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Recuerdo aquel día como si fuese ayer. Todos muertos. Todos y cada uno de ellos, muertos, sin ninguna salvedad, excepto yo. La suerte o tal vez el Emperador quiso que yo sobreviviese. Allí estaba yo, comprando unas cosas cuando, sin previo aviso, llegaron esos malditos pandilleros a buscar lo que ellos llaman "suministros". Esos tipos venían de uno de los niveles más inferiores de la Colmena, así que eran gente peligrosa. La situación fue la siguente: ellos llegaron montados en motocicletas, se bajaron de ellas y los quince se pusieron a disparar a matar. Yo en ese justo momento pude esconderme de esa masacre.

Pasados unos segundos la nube de humo generada por los disparos, las motocicletas, el polvo levantado por los ahora muertos, fui tan estúpido de levantarme desde detrás de aquella caja de metal. Me levanté con las manos arriba y, temblando, con un sudor frío recorriéndome por todo mi cuerpo y con la voz temblorosa no se me ocurrió otra cosa que decir "¿Puedo unirme a vosotros?" En realidad deseaba que me aceptaran. Desde que era niño recuerdo en estar en ese orfanato lúbrego y olvidado por la luz del Emperador. Sabía que tarde o temprano iba a morir por alguna enfermedad o me mandarían a alguna estúpida guerra en un planeta alejado de la mano del Emperador, así que no tenía opción. Era unirme a esos bastardos asesinos o morirme de asco (literalmente) en ese orfanato de mala muerte. Otra posibilidad era ser alistado en las fuerzas de la Guardia Imperial, pero ni soñando dejaría mi vida en manos de un Comisario. Serán todo lo valientes que puede ser un hombre, pero no dudan en matar a uno de sus subordinados.

Volviendo al tema, el que parecía ser el líder de esos malnacidos, un tipo gracioso, con un ojo tapado por un parche y la mano derecha implantada de forma quirúrgicamente sospechosa (tenía dos manos izquierdas), me dijo que sería admitido si acababa con un señor moribundo que se encontraba a mis pies.

- ¿De veras tengo que hacerlo? - dije, sin saber que podrían haberme matado por contestar de esa manera.

- Pues tú verás - me contestó -. Toma ¡Julio, dale tu pistola!

Total, que cogí la pistola de ese tal Julio y entre lágrimas mías y de ese hombre inocente, acabé con su vida. No recuerdo una muerte que me hubiera costado tanto llevar acabo.

-Cojamos todo lo que podamos y vámonos. Oliver, llévate en tu moto al nuevo chico. Muchacho, lo has hecho bien, haz lo que te sirva para sobrevivir. Ah, puedes quedarte con la pistola de Julio.

Y desde ese momento la vida no sería igual que cuando la conocí. Nada sería lo mismo, nunca lloraría por matar a nadie.

Cuando llegué a la guarida de esos tíos, de los que yo ya era integrante, el jefe (mi jefe) se paró a hablar conmigo.

- Bueno chaval, tenemos que conocernos, ¿cómo te llamas?

- Me llamo Víctor Sullivan - mentí.

- Pues vale, Vistron Esquillam; desde ahora eres uno de los nuestros.

El muy idiota no quería saber mi nombre en realidad. De todas formas me daba igual cómo me llamasen.

La guarida era muy grande. En ella vivíamos unos setenta hombres. A mí me tocó dormir en una habitación cochambrosa. Recuerdo que casi me mató una viga cuando estaba durmiendo (¿o es dormiendo?) y me di un susto de muerte. Al levantarme el jefe estaba pasando por el pasillo anunciando que ya que estábamos bien equipados iríamos a por los Traston. Poco después supe que los Traston eran una banda rival. Por lo que se ve la vida en los niveles inferiores es muy dura y difícil.

Dejando las opiniones a un lado, una hora después de levantarme estaba vestido y armado con mi nueva pistola de fabricación marciana (o al menos es lo que dice Julio). Sin haber disparado nada más que para matar a aquel señor, iba a marchar a la batalla. Media hora después ya íbamos en dirección al Sector Dante en busca de nuestros adversarios. Dejamos las motocicletas y caminamos por esas malolientes calles hasta dar con un edificio más grande de lo normal. Era grande, peo no alto y tenía un aire de superioridad con los edificios de alrededor. Unos segundos después de ver esa estructura alguien gritó y nos lanzamos corriendo hacia el edificio. Los pocos guardias que estaban alerta intentaron en vano avisar a sus compañeros. Habíamos tomado la planta baja en cuestión de segundos, pero ir subiendo pisos era otra cosa. Según el jefe teníamos unos 20 minutos para escapar sin que los Arbites nos molestaran demasiado. Pasados unos cinco minutos ya teníamos la mitad del edificio en nuestro poder. El jefe estaba a mi lado y luchaba de una manera increíble. Tenía una Pistola Bólter de un tamaño descomunal. Parecía ser de Catachán o incluso uno de los Marines Espaciales. Por lo que a mí respecta, eso me parecía una leyenda porque no pueden existir unos seres humanos tan grandiosos y fuertes. Pero volviendo al tema, seguíamos avanzando y cuando quedaban dos plantas para llegar al final y quedarnos con el botín aparecieron los Arbites y los que se encontraban en la base del edificio para avisarnos huyeron. Los que quedábamos dentro, no teníamos más remedio que rendirnos. Nos rendimos todos y cada uno de nosotros, excepto el jefe. Rodeado de Arbites apuntándole, gritó sus últimas palabras:

- Pero ¿qué hacéis? ¡Atacad inmediatamente a esos perros inmundos!

Nosotros, con las cabezas gachas y las manos esposadas, no nos atrevíamos a soltar una palabra.

- ¡Vamos, nosotros podemos con ellos!

Sin previo aviso lanzó unas descargas de Bólter y mató a unos 3 Arbites y a un compañero. Los otros 2 Arbites se lanzaron a por él con sus armas cuerpo a cuerpo (no recuerdo muy bien qué armas tenían). Pero el jefe tenía un As en la manga (nunca mejor dicho). Sin balas para el Bólter se cogió su mano izquierda (la original) y la estrechó con la otra como si se estuviera saludando. Giró la mano y se oyó un "clic",como si se estuviera abriendo una puerta con una llave. Tiró de su mano y el condenado sacó ¡UNA ESPADA! Si, el tío tenía una espada cuyo mango era su mano apretada a la otra y su vaina era su propio antebrazo. Y el tío se desenvolvía bastante bien con ella. Hirió a un Arbites y fue el otro quien lo redujo. No sé si le clavó un cuchillo o le pegó con una porra en la cabeza; el caso es que estaba inmóvil, que era lo que ellos querían.

Al final del conflicto sólo quedamos treinta miembros de la banda. Fuera del edificio, los doce Arbites que quedaban en total nos hicieron formar filas. A los cinco minutos de estar en 3 líneas de diez hombres cada una (no es justo decir eso, también había mujeres) llegó un comisario de la Guardia Imperial. Tras presentarse al Comisario, uno de los Arbites nos dijo:

- Escuchad al Comisario Thompson.

Y eso hicimos, más que nada porque no teníamos nada más que hacer.

- Primero me presentaré. Soy Herald Thompson, Comisario del Regimiento Decimoctavo de Gravania III y tengo una propuesta que haceros. Podéis uniros a la gloriosa Guardia Imperial y defender al Imperio del mal, o podéis morir aquí y ahora. Tenéis diez segundos para decidirlo. El que decida unirse que levante la mano y se quede quieto con la mano levantada.

La verdad es que no me apetecía formar parte de esos idiotas uniformados, pero tampoco morir en unos suburbios de una Ciudad Colmena. Fui el primero y el único en levantar la mano.

Parte 1: Bautizo de fuego, sangre orka

En el cuartel

No tengo ni idea de qué les pasó a esos pobres diablos. Seguramente estén muertos pero en realidad no me importa. Parece increíble que en un solo día hubiesen pasado tantas cosas pero así era. En 24 horas me había convertido en pandillero y ahora en recluta. Al ser el único que se unió al ejército, el Comisario le dijo a los Arbites que él mismo me llevaría en su vehículo hacia el campo de entrenamiento. Y así lo hizo. Mientras nos dirigíamos al cuartel mantuvimos una conversación bastante agradable. Por lo que parece los Comisarios no son tan malos como los pintan.

- Bueno, ¿cómo te llamas? - me preguntó mientras yo mantenía la cabeza agachada.

- Mi... Mi nombre es Deivade Luminos, señor - le mentí, sin dejar de mirar al suelo.

- No seas tímido y dime, no sé...de dónde vienes, por qué te uniste a esa banda de maleantes y todo eso.

- Pues bueno, vengo de un orfanato en el cuadrante cincuenta y cuatro. Según dicen, mi padre murió en combate y mi madre poco después de una enfermedad, así que me acogieron en el orfanato. Y me uní a esa banda porque no tuve más remedio.

- Bah, no te preocupes por eso, todos tenemos errores pasados y el único que puede juzgarte es el Emperador. Por ahora preocúpate del presente y luego ya veremos.

Cuando llegamos a la puerta del cuartel me bajó del vehículo y me dijo que no le contara a nadie por qué me voy a alistar y que ya nos veríamos más tarde.

Al llegar al cuartel, no vi nada del otro mundo. Unos cuantos edificios, un muro bastante alto en el perímetro y poco más. Después de dar unos pasos por allí me encontré con un pelotón de unos nueve hombres y lo que parecía ser un sargento dando órdenes de que fuesen más rápido.

Al llegar al edificio principal, un hombre me preguntó mi nombre (falso) y mi edad (también falsa). Me dio un uniforme de recluta y unas botas.

- Dirígete hacia el pabellón siete, quinta sala - me dijo ese hombre con mala educación y una verruga en la nariz.

Después de una media hora buscando el maldito pabellón siete por fin llegué. Era un lugar sobrio, al igual que por fuera, excepto por los pósters que decían cosas como "Da la vida por el Emperador" y demás cosas motivadoras. Cuando entré a la sala cinco esperaba que sería un lugar lleno de soldados musculosos, fuertes y disciplinados. Craso error. Eran unos ocho tipos jugando a las cartas y tirando papelitos en las papeleras desde distancias más bien ridículas. Cuando entré el que estaba más cerca me miró, dejó su cigarro y su mano de cartas y me habló.

- Bienvenido al escuadrón número setenta y trés del Decimoctavo Regimiento de Gravania III. Pon tus cosas en esa cama y ponte firme, esto no es ninguna broma.

Así que hice lo que me ordenó. Estaba en la Guardia Imperial, el Martillo del Emperador, y no podía desobedecer o me ganaba un disparo en la cabeza. Cuando dejé mis botas en la cama todos y cada uno de los integrantes del pelotón se empezaron a reírse de mí.

- Ahora, debes hacer cincuenta flexiones en un minuto - dijo el que parecía ser el sargento del pelotón.

- Vamos no seas así Mark, tú seguro que también fuiste novato - dijo otro que jugaba a las cartas.

- La verdad es que sí, bueno, dejémoslo, ¿cuál es tu nombre?- me preguntó el sargento fiestero.

- Me llamo Deivade Luminos, señor - resultaba raro que dijera un nombre falso dos veces seguidas, pero así fue.

- ¡Ja! Vaya nombre más pomposo...en fin, señor Luminos, soy el sargento Alex Rowlan y tú eres el nuevo miembro de mi escuadrón. ¿Cómo diablos te han aceptado fuera del plazo anual de alistamiento? Bueno, déjalo. Oye, ¿sabes jugar al póker espacial?

- ¿Póker espacial? - pregunté.

- Es como el póker, pero con una baraja antigravedad.

- Hombre, al póker sí se jugar un poco.

Maldito idiota, ese póker especial era con unas cartas que tenían imanes y pesaban más de la cuenta, nada hecho por los del Adeptus Mechanicus. Después de jugar dos horas y ganar bastante dinero (qué malos eran esos tíos) se presentó el mismo Comisario que me trajo a este lugar.

- ¿¡Qué pasa aquí Rowlan!? ¡No arméis tanto jaleo que los de al lado están haciendo estudio de táctica y no les dejáis estudiar!

- Lo siento, señor Comisario, no teníamos la intención de eso, estábamos recreando la victoria de las tropas del Emperador en Armaggedon. 

-¿Crees que soy idiota?

- No señor, mire. Mark ayúdame, me va a matar un pielverde.

- ¡RATATATATATA!

- Gracias Mark, ahora ayudemos al señor Yarrick.

- ¿Lo ve comisario? - dijo ante mi mirada atónita, que no podía creer lo que estaba viendo.

- No oséis a mentar a Yarrick en mi presencia; tras una larga guerra ha conseguido expulsar a esos apestosos xenos de su planeta. Cambiando de tema, parece que tenéis a un nuevo soldado. Me gustaría hablar con él a solas, así que todos fuera.

En cuanto se fueron todos, el Comisario cerró la puerta y me habló con un tono totalmente distinto al que le dirigió al sargento.

- Esos idiotas, se creen que uno es tonto. Deivade, te han metido en el peor pelotón que sirve al Emperador. Son una panda de imbéciles. Pero bueno, qué le vamos a hacer, están aquí voluntarios. Ah, tú empezarás tu entrenamiento con el sargento Rowlan mañana por la mañana. Por tu bien espero que te entrene como es debido, más que todo porque de tu entrenamiento depende tu vida.

Después de decir eso, se escucharon golpes contra las paredes y gritos. Cuando salió el Comisario vio lo que estaba pasando. Los de mi escuadrón se estaban peleando con los de al lado. Es increíble lo irascibles que eran esos tíos. Al acabar la trifulca gracias al Comisario, los pelotones fueron enviados a sus salas respectivas. Una vez allí, nos fuimos a dormir.

El entrenamiento del sargento fiestero

Me levanté hacia el medio día y aún estaban todos y cada uno de los miembros del escuadrón roncando como Orkos. Los altavoces se pusieron en funcionamiento y desde ellos una voz de señor de setenta años con resaca contaba que era hora de comer. Me puse mi nuevo uniforme (en realidad no era nuevo, estaba descosido y con parches) y me marché al comedor. Eso era lo que esperaba de un cuartel: todos sentados, en silencio y comiendo al unísono. Me senté en una mesa con tres tíos de un escuadrón de artillería y nos pusimos a hablar. Por lo visto en este cuartel todos somos pobretones sin recursos. Pasados unos diez minutos, mi pelotón hizo acto de presencia. Crearon un alboroto tan grande que parecía que tenía una forja a mi lado.

- Maldita sea, otra vez sopa sin fideos. Los superiores no se ganan el sueldo. Roberto, tráeme un trozo de carne.

- No hay, Alex, nos tendremos que conformar con esto.

- Mira, aquí está el nuevo - dijo el sargento señalándome -. A la hora de la merienda empezaremos el entrenamiento, así que prepárate.

- ¡Señor, sí, señor! - grité, entre el ruido que ocasionaban mis compañeros.

Todo fue según lo previsto. A las cinco y cuarto (cabe señalar que quedamos a las cinco en punto) llegó el sargento con una pistola, un cuchillo y un rifle láser.

- Bueno, por fin vas a ser entrenado. El primer paso es...esto... sí, ya se, el primer paso es saber disparar. ¿Sabes disparar?

- Pues claro, sólo hay que apretar el gatillo.

- Pues vale, el segundo paso es... Atacar con un cuchillo, ¿lo sabes usar?

- Creo que sí, señor.

- Bravo, ahora recarga el rifle.

Después de unos pocos segundos lo recargué sin problema.

- Enhorabuena, ya sabes todo lo que hay que saber para ser un buen Guardia Imperial.

A las cinco y media mi entrenamiento básico (y probablemente avanzado) había terminado. El sargento me había propuesto unirme a su equipo para un partido de "fútbol espacial", que era igual que el fútbol pero con la diferencia de que tanto la pelota como las porterías brillaban en la oscuridad. Cada vez me caían peor estos tíos, pero eran mi pelotón y tenía que aguantarlos. Al caer la noche nos fuimos a las duchas, y desde allí a la habitación. Al día siguiente descubrí una nueva afición, tocar la armónica, o como la llamaba el pelotón, la "armónica espacial", porque tenía una estrella en la parte superior izquierda. Por la tarde estudiaba las tácticas usadas en diversas batallas junto con los del escuadrón de al lado. En el pelotón número setenta y dos descubrí que tenía mucho en común con el tipo que llevaba las comunicaciones en el pelotón. Ambos estuvimos en el mismo orfanato y nuestros padres murieron en la batalla.

Y así fueron pasando los días. No lo recuerdo muy bien, pero pasarían unos seis meses hasta que por fin entraríamos en acción. Un día, recuerdo que estaba lloviendo, el Comisario nos convocó a todos y cada uno de nosotros en el patio principal. Allí estábamos, todo el Regimiento. Nunca había visto tantos hombres juntos. Esta vez si estaba mi escuadrón comportándose de forma correcta, con sus uniformes planchados, lavados, etc. Estábamos todos en fila para escuchar al Jefe del Regimieno. Por fin se dirigió a nosotros desde ese estrado el Coronel del regimiento, un tal Johannes Claust.

-En principio, buenos días a todos. Os he conocado aquí para haceros saber que dentro de dos días embarcaremos en las naves y nos dirigiremos a Gravania VI, un mundo agrícola, que, sin previo aviso ha ocurrido allí una serie de invasiones por parte de los orkos. Recibiremos apoyo tanto del tercer regimiento como del séptimo regimiento mecanizado de Gravania II. De esos dos días, el primero tenéis permiso para salir del cuartel, visitar a la familia y cosas así. El segundo será para dar las órdenes a seguir en cada escuadrón y seréis conocedores de las órdenes de desembarco. Eso es todo.

Así que nos pusimos en marcha para preparar el equipo. Todo mi pelotón nos fuimos a la habitación para "prepararnos".

-Sargento -Dije. -Tenemos que preparar las estrategias a seguir en los planes de actuación diversos.

-Si, si. Ya lo haremos mañana. Hoy tenemos que irnos de fiesta para celebrar nuestra victoria.

-Pero señor, lo de planear la estrategia del escuadrón está en el artículo cincuenta en el tercer párrafo de la actuación de la cadena de mando.

-¿Eso en qué libro lo pone?

-En el Decreto de Batalla, el libro que deben leerse todos los soldados de la Guardia Imperial.

-Pues no me suena ese nombre.

-Es ese libro que está debajo de la mesa en la que jugamos al póker espacial para que no esté coja- Dijo Mark.

-Ah vale, ya se cual es. Buen trabajo Mark, te has ganado una medalla al servicio prestado.

Maldita panda de imbéciles. En este tiempo me había convertido en una rata de biblioteca, lo sé pero no quería morir a manos de un orko apestoso por culpa de mis compañeros de escuadrón.

Los preparativos para la batalla

Al día siguente, me desperté y vi que no había nadie en la habitación. Por un momento pensé que los demás se habían ido sin mi. Me puse el uniforme, las botas, me afeité corriendo y me marché a la zona de embarco. Al salir del pabellón me encontré con todo mi escuadrón viniendo de algún bar con una resaca increíble. Todos venían mirando al suelo, con  las mano en la cabeza y alguno que otro vomitó en el camino de vuelta al pabellón. Mientras tanto se veía a un teniente con un megáfono acercándo se a ellos. Se le veían las intenciones desde lejos.

-¡¡Vamos arriba muchachos. Tenemos que ganar una guerra!!- Gritó el teniente al megáfono mientras los miembros de mi escuadrón se retorcían de dolor.

-Ya vamos señor.- Susurró Durio.

Total, que se fueron para la habitación a prepararse mientras yo desayunaba una naranja (no muy buena) A las once y pico me reuní con ellos en la habitación estaban preparados para marcharse. A las una en punto llegaron las naves para llevarnos a ese mundo de paletos y orkos. A nosotros nos tocó unirnos al pelotón de mister megáfono. Seríamos un pelotón de asalto. Maldita sea, he tenido un cuarto de hora de entrenamiento y me piden que esté en primera línea defendiendo a esos pueblerinos, pero que le vamos a hacer.

A las dos y media abandonamos la órbita del planeta, todo muy bonito, un planeta marrón como la naranja que me comí (si, estaba marrón) y nos unimos a la flota junto con los del mecanizado y los de no sé donde más. Eran tres días de viaje y no teníamos nada que hacer, salvo claro, jugar al "póker espacial" y a tirar papelitos. Lo bueno es que había zonas de tiro y aproveché para afinar la puntería. Maldita sea, estaba aburrido del todo. Me dediqué a dar vueltas por los pasillos de la nave sin nada que hacer hasta que me encontré con Lewis, el cabo del escuadrón de la habitación que estaba enfrente de la nuestra. Era un tipo bajito, con una leve (grave) vizquera y que llevaría un lanzallamas (no sé cómo le pueden dar a ese tipo un arma tan dañina) y estuvimos un rato hablando hasta que vino el comisario.

-Hola, me alegra que os encuentre ¿vosotros sois del pelotón de asalto?- Dijo el comisario

-Si,señor.- Le contesté.

-Pues tenéis que decirle a vuestro coronel que debéis ir a la nave del regimiento mecanizado.

-¿Para qué señor?- Preguntó Lewis

-Pues la verdad es que no lo se. Bueno, me voy que tengo que rellenar papeleo.

-Adios señor.- Contestamos al unísono.

-Pues bueno, vamos a buscar al teniente.

Buscamos por todos lados al dichoso teniente. Lo buscamos en las habitaciones, en las cocinas, en el almacén, en la santabárbara (lugar donde se guardan las armas y municiones), y casi nos da por buscarlo dentro de un motor. Cuando llevábamos una hora de búsqueda más o menos, nos fuimos a echar una meada y allí estabael coronel, el muy gañán estaba con una de la escuadra táctica del regimiento haciendo, bueno, todos sabemos lo que estaban haciendo en el servicio los dos juntos. Cerramos la puerta rápidamente y esperamos a que los pobres acabaran de... revisar estrategias. Cuando salieron le dijimos al coronel lo que nos había comentado el comisario. En cuanto el teniente fue conocedor de la noticia, mientras se abrochaba el cinturón y se subía la bragueta nos dijo que comunicásemos a todo el pelotón que dentro de dos horas estaríamos en la zona de desembarco para trasladarmos a la nave del regimiento mecanizado. Buscar a los integrantes del pelotón fue más fácil que buscar al maldito teniente cachondo. En una hora estuvimos todos reunidos para marchar y, desde allí desembarcar y marchar hacia la victoria.

Al llegar a la nave del regimiento mecanizado, me quedé estupefacto. Había una cantidad de tanques, Sentines y tipos raros con cuatro brazos (dos de ellos de metal) que debían ser los del Adeptus Mechanicus. Al llegar nos recibió el comisario Diderot, un tío extraño con un bigote fino y cuyas puntas estaban rizadas hacia arriba. Nos pusimos en unas cinco filas de diez hombres cada una y el teniente saludó al comisario en nombre de todos.

-Os he convocado aquí para que seais la punta de lanza de la ofensiva imperial sobre esos orkos. Nuestras valkirias son superiores y nuestras municiones más efectivas. No podemos perder demasadas tropas de asalto, pues la experiencia acumulada en un ataque en primera línea es muy valiosa para los demás.

-Señor- Dijo el sargento de otro escuadrón. -Ninguno de nosotros hemos recibido entrenamiento de asalto.

-¿Y eso qué tiene que ver?- Dijo el comisario. -Ninguno de vosotros ha recibiedo entrenamiento de guerra. Nadie está lo suficentemente preparado para eso. Ahora coged vuestras cosas y preparaos para la batalla, en media hora salimos.

Nos dio el tiempo justo para colocarnos la armadura antifragmentación, el casco, que nos dieran las granadas y el rifle para empezar a correr hacia las Valkyrias. Cuando llegamos al hangar de las Valkyrias nos encontramos de nuevo con el comisario que nos dio la bienvenida.

-Estas son vuestras naves de desmbarco. Os embarcaréis por escuadrones. El teniente irá en la escuadra con menos experiencia para suplir esa debilidad. Mientras llegáis al suelo, recibiréis la información de la misión.

Embarcamos y nos marchamos según lo previsto. Ese planeta no era como el nuestro. Era todo verde y azul. Era bastante más bonito que el nuestro.

El bautizo de fuego

Desembarcamos según lo previsto en una llanura inmensa. No había nada salvo hierba, hierba y más hierba. El teniente nos ordenó formar hacia el norte, y eso hicimos. Tras unas dos horas andando por fin vimos una ciudad. Por lo visto había una trifulca en ella, más que todo porque se veía una cantidad bastante grande de humo que salía de ella. Esa ciudad no era como la colmena, ni mucho menos. Por lo que parecía, su edificio más alto tendría cinco plantas, nada especial. Pero nuestro deber era limpiar aquello de esas bestias horripilantes y verdes, y debíamos cumplir con nuestro deber.

-Caballeros.- Dijo el teniente dirigiéndose a todos. -Según el mapa entraremos por la zona este, la que tine un acceso más fácil. Si todo sale bien, para dentro de tres horas nos recogerán y vendrán tropas de refresco.

Y eso hicimos. Bordeamos la ciudad saltando vallas que separaban los campos y con un olor a excrementos increíble (supongo que será eso que llaman abono), hasta que llegamos a su entrada. Bueno, llegamos la mitad. La otra mitad se había quedado en la entrada pincipal para formar lo que se denomina como "movimiento de pinza". Estábamos listos para entrar en acción.

Marchamos de fila de dos hacia el centro cuando el tipo que estaba delante mía recibió un disparo en el pecho. Corimos a escondernos en cualquier lugar. Por lo visto eran una panda de orkos que se habían atrincherado en una terraza. El teniente ordenó a mi sargento que nos libráramos nosotros de ellos. El sargento, como novedad, obedeció. Marchamos hacia ese edificio, lo que en ese momento me recordó a aquella incursión en la colmena con los pandilleros. Avanzamos corriendo hacia la entrada, donde no había posibilidad de que nos dieran esos malditos. Pusimos una granada en la puerta (que obviamente estaba cerrada) y voló por los aires. Subimos por las escaleras hasta la terraza. Al vernos por la puerta, un orko se nos acercó corriendo para matarnos, pero conseguimos detenerlo concentrando los disparos. Cuando el orko de la ametralladora pesada se dio cuenta de que estábamos allí apuntó hacia nosotros. Nos escondimos detrás de la puerta para que no nos diese. Mientras tanto, el resto del pelotón avanzaba hacia un lugar más seguro. El orko se hartó de disparar hasta que se le acabaron las balas de esa maldita ametralladora y ordenó a los demás que se lanzaran a por nosotros. Nosotros retrocedimos bajando la escalera. Un orko con otra ametralladora más pequeña apareció metiendo rafagazos y antes de que pudiéramos detenerlo acabó con dos del pelotón. No me sentía muy apenado, la verdad. Bueno, que acabamos con ese y con otro que venía con un machete y sólo teníamos que matar al de la ametralladora sin balas. Fue fácil. Cuando nos asomamos por la terraza vimos lo que no esperábamos. Todos y cada uno de los nuestros muertos, y su asesino no aparecía por ningún lado. Queríamos informar al cuartel para recibir órdenes, ya que quedábamos ocho para tropecientos mil orkos, pero nadie tenía la radio, salvo los que llacían muertos en esa acera.

-Mark, Luminos,- Nos dijo el sargento. -Venid conmigo, vamos a recuperar esas radios y, de paso, unos rifles en condiciones.

-Me pido la espada del teniente. -Saltó Mark.

-Pues vale, pero di que te la regaló el teniente cuando lleguemos al cuartel y nos den medallas.

Total, que nos marchamos hacia la calle mientras el resto del pelotón (y del escuadrón) nos ofrecía fuego de cobertura. Bajamos con mucho cuidado y, cuando salimos escuchamos una explosión y se cayó un casco de la terraza que cayó a mis pies. Miramos hacia arriba y descubrimos lo que pasó. Los malditos orkos habían colocado una bomba de relojería en la terraza. Maldita sea; sólo quedamos 3 de cincuenta. La cosa promete.

LLegar hasta las radios fue fácil. Lo difícil era manejarlas. Ninguno de los tres teníamos ni idea de cómo usarlas.

-Mark, ¿tú no arreglabas radios?- Le dijo el sargento.

-Si, pero de las motocicletas ¿es que nunca escuchas?

-Mierda, en principio, vámonos de este sitio para averiguar cómo funcionan.

-Pero señor, nos pueden fusilar por deserción.

-No vamos a desetar Deivade, vamos a retirarnos momentáneamente.

Y eso hicimos. Nos retiramos hasta una pequeña casa abandonada a las afueras de la ciudad. Tardamos media hora para averiguar cómo diablos funcionaba ese trasto.

-Cuartel general, cuartel general, aquí el pelotón de asalto.- Habló el sargento, que tenía una voz más agradable.

-Aquí cuartel general, ¿qué pasa?

-Verá señor, sólo quedamos unos tres tíos y solicitamos órdenes.

-Espere, ¿quién es usted?

-Sargento Alex Rowlan del escuadrón sesenta y tres del decimoctavo regimiento de Gravalia III.

-Vale, dirígase hacia el centro de la ciudad, a la plaza del Emperador y coloque una baliza para que los podamos eliminar ese sitio desde la órbita.

-Pero,¿eso no es una misión suicida?

-Esas son las órdenes. Cúmplalas para que el Imperio pueda vivir un día más.

Maldita sea, éramos carne de cañón, no un pelotón de asalto. Esa era nuestra misión principal. Cincuenta hombres para colocar una puñetera baliza. En ese momento, la cara de mis compañeros, y supongo que la mía también se habían convertido en algo inexplicable. No éramos capaces de articular palabra. Nuestro deber era morir, ya lo sabíamos; pero no siendo señuelos. No tenemos tanta fe para que nos encomendaran esta misión. De repente el sargento respiró profundamente y dijo "debemos hacerlo". Después de eso, Mark y yo nos levantamos del suelo, cojimos nuestros rifles y marchamos hacia nuestro infame destino, ser bombardeados por Basiliks. La baliza era gigante, nada que podíamos imaginar. Tenía el tamaño de una mochila, no de una especie de begala. Mark decidió llevarla.

Marchamos por las calles sin avistar a ningún orko, cuando, al cruzar una calle, alguien posó su arma en mi sien.

-¿Quiénes sois?- Preguntó la una voz, que no parecía la de un orko.

-Somos del decimoctavo regimiento de Gravalia III, venimos para liberar este mundo de la invasión orka- Dije, sin dejar de mirar al frente.

-Vale. Líar, Baja el arma. Ustedes, venid con nosotros.

Seguimos a esos dos tíos hasta un edificio ruinoso en las afureras, en la salida oeste. Una vez en el edificio, esos dos nos dirigieron hacia el sótano del edificio, donde habían otros tres hombres.

-Bienvenidos a la última casa habitada de Roila. Hace ya dos meses que nuestra ciudad, y prácticamente todo el mundo ha sido invadido por esos pielesverdes- Dijo el que parecía ser el cabecilla del grupo.

-¿Pielesverdes?- Preguntó Mark.

-Orkos ¿no señor apuntacabezas?- Dije yo.

-Correcto, señor sabiondo.- Me contestó, con una leve sonrisa.

-¿Y por qué nos han llevado hasta aquí?- Preguntó el sargento al que amenazó con dispararme, que luego supoe que se llamaba Aerh Bowana, curiosos nombres los de estos pueblerinos. - Nos quedan sólo setenta y cuatro minutos para cumplir la misión.

-¿Cuál es vuestra misión?

-Es colocar una baliza en el centro de la ciudad para que ésta sea bombardeada eficientemente.

-Pero eso es una misión suicida. Todo esto está lleno de orkos, y el centro es su cuartel general. Le costaría bastante conquistarlo un regimiento, immagínate si vais vosotros tres. Otra cosa, ¿sois una escuadra de élite o algo por el estilo?

-Esto...si, eso es lo que somos. La élite de la élite de nuestro regimiento- Dijo el sargento, mintiendo, por supuesto.

-Pues vale señores élite. Nosotros podemos ayudarles si nos dejan coger unas cosillas de la ciudad antes de que sea bombardeada.

-Vale, me parece un trato justo. Todo por el Imperio.

-Y ahora, por favor, ¿serían tan amables de esperarnos en la puerta del edificio?

-Por supuesto- Dijo el sargento, haciendo uso de una educación increíble.

Tras unos cinco minutos esperando, escuchamos un ruido. Me dio por mirar en el callejó de al lado y vi algo increíble. Esos tipos tenían a su disposición un puñetero Baneblade.

-¿De dónde carajo habéis sacado eso?- Preguntó el sargento, mientras pensaba que se trataría de una alucinación.

-Sargento, en nuestro planteta había regimientos, en concreto dos.- Contestó Aerh, desde la escotilla para salir. -Y ahora , si son tan amables, entren.

Una vez dentro del vehículo, el clandestino nos dio órdenes de colocarnos en nuestros puestos. A mí me tocó controlar la ametralladora frontal. Cuando arrancamos, nos seníamos los jefes del mundo, montados en el orgullo de la Guardia Imperial, aunque claro, ni teníamos órdenes de conducirlo, ni los pilotos eran experimentados conductores de tanques forjados en mil y un combate. Pero algo es algo.

La bomba y la bestia

Por esas calles de la ciudad infestada, nos creíamos los reyes. Una ráfaga de balas allí, un cañonazo allá hasta que nos encontramos con unos orkos que tenían cohetes. Eran unos 20 ó 30 más o menos. El Clandestino me dio orden de disparar a discrección, y así hice. Disparé a bocajarro, con la esperanza de que cuando parase , no querara ningun orko vivo. Pero me equivoqué. Cuando dejé de disparar, quedaban unos siete en pie, y dispararon su cohetes. Yo, asustado, me agaché debajo de mi silla pero no ocurrió nada.

-Deja de hacer el imbécil y ponte a disparar.- Dijo Aerh. -Esto está hecho para aguantar, no para salir volando con una brisa de viento.

-No sé como te admitieron en el regimiento. -Saltó el sargento, mientras yo pensaba cómo lo habían admitido a él.

Acabé con los orkos restantes y continuamos hacia nuestro destino. Aerh sabía perfectamente dónde ir. Giramos un par de calles sin encontrarnos una resistencia reseñable, hasta que llegamos a un Manofactorum donde se hacían refrigradores industriales.

-¿Qué diablos hacemos aquí, señor Bowana?- Pregunté

-Muy sencillo, vamos a fabricar una bomba para hacerle el trabajo más cómodo a tus amigos de los bombardeos.

-¿Con unos puñeteros frigoríficos?

-Pues claro.

Bajaron del Baneblade todos exceptuandome a mí y a ese tal Líar. Los demás fueron a saquear frigoríficos. Cuando estaba en el Baneblade, fue de esos momentos incómodos en los que impera el silencio.

-Y, bueno...¿A qué te dedicabas antes de ser... lo que sea que hagas?- Pregunté, para romper el hielo.

-Pues era mayorista. Vendía productos agrícolas a los mercados de la ciudad.

-Mmmm... Qué profesión más interesante. Yo desde siempre he sido soldado. Es mi primer trabajo y espero que no sea el último.

-Pues es muy curioso. Mi hermano tamién era soldado.

-¿Y qué le pasó?

-Lo mataron esos orkos cuando atacaron la ciudad. Mi hermano luchó como un verdadero héroe. Según me contaron, murió mientras meaba en un servicio de un bar medio destruido.

-Vaya, que manera de morir, defendiendo la causa hasta el final.

-Te lo acabo de decir, murió meando, no defendiendo "la causa".- Por lo que se ve Liar no era una persona que captara la ironía muy rápido.

-Bueno, ¿qué planeáis hacer?

-Pues muy sncillo, pondremos una bomba en el barrio industrioso para crear la confusión y así poder entrar más fácilmente en el cuartel orko para que coloquéis vuestra baliza.

-¿El barrio industrioso?¿Por qué allí?

-Pues porque allí hay una gran destilería de alcohol, y los orkos al oler ese olor se acercarán a ver qué es lo que pasa, dejando así sus puestos de guardia.

-Bastante bueno, ¿cuándo lo habéis planeado?

-Pues lo ha planeado el jefe mientras nos dirigíamos a la guarida con vosotros.

-¿En ese rato? Bendito Emperador, qué listo es el jodido.

-Pues claro, por eso es el jefe

Pasados unos minutos, llegaron los demás con un gran amasijo de cables y cosas variadas. Menos mal, estaba ya harto de ese tipo con su asquerosa muletilla (si, ya sé, sé aparentar que me interesa una conversación bastante bien)

-Bueno, ya estamos todos, así que mientras que Ivonne y yo nos dedicamos hacer la bomba, vosotros vigilad fuera.- Ordenó el Aerh.

Seguíamos vigilando, pero esta vez éramos más para hablar. Esta vez elegí de compañero a Mark, no era con quien me encontraba mejor pero era mejor que el mister pues (Líar). Lo extraño es que a las afueras no se escuchaba ruido de orkos, concretamente su característico Waaaaaagh!!! (no sé si me he comido alguna letra). Supongo que así es mejor pero me gustaba acribillarlos con la metralleta del Baneblade. Según parecía, le estaba cogiendo el gustillo a esto de matar y ver sangre.

Pasados unos minutos, salió Aerh e Ivonne del Baneblade con una cosa más o menos redonda, con cables alrededor y que soltaba un tonillo de vez en cuando. Según ellos esto era la bomba más brutal jamás construida (por lo que se ve estos pueblerinos son muy exagerados). Volvimos a subirnos al vehículo y ocupamos nuestros puestos. Nos tiramos una media hora en llegar a la destilería, lo extraño es que toda esa parte de las afueras estaba desierta. Cuando llegamos a la destilería, nada nuevo. Unos pocos orkos borrachos y poco más.

Esta vez, salimos todos y cada uno de nosotros excepto Liar, el conductor. Mientras veníamos, Aerh nos ha informado del plan. La cosa es simple: colocamos la bomba, Líar nos esperaría con el motor encendido y desde allí, ir directos al centro. Lo que en teoría era fácil, en la práctica fue bastante difícil.

Le tocó llevar la bomba en una especie de elevador pequeño y con ruedas a Mark, porque así estaría más atento (no es que fuese despistado pero se embelesaba fácilmente), mientras que los demás le escoltábamos. Teníamos que abrir una brecha en el sótano (donde se guardaban las botellas) para que saliera el alcohol y los orkos lo olieran. Después de eso se que dedarían chupando el suelo lleno de bebida para ponerse "alegres". Entramos en la fábrica y encontramos una bestia gigantesca, verde, con cuernos y que gritaba mucho. Creo que el Clandestino la llamó "Garrapato Mamut" y por el segundo nombre se ve que hay más tipos de "garrapatos". Ante la presencia de esa bestia desproporcionada hicimos la más valientes y premeditadas de las acciones, correr. Corrimos por todo el edificio hasta que nos dimos cuenta que la bestia estaba atada y, en ese momento nos reímos como locos. Todos menos Aerh. Él estaba demasiado ocupado buscando el sótano.

Mientras buscábamos el sótano, el garrapato gritaba y se movía de un lado a otro, pero sin romper sus gruesas cadenas. Llegamos al sótano y colocamos la bomba donde Aerh nos ordenó. Cuando salimos de colocar la bomba, teníamos cinco minutos para salir de la fábrica. Lo malo es que había un orko subido en el garrapato cuando volvimos del sótano y el garrapato estaba suelto, así que nos pusimos a correr como posesos, esta vez con razón.

Al salir de la fábrica Liar nos estaba esperando. Subimos al Baneblade listos para ver una bonita explosión de alcohol y garrapatos. Estábamos contentos, pues el garrapato no podía salir. O al menos eso pensamos...

Un duro golpe

Como todos imainábamos, el garrapato salió de la fábrica destruyéndolo todo a su paso. Se cargó la cristalera gigante del lateral y, lleno de cristales hasta en los ojos, nos persiguió.

Lo bueno de un Baneblade es que te inmuniza contra todo miedo al combate, si estás dentro, claro. Pero lo que vivimos era más una persecución que un combate. Nosotros corriendo por una avenida mientras el garrapato nos perseguía. El encargado del cañon principal era el sargento, y era más malo disparando que un orko sin brazos. No daba ni una, y eso que el garrapato era grande. Después de unos cuantos disparos (concretamente 3) le dio al garrapato en la pata delantera (no sé si fue en la derecha o la izquierda) y el "bicho" se desplomó mientras se llevaba una buena parte del asfalto de la calle por delante.

Seguimos por la avenida principal según el plan. No nos encontramos más que una leve resistencia, pero nada importante. Parece extraño pero los orkos se sienten atraídos por el alcohol más que el sargento. Estaba todo desierto hasta que nos encontramos con unos 50 orkos armados hasta los dientes dispuestos a atacarnos desde una barricada.

-Maldita sea, no podemos hacer nada, salvo luchar.- Dijo el sargento, con un tono heroico.

-O podemos hacer otra cosa.- Contestó Aerh.

-¿Qué?- Pregunté

-Muy sencillo. Dejar el Baneblade y huir por el callejón que tenemos a la derecha.

-Pero, nos cogerán.- Replicó el sargento.

-Bueno, prefiero que nos arriesguemos a ser capturados a que muramos dentro de este maldito tanque.

-También es verdad.

-Pero necesitaremos una distracción y no podemos volar el Baneblade porque la bomba ya la pusimos en otro sitio.

-Pero...

-Ya sé lo que vas a decir: pero podemos huir con el Baneblade. Pues no; nos han cortado el paso con minas anti-tanque de dos fases, la primera pasas, la segunda no. Se utiliza para evitar que una fuerza blindada se repliegue. Son idiotas, pero no tanto como no poner defensas en la calle principal a la ciudad.

-¿Y por qué carajo no nos lo has dicho?- Preguntamos todos al unísono.

-Porque son nuestra vía de escape, además de nuestra posibilidad para ver una bonita explosión. A los orkos le gustan las explosiones y por eso ponen los explosivos juntos, tan juntos que con solo la detonación de un elemento, en este caso minas, todos y cada uno de los demás volarán por los aires.

-¿Y cómo conseguiremos escapar?- Pregunté

-Eso os lo explicaré cuando toque. Lo peor de todo esto es que para escapar, como he dicho antes, necesitamos una distracción.

-¿Qué tipo de distracción?- Preguntó el sargento

-Tipo Baneblade.

-¿Cómo?

-Qué lento eres. El Baneblae nos cubrirá la retirada. Lo malo es que al menos cinco prsonas deberán quedarse aquí. Señores de la Guardia Imperial, vosotros no entráis en sorteo. Los demás, coged un lápiz. Los que saquen los dos que saquen los lápices más largos se irán con los soldados.

-No es necesario señor.- Dijo uno.

-Sabemos que esto podría pasar.- Saltó otro.

-Es nuestro deber.- Comentó un tercero.

-Usted y Líar se irán con los soldados para que puedan realizar su misión.- Dijo otro.

-Mu...muchas gracias. Aunque no lo sepáis sois héroes a ojos del Emperador.- Dijo Aerh, mientras soltaba una lágrima. -¿Qué estáis mirando? Coged vuestras cosas y vámonos- Ordenó dirigiéndose a nosotros. A la vez que los orkos disparaban al Baneblade, el tanque respondía con fiereza. Mientras continuaba el combate, nosotros nos fuimos por un callejón. Después de salir de él, vimos nuestro objetivo: el campamento orko. No era lo que yo me esperaba, pero era nuestro objetivo principal. Se trataba simplemente una plaza rodeada de chapas, tablas, etcétera, en forma de muralla y numerosos tanques destrozados, así como cuerpos humanos muertos en el suelo. Por lo que respecta a la resistencia, lo que se esperaba. Un par de orkos y poco más. Llegamos al centro del campamento a salvo y con diez minutos más de lo esperado.

-Cuartel general, cuartel general, aquí el sargento Rowlan. Baliza colocada, solicitamos órdenes.- Comunicó el sargento al cuartel general.

-Aquí cuartel general, bien hecho sargento. Usted y el resto de su pelotón se podrán retirar al punto de extracción situado en las coordenadas 213/100. Esas son las últimas órdenes de su misión. Váyanse de allí porque dentro de treinta minutos se procederá a la limpieza total del lugar. Eso es todo; cambio y corto.

-Vale, coordenadas 213/100 ¿dónde es eso?- Preguntó Mark

-Pues eso es fuera del centro. Es en la salida norte.

-Bien, vámonos.- Dijo el sargento, con prisa por irse de ahí, pues en unos treinta minutos todo esto será una nube de polvo.

-Bueno, podríamos coger prestado uno de esos vehículos orkos. Seguro que no les han quitado las llaves. Necesitamos ir rápido, así que lo mejor es coger un vehículo orko.- Ordenó el Clandestino.

Y eso hicimos. Cogimos uno de esos "Kamionez" y nos fuimos pitando de allí. En diez minutos estábamos en el punto de recogida cuando aparecieron unos cinco Valkirias. Supongo que no se habrían dado cuenta que todo nuestro pelotón había muerto. Todos excepto nosotros, claro. Cuando aterrizaron, nuestro comisario se bajó de uno de los Valkirias.

-Bien hecho, Rowlan. Habéis cumplido una misión suicida y habéis sobrevivido. Tenéis mucha suerte. Ah una cosa ¿quiénes son estos dos?- Dijo, señalando Bowana y a Líar.

-Señor- Respondí. -Estos son los hombres que nos han ayudado a cumplir nuestra misión. Me sentiría muy agradecido si pudiésemos llevarlos a un lugar seguro.

-Espera- Me contestó. Volviendo al rato con dos uniformes les dijo a Líar y a Aerh. -Vosotros sois dos miembros más de nuestro regimiento. Habéis sobrevivido al combate junto con vuestro sargento y vuestros dos compañeros, a los cuales conocisteis en el cuartel. Si no estáis de acuerdo con lo que diga el comisario seréis ejecutados ¿queda claro?

Aerh y Líar se miraron y, sin articular palabra, se pusieron los uniformes y saludaron al comisario.

-Y ahora, vámonos de este lugar para no volver nunca.

Embarcamos en las naves y mientras volábamos se eschaba a lo lejos el sonido del bombardeo masivo desde tierra. Nunca había escuchado un sonido más fuerte (y eso que había dormido en la misma habitación que el sargento). Por lo demás, misión cumplida. Nos ha costado la vida de los integrantes del pelotón y del teniente, así como de los amigos de Aerh; pero así es la vida en la Guardia Imperial, así es cómo nos ganábamos el sueldo, muriendo y viendo morir a los demás en nuestras manos.

