grises que llevaban sobre sus cuerpos, curtidos por los elementos y cubiertos de perforaciones y tatuajes perturbadores, los quemados avanzaban a buen ritmo, cargando con grandes mochilas y alforjas de cuero de grox khopeshita, con sus rifles láser colgando al hombro y sus cuchillas pendiendo de sus cinturones, tintineando al chocar entre ellas. Algunos llevaban rifles láser largos de francotirador, y se detenían de vez en cuando para examinar la zona a través de sus miras telescópicas. Las capuchas de sus túnicas, ajustadas con correas y por las cintas de goma de las gafas antireflectantes que usaban para moverse por el desierto, tenían marcas rojas que formaban intrincadas figuras, como si fueran extraños estampados de ominoso significado. Iban en pequeños grupos, cercanos unos a otros y rodeando a una hilera de groxes khopeshitas que portaban sobre sus lomos barriles de suministros y cajas de munición, atados a los animales con gruesas cuerdas de niante. 

Mientras se dirigían a Khopesh IV, se les había informado de que un levantamiento rebelde amenazaba con derribar el gobierno imperial del planeta. Tras los primeros encontronazos con el enemigo y con su rastro, comprendieron que no se trataba de rebeldes, sino de algo mucho más oscuro y peligroso. 

- Los tengo en la mira- Murmuró el cabo Bandherr por el canal de radio.

- Esperad a mi señal- Fue la respuesta del capitán. 

Con un movimiento rápido de sus pulgares, Tristán retiró el seguro del arma pesada y centró la cruceta de la mira sobre uno de los groxes, cuyo jinete llevaba un lanzagranadas sobre el hombro. En el pozo de tirador se oyeron una serie de chasquidos metálicos, al igual que en los otros cinco. Con las armas preparadas y atentos al canal de radio, los soldados esperaron cerca de siete minutos hasta que llegó la orden. El convoy enemigo había llegado hacia la mitad del camino, y una retirada rápida era impracticable.

- Victoria a comadrejas con fusil. Luz verde para apagar las brasas. 

- Al fin- Masculló Nyria, y su carabina láser lanzó una triple descarga. 

En un segundo, una chasqueante tormenta de rayos láser anaranjados y crepitantes hendió el tórrido aire en dirección al convoy, derribando a varias figuras con la primera descarga. Mientras los cuerpos tambaleantes se desplomaban con las túnicas humeando, el tchak-tchak-tchak-tchak característico de las ametralladoras pesadas se sobrepuso al tableteo de las armas láser. Las balas de gran calibre hicieron estallar restos de escombros y seres humanos por igual, volatilizando a estos últimos en una nube de sangre y jirones de tela. Los proyectiles dejaban espesas estelas de humo blanco a su paso, y barrían la caravana de lado a lado mientras los quemados se apresuraban a ponerse a cubierto, ya fuera tras los pedazos de rococemetno que salpicaban la zona, ya fuera tras sus propios animales, que se removían inquietos y bramaban.

El fuego de respuesta no se hizo esperar, y unas descargas irregulares de energía color esmeralda se desparramaron sobre los refugios falsos que el pelotón había preparado, alejados de los escondites reales y más fáciles de detectar. Éstos tenían varias linternas que lanzaban destellos intermitentemente, como si fueran armas que disparasen. Los rayos láser estallaban en chispas y rebotaban al chocar contra los bloques de rococemento de los pozos de tirador falsos. 

Desde el pozo del capitán se elevó un profundo tuk-tuk-tuk, y ráfagas de grandas de alto explosivo llovieron sobre la caravana, levantando surtidores de arena, sangre y restos humanos y animales, y enviando astillas de rococemento en todas direcciones como letal metralla. 

Tristán localizó a uno de los francotiradores oculto tras el cuerpo destripado de un grox y apretó el gatillo de la ametralladora. Mientras los cartuchos salían humeantes y repiqueteaban contra el suelo, las balas partieron la cascarón del animal en dos y alcanzaron al francotirador, arrancándole un brazo y atravesándole el vientre. La onda expansiva del proyectil destrozó su cuerpo, y jirones de carne y astillas de hueso empaparon el suelo mientras los restos del quemado caían pesadamente al suelo, aún presa de espasmos.

Una ligera oscilación y la cruceta empezó a perseguir a otro individuo, que corría en un intento de buscar mejor cobertura. La ametralladora se estremeció, y el hombre salió propulsado hacia un lado con sus piernas rebotando contra el suelo, dejando estelas de sangre a su paso. Apretó de nuevo el gatillo y dos fusiles láser dejaron de vomitar energía cuando una ráfaga de proyectiles hizo trizas a los tiradores. Sistemáticamente, Tristán siguió buscando objetivos y deribándolos con ráfagas cortas y precisas, acompañadas del tintineo de las carcasas vacías y humeantes de los proyectiles, que empezaban a amontonarse en el polvoriento suelo del oscuro pozo de tirador. 

+++++++++++++++++++++++++++++

Dael supo que aquel era un día horrible cuando oyó el siseó de una granada propulsada por cohete dirigiéndose a su refugio. 

- ¡Al suelo!- Exclamó el cabo Bandher, soltando la ametralladora. 

Dael, Bandher y el soldado Ladegne se echaron cuerpo a tierra y una atronadora explosión sacudió el pozo de tirador. Con la cabeza aún dándole vueltas y los oídos pitándole furiosamente, Dael se incorporó y recuperó su rifle inferno mientras oía gruñir a Pierre Ladegne y maldecir a Bandher. La granada había explotado cerca del escondite, y la onda sísmica hizo caer gravilla y arena sobre los tres soldados, pero no tuvieron que lamentar pérdidas peores. 

Con rapidez, volvieron a sus puestos a pesar de la desorientación. Dael apoyó su rifle inferno contra el parapeto un instante después que Ladegne, y Bandher se arrodilló de nuevo tras la ametralladora pesada, poniéndose el monóculo-visor. El fuego no tardó en volver a surgir del pozo de tirador. Disparando en semiautomático y apuntando cuidadosamente, Dael y Ladegne lanzaron una andanada tras otra de energía crepitante mientras el fuego automático de la ametralladora atacaba sin piedad a los quemados

Se había levantado una neblina de polvo y humo, que se removía en el aire y ondulaba cuando los proyectiles y los rayos láser la atravesaban desde todas direcciones. En poco tiempo se volvió tan densa que apenas podía verse a través de ella.

- ¡No veo nada!- Exclamó alguien por el enlace vox del pelotón.

- ¡Seguid disparando!- Ordenó Vinne 

Pese a la pobre visibilidad, el tiroteo continuó, y lanzas de energía hendían la nube de arena y polvo repetidamente, mientras las balas de gran calibre dejaban huecos en la neblina que rápidamente desaparecían. El ritmo de los disparos enemigos se volvió más esporádico con rapidez, y unas enormes figuras cruzaron la cortina neblinosa, agitándola furiosamente mientras media docena de groxes khopeshitas salían en estampida a través de ella. Sobre las furiosas bestias, los quemados llevaban las riendas al mismo tiempo que disparaban sus armas, yendo de dos en dos sobre las grupas de los groxes. 

- Coordinad los disparos y derribad a los groxes. Si por casualidad encuentran uno de nuestros pozos lo apisonarán- Advirtió Vinne por el enlace vox mientras un fuego cruzado de chisporroteantes haces anaranjados sacudía a jinetes y monturas por igual.

