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La única realidad que se extendía por todo el planeta era la muerte. La acuciante muerte que llovía tanto desde las naves Orkas que bombardeaban a las tropas de tierra Imperiales como desde las titánicas baterías de artillería que la infantería Imperial había retomado con la intención de hacer retroceder al invasor xeno. 

- ¡Vuelven más!

- ¡Sangre del Emperador! ¿Cuándo los esquivaremos?

Kaë se dio la vuelta lo más rápido que pudo y levantó con celeridad su fusil láser, un modelo M36 personalizado con ciertos detalles del regimiento, como era estándar en el 97º de Drakons de Sheol. De carcasa robusta y sin culata, con el cañón tallado de tal forma que pareciera la cabeza de un dragón con las fauces abiertas, los bordes serrados para imitar a los dientes de la bestia. El cargador, recto y metálico, se insertaba en el rifle de tal manera que quedaba con la parte de abajo muy cercana al guardamanos del arma, aunque dejando el sitio suficiente como para que Kaë pudiera asirlo sin problema.

Apretó el gatillo y un haz de láser, rojo como la sangre, salió disparado desde la boca de su arma, impactando en las ruinas, en la infinidad de ruinas que se extendía en frente de él. El disparo levantó un pequeño surtidor de polvo y pequeños trozos de roca, pero no acertó a ningún piel verde. Kaë ya esperaba eso, ni siquiera había apuntado. Giró unos centímetros su rifle, de manera que el haz de láser de puntería que era proyectado desde encima del cañón estuviera justo en medio de la trayectoria de uno de los Orkos que se les echaban encima. Apretó de nuevo el gatillo, esta vez convencido de que no erraría.

Y no erró.

El nuevo disparo atravesó la frente del piel verde, que cayó hacia atrás echando espumarajos mezclados con sangre por la boca. Kaë apuntó lo más rápido que pudo a otro Orko y descargó una nueva ráfaga. El colmillo de Drang que pendía del cañón de su arma mediante una fina cadena de plata bailó frenéticamente de un lado a otro, impulsada por el retroceso del arma. Sus ráfagas iluminaban el suelo, su cara y su armadura, y volaban fugaces y ardientes hacia los pieles verdes. Kaë abatió a dos más antes de que le saltasen encima desde los salientes y pedruscos que había por todos sitios. El Drakon estaba listo para morir, y su dedo no se despegó del gatillo. Las ardientes descargas de láser abrasaron a otro alienígena, destrozándole el pecho y el cuello y haciéndole caer de bruces contra la alfombra de rocas y ladrillos rotos que era el suelo de aquella ciudad.

- ¡La sangre de los mártires es la semilla del Imperio!- Ladró Kaë al agotarse el cargador de su rifle y ver que los Orkos estaban demasiado cerca como para huir o recargar.

Sin embargo, la mano de la muerte aún no debía señalarlo. Un chorro de Prometio ardiendo carbonizó la primera línea piel verde, haciendo retroceder en busca de cobertura al resto. Mientras los Orkos se retiraban, dándose la vuelta de tanto en tanto para disparar sus armas y así cubrir su retirada, la diezmada unidad de Kaë corrió hacia él, fusiles láser en ristre. Varhol levantó su lanzallamas, chorreante de aceite y apestando a carne quemada y se subió a uno de los salientes para continuar disparándolo sobre los xenos, que ya estaban bastante lejos de su posición. Los maldijo a gritos, sin separar el dedo del gatillo de su arma y desplazando la larga llama de lado a lado. Los desgraciados pieles verdes que fueron alcanzados ardieron sin remedio ni piedad, consumiéndose por dentro mientras su carne ardía y se desprendía. 

Nakol, el sargento de la unidad de Kaë ordenó a Varhol que se retirara, pues estaba expuesto al fuego enemigo. A regañadientes, Varhol bajó del saliente y se encaminó hacia su sargento, con el lanzallamas aún encendido y apuntando hacia el saliente por si se producía un contrataque Orko. 

- Comprobad que os quedan granadas- Nakol insertó una nueva célula de energía en su fusil láser- Vamos a volver y asaltar esa posición.

- No puedes hablar en serio- Gruñó Varhol.

- Por supuesto que sí. ¿Quién lo hará si no? A menos que el resto de la sección se levante de sus tumbas, somos los únicos vivos en esta zona.

Las estruendosas detonaciones de los proyectiles de la artillería Imperial retumbaban por todo el campo de batalla, y los chirriantes disparos de las baterías Orkas rugían en similar grado. Los sonidos del combate podían oírse por todos lados, pero aún así estaban solos y a su suerte. La retirada no era posible a través de las ruinas, ya que estaban rodeados de Orkos por todos los frentes.

- Vayamos entonces- Asintió Kaë- Nos hemos cargado unos cuantos Orkos en la retirada, habrá menos defendiendo el edificio.