La vuelta a la calma

Al volver al cuartel, nos dimos cuenta de que mientras nosotros estábamos combatiendo en esa ciudad, los demás no se quedaron de brazos cruzados. Construyeron un cuartel en unas pocas horas, lo que parece ser imposible lo consiguieron esos Tecnosacerdotes. Desembarcamos en un hangar, pero no nos recibió nadie más, excepto la amante del teniente. Nunca he visto llorar a nadie más que aquella mujer aquel día, aunque es comprensible. Su amante había muerto, pero sabía que había muerto en combate y eso debía calmarla algo más.

Nosotros fuimos a las duchas y a la habitación que nos asignaron. Al rato vino el comisario y nos ordenó ponernos los uniformes que teníamos en los armarios. Eran como una especie de uniformes de fiesta, con bordados y cosas así, no uniformes de combate.

-Vamos, ponéoslos.- Nos ordenó el comisario. -Tenéis que recibir algunas medallas.

-¿Medallas?- Preguntó Mark. -¿hemos hecho algo especial que no fuera nuestro trabajo?

-No, pero siempre se les da medallas a los primeros en cumplir una misión para que los que todavía no han luchado se crezcan y puedan combatir mejor y probablemente no tenga que usar la ley 23, artículo 12 del reglamento de comisarios.

-¿Qué es eso?- Volvió a preguntar Mark, siempre ansioso de recibir conocimientos.

-La ley del derecho a fusilamiento ¿verdad señor comisario?- Dijo Aerh con tono irónico.

-Correcto. Y ahora a vestirse que al coronel no le gusta esperar.

Nos vestimos, nos peinamos y el comisario nos dio colonia para que nos la echáramos. Salimos de la habitación y nos dirigimos al hangar principal, donde se suponía que estaba el coronel junto con el resto del regimiento. Cuando aparecimos, aquello parecía el discurso o algún tipo de concierto. Nos hicieron subir al escenario y allí se encontraba el coronel. Abajo de la palestra se encontraban todos los soldados del regimiento (excepto los que estaban de guardia) y los comisarios por si acaso alguno se pasaba de listo. En el escenario había un micrófono, así que el Coronel se disponía a hablar.

-Buenos días. Os he concentrado a todos aquí porque quiero que sepáis lo importante que es para mí tener a tan valientes hombres en mis filas. Estos cinco hombres han sido enviados a una misión suicida y han vuelto para contarlo. Ellos son supervivientes natos, han nacido para matar, no para morir. Esa es la máxima por la que debe luchar todo aquel que se encuentre en la Guardia Imperial. Por eso les voy a conceder el honor de recibir la medalla al mérito en combate y la medalla al cumplimiento absoluto del deber, así como la no vacilación ante la adversidad. Estas tres medallas representan el triángulo sobre el que todo soldado debe basasrse. Todos, incluyéndome a mí, debemos luchar por eso y perder el pánico a morir, pues si no hay enemigo del que recibir un disparo, no hay miedo a la muerte en combate.

Total, que el coronel nos dio las medallas y, tras unos breves discursos que nos obligó a pronunciar se acercó el micrófono y nos dijo a todos:

-Debo informaros que la guerra durará más de lo esperado y que recibiremos la ayuda de tres regimientos más, así como de los Ángeles de la Muerte del Emperador, los Marines Espaciales.- Comentó, mientras se generaba un revuelo por todo el lugar.- Eso es todo.


Volvimos a la habitación acompañados del comisario, el cual decía que estaba orgulloso de nosotros y nuestra labor pero, como ya él mismo no había dicho antes, no nos merecíamos tales honores, sino que era para alentar a la tropa. Pero aún así, habíamos hecho un buen trabajo.

Al día siguente me desperté con el ruido de tanques y de Valquirias aterrizando y despegando. Al abrir los ojos me di cuenta de que ni Mark ni el sargento estaban jugando al "póker espacial" ni a nada por el estilo. Total, que me vestí con lo primero que encontré y salí al patio del cuartel. Allí, entre muchos soldados se encontraba Líar dando vueltas por el lugar.

-Hola Líar, buenos días.- Saludé.

-Pues hola.- Me contestó.

-¿Qué te pasa?

-Pues que aquí no me siento agusto ni se donde está el jefe.

-Ah, vale. Oye, podríamos entretenernos en buscarlo.

-Pues vale, no tengo nada mejor que hacer.

Así que nos dedicamos a buscarlo por todo el cuartel. Al rato nos lo encontramos en el lugar donde se reúnen las escuadras de asalto para entrenar.

-Buenos días, Aerh, ¿qué haces aquí?

-Muy fácil, estoy observando a estos tíos. Quiero ver cómo entrenan para descubrir sus puntos débiles e informar a su sargento para que los elimine.

-Un sargento no puede fusilar a sus soldados.

-Serás idiota, que elimine los puntos débiles.

-Vale vale, no te pongas así. Una cosa, ¿y Mark y el sargento?

-Están en la sala del coronel.

-¿Y eso?

-Pues seguro que quiere hablar con ellos- Saltó Líar, que superó su récord de estar más de cinco minutos sin hablar.

-Ya, ¿pero para qué querrá hablar con ellos?

-Pues no lo sé, supongo que será para premiarlos por su valor y coraje.

-Pero yo estuve con ellos en la ciudad y nadie, excepto nosotros cinco sabe de nuestra actuación en esa misión.

-Entonces será para otra cosa.

Nos tiramos toda la mañana observando a los tíos de las escuadras de asalto hasta que nos aburrimos y nos marchamos a la habitación. Hay que decir que en la habitación sólo estábamos nosotros cinco, lo cual era extraño porque en las otras habitaciones había como mínimo doce camas. Pasadas unas tres horas, volvieron Mark y el sargento con unas caras que no eran normales. Era una de esas caras que uno pone cuando se está contento y triste a la vez. Es una sensación extraña pero, puede darse. Tenía el presentimiento de que algo pasaba, era algo que era bueno en parte, pero que era también malo.

-Bueno, ¿qué os han dicho?- Preguntó Aerh, atemponiéndose a nosotros.

-Nos van a ascender.- Contestó el sargento con una voz temblorosa.

-Pero, ¿en qué sentido?, ¿sois sargentos mayores o algo por el estilo?

-Nada de eso. El Coronel dijo que, gracias a nuestro eficiente servicio, nos ascenderán al rango de soldados tácticos de asalto y sabotaje.

-Pero eso es injusto, ¿por qué a vosotros sí y a mí no?- Pregunté, haciendo uso de un comportamiento sumamente infantil.

-No lo sé, supongo que será porque llevamos más tiempo de servicio- Nos dijo el sargento que ya no volvería a ser sargento.

-Esperemos que sea eso.

-Lo malo es que tendremos que irnos mañana a primera hora.

-Joder, y no podremos jugar nunca más al póker espacial.- Dije, mientras me daba cuenta de que echaría a esos idiotas de menos.

-Bueno, podríamos jugar mientras se hace de noche.- Contestó Mark.

Así que estuvimos jugando al póker espacial hasta que amaneció (sí, ya se que Mark dijo hasta que se hiciera de noche pero, qué se le va a hacer) y a las seis y cuarto de la mañana el comisario se presentó para llevarse a los dos para que no los volvamos a verlos nucna más.

-Muchachos, ya sabéis lo que os toca.- Nos dijo, con una voz que parecía que le daba pena.

-Si, claro comisario.- Dijo el sargento, antes de suspirar y con una voz tenue, bastante diferente a su voz escandalosa y desgarrada habitual.

Se marcharon sin echar antes un vistazo de la habitación y mirarnos a los tres. Supongo que así son las cosas en la Guardia Imperial, algunos mueren, otros son ascendidos y a los pringados nos dejan en el sitio. Así es la vida cuando eres soldado.

El descubrimiento

Con el sargento y Mark fuera de juego, nos tocó ser asignados a otro pelotón, pero en este caso no seríamos un "pelotón de asalto de primera línea" como nos tocó ser en mi primera misión. Esta vez estaba en un pelotón normal y corriente, de soldados de trinchera puros y duros. Bueno, muy duros no es que fuesen. Eran unos tipos delgados por lo famélicos en su mayoría. Nos presentaron al teniente del pelotón, un tipo desagradable con la bragueta desabrochada y que le olía el aliento, vamos el ejemplar humano perfecto. El caso es que dentro de unas horas seríamos enviados a la llamada "trinchera 24" para resistir a los orkos mientras llegaban los Marines Espaciales, así que no iba a tener la oportunidad de encariñarme mucho con mis nuevos compañeros.

A las diez y pico nos subieron a las (¿o son los?) Chimeras para marcharnos de allí hacia la llamada "trinchera 24". Después de siete horas de viaje en esas máquinas infernales llenas de humo, empezábamos a oir los disparos y a ver las colinas de humo. El teniente se comunicó con nosotros por la radio del (de la) Chimera.

-Escuchadme con atención. Nos descargarán justo detrás de las trincheras, así que debéis ser rápidos en meteros en ellas o mioriréis seguramente. Eso es todo.- Dijo

Y eso hicieron. Cuando bajaron las rampas vimos un lugar desolador. Cientos de muertos, tanto humanos como orkos, apostados entre la trinchera y una de esas murallas orkas con las que ya estoy familiarizado. Corrimos hacia la trinchera para que no nos abrieran la cabeza con uno de esos akribilladorez orkos. Allí nos encontramos con lo que parecía ser un comisario, pero en este caso, él era uno de esos comisarios que no tenían remordimientos en fusilar a algún hombre si no cumplía su deber.

-¿Qué hacéis ahí quietos? ¡Empezad a disparar u os tendré que disparar yo a vosotros!- Nos gritó.

Siguimos las órdenes del comisario y nos pusimos a disparar como locos. Orkos y orkos venían intentando asaltar la trinchera por la fuerza y entrar cuerpo a cuerpo. Seguimos una media hora disparando cuando el comisario gritó:

-¡Por el Emperador!

-Vamos, vamos vamos.-Gritaron los sargentos mientras los soldados de sus pelotones salían de la frontera en dirección a los orkos.

-Vosotros también panda de inútiles.- Nos ordenó.

No tuvimos más remedio que salir ahí fuera y enfrentarnos a esos orkos. En medio de las dos trincheras, todo era una masacre, todo muerte y destrucción. Todo sangre y brazos. Lo que en otros lugares era una tierra verde y bella, aquí era un campo desolador lleno de cráteres. Nuestro objetivo principal era acabar con un "bunker", por llamarlo de alguna manera. Era un conjunto de chapas y demás con dos ametralladoras pesadas. Pero de todas formas era increíblemente mortal e inpenetrable. Era inebitable morir allí. Salimos a esa tierra baldía sin esperanza alguna de sobrevivir hasta que vimos nuestra salvación. Unas tres naves gigantes y de un color marrón rojizo se encontraban encima de nosotros y desde ellas se desprendían ecenas de pequeñas cosas brillantes. Los del otro regimiento las llamaron "Las Lágrimas de la Muerte". Ellos sabían lo que significaban. Por desgracia, yo no. Me pensaba que eran obuses o bombas o algo por el estilo, pero no. De todas formas nuestro deber era acabar con esos desalmados orkos. Avanzamos por el campo de batalla, muriendo uno a uno todos los hombre que iban conmigo. Recuerdo que Líar se encontraba delante mía cuando le explotó una mina y murió en el acto. Yo no tenía tiempo para lamentarme, debía cumplir mi deber. Antes de llegar al "búnker" orko, los soldados se apostaron dentro de un cráter de Basilik para que nos reagrupásemos. Yo, que aún no había llegado al cráter presencié uno de mis recuerdos más recurrentes. Aquel cráter sería la tumba de esos cincuenta y siete valientes soldados debido a un ataque de una escuadra orka que llevaban unos cohetes atados a la espalda. Por lo visto uno de ellos perdió el control de su "artefacto" y desequilibró a los otros, los cuales tuvieron la suerte de caer encima de los nuestros. Todos, orkos y humanos murieron y el que no murió, acabó siendo pasto de las llamas que generaron las explosiones de los cohetes orkos. Yo, solo entre orkos, fuego y el comisario, que parecía esperarme para pegarme un tiro, no tenía elección. Agarré mi rifle con fuerza y me lancé al ataque. Recibí un disparo en el hombro, el cual hizo que soltara el rifle; otro en el muslo, el que hizo que me arrodillase. Arrodillado y herido de muerte parecía que iba a morir pero, no le tenía miedo a la muerte. No sufría dolor. Es más, tenía una sensación cálida y, después de suspirar me levanté. Después de eso recuerdo una brisa de aire y un ruido ensordecedor y justo antes de caer nuevamente al suelo y desmayarme, vi una figura gigante, con un aspecto que no había visto antes y del mismo color que las naves. Recuerdo haber sonreído antes de desmayarme. Ya sabía lo que pasaba. Estaba con unas leyendas llamadas Marines Espaciales, los hombres de los mitos.

Me desperté en una enfermería del cuartel de el regimiento al que apoyamos, cubierto de vendas y con varios instrumentos de goteo. Cuando me di cuenta de que no podía moverme sin que me doliera todo, escuché una voz suave y tranquilizadora.

-No temas, estás herido pero nada grave; dentro de unos días estarás entero.- Me dijo, mientras intentaba localizar donde estaba lentamente pues me dolía hasta levantar la cabeza.- No intentes hacer ningún movimiento brusco, que te vas a hacer daño. ¿Sabes quién soy?

-Pues la verdad es que no.- Respondí, recordando a Líar mientras decía eso.

-Bah, no merece la pena hablarte ahora, tal vez más tarde tengas la oportunidad de hablar largo y tendido conmigo.

Fue decir eso e irse. Se escuchaban unos pasos fuertes y, por lo que parece no cabía casi ni por la puerta. Fue lo último que recuerdo antes de perder la consciencia de nuevo. Al despertar otra vez, parecía que habían pasado días porque estaba lloviendo y cuando me desperté la última vez me daba el sol en la cara. Esta vez si pude levantar el torso y apoyarme en la pared no sin sufrir varios dolores en el hombro. También desconocía por qué me dolía tanto la cabeza. Seguramente me golpeé con una piedra al caerme y desmayarme. Después de un rato pensando en cómo estarían Mark y el sargento, escuché la misma voz, la cual provenía del pasillo.

-Debo verlo, es necesario.- Dijo esa voz que me era conocida.

-Pero puede que aún no esté bien y, dada su habilidad latente, es casi seguro que no lo esté.

-Da igual, debemos examinarlo cuanto antes.

Aparecieron por fin los dos hombres. Eran unos hombres gigantes, medirían casi dos metros y medio y debían de entrar de lado por la puerta, de otra forma no cabrían. Eran dos tipos con togas y uno de ellos llevaba como clavos en la frente. El otro, al que había conocido antes, estaba calvo y tenía agujeros en la cabeza, como si estuviera enchufado en cables.

-Bueno...parece que ya estás bien, así que puedes empezar con el interrogatorio.- Dijo el tipo que no había visto antes.

-Espera August, primero las presentaciones. Buenas tardes, soy el bibliotecario Isius Stahl. Y mi amigo el irrespetuoso se llama August Stur y es un apotecario.

-Perdone mi insolencia pero, ¿qué es un bibliotecario? y es más ¿qué carajo es un apotecario? -Bueno, ya que sabes quiénes somos te contaremos por qué nos hemos preocupado por ti.- Dijo el apotecario.

-Estamos preocupados porque gozas de una habilidad latente y peligrosa pero, con el debido entrenamiento podrás servir al Emperador más que como soldado. Empezaré por el principio. Entre los humanos, una pequeña porción de ellos nacen con "extrañas habilidades", son los llamados psíquicos. Es una mutación bastante rara pero el Imperio los utiliza para eliminar amenazas, para comunicaciones, etcétera. Ya sabrás donde quiero ir pero, para darte información, yo soy Psíquico, es más, mi trabajo es ser Psíquico dentro del Capítulo. August, ¿puedes continuar tú?

-Por supuesto. Cuando estabas en la batalla a punto de morir se dio un extraño caso de despertar psíquico. Tu fuerza se manifestó en forma de rayos descontrolados y eso, como comprenderás es peligroso. Yo mismo te vi, te taponé las heridas y te llevé a un lugar seguro y mi compañero se dio cuenta muy pronto de que hay un psíquico no declarado en las filas del regimiento. Como ya sabás eras tú.

-El caso es que necesitas ser entrenado como Psíquico si quieres sevir al Imperio en tu plenitud. Eres un riesgo para todos si no aceptas así que si no lo haces tendré que matarte. Esto no es un juego de niños como este ataque de estos orkos imbéciles, nos enfrentaríamos al mayor enemigo de la humanidad. Así que elige. Servir al Emperador en forma de Psíquico o morir aquí y ahora.

Parte 2: Supervivencia en la Disformidad

La decisión

Era una apuesta arriegadapero debía hacerlo. Nunca me he considerado un fanático pero si he de morir mejor será matando a algunos a base de rayos. Así que hice caso al Bibliotecario y le dije que aceptaba su oferta.

-Fantástico, dentro de unos días te enseñaré las maneras por las que un psíquico puede servir al Imperio y te haré "La Prueba de los Genes". En ella un psíquico demuestra su categoría en un rango variable y computable. Según tus aptitudes y fuerza mental se te asignará un cargo en el que serás útil.

Y eso pasó. Me pasé dos días escuchando al Bibliotecario, el cual decía cosas bastante interesantes como que un psíquico bien entrenado puede sentir las personas que están alrededor y su poder y que, si no tenemos cuidado, nos podría pasar algo peor que morir. No dejó muy claro qué significaba eso de "algo peor que morir" pero ya lo iría descubriendo con el tiempo. También me dijo que era extraño que pasara por los controles de la Guardia Imperial pero que existen Psíquicos que tienen su habilidad latente y que sólo sufren migrañas y cosas por el estilo.

A los pocos días ya era capaz de levantarme y estaba listo para luchar de nuevo. Pero en vez de eso, cumpliendo con la promesa del Bibliotecario, hice la llamada "Prueba de los Genes". No resultaba tan divertida como yo creía. Yo pensaba que eso constaría en que usara mi concentración y chamuscara algo con rayos de energía o algo así pero en cambio, me ataron unos parches con cables a la cabeza (habiéndomela rapado previamente) y otros a los genitales (con su previo rapado también). Cuando me los pusieron, el Bilbiotecario me observó y me dijo:

-Sentirás un pequeño cosquilleo antes de que la prueba comienze de verdad.

Y sus indicaciones eran ciertas. Sentí un cosquilleo en la cabeza primero y en la otra cabeza después. Después de eso recuerdo encontrarme flotando en un lugar muy raro. Era un lugar de un color violeta brillante, como esa estrella deformada que se ve en el cielo, donde estaba totalmente desnudo y sentía una fuerza inusual. En ese lugar escuché voces que entraban en mi cabeza y parecía que se reían de mí. Después de estar un rato en ese lugar se me apareció una sensación extraña de mareo en la que me llevé las manos a la cabeza y el lugar violeta se iluminó brevemente. Después de eso no recuerdo nada más que despertarme en el mismo lugar que estaba. Cuando desperté el Bibliotecario había desaparecido y el tipo con metralleta (hay que aclarar que era igual de alto que él pero con un clavo en la frente) que estaba a su lado me estaba apuntando entre las cejas. Yo como estaba atado y amordazado, no pude hacer nada para reprochar esta técnica tan bárbara de tortura.

Pasados unos minutos (veinte exactamente) volvió el Bibliotecario diciendo que tendría que venir a su nave y hacerme otras pruebas. Y eso hice. Por cuarta o quinta vez le hice caso y le seguí hasta la nave que vendría a recogernos. Por lo que se ve, íbamos hacia la nave que flotaba en lo alto del planeta, refiriéndome claro está a la más grande de todas. Al llegar allí, unos dos tíos del tamaño del Bibliotecario llegaron a recogerme pero, al contrario que él, éstos llevaban armadura de combate o como la llaman ellos "servoarmadura" y no era servoarmadura normal y corriente (como si se viera una servoarmadura todos los días), eran grises con letras doradas. Estos tíos llevaban unas especie de lanzas con filo que echaban centellazos de vez en cuando. El Bibliotecario me dejó en manos de estos tíos los cuales me llevaron a una sala muy extraña, totalmente vacía pero acolchada por las paredes. Los dos tíos de gris, sin mediar palabra, me llevaron y me encerraron allí. Yo, como ya era usual, me desmayé de nuevo. Otra vez lo que parecía el mismo sueño pero cuando éste terminó, al despertarme, uno de los dos de gris que hicieron el honor de acompañarme, se quitó el casco y, con una cara de asombro me dijo:

-Por el Emperador, eres, eres, eres...magnífico.

La apertura de la mente

Nunca me he considerado nadie que tenga algo sobresaliente, algo de valor dentro de mí, algo que le pueda servir a alguien salvo mis manos. Pero al parecer mi mente es más útil que mis manos. Soy capaz de eliminar a un tipo que se encuentre a varios metros sólo concentrándome; o al menos eso es lo que dijo el tío que estaba dentro de esa armadura gris tan chula. Supongo que si eso lo dice un tío que puede medir 2'10 metros y puede tirar una pared de un empujón tendré que creérmelo.

-Oye, niño, aunque no lo creas tienes un potencial mayor que mi compañero y yo juntos.- Dijo uno de los dos tipos de gris, concretamente el que tenía una armadura con muchos adornos y con muchas cosas rojas que parecían sellos de cera y tenían pergaminos colgando. -Deberías ser entrenado para que tu poder demuestre a los herejes la furia infinita del Emperador.

-Si, lo que usted diga. Por cierto, ¿podría reunirme con el Bibliotecario?- Le dije, quisiendo yo saber quiénes eran estos tíos y por qué me estaban diciendo esas cosas.

-Por supuesto, podrías despedirte antes de entrenar.

-¿Qué?¿Entrenar? Joder, en menuda me he metido.

-No te quejes, deberías saber que tu vida media en el combate siendo Guardia sería de unas 50 horas más o menos.

-Joder, entonces mejor tener ese súperpoder ¿no?

-En parte, esto requiere entrenamiento y un constante adroctinamiento para controlarlos y que no te controlen a tí. Si eso te pasara, y en concreto, si te pasara a ti, tendríamos un grave problema.

-¿Por?

-Eso es mejor que te lo contemos después. Mientras viene el Bibliotecario te contaremos lo básico que debes saber. Bueno, empezaré por el principio, ¿qué sabes sobre el Imperio?

-Pues no sé...el Imperio de la Humanidad es el mayor gobierno de la Galaxia. Existen otras razas como orkos pero, no son un problema ya que están controlados salvo por algún ataque inoportuno aislado. También creo que existen una raza muy rara que vive en sus naves o algo así pero poco más.

-¿Sabes lo que es la Disformidad?¿Y el Caos?

-Pues no tengo ni idea. - Después de pasarse unas dos horas contándome cosas sobre la historia del Imperio y sobre sus enemigos reales. Demonios e idioteces provenientes de una mente imaginativa aparte, consideraba muy diveertido todo eso que me estaba contando, sobre todo eso de que el Imperio lucha constantemente con los enemigos naturales de los marines. Lo raro es que sus enemigos sean otros marines pero, por lo que se ve, tenían la pinta de ser unos tipos bastante chungos de combatir. Según el tío de la sevoarmadura gris con cosas escritas, lo son en realidad y esos desalmados quieren matar al Emperador y claro, nuestro deber máximo es impedírselo. Si un marine, un superhombre, un señor gigante, con un millón de órganos más que yo y con una fe inquebrantabe es capaz de sucumbir al Caos, un tipo cualquiera sucumbiría de una manera mucho más temprana. De todas formas es mejor tener la menor relación con el Caos posible y así hay muchas menos probabilidades de sucumbir a sus falsas promesas. Dice que todos podemos ser susceptibles a ceder ante tales promesas, los Psíquicos tenemos más probabilidad de ser tentados pero, tenemos más capacidad para negarnos. El Caos nos quiere más que a ningún ser de la Galaxia. Nos ansía, nos desea y nos tienta. Pero no debemos darle la espalda al Emperador. Después de un rato contando cosas, por fin apareció el Bibliotecario.

-Buenos días capitán. ¿Para qué se me requiere?- Preguntó el bibliotecario.

-Pues verá, señor Biblliotecario, la joven promesa quiere hablar con usted a solas.- Dijo el que ya sabía que disponía del rango de Capitán.

El Bibliotecario y yo nos dirigimos a una habitación a solas y yo, al estar lleno de dudas y no tener a nadie a mi lado, tuve que encomendarme al bibliotecario.

-¿Qué me va a pasar?- Pregunté, sin más dilación.

-Muy sencillo, serás llevado a una escuela de psíquicos donde se mediran tus habilidades y se te enseñará para que las puedas controlar debidamente. Según tus aptitudes serás llevado a una rama o a otra. Puede que incluso seas elevado al rango de "candidato".

-¿Candidato?

-Sí, los que son muy aptos para defender al Emperador son llevados a que se les adiestre como Caballeros Grises.

-¿Como los dos tíos que estaban antes allí?

-Correcto. Ni yo, con un rango tan relativamente alto como el de Bibliotecario, sé mucho sobre la organización de ese Capítulo. Por lo que se ve, son miembros de la Sagrada Inquisición y se encargan de matar demonios. Esos marines tienen todos unas cualidades superiores a las de cualquier marine que se enfrente a ellos y son prácticamente invencibles. Aparte de eso tienen unas cualidades psíquicas innatas muy superiores a las de cualquiera; un marine normal de los Caballeros Grises tiene el mismo poder que un bibliotecario novicio. Todos y cada uno de sus miembros son psíquicos y eso los hace especiales. De todos modos, lo más probable es que seas llevado a su fortaleza con ellos, eres un psíquico de un nivel Alfa; un nivel muy raro. Pero claro, con ese nivel puede incluso que llegues a ser un comandante de los Caballeros Grises. Pero eso sólo lo dirá el tiempo.


-Mmmm...Vale pero, ¿tendré que irme de aquí?

-Por supuesto. En este sistema no se encuentra ninguna escuela de Psíquicos lo suficentemente buena como para entrenarte. Además, yo no te podré acompañar. Los Caballeros Grises que estaban contigo serán los que te lleven. Ellos no pertenecen al Capítulo, sólo están aquí por casualidad. El motor de disformidad de su nave creo que se estropeó y lo están arreglando. Te garantizo que no podrás estar más seguro que con los Caballeros Grises, siempre y cuando no te corrompas lo más mínimo y, sabiendo tu nivel, es algo que podría pasar con bastante probabilidad.

-¿Qué es la corrupción?

-Sentirás voces, sensaciones extrañas y cosas así. Si permites escuchar esas voces que te dicen lo que quieres oir, estarás corrompiéndote. Si te sientes más fuerte sin saber por qué es que estás cada vez más corrupto. Es una sensación agradable pero, tarde o temprano acabarás siendo poseído...o algo peor.

Dichas estas palabras y apareció el capitán de los Caballeros Grises diciendo que ya era la hora. Nos fuimos a un hangar de la nave donde se encontraba la nave de los caballeros. Era una nave pequeña, de unos setenta metros y de un color plata brillante con marcas grabadas en oro. En la entrada estaban veinte Caballeros Grises en formación, esperando la llegada de su Capitán. Todos con la misma postura, quietos e impasibles, con el casco debajo de la axila cogido con el brazo. Conforme pasaba el capitán, los hombres se ponían el casco y lo seguían en fila de dos hombres. Yo encontraba asustado entre tanta servoarmadura y tanta rectitud.

Una vez en la nave, me asignaron una habitación personal. Ésta no era como las demás habitaciones en las que había dormido. Era un lugar más o menos amplio con una estantería llena de libros; la cama, en vez de ser una litera con pulgas, era un lugar donde uno podía dormir tranquilamente. También tenía un armario vacío que supongo que era para poner la servoarmadura. Todo allí era demasiado bueno. Me puse a ojear los libros que estaban en la estantería y algunos me parecieron bastante interesantes. Como, según el capitán, aún nos quedaba como dos meses de viaje, tenía tiempo para leer los libros. Una media hora más tarde salí del habitáculo para explorar la nave. Justo al salir de la habitación, uno de los hombres del capitán me divisó.

-¿Qué haces?- Me dijo, mientras se me caía una gota de sudor frío de la frente, pensando que lo que había hecho estaba mal.

-Nada señor. Sólo estaba dando un paseo.

-Ah vale. ¿Lo damos juntos? Hoy no tengo nada que hacer y es muy aburrido estar aquí sin hacer nada. Podríamos hablar un rato.

-Bueno, yo me disponía a dar un paseo en soledad pero la compañía siempre biene bien.- Quería articular oraciones complejas. No sé por qué pero las leyendas que había escuchado de los Marines Espaciales siempre hablaban de que eran unos guerreros formidables y hablaban de una forma muy artificiosa.

Dimos un par de vueltas por la nave. Por el comedor, por el hangar y por la armería. También había una sala muy rara al fondo, con muchos adornos en la puerta, en la que no podemos entrar. Creía en ese momento que había ido a parar al mejor lugar posible ya que por entonces estaba respaldado por los que según dicen, son los guerreros más fuertes de toda la Galaxia, entre ellos Tiberius (el nombre del que me acompañaba). De todas formas debo de ser muy especial, ya que no se le da un trato semejante a ningún psíquico sin entrenamiento. Por lo que he escuchado se les mete en jaulas como a animales y se les trata como tales. Menos mal que me libré de ese destino. Supongo que es una bendición pero, como me dijo el bibliotecario y me afirmó el capitán de los Caballeros Grises, los que albergan mayor poder tienen mayor peligro.

La nave

Al día siguiente del paseo por la nave me encontraba con Tiberius en su habitación, en cual me estaba contando sus orígenes, cómo se unió a los Caballeros Grises y cosas por el estilo. Al cabo de un rato se escuchó una sirena.

-¿Qué es eso?- Pregunté

-Un timbre.

-Muchas gracias señor obvio. Eso ya lo sabía yo pero, ¿qué quiere decir?

-Muy sencillo, que nos vamos a acercar a una nave de combate para que nos lleve de vuelta al Tempestus Solar. Por lo que se vé vas a tener la oportunidad de ser entrenado en Terra.

-¿Y por qué no nos vamos en esta nave?

-Porque necesitamos un motor de disformidad y esta nave carece de ello.

-¿Qué es eso?

-Bueno...es complicado de entender. Es un motor que permite viajar por la Disformidad.

-¡No me digas!

-¡Ja ja ja! Es que no sé explicarlo muy bien pero básicamente hace eso. El viaje que normalmente se haría en cinco años, con un motor de disformidad se hace en cuestión de meses o incluso semanas. ¿Quién iba a pensar que la Disformidad siendo nuestro mayor enemigo es también nuestro mayor aliado?

-Es paradójico.

-La verdad es que sí.

En cuestión de minutos llegamos a uno de los muchos hangares de la nave. Por lo que se vé, la nave ha sufrido muchos desperfectos exteriores pero, por dentro está intacta. Entre Valkyrias, bombarderos, cazas y demás aviones pusimos nuestra fantástica nave de color plata como...esto...la plata. Justo antes de desembarcar, el capitán vino a la habitación en la que estábamos Tiberius y yo hablando.

-Hola, según la cabina de mando de la nave, llegaremos al Tempestus Solar en cuestión de tres semanas. En ese tiempo, puedes pasear por la nave y relacionarte con los soldados pero, bajo ningún concepto, hables a nadie quién eres ni por qué estás aquí. Tampoco menciones nuestras...actividades o habilidades especiales; a ojos de los demás, nuestro Capítulo se llama Garras Ensangrentadas.

-Vaya nombre más feo se le ha ocurrido esta vez, capitán.- Saltó Tiberius, que por lo visto no solía guardar el respeto relativo a la cadena de mando, pero el capitán nunca se lo reprimía.

-No siempre iban a ser de tu gusto, Tiberius. -Giró su cabeza hacia mí.- Espero que te hayan quedado claras estas instrucciones.

-Sí, señor.

-Bien, ahora ponte tu antiguo uniforme que está en tu habitación. En un bolsillo de éste llevas una identificación por si algún sargento o alguien así te pregunta que por qué no estás entrenando. De los comisarios y de los mando ya nos encargamos nosotros. Y ahora, vístete, que vamos a salir en tres minutos.

Y eso hice. En cuestión de dos minutos ya estaba vestido y listo para desembarcar. Cuando llegué a la puerta de desembarco, todos los integrantes de la escuadra (o lo que diablos sea esto) estaban en fila de dos, dispuestos para salir. El capitán se encontraba enmedio. Éste me hizo señales para que me pusiera a su lado. Justo cuando me puse a su lado escuché otra vez la sirena. Pero esta vez era un hombre diciendo:

-Salida en tres, dos, uno; buen combate señores.

Al decir estas palabras se abrió la compuerta y salieron los primeros diez soldados, después el capitán y yo, y por último los diez hombres restantes. Cuando salimos nos encontramos con todos los comisarios, los tenientes y demás oficiales en fila india mirando hacia el frente y formando la fila en dirección hacia donde nosotros nos dirigíamos. Más o menos a la mitad del recorrido, el cual terminaba en una puerta bastante grande que supongo que llevaba a las galerías de la nave, nos paramos en seco. Fue una parada controlada y totalmente sincronizada por parte de los Caballeros Grises. Entonces el capitán dijo:

-Hola, muchas gracias por habernos recogido. Esperemos que no se sientan incómodos por nuestra presencia. Nuestro Capítulo se siente honrado y agradecido por ser sus huéspedes. 

Dicho esto, de la puerta salió un señor con una gabardina de color gris oscuro casi negro sujeta por los hombo, como suelen llevar los comisarios sus chaquetas, un traje también oscuro y, por último una gorra de coronel. Venía fumando un cigarrillo bastante grande y de color marrón que echaba mucho humo. Se dirigía hacia nosotros con las manos en los bolsillos del pantalón, sólo moviéndolas cuando tenía que quitarle la ceniza a su cigarro gigante. Conforme pasaba entre los Caballeros Grises, a los cuáles les llegaba por el hombro (lo que ya es decir mucho), éstos se apartaban, formando al frente al igual que los miembros del "comité de bienvenida".

-Bienvenidos a la nave de mi regimiento. Espero que sean atendidos de aocrde con sus necesidades. Oh, qué grosero por mi parte no presentarme. Me llamo Zephirus Spei y como ustedes ya habrán adivinado soy el coronel y por tanto el comandante en jefe del 34avo regimiento de Romeo VI. Esperamos que se sientan como en...bueno, en su nave. Los llevaremos hacia su destino y llegarán sanos y salvos. Y a los demás.-Dijo obiamente a los miembros de su regimiento.-He sido informado de que éste joven que va con estos señores es su protegido. Cualquiera que le haga daño, o incluso lo mate, sufrirá terribles consecuencias. Él no es un superior suyo, no les puede ordenar nada pero, tampoco es un subordinado. No tenéis influencia sobre él, no sois sus superiores. Simplemente considerenlo como a uno de nosotros. Dicho eso, pueden marcharse a cumplir sus obligaciones. Muchas gracias.

Todos los anfitriones se fueron excepto claro, el propio coronel. Cuando todos se fueron, el coronel nos dijo:

-Bueno, sus habitaciones se sitúan en el tercer piso, las habitaciones diez y once. No serán a lo que están acostumbrados pero, es lo que tenemos.

-No se preocupe coronel. Tanto mis hombre como yo hemos dormido en lugares mucho peores y, el chico tampoco estaba muy acostumbrado a vivir en la opulencia, no sé si me entiende.

-Claro, lo que usted diga; y ahora si me disculpa, tengo que ocuparme de diversas actividades que conciernen a mi cargo.

Cuando llegamos a las habitaciones, me sentía en casa. Eran exactamente las mismas camas (bueno, literas), el mismo olor a sudor y los mismos armarios llenos de polvo. Yo me sentía agusto, por el contrario, los Caballeros Grises no. No estaban acostumbrados a dormir en unas camas tan duras y con unas sábanas tan tiesas (hay quien dice que los tanques están hechos de esas sábanas). Lo peor de todo para ellos era que no tenían lugar alguno donde colocar sus brillantes servoarmaduras, aparte de que apenas cabían en dichas camas. Al rato de estar allí, llegaron diez guardas con diez percheros (solo el Emperador sabe de dónde los han sacado) donde los Caballeros podían poner sus armaduras. No era a lo que estaban acostumbrados pero tenían que acostumbrarse a ellos.

Después de unas horas, se avisó lo siguente por megáfono:

-Atención a todos, estamos a punto de entrar en la Disformidad. Buen viaje y buen entrenamiento.- Avisó desde el megáfono lo que parecía que era la voz de ese coronel trajeado.

Eso de "entrar en la Disformidad" era la forma más rápido de viajar pero ofrecía una sensación extraña. Justo antes de entrar me produce una leve jaqueca y un pequeño mareo. Cuando uno ha entrado en ella se tiene un cosquilleo permanente en la nuca, pero nada a lo que uno no se acabe acostumbrando. En la nave, siempre veía gente yendo de un lugar a otro, con cosas que hacer y con bolsas, cajas y demás; el día a día en una nave siempre es monótona y aburrida. Cuando me harté de dar vueltas en esa inmensa nave, me propuse irme a dormir.

A la mañana siguente (o al menos eso ponía en el reloj) me desperté pensando que me encontraba en el mismo cuartel en el que meses antes me había alistado. Los Caballeros Grises ya se habían levantado y puesto sus trajes de descanso. Eran como túnicas gigantes de colores suaves. En la habitación quedaban Tiberius y otros dos que estaban hablando.

-Buenos días.- Les saludé.

-Sí, hola ¿no te has levantado muy tarde?- Me preguntó Tiberius.

-Bueno...de todas formas no tengo nada que hacer.

-También es verdad. Oye, ¿quieres venir con nosotros?

-¿Dónde?

-A la sala de entrenamientos, mientras estos dos se entrenan, yo te enseñaré a manejarte con la espada.

-Vale, estaba deseando saber usar una espada; aunque me gustaría saber más sobre mis...habilidades.

-Enseñarte esas cosas no me compete a mí. De todas formas, soy mal profesor en esos asuntos y este es un lugar inseguro para hacer esas prácticas.

Salimos de la habitación hacia una de las muchas salas de entrenamiento. No serían a lo que ellos estaban acostumbrados, pero sí a lo que estaba yo. Con respecto a los pasillos y galerías, lo mismo que el día anterior: guardias corriendo y servidores llevando cosas de un lado a otro. Todo parecía igual, excepto que ya me había acostumbrado a esa sensación en la nuca.

Una vez en la sala de entrenamiento llena de blancos y dianas, de tierra y de sacos de arena; Tiberius sacó dos espadas de una funda de lo que parecía ser cuero, me dio una y me dijo:

-A esto no estás acostumbrado pero te haras un buen espadachín pronto.

Cogí la espada, nada extravagante, una de esas espadas de comisario pero más brillantes y bonitas, y me puse a meter sablazos y estocadas al aire. Tiberius me dijo que preservara mis fuerzas. De repente, se lanzó a por mí repitiendo una serie de golpes de forma mecánica. Primero un espadazo frontal hacia abajo, otro de izquierza a derecha y por último una estocada. Yo me cubría lo que podía, y lo que no podía, lo esquivaba con una agilidad bastante sorprendente.

Pasaron los minutos y Tiberius no hablaba, no hacía otra cosa más que repetir esa serie de movimientos sin cansarse mientras a mí ya me sabía la boca a sangre, me sentía muerto debido al cansancio. Estar un rato esquivando y defendiendo resulta divertido a los dos minutos, entretenido a los diez, aburrido a los treita y cansado a los sesenta. Pero él era distinto. No se cansaba, no sudaba, no espiraba, nada. Era impasible en el combate, o al menos lo parecía. A la hora y media de combate, paró de repente y dijo:

-Muy buen entrenamiento, mañana seguimos. No tienes nada que envidiarle a ningún comisario.

-¿Qué?¿Por qué me entrenas de esta forma?- Pregunté, mientras escupía al suelo.

-Porque no sé entrenarte de otro modo. A mí me entrenaron así y, cuando sepas sentir el alma podrás esquivar con mucha más facilidad, e incluso rozarme, pero para eso te queda mucho. Y ahora, fin del entrenamiento. -

-Pues vale. Iré a ducharme y a almorzar, ¿te vienes conmigo?

-No puedo. Tengo que estar siete horas más con el entrenamiento. 

-Joder, ¿siete horas?

-Es lo reglamentario en los Caballeros Grises. Puede que los hombres normales no hagan esto pero, como te habrás dado cuenta, no somos hombres normales.

-Hombre, algo de cuenta si que me he dado pero...no os he visto en acción tanto tiempo como para juzgaros.

-A lo mejor no te da ni tiempo para vernos, hoy me he contenido mucho, para que me entiendas: entrenar contigo es como si tu quisieras enseñarle a luchar a un niño pequeño; podría hacerte mucho daño si lo hiciera con todas mis fuerzas.Además, tampoco creo que puedas presenciar nuestro arte de combate -dijo, con una suave sonrisa y un tono irónico, que desde luego no estaba usando correctamente-, no tenemos progamado ir al combate hasta llegar a la Fortaleza.

-Bueno, me quedaré con las ganas de veros.

Me marché hacia las duchas mientras escuchaba sonidos metálicos indicando que ya había comenzado el entrenamiento. Después de ducharme, me acerqué a un espejo para acicalarme un poco cuando entró un tipo muy raro. Era un tipo con el uniforme de guardia pero con el pelo largo (algo raro entre los guardias).Justo antes de entrar ese tío, me empezó a doler la cabeza. Cuanto más se acercaba, más me dolía. Se puso en el lavabo de al lado mientras yo apoyaba las manos sobre el mío. Cuando empezé a respirar fuerte debido a los dolores de cabeza, se me acercó y mientras me ponía una mano en el hombro me dijo:

-Tío, ¿estás bien?¿llamo a un médico?

Al terminar de decir esto sentí un pinchazón en en estómago. Mientras perdía el conocimiento (no sé si debido a los dolores de cabeza o al pinchazón), miré hacia abajo y vi cómo el maldito "soldado" me había atravesado con una espada de las que estábamos utilizando para entrenarnos.

El extraño encuentro

Al despertarme, me vi sin la herida y en un lugar bastante diferente a donde me encontraba. Miré hacia la izquierda, hacia la derecha, hacia arriba; bueno, a todos lados. Sin duda no estaba en la nave. Estaba como en una especie de bar. Sí, un bar era a lo que más se le parecía. Tenía sus mesas, su barra y todas las cosas que suelen tener los bares. Me senté en una silla para recordar lo que pasó, cómo había llegado aquí, si se trataba de un sueño o, simplemente, como dijo el Bibliotecario, me volví loco. Cuando decidí que pasase lo que pasase estaba seguro, me puse a buscar alguna bebida (era un bar, lo normal es que tuviera bebidas). Justo al levantarme una voz suave pero recia apareció desde alguna parte.

-Bienvenido a mi casa. Si lo que buscas es alcohol, no tengo; me repugna. Además eres muy joven para beber. Por favor toma asiento.

Al decir esto, identifiqué de donde procedía la voz y decidí girarme. Al hacerlo no vi nada.

-Je, eres muy curioso, eso me gusta. Bueno, siéntate a mi lado.

-Pero no sé dónde estás.- Exclamé.

-Muy sencillo, mira hacia atrás.

El muy condenado se encontraba al lado de la silla donde me senté.

-Hola, encantado de conocerte.

Era un joven de piel algo oscura, vestido de negro con una camiseta roja que sobresalía por el pecho al llevar una chaqueta entreabierta. También llevaba un pañuelo también rojo en la cabeza, debajo de una gorra negra.

-¿Te sorprende mi aspecto?- Me preguntó, debido a que me quedé quieto sin decir nada durante un momento. Todavía no sé por qué me quedé paralizado. Supongo que es por encontrar a un tipo tan raro (aunque sabiendo que esto era un bar, no era de extrañar que un tipo raro esté en un lugar raro).

-No es eso, es que...bah, déjalo. ¿Qué hago aquí?

-Muy sencillo, te he traído.

-No, no me has traído. Me has raptado ¡Socorro!

-Tranquilo muchacho, no te he hecho nada de daño. Mira tu herida en el pecho, ya no está.

-Es verdad, oye, ¿por qué me llamas muchacho si parecemos de la misma edad?

-Mmm...te diría que no pero, bueno...dejémoslo. Te interesa más saber mi edad que el por qué te he traído hasta aquí, me parece fantástico.

-Yo no he dicho eso.

-Entonces, ¿por qué has hecho hincapié en eso?

-Porque me sorprende tu modo de hablarme.

-No te interesa nada el por qué te he traído hasta aquí. Lo demuestras cambiando de tema. Eres listo, pero no más listo que yo. Nadie es más listo que yo, recuerda eso.

-Si, si, lo que tú digas. Bueno, vayamos al grano, ¿por qué estoy aquí?

-Porque eres el salvador de todos los que van a bordo de tu nave.

-¿Pero esto no es la nave?

-Claro que no, ¿en qué nave espacial militar hay un bar?, bueno, aparte de las naves de los hijos de Russ

-¿De quiénes?

-Bah déjalo. Sigo sin entender por qué quieres dejar de lado la conversación.

-¿No decías que lo sabes todo?

-Esto...sé todo lo que pasa en el universo pero con un retardo de unas cuantas horas.

-Claro, lo que tú digas. Bueno, por qué me has traído aquí.- Repetí.

-Porque eres la salvación de tu nave y de todos sus ocupantes.

-Lo que tú digas.

-No, en serio.

-¿Sabes contra qué lucharon los miembros de esta nave?

-No, pero seguro que tú si lo sabes.

-Por supuesto que lo sé, lucharon contra uno de los mayores males que existen.

-¿El Caos?

-¿Qué? No. El Caos no es malo, es la fusión de todos los...¿sabes qué? Dejemos el tema. Tus amigos del regimiento lucharon contra lo que nosotros llamamos "la plaga".

-¿Contra cucarachas?

-Si, exacto. Contra cucarachas gigantes de cinco metros que pueden arrojar veneno que destrozaría un tanque o cucarachas de medio metro con veneno que destrozaría un tanque.

