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CAPITULO I: MI NOMBRE ES HORUSEditar

En aquella habitación había poca luz. Solo se filtraba de forma tenue por un tupido ventanal, que estaba recubierto por algo grueso y malsano.Horus estaba allí sentado, mirando al suelo. Su mente estaba en aquel momento lejos de allí, tanto en la distancia como en el tiempo.Aquellos recuerdos nunca lo dejaban, aquel acto que cometió hacia milenios, cuando mato a uno de sus mejores amigos. Siempre lo había considerado su amigo, su hermano. Pero él lo tuvo que matar, no le quedó más remedio. Su recuerdo lo torturaba. Suplico a Garviel que acabara con aquello, pero él, otro de sus antiguos amigos solo le contesto una cosa: Vive con lo que hiciste. Solo le quedaba aquello, el remordimiento. Y tenía que vivir con aquello.Le enfermaba. Hasta no podía aguantar su propia presencia y aún menos la de sus hombres. Quería estar solo, rumiar en solitario su falta. Pero aquello lo hundía más. La desesperación le llenaba, él no era ya el de antes.Y entonces ella apareció. 


-          Horus- le dijo con voz cálida y suave.
-          Mi Señora- le contesto él.
Era una mujer humana joven, que aparentaba unos treinta años. Vestía un ajustado vestido negro, con dos espadas que colgaban de su cintura y que mostraba todas sus formas y era la tentación. Horus muchas veces la miraba y sentía el deseo, el deseo de poseerla. En teoría aquello no debía de sentirlo, ya que cuando se transformó en un astarte todos esos anhelos y deseos fueron eliminados, aniquilados. Pero en su presencia, esos deseos volvían a él. Había visto a otras humanas y no había sentido aquello, pero con ella sí. Y eso lo volvía loco. No se podía explicar aquello, como esa mujer lo atraía de aquella forma.
Su movimiento era casi deslizante, su cabellera morena le caía por los hombros, formando un rio que caía sobre sus pechos. Su rostro era bonito, no precioso. Era bellísima, sus facciones delicadas y elegantes, muy orientales le excitaban.

-          No me llames así- dijo ella con voz melosa acercándose a él.    

-          ¿Entonces cómo quieres que te llame?    

-          Anarquía. Soy Anarquía, solo eso. Estoy aquí para servirte.    

-          Como yo también- dijo una voz de hombre desde la oscuridad.    

-          Y yo- aquello voz de mujer, que carraspeaba.    

-          Nosotros estamos aquí para servirte- esa voz salió enfrente de él.Delante de si, junto a Anarquía vio a un ser envuelto como en una neblina negra. Tenía forma de lo que podría haber sido un humano, pero las vitolas aire le hacían parecer inestable. Unas manos con garras que se conectaban a lo que parecía su cuerpo, inestable. Vio en sus ojos un hueco profundo, sin fondo.
-          Somos tus servidores- dijeron al unísono.    

-          ¿Qué queréis de mí?- dijo él, torturado.    

-          Ya te lo dije-  contesto Anarquía- quiero que seas la punta de lanza en el corazón de mis hermanos.     -          ¿Qué hermanos?    

-          Khorne, Tzeencth, Nurgle y Slaanesh, quienes sino. Ellos me arrojaron, me exiliaron. Me dividieron. Pocos se atreven a seguirme, pero mis seguidores solo están en este mundo por una cosa.    

-          El Caos Absoluto- dijo la voz del guerrero, que salió de la oscuridad.
Portaba una armadura antigua, muy labrada y llevaba un casco que solo le mostraban sus ojos, que parecía que su boca estaba formada por unos colmillos, pero sus piernas eran las de un reptil y en sus manos llevaba lo que parecía una lanza de antigüedad. No había visto nunca a nadie así. No era una servoarmadura, era algo mucho más antiguo, casi prehistórico, como las antiguas armaduras que llevaban los humanos antes del primer milenio. Pero destilaba poder, mucho poder en él. Era un guerrero asombroso.    

-          Soy el Caos Absoluto y sin límites- volvió a decir él- conmigo nadie podrá pararte, serás invencible, incluso tú Lord Abaddon deberá de arrodillarse frente a tú poder.    

