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Legión de la Cruz de Hierro
El contenido de este artículo pertenece a la saga No Oficial de Balhaus, que ha recibido el Sello de Calidad Wikihammer.

¡Disfrútala!


CAPITULO IEditar

- ¡Tres minutos! –advirtió una voz metálica a través del comunicador mientras la nave se movía violentamente al atravesar la atmósfera de Tharon en un acercamiento prácticamente vertical.

En la bodega de la lanzadera, casi a oscuras, cuatro figuras permanecían amarradas a los soportes que les permitían mantenerse de pie hasta que la maniobra de aproximación finalizara, momento en el cual se liberarían los anclajes que los sujetaban y procederían a desembarcar de la manera más rápida posible. La extrema velocidad de la nave hacía que fuese prácticamente ingobernable, pero el piloto no inició la retropropulsión hasta el último momento pese al riesgo de estrellarse contra la superficie del planeta como un meteorito, ya que las órdenes eran realizar la maniobra en el menor tiempo posible con objeto de reducir las posibilidades de que el aparato fuese localizado. El fuselaje emitió una serie de amenazadores crujidos mientras los motores eran forzados al límite para generar la necesaria fuerza de frenado, hasta que el descenso comenzó a compensarse de forma brusca y paulatina.

- ¡Un minuto! –ladró de nuevo la voz mientras en el techo de la bodega se encendía un brillante piloto rojo que indicaba el desembarco inminente.

Una de las figuras, la más cercana a la compuerta de salida, levantó su arma de forma mecánica –un rifle alargado poco común– y la preparó comprobando con ojo experto que todo estuviera en su sitio. Después miró a su alrededor y dio las órdenes con voz firme y autoritaria.

- Desplegaos hacia los laterales, yo controlaré en distancia. Abrid fuego a la mínima alerta. Si hay oposición retrocederemos inmediatamente.

No hubo respuesta, sino una breve letanía rutinaria de chequeo de armas y equipamiento tal y como él mismo había hecho un momento antes.

- ¡Diez segundos, sin contacto a la vista, Balhaus Siegewig! –fue la última comunicación del piloto, el cual finalmente había conseguido realizar la vertiginosa aproximación sin daños aparentes.

- ¡Balhaus siegewig! -respondieron todos a una vez, lema que pareció aumentar sus niveles de adrenalina.

La luz de la bodega cambió a verde justo cuando la lanzadera tocó el suelo con un golpe seco, mientras sus motores rugían preparados para impulsarla de nuevo en el momento en que los pasajeros estuviesen en tierra. En cuanto aquello sucedió y sin oposición en tierra, se elevó con un denso torbellino de polvo y a máxima potencia, emprendiendo el camino de regreso al espacio tan rápido como había descendido. Mientras tanto, en el suelo, los cuatro individuos se habían desplegado cubriendo todos los ángulos, hasta que comprobaron que se encontraban solos en un páramo pedregoso, árido y sofocante, sin apenas signos de vida hasta donde abarcaba la visión. Segundos más tarde el líder de la escuadra bajó su rifle tras comprobar en la mira que no había nada amenazador en por lo menos un par de kilómetros a la redonda. La lanzadera desapareció en el cielo y el polvo acabó asentándose, quedando todo en silencio como si nada hubiera ocurrido.

- Unsicht, sector 1 en Tharon, sin resistencia, nos movemos hacia coordenadas de observación, corto –comunicó brevemente a alguien que permanecía a la escucha.

Se produjeron algunos agudos chasquidos dentro de su casco hasta que recibió la confirmación remota.

- Recibido. Procedemos a punto de espera. Cortamos comunicaciones, próximo contacto en Alfa más seis horas. Silencio de radio hasta entonces, corto.

- Entendido. Unsicht fuera.

Tras terminar la transmisión miró hacia el Noroeste, la dirección que deberían seguir para llegar al punto planificado desde donde realizarían la siguiente comunicación. Exceptuando algunas pequeñas dunas y algo de vegetación quebradiza allí no parecía haber nada más que una inmensa planicie desértica, la cual se extendía kilómetros y kilómetros abrasada por los rayos de una estrella que no daba tregua, haciendo que la temperatura alcanzara prácticamente los setenta grados y subiendo. El sofocante calor sin embargo no era problema para los miembros de la escuadra, pues estaban preparados para cualquier contingencia climática gracias a sus diferentes blindajes Vernichter, capaces de mantener una temperatura y humedad constante en el microclima interior por duras que fueran las condiciones exteriores. Tres de las cuatro figuras iban envueltas en armaduras de batalla color negro mate que mostraban un símbolo pectoral –una cruz de extremos amplios con el filo plateado–, y que destacaban en aquel ambiente monótono y pálido como si fueran escarabajos gigantes, mientras que la cuarta vestía una armadura de menor tamaño, femenina, muy pegada al cuerpo y diseñada para facilitar el movimiento más que la protección, sobre la cual llevaba un manto tan negro como las armaduras de sus compañeros.

De los tres primeros soldados sobresalía concretamente un individuo inmenso –medía prácticamente dos metros sesenta desde el suelo hasta el casco– que cargaba con una mochila enorme y un Eisentöd pesado de manufactura poco ordinaria, un cañón bestial hasta el que llegaba una larga cinta de munición desde su espalda. Los otros dos soldados, aunque también grandes, no eran tan descomunales en comparación, tenían una estatura de alrededor de dos metros diez y sus armas eran completamente distintas –un rifle largo en el caso del líder y un incinerador en manos del otro–, aunque todos mostraban idéntico símbolo en el pecho de sus blindajes, denotando la pertenencia al mismo grupo. En cuanto a la mujer, el miembro más pequeño de la escuadra, no mostraba emblema alguno pues el manto cubría prácticamente toda su armadura. El aire caliente del suelo formaba un horizonte borroso y que podía engañar a la vista, si bien los sensores de sus cascos proporcionaban una imagen nítida del paraje, mostrando que el desierto se extendía ininterrumpidamente y sin variación, lo cual les obligaría a una dura caminata bajo el sol hasta alcanzar el siguiente sector designado. Era lógico que en misiones de aquella índole los equipos de infiltración fueran lanzados a distancias seguras del objetivo, y dado que para el éxito de la tarea era primordial tanto el sigilo como la discreción, el uso de un vehículo estaba completamente descartado desde que todo se planificó, así que no quedaba más remedio que caminar bajo aquel asfixiante calor. Era difícil que el grupo pudiera pasar desapercibido en un entorno plano y desértico como en el que se encontraban, así que la única opción que tenían era salir de allí cuanto antes y buscar zonas donde existiera algún tipo de cobertura por donde pudieran avanzar sin llamar la atención.

- Gunter, en cabeza –ordenó su líder–, nos tenemos que mover ya.

El soldado más grande se puso en marcha con pasos pesados, a continuación le siguió el líder y lo flanquearon los otros dos miembros de la escuadra, observando sin parar los alrededores. La oscura comitiva comenzó a atravesar el páramo dirigiéndose siempre hacia el Noroeste.

CAPITULO II Editar

Tharon era un mundo pequeño con atmósfera respirable situado a suficiente distancia de su sol como para favorecer la existencia de vida, si bien la ausencia de movimiento de rotación del planeta generaba unas condiciones extremas en la superficie. Una cara del planeta soportaba la constante exposición a la luz y el calor de la estrella con temperaturas que podían alcanzar hasta los cien grados, mientras que la otra estaba sumida en la oscuridad y sufría una eterna congelación. La diferencia de temperatura había causado que los escasos seres vivos existentes en Tharon estuvieran muy adaptados a las condiciones de una u otra zona, siendo la escasa franja intermedia que separaba ambas el lugar donde existían algunos pequeños asentamientos humanos, debido a que allí las condiciones eran algo más soportables. La civilización existente en Tharon era escasa y bastante primitiva, prácticamente medieval si se comparaba con la del resto de los humanos que vivían bajo el mandato del Imperio, pues se agrupaban en clanes familiares, no conocían la tecnología y prácticamente se limitaban a sobrevivir en un ambiente hostil con grandes tormentas, fuertes vientos y sumidos en una lucha constante para encontrar recursos. La población total del planeta no alcanzaba el medio millón de almas, las cuales se concentraban principalmente en una ciudad amurallada conocida como Erlindar y sus alrededores, pues las durísimas condiciones obligaban a los tharonianos a permanecer tras sus muros casi siempre, saliendo de esta protección únicamente para breves partidas de caza o en pequeñas caravanas que rastreaban los territorios cercanos en busca de mineral de hierro, pero nunca adentrándose demasiado en el desierto, y por supuesto jamás por la zona oscura.

Su arcaica civilización y la absoluta falta de contacto con seres humanos de otros mundos había auspiciado que su cultura desarrollara unas fuertes creencias religiosas, las cuales, como en otros tantos planetas subdesarrollados, establecían a los tharonianos como únicos habitantes del universo, supeditados a los designios de una serie de dioses caprichosos y de naturaleza cruel. Vivían de acuerdo a los dogmas que establecían los sacerdotes y esperaban con miedo el cumplimiento de sus profecías apocalípticas, que siempre hablaban de la inminente llegada de los hacedores para castigar a los impíos y recompensar a los obedientes, de modo que el día que aparecieron las primeras naves Imperiales en el cielo, sólo pudieron pensar con una mezcla de miedo y esperanza que los dioses habían llegado por fin para liberarlos de su mísera existencia. Los exploradores comprobaron que aquellos monstruos metálicos voladores se posaban a unos kilómetros al Oeste de Erlindar, cerca del límite con la zona oscura, de modo que tras la impresión inicial se escogió a un grupo de sacerdotes y personas eminentes de la ciudad para recibirlos como era debido. Su sorpresa fue grande también al descubrir que del interior de esos aparatos no surgieron las esperadas deidades, sino hombres como ellos, pero obviamente mucho más avanzados.

Los líderes religiosos no podían explicar quiénes eran ni qué hacían allí, pero aunque trataron de comunicarse con ellos ofreciéndoles regalos de bienvenida, los visitantes se limitaron a ignorarlos por completo mientras se dedicaban exclusivamente a establecer su propio asentamiento. Se contaban por miles, portaban extrañas herramientas y montaban en máquinas terroríficas –bestias de hierro que se arrastraban rugiendo con un sonido ensordecedor y en cuyo vientre podían viajar docenas de hombres–, centrándose todos ellos en erigir de forma muy coordinada diferentes construcciones, destinadas a un objeto que los tharonianos no comprendían. La frustrada delegación se retiró a Erlindar completamente desconcertada, pues todas sus creencias estaban ahora en tela de juicio. Sin reponerse aún de la sorpresa y tan solo un par de días después del primer contacto, presenciaron cómo los visitantes no sólo estaban estableciéndose al Oeste de la ciudad, sino que también comenzaron a adentrarse con sus extraños vehículos en lo que los habitantes de Tharon llamaban Kurum–Tala, o Tierra de la Noche Eterna.

Para cualquier tharoniano internarse en la oscuridad de Kurum–Tala era prácticamente sinónimo de muerte, pues un poco más allá de donde llegaba la zona iluminada del planeta sólo existía un inmenso páramo gélido, un lugar yermo y peligroso donde el frío era tan intenso que prácticamente nada podía sobrevivir. Las únicas criaturas que vivían allí eran seres ciegos y habituados a cazar todo lo que desprendiera algún calor, así que cualquiera que estuviese cuerdo evitaría meterse en esa zona, pues lo más probable era que si no lo mataba el frío lo hiciera un depredador del hielo. Existían leyendas antiguas que hablaban de un clan que logró adaptarse a vivir en algún lugar de Kurum–Tala muchos siglos atrás, algo que los sacerdotes tachaban de ridículo –allí no había absolutamente nada, no se podía cultivar ni tampoco criar ningún animal–, aunque en ocasiones algunos temerarios se habían aventurado a adentrarse en la negrura atraídos por el misterio, si bien nunca se volvió a saber de ellos.

A pesar de todo esto, los extraños hombres que venían del cielo avanzaron desde su campamento hacia las tinieblas sin demostrar ningún temor, agrupados en pequeños contingentes que usaban artefactos similares a diminutos soles, los cuales hacían retroceder la oscuridad como si fueran poderosas antorchas desprovistas de fuego. Los tharonianos no sabían porqué se habían establecido en su mundo ni qué estaban buscando, pero los exploradores informaron de que estaban levantando en su campamento un enorme bastión, alrededor del cual escavaban larguísimos fosos de escasa profundidad por los que se movían como si de hormigas se tratara. Sus aparatos voladores no hacían más que aterrizar día y noche en las cercanías vomitando más y más hombres, materiales de construcción y máquinas de toda índole. En una semana, y pese a las tormentas y el fuerte viento, habían ocupado un perímetro mucho más grande que la propia Erlindar y construido una tremenda fortaleza, protegida con gruesos muros y altísimas torres. Esto asustó mucho a los tharonianos, pues pensaban que quizá los extranjeros se estuviesen preparando para atacarles una vez finalizaran sus propias defensas. Se celebró rápidamente un consejo para determinar qué hacer con los invasores, cuyo número crecía día tras día así como la extensión de terreno que ocupaban, y finalmente resolvieron que lo mejor que podían hacer era fortificar ellos también su ciudad y esperar acontecimientos, pues hasta el momento no se habían mostrado hostiles.

Fue semanas después cuando los habitantes de Tharon por fin comprendieron con terror la razón de que los hombres del cielo hubieran estado tan ocupados en construir todo aquello. Empezó en forma de destellos más allá del propio firmamento, intensos fogonazos que desaparecían rápido junto con ruidos lejanos similares a los estampidos de una tormenta, y de repente comenzaron a caer a tierra lo que parecían pedazos ardientes de máquinas voladoras. Grandes cortinas de fuego –promethium en llamas– descendían en auténticas olas de furioso color rojo, un inmenso incendio que se precipitaba por todas partes dejando largas trazas de humo, incluso iluminando algunas partes de Kurum–Tala con un fuerte resplandor que levantaba grandes columnas de vapor al fundirse el hielo. Los tharonianos estaban aterrados, pero ignoraban que aquello no era más que el principio de algo mucho peor.

El infierno desatado en el aire fue acercándose poco a poco hacia el suelo. Centenares de aquellas extrañas máquinas volantes aparecían en el cielo combatiendo rabiosamente entre ellas como un gran enjambre oscuro, mientras brillantes rayos de colores y proyectiles cruzaban el cielo impactando contra ellas, lanzados desde otros aparatos o desde el bastión donde se protegían los primeros hombres del cielo cerca de Erlindar. Alrededor de su fortaleza habían desplegado gran cantidad de armas que los tharonianos jamás habían visto, y disparaban contra la marea de aparatos arremolinados en el aire con un ruido ensordecedor, haciendo que muchos de ellos se precipitaran al suelo, estrellándose y explotando con una tremenda fuerza destructiva. En un momento dado, una de esas bestias metálicas de tamaño monstruoso –era alargada, verdosa y grande como una montaña–, fue severamente dañada y cayó en el desierto, tan solo a seis o siete kilómetros de Erlindar, levantando la tierra como si fuera un topo descomunal excavando su madriguera, hasta que se produjo una brutal explosión que hizo vibrar el suelo y la reventó desde dentro partiéndola en miles de pedazos incandescentes. Los líderes religiosos de Tharon corrían de un lado a otro arengando a las multitudes sobre la profecía del fin del mundo, si bien todos sabían que aquello nada tenía que ver con los dioses, sino con hombres de carne y hueso como ellos, los cuales estaban inmersos en algún tipo de guerra a gran escala.

Para cuando todo cesó por fin, los tharonianos sólo pudieron divisar cómo en el horizonte, al Suroeste, descendían varias de aquellas grandes máquinas que habían sobrevivido al combate, mientras muchas pequeñas revoloteaban a su alrededor como si fueran avispas furiosas. Sin embargo estos nuevos aparatos no eran iguales a los de los hombres del cielo que llegaron anteriormente a sus dominios, como si se tratara de una facción diferente o un ejército rival, ya que los colores y emblemas que mostraban –diversas combinaciones de tres círculos–, no eran iguales a las águilas orgullosas que se veían en la fortaleza construida por los primeros. Por lo que se podía deducir, los invasores originales se habían enfrentado en las alturas a los otros que llegaron después, los cuales finalmente parecían haber logrado sobrepasar sus defensas. Ahora parecían concentrarse al Sur, en una zona desértica donde la temperatura era sofocante, y era probable que se establecieran allí para continuar con su guerra.

Aquel día, cuando comenzó la batalla en los cielos, fue el día que marcó el principio del exterminio total de Tharon.

CAPÍTULO III Editar

Anduvieron sin pausa durante las siguientes tres horas desde el punto donde habían desembarcado, comprobando que aquel lugar no era más que un páramo muerto y calcinado en el que de no ser por sus blindajes con climatización se habrían cocido vivos en cuestión de minutos. No había una sola brizna de vegetación a la vista o un lugar donde cobijarse, pues las escasas sombras que proporcionaban las piedras diseminadas sólo servían de refugio a pequeños animales, básicamente formas de vida insectoide adaptadas al extremo calor y que se escondían inmediatamente al paso de la escuadra. Sin embargo a medida que avanzaban hacia el Norte podían ver en las lecturas que la temperatura disminuía gradualmente, pues se iban acercando a la zona no iluminada del planeta, la cual podían ver ya en la lejanía como un horizonte negro y siniestro que engullía la potente luz del sol de Tharon por completo. Tras unos kilómetros más el calor pasó de ser letal a sofocante, y más tarde incluso a soportable sin la necesidad del microclima interior de los blindajes. El capitán abrió su visera para inhalar algo de aire sin los potentes filtros del casco, sabiendo que los sensores determinaban que su composición no era muy rica en oxígeno, pero era respirable. Le costó llenar los pulmones y notó la sensación seca y arenosa del ambiente, así que prefirió cerrar de nuevo la visera. En aquel planeta hasta el propio aire parecía estar muerto.

De repente llegaron al final de lo que parecía la árida llanura que habían recorrido durante kilómetros, la cual desembocaba ahora en algunas ondulaciones del terreno, depresiones quizá producidas por la erosión o la caída de meteoritos. En las zonas más bajas crecía algo de vegetación pobre y seca hacía tiempo, la cual por lo que podían ver se iba extendiendo cada vez más a medida que la luz se iba debilitando. Era lógico que en un planeta con las características de Tharon se dieran condiciones tan extremas, pues la ausencia de rotación condenaba una amplia zona a ser abrasada eternamente mientras que la otra sufría el efecto contrario, de manera que la única zona que podía considerarse normal era la zona fronteriza entre ambas, donde ahora se encontraban. También eran conscientes de que la coexistencia del calor y el frío generaría grandes vendavales y tormentas, pero por el momento no se detectaba ninguna variación, sino tan solo una brisa débil que arrastraba vientos fríos lentamente hacia el Sur.

- Contacto –dijo de repente Gunter con su voz grave y gutural, haciendo que la escuadra se detuviera de inmediato.

La mujer se adelantó y oteó el horizonte durante largos segundos con unos potentes prismáticos que llevaba ocultos dentro del manto. Cuando hubo comprobado la información los bajó despacio y miró a sus otros dos compañeros.

- Vienen en nuestra dirección y son muchos –explicó, pero sin mostrarse nerviosa.

El líder levantó su rifle y observó en la dirección señalada, distinguiendo que en efecto un contingente bastante numeroso se aproximaba hacia su posición, si bien estaban aún demasiado lejos como para que pudieran divisar la escuadra con facilidad, salvo que los hubieran localizado previamente. Le resultó extraño, porque por la información que tenían los combates se estaban produciendo muy al Noreste de su posición actual –no en vano habían elegido un punto de infiltración tan alejado de su objetivo–, y aquella zona que estaban atravesando, en teoría, debía estar completamente tranquila. No había informes de la Inteligencia de Balhaus sobre que hubiese movimiento de tropas en el sector, de manera que aquel imprevisto podía dar al traste con toda la operación si los descubrían y su posición era revelada.

Las ondulaciones del terreno y las escasas piedras que tenían a su alrededor no ofrecerían suficiente cobertura, de modo que lo único que podían hacer era o bien desviarse del rumbo fijado y esquivarlos confiando en que no los detectaran o bien agazaparse en una de las depresiones y esperar para ver si los inoportunos visitantes cambiaban de dirección. La última alternativa, como siempre, sería el enfrentamiento directo, así que el capitán sopesó las posibilidades.