-¿Como?

-Los humanos los llaman Tiránidos. Puede que hallas oído hablar de ellos.

-Pues no. Se supone que tú lo sabes todo, también deberías saber si he oído hablar de ellos.

-Ehhh...Eso no viene al caso. La cosa es que esta nave está plagada de Tiránidos en las bodegas. Han mandado a un regimiento entero para capturar a unos cuantos Tiránidos para diseccionarlos y aprender más sobre ellos.

-Vale, ¿y qué hay de malo?

-Lo peor de todo esto es que hay un tipo con muchas luces que va a abrir las cámaras de los Tiránidos y cuando lo haga en cuestión de horas, no, de minutos, toda la nave estará infectada de esos monstruos.

-Pero están los veinte Caballeros Grises.

-Tus Caballeros Grises son fuertes, no inmortales.


-Sí, pero ellos acabarán con los Tiránidos.

-Bueno...pero ten en cuenta que son expertos en matar demonios, no insectos gigantes.

-Viene a ser lo mismo.

-Eso es lo que tú te crees. De todas formas, tú no has luchado en tu vida.

-He combatido contra...

-Sí, contra orkos descerebrados. Ni siquiera combatiste contra un Waaaaagh!!! en condiciones, sólo unos cuantos orkos campestres con ganas de sangre.

-¿Un Waaaaagh!!!?¿Qué carajo es eso?

-Es como una especie de... déjalo. El caso es que debes detener eso. No puedes fallar.

-Espera un momento, ¿por qué no vas tú?

-Muy sencillo, no es mi misión.- Dijo, mientras se levantaba de la silla y cogía una botella vacía. -Además, así es mejor, te forjarás como un buen soldado. Recuerda, es la bodega del piso inferior.

Dicho esto se acercó a mí y sentí un fuerte golpe en la cabeza. Mientras veía que me salía sangre de la frente, llovían cristales (probablemente de la botella) y de nuevo me desmayé.

¿Sólo un sueño? El psíquico premonitorio

Me desperté en lo que parecía ser la enfermería de la nave. Estaba harto de recibir golpes en la cabeza y desmayarme. No hay nada de gracioso en esto. Miré hacia un lado y al otro, en este caso no había nadie.

Pasados unos minutos, entraron Tiberius, el coronel (el del traje) y un médico del regimiento, un tipo con barba y un cigarrilo detrás de la oreja (apagado evidentemente).

-¿Estás bien?- Me preguntó Tiberius

-Eso dejemos que lo diga Areis.- Exclamó el Coronel.

Y eso hizo. el tal Areis me miró la brecha desde todos los ángulos posibles cuando dijo:

-Va bien. Sólo necesita que no haga movimientos bruscos ni evidentemente llevarse golpes en la cabeza. No tiene nada grave, sólo que se puede haber vuelto más estúpido. ¿Quieres una piruleta?

-No, gracias, señor inteligente. Ah, tengo que contaros algo importante pero antes de eso ¿qué me ha pasado?

-Por lo visto sufriste un desmayo en el baño y te golpeaste con algo. Nada que no se pueda arreglar.- Dijo el médico.

-Bueno, gracias.

-No, me refería al lavabo. Sólo con un poco de pegamento de contacto y paciencia se arreglará rápido.

-Gracias de todas formas.

-Bueno, lo que iba a contaros. Coronel, ¿ustedes tienen Tiránidos en las bodegas?

-¿Cómo lo sabes?- Me preguntó con poco entusiasmo.

-Tuve un...sueño. Por lo que parece soy vidente.

-Seguro.- Exclamó Tiberius en tono divertido.- Pero si eso es verdad, debemos matarlos cuanto antes y llevarlo a usted y a su regimiento a un tribunal militar.

-Ni hablar. Es una misión que me han encomendado desde la Inquisición y la cumpliré hasta mi último aliento.

-Pero es un peligro tenerlos ahí debajo.

-Están en animación suspendida en éxtasis. No nos pueden hacer nada. Además, es legal llevar ese tipo de cosas siempre y cuando un superior lo ordene, y eso es lo que han hecho.

-Eso es cierto.- Dijo Tiberius.- Pero para mayor seguridad iremos ahí abajo. Hace tiempo que no hago nada. Por supuesto coronel, tendría que permitírnoslo.

-Claro, pero no crean que vayan a encontrar nada fuera de lo normal.

-Bueno, ¿te quieres venir?- Me preguntó Tiberius.

-No puede. El chaval tiene que descansar y tomar mucha sopita para que se ponga bueno.- Dijo el médico mientras me movía el pelo de forma "cariñosa".

Yo me quedé en la cama varias horas más (durmiendo) hasta que podía moverme (me dolía el cuello, había dormido en una mala postura). Me levanté y me puse mi uniforme que estaba en una silla contigua. Al salir, era extraño. No había nadie por el pasillo. Pensaba que era un lugar apartado de las zonas de mayor ajetreo pero de todas formas era raro. Decidí caminar un poco hasta que encontrara a alguien y decirle dónde estoy. Al rato de caminar, en una esquina, ví algo horrible. Un hombre había sido degollado y partido por la mitad. Ambos cortes eran muy limpios, pero esa no era mi principal preocupación.

Seguí andando y a medida que avanzaba escuchaba ruido de disparos y de chillidos cada vez más cerca. Empezé a correr en la direción en la que oía esos sonidos. Pasado un rato, empezé a ver algo. En la lejanía veía a unos cuantos guardias en un pasillo disparándole a algo. Corrí hasta acercarme a ellos. El ruido era cada vez más ensordecedor. En el pasillo habría unos diez guardias disparando. Uno me vió y me lanzó una pistola para que me pusiese a disparar. En cuanto me acerqué y ví algo más que los traseros de los guardias, era horrible y cierto. Mi premonición había dado en el clavo. Decenas de animales chillones, no más altos que un rifle puesto mirando hacia arriba, pero con unas garras muy afiladas. Me puse a disparar como un loco. Disparase donde disparase daba en algún blanco. Estuvimos como diez minutos disparando hasta que ya dejaron de venir. Por suerte esos seres no llegaron hasta nosotros.

-¿Qué diablos ha pasado?- Pregunté.

-No, no tengo ni idea.- Me contestó uno de los guardias.

-¿No tenéis otra arma mejor?- Volví a preguntar.

-Te he dado la que tenía más a mano pero yo que tú no me acercaría mucho a buscar entre esos seres, puede que halla alguno jadeante y no es muy recomendable que te ataque.

-Pero, ¿ahora qué hacemos?

-Debemos ir a la sala del Navegante, seguro que es el lugar más seguro de la nave.

-Estoy de acuerdo.- Dijo otro guardia.

-Sí, yo también.- Dijo un tercero.

-Bueno, pues vamos hacia esa sala.

Conforme avanzábamos, nos encontrábamos con un panorama desolador: cadáveres, extremidades varias, cabezas...y esos malditos monstruos(muertos por suerte). Seguimos avanzando sin encontrarnos con nada vivo (o al menos no lo aparentaba), hasta que escuchamos voces. Corrimos todo cuanto pudimos y por suerte nos encontramos con ayuda; era el capitán de los Caballeros Grises, con tres de los suyos y unos siete guardias.

-Hola capitán.- Dije.

-Hola, ¿qué ha pasado?

-No tengo ni idea, me desperté en la enfermería por segunda vez y ví este desastre.

-Lo malo es que las comunicaciones no funcionan pero seguro que estarán tomando posiciones entorno a la sala del Navegante y a los motores de Disformidad.

-Eso es lo que han pensado mis compañeros, ¿por qué allí?

-Porque no podremos salir de la Disformidad sin tenerlos ambos.

-¿Y por qué no coger las naves e irnos de aquí?

-¿Qué? Eso sería un suicidio, te lo aseguro al cien por cien. Dejémonos de tonterías y vámonos donde nos pille más cerca. Vosotros conocéis la nave, ¿dónde diablos estamos?- Preguntó el capitán a los guardias.

-Esto es el pasillo 23 en el piso 12 así que debemos estar...bastante cerca de la sala del Navegante. Creo que la sala del Navegante está en el piso 14 o así.- Contestó uno de ellos.

-Perfecto, ¡vamos!

Conforme avanzábamos nos íbamos encontrando con algunas partidas de Tiránidos, pero nada importante. Lo extraño es que estos seres no actúan en solitario. Supongo que no tienen ese sentimiento de "yo lo hago mejor" que tenemos los humanos. Me queda por aclarar que el capitán era increíble. No tenía ni la servoarmadura ni sus armas reglamentarias. Iba armado con una espada de comisario y una pistola láser, igual que algunos de los guardias pero, al contrario que ellos, él y sus hombre usaban las espadas de verdad. No se dedicaban a meter sablazos, sabían lo que hacían perfectamente. Golpeaban en el sitio justo en el momento adecuado. Bueno, supongo que para eso se entrenan. Según recuerdo, ellos son la élite de la élite y, he de reconocer, que no hacen nada mal su trabajo.

Conforme avanzábamos, se nos unían más y más guardias. Al cabo de un rato, por fin veíamos las señales en las que ponen dónde están las cosas y, la sala del Navegante estaba muy cerca. Al atravesar un pasillo nos dimos de lleno con la galería principal, con la sala del Navegante al fondo. Nosotros estábamos en un pasillo donde se podía ver todo hasta el piso inferior. Una pequeña barra de hierro (supongo que sería de hierro), que nos llegaba a la cintura, nos separaba del piso inferior. Estábamos más o menos a seis pisos debajo del suelo. Cientos de Tiránidos y hombres muertos, pero había una trinchera improvisada que les permitía a los hombres restantes continuar luchando. En torno a la sala del Navegante habían establecido un pequeño búnker con el que defenderse, o al menos intentarlo. Los Tiránidos (o al menos los que he visto yo) no tienen mucha afición por atacar a distancia. Posiblemente porque no pueden coger armas, pero así mejor (supongo). Miramos hacia todos lados para ver por dónde podríamos bajarnos y ayudar a esos pobres diablos. La única forma de pasar por allí era por el pasillo principal. Debríamos bajar por los seis pisos e ir por el único pasillo que lleva a esa antesala. Antes de eso, decidimos atrincherarnos en este sitio. Nos pondríamos en una esquina y nos quedaríamos allí hasta que terminen de llegar. Y eso hicimos.

En nuestra posición, la mitad estaría apoyando a los de abajo, y la otra mitad (entre los cuales me encontraba) deberían mantenerse hasta que dejaran de venir Tiránidos. El plan era sencillo, por desgracia, en la práctica, no lo era tanto. Al cabo de un rato, los rifles se emezaban a descargar, y los hombres a desesperarse. Éramos unos treinta al entrar en la galería. Unos diez minutos después, sólo quedábamos más o menos la mitad. Esos malditos seres venían en oleadas, y en una de ellas, mataron a los dos Caballeros Grises que iban con el Capitán, no sin antes usar sus poderes psíquicos para acabar con algún Tiránido. Tres oleadas después de que mataran a los dos compañeros del Capitán, éste decidió usar su arma secreta. En la túnica escondía una especie de pistola antigua que echaba fuego. Dijo que con eso acabaríamos con ellos en nada. Como siempre, las cosas son más fáciles de decir que de hacer y, no solucionó nada. Bueno, para ser justos, hay que decir que alivió un poco la carga de los soldados. Pero la pistola lanzallamas no era suficiente. Nos rebasaban en número y, los pocos que quedaban apoyando a los de abajo no tuvieron más remedio que ayudarnos a nosotros. Conforme más matábamos, más venían. En ese momento lo dí todo por perdido. Eso me recordaba a aquel momento con el Baneblade en la ciudad infestada de orkos. Me refiero a cuando estábamos atrapados entre los orkos y las minas. Pero en esta ocasión no había manera de escapar. De repente, por encima de la cabeza de los monstruos, ví dos cargadores de bólter (o de otra arma). Alguien los había lanzado. Antes de que éstos cayeran al suelo, dos disparos certeros les golpeó y, con el calor que éstos daban, la munición estalló. Metralla de bólter por todos lados. Ese golpe sólo mató a algunos de esos engendros, pero los hombres sonreían sin saber yo por qué. Al rato lo comprendí. Pasados unos segundos los Tiránidos fueron muriendo debido a algo. Ese algo se llamaba Zephirus Spei. Él, junto a unos cinco hombres más, se abrió paso entre las olas de Tiránidos para salvarnos.

-Venga, en marcha.- Nos dijo.

-Muchas gracias Coronel.- Exclamó el capitán.

-No hay nada que agradecer, éste es mi trabajo. Ahora vamonos de aquí.

El camino hacia la sala del Navegante se hizo breve debido a que el coronel había matado a todos los Tiránidos del tramo que nos separaba del resto. Era un hombre increíble; hasta los Caballeros Grises quedaron asombrados de la gran capacidad que el Coronel tenía para el combate.

Responsabilidad y disciplina

Unos dos minutos después de encontrarnos con el coronel, ya estábamos en las puertas de la sala del Navegante. Mientras íbamos hacia allí, Zephirus nos contó cómo se habían liberado los Tiránidos de su cautiverio. Al parecer fue un error técnico (menudo error). Ah, también dijo que la especie en particular contra la que nos enfrentábamos se llamaba Genestealer.

En la sala del Navegante sólo pudimos entrar el coronel, el capitán y yo; los demás se quedarían fuera reforzando las defensas y recargando sus armas. La sala era increíble; una gran bóveda ovalada de cristal, y al final del todo, casi pegando al cristal, una columna inmensa de cables bajaban del techo hacia un trono.

-Bueno, pues por fin estamos aquí.- Dijo el capitán.

-Sí, pero por poco.- Exclamé. -Todo gracias a usted, coronel.

-Por favor llámame Zephirus. Además, ese es mi trabajo. Creo recordar que les hice la promesa de que llegarían sanos y salvos a su destino y me gusta cumplir las promesas.

-Bien, aparte de eso, ¿cuál es la situación?- Preguntó el capitán.

-No estoy seguro, pero mis hombres no son idiotas. Conocen más o menos el funcionamiento del viaje en la Disformidad y, seguro que están tomando posiciones en torno a los motores para que esos monstruos no los saboteen.

-Una cosa.- Dijo el capitán. -¿Por qué no salimos ahora mismo de la Disformidad y nos vamos de aquí?

-Capitán, eso no es posible.

-Pero lo bueno de contar con un Navegante es eso.

-No podemos por ahora porque, según las indicaciones del Navegante, estaríamos en mitad del espacio; o incluso en un lugar peor. Debemos esperar aquí hasta que lleguemos al destino. Hemos podido avisar a las flotas cercanas para que nos ayuden cuando salgamos de la Disformidad. En cuanto salgamos, todo estará solucionado.

-Pero mientras debemos aguantar aquí.- Supuse.

-Por supuesto. Eso es lo que haremos.

-Coronel, ¿usted sabe por alguna casualidad cuántos Genesealers había en la nave?- Preguntó el capitán.

-No tengo una cifra exacta, pero seguramente sean algo más de dos mil. Lo peor de todo es que esto es una misión secreta. Supuestamente nosotros nos hemos retirado debido a un deterioro grave y oficialmente no hay nada escrito sobre este tema.

-Así que una misión secreta, es algo inusual.- Insinuó el capitán.

-¿No se fía de mí? Yo he servido en muchas batallas y me merezco mi reconocimiento. Lo siento por no ser uno de los legendarios marines espaciales del infinitas veces laureado ni servirlo gracias a mis músculos o a mis complejas servoarmaduras.

-¿Un poco resentido, Coronel? ¡Ja ja!. Además, como capitán de la séptima compañía del Capítulo de los Garras Ensangrentadas tengo potestad de eliminar a cualquiera que amenace con atentar contra el Imperio del Hombre, como puede ser el caso de un alto cargo de la Guardia Imperial que trafica con xenos.

-Pero usted no hará eso. Ambos sabemos que no podemos desperdiciar tropas. Aparte de eso recuerde que le salvé a usted y a su amigo de ser destrozado por esos monstruos.

-En parte tiene razón.

-¿En parte? No soy su subordinado, al menos en estas situaciones. El comantante en jefe aquí soy yo y si no está satisfecho siempre está invitado a vagar por las galerías matando Tiránidos hasta que alguno le atraviese el pecho.

-Eso no va a pasar.

-¡Ja! A pesar de ser un súpersoldado sigue teniendo orgullo, algo que puede acabar con cualquier hombre. Entre las enseñanzas que les doy a mis hombres, la primera es que dejen de lado cualquier tipo de sentimiento de ese tipo de orgullo. El orgullo le hace a uno ser vanidoso, y la vanidad le lleva al fanatismo más absurdo, el que se hace de la persona misma.

-El orgullo es bueno en parte, y el fanatismo también.

-¿En qué parte ser un ciego obcecado con unos objetivos inapelables es algo bueno, capitán?- Inquirió Zephirus.

-¿Acaso no es usted un seguidor ferviente del Emperador? Está cavando su propia tumba.

-Yo no he dicho eso. Nunca se debe confundir ser un fanático con ser un entusiasta. Yo les digo a mis hombres que sean entusiastas con todo lo que hacen, pero nunca fanáticos. Si, poníendonos el caso, un hombre quiere huir de una trinchera por miedo, hay que dejarle; es su vida la que está en juego, aunque puede que las de los demás también. Un soldado de mi regimiento sabe que si abandona su puesto puede enviar a la muerte a los que le acompañan, por eso no abandona el combate. En mi regimiento los comisarios no son más que elementos testimoniales, no tienen potestad para decidir quién vive y quién muere, puesto que aquel al que piensas matar puede salvarte la vida. Mis hombres no luchan por un lejano Emperador que vive en un lugar muy alejado. Luchan por él, sí, pero mayoritariamente luchan por sus compañeros sabiendo que si ellos se escapan, un enemigo puede matar a sus camaradas. Desde que yo estoy al mando del regimiento, ningún soldado ha sido fusilado. Con el miedo uno se hace temer, pero es mejor ser respetado que temido.

-Conmovedoras y blasfemas palabras, Coronel. Esas confesiones pueden costarle la vida.- Aseguró el capitán.

-Si es así...que lo sea, que me juzguen por herejía; pero para ello tendrán que recurrir a un tribunal de la Inquisición al ser un militar de alto cargo, y tengo al Ordo Xenos de mi parte, así como un historial impecable y repleto de victorias para el Imperio; por lo que la investigación podría tardar mucho en dar sus frutos, capitán. Así que centrémonos en lo que nos compete tras esta interesante charla.- En ese momento, fue Zephirus el quepareció sentirse henchido de superioridad mientras el capitán parecía más pequeño de lo que era, ante la magnitud de tal respuesta. Más tarde logré deducir que era solo en apariencia, para que el capitán pareciera haber sido vencido dialécticamente por el coronel y así salir de esa trifulca sin sentido.

Dicho esto, uno de los guardias entró en la sala para informarle a Zephirus. Entró deprisa, sin pararse a pensar que podía haber muerto si no se tiene el respeto suficiente a los superiores. Pero Zephirus era diferente, era un hombre bueno, que hacía las cosas por los suyos. Eso me pilló de improvisto, debido a esa imagen que tengo del comisario de otro regimiento disparando contra los del mío. Era algo que nunca se me olvidará. Supongo que el coronel debe de haber visto tanto sufrimiento en sus combates (que por cierto deben de haber sido muchos) que no le gusta ver cómo uno de sus aliados mata a otro, y lo más importante, justificándolo diciendo que era porque no cumplía con su deber o diciendo que lo ha hecho para que los demás combatan con más ardor. Eso es una técnica bárbara de motivación. Y por aquel entonces estaba totalmente de acuerdo con él.

Pero volviendo con lo del guardia, nos dijo que habían podido contactar con un grupo que se encontraba en la sala de mando de combate y que habían obtenido información. El guardia dijo lo siguiente:

-Señor, hemos contactado con unos cuantos que se han atrincherado en la sala de las estrategias (refiriéndose obviamente a donde se trazan estrategias)- Dijo, mientras se ponía recto, como debe de estar ante un superior.

-No hace falta que te pongas tan erecto, sólo tienes que decirme qué es lo que te han contado.- Dijo Zephirus con un tono que indicaba que lo había repetido tantas veces que ya le resultaba pesado. 

-Me...me han dicho que esperan órdenes.

-¿Algo más?- Preguntó el capitán.

-Sí, que ya no podemos contar con ellos. Creo que han muerto todos. A los segundos de estar hablando con ellos, escuché disparos y gritos. Segundos después, se cortó la transmisión.

-¡Maldita sea! Podríamos haber hecho algo para reagruparnos. Que el Emperador se apiade de sus almas. Soldado, has hecho bien, puedes retirarte.

-¡Señor, sí señor!

-Coronel, ¿vamos a salir de aquí vivos?- Pregunté sin temor alguno, Zephirus desprendía una sensación de que se podía confiar en él.

-¿Lo dudas? Claro que vamos a salir vivos de aquí, pero puede que nos cueste más balas de lo normal.

De repente se escucharon disparos. Vuelta a la acción. No hacíamos nada útil aquí hablando, así que salimos fuera. Aparte de los Genestealers normales había uno al fondo, quieto. Era como el doble de grande que uno normal. Estaba como una estatua de mármol blanco, no movía ni uno de sus extraños músculos. Los soldados no le disparaban a él, debido a que estaba parado al fondo. No me lo podía creer. Un Tiránido el doble de grande que esas bestias monstrusoas, con una apariencia idéntica pero de un tamaño superior, no era el doble de agresivo. Decidí dispararle a él, debido a que no estaba en peligro real. Ese monstruo recibía mis disparos una y otra vez, pero no le hacían nada. Simplemente rebotaban en su gruesa piel. De repente, ese monstruo decidió ponerse a caminar. Caminaba a un ritmo lento, pero constante. De pronto, desapareció. Era increíble, no lo perdí de vista ni un momento y se ha desvanecido. Me puse a mirar por todos lados mientras el miedo me invadía. Este ser no tardó en aparecer. Apareció al lado de un guardia, al cual degolló sin el menor problema. Mientras se mantenía la línea, ese maldito ser ya había matado a uno de los nuestros. Pero no se detuvo ahí. Los que estábamos más cerca decidimos, por un acto reflejo que le atacaríamos. Después de dos o tres ráfagas, ese monstruo desapareció otra vez. Al desaparecer, los Genestealers huían. Era probable que ese alien fuera como una especie de jefe.

¡Separémonos! La peor idea en una situación crítica

Después de esa batalla, quedábamos unos 50 o así en la entrada de la puerta. Habían muerto bastantes, la mayoría de ellos debido al jefe de los Genestealers.

-Soldados, recoged la munición de los caídos. Nos servirá.- Exclamó el Coronel.

Mientras los hombres obedecían su orden y buscaban algún herido por si podían curarle (cosa que no fue posible, todos murieron), Zephirus se reunió conmigo, con el capitán y con tres oficiales.

-Maldita sea, no podemos aguantar aquí hasta que salgamos de la Disformidad. Debemos de trazar un plan mejor.- Dijo Zephirus.

-Sí pero,¿qué podemos hacer?- Pregunté.

-Debemos ir al hangar donde está mi nave. Hay algo que puede que nos ayude. Además, si consigo coger mi servoarmadura podré luchar mejor que ahora.- Añadió el capitán.

-Si, en teoría es fácil pero el hangar está bastante lejos de aquí. Aparte de ti, deberían ir al menos diez soldados, sabiendo todos ellos dónde está el hangar. Y además está el Líder de la Progenie.

-¿El quién?- Pregunté.

-El Líder de la Progenie es, como su propio nombre indica, el líder de los Genestealers. Es el que les da órdenes de ataque y todas esas cosas. Normalmente es un Genestealer más grande, como en este caso. Deberíamos acabar con él y así la sincronización de los aliens se verá bastante reducida. En los primeros momentos del despertar de los Genestealers el Líder no estaba despierto y ellos se movían en grupos pequeños, de unos siete u ocho individuos. Pero ahora los grupos son bastante más grande y luchan mejor.

-Bien, en ese caso deberíamos dividirnos. Yo y unos cinco guardias irán conmigo, además del muchaco; tiene que coger una cosa.- DIjo el capitán.

-Bien, nosotros nos quedaremos aquí. Tome, es un comunicador. Lo malo es que sólo emite señales. Si están sufriendo un ataque, le dan al botón rojo una vez. Cuando hallan superado esa reyerta, le dan dos veces seguidas. Lo mismo haremos nosotros.

-Excelente; estaremos aquí en una hora más o menos. Si no volvemos en ese tiempo...vosotros veréis lo que hacéis, yo no puedo deciros nada, ya estaré muerto.

-Ehhh...si, buen viaje.

Salimos de la antesala del Navegante y nos dirigimos hacia el hangar. Al final fuimos el capitán, seis soldados y yo. Mientras avanzábamos hacia el hangar, examinábamos cada habitación en busca de supervivientes y Genestealers. Nos encontramos con tres soldados, por suerte los tres estaban enteros. Yo me pensaba que el hangar quedaba muy lejos, pero al rato estábamos enfrente suya. Al entrar, vimos algo desolador. Decenas de hombres muertos, entre ellos, varios Caballeros Grises. Los pobres diablos que no estaban muertos, estaban agonizantes; tuvimos que darles su merecido descanso. Era necesario, no pudimos hacer nada. Por lo visto, también se habían atrincherado aquí, sabiendo que habría una buena cantidad de Caballeros Grises. Según parecía, la batalla fue rápida. No tuvieron tiempo a reaccinar, estaban en una posición impropia para una situación de combate. Uno aquí, otro allá...era algo muy extraño. Definitivamente no tuvieron ninguna oportunidad.

-Debemos actuar rápido. Vosotros cubridnos y desplegaos por aquí. Dos irán a recoger armas portátiles y munición a las demás naves y a los Valkyrias. El muchacho y yo iremos a nuestra nave.- Dijo el capitán, demostrando una gran dote para el mando.

No adentramos en la nave, avanzamos un poco, hasta llegar a una habitación. Era la del capitán. Mientras él entraba me dijo que me quedara vigilando.

Pasados unos pocos minutos apareció vestido con su servoarmadura y su arma reglamentaria, lo que ellos llaman la alabarda Némesis, que por lo visto es la cumbre de la tecnología de ataque personal que puede fabricar un humano. En la mano llevaba una especie de colgante con el símbolo de la Inquisición, algo que llamó "Rosarius". Dice que detecta el peligro y genera un escudo durante breves y valiosos segundos. Supongo que no está seguro sobre mi supervivencia aquí. De todas formas, mejor para mí.

-Debes tenerlo en la mano en todo momento, pero no lo uses a bocajarro, tiene que recargarse entre uso y uso.- Me dijo al dármelo.

-No te preocupes, cuidaré de él como si fuese mío.- Le contesté.

-Bien, porque ya es tuyo.

-¿Por qué me lo regalas?

-Porque dudo que puedas salir de aquí sin esto.

-Crees que no puedo valerme por mí mismo ¿verdad?

-Pues si creo eso. Has visto lo que esos alienígenas hacen y también has visto cómo son masacrados los guardias. Tú ahora mismo no eres más fuerte que ninguno de ellos.

-Pero también fui soldado y sé defenderme como tal.

-Volvemos a lo de antes. Ya no solo los guardias, sino los nuestros, ¿te crees más fuerte que un Caballero Gris? En ese caso pelea conmigo y saldremos de duda.

-No he dicho eso.

-Pues parece que los hallas dicho. Tienes que aprender que las palabras también indican hostilidad, firmeza, seguridad o maldad. Puedes decir las cosas de mil maneras posibles y tienes que elegir las más adecuadas para cada momento. Y ahora salgamos de aquí.

-Una cosa antes de irnos, ¿qué es lo que hay escondido en esa sala?

-Así que lo has visto...en realidad no te conviene saberlo, pero te lo diré. Dentro de ese habitáculo se encuentra un arma maldita, una reliquia del pasado.

-Pues vale, pero ¿por qué no la usamos?

-Porque no podemos. Está maldita, cualquiera que la usara se volvería loco. Bueno, vayámonos de aquí.

Al salir de la nave, esbozamos una ligera sonrisa. Los hombres habían reunido bastantes armas, entre ellas una que me gustó mucho. Era una especie de arma larga que dispara muchos disparos por segundo. Lo malo es que el tipo que la había encontrado no podía con ella, así que se la dio al capitán. Después de eso, salimos de allí, ya que eso era una trampa mortal al no tener ninguna salida. Cargados de munición y armas frescas, corrimos hacia la antesala del Navegante, donde se encontraba el coronel.

Más o menos a mitad de camino escuchamos el sonido que nadie quería escuchar. El maldito comunicador. Había sonado una vez y, hay muy pocas probabilidades de que se tratase de un error. De todas formas seguimos corriendo hacia allí (y más rápido aún si cabe).

Zephirus hace honor a su apellido

Llegamos asfixiados al lugar donde se encontraba el coronel y, por desgracia, no se encontraba allí. Ni él ni nadie. Las cosas cada vez se hacían más raras. Habíamos tardado solamente una hora y media, nos explayamos más de lo normal porque registramos todos los habitáculos que había en el camino. Creo recordar que Zephirus no se movería de allí pero, ha incumplido una promesa.

Dejamos las armas y las cosas en el suelo y corrimos hacia la "trinchera". No éramos capaces de distinguir entre soldados que estaban muertos cuando nos fuimos y los que aún podían respirar. Por más que buscábamos no logramos dar con el coronel. Con suerte se habían marchado todos. Si no la tenemos puede que una mano del coronel esté a mis pies y su cabeza (si es que quedara algo de ella) estaría a diez metros. El capitán se apresuró y corrió hacia la sala del Navegante. Al entrar allí, se dio cuenta de algo horripilante; el Navegante había muerto. Se le había asestado una puñalada mortal en el cuello. Lo raro es que la nave continuase su camino por la Disformidad. No entiendo muy bien esto, así que es mejor dejarlo. Volviendo al tema, con el Navegante asesinado y los hombres que estaban con él desaparecidos o muertos, decidimos movernos. Era mejor que si recibimos un ataque lo hagamos en un pasillo estrecho, no en una sala gigante.

Otra vez en esos malditos pasillos. Cómo los odio. Tengo ese odio hacia ellos porque tenemos que estar atentos a lo que pasa delante y a lo que pasa detrás nuestra. Cada vez estaba más agobiado, y eso debe ser un mal presentimiento. Lo bueno es que no me dolía la cabeza en aquel momento, así que no hay problema de desmayo inminente.

Al avanzar un poco llegamos a lo que parecía ser una biblioteca. Anteriormente estaba llena de servidores y demás, pero ahora tiene el mismo olor a muerte que desprende toda esta maldita nave. Anduvimos por los pasillos entre estanterías, libros, mesas volcadas para hacer de barricadas y, por supuesto, muertos. Desde que me crucé con los primeros guardias no había dejado de ver cadáveres. Dicen los veteranos que uno se acaba acostumbrando a esto, pero no es así, al menos desde mi punto de vista. Ya he visto numerosos muertos y no deja de causarme impresión. No me he terminado de acostumbrarme a la muerte, y eso que supuestamente es mi trabajo, debo enviar a quien me pidan a su dios por la vía rápida.

Al avanzar un poco más, vimos a un Caballero Gris (no llevaba armadura pero se reconocía desde lejos) muerto apoyado en una estantería. Quedaba uno menos. En ese momento me pregunté dónde estaba Tiberius, pero seguro que estaba bien. No comprendo cómo podía el capitán aguantar esa carga al ver que todos sus compañeros están cayendo uno a uno y él seguía vivo. Ese pensamiento me hizo recordar la muerte de Líar en aquel campo de batalla contra los Orkos. No recuerdo cómo pude seguir, cómo no me arrodillé y me puse a llorar como un bebé. Supongo que es cosa de la guerra. En el momento en el que uno la vive se vuelve menos sensible. Por eso admiro a Zephirus, nunca vaciló ante una situación, pero tampoco trató mal a sus hombres. Mantenerse en esa línea de frialdad y amor hacia los suyos le convierte en un hombre con una mentalidad envidiable.

De repente oímos un ruido. Nos pusimos formando un círculo apuntando a todo aquello que pareciese moverse. Estando un rato así escuchamos:

-Bajen las armas, somos humanos.- Dijo una voz.

-¡Identificaos!- Gritó el capitán.

-Soy Arnold Derias, un soldado; y éste es Lucius Vrei, un Caballero Gris. Por favor, no nos maten.

-No os mataremos. Eso era lo que faltaba, matar humanos teniendo hordas de alienígenas dando vueltas por la nave ¡Ja ja!. Bien hecho Lucius, no has muerto.

-Ese era el plan señor.- Comentó Lucius.

-Sí, lo que tú digas; y ahora sigamos adelante.

Estuvieron un rato hablando sobre qué era lo que les había pasado cuando escuchamos un ruido por un altavoz de la nave.

-Hola, sí...¿Se me escucha?...perfecto. Hola a todos los supervivientes. Soy vuestro coronel, Zephirus Spei para los que no me conozcan. Bien, la situación es esta: Para los que no se hallan enterado hemos sido invadidos por Tiránidos, en concreto por Genestealers. Debemos mantenernos unidos y con confianza. De momento debemos agruparnos alrededor de el almacén 3/12; para quienes no sepan dónde está que sigan los carteles.

-¿Ese es Zephirus?¿Pero qué esté pasando?- Pensé en voz alta.

-Ya habéis oído a vuestro coronel, ¡vamos!- Ordenó el capitán.

De nuevo nos pusimos en movimiento y abandonamos la biblioteca. Siguiendo las directrices de las señales llegamos al susodicho almacén 3/12. Al entrar nos encontramos con una increíble obra de ingeniería más propia de un Orko que de un humano. Era un cúmulo de cajas y chapas puestas en forma de muralla alrededor de la puerta. Por lo visto, el almacén era lo suficientemente grande como para formar una cosa así y es más, para guardar todo eso. En lo alto de la "muralla" estaban unos diez soldados apuntándonos.

-¡Rápido, id hacia la izquierda, allí encontraréis una puerta. Si vienen Genestealers antes de que crucéis os dejaremos fuera hasta que pase el peligro!- Dijo uno.

-¡Vamos, vamos, vamos!- Gritó el capitán

Fuimos hacia la izquierda y nos encontramos con la "puerta". Era una parte de la muralla en la que encima había un tipo que nos tiró una escala. No era algo digno de una obra magistral de ingeniería pero cumplía con su cometido. Ese inmenso almacén se había convertido en una base dentro de la nave. Esta vez no era como en la sala del Navegante. Aquí teníamos armas, soldados y una posición privilegiada. Había muchos hombres más que antes, supongo que se unieron sobre la marcha. De entre todos los soldados pudimos reconocer al coronel. Estaba sentado encima de una caja de municiones mirando hacia el suelo. Alzó la cabeza y al vernos, esbrozó una sonrisa.

-¡Estáis vivos!- Gritó.

-Pues claro que lo estamos, ¿qué esperabas de nosotros?- Preguntó el capitán.

-Bueno...vamos a dejarlo.

-Sí, mejor será. Ah, ¿por qué matásteis al Navegante?

-¿El Navegante ha muerto? Maldita sea, dejamos ese lugar cerrado.

-Pues cuando nosotros volvimos, nos encontramos con la puerta abierta y el Navegante degollado.

-Dejando eso de lado ¿qué vamos a hacer? -Dije.

-De los Tiránidos no tenemos por qué preocuparnos. Lo peor es que muerto el Navegante, saldremos de la Disformidad de un momento a otro y no sabemos dónde estaremos. Esperemos salir en algún lugar bajo el manto del Emperador.- Exclamó Zephirus.

-Mmm...No me parece bien eso de los saltos aleatorios en la DIsformidad. Podríamos acabar en un sector alienígena, y de ahí no podremos salir nunca.


Después de un rato, la nave empezó a hacer ruidos extraños.

-Es la salida de Disformidad- Exclamó Zephirus. Puede que sufráis un pequeño dolor de cabeza, pero nada grave.

Un pequeño dolor de cabeza dijo el maldito. Al salir de la Disformidad parecía que el tiempo se detuviese pero al segundo sentí como si todo el universo me diera en la cabeza en todas direcciones. Al parecer no fui el único en sentir esa sensación. Todos los que estaban a mi alrededor lo sintieron también, pero para ellos no fue más que un pequeño dolor de cabeza. Para mí era como si me hubiesen golpeado de forma furiosa. Cuando todos nos recuperamos, todos hicimos la misma pregunta: ¿Dónde estamos?...

Parte 3: Plan, fuga y supervivencia

La horma del zapato de Zephirus ¡Llega Dimitri!

-Coronel, ¿cómo podemos saber nuestra localización?- Pregunté.

-Muy sencillo, sólo tiene que ir a la sala del Navegante o a la de comunicaciones.- Respondió Zephirus.

-Eso no parece muy buena idea, coronel- Exclamó el capitán.

-Estaba siendo sarcástico, supongo que ni todos los estudios del mundo ayudan a comprender el humor de Macragge.

-¿Usted es de allí?- Pregunté asombrado, ya que provenía de un lugar legendario.

-No, era broma; pero tengo un humor sarcástico parecido al que tienen allí.- Contestó mientras se reía.

Seguimos hablando cuando escuchamos un ruido proveniente del exterior. Al estar en un almacén, no sabíamos lo que estaba pasando, pero seguro que más de uno pensó en lo peor (sí, yo también lo pensé). Nos pusimos en guardia, asomados a la "muralla" establecida más o menos en la mitad del almacén y apuntando hacia la puerta. Nos quedamos así alrededor de media hora.Cuando nos tranquilizamos, escuchamos otro ruido, esta vez teníamos la certeza de que se trataba de un sonido Tiránido. Es un sonido inconfundible. Se escucha el chasquir de dientes y el afilar de garras de decenas de monstruosos seres chorreantes de baba. Lo bueno de eso es que no volveré a tener pesadillas, y si las tengo, me acordaré de los Tiránidos.

Pero era extraño, entraron sólo unos tres o cuatro Genestearels y no parecía que tuviesen ganas de pelea. Antes de que nos diera tiempo siquiera a apuntar, escuchamos una ráfaga de disparos; y segundos después, ni un Genestearler quedaba en pie. "Bajen las armas" gritó alguien del exterior, como si supiera que era lo que estaba pasando. Lo raro es que le hiciésemos caso. Supongo que no era igual que mi antiguo pelotón donde cada uno hacía lo que le salía de los... bueno, de su voluntad. Al pasar un momento, del umbral de la puerta se asomó una figura aparentemente humana. Por suerte lo era. Era un tipo com una mano biónica, con una boina negra, un parche, una chaqueta de militar sujeta a los hombros (al estilo de los comisarios) y unas botas negras, además de portar una pistola bólter. Detrás suya se encontraban unos diez hombres, todos estaban armados y uniformados. Pero no parecían guardias, ya que cada uno iba como quería, siempre guardando la regla de que llevaban boina.

-Caballeros, ha llegado vuestra salvación. No tenéis por qué temer, ha llegado Dimitri Ardui.- Dijo el tipo que iba sin el "uniforme" mientras él y su equipo se acercaban a nosotros.

-¿Quién es usted?¿Cómo ha llegado aquí?- Le preguntó Zephirus.

-Eso ahora no importa. Lo importante es que tenemos que llegar a mi nave cuanto antes. Recojan sus cosas y síganme. Les doy exactamente media hora, y les aviso que no me gusta esperar.

-No podemos abandonar nuestra nave. Si lo hiciéramos, estaríamos incumpliendo una ley bastante importante sobre la...- Dije, antes de que Zephirus me cortara.

-Bien, lo haremos.- Dijo Zephirus.- Siempre y cuando el capitán esté de acuerdo conmigo. Por supuesto, el que no quiera venir, será invitado a quedarse a esperar ayuda.

-Mmm... No estoy seguro, coronel.- Contestó el capitán.

-¿Así que un hombre de acero, uno con la voluntad de hierro no sabe lo que debe hacer ahora?- Preguntó, de manera sarcástica.

-No es eso, pero no sabemos quién es ese hombre. Además, podríamos ser condenados a muerte por incumplimiento del deber.

-Sí, pero téngalo en cuenta, ahora nuestra nave se puede considerar perdida en la Disformidad. No recibe ni trasmite señal alguna debido a que el Navegante está muerto. Podremos volver, pero a nuestro ritmo. Además, seguro que este señor nos soltará en un planeta cercano, donde podremos pedir ayuda y hacer que la nave sea rescatada.

-En ese caso... pero prométame que dejará a algunos hombres en la nave.

-No se preocupe, no me fío de este tipo, cualquiera sabe quién es. Deberíamos ir tú y yo a pedir ayuda.

-Bueno...Parece sensato. Aquí en el almacén tus hombres no correrán peligro.

-Bueno, está decidido, tú y yo iremos con ese tal Ardui.

-Yo también quiero ir.- Salté.

-Pues vale, entorpecerías a mis hombres. Te he visto combatir y no es que seas una máquina de matar.- Dijo Zephirus, mientras en su cara veía una sonrisa dibujada. Como la odiaba.

Así que nos fuimos con Dimitri y compañía hacia su nave. Por el camino al puente, veíamos hombres muertos, pero no eran soldados, eran tipos con cabeza rapada, una vestimenta gris y un collar en el cuello, aparte de los cadáveres de Genestealers ya típicos en los pasillos de la nave. Por raro que parezca, no nos encontramos con ningún enemigo en el camino. En el camino, Zephirus se puso a su altura y empezó a atosigarlo con preguntas, como ya nos tiene acostumbrados.

-¿Quién es usted? Creo que no me ha respondido a eso.

-Le he repondido, me llamos Dimitri Ardui.

-Vale, pero,¿qué hace aquí?

-He venido a rescatarles.

-¿Está de broma? No parece un guardia o algo parecido.

-Es que no lo soy.

-Entonces, ¿por qué ha venido?

-Porque me gusta salvar a la gente.

-¿En serio?.

-No.

-Entonces,¿por qué es?.

-Mire, no le voy a engañar. Soy...Como decirlo, es que es complicado ante un coronel de la Guardia Imperial, un Marine Espacial y ante lo que sea que es este muchacho. Bueno, trafico con cosas. Nada fuera de lo normal, nada de material xeno. Respeto la ley y le rezo al Emperador todos los días. He venido a esta nave porque pensaba que se encontraba abandonada, y mirar el material. Pero no había gran cosa, sólo me he llevado un par de cosas, en concreto tres.

-Comprendo...Ah, ¿dónde estamos?

-En una nave de la Flota Imperial.

-Eso ya lo sé, pero me refiero a situación en el espacio.

-Ahh, haberlo dicho mejor. Estamos en el Segmentum Ultima, concretamente en el centro del Segmentum.

-Vaya, que lejos hemos llegado.- Dije.

-Pues claro, la Disformidad es imprevisible. Nunca se sabe dónde se puede ir a parar si se viaja sin Navegante.-Contestó el capitán.

-Exacto. Además, no tendrán que ir muy lejos. Tardaremos como dos días en llegar al planeta más cercano, mientras que mis pilotos no me fallen.

Seguimos hasta el puente, viendo más y más cadáveres. Parecía que empezaran a oler fuerte, pero ese olor no lo tendría que sufrir más. Caminamos hasta ver la zona donde las naves se conectaban directamente sin necesidad de teletransporte. Por lo visto, la nave de Dimitri también era bastante grande, lo suficiente para no caber en uno de esos hangares gigantes de la nave del regimiento.

Al pasar un rato, por fin llegamos a la nave del señor Dimitri. Bueno, o eso parecía. En la entrada del puente de las naves se encontraban otros dos tíos uniformados, posiblemente esperando a Dimitri.

-Señor Ardui,- Dijo de nuevo Zephirus -¿quiénes son esos cadáveres que llevan collares?.

-¿No son sus hombres?.

-Pues claro que no. Además, hay demasiados de ellos por ahí.

-Pues no tengo ni idea. ¿Quién le dice a usted que no llevaban a hombres encadenados en almacenes junto con los Tiránidos?.

-Eso sería una aberración.

-Todo es posible. Cuando uno ve tantas cosas, no se da cuenta de que algunas al ojo poco entrenado le pueden parecer difíciles de asimilar.

Mientras Zephirus hablaba con Dimitri, el capitán hacía lo mismo conmigo.

-Capitán, ¿no le parece todo esto un poco raro?. No he visto a esos tipos muertos en mi vida, y eso que creo que he pasado por este pasillo.- Pregunté.

-Quién sabe... De todas formas hay que confiar en la gente. Después de todo, este hombre nos va a salvar.

-Tiene razón pero...

-No tienes por qué temer. Si pasa algo, sólo tienes que estar junto a mí.

-Gracias capitán. No sé que sería sin usted.

-Un joven muerto ¡Ja ja ja!

-Sí, lo que usted diga.

Al fin embarcamos la nave de Dimitri. Tan pronto como entramos, se cerraron las puertas y se empezó a replegar el puente. Por una ventana de un pasillo, por fin pudimos ver otra vez la nave en la que hemos viajado. Sus daños eran considerables, sobre todo en la parte del fuselaje. Cualquier torpedo destrozaría la nave apuntando ahí.

-Señores, - Dijo Dimitri.- observen la maravilla tecnológica que va a ser destruida en cuestión de segundos.

De pronto, los acompañantes de Dimitri nos dieron una buena dosis de dardos tranquilizantes (al capitán lo tuvieron que sujetar entre cinco hombre, y ni aún así podían mantenerlo estático para aplicarle la dosis). Una vez drogados, señaló hacia la parte rota de la nave y dijo:

-Es una pena que no halla más mercancía buena. Me he tenido que conformar con tres artículos. Pero uno de ellos es un Marine Espacial, así que he salido perdiendo, estos valen mucho. Caballeros, observen el potencial militar de Dimitri Ardui.

De pronto, la nave tembló y vimos un cohete dirigido hacia la parte débil de la nave. Y todos sabemos lo que pasó. El misil estalló en cuanto tocó la nave y creó un agujero inmenso, esta vez la nave de Dimitri si cabría dentro de la nuestra. Pero la realidad era que todos los que quedaran allí morirían tarde o temprano. Mientras pasaban esos sucesos tan macabros por parte de Dimitri, fui perdiendo los sentidos progresivamente hasta desmayarme.