-          Pero debes servirme solo a mí- dijo la voz carraspeando, sin salir de la oscuridad- solo a mí. Tendrás que unir a tus hombres en esta fe, convertirlos en nuestros seguidores, que abandonen a esos falsos dioses a los que adoran.   

-          ¿Y los que no quieran?- pregunto Horus.   

-          Se enfrentaran a mí- dijo con voz profunda la sombra- y no conocerán otro día. Deberás de separar a los creyentes de los herejes. Solo los que sigan nuestra fe, sigan nuestra causa serán los dignos de servirme. Serán los Elegidos de Horus.   

-          Sé que hay uno que no te seguirá, Horus- dijo Anarquía acercándose a él-. Además está preparando una traición, él y sus hombres. Saardiar debe de ser purgado, es un creyente de uno de mis hermanos, de Slaan. Se ha entregado a sus brazos y ya no puede ser rescatado de ellos. La ama demasiado como para traicionarla.    -          ¿Es mujer Slaanesh?- inquirió Horus aturdido.   

-          Si quiere si- dijo Anarquía- es mi hermana, o puede ser hermano, ya que puede elegir su manifestación. Es el placer, el dolor, la sensualidad sin límites. Pero puede ser dañada o destruida.   

-          Y eso es lo que queréis, provocar una guerra en el Caos.   

-          ¡QUEREMOS VENGANZA!- volvieron a gritar todos a la vez.   

-          Quiero volver a ocupar mi puesto- dijo Anarquía-, mí puesto como su superior, destronada por unos hermanos traidores.   

-          ¿Y después que?- Horus la miro fijamente a los ojos.   

-          Serás liberado. Podrás hacer lo que se te antoje. Podrás ser un legionario si quieres, o tal vez un Señor de la Guerra que traiga de una vez la paz a la Galaxia, como Horus, tu padre.   

-          El fracaso, el Emperador.   

-          El Emperador murió. Aunque renacerá, lo sé. Queda mucho para eso. Por eso debemos de aprovechar y mover nuestras piezas antes de eso- dijo Anarquía.   

-          Y cuando vuelva, se enfrentara a vosotros- dijo Horus.   

-          Tal vez, o comprenderá de una vez por todas su sitio en el Universo.- dijo el guerrero- Su muerte fue debida por su ambición desmedida. No puedes controlar todo el universo, los eldars lo intentaron y fracasaron. Los Necrontyr también y fueron aniquilados, encerrados en cuerpos metálicos sin alma. Entre ellos existe una guerra sin fin. Pero existen unos que son puros.   

-          Los Tau, ¿no?- Horus lo miro.   

-          Si, ellos- le contesto Anarquía-, pero también el Gran Devorador. Los pieles verdes, a su estilo también. Pero el Imperio Humano será extinguido, como lo fueron los otros. Tú puedes evitarlo. Cada raza tiene su función en el Universo. Solo puede haber equilibrio si existen las razas. Si una toma el control, como quieren mis hermanos, solo habrá Caos, Muerte, Dolor.   

-          Por eso vienes a mí, no.   

-          A ti y a otros- dijo la sombra- otros que como tú han caído, pero que quieren de nuevo alzarse.   

-          ¿Queréis que acepte?- la voz de Horus se alzó un poco, pero era casi un susurro- Hombres a mi cargo deben de morir y queréis que os acepte. Sois iguales que vuestros hermanos.   

-          Horus, Saardiar ya te ha traicionado a ti- le dijo Anarquía- Está en contacto con tú enemigo, solo es de esperar un tiempo para que Abaddon aparezca por este planeta y termine lo que quiso hacer milenios atrás. Debes elegir.
Horus los miro a todos, fijamente. La decisión era crucial, lo sabía. Sospechaba de Saardiar hacía tiempo y conocía que pasaba algo. Lo sospechaba y aquello lo corroboraba.   

-          Acepto- dijo Horus- con una condición. Cuando todo esto acabe yo mis hombres eremos liberados de todo. Quiero que toda mancha de corrupción desaparezca de mi y mis hombres.   