- Formación en línea –dijo por fin mientras aseguraba el rifle en su hombro derecho con firmeza mecánica–. Es un enjambre de podridos, preparaos para abrir fuego.

Caminaban arrastrando los pies y emitiendo un gemido constante y enfermizo, la mayor parte de ellos con la ropa hecha jirones, miembros amputados, heridas abiertas goteando un líquido negruzco que antaño fue sangre y un denso halo de putrefacción a su alrededor. Parecía una especie de grotesco movimiento migratorio, alrededor de unas quinientas criaturas que formaban una marea de muerte avanzando despacio por el páramo, con ojos blanquecinos arañados por la arena del viento y la piel carcomida por el efecto constante del sol, en una eterna búsqueda de presas vivas. No sentían el calor ni notaban sus pies destrozados hasta el hueso, sólo existía un hambre voraz que los consumía, un ansia de carne que los convertía en un siniestro ejército de depredadores, sin pensamientos y sin miedo. Estaban muertos, no cabía duda, y desde que fueron reanimados caminaban errantes y atacando a todo ser vivo que encontraban, juntos como si una inteligencia superior los obligara a permanecer con los suyos.

Al frente marchaba uno de ellos más obeso, con la varicosa piel tumefacta y vestido con una especie de túnica sucia y rasgada que mostraba que en otro tiempo quizá pudo ser un sacerdote, o quizá un cortesano ocioso y con vida resuelta, pero que ahora sólo era un engendro infectado por la oscuridad. Se detuvo cuando percibió un rastro extraño frente a él, un leve aroma que enseguida identificó como comida haciendo que chasqueara los dientes de forma instintiva. Sin embargo antes de que hiciese nada más, el disparo hizo desaparecer su cabeza en una explosiva nube de polvo rojo y negro, como si reventara un globo lleno de gas, impactando a continuación en el cuello del individuo justo tras él, atravesando el torso de otros cuatro y finalmente amputando el brazo de un quinto. La apretada formación que componían, como si se tratara de un muro de carne corrompida, facilitaba enormemente que cualquier disparo acertara a varios individuos, pero el hecho de que el primer impacto hubiese alcanzado a cinco de ellos no provocó miedo alguno o cualquier otra reacción, excepto que todos se lanzaran automáticamente hacia su posición emitiendo rugidos inhumanos e impulsados por el hambre sobrenatural y enfermiza.

La lentitud y el gemido constante cesaron cuando el enorme grupo se lanzó a una macabra carrera que hacía retumbar el suelo, empujados por la presencia de comida y sin importarles que más disparos, todos certeros, segaran a otra veintena a medida que avanzaban, provocando que otros detrás cayeran tropezando con los restos inertes de sus compañeros. El capitán Wilhelm von Koenig, líder de la escuadra Unsicht, era un francotirador preciso y letal perteneciente a la Legión de la Cruz de Hierro desde hacía más de veinte años, además de un experto en el uso de las tecnologías más avanzadas y estrategia militar. Su rifle de largo alcance, el “Jagerstand”, había sido fabricado exclusivamente para él en los Laboratorios Krautzmitt, y se trataba de un poderoso artefacto híbrido entre la tecnología humana y alienígena, capaz de disparar proyectiles a velocidades ultrasónicas con un alcance efectivo de más de cuatro kilómetros. A través de la mira, que podía calibrarse a infinidad de aumentos y tipos de visión distintas, Wilhelm no tenía dificultades para acertar de lleno en el compacto grupo de muertos vivientes que se acercaban hacia ellos corriendo como dementes, sin cubrirse y sin importarles lo más mínimo las múltiples bajas que estaba causando.

El hecho de que se hubiera decantado por el enfrentamiento directo con aquel cúmulo de “podridos” –como solían referirse a los muertos vivientes los soldados de Balhaus– en vez de tratar de esquivarlos u ocultarse, no se debía al ansia de combatir, como podía ocurrir con algunos de los fanáticos Marines Espacialesdel Imperio, sino a que era conocedor del comportamiento y las capacidades delos muertos vivientes. El estudio de los diferentes tipos de enemigos –así como la mejor forma de combatirlos– era parte de la densa preparación proporcionada por la Casa Bluthaiden durante los largos períodos de entrenamiento en Balhaus, pero aparte de la teoría, Wilhelm ya se había enfrentado a ellos en el pasado, en algunos encuentros donde aprendió por las malas el modo de afrontar una situación como aquella. El peor de todos fue el abordaje del carguero Imperial Xena Rantali, una inmensa nave a la deriva que salió de la Disformidad muy cerca de Helheim, su planeta de origen, y cuyos pasajeros habían sido corrompidos por la oscuridad, convirtiéndose en muertos vivientes que vagaban por toda la nave. Sin saber aquello, se envió una unidad de exploración del ejército para comprobar qué ocurría –la enorme carga y la nave en sí podían resultar valiosas–, pero se encontraron con la desagradable sorpresa y muchos de los soldados murieron atrapados y gritando en sus siniestros pasillos. La IV División Balhaus Messer de Wilhelm, que por entonces no era más que un novato, entró en acción para recatar a los supervivientes, cosa que consiguieron con gran esfuerzo y tras arduos combates en cada corredor y cámara tras cámara. Finalmente abandonaron el carguero a duras penas y un destructor lo abatió con brutal eficacia, eliminando la amenaza por completo.

Debido a esta y otras experiencias posteriores Wilhelm sabía dos cosas: Una, que seguramente los siervos de Nurgle no debían andar lejos en ese planeta donde se encontraban ahora mismo, pues aparte de la Disformidad y sus efectos aleatorios ellos eran los principales causantes de plagas de muertos vivientes, y dos, que era inútil tratar de sortear a una horda de podridos. Era conocido que aunque no eran criaturas inteligentes sí que contaban con una percepción sobrehumana que les permitía localizar a sus presas con gran exactitud, además de que raramente se encontraban solos, sino en grandes grupos, lo cual aumentaba las posibilidades de detectar su próxima presa. Como sucedió en el Xena Rantali, cuando uno de ellos percibía un rastro los demás se lanzaban hacia él como si tuvieran una consciencia común, atacando ferozmente hasta que atrapaban su presa o eran destruidos, no había otro resultado posible. Eso significaba que aunque la Unsicht se moviera con sigilo hacia otra dirección tratando de zafarse, era muy probable que alguna de aquellas criaturas los detectara, desencadenando el ataque del resto como si de un banco de pirañas se tratara. Por ello Wilhelm determinó que era preferible enfrentarse a ellos en campo abierto, donde no hubiese obstáculos que dificultaran los disparos, contando con la ventaja de la posición y la sorpresa. Por otra parte, aún sorteándolos con éxito, dejar a su espalda una horda de aquella magnitud era un riesgo, pues si tenían que regresar atravesando el mismo sector no les quedaría otro remedio que combatirlos para abrirse paso hasta el punto de extracción, y muy posiblemente tendrían que hacerlo deprisa. Que los podridos estuvieran acompañados por otros enemigos era otro asunto, pero no había divisado nada más que a aquellos seres, así que con suerte estarían solos.

Las criaturas siguieron cayendo a medida que se acercaban, pero eran tantos que las bajas que el Jagerstand causaba no eran suficientes como para suponer una diferencia. La imagen era amedrentadora, pero ninguno de los miembros de la escuadra se movió un solo centímetro pese a que en menos de un minuto tendrían la turba de muertos vivientes prácticamente encima. Cuando llegaron a una distancia de unos quinientos pasos alrededor de ochenta muertos vivientes habían sido abatidos, y entonces el capitán dio la orden de disparar a Lilith, mientras que Gunter y Dietrich permanecían quietos, alerta, y con sus armas apuntando directamente al gentío que se aproximaba. Lilith, armada con un rifle de fusión, abrió fuego con disparos que impactaron frontalmente en los enemigos eliminando a varios de ellos, pero de nuevo sin retrasar su avance de forma perceptible, mientras Wilhelm seguía con su propia rutina de fuego acabando con varios objetivos a la vez con un solo proyectil.

Cuando el muro de muertos vivientes estuvo tan solo a unos cincuenta metros de ellos, Lilith apartó el rifle y sacó la Heissrabe, una espada de origen desconocido sometida a un complejo tratamiento de potenciación. El arma había sido dotada de un sistema de control que se activaba con el poder mental de su portadora, un mecanismo aplicado por los expertos de la Casa Wassengeist que dotaba a la hoja de propiedades no sólo físicas, sino también psíquicas. Era una espada antigua, dotada de un filo que brillaba incandescente y aumentaba su fuerza con cada víctima que aniquilaba, haciéndose más y más letal. Cuando había ocasión Lilith siempre recurría a aquel arma, pues tras años de constante entrenamiento y concentración había establecido con ella una empatía marcial que la convertían en una prolongación de su propio brazo, una herramienta precisa y mortífera que sin embargo contra el contingente de enemigos que ahora se le echaban encima no resultaría demasiado útil si no contaba con algo de apoyo. Fue entonces, a treinta metros de distancia, cuando el capitán dio por fin la orden de fuego para Dietrich y Gunter, mientras que Lilith, al escucharlo en el intercomunicador, enseguida retrocedió unos pasos para situarse tras la inminente ola de muerte que se iba a desencadenar.

Los brutales estampidos del Morloch, el inmenso Eisentöd pesado de Gunter, silenciaron por completo los aullidos de los muertos vivientes que se aproximaban mientras sus proyectiles fragmentadores causaban verdaderos estragos fila tras fila, a la vez que Dietrich descargaba su incinerador creando una alargada lengua de llamas azules que consumían a los que tocaba, extendiéndose de inmediato a las criaturas que se lanzaban ciegamente contra el infierno que se presentaba ante ellas. El montón de cuerpos inertes que se comenzó a formar detuvo el imparable avance de la horda, causando que tuvieran que escalarlo o rodearlo para llegar hasta sus objetivos, pero el fuego prendía en sus ropas desgarradas convirtiéndolos en antorchas, y aquellos que no acababan carbonizados eran reventados literalmente por los proyectiles del Morloch, dejando tan solo unos pocos supervivientes que Lilith despachaba con la espada rápidamente. El macabro espectáculo de masacre se prolongó tan solo tres o cuatro minutos, cuando el último muerto viviente fue presa de Lilith y su Heissrabe, que lo partió por la mitad con gran facilidad mientras la espada emitía un fantasmal siseo.

El páramo ondulado se había convertido en un extenso camposanto que se extendía a lo largo de un par de kilómetros con sólo unos cuántos cuerpos destrozados al principio, incrementándose su número a medida que se acercaban al punto donde la escuadra Unsicht se había establecido, y finalizando en una auténtica alfombra de cadáveres amontonados sobre un cúmulo de pequeños cráteres de impacto y arena ennegrecida por efecto del incinerador de Dietrich. Las llamas azules siguieron sobre los cuerpos largo rato creándose una densa neblina que apestaba a carne quemada, hasta que los gemidos de las criaturas se acallaron por completo. Wilhelm observó el panorama asegurándose de que no quedaba nada que se moviera e inspeccionó con la mira los alrededores comprobando que no había rezagados ni nadie que hubiese presenciado el intenso y breve combate. A continuación se colgó el rifle a la espalda y se acercó a sus compañeros.

- Buen trabajo. Lilith ¿percibes algún rastro? –preguntó mientras ella aún limpiaba su espada de los restos quemados que quedaban en su voraz filo y Gunter y Dietrich se felicitaban mutuamente entre risotadas de camaradería.

Guardó la Heissrabe en su funda con un movimiento seco repetido miles de veces y miró el páramo de un lado a otro durante varios segundos. Como biomante entrenada era capaz de percibir las formas de vida a bastante distancia, incluso las pequeñas trazas de energía que dejaban tras ellas, aun cuando hiciese tiempo que no estaban en la zona. Eran como sutiles formas vaporosas que ella veía en su mente, a veces muy claras, otras veces más difusas, pero siempre estaban ahí.

- No –dijo entonces rotunda–. No hay rastros relevantes.

Wilhelm asintió y dio la orden de seguir avanzando. Aquel encuentro había podido resultar peligroso no solo por las consecuencias, sino también por la posibilidad de que no hubiera sido fortuito, pero el capitán estaba convencido de que se trataba de una horda errante. Sabía que a veces, cuando los repugnantes adoradores de Nurgle llegaban a un lugar y querían tomar el control, infectaban a sus pobladores originales convirtiéndolos en muertos vivientes o quizá mutándolos en cosas mucho peores. Los desgraciados que eran convertidos se usaban entonces para hostigar y eliminar a los posibles enemigos del Caos dejando que dieran rienda suelta a su salvaje naturaleza, infectando a otros y aumentando su fuerza en progresión geométrica. De este modo se conseguía un temible ejército que no necesitaba órdenes, comida, armas o cualquier otro tipo de aprovisionamiento, y lo que era mejor, normalmente había materia prima en abundancia para nutrir sus filas. Cuando todo terminaba y ya no había enemigos a los que combatir, sus creadores simplemente los abandonaban allí o incluso transportaban a unos cuántos hasta su siguiente objetivo, conquistando de esta manera cualquier zona sin tener que hacer un solo disparo. En ese sentido los muertos vivientes eran muy prácticos, aunque también contaban con algunas desventajas sustanciales, como su absoluta falta de inteligencia o el hecho de que tras ser liberados fueran completamente impredecibles. No obstante eran una fuerza a la que cualquier ejército debía temer, pues nunca se cansaban, no dormían y aumentaban su número constantemente a no ser que fuesen erradicados por completo.

Por suerte los muertos no se comunican ni siguen estrategias, son criaturas estúpidas que simplemente merodean atacando cualquier cosa que tengan a su alcance, no usan arma alguna más que sus uñas y dientes y no sirven para vigilar una zona o alertar a otros. Eso evitaba el problema de que tras el enfrentamiento la Unsicht fuera descubierta, al menos inmediatamente, porque era obvio que tarde o temprano otros siervos más inteligentes del Caos se darían cuenta de que alguien había destruido a sus criaturas en aquella zona, si bien con suerte, para cuando lo descubrieran estarían lejos y creerían que se habría tratado de una fuerza exploradora Imperial.

- Hacia el Norte, por las colinas –ordenó Wilhelm–. Tenemos que desaparecer antes de que lleguen quienes convirtieron a estos desgraciados.

CAPÍTULO IV Editar

- Bastardos…–musitó el coronel mientras revisaba las cifras proporcionadas por uno de los oficiales asistentes en su tabla holográfica.

- ¿Ocurre algo, coronel? –inquirió una voz a su espalda, cuyo tono hizo que se sobresaltara y se girara de inmediato, a punto de que se le cayera la tabla al suelo.

- ¡No, no, en absoluto! Sólo estaba revisando las bajas de esta mañana –explicó de manera atropellada y poco convincente.

El individuo que le había importunado se acercó mirando brevemente la información que tenía en la mano sin evitar exteriorizar un mohín de desprecio. Era un hombre alto y huesudo, de pelo blanco, con profundas arrugas en el rostro y nariz aguileña. Sus ojos grises junto con su permanente ceño le otorgaban una mirada calculadora, cruel, y su aire peligroso se acentuaba mucho más con la impresionante armadura que portaba. Era una panoplia de color bronce, con cientos de pasajes sacros tallados y alineados por todas partes sobre su pulida superficie, y rematando el conjunto con una capa rojo sangre sobre amplias hombreras en la que mostraba ostentosamente el sello de su oficio. Aquel atuendo tan espectacular y llamativo no estaba hecho específicamente para el combate, sino para ensalzar su posición, y era una de las marcas de identidad del solemne Inquisidor Gabriel Bagone, perteneciente al Ordo Xenos y uno de sus más temibles representantes, un erradicador infalible con miles de alienígenas muertos a sus espaldas así como otros tantos humanos considerados colaboradores de los mismos. Las cosas que se contaban sobre él eran espantosas, pues gustaba de utilizar medios bastante medievales para arrancar confesiones –era más partidario de tenazas, hierros y demás aparatos rudimentarios que de cualquier otro medio para los interrogatorios, aunque los más modernos fueran más eficaces–, si bien era evidente que en realidad disfrutaba infligiendo dolor.

- Recuerde que sus soldados sólo están aquí para cumplir las órdenes –enunció con infinita frialdad–. No importa el sacrificio que haya que hacer, sus vidas son del todo prescindibles, coronel. No pierda el tiempo contando cadáveres. La gloria del Emperador no se mide por el número de hombres perdidos o la sangre derramada, sino por el fin que se consigue.

- Sí, eminencia –respondió cabizbajo apagando la tabla holográfica y dejándola sobre la mesa que tenía a su lado.

Aaron Goldberg, Coronel al mando del 4102º Regimiento de la Guardia Imperial de Calis, había tenido una carrera digna y llena de méritos. Con sesenta y cuatro años era uno de los militares más respetados en su sector, condecorado infinidad de veces, experto combatiente y estratega, afín a sus hombres y poco amigo de la política, lo cual explicaba que a su edad no hubiese progresado en el escalafón para alcanzar puestos más altos. Su mera presencia al mando de una operación se consideraba garantía de que las cosas iban a hacerse correctamente, pues los mandos confiaban en él y su empeño era bien conocido así como su hoja de servicios, completamente intachable. Esa fue la razón por la cual el Estado Mayor de Calis le había encomendado la planificación del despliegue de la Guardia Imperial en Tharon como parte de una importante misión, de la cual no obstante sólo se le revelaron ciertos detalles debido a su bajo nivel de seguridad.

- Me consta el apego que tiene a sus hombres –continuó el Inquisidor como si leyera sus pensamientos, mientras caminaba indolente por la sala a la vez que pasaba su mano por una de las paredes de piedra llena de escarcha–, pero no tiene que preocuparse, esto no se alargará mucho más. El espíritu del artefacto pronto será apaciguado y podremos transportarlo. Después abandonaremos éste mundo dejando tras nosotros la semilla de la verdadera fe junto con sus representantes, y todos serán imbuidos por la magnificencia del Emperador.

- Sí, eminencia –volvió a responder en el mismo tono inocuo.

Pese al servilismo que mostraba hacia todo lo que decía el Inquisidor, aunque fueran palabras humillantes para él y sus principios, su sentimiento interior era bien distinto, pero tenía buen cuidado de no exteriorizar la profunda indignación que le causaba todo aquello. Tenía muy presentes las consecuencias de rebelarse contra un miembro de la Eclesiarquía, y más tratándose de un Inquisidor del Ordo Xenos, cuya sola imagen resultaba aterradora incluso para los oficiales de más alto rango de la Guardia Imperial.

Desde que Bagone llegó a Calis, todos los planes que se habían presentado –e incluso aprobado– para llevar a cabo la operación de despliegue en Tharon se habían cambiado radicalmente y sin ninguna lógica, sino atendiendo exclusivamente al criterio de aquel hombre al que nadie se atrevía a llevar la contraria, y que además ignoraba claramente los más básicos preceptos estratégicos. Antes de su llegada, Goldberg había trabajado de firme para ultimar los detalles de la acción basándose en los escasos datos que se le proporcionaron. El objetivo que le había impuesto el Estado Mayor, proveniente al parecer de las más altas esferas Imperiales, era muy claro: El 4102º de la Guardia Imperial de Calis debía escoltar a un destacado miembro de la Eclesiarquía y a varios tecnosacerdotes del Adeptus Mechanicus hasta un planeta llamado Tharon, en el cual se encontraba un artefacto que necesitaban conseguir a toda costa y que era importantísimo para los futuros planes del Emperador, recluido en su sagrado Trono en Terra. El lugar donde se encontraba dicho aparato –o lo que fuese– estaba más o menos acotado, pero una vez llegaran necesitarían algo de tiempo para ubicarlo específicamente y recuperarlo tal y como explicaban las órdenes. Y por supuesto, sería el 4102º quien debía proporcionar ese tiempo.