Homo homini lupus

No sé cuanto pasó hasta que me desperté, pero no debió ser demasiado. Me encontraba en una jaula, como un animal. No entendía lo que estaba pasando. Miré a mi alrededor y la imágen era totalmente desoladora. Todos encerrados en las mismas jaulas. Miré en busca de Zephirus y del capitán, pero no encontré nada. Sólo vi a esos tipos, llevaban la misma ropa que los que habían muerto en la nave con los Tiránidos. Era algo que me hizo olvidar el terror de los Tiránidos. Había algunos llorando, otros se habían vuelto literalmente locos, unos se pegaban goples contra la reja, pero debido a su poca vitalidad por no poder comer, no se hacían daño apenas. Los había nerviosos y otros inmóviles, casi muertos (puede que alguno lo estuviera). La sala en la que estaba era oscura e interminable.

Me quedé horas intentando recordar qué pasó; los Tiránidos, Dimitri y su aparente pretensión de salvarnos, la destrucción de la nave... Debía de estar ya en el infierno. Habría muerto en la nave, o incluso antes; esta pesadilla no era real. Al cabo de unos minutos, o incluso de unas horas, se encendieron unas luces al fondo. Parecían linternas, y lo eran. Los vi pasar delante mía. Eran tres tipos que llevaban a un preso desnudo. Pero no era un preso normal. Medía más que los que iban con él, y era musculoso y fuerte. Tenía la certeza de que sabía quién era, pero no me atrevía a decir nada. Tenía la boca seca. Al ponerse de espaldas, vi la realidad. El hombre que llevaban esos tipos era el capitán, tenía un tatuaje con un símbolo con forma de "I" mayúscula con una calavera en el homóplato. Pero había algo que no me dejaba ver bien el tatuaje. Sangre. Mucha sangre. Había sido torturado. Por lo que se ve, a latigazos. Conté como treinta heridas, pero el capitán no parecía sentir ningún tipo de dolor. Estaba erguido, como si no le importara nada de lo que estaba pasando. Al cabo de un rato, lo perdí de vista.

No sé cuánto pasó dese que vi al capitán. No existe la hora en este lugar tan lúgure, ya que a nadie le interesa. Por lo que balbuceaba un tipo, lleva aquí desde que Dimitri era un niño, y Dimitri ya estaba entrado en años. El caso es que después vinieron a por mí. Los mismos tipos abrieron mi jaula y me llevaron con ellos.

-¿Quiénes sóis?¿Dónde me lleváis?¿Por qué soy prisionero?- Les pregunté.

-Cállate idiota. El señor Ardui aclarará las cosas.- Dijo uno de esos tipos.

Avanzamos cientos de metros por la misma sala llena de prisioneros. Eran cientos de metros llenos de jaulas, y no sabía dónde quedaba la otra punta del almacén. Llegamos a una puerta y me percaté de que estábamos en el almacén que tenía el número 3. Además de ese había al menos otros tres almacenes más, probablemente llenos de prisioneros, al igual que en el que yo me encontré. Subimos unas escaleras y nos dirigimos hacia una puerta que se encontraba al final.

Allí, por lo visto, se encontraba el despacho de Dimitri. Y acerté. Dimitri estaba, detrás de una mesa muy adornada y sentado en una silla, bueno, más bien un sillón; con la chaqueta de comisario en el respaldo del mismo y encendiéndose un cigarrillo. Los guardas me sentaron y me quitaron las esposas que llevaba desde que me sacaron de la jaula. Dimitri se levantó y se dirigió hacia mí.

-¿Quiéres un cigarrillo? Te calmará algo.- Me dijo.

-No, ¿qué estás haciendo?- Pregunté.

-Muy sencillo, os estoy tomando como esclavos.

-¿Cómo?.

-Sé que lo has oído muy bien, os he tomado como esclavos a ti, al marine y al coronel. Probablemente os venda a buen precio, sois hombres robustos, sobre todo el marine; lástima que halla sido tan insolente. Pero tengo que hacerte una proposición. Desearía que te unieras a mi guardia personal. Estarás exento de vivir en ese lugar monstruoso.

-¿Y qué pasará si me niego?.

-Serás llevado al lugar del que has venido, esa jaula oscura, pequeña y sin alimentos excepto el que repartimos una vez por semana. En cambio, si te unes a mi séquito, podrás vivir de manera que puedas considerarte humano.

-Si dices eso, ¿por qué permites que esa gente viva así?.

-Porque tengo que ganar dinero. Debo mantener un estatus social y económico ¿sabes?. Además, los esclavos se venden bastante bien. Pero me he fijado en vosotros tres. Habéis sobrevivido a una plaga Genestealer, lo que quiere decir que sois fuertes. Les he hecho la misma propuesta a los tres. El coronel se negó y el marine intentó matarme, pero ya le dieron su merecido. Puede que lo hayas visto incluso. Pero tú puedes ser diferente, puedes tener poder sobre ellos, ser alguien, no un esclavo normal y corriente que es probable que muera dentro de unos meses en una mina o sirviendo de distracción ante algún enemigo, y no sería la primera vez que eso pasase. Me da igual que mueran diez o veinte esclavos moribundos siempre que consiga alguno que pueda valer un buen precio. Tu amigo el marine espacial vale más que cien esclavos normales. Son hombres robustos y grandes, lo malo es que domarlos cuesta bastante, son muy tozudos.

-¿Domarlos?¿Acaso son animales?- Pregunté, mientras me escandalizaba del horror.

-No son animales, pero sí se pueden comprar, vender y ser dueño de ellos, ¿qué diferencia hay con el que compra un animal para su diventimento o para que trabaje por él? Yo no veo ninguna, sólo el nombre. Bueno, y sin más dilación, ¿qué me dices?...¿Quiéres salvarte?

Bueno, antes de contestar pasaron por mi mente todos mis recuerdos desde que mi vida cambió. Los bandidos, los de la Guardia Imperial, Tiberius, el capitán, Zephirus... Todos ellos me han ayudado a llegar hasta aquí. Pero quizás esté condenado a estar solo. Todos han ido desapareciendo progresivamente. Siempre me he encontrado solo, sin nadie a mi alrededor; es bastante triste. Pero ese momento era crucial para mí, y le contesté a Dimitri con decisión aplastante. Ellos sabrían perdonarme . Seguro que lo harían.

-Sí. Dimitri, a partir de ahora estoy a tus órdenes.

-Excelente. Lleváoslo. Que coma, se asee y que se ponga ropa limpia. Después de eso que venga otra vez.

-¡Sí señor!- Respondieron los demás.

De camino a mi nueva habitación, nos pusimos a hablar mis nuevos compañeros y yo. Por lo que se ve, ellos también fueron esclavos secuestrados por Dimitri, pero que les ha permitido servirle de manera más eficiente.

-¿Cómo os llamáis?- Les pregunté.

-Yo soy Daniel Storm, y ella es Enma Zunz. Y tu nombre es...

-Me llamo Deivade Luminos, encantado de conoceros.- Era muy raro, había usado ese nombre falso por tercera vez...en fin, por lo visto me gustaba el nombre.

-Lo mismo digo. Oye Enma, ¿puedes llevarle tú sola? Tengo que ir a mear.

-Qué desagradable que llegas a ser, Daniel.- Dijo Enma.

-No me gusta andarme con rodeos, sólo eso.

-Bueno, vete, yo seguiré hablando con mi nuevo amigo, ¿verdad Alex?

-Claro, vete, no hay peligro.- Contesté.

Enma y yo seguimos charlando. No tenía ni idea si Dimitri sabía lo de mi poder psíquico, pero mejor sería no decirle nada, pues seguramente me volvería a encerrar.

-Oye Enma, ¿de dónde eres?- Le pregunté, intentando hacer amistad con ella.

-Soy de Acturus IV, un planeta cercano.

-Yo soy de Gravalia III, no tengo ni idea de dónde está. Pero mejor, era un planeta muy feo.

-Pareces muy joven, ¿cuántos años tienes?

-Bueno...en realidad no lo sé. Eso de cumplir años no me gusta, sé que cada vez soy más viejo.

-¿Yo? Preguntarle a una señorita eso es de mala educación, pero me caes bien, así que no me importa que sepas que tengo treinta y dos años.

-¿Y cómo te secuestraron?

-Prefiero no hablar de eso, me duele sólo con recordarlo.

-Oh, lo siento mucho.

-No pasa nada, de todas formas, Dimitri fue indulgente conmigo y me ofreció la libertad, así que no puedo quejarme. Era ésto, morir en una jaula o como concubina de algún señor de la guerra. Pero algún día quiero dejar todo esto atrás e irme por mi cuenta. Llevo aquí desde hace ya bastante tiempo y, se vive bien, pero quiero algo más; algo mejor para mí y para todos. Bueno, ya hemos llegado. Ésta es tu habitación. Haz lo que tengas que hacer pero rápido, Dimitri te espera. Ah, tienes un uniforme en el armario.

-Gracias, ¿me quieres esperar?

-Bueno, no tengo nada más que hacer. No tardes.

Disciplina

Me duché y me puse el uniforme. Por lo visto, Dimitri era un tipo poderoso, llevaba guardaespaldas uniformados. O al menos lo aparentaba. Al salir, Enma me estaba esperando como acordamos y nos marchamos otra vez hacia la sala de Dimitri, hablando nuevamente.

Al llegar a la oficina de Dimtri, Enma me esperó fuera, y mi nuevo jefe me invitó a sentarme en el mismo lugar donde tomé asiento antes.

-No te voy a preguntar sobre tu pasado, me da igual. Lo que me importa es tu presente y tu futuro, y probablemente a ti también. Durante esta primera semana se te encargarán los trabajos más desagradecidos y más...incorrectos. En definitiva, te encargarás de castigar a los esclavos. Así te podrás ganar tu valía a mi lado.- Dijo Dimtri.

-Claro señor. Estoy dispuesto a servirle en todo lo que usted necesite.- Contesté sin pararme a pensar en lo que Dimitri había dicho.

-Excelente, tu primera misión será tratar con el siguiente esclavo. Es el número 164.911, está en el almacén tres. Lo que tienes que hacer es llevártelo contigo hasta la sala B3 y aplicarle uno de los castigos de rango gamma, a tu elección.

-¿Castigos gamma?¿Qué es eso?

-Son una serie de castigos que se dan a esclavos por haber cometido lo que a mi me gusta llamar como "errores", una resistencia pasiva a un guardia, negarse a comer y cosas por el estilo. Son los castigos menos duros, así que no oirás muchos lamentos. Si Enma quiere, puede acompañarte.

-Sí señor.

Mi nuevo trabajo no acababa de gustarme, pero era lo mejor que tenía. Me daban pena Zephirus y el capitán, pero no puedo mirar atrás, no puedo achantarme. Ya pensaría en algo con lo que irme de aquí.

Al salir, le conté mi encargo a Enma, pero ella no quiso acompañarme.

-De eso deberías encargarte tú, de todas formas tienes que aprender a hacer eso solo, yo no te puedo ayudar.- Me dijo.

-Pero, ¿por qué no?.

-Porque tienes que inmunizarte contra el horror. Yo ya lo he hecho pero si alguien te ayuda, te costará más. Lo siento, pero me tengo que preparar para el desembarco.

-¿Desembarco?

-Sí, en unas dos horas llegaremos al planeta Driban, donde venderemos mucha mercancía. Si fuese tú, terminaría rápido, las turbulencias no son muy agradables.

Tras decirme esto, se marchó hacia su habitación, y yo decidí marcharme para cumplir mi trabajo. Una vez en la sala B3, estuve como media hora buscando al dichoso esclavo 164.911. Pero por fin di con él. Era un hombre con la mirada perdida, como si estuviese en trance. No parecía muy viejo, tendría como cincuenta años o así. Me extrañó que fuese pálido como la leche.

-Tú, espabila.- Le dije, mientras golpeaba la reja de la jaula.

-¿Mmm?.

-¿No me has oído? ¡Vamos!.

-¿¡No le has escuchado!?¡Muévete si no quieres recibir un castigo mayor!- Exclamó una voz.- Vaya, uno nuevo. Encantado de conocerte, me llamo Albert Nhül.

-Un, un placer.- El tal Albert era un hombre gigante, con la piel negra como el ébano y una cara despiadada.

-Dejemos esto para otro momento, ¡vamos perro!.

Resultaba extraño que ese pobre infeliz hiciera caso a Albert, pero así era. Al mirar a mi alrededor, me di cuenta que los demás esclavos estaban expectantes para ver el espectáculo. Albert le puso las esposas a 164.911 y nos marchamos.

-Tienes que tratarlos así para que te hagan caso, no puedes ser indulgente, pero tampoco pasarte; si están mutilados o algo así valen menos y Dimitri tiene menos beneficios ¿entiendes?

-Claro, y ahora ¿dónde está la sala de tortura?

-No nos gusta llamarla así, es mejor zona del arrepentimiento. Queda más...suave.

Llegamos a la "zona del arrepentimiento", un lugar bastante grande, de un color blanco intenso, pero con algunas marcas de sangre por el suelo, pero era sangre fresca, así que alguien debía de haberse arrepentido hace poco. Se me ha olvidado comentar que enmedio de la sala había una camilla con una mesita al lado derecho. Albert me hizo poner ahí al esclavo. En el momento en el que lo puse y lo sujeté con unas correas a la camilla, empezé a escuchar a Albert hablando solo mirando a una especie de espejo negro que se encontraba en la pared. Luego descubrí que era un cámara.

-Mirad malditos, éste es el castigo a quien se oponga a nosotros. Y ahora que comience el espectáculo.- Dijo mientras se sacaba una jeringuilla de un bolsillo de su chaqueta.- Ésto es sulfanomida estoplocidiaca, una sustancia que hace que casi todas las sensaciones se intensifique por diez incluso, claro, el dolor. Podréis sentir esto si dejáis de hacer lo que se os ordene. Tú, pónsela en el brazo.- Me dijo mientras me arrojaba la jeringuilla.

-Sí señor.- Contesté, y cumplí su orden.

-Como los que estáis mucho tiempo aquí sabréis, los castigos gamma son en su mayoría de índole química y, hoy no va a ser un día especial.- Dijo mientras se acercaba a la mesilla y sacaba más jeringuillas.- Todos estos productos no provocan dolor real, sólo la sensación. Eso es lo bueno.

El esclavo se retorcía de dolor en el mommento que Albert pinchó la aguja, sin siquera vertir el producto. Gritaba y gemía, pero Albert aseguraba que no estaba sufriendo realmente.

Después de una hora más o menos, se acabó el grotesco espectáculo. Albert me hizo quitarle las mordazas al esclavo. Éste no podía apenas moverse, sus piernas temblaban y se desvanecía cada dos por tres. Babeaba de una forma abundante y apenas podía gritar más.

-Llévalo a su jaula, pronto aterrizaremos.

Mientras llevaba a ese pobre infeliz a su jaula, miraba a los otros que estaban presos. Según intuía, estos malditos iban vendidos de un momento a otro; y a lo mejor serán llevados a un sitio peor. Pero bueno, yo no podía hacer nada para salvarlos, ahora trabajaba para el malo, para el que hace sufrir y, era eso o ser como ellos. Alguien podría pensar que actué como un ser sin honor alguno, pero en mi caso, el instinto de supervivencia prevalecía por encima del honor.

Dejé al reo en su jaula y decidí vagar por los pasillos (en realidad no sabía donde estaba mi habitación). Pasado un rato de paseo, por el megáfono se anunció la entrada a la atmósfera del planeta. El planeta...como si eso se pudiese llamar así. Era una maldita roca de arena. Parecía que nos acercábamos al único edificio de esa esfera polvorienta, un edificio gigantesco, lo que más tarde sabría que era una especie de mercado de esclavos. Por lo que parece, numerosos compradores se acercaban desde planetas cercanos o eran minoristas que compraban para vender en lugares más lejanos.

La venganza es un plato que tarda en cocinarse para servirlo frío

Llegamos al espaciopuerto de las instalaciones de compra-venta de esclavos. A los que estábamos cerca del área de influencia de Dimitri se nos permitió salir libremente, sin tener que descargar la "mercancía". Dio la coincidencia que di con la habitación de Enma antes de dar con la mía (normal que me confundiera, eran todas iguales), así que salimos juntos hacia la "lonja". Aquello era un viaje continuo de vehículos llevando celdas llenas de esclavos de un lado a otro. En las distintas salas del complejo se pujaba sobre la clase de los esclavos. Había una para los normales, otra para los que eran de lugares fríos, selváticos...

Enma y yo nos dirigimos hacia una de las numerosas cafeterías del lugar y nos pusimos a hablar mientras nos bebíamos algo de color negro bastante refrescante y con burbujas.

-Bueno,¿qué te parece el trabajo?- Me preguntó.

-Bastante bien, el trabajo duro no he tenido que hacerlo yo, sino un tal Albert.

-¿Albert?¿Un tipo alto y moreno?

-Sí, ese exactamente.

-Te doy un consejo, no te acerques a ese monstruo. Ese hombre, aunque no lo parezca, disfruta con el dolor y la sangre; es su sustento y placer. Pero no me has respondido.

-¿A qué?.

-Si te gusta tu trabajo.

-Si te soy sincero, no. Es cruel e innecesario. Yo no estoy hecho para esto, no puedo apenas soportarlo. ¿No habrás sido enviada por Dimitri?

-¿Qué? ¡No! ¿Podemos hablar de una cosa en un sitio más apartado?

Y eso hicimos. Nos retiramos hacia una sala pequeña, no más grande que una habitación individual. En ese lugar oscuro Enma me dijo:

-Haz como si fuésemos a hacer el amor.

-¡¿Qué?!

-¡Vamos!

-Vale, vale.

Empecé a hacerle carantoñas y a acariciarla, así como a morderle suavemente la oreja derecha.

-Estoy haciendo esto porque los vigilantes sospecharían.

-¿Qué vigilantes?

-Los de esa cámara, es que te lo tengo que explicar todo. Pero no te pases que te doy fuerte en tu punto débil.

-Vale, tampoco iba a intentar demasiado.

-El caso es que quiero matar a Dimitri.

-¿A Dimitri? Si eres parte de su círculo de confianza.

-Por eso me es más fácil matarlo. Pero para ello necesitaré tu ayuda. Y la de los esclavos.

-No creo que los esclavos estén muy dispuestos. Además, estamos en un lugar con muchísima vigilancia.

-Eso es lo más sencillo de todo; solo necesitaremos un poco de suerte. Verás, ahora todos los esclavos están recluidos en un almacén subterráneo. Y cuando digo todos son todos. La mejor parte es que ese lugar está vigilado sólo por unos diez guardias, al tener la rejas electrificadas, los esclavos no podrán darles problemas. Esas rejas solo se abriran si alguien de fuera las abre.

-Nosotros.

-Exacto. Uno de nosotros hará el relevo al encargado de la electrificación mientras se lo toma a un guardia que esté por allí y expandirá el rumor de fuga, algo como que hay una reja abierta o algo así.

-¿Cómo voy a extender ese rumor? No soy un esclavo, no me harán caso.

-Ahí es donde entra tu amigo el marine. Tendrá que confiar en ti y asegurar a los demás presos que hay ayuda en camino pero que deben eliminar parte de la resistencia interior antes de que ellos puedan asaltar la base.

-Pero,¿y los collares esos?¿qué son?

-Son unos collares especiales que contienen un veneno mortal por si a algún esclavo le da por escaparse. Lo mejor de todo es que se los quitan a los esclavos una vez llegan aquí; a los compradores no les gustan.

-Parece un buen plan pero, ¿por qué quieres matar a Dimitri?

-Es algo complejo, pero ya que me lo preguntas te lo diré. Hace tiempo, cuando yo era una niña, vivía feliz con mi familia, pero ese maldito de Dimitri los asesinó a todos, excepto a mí; tendría por aquel entonces unos cinco años. Dimitri se fijó que era una niña tremendamente inteligente, antes solía hacer pruebas psíquicas, mentales y físicas a todos lo que iba a secuestrar. Pero ahora no se por qué no las hace, porque si te soy sincera no me gustaría estar al lado de uno de esos mutantes psíquicos. Pero vamos a lo que te decía. Dimitri me ha estado diciendo desde siempre que él me salvó de los tiranos que gobernaban mi planeta. Que el ejército iba a matarnos. Se cree que no me acuerdo de lo que pasó. He estado planeando esto durante toda mi vida. Si crees que no puedes hacerlo, no sigas, por favor. Quiero la libertad, tanto para mí como para los esclavos.

-Espera, ¿por qué no has hecho esto antes?.

-Porque antes estábamos en el espacio y la seguridad es más estricta.

-Tiene sentido.

-Y ahora súbete la bragueta y mete esa pequeña cosita dentro de tus pantalones.

-¿Pequeña? Esto es una lanza.

-Sí, lo que tú digas. Bueno, nos vemos en el almacén dentro de tres horas. Debemos separarnos, si no sospecharían mucho.

La idea de una fuga masiva no me hacía mucha gracia pero, era esto o servir a Dimitri por el resto de mi vida. No tenía elección y esperaba con todas mis fuerzas que el capitán me ayude.

Yo tenía que ir antes para que al capitán le diese tiempo para transmitir el mensaje a todos. Si el quería, claro. Una vez relevé al guardia anterior, me dispuse a buscar al capitán. No sería muy difícil de encontrar, ya que un hombre gigante no se puede ocultar muy bien. Como bien supuse, lo encontré rápido, en unos cinco minutos.

-¿Qué haces así vestido y fuera de tu celda?- Me preguntó nada más verme.

-Te tengo que pedir un favor.- Contesté.

-¿Un favor? Seguro que te has vendido a Dimitri por seguir vivo unos cuantos años más, ¿me equivoco?

-En principio sí, pero no vengo a hablar de eso.

-No eres como yo creía. Los psíquicos deben de tener una fe y una voluntad absoluta para no sucumbir al mal, y tú has fallado no solo como psíquico, sino como persona.

-Te estás llevando una opinión bastante mala de mí, capitán. Lo que quiero es que me ayudes a liberaros a todos. Está habiendo una conspiración para eliminar a Dimitri y necesito a los esclavos de mi parte. Por eso quiero que difundas un rumor.

-¿Un rumor?¿Qué gano yo con eso?

-La libertad, capitán.

-¿Y en qué consiste tu rumor?

-Debes decirle a todos los esclavos que hay una posibilidad de fuga, pero si todos colaboran. Ese rumor debería llegar a todos en, digamos, una hora y media.

-Lo intentaré. 

-Gracias y ahora, haz como si me estuviera metiendo contigo, que hay un tipo en esa esquina que está sospechando algo.

En el momento menos oportuno

Después de hablar con el capitán, me marché a una de las armerías del complejo para ver el armamento con el que contaban los guardias. Nada fuera de lo normal; pistolas, rifles, granadas... Pero había algo que me llamó la atención. Había como una especie de garra de metal metida en una vitrina. Pero no tenía el tamaño adecuado para mí, estaba hecha para alguien como el capitán. Cuando dejé de observar ese arma, me giré y vi cómo alguien me golpeaba con la culata de su arma. Me tiró al suelo y yo fui cerrando los ojos poco a poco sin tiempo suficiente para ver a mi agresor.

Al despertarme me encontré en una especie de catedral en ruinas, pero sin ninguna brecha. Lo único que estaba destruido era el mobiliario interior. Por los ventanales podía ver una tormenta de color morado que desprendía algún rayo de vez en cuando.

-¡Eh, aquí arriba!- Dijo una voz que me resultaba familiar.

-Me suena tu voz, ¿quién eres?

-¿No lo sabes? Mira hacia aquí de una vez.

Me dirigí hacia donde me hablaba la voz, resultó ser el mismo tipo que me llevó a aquel extraño bar, ese vestido de negro con el pañuelo rojo. Pero ahora este individuo se encontraba agachado de cuclillas subido en una viga.

-¿Ya me reconoces? Tienes una memoria bastante mala.

-¿Qué es este sitio? Quiero irme de aquí, tengo algo importante que hacer.

-Deberías recordar que yo lo se todo, se que vas a liberar a los esclavos.

¿Quién te ha dicho eso?

-Prefiero no hablar de ello. Pero deberías saber algo que te resultará muy útil.

-¿Qué es este sitio?

-Deja de interrumpirme. Debo preguntarte algo: ¿Hacia dónde vais a huir?

-Lejos de Dimitri.

-No es eso lo que te estoy preguntando. Has visto el planeta por fuera.

-Oh, ahí no había caído, es un desierto.

-Ahí es donde yo quería llegar. Ese planeta era un desierto desde que los hombres no érais más que simios que se impactaban cuando veían el fuego. Pero hay una solución a ese problema. ¿Qué crees que pasó con la nave que Dimitri destruyó?

-No sé, se quedaría flotando en el espacio, supongo.

-Error. Muchos de los fragmentos que quedaron del ataque de Dimitri han sido atraídos al planeta debido a la gravedad. Y uno de esos fragmentos es la nave de los Caballeros Grises. Esas malditas naves están hechas para durar.

-Así que se puede huir con ella.

-Error otra vez. Hay miles de esclavos, ¿cómo váis a huir en una nave que no llega a los cien metros de eslora?.

-Tienes razón, ¿entonces qué podemos hacer?.

-Dar una llamada de alerta. En este sector la esclavitud está terminantemente prohibida y su castigo es la muerte. Además, es una nave de Caballeros Grises, acudirán en vuestra ayuda en cuanto mandéis la señal de socorro.

-¿Vendrían pronto?

-Por supuesto. Se dice que un marine espacial vale la vida de mil hombres, imagínate la de un Caballero Gris.

-¿Son especiales?

-¿No te has dado cuenta? Deberías percatarte de cosas así, tú también eres psíquico.

-¿Ellos son psíquicos?

-Claro.

-¿Y entonces por qué el capitán no usa sus poderes?

-Porque lo matarían nada más verlo usándolos. Él sabe que los marines tienen un alto precio, y que a Dimitri no se le pasaría por la cabeza matarlo. Pero si descubre que es psíquico, no tendrá reparo en asesinarlo. Los psíquicos no se pueden vender, son muy peligrosos. Una cosa más, toma este papel con las coordenadas exactas de la nave de los Caballeros Grises.

-Gracias, oye; ¿quién eres tú?

-Si fuese tú tendría cuidado con lo que se te cae encima.

-¿La carga de llevar a todos esos esclavos a la libertad?

-No, con la viga que se va a caer encima de tu cabeza.

Demasiado tarde. La viga se cayó encima de mi cabeza, y otra vez volví a perder el conocimiento.

Al recuperarlo, me encontraba en mitad de una sala con gente corriendo de un lugar a otro y escuchando disparos. La revuelta había dado comienzo.

El diablo de Ardenus

Me di cuenta donde estaba, en mitad de una cafetería para los guardias, pero los guardias no tenían tiempo para tomar nada. Los esclavos estaban armados y combatiendo a sus captores. Y yo en el centro de todo eso. Fui agachado en busca de refugio. Un rato después de que los disparos acabaran (ganaron los esclavos), salí de mi refugio y me dirigí hacia la barricada de los esclavos con las manos en alto. Por suerte estaba allí Zephirus, comandando a un grupo de esclavos.

-Bajad las armas- Les dijo a los demás, justo cuando me vio.

-Gra, gracias Zephirus.

-¿Qué haces aquí y así vestido? Podría haberte matado.

-Zephirus, yo soy uno de los que ha ayudado a los esclavos a escapar.

-¿Te uniste a Dimitri?

-¿Cómo lo sabes?

-Ningún esclavo podría escapar de este lugar sin ayuda externa.

-Tienes razón, pero eso ya es agua pasada.

-Zephirus, han bloqueado la puerta desde el otro lado.- Exclamó un esclavo.

-Colocad una de esas cargas de demolición que encontramos antes. Va a tardar un rato, pero intentad apresuraros. Oye,- Dirigiéndose a mí.- no pienses en el pasado, todos cometemos errores. Chaval, ¿sabes lo que es un regimiento penal?

-No, pero seguro que me contarás una larguísia historia.

-Es larga, pero es mi historia. Yo hace tiempo no era conocido por Zephirus, el coronel; era conocido por Zephirus, el diablo de Ardenus.

-¿El diablo de Ardenus?

-No me interrumpas. Ardenus es un planeta que se dedica a la producción de armamento para la Guardia Imperial, concretamente Chimeras y sus variantes. Yo a mis doce años ya trabajaba soldando piezas al chasis. Era un trabajo increíblemente tedioso. Pero se me ocurrió una idea. Si cometía algún crimen que no esté relacionado con la herejía absoluta, me llevarían a una de esas colonias penales donde no haría más que estar allí, sin ningún trabajo. Fui un iluso. En cuestión de minutos, se me ocurrió el plan. Quemaría unos bidones de combustible, siempre nos decían lo caro que era y que si derramábamos algo iríamos a la cárcel. Yo arrojé mi soldador a unos de esos bidones. Un plan sencillo y sin trabas. A los pocos segundos de arrojar el soldador encendido, aquello estalló en llamas, y a los pocos días fuí juzgado por hacer enfadar al Dios Máquina y me llevaron a la colonia penal de Ratrix; la luna de Ardenus. Aquello no fue lo que pensaba. Miles de desgraciados picando piedra en una maldita luna de color rojo. Pasé allí los cinco años más duros de mi vida, hasta que a unos comisarios del planeta se les ocurrió la maravillosa idea de formar regimientos penales, es decir; regimientos formados por reclusos. Y eso se llevó a cabo. Nuestro primer destino sería un planeta llamado Luminus II, la joya esmeralda del Emperador. Recuerdo haber escuchado que los polos de ese planeta tenían inmensas cordilleras de esmeralda con sus correspondientes minas imperiales. Todo aquello era demasiado bello para ser verdad. Yo, que me había criado en una maldita ciudad colmena, estaba viendo una maravilla increíble. Pero me estoy pasando de detalles; el caso es que nos hicieron desembarcar y nos dotaron con unas armas de la época cuando el legendario Dante aún gastaba pañales. Yo fui equipado con una pistola antigua que tenía que ser recargada continuamente porque solo tenía seis balas, y un casco. En el momento de marchar, veía cómo todos los que estaban a mi alrededor eran o reclusos, o comisarios, no había ningún soldado ni ningún tanque. Al las tres horas de la marcha, nos encontramos con una planicie de color blanco, al parecer era una especie de salina, pero dentro de un momento se llenaría de color rojo sangre. Nos dispusieron en filas de tres individuos y teníamos que cargar hacia el frente. Apenas dimos unos pasos, vimos una nube de polvo que se acercaba a nosotros. Eran como unos trescientos tipos que medían dos metros y que portaban armaduras de color rojo, además de llevar hachas que rugían. Después me enteraría que eran unos herejes siervos de unos poderosos dioses. El caso es que los altos mandos no esperaban que combatiésemos a esos tipos decentemente, sólo que fuésemos una distracción. Debíamos superarlos por 100 a 1 y aún así íbamos a perder. Pero el plan de los comandantes no era ese. Mientras nosotros entreteníamos a los herejes, en la retaguardia se haría un bombardeo masivo en nuestra posición. Un plan sencillo y sin trabas; salvo una, que yo estaba en el punto de mira. Pero claro, yo no sabía nada de eso. Yo no estaba en primera línea, así que no fui diezmado en la primera enbestida de los herejes. Cualquiera en su sano juicio huiría de esos malditos. Yo, al igual que algunos de mis compañeros, nos dispusimos a huir cuando tropezé con una especie de puerta subterránea. Mientras continuaba el combate, yo me dispuse a abrirla. Cuando lo hice, me encontré con una escalera, y al final de esta, había una gran sala oscura. Justo cuando entré, se encendieron unas cuantas luces. Era increíble, estaba dentro de un polvorín subterráneo. No veía el final de esa sala. El caso es que se me ocurrió una idea increíble, volaría este sitio y mataría a los enemigos sin que ellos se den cuenta. Encontré un interruptor, pero al pulsarlo salió un contador en el techo y una voz decía "honramos al Dios Máquina impidiendo que los enemigos se apoderen de esta sala". Salí corriendo tan rápido como pude y, cuando ya estaba en la superficie, el combate aún seguía. No sé cómo se apañaron, pero los herejes estaban ganando. Era una matanza sin igual, pero yo me dispuse a correr antes de que ese contador terminase de honrar al Dios Máquina.

-Zephirus, esto ya está.- Dijo uno de los esclavos.

-Bien, espererad a que me prepare. Vamos chaval.

-¿Cómo terminó? -Pregunté.

-¿Qué?

-Tu historia.

-Ahora te has quedado intrigado.- Rió- Pues muy sencillo, esos malditos volaron por los aires, volví yo solo al campamento y los artilleros no habían lanzado ni una salva de artillería. Los superiores aplaudieron mis actos, creyéndose que yo inspiré a los hombres, les hice luchar hasta el final y les dije que yo solo maté al jefe y a tres tipos más.

-Eso no te lo crees ni tú.

-¿No? Bueno, también traje las cabezas de los que decía haber matado. A partir de ahí me llamaron el Diablo de Ardenus y me ascendieron a un pelotón de asalto, siendo conscientes los altos mandos de mi capacidad combativa. A partir de ahí, comencé una meteórica carrera hasta la cima.

-¿Pero los meteoritos no caen hacia abajo?

-Eso es en tu planeta, en los demás salen de ellos hacia el espacio.-Volvió a reir; a pesar de la situación, él no perdía la sonrisa.- Bien, basta de charla. ¡Poneos en posición y preparáos para salir a la libertad!

Meteoritos que caen hacia arriba

A la orden de Zephirus, la puerta fue reventada; y nos encontramos con el resultado de otro combate, otros esclavos pasaron por aquí antes que nosotros.

-Recoged lo que pueda ser útil y marchad, los que han hecho esto no pueden estar muy lejos.- Dijo Zephirus.

Mientras avanzábamos, le pregunté a Zephirus cómo habían conseguido todas esas armas y cómo se las habían apañado para separase de los demás. Resulta que eran encargados de hacer un poco de ruido en la zona contraria a la de la salida, así los guardias se dirigirían hacia ellos, dejando el camino libre para los otros esclavos. Yo en ese momento pensé que debía irme con otros, no con Zephirus. Y resulta que hice eso. Le dije a Zephirus que había caído desde una rejilla de ventilación, y me creyó; el tío me dejó marchar, lo malo es que estaba solo y con todo esto lleno de enemigos. Lo bueno era que me podía hacer pasar por un soldado normal o por el liberador de esclavos.

Seguí corriendo por los pasillos y me encontraba cada vez con más soldados dirigiéndose a la posición de Zephirus, por lo que parecía, su plan funcionaba. En uno de los grupos de guardias se encontraba Enma, quien me paró en seco.

-¿Dónde estabas? Te he estado buscando por toda la instalación.- Me dijo nada más verme.

-He estado ocupado con un amigo.- Contesté.- ¿Y ahora que hacemos?

-Yo tengo una misión antes de escapar de aquí. Creo que el grueso de esclavos se dirige hacia la puerta este. Unos tipos han ido a distraer a los guardias en la zona oeste.

-Eso he oído, ¿y yo qué hago?

-Debes ir al este con los esclavos. Yo tengo que encargarme de otro asunto.

-Pero una cosa...

-¡Corre!

Mientras se alejaba y tomaba un rumbo distinto al del resto de soldados que iban con ella, yo decidí marchar hacia mis compañeros esclavos. Sospechosamente no me encontré con nadie, ya sea amigo o enemigo. Al terminar un largo pasillo que llevaba a la puerta me encontré con algo increíble. Miles de esclavos se agolpaban en un hangar gigantesco que llevaba a la puerta. Yo estaba en un corredor que abarcaba todo el lateral del hangar.

-¡Compañeros!...¡¡¡Compañeros!!!- Grité hasta quedarme sin voz. Pero el estar medio mudo me dio una idea. Era psíquico ¿no?, pues tenía que aprovechar ese poder. Recordé eso que me dijo el bibliotecario de cerrar los ojos e imaginarme un punto blanco en el centro. Hice eso durante unos minutos y no pasó nada. Pero cuando lo dí todo por perdido un ser que sobresalía entre los esclavos miró hacia atrás y se dio cuenta de que yo estaba allí. Era el capitán, que al ser también psíquico, notó mi presencia. De repente, se puso a correr hacia mí, apartando a todos lo que se interponían entre nosotros, mientras éstos se dieron cuenta de que encima de ellos había un hombre vestido de los guardias que habían protagonizado casi todas sus pesadillas desde hace un tiempo. Pero se dieron cuenta de que no haría falta que ellos me lincharan, el gigante ya iba a por él. Pero en vez de darme un puñetazo y tirarme a la turba, lo único que hizo fue darme un abrazo. Los esclavos se miraban unos a otros viendo cómo un gigante semi-desnudo y lleno de heridas coaguladas por los latigazos en su espalda abraza a un tipo vestido de guardia. Mientras me abrazaba el capitán me dijo: Aprovecha el momento. Y eso hice. Aproveché el momentáneo silencio para dirigirme a ellos.

-Hermanos, yo soy como vosotros. Soy...un agente secreto contratado por el gobierno imperial para hacer caer el tráfico de esclavos. ¡Y os voy a sacar de este maldito lugar!

Los esclavos me ovacionaron, viendo el poderío de su líder carismático. Cuando terminó la ovación, uno de ellos alzó la voz y exclamó:

-No podemos salir, detrás de esta puerta hay una muralla con armas automáticas. Es imposible salir de este lugar.

-No es imposible hermano.- Grité- Debemos ser fuertes y seguir adelante. ¿Crees acaso que esta liberación se está llevando acabo sin sacrificio? Cientos de nuestros compañeros están luchando en reducidos grupos para dispersar a los guardias. Ellos se han sacrificado para que vosotros podáis ser libres. ¿Piensas que no satisfacreemos su desdeo? Si salimos fuera algunos moriran, sí. Pero piensa un poco. Aquí hay miles de personas, ¿de verdad crees que esas armas te darán a ti? Lo mismo digo por todos. Saldremos ahí y correremos hasta la puerta, la cual reventaremos usando esto.- Dije, mientras sacaba un paquete lleno de comida que simulaba ser una bomba.

-Él tiene razón.- Dijo el capitán.- Si nos quedamos aquí desperdiciaremos la única oportunidad que tenemos para escapar.

Y eso hicimos. En cuestión de minutos convertí una panda de esclavos desaliñados en un ejército dispuesto a seguirme hasta el mismo infierno si hace falta. Uno de ellos abrió las grandes puertas del hangar y conforme se abría, una gran masa de esclavos salió corriendo hasta la muralla, la cual se encontraba a unos cincuenta metros del hangar. Las torretas apostadas en la parte superior del muro (el cuál medía unos doce metros y era ancho como él solo) nos apuntaban, pero justo cuando se iban a poner a disparar, escuchamos una explosión en la otra parte del lugar, y segundos después, miles de objetos volaban hacia el cielo. Las torretas, al detectar el calor, dispararon a esos objetos volantes, mientras a nosotros nos dio tiempo a avanzar hacia el pie de la muralla, perdiendo el rango de tiro de las torretas. Todos me miraban, esperando a que abriera la puerta con una gran explosión, pero yo lo único que dije fue "esperad". Lo repetí como cien veces, y a la ciento uno el Emperador me escuchó. Por megafonía oí una voz que me resultaba familiar, y decía esto:

-Atención a todos los guardias, Dimitri ha muerto. Lo he matado yo misma y tengo en mi mano su cabeza para demostrarlo. Los esclavos están huyendo y, para seros sincera, les voy a ayudar un poco. Acabo de pulsar el botón que abre tres de las cuatro puertas exteriores, adivinad por cual han escapado. Por cierto, en los exteriores de la zona este y norte hay un aparcamiento de vehículos diseñados para viajar por el desierto, todos completamente operativos, y la clave de acceso para arrancarlos son los cinco últimos dígitos de su número de serie, el cuál está en la parte derecha de los vehículos, encima de la oruga. Eso es todo.- Era Enma. Ella, al igual que Zephirus se había sacrificado por nosotros,para que pudiéramos escapar. Es algo que nunca olvidaría.

Éxodo

Arrancamos los vehículos y nos pusimos a correr a toda pastilla por el desierto con unos cincuenta de ellos. En el que estaba yo fue adaptado para ser una especie de centro de mando, así que tiene un mapa táctico de la fortaleza-prisión y otro del planeta entero. Yo busqué las coordenadas de la nave en ese mapa planetario, resulta que la dichosa nave cayó en la otra punta de maldito planeta. Pero bueno, era lo que había. Teníamos que llegar allí antes de que los guardias se organizaran y se pusieran a buscarnos con sus naves y demás armamento. Había que darnos prisa; más que nada por esos pobres diablos que se encontraban fuera de los vehículos, en el techo porque no cabían en el interior. El mejor momento de la estancia en el desierto es, según dicen, el amanecer. Pero como este maldito sector tenía dos puñeteros soles, se producía el fenómeno del día eterno. Con los turnos, al tiempo me tocó estar en la parte del techo del vehículo, para que los bronceados esclavos que estaban ahí desde un principio pudieran decansar un poco de este maldito calor. Si miraba hacia alante, una desoladora vista de un océano de desierto; y si miraba hacia atrás, unos cincuenta vehículos de orguas totalmente adaptados al desierto siguiendo a su jefe, "El Libertador", o sea, yo. La vista hacia atrás me gustaba más por el simple hecho de que se levantaba una extensa nube de humo a nuestro paso, éramos como tornados en este mundo tan desolado. Me resultaba extraño que todos los Chimeras tuviesen tres tanques de comustible adicionales, también había siete vehículos cisterna para abastecernos. El problema venía a la hora de comer y beber. Había lo suficiente para diez personas, pero no para los veinte que estaban en cada uno. Pero debíamos aguantar. En esos momentos, cada vehículo era un mundo propio y en cada vehículo los ocupantes debían ocuparse de ellos mismo, no podíamos parar para compartir víveres, ni siquiera para repostar, lo que era un espectáculo. Cuando uno se quedaba sin combustible, uno de esos vehículos cisterna debían acercarse a ellos y lanzarles la manguera la cual debían enganchar al agujero donde se introduciría el combustible, pero se debía hacer en movimiento, así que era un espectáculo digno de verse. Un tipo tirando una manguera mientras otro intentaba recogerla a la vez que ambos viajaban a una velocidad pasmosa por mitad del desierto. A los tres días íbamos ya por la mitad del camino más o menos. Los víveres se nos estaban acabando y, como mínimo, nos quedaban otros tres días de travesía por este desierto infinito. A los dos días paso algo increíble, recuerdo que estaba conduciendo yo, cuando me avisaron desde el tejado:

-Libertador, ven un momento.- Me dijo uno de los que estaba arriba.

-No puedo estoy conduciendo.- Contesté obviamente.

-¡Que conduzca otro, esto es importante!

Así que puse a los mandos al capitán (sí, iba conmigo, por si no lo mencioné antes), el cuál casi no cabía en el asiento y me dirigí hacia fuera a ver lo que pasaba. La verdad es que sí era importante. Una parte de lo que quedaba de nave se estaba precipitando sobre la tierra. O al menos eso parecía. Una lluvia de meteoritos de metal acaecía sobre el planeta. Y entre ellos, uno que brillaba más de la cuenta y que se precipitaba en la lejanía, sospechosamente cayó en un lugar cercano al del indicado en el mapa. Esto nos dio esperanzas para continuar. Mientras avanzábamos, nos encontramos con unos cuantos restos de la nave, toda calcinada. En cuestión de horas, llegamos al lugar acordado. En el punto exacto, la nave había caído sin sufrir ni un raguño, sólo estaba enterrada en la tierra un poco. Cuando mi vehículo paró, todos sabían que la pesadilla había terminado, pero no lo parecía. Cuando todos salimos al exterior para observar el milagro de la nave intacta, un avión se acercó a nosotros. Creo que era de la Guardia Imperial, y si no me equivoco, del mismo regimiento. Todos pensamos que ya era el fin, que nos habían cogido, pero no era así. El avión se posó sobre nosotros poniendo los motores en posición vertical, y empezó a descender. Cuando lo hizo, se encontraba rodeado por miles de esclavos. Sus ocupantes salieron, y no me lo podía creer. Era él, Zephirus Spei estaba vivo.

Parte 4: Gloria, honor y lucha

Por fin fuera de aquí

-¡Zephirus!, ¿Cómo habéis escapado?- Dije, nada más verlo.

-Muy fácil. Lo que volamos eran unos bidones de combustible que estaban en un hangar. Había más bidones de lo normal, así que tuvimos que huir rápido de ahí antes de que todo eso explotara. Pero resulta que en ese mismo hangar había unos cuantos bombarderos Marauder, y gracias a mi entrenamiento en la Guardia Imperial supe arrancarlo y dirigirlo hasta aquí. Coser y cantar.- Cuando dijo eso, todos y cada uno de los esclavos ovacionaron a Zephirus y a los nueve tipos que iban con él.

Al tiempo, me di cuenta de que el capitán había desaparecido de mi lado, seguro que estaba mandando la señal para que nos rescataran. Y lo estaba. De pronto salió, con otra servoarmadura, que por lo visto se la cogió a otro que no lleveba la suya durante el ataque tiránido, y estaba en el sitio donde su antiguo usuario la dejó.

-¡Compañeros!- Gritó, mientras salía de la nave.- ¡He avisado al gobernador Hulles del planeta Derios, el cuál vendrá a salvarnos en cuestión de dos días. Mientras, debemos aguantar lo necesario para que no nos apresen esos malditos opresores!

-Así que ya sabéis, poned los vehículos formando un círculo alrededor de la nave, no podemos ceder por si vienen los enemigos de la libertad.-Ordené, supongo que por aquel entonces el poder se me había subido a la cabeza, pero lo maravilloso es que esos tipos me hicieron caso.

Esto de ser un líder me suponía un verdadero reto, pues estaba a cargo de miles de personas. Algunos de mis compañeros estaban ya moribundos debido al esfuerzo y a las pocas porvisiones de las que disponíamos. También estaba el añadido de que no había seguridad de que los hombres de Dimitri no vinieran a por nosotros buscando venganza. Pero de momento todo iba bien. Con los vehículos alrededor de la nave, los hombres hacían guardias de dos horas, mientras los hombres restantes estaban dentro de los vehículos. Allí estábamos preparados para lo que tendría que venir. Pasaron ya los dos días (gracias a un reloj interno que tenían los mismos vehículos) y no había ni rastro de las naves de rescate. Pero al tercer día, a las 21:32 (hora de Terra), vimos una pequeña flotilla de Valkyrias. Todos, incluido el capitán, nos sentimos fuertemente aliviados, al ver que esos Valkyrias pertenecían al 21º Regimiento de Derios. En contreto eran tres. Todos aterrizaron en un área cercana al círculo defensivo, pero sin acercarse mucho. En la distancia, veía cómo unos cinco hombres se acercaban, yendo todos fuertemente armados excepto uno, quién llevaba una ropa digna de un rey. Desde uno de los Valkyrias, una voz soltada por un megáfono gritó:

-¡Que se acerquen el Marine Espacial y el líder de la revuelta! ¡Si vemos más de dos personas abandonaremos el lugar para dejaros a vuestra suerte!.