-          ¡ACEPTAMOS!- dijeron todos a la vez- Ahora veras mi verdadera forma.
Lo que paso después fue una locura. Todas las formas se disolvieron y un cauce de poderosa energía lo atravesó y se dirigió hacia el centro de la sala, formando un vórtice de energía de diferentes colores. Y cuando toda esta energía se unió, una forma, de color blanco al principio, se materializo delante de Horus.
Era un dragón, de proporciones fabulosas, parecido a los que había visto siglos atrás en ilustraciones de Cathai.    -          Has elegido sabiamente Horus- dijo el dragón-, recibirás la visita de alguien, un mensajero. Otro de los Elegidos.
Y al decir esto, el dragón desapareció de la misma forma que apareció, pero esta vez solo se transmuto en Anarquía.   

-          Soy tu servidora, Horus, manda y obedeceré.

CAPÍTULO II: DECISIONESEditar

En la sala había un silencio sepulcral. Después de que Horus hablara, todos los presentes, Terghian, Maesteles y Udyat callaron.

Nadie decía nada, pero unas miradas de inquietud partían de unos a otros. Alguien debía de ser el primero en romper el silencio.

Y fue el Apóstol.       

-          Mi señor- dijo con voz afectada-, lo que nos propones es algo difícil de aceptar.       

-          Lo sé.       

-          Mi fe en los Dioses es fuerte- volvió a decir el caótico-, el poder de Khorne es increíble. No puedo creer que exista algo más poderoso que él.       

-          Según las antiguas creencias si- esta vez fue Terghian el que hablo, casi como si estuviera exponiendo un hecho, como si fuese un orador-. Sabemos que existen más entes en la Disformidad que los Cuatro conocidos.     -          Eres un Elegido, Hechicero- dijo el Apóstol-, no creo que des por cierto esas creencias.       

-          Antes de ser Elegido fui algo más- dijo tristemente- y tenía a mi alcance mucho conocimiento, más del que tú nunca podrías  imaginar. Leí libros que estaban prohibidos a la mayoría de los mortales y sé que existe un conocimiento superior.       

-          Muéstrame ese conocimiento- dijo Horus, quien sabía a qué se refería.       

-          Como quieras, mi Señor- dijo el Hechicero-. Antes he de decir una cosa, lo que os voy a contar pocos lo han oído, ya que es un secreto guardado de forma ancestral. Existen libros, prohibidos como dije antes, en los cuales se relatan hechos, no cuentos, sobre antiguos cultos. Y estos libros hablan de no cuatro, si no cinco dioses del Caos. Existía un quinto, cuyo nombre fue borrado de todos sitios ya que su mera pronunciación haría que este tomara forma humana delante de la persona. Muchos inquisidores lo saben, el nombre, pero lo callan u ocultan.       

-          Ese conocimiento prohibido- dijo Maesteles- solo está al alcance de la Inquisición. ¿Cómo lo sabes? Terghian callo, sabía que no podía contestar eso, no todavía. Primero tenía que aceptarse como era.       

-          Conocí una vez a un bibliotecario muy poderoso, el Hermano de Batalla Enhon, un Caballero Gris- mintió Terghian-, quien, durante un interrogatorio me explico ciertas cosas. Quería saber de dónde procedía mi poder, así que investigo ciertos manuscritos prohibidos. No me dio ese conocimiento, ya que yo solo era un mero mortal, pero me explico ciertas cosas. Y una de ellas era esta. La llamó, creo recordar, La Guerra de los Dioses. Me dijo que fue hace muchos milenios, antes de la creación de los humanos, incluso antes de la creación de los xenos. Existía una Guerra Eterna entre ellos. Y los Cuatro, al ver que no iban a ningún sitio ni ninguno ganaba, se aliaron contra Uno. Y ese Uno fue vencido y desterrado. Antes de eso, prometió vengarse. Creo que ese Uno es el que nuestro Señor dice.       

-          No tiene sentido, Hechicero. Los Dioses…       

-          Los Dioses dan sentido a tu vida, Apóstol- contesto Udyat-, pero a mí no me dan nada. Yo lo veo de otra forma. Lo vi en el campo de batalla. Los Dioses huyeron como cobardes frente al empuje de los Leales.


El Apóstol los miro, no sabía que contestar, pero Terghian continuo.       

-          Udyat tiene razón. En la batalla tú estabas allí como yo y viste lo que paso.       

-          Los Dioses no estaban complacidos- replico el Apóstol.       

