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Resúmen del libro primero (evidentemente, Spoiler)

He tenido mucha suerte. Cualquiera diría que demasiada, ya que en estos tiempos que corren, he sobrevivido de  manera fortuita a decenas de calamidades. He luchado contra Orkos, tropas del Caos, bandidos, muchos bandidos, tiránidos y...¿he dicho bandidos ya? El caso es que me puedo considerar afortunado, he sido testigo de muchas cosas y he pasado por muchos empleos: de bandido pasé a soldado, de ahí a protegido de los Caballeros Grises, sin saber cómo fui esclavo y esclavista; para luego ser liberador de esclavos y terminar como coronel, para ahora ser un maldito imputado en un tribunal de la Inquisición.

La verdad es que mi vida nunca ha sido muy estática, pero lo que pasó de aquí a unos años (¿tanto tiempo? Bueno, de aquí a un tiempo) fue algo que cambió el giro de mi vida de forma radical.

Estaba comprando cosas en una tienda cuando unos bandidos llegaron. Me uní a ellos para ser más tarde apresado por los Arbites, cuando se me dio la oportunidad de alistarme en la Guardia Imperial, la otra opción era ser ejecutado. Evidentemente me alisté; craso error. En el cuartel, me metieron en una escuadra de payasos y nos destinaron a colocar una baliza en mitad de una ciudad infestada de Orkos. Tras conseguir con éxito la misión, los dos únicos miembros de mi escuadra que quedaban fueron ascendidos, y yo destinado a otro lugar. Allí descubrí que tenía poderes psíquicos, y unos marines me llevaron ante una escuadra de Caballeros Grises. Fui con ellos en su nave hasta otra nave imperial, de un regimiento, comandado por Zephirus Spei. La nave resultaba estar infestada de Tiránidos, con lo que nos tuvimos que apañar como pudimos. El caso es que vino a rescatarnos un tipo llamado Dimitri Ardui. Embarcamos Zephirus, el capitán de los Caballeros Grises y yo en su nave; tras lo cual se descubrió que ese tal Dimitri era un esclavista y bombardeó nuestra antigua nave con todos sus ocupantes dentro (soldados y tiránidos). Como es normal, nos apresó y nos hizo esclavos; pero conmigo tuvo un trato especial, y me hizo esclavista. Allí conocí a Enma, artífice de nuestro plan de huída que realizamos más adelante, cuando llegamos a una fortaleza en un planeta desértico. Enma se encargó de liberar a los esclavos y mató a Dimitri. Yo sabía dónde tendrían que ir para conseguir la libertad, a la nave de los Caballeros Grises, que se había estrellado en la otra punta de ese maldito planeta de arena. ¿Que cómo lo sabía? Bueno, quizás por revelación divina, quizás porque tenía a un tipo en mi cabeza que me decía cosas, al cual tuve que apresar en mi mente más adelante. El tema es que salimos de esa fortaleza, los esclavos me llamaron Libertador y se me quedó el apodo. Vino a rescatarnos un Gobernador Planetario, nada menos, y formamos un Regimiento de la Guardia Imperial todos los esclavos, Zephirus, el Caballero Gris, y yo, como su coronel. Le pusimos el nombre de Cruzados de Enma, en honor a nuestra salvadora. 

Cuando ya estaba el regimiento formado, nos destinaron a un planeta para defender un templo. Allí nos unimos a un...no sé, no entiendo la jerarquía de las hermanas...bueno, a una especie de "regimiento" de Hermanas de Batalla. Estuvimos en una base secundaria durante días, cuando recibimos una alerta de la base principal, un templo gigantesco, y tuvimos que ir a socorrerlo. Fuimos unos cuantos en Valkyrias, lo que alertó a unos bandidos; quienes nos derribaron. Cuando aterrizamos de manera forzosa, huimos de esos malnacidos y nos separamos. Tras unas duras batallas, y la muerte de mi amigo el Caballero Gris enfrentándose a un marine del Caos, logramos unirnos a la otra parte del regimiento, que iba en Chimeras. Allí fue donde conocí a Nesaricca, una hermana chiflada. El caso es que fuimos hacia el templo, y tras una serie de penurias, y la muerte de Alex, me encontré frente al líder de las fuerzas enemigas, un tal Osterius Tyhrem; que quiere que los psíquicos gobiernen el Imperio, ya que son una raza superior, y todo ese rollo. Él mató a Mordecai de un tajo (cortándolo por la mitad) y nos dejó maltrechos a todos. Después de eso, se fue sin hacernos nada, salvo dejarnos su casco (cosa que no sé por qué considero importante). Por lo visto fuimos recogidos por tropas de refuerzo y curados en un hospital de campaña. Tiempo después se nos condenó por herejía y relación con las tropas invasoras caóticas, y...más o menos allí fue por donde me quedé...Tras explicarle todo eso al tribunal, la cosa quedó más o menos así:

-Y eso es todo lo que recuerdo. Esta es mi única defensa.

-¿Piensas que nos vamos a creer toda esa sarta de mentiras? No sé por qué le estamos haciendo un juicio, deberías haber ardido en la hoguera hace mucho, cuando te encontraron allí, cerca de ese casco maligno.- Dice un miembro del tribunal

-Es una petición expresa del Inquisidor Andlertrainen, juzgar a todos los miembros de la escuadra de mando.- Salta el otro.

-Pero el Inquisidor Andlertrainen no está aquí; y él no tiene poder sobre nosotros.- Comenta un tercero.

-¡Eso no es lo importante, debemos juzgarlo acorde a lo que ha hecho; y su testimonio es el único que tenemos!- Sostiene el segundo

-¡Ese hombre es un peligro, debe ser ejecutado!- Sentencia el primero.

-Acusado, ¿algo más que declarar?- Dice el tercero, sin tener en cuenta la opinión de sus compañeros.

-No, mi señor, nada más. Yo les he contado todo lo que recuerdo, ni más ni menos.

-Acusado, ¿se arrepiente de los hechos?- Me pregunta un miembro del tribunal, el que se sentaba en el centro.

Eso me deja pensando...Hice cosas que no debía, pero...arrepentirme...sería muy radical, así que pronto decido:

-No, señor, no me arrepiento de nada. 

-Entonces está decidido. Aquí y ahora, el tribunal de la sagrada Inquisición, por orden del Divino Emperador le declara...

Parte primera: Libertador con suerte...

Capítulo I: Culpable

Así me declararon. No entendí por qué me declararon culpable y esperaron a que le contase toda la historia. Pero bueno, supuse en aquel entonces que morir quemado no debe ser una de las peores formas de hacerlo, aunque si debía de serlo, los que son condenados a esa pena no parecen aliviados. Por supuesto, yo tampoco lo estaba. "¡No soy culpable!" gritaba todo el rato, sin dejar de moverme. Dos tipos tuvieron que venir a sujetarme porque iba a matar a esos tres aunque fuese a cabezazos. ¿Ahí se acababa mi vida? ¿Ya había finalizado mi historia? ¿Qué sería de los demás? Todas esas preguntas me bombardeaban la cabeza sin cesar. Al cabo de un rato, desistí en mi empeño de resistirme a los guardias, y me quedé quieto, con lágrimas en los ojos y mirando fijamente a los miembros del tribunal, con una posición de jura de venganza. 

Todo aquello era tan súbito...Me sacaron de la cama del hospital de campaña para juzgarme. Eso no era juzgarme, era condenarme directamente. ¿Era culpable de verdad? ¿Había algo que no conté? No pensé en ello, pero había un nombre que me resultaba familiar...Andlertrainen; el Inquisidor Andlertrainen. El Inquisidor con el que había tratado el capitán antes de que aterrizáramos al planeta. ¿Qué tenía que ver eso con mi culpabilidad? ¿Acaso quería acabar conmigo? Todo eso era muy extraño. Pero, por desgracia, no parecía tener tiempo para averigüar la solución a todo aquello, ya que iba a ser quemado. 

Como ya era de costumbre, en el camino a donde quiera que me llevaran, me encontré con otros tres guardias que llevaban nada más y nada menos que a Nesaricca, atada por todos lados y con un vozal en la boca. La llevaban en una carretilla, ya que no la podían dejar "suelta" como a mí, que iba con unas meras cadenas. Resultaba raro que la juzgaran como a nosotros, ya que ella no era miembro de la escuadra de mando. Ambos nos miramos y comprendimos que aquello significaba el final de nuestras vidas, que ambos ya estábamos destinados a morir de una manera horrible. Si a Tänze lo habían juzgado igual que a mí y el no era ni psíquico ni coronel, ni nada, no me imagino qué le podrían decir a Nesaricca; sólo esperaba que su condena fuese más leve que la mía. Era gracioso, en aquel tiempo de disputas y trifulcas le había cogido hasta cierto cariño.

Cuando ya no pude verle la cara a Nesaricca, cambié de idea. No era mi hora, aun no. Y como no era mi hora había que planear una huída de aquel lugar. No era la primera vez que escapaba de una situación así, pero si pudiera que fuese la última. De todas formas lo que me esperaría afuera no sería muy esperanzador, por la sencilla razón de que me converiría en un convicto para el Imperio, y eso siempre es mala idea. Pero las malas ideas suelen dar hechos buenos, así que empecé a trazar un plan para escapar, algo de lo que disponía poco tiempo, algunos minutos siendo generoso.

Bueno, para ser sincero, no se me ocurrió nada salvo golpear a los que me acompañaban hasta...¿matarlos? Pero teniendo en cuenta que ellos iban armados y yo no, y teniendo en cuenta que ellos tenían las manos libres y yo no, decidí posponer el momento de mi fuga.

Todavía me llevaban a rastras cuando vi una de las cosas más extrañas que he sido capaz de presenciar en mi vida. El tipo que se situaba a mi derecha, que me estaba arrastrando, se detuvo en seco, y sin más dilación me soltó, sacó un arma afilada, del tamaño de un cuchillo de cocina (es probable que fuese un cuchillo de cocina), y mató al otro guardia que me "acompañaba", clavándole el cuchillo en el cuello. Pero lo raro empieza a partir de ahí.

A mí me soltaron, y me apoyé en la pared derecha, para dejar que ambos se matasen mutuamente, las cosas parecían salirme como tenía pensado; los carceleros se matan y yo escapo, nada mal. Lo peor de todo eso es que pensé que, posiblemente, el carcelero asesino me matase a mí. Pero todo aquello ya no me importaba, al arriesgarme sabía que estaba poniendo en riesgo mi vida, pero debido al riesgo que ya existía de morir horriblemente, no arriesgaba demasiado.

Volviendo al tema de los carceleros traidores, el que apuñaló al otro "depositó" el cuchillo en su garganta y esperó a que el apuñalado muriera desangrado. No tenía pinta de ser una venganza, él se quedó allí, mirándolo cómo moría, sin gesto alguno, sin pestañear. 

Cuando ya no dio señales de vida, el otro me miró, sonrió, y sacó su llave magnética, con la cual me liberó. Cuando lo hizo, tiré las cadenas para atrás y me miré las muñecas, que estaban entumecidas; con lo que decidí moverlas para quitar el dolor. Cuando dejé de hacerlo, me dí cuenta de que el carcelero había desaparecido. En cambio había allí una mujer, una mujer vestida todo de negro, con una larga trenza de color negro rubio. Era una mujer muy guapa, de tez blanca, pero con algo raro; tenía un ojo de cada color. El ojo derecho era de color azul; un azul claro y transparente como el agua cristalina, mientras que el otro era de color marrón, con alguas vetas verdes. Cuando me vio la cara (que supongo que estaría bastante sorprendido), sonrió de nuevo y me dijo:

-Tú me solucionarás algunas cosas. Puede que me seas útil.- Me dijo, con una voz un tanto extraña, que no era de mujer ni de hombre.

-¿Qué?¿Quién eres?¿De dónde has salido tú?- Pregunté, como se puede ver estaba algo confuso.

-Bueno, digamos que tengo que hacer algún trabajo, y tú me vas a acompañar.- Me contestó, con una voz cada vez más femenina.

-¿Cómo sabes que voy a acompañarte?

-Muy sencillo, tú querrás liberar a los tuyos, y yo quiero que lo hagas.

-¿Cómo?

-Muy sencillo. Seréis una distracción para mis objetivos. Según mi informe, eres famoso por desatar el caos por todos sitios. Y eso puede serme muy útil.

-¿Útil para qué?

-Para mi objetivo, así de simple. Y ahora vete a liberar a los tuyos, a los que aún estan encarcelados. Si quieres, ponte la ropa del carcelero al que acabo de matar. 

-Pero está ensangrentada...Espera, tú no has matado a ese tipo, lo ha hecho otro carcelero.

-Bueno...Te lo contaré luego, ¿vale?

-¿Cómo que me lo contarás luego? Bah, da igual. Oye, ¿por qué no uso la ropa que hay ahí tirada, que no está ensangrentada?

-Como quieras, pero entonces dame tu ropa.- Me dijo, con algo de indiferencia.

-¿Qué?

-Que me des tu ropa y tú te quedas con esa.

-Bien, vale. 

Me cambié de ropa bastante rápido, ya que no me gustaba que una mujer a la que acabo de conocer, y encima teniendo esos ojos tan distintos y penetrantes me mirara. Además, la ropa de reo de la Inquisición no es muy cómoda que se diga.

-Bien, toma la ropa, no creo que con ella puedas hacer mucho.

-Eso es lo que tú te piensas. Con esto puedo hacer más de lo que crees. Ahora ve a liberar a los tuyos, y si quieres a todos los que encuentres; aunque no creo que sea conveniente, aquí hay sujetos realmente peligrosos. Tú verás lo que haces. 

-Sí, claro.

-Y ahora tengo que irme, he de arreglar algunos asuntos. No busques a tu amiga, a la que se cruzó con nosotros; ya me encargaré de ella. 

-¿Dónde están los demás?

-Averíguatelas tú solo. Por cierto, antes de que se me olvide; mírame atentamente a los ojos.

-¿Qué? ¿Para qué?

-Hazlo. Bien, es suficiente.- Dijo unos segundos después.- Ahora tengo que irme. Los presos de alta peligrosidad se encuentran en el pabellón 27-E, tres plantas más arriba que esta.

-Bien, ¿nos volveremos a ver?- Pregunté, para asegurarme que ella no se diera a la fuga sin mí, aunque si me necesitaba para algo...

-Puede ser...-Dijo, tras lo cual empezó a correr hacia el lado donde habíamos venido.- ¡Incluso puede que logres verte a tí mismo!

Eso me dejó confuso ¿verme a mí mismo? ¿Qué era eso? ¿Una clase de acertijo? ¿O quizás algún tipo de pensamiento filosófico? No podía pararme a preguntarme todo eso, debía buscar a los demás y escaparme de allí. Cogí el cuchillo que le había clavado el hombre que desapareció al otro carcelero, lo guardé discretamente en la ropa, y me fui corriendo hacia el pabellón 27-E.

Capítulo II: Nuevamente, LibertadorEditar

Corrí lo más que pude para llegar allí, al dichoso pabellón 27-E; ya que dudo mucho que con solo tener una ropa de carcelero, pueda ir andando tranquilamente por los pasillos. Y dudaba bien. Pero eso lo contaré más adelante.

Subí  las escaleras de un piso, sin encontrarme a nadie; el pasillo principal se encontraba vacío, y era exactamente igual que el del piso inferior. Igual, con el mismo blanco impoluto que casi relucía, un blanco de quirófano, algo aséptico y sin ningún tipo de adorno, excepto los carteles de "usted está aquí" y las rejillas de ventilación, que eran por cierto bastante diminutas.

Me encontré con un problema; las escaleras para subir al piso superior estaban en la otra punta del pasillo principal, así que me tocaría recorrer toda aquella galería, con el peligro que eso significaba, encontrarme a algún guardia y darle algunas explicaciones. Miré a todos lados por cada cruce que había, menos mal que no me encontré con ninguno; hasta subir al piso siguiente.

Allí, a las puertas de la galería de los pabellones 27, me encontré con cinco guardias que corrían en dirección a mí.

-¿Qué haces aquí?- Me preguntaron todos nada más verme, al unísono.

-¿Que qué hago aquí? Pues...- No me dió tiempo a continuar con mi mentira.

-¿No te has enterado? Tenemos que ir cuanto antes a la sala de juicios.

-¿Qué? ¿Por qué?- Pregunté, aún sabiendo que me estaba arriesgando demasiado.

-Han matado a los tres miembros del tribunal. Tenemos que ir inmediatamente.

Al final me tuve que resignar a ir con esos desgraciados. "Han matado a los tres miembros del tribunal", pues se lo tenían merecido. Nunca he sido un hombre vengativo, pero claro, si alguien atenta contra tu vida, lo normal es que uno se sienta con, de algún modo, sed de sangre.

Bajamos los tres pisos, hasta llegar a la sala del tribunal, donde yo había sido juzgado varios largos y confusos minutos antes. Llegamos allí, cuando nos encontramos lo típico en un escenario de un asesinato. Gente muerta, pero con poca pinta de muertos; unos estaban sentados, otros apoyados en la pared...Poco parecían haber sido asesinados. Eso sí, el tipo del centro del tribunal sí murió de una forma horrible, le habían rajado la tripa y habían esparcido sus intestinos por todos lados; uno de los que habían muerto apoyados en la pared tenía en los ojos parte del intestino delgado de ese tipo. Algo bastante macabro. La pirmera vez, conté nueve muertos; pasado un rato examinando los cadáveres, volví a contar; había seis. Era extraño, así que conté de nuevo; me había equivocado, ahora sí que volvía a haber siete. Mirando el cadáver de otro carcelero, pude ver algo, un pequeño pinchazo en el cuello, era algo mínimo, en la parte de la nuca.

-¡Eh!- Grité.- Mirad en la nuca de los muertos, creo que he descubierto algo.- Ciertamente no sé por qué hice eso, supongo que fue para que me dejaran en paz y se fueran de una vez.

-Es verdad...- Dijo uno.- Parece que tiene como un hueco. Así los habrá matado.

-Tienes razón, este también lo tiene.- Comentó otro.- Por cierto, ¿dónde ibas tú antes de que nos cruzáramos?- me preguntó.

-Esto...iba al pabellón 27 en busca de un preso.- Eso me hizo pensar en Nesaricca, ¿dónde se encontraría? Allí no estaba, y no era posible que se la hubieran llevado tan pronto.

-Ah, ¿sí? Pareces un tipo muy sospechoso, déjame ver una cosa.- Dijo el que me preguntó, mientras se levantaba y se acercaba hacia mí.

El carcelero me remangó la manga derecha, y me miró el antebrazo, en busca de algo. Yo, en ese momento estaba sudando de sobremanera.

-¿Qué?¿Qué sucede?- Pregunté, nervioso.

-No, nada, está todo en orden.- Dijo, tras ver que no tenía nada.- Ponte bien esa manga, ten un poco de disciplina. Y sigue examinando minuciosamente ese cadáver. 

Me pasé un buen rato centrándome en el cuerpo de aquel desgraciado. No tenía marca alguna, aparte de esa que tenía en la nuca. Por curiosidad, miré en su antebrazo derecho y vi algo bastante interesante; tenía una marca inquisitorial con un número de serie, cosa que yo no tenía. Ese carcelero entonces guardaba algo extraño, así que decidí mirar hacia atrás para examinarlo. Pero cuál fue mi sorpresa, estaban todos los carceleros muertos, y yo sin darme ni cuenta. 

Me quedé pasmado durante algunos segundos, cuando una intuición me corrió por la mente. Decidí mirarle la nuca a uno de ellos. Como pensaba; tenía la marca. Alguien me estaba defendiendo en aquel momento. Alguien que estaba pero no estaba allí. Pero en ese momento no pensé en favores del Emperador ni nada parecido, así que salí corriendo en busca de los demás, al dichoso pabellón 27-E; de nuevo me encaminé hacia allí, esta vez con más prisa, casi corriendo (que por cierto no sé por qué no me puse a correr, supongo que fue porque llevaba un tiempo sin hacerlo y no estaba muy seguro de llegar en perfectas condiciones al pabellón 27-E.

Subí las esaleras un puñado de veces, y por fin me encontré allí, el pabellón 27-E; ahora sólo quedaba encontrar a Zephirus y los demás. Entré en el pabellón, era una gran sala de dos plantas, donde se encontraban los presos más peligrosos.

A la entrada del pabellón había un pequeño panel, incrustado en la pared. Tenía un hueco para meter la tarjeta-llave y unos pequeños botones, desde el 001/27/C hasta el 200/27/C; así que había, o debía de haber, doscientas presos, o al menos, doscientas celdas.

Tenía dos posibilidades en aquel momento: O abrir todas las celdas y dejar salir a los individuos más peligrosos, o ir mirando uno por uno todos los presos que se encontraban allí, que no podían verse, ya que cada celda tenía, en la puerta un número de indentificación tipo 009080712/045/27/C; así que supuse que sería imposible dar con los demás a la primera, teniendo en cuenta que ellos estarían separados unos de otros.

Ante la duda que me corría por la mente a una velocidad de vértigo, recordé lo que me dijo la extraña mujer de los ojos de distinto color " Eres famoso por desatar el caos en todos sitios". No podía faltar a la fama que me había ganado; así que decidí volver a desatar el caos. Puse la llave en su lugar, el panel emitió un pequeño pitido, y una luz verde se encendió. Después, pulsé el botón donde ponía "todos las celdas abiertas". Pocas veces he sentido una sensación así, soltaría a los individuos más peligrosos que se habían capturado desde hace bastante tiempo, todos esperando a ser juzgados.

Eso me recordó al momento en el que liberé a los esclavos, pero era bastante diferente; ya que no liberaría a indefensos reos fruto de la avaricia, liberaría a prisioneros peligrosos, asesinos, ellos de verdad sí debían ser juzgados y algunos ejecutados de la manera más horriblemente posible. Pero eso no importaba...el Libertador había vuelto.

Capítulo III: Cuando los espejos caminanEditar

El Libertador había vuelto, sí, pero a qué precio. Cuando vi salir de las celdas a tipos cada cual más pintoresco, me arrepentí demasiado al dejarlos libres. Por suerte o por desgracia, cuando salieron todos de sus celdas, se quedaron quietos, estáticos, mirándome atentamente. Pasados unos escasos segundos, vinieron todos en mi dirección, corriendo. Yo en ese momento me quedé paralizado, pensando que si ellos eran gente rencorosa, con quien saciarían su sed de sangre sería conmigo, que estaba disfrazado de carcelero.