Desafortunadamente, según supo después el coronel, las intenciones Imperiales habían sido conocidas rápidamente por el enemigo, concretamente por un poderoso Señor del Caos bien conocido en algunos mundos bajo la protección del Emperador en el Segmentum Ultima, un ser vil y astuto conocido como Bargamoth el Corruptor, Campeón de Nurgle. Aquella infecta criatura extendía también sus venenosos tentáculos incluso hasta dentro de las propias entrañas del Administrorum imperial, pues al parecer tenía colaboradores infiltrados en algunas de sus instancias, los cuales informaron puntualmente de los planes del Ordo respecto a Tharon. Esta inoportuna filtración –la cual se estaba investigando profundamente por la Eclesiarquía y sería purgada a cualquier precio–, propició que las huestes de Bargamoth se prepararan para adelantarse a la jugada del Imperio y arrebatarle el premio, de modo que la verdadera misión se trataba más bien de una carrera para ver quién llegaba antes hasta Tharon, encontraba el artefacto y era capaz de llevárselo frente a la oposición del otro. Esa era toda la información que se proporcionó a Goldberg, y esas fueron las bases sobre las cuales él planificó la estrategia.

El coronel ideó un plan que, en resumen, anteponía la velocidad de movimiento a la fuerza e involucraba tan solo a dos batallones del 4102º de Calis, un total de cuatro mil hombres, los cuales se desplegarían rápidamente en Tharon creando un perímetro temporal de seguridad en un sector de la zona oscura del planeta, que gracias a las sondas Imperiales de exploración enviadas allí para inspeccionar su orografía parecía fácil de defender. Desde allí podrían enviarse los equipos de búsqueda liderados por los tecnosacerdotes para encontrar el artilugio, siempre protegidos por varios pelotones de Guardias Imperiales con armamento ligero, expertos en operaciones de cobertura y misiones en terrenos difíciles. Asimismo el coronel contó con un viejo colega suyo, el comodoro Jaroslav Glabikowski, un experimentado navegante que al mando de un ala de flota de Calis podría proporcionarle tanto transporte hasta Tharon como apoyo orbital si era necesario, aparte de la necesaria extracción una vez hubieran finalizado su cometido. Ya habían actuado juntos anteriormente en muchas operaciones funcionando como un engranaje bien calibrado, de modo que en poco tiempo ambos fueron capaces de calcular los recursos necesarios, estimar los riesgos y finalmente concretar que la operación podría llevarse a cabo en un período de pocos días, siempre y cuando los tecnosacerdotes hicieran bien su trabajo de localización y recuperación del artefacto.

Aquellos planes, obviamente, impresionaron al Estado Mayor de Calis, quien los aprobócon euforia pensando en el buen efecto que aquello iba a tener ante el Ordo Xenos y la Eclesiarquía en general. Pero cuando todo se había puesto en marcha llegó Bagone junto con su corte de aduladores, y con él todos los bien fundamentados planes de Goldberg se vinieron abajo. Aquel hombre, envilecido por su propio fanatismo, se rió cuando supo que contaría con una fuerza de cuatro mil hombres para proteger su “expedición”, ya que en su cabeza había una idea muy diferente. Delante de todo el pusilánime Estado Mayor de Calis, más asustados que otra cosa, Bagone dictó palabra por palabra los planes que tenía en mente para aquella misión, que incluían la participación de absolutamente toda la Guardia Imperial disponible –unos doscientos ochenta mil hombres–, el ala de la flota estacionada en Calis al completo y adicionalmente toda una legión de obreros civiles e ingenieros, cuya misión en paralelo sería construir un bastión que permaneciese en Tharon “como faro de la verdadera fe para sus primitivos habitantes”, según su propio discurso. En resumen, Bagone no sólo pretendía recuperar el artefacto, sino que además quería emprender su propia guerra contra las fuerzas del Caos, adoctrinar a los habitantes de aquel remoto planeta y convertir la misión en su cruzada particular, involucrando a más de medio millón de almas en su anhelo por perpetuar la gloria del Emperador. Pese al anuncio público de aquel delirio megalómano, nadie en el Estado Mayor se opuso o siquiera apostilló una sola cosa, y el aturdido coronel Goldberg tampoco reaccionó ante la pasividad de sus superiores. Bagone tenía al parecer el absoluto beneplácito de la Eclesiarquía para llevar su plan a cabo y disponer de lo que quisiera, y nadie en su sano juicio habría alzado la voz para llevarle la contraria. No obstante el coronel ahora lamentaba amargamente no haberse negado en aquel mismo momento a liderar aquella locura, independientemente de las consecuencias que hubiera tenido su renuncia.

Siguiendo las fanáticas indicaciones de Bagone, se inició el viaje hacia Tharon como una peregrinación masiva que requirió docenas de cruceros y naves de transporte, en las cuales se amontonaban no solo los numerosos batallones de la Guardia Imperial de Calis, unidades mecanizadas y de apoyo, sino también los miles y miles de efectivos civiles que serían necesarios para levantar el grandioso monumento a la gloria del Emperador, junto con la maquinaria requerida y demás pertrechos. Una maniobra de aquel calibre anulaba por completo la sorpresa y agilidad que originalmente planificó Goldberg, convirtiéndose más bien en una invasión en toda regla que iba a requerir una estrategia completamente distinta a la establecida, la cual no se había pensado con detenimiento ni planificado adecuadamente.

El despliegue se produjo en Tharon como un goteo, de forma lenta y poco organizada, y para colmo en un lugar bastante alejado de la posición óptima determinada inicialmente por el coronel –concretamente a unos trescientos ochenta kilómetros–, justo en la frontera entre la zona iluminada y la zona oscura, donde se encontraba el mayor asentamiento humano del planeta. El sitio era un páramo sin grandes relieves y francamente difícil de defender, pues no contaba con montañas o cañones que impidieran el avance enemigo, estaba permanentemente a plena luz y no había posibilidad de emboscar a una fuerza hostil de ningún modo. Por otro lado, se ordenó a la flota al mando del comodoro Glabikowski que permaneciera en órbita sin permiso para situarse en una posición segura y alejada, sino que por orden del propio Inquisidor las naves debían quedarse estáticas y cerca de la zona de despliegue, con algunas incluso dentro de la propia atmósfera como golpe de efecto para los atrasados habitantes de Tharon, los cuales temblarían ante la magnificencia imperial. Aquello, de nuevo, apestaba a autocomplacencia de Bagone, pero no hubo una sola objeción a su locura.

Como resultado de todo esto, inmediatamente después del primer aterrizaje y sin que las tropas se hubieran posicionado adecuadamente, explorado la zona o situado el campamento base, se empezó a desembarcar civiles para que iniciaran atropelladamente la construcción de la fortaleza–catedral ideada por el Inquisidor, un grandioso monumento gótico completamente fuera de lugar en un lugar como aquel, desértico en su zona iluminada y helado en la parte oscura. Los indígenas, una cultura medieval y atrasada, fueron completamente ignorados pese a la recomendación de varios mandos que trataron de explicar la utilidad de contar con exploradores e incluso con más mano de obra, pero todos los consejos fueron desoídos, pues el Inquisidor quería que toda la construcción fuese hecha con las manos de los servidores del Emperador, sin ayudas externas. Los indígenas serían considerados como mero ganado para ser convertido a la verdadera fe por los miembros del clero bajo de la Eclesiarquía cuando fuera el momento, hasta entonces sólo podrían ser testigos mudos e ignorados de la grandeza del Imperio.

A partir de ahí, el resto de los acontecimientos derivados de aquellas decisiones se sucedieron de forma acorde a la falta de previsión, y fueron desastrosos tanto para la flota como para la Guardia Imperial. Pocos días tras el inicio de las enormes obras de cimentación de la fortaleza–catedral, la cual serviría a su vez de bastión defensivo, las huestes de Bargamoth salieron por fin de la Disformidad a escasa distancia de Tharon, mostrando al Imperio que su tiempo de ventaja había terminado. Los enemigos, con docenas de naves de todo tipo y tamaño, se desplazaron rápido en una eficaz formación envolvente y atacaron de inmediato la mal situada flota de Glabikowski, concentrada sobre la zona de desembarco e incapaz de repeler un ataque de aquella magnitud. El combate fue breve y brutal, pues los siervos de Nurgle contaban con poderosos aparatos que descargaron sus cañones y torpedos sin misericordia sobre la frágil línea de defensa que había podido montar el comodoro, la cual sólo pudo recibir andanada tras andanada antes de poder situarse en posición de disparo. Tras esto, el intercambio de disparos duró tan solo un par de horas hasta que las naves de Nurgle lograron entrar en la atmósfera de Tharon, dejando tras de sí un rastro de destrucción evidente y vergonzoso para Glabikowski. Las maltrechas naves del comodoro se dispersaron para salvarse de la aniquilación, y pese a que también lograron ahuyentar a algunos de los transportes enemigos, el resultado fue una clara victoria del Caos.

Los numerosos batallones de Bargamoth, pese a haber sufrido bajas al atravesar la línea defensiva –varios cruceros Imperiales se defendieron valerosamente antes de consumirse bajo el fuego–, desembarcaron finalmente al Sureste del bastión que los trabajadores desplazados desde Calis estaban construyendo, y allí comenzaron a desplegar sus efectivos para iniciar el combate terrestre, cosa que sucedió no mucho después. Desdeentonces el coronel Goldberg sólo había asistido impotente a una letanía de informes de bajas diarias que cada vez eran más graves, sin que el orgulloso representante del Ordo Xenos moviera un músculo para cambiar la situación o mostrara signo alguno de responsabilidad por las vidas que se estaban perdiendo a cada hora.

Entre tanto, mientras se producía la masiva entrada de las fuerzas de Nurgle y el severo castigo a las naves imperiales, los hábiles tecnosacerdotes del Adeptus Mechanicus habían conseguido acotar el lugar donde se hallaba el artefacto, todo gracias a las emisiones energéticas que despedía desde su tumba entre los hielos. Habría sido una tarea imposible si no supieran lo que estaban buscando, pero una vez detectaron el patrón de radiación que emitía fue como si el artefacto representara un faro en la oscuridad, de modo que pudieron localizarlo con exactitud. Al parecer se encontraba en el interior de lo que parecía una antigua construcción situada a unos doscientos kilómetros dentro de la zona oscura, un lugar que parecía abandonado desde hacía siglos, de manera que enseguida se envió una expedición para recuperarlo a la cual se sumó el propio Bagone y su corte, arrastrando también al coronel Goldberg. Pese a lo poco que habían tardado en descubrir el lugar, el Adeptus Mechanicus aún necesitaría tiempo para realizar la compleja labor de apaciguamiento del espíritu del artefacto antes de poder trasladarlo, lo cual significaba que la Guardia Imperial debería contener a las tropas de Bargamoth hasta que todo hubiera terminado, lo cual no iba a resultar fácil, pues en breve ellos también conocerían la ubicación del preciado objeto. Para entonces Goldberg ni siquiera podría liderar a sus hombres, sino que sólo recibiría los partes de batalla sin tener la opción de liderarlos directamente, como habría deseado. Se habría sentido mucho más cómodo dando órdenes desde un Chimera bajo el fuego enemigo que en compañía de aquellos siniestros individuos.

Pasaron tres días desde que la expedición llegó hasta el lugar donde se encontraba el artefacto, un templo toscamente excavado en la pared de un cañón helado siglos atrás, seguramente obra de algunos pobladores de Tharon que habían desaparecido. Los tecnosacerdotes comenzaron el complejo ritual de letanías apaciguadoras bajo la atenta mirada de Bagone y la desesperación de Goldberg, que sólo podía pensar en regresar al bastión y dirigir sus tropas hacia el combate en vez de perder el tiempo en aquel agujero congelado, pero al Inquisidor parecía divertirle tenerlo allí sin hacer nada, prohibiéndole marcharse en todas las ocasiones en las que el coronel sugirió que su presencia sería más útil en otro lugar. Mientras tanto, los siervos de Nurgle habían intentado en repetidas ocasiones superar las posiciones Imperiales, si bien hasta el momento las defensas habían logrado rechazarlos a costa de fuertes bajas. Batallones de mutantes, máquinas del caos, hordas enteras de muertos vivientes y otros horrores hostigaban sin descanso a los soldados de la Guardia Imperial, los cuales se batían con ferocidad impidiendo que pudieran rebasar el bastión o las zonas colindantes. De momento ningún contingente de aquellas pútridas fuerzas se había escindido del grupo principal, el cual cargaba constantemente contra el bastión como si ése fuera su único objetivo. Parecían estar más centrados en destruir por completo el monumento y aniquilarlos que en recuperar el artefacto, y por ello lanzaban oleada tras oleada contra la línea Imperial sin intentar ninguna maniobra para esquivarlos. Sin embargo aquella aparente falta de estrategia por parte de las hordas de Bargamoth no engañaba al veterano Goldberg ni a muchos de los curtidos soldados que luchaban en Tharon, pues sabían que si sus enemigos no estaban siguiendo un plan más elaborado era porque no lo necesitaban. Los siervos de Nurgle atacaban la fuerza principal sin preocuparse de nada más porque estaban seguros de que el artefacto jamás saldría del planeta sin que ellos tuvieran la oportunidad de impedirlo.

La flota de Glabikowski, a la cual no le iba mejor que los soldados en tierra, se batía desesperadamente en el espacio contra los mortíferos destructores del Caos tratando de minimizar sus pérdidas, en un fútil intento de evitar –o por lo menos retrasar– el desembarco de refuerzos, así como impedir que el enemigo pudiera situarse para realizar un bombardeo orbital masivo de las posiciones Imperiales. En sus transcripciones el comodoro alertaba de que la situación les superaría en no mucho tiempo, sus cruceros estaban cayendo uno tras otro en cada escaramuza, y eso significaba que cuando no pudieran prestar más apoyo los soldados en tierra estarían perdidos. Era cuestión de tiempo que las huestes de Bargamoth se hicieran con el control orbital, y en la superficie de Tharon la situación no parecía mucho más prometedora, pues de seguir con la presión que estaban ejerciendo tarde o temprano superarían las defensas y destruirían todo a su paso sin que nadie pudiera impedirlo. En esta situación, la posibilidad de que el Imperio pudiera huir con el artefacto era muy remota, pues si no eran cazados sobre el terreno lo serían cuando trataran de abandonar Tharon.

Mientras esto pasaba, obreros e ingenieros seguían construyendo el monumento al fanatismo de Bagone para dejar impresa la huella Imperial en el planeta, cimentándola con sus propios cadáveres. El Inquisidor y sus aduladores, esperando dentro del templo helado en la zona oscura, lejos de las amenazas y el combate que se desarrollaba allí en el bastión, permanecían tranquilos como si el sacrificio de miles de vidas que se estaba realizando no valiese nada y supieran que ellos no corrían riesgo alguno. El coronel percibía que el Inquisidor tenía un plan, pero que obviamente no se lo iba a revelar aunque el último de los guardias imperiales muriera a sus pies.

- Bastardos…–volvió a susurrar Goldberg asegurándose de que el representante de la Eclesiarquía no le escuchaba esta vez.

CAPÍTULO V Editar

- El Sterben Rudel es mucho más poderoso –aseguró Gunter molesto mientras proseguían su camino hacia el Norte.

Dietrich, caminando a su lado sin dejar de vigilar la zona, seguía picándole proporcionando datos y estadísticas de toda clase. Como tecnólogo recordaba al dedillo los detalles de prácticamente todas las unidades utilizadas por el ejército de Balhaus y la Legión de la Cruz de Hierro –conocerlos era parte de su adiestramiento, así como manejar, pilotar o reparar cualquier dispositivo o vehículo–, y aquello lo convertía en un experto en la materia, si bien sabía que discutir con alguien como Gunter era lo mismo que lanzarse de cabeza contra un muro de piedra.

- Es un hecho que el Eindruck supera técnicamente al Sterben Rudel –explicó calmadamente tratando de razonar–. Aparte de ser un Jötnar más moderno su armamento está más diversificado, es más rápido por los soportes de equilibrio fluomáticos y sus sistemas…

- Tonterías, el Sterben Rudel le da mil vueltas –cortó Gunter obstinadamente sin atender a razones–. ¿No te enteraste de cómo machacó a los blindados Orkos en la ofensiva de Retzin hace dos meses? Destruyó por lo menos trecientas de esas bolas de chatarra, aparte de todos los monos verdes que se llevó por delante. Mi amigo Lars sirve como artillero en una de sus plataformas de defensa…

- ¡Silencio! –ordenó el capitán haciendo que todos se detuvieran, pues era el que iba en cabeza en ese momento abriendo camino.

El motivo de la repentina orden se debía a que habían llegado al punto determinado donde se esperaba que pudiesen divisar ya la línea de defensa Imperial, extendida a lo largo de un amplio perímetro con objeto de evitar la incursión del Caos. La Unsicht había utilizado unas pequeñas colinas que serpenteaban hacia el Norte para ocultar su avance desde que acabaron con la legión de muertos vivientes, de manera que habían logrado recorrer una distancia muy amplia sin que nadie reparara en su presencia. Como era lógico, las tropas del Caos estaban atareadas tratando de arrasar lo que tenían delante, el bastión y toda la estructura defensiva creada por el Imperio para impedir su avance hacia la zona helada y oscura donde se encontraba el artefacto, de modo que no se preocuparían por lo que pudieran tener en su propia retaguardia o por un equipo mínimo que se infiltrara por uno de los flancos.

Ahora desde su posición ya podían ver la inmensa sombra que lo cubría todo más allá como un manto gélido y siniestro, a la vez que las lecturas de sus blindajes registraban un descenso en picado de la temperatura a cada paso que se aproximaban a la eterna noche. Habían dejado atrás el páramo desértico, estaban en una zona pedregosa con algo de vegetación, y según los sensores orográficos se encontraban frente a una amplia explanada que se internaba en la negrura, la cual se extendía unos cinco kilómetros. Al rebasar el último desnivel Wilhelm se lo encontró de frente y por eso dio la orden de detenerse. No había ruido alguno, pero de no haber llevado sus blindajes Vernichter que los aislaban del exterior, el denso efluvio de la muerte que inundaba el lugar los habría puesto enfermos sin duda alguna, pues lo que había allí era un auténtico cuadro sacado del mismo infierno. Entre una multitud de vehículos quemados, transportes y tanques destruidos, se apilaban cientos de cadáveres pudriéndose bajo el sol, cubiertos por nubes de insectos que los consumían con voracidad. La arena, mezclada con la sangre por todas partes, formaba un repugnante barro carmesí que se extendía a lo largo y ancho de la zona, como una alfombra macabra llena de huellas de hombres y vehículos. Podía escucharse el desagradable zumbido de millones de alas y los chasquidos de sus mandíbulas mientras los bichos se posaban en los restos, un macabro festín que parecía venir sucediendo hacía un par de días.

- Joder qué espectáculo –se escuchó decir en voz baja por el intercomunicador a un asqueado Dietrich, que enseguida conectó la unidad Kampfcomm de su antebrazo izquierdo para obtener información de los emblemas que podían verse en los vehículos destrozados que había en la explanada.

- Estad atentos –dijo el capitán mientras hacía la señal de avanzar despacio–. Es posible que haya rapiñadores. Lilith, avísanos de cualquier posible contacto.

La psíquica se quedó un momento quieta mientras percibía los signos vitales del entorno cercano a la posición donde se encontraban, mientras trataba de aislar mentalmente la inmensa ola de energía proveniente de los millones de insectos que se estaban alimentando de los muertos.

- Hay supervivientes –dijo poco después mientras sentía los escasos latidos a su alrededor, como si un radar en su mente le indicara dónde se encontraban con absoluta precisión–. Rastros muy débiles en diferentes puntos. Todos moribundos. Lo demás son sólo carroñeros.

- Atentos –indicó Wilhelm–. No quiero sorpresas. Gunter, al frente conmigo.

El inmenso Gunter, envuelto en el blindaje pesado que le hacía parecer una máquina bestial y deshumanizada, apuntó el Morloch hacia delante y comenzaron a atravesar la explanada directos a la zona oscura sin detenerse, tan solo esquivando los innumerables montones de cadáveres hinchados, muchos de ellos destrozados o cubiertos de pústulas y horribles heridas tumefactas, mientras que otros parecían haber sido despellejados o marcados brutalmente a cuchillo con extraños símbolos mientras aún seguían vivos. La mayor parte tenían uniformes de la Guardia Imperial, pero si quedaba alguno con vida, como había dicho Lilith, pronto se reuniría en espíritu con su adorado Emperador. También había extendidos por el suelo grandes restos de quizá una par de docenas de tanques Leman Russ y un número similar de Chimeras, aplastados con grandes deformaciones y brechas en sus cascos de plastiacero. Daba la sensación de que una criatura gigante y con terribles fauces los hubiera masticado para luego escupirlos. También había gran cantidad de equipo machacado, parapetos, cañones y un sinfín de armas de mano tiradas en diversos puntos.