Uno de los quemados a lomos de un grox se precipitó hacia un lado cuando Aleksandr Schwainz le atravesó la cabeza con su rifle láser de francotirador. El cuerpo fue pisoteado y vapuleado por los groxes que iban detrás. El otro jinete, que iba sobre la parte trasera de la grupa, cayó hacia atrás de espaldas con un pequeño agujero humeante en la lente izquierda de sus gafas antirreflectantes y la parte trasera del cráneo abierta de par en par. 

Dante cambió el cargador de su rifle láser de francotirador y el siguiente disparo pasó a través de la frente de la bestia, ya sin jinetes, y le chamuscó el cerebro. Mientras el animal se estampaba contra el suelo, dejando un reguero de cascotes a su paso, Dante desplazó la cruceta de su mira telescópica y acarició el gatillo. Cuando la cabeza de otro quemado apareció en su punto de mira, contrajo el dedo índice y un delgado rayo láser se abrió paso a través de la garganta del hombre, fundiendo su tráquea, rompiendo el hueso y abriendo un humeante agujero de salida que casi le separó la cabeza del cuerpo. 

El fuego de ametralladora sostenido le arrancó las patas a un grox y dos rápidas ráfagas láser de diferentes pozos de tirador atravesaron a los dos quemados que iban en su grupa. Uno de ellos se desmoronó espasmódicamente mientras su dedo aún apretaba el gatillo del rifle láser, cuyos disparos rebotaron contra la bestia que pasó a su lado. Una granada acabó con los cuerpos del grox y de sus jinetes. 

Hubo un breve intercambio de señales chasqueantes por el canal vox y los escombros frente a la estampida de groxes se tambalearon. Los pedazos de rococemento y los ladrillos salieron disparados y rodaron ladera abajo cuando un bípode de combate Sentinel salió de su escondite, cubierto por una gran manta de camaleonina que ondulaba al viento. Se oyó un zumbido cuando su arma se activó, y los cañones empezaron a rotar. 

- Vamos a ver si os gusta esto, cabrones- Murmuró Rektte Vinar desde su asiento en el Sentinel.

Los animales, sin dejar de bramar, no aminoraron el paso a pesar de los esfuerzos de sus jinetes por dar media vuelta. El multiláser que llevaba acoplado a su lateral derecho lanzó un torrente fulgurante de energía abrasadora y el grox que iba en cabeza estalló, mandando a sus jinetes al suelo, donde sus huesos se quebraron por la fuerza del golpe. Las bestias restantes aparecieron en la pantalla del Sentinel marcados por runas romboides color rubí, y Rektte manipuló con rapidez los controles para flexionar las piernas del bípode, agachándose levemente. Movió la palanca de disparo para centrar a los objetivos en la retícula que la unidad de impulsos mentales proyectaba directamente en su retícula, y apretó el gatillo. Otro grox se partió por la mitad, atravesado por los disparos del multiláser, y los dos quemados que iban sobre él fueron reducidos a un par de sacos de carne quemada y mutilada que rodaron por el suelo en silencio. 

- Los tienes muy cerca, Reks- Avisó Tristán por el microcomunicado- Apártate para que abramos fuego. 

- La duda ofende- Gruñó el piloto sin dejar de mover palancas.

El bípode de combate comenzó a moverse acompañado del sonido hidráulico de sus piernas mecáncias, cuyas pezuñas de ceramita quebraron los escombros bajo ellas a medida que avanzaba. Con el rugido de la maquinaria, el Sentinel adelantó la pierna derecha y aprisionó a uno de los groxes bajo ella, rompiéndole el cráneo con un sonoro crujido húmedo. El quemado que lo montaba salió disparado de la grupa del animal y se rompió el cuello contra el suelo tras una violenta caída. Una última ráfaga del multiláser creó una serie de agujeros humeantes en el cuerpo del grox restante, que dio de bruces contra el suelo, haciendo que sus jinetes perdieran el equilibrio y cayeran también al suelo. Schwainz los derribó a ambos con dos disparos rápidos. 

- Vigilad. Aún puede haber enemigos- Dijo en voz baja Vinne- Rekett, avanza, te cubrimos.

- Ojos abiertos y seguros fuera- Respondió el piloto mientras el bípode empezaba a avanzar dando largas zancadas, dejando un rastro ondulante de humo tras de sí, que emanaba de la boca del multiláser.

Desde los pozos de tirador todos observaron al Sentinel alejarse a grandes pasos entre los escombros y las dunas. Con las armas preparadas, vieron cómo se adentraba en la nube de polvo y humo, que estaba desapareciendo. La gran figura del bípode la disolvió con facilidad al atravesarla. Sentado en el incómodo puesto del piloto, Rekett permaneció atento al áuspex, buscando señales de vida. Las lecturas indicaron que aproximadamente una docena de enemigos se escondía entre los escombros a veintitrés metros de su posición. 

- Eso no va a salvaros- Dijo entre dientes Rekett con una sonrisa mientras manipulaba el cuadro de mandos del Sentinel- Francotiradores, ojo a mis tres. 

Sonaron tres crujidos a través del canal vox, confirmando que los francotiradores habían recibido el aviso. Rekett pulsó el gatillo secundario de la palanca que asía con su mano izquierda y un trío de bolas de fuego salió disparado del lanzagranadas de tres tubos colocado sobre la cabina. Las granadas incendiarias explotaron cuatro metros sobre el suelo, regando una zona de tamaño considerable con prometio ardiente. Los quemados salieron de sus escondrijos entre gritos de alerta, algunos de ellos envueltos en llamas y aullando de dolor. 

- Ahí los tenéis- Informó el piloto mientras activaba el multiláser.

Tres figuras cayeron al suelo casi al unísono cuando los francotiradores los abatieron, y otros dos fueron partidos por la mitad por la ráfaga del multiláser un instante después. Rekett efectuó otro disparo mientras se movía hacia su izquierda, flanqueando a los quemados, que corrían o retrocedían disparando sus rifles láser. En pocos segundos todos estaban muertos, desparramados en el suelo en posturas antinaturales mientras delgadas columnas de humo se elevaban desde sus espantosas heridas.

Rekett hizo tres barridos con el áuspex para asegurarse de que todos los objetivos habían sido abatidos. Cuando el último mostró sus resultados en una de las pantallas de la cabina, la ausencia de supervivientes le pareció un resultado más que satisfactorio. 

- Brasas apagadas, Victoria. Repito, aquí pliadón, brasas apagadas- Dijo por el canal vox tras echar un trago de su cantimplora. Aquel mundo parecía llevarse la humedad de todo aquello que entraba en él, y su garganta estaba empezando a resentirse.

- Recibido, pliadón- Respondió Vinne. A continuación pasaron unos segundos en los que intercambió varias palabras con alguien por otra línea, y después exclamó- ¡Recoged los bártulos, muchachos, tenemos que estar en el bastión antes de que caiga la noche!

Al unísono, todos los miembros del pelotón Victor confirmaron que habían recibido las órdenes y recogieron el equipo. Apenas les llevó dos minutos recoger todo y salir de los pozos, tras lo que se dirigeron  a los tres Uros que habían escondido doscientos metros más atrás.

- Odio esta guerra de guerrillas- Masculló Nyria mientras retiraba la manta de camuflaje de uno de los vehículos.