Pero en realidad no fue así. Todos ellos corrieron hacia la puerta pasando de mí. Y allí pude verlos a casi todos. Locos, extraños, mutantes...la peor calaña que corría por el Imperio, liberada por mí. Me daba incluso pena por esas gentes que va a tener que soportar sus barbaries. Sin pensarlo dos veces, detuve a uno de los últimos que salieron, y le dí la llave con el objetivo de que abriera los demás pabellones; y bien que lo hizo. 

Cuando se fueron todos los salvajes, quedaron sólo unos cuantos; los que resultaban más cuerdos, y se preguntaban qué estaba pasando. Eran como unos siete, y entre ellos pude distinguir a Zephirus y a Impavidus.

-¡Zephirus, Impavidus!- Grité, de pura emoción que me embargaba por todo el cuerpo.

-¿Qué está pasando?- Me preguntó Zephirus, nada más verme.

-¿Quién es este? ¿Por qué nos ha liberado?.- Preguntó uno.

-Será una trampa.- Sospechaba otro.

-Ahh.-Suspiró Impavidus.- Bueno, dejemos los encuentros emotivos para más tarde, ahora vámonos de aquí.- Comentó, mientras se dirigía hacia mí.

-Espera.- Le dijo Zephirus.- Tendríamos que rescatar a los demás, a Mark y Tänze; y a mi pesar, también tendremos que buscar a Nesaricca.

-Zephirus...Tänze ya ha sido juzgado y ejecutado.

-¿Qué? ¿Era posible que ese bastardo muriera?- Dijo Impavidus, alzando la ceja derecha y elevando una sonrisa. La verdad es que era la primera vez que vi a Impavidus sorprenderse.

-Déjalo estar.- Sentenció Zephirus.- Ahora debemos saber cómo huir de aquí.

-Zephirus, tenemos que buscar a una mujer que tenga los ojos de distinto color, ella sabrá dónde ir.- Comenté

-Bueno...digamos que eso tiene que ser difícil, sabiendo que se estará dando una batalla de importancia entre los presos y los carceleros, así como otro tipo de tropas. Por cierto, ¿dónde estamos?

-Pues en una prisión, ¿no lo ves?- Dijo Impavidus, con un excelente aporte a nuestro plan de fuga.

-Sí, eso ya lo sé. Este tío me pone de los nervios.- Dijo Zephirus, apretando ligeramente su puño derecho.- ¿Pero en qué tipo de edificio?

-No tengo ni idea, pero supongo que será algún tipo de prisión dentro del planeta donde combatimos. Esperad un momento...Claro, en los pasillos había carteles de esos de "usted está aquí"; podemos guiarnos por ellos. Vámonos antes de que vengan más carceleros...o algo peor. Vosotros.- Dije, señalando a los que estaban como estatuas, supongo que pensando "¿Quién es este tipo?" o "¿Por qué conoce a esos presos tan raros?"- ¿Os venís?

No dijeron nada, solamente vinieron con nosotros. Tuvimos que bajar una planta para ver un maldito cartel de esos. Allí pudimos ver la disposición de la cárcel. Era de forma alargada, con los distintos pabellones. Tenía tres grandes pisos, que a su vez de dividían en pisos más pequeños. La única manera de salir parecía ser por una gran galería central que recorría todo el edificio de una punta a otra; donde debíamos ir, y nos pusimos en marcha. 

Lo malo de todo eso era que estábamos desarmados y dudo que nuestro enemigo también lo esté; un motín a puñetazos no suele ser muy común, hasta yo lo sé. Como era de esperar, el primer paso de nuestro intrincado plan llamado "dispara y corre" era buscar algún tipo de armería, o algo que se le pareciera. Pero como era normal, las armerías no están señaladas en los carteles; así que nos dispusimos a buscarla.

Impavidus, haciendo uso de una intuición sin precedentes, sospechó que la zona donde se guardan las armas estaría en la otra punta del edificio, donde no estén los criminales más peligrosos por si pasaba algo como...esto.

Vagamos un buen rato por los pasillos hasta que nos encontramos una situación que me resultaba familiar; gente muerta por los pasillos. Eso me recordó a los eventos acaecidos en la nave de Zephirus, con los Genestealers. Pero me di cuenta de algo; lo que no es común no tiene por qué no darse. Se estaba desarrollando un motín, y la gente del pabellón 27-E tiene grandes dosis de venganza acumulada, que dejaban fluir por medio del puño. Normal que fuesen los mayores criminales.

Siguiendo el regüero de destrucción y dientes sueltos por el suelo (lo que me recuerda que yo no tenía colmillo, me lo quitó aquel marine desgraciado), conseguimos dar con alugnos prisioneros liberados, que tenían el cuerpo lleno de sangre, y portaban algún tipo de arma, probablemente un rifle láser o algo de eso (cualquiera sabe, puede que incluso fuera un tubo de esos de la luz). Esos bárbaros podrían coger un rollo de papel y convertirlo en un arma devastadora; siempre me intrigó su inventiva. Supongo que el ser un asesino psicópata te abre algunas puertas al conocimiento de la fabricación de armas.

Seguimos a aquellos tipos desde la lejanía, cuando se chocaron con unos guardias. Sólo he de decir una cosa al resultado de la batalla; sí que era un tubo fluorescente. Ellos continuaron; nosotros los seguimos desde la distancia, como hicimos antes. Corrían más que nosotros, pero nos daba para verlos, al menos para intuir a dónde iban; eso hasta que doblaron en una esquina. 

-¡Corred más!- Gritó Zephirus, quién a pesar de ser el más mayor del grupo (o al menos lo parecía, ya que tenía una barba desarrapada desde que nos capturaron) era el que más corría.

Unos metros antes de que torciéramos la esquina, escuchamos unos disparos de algún tipo de arma automática, como pude ver era un rifle láser sobrecargado, creo (a pesar de haber sido coronel no tenía mucha experiencia con los tipos de armas)

-Aquí equipo 7, hemos limpiando el área 12/3 de presos; continuamos con la 13/3.- Escuché, probablemente de algún carcelero.

Al escuchar eso, corrimos todo lo que pudimos en dirección contraria; pero al final nos vieron. "¡Fuego!" fue lo único que escuché antes de oir el desgarrador ruido de los disparos. Uno de los que nos acompañaban murió en el acto, le dispararon primero en el gemelo derecho, cuando ya no pudo andar, fue acribillado; a los demás no nos paso nada. De repente dejaron de disparar, para escuchar la misma voz que antes "Equipo 7, nos atacan una pareja de individuos cuerpo a cuerpo, no podremos con..." fue lo último que pudo decir. 

Cuando fuimos conscientes de que no había peligro, vimos, en efecto, a una pareja de individuos. Una, según pude ver, era Nesaricca, liberada y con mucha sangre en las manos y en un gran cuchillo militar. El otro individuo me pareció algo extraño, así que decidí acercarme a verlo. Fui corriendo para saludar a Nesaricca, y a su amigo.

Cuando Nesaricca me vio, se quedó bastante sorprendida, se echó para atrás, y casi se cae. El otro individuo, quién estaba mirando los cadáveres y apenas me prestó atención, me miró cuando ya habían llegado los demás a donde Nesaricca y el otro estaban. Cuando me miró ya sabía por qué Nesaricca estaba sorprendida. El otro individuo era alguien muy especial, tanto que Zephirus y los demás tuvieron la misma reacción que ella. Todos, menos, claro, Impavidus (quién estaba mirando las armas de los muertos, esto le importaba bien poco) y yo.

¿Que por qué yo no tuve la misma reacción que Zephirus y los demás? Bueno...es que es difícil explicarlo. Era...ese individuo era...ese individuo era yo.

Capítulo IV: Libertador apócrifoEditar

Y sí, yo era él, y él era yo. Él (o sea, yo) lanzó una sonora carcajada, con la misma voz que escucho cuando yo me grabo en una grabadora o algo así. Todo aquello era muy raro. Con una sonrisa que no había hecho yo nunca me miró y me dijo:

-¿Qué se siente al encontrarse consigo mismo?

Yo, es decir, todos nosotros, no podíamos articular palabra. Había alguien idéntico a mí, con la misma voz, la misma belleza clásica, tod.

-Nesaricca; creo que tengo un doble.- Dijo él, mientras seguía sonriendo. Nesaricca no contestó, se quedó como estaba.- Vamos, no seáis así...

-¿Quién?¿Quién eres?- Pregunté, justo antes de tragar saliva.

-Soy tú, idiota. ¿Es que no lo ves?

-Eso...eso es lo que me inquieta.

-Es complicado.

-¿Cómo?- Pregunté, atónito.

-Oid, creo que debemos irnos.- Dijo Impavidus, quién por fin nos vió a mí y a mi doble.- Vaya...aquí pasa algo raro...Bueno, no tiene importancia; deberíais dejar de estar así embobados y coger un arma, o lo que sea.

Zephirus, después de mí, fue el primero en reaccionar. Cuando lo hizo, decidió ponerse el uniforme de uno de esos soldados muertos, uno que no tenía manchas de sangre; sólo uno las tenía, además de que el tipo que lo llevaba había sido degollado, probablemente por el cuchillo de Nesaricca. Se quitó sus ropas de reo, y se puso la vestimenta. Los dos acompañantes hicieron lo mismo, así como Impavidus y Nesaricca. Quedaba un solo uniforme, y los únicos que no estábamos con él éramos yo y yo. O sea, yo y él. Cuando digo él, me refiero al que tiene el mismo aspecto que yo.

-Vaya, creo que el uniforme ese me pertenece a mí.- Dijo, con bastante descaro.

-¿A tí por qué?

-Porque tú eres una burda copia mía, no hay más que verte.

-¿En serio? Bien, si eres el verdadero, sabrás tu nombre, ¿me equivoco?- Ahí le puse en un aprieto.

-Claro que lo sé. Me llamo Sateroy Gaesa.- Me contestó, con bastante descaro. 

-Ja, eso es mentira. Tú, es decir, yo, no me llamo así.- Dije, pensando en que los otros me darían la razón, cosa que no hicieron. 

En ese momento recordé que no le había dicho mi nombre nunca, ni a Zephirus, ni a Impavidus (quién, por cierto, nunca se interesó por él), ni a Nesaricca (me llamaba hombrecillo patético o algo por el estilo); así que fue normal que no creyeran mi mentira.

La única persona que sabía mi nombre (que por cierto, también era falso y no tan raro como el que se había inventado él) y estaba vivo, era Mark; así que vi como prioridad buscarlo. Por desgracia, el que ahora era a ojos de los demás el Libertador verdadero decidió ir de incógnito durante un tiempo.

-Aquí Equipo 7; en el área 13/3 hemos tenido resistencia. Hemos logrado capturar vivo al organizador del motín, al que llaman "Libertador".- Dijo Sateroy por el comunicador (resulta raro que me llame a mí mismo con otro nombre, sabiendo que ese no era yo)

-Bien, equipo 7; llévenlo al área 1/1 para interrrogarlo. Allí se les asignará una nueva tarea. Los demás equipos despejarán el camino; ese sujeto debe llegar vivo al área acordada, es de vital importancia en este momento.- Nos comunicaron desde el aparato que servía para eso, comunicarse.

-¿Qué?¿Me queréis llevar hasta ellos directamente? ¡Que soy el de verdad!- Grité, pero ninguno me hizo caso.- ¿Qué os pasa?

-Eres el falso. Te llevaremos allí para desvelar la verdad de tu truco.- Contestó Zephirus, creyéndose esa vil mentira.- Y de paso salimos de aquí, este motín no tiene las cartas para durar mucho.

No sé por qué, pero decidí estar en silencio. Por los pasillos, como si supieran a dónde iban, se encaminaban hacia el pasillo central, la galería que recorría toda la instalación. En ésta, sólo había soldados inquisitoriales, con la clásica insignia en su hombrera izquierda y cadáveres de presos. Supuse en ese momento que el motín había fallado. A mí ni me miraban.

Íbamos por la galería central de forma silenciosa, a paso tranquilo pero incesante, y yo no quise decir ni hacer nada; probablemente porque ya había abandonado toda esperanza. Quizás lo mejor sería que ellos pudieran escapar de otra forma, después de mi muerte.

Y allí llegamos. Al final de la galería se alzaba imponente una gran puerta dorada, de la altura de tres hombres y cargada de adornos. Antes de entrar, a Sateroy le examinaron el antebrazo, para comprobar la identificación. No hubo problemas, así que nos abrieron las puertas.

La sala era algo más sobria que la entrada, pero no desentonaba. Suelo de mármol, olor a incienso, y muchas estanterías con libros. En el centro de la sala, en el suelo, pude ver que con losas de mármol oscuro habían hecho una representación del símbolo inquisitorial. La iluminación nos la proporcionaba una gran lámpara decorada en el centro, de esas que llaman de araña, del mismo color dorado que la puerta. Dentro, había un hombre de pie apoyando las manos en una mesa.

-Señor, aquí le traemos al prisionero.- Dijo Zephirus, nada más entrar, ya que fue el primero en hacerlo.

-Excelente; ahora déjadnos solos. Tenemos que hablar de ciertas cosas.- Ordenó ese hombre, quién no dejaba de estar atento a su mesa. 

-Me temo que no, señor.- Saltó Nesaricca.

-Exacto.- Confirmó Zephirus.-Hemos ganado, ahora usted está a nuestras órdenes.

-¿Qué?¿A qué te refieres, soldado?- Dijo ese hombre, ya mirándonos.

-Le estamos secuestrando en este mismo instante, caballero.- Alegó Impavidus.- Así que...suelte sus cosas y póngase en el suelo, o algo.

Yo estaba atónito. No me creía lo que pasaba, parecía que me habían utilizado para llegar a la zona de mando, pero...¿cuándo lo habían planeado? Me volvía a pasar lo mismo. Todos actuaban con madurez, decisión y heroísmo yo, en cambio, no hacía nada. En teoría era el individuo más peligroso de los que había en la prisión...en teoría. En la práctica era un cobarde sin capacidad para decidir ni tener una rápida habilidad para reaccionar. Mientras los demás se acercaban a él para atraparlo, yo me quedé allí, de pie, mirando la situación, atónito.

-Bien, ya basta.- Alegó ese hombre mientas todos le apuntaban.- Ya he tenido lo que quería.

-¿Que qué? Ridículo siervo del Bendito Emperador; ahora nosotros tenemos lo que queríamos.- Gritó, cómo no, Nesaricca.

-No del todo. Vosotros estáis en serios problemas, a no ser, claro, que depongáis las armas. Fíjate, vuestro amigo Libertador, él ha comprendido la situación.

Lo curioso es que no miraba a Sateroy, sino a mí, y me señaló con la barbilla. En realidad yo no comprendía la situación, siquiera recuerdo estar pensando en algo en esa situación. Definitivamente, me bloqueé.

-Habéis perdido, reconocedlo.- Volvió a insistir.- ¿No os dáis cuenta, verdad?

-¡Desgraciado, te voy a mandar al seno del Emperador por vía urgente!- Gritó Nesaricca, cada vez más amenzadora.

-¿De verdad? Bueno, va siendo hora de que muráis de una vez por todas.

De pronto, como un rayo, Sateroy sacó una pequeña arma blanca de alguna parte (no lo recuerdo exactamente de dónde), no mayor que un alfiler y haciendo gráciles y rápidos gestos, se la clavó a todos los que iban con ella; es decir, los que me llevaron apresado. Impavidus fue el único que opuso cierta resistencia, pero Sateroy le propinó una patada en el abdomen y le clavó el instrumento en la espalda. 

-Maldita sea, esto no debía pasar.- Comentó el hombre, entre dientes.- Bueno, me veré obligado a matarte ahora.

No se dirigía a mí, sino a Sateroy. De su cinto sacó una pistola y comenzó a dispararla contra él. Recuerdo bien esa pistola porque era una de esas antiguas que disparan proyectil sólido.

Sateroy las esquivaba con muchísima agilidad, a pesar del uniforme de soldado inquisitorial. Consiguió parapetarse detrás de una gran mesa, que la había tirado momentos antes. En ese momento, el hombre dejó de disparar, ya que necesitaba recargar su arma. Ninguno de los dos me estaba mirando, así que aproveché la ocasión. Vi que ese hombre tenía otra pistola, esta vez una pistola láser, cerca de donde yo estaba; sólo necesitaba hacer un rápido movimiento y disparar a esos dos desgraciados en la cara para acabar con esto de una vez...o al menos acabar con ellos. Y eso hice.

Cogí la pistola, apunté a aquel hombre, apreté el gatillo, él apretó el suyo y...él mató a Sateroy. De un certero disparo en el cuello, directo a la yugular (o al menos eso me parecía). De todas formas el disparo fue mortal y la muerte instantánea; cayó abatido al instante. En cambio, cuando yo apreté el gatillo no pasó nada. Resultó que la pistola estaba sin batería, cosa que no me hizo demasiada gracia.

-¿De verdad creías que iba a dejarte un arma cargada para que tú la pudieras usar contra mí?- Me dijo, soltando una carcajada.

Enseguida, empezó a dispararme. Logré esconderme detrás de una de las cuatro fastuosas columnas que rodeaban la sala. 

-No queda esperanza, está todo perdido. No prorrogues lo inevitable.- Me decía mientras recargaba.- Tu muerte va a ser inmediata si te entregas; de otro modo, sufrirás de forma inimaginable.- Continuaba diciéndome, sin, según parecía, moverse.- Yo estoy armado, tú tienes una mísera pistola láser sin recargas, es lo más parecido a estar indefenso que conozco.

"¿Indefenso?" me pregunté. Me di cuenta de algo. No estaba indefenso, tenía mi última baza; mis, según decían increíbles cualidades psíquicas. Sólo era cuestión de pensar y tranquilizarme un poco, sólo cuestión de tener voluntad y dejar frito a ese desdichado con un buen rayo disforme. En ese momento me acordé. La esfera. Esa esfera era la solución al problema. Cuando me acordé de ella, ya la tenía en la mente. La cabeza empezó a dolerme, las manos marecían arderme, los ojos se querían salir de su lugar.

-¡Vamos, sal! ¡No me obligues a ir a por ti!- Me gritó

En ese momento salí de mi escondite. Mis manos empezaron a soltar chispas. Me encontraba tranquilo pero nervioso al mismo tiempo, sabiendo que la jugada puede que no me saliera bien. Con un rápido gesto hice el amago de lanzar mi mano derecha hacia él, y salió un maldito rayo; el cual le impactó de lleno al hombre, le dio en el pecho. Haciendo lo mismo con el brazo izquierdo, esta vez el rayo le dio en la pierna izquierda, a la altura de la espinilla. En ese momento me sentí como no me había sentido nunca. Me dolía la cabeza y me ardían las manos, pero estaba eufórico, tanto que solté una risa muy sádica. En ese momento, cuando iba a lanzar un tercer y último rayo, alguien me puso la mano en el hombro diciendo "Ya es suficiente".

Capítulo V: Cum finis est licitus, etiam media sunt licitaEditar

Miré hacia atrás, los ojos paraban de dolerme, las manos de arderme; parecía que me estaba tranquilizando. Era ella, la mujer de los ojos de distinto color; ella me había parado.

-Ya es suficiente, Libertador; ya has demostrado lo que él quería.- Me dijo, sin apartar la mano de mi hombro.

-Exacto, no es necesario que me mates.- Continuó el hombre, mientras se ponía en pie. Parecía que los rayos no le habían causado más que un leve dolor temporal.- Quizás no sepas quién soy ni por qué he hecho esto.

-Vamos Viel, no seas así. Deberías contárselo.- Interrumpió ella, acercándose al hombre y apartándose de mí.

-Cierto, ya que va a tener que estar a mi lado durante...bastante tiempo. Yrplea, ve a mirar los cuerpos; despiértalos.

¿Que los despierte?- Grité, con sumo enfado.- ¡Los ha matado ese maldito doble mío!

-No tienes ni la más remota idea de lo que pasa, ¿verdad?- Dijo Yrplea, con una leve sonrisa.- Viel, no le dejes con ese sufrimiento más tiempo.

-Claro que no. Bueno, habrá que empezar ab initio. Según mis archivos, eres un personaje misterioso: Apareciste de la nada, te hiciste con el mando de una turba de esclavos posteriormente convertido en un Regimiento, y ahora resulta que eres un psíquico. Cada vez eres más interesante...

-Espera, ¿quién eres? ¿por qué soy interesante?- Pregunté, atónito.

-Soy Viel Fhragen, Inquisidor del Ordo Xenos. Y tú, mi querido Libertador, eres uno de mis nuevo acólitos.

-Viel, todavía no están despiertos, puede que tarden unos minutos.- Saltó Yrplea, mientras examinaba los cuerpos de los demás.

-No importa, primero se lo explicaré a Libertador. Quiero que seas mi acólito personal. Podrás servir al Imperio de una forma que no puedes ni imaginar. 

-¿Y qué pasa si me niego?- Pregunté, refunfuñando.

-Morirás hic et nunc, con toda probabilidad.

-Puedo escapar, no sería la primera vez que lo hago.

-¿Escapar?- Dijo Viel, lanzando una carcajada.- ¿Hacia dónde?

-Hacia el exterior. Una vez fuera de este lugar no volverás a verme. Este mundo es muy grande, jamás me encontrarías.

-Viel, creo que ya se encuentran en la fase 2.- Comentó Yrplea, ajena a nuestra conversación.

-¿No sabes dónde estamos?

-En una prisión, supongo.

-¿Una prisión? Es verdad, no lo sabes... Veamos...Te sería imposible realizar tu plan de escapar, y también el plan de tus amigos de hacerse con el control del "edifico". Te encentras en una nave espacial, y en este mismo momento estamos viajando por la Disformidad, así que te resultaría muy difícil escapar de aquí.

-¿Disformidad? ¿Pero cuándo?

-Fase 3, a punto de estar conscientes. Viel, ya se lo explicas a todos.- Dijo Yrplea.

-Bueno Libertador; tus amigos ya están despiertos; diles que tengan las manos quietas.- Me ordenó Viel.

-¿Qué nos ha pasado?- Dijo Zephirus nada más abrir los ojos.

-Ese hombrecillo nos ha hecho algo, matémoslo y salgamos de aquí.- Gritó, como era de esperar, Nesaricca.

-Estaos quietos.- Les dije.- Este hombre tiene mucho que explicarnos.