- Identifico dos batallones distintos de infantería de Calis y parte de una compañía de blindados, el 311º Augustus –informó Dietrich gracias a la eficaz información obtenida de su terminal Kampfcomm–. Es una dotación de tanques pesados Leman Russ de clase Conqueror y Vanquisher, principalmente, además de transportes de tropas. Si están todos los que conforman los batallones calculo unas dos mil novecientas bajas Imperiales. En cuanto a los que han hecho esto…

- Marines de Plaga –apostilló Lilith revisando el maltrecho casco de uno de los transportes Chimera cubierto por un limo pardo y putrefacto, en cuyo interior se encontraban algunos cadáveres carcomidos por esporas tóxicas, las mismas empleadas por las armas de los servidores de Nurgle que conocía a la perfección.

- Sí, es casi seguro –afirmó el tecnólogo–. Hay marcas claras de impactos de gran calibre, posiblemente tanques Decimator, aunque no veo ninguno destruido, y las huellas son algo confusas. Para ser sinceros no sé qué ha ocurrido aquí exactamente, necesitaré un poco de tiempo. Parece que el Imperio defendía una línea concreta y fueron arrasados, pero no comprendo la disposición de los restos. Un grupo siguió hacia la zona oscura, pero el grueso de la fuerza y las máquinas se fueron hacia el Este.

El capitán se detuvo y miró alrededor, despacio, como si estuviese buscando algo que le explicara lo sucedido.

- Es un sacrificio –murmuró entonces para sí.

Se adelantó un poco más y subió encima de lo que quedaba de un Leman Russ, el cual había perdido la torreta y descansaba sobre una de sus barquillas laterales, por cuyas aberturas había rezumado un gran chorro de sangre, ahora seca y llena de extraños coágulos enfermizos que parecían palpitar.

- ¿Veis cómo están amontonados los cuerpos y los transportes? –explicó mientras extendía su mano en derredor suyo– Apuesto a que si se ve desde una altura suficiente los restos están formando tres círculos.

- El símbolo de Nurgle –corroboró Gunter.

Tal y como Wilhelm había descrito, cadáveres y otros restos habían sido dispuestos de tal manera que formaban tres gigantescos círculos, si bien era difícil percibirlo a simple vista, y menos desde el propio suelo, aunque sería algo evidente para cualquier nave que pasara por las cercanías o si se viera el panorama desde cierta altura.

- Los Marines de Plaga son muy dados a los sacrificios, y les encanta hacer espectáculos como éste –siguió–. Seguramente serán ellos los que han seguido hacia la zona oscura mientras el grueso de su fuerza va hacia el bastión imperial, así que seguiremos su rastro. Esos cabrones andan detrás de lo mismo que nosotros, no cabe duda.

- Hordas de podridos, calor, bichos, puercos de plaga, mamones del Imperio…¡este planeta apesta, tío! –sentenció Gunter, lo cual coincidía plenamente con el pensamiento de sus compañeros.

Siguieron avanzando tras las huellas del grupo que se había separado del contingente principal hacia la negrura, hasta que dejaron atrás la amplia zona donde se había realizado el sacrificio. Quienes fueran los que habían ido hacia el Norte no estaban preocupados porque alguien los persiguiera, el rastro indicaba que se trataba de un compacto grupo de alrededor de veinte individuos, y las profundas impresiones en la arena indicaban que probablemente se tratara de los Marines de Plaga que sospechaban habían participado en el enfrentamiento con la Guardia Imperial. La brutalidad de las muertes, las esporas y marcas de sus armas estaban muy claras en los restos encontrados, de manera que si se encontraban con ellos seguramente las cosas se pondrían bastante feas. Dietrich seguía dándole vueltas a los datos, hasta que finalmente compuso más o menos la historia de lo que allí había ocurrido.

Parecía que un contingente de infantería Imperial estaba destacado allí para defender la zona y dificultar a los siervos del Caos que pudieran rodear la zona del bastión, apoyados por una poderosa compañía de tanques Leman Russ y bastante artillería. Había largas trincheras excavadas y reforzadas, posiciones para nidos de ametralladoras, puestos con cañones automáticos y parapetos para los propios tanques, y en efecto parecían haber entablado un salvaje combate contra un número incierto de fuerzas del Caos, pero que sin duda resultó incontenible para las defensas. El despliegue destructivo había sido completamente eficaz, rápido y abrumador. Cuando todo terminó, los vencedores supuestamente arrastraron los cuerpos y otros restos del enfrentamiento hasta el medio de la explanada, donde los extendieron recreando la forma del símbolo de su repugnante deidad y seguramente llevaron a cabo alguno de sus dementes rituales con los que aún quedaban con vida. En cuanto a sus propias bajas no parecía que hubiesen sufrido demasiadas, había algunos cuerpos de mutantes entre los cadáveres, pero nada más a la vista. Ni un solo Marine de Plaga, aunque era posible que hubiese alguno sepultado bajo las pilas de cadáveres que se pudrían al sol devorados por los insectos, aunque era improbable. En cualquier caso, la Unsicht no se quedó para averiguarlo.

Atravesaron el linde de la zona oscura y se internaron en ella, notando cómo las lecturas de sus blindajes reconocían una caída masiva de la temperatura exterior, la cual poco después alcanzaría los ochenta grados bajo cero. La tenue luz que proporcionaban las estrellas y el cada vez más lejano brillo de la cara alumbrada de Tharon eran toda la iluminación disponible, aunque gracias a la visión nocturna mejorada proporcionada por los cascos de sus blindajes no necesitaban ninguna otra fuente. El capitán seguía al frente guiando al resto mientras seguían el rastro del contingente del Caos, hasta que finalmente las huellas desaparecieron sepultadas por la constante ventisca. Podrían estar en cualquier parte y sería difícil encontrarlos, pero sabían que sin duda se dirigían al mismo lugar que ellos, a unos veinte kilómetros al Noroeste de su posición actual, al punto donde se encontraba localizado el artefacto.

- ¿Qué es lo que buscamos concretamente? –preguntó Gunter mientras seguían avanzando sin descanso, tratando de quitar de su cabeza el pavoroso espectáculo que acababan de ver atrás–. Es decir, ¿por qué nos envía a nosotros el Sicherhaus y no a una División entera que se ocupe de esto?

Wilhelm revisó los datos para orientarse y comprobar que seguían el camino correcto al no haber más rastro que seguir, lo cual no resultaba fácil, en la oscuridad y con un panorama cambiante debido al viento.

- Ilumínanos Dietrich –dijo el capitán de forma distraída mientras hacía una señal para cambiar la dirección unos grados hacia el Oeste.

El tecnólogo, en última posición y vigilando la retaguardia, descansó su incinerador sobre el hombro derecho.

- Buscamos un objeto arcano –explicó–. En los códices se refieren a él como el Fuego de Prometeo, y al parecer tiene miles de años. Creemos que está en alguna parte del sector 3, y por lo que sabemos el Imperio le echó el ojo ya hace un tiempo, poco antes que nosotros. Es probable que ya lo tengan, porque llevan ya algunas semanas aquí… - ¿Y qué tiene de especial ése Fuego de Promethium? –preguntó Gunter impaciente.

El capitán contuvo una risa.

- …de Prometeo, animal –corrigió Dietrich–. Da igual que te lo explique, no lo vas a entender. Gunter lo miró fijamente a través del casco de su negro blindaje pesado, lo cual hizo que el tecnólogo soltara un profundo suspiro que inundó el intercomunicador.

- Es un vector energético exponencial de focalización convergente –dijo entonces resignado–, teóricamente similar a los principios del Pulso Trifásico de Concentración que usamos nosotros, pero mucho más poderoso y al parecer sin necesidad de alimentación externa, aunque está equilibrado en un contenedor de curvatura gravitatoria que lo mantiene en estasis, por lo que ignoramos cómo genera la energía que desprende.

El capitán se detuvo y se volvió hacia Gunter, el cual también se paró sorprendido, encogiendo los amplios hombros cubiertos por placas de Ultracarbono donde se mostraba ostentosamente la cruz de hierro y el símbolo de la División II Dampfwalze, a la cual pertenecía.

-¿Qué pasa? –dijo molesto– Lo he entendido perfectamente.

Wilhelm hizo un gesto de negación con la cabeza y dio la orden de avanzar de nuevo, si bien en realidad estaba a punto de estallar en una carcajada.

- Nos envían a nosotros porque quieren evitar una confrontación directa –explicó entonces recuperando la seriedad–. El Sicherhaus no es estúpido. Para enfrentarnos al Imperio y a las fuerzas del Caos que hay desplegadas en el planeta necesitaríamos una flota que pudiera romper el bloqueo, y luego harían falta un montón de efectivos para tener garantías en tierra. Sabemos que hay Marines de Plaga, y además también se han visto transportes de los Guardianes de la Muerte, luego el Ordo Xenos está implicado. No se trata sólo de simples tropas regulares, hay otras amenazas bastante más graves. Como ha dicho Dietrich, la única alternativa viable que no implique un enfrentamiento abierto es una acción encubierta y llevada a cabo por unos pocos hombres.

- ues yo creo que sería grandioso que nos enfrentáramos a ellos cara a cara y reventásemos a unos miles de esos peleles –respondió Gunter mientras movía el Morloch hacia delante como si fuera una lanza–. Una buena batalla por fin, y no acciones encubiertas como si les tuviésemos miedo.

- No es miedo, es mero sentido común –intervino Lilith–. El número de vidas que costaría un enfrentamiento como el que dices sería muy alto. Nosotros no somos como el Imperio, no enviamos a miles y miles a morir como fanáticos a una batalla que no se sabe cómo puede acabar. Gunter refunfuñó un poco al ver que estaba solo con aquella idea. Era un buen soldado y se sentía cómodo en un combate directo. Su pensamiento era que la lucha debía realizarse cara a cara contra el enemigo reduciendo la estrategia al mínimo, pues no encontraba muy honorable utilizar argucias ni engaños. Nunca había sido partidario de buscar ventajas, sino de vencer por la mera fuerza, aunque en el fondo sabía que lo que decían sus compañeros era lo más lógico y lo que había que hacer.

- Sí –admitió al final con voz ronca, aunque aún en sus trece–. Pero estaría bien participar en una buena batalla… Prosiguieron con la conversación un rato, hasta que fue languideciendo y se hizo el silencio. El terreno era cada vez más irregular y les costaba más abrirse paso, pues en algunos lugares se acumulaban grandes cantidades de hielo y nieve, obligándoles en algunos casos a dar rodeos para poder seguir avanzando. Gunter se hundía casi hasta la cintura debido a su gran peso y el de su armamento, pero no retrasaba la marcha gracias a su descomunal fuerza, potenciada por el propio blindaje. Todos los miembros de la escuadra estaban acostumbrados a un duro entrenamiento en cualquier condición, luego aquello no era algo que pudiese superarlos con facilidad.

No había rastro del grupo del Caos que se había internado en la zona. Los sensores estaban muy limitados por las interferencias y a duras penas era posible ver a más de diez metros con el fuerte viento y la nieve cayendo constantemente. Podrían haberse cruzado con un batallón de Marines de Plaga sin verse siquiera, lo cual era inquietante, pero dadas las condiciones no podían hacer más que seguir avanzando.

Tardaron cuatro duras horas más en llegar al punto designado del sector 3 donde teóricamente se encontraba su objetivo, y lo que se encontraron allí fue un cañón hundido a unos doscientos metros de profundidad y que se extendía varios kilómetros atravesando el páramo helado, con una anchura en su parte más estrecha de más de ciento cincuenta metros. Desde la situación en la que se encontraban, favorecidos por la casi absoluta oscuridad, pudieron divisar a no mucha distancia en el fondo de la sima un resplandor artificial y blanquecino emitido sin duda por focos, mientras la ventisca dificultaba que pudieran presenciar la actividad que se desarrollaba allí abajo. Tuvieron que caminar por el borde del cañón para acercarse más hacia la fuente de aquella luz, hasta que alcanzaron una posición desde la que podían ver más o menos todo el panorama a una distancia segura.

Lo que pudieron ver frente a ellos gracias a las potentes luces allí instaladas era un templo o algún tipo de construcción religiosa excavada en la pared del propio cañón, construida hacía siglos por alguna cultura primitiva desarrollada en aquel inhóspito planeta. Dos grandes columnas perfectamente simétricas sujetaban un pórtico de unos quince metros de alto que hacía de entrada. El esfuerzo para construir aquello con los limitados recursos de los humanos de Tharon debió ser titánico –pensó el capitán–, pues los elementos no favorecían en absoluto una actividad tan agotadora como era la construcción de semejante monumento, tallar la piedra y luchar contra el hielo. Alrededor del acceso principal se habían instalado varios focos y reflectores alimentados por un ruidoso generador, mientras por la zona pudieron contar por lo menos a unos cincuenta Guardias Imperiales perfectamente equipados para soportar el frío y fuertemente armados, los cuales patrullaban el perímetro y también permanecían en varias posiciones fijas estratégicamente elegidas para cubrir todos los ángulos con cañones automáticos. Fuera lo que fuese lo que estuvieran haciendo dentro de aquel templo, estaba claro que no querían ser molestados entre tanto.

- Estupendo –estableció el capitán sarcástico mientras se giraba hacia sus compañeros Tenemos que encontrar una ruta para bajar ahí y que no nos vean.

- Sólo disponemos de algunos mapas orbitales de la zona –dijo Dietrich mientras revisaba su unidad Kampfcomm–. Ni siquiera sabíamos que existía este complejo. Lo único que detectábamos eran las lecturas de radiación del artefacto, pero eran bastante difusas. Se encuentra en alguna parte ahí dentro.

- ¿Hay algún otro acceso que no sea la puerta principal? –preguntó Lilith mientras miraba la verdosa imagen holográfica del terreno.

El tecnólogo realizó algunas operaciones de comprobación revisando la imagen tridimensional, girándola y focalizando algunas secciones concretas.

- Si lo hay estará anegado por el hielo. Hay un par de depresiones que quizá fueran túneles de servicio o de ventilación, pero están hacia el Oeste. Se encuentran al otro lado del cañón, a unos mil cien metros en línea recta, aunque no podría asegurar si son practicables, ni tampoco adónde conducen concretamente. No tenemos casi información sobre este sitio.

- Pues no tenemos otra opción –aseveró Wilhelm–. El acceso principal es imposible si queremos pasar desapercibidos, y no sabemos cuántos Guardias Imperiales puede haber en el interior...o Marines Espaciales. Tendremos que arriesgarnos al otro lado. El problema es cómo cruzar al otro lado, porque si tenemos que rodear esta grieta nos va a llevar días.

- El mapa muestra que si nos movemos hacia el Norte hay un paso estrecho que cruza, podríamos llegar en unos quince minutos –ofreció Dietrich anticipándose–. Parece un puente de hielo que une ambos lados, pero no sé en qué estado se encuentra. Quizá sea demasiado endeble, pero podría servirnos.

- Comunícalo al Supercollider, traza la ruta y movámonos –determinó el capitán–. Mejor eso que volver con las manos vacías. Además, si no hemos encontrado a ningún bastardo del Caos es porque seguramente se han encontrado con el mismo problema. Pero me apuesto lo que sea a que andan por aquí cerca.

La escuadra se puso en camino entre la ventisca esperando que el puente de hielo siguiera en pie, sin saber si existiría otra entrada al templo por arriba, al otro lado, pero era lo mejor que tenían. Llegaron sin novedad hasta el lugar que Dietrich había comentado poco después, donde en efecto había un puente de hielo irregular que unía ambas cimas del cañón. Elevado a gran altura tenía unos cien metros de largo, tres de ancho en su mayor parte y un poco más en la zona media, quizá cuatro o cinco. Parecía que tiempo atrás habría sido una pared que taponaba el cañón, la cual por las inclemencias del tiempo o cualquier otra cosa había sufrido un derrumbamiento que la había convertido en un inaudito puente suspendido que unía ambos lados. Parecía sólido, pero atravesar un camino de hielo estrecho con tantos metros de caída a los lados, bajo la ventisca y sin saber qué iban a encontrar al otro lado, era suficiente como para preocupar al más decidido, sobre todo teniendo en cuenta que el hielo podía partirse bajo su peso. Se escuchaban crujidos lejanos producidos por el movimiento del hielo, chasquidos siniestros que parecían el preludio de algo terrible, si bien en aquella zona no daba la impresión de que hubiese peligro.

- Espero que aguante –comentó Wilhelm tras revisar lo que podía de la zona con la mira de su rifle–. De todas maneras situaremos un cable de seguridad. Yo iré en cabeza, Lilith detrás, Dietrich y finalmente Gunter.

- Ya puedes mover el culo como empiece a agrietarse con tu peso –comentó Dietrich jocoso mirando a su enorme compañero–. He analizado la estructura y en teoría debería aguantar, pero nunca se sabe.

Gunter le hizo un gesto obsceno con la mano izquierda mientras se acercaban hacia el borde. Aseguraron un cabo y lo pasaron por el arnés de cada uno de sus blindajes, si bien eran plenamente conscientes de que en caso de que el hielo se partiera de poco les iba a servir. Wilhelm abrió camino y comenzó a avanzar con cuidado tras cerciorarse de nuevo de que todo estaba despejado y que no les esperaba ninguna sorpresa más allá. La oscuridad y la ventisca les servían de aliados, pero contaba con la posibilidad de que hubiese alguna patrulla Imperial por los alrededores, o quizá los mismos siervos del Caos que se habían aventurado también hasta allí.

- Tened cuidado, la fuerza del viento aumenta a medida que avanzamos hacia el centro –advirtió el capitán–. Asegurad los arneses.

La comitiva siguió el camino despacio tratando de mantener el equilibrio, pues ciertamente el viento era más fuerte a cada paso que daban, pero finalmente atravesaron la zona media del improvisado puente de hielo y pudieron vislumbrar el otro lado sin más percances. Entonces, cuando Wilhelm ya casi había llegado hasta el otro lado, Lilith lanzó un grito de alerta.

- ¡Cuidado! –avisó frenéticamente por el intercomunicador– ¡Un cable trampa!

CAPÍTULO VI Editar

- Hemos revisado el perímetro, eminencia, y los escáneres han detectado una señal hacia el Suroeste –dijo el comandante de los Guardianes de la Muerte.

El Inquisidor Bagone no tuvo ninguna reacción, sino que siguió mirando al grupo de tecnosacerdotes del Adpetus Mechanicus alrededor del altar de piedra sobre el que descansaba el artefacto, escuchando el monótono sonido de sus voces cantando las letanías con las que pretendían apaciguar su espíritu. El silencio tras las palabras del Marine Espacial se tornó incómodo, hasta que el coronel Goldberg intervino.

- ¿Fuerzas numerosas? –preguntó sin demasiada convicción, sabiendo que el comandante quizá ni siquiera le contestara.

Antes incluso de abandonar Calis o saber qué planes había para el despliegue, el Inquisidor había requerido la presencia de un grupo de Guardianes de la Muerte, unos treinta en concreto, los cuales se unieron al gran despliegue unos días después de que se hubieran llegado a Tharon con sus espectaculares armaduras y amenazador tamaño. El comandante de aquellos Marines Espaciales asignados para la misión, un individuo arisco y orgulloso llamado Isaiah Rothstein, se situó desde el principio junto al Inquisidor desplazando por completo a Goldberg y al resto de oficiales que formaban la plana mayor de cualquier decisión táctica. Cuando se envió a los exploradores de la Guardia Imperial junto con los tecnosacerdotes del Adeptus Mechanicus para localizar el objetivo, él y sus hombres se limitaron a esperar cómodamente en el bastión imperial, pero en cuanto se comunicó el descubrimiento del templo entre los hielos se desplazaron de inmediato hasta allí junto con el Inquisidor en una Thunderhawk y tomaron el control absoluto de la operación.