-          Los Dioses vieron una fuerza de combate sin igual- replico Udyat-. Mi Señor, son valientes esos Lobos Lunares. He de decir que me impresionaron bastante, no esperaba eso. Además su líder, ese Loken, estuve cerca de él y a su alrededor destilaba un halo de confianza. Sus hombres confiaban en él.       

-          Lo sé- dijo Horus- Udyat, tú lo has dicho. Todo eso lo hemos perdido nosotros. Lo he comprendido con el paso de los siglos, milenios. Ellos ganaron, nosotros perdimos. Murieron dos de los pilares de la guerra, pero ellos ganaron más que perdieron. Ellos se hicieron fuerte mientras que nosotros solo fuimos una banda de perros que nos atacábamos unos a otros. Yo os ofrezco acabar con eso.


Terghian miro a Horus fijamente. Una idea se ilumino en su mente. Volver a ser como antes. Lo anhelaba, lo ansiaba. Lo había perdido todo y Horus le ofrecía todo en bandeja.       

-          Estoy contigo, Señor- dijo el Hechicero-. Siempre odie a Tzeencht, porque me convirtió en esto, un desecho.       

-          Estás loco, Hechicero, eres un Elegido- dijo el Apóstol.       

-          No sabes lo que significa eso- Apóstol- dijo sonriendo el Hechicero con una mueca-. No sabes ni la mitad. Mírate bien. Yo me miro cada día en un espejo y lo que veo no me gusta en absoluto.      

-          Estáis locos, os vais a enfrentar a los Dioses, su poder es infini…


El Apóstol no pudo terminar la frase. Sin que nadie pudiera apenas percibirlo, Udyat cogió al khornita por el cuello y lo alzo. Aún sin su armadura de exterminador era más alto que los presentes. Aplicó la fuerza necesaria y justa para romper el cuello del Apóstol. Lo lanzo al suelo, como un saco vacío.

Horus lo miro. Udyat sabía que aquello no iba a ningún sitio, así que opto por lo más lógico. Maesteles no estaba con ellos, era un enemigo y por ello debería de ser suprimido.       

-          El próximo será Saardiar- dijo el Hechicero.       

-          Lo sé- le contesto Horus-, pero yo me encargare de él.       

-          ¿Cómo mi Señor?- pregunto Udyat.       

-          Dándole más de lo que él anhela.


Horus le había llamado a su presencia. Eso, en otro tiempo había sido un honor para él, Saardiar, Elegido de la Muerte. Pero ahora era como una impertinencia. Sus últimos encuentros con sus Señor no habían acabado bien. Siempre le reprochaba, siempre lo reprendía y eso no le gustaba. Era muy orgulloso. Y su orgullo, después de la venida de Udyat de la Batalla de Isstvan III, le había hecho pintar su armadura de color malva oscuro, con detalles en plateados. Y había puesto en sus hombreras símbolos de su Dios, Slaanesh.

Pero aquella vez había acudido a la llamada de sus Señor, acompañado como siempre por Isstern, su lugarteniente.

Cuando entro en la sala comunal, que era donde Horus daba sus órdenes, lo que vio no le gustó mucho. Estaba allí el que hasta ahora llamaba su Señor, acompañado por sus dos perritos falderos, Terghian y Udyat, así como Telos, el Elegido de Nurgle, cada vez con un aspecto peor, a quien ya se le estaba cayendo casi todo el pelo y daba muestras del deterioro propio de su Dios. Y también estaba uno de los adeptos del Apóstol, Silas. Le extraño no ver al Apóstol, pero este se ausentaba algunas veces. Se dio cuenta de una cosa, que Udyat, su rival no llevaba la armadura que acostumbraba. Bueno si era su armadura, pero su color no era el gris oscuro de siempre, si no que era de un color verde oscuro, parecido al de su Señor pero aún más oscuro. Notó tensión en el ambiente, algo iba a suceder.       

-          Me has llamado, mi Señor- dijo el slaanita.       

-          Si Saardiar, tengo una misión para ti- le contesto Horus.


Aquello dejo perplejo al caótico, que miro a su lugarteniente. Este, con un gesto apenas disimulado mostro también asombro.       

-          Saardiar, siempre me has pedido que refuerce tus tropas.       

-          Sí.       

-          Bien, te doy la oportunidad de hacerlo. El rostro de Saardiar se ilumino.       

-          Gracias, mi Señor- dijo- hare todo lo que este en mis manos para complacerte.       