- No durará mucho más- Aseguró Tristán- La ofensiva a Ariqh será en unos días. 

- La cosa es que tampoco quiero morir tan pronto- Gruñó antes de entrar en el Uro y ponerse al volante. 

Tristán la miró durante un segundo y después se sentó en la parte de atrás. El Uro arrancó y salió de las dunas entre una nube de arena y humo negro.

- Somos carne de ataúd, Nyria. Tarde o temprano va a llegar.

Capítulo uno

- Estoy harto de esta bola de polvo. Estamos perdiendo el tiempo aquí.

- Cállate, Kerry. Si el señor-general Ulric nos ha destinado aquí es por algo. No creo que esté dispuesto a malgastar a una de sus mejores unidades sofocando una rebelión. 

- Lak tiene razón. Hay algo más...y lo hemos visto todos. 

En el tacticiarum el pelotón Victor discutía desganadamente. Ya habían tenido aquella conversación docenas de veces más. Kerry Valdan y otros tantos se dedicaban a quejarse y maldecir, y Aleksandr Schwainz e Inrah Al'shar ponían algo de razón en la discusión. Era siempre igual, y Tristán ya se cansaba de oír lo mismo cada vez que había unas pocas horas de descanso. 

Mientras la discusión subía de tono y algunos empezaban a gritar, Danherr echó un trago del termo de cafeína que se había hecho al llegar al bastión, y después se lo pasó a Nyria, que a su vez se lo tendió a Dante cuando acabó de beber. El salerita se lo ofreció a Dael Meck, pero éste lo rechazó con un gesto. Los cuatro se volvieron cuando Arran Veqta agarró de la pechera a Nix Lherrer, la médico del pelotón. Nix no era demasiado alta ni corpulenta, y su tez pálida y cabello blanco le daban cierto aire de debilidad. Por supuesto, aquello era sólo en apariencia. Nadie entraba en el pelotón Victor siendo débil.

- ¡Que me sueltes, animal!- Chillaba Lherrer mientras agarraba la gruesa muñeca de Veqta con una mano y le daba manotazos en la cara con la otra.

Arran levantó un puño para devolver los golpes, pero dos fuertes manos los lanzaron a ambos al suelo, derribando varias sillas con gran estrépito. Kalt Bandher estaba rojo de ira. 

- ¡Sois guardias imperiales, idiotas!- Les reprochó a gritos- ¡No estamos aquí para quejarnos, estamos aquí para servir! ¡Y si el señor-general Ulric nos dice que nos vamos al Ojo del Terror solo con los calcetines puestos, vamos y le partimos la cara al trece veces derrotado si le vemos! Estoy harto de oír cómo os quejáis vosotros cuatro como si tuviérais elección. Al próximo que haga el gilipollas le saco los dientes a hostias, ¿Está claro?

Kalt Bandher era un musculoso gigante con la cabeza rapada y los ojos violetas, fruto de su ascendencia cadiana. Era un soldado ejemplar con diez años de experiencia en combate, y había sido condecorado numerosas veces por servicio distinguido y valor en combate. Junto a Al'shar, era uno de los sargentos del pelotón, y se encargaba de mantener la disciplina en la unidad. Si bien eso no era necesario normalmente, la recurrente discusión sobre su misión en Khopesh IV amenazaba con crear algo más que una pelea entre los miembros del pelotón Victor. Y él lo solucionó como mejor sabía.

- Sí, sargento- Mascullaron Arran y sus compinches mientras ayudaban a éste a levantarse. 

Nix se levantó con la ayuda de Dante, que había acudido a ayudarla. Nyria le dirigió una mirada cargada de intención a Tristán. 

- ¿Qué?- Murmuró él. 

- Mira al chaval. La peloceniza se la pone dura. Está más que claro.

Tristán hizo un gesto y desvió la vista. No tenía el más mínimo interés por meterse en la vida de otros.

- Eres un soso de mierda. 

- Déjame en paz. 

Nyria preparó una de sus mordaces respuestas para sacar de quicio a Tristán, pero Dante llegó con Nix y no pudo hablar. Dante puso una silla al lado de la suya y le hizo un gesto a Lherrer para que se sentara. No necesitó decírselo dos veces.

- Ya verás- Le susurró Nyria a Tristán al oído- Estos dos van a acabar fo...

De nuevo tuvo que callarse, ya que la puerta acorazada se abrió con un chirrido y el capitán Vinne entró en el tacticiarum. El comisario Arridae, que iba detrás de él, se apoyó contra la puerta una vez ésta se hubo cerrado. Vinne avanzó mientras el pelotón se cuadraba y saludaba al estilo militar. Él era un hombre cercano a la cuarentena de años, con el pelo rubio peinado hacia atrás y los costados rapados. En su cara, de piel morena, asomaba la sombra de una barba recién afeitada, y en lugar de ojo izquierdo tenía un sustituto biónico que refulgía con un brillo azulado. Sobre la pechera del uniforme llevada varias medallas, entre ellas el honor de duelista, que le fue concedido tras derrotar cara a cara a un noble orko en Thorax, dos años atrás. 

Activó la holomesa del tacticiarum y ordenó a sus hombres que se sentasen con un gesto. Mientras el ruido de las sillas aún flotaba en el aire, el holoproyector mostró el mapa de una ciudad en tonos azulados. La imagen cambiaba cada poco, mostrando diferentes sectores y una serie de pictocapturas.

- Bien, muchachos. Seré breve- Empezó- La ofensiva a Ariqh ya ha sido autorizada. El general Di Sera dirigirá el ataque, y quiere que tengamos la información lo antes posible. Los escáneres orbitales indican que habrá suficientes defensores como para representar un problema, así que bombardearemos la ciudad antes de atacarla. 

- Señor- Inrah levantó una mano, pidiendo permiso para hablar. Vinne asintió, invitándola a proceder- ¿Se conoce el orden de batalla?

- Sí. Nosotros, junto a la 67º División de Amazonas de Andrómaca nos desplegaremos mediante inserción aérea. Aseguraremos unas cuantas carreteras para que el 10º Blindado Alraquileano pueda entrar. El 101º Skiano se ocupará de escoltar a los carros de combate, y sus Tauros nos proporcionarán apoyo en cuanto sea posible.

Vinne señaló varios puntos en el fantasmagórico holograma. 

- El resto del regimiento se ocupará de tomar estos puntos. Nosotros tenemos que asegurar este puente- Señaló un largo puente colgante sobre un río artificial- Los matamos a todos y aseguramos el perímetro, es sencillo. Quiero que llevéis muchas grandas y munición, suficientes Pillum para abrir un agujero en una fragata espacial y las armaduras pesadas. Esperamos un combate prolongado, así que traed los rifles láser. Reks, equipa a Pliadón con un cañón automático y hazte con todos los cartuchos de alto explosivo que puedas.

- Délo por hecho, capitán- Rekett saludó al estilo militar mientras una sonrisa pícara asomaba en su rostro manchado de grasa de motor y saplicado de pecas. 

El capitán apagó la holomesa mientras asentía. Se puso la boina de combate roja del regimiento y todo el pelotón se levantó al unísono, cuadrándose y saludando con una rapidez fruto de la experiencia. 

- Eso es todo. Salimos en dos días. Para entonces quiero todo preparado. Pueden irse. 