Nakol sacó sus prismáticos para comprobarlo, y ordenó al técnico de comunicaciones, Hebrem, que intentase contactar con las fuerzas Imperiales cercanas, si es que había. El cabo se puso a ello inmediatamente, ajustando su radio y agachándose para poder trabajar mejor en el aparato.

- Nosotros vamos ahí- Señaló el saliente de roca donde Varhol se había apostado momentos antes- Intentemos contener a los pieles verdes.

Varhol escupió al suelo.

- No lo dirás de verdad.

- Por supuesto que sí ¿Crees que no podemos?

- La sangre de los mártires es la semilla del Imperio- Gruñó por lo bajo mientras se ajustaba las correas de su lanzallamas y echaba a andar hacia el saliente.

En cuanto se tumbaron sobre la dura roca, llenando así de polvo su grises armaduras, pudieron divisar a los Orkos, que se arremolinaban en un edificio de piedra renegrida y llena de agujeros, causados por los disparos de láser y la metralla de las granadas. Asomaban sus robustos fusiles por ventanas, puertas y agujeros en la pared, aunque parecían no haberlos detectado todavía. Durante el ataque anterior, casi toda la sección de Kaë había sido abatida durante el descenso, que se había llevado a cabo ahí mismo, justo en las narices de los Orkos, delante de una de sus fortalezas. La gran mayoría de las fuerzas Orkas y la fortaleza resultaron destruídas, pero el descenso forzoso en aquella zona supuso la pérdida de casi medio centenar de hombres, si bien sus muertes fueron vengadas.

- Apenas serán una docena- Susurró Kaë- ¿Podemos contenerles?

Miró su rifle láser. No dudaba de su potencia, pero se preguntaba a sí mismo las oportunidades que tendría si los Orkos cargaban contra él. 

- Claro- Contestó Nakol- Si se acercan demasiado tenemos un lanzallamas, eso nos dará ventaja.

Como para dar punto y final a la conversación, los Orkos comenzaron a bramar y disparar sus armas. Las imprecisas ráfagas surcaban el aire al rededor de los tres Drakon o impactaban en el suelo, peligrosamente cerca de ellos. Para no ser menos, Kaë y Nakol respondieron con ráfagas amplias e indiscriminadas, que, si bien no tenían como intención abatir a ningún Orko, les serviría para mantenerlos a raya hasta que Hebrem consiguiera contactar con alguien. 

Si es que lo conseguía, claro. Kaë no era muy optimista respecto a esa idea, y se esforzaba en no pensar en ello. En su lugar, se concentró en continuar disparando. Tenían munición de sobra para sus rifles láser, y el suficiente Prometio como para repeler una carga de los pieles verdes restantes, lo único que necesitaban era refuerzos. 

El tiroteo continuó durante varios minutos sin más resultado que un Orko herido y algunos rasguños en la hombrera derecha de Nakol causados por una rozadura de un disparo inesperadamente afortunado.

- ¡Sargento!- Exclamó de repente Hebrem- ¡Tengo algo! ¡La séptima sección está de camino para revisar nuestra zona de aterrizaje forzoso! 

Nakol se puso de rodillas, disparó hasta agotar los escaos diez disparos que le quedaban a su arma y saltó del saliente para echar a correr hacia su técnico de comunicaciones. Le arrancó el auricular de la mano rápida y bruscamente y se dispuso a hablar:

- ¡Aquí el sargento Haas Nakol de la cuarta sección! ¿Quién está al otro lado?

El auricular emitió una serie de chirridos y sonidos informes, después escupió ruido blanco durante un segundo y sonó la voz de un hombre a través de él:

- Aquí el capitán Dran Hemni, séptima sección. Estamos de camino a su posición. Aguante unos minutos más, sargento.

Y el auricular dejó de funcionar. El capitán había sido breve y conciso, tal y como era de esperar. En cuanto el capitán colgó el auricular y repartió las órdenes entre las tropas, no pude evitar sentir una punzada de terror al saber que volvería a entrar en combate. Bastante había tenido con el aterrizaje y el cruento combate que lo siguió, no me hacía a la idea de luchar de nuevo contra aquellas bestias. Soy un rememorador, y no estoy entrenado para el combate, si bien, con la experiencia ganada a lo largo de los años hoy día sé combatir debidamente. No es normal que un rememorador vaya al combate junto a las fuerzas a las que acompaña, pero la ética y costumbres de los Drakon, (y en especial el capitán Hemni) no me dieron otra opción. 

Esto no es más que un prólogo para este manuscrito, pero confío en que, con este breve capítulo, el lector se haga una idea aproximada del carácter de los Drakon.


Extraído de Tres años entre dragones, del rememorador Mario Hankak, M41.

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