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- Míralos, Hara. Míralos como luchan inútilmente por sus vidas, aun sabiendo que su destrucción es tan ineludible como nuestra victoria. Míralos.

- Los Mon-Keigh no son más que bestias, maestro.

Hara, el joven Brujo, se mantenía erguido respetuosamente a la derecha de su maestro, el Vidente Asarel' Vaan. Ambos presenciaban el impresionante espectáculo de muerte e ira en el que el campo de batalla se había convertido. Las tropas Mon-Keigh luchaban con valentía y arrojo, pero si creían en serio que podían repeler el implacable ataque Eldar... eran tan estúpidos como Hara penaba. La súbita explosión de uno de los carros blindados humanos hizo estremecerse a Hara; su maestro, sin embargo, se mantuvo inmutable.

El vehículo había sido derribado por el púlsar de un Falcón, el cual, tras abatir a su objetivo, cruzó las filas humanas rápidamente, desgarrando tanto piel como acero con los espolones de hueso espectral que llevaba soldados a sus flancos. Los gritos de los Mon-Keigh hicieron regodearse al piloto del veloz tanque, quien, con la habilidad y la soltura que la práctica proporciona, viró para recorrer el mismo sangriento camino de nuevo mientras disparaba sus armas sin cesar contra los soldados humanos que intentaban, en vano, reorganizarse para combatirle. Su púlsar vaporizaba la carne junto a la armadura, y su potente lanza brillante atravesaba sin piedad las rocas que los Mon-Keigh usaban como cobertura, para después empalarlos a ellos con sus mortales haces de láser.

- Ahí -Hara desvió la vista de la matanza llevada a cabo por el Falcón cuando su maestro señaló uno de los flancos de la formación Eldar-. Los Mon-Keigh intentan flanquearnos.

Y, sin decir nada más, Asarel'Vaan se alzó unos centímetros del rocoso suelo sobre el que se erguía, con las manos a ambos lados de su cuerpo y los ojos brillando con un intenso fulgor azulado. Sin duda alguna, estaba avisando mediante un vínculo psíquico a las tropas Eldar que conformaban el flanco amenazado.

Cinco segundos, seis, siete, y las escuadras de Guardianes que hasta entonces se habían mantenido a cubierto saltaron sobre las rocas tras las que se habían estado ocultando y, con ráfagas amplias e indiscriminadas, abatieron a la primera línea de emboscadores humanos, que retrocedieron a toda prisa al ver su ataque frustrado gracias al aviso del vidente. Clamando victoria y entonando un vetusto cántico de guerra, los Guardianes dieron muerte a todos y cada uno de los osados Mon-Keigh, quienes, aunque devolvieron el fuego con relativa rapidez, no consiguieron causar ninguna baja a sus enemigos.

Hara contemplaba con orgullo el ataque fallido de los humanos, cuando, de repente, los aullidos pisco-amplificados de las Espectros Aullantes perforaron sus oídos, causándole un sobresalto que lo irritó hasta extremos indecibles. Con zancadas largas y gráciles, las Espectros Aullantes acortaron con celeridad el trecho de tierra rocosa plagada de sangre y casquillos de bala que les separaba de la primera línea humana. Los Guardias Imperiales respondieron con la furia de las ardientes ráfagas de sus primitivos fusiles láser, pero, por desgracia para ellos, los fosforescentes disparos de sus armas rebotaban en las armaduras de las especialistas o simplemente impactaban en ellas sin causar daño. Con un lánguido y tétrico grito de guerra, las Guerreras de la Senda saltaron sobre sus presas, hundiendo en sus cuerpos las formidables espadas con las que iban ataviadas, que refulgían furiosamente con energía destructiva. La Exarca balanceaba su gran arma de dos filos con soltura, cercenando humanos allí por donde pasaba su hoja, crepitante de la misma energía con la que las armas de sus hermanas estaban cargadas.

Y entonces, ocurrió lo que Hara había estado esperando desde hace aproximadamente dos horas: Los Mon-Keigh lanzaron sus armas al suelo y se rindieron.

No, no se estaban rindiendo.

Hara tardó unos segundos de más en darse cuenta de lo que estaba pasando, pero la cara de repugnancia que su maestro esculpió en su fino rostro le confirmó la vaga idea que tenía sobre la situación. Las explosiones que se estaban produciendo entre la formación humana no estaban siendo causadas por los Eldar, ni mucho menos. Sus explosivos no emitían aquellos estruendosos rugidos, ni el color de sus deflagraciones era tal, anaranjado y macabro como un atardecer iluminando un cementerio. No, definitivamente no estaban siendo causadas por los suyos. 

Las Espectros Aullantes fueron reducidas a cenizas y miembros amputados junto a los humanos que se lanzaban sobre ellas para detonar las cargas explosivas que llevaban atadas al pecho y acabar así, no solo con la suya, sino también con las preciadas vidas de los habitantes del Mundo Astronave. Aquello les causó una repulsa inefable tanto a Hara como a su maestro. Solo los inmundos humanos eran capaces de tan grotesco acto. 

Las pocas especialistas que consiguieron escapar con vida del ataque suicida corrieron en retirada hacia sus compatriotas mientras eran perseguidas por los Mon-Keigh suicidas, que se rasgaban las chaquetas y bramaban letanías de devoción a su Emperador todo lo alto que sus robustas gargantas les permitían. Por desgracia para ellos, los artilleros de las plataformas gravitatorias estaban listos desde hace varios minutos, y una cascada de proyectiles shuriken los desgarró sin piedad, arrancando sus miembros con una facilidad insultante y dejando un rastro de sangre y vapor azulado tras de sí.

- Estúpidas bestias -Gruñó Hara-. Se han cobrado un gran precio en vidas Eldar.

- Pero la victoria es nuestra -El anciano Vidente señaló con un largo y esbelto dedo hacia el horizonte, donde varios Falcones surcaban el cielo, dirigiéndose hacia ellos mientras el resto de las tropas imperiales se batían en retirada, montados algunos en sus transportes, otros corriendo todo lo rápido que sus piernas les permitían-. Detesto admitir que los Mon-Keigh han luchado bien, aunque sus repulsivos métodos son dignos de los demonios a los que tanto temen.

Y así llegaba la victoria, pensó Hara. Con el sacrificio innecesario de valiosas vidas Eldar y el olor a sangre recién derramada y amarga gloria.

Batalla por el Valle de la Garganta Cosida, que enfrentó a los Eldars del Mundo Astronave Biel-Tan contra el 431º de Jenízaros Macabeos. Sigma Hera, M41.

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