Al abandonar la oscuridad del tacticiarum, los guardias imperiales se taparon los ojos con un gañido. Los dos soles de Khopesh refulgían con un brillo exageradamente intenso. 

- Ahora sería un buen momento para un piropo- Gruñó Nyria, mirando a Tristán bajo la visera improvisada que formaba su mano izquierda.

- ¿Qué?

- Ya sabes, comparar mis ojos a esos dos soles y eso- Bromeó.

- Sí que se parecen, sí. Es igual de difícil mirarlos directamente- Bisbiseó Dante entre risitas disimuladas.

Nyria volvió la mirada, que se encontró con la de Dante, cuya mueca divertida desapareció de golpe para ser sustituída por una expresión de terror. Antes de que el salerita balbuciera una respuesta, Nyria le agarró de la pechera y le acercó hacia sí. Dante tartamudeó algo en su idioma natal, pero dejó de intentarlo cuando ella le lamió los labios. En las mejillas salpicadas de pecas del muchacho apareció un repentino rubor.

- Me apuesto lo que queráis a que aún es virgen- Dijo entre risotadas.

Tristán los separó con desgana y gruñó cuando Nyria intentó lamerle los labios a él. Mantuvo la cara de la mujer alejada de la suya apoyando su mano contra su frente. 

- Déjale, ya no es un crío.

- E-eso di-digo yo- Tartamudeó Dante.

- Venga ya. En donde yo nací esto es un gesto de afecto- Bromeó Nyria, forcejeando con Tristán. 

Inrah pasó al lado del pequeño grupo y le dirigió una fugaz mirada con sus ojos, completamente verdes. Ella era una nativa de Diarbur, famoso por el rasgo único de su gente; sus globos oculares eran enteramente verdes. De tez morena y suave, y con el pelo castaño habitualmente recogido en un moño bajo, Inrah poseía una belleza serena y un magnetismo natural. No obstante, su carácter impávido y disciplinado había disuadido a cualquiera de intentar algo con ella. Nunca había parecido importarle. 

- Muestra un poco de dignidad, Canaar- Le susurró al pasar a su lado. Su voz, cálida y agradable, sonó tremendamente ofensiva en aquel instante- Eres una soldado del Imperio, no una fulana de barrio. 

Nyria le dirigió una mirada furiosa que rápidamente se tornó burlona, y ejecutó una reverencia. 

- Sí, señora- Respondió sardónicamente- Lo que su majestad de exóticos ojos ordene. 

Al'shar no se rebajó a plantarle cara a la charybdiana, y siguió adelante, perseguida por la mirada de Nyria. 

- Qué bien le queda el uniforme- Comentó Tristán, dirigiéndole a su compañera una mirada cargada de intención. 

Ella se volvió, con los brazos en jarras, para mirarle a los ojos.

- ¿Quién pica a quién ahora?- Sonrió él.

- Eres un imbécil, Tristán. 

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En Khopesh, la noche caía rápida y silenciosamente, como los pétalos de una ordelia ogygiana madura. Los dos soles desaparecían, y en su lugar aparecía Skeptis, el enorme satélite que orbitaba en torno al mundo desértico y que llevaba el nombre de un ser mitológico khopeshita. Hubiera sido algo hermoso de contemplar si el mundo no estuviera sumido en el horror de la guerra. 

Tristán apartó la mirada del ventanuco de su habitación. Skeptis le recordaba a Siníde, la luna de su mundo natal, y aquello le envolvía con un agridulce sentimiento de añoranza. Un sentimiento que odiaba, y que prefería no experimentar. 

- Estoy harta de Inrah.

Por supuesto, aguantar el orgullo herido de Nyria tampoco ocupaba un puesto destacado en su lista de preferencias. 

- Piensa que cada vez que entramos en combate hay una posibilidad de que te libres de ella- Tristán calló durante un segundo, recapacitando sobre su respuesta- O de que ella se libre de ti.

- Déjalo. Esto no se te da bien. 

No era ningún secreto que Inrah Al'shar y Nyria Canaar se odiaban. El motivo nunca estuvo claro, pero todo el mundo sabía que las dos mujeres no podían ni verse. A Nyria le gustaba poner a prueba los nervios de la diarburana, que aguantaba estoicamente sus mordaces comentarios. Sin embargo, cuando Inrah contraatacaba, siempre conseguía enervar a Nyria. Era un círculo vicioso.

- No pretendo que se me de bien- Tristán agarró a Nyria por la cintura y la acercó a él. Su cuerpo desnudo ardía, mientras que el suyo estaba más frío- Soy bueno en otras cosas.

- No te cuelgues los laureles con tanta facilidad- Susurró ella tras eludir un beso. Después añadió, con una sonrisa traviesa- Y ya sabes que no soy una niñata de ciudad. Tendrás que luchar...

Tristán se apartó y se incorporó en la cama, rascándose la sien derecha. La larga cicatriz que le hendía el cuero cabelludo en aquella zona le picaba desde que había llegado a Khopesh. Arrugó la nariz cuando le llegó el fuerte olor a prometio, sudor y otros fluidos corporales que las sábanas desprendían. 

- Bah, no me merece la pena. Estoy cansado.

- Ven aquí, no seas aguafiestas- Ronroneó ella, cogiéndole una mano y mordiéndole el dedo índice. 

- Que no- Tristán apartó su mano y se levantó de la cama, cogiendo los pantalones de combate que había dejado sobre el suelo. 

Nyria se sentó, apoyándose contra el cabecero de acero de la cama y tomó un sorbo de su cantimplora. Después se la tendió a Tristán, que echó un largo trago y se la devolvió mientras acababa de atarse los pantalones. 

- ¿A dónde vas ahora?

- A dar un paseo. No duermo bien con este calor- Respondió él mientras se ponía la camiseta del uniforme. 

- Pues me voy contigo- Anunció Nyria, levantándose y cogiendo su ropa. 

Tristán se permitió unos segundos para recorrer con la mirada el cuerpo desnudo de su camarada. La luz que entraba por el ventanuco se reflejaba sobre la lisa piel, y daba un tono extraño a las cicatrices y alargadas marcas que ésta tenía. Los tatuajes parecían desaparecer en la oscuridad, y su tinta negra y roja dejaba de ser visible a su vez. No obstante, su cabello, negro y liso, cortado a la altura de los hombros, brillaba y atrapaba los haces de luz artificial que incidían sobre él. Nyria se volvió de repente, y sus ojos se encontraron, grises los de él, de un verde intenso los de ella. 

- Ahora ya no- Repuso ella.

- Vístete de una vez.

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El cepillo eléctrico emitió un zumbido al activarse. Cuando las cerdas sintéticas rozaron el blindaje del Sentinel, el eco se extendió por todo el hangar, rebotando en las paredes metálicas y en los vehículos allí aparcados. Las manchas de sangre y de hollín fueron desapareciendo poco a poco mientras Rekett se esmeraba en limpiar las placas de su bípode. 

- Lo que daría por un servidor de limpieza- Gruñó, peleando con una mancha de sangre especialmente resistente- ¿Qué narices come esta gente?

Sin embargo, aquella no era la peor parte del mantenimiento del Sentinel. Después debía extraer toda la arena de las juntas, reponer el combustible y la munición, comprobar los sistemas, recargar las baterías e instalar los paracaídas gravíticos...Si algo odiaba de su trabajo, era eso. Otra cosa que le ponía los nervios de punta era el solitario hangar, que en aquellos momentos estaba vacío y pobremente iluminado, pues gran parte de sus lámparas se habían fundido. Unos gruesos insectos fotófagos locales parecían devorar la energía de los globos de luz y los focos de campaña, y en el hangar C-3 los repelentes se habían instalado demasiado tarde. 