-Cierto; Libertador tiene toda la razón. Como le he dicho antes, hay que remontarse ab initio habéis pasado mi prueba summa cum laude.

-¿Qué significa eso?¿Qué prueba?- Preguntó Zephirus, con cierto tono de preocupación.

-Muy sencillo. Vuestro juicio, vuestro encarcelamiento...todo ha sido una prueba para demostrar vuestra valía. 

-¡Maldito traidor! ¡Te mataré!- Vociferó Nesaricca, antes de ir a por él.

-Según recuerdo, eres, o más bien eras, Hermana de Batalla. Lamento no haberme presentado a todos, soy Viel Fhragen, Inquisidor del Ordo Xenos.

En ese momento, Nesaricca se detuvo, con mirada estupefacta.

-Si la señorita me deja continuar...perfecto. Libertador, creo que conociste a Yrplea antes, creo que fue ella quién te liberó.

-No. Fue un carcelero que mató a otro. Ella estaba allí y el carcelero desapareció.- Puntué.

-Error. Era Yrplea. Tiene la curiosa habilidad de cambiar de forma a placer. Me temo que he de explicar todo el plan. Cuando fuisteis capturados, se os sometió a juicio por un orden teóricamente arbitrario. El comisario loco no me interesaba, así que dejé que los miembros del tribunal decidieran libremente su sentencia, que para su desgracia fue la muerte. Después iría Libertador. Yrplea estaba allí a la espera a que se lo llevaran, tomando la forma de uno de los carceleros. Después pasó lo que ya sabes, mató al otro carcelero y te dejó libre, no sin antes tener lo necesario para acordarse de tu aspecto para copiarlo. te dijo dónde ir para liberar a tus compañeros, y después fue a rescatar a tu amiga la hermana. Con tu apariencia, ella no sospecharía nada. Cuando ya fuiste a rescatar a esos dos, ellas dos ya se habían ido. Como distracción, liberaste a todos esos psicópatas, y yo puse a mis soldados en circulación por la nave. Ellos no son carceleros, no se dejan morir tan fácilmente. Era cuestión de tiempo que los dos grupos, el tuyo y el del Yrplea se encontrasen, y que os encontrárais con uno de mis equipos represores de presos. Esos soldados no durarían mucho, dadas las habilidades combativas que tiene Yrplea. Ahora había dos Libertadores, lo que sembró la duda en vosotros, pero como Nesaricca iba con Yrplea sin hacer nada para matarla o insultarla, confiásteis en ella. Usásteis los uniformes para llegar a la cabeza de mando, o sea, a mí. Esperaba que Libertador estuviera atado para deshacer la resistencia armada más fácilmente, pero no fe así del todo. Yrplea os proporcionó un somnífero de efecto rápido, casi instantáneo para simular la muerte. Yo combatí con ella, que entonces se llamaba...¿cómo te llamabas?

-Sateroy Gaesa.- Contestó ella.

-Eso era. Combatimos haciendo teatro, ella no recibió ningún disparo, pero sin embargo cayó como si lo hubiera hecho. En ese momento entraste tú. Pensé que harías algo brillante para salir de esa situación, pero lo que hiciste me sorprendió en demasía. Esos poderes psíquicos de tanto nivel...

-Espera, ¿este desgraciado es una abominación psíquica?- Saltó Nesaricca.- ¡Me repugnas!

-Hablaremos de eso luego, querida. Todos y cada uno de vosotros habéis superado mi prueba, enhorabuena, sóis dignos de ser mis acólitos.

-Todo, es decir, todas esas muertes...¿las tenías planeadas?- Le dijo Zephirus, tragando saliva con cada palabra que gesticulaba.

-Claro.

-¡Eres un monstruo!- Gritó él, con cara de terror.

-No exactamente. Verás, en el millón de mundos del Imperio, cientos de miles de hombres jóvenes están naciendo ahora mismo. Hombres que serán fuertes, valientes, y...leales. Hombres como los míos, como mis soldados. También se da el caso contrario, como podemos ver en los presos. Esos hombres iban a morir de una forma u otra. Además, tanto soldados como presos serán repuestos con toda probabilidad en el próximo planeta donde lleguemos. Pero en cambio, gente como vosotros, resueltos, hábiles...sois supervivientes natos; no os regís por la disciplina férrea ni por el honor; tanto personal como colectivo. Bueno, ya que os he explicado el plan; os lanzo mi proposición; la de ser mis acólitos y guardaespaldas personales.

-¿Cómo vamos a aceptar eso después de todo lo que nos has contado?- Salté yo.

-Muy sencillo. Tú y los tuyos no tenéis dónde ir. Yo os puedo proporcionar protección y una vida de dedicación al Emperador de una forma que nunca habríais soñado. Os doy diez minutos para decidir; ser mis acólitos, o morir ipso facto. Yrplea, vámonos. Recordad, tres minutos.

Capítulo VI: Diez minutosEditar

Ambos abandonaron la sala, dejándonos solos. Al cerrar la puerta, todos parecimos quitarnos una seria tensión de los hombros.

-La elección es obvia, ¿no?- Dijo Impavidus, siendo el primero en pronunciarse.- Nos uniremos a ese Inquisidor.

-No es tan sencillo.- Inquirió Zephirus.- Pensadlo detenidamente. Ese tipo ha matado a muchos de los suyos sólo para que estemos aquí. Lo tuvo todo planeado.

-Pues entonces no hay otra opción, nos unimos a él; yo no quiero morir.- Comenté.

-Calla, mutante; tú no tienes voto aquí. Deberías estar muerto.- Me dijo Nesaricca, al darse cuenta de que era psíquico.- Reza por que no te haya matado en este mismo momento.

-No te has dado cuenta de que lo era antes de verme; así que no ha cambiado nada.- Alegué.

-¡Silencio!- Grito Zephirus, harto de ver discusiones.- Tenemos que decidir ya. Yo voto por ayudarlo ahora; ya decidiremos qué hacer cuando tengamos oportunidad de irnos. Y si lo que dice es verdad, y lo más probable es que lo sea, tendremos una posición ventajosa en la purga de xenos. Además, ese tipo tendrá un plan para nosotros, como lo ha tenido antes de esto.

-Razón de más para desconfiar de él.- Alegó uno de los que nos acompañaba, nunca supe su nombre.- Puede que seamos otra parte de ese plan.

Al decir esto, estuvimos en silencio. Ndie se atrevió a decir nada, supongo que fue porque estuvieron pensando acerca de la decisión que tomar. Puede que realmente nos quiera, o puede que nos utilice y nos de una puñalada por la espalda cuando menos esperemos; pero de todos modos, la otra alternativa era la muerte, así que...

Pero pasaba algo raro; ya que estábamos pensando morir para no servir a ese tipo tan despreciable, pese a ser Inquisidor (que en ese momento no estaba seguro de dónde se encontraba un Inquisidor en la jerarquía Imperial, pero por los medios que disponía debía de estar en un lugar bastante alto). 

-Prefiero morir.-Dijo Zephirus, rompiendo el silencio.- Me temo que he cambiado de opinión. Gente como esa no debe de servir al Emperador.

-Tiene razón, no tenemos que servir a ese maldito.- Comentó el otro que nos acompañaba, que no sé que pintaba ahí, pero bueno.

-Yo sí quiero servir al Inquisidor, por el bien del Emperador. Mis hermanas estarán buscándome; probablemente en el próximo planeta que paremos él me deje ir a un convento. -Dijo Nesaricca.- Vosotros podéis morir si queréis eso, yo decido servirle.

-Esperad un momento. Debemos estar todos de acuerdo; nos querrá como equipo, no como individuos.- Defendí.- Así que a consensuar toca.

Tras esto, como era de esperar, nos pusimos a gritarnos unos a otros como locos. Nesaricca metiéndose conmigo por ser psíquico, Zephirus peleado con el "idealista" (no logré nunca saber cómo se llamaba) e Impavidus, como siempre, a lo suyo.

-Tíos, ¿y si ayudamos a ese tipo y nos largamos cuando tengamos oportunidad?- Comentó Impavidus, quien se hartó de dar vueltas por la sala viendo que no había nada para sentarse.

-¡Pero si eso es lo que yo he dicho antes!- Le vociferó Zephirus.

-No lo he escuchado, ¿me perdonas?- Respondió él, con un tono sarcástico.

-¡Lo que voy a hacer es matarte!- Siguió gritando él, a lo que se puso a perseguirle.

Todo fue muy confuso. En ese mismo momento, Nesaricca se abalanzó sobre mí y dejándome en el suelo tirado, me cogió de las muñecas poniéndomelas contra el mismo. Estábamos en una situación complicada, ya que si intentaba deshacerme de ella, debería hacerlo a una velocidad de vértigo, ya que tenía sus rodillas cerca de...un lugar delicado de mi cuerpo, no creo que haga falta especificar más.

-¿Qué haces?- Pregunté, mientras una gota de sudor frío empezó a correrme por la frente; ella era capaz de matarme a cabezazos.

-¿Por qué?- Dijo ella.- ¿Por qué tú?

-¿Que qué? ¿Por qué yo? ¿De qué hablas?

Al decir esto, miré a Nesaricca a la cara. Sus ojos estaban lacrimosos y enrojecidos, no estaba movida por la pena, era algo más. Pero justo cuando Nesaricca intentó explicarse, la puerta se abrió de nuevo. De ella salieron el Inquisidor e Yrplea.

-Diez minutos. Hic et nunc os toca elegir.- Dijo él, nada más entrar. Después, nos vio detenidamente. Zephirus persiguiendo a Impavidus, Nesaricca encima mía y el "idealista" sentado con las piernas cruzadas en el suelo, con los ojos cerrados, pensativo. Al ver eso, miró a Yrplea, preguntándole con la mirada si había hecho bien en no matarnos.- Esto...¡estoy aquí, acólitos míos!

En el momento en el que alzó la voz, todos paramos. Nos habíamos olvidado completamente del asunto. Le miramos atentamente.

-¿Y bien?- Preguntó Fhragen.

-Yo me niego a ser tu mísero servidor.- Dijo el idealista, siendo estas sus últimas palabras, previas a que Fhargen le disparara con una pistola bólter en la cabeza, la cual explotó en mil pedazos.

-¿Alguien más?- Siguió preguntando, mientras se enfundaba su pistola.

No recordábamos a alguien. Uno de los presos que se escapó con nosotros, a quién no tuvimos en cuenta. Nada más irse el Inquisidor e Yrplea se escondió detrás de la puerta, con un cuchillo de combate que sacó de su disfraz de soldado. Justo cuando Fhargen guardó su pistola, el tipo se abalanzó sobre él cargado de furia asesina; estando el Inquisidor de espaldas.

Con unos hábiles reflejos, Fhargen se volvió y se movió a la derecha, esquivando la puñalada. En ese instante, sacó mediante un rápido gesto su pistola otra vez. En el momento en el que ya la desenfundó, el otro volvió a atacarlo, esta vez intentando clavarle el cuchillo, pero Yrplea sacó otra arma blanca, esta vez estaba localizada en su espinilla derecha, y con un rápido gesto le cortó el brazo a la altura del codo (más o menos).

En ese festival de sangre saliendo como una fuente y gritos de dolor del mutilado, Fhragen le disparó dos veces, la primera no acertó porque no dejaba de moverse en el suelo, gritando de dolor. Al segundo disparo, el atacante murió, Yrplea se guardó su arma y Fhragen hizo lo mismo. 

-Bien, después de este incidente desafortunado, ¿alguien más se opone?

Capítulo VII: Los demoniosEditar

Me quitaron esa ropa y me dieron una nueva; nada raro, unos pantalones y una camisa, teniendo esta última el símbolo de la Inquisición en el pecho, en el lugar del corazón, creo que tenía esa simbología. Me dieron comida en un comedor bastante grande, creo recordar que era carne con una salsa picante de color verde. Después de eso me condujeron dos soldados a un compartimento de la nave, a partir de ese día fue mi habitáculo.

Nada especial, una estantería, un escritorio, un armario empotrado y una cama; todo muy sobrio; salvo por una cosa bastante curiosa, las luces tenían forma de candelabro. Allí, en cuanto me dejaron los soldados, me tumbé en la cama y me puse a pensar sobre todo lo que había pasado. En realidad era mi primer momento de tranquilidad desde hacía ya mucho tiempo. ¿Sobre qué pensé? Bueno, en primer lugar sobre si la decisión fue acertada. Cuando decidí que tomé la elección acertada, me puse a pensar en Nesaricca; qué le habría pasado para que se abalanzara sobre mí de ese modo. Ella debía de estar pasándolo francamente mal; ya que fue alejada de sus hermanas y todo eso, sumado a que descubrió mis habilidades psíquicas, y según sé, las Hermanas de Batalla y los psíquicos no se suelen llevar bien, sobre todo si esos psíquicos no están sancionados.

Decidí en aquel momento que debía hablar con ella, y supuse en ese momento, mientras me ponía en pie, que me estaba encariñando con ella; eso y que me dio un dolor de cabeza tremendo por levantarme tan rápido. Salí de mi nueva habitación en busca de ella, y a los cinco minutos la encontré. ¿Que cómo lo hice tan pronto? Bueno, sólo tenía que preguntar a la gente si habían recibido algún escupitajo o una patada en sus...zonas privadas. El resto fue fácil y en nada estuve delante de la compuerta de su habitáculo. 

-¿Nesaricca? ¿Estás ahí?- Dije, mientras le daba golpes a la puerta.

Como nadie contestó decidí abrirla, pulsando el botón azul; más tarde descubrí que el otro, el naranja servía para bloquear la puerta. En cuando abrí la puerta allí la ví, tumbada en la cama, mirando hacia el techo, es como si la hubiesen puesto en un ataúd, estaba en esa misma postura.

-Nesaricca...-No me dio tiempo a continuar.

-¿Por qué tú?- Me dijo, antes de lanzarme una mirada fugaz y asesina. Dejó de estar en esa postura y apoyó su espalda en el cabecero, que no era más que la pared de la habitación; que por cierto era más grande que la mía.

-¿A qué te refieres?

-¿Por qué tú tuviste que ser un apestoso mutante psíquico?

-No soy un apestoso mutante, no te habrías dado cuenta si no me hubieras visto, no soy diferente a ti. 

-Sí que lo eres. Deberías...

-¿Debería qué?

-Deberías estar muerto, pero yo...-En este momento se le saltaron las lágrimas.- ¡Pero yo no quiero matarte!

-Pues no me mates.- Dije conservando la calma, ya que se notaba que ambos estaban bastante nerviosos. Cuando dije eso, ella se sentó en la cama y se puso los brazos en la cabeza, viendo yo el momento oportuno para acercarme a ella y tranquilizarla. Cuando le pasé el brazo por encima del hombro, ella se apartó de un rápido movimiento, pero parecía que no quería alejarse.

-Nesaricca...¿qué te pasa?

-Es que...

-Puedes contármelo, no voy a decirle nada a nadie.

-No...

-¿No qué?

-No deberá decírtelo...me trae recuerdos...- Esto último lo dijo secdándose las lágrimas con el brazo.

-¿Recuerdos que quieres olvidar? Nesaricca, yo también tengo de eso. Probablemente no te he contado que, cuando tenía trece años o eso recuerdo, una noche iba hacia...no, espera; creo que eso ya te lo he contado. Venga, ¿qué te pasa?

Ella me lo contó. Su pasado había sido horrible. Por lo visto, unos Guaridas Imperiales tomaron a Nesaricca como "botín" de guerra tras una ofensiva contra los Orkos. Fue maltratada, violada y despojada de todo lo que tenía, todo excepto la fe en el Emperador de que algún día su salvación iba a llegar. Según parece, esa...creo que era una escuadra, fue juzgada por...no sé, tengo lagunas acerca de ello. El caso es que fue juzada por alguien y a Nesaricca se la llevaron para ser Hermana de Batalla, ya que cumplía de sobra los requisitos. Supongo que de ahí le viene esa adversión a la Guardia Imperial. Resulta bastante extraño que no recuerde la historia de Nesaricca pero sí todo lo que me ha pasado. Supongo que no soy muy bueno contando la historia de terceras personas o que en ese momento no consideré oprtuno escucharla. De cualquier modo, ella estaba más tranquila después de contarme eso. 

-Gracias.- Me dijo. Sus ojos ya no soltaban lágrimas y empezó a sonreir.- Después de todo, no eres ningún engendro mutante, sólo eres un poco feo.- Tras esto, nos reimos los dos como idiotas. Era la primera vez que no parecía una maniática chiflada, algo que me gustaba. Pero eso se cortó muy pronto. 

Se avisó por megafonía que los nuevos reclutas (oséase, nosotros) debíamos de presentarnos en el despacho del Inquisidor tan pronto como fuera posible, cosa que hicimos todos menos Impavidus. Él llegó, como de costumbre, unos momentos más tarde y con un aplomo que le era propio.

-Bien, ya que estamos todos, os voy a informar de vuestra tarea.- Comenzó el Inquisidor, sentado en un sillón mientras nosotros formábamos de pie frente a él. Yrplea no se encontraba allí.- En esencia sois mis acólitos, es decir, estais aquí para aprender. Pero concretamente estáis aquí para servir a mis fines, como yo sirvo a los fines del Emperador. Por lo pronto, mis fines se centran en un planeta al que llegaremos en breve, en el que actuaremos de incógnito. La Entelequia nos dejará allí, así que no tendremos apoyo.

-¿Entelequia?- Preguntó Zephirus.

-Sí, es el nombre de esta nave. Por desgracia, no es nuestra. Podría expropiarla, pero no me sirve; así que nos acercarán al planeta en cuestión.

-¿Se puede preguntar nuestra misión?- Volvió a hablar Zephirus.

-Eres lanzado ¿eh? Bueno, digamos que sabemos de la existencia de un individuo realmente peligroso allí.

-¿Cómo de peligroso?- Preguntó, esta vez Nesaricca.

-Más peligroso de lo que puedas imaginar. Es un xenólogo, encargado de examinar y estudiar los distintos artefactos xenos encontrados. Nuesta misión consistiría en...detenerlo. Ahora que ya lo sabéis, se os proporcionará el equipo adecuado para la misión, que puede que dure unas horas, días, o incluso varios meses por no decir años. Por supuesto la misión es alto secreto, así que no la contéis por ahí. Y ahora, marchad a vuestros habitáculos. 

Al irnos de allí, Zephirus preguntó a Nesaricca lo que yo le cuestioné, el por qué me atacó. Ella reaccionó conforme a su estado anterior, gritándole. Con esto, di por entendido que ya se encontraba mejor, gracias al mutante psíquico. En ese momento sonreí y, como había dicho Fhragen; me fui a mi habitáculo. 

Una vez allí, me encontré con algo que no debería estar. En primer lugar, en mi cama había una ropa de corte bastante elegante. Pero lo más sospechoso de todo es que sentado en la silla, con las piernas elevadas sobre la mesa, y fumando se encontraba un tipo bastante raro. Tenía mi habitáculo lleno de humo y el suelo colmado de colillas. 

-¿Quién eres tú y qué diablos haces aquí?- Grité.

-Tranquilo bro, solo vengo de visita, no sería lógico no saber quiénes son mis nuevos compañeros, ¿verdad?- Al decir esto, se puso de pie rápidamente, y la silla comenzó a girar sobre sí misma.- Así que tú eres uno de los nuevos jugutes de Fhragen, ¿eh, bro?

-¿De qué hablas?- Pregunté, atónito, al verlo. Era un tipo blanco como el mármol, vestido ridículamente con una camiseta negra de tirantes y una especie de pantaloncillos que no llegaban apenas a sus muslos. Sus piernas, llenas de pelo, eran largas y fuertes, pero combinado con el blanco de su piel, tenía un tono más bien ridículo. En su antebrazo derecho tenía una gran cicatriz que abarcaba desde el hueso de la muñeca hasta el pliegue del antebrazo. Su pelo era de un suave color marrón, algo largo, peinado hacia atrás. Tenía los ojos también marrones. Su tono de voz resultaba siempre exaltado y desafiante, mientras me miraba con una sonrisa burlona a la vez que con su mano izquierda movía su cigarrillo de un lado a otro cada vez que hablaba.

-No, de nada bro. Sólo digo que si tú puedes ser al que llaman "Libertador".

-Sí, así es.

-¡Ja!- Rió, con una sonora carcajada y un exagerado gesto.- ¿Tú eres Libertador? Eres demasiado joven, ¿no bro? Bah, da igual, sólo venía a saber quién eras, creo que me pasaré por donde tus compañeros para conocerlos. Un servidor te ha dejado esa ropa, pruébatela, será tu "uniforme de combate". Y yo ahora me largo bro. 

-Espeera. ¿quién eres?

Ese tipo tan raro guipó al soslayo antes de salir y me dijo "No deberías saberlo". Tras esto, se volvió a reir como antes, y lo perdí de vista. 

Capítulo VIII: Pobres gentesEditar

Mi "uniforme de combate" resultó ser una vestimenta de corte elegante; una especie de traje de color negro, me quedaba pero muy bien. Tras esto, me lo volví a quitar cuidadosamente para dejarlo como estaba. Bueno, como estaba no, lo puse en el armario y me acosté, para levantarme unas diez horas después.

Creo que eran diez horas exactas, según decía el reloj con el horario terrano de veinticuatro horas. Dos o tres minutos después de levantarme, la alarma sonó para señalar la salida de la disformidad. Otra vez me vino el dolor de cabeza, esta vez como una patada en la nuca, recuerdo perder el equilibrio incluso. Decidí salir a la cantera para comer algo, ya que junto con el despacho del Inquisidor y el habitáculo de Nesaricca era el único lugar al que sabía cómo ir sin perderme. Una vez allí me pusieron algo con verduras hervidas, no estaba muy bueno, pero estaba hambriento así que no tuve demasiados miramientos.

Volví a mi habitáculo y allí estaba Nesaricca, con un vestido de color beige, algo corto, y su pelo suelto no recordaba que fuese tan largo; le llegaba por la mitad de la espalda. Allí me esperó sentada, limpiándose las manos con las sábanas de mi cama.

-¿Qué haces aquí?- Pregunté, mientras con el dedo índice izquierdo me quitaba algo que se me había quedado en la muela después de comer.

-Vístete, tenemos que estar en el hangar tres en media hora.- Terminó de limpiarse las manos, resulta que era algo rojo.

-¿Eso es sangre?

-Sí, es que he tenido un contratiempo.

-Ya veo...¿Y qué haces aquí?