-          Necesito apoyo para una misión, así que te envió a Saartis IX como embajador para pedir ayuda. Su gobernador adora también a Slaanesh, por eso será más fácil que nos la conceda si vas tú.      

-          Gracias mi Señor.      

-          No me agradezcas nada tan pronto. Saartis XI es un mundo Demonio de tu Dios, tu misión allí será la de hacer una alianza con su avatar en aquel mundo. Necesitamos sus demonios.      

-          Hare lo que me pides.      

-          Si lo logras, tendrás como recompensa una legión de Demonios a tus órdenes, además de que allí podrás reclutar algunos humanos que tienen prisioneros como nuevos legionarios. No son muchos, unos cien, pero suficientes, ¿no?      

-          Si mi Señor- contestó Saardiar- me complace.      

-          Parte inmediatamente. Quiero esa alianza forjada cuanto antes.      

-          No os defraudare. Saardiar, junto con su lugarteniente salió de la sala. Miro a Isstern y este asintió.       -          No me fio de esto- dijo Saardiar- hay algo oculto.      

-          Mi señor, te manda a una misión importante. Además conseguiremos lo que queremos.      

-          De eso es lo que no me fio, de que me da justamente lo que quiero y más. Ponte en contacto con Lord Erebus, le gustara estar informado de esto. Prepara nuestra nave, partimos hacia Saartis XI.


Horus miro a sus lugartenientes.      

-          Udyat, Silas y Telos los seguiréis. Llevaros vuestras naves.      

-          Entendido, mi Señor- contesto Udyat golpeando su pecho con el puño.      

-          Mis órdenes son que cuando lleguen a su destino, dos horas después desembarquéis. Quemad ese mundo.



CAPITULO III: El mensajeroEditar

La nave descendía lentamente. Todos miraron con sorpresa. Era un transporte Aquila Imperial. En otro sitio, en otro lugar hubiera sido derribado. Pero no allí.

La nave se posó en el polvoriento suelo. Aquello podría ser un puerto espacial. Podría, por que no lo era. Simplemente  un montón de edificios, sin orden ni concierto rodeaba lo que se suponía que era una pista de aterrizaje. No estaba cuidada, para qué. Los Elegidos de Horus pocas veces usaban naves pequeñas. Un par de Stormbirds y una Thunderhawk eran su flota. Eran lo suficiente para llevar a sus legionarios a las naves de combate. Tenían dos destructores y una fragata. En ese momento no estaban allí.

La puerta de la nave imperial se abrió, con un zumbido metálico propio de los mecanismos que la controlaban.

Nadie había allí, todo estaba solitario. Cuando la puerta se bajó, una figura oscura se asomó y salió.

Le sorprendió ver que no había nadie. La posición era correcta, el scanner no se habían equivocado. Aquel era su destino.

El sujeto vestía una armadura astarte negra, con piezas sacadas de otras armaduras, tanto leales como caóticas. Llevaba una capa y cubría su rostro con una capucha, que iba unida a la capa. Antes, mucho tiempo atrás, llevaba túnica, pero ya no, nunca más. Aun así corría peligro de que lo reconocieran, si alguien recordaba quien era.

Llevaba mucho tiempo huyendo, demasiado. Milenios. En una de sus manos llevaba un báculo, que en otro tiempo podría significar algo, tal vez de un psíquico. No era suyo, pero le pertenecía. Estaba coronado con una calavera metida en un anillo dorado, con una I grabada en el centro. Aquello para él era un trofeo, un símbolo de su poder. En otro tiempo perteneció a un hermano Gris, un caballero. Él lo mato. En su espalda llevaba una espada de gran tamaño y de su pierna colgaba una arma, un bolter de asalto. Un cordón de color carmesí saltaba de un lugar a otro, igual que el que salía de debajo de su dorsal. Este era negro, como su armadura y estaba coronado por una pequeña estatua de piedra que representaba a un embozado con alas que portaba una guadaña. Una espada alada dorada era el único adorno que tenía este. Una de sus hombreras llevaba un símbolo muy inquietante, un cráneo con una capucha, como la que él llevaba. Y en la otra hombrera nada, ningún símbolo. Era un ser oscuro, que destacaba como el sol en el amanecer  en aquel planeta.