Desde ese momento, tanto él como su grupo de Guardianes de la Muerte habían sido los perros falderos del Inquisidor y no se habían separado de él ni un milímetro esperando el momento en el que el artefacto estuviese preparado para su traslado. Era más que obvio su desprecio por los Guardias Imperiales, pese a haber encontrado ellos el artefacto y estar llevando el peso de la batalla en el Sur, conteniendo las oleadas de servidores del Caos que hostigaban el bastión que estaba siendo erigido en nombre del Emperador. Sus hombres no habían movido un dedo para ayudar siquiera en los enfrentamientos contra los Marines de Plaga que habían aparecido en algunos puntos del frente –los cuales habían masacrado por completo compañías enteras–, sino que parecían reservarse sólo para lucirse ante el representante del Ordo Xenos.

- Es una amenaza insignificante –contestó el comandante Rothstein mirando molesto a Goldberg a través de su casco grisáceo–. Probablemente una patrulla enemiga que ha logrado superar la línea de bloqueo de sus hombres. A estas alturas ya deben saber que estamos aquí y tenemos el artefacto.

El sarcasmo de sus palabras ofendió al coronel, pero la imponente presencia del Marine Espacial envuelto en su armadura de combate era suficiente como para acallar cualquier queja al respecto por su parte. Detestaba que le acobardara alguien como el Inquisidor o como el comandante de los Guardianes de la Muerte, pero su instinto de supervivencia era muy fuerte, y entrar en conflicto con cualquiera de ellos podía suponer un riesgo muy grande por las consecuencias que podría traer.

- Dentro de una hora habrá concluido el ritual según me han informado –dijo entonces el Inquisidor distraídamente, como si la conversación previa no le importara en absoluto–. Comandante, preparen la Thunderhawk y que sus hombres aseguren el perímetro y la ruta hasta la nave. Quiero seguridad absoluta hasta el final de la misión.

- Eminencia –interrumpió entonces el coronel sorprendiéndose a sí mismo por su osadía ignorando al gigantesco Rothstein–, mis hombres tienen controlada la situación. Ellos pueden ocuparse perfectamente de proteger el área hasta que el artefacto sea llevado hasta el transporte.

El Inquisidor se volvió mirando a Goldberg, divertido. Nunca habría esperado que un hombre corriente –pese a tener el rango de coronel– se interpusiera entre un Marine Espacial y sus órdenes, pero aquel parecía haber perdido ese miedo por completo, ansioso sin duda de obtener algún reconocimiento para él y sus hombres cuando terminara la operación. La animadversión entre ambos se palpaba en el ambiente, pero la situación de competitividad entre ellos le resultó interesante. Sacar el artefacto de allí y llevarlo hasta la Thunderhawk, la cual esperaba fuera del cañón, sería una tarea laboriosa que costaría bastante, pues mover un artefacto como aquel no podía hacerse a la ligera, y a estas alturas era casi seguro que algunas fuerzas enemigas estuvieran rondando la zona.

En cuanto estuviera a salvo en la nave, el propio Bagone y su séquito lo escoltarían hacia un lugar más seguro donde los expertos del Adeptus Mechanicus –bajo la estricta supervisión del Ordo Xenos– pudieran estudiar con tranquilidad sus propiedades. Más tarde había otros muchos planes pensados para el artefacto, pero por el momento tenían que sacarlo de allí y asegurar que no caía en manos equivocadas.

- Muy bien –convino entonces Bagone dispuesto a dar una oportunidad a Goldberg, aunque no por confianza, sino simplemente por desafiar el orgullo del comandante de los Guardianes de la Muerte–. Los valerosos soldados de Calis se encargarán de mantener a salvo el perímetro y facilitar el transporte hasta la nave. Los Guardianes de la Muerte se reservarán por si hay algún problema.

El coronel, complacido con el arreglo al verse por fin al mando de algo, ignoró la ira que irradiaba la postura del comandante de los Marines Espaciales. Sus hombres podrían tener su parte de protagonismo también en la operación, la cual había sido un cúmulo de despropósitos desde el principio. Al menos las páginas de la historia no recordarían Tharon tan solo como un planeta perdido donde se levantaba una inmensa e inútil fortaleza–catedral sobre los huesos de miles de guardias imperiales, sino también como un episodio glorioso en los anales de Calis, una victoria sobre el Caos y la recuperación de un poderoso artefacto que serviría a los fines del Imperio de entonces en adelante.

El Inquisidor fue hasta el otro lado de la sala para hablar con uno de los miembros de su séquito, momento en que Goldberg se quedó a solas con el comandante de los Guardianes de la Muerte.

- Espero que el Inquisidor no tenga que arrepentirse de depositar toda esa confianza en sus soldados –espetó con saña.

- Por supuesto que no, estarán a la altura –se defendió el coronel con toda la dignidad que pudo reunir–. Están más que preparados para afrontar una situación como ésta, no le quepa la menor duda.

El comandante le dio la espalda y se dirigió hacia la salida sin decir nada más, pero era más que obvio para Goldberg lo que estaba pasando por su mente en ese momento. Si cometía un error, si sus hombres se encontraban con algún problema, Rothstein estaría ahí como un ave de rapiña, esperando para arrebatarle el mérito y humillarle delante del Inquisidor. Sabía que en caso de que sucediera cualquier cosa era más que probable que los Guardianes de la Muerte no hiciesen nada, no al menos hasta que la situación fuese incontrolable, sólo entonces intervendrían reclamando la gloria para ellos. No podía permitir que algo así sucediera.

- Capitán –llamó por el intercomunicador avisando al responsable de seguridad del complejo donde se encontraban.

- ¿Señor? –respondió una voz firme.

- Vamos a proceder al transporte de la carga hasta la Thunderhawk que hay fuera del cañón en una hora. Los Astartes informan de que se ha detectado una fuerza enemiga aproximándose por el Suroeste, no muy numerosa, quizá sea solo una patrulla de reconocimiento, pero tenga a sus hombres alerta y prepárense para rechazar cualquier amenaza. Que los escáneres barran el perímetro constantemente y avíseme de cualquier incidencia de inmediato. Pase lo que pase quiero seguridad total sobre este transporte ¿entendido?

- Entendido, señor.

El capitán no mostró titubeo alguno, pero su voz denotaba cierta preocupación.

- En cuanto haya contacto con el enemigo avíseme de nuevo, quiero saber exactamente con qué nos enfrentamos. Y llame a la base principal, que envíen una compañía adicional de refuerzo inmediatamente.

- A la orden, coronel –convino el guardia imperial.

Era posible que fuera cierto, que tan solo se tratara de una patrulla enemiga perdida en la ventisca –si era así podrían despacharlos rápido sin mayores problemas–, pero a lo mejor se trataba de otra cosa. Goldberg sabía que las tropas enemigas contaban con efectivos muy peligrosos, y no precisamente por su número. Además de los consabidos muertos vivientes y mutantes que habían estado combatiendo y que representaban gran parte del porcentaje de las fuerzas enemigas, el Caos también contaba con Marines de Plaga, engendros y abominaciones que podrían resultar un verdadero problema para la escaso grupo de unos ciento cincuenta soldados con la que el Imperio contaba en aquel templo de los hielos. Si se trataba de algo así, seguramente deberían recurrir a los Guardianes de la Muerte para cumplir el cometido, cosa que el coronel quería evitar a toda costa.

Se dirigió hacia la salida de aquella estancia y se giró al llegar para tener una visión completa de la sala donde se encontraban. Allí, en el medio, los tecnosacerdotes seguían emitiendo un sonido ronco y constante alrededor del artefacto, mientras que el Inquisidor permanecía junto con varios de sus acompañantes discutiendo algún tema frívolo. Tras él siempre se encontraba una criatura humanoide que llevaba la cara cubierta por una capucha de tela basta, un ser delgado, encorvado y torpe, el cual lo perseguía donde quiera que fuese, pero sin importunarle. Era como si se tratara de una rémora, obsesionada con estar cerca de él y sin más voluntad que la de permanecer a su lado. Nadie sabía quién o qué era, pero el Inquisidor siempre lo tenía cerca y de vez en cuando lo acariciaba con suavidad, como quien acaricia a un perro obediente. A Goldberg le transmitía una profunda repugnancia.

Para el coronel ninguno de los que estaba allí merecía su respeto verdaderamente, aunque se lo debiera por el rango o la jerarquía que ocupaban. En su opinión el Adeptus Mechanicus siempre iba a lo suyo y le importaba bien poco la Guardia Imperial, pues era obvio que para ellos los soldados no eran más que unos estúpidos pedazos de carne primitiva que de vez en cuando podían usar para encontrar aquellos “juguetitos” arcanos que tanto admiraban, proporcionándoles la seguridad que requerían mientras ellos jugaban a montarlos y desmontarlos. Por otra parte la Inquisición no era mejor. Consideraban que todo lo que había bajo el manto del Imperio les debía veneración y ciega obediencia, de modo que para ellos todos los demás no eran más que meros instrumentos con los que realizar sus operaciones, independientemente de la suerte que pudieran correr en el transcurso de las mismas, como se estaba demostrando allí en Tharon. Y luego finalmente estaban los Marines Espaciales, tan admirados en todos los rincones del Imperio, tan temidos por sus enemigos…y también tan arrogantes y pagados de sí mismos. A lo largo de su vida militar y tras combatir en infinidad de mundos donde en ocasiones había coincidido con ellos, Goldberg había aprendido que casi todos ellos eran violentos, pendencieros y en algunos casos claramente psicóticos. No cuestionaba su valor ni sus tremendas capacidades, pero sí su manera de ver el mundo y tratar a quienes combatían junto a ellos. Los despreciaba tanto como otros los admiraban.

- Coronel –dijo la voz del capitán en el intercomunicador.

- Adelante.

- Tenemos múltiples contactos aproximándose por el Suroeste. Son un pequeño grupo, sin vehículos. Avanzan directamente hacia aquí.

- De acuerdo capitán, manténgame informado.

- Señor –le interrumpió de inmediato–, hemos perdido contacto con el pelotón que cubría ese sector...

CAPITULO VII Editar

La trampa habría sido eficaz si Lilith no hubiese visto por pura suerte el cable que cruzaba casi invisible de un lado a otro del puente en su parte final. El resultado de la explosión habría partido el hielo sin ninguna duda y toda la escuadra se habría precipitado al fondo del cañón irremisiblemente, muriendo aplastados contra el suelo y bajo toneladas de bloques helados. El cable estaba conectado a una serie de explosivos de alta potencia dispuestos en dos grupos en los laterales, indetectables a simple vista, y Dietrich comenzó a inutilizarlos con gran habilidad mientras el resto de sus compañeros vigilaban parados en el puente.

- Es Imperial, no cabe duda –dijo el tecnólogo mientras manipulaba los artefactos con sumo cuidado.

- Lo han colocado al final del puente, no sólo para cogernos desprevenidos sino también como alerta –comentó Wilhelm–. Están cerca.

Lilith llevaba un rato oteando el otro lado del cañón, la ventisca dificultaba bastante su percepción vital, pero podía notar un rastro sutil, seguramente una partida de Guardias Imperiales, los mismos que habían situado allí la trampa. Era reciente y estaba claro que no debían encontrarse muy lejos, pues en caso de que hubiese explotado tendrían que acercarse para ver qué había activado los explosivos.

- Listo –dijo Dietrich poco después–. Podemos pasar. Llegaron al otro lado en alerta, esperando que en cualquier momento se produjeran los sonidos de las armas Imperiales disparadas contra ellos, pero no sucedió nada. El viento arreciaba y el lugar donde se dirigían no estaba lejos, pero de nuevo su visión se encontraba tremendamente reducida, así que avanzaron con cuidado en formación cerrada. Sabían que los guardias imperiales podían estar usando sus Auspex, de manera que podrían localizarlos pese a las condiciones climatológicas y la visión casi nula. Entonces escucharon una potente explosión y una leve vibración del hielo bajo sus pies. Provenía más o menos de la dirección donde se levantaba la entrada del templo, o quizá en sus alrededores, y a continuación oyeron tableteos de armas, confusos y dispersos por la distancia. Justo en ese momento la ventisca amainó unos segundos, y se encontraron de bruces con que a pocos metros de ellos, entre la nieve, sus visores dibujaron una forma grande y cuadrada quieta en la oscuridad, rodeada por varias figuras imponentes que parecían guardarla.

Delante de la Unsicht, a menos de veinte metros, había una Thunderhawk rodeada por varios Marines Espaciales, los cuales por fortuna estaban ahora más atentos a los sonidos de combate que se estaban produciendo en la lejanía que a los intrusos que estaban en su perímetro. La ventisca volvió a ocultarlos unos segundos después, pero para entonces los soldados de Balhaus ya sabían dónde se encontraba el enemigo. Comprendieron que sin duda aquel transporte estaba destinado a llevarse el artefacto, y que contaba con una fuerte defensa de por lo menos seis Astartes y una fuerza indeterminada de guardias imperiales en las cercanías, probablemente todo un pelotón. Los sensores daban lecturas muy confusas, de modo que no se podía asegurar el número exacto de ellos ni su ubicación, era inútil debido a la fuerza de los elementos, pero seguramente los dispositivos imperiales tenían el mismo problema, de modo que por el momento nadie se había percatado de que la escuadra estaba ahí pese a su extrema cercanía.

- Lilith –dijo entonces simplemente el capitán por el intercomunicador.

La biomante no respondió siquiera. Se limitó a colocar su fusil a la espalda y sacó la temible espada Heissrabe con sigilo, se agachó todo lo que pudo y avanzó rodeando la posición como si fuera parte de la propia oscuridad. El resto retrocedió unos pasos lentamente esperando acontecimientos con las armas preparadas, sabiendo que en el momento en el que se percataran de la presencia de Lilith tendrían que intervenir inmediatamente.

Cuando sucedió, fue rápido. Un enorme Astartes, despistado, permanecía al lado de una de las compuertas de carga de la nave, ignorando lo que se aproximaba por detrás de él. Lilith se deslizó hasta su espalda, y cuando estuvo lo bastante cerca hundió la Heissrabe con todas sus fuerzas por una de las juntas posteriores de su servoarmadura, girándola con un movimiento seco destinado a partir los huesos y causar el máximo daño posible. El Marine Espacial emitió simplemente un gorgoteo ahogado mientras caía de rodillas, tras lo cual se desplomó en el suelo sin saber siquiera qué había pasado. Lilith se aseguró de rematarlo en el suelo clavando la espada profundamente en su nuca, tras lo cual se alejó para encontrar su siguiente objetivo. Para la psíquica no había necesidad de utilizar los modernos dispositivos en su casco para saber dónde se encontraban los soldados imperiales alrededor de la Thunderhawk, pues sus signos vitales flotaban en su mente, situándolos ante ella débilmente por la ventisca, pero lo suficientemente claros como para determinar su localización. Cualquier otro habría dependido de su visor para saber qué había ante él, pero Lilith podía moverse entre la nieve y el viento hasta donde era necesario sin depender de la tecnología, relegada ahora a un segundo plano por las interferencias.

Pudo detectar a un segundo Astartes frente a ella, a unos metros, y no parecía que nadie se hubiese dado cuenta de que uno de ellos ya había muerto por su espada sin siquiera poder defenderse. Repitió la operación de nuevo, consiguiendo el mismo resultado y dejando fuera de combate al gigantesco soldado, que sufrió algunas convulsiones en el suelo mientras la sangre regaba el hielo, tras lo cual se movió hacia un tercer objetivo situado un poco más allá, siempre cobijada en la oscuridad y cerca del casco de la Thunderhawk. Podría haber seguido igual hasta terminar con todos ellos, pero en ese momento, cuando ya vislumbraba a su siguiente víctima, se escuchó un grito ronco de alarma proveniente de algún otro soldado, el cual probablemente había encontrado el cadáver del primer Marine Espacial que había muerto a sus manos.

Se escucharon voces y cierto revuelo, pero Lilith no se dejó llevar por el pánico y permaneció pegada a una de las enormes patas de la nave. Percibió otros cuatro enormes Astartes que se acercaban al lugar donde cayó su primer compañero.

- ¡Randarg ha caído! –gritó uno de los Marines Espaciales mientras se escuchaba claramente cómo encendía su espada sierra, chirriante y amenazadora– ¡Desplegaos, nos atacan!

La biomante siguió quieta y tomó su rifle de fusión. Sabía que en un mano a mano con un Astartes quizá podía vencer gracias a su velocidad, pero enfrentarse a cuatro de ellos era un suicidio. En ese momento, cuando decidía cómo alejarse del lugar esquivando la terrible amenaza que se cernía, oyó claramente un sonido aspirado y poderoso que conocía a la perfección, seguido de un golpe seco. El Jagerstand del capitán había realizado su primer disparo, el cual seguramente habría impactado de lleno en la cabeza de algún Marine Espacial, volatilizándola. Acto seguido se escuchó una brutal sucesión de disparos atronadores, el Morloch de Gunter, mientras una amplia zona se iluminó con un resplandor naranja y azul producido por un incinerador. La Unsicht se enfrentaba a los Astartes contando con el factor sorpresa, y ella salió de las sombras dispuesta a vaporizar con su rifle al primer objetivo que tuviese a tiro.

CAPITULO VIII Editar

- ¡Seguid disparando! –chilló el teniente enloquecido mientras los focos iluminaban con claridad a los temibles Marines de Plaga, que avanzaban hacia ellos como si sus disparos no hicieran mella en las pútridas armaduras verdosas que portaban.

Habían aparecido de la oscuridad por el fondo del cañón, alrededor de una veintena de ellos, precedidos por diez mutantes enormes y desproporcionados que portaban armas tan inmensas como ellos, las cuales disparaban contra las posiciones imperiales causando auténtica devastación. Pese a haber sido alertados por el propio coronel respecto a la presencia de fuerzas enemigas en la zona, el teniente no esperaba que se tratara de algo tan sumamente brutal, contra lo que el centenar de soldados con los que contaba en esa posición no parecían poder rivalizar. Los cañones automáticos escupían fuego sobre ellos incesantemente, pero uno a uno eran alcanzados por los certeros disparos de plasma que los convertían en masas amorfas de carne burbujeante, fundiendo literalmente a los guardias que estaban a su alrededor.

Aquellos mutantes eran tan terroríficos como los daños que provocaban. Se trataba de criaturas deformes, llenas de extrañas protuberancias que ocultaban los pocos rasgos humanos que les quedaban, con gigantescos brazos y cabezas bulbosas, pústulas en su piel pardusca y varias bocas en lugares imposibles que lanzaban agudos chillidos y chasqueaban sus dientes afilados. Portaban grandes armas de plasma, en algunos casos unidas a sus propios cuerpos, y no parecían siquiera sentir el dolor de las heridas provocadas por los fusiles láser que impactaban contra ellos y en sus burdas armaduras, hechas con trozos de ceramita y hierro oxidado. Aquellas bestias blindadas sin embargo no eran lentas, sino que se desplazaban con inusitada agilidad gracias a los deformes músculos que los impulsaban, agrandados hasta el punto de que parecían ir a explotar en cualquier momento. Los Marines de Plaga parecían dejar que fuesen ellos los que encabezaran el combate, reservándose sin siquiera disparar y avanzando tras ellos pacientemente mientras arrasaban los parapetos imperiales, profiriendo carcajadas y gritos cada vez que se producía una deflagración o un soldado era literalmente desmembrado al ser blanco de uno de los disparos.

Poco a poco los mutantes fueron destruyendo las defensas escalonadas de los guardias como si fueran de papel. Sólo se escuchaban gritos y disparos, la agonía de los heridos y los salvajes chillidos guturales de aquellas bestias, engrandecidos por el eco en las paredes del cañón helado. Entonces, cuando se estaban aproximando peligrosamente a la entrada del templo, algunos Marines de Plaga se adelantaron velozmente a los mutantes y asaltaron las últimas posiciones, ansiosos por el cuerpo a cuerpo y por usar las brutales armas del Caos que portaban en sus manos. El teniente pudo ver cómo uno de ellos partía literalmente en dos a un desafortunado soldado que trató de esquivar inútilmente un brutal cuchillo, enorme y cuadrado, que lo atravesó del cuello a la ingle de un solo mandoble, esparciendo sus vísceras en un amplio radio y aterrorizando a los demás guardias que se encontraban cerca del lugar.