-Intento evitar que ese contratiempo me persiga.

Todo aquello era muy raro, pero hice caso omiso a lo que pasó. En quince minutos logré vestirme (qué guapo que estaba, aunque Nesaricca dijera lo contrario) y nos fuimos ya al hangar tres. Allí nos esperaron Zephirus (vestido también de manera elegante, pero al ser mayor que yo, parecía más respetable) e Impavidus vestido con algo parecido a un chaleco de color azul ascuro con una camisa amarilla, y los pantalones también azules, del mismo color que el chaleco.

-¿Por qué nos hemos vestido así?- Le pregunté a Zephirus, ya que Impavidus iba a lo suyo mirándose los bolsillos de su chacleco-

-No lo sé, tal vez tengamos que infiltrarnos donde sea.- Supuso él.

-Correcto, señor Spei.- Todos nos miramos hacia atrás y allí estaba el Inquisidor, vestido más o menos como nosotros, con un discreto traje gris y un bastón el cual no necesitaba, más bien sería como adorno.

A sus flancos estaban Yrplea, vestida con un ceñido ropaje negro, y el tipo ese raro que se presentó en mi habitáculo y me puso los pelos de punta. Ahora iba vestido con una indumentaria un tanto rara; con un traje de color morado, y un pesado abrigo de color blanco con franjas negras irregulares sujeto por los hombros. El tipo tenía un pañuelo dentro de la nariz, supuse entonces que había sangrado hace poco.

-Nesaricca.-Susurré.-¿Es ese tipo tu contratiempo?

-Sí, entró en mi habitáculo mientras me estaba poniendo este vestido.

Ahora las cosas empezaron a cuadrar. Ese idiota recibió un puñetazo de la buena de Nesaricca; yo se lo habría dado, pero ¿y si ese desgraciado resultaba ser alguien importante?

-Caballeros, dama; lamento no haberles presentado a mi buen amigo e interrogador principal, Gab Stodder.

-¿Qué hay, bros?- Saludó el maldito, alzando la mano con bastante dejadez.

-Bien, tenemos que irnos. Dejaremos la Entelequia ahora, así que despedíos de ella, no volveremos a verla nunca más. 

Y sin más charla, nos movimos hacia una nave pequeña para poder entrar en órbita y así desembarcar. Cuando nos acercamos al planeta, pude verlo. Una gran roca de color gris con grandes círculos en diversos puntos. Yo sabía lo que esos círculos representaban, eran ciudades colmena; nos dirigíamos a la más grande de ellas.

-Señor Inquisidor.- Comenté.- ¿Por qué vamos así vestidos para cazar a ese xenólogo?

-Bueno...va siendo hora de que os lo cuente. Vamos a una fiesta del gobernador planetario. Tenemos información relevante acerca de la ubicación del xenólogo, sabemos que antes de que se alejara de la luz del Emperador era un respetado científico entre los nobles de este lugar.

-Entonces nuestra misión sería infiltrarnos y recabar información sobre dónde se puede encontrar ese xenólogo, ¿me equivoco?- Interrumpió Zephirus.

-No, señor Spei, no se equivoca en absoluto. Ni que decir tiene que el único que conoce nuestra verdadera identidad es el mismísimo gobernador. Para el resto somos una familia noble de un planeta cercano, que celebramos un trato comercial. ¿Alguna pregunta más?

-Sí Fhragen. No me ha quedado muy claro...¿hay alguna chica guapa por los alrededores?- Comentó Gab mientra, se echaba el pelo hacia atrás con la mano izquierda.

-Alguna habrá, supongo. Pero no te entretengas demasiado.- Le advirtió el Inquisidor.

-Claro, de todos modos habrá que internarse bien en el sistema, ¿no es así? Y yo sé un modo muy bueno para hacerlo.- Dijo, tras lo cual lanzó otra de sus sonoras carcajadas.

Todo aquello era demasiado raro para ser una misión secreta. Ese tipo...tenía algo que no me gustaba aunque cuando echo la vista atrás no es desde luego el tipo más raro con el que me haya encontrado.

Un rato después de esa charla, llegamos a un espaciopuerto pequeño en una de las zonas más altas de la ciudad. Allí desembarcamos para ver que no eramos los únicos. Decenas de lujosas naves estaban estacionadas allí, todas bastante lujosas y adornadas. Avanzamos un poco hasta llegar a una gran avenida donde gente vestida de gala paseaba de un lado a otro. En los lados, edificios de seis o siete plantas y con una fachada terriblemente adornada se disponían a lo largo de esta. A lo lejos se podía divisar una gran estructura, que empequeñecía al resto de edificios, ya que podría tener cerca de cien o ciento veinte plantas, de color blanco y azul y de una forma que no llegaba a ser del todo redonda ni cuadrada. Era gigantesco, supuse entonces que esa gran aguja era la cúspide última de la ciudad, así que se alzaría por decenas de kilómetros por encima del suelo. 

Allí continuamos por esa gigantesca avenida llena de coloridas luces artificiales. Eso me recordó a mi planeta de origen, también una colmena; pero estaría mucho, mucho más abajo. "¿Así que esto era lo que tenían aquí arriba?" pensé. Todo aquello era grandisos, y cada vez que nos acercábamos a aquel gran edificio me parecía más y más grande.

-¿Algo más que debamos saber, Inquisidor?- Preguntó Zephirus, que se encontraba detrás de él, quién iba en primer lugar con su bastón y Gab.

-Ah, sí. Todos somos hermanos y nos llamamos los unos a los otros así.

Por fin llegamos a la entrada del gran edificio. A los lados de la mastodóntica puerta color azul se encontraban guardias vestidos con ropas muy ornamentadas, no preparados para el combate, sino que parecían meras estatuas dignas de admirar; nada más.

Cuando entramos allí...por el Emperador, era todo aquello...magnífico. Una gran plaza interior con una gran fuente en el centro, a un lado, una gran orquesta de música era un mísero entretenimiento ambiental. Allí, al mirar hacia arriba, se podía ver el techo del último piso, las distintas plantas se disponían alrededor de esa gran fuente, que echaba agua de colores; todo muy bonito, para ser sincero. 

Cuando quise darme cuenta, los demás se habían ido; me había quedado ensimismado con aquella obra tan magestuosa. Bueno, todos menos...Impavidus. Allí estaba el tío, mirando hacia todos lados con indiferencia.

-¿Y los demás?- Pregunté.-¿Dónde se han ido?

-No sé, creo que estaban buscando algo y se han separado. Voy a dar un paseo, ¿vienes?

-¿Un paseo? Creo que tenemos que recoger información de estos individuos.

-Vamos, no seas así; hay tiempo para todo. Relájate un poco hombre. Mira, creo que por ahí sirven copas.

Y vaya si las servían. Había allí un tipo con una bandeja repleta de copas de algún tipo de bebida espumosa, y alrededor de ese tío estaba, cómo no, Gab hartándose de beberlos. Yo decidí alejarme de él junto a Impavidus.

-¿Qué te parece ese tío tan raro?- Le pregunté.- ¿Te cae bien?

-Bueno, mejor que tú.- Dijo, entre risas.

-Qué gracioso. Oye, busquemos a otro de esos tipos con bandejas, que me hace ilusión beber algo.- Dije, evitando la conversación con él.

-Yo me quedo por aquí, o buscaré un sitio donde sentarme.

-Bah, no seas así. Es que si no me perderé entre toda esta gente.

Zephirus se encontraba como en casa. Lo vi de soslayo con un grupo de unas cinco personas contando batallitas y los otros riendo; por lo visto el antiguo soldado penal tenía un hueco entre la aristocracia. Nesaricca, en cambio, estaba gritándole a un tipo con cara de gañán mientras otros dos la sujetaban para que no lo matara, algo que, por otra parte, me pareció completamente normal.

Llegamos a una especie de barra, bastante adornada, donde había un par de mujeres, con aspecto joven; pero según sabía, las mujeres de la nobleza se hacen cirujías para parecer más jóvenes así que no podía fiarme de su aparienca.

-Hace una noche agradable, ¿verdad?- Le dije a una de esas dos mujeres, la de aspecto más demacrado (ligeramente). Ella me miró de arriba a abajo, com si me estuviera examinando.

-Sí, así es.- Le dio un gran trago a la copa.- Nunca te he visto por aquí, ¿quién eres?

-Me llamo Claude Taworson; de la casa Taworson y este, es mi hermano Nickie.

-¿Qué hay?- Saludó, alzando la mano con indiferencia. Después de eso, se puso a mirar la lista de bebidas para pedir algo.

Seguí hablando un rato más con esa mujer de edad indefinible hasta que Zephirus se acercó a mí.

-Oye.- Me dijo, mientras me tocaba con el dedo en el hombro.- Ven conmigo. 

-Pero ¿por qué?¿No ves que estoy hablando con la señorita?

-Tú ven conmigo, te tengo que presentar a alguien.

-Que pase una buena noche, volveremos a vernos.- Comenté, para luego seguir a Zephirus.- ¿A quién tengo que conocer Zephirus?

-A los hijos del Gobernador. Son jóvenes, y les interesará las historias de un muchacho viajero. Desde ahora eres Andreus Tumbrii, de la familia Tumbrii, ¿entendido?

-Sí, claro; como habíamos quedado con Fhragen.

-Correcto. Mira, allí están.- Dijo, señalando con la barbilla a un trío de personas sentadas en un banco pegado a la gran fuente.

Allí nos encontramos con ellos tres; dos varones y una mujer, bastante guapa por cierto. Ellos parecían ser gemelos, encima iban vestidos con la misma indumentaria, dos grandes chaquetas militares cargadas de medallas pero la joven vestía distinto. Llevaba un largo vestido azul cobalto que casi arrasstraba por el suelo. Los tres eran morenos, pero blancos de piel. La chica llevaba el pelo largo y rizado, suelto. En el reducido escote colgaba un collar con una gran esmeralda, que combinaba con el color verde de sus ojos. Resulta bastante evidente de que me quedé prendado de ella, ¿verdad? 

-Caballeros, dama; es un honor presentarles a mi hermano Andreus.- Dijo Zephirus, extendiendo la mano en señal de muestra.

-Encantado.- Dije, sin dejar de mirarla.- Un placer conoceros; me llamo Andreus Tumbrii, de la casa Tumbrii.

-Sí, tu hermano nos ha hablado de ti. Dice que eres un verdadero aventurero.- Contestó ella, mientras veía cómo sus finos labios rosados se movían de forma hipnótica.

-Ermm sí, ese soy yo, todo un explorador. No me gusta la vida estática y palaciega.

-Bueno Andreus.- Me interrumpió Zephirus.- Creo que nuestra hermana necesita que esté con ella, ya sabes; amoríos.- Tras decir esto, se fue en dirección a Nesaricca, que estaba organizando un buen follón.

-Hasta luego, hermano. 

-Oye, ¿puedo llamarte Andreus?- Me dijo ella, y yo asentí.- ¿Por qué no nos cuentas una historia de tus viajes?

Le conté algo parecido a lo que me ocurrió con los Genestealers en la nave de Zephirus sin mencionar, claro está, a lo ocurrido con los Caballeros Grises ni nada que me pusiera en peligro, solo que fuimos atacados por alienígenas y nos rescató Dimitri, pero le cambié el nombre por si acaso, vaya a ser que lo conocieran de algo. Sin embargo, le dije que escapamos gracias a un desconocido al que le llamaban Libertador. También les conté una aventura buscando algún tipo de tesoro en un planeta dejado de la mano del Emperador.

-Vaya, ¿en serio has vivido todo eso?- Me preguntó uno de los hermanos.- Y nosotros aquí...a veces me apena.

-Claro, pero podrías haber muerto.- Explicó el otro hermano.

-Chicos.- Llegó otro joven noble, supuse que amigo suyo.- Una loca se está peleando con tres tipos de la colmena Clartem. ¡Corred, que les está pegando de lo lindo!

-Yo me quedo, Andreus creo que tiene más cosas que contarme, ¿verdad?- Dijo ella, cuyo nombre aún no conocía. Yo en ese momento me puse colorado, nunca había estado con una mujer que me gustara, la verdad.

-Tú misma. Andreus, la dejamos en tus manos ¿vale?- Contestó el hermano que se encontraba a la derecha.

Ellos se fueron y yo seguí contándole historias, todas ellas inventadas a partir de ahora. La verdad es que se tragaba mis palabras, se mostró tan ilusionada. Miré a mi alrededor de vez en cuando para darme cuenta de que cada vez más y más gente se marchaba hacia donde se habían ido los hermanos, y nosotros íbamos a lo nuestro.

-Andreus.- Me interrumpió.- Ven conmigo.

-¿Qué?- Pregunté, incrédulo.

-Que vengas conmigo. ¡Vamos!- Dijo, cogiéndome la mano y arrastrándome hacia donde ella quería. Llegamos a una columna, o lo que yo me creía que era. En realidad era un elevador. Como se encontraba en la planta baja (oséase, la nuestra), no había más que darle a un botón para abrirlo y meternos dentro. En su interior, en una pared, había un panel con doscientos dieciséis números. Supuse entonces que había un piso por cada número, así que había doscientos dieciséis pisos. Ella pulsó un botón que tenía el penúltimo número. Las puertas se cerraron y el aparato comenzó inmediatamente a ascender hacia la planta doscientos quince. 

-Siempre me ha gustado subir por aquí.- Dijo ella, mirando al gran cristal transparente que era la puerta que nos mantenía dentro. La velocidad del elevador era constante y rápida, pero nos permitía observar el centro del edificio, esa gran estancia donde se estaba dando la fiesta. Bueno, en realidad la fiesta la estaba dando Nesaricca, alrededor suya había un gran número de personas en corrillo. - Me hace sentir que vuelo. ¿A ti no?

-Sí, un poco...-Dije, cargado de nervios, ya que no sabía hacia dónde me dirigía.

-¿Alguna vez has podido volar?

-¿Cómo que volar?

-Pues no sé cómo decirte. Con algún artefacto o algo. Como si volaras de verdad.

-Uhm...déjame pensarlo...no, creo que nunca he volado. Por cierto, ¿dónde me llevas?

-A volar Andreus, vamos a volar.

Parte segunda: La mujer que inició una guerraEditar

Capítulo IX: Inbra & AndreusEditar

"¿Vamos a volar? Está loca", pensé. Debido al reducido espacio del elevador apenas podía girarme para hablar, así que me mantenía mirando al frente, a la trifulca de Nesaricca

-Apenas te propongo eso y no sabes ni mi nombre.- Me dijo,entre risas.- Deberías ser un poco más desconfiado, Andreus.

-No es necesario saberlo. Confié en ti sólo al verte.- En ese momento me di cuenta de que no confiaba en ella, teniendo en cuenta que no me llamo Andreus y que no soy quien aparento ser.

-Eso está bien, Andreus. Además, he tenido ese mismo sentimiento contigo desde que te he visto. Pareces un hombre de lo más interesante.

-Espera un momento. ¿Cómo vamos a volar?

-Te lo diré cuando lleguemos, de momento no hay prisa.- El elevador paró.- Bien, es aquí; pero antes debemos bajar otro piso.

Caminamos por un largo pasillo sin mediar palabra, es más; no parecía haber necesidad de hablar. A pesar de todo el ruido existente en la gran zona central, aquí en lo alto no se escuchaba nada, excepto nuestros pasos (sobre todo el de ella, que llevaba zapatos de tacón alto). Bajamos unas cuantas escaleras hasta llegar a la planta inferior, teniendo un decorado más propio de la situación de poder de la familia. El piso de arriba sólo tenía un triste recubierto color granate. En este caso era más o menos lo mismo; excepto por lo recargado de las paredes y el resto del pasillo, con estatuas y todo ese rollo.

-¿Y estos cuadros?- Pregunté.- ¿De quién son los retratos?

-Son de mis familiares y los hombres "honorables" que sirven a mi padre. Simplemente parece ser una excusa para rellenar las paredes, ¿no te parece?- Dijo, mientras me miraba, y esbozaba una sonrisa.- Andreus, ¿ves esa puerta del fondo?- Asentí- Aquella es mi habitación.

-¿Allí es donde vamos?

-¿Siempre eres tan preguntón?- Comentó, sin perder la sonrisa que mostraban sus labios pintados de un color discreto.

-¿No debería serlo?- Le dije, bromeando. Ambos nos reímos como verdaderos estúpidos. 

Continuamos andando hasta llegar a las puertas de su habitación siendo, cómo no, cargadas y decoradas hasta la saciedad. Ella usó una especie de llave electrónica para abrirlas y tras escuchar un sonido de confirmación, pasamos al interior. La habitación como el resto del edificio estaba recargada hasta arriba, con florituras de oro, seda, cuadros, flores y estatuas exóticas...y en el centro una gran cama donde podrían caber diez personas.

Ella nada más entrar dijo que me pusiera cómodo, así que solté mi chaqueta en una silla y me senté en la cama. Nada más hacerlo, ella se desvistió, quedando totalmente desnuda frente mí. En aquel momento, cuando la vi, la cabeza empezó a dolerme levemente, notando cómo la sangre bombeaba con fuerza. No es cuestión de ser grosero, pero la sangre también bombeaba con fuerza por otro lado. Sería gracioso verme, tendría la boca abierta como un estúpido.

-Andreus, ¿qué te parece?- No respondí.- ¿Andreeeus? ¿Estás por ahí dentro?

-Ah, sí.- Moví la cabeza rápidamente, como par despejarme.- ¿que qué me parece qué?

¿Que qué me parecía? Por el bendito Emperador, todo aquello me parecía muy pero que muy bien, pero claro; no sabía las intenciones claras que tenía ella.

-Andreus...eres tan ingenuo. No voy a acostarme contigo la primera noche que nos conocemos, simplemente voy a cambiarme. Puede que eso ya sea mañana.- Se empezó a reir y a dirigirse hacia una puerta, situada a la derecha de la cama.- Pero esta noche, esta noche no, querido Andreus.

-¡Ja! No estaba pensando eso, no, no, no.- Me excusé, como intentando evadir la conversación. Nunca he sido demasiado elocuente en esos momentos, lo sé muy bien.

Ella entró en aquella habitación contigua mientras yo pensaba en cómo diablos había pasado eso, el corazón seguía latiéndome con fuerza abrumadora. "Respira profundamente, tranquilízate" pensé. Al rato de estar en la habitación de al lado (que supuse que sería como una especie de armario gigante), por fin salió. Salió de allí con otra ropa, bastante distinta a la que llevaba antes. Ahora llevaba un chaleco color marrón, una cosa parecida a una camisa de color blanco y unos pantalones del mismo color que el chaleco. Creo recordar que sus zapatos eran también de color marrón (unas botas, si mal no recuerdo).

-Andreus, ahora es cuando vamos a volar de verdad.

-Pero...¿cómo?

-Sencillo, pero luego te lo explico. Venga, ¡vamos!- Dijo eso antes de irse corriendo de la habitación, esperando a que yo la siguiera (evidentemente la seguí, teniendo eso desastrosas consecuencias).

Corrimos hacia las escaleras que nos condujeron hacia esta habitación, pero esta vez subimos no uno, sino dos pisos. Los cuadros de los "personajes ilustres" me pasaban corriendo uno a uno por ambos lados de las paredes. Cuando llegamos al final de las escaleras, el ambiente era bien distinto, tenía un toque industrial con tuberías y todo ese rollo. En ese último pasillo había una gran compuerta casi estanca y, cuando ella la abrió mediante un código que introdujo, una gran bocanada de aire entró, la puerta daba al exterior.

-Andreus.- Me dijo, casi gritando, mientras el fuerte viento le movía el cabello.- ¿Aún sigues sin saber mi nombre?

-Así es.- Grité, más fuerte que ella. El viento se hizo más acusado, nos tuvimos que agarrar a las tuberías que se encontraban en las paredes. El ruido empezó a ser ensordecedor.

-¡Inbra, soy Inbra!- Me vociferó.- Encantada de conocerte, Andreus.- La muy estúpida dejó de agarrarse a ese asidero para darme la mano o algo y salió disparada hacia mí, que me encontraba detrás de ella. Tuve que soltarme para poder cogerla. Se chocó conmigo, la agarré fuertemente con los dos brazos, perdí el equilibrio y ambos caímos y rodamos por el suelo hasta llegar bastante lejos. Cuando terminamos de rodar, ella acabó encima mía. 

-Andreus, ¿volamos?- Me dijo, tras lo cual me besó en los labios, se levantó y se fue corriendo hacia la puerta. 

En aquel momento estaba bastante confuso por todo aquello, pero debía seguirla, debía protegerla ante...a quién intento engañar, lo que quería es que me diera otro beso, o incluso algo más. En resumidas cuentas, ella salió corriendo y yo como un idiota, detrás suya.

Cuando salimos, ya vi por fin lo que estaba causando todo ese viento y ese ruido. Una nave había aterrizado en la azotea de aquel edificio, que era una especie de espaciopuerto en miniatura (bueno, miniatura...) e Inbra se dirigía hacia ella. Cuando la nave (una nave parecida a un Valkyria, pero claro sin armamento ni cosas de esas; y como descubrí luego, bastante más amplia por dentro) abrió las compuertas, de ella salieron unos diez individuos, todos uniformados al detalle, con grandes ropajes color azul oscuro, todo muy ceremonial; y armados con armas un tanto exóticas. De entre todos ellos pude distinguir un individuo diferente; este vestía de blanco, una vestimenta más elegante y acorde a la fiesta que se estaba desarrollando debajo.

-Inbra querida, ¡cuánto tiempo!- Dijo el tipo ese, que mientras se acercaba con los brazos en cruz pude verlo mejor. Era un hombre muy alto, casi tanto como un marine y de piel oscura. Su ojo derecho había sido sustituído por uno biónico, pero no tosco y grande como los de los soldados, sino más avanzado (supongo) y más elegante, siendo la retina artificial de color verde.- ¿Lista para lo que estuvimos hablando?

-Y que es verdad, querido.- Ambos se acercaron y se abrazaron. Mientras lo hacían, el hombre me miró, bueno, parecía examinarme.

-¿Y quién es...tu acompañante?- Comentó él justo después de separarse de Inbra y ponerse su vestimenta bien, que se había arrugado.

-Ah, claro. Andreus Tumbrii, te presento al ilustre magnate Ghede Ustel.- Nos presentó, mientras se encontraba en el centro de nosotros dos con las manos abiertas, esperando a que nos acerquemos, cosa que hicimos.