El tiempo pasaba lentamente, y Rekett, envuelto por el zumbido que provocaba el cepillo eléctrico, se había puesto los auriculares de combate conectados a una pequeña placa de datos que se había guardado en el grasiento y desgarrado mono. La música se sobrepuso a la molesta cacofonía de la limpieza rutinaria, y el piloto puso una mueca de satisfacción mientras murmuraba fragmentos de canciones y movía la cabeza siguiendo el ritmo. 

No se dio cuenta de que había dejado de estar solo en el hangar hasta que fue demasiado tarde.

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Los barracones del 712º eran una serie de filas de habitáculos prefarbicados y térmicamente aislados. Dado su poder económico y su puesto prefrente en la lista de tropas del Alto mando, el regimiento gozaba de comodidades con las que otras unidades sólo podían soñar. Alimentos de primera calidad y habitáculos personales (si bien, minúsculos) eran algunas de esas ventajas. 

Durante la noche, los hombres del pelotón Hotel de la compañía D se ocupaban de la guardia, y patrullaban los barracones del regimiento equipados con la armadura completa y los rifles láser cruzados sobre el pecho, apuntando hacia abajo. Algunos intercambiaban saludos y mantenían breves conversaciones con los soldados que estaban fuera de los habitáculos, jugando a las cartas, descansando o limpiando su equipo. La noche de Khopesh IV era sinónimo de insomnio para muchos de los hombres del 712º de Granaderos Nametherianos. 

Tristán saludó al cabo Lockman, que estaba de patrulla, y advirtió que el hombre arrugaba la nariz al pasar junto a él. Por suerte, la vergüenza era una de las muchas cosas que había perdido a aquellas alturas.

- Deberíamos habernos duchado antes de salir- Respuso con tranquilidad.

- Siempre podemos ducharnos al volver. 

- Cada uno por su cuenta.

- Bueno, eso vayámoslo viendo sobre la marcha. 

Durante la noche, la temperatura descendía y se hacía casi cómoda, pero surgía una brisa pesada que quitaba el sueño a muchos de los guardias imperiales destinados en Khopesh IV. El personal del Adeptus Medicae había repartido cajas de tranquilizantes y pastillas para conciliar el sueño, pero ni siquiera así podían descansar algunos. No parecía ser el caso de las andrómacas, cuyos barracones estaban sumidos en una tranquilidad casi utópica. Sólo las guardias, con los rifles láser al hombro y las armaduras carmesíes puestas, rompían con aquella paz. 

En cambio, la zona del bastión dedicada al alojamiento del 101º Skiano de Reconocimiento bullían de actividad. Los soldados, cubiertos por sus características capas de camaleonina a pesar de que debajo sólo llevaban los pantalones de combate y las camisetas de tirantes, se reunían fuera de sus habitáculos de contrachapado y planchas de acero para conversar entre risas y canciones. Algunos limpiaban sus rifles láser, otros zurcían agujeros en uniformes y capas, y la mayoría se dedicaba a beber latas de cerveza Stannesberg y alborotar. Sobre unas cajas de municiones y suministros, e iluminada por un par de focos de campaña, una muchacha cantaba con una voz asombrosa, acompañada por otros dos soldados skianos que tocaban sendos instrumentos improvisados. Más allá, Tristán divisió a un grupo sentado alrededor de una hoguera y varias cajas metálicas, rellenando latas de Stannesberg con clavos, cristales y casquillos de bala usados. No le llevó mucho darse cuenta de que estaban fabricando granadas caseras. 

Encontraron un pequeño almacén unos minutos después. Se miraron al unísono, y no les hizo falta articular palabra alguna para saber lo que cruzaba por sus mentes. La puerta estaba cerrada, pero no había ningún candado que la bloqueara, y la abrieron sin problema. Tras encontrar el interruptor, un globo de luz colocado en el techo parpadeó y bañó el interior del cobertizo con una luz amarillenta. El lugar estaba lleno de sacos de tela llenos de sábanas, bolsas de almohadas, colchones de recambio y material de limpieza. 

- Me va a gustar este sitio- Murmuró Nyria, dirigiendo una mirada cómplice a Danherr. 

- Creo que a mí también- Repuso él en voz baja mientras apoyaba las manos en sus caderas.

Con una risita, Nyria aferró los hombros de él y se dejó poner de espaldas contra la pared, tras lo cual le mordió la barbilla con suavidad. Oyó con satisfacción como Tristán suspiró entrecortadamente y deslizó sus manos bajo la camiseta, notando con las palmas las horrendas cicatrices que deformaban gran parte de su torso. Nunca le había echado atrás aquella marca, sino todo lo contrario. Arañó el tejido cicatrizado y se estremeció cuando él se zafó de sus dientes y le mordió a su vez el cuello. 

El comunicador restalló súbitamente, vomitando un gran escándalo por el canal vox del pelotón. Nyria apagó el suyo, pero Tristán prestó atención a la transmisión, a pesar de los esfuerzos de la charybdiana por arrebatarle el dispositivo. El auricular emitió la voz de Cynthia Kyle, la psíquica sancionada del pelotón. Sollozaba y hablaba trabajosamente, lo que alteró a Tristán y a Canaar desde un principio. 

- Que alguien vaya al hangar- Cynthia se sorbió la nariz y tosió- ¡Rápido! Que alguien vaya al hangar C-3, por favor. He...¡Que alguien vaya ya, por el amor del Trono!

Varios miembros del pelotón respondieron rápidamente, bien dando su afirmativa, bien lanzando preguntas. La confusión crecía por momentos, hasta que todos llegaron a la conclusión de que no iban a recibir respuesta alguna por parte de la telépata, y se apresuraron a despertar a los compañeros que estaban dormidos y a reunir al resto. 

- Eso no tenía buena pinta- Masculló Tristán. 

- Ahí trabaja Reks. 

Ambos se separaron apresuradamente y abandonaron el cobertirzo sin ni siquiera apagar la luz o cerrar la puerta. 

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A pesar de tener casi diez años de experiencia en combate, de haber contemplado escenas verdaderamente desoladoras y de haber vivido verdaderos infiernos, Tristán Danherr no pudo evitar sentir como la bilis se le subía a la garganta. La cabeza le dio vueltas y un escalofrío le recorrió la espalda al mismo tiempo que la boca se le secaba repentinamente. A su lado, Nyria no parecía estar soportándolo mejor. 

- Sagrado trono- Murmuró con dificultad. 

El repiqueteo de casi una veintena de pares de botas de combate a sus espaldas anunció la llegada del resto del pelotón.  La mayoría ni siquiera estaban vestidos del todo. Más de uno no pudo contener un grito, y alguien se echó a llorar desgarradoramente. Muchos se pararon en seco, y Tristán y Nyria retrocedieron para que la sangre no les manchara las botas. 

- Esto es...una salvajada- Tartamudeó alguien. 