El resto del combate se convirtió entonces en una simple sucesión de muertes espantosas que sólo retrasaron brevemente el avance los siervos de Nurgle, hasta que sólo quedó un último reducto en la propia entrada del templo, donde se refugiaban los últimos supervivientes de la masacre tras un endeble parapeto hecho de sacos terreros y nieve amontonada. Nunca habrían pensado que nadie llegara hasta allí pasando por las posiciones adelantadas, con cañones automáticos y protegidas por la famosa infantería de Calis, pero en aquel momento estaba quedando más que patente su absoluta inferioridad ante el poder destructivo de las criaturas del Caos. Aquellos no eran muertos vivientes ni cultistas enloquecidos, como los que habían estado despachando durante días, sino la élite de Nurgle, lanzada contra ellos con el único objetivo de apoderarse del artefacto, causando la mayor carnicería posible durante la consecución de su objetivo. Y lo estaban consiguiendo.

El teniente vació su pistola inútilmente contra el pecho de ceramita enmohecida de uno de los Marines de Plaga, mientras retrocedía hacia la pared de hielo tomando el intercomunicador, aterrorizado.

- ¡Coronel! –bramó con desesperación– ¡No podemos pararlos! ¡Van a entrar…!

No hubo respuesta, pero en ese mismo momento algo le empujó con violencia hacia un lado, haciendo que cayese al suelo. Cuando pudo incorporarse vio cómo uno de los enormes Guardianes de la Muerte disparaba su bólter contra el mismo Marine de Plaga contra el que su pistola no hizo siquiera mella, acribillándolo con violencia y reventando la ceramita de su armadura en miles de esquirlas verdosas, haciéndolo trastabillar hasta que cayó de espaldas inerte. Tras él surgió otra docena de ellos, liderados por el comandante Rothstein, que impartió órdenes a los Astartes haciendo que se colocaran en posición para rechazar a los asaltantes con fría eficacia. El teniente sintió un inmenso alivio cuando vio que los siervos de Nurgle titubeaban y buscaban cobertura ante la salvaje andanada de proyectiles de bólter que les cayó encima, y él mismo se cubrió detrás de uno de los focos sin saber muy bien qué hacer.

- ¡Teniente, retroceda hasta la sala del artefacto! –escuchó entonces en su intercomunicador.

Era la voz del coronel, y no tuvo que decírselo dos veces. Llamó a gritos al escaso grupo de soldados que quedaban con vida tras el último parapeto, flanqueados por los Guardianes de la Muerte que seguían con su letanía de disparos y vaivenes de espadas–sierra, enfrentándose a los atacantes con ferocidad. Antes de entrar a la carrera en el templo, el teniente pudo ver como uno de los Astartes cercenaba el brazo izquierdo a uno de los mutantes con una brutal estocada, para rematarlo después con una ráfaga de bólter que hizo aparecer grandes agujeros en su pecho, de los cuales salió a borbotones una sustancia oscura que en tiempos quizá fue su propia sangre. El espectáculo en el cañón era dantesco, con cadáveres humeantes abrasados por el plasma, miembros amputados que aún sostenían armas de mano y un auténtico tapiz de sangre que destacaba en el blanco de la nieve iluminada por los focos.

Entraron a la carrera en el templo una docena de supervivientes dejando atrás la masacre, y se encontraron enseguida en la estancia donde reposaba el artefacto. El coronel Goldberg, el Inquisidor Bagone junto con su criatura babeante y algunos otros acompañantes rodeaban el artefacto que levantaban ahora los tecnosacerdotes, los cuales parecían haber acabado con el ritual que tanto tiempo les había llevado completar.

- Parece que finalmente sus hombres han sufrido un revés –bromeó el Inquisidor con sorna mientras miraba al grupo de guardias imperiales, aún temblorosos por lo que acababan de presenciar y de lo que habían escapado por los pelos–. Será mejor que nos dirijamos hacia la Thunderhawk por el túnel de servicio, los Guardianes los contendrán hasta que nos hayamos ido. Dicho esto y sin esperar réplica alguna se dirigió hacia el fondo de la sala junto con sus acompañantes, mientras los tecnosacerdotes lo seguían con el artefacto en volandas.

Las paredes temblaban con los impactos del exterior, y pequeños trozos de hielo se desprendían del techo con cada vibración, las cuales iban a más, pero nada de aquello parecía perturbar en absoluto a Bagone. Sabía que la ruta de escape era segura, no podía haber problemas, la comitiva sólo recorrería el túnel hasta la lanzadera del exterior y en pocos minutos estarían a salvo en el bastión, desde donde emprenderían el viaje de vuelta. En un par de días estaría presentando el artefacto ante el consejo del Ordo, lo cual le llenaba secretamente de satisfacción y perverso orgullo, pues sabía que su nombre sería encumbrado y su poder se acrecentaría enormemente. Su futuro estaba lleno de gloria y reconocimiento, tan solo tenía que abandonar aquel lugar helado e infecto, dejando tras de sí la representación del poder Imperial en forma de un bastión–catedral que serviría para guiar y dogmatizar a los habitantes de aquel planeta, si es que quedaba alguno con vida tras la batalla.

Entre tanto, en el lado opuesto de aquella situación se encontraba el coronel Goldberg. Los soldados de Calis habían quedado en evidencia al ser incapaces de contener el ataque de los esbirros de Nurgle en el templo. De haber contado con más efectivos las cosas no habrían resultado así, pero nadie habría podido esperar que fuese la élite de las tropas del Caos quienes dirigieran el ataque. Era simplemente imposible que la Guardia Imperial pudiese hacerse con la situación en aquellas condiciones; un puñado de soldados, sin apoyo de ninguna clase y cubriendo un agujero en un bloque de hielo enfrentándose a los Marines de Plaga, temidos incluso por los mejores guerreros del Imperio. Lo extraño era que hubiese quedado un docena de ellos con vida.

Pero el coronel sabía que nada de eso contaba para el Inquisidor. Tampoco contaba que los Guardias Imperiales estuvieran cayendo a miles por defender el monumento al fanatismo de la Eclesiarquía. Los Astartes habían tenido que enfrentarse a los guerreros de Nurgle para cubrir su retirada en aquel preciso momento, el más crítico, mientras los pocos soldados de Calis eran masacrados o huían como conejos. Nada de lo que pudieran hacer a partir de ese momento valdría absolutamente para nada, sólo se recordaría la humillación sufrida, y eso le quemaba más a Goldberg que cualquier otra cosa, pero no podía hacer absolutamente nada para cambiarlo. La pomposa corte de Bagone ya había emprendido el camino hacia la lanzadera, mientras el coronel y sus propios hombres los seguían en último lugar sin dejar de mirar hacia la entrada principal, por la cual se colaban sonidos de combate y fogonazos de bólter. En su interior los soldados de Calis temían que ni siquiera los todopoderosos Guardianes de la Muerte fueran capaces de contener a los siervos de Nurgle, y que en cualquier momento éstos aparecieran y comenzaran a destruir todo a su paso como habían hecho minutos antes.

Y entonces, cuando la comitiva comenzaba a ser engullida por la oscuridad del túnel helado que conducía al lugar donde se encontraba la Thunderhawk, se escuchó un grito seguido por una potente sucesión de disparos al frente. Goldberg desenfundó su pistola sin saber qué ocurría, mientras el resto de sus hombres apuntaban hacia las sombras temiendo que más guerreros de Nurgle estuvieran allí agazapados, esperándolos. El túnel era amplio y bajo, de unos ocho metros de ancho por dos de alto, sin iluminación alguna, de manera que sólo la luz artificial y débil que llevaban algunos de los aduladores de Bagone era la única fuente. Varios fogonazos blancos iluminaron el corredor durante unas décimas de segundo, mostrando salpicaduras de sangre que saltaban en todas direcciones y algunos cuerpos que caían al suelo. Los tecnosacerdotes retrocedieron con asombrosa agilidad pese a ir cargados con el artefacto, mientras se escuchaban más voces confusas y órdenes del Inquisidor.

- ¡Balhaus siegewig! –se oía poderosamente por encima de todo el jaleo en un idioma que el coronel no conocía, pero que para Bagone era familiar.

Todos retrocedieron de nuevo hasta la sala mientras los soldados disparaban sus armas a ciegas contra la oscuridad del túnel sin saber a qué se estaban enfrentando. Segundos después todos habían buscado cobertura y el volumen de disparos se redujo considerablemente sin que ningún enemigo saliera del túnel, hasta que las armas enmudecieron y tan solo el estrépito del exterior producido por el combate de los Guardianes de la Muerte y Nurgle inundó el silencio.

- ¡Herejes! –chilló el Inquisidor fuera de sí– ¡Acabad con ellos!

Todos miraron a Bagone extrañados, pero antes de que hubiese ninguna reacción se escuchó un nuevo disparo, y la cabeza de uno de los miembros de su corte que estaba a tiro se volatilizó en una explosión líquida y roja. De nuevo se sucedió la desordenada letanía de disparos contra la oscuridad del túnel, y pocos segundos después se detuvo otra vez.

- Todos a cubierto! –ordenó Goldberg tomando las riendas de la situación, tratando de evitar más muertes.

Sin embargo, repitiéndose la misma escena, se escuchó un disparo solitario y uno de los soldados de Calis cayó como un pelele al suelo con parte de la cabeza desintegrada. Sus compañeros comenzaron a disparar por segunda vez contra el túnel mientras el coronel trataba de recuperar el orden entre sus filas, pero el miedo y los certeros disparos que provenían del túnel habían causado el pánico entre los escasos supervivientes. Los tecnosacerdotes se habían situado alrededor del artefacto, mientras Bagone permanecía tirado en el suelo, con mirada asustada y sin una pizca del despreocupado orgullo que Goldberg había visto en él en los últimos días ahora que veía la muerte de cerca.

- ¡Cubrid la entrada! –dijo entonces el coronel al soldado que tenía más cerca, mientras trataba de acercarse agachado hasta la posición donde se encontraba el Inquisidor y sus acompañantes.

Creía tener una oportunidad. Si jugaba bien sus cartas quizá pudiera hacer valer a los hombres de Calis frente a Bagone y la Eclesiarquía. Quizá todavía no fuese demasiado tarde. Si era capaz de poner a aquellos presuntuosos a salvo era posible que todavía recibieran algo de reconocimiento por sus acciones, pues ni siquiera el Inquisidor podría pasar por alto que le salvaran el pellejo sin una sola muestra de agradecimiento. Era una oportunidad única. Un nuevo disparo solitario y otro hombre cayó fulminado exactamente del mismo modo que antes. Quienquiera que fuese el tirador estaba causando estragos, mientras que los soldados malgastaban su munición inútilmente disparando sin apuntar hacia la oscuridad. En el exterior se escuchaba aún el combate, pero la intensidad iba menguando. Para cuando Goldberg llegó a la altura del Inquisidor yacían en el suelo otros cuatro cadáveres que habían sido abatidos por el francotirador.

- ¡Coronel! –escupió el Inquisidor con rabia– ¡Tiene que sacarnos de aquí! ¡Esos malditos apóstatas acabarán con nosotros!

- ¿Apóstatas? –atinó a preguntar el coronel, extrañado.

- ¡Balhaus! ¡Son asesinos de Balhaus! He escuchado su maligna lengua ¡están buscando el artefacto!

Goldberg asintió. No sabía demasiado sobre Balhaus, salvo que se trataba de una remota cultura que llevaba mucho tiempo escindida y en guerra con el Imperio, pero contra los que nunca se había enfrentado. Si eran hombres tendrían sus debilidades, y desde luego no serían rivales de la Guardia Imperial, sobre todo si aún quedaban con vida un puñado de soldados de Calis.

- ¡Hombres! –entonó entonces con tanta ferocidad y arrojo que hasta el mismo Inquisidor se sobrecogió– ¡Preparaos para el asalto! ¡Por el Emperador y por Calis!

CAPÍTULO IX Editar

El combate alrededor de la Thunderhawk imperial posada en el hielo había sido breve pero muy intenso. La escuadra había despachado a varios Guardianes de la Muerte que permanecían custodiando la nave de forma despreocupada, pensando que nada podría ocurrir allí. La letal espada de Lilith, los certeros disparos del capitán y la cobertura proporcionada por Gunter y Dietrich fueron suficientes como para despejar los alrededores dejando la lanzadera a su merced, tras lo cual se limitaron a arrastrar los cadáveres y tirarlos por el borde del cañón.

- Colocad cargas –ordenó Wilhelm señalando los bajo de la Thunderhawk–. Si no conseguimos nada no quiero que ellos tengan la oportunidad de llevarse el premio tan fácilmente.

Durante un par de minutos todos ellos se afanaron en disimular varias cargas de detonación remota en el fuselaje de la nave, las cuales al explotar sin duda causarían un destrozo suficiente como para evitar que pudiese despegar, o derribarla si se encontraba en pleno vuelo. Quizá incluso pudieran usarla ellos mismos como vehículo de escape.

Una vez hubieron terminado se dirigieron hacia el lugar donde se en teoría se encontraba el acceso auxiliar al templo que Dietrich había localizado previamente, donde esperaban que hubiese más vigilancia que en los alrededores de la nave o el puente de hielo sobre el cañón. Contaban con la ventisca para pasar desapercibidos tal y como había sucedido anteriormente, pero por otro lado aquello también dificultaría el que pudieran orientarse o incluso encontrar el lugar correcto. No obstante, y para su sorpresa, en poco tiempo localizaron la entrada con bastante facilidad, pero mejor aún, estaba completamente desierta.

El acceso a simple vista parecía una simple gruta bastante ancha y baja situada en una pequeña ondulación del terreno, con témpanos colgando que le daban el aspecto de una boca gigantesca y plagada de dientes afilados, con un interior tan negro como el mismo cosmos. No parecía haber nada dentro ni rastro de soldados imperiales patrullando el exterior, de manera que la Unsicht se aventuró en la oscuridad con todos sus sentidos alerta para explorar la zona. Aquella abertura, en teoría, unía el páramo con el templo del cañón, situado a más o menos un kilómetro de distancia y con un desnivel de alrededor de doscientos metros de altura respecto al fondo, lo cual suponía una bajada pronunciada.

Una vez dentro comprobaron que en efecto no se trataba de una gruta natural, ya que cuando el hielo dejaba de cubrir las paredes éstas aparecían pulidas de una forma basta y con algunos relieves ornamentales poco definidos, realizados sin duda por aquella cultura arcaica que seguramente utilizaba el acceso como una entrada de servicio. Había algunos pilares caídos que antaño debieron ser columnas, escombros y algunos otros restos antiquísimos cubiertos por la escarcha, pero ni rastro de un solo ser vivo.

- ¿Por qué no hay nadie?–preguntó Dietrich mientras escudriñaba la oscuridad del frente tratando de vislumbrar dónde se encontraba el pasillo o túnel que los condujera hacia abajo, al templo.

Los demás avanzaban en paralelo, con las armas preparadas y esperando que en cualquier momento algo los sorprendiera.

- Es obvio que no esperaban visita por este lado –comentó Wilhelm–. Nurgle está atacando la entrada principal, ya hemos escuchado las explosiones. Dejaron atrás tan solo a unos cuantos Astartes para defender la nave, pero no les preocupaba que otros llegaran tan lejos. El grupo siguió avanzando hasta que encontraron un corredor que descendía ligeramente, y el cual sin duda llevaba a la base del cañón, donde se encontraba el templo. Podían escuchar en la lejanía algunos golpes secos, probablemente el sonido distorsionado de disparos. Allí abajo debía estar librándose una batalla terrible.

- Démonos prisa –dijo entonces el capitán–. Cuanta más confusión haya más fácil será que podamos sacar partido de esto. Andad con ojo de todas maneras, no perdáis de vista el túnel. Descendieron con rapidez mientras los sonidos amortiguados se convertían cada vez en más audibles, hasta que claramente se pudo distinguir el fragor de un combate. La violencia de las explosiones hacía retumbar el suelo y las paredes, y justo cuando creían que la oscuridad del túnel sería eterna, tras un recodo pudieron ver algo de luz artificial que venía de una cámara más abajo, pero que de la misma surgían varias sombras agrupadas. Alguien estaba subiendo por el túnel que la Unsicht acababa de recorrer.

- ¡Desplegaos y cubríos! –ordenó Wilhelm mientras tomaba posición y apuntaba con su rifle. Unos segundos después, mientras la comitiva que subía el túnel avanzaba sin saber que ellos estaban delante, el capitán tomó la iniciativa abriendo fuego sobre el primero de ellos que tuvo en la mira.

- ¡Balhaus siegewig! –gritó como orden para que todos dispararan.

Los fogonazos destellaron en la negrura y los individuos que iban a la cabeza del grupo fueron barridos de inmediato. Cuando trataron de retroceder Dietrich lanzó una salvaje llamarada de fuego que recorrió el túnel a toda velocidad abrasando completamente todo lo que encontró a su paso. Un denso olor a carne quemada y chasquidos de huesos ardiendo inundaron el lugar, junto con gritos agónicos sofocados, mientras los supervivientes del grupo retrocedían atropelladamente hacia la estancia que hacía poco acababan de abandonar.

- ¡Tienen el artefacto! –dijo Lilith por el intercomunicador tras localizar a los tecnosacerdotes que trataban de cubrirse mientras ponían el objeto que portaban a salvo.

- Mantened la posición –ordenó el capitán mientras empezaban a llegar los primeros disparos de respuesta, la mayor parte de ellos al azar, los cuales impactaban en el techo y las paredes sin siquiera acercarse a ellos–. Están atrapados.

Los soldados del Imperio dispararon durante un buen rato sin tino, hasta que su cadencia fue languideciendo y finalmente se detuvo por completo. Entonces Wilhelm apuntó con el Jagerstand a uno de los infortunados que no estaba completamente a cubierto y realizó un disparo, el cual impactó de lleno contra su cabeza volatilizándola en una décima de segundo. Esto desencadenó una segunda oleada de disparos al azar que no consiguieron nada contra con los soldados de Balhaus, y cuando de nuevo se detuvieron, se repitió el proceso y otro soldado fue abatido. Los intercambios de disparos se sucedieron de esta forma hasta que se escuchó un grito poderoso que provenía de la propia sala, y cuyo objetivo sin duda era acabar con la situación de desventaja que estaban padeciendo. Se trataba de una voz que arengaba a los hombres a asaltar la posición que ocupaba la Unsicht, un grito para infundir valor en los hombres y temor en los enemigos: “¡Por el Emperador y por Calis!"

Sabían que aquello era algo bastante común entre las tropas imperiales, pues cuando se enfrentaban a una situación en la que estaban llevando las de perder, sus mandos muchas veces apelaban a las consignas y el fanatismo hacia su Emperador para realizar acciones que en cualquier otro caso se considerarían suicidas. Lo más curioso del asunto era que aquello funcionaba, y cuando esto sucedía los Guardias Imperiales luchaban como dementes, con la esperanza de que una vez muertos su esencia se reuniría con la de su amado líder en otro plano de existencia…o algo parecido.

- Atentos a mi señal –ordenó Wilhelm sabiendo perfectamente lo que iba a pasar a continuación.

Tras los poderosos gritos que provenían de la sala y a una señal convenida, alrededor de una docena de Guardias Imperiales salieron de sus parapetos disparando hacia el túnel y tratando de alcanzar posiciones más adelantadas, desde las cuales quizá pudieran escudriñar con más facilidad la oscuridad del corredor desde la que disparaba la Unsicht con total impunidad. El capitán pudo distinguir incluso a un alto mando entre los asaltantes, un comandante o un coronel, pero no eran demasiados, y sus disparos tampoco estaban resultando peligrosos debido a que no tenían blancos claros, así que a una voz ejecutiva los soldados de Balhaus abrieron fuego a la vez y barrieron completamente la amenaza sin sufrir un solo rasguño.

Aquella carga, la cual a ojos de cualquier adepto al culto Imperial podría haber resultado heroica, no parecía en realidad más que un gesto desesperado de inmolación que había acabado inútilmente con la vida de todos ellos. Cuando se disipó el humo de las armas y los fuegos químicos causados por el incinerador de Dietrich se hizo el silencio, tan solo roto por algunos ecos del combate del exterior entre los Guardianes de la Muerte y los guerreros de Nurgle. Los soldados imperiales habían sido abatidos, y tan solo quedaban unos pocos cortesanos desarmados y aterrorizados, además del Inquisidor, su criatura y los tecnosacerdotes, los cuales no se habían separado del artefacto.