-Encantado.- Dije, mientras le sujetaba el brazo izquierdo con mi mano derecha, costumbre en mi planeta. Él no se lo tomó demasiado bien e hizo una mueca de desagrado.

-Lo mismo digo. De Gravania III, por lo que veo.- En ese momento, me sobrecogí de una manera que no lo había hecho nunca. ¿Cómo sabía que el saludo ese era típico de mi maldito sistema solar?

-No exactamente.- Me excusé.- Pero he pasado allí buenos años.

-¿Así que vivió en Gravania III? Inbra, te has buscado a un gran acompañante, allí las cosas no son fáciles para nada.

-Para ser sincero, mi etapa allí fue francamente aburrida.

-¡Ja!- Rió -Parece que encima es un aventurero. Bueno Inbra, creo que tu "amigo" puede acompañárte. ¡Vosotros!- Dijo, mirando hacia la gente que estaba allí montando guardia (serían sus guardaespaldas, supuse entonces)- Llevaos a Inbra y a su amigo Andreus Tumbrii a donde habíamos acordado. Inbra, querida; tengo que hablar con algunas personas ahí dentro, luego te veo y me dices qué tal ha sido, ¿vale?

Capítulo X: Se acabó la fiestaEditar

¿Qué voy a decir? ¿Cómo? ¿A partir de cuando dejé de verlo? Eso fue en la fiesta, cuando él se fue con la hija del gobernador. Los había presentado a ambos y, por lo visto, se llevarían bien, no sé. Nesaricca se volvió loca y empezó a pelearse con una de esas familias nobles cargadas de orgullo y honor marcial y también con muchos descendientes. Aquello fue una locura. Por lo visto, uno de ellos había intentado propasarse con ella pero, sabiendo cómo es, propasarse podría indicar haberle pedido permiso para poder pasar o el Emperador sabe qué. En resumidas cuentas, le golpeó (según sé) al susodicho en el estómago y después de eso, le pegó un cabezazo. Con el tipo inconsciente en el suelo y ella gritándole a pleno pulmon hereje, blasfemo y esas cosas, sus familiares empezaron a llegar y ya se "lió la matraca", como decían en la legión penal. 

El resto de esos nobles, ilusos idiotas, se creyeron que aquello no era más que un mero espectáculo para su entretenimiento. Una mujer joven peleando con las manos desnudas contra un ejército de hermanos, primos y tíos. Yo fui corriendo a apaciguarla cuando vi que la cosa se estaba yendo de las manos. Fui corriendo hacia el gran corrillo que se estaba aglutinando en torno a aquella pelea, que no daba descanso a una tregua, Nesaricca estaba desatada. Corrí cuanto pude entre toda la mulitud de gente que empezaba a agolparse para ver ese espectáculo tan sangriento. Cuando por fin llegué a la primera fila, entre empujones y codazos, diviisé lo que estaba pasando. Al menos media docena de nobles imbéciles habían osado enfrentarse a Nesaricca, todos de la misma familia (los nobles tienen la costumbre de vestir más o menos igual según la familia de la que procedan) y encima como supe después su tradición es el combate de uno contra uno, pues pocas esperanzas tenían de ganar a esa beata chiflada.

¿Cómo? Sí, claro, pero primero tendré que contar toda la historia, si no no tendría sentido. ¿Puedo proseguir? Bien, como iba diciendo, Nesaricca se estaba peleando con aquellos nobles idiotas cuando decidí acabar con eso. De entre la multitud, salí envalentonado, dispuesto a pararle los pies a aquella mujer furibunda. Salí corriendo en su busca y le hice un placaje, parándola en el acto, justo antes de darle en la cara con el puño derecho a otro primo del primer agredido. Le dije que parara de hacer el idiota y todo eso, que ya había armado suficiente espectáculo. Ella se encotnraba sujeta de pies y manos, y sus cabezazos no podían darme, así que desistió. "¡Aquí no hay nada que ver, todos sigan con la fiesta!" grité. Por lo visto me hicieron caso hasta la familia de esos desgraciados, quienes intentaron despertar a sus congéneres. En aquel momento casual, estaba mirando hacia un noble de una familia distinta, que se mostraba ligeramente decepcionado por el final de aquel espectáculo cuando, sin previo aviso, fue atravesado en el estómago. Luego hubo una gran explosión a mis espaldas, en la pared más cercana. ¿Un arma? ¿Un rifle con munición explosiva quizás? Nada de eso, el causante de todo aquello fue un anillo.

La multitud corría despavorida lo más lejos posible, ya que se podría producir otro disparo de esa arma tan extraña ¿que cómo sabía que era un anillo? Bueno, es para darle tensión dramática, ya que eso lo supe después. ¿Puedo volver a contar la historia, por favor? Gracias. Por dónde iba...ah, sí. La gente huía de aquella matanza como locos mientras Nesaricca y yo estábamos tumbados en el suelo, mirando aquello. Cuando le dije que se calmara, por fin lo hizo. Miré a mi alrededor y en la puerta de uno de los elevadores estaba, de pie, un individuo de piel oscura vestido de blanco, con un elegante implante ocular. Ese tipo tenía la mano izquierda humeante por alguna razón. Pensé en que él había sido el autor de ese asesinato, y me atreví a pensar de que fuera psíquico. 

En ese momento, la gran plaza interior empezó a vaciarse. Bueno, no a vaciarse exactamente, la gente huía como almas rotas buscando una salida para, claramente, escapar de la muerte. Pero no fue así. Al parecer, unos nobles cerraron las puertas totalmente, y luego se descubrieron que esos nobles no eran en realidad tan nobles sino infiltrados por el mismo tipo de blanco que, al parecer, sería el cabecilla de toda una operación criminal.

Los nobles que en realidad eran nobles quedaron aprisionados con nosotros en aquel lugar, mientras los otros, que resultaban estar armados los conducían hacia el centro de aquel lugar. El que iba de blanco se dirigió con paso elegante y relajado hacia una de las barras del lugar de la fiesta donde se encontraba cierto individuo sentado en un taburete mirando a su copa de licor. ¿Que quién era? No tenga prisa, por favor. 

En ese momento, y viendo que no nos miraba ni a Nesaricca ni a mí, decidí trazar un plan para, al menos, intentar escapar. Para nuestra desgracia, no se me ocurría nada y ella no paraba de moverse diciendo también que los mataría a todos con sus propias manos. La creería, pero a diferencia de los nobles combativos, estos tipos iban armados y tampoco querría que se abalanzara sobre ellos como una loca que, por otra parte, era en realidad como ella estaba.

El hombre de blanco siguió dirigiéndose hacia el que estaba en la barra, mientras movía la copa de licor con la mano. Ese hombre tranquilo y con el aplomo del universo entero no podía ser otro que Mireas, el francotirador insufrible de nuestro grupo. Cuando el hombre de blanco se acercó al él, simplemente Mireas miraba su copa de licor, que estaba apenas por la mitad mientras la movía suavemente haciendo círculos. 

Siempre me intrigó su actitud frente al peligro, pero esto ya era demasiado. El de blanco le tocó el hombro con su mano derecha, para que el otro se diera cuenta de la situación. Cuando ya le hubiera dado unas cuantas veces, se irritó y sacó algún tipo de arma blanca, tipo cuchillo. En ese momento, entre la multitud, salió el Inquisidor corriendo con su bastón, hacia el hombre de blanco, como pareciendo querer pegarle un bastonazo en la cabeza y dejarlo inconsciente. Los hombres armados no reaccionaron más que todo porque si disparaban lo podrían dar a su jefe; así que lo dejaron actuar a él, quién se dio cuenta de la situación y se dirigió hacia el Inquisidor, mientras Mireas seguía bebiendo licor mirando a la barra. 

Fhragen agarró fuertemente el puño del bastó y de él sacó una especie de espada, el bastón en realidad era la vaina de esa misma. El hombre de blanco se puso en una guardia de espada corta, sabiendo que sostenía un cuchillo, bastante grande sí, pero es lo que era. En un momento, se produjo el choque entre ambos. El Inquisidor había tirado la vaina de su espada, y su mano izquierda, a la hora de realizar el primer golpe, se encontraba en su espalda. Creo que se trataba de un estilo de esgrima más puro que el del otro individuo, pero ambos parecían ser expertos espadachines. Cuando se produjo el choque, el Inquisidor sostenía su espada con la mano derecha, mientras que el hombre de blanco la tenía agarrada con ambas manos, ya que su arma era además más corta. Al producirse el primer contacto, el arma del Inquisidor se econtraba en posición levemente horizontal, con un ángulo de unos veinte grados. Al principio fue rápido.

Después de eso, el Inquisidor dio un giro total hacia la izquierda, dándose la vuelta e intentando clavarle su arma en el hombro al adversario. Pero él lo predijo y logró agacharse para esquivar la estocada y, en el acto, intentar clavarle su arma en el estómago, a lo que el Inquisidor respondió con otro giro a la izquierda, esta vez sin pretensiones ofensivas. En ese momento, se decidió una tregua momentánea para organizarse un poco. Fhragen se encontraba en una postura esgrimística, con la mano izquierda en la espalda y con la punta de la espada señalando al esternón de su adversario quién, por el contrario, decidió cambiar de parecer respecto a su arma. Éste activó un mecanismo en su arma, la cual se hizo un poco más larga, alcanzando el nivel de una espada corta, o de un cuchillo de Catachán, pero mucho más estilizado.

El Inquisidor en ese entonces se mostró levemente aturdido por la sorpresa, pero pretendía acabar con él a sabiendas de que en cuanto lo haga sus guardaespaldas (o lo que quiera que fuere) lo acribillarían a disparos. Ambos estaban listos para combatir en uno de los mejores duelos que he visto jamás.

Capítulo XI: Memorias de la SubcolmenaEditar

-Inbra, ¿dónde diablos vamos?- Le pregunté, nada más sentarme en el interior de aquella nave.

-Por favor Andreus, es una sorpresa. Déjame disfrutar de tu cara de desconcierto un poco más.

Esa maldita mujer...supongo que me estuve enamorando de ella, y un hombre enamorado hace cosas estúpidas, oí una vez. De todos modos entré con ella en aquella nave, poco lujosa para ser de un miembro de la nobleza o a saber qué (pensé que era un hombre de negocios de éxito), con instrumentos de índole militar y demás; todo muy austero y sencillo. Estábamos solos ella y yo en el interior de la nave, en la zona de pasajeros. De pronto, se iluminó una luz roja y el piloto inició el despegue. La nave no paró de moverse hasta que alcanzó cierta altura y parecíamos movernos. Era raro, nos movíamos hacia abajo.

Nos manteníamos en silencio, sin decir ni una palabra. Yo tenía la boca abierta, ya que los oídos se me taponan cuando viajo, creo que Zehpirus me dijo que era gracias al cambio de presión, o qué sé yo. Ella se mantenía inquieta, moviendo los brazos y las piernas, a pesar del arnés de seguridad.

Nos tiramos en aquel vehículo un buen rato, hasta que se encendió una luz azul, señal de que estábamos a punto de aterrizar pero de forma tradicional, no con verticalidad; eso se usa para gastar menos combustible, además es preferible si se da la ocasión.

-Inbra, ¿ya hemos llegado a dónde deberíamos llegar?- Le pregunté, mientras la nave reducía la velocidad.

-No...no estoy segura. Puede que hayamos hecho un alto para repostar, o algo.

El contacto con el suelo fue bastante duro, el vehículo se movió entero, cada tornillo y cada soldadura parecían haberse soltado; pero no fue así...para mi desgracia de que la nave no explotara en ese instante pero claro, entonces no sabía lo que iba a ocurrir. De pronto, se detuvo. "Pareja, hemos llegado" dijo el piloto a través de un intercomunicador. Nos desabrochamos los arneses, las puertas se abrieron y cuando mis ojos pudieron acostumbrarse al cambio de luminosidad (en las naves de transporte militar casi siempre se está a oscuras), vi que estábamos en lo que parecía ser un hangar; bastante lejos de lo que para mí significa "volar". 

Lo peor de todo no fue que Inbra me hubiera mentido, sino que había como unos doce tipos armados apuntándonos con sus armas de tecnología anticuada, pegadas con cinta aislante y soldadas de una forma que llevaría al Dios Máquina de los del Mechanicus a pegarse un tiro con una de esas armas (probablemente no le mataría, a unas malas se haría un ematoma en la sien), pero no era plan de arriesgarse, no tenía ni idea de lo que estaba pasando.

-¿Qué está pasando? Quiero una explicación y la quiero ¡ya!- Exigió Inbra, sin poner las manos arriba ni nada; por lo visto no le enseñan en la escuela de hijas de gobernadores las reglas básicas para la supervivencia.

-¡Baja las manos, zorra!- Gritó uno de ellos, dejando bien claro que o no sabía quién era Inbra, o no le importaba.

-¡Cómo se te ocurre!

El soldado (o lo que sea) que le había dado la orden, al ver que Inbra no se movía ni cambiaba de actitud, decidió dar un disparo de aviso, por suerte para Inbra. Para su desgracia, en este planeta parece que los disparos de aviso no se dan al aire, sino al hombro de la persona amenazada. Ese maldito le pegó a Inbra un tiro en su hombro derecho, y yo me quedé consternado; y con la decisión suficiente para actuar. Sin decir nada, con las manos en la nuca, y mientras veía a Inbra desmoronarse y chillar dolorida, tensé los dedos, empezó a dolerme la cabeza una barbaridad, incluso creo que me elevé por el aire un poco, pero solo muy poco. Cuando me creí preparado, de un rápido movimiento, como un latigazo, golpeé con un rayo psíquico justiciero a ese pistolero estúpido. Los demás, que se encontraban más relajados, ahora quisieron apuntarme. Rápidamente, repetí la operación con mi brazo izquierdo, y otro cayó. Con una velocidad sorprendente y alternando la mano a cada disparo, le asesté al tercero, y al cuarto, y al quinto. Al último de ellos (que resultó ser el piloto) le dio tiempo a disparar, por suerte para mí y por desgracia para él, no nos dió ninguna de esas balas ni a Inbra ni a mí. Al final de ese encuentro, todos estaban carbonizados, por un lado o por otro. Incluso recuerdo que a uno le di en la cara y...bueno, creo que se quedó sin ella.

Sonreí. Por fin era útil eso de tener tanto dolor de cabeza. Inbra estaba en el suelo tirada, apoyándose en el fuselaje de la nave mientras su hombro sangraba, pero nada alarmante; había visto cosas peores. Pero lo peor no era su herida de bala en el hombro, sino su cara, esa cara de espanto al verme a mí y a mis poderes psíquicos.

-Inbra...-Intenté decirle, antes de que me cortara.

-¡Eres un mutante psíquico! No me lo puedo creer...tú...tú eres un monstruo, maldita sea te he tocado, he tocado a un monstruo.- Decía mientras se le saltaban las lágrimas.

-Inbra, no es como crees, no pretendía...sólo quiero protegerte. Mira, no sé qué está pasando, pero tú no estás hecha para sobrevivir.

-¡Cállate!- En ese momento gritó de dolor por su herida y se retorció un poco a causa de ello.

-¡Inbra!- Grité, mientras corrí a ayudarla.

-¡No me toques! ¡No te tendría que haberte dado el derecho a hacerlo antes! ¿Por qué soy siempre tan estúpida? Lo mío es vivir entre laureles, no soy una aventurera como lo eras tú antes de que supiera que eras...eso.

-¿Sabes qué?- Suspiré.- Te contaré un secreto, pero no quiero que se lo cuentes a nadie ¿entendido? A nadie, sea quién sea.

-¡No quiero saber nada de ti, déjame en paz y vete al infierno del que vienes!

-Inbra, soy un mutante psíquico, pero no soy malvado como crees. ¿Sabes lo que es un Inquisidor?

-S..sí. ¿Eres uno de ellos?

-Más o menos. Tanto yo como mis "hermanos"- Entrecomillé el gesto con las manos- formamos su séquito, así que soy un psíquico autorizado por el Imperio, y eso es, hasta donde yo sé, legal. Sirvo al Emperador de la mejor manera que puedo hacerlo, siendo psíquico; ya que no sé hacerlo de otra manera. ¿Entiendes ahora que no soyt un mutante peligroso?

-Sí pero...

-¿Sí?

-Pero entonces...no has viajado todo eso que me dijiste, no eres quién dices ser, no eres de la casa Tumbrii, no eres Andreus.- Su mano derecha se tornaba en un puño, que lo apretaba y presionaba contra el suelo mientras se le caían dos lágrimas por las mejillas.

-Esto...no, no soy Andreus. Ni aquellos eran mis hermanos, estamos en una operación encubierta y tú.- Dije señalándola con el índice.- Tú Inbra, eres una parte fundamental en ella.

-¿Yo soy fundamenta?- Se preguntó a sí misma, llena de dudas.

-Así es, y me han destinado a protegerte. Así que...

-No puedes hacerme daño.- Intervino.

-Exacto, y ahora déjame que te vea esa herida. 

Le quité aquel chaleco raro que llevaba, arrojándolo al suelo. Esa herida..vamos, no era para tanto, sólo era un rasguño pero ella no estaría acostumbrada a hacerse daño y claro, cree que se le van a salir las tripas. Temblaba entera, desde la planta de los pies hasta el cabello más de punta de su coronilla. Lo dicho, tenía miedo de desangrarse por ahí. 

Miré a mi alrededor buscando alguna prenda, cuando caí en la cuenta de que las camisas de los muertos (de los que no estaban carbonizados por el pecho) podría ser útil, así que desvestí a uno de ellos y su camisa hizo las veces de venda. Inbra no había visto nunca una venda, ni sabía nada sobre primeros auxilios; pero seguía temblando, así que la tranquilicé usando "mis poderes", poniendo las palmas una encima de otra sobre su herida y poniendo cara de concentración. Le dije que usaba el poder disforme para curar, aliviar el dolor y toda esa palabrería. No estoy seguro de si hay alguna forma de curar mediante el uso de poderes psíquicos, pero en caso de haberlo, desde luego que yo no lo sé. 

Pues resulta que poderes psíquicos aparte, funcionó, ella parecía estar más recompuesta de lo que parecía. Ahora dejó de llorar y se puso seria, mientras se le vantaba. 

-Inbra.- Le dije, nada más levantarse.- ¿Estamos donde tú querías?

-No...

-Entonces, ¿dónde estamos?

-No lo sé; puede que en otro lado de la ciudad.

Puede que en otro lado de la ciudad...eso me llevaba a la conclusión de que habíamos sido llevado a los niveles inferiores pero ¿hasta qué punto? Según recuerdo, vivía un poco más abajo de la mitad de la colmena  Carpis y las cosas eran muy peligrosas por aquellos lugares, no puedo imaginar lo que sería vivir abajo del todo. Aún así debíamos saber dónde nos encontrábamos. De momento se veía que era una especie de hangar o de pista de aterrizaje, todo muy arreglado y limpio, pero bastante oscuro, sólo se veían unas luces de emergencia rojas. 

-Salgamos de aquí.- Comenté.

-¿Pero por dónde?

-Muy fácil, por donde hemos entrado.- Señalé al lugar por donde la nave había entrado en dicho hangar-pista de aterrizaje.- Y podremos utilizar lo que nos ha hecho entrar aquí.

-¿Ese vehículo? ¿Sabes manejarlo?

-Eso espero, di unas cuantas clases teóricas sobre manejo de aeronaves militares. Por lo visto casi todas están hechas para que se conduzcan igual; y esta.- Abrí el compartimento del piloto.- No parece ser distinta. Vamos Inbra, sube. Serás mi copiloto. 

-¿Qué?

-¿No querías volar? Pues esto es volar. Coge ese casco y póntelo. Te sentarás detrás mía.

-No sé si podré...

-¿Qué pasa?- Le interrumpí.- Yo tampoco sé si podré poner esto a volar; cuestión de intentarlo. Vamos, sube.

Tras estar un rato botoneando de lo que me acordaba, la nave empezó a rugir; encendí el motor. Estuve un rato girando para poder despegar, acción que realizaría con la palanca que tendría a mi derecha, la del acelerador. Inbra estaba nerviosa, y cuando esa mujer se ponía nerviosa, toqueteaba los botones que tenía a su alrededor. Menos mal que la función de copiloto y la de artillero era la misma en este tipo de naves, y esta no llevaba armas a bordo, ya que en caso contrario, habría disparado todo el arsenal que tendríamos y esto habría volado por los aires.

-¿Qué haces?- Le pregunté, confuso.

-¡Déjame! Estoy intentando calmarme.- Respiraba muy fuerte y muy rápido, estaba nerviosa, lo que era normal ya que su piloto era un tipo que sabía llevar esa nave por lo que había leído y visto hacer a los demás.

-No hay razón para ponerse nervioso.- En realidad sí que la había.- Sólo respira hondo que ya mismo estaremos arriba del todo y te dejaré en tu habitación, ¿vale?

Estábamos en posición. Cuando quise, desplacé la palanca del acelerador hacia delante de una forma suave, y la aeronave aceleraba de una manera constante, pero temblaba levemente. Por el intercomunicador del casco escuchaba a Inbra gritar sin parar, hasta que corté la comunicación con ella porque iba a quedarme sordo de un momento a otro. Llevé la palanca hasta una señal donde decía "Despegue", todo muy lógico. En ese momento cogí los mandos y los puse hacia arriba, tirando hacia atrás. El vehículo empezó a hacer más ruido, y ya notaba cómo se levantaba del suelo.

Recorríamos el hangar a una velocidad pasmosa, hasta que nos quedamos sin él. Fuimos a parar a una gran zona abovedada e iluminada levemente con una tenue luz amarillenta, eso me recordaba a las calles de mi querida colmena natal. Pronto descubrí que así era, que estábamos en una maldita calle, por suerte no había nadie ni ningún obstáculo a la vista, hasta que pasó algo. Un maldito disparo impactó en el cristal de la nave que por suerte estaba blindado. Desde los edificios de los laterales había gente disparando. Pero no tres o cuatro desdichados con pistolas, no. Movía los ojos leventemente para ver los laterales y desde los altos y agrupados edificios, desde cada ventana, había un tipo disparando. El vehículo temblaba cada vez más y más, y más se alzaba en aquella calle abovedada, y yo esperando que hubiera algun lugar que diera al cielo, pero no había; así que mantuve una altura estable.