Más nos convenía hacerles caso, no habíamos luchado tanto para que después nos dejaran aquí tirados. Total, que nos acercamos y resultaba que el tipo vestido de rey era el Gobernador Hulles. Lo de los otros cuatro me lo imaginaba, todos unas tropas de élite de la Guardia Imperial. El Gobernador se dirigió a mí y me dijo:

-Me sorprende que halláis escapado de la fortaleza de Deimos, así como que que esa fortaleza estuviera ocupada, y lo que más me sorprende es que el líder de la revuelta de esclavos y el Marine Espacial no fuesen la misma persona. Es como usted me dijo, Inquisidor.- Dijo, lo último mediante un comunicador.

-Excelente, me sorprende su rápida actuación, Gobernador. Quizás no esté dentro de mis sospechas, después de todo.- Dijo ese comunicador, evidentemente la voz era de un Inquisidor.

-Y ahora señores, embarquemos en los Valkyrias y vayámonos de este mundo estéril.

-Espere un momento.- Salté.- ¿Y mis compañeros?

-Eres un buen líder para escapar de ahí, pero no muy listo. Toda esa gente no cabe en tres Valkyrias.

-Ya lo sé; quiero decir, ¿qué pasa con ellos?

-Vamos, son sólo unos cuantos de miles de almas, no son nada importante. Da gracias que te salvamos a ti, si quieres te puedes quedar aquí y morir con tus queridos esclavos.

-Pues me quedo. Capitán, ha sido un placer conocerte.

-Nada de es un placer conocerte. Si te quedas, yo también. No puedo permitir que un idiota como tú y ese maldito Zephirus os quedéis aquí.- Dijo el capitán, con voz autoritaria.

-No, usted no se puede quedar ahí debajo. Ambos sabemos que usted es una parte importante de...

-¡No seré parte importante de nada si ustedes no se llevan a mis compañeros de esta maldita roca desierta!- Le dijo al gobernador, esta vez gritando.

-Gobernador, esto le puede salir ventajoso, viendo como está todo.- Dijo uno de sus acompañantes.

-Tienes razón, nos puede ser útil.- Le susurró.

-Bien, usted será el nuevo comandante del 56º regimiento de Derios, y sus hombres serán esos esclavos, ¿hay trato?

-¿Disculpe?

Oficial y Caballero (gris)

Tras unos minutos, después de que se me pasara por la cabeza todas las posibilidades de escapar de este planeta, esta era la que menos esperaba.

-Emmm,¿está bien?- Preguntó el gobernador ante mi mirada perdida.

-No, solo es que está pensando los colores del regimiento.- Contestó el capitán.

-Bien, bien. Avisad al planeta, deben traer naves de embarco para nuestro nuevo regimiento.- Ordenó a uno de los suyos.- En dos días más tendrán aquí transporte hacia su nuevo cuartel. De todos modos, y para demostrar la veracidad de mis palabras, los hombres que llevo conmigo, mi guardia de honor, se quedarán con ustedes.

-No hace falta, gobernador. Mientras que no se lleven a mi compañero, estoy seguro de que no mentirán.- Dije para tranquilizar al gobernador.

Mientras ellos se dirigían hacia las Valkyrias, el capitán me dió la enhorabuena, ya que pasaría de ser un soldado a ser coronel de un golpe; pero de un golpe bastante grande. Lo malo es que tendríamos que aguantar en la base improvisada durante dos días más. Ah, y también les tenía que decir a mis compañeros que formarían parte de un regimiento de la Guardia Imperial. Así que me dirigí hacia el centro de la base, encima de la nave, mientras los esclavos se reunieron a mi alrededor.

-¡Compañeros, tras una larga y distendida conversación, hemos llegado a un acuerdo con el señor gobernador de Derios y tendremos que servirle por un corto período de tiempo en forma de servicio militar de la Guardia Imperial!

-¿Qué? ¿Hemos salido de ese infierno para meternos en un puñetero regimiento?- Gritó uno de los esclavos.

-No es exactamente eso. El regimiento estará casi enteramente formado por nosotros, excepto por algún tecnosacerdote que cuide de los vehículos y esas cosas.- Aseguró Zephirus.- No tenemos que confiar en nadie que no sea de los nuestros, nosotros podemos valernos por nosotros mismos; es más, lo hemos comprobado aquí. Yo propongo que si formamos un regimiento, nuestro comandante en jefe será el que vosotros llamáis El Libertador, aquel que nos ha traído hasta aquí será capaz de llevarnos hacia el futuro. Yo confío en él, pero, ¿y vosotros?- Exclamó Zephirus, sabiendo que él era el personaje idóneo para el puesto, al ser el ex-coronel de un regimiento entero.

-!LI-BER-TADOR!, !LI-BER-TADOR!- Gritaron todos al unísono clamando por mi ascenso.

Después de eso, pasaron los dos días más rápido de lo normal. Todos estaban entusiasmados por su ingreso en la Guardia Imperial. Antes estaban ilusionados con escapar de allí, pero no tenían ningún objetivo después de eso. Escapaban, ¿y luego qué? Estarían solos y desamparados ante el agobiante sistema imperial. Con suerte morirían siendo vagabundo que vayan de un lado a otro buscando algo que llevarse a la boca. Pero ahora podían ascender, ser alguien; y en eso confiaban entonces. Y yo también, claro.

A los dos días exactos, una nave gigantesca se aproximó al planeta. Era una nave que había mandado el gobernador. Tuvimos suerte de verla, pues pudimos ver las luces gracias a que era la hora donde había menos luz. A las pocas horas de divisar la nave, unas cuantas naves más pequeñas, del tamaño de la de los Caballeros Grises aterrizaron cerca de nuestro campamento; todos nos habíamos dado cuenta de que habían llegado. Cuando aterrizaron, antes de que nos diera tiempo a ir corriendo para salir de aquí, una voz por un megáfono dijo:

-Embarcad también esos vehículos, serán útiles en el futuro. Que el futuro coronel del regimiento se diriga junto al Marine Espacial a la nave número treinta. Eso es todo. El Emperador protege.

Y eso hicimos. Por suerte había espacio para todos y cada uno de nosotros. De una vez por todas íbamos a salir de este maldito lugar, de esta piedra rocosa. Y nos esperaba un futuro mejor.

Después de unos largos minutos atravesando la atmósfera de ese lugar, llegamos a la nave principal, una muy parecida a la nave de Zephirus. La nave en la que íbamos el capitán y yo, parecía dirigirse a un destino diferente dentro de la nave. Cuando llegamos al hangar, el piloto nos habó:

-Caballeros, ya hemos llegado a El Orgullo de Saref, la nave insignia de la folta del subsector Luminus. He recibido órdenes de arriba mediante las cuáles ustedes no deben salir del hangar hasta nueva orden. Ha sido un placer viajar con ustedes.

Al salir de la nave, nos encontramos con un solo hombre, al contrario que en la nave de Zephirus. Este hombre llevaba una armadura parecida a la del capitán, pero ni mucho menos tan elaborada. También portada un cogante en forma de una "I" mayúscula con una calavera en el centro, como la de la armadura del capitán.

-Bienvenidos, soy el...

-Sé quién eres. Vamos al grano, ¿Hereticus?- Interrumpió el capitán.

-No, Malleus, al igual que usted. Y ahora déjeme presentarme como es debido. Soy el Inquisidor Retris Andlertrainen, del Ordo Malleus.

-Bueno, ya que estamos...Soy Marcellus Estoico, capitán de los Caballeros Grises, fiel servidor del Emperador. Y éste-dirigiéndose a mí- es mi pupilo y aprendiz.

-Si no me equivoco, lo Caballeros Grises no tienen pupilos.- Dijo el Inquisidor, sabiendo que tenía razón.

-No se equivoca, pero todos los míos perdieron la vida combatiendo contra los enemigos del Emperador. Además, mi aprendiz es también un psíquico, al igual que yo...y que usted.

-Debe ser un buen psíquico si está con usted.

-Tiene un nivel equiparable a un bibliotecario de mi Capítulo, es algo realmente extraordinario. Y como usted sabrá, las mentes que más brillan son las que más atraen a...bueno, no es neceseario hablar de eso. Por esa razón está conmigo. Por eso y porque ya le debo dos favores que de no ser por él me habrían matado.- Comentó el capitán.

-Bueno, en ese caso no hay necesidad de separarle de usted. Y a usted, nuevo coronel, no hay necesidad que diga que mi presencia aquí y en cualquier lugar cercano es un secreto para sus hombres. Es un secreto y si deja de serlo, tengo el derecho y el deber de ejecutarlo antes de que sea demasiado tarde. Y ahora debo dirigirme hacia mis aposentos para continuar con mi investigación.

-¿Quién es este tío?- pregunté a "Marcellus Estoico" cuando el Inquisidor se fue.

-Es una de las personas a las que tienes que tenerle respeto. Él tiene poder de expulsarte de el regimiento, del planeta o simplemente matarte con una mera palabra.

-Parece menos peligroso de lo que en realidad es.

-Ese es el mayor problema. Pero bueno, dejemos de hablar de eso y vamos a un sitio donde nos den de comer y nos podamos duchar, ¿te parece buena idea?.

Los cruzados de Enma

Una hora después de despedirme del capitán, Zephirus entró en mi habitación.

-Bueno Libertador, ¿qué es lo que tienes planeado?- Me preguntó, nada más verme.

-Hola Zephirus, ¿a qué te refieres?

-¿Cómo que a qué me refiero? No estás preparado para llevar a un regimiento, la liberación fue una serie de casualidades, y lo sabes.

-Zephirus, he pasado por muchas cosas en mi vida y esta es la única realmente buena. Déjame disfrutarla.

-No entiendes nada ¿verdad?¿Por qué crees que el gobernador te ha nombrado coronel de un regimiento, sin saber tus capacidades?

-Mmmm...

-Exacto ni tú mismo lo sabes. Pero él sí. Por lo que he podido saber, en este sector no hay ningún planeta densamente poblado, así que el diezmo no sería mayor que unos cuantos miles de hombres. Y mandará primero a tu regimiento antes que a uno de los suyos. Enviará antes a una panda de esclavos que a su pueblo. Y cualquiera sabe hacia dónde os va a mandar; quizás a un mundo congelado a combatir contra apestosas criaturas o con suerte a una luna en un lugar perdido para combatir contra una raza que no supone ningún problema para el Imperio. Yo he dedicado mi vida a la Guardia Imperial y sé cómo funcionan las cosas aquí

-Pero Zephirus, esto es lo mejor para todos nosotros, además, ¿qué te preocupa eso?. Tú ya eres coronel de un regimiento, avisa al gobernador para que te envíe de vuelta.

-Eso no es posible. Sabes lo que pasó en la nave, no creo que los mandos se tomen bien que haya desaparecido un regimiento entero, así como la nave que los transportaba y los restos de una Compañía de Marines Espaciales  y misteriosamente el coronel del regimiento hubiese sobrevivido. Conozco el planeta de mi regimiento, por recitar mal un salmo te pueden condenar y ejecutarte, imagínate si existen indicios de que yo hubiera sobrevivido a una batalla dentro de una nave en la Disformidad. Así que Zephirus, el coronel imperial, ha desaparecido para siempre. Tal y como desapareció Zephirus, El Diablo de Ardenus.

-Zephirus, éste es tu momento. Quédate con nosotros y ayúdanos a prosperar, a ser un regimiento mucho mejor de lo que podría haber sido el tuyo.- Al decir, esto, Zephirus me cruzó la cara con la mano abierta.

-¡No hables así de mi regimiento!- Gritó, a la vez que los ojos se le volvieron vidriosos y alguna lágrima caía hasta perderse en su mal averiguada barba tras estar un tiempo sin afeitarse.- ¡Eran los mejores hombres que puedo haber conocido jamás!

-Zephirus...- Me dolía la cara, pero me sentía peor al no haber caído en la cuenta de que aún tenía una gran herida abierta: en cuestión de segundos todo lo que había conseguido durante años se evaporó.- Lo siento.

-No tienes que sentirlo, tú me advertiste lo que pasaría con los Tiránidos. Además, mis soldados han sido vengados. 

-Nosotros te acogeríamos bien, volverías a ser un hombre grande; un fiel servidor del Emperador. Ellos han muerto pero tú...tú no. Así que...¿quieres ser consejero personal del Libertador de Esclavos?

-No estoy seguro. Además, seguro que nos envían a una muerte horrible.- Llegué a percibir un tono de broma en sus palabras.

-Nada de eso, seremos los tipos que están en el planeta, seremos la reserva.

-¿Eso te ha dicho el gobernador?

-No, pero lo intuía. De todos modos, si nos envían a la batalla, seguro que salimos victoriosos; siempre y cuando tú estés ahí para ayudarnos.

Después de decir eso, por megáfono se anunció que estemos todos los "liberados" en la sala preparatoria B3. Zephirus me dijo que era allí donde se informaba a los guardias de todo lo que deben saber sobre el planeta de su destino y tonterías varias. También me dijo que en su regimiento se usaban ese tipo de salas para hacer representaciones teatrales. Pero el caso es que nos convocaron allí, a todos nosotros. En una plataforma superior (lo que se llama un escenario de toda la vida del Emperador) se encontraba el gobernador, quien me llamó para subir. Yo, evidentemente le hice caso, él era mi nuevo jefe. Al grito de "Libertador" me abrí paso por mis nuevos soldados hasta llegar al escenario. En él, el gobernador me dio la opción de hablarle a mis nuevos soldados. Por supuesto, es una oportunidad que no pude dejar escapar.

-¡Compañeros!. Somos afortunados por escapar de aquel lugar. Pero algunos no fueron tanto. En este momento debemos honrarlos luchando contra la tiranía.- Grité a un micrófono que estaba en un atril.

-¡LIBERTADOR! ¡LIBERTADOR!- Gritaron todos al unísono.

-Además, todos iremos al mismo lugar a partir de ahora. Desde ahora nosotros no seremos compañeros, seremos hermanos.

-¡LIBERTADOR! ¡LIBERTADOR!

-Por eso, y para que no caigan nuestros hermanos en los futuros combates, debemos entrenarnos de forma absolutamente dura. Cuando termine esta sesión, podréis informaros de las funcoines de los soldados y entrenaros en una especialidad, como estar en primera línea de infantería o ser el conductor de algún vehículo. Y sólo me queda decir que aquí empieza la leyenda del 56º regimiento de Derios. También se nos dará la oportunidad de crear un sobrenombre para el regimiento. Yo propongo la idea de ser los Cruzados de Enma, en honor a esa mujer que dio su vida por nosotros sin obtener nada a cambio.

-¡LIBERTADOR! ¡LIBERTADOR!

-¡Que levanten la mano los que estén a favor de este nombre!- Grité con más energía de la que había gritado nunca.

-¡LIBERTADOR! ¡LIBERTADOR!- Vociferaban, mientras todos alzaban y movían las manos.

Después de vítores y alabanzas dirigidas a mí, los ánimos se bajaron un poco (horas más tarde) y a los que llamaba en ese momento "hermanos" se retiraron a dormir y a tomar pastillas para la garganta, debido a que habían estado gritando durante mucho tiempo. Yo me puse a buscar al capitán. Era extraño, pero siempre acababa buscando a alguien o perdido cada vez que estoy en una nave. Supongo que al ser todo igual no me orientaba. Pero tenía la sensación de saber donde estaba el señor "Estoico". No es por meterme con él, pero tenía un nombre gracioso. Cuando llegué donde supuestamente estaba, otra habitación, salió en Inquisidor con cara de estar enfadado. Acto seguido salió el capitán.

-¿Qué has dicho en la reunión?- Me dijo nada más verme.

-Bueno, todos están eufóricos por todo, me resulta raro que alguien me vitoree y eso. Además, hemos decidido formar el regimiento con el sobrenombre de "Los cruzados de Enma".

-¿Cruzados de Enma?.

-Sí, ella fue quien nos ayudó a salir y abrir las puertas de la fortaleza. Además de eso mató a Dimitri. Maldita sea, yo no venía a por eso. ¿Qué vas a hacer?

-Si te digo la verdad, no lo sé. El Inquisidor quiere que vuelva a la base capitular para que se me asignen nuevas fuerzas. Pero no estoy seguro. Estoy en deuda contigo y no sólo una, sino dos veces. Además, he enviado a la muerte a muchos de mis hombres y de los que no estaban a mi cargo.

De pronto, la cabeza empezó a dolerme otra vez; era un dolor diferente pero conocido. Era el dolor previo a entrar a la Disformidad.

-Capitán,¿sabes a dónde vamos?

-Creo que vamos a coger provisiones al planeta del gobernador. Supongo que en breve nos uniremos a una guerra.

-¿Tan pronto? Yo creía que nos darían al menos un par de años para prepararnos. En el regimiento que me alisté nadie había combatido nunca.

-Bueno, yo por ejemplo llevo combatiendo desde hace muchísimo tiempo. Ya ni me acuerdo cuando fue la vez que maté a mi primer demonio.

-Yo nunca he matado a un demonio. ¿Cómo son?

-Son las criaturas más horribles imaginables.

-¿Más que los Tiránidos?

-Muchísimo más, los Tiránidos son otras criaturas más, los demonios son seres sacados de las pesadillas, literalmente. Viven de las emociones y de la guerra y son mi principal enemigo.

-Sí...Lo que tú digas.

Nos pasamos casi todo el día hablando y apareció Zephirus.

-Maldita sea, llevo horas buscándoté.- Me dijo.

-Zephirus, ¿qué te pasa?

-A mí nada. ¿Quieres que tus soldados sobrevivan a las batallas?

-Claro, ¿quién no?

-Pues ven conmigo; lo siento capitán, me lo tengo que llevar.

-Pobre muchacho, lo que se va a aburrir con tus historias y tus disursos sin sentido.- Dijo el capitán con un tono irónico.

Salimos de la habitación sin saber hacia dónde nos dirigíamos.

-Zephirus, ¿dónde carajo me llevas?- Pregunté, viendo que no articulaba palabra.

-Te llevo a un lugar donde aprenderás más sobre táctica y estrategia.- Me contestó sin apartar la mirada ni disminuir el rumbo.

-Si yo ya se todo lo que hay que saber sobre estrategia, cuando era recluta ya me leí bastantes libros sobre eso.

-¿De veras sabes acerca de eso?¿Qué harías en un lugar nevado, donde se han cortado las comunicaciones y tus tropas están muy dispersas? Contesta.

-Tendría que pensarlo.

-Exacto. Para un buen estratega todo eso le sale sobre la marcha, al menos lo básico. Después podrá perfilar, pero lo básico tiene que sacarlo por instinto. Tal vez tú no tengas aptitudes de coronel.

-¿Qué no? Te lo voy a enseñar. ¿Qué libros tengo que leer?

Y a partir de ahí, no pasó nada interesante. Fueron pasando los días y en cuestión de la semana ya estábamos en la órbita del planeta principal del subsector. No pude verlo debido a que Zephirus me pondría a prueba en dos días, así que no puedo lanzar una buena descripción. Pero supongo que no sería muy poblado, ya que éramos el regimiento número 21 y creo que no había más, así que supongo que sería un planeta recién colonizado o algo por el estilo. Estuvimos un par de días rondando el planeta, supongo que estaban reponiendo suministros y cosas así. Por cierto, aprobé con nota el exámen de Zephirus. Después de estar en la habitación con Zephirus haciendo su maldito exámen, salí con un dolor de cabeza increíble. Anduve por los pasillos y me di cuenta de que había más movimiento de lo normal. Los que me llamaban "Libertador" siempre me reverenciaban, pero los tipos con los que me encontraba pasaban de mí. De repente, la cabeza me dolió más, ya que entraríamos en la Disformidad para nuestro nuevo destino. Seguí dando vueltas y vueltas por la nave. Después de un rato, me dolió la cabeza otra vez, pero no era una vuelta al espacio real. Escuché unas voces que retumbaban en mi cabeza.

-¡Tú, el coronel, vuélvete y escuchanos!- Saltó una voz.

-¡No tengo el deber de hacerlo!¿Quiénes diablos sois?- Les grité, mientras giraba la cabeza.

-No puede ser...¿ves lo mismo que yo?- Dijo uno de ellos, el que se encontraba enmedio.

-Sí, pero no puede ser verdad.- Comentó el otro.

-¿Qué... Qué pasa?- Dije, atónito. -Imposible, vosotros sois...Vosotros sois... Imposible.

Póker, guerra e historias de fantasmas

Los tres nos quedamos totalmente paralizados, ya que la posibilidad de encontrarnos era una entre cien mil millones por lo menos, pero lo habíamos hecho. Eran ellos, Alex Rowlan, Mark y mi ex-sargento, mi también antiguo compañero. Nos quedamos así un rato hasta que el tipo que iba con ellos se hartó y pasó de nosotros.

-Bah, cuando terminéis de esta historia sensiblera me habláis; voy a mear.- Dijo, ya que estuvimos así durante unos cinco minutos.

Al rato, Mark reaccionó. -¿Cómo es posible?¿El recluta del pelotón se ha convertido en coronel en solo tres meses? Tiene que ser un error.

-¿Qué error ni que orko muerto?. Eres tú, ¡cuánto tiempo hombre!. Tienes que contarnos todo lo que ha pasado desde que nos separamos.- Dijo Alex mientras se acercaba en postura de darme un abrazo.

Después de varios segundos de abrazo, empezamos a contarnos cómo habíamos llegado hasta allí. Primero empezé yo relatando mis aventuras, sin contar, por supuesto, mis poderes psíquicos ni nada relacionado con los Caballeros Grises o con el Inquisidor. Mientras les hablaba sobre lo que me había estado pasando, nos fuimos a mi habitación (era también un despacho) y nos pusimos a jugar al póker, pero esta vez no era espacial, sino una especie de cartas translúcidas hechas con algún tipo de plástico rugoso.

-Vamos a ver- Dijo Mark mientras subía su apuesta.- Entonces, ¿los soldados te llaman Libertador?

-Sí, además son sospechosamente eufóricos.- Comenté, mientras veía a Mark parpadeando muy rápido, lo cual indicaba que se estaba tirando un farol. -Veo tus cincuenta y añado otros veinte. ¿Y vosotros, cómo acabásteis aquí?

-Bueno, la cosa es que seguimos luchando en ese planeta contra los orkos, pero de una forma más directa. Me retiro.- Comentó Alex. -Seguimos haciendo misiones parecidas a las de la ciudad bombardeada, ya sabes; sabotaje y cosas de esas, pero esta vez sí éramos un equipo de asalto, con nuestras granadas de fragmentación y esas cosas. Ah y se me olvidaba lo mejor, el rifle Inferno. Eso si que era poder. Atravesaba a los orkos como si fuesen de mantequilla.

-Mmmm...Igualo tus setenta y pásame una carta.- Dijo Mark una vez había alcanzado su turno.

-Aquí tienes, pero después supongo que pasaría algo radical ¿no?

-¡PUTA MIERDA! Digo...Toma ya, lo que quería.- Vociferó Mark. -Después de unas cuantas misiones de esas se nos encomendó la tarea de escoltar a un tipo desde una base hasta un puesto avanzado. Resultó que ese tipo era un pez gordo de Derios, el planeta del que eres comandante de un regimiento. Éste nos recomendó y salimos hacia el planeta. Pero mientras viajábamos por la Disformidad, una horda de xenos salió de no sé donde y se lió parda; pero conseguimos escapar uniéndonos a un traficante de esclavos.

-Errrrmmm...Tío, eso es lo que me pasó a mí.-Comenté mientras subía aún más la apuesta.

-¿Ves lo fantástico que suena en la boca de otro?. Tío deja de decir tonterías y cuéntanos la verdad.- Dijo Alex, mientras jugaba dándole vueltas a mi silla del despacho.

Justo fue decir eso y entró Zephirus para buscar unos papeles o algo así.

-Zephirus.- Dije. -¿Qué pasó en la nave mientras viajábamos por la Disformidad?

-Nos atacaron unos Genestealers; es decir, Tiránidos. Por cierto, ¿quiénes son estos soldados?

-Verá, señor, hemos sido informados de que hay alguien que quiere acabar con nuestro amigo el comandante.- Dijo Alex, mientras logró desenroscar la puñetera silla.

-¿¡No me digas!?- Exclamó Zephirus con cierto tono irónico mientras se acercaba a Alex.

-Sí, exacto. No queremos que nadie se entere, pero como usted es personal autorizado pues...

-¿Personal autorizado?- Preguntó Zephirus, mientras se acercaba más y más a Alex.

-Claro, usted se ve que es un tipo importante, con su, con su...Cara de tipo importante.

-¿Cara de tipo importante?- Preguntó otra vez, esta vez más cerca de Alex -¿Cómo es la cara de tipo importante?

-Pueeeeesss...¡AHH! ¿Qué mierda haces? ¡Ah! ¡Auh!- Gritaba Alex, mientras Zephirus le pegaba en la cabeza.

-Enseñándote lo que es la disciplina maldito imbécil.

-Yo soy muy disciplinado.

-Claro, al igual que tu amigo. ¡Tú, ponte las botas, éste no es lugar para estar descalzo!- Le dijo a Mark, el cual, evidentemente, estaba descalzo en mi despacho.

-¡Tú no me das órdenes!- Gritó Mark, mientras sacó una pistola de la bota y apuntó a Zephirus.

Zephirus dejó de pegarle collejas a Alex y cogió su pistola del cinturón. Después de eso, también apuntó a Mark.

-¡Zephirus, Mark, dejadlo ya! No merece la pena.- Dije.

Con esta escena, con Alex en el suelo doliéndose de las collejas, con Mark y Zephirus apuntándose para matarese y conmigo en pie gritandole a ambos que se detengan, apareció el compañero de mis antiguos camaradas.

-Tíos, ¿dónde habéis dejado mi equipo? -Dijo, con poco interés con lo que estaba pasando allí.

-Mireas, no nos interrumpas de ese modo, sabes nuestro equipo está en la armería número tres.- Comentó Mark, mientras no dejaba de apuntar a Zephirus.

-Vale tío. Oye, Alex, te cojo un cigarrillo. Bueno, me voy para allá. Os cierro la puerta y así haréis todo el ruido que queráis.

Y así, tan pronto como vino se fue. En ese momento me resultó un personaje un tanto extraño. Ese tal Mireas tenia un aplomo increíble. Pero aparte de eso, la escena seguía. Cuando ya me estaba hartando grité.

-¡¡YA BASTA!!

Mientras decía esto, pasó algo muy extraño. La luz parpadeó y la cabeza me dolió muchísimo. Me elevé levemente en el aire y los demás cayeron al suelo de forma que parecía que les habían dado un golpe. Al descender, me llevé las manos a la cabeza y grité por segunda vez; pero esta vez no de rabia, sino de dolor. Al volver a la normalidad, todos se me quedaron mirando mientras se levantaban.

-No puede ser, ¿tú eres psíquico?- Dijo Zephirus, atónito.

-Pero es imposible, nunca te he visto usar esos poderes- Comentó Mark, mientras me apuntaba a mí con su pistola.

-¿Qué carajo?- Saltó Alex, siempre tan elocuente.

-No, no tenía intención de eso, lo siento mucho, lo siento, lo siento mucho.- Dije.

-¿Que no tenías intención?¿Y si llegas a escupir fuego, como vi una vez, o incluso explotar.- Comentó Zephirus.

A todo esto que entró el capitán, el señor Estoico. Como era un Marine Espacial, tenía que entrar haciendo un poco de ruido, rompiendo la puerta.

-¡¿Qué ha pasado aquí?!- Dijo.

-El que faltaba...-Susurró Zephirus para sí.

-Errrrmmm...Capitán, no, no lo sé.- Dije. -Grité y de repente pasó todo esto, ellos cayeron y...

-Maldita sea, ahora ellos lo saben. No, no importa, pero controla tus sentimientos o puede que pase algo peor que esto. A los demás, ni que decir tiene que esto es un secreto, ¿verdad?

-Cla, claro...Quien quiera que seas.- Dijo Alex mientras intentaba poner la silla en su soporte.

-Pero yo no venía a por ésto. Tienes que ir a la sala B3 para dirigirte al regimiento.- Me dijo el capitán, mientras miraba los desperfectos que había causado en la puerta (al final tuvimos que cambiarla)- A los demás, ni se os ocurra contar nada de lo que ha pasado aquí.

Íbamos el capitán y yo solos por los pasillos, ya que Alex y Mark se habían ido a buscar a su amigo el impávido y Zephirus se quedó en mi despacho buscando lo que sea que buscara ya que ese despacho en realidad era suyo, yo no estuve en él más de cinco veces.

-Mmmm...Al final tendré que hacerlo...-Murmuraba el capitán mientras cambinaba hasta la sala B3.

-¿Qué te sucede, capitán?- Le pregunté preocupado.

-Ahhhh- Suspiró -A tí no te puedo mentir, te lo tendré que explicar todo. Tú me viste hablar con el Inquisidor hace unos días ¿verdad?

-Sí.

-Bien. El lnquisidor sospecha de ti.

-¿De mí por qué?

-Muy sencillo. Has sido una de las tres personas que sobrevivieron en la nave contra los Tiránidos y después lideraste una rebelión, llevándonos exactamente hasta el punto donde había caído una nave de un tamaño pequeño. A él le parece una situación extraña.

-¿Y por qué no sospecha de ti o de Zephirus?

-Porque yo soy un Caballero Gris y Zephirus un coronel. Ambos hemos sido veteranos en unas cuantas batallas más que tú. Por eso sospecha de ti. Te aseguro que si fueses alguien normal te interrogaría y probablemente te mataría. Pero según su punto de vista eres un superviviente nato y un líder inspirador, además de un psíquico prometedor.

-Eso me deja en mal lugar ¿no?

-Más o menos. Puede que el Inquisidor te interrogue de manera afable, pero no intentes hacerte el listo.

-Te lo prometo.

Después de eso entramos en la sala B3, donde había menos gente que de costumbre. Estaban cinco personas sin contarnos al capitán y a mí. En el centro de la sala habían puesto un gran mapa holográfico.

-Ummmm...¿Así que tú eres el coronel milagro?- Dijo uno que estaba allí con los brazos cruzados, un tipo con un ojo biónico, quien más tarde sabría que era el coronel del 4º regimiento de Gasparia.

-¿Coronel milagro?¿De qué hablas?- Dije.

-Deja al muchacho, bastante tiene con ser hijo de algún noble bien situado de su planeta para tener ese rango con esa edad.- Dijo otro que estaba allí, éste estaba apoyado en la mesa holográfica mientras miraba hacia el mapa.

- Yo no soy ningún enchufado, pero antes de eso, ¿quién carajo sois vosotros y qué hacéis en mi nave?-Pregunté en voz alta.

-Somos coroneles, al igual que tú, lo que nos posibilita a meternos contigo sin represalias.- Dijo el tío del ojo biónico.

-Bien, entonces ¿quiénes son estos dos que os acompañan?- pregunté, señalando a los dos tipos llenos de cables que proyectaban el mapa holográfico.

-Maldita sea, es verdad que eres imbécil. Son servidores. Se nota que no tienes ni idea de nada.- Contestó el que estaba mirando el mapa.

-Mira quién habla...-Contesté en voz baja.

-Bueno, basta de presentaciones, hemos venido por lo mismo, la situación de Crausure II, el planeta que está siendo invadido por tropas del Caos. Nuestra misión será defender los puntos principales sitiados. De momento las FDP aguantan en las ciudades, pero al no ser un planeta acostumbrado a la guerra, no aguantarán mucho. Además de ellos tropas eclesiárquicas se han unido al combate, así que nos da un poco de tiempo, pero no podemos respirar aliviados.

-¿Cuáles son nuestras órdenes específicas?- Preguntó el del ojo biónico, minetras se mesía la barbilla.

-Nuestros tres regimientos serán desplegados juntos en la capital del planeta, la ciudad de Carclis.

-¿Quién diablos le pone unos nombres tan raros a las ciudades?- Retorizó el del ojo biónico.

-Ese no es el caso; nuestro trabajo aquí es primero defender la capital.

-¿Y luego?- Pregunté, supongo que no me importaba mucho, solo es que quería sentirme parte del grupo.

-Por lo visto la ciudad es lo único que merece la pena en el planeta. Por lo demás, solo hay minas y canteras; no creo que los hayan asaltado un planeta para hacerse mineros o fabricantes de azulejos.- Dijo el del ojo biónico.

-Lo que haya en el planeta no nos incumbe, solo nos incumbe lo que deja de haber cuando el asedio de la ciudad termine...Tanto a favor de un bando o por otro. Llegaremos allí en cuestión de una semana. Por lo demás, equípesen para el frío, la temperatura media del planeta es de cinco grados. Eso es todo.

Cuando terminó de decir eso, el capitán y yo nos volvimos hacia "mi despacho".

-Capitán, ¿por qué no has abierto la boca? Tendrías que haberme defendido frente a esos idiotas.

-Demasiado con que no han preguntado sobre mi presencia.

Seguimos hasta encontrarnos con una escena bastante peculiar. Un tipo en mitad del pasillo estaba haciendo malabares con cuchillos.

-¿Quién es ese tío tan raro?- Pregunté.

-No tengo ni idea, pero la verdad es que es bastante divertido.

Pasamos delante suyo y vimos que iba uniformado de la misma forma que Alex y Mark, y desgraciadamente igual que el impávido.

-Por el Emperador que escuadra más rara tienen.-Pensé.

Menos mal que vimos a Mark que nos pudo presentar como es debido. Me alejé lo suficiente del malabarista para que no nos oyera.

-Mark, Mark.- Susurré.- ¿Quién es ese tío tan raro?

-¿Cuál de ellos?

-¿Cuál va a ser? El que esta haciendo malabares con unos puñeteros cuchillos.

-Ahh me creía que preguntabas por el Marine.

-Mark, sé quien es el Marine, yo digo el otro.

-Ah vale, ese es Mordecai, es parte de nuestra escuadra.

-Mmmmm...Me lo imaginaba.

La escuadra de los hombres extraordinarios

Después de estar un rato viendo el espectáculo de Mordecai (el tío hacía malabares hasta con 6 cuchillos, tres de ellos prestados) y de darle una propinilla, nos fuimos hasta mi despacho, esta vez sin interrupciones. Allí, vimos que no había nadie; por no haber no había ni puerta.

-Mierda, Zephirus no está.- Pensé en voz alta.

-¿Dónde se puede haber metido ese?

-Capitán, ¿vienes conmigo a buscarlo?

-Claro, por aquí no puedo entrenar con nadie, así que tengo mucho tiempo libre.

Así que nos dimos la vuelta, al salir, nos encontramos con Zephirus.

-Hombre Zephirus, te estábamos buscando.- Dije.

-Sí, y yo a ti también; por supuesto, al capitán no.

-Zephirus, un día tú y yo tendremos un ajuste de cuentas.

-Te ganaría.

-En eso mismo estaba pensando yo.

-Pero yo no venía a eso, coronel, le presento a Johannes Tänze, el comisario mayor de su regimiento.

El comisario era...como decirlo...un enano. Era un tipo que no mediría más que un chaval de diez años. Pero eso sí, estaba cuadrado como él solo; casi no cabía en el uniforme, en parte porque de tantos dobladillos que le habían hecho, en parte por ser más ancho de espalda que más largo de piernas.

-Eee...Encantado, señor Tänze. Le apreté la mano y me la dejó rota.

-Lo mismo digo, pero le advierto que no debe cometer ninguna irregularidad ante mi persona.- Dijo con una voz tan grave que parecía que estaba distorsionada.

-Umm...Claro.- Dije, mientras pensaba sobre la escuadra de mando que voy a tener.

-Bueno, coronel, me temo que he de ausentarme, me han dicho que ha habido indicios de que unos guardias han tirado papeles al suelo, habrá que enseñarles una lección.- Dijo, mientras desenfundaba su pistola y se marchaba.

-Zephirus, ¿por qué me tocan siempre los tíos raros?- Contesté, rezando para que el comisario no me oyese.

-¿Tíos raros? Ese hombre ha luchado en más batallas que tú y yo juntos.

-Pero es que es...

-No lo juzgues por su apariencia, tambien se merece un respeto, y más siendo Comisario Mayor.

-Vaale, lo que tú digas. Ya me han dicho la información táctica a grandes rasgos.

Seguimos hablando dentro de mi despacho, cuando se nos presentó Alex sudando y casi asfixiado de tanto correr. Se escondió detrás de la pared, al parecer había alguien disparándole con una pistola láser.

-Alex, ¿qué ha pasado?- Pregunté.

-Ahhh ahhh...un enano, un enano.

-¿Un enano?

-Sí, un enano se ha puesto a dispararme así por las buenas.

-Mmmm...eso me suena al comisario Tänze.- Comentó Zephirus.

-¿Pero qué has hecho?- Pregunté, invadido por la curiosidad.

-Nada, estaba en la cantina comiendo y de repente apareció ese tipo desde detrás de una papelera, se espantó y empezó a dispararme. Menos mal que un poco malo disparando.- Dijo, mientras intentaba coger aire.

-¿No has hecho nada raro?- Preguntó Zephirus.

-Claro que no.

-Zephirus, le tendremos que creer, vamos al encuentro con el comisario.

-Tienes razón, tú quédate aquí y escóndete donde puedas, que como te mate va a dejar todo esto perdido.

Así que nos fuimos hacia donde estaba el comisario irascible. Y por allí venía, disparando a lo loco sin ver a nadie, hasta que nos vio a nosotros.

-Comisario, ¿qué sucede?- Grité.

-Un soldado ha cometido un crímen contra el Emperador.- Vociferó, mientras paraba de disparar y se enfundaba el arma.

-¿En qué forma?- Preguntó Zephirus.

-Ese insubordinado estaba comiendo en la cantina y no usó posavasos.

-Eeerrrrmm...comisario, intentaremos localizar a ese criminal y lo ajusticiaremos en nombre del Emperador, ¿como era?

-Solo logré verlo de perfil, pero era un soldado alto y con una nariz larga y angulosa.- Resultaba curioso pensar que Alex era más bajito que nosotros, pero claro, comparado con el comisario...lo que nunca sabré es de dónde se sacó lo de la nariz larga y angulosa, para mí tenía una nariz normal. -Espero no volver a ver más a ese maldito, que el Emperador se apiade de su alma, de su cuerpo ya me encargaré yo.

-Claro señor Tänze. Ahora siga con su...trabajo.

Así que Tänze se marchó mientras Alex se asomaba por la puerta para corroborar la marcha del comisario. No es de mi incumbencia, pero resulta un milagro el que no haya muerto. Bueno, aunque lo mío resulta más increíble lo mío. El caso es que seguimos hablando del planeta y la estrategia a seguir, pero como teníamos pocos detalles, estuvimos dándole vieltas a lo mismo, como el equipo necesário etcétera, etcétera. Pero después de un rato, Zephirus decidió que era hora de dar una charla a los soldados. Yo me sentía un poco apartado, ya que era solo la cabeza visible de la escuadra de mando, el coronel oficial, el resto lo hacía Zephirus. El entrenamiento de los soldados así como su adoctrinamiento y la asignación de sargentos y demás estaban dentro de sus competencias. Dentro de las mías estaban aguantar a los dos coroneles abusones y mirar con incredulidad lo que era mi escuadra de mando. El tío que parece un niño, el impávido, el malabarista circense, el comisario enano...son algunos de los que dependía mi vida en aquel entonces.

En el día de la charla, todos debíamos estar en la ya familiar sala B3, pero esta vez para hablarles a los soldados sobre el clima, el enemigo (por supuesto nos callaríamos algunas cosas) y todo eso. Después de desayunar, me dirigí a mi despacho, donde me encontré allí con la persona con la que menos me quería encontrar: el Inquisidor.

-Buenos días, coronel.- Me dijo, mientras se levantaba de mi silla.- Tengo que hablar con usted. Por favor, tome asiento.

-¿Hablar?¿Qué quiere de mí? Le aseguro que le rezo al Emperador todos los días.

-No pongo eso en cuestión. Por favor, cierre la puerta (ni que decir tiene que ese día la puerta ya estaba reemplazada). Empecemos. ¿Tú sabes a los que vas a enfrentar ahí en el planeta?

-Claro, a tropas caóticas.

-¿Y acaso sabes lo que es el Caos?

-Pues...no muy bien; el capitán me explicó un poco. Eso de los dioses del caos, los demonios y todo...no me lo acabé de creer del todo.

-Todo eso es real. Esos dioses existen y esos demonios tambien. Pero tardaría mucho en explicártelo todo sobre ellos. Principalmente estoy aquí para advertirte. En ese planeta cuando combatas oirás voces, muchas voces. Y en cuanto te enfrentes a un demonio sentirás una sensación de vacío, como si se te escapara el alma del cuerpo. Después de eso te dolerá la cabeza mucho y sentirás escalofríos. Es incluso probable que vomites.

-Qué alegría ser psíquico.- Ironicé.

-Hombre, no es lo más agradable en diversos momentos pero cuando ya domines tu poder verás que es mejor serlo que no serlo. A lo que iba no era eso. Para frenar eso, deber tener determinación de hierro y sobre todo no pensar mucho sobre eso. Enfréntate a uno de ellos como si fuese un enemigo más. Pero claro, tu misión no es combatir, sino mandar; pero hay que estar prevenidos.

-Gracias por la advertencia.

-De nada. Por cierto, el capitán te acompañará como otro miembro de tu escuadra de mando.

-Pero yo pensé que él se iría con sus compañeros Caballeros Grises; no sé que pinta aquí. Hasta yo sé que es lo mejor.

-Pues no, no lo sabes. El capitán irá contigo por un motivo: vigilarte.

-¿Vigilarme?¿Soy acaso un niño pequeño?.

-Todo lo contrario. Ahora mismo eres un ser extremadamente poderoso. Eres un psíquico con mucho poder así como el comandante de un regimiento entero. Sería una desgracia para el Imperio que tanto tú como tu regimiento se una al Caos.

-¿Acaso duda de mi lealtad, lnquisidor?

-Claro que no. Lo que me preocupa es que eres bastante vulnerable. No podemos permitir que te conviertas en hereje, incluso puede que contra tu voluntad. No podemos permitir tu fallo, y el capitán te...corregirá en cuanto vea el mínimo ápice de herejía en tí.

-¿El capitán sería capaz de matarme?

-Claro, ha sido entrenado, adoctrinado para eso.

-Pero creo haber escuchado que usted no es su superior, así que no le puede ordenar nada. Creo que me está mintiendo.

-No te estoy mintiendo y debes saber que un lnquisidor no miente. Él ha accedido por propia voluntad. Sabe que es su deber. Eso es todo; si ves algo sospechoso infórmame por favor, ya tomaré medidas.

-Gra, gracias señor.

-Y ahora puedes retirarte.

-Errrmmm...Señor, este es mi despacho.

Los días fueron pasando. Zephirus me sugirió que estudiara estrategias y tácticas con el, el capitán me raptaba de vez en cuando para entrenar con él y Alex y Mark me pedían que jugara al Póker Espacial con ellos. Durante casi dos semanas esa era la rutina, hasta que llegamos. La sirena de la salida de la Disformidad era la señal de dirigirnos la escuadra de mando hacia la sala B3. Y allí nos encontramos todos: Alex, Mark, el capitán, Mireas "Impavidus", Mordecai, el señor Tänze, Zephirus y yo.

No serán tantos...

Se abrieron las puertas de la sala y salió el Coronel que se metió conmigo y su escuadra de mando, unos tipos altos, robustos, uniformados y disciplinados. Como debe de ser. Nada de tíos sacados de un circo ni vagos que se ponen a jugar a las cartas cuando paramos. Por alguna extraña razón, el señor Tänze no veía nada indisciplinario el ponerse a jugar a las cartas; incluso se unió a ellos. En cuanto salió el último de la escuadra del otro coronel, entramos nosotros. Allí había una mujer calva con muchos cables enchufados en la cabeza, en ese momento supuse que era la moda de aquel lugar, pero en realidad tenía una función más que la estética (lo cual me parecía un poco feo, aunque la mujer era bastante guapa). Ella nos informó de la situación. Unas mil Hermanas de Batalla estaban en el planeta defendiendo la ciudad principal, y nosotros nos uniríamos a ellas. Tenían algo más que defender que un planeta perdido en la Galaxia, pero eso no era de nuestra incumbencia. Lo bueno era que teníamos a las hermanas de apoyo. Lo malo era que eran hermanas, o sea, una beatas chifladas. En ese momento no sabía a quién temer más, si a los demonios, al señor Tänze o a ellas.

La reunión nos dejó claros los siguentes conceptos: aterrizaríamos unas horas antes del ataque de las tropas caóticas y tendríamos que establecer un perímetro defensivo alrededor de dos puntos; un espaciopuerto (por donde aterrizaríamos) y uno de los lugares principales, donde se encontraba un templo. Si aguantábamos un par de días, llegarían otros dos regimientos de refuerzo y ya avanzaríamos. A nuestro regimiento le tocaría defender el espaciopuerto junto con unas doscientas hermanas y medio regimiento del coronel que se metió conmigo no, con el otro. Así que la suma total era de unos 4.000 efectivos, lo que nos daba bastante confianza.

Con lo que respectaba al enemigo, algo suavito para empezar como coronel, parecía ser que había unos cuantos Marines Espaciales renegados; junto con los cultistas que había en el planeta y los que traían de casa. Además de eso demonios y máquinas de guerra cuanto menos exóticas (la amable señorita nos puso unas cuantas imágenes de esos vehículos), pero la diversión no hacía más que comenzar.