Con un mohín de disgusto, finalmente Bagone se levantó regiamente y encaró la oscuridad del túnel sacando lentamente la espada que portaba en el cinto de su bella armadura, siempre seguido por su enloquecido servidor, que caminaba tras él casi a cuatro patas como si fuera un mono. La hoja que portaba el Inquisidor estaba llena de runas y desprendía pura energía, mostrando en su voraz filo los años de servicio que había prestado a la Inquisición rebanando cuellos alienígenas y de todos aquellos que habían osado enfrentarse a los heraldos de la verdadera fe.

- ¡Herejes de Balhaus! –entonó amenazador mirando hacia la negrura mientras apuntaba la espada hacia ella– ¡Os conozco! ¡Os conmino a que os dejéis ver, cobardes!

No hubo respuesta inmediata, pero segundos después se escucharon algunos pasos pesados y cuatro figuras emergieron del túnel rápidamente, encarándose uno de ellos a Bagone mientras los otros tres se repartían por los laterales de la sala sin perder de vista a los que se encontraban allí, en actitud defensiva y sumisa.

- Escoria traidora –se limitó a mascullar malignamente Bagone cuando pudo ver con claridad en la placa pectoral del líder la Cruz de Hierro que utilizaban como símbolo–. Debí suponer que andaríais cerca. Es una lástima que el Imperio no os dedique la atención que merecéis…

- El Imperio tiene guerras más grandes a las que atender, eminencia –dijo el capitán usando su título con sorna–. Y si vuestro Emperador fuera tan infalible como presumís, habría previsto que no sólo Nurgle es una amenaza para sus intereses aquí.

Se escuchó un ronco gruñido de aprobación emitido por el soldado más grande, que apuntaba su brutal arma contra los lacayos de Bagone mientras los otros dos no perdían de vista a los tecnosacerdotes que rodeaban el artefacto.

- Somos sordos a vuestras palabras –escupió el Inquisidor orgulloso–. Sólo cuando todos vosotros, enemigos de la verdadera fe, seáis purgados en los fuegos redentores terminará nuestra cruzada.

- Tu cruzada termina aquí –interrumpió Wilhelm, cortante –. Ahórrate tu catecismo de púlpito, a nadie le interesa.

Durante esos breves instantes, aunque la mayor parte de los individuos en la sala no había reparado en ello, el ruido que provenía del exterior se había extinguido, y unos segundos después el propio comandante Rothstein había aparecido precipitadamente junto con otros cinco Guardianes de la Muerte por el acceso principal, con sus armaduras marcadas por el combate y cubiertas por un limo verdoso y putrefacto de origen desconocido. El combate con los esbirros de Nurgle parecía haber terminado por fin, y pese a haber vencido parecía que las bajas Imperiales habían sido muy significativas. El Marine Espacial observó la situación fugazmente antes de actuar. El Inquisidor y su penitente estaban frente a un hombre que portaba una armadura negra, muy diferente a las de un Astartes, menos espectacular y aparatosa, la cual parecía absorber la luz en su tono mate. Alrededor de la sala había otros tres, uno de ellos una mujer, y sobre todo destacaba otro de ellos, gigantesco, incluso más que un Marine Espacial. Era obvio que no eran siervos de Nurgle, pero podían verse cadáveres de Guardias Imperiales alrededor de la entrada del túnel por donde se suponía que era la ruta de escape hacia la lanzadera, luego estaba claro que se trataba de otra clase de enemigos.

Entonces alguien, quizá un Marine Espacial o tal vez un soldado de Balhaus, abrió fuego repentinamente y se formó un nuevo frente allí mismo, provocando que todos buscaran cobertura mientras se realizaba un denso intercambio de disparos. Uno de los Astartes cayó fulminado por la ráfaga de un arma pesada que destrozó gran parte de su armadura en pedazos haciendo que saliese despedido hacia la entrada como una bola de sangre y vísceras, y del mismo modo el capitán de la Unsicht también recibió un impacto de bólter que lo alcanzó en la hombrera derecha, haciendo que perdiera el equilibrio y cayese al suelo aparatosamente.

La refriega de disparos prosiguió hasta que algunos de sus protagonistasdecidieron abandonar sus coberturas y enfrentarse mano a mano contra los oponentes. De este modo el jefe de los Astartes se lanzó contra el enorme legionario de Balhaus con su espada sierra encendida y aún con restos repugnantes del combate previo contra los guerreros de Nurgle, mientras éste se defendía con la gran bayoneta de carga que tenía en el extremo de su brutal arma. Por otro lado la mujer se había lanzado directamente contra el Inquisidor situándose en medio de éste y Wilhelm, mientras que Dietrich trataba de contener al resto de Guardianes de la Muerte con las poderosas lenguas de fuego de su incinerador. Unos segundos después se libraban combates individuales en los que por el momento los legionarios de Balhaus llevaban las de perder Bagone trataba de alcanzar con potentes tajos de su espada a la mujer, la cual se movía a su alrededor con gran habilidad y velocidad, esquivando cada tajo y lanzando otros que a duras penas podía detener el Inquisidor. En un momento dado Lilith concentró su energía y lanzó una temible oleada de poder psíquico contra su oponente, la cual en condiciones normales habría provocado que su sangre hirviera y hubiese quedado reducido a una masa de carne humeante, pero para su sorpresa, tras liberar el repentino poder que le otorgaba su biomancia, no sucedió nada. El Inquisidor al ver la reacción de la mujer esbozó una amplia sonrisa mientras su criatura, siempre tras él pero en un segundo plano, realizaba movimientos espasmódicos.

- Una bruja no es rival para el bastión de la verdadera fe –siseó con infinito desprecio–. Tus poderes malignos nada pueden hacer contra mí, puta infernal.

Lilith retrocedió unos pasos confundida hasta que reconoció la razón de que sus poderes no hicieran mella en el Inquisidor del Ordo Xenos. El penitente. La criatura ausente y con aspecto repulsivo que lo acompañaba siempre era sin duda un psíquico amarrado a Bagone, el cual actuaba como pantalla psíquica para evitar que cualquier ataque de esta índole contra su amo fracasara. Seguramente se trataba de una pobre criatura a la cual torturaron con brutalidad para luego lobotomizarla y hacer que formase parte de la corte del Inquisidor, purgando sus supuestos pecados hasta que muriese. Cualquier intento por parte de Lilith para dañar a Bagone con sus poderes sería inútil, y peor aún, posiblemente aquella criatura babeante podría no sólo contrarrestar sus poderes, sino también utilizarlos contra ella misma.

En ese preciso momento, y materializando sus temores, el penitente arqueó su cuerpo retorcido y huesudo y Lilith sintió un dolor punzante en la mano donde sostenía su Heissrabe, haciendo que la soltara mientras el latigazo psíquico se trasladaba a su columna haciendo que prácticamente se derrumbara de dolor. Casi dejó de ser consciente de lo que había alrededor suyo, pero con la vista nublada vio que Dietrich había acabado con un par de Guardianes de la Muerte mientras el resto se escondía del potente fuego que escupía su incinerador, el cual parecía incluso capaz de abrasar la dura ceramita de sus armaduras. En el otro lado de la sala Gunter luchaba a brazo partido contra el comandante de los Marines Espaciales, recibiendo algunos golpes de espada–sierra que hicieron saltar esquirlas de su armadura, causándole incluso alguna herida por la profundidad de los cortes. No pudo ver dónde se encontraba el capitán.

- ¡La purga alcanzará a todos los herejes! –entonó entonces Bagone como si se tratara de una letanía repetida miles de veces mientras se acercaba con tranquilidad hacia el cuerpo exánime de Lilith, dispuesto a rematarla en el suelo con su temible espada.

Estaba levantando la hoja ya para dar el golpe final y decapitar a su enemiga cuando se detuvo repentinamente, ya que notó una enorme salpicadura de sangre que bañó su espalda y cubrió su cabeza. Al girarse sobre sus talones sólo pudo presenciar cómo el penitente caía con un agujero del tamaño de un puño justo bajo el cuello, sangrando a borbotones y boqueando inútilmente mientras se le escapaba la vida con cada intento de respirar. El disparo había venido del lugar donde en un principio se encontraban los tecnosacerdotes protegiendo el artefacto, pero ellos ya no estaban allí. En su lugar estaba el jefe de aquellos herejes de Balhaus, con su arma humeante aún apuntando en su dirección, mientras a sus pies se encontraban muertos todos ellos, algunos con sus extensiones biónicas aún convulsas.

El filo encontró una hendidura y atravesó el cuerpo vertiginosamente, saliendo justo por debajo del esternón con un rápido chasquido de rotura de músculos, tendones y huesos. Bagone tembló y sintió mucho frío, mientras el siniestro siseo de la poderosa Heissrabe inundaba sus oídos como último sonido que escucharía jamás. Al no existir ya una pantalla psíquica que la mantuviese postrada, Lilith se había recuperado de inmediato y se había encontrado con el Inquisidor de espaldas, mirando a Wilhelm tras haber acabado con su criatura. No pensó en nada, sino que simplemente lo atravesó de lado a lado hundiendo la espada hasta la empuñadura por el resquicio lumbar que tenía su armadura, avanzando por su interior como si no hubiese carne ni hueso. Entonces realizó con su muñeca el brusco giro repetido infinidad de veces para causar aún mayor daño, asegurándose de que la herida sería fatal.

- Sin plegarias, hacia la oscuridad –le susurró entonces acercándose a su oído mientras los ojos del Inquisidor se tornaba vidriosos.

Extrajo la espada con un solo gesto, rápido y preciso, mientras varios chorros carmesí bañaban la hermosa armadura de Bagone, que cayó hacia delante como un muñeco golpeándose de cara contra el suelo, muerto antes siquiera de que se desplomara.

Entre tanto Gunter había combatido mano a mano con el comandante Rothstein y había acabado con él tras chocar varias veces la espada–sierra contra su armadura y la bayoneta, hasta que el legionario pudo agarrarlo entre sus brazos descomunales y romperle el cuello con una llave que hizo que midieran sus fuerzas y la potencia de sus armaduras en un abrazo asfixiante, venciendo el soldado de Balhaus por muy poco. Dietrich había conseguido deshacerse de los demás Guardianes de la Muerte con habilidad, haciendo que retrocedieran hasta la entrada principal escabulléndose hacia el exterior. Wilhelm estaba herido en el hombro, Gunter sangraba profusamente por múltiples heridas y algunas piezas de su armadura estaban partidas, mientras Lilith aún sufría las consecuencias del choque psíquico con el penitente.

- Tenemos que salir de aquí –dijo entonces Wilhelm más hablando consigo sí mismo que como una orden.

CAPÍTULO X Editar

Una especie de neblina roja era todo lo que podía ver el coronel Goldberg. Aparte de eso, el dolor lacerante en su costado derecho era la única sensación que le decía que seguía con vida, así que trató de moverse y el dolor se acentuó, pero no emitió sonido alguno. Cuando su vista comenzó a aclararse, pudo percibir que aún estaba en medio de la sala donde se produjo el combate contra los desconocidos que llegaron a través del túnel. Casi no había luz, pero en la penumbra podía ver que todos los Guardias Imperiales que se habían lanzado al asalto a su orden estaban muertos alrededor suyo, abrasados, con las manos retorcidas en gestos de agonía y algunos de ellos prácticamente eviscerados. Él había tenido mucha suerte, pues los proyectiles enemigos –algunos de ellos seguramente de gran calibre- habían reventado a varios de sus hombres como si fueran muñecos, pero él no había sido alcanzado directamente, aunque tenía una fea herida bajo las costillas, la cual sangraba lentamente y le causaba un dolor constante. Como si fuera un milagro, el fuego que casi había consumido a otros de los guardias imperiales a él no llegó a tocarle, aunque podía ver las marcas negruzcas a pocos centímetros de él, además del denso olor a carne quemada que inundaba el ambiente.

Se incorporó con gran esfuerzo, mareado y con náuseas. Sólo podía escuchar el viento escapándose túnel arriba, mientras que en la sala pudo distinguir más cadáveres, cortesanos, Guardianes de la Muerte e incluso el del propio Inquisidor Bagone, tumbado sobre una inmensa mancha oscura que sin duda era su propia sangre. Todo había terminado, pero no para él, como habría sido lo normal. El artefacto había desaparecido, no había rastro alguno de los atacantes y el murmullo del viento se transformó repentinamente en sus oídos en un extraño golpeteo que parecía un rumor de pasos atronando la estancia. Pocos segundos después escuchó una voz a su espalda, y al girarse con extremo dolor pudo ver a un capitán de la Guardia Imperial seguido por un pelotón de hombres fuertemente armados. Los refuerzos habían llegado. Demasiado tarde, por desgracia.

- Señor –dijo el capitán acercándose rápidamente mientras hacía un gesto con la mano para que se acercase un soldado con equipo médico–. ¿Se encuentra bien?

Goldberg le miró brevemente mientras comenzaba a recibir los primeros auxilios, con la mente perdida repasando lo último que recordaba.

- ¿Dónde están? –atinó a preguntar con los dientes apretados mientras el soldado comprimía su herida con una gasa.

- ¿A quién se refiere señor? –contestó el capitán.

- A los intrusos. Los que se han llevado el artefacto…

- No hemos visto a nadie –explicó–. Tan solo cadáveres, coronel. Ahí fuera hay un espectáculo espantoso…encontramos a algunos Guardianes de la Muerte heridos, han entrado con nosotros.

- El túnel –señaló Goldberg recuperando sus energías a medida que su mente se aclaraba–. Envíe un destacamento de inmediato. Han escapado por ahí. Tienen que detenerlos a toda costa ¿comprende? Si no nada de esto habrá servido en absoluto…

- A la orden –convino el capitán sin comprender muy bien a qué se refería su superior, pero sin cuestionarlo.

La Thunderhawk jadeó mientras comenzaba a elevarse despacio, con la ventisca golpeándola sin piedad haciendo que oscilara y la nieve colándose en sus potentes motores. Dietrich y el capitán trataban de pilotar aquella nave con la esperanza de poder alcanzar un punto de extracción seguro, al Sur, en la zona iluminada, donde pudieran pasar desapercibidos entre los combates del Imperio y Nurgle. Sin navegador ni artilleros, la cañonera era un mero transporte que simplemente llevaba a los cuatro legionarios y el artefacto, el cual había sido trasladado hasta allí por Gunter pese a estar herido. El aparato era capaz de cargar mucho más –más de dos docenas de Marines Espaciales–, de manera que su interior estaba prácticamente vacío.

- Con este tiempo pilotar esta nave es como pilotar una ballena de Doria –comentó Dietrich mientras trataba de orientar la Thunderhawk.

El capitán sonrió levemente mientras trataba de ayudar al tecnólogo. Dietrich tenía amplios conocimientos sobre naves y sistemas, como era de esperar de cualquier tecnólogo, si bien no podía pedirse también que fuese un piloto experto en cualquier situación y con cualquier tipo de nave.

- Rumbo dos, dos, nueve, siete –entonó entonces mientras notaba la vibración en los mandos y pedales debido a las fuertes inclemencias–. Agarraos, estaremos en nuestro destino en pocos minutos.

La nave emitió un poderoso rugido mientras atravesaba la ventisca en dirección a la zona iluminada de Tharon. El plan era volar bajo y tratar de sobrepasar las zonas de combate más violentas hasta llegar a uno de los puntos de extracción convenidos, donde pudiese recogerlos una lanzadera de Balhaus. Una vez llegados a ese punto el resto no debería suponer demasiada dificultad, pues las fuerzas de Nurgle estaban concentradas en el ataque masivo al bastión imperial, y su flota estaba también ocupada en intentar destruir cualquier tipo de ayuda que trataran de prestarles, persiguiendo las naves imperiales con fiereza. Había algunas franjas por donde una pequeña lanzadera podría colarse inadvertidamente desde la órbita sin que nadie se percatara de ello –usando tecnología de ocultación–, como bien había calculado la inteligencia de Balhaus, para después regresar junto con su preciosa carga hasta la nave nodriza, lo suficientemente alejada de Tharon como para no ser detectada. El plan se iba cumpliendo a la perfección punto por punto, al menos hasta el momento, aunque todo cambiaría en cuestión de segundos.

El proyectil era un simple cohete que impactó de lleno en la parte trasera de la Thunderhawk cuando se alejaba a gran velocidad, haciendo que Dietrich perdiera el control y el aparato comenzara a escorarse peligrosamente a más de setecientos kilómetros por hora. Había sido lanzado desde tierra por un Guardia Imperial, quien había salido del túnel que llegaba hasta el templo junto con todo un pelotón, enviados por el coronel Goldberg a detener a los intrépidos ladrones del artefacto. La nave perdió altura con rapidez y golpeó el suelo brevemente levantando una ola de hielo, elevándose otra vez mientras la cola era consumida en un rápido incendio. Un instante más tarde, y tras un titánico esfuerzo del piloto para mantenerla equilibrada y reducir la velocidad para que el impacto no fuera fatal, la Thunderhawk cayó pesadamente sobre su panza en la frontera intermedia entre la zona oscura y la zona iluminada, volcando y dando varias vueltas de campana hasta que se detuvo definitivamente entre una nube de humo y llamas.

Durante unos minutos la nave ardió con fuerza, pero no llegó a haber una explosión, y poco después sus ocupantes lograron salir del aparato, milagrosamente ilesos, aunque con algunas contusiones. Sus blindajes podían protegerles de las llamas cierto tiempo, siempre y cuando la temperatura no fuese demasiado alta, de modo que tras salir de lo que quedaba del aparato se alejaron agrupándose a una distancia segura del mismo. Tras cerciorarse de que todos estaban bien, o al menos no mucho peor que cuando abandonaron el páramo helado, el capitán comprobó que el artefacto, transportado por Gunter, no había sufrido desperfectos.

- Parece que todo está bien –dijo mientras lo revisaba por todos lados, tras lo cual se sentó en el suelo emitiendo un sonoro suspiro de alivio-. ¿Qué demonios fue eso?

- Nos alcanzaron con un cohete –explicó Dietrich-. Nos dio de lleno en la parte trasera. Hemos tenido suerte…

- Sí, un montón de suerte –dijo Gunter irónico.

- Pues sí, a decir verdad. Si llega a alcanzar uno de los tanques en vez de la cola, adiós Unsicht ¿sabes? Al menos hemos podido aterrizar de una pieza...más o menos.

- Tenemos que irnos –dijo Wilhelm incorporándose-. ¿Sabemos a qué distancia queda el punto de extracción? El tecnólogo hizo unos cálculos rápidos con su unidad Kampfcomm, en la cual se mostraron trayectorias y demás datos relevantes.

- Está a unos veinte kilómetros cuatro grados hacia el Sureste –dijo al fin-. Pero no puedo asegurar qué nos vamos a encontrar de camino, puede que haya habido movimientos de tropas desde que llegamos.

- Lo que es seguro es que saben dónde nos hemos estrellado y ya han mandado patrullas a interceptarnos –comentó Lilith mientras oteaba el horizonte-. Lo que vayamos a hacer, hagámoslo ya.

- En marcha –ordenó el capitán-. Dietrich, avisa al Supercollider. Solicita extracción inmediata.

CAPÍTULO XI Editar

El buggy pesado de seis ruedas traqueteaba mientras se movía rápidamente por el pedregoso terreno, flanqueado por varias motocicletas y vehículos ligeros que transportaban en total a unos ochenta Guardias Imperiales armados hasta los dientes. Establecido como vehículo de mando, el propio Coronel Goldberg, herido pero casi a plena capacidad, lideraba el grupo mientras se dirigían vertiginosamente hacia el lugar donde los escáneres habían localizado el impacto de la Thunderhawk, bajo un terrible sol que elevaba tanto la temperatura que obligaba a los hombres a estar a cubierto y usar trajes especiales refrigerados. Su orden de enviar un pelotón tras los intrusos en el templo y el afortunado disparo de uno de los soldados había permitido que tuviera aquella segunda oportunidad, y esta vez no permitiría que le cogieran por sorpresa. Aparte de aquellos ochenta Guardias Imperiales había requerido también la participación de un pelotón de blindados Leman Russ, los cuales se dirigían hacia el mismo punto en aquel mismo momento, aunque más despacio que ellos.