Esa gente seguía disparando, yo no sabía qué hacer, Inbra...bueno, supongo que estaría gritando o puede que muerta en aquel entonces. Por fin vi un poco de luz, parecía que eso daba al exterior de algo; con suerte fuera de la colmena; a lo mejor estábamos en la zona extraperiférica. Decidí poner la palanca del acelerador al máximo, es decir, a la marca que ponía "máxima velocidad", estos tipos saben lo que hacen, pensé. La nave aceleró rápidamente (no estoy seguro de que esto no sea una redundancia) y por fin vi que había una salida, en una gran pared frente a nosotros se había dejado un gran hueco redondo para que, supuse entonces, pudieran entrar y salir las naves. Cuando por fin centré un poco la vista, pude divisar el exterior; un cielo de un color azul translúcido, algo bastante bonito, bonito hasta que nos dimos cuenta de que no era el cielo, sino una maldita cristalera gigante y redonda. Pero ya era demasiado tarde y no pude reaccionar, así que dejé que las cosas se resolvieran por sí solas.

La nave atravesó el gran cristal azul, rompiéndolo y llevándose multitud de pedazos en el acto. Todo muy espectacular pero me resultó doloroso, el impacto parecía que lo había hecho yo y no la nave. Se encendieron unas luces rojas de advertencia y todo eso, pero al rato cesaron. Miré a mi alrededor y vi que había tenido razón todo el tiempo: estábamos fuera de la colmena, lo malo es que todo lo que había alrededor eran fábricas y más fábricas, sitio difícil donde aterrizar; así que decidí que debíamos subir arriba del todo; lo que sería difícil si Inbra había muerto en ese desafortunado intercambio (bueno, nosotros no cambiamos nada) de disparos; por eso puse el intercomunicador otra vez.

-Inbra.- Le dije.- Inbra, estás bien.

-¡OOOOOOAUUUU!- Gritó.- Eso ha sido increíble, podemos repetirlo.

-¿Qué?- Me encontraba atónito, habíamos escapado de la muerte y ella estaba disfrutando.- Claro que no podemos, casi nos matan esos tipos.

-¡Jo! Bueno, pues vamos a otro lugar, a ver si nos lo pasamos tan bien como antes. 

"¿Qué diablos le pasa a esta?" pensé, mientras veía los alrededores y pensaba dónde podíamos aterrizar. Tenía un As en la manga, el aterrizaje vertical; lo malo es que ese As se me perdió antes de subir a la nave. No se me dan muy bien las metáforas, así que he de decir que no sabía cómo diablos aterrizar de esa manera. Bueno, en realidad sabría aterrizar así pero no sin que la nave fuera una gran bola de fuego.

Todo eso me hizo pensar...¿cómo diablos escapamos sin el Inquisidor y los demás? A Inbra la están buscando por alguna razón, y no podría consentir que la raptasen como han hecho. No, eso no cabía por mi cabeza entonces...para mi desgracia. Pero eso era lo que tenía entonces, y si es así, pues tendría que aceptar eso con resignación.

De pronto, todo se volvió borroso para mí. La vista se me nublaba, podía sentir el latir del corazón en mi cabeza y me encontraba terriblemente pesado. Otra vez no, no podía estar pasándome eso ahora; no en aquel momento. Luché más que he luchado en toda mi vida por mantenerme consciente de mis actos, ya que nos encontrábamos en el aire e Inbra estaba detrás.

-Inbra...coge...los...mandos...-Fue lo último que pude decir.

Capítulo XII: ¿Y yo soy el malo?Editar

(Nota del autor: Este capítulo ocurre unos meses antes de que sucedan los hechos que nos acontecen)

-¿Podemos dejarnos engañar por esos malvados que nos hacen llamarlos líderes, gobernadores, presidentes?

-¡No!- Grita la multitud; esto me encanta.

-¿Debemos dejarnos pisotear por esos tiranos, por esos hombres y mujeres que exprimen la sangre de nuestros hijos como si fueran trapos?

-¡No!- Se beben mis palabras, qué divertido.

-¡Claro que no! Diablos, tenéis toda la razón. Os contaré un pequeño secreto. Bueno quizás no es tan pequeño por eso de mi acento.- Espero las risas, que se dan si uno afina el oído.- Yo no pertenezco a este planeta, ni siquiera a este sistema, ni a este Segmentum. Yo provengo de la mismísima Terra.- Qué gran mentira pero bueno, son unos ilusos.- Y en Terra, bajo la directa mirada del Emperador, los hombres confían en sí mismos y no son tratados como sucios esclavos; sino como ciudadanos de pleno derecho. ¿Sabéis lo que es significa? ¿Lo sabéis?- Espero una respuesta que no se da, justo como esperaba la gente se mira desconcertada unos a otros. Trao saliva y continúo.- Claro que no, porque ni siquiera sabéis el significado real de "derecho", una palabra tan bella y tan inalcanzable...- Se miran confusos.- O puede que no. ¿Queréis luchar por algo más que por la comida? ¿Queréis jugaros la vida por algo más que por salvaros y sobrevivir? ¿Lo queréis?

-¡Sí!- Cómo gritan; las paredes retumban y todo. 

-Trabajad duro de momento, es la única manera de que el Emperador nos favorezca. Su maquinaria de guerra no debe ser detenida o los escasos enemigos del hombre podrán escapar a Su justicia.

Todos me ovacionan y aplauden eufóricos. Yo me mantengo en este escenario tan improvisado hasta que la gente empieza a disolverse, y es justo en ese momento cuando me siento más satisfecho, con la sensación de que había hecho mi trabajo como el Emperador demandaba. Es curioso que me crea mis propias mentiras. No soy terrano, no soy un enviado del Emperador ni nada de eso. Digamos que sólo quiero poder, y lo estoy consiguiendo de una manera más o menos legal.

Me bajo del escenario, en aquella gran cúpula que hacía las veces de plaza. Muchas veces los charlatanes y los predicadores parlotean sin parar sobre la salvación y el perdón del Emperador pero yo soy distinto, siempre lo he sido por la sencilla razón de que esta gente que vive al día, poco preocupada por razones metafísicas, necesita algo por lo que luchar; y ahí entro yo. En ese momento en el que bajaba de allí, me di un pequeño baño de masas; la poca gente que queda me abraza y me aplaude y yo me siento alagado (cómo no).

Me dirijo a mi casa, que es un poco más grande que las de los demás, pero cómo no, es polvorienta, cuesta respirar en ella y muy incómoda. Me quito la ropa, la dejo tirada por el suelo y me tiro en la cama. Aquel día había cumplido con el deber.

Me despierto en un lugar un tanto especial. Definitivamente no estoy en casa. Es un gran pasillo de una longitud increíble, no alcanzo a ver el final. Miro hacia atrás, tampoco veo nada sólo el largo pasillo que parece tender al infinito. Las paredes se funden continuamente en colores de tonos imposibles a la vez que el techo se vuelve cada vez más cerca del suelo. Maldita sea, estoy en una trampa.

Me dispongo a correr hacia el lado derecho, puede que me equivoque en la elección. Por más que corro no veo la salida, nada. El techo ya mismo me roza la cabeza y por fin logro divisar una salida, parece una puerta. Llego allí, intento abrir esa puerta de metal corredera y pasa algo extraordinario, la puerta se mueve, toda ella se desplaza a lo lejos, no se puede ver ahora pero el techo sigue bajando, ahora tengo que andar agachado. 

La claustrofobia me puede, intento correr como puedo, pero el techo se me echa encima. En un movimiento casi instintivo, miro hacia atrás; donde hay otra puerta. En ese momento, el techo detiene su bajada y vuelve a su posición original. 

Abro la puerta, corredera como la otra; para ir a parar a un lugar más extraño aún; trozos de suelo y pared vagan por un espacio que rezuma un olor especial a incienso. Rayos de una amalgama increíble de colores surgen de todos lados, y columnas volando. No me puedo creer lo que me está pasando, es el sueño más real que he tenido nunca.

-Bendito Emperador.- Digo. Pronto soy contestado.

- Matthias Capitol; tú eres uno de ellos.

-¿Uno de quiénes? ¿Dónde estás?

-Yo soy el Emperador. Te hge puesto a prueba y la has superado. Eres uno de mis elegidos para librar a la Galaxia de tiranos y de males.

-No te creo, no puedes ser el Emperador. Él es un gran dios de aspecto perfecto

-¡Mentiras! Todo mentiras... -¿Cómo que mentiras?

-Todo tu mundo, casi toda la galaxia está bajo un régimen opresivo y cruel, que sólo vive para sustentar a un reducido grupo de hombres y mujeres malvados. A mí me han aprisionado hace ya mucho tiempo.

-¿Aprisionado? Si eres el bendito Emperador podrías salir de ese lugar. Y todavía no sé si lo eres.

-Soy el bendito Emperador de la Humanidad, como tú y los tuyos me han llamado desde incontables siglos. Me estoy comunicando contigo por métodos...digamos que mágicos, para que consigas entenderme. Y sí, estoy aprisionado. Pero no de la forma que la entendería un mortal, no. Me estoy quedando sin tiempo, así que seré conciso: libera a la humanidad y líbrala de tiranos.

Estoy sudando. Me despierto súbitamente y miro hacia todos lados y veo que me encuentro en mi casa, tumbado en mi cama. ¿Un sueño? ¿O quizás una revelación? Sea como sea, tengo que hacer algo. ¿Y si es verdad? ¿Y si el Emperador está encerrado de alguna manera y es impotente al ver todo lo que le rodea. Su verdad se ha aunado con la mía. Por todos lados veo tiranos y desdichados que luchan por mantener a los primeros sin que éstos les den siquiera una simple miga de pan. Miseria e inanición es lo que veo allá donde mire; y arriba sólo veo lujo y oropel. Injusticia.

La siguiente reunión se celebra dentro de una media hora, creo que debería ir hacia la "plaza de los charlatanes", como se ha llamado desde hace mucho debido a eso mismo: siempre ha sido punto de reunión de predicadores y desgraciados que buscan algún que otro seguidor. Me visto y me dirijo a esa plaza, donde empecé a predicar hace ya unos tres años, la verdad es que empecé por diversión. Ahora se puede llamar la plaza del charlatán, he conocido a gente que ha venido a otros lados de la ciudad o, en algún que otro caso de otra colmena, incluso de la capital. 

La plaza está abarrotada. Salgo por una de las callejuelas que acaban allí y la multitud me abre paso para que pueda ir al centro, al escenario. Decían que en otros tiempos era una fuente llena de flores y estatuas pero con el paso del tiempo se dejó de lado. Normal, vivo más o menos en el tercio inferior de la colmena; pero llegando casi al  treinta y tres por ciento que supone pasar al tercio superior. Eso en lo que respecta a altura, ya que según he oído, en mi treinta y tres por ciento se concentra casi un setenta por ciento de la población; algo que al escucharlo me puso furibundo y sumado a otras cosas que he podido ver o sentir, me he convertido en uno de esos charlatanes. Bueno, eso hasta esta noche que me he convertido en un predicador del Emperador, que espero que confíe en mí para que pueda llevar Su gloria hacia todos los presentes. Ahora soy un mensajero de Su orden, y no puedo fallarle. 

Subo al escenario; la gente chilla y aplaude. Como siempre, hay un par de Arbites por allí vigilando, pero como es tradición el tener en este lugar a gente así; lo pasan medio por alto, no merece la pena gastar efectivos en ello ya que, según cuentan, hay por aquí y por allá traficantes de artefactos alienígenas y requerirá más atención que unos predicadores que no hacen más que entretener al pueblo. 

Elevo las manos, el público me ovaciona con fuerza. Deben de haber unas tres mil personas escuchándome sólo a mí. Tres mil y sumando diariamente. Bajo las manos con tranquilidad, y la gente empieza a callarse; hasta que sólo logro oir a un par de bebés llorando o a algún tipo tosiendo. Todo está listo.

-Compañeros y amigos, tengo una gloriosa noticia que comunicaros. Antes me creía ser el enviado del Emperador a este lugar. Antes me lo creía. Ahora lo sé. El Emperador confía en mí para liberar a su pueblo, es decir, a la Humanidad misma. Ahora lo sé con certeza amigos míos. Ahora podéis confiar totalmente en mí.- La gente mira desconcertada hacia todos lados y murmulla, algo normal según sé por experiencia.- Y estad seguros de que yo puedo guiaros hacia un futuro; y no a un presente continuo. Sabed que...-Pasa algo raro. La gente está más inquieta de lo normal. Al fondo, en la calle que sale en dirección norte, puedo divisar algo a lo lejos. Arbites. Esos malditos se han hartado de mí y quieren un charlatán menos problemático pero yo, yo que tengo Su gracia no puedo permitir que me capturen y ejecuten. Hoy no.- Compañeros, los hombres malvados han mandado a sus secuaces para detener nuestra palabra, nuestra voz, que es uno con el Emperador mismo y debemos detenerlos. Hoy pasaremos la prueba que decidirá si continuamos con nuestra cruzada en pro del Bien y la Justicia que Él nos brinda. Ahora es el momento, hermanos, debemos ganar una pequeña batalla en Su favor. Cargad contra los malvados y todo será y se verá de un modo diferente.- Ya se estaban cargando de Fe, es cierto que tengo Su favor, pero los Arbites puedo contarlos por decenas, y ellos están entrenados.- Nuestras vidas le pertenecen, pero el futuro es nuestro. ¡Acabemos con esos que nos atan y nos destruyen para poder luchar por él!

Todos aplauden y gritan como enloquecidos, los Arbites ya han acordonado la plaza, ahora es un agujero sin salida, a menos que nos hagamos una nosotros. La gente ya está furiosa, es hora de que algo accione y prenda la mecha. Tarde, ya lo han hecho por mí. En la quinta entrada, alguien ha tirado un objeto a un Arbites, y este ha reaccionado con su escopeta. Los otros les siguen; ya es una matanza. Por la quinta, la tercera y la segunda, están disparando a matar sin discrección. Decido abrirme paso entre la multitud y liderar una turba de gente. Agarro el trípode del micrófono-comunicador y lo sostengo como si fuera un héroe, señalando a la quinta. En ese momento, los más fervientes seguidores se abalanzan contra los mismos Arbites, superándolos en cuestión de segundos. Por las otras, una multitud de gente impide a los otros pasar. Parece que lo tenía todo planeado. Bajo del escenario trípode en mano. Grito por el micrófono, todavía activo "¡Aquel que quiera seguir al Emperador, que siga a la quinta!". Es curioso cómo en una ciudad colmena ni los agentes del orden saben el nombre que reciben todas las calles y todos los lugares. En vez de curioso es imposible. 

Corro con el trípode erguido, alcanzo a los de la quinta, y conseguimos escapar. Creo que algunos previsores, viendo lo que sucede han cogido las armas de los Arbites para protegerse. En un vehículo había más armas y equipo, también ha sido saqueado. "¡Corred hacia abajo!" grito, esta vez sin que el micrófono funcione, ya se había desenchufado. 

Por suerte para nosotros, en la quinta avenida de salida de la plaza de los charlatanes hay una gran vía de carretera que conduce hacia los niveles inferiores. No está de servicio, pero podremos abrirla pese a estar totalmente prohibido. Para ello, tenemos que bajar tres niveles y luego llegar a la gran puerta blindada que lleva hasta el mundo inferior, el llamado "Punto Treinta", que es donde marca el treinta por ciento inferior de la colmena, o dicho de otra forma, la parte que nadie se atreve a pisar, ni siquiera los Arbites.

Seremos unas quinientas personas las que vamos, creo que en diez minutos estaremos abajo, y en veinte habremos abierto las compuertas que salvaguardan a los ciudadanos de bien de los malvados, los bandidos y los mutantes. 

Conforme bajamos los niveles, algunos empiezan a dudar, pero siguen adelante al verme, todavía trípode en mano. Llegamos por fin a la compuerta, que la recordaba más pequeña. Debería ser alta como cinco hombres y ancha como cien de ellos. Pero con que dejemos un pequeño espacio serviría.

La puerta está, cómo no, cerrada. Todos están ahora quietos, a la espera de mis órdenes. Intento pensar en algo, en alguna forma de accionar aquellos portones, hasta que me surge una idea; en los laterales de la puerta deben de haber controles, así que mando a un par de hombres allí, donde encuentran unos paneles. Ordeno abrirlos y las puertas chirrían, ya que no se han abierto en decenas, quizás en cientos de años. Yo al menos nunca la he visto abierta, pero eso cambiará ahora.

-¡Abridlas!- Grito.- Pero no mucho, las cerraremos cuando entremos todos.

Ya se empiezan a escuchar a los Arbites bajando, creo que no sobreviviremos; al menos no todos. Por fin las puertas se abren. Los que están en los mandos están haciendo un buen trabajo. "¡Pasad!" chillan todos, yo intento entrar el último, a la espera que los demás escapen. Y lo hacen, pero los Arbites no se hacen de rogar y ya se encuentran encima de nosotros. Su superior les ha dado órdenes de disparar a matar, cosa que ellos están siguiendo.  Algunos han muerto, pero ya quedan pocos por pasar. Los Arbites se acercan y las puertas siguen abiertas. "¡Cerrad!" ordeno a los que estaban en los paneles, a quienes los Arbites han hecho poco caso, por suerte para nosotros. Esos valientes saben qué pasará si cierran, pero lo aceptan con alegría. Las puertas se cierran, soy el último en pasar antes de que lo hicieran. Dejo de mirar a la puerta que se cierra y miro hacia abajo, a la carretera. Sólo veo una gran pendiente asfaltada rodeada de muros; por lo demás, oscuridad.

Capítulo XIII: Secuestramos al secuestradorEditar

Ambos lucharon con fuerza, el Inquisidor y el otro tipo tenían un estilo y una ventaja distinta. El Inquisidor tenía una agilidad asombrosa, mientras que el otro era capaz de esquivar cada uno de sus espadazos incluso antes de que el lnquisidor los hiciera efectivos. Todo aquello era muy intenso, y los golpes iban aquí y allá, hasta que llegó él. El otro tipo, que era nuestro compañero, se le acercó sigilosamente (todo lo sigiloso que se puede ser en una gran sala vacía donde cientos de personas miraban a su alrededor) mientras los hombres armados le disparaban desde todos lados. Por suerte para él, no recibió ni un disparo. 

El contrincante del Inquisidor se percató de ello y Fhragen consiguió abrirle una herida en el pecho, poco profunda pero digna de ser tratada rápidamente. Con el tipo doliéndose de la herida, nuestro compañero Stodder sacó una especie de jeringuilla del cinto y se la inyectó en el cuello. En cuestión de segundos, el enemigo del lnquisidor estaba total y absoluntamente sedado de cuello para abajo; mientras Stodder sostenía al peso muerto con el codo sostenido en el cuello, como si tuviera una pistola y pidiera un rescate. 

-Bien, Stodder. Ahora adivinaremos qué es lo que quiere nuestro amigo.- Dijo Fhragen mientras iba a buscar la vaina de su espada con pasmosa tranquilidad.

-¡Como alguno de vosotros mueva un dedo, me lo cargo!- Grió Gab, a la vez que sacaba otra jeringuilla, esta vezs de un bolsillo de la camisa.

-Vosotros, vámonos de aquí. Nuestro nuevo amigo tendrá mucho que explicarnos.

Miré hacia la barra, y allí se encontraba todavía Mireas dándole vueltas al poco líquido que quedaba en su copa. Suspiró y se lo bebió de un trago. Por lo que parece era un tipo de alcohol algo fuerte. Vale vale, me centraré en contar la historia. ¿Por dónde iba? Ah, vale. Se lo bebió de un trago y saltó del taburete, siguiendo con desgana al lnquisidor y a Stodder mientras este último llevaba a ese tipo cogido por el cuello. Los otros hombres ni se atrevían a moverse.  Yo miré a Nesaricca, quién tampoco salía de su asombro por los acontecimientos. Ambos asentimos y nos pusimos en marcha. 

El lnquisidor marchaba decidido hacia la puerta principal, acompañado de Mireas, quien iba con un aire desenfadado y despreocupado como siempre, y rascñandose el cogote con la mano derecha. Detrás iba Stodder mirando hacia todos lados con el secuestrado como si fuera un muñeco de trapo; y detrás de todos ellos Nesaricca y yo, a un paso ligero porque se nos alejaban.

-Mira bro, no quiero hacerte daño, si no te lo hubiera hecho hace ya tiempo. Por vuestro bien, diles a todos tus amigos que no nos sigan o sufrirás las consecuencias no sé si me explico bro.- Le dijo Stodder

-Per...perfectamente. A todos los equipos, replegaos. Nos veremos en el palacio.- Dijo él por un intercomunicador que tenía en la oreja. 

-¿Palacio bro? Bueno, da igual- Con la mano que le quedaba libre, Stodder cogió el intercomunicador y lo tiró al suelo.- Creo que esto no va a servirte más. Por cierto Fhragen, ¿dónde vamos?

-Tendremos que improvisar, no creo que se nos presente la ocasión de coger prestado ningún vehículo. 

Se equivocó. Nada más salir, vimos a unos nobles rezagados que llegaban tarde a la fiesta y les pedimos amablemente que nos dejaran sus vehículos. Elegimos un elegante vehículo de cuatro ejes; muy grande y aparatoso. Podría considerarse una gran casa de dos plantas sobre ruedas.

-Lo siento señor, tenemos que requisar este vehículo.- Le explicó el lnquisidor al noble que se encontraba saliendo de allí. 

-¡Cómo se atreve! Soy Wiughr Cure, el gran viajante.

-Encantado, Wiughr. Me llamo Gab Stodder y está invitado a venir con nosotros para ser secuestrado. ¿Qué me dice, bro?

Tras unos segundos más de acalorada conversación, el señor Cure accedió de malas maneras a cedernos su vehículo por un corto período de tiempo. Creo recordar que ese hombre no lo volvió a ver. Subimos al vehículo, cerramos la puerta y Stodder soltó al secuestrado en un asiento parecido a un sofá, que estaba empotrado. -¡Mireas!- Gritó el lnquisidor.- ¡Tú conducirás!

-Pufff...vaale. ¿Hacia dónde?

-De momento lejos de aquí bro, que los tipos esos tienen que estar muy mosqueados con nosotros.- Comentó Stodder, mientras se quitaba esa chaqueta tan fea y se quedó con un chaleco de traje más horrendo aún si cabe.- Bien, empecemos con la fiesta. Zephirus bro, ayúdame a llevar a este tío a una estancia aparte.