Después de los escasos minutos que duró la reunión, nos despacharon de allí con prisas, ya que el otro coronel tenía que entrar; él y su escuadra de mando, igual que la del anterior, con sus soldaditos disciplinados y con rifles inferno. En cuanto a los míos, el único que estaba preparado era Zephirus, con una gabardina larga de color gris oscuro, con botas para la nieve y un sombrero de estos para el frío con orejeras, pero las tenía para arriba cogidas con algun tipo de enganche. Además llevada dos pistolas en el cinto (llevaba la gabardina abierta). Los demás, un desastre como siempre: Alex y Mark iban en pijama, "Impavidus" (intentaba que cuajara el nombre) con una toalla puesta, por lo que se ve estaba en proceso de ducharsre cuando lo avisaron, el señor Tänze se estaba tomando el café con un bocadillo, además de tener mucha cara de sueño. Y quedaba Mordecai, quién llevaba los pantalones del revés. Y yo... bueno, yo estaba tan nervioso que no pude ni dormir esa noche, así que estuve entrenando con el capitán (quién tampoco iba vestido para el combate, solo con una de esas túnicas modelo Astartes, también llamadas sábanas). En ese momento dudaba de mi longevidad como coronel.

Al llegar al hangar la cosa era bien distinta. Todos iban con su vestimenta, hasta el capitán, quién llevaba una servoarmadura distinta a la que acostumbrba llevar. Me extrañó que en vez de granadas, Mordecai llevara cuchillos, pero en la escuadra de mando todo vale. Quien faltaba era Impavidus, pero a la hora de marcharnos tuvimos que irnos sin él.

-Alex, ¿dónde diablos está Impavidus?-Pregunté, mientras embarcamos.

-¿Quién?- Preguntó, evidentemente el apodo no había cuajado aún.

-Como se llamaba...Mireas creo que era.

-Ahhhh, Mireas. No te preocupes, vendrá a su hora.

Pues tenía razón, Unos segundos antes de que el piloto cerrara las compuertas, Mireas, digo...Impavidus apareció por la puerta del hangar. Las puertas se estaban cerrando y él no hacía el esfuerzo siquiera por preocuparse. Iba con su armadura de caparazón, con el casco en una mano y el rifle en la otra. Resultaba increíble el aplomo que tenía, no se inmutaba ni por el ruido de los motores.

-¡Vamos idiota que te quedas aquí!- Gritó Zephirus.

-Ahhhh- Suspiró Impavidus (o al menos hizo el gesto).

Resultaba increíble que justo cuando las puertas se iban a cerrar del todo entró, sin siquiera rozarlas; parecía que lo tenía todo calculado.

-¿Por qué no vienes a tu hora?- Vociferó Zephirus.

-Vengo a mi hora. Sóis vosotros quienes venís antes, así que no tengo culpa de nada.

-Maldito seas.- Dijo Zephirus.- Comisario, ¿me da permiso para que yo acabe con este idiota?

-Zephirus, ¿tus principios no van en contra de eso?- Le dije.

-El Emperador me perdonará si acabo con este imbécil.

-Por favor, cálmate, estás alterándonos.

-Vale, ya estoy tranquilo ¿ves?

-Así me gusta, ahora disfrutemos del que probablemente sea nuestro último viaje.- Dijo Mark con tono irónico.

Por una pequeña ventanita se veía lo que quedaba de planeta. Un planeta con estepas y algunos grandes bosques en el ecuador, además de tener un gran océano entre los dos continentes. El primero, solo logramos verlo en parte, pero era muy grande; y al parecer lleno de coníferas. El otro continente era una gran estepa, de casi la misma altura; era raro el que no tuviera ninguna montaña, pero supongo que así mejor, nada de tomar colinas ni nada parecido. Esta vez, el aterrizaje fue más largo que cuando lo recuerdo, aquella vez en mi primera misión. Esta vez tuvimos que esperar a que aterrizaran unas naves con blindados para el regimiento que nos iba a acompañar en el combate. Nos pasamos como seis horas sentados esperando a que ellos aterrizaran y lo desembarcaran todo.

Pasado todo ese tiempo, por fin se nos dio orden para aterrizar. Seríamos la primera de tres naves que aterrizarían con tropas del regimiento. Cuando salimos de allí, fuimos los primeros. Según el protocolo, la escuadra de mando debe estar presentes cuando todos los soldados del regimiento desembarquen. Y con presentes me refiero a estar ahí de pasmarotes viendo cómo desembarca todo (todo) mi regimiento, y más con el frío que hacía. Todos menos el capitán y Mordecai estábamos helados (o "arresíos" como se decía en mi planeta, donde apenas había épocas de frío, supongo que era por el calentamiento global o algún rollo de esos).

-¿No gustáis frío?- Dijo Mordecai con su gracioso acento.

-¡¿Cómo nos va a gustar el frío?!- Gritó Mark, mientras se limpiaba un moco con la manga de la armadura.

-Esto recuerda a mi planeta, pero aquí hace más calor.- Dijo, al parecer sin ninguna malicia sabiendo que nos estábamos quedando helados.

-Oye, Alex.- Comenté mientras tiritaba.- ¿Ahora no te sientas a jugar al póker espacial?

-Eres idiota, en todo caso se llamaría "El abominable póker de las nieves".- Dijo.

-Sí, lo que tú digas. Zephirus, ¿qué pasará si nos vamos a tomar algo caliente?

-Vamos, no seas así. Hace frío pero tampoco es para tanto.- Dijo mientras se soplaba con aliento las manos.

Cuando pasaron unos treinta minutos desembarcó la segunda nave del regimiento. Todos ellos me reconocieron y cada vez que pasaban gritaban eso de "¡Libertador!". La verdad es que hacía tiempo que no lo oía. Zephirus había hecho un buen trabajo con ellos. Ahora eran soldados disciplinados y fuertes; no como antes que eran simpres y endebles esclavos. Todos armados, caminando el línea recta de tres en tres...Lo que se puede llamar un regimiento, pero aún quedaba la otra mitad.

Mientras despegaba la nave y aterrizaba la otra, miré a mi alrededor. Un espaciopuerto...la verdad es que no es como lo imaginaba, con piezas de alta tecnología y eso. Era un descampado muy, muy grande con grúas y cosas por el estilo para meter cosas en las naves, nada especial. Pero su perímetro era otra cosa. Por lo que podía ver, una gran muralla de unos veinte metros de alto rodeaba todo el lugar, con ametralladoras y cosas así encima de ellas.

Despúes de eso, estaban los "desfiles" de tanques, donde los Leman Russ se paseaban de un lado a otro. Supongo que se estaban adecuando a la posición o algo así. La artillería móvil hacía lo mismo; igual con los demás componentes del regimiento de blindados. Actuaban bastante rápido, casi igual que los míos. Antes de despegar la nave que los trajo, ya estaban haciendo las últimas prácticas de tiro y ocupando sus posiciones de guardia. Pero lo que no veía es ninguna Hermana de Batalla ni a ninguno de sus pintorescos tanques. No tardó en aterrizar la segunda nave (gracias al Emperador) y nos fuimos al centro de mando del espaciopuerto. No había visto el truco, el espaciopuerto tenía una red de túneles y hangares inmensa en la que cabíamos todos sin problemas. Las entradas eran un poco cutres, parecían sitios donde se guardaban los productos de limpieza, pero eso era lo que había.

Dentro, tuvimos que soportar un horrible olor a amoníaco y a aguarrás (al parecer sí era el lugar donde se guardaba eso). Por suerte, la sala de mando no olía más que a pintura (había unos cuantos botes ahí) y no tenía más que una mesa holográfica y poco más (con decir que las luces eran simples bombillas colgadas en el techo). Allí se nos informó de las últimas órdenes. Por lo visto las hermanas aún no se habían organizado demasiado bien (según parecía todas querían defender el templo). Por lo demás todo bien. El ataque se produciría  como dentro de unos tres días, y las hermanas llegarían más tarde.

Al día siguiente, un sonido fuerte me levantó de la cama.

-¿Qué está pasando, ya nos atacan?- Pregunté, mientras intentaba recordar dónde había puesto mi pistola.

-Que las hermanas ya están aquí, van a desembarcar, por eso he puesto el despertador antes de tiempo.- Dijo Zephirus, quien evidentemente dormía conmigo (no en la misma cama).

-Buaaa, estas tías no respetan ni el sueño.

-No digas eso en su cara, te pueden matar de una forma muy poco llevadera.

-Ya, claro.

El caso es que salimos de ese "cuarto de las escobas gigante" y vimos a sus naves llegar. Por lo que se veía (o no se veía), las hermanas querían llamar la atención. Llegaron en decenas de naves de desembarco de color plateado reluciendo a la luz del sol. Muchos de los soldados tuvieron que ser atendidos debido a una quema de retina o algo así. El caso es que llegaron con la música litúrgica que tanto odiaba cuando iba a rezar al templo. La tenían a todo volúmen y entre eso y el ruido propio de las naves, no había quién se concentrara en jugar a las cartas mientras llegaban. Cuando llegaron, dejamos de jugar a las cartas y nos fuimos a la que parecía ser el "buque insignia", donde estaría la...que mande en las hermanas. Y lo estaba. Por la puerta de desembarco salió una mujer bastante guapa, con una servoarmadura de esas de ellas, de color blanco y con una especie de túnica de color negro y muy adornada. Además de eso, llevaba una pistola de fuego como la que tenía el capitán (que no sé que hizo con ella), un Rosarius al cuello (que tampoco recuerdo lo que hice con el que me regaló el capitán) y una espada de energía muy ornamentada también.

-Soy la Canonesa Preceptora Anastasia Maius. Encantada de conocerle coronel.- Le dijo a Zephirus.

-Estooooo...señora, yo no soy el coronel, lo es quien está a mi izquierda.- Aclaró él.

-¿Tú? Vaya, ya no tienen en consideración perder hombres.- Comentó ella.

-Tenga cuidado, soy más competente de lo que parece.- Le dije, con tono fanfarrón.

-Eso espero. De todos modos sus hombres no me preocupan mucho. Lo único que me preocupa es acabar con estos herejes de una vez por todas. Y ahora, si me disculpan, tengo que comandar los rezos de las ocho y cinco. ¿Me quieren acompañar?

-Debemos declinar su oferta.- Dijo el capitán.- Ya hemos rezado durante la noche.

-Bien. De todos modos si alguno quiere unírsenos, será bienvenido.

-Claro.

Después de eso, Mordecai, Zephirus y yo nos fuimos a ver los vehículos de las hermanas. Nada especial, tanques que echan fuego, órganos montados en tanques, una especie de mujer puesta en una máquina extraña y grande con muchos cables y una cosa que me sorprendió bastante: unos servidores llevaban adentro de la "base" unos tres cilindros de esos de éxtasis con una especie de personas dentro. Era todo muy raro, no tenían nada que hubiera visto antes, todo era muy extravagante, muy extraño.

Las hermanas, nada que decir, como las pintaban en los cuentos y eso, mujeres bastante guapas (las menos veteranas, las otras estaban llenas de cicatrices; que habrá a quién le guste, pero a mí no), con el pelo corto y con algún que otro tatuaje con forma de flor de lis en la cara. Iban armadas en su mayoría con lanzallamas y bólter, excetpo unas muy raras, que no llevaban casi nada de ropa y una especie de saco en la cabeza. Además de eso llevaban una espada sierra de dos filos que tiene que ser pesada, muy pesada.

Después de darnos unos cuantos paseos, nos fuimos a la sala de mandos (la de los botes de pintura), donde nos darían las últimas pinceladas del plan. Allí, lo típico, una mesa con hologramas y tal, algo extraño, ya que la noche anterior eso no estaba. Zephirus nos explicó a la escuadra de mando la situación. Si la cosa no fallaba, al día siguiente seríamos atacados desde el sur, pero debíamos estar preparados en todas las zonas, ya que los comandantes caóticos son imprevisibles. La misión era simplee: Aguantar hasta la llegada de refuerzos.

-Pueden darse dos variables. -Dijo Zephirus.- La primera, que sepan que vamos a recibir refuerzos. En ese caso, el grueso de enemigos se dirigirán aquí para frenar las tropas de refresco. La otra posibilidad es que no lo sepan, en ese caso seremos un objetivo secundario.

-Oye, Zephirus, ¿dónde carajo estamos? Quiero decir, ¿Qué es lo que hay fuera?- Preguntó Alex.

-Buena pregunta. En el exterior del compejo nos podríamos encontrar con multitud de edificios. Os recuerdo que estamos en la capital del planeta, así que tiene muchas estructuras. La mayoría de ellas no son muy grandes, quizás de quince plantas, menos el templo, el cuál se encuentra en el centro de la ciudad. Pero eso el lo de menos. Nuestro objetivo es acabar con todos los que vengan, y eso haremos. ¿Alguna pregunta? Bien, entonces a entrenar que mañana será un día duro.

Cuando salimos de la "Sala de Mandos", el capitán se dirigió hacia mí y me dijo:

-Quiero que vengas un momento conmigo, tengo que enseñarte una cosa. Es importante.

Salimos del "búnker", donde se encontraban todas las naves de las hermanas. Allí, escondida entre otras tantas, se encontraba su nave, la del capitán.

-¿Qué hace tu nave aquí?- Pregunté nada más verla.

- He pedido traerla. Debes de hacer una cosa antes de entrar en combate.

-Soy coronel, no tengo que entrar en combate.

-Por si acaso. Entra por favor.

Entramos en la nave y nos dirigimos hacia esa sala secreta que se encontraba al fondo. Allí, el capitán puso la mano en una especie de reconocedor de huellas. Después de estar un rato analizando su mano, el mecanismo de la puerta se abrió, arrastrando las pesadas puertas del material plateado (probablemente plata) y abriendo lo que parecía una sala llena de espejos. Mi teoría de que fuesen espejos fue corrovorada al llamarla así el capitán.

-¿Y ahora?- Pregunté.

-Ummm...Ahora, ¡esto!- Gritó.

En ese momento, me pegó un empujón (flojito, que si no me rompe la espalda) y me metió dentro. Después cerró la puerta.

-Capitán, ¿qué estás haciendo? ¡Sácame de aquí!

-No lo voy a hacer.- Me dijo mediante un micrófono.

-¿¡Qué me vas a hacer?!

-Nada, solo te vas a quedar aquí por un día entero.

-¿Qué?¿Y eso por qué?

-Lo sabrás en cuanto salgas.

En cuanto dijo eso, ya no escuché más. Me puse a golpear las paredes por si podía romper algo y encontrar una salida, pero nada. Me dejé los nudillos en aquel lugar golpeando las paredes pulidas de aquel lugar. Solo me veía a mí. Por todos lados. Incluso en el techo y en el suelo. Al haber dado unas cuantas vueltas alrededor de allí, ya no distinguía la parte por donde entré. Decidí desistir. Me senté en el centro de la sala a esperar a que pasara ese día.

Era extraño, mirara al espejo que mirase, todas las formas reflejabas me estaban mirando a mí de forma que estaban sentadas apuntado hacia mi posición, incluso los del techo y los del suelo. Todo aquello era muy raro, pero lo más extraño de todo fue lo que pasó a continuación. Mientras estaba sentado, las otras formas de la pared empezaron a levantarse. Todas a la vez, de una forma casi idéntica, se pusieron en pie y se dirigieron hacia mí. Yo en ese momento, como era normal me encontré muy asustado. Decidí levantarme y ponerme en una postura de combate, la que me había enseñado el capitán. En cuanto hice esto, ellos desaparecieron. Desaparecieron, sí, para que apareciera otro. Este otro, era también parecido a mí, pero estaba desnudo. Estaba de espaldas, pero en cuanto se giró y me vió, se abalanzó sobre mí. Saltó de una esquina a otra del lugar, para luego hacerlo encima mía. Me tiró al suelo y empezó a pegarme puñetazos en la cara, sobre todo en la nariz. Tras pegarme unos cuantos puñetazos, desapareció. Volví a ponerme en pie cuando vi a otro yo, también desnudo, pero ese no me atacó, sin embargo no me hacía ningún caso. Me acerqué a él y cuando intenté tocarlo volvió a desaparecer. Me preguntaba desde hacía rato qué era lo que estaba pasando allí, cómo se podía hacer eso y cómo me lo podía haber hecho el capitán.

En ese momento me encontré enfadado no con mi aprisionamineto, sino con él. Le había salvado la vida y aún así me había dejado aquí, en la que parecía ser la prisión de la nave. Esa vez, me sentí más enfadado que en ninguna ocasión que recordase. Le pegué una patada a un espejo, y después un placaje. Como era evidente, no le hice ni un rasguño. Con el impacto del placaje me caí. Después de levantarme, ví como de los espejos salían otra vez la multitud de mis reflejos, pero eran como el de la segunda vez. Ya me hacía el muerto cuando ví algo raro por el suelo. Una pequeña esfera, una canica de color blanco, con una pequeña línea de un marrón claro en el ecuador de la misma. No podía hacer mucho más, así que decidí cogerla. Por extraño que pareciese estaba caliente, más que eso, esa canica estaba ardiendo. Pero por extraño que pareciese podía cogerla sin quemarme. El caso es que mientras la cogía los otros también lo hacian. Pero lo más raro era que la canica se hacía cada vez más grande a medida que la veía, y esos yo cada vez más pequeños. Todo aquello era muy raro. Llegó un momento en el que la canica era tan grande y pesada que no pude sostenerla y tuve que dejarla en el suelo. En cuanto lo hice, los otros volvieron a su tamaño original, y no solo eso, sino que se multiplicaron. En ese momento tuve la idea, coger la bola y esperar a que ellos fuesen tan pequeños que desaparecerían. Y eso hice. Ellos fueron desapareciendo progresivamente hasta ser de un tamaño minúsculo. Cuando ya no eran apreciables a simple vista, la luz que había en la sala (que por cierto no sabía de donde salía) se apagó. Entonces, a oscuras, algo pasó. La pelota parecía haber explotado y lo último que recuerdo fue caerme al suelo.

Eran más de lo que pensábamos

Me desperté en el suelo y se abrieron las puertas. La luz me impedía ver, pero distinguía la figura del capitán. Me sentía muy débil, no podía ni mantenerme en pie, apenas podía andar. Él me cogió y me llevó a una de las habitaciones de la nave. Me tumbó en la cama y esperó a que recuperara las fuerzas.

-No hables aún.- Me dijo.- Supongo que querrás saber por qué te he metido ahí y qué es eso. Verás, un psíquico puede aprender a controlarse de tres formas: mediante el entrenamiento y la meditación, dejando que te adaptes tú solo con la edad sin volverte loco o la peor de todas, una que solo debe usarse en caso de necesidad, la que has usado tú. Verás, esos espejos son en realidad cristales psico-reactivos, guarda la energía psíquica que emanas para luego expulsarla de forma brutal y variable. Cada persona que pasa por ahí tiene una experiencia bien distinta, pero siempre se busca un objeto, una persona, un símbolo... algo que signifique el autocontrol. Ese algo es lo que tienes que buscar cuando te encuentes en lo que yo llamo "peligro mental", ya que podrías volverte un ser demente y acabar con todos, tanto aliados como enemigos. Aunque te parezca que ha pasado poco tiempo, ha pasado un día. No te preocupes, te recuperaras en cuestión de horas, minutos incluso.

Después de largar todo ese discurso, me dejó ahí, inmóvil, mirando al techo (el cuál estaba muy decorado también) durante bastante tiempo. Cualquier esfuerzo que quisiera hacer era inútil, mi cuerpo no respondía a las órdenes. Me costaba parpadear y respirar, y si el latir de corazón fuese voluntario, también me costaría.

Tras unos minutos embobado, por fin parecía tener fuerzas para ponerme en pie, o al menos eso pensaba. Lo poco que pude hacer es mover el cuello, pero lo bueno es que podía hablar. No con mi típica voz dulce y aterciopelada, pero algo sí. Pero no podía llamar al capitán, ya que se había ido; así que estuve otro rato en la cama, aunque ya no se me caía la baba. Progresivamente fui recobrando las fuerzas hasta poder levantarme.

Salí de la habitación para dirigirme hacia la salida, pero al abrir la puerta de la sala, el capitán me estaba esperando. Esta vez ya estaba vestido con su servoarmadura y con su, como la llama él, alabarda némesis. Además de eso, llevaba una especie de bólter acoplado al antebrazo izquierdo. Ya estaba dispuesto a cargarse demonios, pero yo no. Yo iba como siempre, con una ropa normal, pero me tenía que poner el uniforme antes de que llegaran los enemigos.

-¡Capitán! Tengo que vestirme para el combate, si lo que has dicho es verdad, he pasado todo un día en esa sala, y el enemigo atacaría en un día. Hoy vendrán.- Le dije, nada más verle.

-El problema es que hoy no es hoy. -Comentó- Han pasado ya tres días desde que te metí en la sala de los espejos.

-¿Tres días?¿Cómo es posible?- Pregunté

-Pasaste dos días dentro de la sala. Cuando vine pasado un día aún estabas liado.

-Así que...¿el enemigo aún no ha atacado?

-No.

-¿Y los del templo?

-No nos han avisado de ningún ataque.

-¿No lo ves muy raro? Quiero decir, habían previsto el ataque para hace ya tres días.

-Sí, bueno, se suelen equivocar. No son muy buenos a hora de predecir ataques, además, no nos enfrentamos a un ejército normal. Puede que se hallan dividido y estén peleando entre ellos o algo por el estilo. No sería la primera vez que eso pasa. De todos modos debemos irnos de aquí, los demás empiezan a sospechar sobre tu localización; lo que veo normal, no te han visto en tres días.

Y eso hicimos. Nos retiramos al cuartel general. Pero lo que dijo el capitán era mentira. Nadie se había preocupado por mí excepto él y Zephirus. Los demás no se dieron ni cuenta. Pero bueno, supongo que mejor, aunque Zephirus tuvo que preguntar.

-¡Por fin te encuentro!¿Dónde te metiste?- Me preguntó, nada más verme.

-Ha estado...entrenando conmigo.- Dijo el capitán.

-Eso es mentira. Dime la verdad.

-Es la verdad, Zephirus. De todos modos me encuentro a salvo ¿no?, entonces bien, eso es lo importante.-Salté, ya que se mascaba un poquito de tensión en el ambiente.

-También es verdad. Pero que no vuelva a ocurrir.- Dijo Zephirus, tras lo cual se fue.

-Ufff...menos mal -Comenté, aliviado.

-Sí, pero hemos de recordar que él sabe lo tuyo.

-Ni que fuese algo malo.

-Aquí, en concreto, sí puede serlo. Estas mujeres son un poco...intolerantes con ciertas mutaciones, así que no hagas nada fuera de lo normal. ¿Entendido?

-Claro, aparte de todo, no se hacer nada "fuera de lo normal" como tú dices.

-Mejor así.

Tras esta conversación de camino a la sala de la pintura (la sala de mandos), nos cruzamos con una hermana que nos dijo que nos diéramos prisa, así que corrimos hacia la sala a ver que era lo que estaba pasando. Allí nos encontramos con la Canonesa Anastasia, con un tipo del regimiento mecanizado (supongo que un teniente o algo así) y con Zephirus (siempre me ha sorprendido la capacidad que tenía para moverse de un sitio a otro tan rápido). Ellos se estaban comunicando con los del templo. Por lo visto ya estaban siendo atacados, y eran más de la cuenta. Ya empezaba la fiesta de verdad, pero no para nosotros. Nuestras órdenes eran las mismas, aguantar ahí hasta que llegaran refuerzos. Pero por lo que parecía a ellos les estaban atacando a base de bien, pero bueno, no era asunto nuestro.

Al día siguiente, ya me levanté con las pilas cargadas, pero con un poco de malestar debido a la sirena de alerta. En ese momento suponía que algo malo estaba pasando pero...se estaba tan bien en la cama. Así que seguí durmiendo. Mi habitación era individual e insonorizada (supongo que sería por los cartones de huevos que había apilados en las paredes), así que no me enteré de nada hasta que llegó el aguafiestas de Zephirus a despertarme.

-Maldita sea, ¡levántate! La puñetera alarma lleva sonando ya media hora.- Dijo, después de pegar un portazo para abrir la puerta.

-Pfffff...Zephirus, seguro que no es nada importante.

-¿Qué no es importante?. Se ha pedido que la mitad de los efectivos del espaciopuerto vayan al templo como refuerzos.

-¿A quién se le ha ocurrido esa brillante idea de atacar por la mañana?

-Llevan atacando desde que recibimos la información de ello. Han estado combatiendo sin parar.

-Buaaaaahhh- Bostecé.- Vale, déjame vestirme y ya veremos lo que hacemos.

-Ya veremos lo que hacemos no. Hemos decidido que todo nuestro regimiento y la mitad de las hermanas vayamos al rescate de los defensores del templo. Tienes 15 minutos para llegar arriba y comandar a las tropas.

-Sí, sí. Por favor, no grites.

-Ni gritos ni nada. Nos vamos ya. Date prisa en vestirte.

Y tras dar otro portazo que tiró gran parte de los cartones, me vestí, cogí mi armamento (una espada de energía y una pistola de las normalitas) y me puse a correr como un condenado por los pasillos. Al llegar a la superficie, todo estaba muy agitado. Gente corriendo y eso. Mi escuadra de mando estaba reunida con la señora Anastasia.

-¡Por fin estás aquí!- Gritó Alex, quién sospechosamente no estaba jugando a las cartas, probablemente porque el señor Tänze quisiera estrenar su pistola nueva.

-Sí, claro. Bueno, ¿tanta prisa para esto?- Dijo Impavidus.

-¿Has visto? Hay algunos que se solidarizan conmigo.- Salté.

-Has puesto el mejor ejemplo de todos.- Ironizó Zephirus.

-Bueno, ¿nos vamos?- Pregunté.

-Hay un pequeño problema.- Comentó Anastasia.- La gran mayoría de las tropas tendrán que marchar a pie por la ciudad, ya que no hay transporte suficiente para todos.

-¿De cuántos transportes estamos hablando?- Pregunté. Dando muestras de liderazgo (no creo que fuese así).

-Contamos con cinco Valkyrias y tres Thunderhawk de las hermanas.- Dijo Zehpirus.- Lo que nos deja con ocho naves. No son suficientes pero algo es algo. Nosotros y la Canonesa Maius iremos por aire.

-¿Y el resto de mi regimiento?- Pregunté, inquieto.

-La mayoría tendrán que ir a pie o bien en los pocos Chimeras que nos han cedido el regimiento mecanizado.

-Zephirus, yo quiero ir con mis tropas.

-Pero sabes que eso no puede ser.

-Maldita sea. ¿No hay ninguna posibilidad de que vaya con ellos?

-No. Pero no tienen por qué morir en el camino. Son soldados, deben saber combatir. Además, le podremos cerrar el paso al enemigo en cuanto lleguen al templo. Míralo desde otro lado. Algunos vendrán con nosotros.

Algunos... vinieron treinta y siente, sin contar a las hermanas ni a nuestra escuadra. Nosotros, nos fuimos en el Valkyria mas cochambroso de todos, "por si recibíamos un ataque sería atacado el más nuevo", pensaría un genio brillante, pero sería mejor ir en el más resistente y el más rápido. Pero claro, las cosas tienen que salir siempre mal.

Así que despegamos mientras el resto se subían a los Chimeras (los más afortunados) y se disponían a correr (los menos suertudos). Era un coronel, no entendía por qué tenía que tenía que embarcar en un Valkyria como un soldado. Supongo que por aquel entonces ya se me había subido el cargo (y el chupito de anís mañanero) a la cabeza. Así que embarcamos y despegamos. A los tres minutos de viaje ¡sorpresa!, unos tipos empezaron a dispararnos desde las terrazas, azoteas y tejados. No tenían pinta de ser cultistas ni Marines del Caos. Eran más bien...bandidos. Todo iba más o menos bien, todo aguantaba hasta que llegó un graciosillo con un lanzacohetes y ya la liamos. Nada más verlo, disparó un cohete. Le dio a Valkyria de al lado en un motor. Al ir volando bajo para no llamar la atención de radares, se estrelló con un edificio destrozando con la explosión el edificio y otro Valkyria y, de paso, tocarnos en la parte de atrás. El piloto intentó estabilizar la nave pero al final tuvo que realizar un aterrizaje forzoso en un descampado. Menos mal que ese claro de tierra estaba allí. Con respecto a las demás naves, consiguieron escapar todas menos una, una de las hermanas.

Nuestra nave tuvo que aterrizar de forma poco ortodoxa, arrastrarse por el suelo hasta que frene por fricción. Después de numerosas y nada divertidas andanadas de chispas y tornillos cayéndose al suelo, oímos un estruendo ensordecedor, así como un golpe muy fuerte que agitó e inclinó la nave. Todos estábamos tirados en el suelo hasta que a alguien se le ocurrió la maravillosa idea de salir de ahí antes de que la nave explotara (sí, había esa probabilidad tras llevarse medio descampado por delante y estrellarse contra algo). Hicimos toda la fuerza que pudimos hasta forzar la puerta para salir. Cuando todos salimos nos dimos cuenta de lo que había pasado: la nave se había chocado con una cloaca gigante que estaba abierta por la parte de arriba. Alguien se dio cuenta de que un motor empezó a arder, así que echamos a correr. Tras correr a una distancia segura, Alex me dijo:

-Tío, ¿y el piloto?

-¿Qué? Mierda.- Contesté.

Tras esto, el Valkyria explotó. Bueno, creo que el piloto no era de mi regimiento, así que no me preocupé demasiado. Eso es lo que tiene cuando no conoces a alguien, que te importa un poco menos.

Después de estar un momento parados pensando qué hacer, al señor Tänze se le ocurrió la maravillosa idea de "ir a matarlos a todos". Como era la única idea que alguien daba, decidí que iríamos a matarlos a todos. No por despecho ni por venganza, sino por que lo decía el señor Tänze. No me lo creo ni yo...era por venganza. Así que marchamos a por ellos, pero antes de abandonar el descampado, vimos una nave, era la de la Canonesa. Acompañando a la nave, iban otras dos Valkyrias. Aterrizaron en el claro que había, alejados de nuestra nave, por si le daba por explotar otra vez. Salieron todos y cada uno de los que estaban en el interior, pilotos incluídos. Era extraño, sentía un sonido lejano que se acercaba cada vez más y más. Pues claro que se acercaba, era el sonido de un obús. Y tras él, unos cuantos más. Corrimos para ponernos a cubierto donde encontramos. Por supuesto, al ser un descampado, no había mucho sitio bajo el que cobijarse.

Cuando cesaron los disparos, salimos de nuestros escondrijos (debajo de algunos escombros en el mejor de los casos) para descubrir que quedamos al final del ataque tres cuartos de los que estábamos al principio. Tres cuartos y una nave de menos. Ya no podíamos escapar, al menos no todos. Después de buscar entre los cadáveres algún superviviente, divisamos unos vehículos. Parecían ser de orkos: tenían pinchos, echaban mucho humo, eran ruidosos...pero al final no lo eran. Eran humanos. Venían en unos diez o doce vehículos, algunos me recordaban vagamente a Chimeras y a demás vehículos militares. Al parecer lo tenían todo planeado, formaron un círculo alrededor nuestra, mientras nosotros hacíamos lo mismo para no dejar ningún punto muerto. Todas las armas suyas nos apuntaban a nosotros, y todas las nuestras a ellos, pero nadie empezó la refriega. Aunque nadie había dado la orden de no abrir fuego, todos sabíamos que si alguien lo hacía, sería muy posible que no sobreviviéramos ninguno, incluso el señor Tänze sabía eso. Encima de los vehículos estaban unos cuantos tipos, nada especial, unos tíos con harapos y armas, sobretodo armas. Del vehículo más grande, el más adornado, el más nuevo, salió un personaje del interior. Era un tipo grande, alto, fuerte...lo que viene siendo un señor bandido.

El bandido jefe iba vestido bastante extravagante, con una especie de capa de color morado y muchas joyas, pero aparte de eso, sólo llevaba una camiseta de tirantes bastante sucia, creo que en principio era blanca, pero ya era de un color gris oscuro con algunas manchas marrones.

-Vaya, la gloriosa Guardia Imperial y las beatas hermanas han caído en mi pequeña trampa. Bueno, ahora según la ley de Miller ustedes son de mi propiedad. A partir de ahora, serán mis esclavos. No, mis siervos. Suena mejor. Así que suelten las armas y encadénense a las esposas que les proporcionarán mis hombres. ¿Alguna pregunta?

-Sí, yo tengo una.- Contestó Alex, siempre retando a la muerte de la forma más estúpida posible.- ¿Quién diablos es Miller?

-Yo.- Dijo el bandido sin ningún reparo.- ¿Alguna pregunta más? Bien. Y tras este pequeño contratiempo...

Mientras Miller estaba soltando su discurso, Mordecai e Impavidus hablaban en voz baja. Debido al ruido de los motores de los vehículos de los bandidos.

-¿Tú tienes ya?- Preguntó Mordecai.

-Claro, lo tenía desde hace rato. ¿Le doy ya?

Todos sabíamos lo que iba a hacer. Con su rifle Inferno iba a disparar a un bidón de combustible de un vehículo.  Así que nos pusimos en posición  para irnos sin que cantara mucho.

-...Y es por eso por lo que seréis azotados cada ocho horas...-Continuaba Miller.

-Pssee, Mordecai.- Susurré (un poco alto, ya que con el ruido no se escuchaba nada).- Dile que lo haga cuando Miller alce la voz un poco.

-...Así que esa es la razón de que seáis comida de emergencia en caso de necesidad...-Seguía Miller.- ¡Así pues!

Al decir eso, se escuchó un disparo. Tras el disparo, explotó uno de esos vehículos. Con la explosión aprovechamos para huir. Salimos del círculo por el hueco que había dejado lo que antes era un vehículo, ahora una bola de fuego. Por supuesto, algunos murieron debido a que los otros bandidos no eran idiotas. El resto nos tuvimos que separar para que los vehículos no nos persiguieran a todos.

Un paseo por la ciudad

Salimos corriendo sin mirar lo que pasaba atrás. El capitán nos llevaba una ventaja aplastante a todos, iba como a cincuenta metros de nosotros (al menos de los que aún estabámos enteros). Yo, iba como un tiro sin tener en cuenta que casi me alcanza un disparo en la nuca.

-¡Dispersaos! ¡Dispersaos!- Gritaba Zephirus mientras corría (que por cierto corría de una forma bastante graciosa, dando zancadas muy grandes).

Así que le hicimos caso. Yo me fui desviando hacia la derecha, para llegar a una zona que tenía edificios (en realidad ese gran descampado estaba todo rodeado de edificios, pero por donde yo fui parecía que estaban más cerca). Con las prisas, nos olvidamos de quedar en un punto para reorganizarnos. Cuando por fin entramos en el territorio urbano, los diez que estábamos (cinco soldados, tres hermanas, Mordecai y yo) nos fuimos a la entrada de un edificio, el que parecía que estaba más entero. Con un poco de fuerza, tiramos la puerta y nos escondimos. Subimos por las escaleras un par de pisos, cuando escuchamos a alguien entrar. Miramos por la barandilla hacia abajo y sí, eran bandidos. Unos quince o veinte. Eran más que nosotros, había que inventarse la manera de salir de aquí.

-Psshh, Libertador.- Me susurró un soldado.- Podríamos escapar por las ventanas, son sólo dos pisos.

Sólo dos pisos...alguien acabaría con una pierna rota. Mientras pensaba la manera de salir de aquí, una hermana tiró una granada por la barandilla. Tras esto, todos nos agachamos para que no nos vieran. Después de explotar la granada, oímos a unos cuantos tipos gritar de dolor. En ese momento era nuestro turno. Nos asomamos por la barandilla y nos pusimos a disparar. Por el Emperador lo que hacen esas granadas. En vez de explotar, disparaban fuego, de ahí los gritos de esos pobres desgraciados. El caso es que disparamos como locos y tiramos alguna que otra granada. Los bastardos se escondían en las columnas y no nos dejaban dispararles bien (tenían algún instinto de supervivencia, para nuestra desgracia), pero, tras unas cuantas descargas, acabamos con todos.

-Bien, bajemos.- Dije.-Salgamos de aquí tan pronto como podamos. Puede que esos bandidos tengan un vehículo.

Pues bueno, bajamos y nos encontramos con un maravilloso vehículo a nuestra total disposición. No era algo para hacer largas travesías pero con él podríamos recoger a más de los nuestros y reagruparnos más rápido que si fuésemos andando. Así que lo pusimos en marcha y nos fuimos a dar vueltas por la ciudad para buscar a más de los nuestros. Uno de los soldados conducía y dos más estaban en el interior, por lo visto el vehículo estaba hecho para estar fuera de él. Mejor para nosotros.

Era raro, mientras atravesábamos la ciudad no escuchábamos disparos ni ruidos de motores, ni explosiones, ni nada, pero sería por el rugido del motor del vehículo. A nuestro alrededor, muertos y escombros. Era gracioso, parecía que se había repetido otra vez lo del Baneblade en la ciudad infestada por los Orkos; pero esta vez er distinto. No estábamos con unos tipos que sabían dónde ir, estábamos matando humanos y, lo más evidente: esa chatarra no era un Baneblade.

Buscamos y buscamos, pero no dimos con nadie que aún conservara todas sus extremidades y tuviera los intestinos dentro de su cuerpo. Hasta que alguien contactó con nosotros por un comunicador algo rudimentario pegado con cinta aislante al salpicadero del vehículo. Eran los bandidos, que se creían que nosotros también lo éramos. Decían que tres manzanas más adelante nuestra estaba habiendo un tiroteo. Y allí fuimos corriendo.

Cuando llegamos allí no había nada, cosa que nos extrañó bastante. Muertos muertos y más muertos. Eso sí, había otro vehículo de bandido en mitad de la calle. Todo aquello era muy raro, así que todos menos el piloto decidimos bajar a investigar.

No vimos a ninguna hermana muerta ni a ningún guardia (al menos de mi regimiento), pero sí bandidos, más o menos en el mismo número que los que matamos. Pero tenían algo raro unos cuantos de ellos: estaban decapitados. Sí, decapitados, y encima no encontrábamos su cabeza por ningún lado. En cuanto nos alejamos un poco del vehículo, escuchamos unos gritos provenientes de éste, así que corrimos para ver que era lo que pasaba.

Cuando no metimos dentro de la cabina vimos algo horrible, los que estaban ahí habían muerto. Tenían cortes profundos en el pecho y uno de ellos, el piloto, también había sido decapitado. Pero, al contrario que las de los bandidos, su cabeza aún se encontraba ahí. Y claro, tras esto, todos estábamos muy nerviosos. Uno de los soldados propuso huir de ese sitio, pero esa no es la forma de actuar de un coronel. "A buscar al bastardo" dije. Organizamos equipos de tres personas para buscarlo, y de paso, buscar a algún guardia. Yo fui con Mordecai y con una hermana con un lanzallamas. Concluimos que la opción más plausible era buscarlo en algún edificio, así que empezamos a buscarlo en el edifico que estaba más cerca, uno con unas cuatro plantas.

Entramos por una ventana que estaba arrancada de cuajo para llegar a las escaleras e inspeccionar todo para encontrar al culpable. La ventana daba a una vivienda, parecía que los ocupantes habían salido corriendo...o algo peor. Estaba todo desodenado y las cosas tiradas. Pero nuestra misión no era ordenar aquello, sino matar a ese maldito. Salimos de la vivienda y llegamos a un largo pasillo que conectaba todas las casas. Seguimos avanzando por el corredor cuando escuchamos un ruido. Era una risa, una especie de risa, pero no una risa de haber contado un chiste, una risa demente, pero eso no nos impidió continuar.

Estuvimos mirando por todas y cada una de los pisos hasta que ya no hubo más. Pero había una zona a la que aún no habíamos ido: la terraza. Subimos por las escaleras y nos temimos lo peor. Las escaleras superiores, las que estaban cerca de la puerta de la terraza estaban manchadas con sangre. Él, fuera lo que fuese estaba ahí arriba.

Abrimos sigilosamente la puerta y allí estaba. Un hombre gigante, con una servoarmadura de color granate. Estaba de espaldas, con unas cabezas atadas con una cadena en el cinto. Tenía un casco extraño con cuernos hechos del mismo metal que la servoarmadura. Pero lo más aterrador de todo era lo que tenía en su mano derecha. Un hacha de un tamaño descomunal que, al parecer, era como una espada-sierra. Intentamos acercarnos sigilosamente para rebanarle el cuello sin que se diera cuenta, pero él tuvo que darse la vuelta. Se había percatado de nosotros mucho antes, pero dejó que nos acercáramos. La hermana fue la que se llevó la peor parte. Dándose la vuelta enérgicamente con su hacha, dejó sin cabeza a la hermana, que era la que se encontraba más cerca de él. Justo cuando acabó con ella, dio dos pasos corriendo y me embistió con su hombrera. Cuando lo hizo, me dio tan fuerte que uno de mis colmillos salió disparado, acompañado de mucha sangre de la boca. Me dio con tanta fuerza que casi me estampa con la pared. Ahora sólo quedaba Mordecai.

No sabía si era por el aturdimiento del golpe o por la pérdida de sangre, pero Mordecai estaba luchando contra esa mole gigante. Con un puñal en cada mano, Mordecai esquivaba cada golpe que le propinaba el gigante mientras intentaba, sin éxito, penetrar un puñal en su armadura. Esquivaba, daba volteretas, hacía ágiles movimientos pero no logró abatirlo. Se retiró levemente y le tiró un cuchillo en el pecho, pero por un acto instintivo se puso de lado. Milagrosamente el cuchillo había penetrado su armadura de color rojo. Le había herido en el brazo, a media altura entre el codo y el hombro. El guerrero se apartó un poco e hizo algo muy raro, se quitó el casco. Cuando se lo quitó, lo arrojó con fuerza al suelo, logrando incluso romperlo. En ese momento, yo me pude levantar y coger mi pistola para dispararle a la cabeza, ya que se la había descubierto él solo. Pero su cara me aterró. Estaba totalmente pálido, casi igual que un cadáver, y tenía una cicatriz en la sien derecha. En sus ojos parecía que tenía gemas de obsidiana en vez de pupilas. Me miró con esos ojos tan sobrecogedores y me dijo:

-¡Tú, no te entrometas! Después iré a por tí.

-Haz caso, él está muerto pronto.- Dijo Mordecai, que por lo que deduje parecía que se habían retado a duelo o algo así.

Después de eso, lo mismo que antes: Mordecai esquivaba todo el rato los golpes e intentaba, en vano, penetrar su armadura. Pero su enemigo falló en algo. Golpeó tan fuerte hacia abajo que su hacha se quedó atascada en el suelo, a lo que Mordecai pudo aprovechar y con una ágil movimiento le clavó un puñal en una parte débil de la armadura, concretamente en la zona del cuello. Por un momento parecía que había ganado, que lo había matado...pero no. El maldito se levantó y se quitó el puñal con la mano izquierda y lo arrojó al suelo con fuerza. Su sangre empezó a salir como si de una fuente se tratara, justo para formarse una costra pocos segundos después. El guerrero se encontraba muy enfadado, se puso a gritar, pero no de dolor, sino de odio. Cargó contra Mordecai, como hizo contra mí, y también salió disparado por los aires.

Mordecai había perdido, iba a morir. El hacha parecía estar deseando desgarrarlo y su portador, para que nos vamos a engañar, también quería ver a Mordecai morir de forma brutal. Se acercó a él, alzó su mano para asestarle un último golpe cuando, de repente, cayó abatido al suelo. Le habían disparado. Y bastante bien, por cierto. Una bala le había atravesado la cabeza de lado a lado. Había entrado por una oreja y había salido por la otra. Miré hacia donde había venido el disparo y allí estaba, con un rifle que no sabía de dónde lo había sacado y fumando un cigarrillo con su mano izquierda, mientras que con la derecha aún tenía la mano puesta en el gatillo. El rifle, apoyado en un tabique de una terraza de otro bloque más alto aún humeaba. Era Impavidus.

Mordecai, todavía en el suelo, levantó el pulgar en señal de trabajo bien hecho, pero Impavidus, haciendo uso de su caballerosidad y elegancia que le caracterizaba, quitó su mano del gatillo y suavemente hizo, despacio y calmado, un corte de mangas, en señal de...bueno, de algo.

En un rato, Impavidus vino con nosotros a la terraza donde se había desarrollado el singular combate. Mientras tanto, nosotros examinábamos el cadáver. Evidentemente era un marine, o lo había sido hace tiempo.

-¿Desde cuándo estás en la terraza?- Preguntó Mordecai a Impavidus nada más verlo entrar (o salir, no sé) por la puerta.

-Llevo apuntado a ese tío desde que tú has estado peleándote con él.- Comentó él, mientras se encendía otro cigarrilo.

-¿Y por qué no le has disparado?- Interrumpí.

-Bueno, ambos parecían estar pasándoselo bien. No me gusta cortar un divertimento.- Contestó mientras expulsaba el humo.

-¿Que qué? Pero si casi lo mata, ¿verdad Mordecai?- Pregunté, estando bastante enfadado. Además, me sangraba la boca.

-Además, necesitaba tiempo para disparar bien. No quiero darle a quien no quiero.- Explicó.

-Bueno, da igual. Vuestra próxima misión es buscar mi diente e irnos de este lugar.

Y así, los tres estuvimos buscando el diente que me arrancó ese maldito mientras, sin haberme acordado de avisarles, los demás estaban buscando, en vano, al asesino del piloto. Al final me quedé sin diente, pero pensé que ya me darían uno de repuesto, o algo. Después de estar un rato allí arriba, bajamos para reunirnos con los demás para irnos de aquí a buscar a los nuestros.

Y allí vinimos todos menos, evidentemente, la hermana que había muerto a nuestro lado. No recuerdo haberle hecho un funeral acorde con su rango. Bueno, no haberse precipitado. El caso es que expliqué todo lo que había pasado, incluído el incidente con mi diente (resultaba importante para mí). Una hermana concluyó que se trataba de un Marine del Caos, concretamente de un siervo del dios Khorne, que por lo visto es el dios de la guerra y todas esas cosas. Por eso estaba tan alegre aquel tipo de matar a tanta gente. Como tengamos que enfrentarnos con unos cuantos tipos de esos seguidos, la tenemos clara.

Decidimos, después de otro rato, marcharnos de ese lugar para no volver nunca. Pero en vez de estar con nuestro vehículo, cogimos el que estaba al lado, un Chimera. También estaba pintorescamente "tuneado" pero era más amplio que el que teníamos nosotros. Por suerte en ese cabíamos todos dentro, pero lo importante era ponernos todos en marcha.