El coronel estaba decidido a aplastar a quienquiera que fuesen los que habían matado a Bagone y robado el artefacto. Los mataría y después presentaría él mismo aquel ingenio arcano ante la Eclesiarquía, reclamando el honor para Calis. Ni Bagone ni ningún Astartes pretencioso como Rothstein podría ahora arrebatarle ahora el derecho a reclamar su gloria. Sólo él había sobrevivido, y sólo él tenía ahora la oportunidad de alzarse triunfante. Ya podía verse a sí mismo ensalzado, ascendido a general y retirándose con todos los honores tras una vida entera de arduo servicio al Emperador. Su nombre resonaría en las escuelas de la Guardia Imperial, los alumnos estudiarían sus logros y tácticas, los soldados se referirían a él con admiración y pondrían su nombre como homenaje en alguna gran base Imperial. Pero para ello tenía que recuperar el artefacto a toda costa.

- ¡Señor, hacia el Sur! –avisó el observador desde la parte superior del buggy de mando. Goldberg se levantó del asiento mientras un latigazo de dolor recorría su costado herido, pero quería ver por sí mismo qué estaba ocurriendo. Agarrado a una de las barras se encaramó hasta que pudo ver con claridad lo que tenían delante, manteniendo el equilibrio. Allí al frente, más o menos a unos cuatro o cinco kilómetros, se elevaba una columna de humo negro que comenzaba a disiparse ya. Sin duda era un vestigio del accidente de la Thunderhawk robada, así que con suerte quizá sus pasajeros se habían matado, con lo cual recuperaría el artefacto de inmediato, aunque si no era así confiaba en que no hubiesen ido muy lejos.

- Dirígete directamente hacia allí y acelera –ordenó al conductor, mientras se volvía hacia el operador de radio que estaba cerca de él-. Comunica nuestra posición y solicita un informe sobre los movimientos enemigos.

El buggy aceleró atravesando la pista de piedras hasta que el suelo pasó a ser arenoso y más liso, permitiendo que se redujera el traqueteo y las ruedas impulsaran con más facilidad el vehículo. Unos pocos minutos más tarde llegaron al lugar del impacto, donde pudieron ver la nave destrozada, humeante y aún con algunos pequeños fuegos de promethium a su alrededor, todo sobre una gran mancha negruzca de hollín.

- Despliéguense por escuadras –ordenó el coronel mientras bajaba del vehículo, notando el intenso calor y buscando con la mirada algún cuerpo tirado en los alrededores. Los Guardias Imperiales se situaron ordenadamente y con profesional rapidez alrededor de los restos de la Thunderhawk, cerrando el círculo para asegurarse de que cubrían todos los ángulos y no quedaba nada al azar.

- Cuidado al acercarse –dijo guiado por el instinto y la experiencia-. Si no han muerto es posible que hayan situado algún cebo-trampa antes de marcharse. Que nadie toque nada. Busquen el artefacto con cuidado.

Algunos guardias imperiales comenzaron a revisar los restos mientras un nutrido grupo no perdía de vista el armazón principal, como si esperaran que de repente surgieran de él todos los demonios de la disformidad. Sabían que los que habían robado la nave se habían enfrentado y vencido a varios Guardianes de la Muerte, a un Inquisidor y a un buen número de guardias imperiales, de manera que si alguno de ellos seguía con vida, incluso estando herido, podría ser un oponente muy peligroso. La búsqueda estaba resultando infructuosa hasta que de repente, cuando varios guardias se acercaban a los restos de la cabina, se produjo una fuerte explosión de origen desconocido que barrió a una docena de ellos despedazándolos e hirió a otros tantos con esquirlas de metralla proveniente de los restos de la propia Thunderhawk.

Cuando pasó la confusión inicial el coronel trató de recuperar el control sobre los hombres. Había sangre por todas partes, incluso él mismo había quedado cubierto por una fina lluvia roja. No se había tratado de algo accidental, como la explosión de un tanque de combustible, estaba claro que la deflagración había sido provocada por una carga colocada a propósito, como Goldberg había advertido. Sin embargo estaba seguro de que ninguno de sus hombres la había accionado.

-¡Oficiales! –gritó poderoso sobre los gritos de los heridos- ¡Utilicen sus auspex y abran bien los ojos! ¡Nos están observando!

El capitán von Koenig vigilaba a través de la mira de su fusil Jagerstand desde una buena distancia –alrededor de dos kilómetros- y oculto tras la pendiente de una pequeña elevación, mientras en una mano sujetaba el pequeño dispositivo que hacía detonar las cargas de control remoto que habían puesto en el fuselaje de la nave antes de hacerse con ella en el páramo. Tras el accidente sólo dos de ellas habían permanecido en su sitio y activadas, el resto se habrían perdido al impactar contra ellos el proyectil que los derribó y la posterior colisión. Por suerte el dispositivo de seguridad de aquellas cargas aseguraba que pasara lo que pasara sólo podían explotar mediante la señal del detonador, ni siquiera el fuego u otras explosiones podían afectar al mecanismo, pues era inocuo hasta que recibía la señal convenida, de manera que las cargas también servían como bombas trampa.

- He cazado a unos cuántos –murmuró el capitán con media sonrisa, observando la confusión creada y cómo los guardias corrían de un lado a otro como ovejas asustadas-. Si llegamos a tener un par de explosivos más nos habríamos cargado a casi todos. Lilith había presenciado también lo sucedido con los prismáticos, sabiendo que a esa distancia era prácticamente imposible que los guardias los vieran.

- No creo que esto los detenga mucho tiempo –dijo preocupada-. Deberíamos ponernos en marcha.

- Sí, no tardarán en encontrar nuestro rastro –contestó Wilhelm incorporándose-. Espero que Gunter y Dietrich tengan suficiente ventaja…

La estrategia que habían planteado pasaba no sólo por hacer detonar las cargas en los restos de la Thunderhawk y causar el máximo daño posible, sino también por establecer un señuelo –Lilith y él mismo- que los guardias imperiales persiguieran, mientras Gunter y Dietrich se dirigían a marchas forzadas hacia el punto de extracción convenido. El capitán y la biomante tratarían de distraer –y en último caso de contener- a los enemigos mientras el artefacto era puesto a salvo, de modo que ocultaron lo máximo posible el rastro de sus compañeros que se dirigían hacia el Suroeste mientras dejaban algunas pequeñas trazas del suyo, el cual se encaminaba engañosamente hacia el Sureste. Una vez hubieran alejado a los perseguidores del rastro real, tratarían de escabullirse de algún modo y ser recogidos en algún lugar seguro.

El plan en sí no tenía muchas posibilidades para quien fuera a hacer de liebre, y dado que Gunter era quien debía transportar el artefacto –era el más fuerte pese a estar herido- y Dietrich quien podía establecer nuevas coordenadas de recogida en caso de que fuera necesario, estaba claro que ninguno de ellos podía ser el señuelo. Wilhelm estableció que sería él quien realizaría la maniobra de distracción mientras los otros tres se dirigían al punto de recogida, pero enseguida se encontró con la oposición de todos. Finalmente tuvo que ordenar que se marcharan, pero aún así Lilith se negó en redondo sin importarle las posibles consecuencias que podría traer la desobediencia a un mando superior. Tras una dura discusión en la cual se olvidaron los galones y sin poder hacer que entrara en razón, el capitán al final tuvo que acceder a que ella lo acompañara mientras Gunter y Dietrich se ponían en marcha hacia el lugar de recogida. Según su argumentación, dos aún podrían tener posibilidad de detener a un número mayor de guardias imperiales en caso de necesidad, si bien la esperanza de Wilhelm era que no llegaran a ese extremo y que pudieran despistarlos una vez se hubieran alejado lo suficiente como para dar tiempo a sus compañeros. En todo caso agradeció el valiente gesto de la biomante.

- Nos dirigiremos hacia aquella zona –dijo el capitán señalando hacia unas extrañas elevaciones monolíticas que se distinguían a unos tres kilómetros más hacia el Sur-. Desde allí podremos seguir teniendo una buena visión y estaremos resguardados en caso de que las cosas se pongan feas.

Lilith asintió y se pusieron en camino, sabiendo que en breve los perseguirían y tendrían que emplear todo su genio para poder burlarlos si querían escapar con vida.

- Quince muertos y treinta y seis heridos, coronel –informó el capitán de la Guardia Imperial cuadrándose ante Goldberg marcialmente-. Ocho de ellos probablemente morirán también si no los evacuamos rápido.

- Hemos caído como conejos –masculló con decpeción mientras se frotaba la cara-. Aunque los enviemos de vuelta hacia nuestras líneas es posible que se encuentren de boca con patrullas de Nurgle. ¿Dónde están los blindados?

- Llegarán en unos minutos, coronel.

- Asigne una escuadra que acompañe al vehículo de evacuación. Quizá tengan suerte y lleguen a donde puedan atenderlos.

- A la orden.

Goldberg avanzó unos pasos revisando el lugar. Tras la explosión la Thunderhawk había dado otro par de vueltas por el suelo, había restos humanos esparcidos a su alrededor y algunos cadáveres irreconocibles que estaban siendo retirados.

- Malditos cerdos –dijo rabioso-. Me las vais a pagar todas juntas.

Regresó al buggy de mando y llamó al capitán y otros oficiales. Los rastreadores ya estaban revisando el terreno circundante, así que era cuestión de tiempo que hubiera alguna noticia. Se habían llevado el artefacto e iban andando, de modo que no podrían estar demasiado lejos, y pese al incidente de la trampa explosiva la superioridad numérica imperial era abrumadora. Entre tanto una veintena de blindados aparecieron rápidamente con el rugido de sus motores, haciendo que los soldados de Calis se envalentonaran y su ardor por vengar a sus compañeros caídos creciera exponencialmente.

- Tenemos un rastro que se dirige al Sur –informó uno de los oficiales-. El auspex no muestra nada, pero es un rastro claro.

- Vamos hacia allí –ordenó el coronel de inmediato-. Que un par de exploradores sigan examinando la zona aquí y avisen en caso de que encuentren algo.

Desde la distancia, tumbada en el suelo y observando la situación desde la loma, Lilith era testigo de las acciones del enemigo.

- Ahí vienen –dijo-. Y se han traído todo un batallón de Leman Russ para acompañarlos.

- Estupendo –dijo Wilhelm con su habitual ironía mientras preparaba su arma-. Esto va a ser memorable.

Ambos sabían que nada podrían hacer contra los tanques, los cuales iban en vanguardia seguidos por todo el grupo de soldados en los vehículos ligeros, mientras que por delante de ellos avanzaban un par de guardias imperiales en motocicleta, analizando el terreno a cada poco tiempo e indicando la dirección a seguir a toda la columna. No tardarían más que unos momentos en presentarse allí, y entonces las cosas se pondrían realmente feas. No habían contado con que el Imperio desplegara semejante potencia para darles caza, y menos que utilizaran todo un pelotón de blindados, sino que esperaban algo más liviano.

- Si se han traído todo esto aquí no sé qué les quedará para combatir contra las tropas de Nurgle –bromeó Wilhelm, pero mostrando preocupación-. Tenemos que cambiar el plan, no aguantaremos ni un minuto…

- Al menos se lo han tragado –dijo Lilith-. A estas alturas Dietrich y Gunter estarán en el punto de recogida.

- Eso espero. Separémonos para ponérselo un poco más difícil. Sitúate a la izquierda, yo comenzaré a disparar desde la derecha. Aquí será complicado que puedan maniobrar.

El lugar donde se encontraban era una zona pedregosa, con elevaciones suaves y grandes rocas, algunas de las cuales se levantaban varios metros como enormes monolitos moldeados por el viento y la arena a lo largo de los siglos. Dentro de aquel con comodidad, así que posiblemente se limitarían a bombardear la zona con fuerza para luego permitir que los guardias imperiales limpiaran la zona a pie. La única esperanza era que tras entretenerlos un poco pudieran escapar hacia el Sur de algún modo, si bien ambos sabían que aquello sería muy difícil.

Se separaron y Wilhelm apoyó el rifle sobre una roca. Instantes después, cuando la biomante le comunicó que estaba en posición, realizó el primer disparo, el cual impactó en el tanque de la motocicleta de los rastreadores haciendo que en un segundo el promethium los envolviera en llamas. Aquello cogió de improviso a toda la columna, de manera que antes de que hubiese alguna reacción el capitán tuvo tiempo de hacer varios disparos más, todos letales, los cuales alcanzaron a conductores y artilleros de los vehículos ligeros situados detrás del muro de acero que presentaban los Leman Russ al frente.

La respuesta no se hizo esperar demasiado y obligó a Wilhelm y Lilith a ocultarse rápidamente, pues una cortina de obuses cayó sobre la zona rocosa como un manto de muerte, estallando y levantando fragmentos de piedra durante alrededor de un minuto. Una densa polvareda cubrió el lugar enseguida, pero ninguno de ellos sufrió daño, de modo que volvieron a moverse y a situarse tras nuevas coberturas. En ese momento, tras el bombardeo inicial, ambos fueron sorprendidos por sus intercomunicadores.

- Unsicht, aquí alfa dos –dijo una voz conocida por ambos, la del tecnólogo-. Recogida realizada, nos dirigimos hacia la órbita.

Al parecer Gunter y Dietrich habían logrado llegar al punto de recogida sin novedad y ya estaban en camino hacia la nave junto con el artefacto, de modo que lo único que tenían que hacer ahora era salir de allí con vida.

- Unsicht, alfa uno –dijo de inmediato el capitán por el intercomunicador-, recogida urgente en sector seis, fuerte presencia enemiga, solicito coordenadas, zona comprometida. Se produjeron unos pocos chasquidos provocados por las interferencias en el intercomunicador, antes de que recibieran respuesta.

- Supercollider, orbita segura, enviamos lanzadera a seis, nueve, tres, seis. Tiempo estimado seis minutos.

- Alfa uno, entendido, cierro. Seis minutos. Ese era el tiempo que tardarían en llegar para recogerlos, a unos trescientos metros hacia el Sur siguiendo las coordenadas establecidas. Con suerte, y gracias a los monolitos quizá fuera posible que pudieran escabullirse hasta allí y la lanzadera pudiera recogerlos a toda velocidad.

- Hacia seis, nueve, tres, seis! –ordenó el capitán- ¡Rápido!

La biomante abandonó su escondite y se reunió en el camino con el capitán justo en el momento en el que se escuchaba una segunda andanada y los motores imperiales a todo gas. Las explosiones barrieron la zona donde se encontraban anteriormente, pulverizando las rocas por completo y levantando columnas de arena varios metros en el aire. Todo lo que había allí desapareció en un segundo, y entre la polvareda comenzaron a aparecer los vehículos imperiales que transportaban a la infantería, disparando en todas direcciones con bólters pesados, cañones automáticos y cañones láser. Un disparo de bólter alcanzó en la espalda al capitán y lo derribó, tras lo cual se puso a cubierto tras una roca mientras notaba un dolor terrible. El blindaje había detenido el proyectil, pero se había resquebrajado y parte del impacto había golpeado su espalda. Lilith se detuvo allí mismo junto a él y disparó el rifle de fusión varias veces contra los guardias imperiales, escondiéndose a continuación.

- ¿Estás bien? –preguntó mientras una larga ráfaga impactaba contra la roca, haciendo saltar una nube de esquirlas.

- Sí, estoy bien –contestó el capitán, aunque notaba que el proyectil había entrado en la carne y comenzaba a sangrar, pero sin haber tocado ninguna zona vital.

La biomante se asomó de nuevo y lanzó una oleada de energía psíquica repentina y brutal contra el grupo de guardias imperiales en cabeza, los cuales habían abandonado los vehículos y avanzaban ahora disparando sin cesar, peligrosamente cerca de su posición. La ráfaga de energía los golpeó con fuerza y varios de ellos cayeron al suelo, haciendo que el resto buscara dónde protegerse haciendo que ganaran unos segundos. Lilith impuso sus manos sobre Wilhelm haciendo que la herida de su espalda se cerrara, como había hecho muchas otras veces, y se preparó para gastar sus últimas energías en transformar su propia carne en metal. Era el último recurso, y sabía que eso no iba a impedir que los masacraran, pero hasta que pudiera aguantar venderían caras sus vidas.

- No hay nada que hacer –dijo entonces a Wilhelm mientras los proyectiles silbaban a su alrededor.

El capitán se agachó para asomarse por un lado de su cobertura y poder ver el panorama, el cual era desolador. Alrededor de un centenar de guardias imperiales estaban allí, a menos de ochenta metros, disparando sobre su posición y apoyados por las armas de sus vehículos ligeros, además de varios tanques que buscaban una posición óptima para batir la zona con sus potentes cañones. En menos de un minuto los machacarían sin remedio, así que la situación era completamente desesperada. Cerca de ellos había una pequeña abertura, quizá la madriguera abandonada del algún animal de la zona, cosa que no les serviría para esconderse de sus enemigos, pero aquello le dio una idea. Se recostó contra la roca mirando a la biomante y transmitió una orden por el intercomunicador.

- Alfa uno, protocolo Zyklon sobre mi posición –dijo simplemente.

Hubo un intervalo de varios segundos en los que tan solo se escuchó el zumbido de las balas y el retumbar de los cañones acercando el inevitable final.

- Supercollider, confirmación –respondió una voz.

- Alfa uno, protocolo Zyklon, confirmado –contestó, mientras empujaba a Lilith hacia la pequeña cueva por la que se arrastraron desesperadamente hacia su interior, tratando de ocultarse bajo tierra para intentar escapar de la hecatombe en ciernes.

CAPÍTULO XII Editar

Goldberg observaba satisfecho la batalla desde una posición cercana, con la certeza de que todo acabaría enseguida. Los enemigos, por lo menos dos individuos, se escondían inútilmente del amplio grupo de guardias imperiales que los acosaban, además de estar soportando el constante cañoneo de los Leman Russ. Se disponía a ordenar que detuvieran el fuego para ver si era posible capturar a alguno de los enemigos con vida para poder interrogarlo cuando algo atrajo su atención.

Al principio fue una vibración extraña, como si el aire se cargara de electricidad, la cual creció en intensidad cuando las partículas comenzaron a concentrarse a toda velocidad. El coronel miró hacia arriba extrañado y percibió un destello distante, además de un sonido muy agudo que enseguida se transformó en el estruendo provocado sin duda por una brutal descarga de energía que atravesaba la atmósfera. Goldberg observó sorprendido el haz de luz de un par de metros de diámetro que apareció repentinamente justo en medio de las fuerzas Imperiales, como si desde las alturas algo estuviera señalando precisamente aquel lugar, y comprendió que aquello era el final. Tuvo sólo tiempo para encomendarse al Emperador justo antes de que la descarga atravesara la atmósfera en décimas de segundo, una andanada de color azulado proveniente del poderosísimo cañón de aguja del Supercollider, la cual impactó contra el suelo con inmensa violencia vaporizando al instante todo lo que encontró en un amplio radio y extendiéndose a toda velocidad, como una ola destructora e imparable que lo arrasó todo. Pocos segundos después todo quedó en silencio, mientras la ola de polvo levantada comenzó a asentarse de nuevo en el suelo. Cuando más tarde por fin se pudo ver el resultado de aquello, lo único que quedaba era una zona circular de alrededor de medio kilómetro de radio completamente devastada, negruzca y sin rastro de vida. Los guardias imperiales, sus vehículos y todo lo que anteriormente había allí había desaparecido por completo, dejando tan solo unos pocos vestigios humeantes de hierros semifundidos y burbujeando.

Pasaron un par de horas hasta que hubo un movimiento, el de una mano que surgía del suelo abrasado entre la fina arena cristalizada en la que se habían convertido los monolitos y las grandes rocas que poblaban anteriormente la zona. Wilhelm apareció poco después abriéndose paso con esfuerzo, casi sin aire y con una mueca de intenso dolor. Tras él apareció la biomante por el mismo agujero practicado por él, aturdida por la descarga de energía. Ambos se quedaron tendidos en el suelo percibiendo el olor acre de la destrucción en sus fosas nasales, heridos pero contentos de haber sobrevivido al ataque de sus propias fuerzas. Escucharon el sonido de los motores de una lanzadera, con lo cual ambos trataron de levantarse para salir de allí. Tharon había supuesto un duro reto para la Unsicht, pero una vez más habían cumplido con su objetivo. El Imperio y las fuerzas del Caos no tardarían en llegar hasta allí, pero sólo encontrarían restos calcinados, mientras Balhaus se llevaba el premio por el que con tanta fiereza habían luchado ambos bandos.

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