El señor Cure tenía una casa rodante bastante lujosa por dentro, con mucho terciopelo y estatuas caras atornilladas al suelo. Entramos en una habitación con una gran cama y mucha ropa tirada por el suelo, allí lo dejamos al sedado.

-Gracias bro. ¿Por qué no me vas preparando algo para comer? Tengo hambre, no pude comer nada en la fiesta. Bueno da igual, ya iré yo cuando tenga tiempo; este caballero y yo tenemos que hablar.

Todo eso me pareció un raro, pero los dejé a ellos dos solos y me fui a la estancia principal, donde estaban todos los demás. Allí estaba Nesaricca cogiendo las borlas de algodón de una alfombra para quitarse la sangre y el lnquisidor se encontraba mirando por una ventana mientras nos alejábamos de allí tan rápido como podíamos.

-Inquisidor ¿qué le está haciendo Stodder?- Le pregunté nada más verlo.

-Zephirus, como comprenderás no tengo a ese imbécil a mi cargo simplemente porque me cae bien. Todo lo contrario, es un individuo indeseable. Pero es bueno, muy bueno en su trabajo. Y ahora prueba a relajarte un poco, estás demasiado tenso. Tómate una copa, en el armario que tienes detrás hay licores muy buenos y muy caros que el señor Cure nos ha dado.

-Sí, claro. Voy a ver qué está haciendo Mireas; que es fácil que se haya quedado dormido.

-Como quieras, nosotros seguiremos aquí ¿verdad Nesaricca?¿Nesaricca?

-Vaya, se ha quedado dormida. Hacía días que no le pasaba. Compréndala, estar transtornado tiene que dar mucho sueño.

-Ja ja. Bueno, ¿no ibas a ver a Mireas?

-Claro, es verdad.

Me despedí de él y marché a donde quiera que se encontrara Mireas conduciendo este vehículo tan raro. Tuve que mirar en todas las habitaciones para por fin saber que estaba arriba del todo, en una pequeña cabina. Por suerte había espacio para dos. Mireas se encontraba conduciendo aquel aparato, casi que no me lo podía creer cómo un hombre que parece tener la sangre estancada en las venas pudiera conducir. 

-¿A dónde te diriges?- Le pregunté, nada más subir por aquella escalerilla.

-Ahora mismo estoy dando vueltas en círculos alrededor del edificio principal. 

-¿Y por qué no te alejas de aquí ya?

-Porque no me sabré luego el camino de vuelta.

-¿Y qué más da? No vamos a volver allí.

-¿Cómo que no? Si he dejado allí la bandeja de canapés, justo al lado de la barra.

En ese momento recordé por qué odiaba a ese desgraciado. Creo recordad que alguna que otra vez quise matarlo, y hasta ese momento nunca lo había visto en combate, siempre andaba desapareciendo de los sitios y apareciendo malherido tiempo después en alguna cornisa.

-¿Qué crees que pasará ahora?- Le pregunté preocupado. No es que quisiera saberlo, simplemente la palabra de un idiota de estos suele ser bastante tranquilzadora.

-No termino de fiarme de ese lnquisidor, puede que quiera matarnos a todos. Creo que vamos a morir.

No terminó de convencerme del todo cuando Fhargen nos pegó una voz, quería que yo bajara para que hablara conmigo, cosa que hice.

-Zephirus, tenemos un leve problema, pero también una solución bastante efectiva.- Vi que allí se encontraba Stodder también, sentado en el mismo sofá que Nesaricca, quién se encontraba durmiendo echada en una mesa.- Gab ha hablado con nuestro acompañante, que ahora sabemos que se llama Ghede Ustel. El señor Ustel no es quien creíamos que era, en realidad es un...¿cómo era?

-Infiltrado.- Saltó Stodder.- Por lo visto forma parte de un plan más grande ideado por su jefe, a quién llama "El primer hombre". No sabemos de quién se trata, más tarde empezaré con los registros de los delincuentes de alto rango del planeta. 

-Continuaré yo, gracias Gab.- Interrumpió el lnquisidor.- La parte del plan que le tocaba a Ustel consistía en secuestrar a lnbra, la querida hija del gobernador.

-¿Para qué?- Pregunté.

-No lo sabemos, ni él tampoco.

-Ese primer hombre no es idiota, no cuenta a sus subordinados lo que no quiere que sepan.- Deducí.- Pero ¿por qué arriesgarse tanto? Es decir, él se ha hecho pasar por un hombre de negocios o un noble de alta cuna para poder secuestrar, sin levantar la más ligera sospecha, a la hija del gobernador para luego...¿pedir un rescate? 

-Eso parece, bro.

-A lo que me refiero es que parece algo demasiado arriesgado, incluso sabiendo que la recompensa sería estrepitosamente alta. Inquisidor, ¿puedo saber una cosa?

-¿Qué quieres, Zephirus? -Los grupos de delincuentes principales. Mafias, pandillas, todo. Ellos y sus relaciones con los demás.

-Eres justo como pensaba, Zephirus. Deduces bastante rápido. Quieres saber si ese Primer hombre pretende iniciar una guerra entre bandas criminales, ¿verdad?- Comentó el lnquisidor, quién pareció leerme la mente.

-Así es. Y para ello necesitaría apoyo monetario. 

-De ahí su idea de secuestrar a lnbra y pedir un rescate. Pero para realizar eso haría falta tiempo, mucho tiempo. Un largo período que ha finalizado ahora, con lo cual...

-Con lo cual podemos saber que no tiene prisa para realizar el plan.

-Bros, también ha desvelado algunos datos importantes. El primero de ellos es que cuando lnbra fue secuestrada sin saberlo, llevaba un joven acompañante de Gravalia lll. 

-Libertador...-Supuso el lnquisidor.

-El segundo es la ubicación de la base de operaciones del Primer hombre, bastante lejos y bastante abajo de donde estamos ahora mismo.

-Zephirus, dile a Mireas que se dirija exactamente donde te diga Gab. Que seguro que ahora está el idiota gastando combustible y dando vueltas en círculos.

-Pero lo mejor es que Ustel sostiene que el Primer hombre dará gustoso información acerca del Xenólogo a cambio de su vida. Bros, creo que hemos acertado de lleno al llevarnos a este infeliz.

-Bien. Gab, ya sabes qué hacer. Ve a ver a Mireas y dile dónde ir. 

-Ahh.- Dijo, desganado.- Qué mal me cae ese tío, es muy raro.- Tras decir esa frase tan hipócrita, se fue hacia arriba.

-Oye Fhragen, ¿qué hay de tu acompañante?- Pregunté curioso.

-¿Qué acompañante?- Contestó, extrañado.

-¿Quién va a ser? La metamorfémina esa, ¿no te das cuenta que ha desaparecido?

-Ahhhh, sí. ¿Te acuerdas cuando se transformó en Libertador? Fue muy divertido.

-¿Cómo que divertido? Casi nos matas.

-No, estaba todo controlado, no había margen alguno de error.

-Sí bueno...¿pero dónde está esa mujer?- Insistí.

-No lo sé. 

-¿No iba contigo?

-Sí pero no. Es una agente secreta del lmperio, como nosotros. Pero ella se dedica a..otros fines. 

-¿Cómo que otros fines?

-Como sabrás, nostros somos parte de la Cámara militante del Ordo Xenos, dedicado a la caza de alienígenas. 

-Sí, eso he oído. 

-Pero ella forma parte de una organización más secreta aún, encargada de seleccionar a algunos sujetos especialmente peligrosos para que fueran...eliminados.

-Una organización de asesinos a nivel lmperial. 

-Exacto nuevamente Zephirus. Por lo visto hay un sujeto organizando el caos en una colmena de este planeta, y ha de ser detenido. De ahí que hayan enviado a Yrplea a eliminarlo. 

-Pero nosotros también perseguimos a un individuo concreto que queremos eliminar, ¿por qué no han enviado a otro como Yrplea a por él?

-Zephirus...¿cuál es la ley máxima del lmperio?

-Puede ser...¿sirve al Emperador?

-Sí, puede decirse que es esa. Sin embargo, hay una ley, una norma implícita que nadie conoce. Esa ley se llama "sabes lo que quieren que sepas". 

-¿Cómo?

-Has visto muchas cosas a lo largo de los años, ¿verdad?

-Sí, antes de esto he sido...no importa. Pero sí, he visto algún que otro mundo.

-¿Qué creías saber de niño? ¿Qué te han contado? -Que el lmperio era amo y señor de toda la Galaxia y que todos los males habían sido erradicados, exceptuando algún que otro alienígena, pero nada importante.

-Exacto, esa es la mentira más repetida a lo largo de todo el lmperio. ¿Eso es verdad, Zephirus?

-No, creo que no. Según veo, el lmperio está luchando por miles de frentes y combate por mantenerse. Desde luego no todos los males han sido erradicados. 

-Estás en lo cierto. El ciudadano imperial quiere vivir en su propio mundo despreocupado. Así es, ha sido y será el hombre. Le gusta vivir en su propia pompa ideal y perfecta, pese a ver el exterior distinto de como es. 

-Eso es muy desalentador.

-Espero que haya resuelto todas tus preguntas.

-No, a todas no. ¿Por qué no han mandado a otro asesino a por el Xenólogo y tenemos que ir nosotros?

-Zephirus, recuerda que sabes lo que quieren que sepas, y en este momento esto es lo que quiero que sepas, vamos nosotros porque así ha de ser. No puedo decirte más. Lo siento.

Capítulo XIV: La mujer topoEditar

Cuando recobré el sentido, no tenía ni idea de dónde me encontraba. Parecía una especie de...sí, celda es el nombre más apropiado. Me encontraba tumbado en un camastro cuyos muelles chirriaban incluso cuando respiraba. Intenté moverme, pero estaba atado por las manos, pies y cuello a la cama. Miro a mi alrededor y lo único que veo es una pared bastante mugrienta y ruinosa, creo recordar que de metal en algunas partes, como si fueran grandes parches colocados en la verdadera pared. Cuando reconocí el "terreno", pensé en lnbra. "¿Dónde estará" pensé. 

-Vaya, según parece te has despertado ya. Bien, eso es bueno. La dama querrá verte enseguida.- Me dijo alguien, pero con la oscuridad reinante no pude distinguirlo.

-¿Quién diablos eres? ¿Y dónde estás?- Pregunté, casi gritando.

-No creo que te agrade verme, en serio. De momento tranquilízate y quédate ahí un rato más.

-¿Qué hago aquí? ¿Dónde está lnbra?

-He dicho que te tranquilices muchacho, vivirás más.- Me repitió la voz, que supuse que sería masculina.- Y tu querida lnbra, como tú la llamas estará bien. No estoy totalmente seguro de dónde está, pero seguro que la tienen a buen recaudo.

-¿Cómo?

-Wiebh.- Dijo una voz, que era otra que se ocultaba en las sombras, presumiblemente llamando al primero.- La dama quiere ver al rompetejados.

-Bien chico, es hora de irnos.- Dijo quién ahora ssabía que se llamaba Wiebh.- Te desataré, un momento. 

Se acercó a mí y por fin pude verlo. Era un ser extraño, tenía como tres brazos y un pequeño muñón donde debería estar su brazo derecho inferior "normal". Tenía los ojos de color morado intenso, le brillaban con la tenue luz que se encontraba en el cabecero de la cama. Era un...¿mutante de esos que se encontraba en la subcolmena? No podía saberlo, todavía era demasiado pronto para sacar conclusiones. Dejé que me desatara evitando poner cara de asco o de repulsión.

-Bien, ¿ahora qué?- Le dije, mientras me desentumecía las muécas girándo.

-Ahóra vamos a ver a la dama. Tendrás audiencia personal con ella. 

-¿Quién diablos es la dama?

-Es...cómo decirlo...nuestra patrona.

Después de eso, no volví a hablar en todo el camino para ver a la dama. Pasamos por decenas de pasillos oscuros que se cruzaban entre ellos una y otra vez, como un entramado. Todavía me preguntaba dónde estaba. Miraba a mi alrededor y lo único que veía eran criaturas que me rehuían y miraba hacia otro lado cuando pasaba. Algunas se las podía ver caminando a cuatro patas, otras erguidas, otras eran cojas, e incluso logré a ver a una que se arrastraba sobre una especie de vehículo pequeño motorizado sobre orugas. El lugar por lo general siniestro y oscuro, además de parecer que se iba a caer de un momento a otro. Por fin llegamos a una gran puerta de metal ligeramente abollada, parecía tener daños por bala, asíq ue supuse que estaba blindada. En el lado derecho había un pequeño cartel que ponía "GUARDEN SILENCIO", o al menos eso parecía decir ya que le faltaban la primera y la última letra. 

Wiebh tocó a la puerta tres veces, con el brazo que tenía de más. Después de unos segundos de silencio, alguien abrió la puerta. Se trataba de un individuo desproporcionadamente grande y corpulento, nunca descarté que se tratara de un ogrete. La puerta daba a una sala bastante grande, del mismo estilo que los pasillos que daban a ella. Tenía forma de cúpula acristalada, pero creo que tenía una capa de porquería que impedía ver el exterior. Aún no sabía dónde estaba.  Al final de la gran sala se encontraba alguien sentado en una silla detrás de una mesa, con los hombros puestos encima de la mesa y la mano derecha en la cara, como si estuviera apoyada en ella o no quería que la viera. Sea como fuere, Wiebh me dejó allí no sin antes decirme que "me portara bien". Tras esto, cerró la puerta y el individuo corpulento se puso delante de ella, bloqueándome el paso, con los brazos cruzados. No tenía más remedio que dirigime hacia quién estuviera en esa silla, que supuse que sería "la dama". 

-Siéntate, por favor. Tengo que hacerte unas preguntas.- Dijo ella, tras quitarse la mano de la cara y volver en sí, parecía estar un poco ida. Era una mujer que no tenía demasiada belleza, con los ojos cada uno mirando a un sitio, tenía un poco de bigote y la cara llena de marcas. Pero había algo de ella que la hacía atractiva, más tarde concluí que se trataba de su voz...sí, su voz parecía una envoltura cálida que le hacía a uno estar agusto consigo mismo y con su entorno. Pero, por supuesto, estoy adelantando acontecimientos ya que en aquel entonces no sabía aquello.

-Claro, por supuesto.- Le seguí el juego y me senté en una de las dos sillas de metal que estaban al otro lado de la mesa.- ¿Qué está pasando? ¿Cómo he llegado hasta aquí?

-Tranquilo cariño, voy a contestar a todas tus preguntas, siempre y cuando tú respondas a las mías primero. ¿De acuerdo?- Su voz era muy dulce, y dejaba de lado el tener que mirar a todas sus imperfecciones físicas.- Veamos...Te lo explicaré todo. Según parece, todos mis hijos con un tipo específico de habilidades han sufrido de uno u otro modo malestares. Mareos, jaquecas, vómitos, episodios psicóticos, etcétera. Y tú...bueno, te encontramos desmayado y tu amiga nos explicó que eso pasó en cuestión de segundos sin motivo aparente.

-¿Inbra? ¿Está bien?- Pregunté, nervioso.

-¿En qué quedamos cariño? Tienes que responder a todas y cada una de mis preguntas antes de pasar a...

-Vale vale, responderé primero.- Interrumpí.

-Bien, iré al grano. ¿Eres psíquico?

-¿Qué?

-Sólo responde sí o no. 

-Sí, lo soy.

-Vale, nada más que preguntar. Ahora te toca. -¿Dónde diablos estoy?

-Estás en "La Cuna", la base principal de nuestra...asociación.

-¿Asociación?

-Mutantes. Acogemos a todos los mutantes que encontrarmos y les damos un hogar, comida, seguridad...

-Espere espere espere. ¿Aquí se financia a una especie de orfanato de mutantes?- Pregunté, incrédulo.

-No es exactamente un orfanato, sino una especie de...sindicato de mutantes.

-¿Y cómo es posible que el resto de los ciudadanos toleren eso? -No lo hacen, simplemente...nos dejan estar por su propio bien. Además, no molestamos a nadie aquí debajo a no ser que nosotros queramos.

-¿Aquí...debajo?- Pregunté confuso ya que sabía que estaba en "La Cuna", pero no tenía ni idea de dónde estaba ese lugar.

-Estamos en lo que se conoce como el pie de la ciudad, en otros lados se le llama la subcolmena.- Eso explicaba lo de los mutantes, casi siempre se ha dicho en mi planeta que las partes bajas están plagadas de engendros.- ¿Algo más?

-Sí, ¿dónde está lnbra?

-¿lnbra? ¿Tu acompañante? Cuando llegásteis aquí tenía diversas contusiones por todo el cuerpo, creo que se rompió un brazo o una pierna, no recuerdo muy bién qué fue. Pero está bien, no te preocupes.

-¿Puedo verla?

-Nadie te lo impide. Mandaré a alguien para que te acompañe. La Cuna es un gran laberinto de calles y túneles. Si no quieres preguntarme nada más, puedes irte. Ya te avisaré cuando quiera algo de ti.

-Espere, necesito saber dos cosas más. La primera, ¿cómo llegamos aquí? Y la segunda, ¿qué va a ser de nosotros?

-A la primera te puedo contestar fácilmente. Resulta que después de tu desafortunado accidente, tu vehículo cayó dando vueltas hacia una zona conocida como "La sangre azul", un gran lago formado a base de lodo. Por suerte uno de los nuestros os encontró y os llevó hasta La Cuna. Lo demás, sólo remendar heridas. Con respecto a lo segundo...bueno, me has preguntado lo único que no puedo responderte...de momento.

-Dijiste que responderías a todas mis preguntas.

-A todas menos esa. Por ahora. Verás, estamos inmersos en una investigación acerca de un individuo que capturamos hace poco tiempo, así que nos encontramos algo ocupados. Sé que no tiene nada que ver, pero sí que lo tiene. Sólo te pido que esperes y ya te podré contestar a eso.

No me sentía demasiado conforme con eso, pero teniendo en cuenta que era o esperar o hacer frente a decenas, o incluso cientos de mutantes; prefería esperar e ir a ver cómo estba lnbra.

-Uhm. De acuerdo. Ahora llévame hasta lnbra.

La mujer llamó a Wiebh, quién esperaba fuera. Éste me llevó por unos lugares oscuros y llenos de mutantes, algo a lo que me estaba empezando a acostumbrar.

-¿A que no se le nota?- Me prengutó Wiebh, así por las buenas, probablemente para iniciar una conversación a la vez que caminamos.

-¿A qué te refieres?

-A la dama, no se le nota su enfermedad.- Resulta curioso que diga eso un tipo con tres brazos y medio.

-¿Qué enfermedad? Yo no le vi nada raro.

-Por eso digo, ni se le nota siquiera. 

-Dime ya de qué se trata.

-Eh, tranquilo chico. No te has dado cuenta de que La Dama es ciega, ¿a que parece verlo todo?

-Sí, eso parece. De todas formas eso no parece serle un problema ¿verdad? -No, nunca lo ha sido. Por cierto...

-¡Wiebh! ¿Hay algún Wiebh por aquí?- Gritó al aire un ser encorvado y todo cubierto de pelo, a excepción de una gran zona alrededor del hombro derecho, marcada por una gran cicatriz, al parecer de una bomba o algo así. -Yo soy Wiebh, ¿qué quieres?

-Te llaman en la armería tres. Y es urgente.

-Maldita sea...tú- Dijo, mirándome.- Sigue recto por aquí y cuando veas una señal en la que ponga "animales sueltos".

Animales sueltos...estuve dando vueltas durante tres horas buscando el puñetero cartel, preguntando a seres extraños y que me rehuían. De los treinta mutantes a los que les pregunté, sólamente unos cinco me dirigían la palabra. Cuando llegué allí, más de lo mismo: un lugar oscuro pero con una señal de "animales sueltos" y una silueta de un tipo siendo atrapado por las fauces de un gran animal; todo muy gráfico. Allí, en el cruce de aquel pasillo, un mutante bastante fornido estaba echado en la pared. Podría tratarse de un guarda, o de una estatua, estaba realmente quieto; él tenía como "defecto genético" el tener más dientes de lo normal (pero muchos más). No era una mutación muy grave como la del tipo de los tres brazos o la del peludo de la cicatriz. Sea como fuere, le expliqué lo que me pasaba y con recelo me acompañó a donde se encontraba lnbra.

Capítulo XV: Ahora somos fuertesEditar

-¡Porque ahora podemos decir que el Emperador nos guía de verdad! ¡Porque ahora somos cada vez más! ¡Porque hemos sido traídos aquí no para escapar de la falsa ley imperial, sino para iluminar a todos los vándalos que aquí se encuentran!

Ahora hay menos luz en nuestras reuniones, pero nosotros iluminamos las calles y las cloacas de los niveles bajos; así como a sus habitantes. Cuando esos Arbites nos empujaron a este lugar, nos encontrábamos solos y desamparados ante un mundo que nosotros nunca habíamos visto. Éramos gente pobre, pero de buen hacer. Al cabo de una semana vagando por aquí y malviviendo, el Emperador se me volvió a presentar y me ordenó qué hacer exactamente. Ahora tenemos poder, somos la ley en este lugar. Bajo nuestra orden se encuentran unas veinte mil personas, sin sumar a nuestros aliados y a gente con quién tenemos contratos. Sí, contratos. Para sobrevivir aquí hace falta tener cierta influencia, hay que estar dentro de algún grupo para ser alguien, para no morir. Es un lugar duro, pero con la Fe que Él nos proporciona podremos salir de aquí.

La gente aplaude y me ovaciona. Antes me sentía una especie de engañador o alguien que sube la moral de los que están a su alrededor. Pero ahora sé cuál es mi lugar. Sí, lo sé muy bien. Soy uno de los elegidos por Él para difundir su verdadera palabra. El Emperador me habla en mis sueños y consigo que me revele la verdad, así como el engañoso velo de los hombres malvados que se encuentran encima de nosotros, y no dejan que le adoremos como es debido.

¿Qué ha sido eso? Se ha escuchado un ruido, y por el final, de entre la multitud, hay un humo; como de una...sí, es una bengala de color verde que se distingue entre la tenue luz roja de advertencia que pasó a ser "alumbrado público" en este lugar. Está pasando algo raro. La gente corre. Por el bendito Emperador, son disparos. 