Dimos vueltas y vueltas y vueltas hasta que vimos algo muy raro. En una estrecha calle, había cuerpos de bandidos carbonizados y cortados por la mitad. Tras unos momentos, vimos a un tipo partido por la cintura volar de una terraza a otra. Allí había alguien que se los estaba cargando de esa forma tan brutal. Sólo podían ser dos personas: o el capitán u otro de esos marines del caos. Había que arriesgarse.

-¡Vamos, salid todos!- Grité.- Hay que averiguar quién está haciendo rebanadas de bandidos.-Dije, mientras algún soldado se espantó levemente por mi humor negro.-No, mejor, esta vez iré yo solo; si por una casualidad no vielvo de quince minutos, abandonad este sitio y poneos a buscar a más gente.

Cogí mi espada y mi pistola y me dispuse a resolver el enigma del "cortador de bandidos". La cosa es que nunca había usado la combinación espada-pistola y no sabía muy bien como iba a terminar todo. A decir verdad, en aquel momento tenía un miedo que no podía casi ni andar: me sudaban las manos, me temblaban las piernas...Pero estaba delante de mi regimiento, su coronel, "El Libertador", no podía temblar.

La puerta estaba abierta, así que entré decidido. Las escaleras, puestas de forma que hacían una espiral, estaban para caerse, pero aún estaban enteras. Corrí muy rápido, por si le daban por desmoronarse, no parecían muy resistentes dado su aspecto.

Cansado, ya que había subido unos diez pisos corriendo, llegué a la terraza, escupí un poco de sangre miré lo que había en ella. En efecto, era el capitán.

Él sólo se había cargado a unos diez o quince bandidos y sin recibir un rasguño. Es lo que tiene tener una servoarmadura (pero al marine del caos no le sirvió de mucho). Allí, sentado en la barandilla, estaba echando unos rezos y cánticos y todas esas historias. Lo sorprendí arrodillado y leyendo una especie de libro, el cual justo al verme metió en un hueco de la hombrera que estaba preparado para eso.

-Por fin te encuentro.- me dijo, mientras se levantaba.- Os he estado buscando por toda esta parte de la ciudad.

-Claro, es que te separaste de nosotros.- Contesté.- No debías de haber corrido tanto.

-¿Yo? Vosotros, que estáis en pésima forma. De todos modos aquí he descubierto algo interesante.

-¿Mientras cortabas por la mitad a esta gente?- Exclamé, con tono irónico.

-No fue antes de que llegaran ellos. Verás, ¿ves aquel edificio que es más alto?- Preguntó señalándolo con su alabarda.

-Sí. ¿Qué pasa con él? ¿Hay que volarlo por los aires?

-Casi. Allí es donde está Miller, él nos explicará un par de cosas. Además, sabremos cómo ir donde está la batalla por el templo.

-¿Por qué no usamos los comunicadoes y Áuspex?

-Ese tal Miller no es idiota. Ha creado interferencias para que no podamos reunirnos. Así que tenemos que ir como se hacía antes: a pie y a ciegas, que es lo más divertido.

-Oye, capitán, tengo que comentarte algo. Antes, nos hemos cruzado con un tipo con servoarmadura de color granate y un hacha.

-¿Y qué ha pasado?¿Estáis todos bien?-Preguntó, algo exaltado y con un tono de preocupacion.

-Bueno...ha muerto un soldado y una hermana. También me he quedado sin un colmillo, ¿ves?

-Entiendo...¿Lo perdísteis de vista?

-No, lo matamos entre Mordecai, Impavidus y yo.

-¿Impavidus? ¿Ya has recogido a algún bandido que desea redimirse?- Me preguntó con tono irónico.

-Claro que no, es ese tipo que le cae tan mal a Zephirus.

-Ah, claro. Es un buen muchacho. Pero volviendo al tema, ese tipo se había extraviado, o estaba por aquí para recolectar cráneos. ¿Tenía alguna cicatriz grande en la cabeza?

-Sí, tenía una en la sien.

-Entiendo...mantente alejado de ellos si ves alguno igual. Menos mal que estaba él solo.

Nos fuimos de aquel lugar y nos dirigimos hacia el Chimera. Cuando bajamos por las esaleras me temí lo peor: éstas estaban crujiendo de manera preocupante al paso del capitán. Tras unos momentos de tensión máxima, al fin llegamos al suelo. Para nuestra sorpresa, el Chimera no estaba. "Serán estúpidos, me han hecho caso", pensé. Claro, había tardado como veinte minutos y ellos se habían marchado ya. Pero bueno, tocaba irse andando.

Parte 5: Goldenheart

Malditos bandidos

Calles, calles y más calles. Eso era lo que encontrábamos por todos lados. No había nada en pie, sólo unos cuantos tanques de batalla humenates y rotos en alguna carretera y personas muertas. Aquí debió de haber una batalla encarnizada antes de llegar nosotros.

-Capitán.- Exclamé.- Creo que ya hemos pasado por aquí antes.

-¿Cómo estás tan seguro?

-Creo que ya he visto a ese tipo colgado de sus intestinos en esa farola antes.

-Ummm...Puede ser, pero creo que el que vimos antes aún conservaba la cabeza.

-Serán cosas mías. De todos modos me estoy empezando a cansar de andar.

Era extraño. Ya me había acostumbrado a los horrores de la guerra. En el cuartel decían que eso puede llevar mucho tiempo y muchas batallas. Yo había combatido unas cuantas veces y ya me parecía normal. Supongo que el que halla uno colgado de una farola con sus tripas son cosas propias de la guerra.

Seguimos andando, pero cuando cruzamos una esquina, escuché un disparo. Y lo escuché rebotar en algún lugar. Tras examinar mi cuerpo en busca de orificios (las heridas de bala, si son muy limpias, no se notan en el momento), me dí cuenta de dos cosas. La primera, que un francotirador estaba apostado en un bloque y había disparado al capitán. La segunda, que la servoarmadura era muy resistente al daño de balas.

-Ve a por él, yo lo entretengo.- Me ordenó el capitán, mientras corría como un poseso mientras disparaba su bólter acoplado al brazo.

Y eso hice. Mientras él cargaba contra el francotirador por mitad de la calle, disparando como un loco, yo me acerqué a la puerta del bloque del tirador. Pero mientras corría para llegar hasta él, uno de esos malditos bandidos, que estaba con el francotirador, escondido detrás de una columna, me atacó con una espada. Yo, algo desprevenido, recibí un corte en el brazo izquierdo, pero nada importante aunque aún conservo la cicatriz. Tras esto, desenvainé mi espada con el otro brazo. Los cortes, al igual que las heridas de bala que son limpias, no duelen en el momento inmediato, creo que es por adrenalina y esas cosas. Pero mejor.

No sabía si era por adrenalina, por entrenamiento o por qué, pero esquivaba con mucha facilidad cualquier golpe que quisiera sestarme ese bandido. Una estocada en el pecho, un intento de cortarme la cabeza...todo eso era a cámara lenta. Todo. Podía anticipar sus movimientos de forma clara. Pero tras estar un rato esquivando, decidí atacar. Me puse a dar espadazos a diestro y siniestros contra él, que no parecía haber cogido una espada en su vida, o al menos eso me parecía. Intentaba, en vano, defenderse de mis ataques, pero viendo que se quedaba sin fuerzas, decidió huir. Soltó la espada y salió corriendo, el muy condenado. Yo envainé la espada y saqué mi pistola. Ya empezaba a dolerme la herida del brazo, pero no era el momento de vacilar. Quité el seguro, apunté, puse el dedo en el gatillo, exalé y disparé. No una, ni dos, sino tres veces. Y le dí las tres veces. No me sentí apenado ni nada. Aunque parezca mentira, fue la segunda vez que mataba a un hombre a sabiendas, ya que los bandidos de antes no contaban, estaba disparando a lo loco, no a sangre fría. Pero bueno, era él o yo, como aquella vez, no tenía elección.

Tras guardar la pistola, me dí cuenta de lo que había pasado sin darme cuenta. El capitán se había cargado al francotirador a base de tiros; pero no con su bólter del brazo, sino con una pistola que se encontraba en el suelo. Supongo que gastar más balas de lo conveniente no era lo apropiado. El caso es que seguimos dejando eso atrás. Pero la herida empezaba a dolerme.

-¿Estás bien?- Me preguntó el capitán mientras me escuchaba lamentarme- Vaya, eso pinta mal, habrá que hacer algo.

-No te preocupes, podré salir vivo de ésta; es solo un rasguño.- Contesté, mientras me haía el duro, en realidad dolía una barbaridad.


-Lo que tú digas, pero al menos ponte una venda o algo, que vas a perder bastante sangre y te vas a marear.

-Vaaale pero en serio, ¿por qué te preocupas tanto por mí?- Le pregunté.

-Por nada, yo me preocupo por todos.- Exclamó, pero con un cierto tono de duda.

-Eso no es cierto, siempre estás conmigo, pero, ¿por qué?

-Me gusta tu compañía.

-Venga ya...dime la verdad.

-Te lo diré cuando lo estime oportuno. Este no es ni el momento ni el lugar.

-Como quieras. De todos modos no me importa.- Dije, aunque sí me importaba.

Después de esa corta conversación, entré en una casa que estaba abndonada (no hace falta que diga eso, todas estaban desiertas) y cogí un pañuelo para ponérmelo en el brazo. No hizo mucho, pero al menos parecía más chulo así.

Seguimos andando sin encontrar nada. Eso hasta que encontramos algo interesante, aunque era más bien extraño. Los cadáveres del suelo estaban puestos de una forma bastante meticulosa, estaban todos bastante juntos y formando una especie de círculo en la calle. Resultaba más raro aún el que todos los muertos habían recibido una herida mortal en el mismo punto, justamente en el centro del pecho, atravesando el esternón.

Todo aquello era bastante inquietante...

Un adiós, una búsqueda, una respuesta

-Capitán, aquí está pasando algo raro.- Comenté.

-No me digas...-Ironizó.- Mira, súbete a aquel edificio y dime qué forma tiene el montón de cadáveres.-Me ordenó, señalándome un bloque de pisos de cuatro plantas.

-A su orden, señor.- Dije, con tono sarcástico.

Así que entré en el edificio (como era normal no tenía ni puerta), subí las escaleras, y me metí en la única casa con la puerta abierta para mirar por la ventana.

-¿Qué ves?- Me preguntó el capitán, al verme asomarme.

-Bueno...hay algunos cadáveres puestos en círculo, pero unida a él, hay una fila.

-¿Nada más?

-Espera, que hay más cosas. A partir de la mitad de la fila, sale otra que la corta, y en la punta hay una especie de semi-círculo.

-¡Corre, baja aquí, y rápido!- Gritó.

-No hay por qué...

-¡Que corras he dicho!

Le hice caso, bajé lo más deprisa que pude, y me encontré con el capitán puesto en guardia mirando hacia todos lados.

-¿Qué te pasa? No hay nada raro.

De repente, una voz me susurró al oído. "Qué bien me lo voy a pasar" fue lo que escuché. Al instante de oir eso, desenvainé mi espada y miré hacia atrás. No había nadie. El capitán me ordenó que me acercara a él, y eso hice. Fui corriendo con la espada en la mano, pero algo me hizo pararme. Tenía la sensación de estar frente a un abismo, así que paré mi carrera en seco. Al instante de pararme, el filo de una espada se puso delante de mí. Alguien quería darme una estocada. Miré hacia el lado de la empuñadura de la espada y vi algo terrible.

Un Marine, era un Marine; o al menos lo fue hace bastante tiempo. Ahora era algo monstruoso. Llevaba una servoarmadura de un color rosa muy suave, con alguna línea negra. Aparte de eso, le faltaba la parte del abdómen, como si retara diciendo"dame aquí, es mi parte débil". Todo eso sumado a la cantidad de pinchos y todo eso que tienen las servoarmaduras del caos (sí, ya me hacía a la idea de que todas eran más o menos iguales). Y la cabeza...esa cabeza horrorosa. Tenía una especie de rejilla en el sitio donde dibían estar las orejas. Su espada parecía moverse y exalaba una especie de humo, creo que olía a incienso. En esa situación, me quedé quieto, quizá por el pánico, quizá porque tenía una espada que expulsaba incienso (y bastante afilada) delante mía.

-¿Tienes miedo de mí?- Volvió a susurrarme el marine.- Deberías estar contento, morirás en un éxtasis indescriptible.

Tras esto, el capitán se abalanzó sobre aquel marine con su alabarda, intentando cortarlo de arriba a abajo con un tajo bien dado, pero el soldado caótico lo esquivó con una pasmosa velocidad. La alabarda del capitán estuvo cerca de haberme dado a mí cortándome el brazo. "Quédate aparte, no te entrometas" me dijo no con la boca, sino usando algún tipo de comunicación mental. Yo, como persona prudente que era, decidí apartarme para no morir en un "éxtasis indescriptible". Otra vez era espectador de un combate singular, pero mejor ser espectador que combatir contra ese desgraciado. Aunque parezca extraño, nunca había visto al capitán combatir en un uno contra uno, pero debía de ser bueno, si no nunca habría llegado a ser capitán.

Yo intenté dispararle al maldito, pero no pude, ambos se movían a una velocidad apabullante, tanto que parecían dos corrientes de aire que se chocaban por ir en una direccción distintas; ambos eran fuerzas de la naturaleza...como para ponerse en medio para separarlos. Era extraño, incluso parecía que el arma del marine caótico se movía de forma autónoma. La pelea era bien distinta a la de Mordecai, aquí ambos estaba igualados en fuerzas y en velocidad. La alabarda del capitán era un arma demasiado pesada para combatir contra un arma tan relativamente ligera como la espada de aquel tipo, pero el capitán sabía usarla de modo que no le supusiera una desventaja, sino aprovechándola de modo que parecía una prolongación de su ser. La espada de su adversario, en cambio, era un arma de una delicada belleza. Con un tono plateado siguiendo una suave escala de grises hasta llegar a la guarda, también bellamente decorada, se corvaba hacia atrás con una suavidad imperceptible al detalle, pero que en su totalidad describía una curva perfecta.

El combate parecía sacado de alguna leyenda antigua, de esas en lasque un valiente guerrero se enfrentaba a unas fuerzas del mal para salvar a su amada(hay que reconocer que en este caso la "amada" sería y); la eterna lucha del bien contra el mal, luz contra oscuridad. Sin embargo, la luz era el poder psíquico que hacía que la alabarda del capitán chisporroteara y la oscuridad era una espada bien bonita que olía a incienso y parecía tener vida propia. Algún mandoble por aquí, una estocada eventual, pero el combate iba para largo.

Tras unos minutos de intenso combate, ambos cruzaron sus armas. Con todas sus fuerzas, el marine no pudo abatirlo, pero el capitán tampoco. Todo eso hasta que el capitán entonó lo que parecía una especie de canto y consiguió apartar al enemigo como si hubiese recibido un golpe. El capitán aprovechó la oportunidad y le clavó la alabarda en el pecho, justo en el lugar del corazón. Pero, por increíble que parezca, su enemigo no murió. Con fuerza se quitó la alabarda del pecho (que había atravesado su servoarmadura) y se empezó a reír.

-Lo que yo decía, va a ser divertido. Me enfrento a un marine psíquico. Empieza la diversión aquí, siervo del Emperador..- Dijo el marine, con una mueca.

-¡Muere, blasfemo!- Gritó el capitán mientras sacudía su arma para limpiarla de sangre, la cual hervía en la alabarda por el poder mismo de la hoja.

Y ahí continuó el combate. Pero en este caso era el capitán a quién le tocaba sufrir. Su adversario se "puso serio", como se decía allí por mi planeta. Era algo más que raro. Cada golpe que propinaba a la alabarda del capitán daba una carcajada pero sin embargo estaba desangrándose. Era algo demencial.

Entre risas de aquel desgraciado y sus ataques, aun no logro entender cómo el capitán se mantuvo serio y sin vacilar, por algo se apellidaba "Estoico". Pero algo raro pasaba: El capitán estaba perdiendo. Se le veía retroceder cada vez más, hasta que sus espaldas tocaron una pared. En ese momento, el marine del caos decidió acabar con esto de una "extasiante estocada", pero el capitán, rápido en reflejos, logró esquivar ese golpe. Por poco le dio, pero su servoarmadura sí recibió daño. Resulta increíble lo afiladas que están esas armas, pueden atravesar servoarmaduras como si fuesen de papel. El caso es que la armadura del capitán tenía una parte de la hombrera que se iba a caer de un momento a otro.

La batalla continuó, y el capitán, para poner las cosas aún peor, fue herido. Uno corte en el pecho, no muy profundo, porque la servoarmadura lo detuvo. Pero pasó algo raro. Por un momento, el capitán se quedó embobado, mirando al horizonte, pero unos instantes después reaccionó. A punto estuvo de recibir una estocada en el cuello, pero se agachó a tiempo.

-¿Qué pasa?¿No te gusta el tacto de mi espada?- Ironizó el marine del caos.-Será que no te ha dado tiempo a sentirlo. Morirás haciéndolo.

Tras ese poco ingenioso comentario, continuó el combate. Esta vez, igualados en heridas, pero no en fuerza, el enemigo del capitán siguió atacando con mucha fiereza y velocidad; y al capitán parecía que se le escapaban ambas por el hueco de su herida. Se podía decir que iba a perder, pero si él perdía, yo no tenía escapatoria.

Tras un golpe que bloqueó con la alabarda, se retiró un poco y decidió dar un sablazo para intentar quebrar su espada o, si le era posible, herirlo. Pero de un movimiento bastante ágil, el marine logró evitar su acometida y realizar un corte. Un corte...ese maldito le cortó al capitán la mano izquierda, parte de servoarmadura incluída. Otra vez se quedó el capitán ensimismado mirando a la nada, esta vez se cayó al suelo y todo. Tanto el marine como yo lo dimos por muerto.

-Ha elegido el placer a la vida. Personalmente prefiero el placer de vivir.-Dijo en voz alta, mirando hacia el capitán- ¿y tú, joven cadáver?- Comentó, esta vez mirándome a mí, con su mirada de loco.- Y ahora, disponte a morir.

Vino hacia mí mediante una carga, a una velocidad que le era propia, casi se me escapaba de la vista. En cuestión de escasos segundos ya se encontraba enfrente mía. Pero me pasó lo de antes. Esa sensación que me permitió no ser apuñalado la primera vez que nos encontramos. Algo me decía que debía esquivar hacia la derecha y luego agacharme. Y lo hice. Misteriosamente el que era ahora mi enemigo hizo esos movimientos exactos. Desafortunadamente, no logré anticipar la patada que me propinó cuando estaba agachado. Una patada de un marine duele más que una embestida del hombro de un marine, lo tengo comprobado. Por suerte, la patada no me dejó sin otro diente, sino que sólo me dejó sin apenas respiración tumbado en el suelo. Afortunadamente para mí, el puntapié me alejó bastante de él.

-Te duele, ¿eh?- Me preguntó.-No te preocupes...no volvertás a gozar del dolor nunca más.- Dijo, mientras se acercaba a mí con un paso tranquilo.- Espera, ¿qué es lo que oigo? El gran siervo del falso Emperador se está levantando. Bueno.- Me dijo.- Tendré que dejarte para luego. 

El capitán se había levantado, pero su mano sangraba sin control, así que iba a perder la cosciencia de un momento a otro. Se dirigió hacia el marine con un paso lento, pesado. Con la mano que le quedaba libre, se quitó el casco para tirarlo al suelo Tras eso, cogió su alabarda y se dispuso a acabar con el marine del caos. 

Lo veía en su expresión. Estaba furioso. Pero es de esas veces en las que se está decidido en hacer algo, y él era el hombre con más determinación que he visto. En el momento que estimó oportuno, dió un tajo tremendo con su alabarda, pero como era costumbre, el marine lo esquivó con facilidad. Era extraño, el capitán se manejaba mejor a una mano (en lo referente a la alabarda y al tema de que tiene una mano solamente), ayudándose de la potencia que le proporcionaba el girarla usando su poderoso cuello como apoyo, pero no era suficiente para acabar con su enemigo. Ambos sabíamos eso. 

Los reflejos del capitán se volvieron ahora más rápidos, eclipsando al marine del Caos.  Con la parte trasera de la alabarda le golpeó en la cara, desestabilizándolo. Mientras se levantaba, el capitán aprovechó para realizar una carga, y consiguió que su alabarda penetrara completamente su armadura, saliendo por detrás. En este momento, el capitán soltó la alabarda y agarró al marine. El capitán me gritó "huye", y yo hice lo que me ordenó.

-¡Suéltame desgraciado!- Gritaba el marine caótico mientras se movía para deshacerse del capitán.

Mientras huía, podía escuchar la voz del capitán, diciendo algo, como entonando un cántico. Cuando el capitán paró, me dolió la cabeza como nunca antes lo había hecho. Otra vez me tocaba perder el conocimiento, pero no podía, allí no. Con la vista nublada empecé a tambalearme, pero tenía que continuar. No podía pararme aquí, los bandidos podrían encontrarme. Así que opté por la opción más viable, meterme en un portal y esperar a desmayarme.

Una vez allí, me apoyé en la pared y me senté en el suelo. Me oía la sangre en la cabeza. Al final, sucumbí.

El maestro de la ceremonia grita "Endemoniado"; así lo explica

Todo era demasiado raro al despertarme. Me desperté en el portal, pero fuera pasaba algo raro. El cielo estaba encapotado, pero eso no era lo que fallaba. Las nubes eran de un color antinatural, como de color violeta y rojo, entremezclándose y separándose continuamente. Entre las nubes se podía divisar algún que otro rayo, cayendo pesadamente al suelo, provocando un estruendo ensordecedor, o haciendo lo mismo pero de abajo a arriba, desafiando a mi amada gravedad. Había pequeñas rocas que levitaban, las calles estaban torcidas...lo que viene siendo un espacio de pesadilla.

Todo eso me llevó a la conclusión de buscar a aquel tipo que se me aparecía en sueños. Pero me movía de una manera extraña. Todo era "demasiado real"...tanto que me hizo sospechar. De pronto, escuché algo. Ese sonido venía de una calle abajo, según intuía, así que corrí para ver lo que era. Según me acercaba, escuchaba mejor. Parecía que había gente hablando. Pero había algo que no encajaba bien con todo esto. Nadie puede escuchar a unas personas hablar desde una calle de distancia, por muy buen oído que se tenga o por mucho silencio que hubiera. De todos modos corrí a ver que era lo que pasaba. Correr...también notaba eso extraño. Corría más rápido de lo habitual, y sin cansarme. Mi equipo pesaba menos de lo normal también. De todos modos eso no importaba.

Me quedé en la esquina, observando. Eran bandidos...tres bandidos que se encontraban hablando y registrando cadáveres. Pero mi vista...también tenía una visión más aguda. Los podía ver y oir desde muy lejos, mucho más lejos de lo normal. Todo aquello...por alguna razón mis sentidos se habían agudizado. 

El caso es que decidí acabar con aquellos bandidos, pero eran tres y yo uno; tenía las de perder. Pero uno de ellos se había alejado en busca de algún botín en un vehículo. Era mi oportunidad de acabar con él. Sigilosamente me acerqué, parapetándome en todo lo que pudiera cubrirme; en los tramos en los que no podía, continuaba agachado. Por suerte ninguno me vio. Mientras el bandido examinaba la parte delantera del vehículo, yo me escondí detrás. Lo sentía alejarse de allí, mientras los otros seguían hablando, ajenos a lo que pasaba.

Era mi oportunidad. Antes de que abandonara el registro del vehículo, me agaché y fui a por él. Lo cogí del cuello y lo apreté tanto como pude. En cuestión de segundos, el bandido ya estaba muerto. Los otros serían algo más complicado. Pero no dije que fuese imposible. Ellos seguían hablando, no recuerdo muy bien de qué, así que aproveché y me acerqué todo lo que pude. 

Me desplacé sigilosamente entre auqllos escombros de forma que no me vieran, cosa que conseguí. Ellos seguían hablando. Uno de ellos se percató de que su compañero no había vuelto todavía, y fue a echar un vistazo. Ahora tenía la oportunidad de acabar con él. Con éste seguí el mismo método, pero el otro bandido pudo verme. Con el otro agarrado por el cuello, ontenté usarlo como escudo. Su compañero no titubeó a la hora de apretar el gatillo, pero debido a los nervios o algo, no nos dió a ninguno de los dos. Desgraciadamente para mi escudo humano, murió asfixiado antes que por agujeros de bala. Ya quedaba uno...

Como un animal, solté el cuerpo sin vida del otro bandido y me abalancé sobre el que todavía vivía. Descargó toda su munición contra mí, pero sólo me llegaron un par de balas.  Sólo...parece raro que diga eso, pero las balas de esa arma las sentí como simples picotazos de insectos, no mucho más doloroso. Él sí que tuvo que sentir el dolor...Quizás por impulso, quizás por ira, salté sobre él, y ya en el suelo le rompí la cabeza a base de puñetazos. Sí, se la rompí, le rompí el cráneo con mis puños. Tras esa perturbadora pelea, no tuve ningún remordimiento, pero ahora lo recuerdo y me aterra, pero eso no es lo importante.

Continué buscando al tipo que se me aparecía cuando me desmayaba, hasta que encontré algo que me llamó la atención. En mitad de una plaza, una especie de edificio se había edificado de manera un tanto extraña. Era un edificio bastante grande, con dos torres que se retorcían en espiral hasta una altura considerable. Había una tercera torre, parecía que se iba a caer continuamente, pero se sostenía milagrosamente. Decidí entrar; tenía un pálpito de que ahí se encontraba el individuo al que estaba buscando. 

La gran puerta de entrada estaba encajada, casi cerrada. Entré y ví lo que me esperaba: era tal y como la recordaba. Las vigas, los bancos...todo era idéntico. Incluso, al mirar por uno de aquellos ventanales podía ver lo mismo. Eso me evocaba recuerdos...no muy buenos pero recuerdos. De pronto, sentí un leve mareo, pero no algo muy grave.

-Te gusta, ¿verdad?- Escuché, justo después de sentir ese pequeño mareo. Esa voz venía desde atrás, así que me giré. Era él, el individuo al que estaba buscando.

-¿A qué te refieres?¿Y de dónde has salido?- Pregunté mientras me giraba. Él estaba igual que siempre, no había cambiado nada, pese a estar ahora en un escenario de guerra. No llevaba ningún arma, al menos yo no se la veía. Desde que me acuerdo, esta era la primera vez que no se me presentaba en uno de mis delirios semi-mortales, esta vez era real. 

-¿Que a qué me refiero?¿No acabas de matar a un hombre a base de puñetazos?¿No te sentías más fuerte, más rápido, más resistente a las balas de lo normal? Que yo recuerde, ese poder no lo tenías antes, ¿verdad?

-Supongo que la gente cambia. Pero, ¿qué haces aquí?

-Sigues sin darte cuenta. Bueno...supongo que me he equivocado contigo, que serías alguien más inteligente. Pero no estamos aquí para discutir tu inteligencia. Por cierto, ¿Qué te ha parecido?

-¿Qué me ha parecido qué?

-Vaya, sigues sin entender nada. Tu poder sobrehumano.

-¿Cómo sabes que soy psíquico?¿Quién te lo ha dicho?

-Eres muy ingenuo. ¿Psíquico? Lo que les has hecho a esos desgraciados no tiene nada que ver con los poderes psíquicos. En parte sí, pero no del todo.

-¿En parte?- Interrumpí.

-Responde; ¿te ha gustado esa experiencia salvaje?

En aquel momento no supe que decir. Para ser sincero aquello no fue de mi agrado, pero mientras estaba allí, sentía una sesación de desenfreno que no creo haberla sentido antes. 

-Lo sabía. Te lo estás pensando. Pues esa fuerza la podrías tener siempre que quieras.

-¿Y si no la quiero?

-¿No la querrías?¿Crees que si la hubieras tenido cuando tu amado Caballero Gris murió contra aquel discípulo de Slaanesh?¿Y a Mordecai?¿No habrías podido defenderle? Siempre has estado apartado; has sido el protegido, el desgraciado que no se merece ni ocupar una fosa común. 

-Eso es cierto pero...

-¿Y con Zephirus?¿Qué pasará con él? Es un experimentado combatiente, pero el Caballero Gris también lo era, ¿cierto? Y cuando combata con algún otro enemigo, ¿también te apartarás como un cobarde?¿Eso es lo que piensas hacer toda tu vida?¿Esconderte, huir? Yo creo que no. Ellos no se merecen eso. Zephirus, por ejemplo, ha dejado su brillante carrera militar. ¿Y tú que has hecho? Aprovecharte de ellos.

-Eso no es del todo cierto. Ellos me han ayudado...

-Pues eso. Ahora es el momento. ¡Ayúdalos tú ahora! ¡Ayúdalos para terminar con esos favoritismos!

-Y los tendrías que ayudar contigo.

-Claro. Soy tu única arma contra los enemigos. Tus poderes no están lo suficientemente pulidos. 

-Puede que así lo sea...Por cierto, ¿quién eres? Es el momento de que me lo digas.

-No, aún no ha llegado ese momento. Puede que ese momento no llegue nunca. Lo que importa es que recibirás mi ayuda, por eso ya no necesitarás esto.

Tras decir eso, desapareció de mi vista. De repente, un dolor intenso me recorrió todo el cuerpo, pero no lo suficiente como para caerme ni nada, cada vez soportaba mejor el dolor; supongo que será la costumbre. Menos mal que aquel dolor fue bastante pasajero.

En el momento en el que el dolor cesó, me giré para buscar a aquel individuo. Al desgraciado le había dado tiempo hasta a subirse a una viga, desde la que me miraba agachado.

-¿Qué has hecho?- Grité.

-Parece ser que sí eres lo que estoy buscando. Es una pena desperdiciar esto para otro, pero ya que estoy aquí, me aprovecho.

-¿Qué me quieres decir?

-¿Qué te quiero decir?¿No acabas de sentir un fuerte dolor? Eso es lo que quiero decir. Todo lo que te hacía ser lo que eras, todo lo que ha hecho llegar hasta aquí; todo eso, lo tengo yo ahora.

-Sigo sin entenderte, ¡baja aquí!

-¿Eso es lo que mas te preocupa? Mira...haz un poco de memoria...intenta recordar algo que pasó hace unos días. En aquel momento en el que el Caballero Gris te metió a traición en esa sala llena de espejos; ¿qué pasó allí?

-Espera, ¿tú como sabes eso?

-¿Sabes? Eres un hombre un tanto fascinante. Te preguntas las cosas más banales y no resaltas lo importante. Pero volvamos a lo que nos concierne aquí y ahora. ¿Qué pasó allí?

-Aparecieron varios dobles míos y...

-Eso no me importa, ¿qué pasó después?

-Apareció una...una esfera...una especie de esfera que crecía de vez en cuando. Con ella pude librarme de mis dobles.

-Una esfera eh...¿Una esfera como la que tengo en la mano?

-¿Qué haces con eso? Devuélvemela.

-No. Has decidido servirme y con esto, no podrás hacerlo.

-Yo nunca he decidido eso.

-Sí lo has hecho. ¿No te has dado cuenta, verdad? ¿No te has dado cuenta que tu capacidad de decisión marca el tamaño de esta esfera? ¿No te has dado cuenta de que dentro de ti estás deseando ser como eras antes? ¿Desatar tu instinto? Pues eso es lo que tendrás conmigo y esto, esto no te servirá para nada.

-Pero...

-Pero nada. A partir de ahora podrás estar en contacto con tu voracidad y sed de sangre naturales. Podrás estar en contacto...conmigo. Ahora, destrúye la esfera.

-¿Qué?¿Cómo voy a destruirla si la tienes tú?

-Eres demasiado ingenuo. No sueles darte cuenta de las cosas que pasan a tu alrededor. No puedo destruirla yo. Es algo que tú deberías hacer.

-Espera, ¿por qué tengo que destruirla?

En aquel momento me di cuenta. Aquel tipo quería engañarme. Esa esfera era lo que me protegió de aquellos dobles. Esa esfera era, de alguna manera lo que él quería que destruyera. Y yo tenía que impedírselo.

-¡Devuélvemela, o habrá consecuencias!- Grité.

-¿Consecuencias? Me río de tus amenazas. Sabes que no podrás cogerla y sin embargo quieres hacerlo? 

-Exacto.

-Bien.- Dijo, y tras lo cual desapareció de mi vista para volver a aparecer justo delante mía.- Juguemos un rato, puede que incluso me divierta.

El demonio de la ceremonia grita "Maestro en el trono, gobierna la métrica"

Casi enloquecido, me abalancé sobre él, pero volvió a desaparecer. Miré a todos lados y ví que ahora se encontraba en una esquina, no sabía cómo se había movido tan rápido. Pero volví a correr tras de él. Volvió a desaparecer. 

-Al final no me estoy divirtiendo. -Comentó, al aparecer otra vez subido a una viga.- Puede que terminemos esto pronto.

-¡Cállate! Acabaré por cogerte.- Grité.

Por más que lo intentara, era en vano. Él se teleportaba, con eso no podía competir. Decidí trazar un plan, pero como no soy muy bueno haciendo planes complejos, lo único que hice fue quedarme quieto. Según había observado, tardaba unos dos segundos en desaparecer, así que me tendría que dar tiempo de que se acercara, y al intentar atraparme, pegarle con todas mis fuerzas y dejarlo inconsciente. Y así hice, y como predije se acercó a mí. 

-¿Qué haces?- Me dijo desde la distancia.- ¿Por qué no vienes a atraparme? Así que no quieres decir nada, ¿eh? Vaya, parece que te has dado cuenta. 

¿Darme cuenta de qué? -Pensé. ¿Había algo que no sabía? ¿Algo que me había ocultado? En aquel momento caí en la cuenta de que cuando me enfrenté a mis dobles la esfera se hizo más y más grande, a medida que...¿Pero a medida de qué?

-Pues parece que no, no te has dado cuenta. Bien, por si acaso, empecemos a jugar en serio.

Tras eso, volvió a desaparecer para volver a hacerse visible delante mía. Era mi oportunidad. Estaba lo suficientemente cerca para golpearle. Y lo hice. Le di en la cara con todas mis fuerzas con el puño derecho. Lamentablemente para mí, sólo le hizo un pequeño sangrado en la boca. Pero cuando se fue con la mano a quitarse la sangre que tenía, en la mano llevaba la esfera. Se había hecho más grande. Ahora no era del tamaño de una canica, sino que completaba el espacio de la mano. Al fin lo supe. Era eso. Debía tener fuerza de voluntad para que la esfera creciera. Sólo era eso. 

Después de pensarlo, él me devolvió el golpe. Un gancho en la barbilla que me hizo caerme al suelo. Tenía la mandíbula un poco desencajada, la boca me sabía a sangre, las cosas me daban vueltas...pero sonreí. Sonreí porque ya sabía el secreto para vencerle. Sólo tenía que estar confiado.

-¿Por qué te ríes?- Me preguntó, mientras veía que la esfera se hacía cada vez más grande; ya difícilmente la podía sostener en una sola mano. 

-Ahora lo sé.- Dije mientras echaba un escupitajo lleno de sangre. 

-¿¡Cómo?!

-Lo sé todo. Sólo tengo que estar confiado para ganarte. Por eso antes quisiste hundirme, para ser más fácil vencerme. Pero me he dado cuenta. Tu poder es mi debilidad, así que mi fuerza es tu punto débil. 

-¡¿Qué?! ¡Ja ja ja! Parece que ya te has dado cuenta. Sin embargo, aun tengo tiempo.- Comentó.

Antes de que desapareciera otra vez, me dí cuenta de algo. Sus muñecas. En sus muñecas había algo raro que antes no estaba. Una...una especie de grilletes.

Volvió a aparecer detrás de mí, pero instintivamente, como aquella vez con la espada de aquel marine, esquivé un golpe suyo con suma facilidad. Me agaché, me di la vuelta y le di un revés con mi mano izquierda. Aprovechando el impulso, Le golpeé en la nariz con mi puño derecho. Le hice poco daño, pero eso no era lo importante. Esos grilletes ahora tenían unas cadenas. Pero aun no pasaba nada. Tras ser golpeado desapareció de nuevo.

-¡Maldita sea!- Gritó desde un lugar un tanto alejado, casi pegado a la pared del fondo.- ¿¡Por qué?! Lo tenía todo pensado...¡Quieres fuerza!¡Todos la quieren! Pero, ¿por qué me rechazas?¿¡Por qué?! No, pero aun queda tiempo...sí...tengo el tiempo suficiente para hacerme con el control. Contigo...o sin tí. Aún tengo tiempo...¡Sí!¡Me queda tiempo!- Comentó, justo antes de desaparecer de nuevo. 

¿Tiempo?¿Tiempo para qué?¿Antes de qué?¿Tenían la esfera y las cadenas acaso algo que ver? Recuerdo que todo eso se me pasó por la cabeza durante una milésima de segundo, justo antes de ser golpeado por él. Salí despedido gracias a su puñetazo.

Al levantarme me dí cuenta de algo. La esfera había aumentado de tamaño, casi no podía sostenerla con una mano. Pero eso no era lo más increíble. Era la apariencia física de mi enemigo. Había cambiado casi totalmente. Se había convertido en una especie de demonio. Ahora casi no tenía ropa en el torso, y la poca que tenía estaba desgarrada. En sus sienes habían crecido dos pequeños cuernos y sus pies se volvían propios de las pezuñas de un animal. Su boca se llenó de afilados dientes. Pero pese a esa transformación, las cadenas seguían ahí, y cada vez más largas.

-¡Maldito desgraciado!¡Muere!- Me gritaba mientras corría hacia mí.

Justo cuando me iba a golpear, la cadena de su mano derecha tocó el suelo. Al instante soltó la esfera, que quedó levitando a escasos centímetros del suelo. En el momento que intentó con su otra mano zafarse de la cadena, esta toco el suelo. Ahora estaba completamente atado.

-¡Imbécil! Te pude haber dado todo aquello que desearas, solo tenías que dejarte llevar ¡Solo eso!

-¿Y qué pasaría si lo hiciera?¿Me habría convertido en tí? No, no quiero ser tú.

-Parecía fácil. Brillabas tanto... Y ahora estaré aquí para siempre.

-Ese sería un buen castigo.

-Te ayudé cuando más lo necesitaste, no pudiste haber salido de aquel planeta desértico de no ser por mi ayuda. 

-Te lo agradezco mucho, pero si intentas matarme esto es lo que te sucede. Y, lo siento por tí, pero te quedarás aquí. Adiós.- Dije, mientras me dirigía a la salida del edificio.- Lo único que puedo hacer yo es dejarte aquí y hacerte esperar hasta que venga ayuda o bien algún bandido para que te mate. Buena suerte.

Después de decir eso, y justo antes de salir, mi vista se nubló. Me sentía muy pesado, tanto que no pude mantenerme en pie mucho tiempo. Lo último que recuerdo es que estaba en aquel lugar, justo a la salida, tumbado y sin poder mover ni un músculo.

El blues de las balas frías

Un ruido de motor. Eso fue lo primero que oí al volver a estar consciente. Lo siguiente fue escuchar gente gritando. Lo malo es que podía oir, pero no respirar, ni apenas moverme. Pero hice el esfuerzo e inhalé una bocanada de aire a la vez que mi torso se puso en posición vertical. Craso error. 

Un maldito extintor se interpuso entre mí y la verticalidad total. Pero eso importaba poco cuando ya sabía dónde me encontraba. Una especie de vehículo. Un vehículo bastante grande, del tamaño del interior de un Valkyria y con unas escalas, supuse entonces que tenía dos plantas. Miré a mi alrededor y lo primero que ví fue una hermana que estaba dormida al lado mía, sentada en una banqueta del vehículo.

-Oiga, hermana, ¿dónde estoy?- Dije, mientras intentaba recordar lo que había pasado. Pero la hermana estaba algo...Bueno, estaba en un profundo estado de sueño, así que le alcé un poco la voz.- ¡Hermana! - Ahora sí me había oído.

-¿Ehm?¿Quién osa molestarme en mi período de meditación?- Preguntó al aire mientras miraba para todos lados, para después soltar un bostezo.

-Lo siento, pero, ¿dónde estamos?

-¡Hombrecillos patéticos, traed al que estaba al mando de esta chatarra hereje, vuestro jefe ha resucitado por obra y gracia del Emperador!- Gritó hacia un lado.

-Por cierto.- Dije- ¿Quién es usted?

-Soy Layla Miles, pero todas mis hermanas me llaman Nesaricca. Y tú, mísero siervo del Emperador, eres...

-El Comandante de los Cruzados de Enma.

-Ya veo... Tú y tus desgraciados benditos sóis los que agotan los cargadores del enemigo para que nosotras les llevemos la ira justiciera. ¡Guardias ineptos! ¡Que vuestro líder presuntuoso ya está despierto!- Gritó a los que no se encontraban aquí.

-¡Ya vamos, ya vamos!- Vociferó alguien, con voz de hombre, desde arriba.

A esto que bajaron tres hombres vestidos con los colores de mi regimiento, eran soldados rasos y un sargento.

-¡Libertador!¿Ya se encuentra bien?- Preguntó uno de los soldados rasos nada más verme.

-Algo así...Por cierto, ¿qué me ha pasado?- Les pregunté, ya que no quería hablar con aquella hermana tan rara.

-No sabemos, te encontramos con algunos espasmos en una plaza.- Comentó otro.- Te vimos de casualidad.

-Ya veo...espera...¿espasmos?

-Sí, señor.

-¿Y no estaba al lado de ningún edificio?¿No había nadie con un aspecto extraño al lado mía?

-No, señor. Me temo que todo aquello debió ser una alucinación suya.

-Entiendo...Por cierto, ¿dónde vamos?¿Qué está pasando?

-Verá...Nos hemos conseguido reorganizar gracias al señor Zephirus y a la canonesa Anastasia; que el Emperador proteja us alma.- Dijo el sargento, con un aire melancólico, mientras miraba al suelo.

-¿¡Qué ha pasado?!¿Les ha pasado algo?- Pregunté, nervioso.

-La canonesa por desgracia no pudo salvarse. Los malditos herejes...

-¿Herejes?- Le pregunté- ¿Qué herejes? ¿Y los bandidos?

-Señor, ha estado ausente bastante tiempo, por lo que veo. Los enemigos reales han llegado hasta aquí, y han matado a los bandidos; lo que nos ha dado tiempo para reorganizarnos. Ahora mismo, los restantes estamos marchando al contra-asedio del templo. Nos reuniremos con el resto del regimiento en breve, casi como habíamos planeado. Estaremos como a media hora del convoy.- Me explicó el sargento.- Con lo que respecta a los muertos que hemos tenido, han sido más bien escasas. Sólo ha habido  siete bajas. 

-Ocho, ocho bajas.- Puntué.- El cap...Digo... El señor Estoico ha caído en combate.

-¿Quién?- Preguntaron los tres, al unísono.

-El marine que me acompañaba siempre.

-Lo sentimos mucho, señor.

-No importa.- Excusé -Ya habrá tiempo para llorar a los muertos luego. ¿Dónde está mi escuadra de mando?

-Se encuentran repartidos en los diferentes vehículos.- Dijo el Sargento.- Si usted quiere...

-¿De dónde habéis sacado estos vehículos?- Interrumpí.

-De los bandidos. Conseguimos sustraer tres de ellos, y antes ya teníamos uno. Creo que hay dos miembros de su escuadra en él.- Dijo el sargento, mientras un ruido se alzaba por encima del de los motores. Venía de nuestra derecha. Era la hermana Nesanicca, otra vez dormida.

Continuamos hablando, y me llevaron al piso de arriba. Allí había una hermana más y otros tres soldados. Ese vehículo era muy extraño; no lo digo por su poca sofisticada tecnología ni nada de eso, sólo que tiene dos plantas y se conduce por arriba. Bueno, supuse que sería la costumbre de aquel lugar. El caso es que unos minutos después, llegamos al convoy de soldados. 

Unos tres Chimeras se pararon cuando nos vieron; estaban cruzando una de las avenidas principales de la ciudad; algo inmenso. De los Chimeras salieron soldados de mi regimiento. Por fin nos encontramos con ellos. Los soldados que se eonctraban en mi vehículo me pedían salir de él para comprobar que no éramos bandidos disfrazados o algo así; eran un poco desconfiados.

-¡Libertador!- Exclamaron todos al verme.- ¿Se encuentra bien?- Dijeron al unísono.

-Claro, no os preocupéis. ¿Cuánto queda para llegar al templo?

-Ya casi estamos. Si mira hacia el este, podrá verlo.

-Ummm...Está detrás de esa roca gigantesca, ¿verdad?- Pregunté.

-No, Libertador; eso es el templo.

Maldita sea. Ese maldito templo era algo tan inmenso que no pude ni imaginármelo. Con razón querían defenderlo. Cualquiera entra ahí. El caso es que quedé como un idiota delante de mis hombres.

-Esto...Excelente; estaba probando vuestro buen hacer. Bien hecho, os concederé una medalla cuando todo esto acabe. Un momento...¡Quiero ver a mi escuadra de mando!- Grité, dirigiéndome a los vehículos de los bandidos.

A esto que salieron, en unos minutos, todos, menos Impavidus, que pasaba de mí.

-¿Dónde habías ido tú?- Me preguntó Mordecai nada más verme.- Nosotros cumplimos órdenes y fuimos cuando estás quince minutos fuera.

-Sí, claro.- respondí.- Encima que hago un acto de valentía...

-Oye, ¿Y el marine?- Preguntó Zephirus, preocupado.- Está ahí dentro, ¿verdad? Dile que salga, tenemos que lidiar algunas cuentas.

-Zephirus...Murió. Murió defendiéndome...no pude hacer nada.

-¡Malditos!- Gritó.- Tuvo que morir sin decirme nada...Bah, no pasa nada...ya saldaremos cuentas cuando ambos estemos en el seno del Emperador.

-Lo siento mucho, pero ya habrá tiempo para rendirle homenaje más tarde. Ahora lo que nos ocupa es la batalla. Volvamos dentro, ya nos uniremos al grupo de contra-asedio y nos uniremos al asalto como estaba planeado.