Con paso raudo y sin prisas, se dirigió hacia uno de los edificios. Era el de mayor tamaño, tan grande como para poder albergar a varios cientos, e incluso un par de miles de personas.

Empujo la gran puerta del salón con ambas manos y entro.

El salón estaba desierto, no había nadie, solo una especie de trono en el centro. La sala estaba rodeada de columnas, pero había la suficiente distancia para que la iluminación que había en la pared creara sombras.

Avanzó despacio. No confiaba en nada. Eso le había hecho sobrevivir. Cada paso que daba lo acercaba al trono, o podría llamarse también estrado. Observaba minuciosamente a su alrededor. Su naturaleza cauta era por instinto. Y su instinto le decía que no estaba solo, que había alguien más, observándole.

Su bastón tintineaba en el suelo, el brocado metálico dorado hacia ruido en aquel silencio espectral.

Y entonces sucedió. Vio como unas sombras se movían rápidamente entre las columnas. Lo siguiente fue un ataque. Fue muy rápido, pero él lo esquivo con gran maestría. Vio como una alabarda de energía se dirigía hacia él, pero se apartó justo a tiempo. No vio quien la portaba, era muy rápido.

Otro ataque más, pero esta vez sí vio a su atacante. Y lo que vio lo dejo petrificado. Bueno le hubiera dejado petrificado si hubiera sido un humano normal.

El atacante era un legionario, pero sus extremidades eran las de un reptil acorazado. Tenía cuatro brazos, en los superiores empuñaba una alabarda y en los inferiores llevaba un bolter y una pistola. Le ataco con el arma de energía mientras disparaba.

Eludió sus disparos y paro la alabarda con el báculo. Hubo un intercambio de fuerzas, pero el extraño hizo retroceder al legionario. Antes de que se diese cuenta, un segundo enemigo le ataco. Esta vez solo esquivo y extendiendo el bastón hizo un círculo, con el cual delimitaba su campo de acción.  Tres enemigos más se unieron a los atacantes. Eran demasiados para él, aun así, apunto a los enemigos con su bolter de asalto.

Los cinco rivales eran legionarios, y todos en vez de piernas tenían una mutación de reptil. De cintura para abajo, sus cuerpos eran acorazados, con púas. La parte acorazada era de color verde oscuro, casi metalizado, mientras su cuerpo era de un color cadavérico.

Estaba rodeado, y había perdido. Lo único que esperaba era la bendita muerte. Por fin después de milenios, para él, morir era un sueño, su única salvación.

Perseguido por mil mundos, sus enemigos lo acosaban. El Ala de la Muerte casi lo había capturado una vez, pero logró escapar por los pelos.

Fue entonces cuando se convirtió en un creyente. Los dioses del Caos nunca lo habían escuchado, pero aquel que respondió a su llamada sí. Y como pago por aquello se convirtió en su servidor.

      -          ¡Alto!- escucho una voz que decía. Esa voz lo saco de sus pensamientos.

      -          ¡Retiraos!- volvió a decir la voz con autoridad.

Aquellas bestias desaparecieron y en su lugar apareció un astarte. Lo reconoció enseguida, era un Hijo de Horus seguro, por las facciones, lo único que era distinto era la cicatriz que tenía en el rostro, que le hacía diferente.

Portaba una armadura reliquia, más antigua que la suya, de color verde marino, mal conservada y que había sido reparada multitud de veces. Era una Maximus, seguramente, pero quedaba irreconocible. En su rostro tenía un corte aún sangrante, pese a que tenía que haber estado cicatrizado hace años.

Los dos se miraron y un silencio inquietante hubo entre los dos.

La voz del legionario lo corto.

      -          ¿Quién eres?, ¿Por qué has venido aquí, Ángel Oscuro?

      -          Ángel, si pero no Oscuro- dijo el sujeto-. Más bien Caído.

      -          No me has respondido.

      -          Me llamo Aleazar y soy un mensajero.

      -          ¿Mensajero?

      -          Se te dijo que iba a venir uno, ¿no?

      -          Sí.

      -          Soy yo.

      -          Te pareces a Cypher- dijo el legionario.

      -          Cypher es un cretino. Se cree que por que fue elegido Lord Cypher puede ir por la galaxia dando tumbos- dijo el Caído-. Además es un traidor, siempre lo fue. Lion tuvo que haber acabado con los Caballeros de Lupus cuando tuvo oportunidad. No murieron todos y encima uno de ellos se convierte en Lord Cypher. Tú debes de ser Horus, ¿no?