Sujeto a la pierna derecha de Pliadón por sus propios intestinos, el cadáver de Rekett miraba al vacío con unos ojos muertos. Había sido abierto en canal, desde el ombligo hasta la boca, y su mandíbula estaba partida en dos, al igual que su barbilla y el labio inferior. Su caja torácica había sido abierta de par en par, y las tripas y órganos internos se habían desparramado por el suelo junto a litros y litros de sangre que aún manaban de la horrible herida. La luz, fría y blanca, se reflejaba en los bordes del tremendo corte y sobre el espeso fluido rojo, que avanzaba poco a poco.

Hubo un revuelto momentáneo cuando Dante se abrió paso a codazos para alejarse y vomitar, con Nix detrás, más pálida de lo habitual y con la mirada teñida de terror. Incluso Kalt Bandher, el hombre-roca, tenía los nervios de punta y la boca desencajada, incapaz de articular palabra alguna. Aquella visión se repetía en todos y cada uno de los miembros del pelotón, que empezaban a sufrir intensos sudores fríos y a emanar un hedor a puro miedo.

- ¡Abrid paso!- Exclamó repentinamente Vinne, que acababa de llegar.

Sus hombres se apartaron titubeantes, mostrándole el dantesco espectáculo que perseguiría a muchos de ellos en sus pesadillas durante los meses venideros. El capitán tosió violentamente, manchándose la mano que se había puesto frente a la boca con la bilis que le había trepado por la garganta. El comisario Arridae, a su lado, torció el gesto y apartó la mirada, con una mezcla de rabia y dolor en ella. Cynthia Kyle, que apenas les llegaba a la altura del pecho a la mayoría, lamentó haberse abierto paso. Vomitó todo lo que tenía en el estómago, y también una cantidad peligrosa de bilis. 

La telépata tenía el pelo, cortado a la altura del hombro, de un frío azul en aquel momento. Era originaria de la capital del sector, proveniente de una familia inmensamente rica, y los implantes capilares habían sido una moda de gran éxito entre las jóvenes de familias ricas durante una temporada en los barrios altos de Namether. Dependiendo de su estado de ánimo, el cabello le cambiaba de color, y en ese preciso instante mostraba puro terror. 

Inrah apartó la mirada del cadáver de Rekett para ayudar a Cynthia, que estaba empezando a desmayarse. Ni siquiera ella, famosa por su impavidad, había sido capaz de resistir aquella visión. Sus ojos verdes estaban húmedos, y tenía escalofríos constantes por todo el cuerpo. 

- ¿Quién ha podido hacer esto?- Logró articular mientras ayudaba a la joven telépata a mantenerse en pie. 

- No lo sé- Respondió Vinne, que ya se había repuesto- Hay que hablar con el general Di Sera...esto es serio. 

En ese momento Tristán se fijó en dos personas que no conocía, y que habían llegado junto al resto del pelotón. Uno era un hombre, alto y fuerte, con el pelo castaño revuelto y la misma expresión de horror y sorpresa que el resto. La otra, una mujer, tenía los ojos cerrados. 

- ¡Cerrad el hangar!- Ordenó el capitán mientras se alejaba apresuradamente, encendiendo su microcomunicador. 

Tristán y Nyria titubearon antes de cumplir la orden. La sangre siguió colándose por debajo de la puerta. 

Capítulo dos

Esa noche no hubo descanso. 

El comisario Arridae, junto a un pequeño grupo de cadetes-comisario, se encargó de interrogar a los miembros del pelotón Victor, y a todo aquel que se encontrara en las inmediaciones de la escena del crimen. Llevándolos a uno de los búnkeres subterráneos del bastión, Thales Arridae y su impasible comitiva de ayudantes fueron interrogando uno a uno a aquellos considerados sospechosos o testigos potenciales. No obstante, no se lograron progresos.

- Dígame dónde estuvo ayer de dos de la mañana hasta la hora del suceso, cabo.

- Estaba dando un paseo con la cabo Canaar.

- Por lo que tengo entendido, ambos llegaron antes que nadie.

- Estábamos más cerca- Había respondido Tristán con un encogimiento de hombros. 

- ¿Puede alguien confirmar su testimonio, cabo?


- No lo sé. No creo.


Thales Arridae se frotó la cara con desesperación e hizo un gesto a sus subordinados.

- Lleváoslo, no hace falta que apuntéis su nombre.

Prácticamente todos los interrogatorios siguieron el mismo curso, desembocando en una pérdida de tiempo y una breve disculpa por las molestias. 

- Por lo que tengo entendido, era amigo del fallecido- Arridae observaba la ficha del cabo Mylers mientras le hablaba.

- Sí, Reks es...era buen amigo mío. 

- ¿Sabía de algún enemigo o rival que tuviera?

- No. Que yo sepa, se llevaba bien con todo el mundo.

- Entiendo. Gracias por su colaboración, Mylers. Puede retirarse. 

Dante Mylers había implorado reiteradas veces que encontrasen al asesino antes de abandonar la improvisada sala de interrogatorios. Impotente, Arridae no había podido prometer nada.

- Cabo Meck- Cinco minutos después, otro interrogatorio había dado comienzo- Hasta donde yo sé, usted...

- Comisario- Le había cortado Dael, tapándose los ojos entrecerrados- Apague esa lámpara, por favor. No soy un criminal al que intimidar.

La cadete Minar había dado un paso al frente, levantando una vara aturdidora lista para descender sobre el guardia imperial. 

- ¡Cómo te atreves!

Arridae le arrebató la herramienta y la dejó sobre el escritorio. La cadete comisario intentó protestar, pero su superior la cortó con un gesto.

- El cabo Meck tiene razón, cadete- Después volvió a mirar a Dael, que asintió- Prosigamos. Hasta donde sé, usted mantenía una relación con el fallecido. Imagino que le conocerá mejor que nadie. ¿Podría indicarme si tenía algún problema con alguien?

- No. Reks no tenía ningún lío con nadie. 

Arridae se encogió de hombros.

- ¿Algún sospechoso, cabo?

- Si lo tuviera, ya lo habría matado. 

- Entendido- El comisario suspiró e hizo un gesto a la cadete Minar para que abriera la puerta de la sala- Puede retirarse, cabo. Estése atento al canal vox, quizá requiramos de su cooperación más adelante.

Dael se había despedido de Arridae y abandonado la sala de interrogatorios en silencio. Detrás de él entró Cynthia Kyle, lívida y con el cabello de un frío color azul. Se apoyó en el quicio metálico de la puerta y asomó la cabeza al interior. 

- ¿Me requiere, comisario?- Preguntó con un hilo de voz.

- Entra, niña- Indicó, intentando sonar tranquilizador. 

La muchacha se adentró en la penumbra de la sala de interrogatorios y se sentó en la silla de acero que Arridae le apartó del escritorio. Agradeció el gesto con un cabeceo y acto seguido se tragó tres pastillas de ansiolíticos acompañadas de un trago de su cantimplora. Sus ojos, violetas por su ascendencia cadiana, estaban vidriosos y enrojecidos por el llanto.

- Cadete Minar, traiga una taza de cafeína para Kyle- Ordenó Arridae al ver el estado de la telépata. Una trémula sonrisa anunció su agradecimiento. El comisario carraspeó y se sentó frente a Cynthia- Bien, Kyle, empecemos. Usted fue la que avisó a todo el pelotón. ¿Cómo lo supo?

- Soy telépata...señor- Respondió tras un breve instante de confusión- Usted ya lo sabe.

