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Inqsello Por orden del Ordo Wikia de la Santa Inquisición, este artículo se considera fuera del Canon Imperial. Se declara carente de toda veracidad y blasfemo; y todo el que lo lea sufrirá purga inmediata. Si usted es el autor, diríjase a las autoridades competentes para someterse a la penitencia pertinente.

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Berephon salió del recién hecho cráter con una sonrisa en sus purulentos labios: aquella explosión le había pillado por sorpresa a él y a sus corruptos hermanos y ahora trozos de todos ellos se mezclaban con el agua de los charcos y el barro del suelo batido por el incesante bombardeo Imperial. Sin embargo había sobrevivido, a pesar de una terrible herida que le había abierto la placa pectoral y dejado sus podridos órganos internos al descubierto. Las miles de moscas que ensombrecían su visión ahora mientras mordisqueaban y chupaban de sus vísceras le parecían mejores que cualquier placer que pudiesen disfrutar los estúpidos de Slaanesh.


- Oh padre Nurgle: gracias por tu bendita misericordia.


Notaba en su interior un poder sobrenatural. Sabía que los pusilánimes impíos, adoradores del pelele del Emperador, morirían aterrorizados cuando tal poder se desatase, innegable, terrible y cruel, sobre ellos. Pero para ello aun había de cruzar todo ese campo de barro cuajado de cadáveres...


- Buen disparo muchacho- el sargento Kerrick, del 5º regimiento de acorazados animaba a sus soldados atrincherados en una serie de búnkeres bajo la atenta y férrea mirada del comisario Bernard. A Kerrick no le hacía gracia alguna tener detrás de él a un tipo con la mirada del águila imperial saliéndole por los ojos y con una pistola láser de gatillo fácil para los cobardes. Sabía que Bernard no se lo pensaba dos veces para hacer ejecuciones sumarias cuando las cosas se torcían, y el día no es que hubiese empezado precisamente bien: hoy había descerrajado los sesos de un teniente y de un sargento de la misma compañía simplemente porque se habían retirado cuando sus baterías de cañones autopropulsados basilisk habían sido asaltadas por una horda de demonios horriblemente desfigurados y llenos de heridas. El lo había visto desde lejos, y en cuanto los soldados vieron como las pintaba el comisario, volvieron con los rifles en alto y aguantaron de manera asombrosa el asalto, poniéndose a disparar como locos en cuanto el último de aquellos seres infernales se había desvanecido.


Así que viendo lo visto, más le valía a él y a sus soldados afinar la puntería de sus armas.
Mientras disparaba a uno de aquellos corruptos marines, Mitts, su francotirador, le llamó desde el otro lado del búnker:


- Sargento, señor, creo que debería ver esto.


Su voz sonaba temblorosa y sorprendida. Si aun no se había acostumbrado a las vicisitudes de aquella batalla con los malditos marines de plaga, entonces es que no había estado allí aquellos últimos tres días infernales.


- ¿Qué ocurre soldado?


Mitts dejó de mirar por su visor telescópico y se lo pasó al sargento.


- Mire señor... el mismísimo Nurgle viene a por nosotros...


Berephon ya se encontraba cerca de una serie de fortificaciones de plastiacero y hormigón cuando sintió de nuevo en el pecho un dolor supremo y sublime, éxtasis puro. No venía de ningún proyectil ni de ninguna descarga láser. No venía de fuera, sino de dentro, pugnando por salir, rasgando su cuerpo maltrecho y putrefacto, apoderándose de él mientras su corrupta alma era devorada por fin.


- Un poco más, un poco más...


Avanzaba con dificultad, porque la herida de la explosión le había debilitado bastante y su vieja servoarmadura no respondía como debería a sus órdenes. Aun a pesar de esto, corría de cráter en cráter, ocultándose de los rifles enemigos y de las armas pesadas, no por miedo, no por temor alguno: quería llegar para poder contemplar por unos preciosos segundos las miradas de terror de aquellos patéticos humanos mientras su cuerpo mutaba y se convertía en un ser de pesadilla y enfermedad.


- Padre Nurgle, ayúdame a cumplir con tu voluntad...


Salió de este último cráter, donde docenas de cuerpos desmembrados miraban sin ver al cielo encapotado mientras moscas negras y gordas plantaban sus huevos en ellos. Apenas estaba a unos trescientos metros de la línea de fortificaciones, cuando sintió una nueva descarga de energía demoníaca asfixiando su podrido corazón.


- ¡Ya llegamos, maldita sea!... ¡ya llegamos!