Era increíble. Me había vuelto otro. Ahora carecía de miedo y tenía una determinación que no me era propia. Hasta Zephirus se mostraba débil ante mí. Supuse que aquella experiencia, cuando perdí el conocimiento la última vez, me marcó, o algo. De todas maneras allí no tenía mucho tiempo para pensar. Nos metimos en nuestros vehículos no reglamentarios y nos unimos al convoy. Lo peor de eso es que tuve que estar un buen rato hablando con la hermana Nesaricca. Fue nada más sentarme y se despertó de su...meditación.

-¿Qué habéis resuelto, hombrecillo?- Dijo, mientras bostezaba.

-¿Tienes algo en mi contra?- Pregunté mientras me sentaba.

-Bueno...supongo que no; pero los guardias sóis tan indignos...

-Bah, cambiando de tema, ¿estás especializada en algún campo?- Comenté, para alejar la conversación de ese tema.

-En ajusticiar herejes.

-Venga, en serio.

-Ajusticiarlos mediante calcinación. Me gusta el holor a carne quemada; lo malo es que después de estar todo el rato quemando herejes, me entra hambre.

-Hambre...

-Claro. En mi orden sólo tenemos una comida al día, algo que por su parte ahorra en gastos. Por cierto, ¿no eres muy joven para mandar en un Regimiento? He visto a otros y son el triple de viejos que tú, lo que demuestra que o tú eres extremandamente brillante o ellos unos inútiles. Pero creo que será lo segundo.

-Lo que tú digas. El caso es que he tenido bastante suerte. No puedo quejarme.

Por lo que parecía, la hermana Nesaricca no parecía tan mala persona. Incluso parecía agradable. Supuse entonces que estar todo el día rezo para arriba quema de herejes para abajo debió hacerla enloquecer un poco.

-No es suerte, el Emperador parece haberte bendecido.- Comentó.

-Eso está claro. Me he salvado de algunas cosas que no podrías imaginarte.- Dije, intentando alardear de mi pasado.

-No sería nada comparado con lo que he tenido que pasar yo. Mi vida ha sido un continuo desastre. Te contaría mi vida, pero no quiero que te encariñes conmigo más de lo necesario.

-No te preocupes, no pasará.

-Bah, eres un idiota como el resto de Guardias Imperiales. No te mereces mi respeto ni el de mis hermanas. No sé como la Canonesa no te ha matado ya por hereje.

-Porque está muerta. Supongo que no lo sabías; puede que estuvieras dormida cuando murió.- Dije, con tono irónico.

-¡Imbécil!¡Yo a ti te mato!

Se abalanzó sobre mí llena de cólera y me hizo un placaje en el estómago (y eso que estaba sentado). Total, que tras golpearme, se alejó, me agarró y me tiró al suelo. Me llovieron puñetazos por todos lados, y yo no pude hacer nada. Lo último que recuerdo es que me diera un cabezazo.

No sé lo el tiempo que pasó después de despertar, pero me dolía mucho mi nariz. Normal, estaba sangrando por ahí como un poseso. El caso es que la hermana Nesaricca cesó en su empeño de matarme, o al menos eso pensé. Miré a mi derecha, y no había nada, miré a mi izquierda y lo entendí. Nesaricca se había quedado dormida mientras me estaba pegando. Tenía su puño derecho lleno de mi sangre de la nariz.

En aquel momento tuve potestad para matarla, sin embargo, no pude hacerlo. No sé por qué no pude, pero no lo hice. Supongo que matar a una mujer durmiendo sería algo cobarde. El caso es que me volví a sentar en el banco lateral del vahículo y me quedé ahí quieto, sin hacer nada.

La hemorragia cesó pronto. Y Nesaricca también paró de roncar para despertarse algo confusa. Abrió los ojos de forma repentina y después de moverlos de forma rápida, se puso en pie de un salto. En cuanto lo hizo, me miró fijamente con una mirada asesina y una cara llena de ira. Pero lo extraño es que se quedó ahí unos segundos, quieta, erguida, sin moverse; y mirándome.

La verdad es que en aquel momento sentí un poco de miedo, dado lo irascible que parecía. Pero me di cuenta de algo. Sus verdes ojos estaban sozollosos; por su mejilla derecha corría una lágrima.

-Qué...¿qué te pasa?- Pregunté, aún con miedo por recibir otra paliza.

-¿No lo ves? Si ella no hay futuro.- Contestó, quitándose esa lágrima con la mano.

-Claro que lo hay. Sólo ha sido una baja entre tantas. Puede que vosotras estéis algo desmoralizadas pero...- No me dejó continuar mi frase moralizante.

-¡No para mí! Su muerte me deja aquí sola, con desgraciados como vosotros. No quiero que eso me pase otra vez...¡No! 

-¿Que te pase qué?- Pregunté, mientras me quité con la manga la escasa sangre que aún tenía en la cara.

-Prefiero no hablar del tema; es algo que aún me duele, y eso que pasó hace ya mucho. Además, no se lo diría a un maldito guardia como tú. 

-Como quieras, pero supongo que debió ser muy duro; aunque yo tampoco viví un pasado feliz. De todos modos, mi vida cambió para mejor hace unos cuantos meses...¿o años? No sé, hace tiempo que no cuento los días.

-Bah... Eres uno más. Quieres hacerme pensar que no eres un hombre despiadado, como todos los Guardias.- Dijo, tras volverse hacia el otro lado, dándome la espalda.

Después de eso, los hombres que conducían me llamaron. En la cabina, podía ver el panorama que se nos echaba encima. Alrededor del templo había situada una muralla improvisada hecha por los herejes, sabiendo que veníamos. Toda una línea de trincheras nos esperaba para ponernos a prueba; y la aceptaríamos. 

Lo malo de eso es que tendríamos que hacerlo deprisa, ya que venían refuerzos de los caóticos detrás de nosotros. Estábamos en una situación rara. Romper una asedio mientras vamos a ser asediados; una especie de batalla concéntrica. 

-Libertador, ¿alguna idea?- Me preguntó el que era sargento.

-Puees...Avisa a las tropas. Que formen una sola línea lo más extensa posible. Entraremos al asalto directo montados en los vehículos.- En ese momento no sabía si esa era la respuesta más acertada, pero ya que los edificios habían desaparecido literalmente, pues no podíamos hacer gran cosa. De todas formas nos estaban esperando, lleguemos de la forma que lleguemos. 

Todo aquello me recordó que era la primera vez que muchos de mis hombres combatían, así que aquello no tenía mucha probabilidad de salir muy bien, a menos que uno sea un estratega brillante, cosa que yo no era. De todos modos éramos soldados, así que habría que intentar algo; y eso era lo más acertado. Me estoy justificando demansiado, ¿verdad? Bueno...el plan no salió demasiado bien. Pero mejor lo cuento y ya.

-Libertador, cinco minutos para llegar; ¿alguna orden especial?- Me preguntó un soldado.

-Intentad no morir.- Dije, con alarde de valentía.

A esto que subió Nesaricca con una cara de sueño que no podía con ella.

-¿Qué hacéis hombrecillos?- Dijo, después de bostezar varias veces.-¿Maquinando en contra de las personas que buscan el bien para la Humanidad?

-Por favor, déjanos trabajar.- Comentó uno de los soldados.

-Si no trabajáis, panda de vagos.

-Por favor, Nesaricca; déjalo en paz.- Ordené.

-¿Quién te ha dicho que puedes darme órdenes o que puedes llamarme por mi nombre?

-Bueno, lo que sea. ¿Vosotras tenéis órdenes de quién se encuentre ahora al mando?- Le pregunté.

-Déjame pensar...No, no creo. Supongo que alguna veterana; puede que la hermana...

-Pues ahora estáis bajo mi mando.- Interrumpí.- Y vais a hacer todo lo que yo diga. Lo primero, combatir junto a nosotros. Es lo más que se puede hacer ahora.

-¡Blasfemo! Una hermana de batalla no se pondrá a las órdenes de un piojoso guardia.

-Pero yo no soy un piojoso guardia, soy el Libertador; así que o me aceptas como superior o mando dejarte por aquí tirada. Así que tú verás...

-Vale, lo que tú digas. Ya arreglaremos cuentas cuando ajusticiemos a esos herejes.

-Ya, claro.

-Libertador, lamento interrumpirle, pero debemos salir ya, es peligroso adentrarse con los vehículos.

-Bien, que todo el mundo coja su equipo, abandonamos estos vehículos. Que al menos un tripulante se quede dentro de cada Chimera para manejar la torreta en caso de que nos ataquen por la retaguardia

Libertador o el optimismo

Salimos, listos para combatir. Me reuní con mi escuadra de mando; estaban todos bien.

-Zephirus, tenemos que romper las líneas antes de que los refuerzos lleguen.- Le dije.

-Pero aquí habrá minas y trampas. Deberíamos andar con cuidado.

-Ya, pero ten en cuenta que vienen refuerzos enemigos; y los Chimeras aguantarán poco.

-¿Aguantar?¿A qué te refieres?

-He ordenado dejarlos aquí para hacer una línea de defensa de retaguardia.

-Eso dudo que funcione. Los hombres que se queden harán mejor su trabajo si van con nosotros. Aquí sólo les espera una muerte segura.

-Yo doy las órdenes, Zephirus. Te recuerdo que tú oficialmente estás muerto o vagando en la Disformidad.

-Pero...

-Pero nada. Ahora soy yo quién da las órdenes. Y vosotros: Mordecai, Alex, Mark, Impavidus; conmigo. Señor Tänze, acompañe en todo momento a...esa escuadra de allí.- Dije, ya que la presencia de Tänze me incomodaba.- Zephirus, tú te quedarás aquí organizando esta defensa. ¿Entendido?

-Sí, señor.- Gritaron todos al unísono; unos con más entusiasmo que otros.

-Por cierto, ¿y las hermanas? ¿Irán por su cuenta?- Pregunté

-Por lo visto pasan de nosotros. Sobre todo esa que está todo el rato dormida.- Comentó Mark.- Alex le dirigió la palabra y le cruzó la cara de un puñetazo. Por eso la metimos en el vehículo con aquellos pobres diablos.

-Que da la casualidad de que era el mismo en el que iba yo.

-Sí, bueno...¿Has tenido alguna riña con ella?- Preguntó Alex, con cara de interesado.

-Esto...no, nada fuera de lo normal. Bueno, vamos al lío, que esos herejes no van a morirse solos.

Y eso hicimos. Marchamos de una forma curiosa, formando una línea de uno en uno en torno al templo al que, por supuesto, no llegamos a rodear del todo. El caso es que no se oía ni un ruido, solo nuestro paso firme hacia las posiciones enemigas. Algún nido de ametralladoras o algo por el estilo nos habría hecho mucho daño, pero eso no fue lo que pasó exactamente.

Pasamos por muchos escombros que se encontraban prácticamente a nivel del suelo, no quedó ni un triste muro en pie. El escenario daba hasta miedo. No había muertos, no había agujeros de obús, no había nada, parecía que no había batalla.

Pero de repente, todo aquello cambió. A nuestras espaldas, de los escombros o de el Emperador sabe dónde, salieron, como furias enloquecidas, cientos de hombres, cubiertos de escombros. Pobremente armados, se abalanzaron sobre nuestras balas como si no hubiera mañana. Venían a por nosotros con sus armas cuerpo a cuerpo, y muchos consiguieron alcanzarnos.

Mientras unos cuantos combatían en el cuerpo a cuerpo, nosotros decidimos ayudarlos, pero nos frenamos en seco cuando vimos que el campo estaba rodeado de minas; alguno que otro voló por los aires (tanto de los nuestros como de los suyos). Y allí estábamos, con un revoleo de piernas y extremidades varias y atacados por unos dementes; no podría ser peor...o quizás sí.

En la lejanía, vimos avanzar a un reducido grupo de hombres, Desde el lado del templo. Ni se me pasó por la cabeza el que fueran aliados. Y estaba en lo cierto. Esos pocos hombres, con algún arma automática, empezaron a abrir fuego contra nosotros. Por lo visto lo habían organizado todo perfectamente. Cada treinta metros había una dotación de seis o siete hombre, igual que la que nos disparaba a nosotros. Disparaban barriendo, sin hacer distinciones entre los suyos y los nuestros. Entonces llegaron, al contrario de como les había ordenado, los Chimeras de Zephirus.

A unos cien metros de nuestras posiciones, pararon. En ese momento vi lo que prentedían.

-¡Huid hacia los nuestros!- Vociferé.

A mi orden, todos corrieron hacia los Chimeras; bueno, los pocos que quedaban. Por suerte, mi escuadra de mando no había sufrido bajas. El caso es que estábamos corriendo con cientos de herejes pisándonos los talones (algunos no tenían el placer de conservarlos) Cuando la mayoría nos distanciamos de los enemigos, los Chimeras empezaron a disparar. Los de las metralletas pesadas de atrás empezaron a retirarse, cuando los Chimeras comenzaron a avanzar. En la retirada, recibí un disparo en el antebrazo, menos mal que sólo era una rozadura. Llegamos a alguno y estábamos a cubierto.

Pasados unos segundos, los que sirvieron como carne de cañón habían muerto, con abundantes bajas entre los nuestros. Casi todas las minas habían explotado, con lo que pudimos avanzar un poco.

Al cabo de un rato, al fin estábamos en el muro del templo. Muro...eso era una gigantesca pared cuya parte superior apenas se vislumbraba daba hasta miedo. En ese momento quedábamos exactamente ciento treinta y siete hombres; contándonos a la escuadra de mando y a los que estaban en los Chimeras (que eran más o menos cuarenta). Con respecto a las hermanas, eran doce las que estaban vivas aun, algo admirable teniendo en cuenta que al empezar la batalla eran veinte. De todos modos, fuéramos cuandos fuéramos, teníamos que acabar con los atacantes, pero no volvería a cometer el error de enviar a tantos hombres a la muerte. Supuse en ese momento que si por dentro había tantos herejes como por fuera, sobreviviríamos pocos; así que usé la cautela. 

Envié a unos cuantos hombres para que exploraran el interior, pero al cabo de un rato no dieron señales de vida. Lo peor de todo eso es que no teníamos ni idea cómo era el interior del templo; menos mal que las hermanas sí lo sabían. Así que en los mismos muros del templo, decidí hacer algo.

-Soldados: nos dividiremos en equipos. -Ordené.- Cada uno irá con su escuadra por separado limpiando el templo de herejes. Como no lo conocemos bien, las hermanas serán tan amables de acompañar a cada escuadra.

-¿Qué?- Gritó, como no, Nesaricca.- ¿Cuándo te hemos dado permiso, soldadito, de que puedas darnos órdenes?

-¿Puedes dejar de poner pegas en todo?

-Libertador.- Saltó uno de los soldados.- Como vemos que usted y la hermana Nesaricca se conocen, será mejor que la escuadra de mando sea acompañada por ella.

-Sí, mejor.- Asintieron todos.

Maldita sea. Esos desgraciados me habían encasquetado a la hermana de batalla más loca que había visto nunca. Como superior, tendría derecho a elegir, pero prefiero que se venga con nosotros a que lo haga con una escuadra de soldados que acabarán muriendo si no a manos del enemigo, a manos de esa lunática narcolépsica. 

El caso es que después de veinte minutos para ver qué hermana iba con qué escuadra, marchamos hacia el interior del templo por una gran grieta en el muro. La apertura daba a un jardín. Supongo que eso antes sería un vergel lleno de plantas aromáticas y todo eso, pero en aquel momento daba pena. Muertos por todos lados, sangre a litros por el suelo...lo que era un escenario de batalla en condiciones. El lugar perfecto para una emboscada, pero, como de costumbre, no hicieron ninguna emboscada esos malditos. 

Conforme aparecían entradas al interior (resulta curioso, pero nunca hay entradas al exterior), las escuadras se iban separando entre sí. A nosotros, como no, nos tocó entrar por la puerta grande. Y cuando digo grande, es que era grande. Parecía la puerta de un hangar, de no ser por la ornamentación de los quicios. Oro y cosas así, no era cuestión de pararme mucho, ya que me ganaba un disparo en cualquier parte de mi cuerpo. Ya había recibido uno en el antebrazo y, aunque sólo fuese un rasguño, no me arriesgaría a recibir otro más profundo. 

Entramos por una de esas puertas pequeñas dentro de las puertas más grandes, la única cosa hecha con sensatez en todo el templo, lo demás era todo opulencia. Dentro, pues más de lo mismo que fuera: muertos, impactos de bala por todos lados, alguna que otra cosa ardiendo, y sobre todo marcas de esas del Caos, estrellas de ocho puntas dibujadas con sangre. El águila bicéfala del fondo se había caído al suelo y había sido "profanada", como dijo Zephirus. Se había hecho, al parecer, un sacrificio a los dioses encima de ella.

Todo aquello era muy raro. A pesar de tanta muerte y destrucción, no nos encontramos a nadie, por mucho que recorriéramos los pasillos.

-Nesaricca, ¿dónde vamos?- Preguntó Alex, sabiendo que estaba poniendo en riesgo su vida.

-¡No tienes derecho a llamarme así, maldito hereje!.-Gritó ella, sin darse cuenta de que nos encontrábamos en un lugar con mucho eco.

En cuestión de segundos, logramos escuchar sonido de pisadas viniendo hacia nosotros. Nos pusimos en posición de combate. Por suerte estábamos en un pasillo (lleno de sangre, cómo no) y no nos costó mucho atrincherarnos. Solo unos pocos mirando hacia un lado y otros mirando hacia otros.

-¡Maldita chiflada, los has atraído!- Vociferó Alex.- ¡Por tu culpa esos locos nos matarán!

-¡Tú eres más hereje que ellos, crees que no puedes matarlos!- Replicó Nesaricca.

-¡Callad ya!- Continuó Zephirus.-¡Un poco de seriedad, que estamos en combate!

-¡Tú a mí no me mandas callar, viejo decrépito!- Siguió gritando Nesaricca, mientras el sonido de gente corriendo se acercaba más y más.

Por fin llegaron esos herejes. Corrían a una veocidad apabullante contra nosotros, en un carga frenética. Eran como aquellos a los que nos enfrentamos quer estaban camuflados en el suelo, pero al contrario que ellos, éstos llevaban armas de fuego. Pero era extraño, no las disparaban, y muchos estaban corriendo y mirando hacia atrás. 

Tras darme cuenta de todos esos detalles, ordené que dispararan. Tras unas cuántas ráfagas, no tardaron en caer. Pero tras ellos había un pequeña figura, si mi vista no me engañaba era él, era el señor Tänze. Esos malditos herejes huían del comisario; no me lo podía creer, le tenían más miedo a él que a nuestras balas.

Cuando cesamos de disparar, el porpio señor Tänze corrió hacia nosotros trepando con su diminuto cuerpo por los cadáveres, mientras sostenía una pistola y una espada (la cual era más grande que él) y su uniforme estaba lleno de sangre; sobre todo su chaqueta de comisario, ya que la llevaba arrastrando todo el rato.

-¿Qué hacéis que no estáis ajusticiando herejes?- Dijo, nada más subirse a la cumbre de la macabra montaña de cadáveres.

-Comisario Mayor Tänze; ¿qué ha sido de los tuyos?- Preguntó Mark, interesado.

-Todos han muerto...cobardes.- Dijo asqueado.- No querían cargar contra unas posiciones enemigas. Cuando ejecuté a uno de ellos, los demás corrieron como verdaderos soldados del Emperador, conmigo al frente. Los herejes no tuvieron en cuenta en hacer barridos a más baja altura, así que no me dieron. Entré en su trinchera y los perseguí con justiciera furia.

-Vaya, de todos los hombrecillos cobard...- Quiso decir Nesaricca, antes de que le taparan la boca entre Mordecai y Zephirus.

-¿Qué dice la joven?- Me preguntó Tänze.

-Esto...nada...Está...rezando unos salmos por las almas de sus valientes soldados.- Justifiqué.

-Entonces...¿Por qué le tapan la boca?

-Pues...Porque sus soldados sólo fueron valientes cuando usted disparó a uno. No se merecen los salmos de la hermana Nesaricca.- Saltó Alex.

-Bien, ya que hemos dejado de hacer el idiota, continuemos.- Ordené.- ¿Estamos todos bien?

-Creo que sí, tío. Vámonos ya, que este sitio me da repelús.- Comentó Alex, haciendo alarde de valentía.

-Espeeeera. ¿Dónde carajo se ha metido Impavidus?- Pregunté, con un sentido de la observación superhumano.

-¿Quién?- Preguntaron todos al unísono.

-¿Todavía no ha cuajado el nombre? ¿No véis que falta alguien?

-Ahhh, Mireas...-Dijeron todos, aliviados.

-Suele ir por su cuenta. Lo de estar dentro de una escuadra no es lo suyo. Pero no te preocupes tío, sabe lo que hacer.- Me confirmó Alex.

-Si es así...Cambiando de tema, Nesaricca, ¿dónde vamos?- Le pregunté, al haberle quitado las manos de la boca Zephirus y Mordecai.

-Ni siquiera lo sabes. Debemos ir a la sala donde se encuentran los restos del santo Caplia, que murió en planeta. Gracias a él se edificó este gran templo. Tenemos que asegurarnos de que esos herejes no han mancillado sus sagrados restos.

-Bueno...empezaremos por ahí. Quizás nos encontremos con algunos soldados para informarnos de su situación, o algo.- Dijo Zephirus.

-Zephirus...¿Por qué no usamos un comunicador...o algo así?- Pregunté, con poco interés, ya que lo más seguro es que quedaran pocos vivos.

-Pues el problema reside en que las malditas paredes llenas de metales de este templo,  hacen algo raro en la resonancia de los comunicadores.- Puntuó.

-Dí que no. Que se los ha olvidado en el Chimera. Y le quiere echar la culpa a los muros.- Excusó Alex.

-No nos echemos culpas unos a otros, debemos continuar.- Comentó Zephirus, para eludir responsabilidades.

Después de esa pueril discusión, continuamos siguiendo a Nesaricca. Por suerte estábamos todos en silencio, mirando por toda sala, esquina o recobeco que nos encontráramos. Escuchábamos pocos disparos, y los que oíamos provenían de algún lugar lejano. Nesaricca sabría por donde ir, pero nosotros no; aunque creo que ella tampoco conocía el lugar como la palma de su mano.

Al cabo de unas dos horas dando vueltas por todos lados (eso me recordaba a otras ocasiones), llegamos a una especie de patio interior. Todo muy contrastado, como lo era el templo en general: cosas con muchos adornos y rastros de sangre por todos sitios. El patio en sí tenía unos setena metros de largo y, no sé, unos treinta de ancho; todo con sus flores, arbustos, intestinos desparramados... Lo que era un patio normal y corriente. 

Cuando ya habíamos atravesado un cuarto del campo, sentimos algo raro. Una sensación como cuando despega un Valkyria pero a lo lejos y mucho más leve; venía de atrás.

Cuando miramos hacia atrás, vimos un gran campanario, uno de los muchos picos del templo. En él, Zephirus, con un visor, logró atisbar una especie de estatuas como gárgolas, tres concretamente. Estaban quietas, taciturnas, apoyadas en cuclillas sobre el filo del campanario (al que casualmente no le vi ni una campana). 

-¿Qué es eso?- Pregunté

-No lo sé, pero no creo que sea nada bueno.- Contestó Zephirus.

-¡Esa blasfemia antes no estaba ahí! ¡Esos herejes han debido eregir esas grotescas figuras!- Gritó Nesaricca.

De pronto, ese sonido volvió. Esta vez estábamos viendo las estatuas, y el ruido salía de ellas. Y no solo eso: parecían desprender una pequeña columna de fuego por atrás, como si se pusieran a despegar. Después de poner en funcionamiento esos, digamos, reactores, hicieron lo que todos nos esperábamos: saltar.

La precipitación del odio

En la misma posición que estaban, en cuclillas, empezaron a caer, y en dirección nuestra. Cuando estaban más cerca pude verlos con más detenimiento. Parecían marines, pero un tanto raros. Eran como aves de presa dispuestas a cazarnos. En un picado, trazaban tirabuzones hacia nuestra posición.

-¡Maldita sea!- Girtó Zephirus.- ¡Separaos y disparad!

Ellos no paraban de descender, y mientras que dos estaban cayendo más o menos libremente, el que quedaba se había fijado ya en su presa; Alex. Mientras los otros aterrizaban de una forma casi normal (derribando el suelo de alrededor en el acto), el que se había fijado en Alex, no lo hizo. Prefirió seguirlo planeando desde las alturas, y cuando tuvo ocasión cayó en picado. Al haberse acercado lo suficiente, se volteó y le golpeó a Alex con la planta de su extraño pie (que parecían las garras de un ave) y lo mandó por los aires. Hasta rato después no supe más de Alex, pero sí del marine volador, que ahora se había fijado en mí. Hice la reacción más ilógica posible ante un tipo que corre más que uno mismo: huir.

Corrí como un condenado esperando llegar a la puerta, para así...no sé...cerrársela y dejar que los míos se encarguen de él. Pero en aquella ocasión no era el mismo; no era el cobarde: era el líder y debía actuar como tal. Decidí entonces hacerle frente a ese desquiciado psicópata, así que saqué mi pistola, mi espada y...me aparté cuando él pretendía embestirme. Cuando ya se detuvo, tuve tiempo para observarlo detenidamente. Era un marine, sin duda; pero con una armadura un tanto extraña. En su casco tenía unos cuatro cuernos retorcidos, y tanto sus manos como sus pies parecían zarpas. En su mano derecha sostenía una rugiente espada-sierra, y también tenía lo que parecía ser una pistola de plasma en el cinto. No me estaba dando cuenta del caso de los demás miembros de la escuadra en aquel momento, pero una cosa era clara: estaba yo solo para matar a ese tío; y lo pero de todo, tenía que hacerlo cuerpo a cuerpo.

Cargó contra mí por segunda vez, en esta ocasión a escasos metros, y logré esquivarlo de un salto hacia la derecha, con tan mala suerte de caérseme la pistola en la realización del mismo; así que estaba yo y mi espada, contra ese tipo y la suya. Pero había algo con lo que ni él ni yo (hasta ese momento contábamos): yo era psíquico.

El único problema de todo aquello era el saber cómo activar mis poderes y clavarle a ese malnacido un rayo en el pecho. La única solución sería concentrarme, pero claro, con ese desgraciado delante mía no tenía ni tiempo ni el espacio adecuado para concentrarme. Pero ese malvado venía hacia mí, y no tenía posibilidad de escapar, ni de golpearle. Pero algo pasó. Al apretar los puños, sentí una especie de golpe seco; supuse que eso haría algo, así que puse el puño en dirección a ese tipo. Por suerte soltó un par de chispazos, lo justo para que él se parara en seco. Pero no fue por miedo, sino por algo bien distinto. 

El marine soltó una carcajada de esas de malvado, una de esas que te hacen mover el pecho hacia atrás. Después de eso, cargó hacia mí, con la mala suerte de agarrarme, pero no me soltó. Del golpe casi pierdo el conocimiento, ya que escupí algo de sangre por la boca. Tengo unos recuerdos algo difusos de lo que pasó después, se me vienen a la cabeza que nos fuimos de allí y que me llevó saltando de tejado en tejado con ese artefacto volador hacia nuestro destino. Como supuse tiempo después, ese reactor no estaba hecho para llevar a más de una persona, y acabé molido. 

Después de un tiempo de viaje (no recuerdo cuánto exactamente), llegamos frente a una gran puerta. Yo aun estaba  con gran dolor en el pecho, apenas podía respirar con normalidad, y el corazón de vez en cuando daba algún latido irregular. Pero por fin habíamos llegado. El marine me soltó y me llevó a rastras a esa gran puerta, la cual abrió con grave dificultad, incluso siendo él un marine. Tras unos segundos, pasamos al interior; una gran sala acorde con la puerta, con un gran altar al fondo, y una figura sentada en las escaleras que conducían al mismo.

-Señor, te traigo algo que...- Dijo el marine, nada más entrar, con una voz ronca y nota antes de que el otro personaje le interrumpiera

-Sé lo que me traes. Te lo agradecería, pero ese es tu trabajo. Ahora vete y haz lo que tengas que hacer.- Interrumpió el misterioso personaje.

-Sí...señor.- Obedeció, a regañadientes.

-¡Cierra la puerta al salir, este caballero y yo tenemos que hablar de cosas importantes que no te conciernen!- Ordenó, con un tono algo exacerbado.

El marine me tiró al suelo, se volvió, y cerró la puerta, tal y como ordenó el otro. 

-Vaya, parece que ese desgraciado no te ha tratado muy bien en todo el viaje, ¿me equivoco?- Comentó, mientras se levantaba del escalón.- Bueno, se me ha olvidado presentarme, soy Osterius Tyhrem, antiguo bibliotecario jefe del capítulo de los Consternadores. Y tú eres...

-Soy...soy.- No pude decir nada, el pecho me dolía.

-No te preocupes, sé quién eres. La verdad es que me ha sorprendido que tú seas psíquico; resulta fascinante. Somos rivales, enemigos. Tú eres el Libertador, a quién tengo que matar para hacerme con este planeta de mala muerte. Sin embargo, no voy a hacer eso. Ni una cosa ni otra. Esos desgraciados... Todos los tuyos están muriendo uno a uno, y tú ni puedes ni debes hacer nada. 

En ese momento ya pude verlo bien. Era un hombre alto y fuerte: un marine. Pero distaba de ser uno "normal". Su armadura estaba llena de pergaminos raídos y antiguos sellos de pureza. Recuerdo que era de color azul oscuro y negro en las juntas. Llevaba el casco en una mano, un casco un tanto extraño, con algunos tubos que sobresalían de la zona de atrás, y en la parte de arriba tenía una pequeña Aquila lmperial incrustada en la frente.

-Pero...¿por qué no he dejado que ese desgraciado volador te matase?, te preguntarás.- Prosiguió.- Sencillo. Tienes algo que te hace especial, ¿verdad? Algo que los demás no tienen y les aterroriza: el poder psíquico. Perseguidos y cazados como animales, los psíquicos son encarcelados, torturados mental y físicamente y sacrificados, ¿y para qué? Para darle sustento a la maquinaria imperial. Algo a lo que muchos denominan un mal necesario. Sin embargo, no se dan cuenta de los hechos. Y los hechos son que el psíquico es un avance evolutivo; tú y yo somos progreso, y ellos son el pasado. ¿Me entiendes ahora? Ellos nos persiguen y nos matan y nosotros nos quedamos expectantes mientras lo hacen. Pero eso ha cambiado. Ha cambiado conmigo. Habrá cambiado cuando el ejército del psíquico se enfrente al ejército del hombre. Sin embargo, soy consciente de que eso, a día de hoy, es algo imposible; por eso quiero contar con aliados...poderosos aliados que me permitan llegar a una buena posición para enfrentarme a la tiranía del hombre anticuado y dejado atrás en el proceso evolutivo. 

Cómo hablaba...me bebía todas sus palabras. Tenía un tono, una forma de pronunciar...cualquiera que lo oyese sería capaz de unirse a su causa. En aquel momento, yo me encontré algo mejor, así que decidí responder.

-¿Y qué pinto yo en todo eso?- Pregunté, con bastante dificultad.

-Ah, ¿ya te encuentras mejor? Me alegro. ¿Qué pintas en todo esto? Vamos, no tienes más que verlo, se avecina un cambio grandioso, uno de los más importantes en la historia de la Humanidad. Y tú puedes ser partícipe en él. Ese puede que sea tu destino. 

-¿Y qué pasará con el hombre?- Volví a preguntar, cada vez con enos dolor.

-El hombre...el hombre normal...sería considerado el penúltimo escalón evolutivo. Por supuesto, no tendría cabida en nuestra sociedad, así que será...borrado. 

-Pero eso es imposible...No se le podrá dar caza a todos los hombres.- Excusé.

-¿No?¿Estás seguro?- Inquirió, con una mueca de desafío. Tras esto, se volvió hacia atrás, donde el altar, y allí cogió una gran espada, de color negro con algunos signos color fuego. Se puso el casco y sostuvo la espada con la mano derecha.- El hombre es un ser muy simple. Sólo con entenderlo ya puedes darle caza. 

Dicho esto, apretó su mano izquierda y la alzó señalando a la izquierda, arriba; lanzando en el acto una especie de rayo de color morado. Un par de segundos después, alguien cayó desde arriba.

-¿Ves? Sólo hay que entenderle.- Continuaba, mientras se acercaba a quien había alcanzado.- Este maldito ha intentado matarme, y sin embargo, ha fallado. Eso es todo.

Cuando pude girarme, vi quien era. Maldita sea, parecía imposible, pero le había dado a Impavidus, y ahora estaba  tendido en el suelo, y aparentemente agonizante. 

-Aunque me temo que a unos cuesta más entenderlos que a otros, ¿no es así?- Dijo, mirando hacia otro lado, hacia otra esquina.

Después de eso, volvió a lanzar otro rayo morado, pero en el proceso, pareció abatirse en su hombro izquierdo. Le dio al objetivo de nuevo. Yo, como era natural, no entendía nada. ¿Por qué había dos Impavidus?

-Otro que cae. Bueno, el mismo. Lo siento, amigo mío, has fallado en tu misión de matarme. Eso del doble resulta brillante siempre y cuando el asesino sea más inteligente que el asesinado. Sin embargo, eso hoy no es así. Dime...¿quién te envía?- Le preguntó a Impavidus (el real) desde lejos.

-Nadie.- Respondió él, mientras se dolía de las heridas y el golpe (hay que reconocer que tiene aguante).- He venido por mi propia cuenta.

-Ya entiendo. ¿Eres del mismo regimiento que el Libertador?

-No pienso responderte a eso.

-No pienso...Deja la frase ahí. Crees que descabezando a la bestia ya se muere sola, ¿eh? Pues eso no es así. Yo no soy la cabeza de la bestia. Digamos que soy el amo de la bestia. Y al amo no se le puede matar, ¿entienedes? Y ahora.- Dijo mientras se acercaba pausadamente hasta estar frente suyo.- Desaparece.

Tras esto, le pegó una patada en el estómago que le hizo saltar por los aires y golpearse con la pared. En aquel momento no sabía si estaba muerto o no, simplemente no reaccionaba y sangraba por boca y nariz.

-¿¡Qué has hecho!?- Grité.

-Vamos, no seas así.- Se excusó.- Venía a matarme. Matar o morir; una dura ley que rige la guerra. Y creo que esta acaba de terminar.- Volvió a quitarse el casco.- Han muerto muchos, y te preguntarás por qué motivo. Verás...los tuyos han muerto por la incompetencia de sus dirigentes, oséase, de tu incompetencia. Los has enviado a la muerte segura incontables ocasiones, y ahora quedarán pocos vivos. Y con pocos quiero decir ninguno.

-¡No todos han muerto!- Volví a gritar.

-No seas así. Has jugado y has perdido, no tiene nada de malo. No eran gente importante, y tu apodo, "Libertador", ahora es una palabra vacía, ya que no tienes a nadie que te llame así. Reconócelo; has perdido.

-No he perdido.- Comenté.- Aun no, porque, ¿sabes? En un regimiento todo hombre cuenta, incluso su coronel.- Dije, mientras me levantaba, pero no paraba de mirar al suelo.- Y para que un regimiento deje de existir, deben morir todos y cada uno de sus integrantes; y yo no estoy muerto.

-¿Crees que puedes enfrentarte a mí? Lo psíquicos no se deben enfrentar entre ellos. 

-A mí eso no me importa. Lo importante es que tú mueras.- Dije, tras lo cual me llevé las manos a la cabeza. Ya entendí el método para usar mi poder. La cabeza me dolió de sobremanera, pero pude hacerlo. Una gran cubierta de electricidad disforme (o como se llame) me rodeó todo el craneo, y con las manos pude cogerlo. Parece raro, pero lo hice. Con todo aquello en las manos, se lo lancé; tomando en el acto forma de rayo. 

Con todo aquello, él alzó su mano izquierda y todos los rayos se dirigieron a su antebrazo. Por lo visto, era una especie de aislador psíquico (o algo así), pero tras un rato lanzando rayos, la parte de la armadura de su antebrazo izquierdo, acabó por fracturarse; y finalmente romperse. A mí me dolía la cabeza de tal manera que despúes de que eso pasara, tuve que cesar.

-Vaya...eres brillante.- Comentó con tranquilidad, mientras se quitaba los restos de la armadura de su antebrazo.- Debes de ser de una categoría altísima. Increíble. No paras de sorprenderme. 

En aquel momento empecé a ver las cosas borrosas. Me tambaleaba y tenía miedo de perder el conocimiento. No tenía que haberme forzado. Mientras me movía, mareado, de un lado a otro escuché una voz, justo antes de caerme al suelo.

-¡Alto ahí despreciable hereje!- Era Nesaricca, acompañada de numerosas ráfagas de disparos.- ¿Dónde diablos te has ido?- Me preguntó, mientras recargaba su bólter.- Bah, no me importa, primero hay que acabar con ese desgraciado.

-Tienes razón, ese tipo parece el jefe.- Allí estaba Zephirus.

Tu último truco

Entraron todos...casi todos...Faltaban Alex y Mark; supuse que esos marines voladores los habían matado; pero no podía hablar, lo único que podía hacer era estar allí, observando cómo se desarrollaban los acontecimientos.

-Así que vosotros sóis la escuadra de mando del Libertador...Nada mal. ¿Por qué hay tanta gente rara?

-¿¡Rara, hereje?!- Gritó Nesaricca.- ¡Muere!

Tras esto, le dispararon todos hasta que se quedaron con los cargadores vacíos; con toda la humareda resultante.  Pero cuando el humo se disipó, él seguía allí, quieto, sin agujero de bala alguno.

-Vaya...parece que no apuntáis muy bien. ¿Ves Libertador? Esto es lo máximo que puede hacer el hombre. Es el ejemplo perfecto. El hombre contra el psíquico. Y el hombre pierde. Por cierto.- Dijo, ahora dirigiéndose a ellos.- ¿Sabéis que Libertador es psíquico?

Maldita sea. Allí el único que sabía eso era Zephirus, y no creía que la reacción de Nesaricca y el señor Tänze sea  muy tranquila. Pero, aunque parezca increíble, lo fue. Al menos la de Nesaricca. El señor Tänze corrió hacia él con toda la furia que sólo un comisario enano conoce: su espada en alto y su vestimenta arrastrando por el suelo. Tyhrem lo vió y su reacción no se dio de rogar. Le dio una patada en la cara, tras lo que lo arrojó al suelo del impacto. 

Se acercó a él, todavía en el suelo, y lo pisó en el pecho para que no se escapara. Alzó su espada y se dispuso a acabar con la vida del comisario, cuando Nesaricca se entrometió con su bólter. Le disparó tres ráfagas; como era de costumbre, no le llegó ninguna, pero al menos lo detuvo. 

-Por favor, señorita, déjame acabar con este malnacido antes de ir a por ti.- Exclamó Tyhrem, con cierto tono burlesco.

-¡Desgraciado!- Gritó ella. 

Mordecai no se quedó quieto. Con su agilidad y pericia habituales se acercó a él, y combatió con sus cuchillos. Por desgracia para él, Tyhrem no era el anterior marine al que se enfrentó, éste esquivaba con gracilidad todos y cada uno de los cuchillazos. 

-Ya me he hartado.- Comentó Tyhrem.- Serás otro que va a morir, incluso antes que este comisario.

Dicho esto, haciendo uso de algún tipo de magia o algo a lo que yo no estaba acostumbrado, salieron unas cadenas del suelo y logró atar a Mordecai, recordándome a mi experiencia en el templo con el otro tipo. Pero Tyhrem no fue tan indulgente como yo, ya que con su espada, la cual tenía en la mano derecha, cortó a Mordecai por la mitad de un solo tajo; de arriba a abajo. Media parte de Mordecai se precipitó hacia la derecha, la otra parte hacia la izquierda. Por suerte yo no pude ver con detalle toda esa carnicería, era algo tremendamente brutal...Había matado a Mordecai, y esta vez iba a por Nesaricca y Zephirus, que se encontraban juntos, viendo aquel grotesco espectáculo. 

-Ordena retirada.- Dijo Tyhrem a alguien, presumiblemente por su comunicador del interior del casco.- Nada de quejarse; ya tengo lo que quiero, retiraos. Esta es mi orden, nos reuniremos en el punto acordado dentro de diez minutos.- Continuó diciendo, mientras se encaminaba hacia Zephirus y Nesaricca.

-¡No te vas a retirar, hereje!- Gritó Zephirus.- No te dejaremos escapar de aquí.

-¿Quién te ha dicho que iba a escapar? No quiero mataros, pese a ser seres inferiores. Vosotros os merecéis vivir en vuestro eterno error. 

-¿De qué hablas, desgraciado?- Vociferó Nesaricca.- Te mataremos aunque sea a costa de nuestra muerte, si Él lo quiere así.

-¿Él?¿De quién hablas?

-¡Del sagrado Emperador de la Humanidad, velo protector de todos nosotros!- Contestó ella.

-Ahhh...de "Él". Ese Emperador...El mayor psíquico de todos, y al que veneráis como un dios. Resulta curioso. Adoráis a un psíquico y sin embargo teméis y odiáis a todos los demás. No merecéis el respeto de ningún ser superior a vosotros, y menos su piedad.

-¡No blasfemes!- Gritaron los dos al unísono.

-No es blasfemar. La verdad os duele, ¿verdad? Eso es todo lo que tengo que decir, cuando otros psíquico posea el poder necesario para destituir al Emperador de la Humanidad, y se convierta en el Emperador de los psíquicos, el universo se encontrará en equilibrio y la nueva raza resurgirá.

-¡Deja de decir idioteces!- Volvió a gritar Zephirus; esta vez fue él quién se abalanzó contra Tyhrem.

Zephirus desenvainó pronto la espada que tenía guardada; una bella espada recta e impoluta; brillante y blanca, que contrastaba con la de Tyhrem, oscura y torcida hacia atrás. Siempre me sorprendió la habilidad de Zephirus con la espada, capaz de rivalizar con la de un marine. Creo que no se chocaron ambas espadas en todo el combate, porque la fuerza de Tyhrem era superior, cosa que Zephirus sabía. Sin embargo, Zephirus se encotraba siempre agachado, esquivando o eludiendo alguna estocada o golpe. El punto débil del Tyhrem en ese momento era su antebrazo izquierdo, y ambos lo sabían, uno buscando darle, y el otro evitando que Zephirus lo tuviera mucho tiempo delante. La verdad es que fue un duelo impresionante; pero duró lo justo. Tyhrem era un marine, y eso es una ventaja se mire por donde se mire a la hora de combatir. Y no uno normal, sino uno psíquico. 

Con un movimiento de muñeca consiguió deshacerse de Zephirus usando algún poder disforme. Con Zephirus volando por los aires, Nesaricca volvió a disparar, a ver si en esa ocasión acertaba. Le acertó, pero, al igual que en otras ocasiones, no consiguió nada. Ante eso, Tyhrem decidió lanzar otro rayo igual que el que le arrojó a Impavidus, con los mismos efectos devastadores. Nesaricca acabó en el suelo, agonizante.

-¿Ves, Libertador?- Me dijo, una vez que acabó con todos.- El hombre es débil y el psíquico no lo es. No se lo cuentes a nadie, pero les voy a dejar vivos, a ver lo que les pasa. Entre tú y yo, la Inquisición suele hacer "preguntas" cuando uno se enfrenta a fuerzas del Caos, como es el caso. Y quiero ver cómo se desenvuelve todo aquello. No creo que se les de un trato especial, pero puede que a ti sí. El por qué puede que lo sepas más adelante. Libertador, eres una caja de sorpresas...Vaya, con todo el discurso y las ansias de venganza de los tuyos se me ha ido todo el tiempo. Recuerda Libertador.- Dijo, mientras se quitaba el casco, y suavemente lo dejaba en el suelo delante mía.- Ahora te dejaré aquí con los tuyos; pero te reclamaré cuando el psíquico inicie su batalla contra el hombre. Y puede que.- Seguía diciendo, esta vez mientras se dirigía hacia la salida, y yo no podía aguantar más del dolor, tardé poco en perder el conocimiento.- Cuando te reclame ya tenga el universo a mis pies.

-Y eso es todo lo que recuerdo. Esta es mi única defensa.

-¿Piensas que nos vamos a creer toda esa sarta de mentiras? No sé por qué le estamos haciendo un juicio, deberías haber ardido en la hoguera hace mucho, cuando te encontraron allí, cerca de ese casco maligno.- Dice un miembro del tribunal

-Es una petición expresa del Inquisidor Andlertrainen, juzgar a todos los miembros de la escuadra de mando.- Salta el otro.

-Pero el Inquisidor Andlertrainen no está aquí; y él no tiene poder sobre nosotros.- Comenta un tercero.

-¡Eso no es lo importante, debemos juzgarlo acorde a lo que ha hecho; y su testimonio es el único que tenemos!- Sostiene el segundo

-¡Ese hombre es un peligro, debe ser ejecutado!- Sentencia el primero.

-Acusado, ¿algo más que declarar?- Dice el tercero, sin tener en cuenta la opinión de sus compañeros.

-No, mi señor, nada más. Yo les he contado todo lo que recuerdo, ni más ni menos.

He de decir una cosa. Supongo que se acerca el final de mi vida, así que he de decir todo lo que ha pasado desde hace tres meses. Las tropas del Caos se fueron, y nos encontraron a todos en aquella sala, maltrechos y heridos. Recibimos cuidados de todas las formas posibles; todos estábamos más o menos bien; el único que acabó peor fue Mark, pobre...está trastornado tras la muerte de Alex. Lo peor de todo eso es que estamos siendo juzgados por un tribunal de la Inquisición, acusados de guardar relación con el Caos, como dijo Tyhrem. El señor Tänze, hasta donde yo sé, tiene una pena de arder en la hoguera, y yo soy el siguiente. Estoy a la espera de que dictaminen mi sentencia, aquí, sentado de rodillas y encadenado; como si hubiera hecho algo malo.

-Acusado, ¿se arrepiente de los hechos?- Me pregunta un miembro del tribunal, el que se sentaba e el centro.

Eso me deja pensando...Hice cosas que no debía, pero...arrepentirme...sería muy radical, así que pronto decido:

-No, señor, no me arrepiento de nada. 

-Entonces está decidido. Aquí y ahora, el tribunal de la sagrada Inquisición, por orden del Divino Emperador le declara...

FIN DEL LIBRO PRIMERO

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