- Sí, sí. Pero tiene que quedar grabado en el registro- Arridae carraspeó- Y ahora, volvamos. ¿Tuvo una visión o algún fenómeno similar?

Cynthia asintió.

- Estaba durmiendo, y tuve una pesadilla. En ella veía a Reks siendo devorado por un enjambre de cuchillos. Y sé distinguir una visión de una simple pesadilla...

- Un enjambre de cuchillos- Repitió Arridae en voz baja- ¿No tiene algo más exacto?

- Con el debido respeto, comisario. No soy una pictograbadora- Murmuró la psíquica, rehuyendo su mirada- Además, muchas de mis visiones son solamente simbólicas. No tienen elementos reales, principalmente porque no los he conocido aún.

- Es decir, que no conoce la identidad del asesino.

Cynthia abrió la boca para responder, pero la cadete Minar llegó con un vaso de plástico lleno de humeante recafeinado, y se lo dejó sobre la mesa. La telépata lo agradeció con una débil sonrisa y dio un sorbo a la amarga bebida, pese a estar caliente.

- No, me temo que no la conozco. Percibí un estallido emocional, y la vaga imagen que le he comentado. No vi nada más, comisario.

Arridae se ladeó la gorra para rascarse la cabeza, pensativo, mientras asentía. Sabía que Kyle era incapaz de mentir como resultado de su ritual de sanción. Añadió algunos datos al esquema que había estado garabateando en su placa de datos y se levantó de la silla.

- Bien, Kyle. Creo que hemos terminado.

- Espero haberle ayudado, comisario- Deseó ella mientras se levantaba a su vez y tomaba otro sorbo del recafeinado.

- Más que la mayoría, niña- Al ver que Cynthia posaba el vaso sobre la mesa, lista para irse, lo señaló con la barbilla- Puedes quedártelo, te hará falta.

- Gracias, comisario.

- Recupérate para mañana, Kyle. Te vamos a necesitar- Dijo antes de que la muchacha abandonara la sala de interrogatorios. El color de su cabello se volvió más frío aún.

Cuando se volvió para repasar el confuso esquema y las vagas anotaciones que había estado recogiendo en su placa de datos, uno de los cadetes-comisario abrió la puerta repentinamente.

- Señor, el último de los estigos está aquí- Informó.

- Hágale pasar, cadete- Ordenó Arridae con un gesto.

El cadete-comisario se hizo a un lado, y tras él entró un hombre con el uniforme del 10º Pesado Alraquileano. Era alto y de constitución fuerte, de buen parecer. Sobre la cabeza llevaba una boina de combate azul, bajo la cual se intuía un cabello castaño y rizado. A juzgar por su rostro, Arridae sabía que no estaba muy dispuesto a cooperar por las buenas.

- Soy el comisario Thales Arridae. Siéntese si es tan amable- Arridae le indicó su asiento con un cabeceo- Usted es el teniente Roderyck Gaask, del 10º Pesado Alraquileano, ¿Me equivoco?

- Encantado- Contestó sardónicamente. Arridae lo fulminó con la mirada.

Mientras revisaba las fichas con la información de los testigos que había recopilado, vio por el rabillo del ojo como el alraquileano apoyaba los pies en la mesa después de sentarse. 

- Baje los pies de la mesa.

Su tono dejó patente que no estaba para bromas, y el hombre bajó los pies de la mesa. Arridae se quitó la gabardina, agobiado, y la dejó sobre un perchero. Se sentó frente al teniente Gaask y retomó su placa de datos.

- ¿Conocía usted al fallecido?- Empezó.

- No, señor. Ni siquiera conocía su nombre.

- ¿Y qué hacía usted en la escena del crimen, teniente?

- Oí el estruendo cuando su pelotón acudió allí. Les seguí para averiguar qué sucedía. Ojalá no lo hubiera hecho.

<<Ojalá nosotros tampoco>> pensó Arridae mientras anotaba la información. Carraspeó y siguió con las preguntas.

- Tengo entendido que no iba solo. ¿Quién era su acompañante?

- Vio que no iba solo, querrá decir... Thales bajó la placa de datos y miró a Gaask con dureza. Estaba empezando a resultar irritante. Por suerte para él, el alraquileano pareció captar el mensaje y carraspeó antes de continuar.

- Prefiero no preguntar qué estaban haciendo- Apuntó el nombre de la alraquileana y apagó el aparato- Está bien, hemos terminado. Gansz, acompañe al teniente a la salida.


Thales observó con desgana cómo el cadete-comisario sacaba al joven oficial de la sala de interrogatorios. Una vez se hubo cerrado la puerta, miró a la cadete Minar antes de levantarse y ponerse la gabardina.


- Estamos dando palos de ciego, Minar.


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El día amaneció antes de lo que a muchos les hubiera gustado. Las tropas se organizaron alrededor de sus transportes bajo las órdenes de los líderes de unidad, haciendo las últimas comprobaciones del equipo, ajustando las correas de sus portaequipos y hablando entre ellas. El nerviosismo flotaba en el arie junto al aromático humo del Iho y el olor a prometio de los depósitos de combustible de las aeronaves.

Cerca de las pistas de despegue, los vehículos del 101º de Reconocimiento Skiano y del 10º Pesado Alraquileano estaban siendo preparados, con sus tripulaciones cargando latas y mangueras de combustible y cajas de munición, comprobando la maquinaria y poniéndola a punto. A lo lejos, el estruendo del bombardeo persistía, escalonado e intermitente mientras las baterías autopopulsadas de Basilisk y los lanzamisiles de largo alcance castigaban Ariqh.

El pelotón Victor se encontraba en el interior del Wyvern que le habían asignado, una aeronave alargada y robusta con cuatro grandes motores, dos a cada lado del casco acorazado y pintado con un esquema digital desértico. En el lado derecho había una puerta corrediza tras la cual se encontraban sendas ametralladoras gatling de gran calibre sobre dos brazos articulados. 

- ¿Listos para el viaje solo de ida?- Había exclamado Tristán por encima del ruido de los cuatro motores cuando la aeronave despegó.

Hubo un coro de risas disimuladas en el compartimento de carga del Wyvern.

- ¡Cállate, Danher!- Le espetó el sargento Bandherr.

- Sí- Convino con un hilo de voz Cynthia, pálida y con unas oscuras ojeras colgando de los ojos cansados. Su cabello seguía de un frío tono azul- Por favor. 

Tristán se encogió de hombros con una mal disimulada sonrisa de satisfacción. Le encantaba cuando lograba crispar los nervios de alguien con su humor negro. Sin embargo, aquella vez ni siquiera insistió. Flotaba una sensación extraña en al aire, una mezcla de tensión y dolor que pocas veces había experimentado de manera tan intensa. Muchos tenían la mirada sombría y la cabeza gacha, y se oían más oraciones que de costumbre. Incluso Dael, poco dado a rezar, oraba en silencio con el casco en su regazo. 

Miró de reojo a Cynthia, que se encogía en su asiento todo lo que la robusta armadura le permitía. Con el voluminoso chaleco de caparazón reforzado repleto de portaequipos y las hombreras sujetas a los brazos, la cabeza de la psíquica parecía exageradamente pequeña, de una manera casi cómica. Su capucha psíquica, consistente en dos implantes cada uno sujeto a una sien, chisporroteaba de cuando en cuando, y las hileras de luces se encendían y apagaban en consecuencia a la actividad psíquica de la muchacha. Tristán sacudió la cabeza. Presentaba un estado tan lamentable que dudaba siquiera que fuera capaz de sobrevivir a los primeros minutos del combate.