Corrió durante unos cuantos metros, esquivando todos los obstáculos, y entonces, al poder ver las caras de los que le disparaban desde la loma de la colina cuajada de armas, sonrió por última vez, aulló y dejo que la bestia se apoderase de su cuerpo.

Kerrick no daba crédito a lo que veía: un demonio, más grande incluso que un tanque Leman Russ, corría hacia ellos. Era deforme y enfermizo a la vista, obscenamente obeso y con una nube oscura a su alrededor que se movía y se agitaba como si estuviese viva y entonces cayó en la cuenta de lo que realmente se trataba:


- Por el mismísimo Emperador... ¡son moscas!


En un par de frenéticos segundos, sabiendo que aquella cosa informe se dirigía hacia ellos, dio la orden de formar una línea de tiro en su dirección. Los soldados formaron, pero cuando vieron lo que se les venía encima, un par de ellos no pudieron evitar romper filas y salir corriendo. Kerrick ni se molestó en girarse al oír dos disparos: sabía que Bernard había dado la única huida posible de allí a aquellos dos desdichados.


- ¡Formad, malditos seáis! ¡Aquí no hay sitio para cobardes!- la voz del comisario sonó metálica al reverberar en la estancia del bunker y todo signo de deserción desapareció en el aire como el humo de una vela bajo una galerna. Los soldados formaron y apuntaron.


- Preparados... apunten... ¡Fuego!


Una cortina de ráfagas láser bien dirigida impactó al demonio. Tal concentración de descargas habría abierto un agujero en un Land Raider, pero Kerrick tenía sus dudas sobre la efectividad de los rifles contra aquella monstruosidad. Cuando vio que seguía avanzando a la misma velocidad, si no más, notó que un escalofrío le recorría la espalda y un sudor espeso le cubría la frente...: aquello era el mismísimo Dios de las Enfermedades y nadie iba a salir vivo de aquel sitio.


- ¡Fuego, fuego, fuego! ¡Fuego a discreción!


Descarga tras descarga, el búnker se iluminaba con resplandores rojizos de las armas láser que no paraban de disparar. Kerrick comenzó a gritar para que le acercasen un lanzamisiles o algún arma similar y el soldado encargado de ir a buscarla no parecía más contento por miedo a que Bernard pensase que iba a huir y dejarles allí tirados. Cuando volvió a ponerse a disparar, vio horrorizado que el monstruo estaba apenas a veinte metros de ellos.


- Que el Emperador nos proteja...


Una densa nube de moscas entro por cada resquicio y cada aspillera, picando y mordiendo salvajemente toda carne expuesta. Los soldados chillaban de pánico y miedo, dándose bofetadas y palmeándose salvajemente para quitarse aquel terrible tormento de encima. Kerrick gritaba, soportando el dolor, que no dejasen de disparar, pero sabía que era mucho pedir. Viendo como estaban las cosas dio la orden instintivamente:


- ¡Retirada! ¡Replegaos!


Cuando se daba la vuelta, oyó el chasquido del arma amartillándose en su sien y supo que Bernard le iba a matar allí mismo antes de que diese ni siquiera dos pasos en dirección a la puerta. Cerró los ojos y preparó su alma para encontrarse con el Emperador.


De repente un enorme estruendo seguido del ruido del metal y el hormigón rompiéndose le devolvió al mundo real. A su lado Bernard, que le apuntaba sin mirarle, contemplaba horrorizado como el techo del búnker era arrancado de cuajo por en brazo bestial de donde salían pus y sangre con cada contracción muscular. Olía a muerte y podredumbre de manera tan espantosa que respirar era un terrible castigo. Los soldados gritaban y disparaban a la cosa que estaba destrozando aquello como si fuese una caja de cartón y que ahora se erguía ominosa sobre la destartalada fortificación. Kerrick la miró conteniendo el aliento y sintió que su vejiga se descargaba sin su consentimiento.


El otro brazo bajó con terrible velocidad, cubriendo por un momento la luz del sol, y partió en dos al comisario con una enorme espada oxidada. Aquello fue demasiado para todos y comenzaron a correr huyendo de aquella monstruosidad mientras las moscas les perseguían sin descanso.


Kerrick dio media vuelta y se obligó a correr sin mirar atrás.


- Me he meado encima...


Mientras la vergüenza volvía a su aterrorizada mente, oyó un sonido metálico desgarrando el aire tras de sí y supo que iba a morir...


... le extrañó ver a sus piernas correr un par de pasos mientras él caía hacia atrás... hasta que se dio cuenta que sus piernas y él ya no formaban parte del mismo cuerpo...


Escrito por TKSUMI NO OKAMI

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