      -          Si, lo soy.

      -          Ya nos hemos presentado.

Horus vio en el Caído un hombre sin miedo. Aquel hombre lo había perdido todo. Su fe, sus compañeros. No le quedaba nada.

Y en ese momento apareció Anarquía. El Caído, al verla se postro.

      -          Mi Señora- dijo.

      -          Aleazar, hacía tiempo que no te veía. ¿Sigues huyendo de tu pasado?

      -          Como siempre.

      -          Te dije que deberías enfrentarte a él. Otros como tú lo han hecho.

      -          Y han acabado encerrados en La Roca. Prefiero morir a esa suerte.

      -          Siempre igual- dijo la mujer.

Horus los miro a ambos. El Caído continuaba postrado con una rodilla en tierra y la cabeza agachada. Pero debajo de su embozo veía como la miraba.

Horus interrumpió la escena.

      -          Siendo un mensajero traerás algún mensaje, ¿no?

      -          Si- dijo el Caído levantándose-. Mi Señora, las Hordas están preparadas. Están contigo.

      -          Bien- dijo ella- es gratificante que estarán en la Gran Batalla.

      -          ¿Hordas?

      -          Si Horus, demonios menores, insignificantes comparados con mis hermanos. Ellos los ignoran.

      -          Además traigo un presente para nuestro nuevo aliado- dijo el Caído.

El antiguo astarte cogió la espada que tenía en su espalda y se la entregó a Horus. Este la observo perplejo. La desenfundo, y al verla su piel se erizo.

      -          ¡Una espada Inquisitorial!- dijo Horus- ¡Es una Némesis!, no puedo usar esto, no soy psíquico.

      -          No hace falta que lo seas- le contestó Anarquía- Además, esta Némesis es especial. Ha sido reforjada y convertida en un arma muy peligrosa. Es una Matademonios.

      -          Exacto, mi Señora- dijo el Caído- Es un trabajo del mejor forjador de la Galaxia. Todo el tinte psíquico que poseía se le ha quitado. Ahora es una espada Demonio. Una Espada para matar Héroes.

Horus miro la hoja. En ella vio un resplandor azulado, algo que se revolvía en su interior, pero no era maligno, eso podía asegurarlo. El conocía el Mal, lo había saboreado. Aquello no lo era.

      -          Hay algo en esta arma, algo especial- dijo Horus.

      -          Si, lo notas, ¿no?- le contesto el Caído.

      -          Sí, no es malvado, es… no sé cómo explicarlo.

      -          También lo he notado- dijo Aleazar.

      -          Es la esencia del Universo- dijo Anarquía-, es un lugar donde no existe ni el bien ni el mal, es el equilibrio perfecto. Es la esencia del Caos. El Caos lo es todo, puede ser mal o bien, dependiendo del uso que se haga de él. Depende del uso que tú hagas de esta arma.

Horus miro a ambos. La espada irradiaba una luz, también azulada. Su destello no provenía de ninguna capsula de energía, era interna, del alma, el espíritu de la espada. Y entonces, solo entonces Horus oyó una voz dentro de su cabeza.

      -          No temas, astarte- dijo la voz-. Eres mi Dueño y Señor, te serviré con lealtad. Juntos aniquilaremos a nuestros enemigos. Juntos destrozaremos a los que intenten desafiarnos. Ahora somos uno y te acepto como Dueño. Solo tú me empuñaras, solo tú podrás usarme. Dime quien es tú enemigo y a partir de ahora también lo será mío.

      -          Los Dioses del Caos y sus servidores- musito Horus en su cabeza.

      -          Soy la Espada Asesina, soy la Forjadora de Héroes, soy la que empuñaras contra tus enemigos. Pero te advierto, si no soy complacida te lastimare, te torturare.

      -          Lo serás.

      -          Entonces ya somos uno.

El resplandor azulado envolvió a Horus. Tanto Aleazar como Anarquía apartaron su mirada, castigados por el puro resplandor que partía del astarte.

El caído miro a Anarquía y le pregunto.

      -          ¿Qué sucede?

-      Tenemos nuestro Campeón.

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