- Eh, ¿Qué tal estás?- Oyó a Nyria susurrar a Dael, sentado a su lado.

- Tú qué crees- La voz de Dael, amarga de por sí, tenía un tinte desolador- Alguien ha destripado a mi novio y ahora tengo que ir a jugarme la vida sin saber quién lo hizo. Espero que los quemados estén en paz con sus pecados, porque lo voy a pagar con ellos.

Nyria posó una mano sobre el hombre de su amigo y asintió.

- Eso es, deja que salga. 

Tristán volvió la cabeza, pero notó como Nyria le daba un codazo disimulado. Se volvió, y la mujer le miró a los ojos. Aquella vez no le gustó; los iris de jade despedían un dolor y una ira inimaginables.

- Cuando me maten, véngame. Yo haré lo mismo por ti- Murmuró, con una decisión que sorprendió a Tristán.

- Si te matan, querrás decir.

Una sonrisa sin gracia apareció en los finos labios de la charybdiana. Tristán supo lo que iba a decir.

- Ya sabes con qué acaba el servicio.

- Sí- Tristán asintió lentamente y se puso el casco- Con la muerte.

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A pesar del bombardeo, los quemados no habían tardado en salir de sus refugios y preparar sus defensas.

Los escuadrones de Thunderbolts y cañoneras Fury que acompañaban a los Wyvern y las Valquirias habían acabado con docenas de insurgentes mientras abandonaban los improvisados búnkeres y los refugios antibombardeo, pero aún así no dejaban de aparecer. Los escuadrones de escolta tuvieron que plantar cara rápidamente a numerosos aparatos enemigos que salieron a su encuentro, principalmente modelos antiguos y baqueteados, armados con poco más que una pareja de cañones automáticos y un puñado de bombas primitivas. 

La situación empeoró cuando los quemados llegaron hasta sus defensas antiaéreas: primitivas plataformas de artillería armadas con un trío de ametralladoras pesadas. Algunas baterías Hydra ubicadas en zonas de gran valor estratégico vomitaron ráfagas de proyectiles de gran calibre en dirección al agitado cielo, salpicado de aeronaves rugientes, explosions y vertiginosos combates de acrobacias. Varias naves de transporte fueron derribadas antes de que pudieran efectuar maniobras evasivas. 

En el interior del Wyvern, el capitán Vinne ordenó a Bandher y a Dael que ocuparan las ametralladoras gatling del compartimento de carga mientras el portón blindado se abría con un prolongado chirrido mecánico. Tras sujetarse las correas de seguridad, retiraron los seguros y activaron los motores eléctricos de las armas, con lo que los cañones empezaron a rotar cada vez más rápido. Cuando los dos guardias imperiales abrieron fuego, una cortina de proyectiles de gran calibre descendió sobre las calls, ocupadas por los quemados y sus piezas de artillería.

- ¡Todo el mundo en pie, muchachos!- Ordenó Vinne mientras se levantaba y enganchaba un mosquetón al cordón de seguridad del techo del compartimento de carga- ¡Listos para saltar!

Al unísono, todo el pelotón se puso en pie y enganchó sus mosquetones al cordón de seguridad. Con los cascos y los respiradores, y las carabinas láser cruzadas sobre el pecho, presentaban un aspecto realmente amenazador. Tristán se fijó por el rabillo del ojo en Cynthia, que se tambaleó un segundo antes de recobrar el equilibrio. Armada tan sólo con su pistola láser, Tristán esperó que Inrah, habitualmente encargada de su protección, estuviera más alerta que nunca aquel día. 

Las explosiones y las detonaciones se superponían unas a otras en una cacofonía irregular, con el sonido de los motores y el chirrido de la estructura del Wyvern de fondo. Destellos constantes bañaban el interior del compartimento de carga, iluminado por una tenue luz roja. 

- Destino en quince segundos- Anunció el piloto.

- Recibido- Confirmó Vinne- Estamos preparados, piloto.

El capitán miró a Arridae, a su lado, y ambos asintieron. 

Thales Arridae portaba una armadura de caparazón pesada idéntica a la que portaba el resto del pelotón, pero pintada de negro a discrección propia y decorada con un cordón rojo del comsariado sobre el peto. Del cinturón colgaba una gruesa cadena que sujetaba un tomo de oraciones y letanías, con una cerradura electrónica. En lugar del casco, portaba la gorra de pico de su oficio, y unas gafas de lentes verdes y redondas, mientras el respirador le tapaba el resto de la cara. Por su parte, Vinne simplemente llevaba la boina roja del regimiento en lugar del más habitual casco de combate. 

La mayoría de miembros del pelotón llevaban lanzamisiles monouso Pillum sujetos a sus mochilas de combate, así como abundantes portagranadas y alforjas para explosivos. Unos cuantos, entre ellos Tristán, habían equipado sus carabinas láser con lazagranadas auxiliares, y además de las granadas de fragmentación y aturdidoras habituales llevaban ristras de granadas de 20mm sujetas a sus brazales y petos. La mayoría habían recibido además varias granadas antiblindaje, y tanto Dael, como Kerry y Ladegne llevaban células térmicas y granadas adicionales, así como munición para el lanzacohetes de Bandher. Los francotiradores se habían asegurado de llevar consigo suficientes células sobrecargadas, además de una pistola automática para los encuentros cercanos.

En el suelo, entre los edificios bajos en ruinas, los cráteres y los puestos comerciales destrozados y abandonados, Bandher pudo ver durante unos segundos cómo el general Di Sera y sus hombres desembarcaban de su Wyvern mediante cuerdas de rápel. Acompañado por su escolta de soldados de élite y una pareja de secutores del SICOM, Di Sera encabezó a una treintena de guardias imperiales a través de las calles, abriéndose paso a la fuerza mientras repartia órdenes a través de su enlace vox. Su arnés, un regalo de los tecnosacerdotes de Hellhest, estaba conectado a los implantes de su columna vertebral, y los dos miembros mecánicos colgaban bajo los suyos propios, sosteniendo sendos sables de energía. El general se abría paso con rápidos y precisos ataques, bloqueando y desviando los envites del enemigo y rodeándose de cadáveres a cada segundo que pasaba. 

Di Sera no sólo era un oficial de alto rango y un estratega nato; era un líder formidable y un guerrero temible. Y los quemados lo estaban aprendiendo por las malas. Al comprender que no podían con el avance imperial, se retiraron con inusitada rapidez mientras los guardias imperiales desplegaban un intenso abanico de fuego láser que agujereaba las paredes de ladrillo y destrozaba los pequeños puestos de madera. Las explosiones de las granadas lanzaron cascotes y astillas por los aires, junto a restos humanos y cadáveres convulsionándose. El Wyvern pasó de largo, y Bandher perdió de visa al general y a sus hombres.

- Eh- Exclamó por encima del ruido del combate y el rugido de los motores de la aeronave- El general está montando un buen estropicio ahí abajo. 

- En cuanto los quemados se reagrupen estará jodido si no logramos tomar los puentes para que pasen los alraquileanos- Respondió Schwainz- Hagamos nuestro trabajo rápido.

- ¿Qué pasó con eso de despacito y buena letra?- Replicó Dante con una sonrisa bromista.

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