-¿Veis lo que os digo? -Grito.- Los malvados vienen otra vez a por nosotros.- La multitud se agolpa por salir, huyen de la conmoción y del tiroteo. Pero esa gente no sabe dónde se han metido. - ¡Corred hermanos, corred y huid hacia donde los enemigos del Emperador no puedan veros!- Otra ráfaga. Una bala perdida me alcanza en el muslo. Pierdo el equilibio pero no la fuerza; tengo que atraerlos al centro de la plaza de Terra (así la llamamos cuando nos hicimos con ella). Antes era un lugar horrendo y derruído; pero hemos conseguido restaurarla en parte. Es muy parecida a mi querida Plaza de los charlatanes, por no decir que igual. Pero hay una cosa que las diferencia. Al contrario que la de los charlatanes, esta plaza está rodeada de edificios residenciales, que pasan a ser puestos de francotiradores cuando doy mis discursos. De ahí que tenga que esforzarme por llevar a los enemigos del Emperador al centro. Cayeron en la trampa.

De entre las numerosas ventanas, por todos lados, se escuchan ruidos de disparos y fogonazos. Los ya escasos golpistas se encuentran agonizando en el suelo.- Atentos ahora, me acerco.- Digo por un comunicador con forma de pulsera, dirigiéndome a los francotiradores. Ahora voy hacia donde están los ya moribundos enemigos del Emperador. No queda nadie en la plaza de Terra, así que puedo interrogarlos a placer. 

-¡Vosotros!- Intento andar como puedo, mi convicción me hace caminar y no desfallecer. La herida parece haber dejado de sangrar.- ¿Cómo os atrevéis a intentar destruir la cruzada de los justos?

-Nosotros no...- Dice uno, mientras tose sangre.- No podemos permitir que vosotros...hagáis.- Tose.- Hagáis una guerra santa aquí.

-¿Una guerra santa?- No habrá tal guerra. Todos seguirán los preceptos del Emperador sin necesidad del derramamiento de sangre. Este es sólo un paréntesis en nuestra batalla desarmada. 

-¿Acaso..-Vuelve a toser. Esta vez me mancha las botas con la pasta sanguirolenta que escupe.-...pensáis que podréis hacerle frente al rey Aiof y al consejo de los cinco Joufe? Esto es suyo y tú...y tú...

Murió. Maldita sea, era el único que quedaba vivo en ese momento. Hay que aclarar que esos a los que ha mencionado son jefes de los clanes de por aquí, de la subcolmena de Karttus. Entre ellos controlan un setenta por ciento del territorio, dejando el resto para pandillas y bandas, así como a mutantes y criminales, entre los que nos encontramos nosotros. Por lo visto no ven a los fieles del Emperador con buenos ojos y deciden eliminarlos antes de que supongan un problema.

-Buen trabajo muchachos.- Digo a los francotiradores.- Nuestros muertos.- Que luego supe que fueron cicuenta y siete.- Serán honrados. Y a los asaltantes...deshaceos de ellos. Quiero un grupo de unos diez hombres que vayan informando a las familias de los fallecidos, si es que se conocen. Y quiero a otros dos pregonando que la amenaza ha sido reducida. Mañana habrá otro discurso en la Plaza de Terra.

En ese momento me desvanezco. Caigo redondo al suelo y mientras lucho por mantenerme despierto, veo que mi herida ha vuelto a sangrar, y esta vez con más fuerza. He perdido demasiada sangre, puede incluso que vaya a morir. Que el Emperador me guarde.

Me despierto. Sé conscientemente que es una visión, mi cuarta visión. Miro a mi alrededor y no veo más que un suelo de losa color carmesí. Alrededor, una espesa niebla que me impide ver las paredes.

-Bendito Emperador, ¿estás ahí?- Pregunto, noto que me tiemblan los labios y las piernas. no tengo la herida de bala.

-¡Sí!- Dice una voz con energía. De pronto, la niebla se desvanece y el suelo se vuelve de un color indescriptible, casi cambiante a cada milésima de segundo. No se puede ver nada alrededor a pesar de que se ha quitado la niebla. Es un lugar que no tiene fin.- ¿Te has dado cuenta del Mal que asola el mundo y el Imperio? 

-Sí, señor. Por eso te soy fiel, porque contigo podré cambiar las cosas.

-Y yo contigo, joven Matthias. Han intentado asesinarte, y eso significa que el Mal te quiere fuera de la vida. Hay distintos niveles de malvados. En este caso tendrás que eliminar a los que osan oponerse a tu palabra, a los que intentan oponerse a Mi palabra.

-Pero la violencia no tiene que ser nece...

-¡Silencio!- El suelo ha retumbado.- Sí lo es ¿o no te has dado cuenta? Deberás hacerte con el control de la Subcolmena para poder reunir la fuerza necesaria. 

-¿Fuerza necesaria? ¿Para qué?

-Eso lo sabrás muy pronto. Recuerda que debes convocar una cruzada en mi honor para purgarlos.

-Pero...- No puedo decir nada, la niebla vuelve a invadir el ambiente. Parece que me asfixio, vuelvo a perder el conocimiento. 

Despierto. Parezco estar en una cama. Sí, es una cama. Tengo algo enchufado en el brazo, creo que es una tranfusión de sangre, supongo que perdí mucha. A mi alrededor sólo hay una mujer sentada.

-Vaya, por fin te despiertas. Creo que lo has pasado realmente mal.

-¿Qué? ¿Quién eres?- La miro, es una mujer morena, de ojos grises. Bastante guapa, todo hay que decirlo. Lleva una túnica de color beige y un collar de oro con el Aquila.

-Soy de la Congregación Disopiana. Hemos visto lo que has hecho, y nos ha agradado.

Capítulo XVI: El primer hombreEditar

Dos días. Dos malditos días tardamos en viajar hasta las partes bajas de la colmena. Por esos lugares las vías de tránsito están en un estado mucho peor, así que tuvimos que reducir la marcha. Eso y que Mireas se quedó dormido mientras conducíamos y nos empotramos con un gran poste de tendido eléctrico, teniendo que dar cientos de explicaciones a los Arbites de por allí. Pero por fin llegamos; el cuartel general del "Primer hombre", el jefe de nuestro prisionero. 

Todo era demasiado...cómo decirlo...grandioso para ser de un líder de bandidos de los suburbios. Habíamos entrado hace ya rato en sus territorios, pero su edificio principal, donde se encontraría ese "Primer Hombre", era una gran nave de dimensiones garganturescas en casi todos los sentidos, cargado de columnas y eso; era un palacio dentro de la subcolmena. Estaba lleno de banderas y demás adornos que suelen ponerse en ese tipo de sitios. 

Nosotros entramos por una puerta gigante corredera adornada con mucha parafernalia tipo borlas, tapices y tal; lo que me parecía de lo más extraño. Una vez dentro, unos seis tipos nos detuvieron y nos hicieron bajar, dejando a nuestro rehén en el vehículo. Ellos nos condujeron a donde se encontraba ese "Primer Hombre", como ya era normal, estábamos en una gran sala cargada de columnas bastante altas, con un gran trono al fondo. Por lo visto fuese quién fuese ese "Primer Hombre" seguro que sería un megalómano de cuidado, y ese es el tipo de persona al que hay que temer. Por mis años de experiencia sé que a las personas que más hay que temer son a los psíquicos y a los megalómanos. 

Allí se encontraba el megalómano líder, sentado en el trono con una mano apoyada en la mejilla y el codo puesto en un brazo del asiento. Todo lo que se podía ver era la posición en la que estaba, inmóvil, sin alzar la vista, sabiendo perfectamente quiénes éramos, o al menos eso parecía. Cuando nos encontramos a una distancia cercana a ese individuo, se levantó rápidamente y su cara se destapó.

-¡Bienvenidos a mi palacio!- Gritó, mientras alzaba su brazo derecho.- Me llamo Einarming Trefflich, o como me llaman por aquí, el Primer Hombre.

Se acercó a nosotros, y entonces pude verlo con claridad: era un tipo pálido y con el pelo de color muy claro, casi blanco. Llevaba un largo abrigo de color gris oscuro y unos pantalones ajustados de color granate; en el lado derecho de su abrigo llevaba dos vainas de espada, una de las cuales estaba vacía. Sus ojos verdosos y grandes no dejaban de mirar a todos lados, y su boca, al vernos, dibujó una sonrisa.

-Vaya...veo que Número Dos se ha dado un buen batacazo con esto...bueno, habrá que cambiar un poco las cosas.- dijo para sí.- Meh, eso no es relevante. ¿Son ustedes secuestradores? ¿Mercenarios?

-Agentes de una organización imperial que no puedo nombrar por su propia seguridad.- Comentó el lnquisidor.

-¿Inquisición?- El desgraciado dio en el clavo.- ¿Qué hacen aquí? ¿Voy en contra de la ley imperial?

-Eso no es asunto nuestro. Estamos buscando a cierto individuo que...

-Un momento, vengan conmigo.

El tipo nos llevó hacia una de las salas cercanas a la gran "Sala del Trono". Esta era más pequeña y estaba sencillamente amueblada con una gran mesa y unas cuantas sillas, en las que todos tomamos asiento.

-¿A quién buscan?

-No es relevante. Si usted es el Primer Hombre, sabrá quién es nuestro rehén y por qué ha asaltado a punta de pistola.

-Ah, sí. Es Número Dos, mi mano derecha.

-Y ahora tendrá que responderme a lo siguiente: ¿de dónde ha sacado su número dos el artefacto que lleva en la mano?

-Un momento, ¿por qué tengo que responderle a eso? 

-Tiene razón. Bien, puede que un miembro de la lnquisicón pueda hacer algo como intercambio.

-Quiero a quien debía de estar aquí y que por culpa de la lnquisición no está. Quiero a lnbra Taworson.

-¿Inbra?- Salté.- ¿La hija de...

-Correcto. La quiero a ella. Si no, no puedo darles información acerca de eso. Y si no tenemos más que hablar, los invitaré a una comida caliente y podrán emprender la búsqueda del individuo al que están buscando por solitario.

-¡Espera!- Le grité.- Yo sé dónde está lnbra.

-¿Cómo? Vamos abuelo, habla.

-Bueno, no sé dónde está, pero sí con quién. Se encuentra con uno de nuestro grupo, así que no sería un problema muy grave el encontrarlos y entregártela. Y por favor, no me digas abuelo que no soy tan viejo.

-Así que la tenéis secuestrada...bien bien. Puede que todo se arregle antes de lo previsto.

-Ya le hemos dicho algo.- Comentó el lnquisidor.- Ahora queremos una respuesta. ¿De dónde ha sacado su número dos ese anillo?

-Fue un regalo. Señores y señorita.- Dijo mirando a Nesaricca, quien se había quedado dormida nada más sentarse.- Aquí en los bajos fondos también existe la diplomacia, no somos salvajes. Bueno, al menos no todos. Se mantiene un orden mediante alianzas y coaliciones. Nosotros en concreto estamos ocupando alrededor del 45% de las partes bajas de la colmena lo que, como podrán comprobar, es mucho. Y Como en el munod de arriba, las relaciones cordiales invitan a los regalos y los intercambios amistosos. En concreto ese anillo fue un regalo de un pequeño grupo de...cómo se hacían llamar...ah, sí, buscatesoros. Llevaban todo tipo de artefactos extraños y nos ofrecieron un par de cosas para que les dejáramos continuar con sus operaciones. Uno de ellos es ese anillo, y el otro..- Se levantó y se quitó el abrigo. Resultó que el tipo no tenía brazo derecho, pero en cambio llevaba algo incrustado que me resultaba familiar.- El otro lo tengo yo.

-Un Rosarius.- Sentenció el lnquisidor.- Pero ¿por qué lo tiene ahí? ¿Y por qué no se puso un brazo biónico?

-Verá señor...¿cómo lo puedo llamar?

-Viel.

-Bien Viel, yo estudié un poco de táctica militar, incluso me sabía de memoria un libro de un tal Zephirus Spei. A donde quiero llegar es que sé que hay que equilibrar la defensa y el ataque, incluso en el cuerpo a cuerpo. Soy un tipo buscado por las autoridades por razones que van más allá de las de ser un líder del crimen organizado, por lo que tengo que cuidarme las espaldas. Además, la espada gemela a la mía no la tengo y no se puede luchar con dos espadas desiguales, desequilibra mucho. ¿Eso lo explica? Espero que sí.- Se levantó con cuidado de no hacer ruido con la silla.- Señor Viel...-Decía, mientras se acercaba al lnquisidor.- ¿Es usted bueno con la espada?

-Eso me suelen decir.

-Excelente, podemos probarnos mutuamente. Jugemos a algo: si yo le gano, me contará algo que yo quiera saber, y viceversa.

El lnquisidor estuvo de acuerdo y Trefflich nos llevó a una sala bastante grande, que suponíamos que era como una especie de circo, pero no había nadie. En vez de subirnos a las gradas, nos quedamos en la arena para presenciar el combate entre el manco y el lnquisidor. 

-Bien señor Viel, este es mi lugar de entrenamiento. Las reglas son sencillas: se para a la primera sangre, no buscamos matar.

-Claro que no, entonces nuestra apuesta no serviría ¿verdad?

-Viel, usted es brillante. Bien, empecemos.- Nos apartamos de ellos mientras el lnquisidor desenvaió. Fhragen tenía otra espada, esta sin ser ocultada en un bastón pero guardaba las mismas características. El Primer Hombre no había mostrado su arma, llevaba todavía la mano derecha metida en el bolsillo.- Vamos Viel, demuéstreme qué sabe hacer.

"Este tipo no sabe con quién está jugando" fue lo que dijo alguien (creo recordar que fue Stodder), justo antes de empezar el combate. El lnquisidor se posicionó y atacó al lado más desprotegido; el del Rosarius. Trefflich esquivó aún con la mano guardada. 

-¿Eso es todo Viel?- Dijo, para provocarlo.

Ahora el lnquisidor parecía jugar en serio. Realizaba, estocada tras estocada, golpes fallidos al aire, Trefflich sabía perfectamente todos los movimientos de Fhragen. Ya cansado, el lnquisidor fue a lo básico, pegar sablazos a ver si le daba. Pero Trefflich se agachaba, saltaba, se movía a derecha e izquierda; provocanco así el enojo del lnquisidor.

-Viel, es usted muy lento. Creo que tendremos que terminar con esto.

En ese momento, y con una velocidad pasmosa, Trefflich sacó su espada y golpeó a la espada del lnquisidor. Su espada...era tremendamente bella, fina y con la empuñadura de color esmeralda. Cuando se movía brillaba de una forma innatural. Pero volviendo a lo que nos compete, decir tiene que de un solo movimiento desarmó al lnquisidor, acabando su espada en mis pies.

-Buen intento Viel. Si me permite decirlo, no es usted malo, no se preocupe. Ni que decir tiene que ha perdido usted la apuesta. Bien, ahora dígame Viel.- Dijo esto mientras se guardaba la espada otra vez en la decorada vaina.- ¿A quién buscan?

El lnquisidor, algo molesto por haber perdido, se mordió el labio y le respondió.

-Buscamos a Crawenn S. Mahtt, ex-miembro del Ordo Xenos de la Sagrada lnquisición del Emperador.

-Mahtt...sí, creo saber quién es. Ja, por eso tenía usted tanto interés por saber quién ha sido el que me regaló esto. Mahtt el buscatesoros, no parece ser un hombre peligroso. 

-Pues lo es, es probablemente el hombre más peligroso que se encuentre en este planeta ahora mismo.- Comentó el lnquisidor, cuyas palabras estaban cargadas de una tenebrosa certidumbre.

-Viel, creo que usted puede darme algo a cambio de decirle dónde se encuentra Mahtt. Y quiero saber dónde se encuentra lnbra Taworson.

-¿Para qué quiere usted, un rey de los bajos fondos a una joven aristócrata?

-Muy sencillo, para recuperar lo que un día me quitaron, la posibilidad de ser el rey de "todos los fondos".

Capítulo XVII: Mutantes y apasionadosEditar

Llegué tras muchas vueltas a la habitación donde se encontraba Inbra. Era un lugar pequeño y que olía bastante mal, por uno de sus laterales discurría una alcantarilla abierta. Ella estaba en un camastro tumbada, y creo que dormida.

-¿Inbra? Inbra, despierta.- Le decía suavemente mientras le daba golpecitos en el hombro, esperando a que se despertara con suavdad, cosa que no pasó. Al darse cuenta de que alguien la estaba perturbando, se puso terriblemente nerviosa y se puso a temblar rápidamente y corrió hacia una esquina de la sala, con el corazón acelerado y llorando a moco tendido.

-A...¿Andreus?¿También te han retenido estos monstruos?- Decía, mientras la cara de terror se le cambiaba en otra más relajada.

-No son monstruos, solo son...mutantes.- Dije, intentando defenderlos. Por otro lado es normal que una chica aristócrata desconozca la existencia de estos mutantes, y aunque la conociera se sentiría de igual manera horrorizada.- Inbra, yo también soy uno de esos mutantes al tener poderes psíquicos. ¿Eso me convierte en un monstruo?

-Esto...no...-Dudó, a la vez que se secaba los mocos con la manga. 

-¿Y por qué ellos deberían serlo?

-No lo sé, son...raros...muy feos y deformes. 

-Inbra, no debes de temerlos. Ellos nos han librado de morir en la explosión de nuestro vehículo. ¿Qué pasó realmente con eso?

-Perdiste el conocimiento y acabamos aquí. Más tarde esos...mutantes llegaron y nos encontraron así. Yo también lo perdí y me desperté aquí y con mis heridas casi curadas. Crees...¿que fueron ellos los que me curaron?

-Casi seguro, mis poderes de curación no pueden ir tan lejos.- Hay que recordar que la pobre se creyó que yo podía curar a la gente con solo mirarla y tocarla...en fin.

-¿Qué hacemos ahora Andreus? Tendremos que irnos de aquí, mi familia estará preocupada y buscándome.

-Pues no lo sé Inbra, no sé dónde estamos y qué va a hacer esta gente con nosotros. Pero de momento no digas quién eres. Esta gente solo sabe cómo te llamas, nada más. Y ahora...debemos esperar a que "La Dama" nos llame.

-¿Quién?

-La Dama es la que maneja todo aquí dentro. Es mejor hacerle caso por ahora o estos tipos se nos echarán encima como bestias rabiosas.

-Andreus...

-¿Sí?

-¿Cómo puedes estar tan tranquilo? ¿Sabes que saldremos de esta?

-Inbra...no lo sé. ¿Crees que estoy tranquilo? Estoy cagado de miedo, no sé si estos nos tendrán aquí de por vida o nos dejarán como esclavos, nos matarán o...o qué sé yo. Tengo miedo, estoy aterrado; pero simplemente estoy así porque no quiero que te desvanezcas...aquí no.

-Andreus...-Me volvió a decir, esta vez más cerca de mí. Había dejado de llorar cuando ya se abalanzó a mis brazos y me besó en la boca con tanta pasión que la habitación me daba vueltas, ya no parecía estar donde los mutantes, la lnquisición, Fhragen, el idiota de su acompañante, los muertos, los psíquicos, el Caos...ahora estábamos solos, ella y yo.

Ahora éramos un mismo ser que se movía de un lado a otro en una sincronía perfecta, en unos movimientos que parecían estar ensayados. Ella y yo nos fundimos durante unos minutos que parecieron horas y unas horas que parecieran minutos. Todo nuestro miedo se había convertido en pasión, en una pasión pura y brutalmente potente. Nuestras ropas volaron haciendo de sí un torbellino de cuero, algodón y protección antibalas. Nuestros cuerpos, ahora desnudos y ajenos a lo que estaba pasando afuera o incluso de la habitación misma; comenzaron a sentirse uno dentro del otro; siendo afines, siendo perfectos. 

En el sitio menos indicado, en la situación menos esperada, estuvimos ella y yo en lugares que sobrepasarían la imaginación a causa de la fuerza de nuestros instintos. Cada segundo nos llevaba a un paraíso totalmente diferente y con unos aromas, unas sensaciones, distintas. Ya nada era igual; la pared se había fundido para dejar paso a lugares imposibles y de ensueño, lugares donde jamás había estado nadie. 

Todo fue tan efímero...tan volátil...todo pasó en cuestión de segundos, hasta que terminó y había pasado una hora y media. Fue curioso que justo después de vestirnos apareciera Wiebh llamándonos para volver a hablar con La Dama. No es por parecer presuntuoso, pero rendí mejor de lo que esperaba y ahora teníamos una actitud más relajada respecto a nuestra situación.

La Dama estaba allí, mirando a la nada con sus ojos perdidos, creo que nos escuchó antes de vernos. 

-¡Querido!- Comentó ella.- ¡Y su compañera! Venid, sentaos.- Al hacerlo, su mirada no se posó en ninguno de nosotros, sino que seguía perdida.- Os he retenido por una razón muy especial. Andreus, tú eres un paria ahí arriba, ¿me equivoco?

-Esto...no del todo.

-Explícate, por favor.- Su voz seguía siendo igual de melodiosa como recordaba. Tendría que decirle a La Dama que era alguien distinto a quien era en realidad.- Somos...comerciantes de los niveles intermedios. Mis habilidades nunca han supuesto un problema a hora de llevar una vida normal.

-Lo siento, cariño. No puedo creerte, ya que pocos comerciantes llevan un aeronave militar.

-Nuestro negocio se centra más en el...contrabando.- Afirmé, eso aclararía algunas cosas.

-¿Contrabandistas? ¡Vaya, qué profesión más romántica y arriesgada! ¡Inbra querida, tú tambiénb puedes hablar!

-No quiero, señora. Andreus habla mejor que yo, se lo aseguro. 

-¿Así que este encantador joven se llama Andreus? Vaya, un nombre muy bonito.- Suspiró y volvió a hablar.- Querido, tus habilidades nos vendrían muy bien para nuestra causa. 

-¿Causa?

-Sí, nuestra causa. Y creo que deberías aceptar trabajar con nostros. Si eres quien dices ser, te resultará muy difícil llegar a tu casa. Tu vehículo ya ha sido desmantelado para mejores usos y te aseguro que el viaje hasta arriba será muy complicado.- En ese momento caí en que todo lo que decía era verdad; pero yo solo quería llevar a Inbra a casa. Lo malo es que su casa se encontraba a una distancia más que considerable. 

-¿Cómo os habéis atrevido? ¡Por delitos menores he visto juzgar a muerte a la gente!- Saltó lnbra, en un momento cuanto menos inoportuno.

-Querida, ni se me pasó por la cabeza el poder ser juzgada por desmantelar un vehículo de contrabandistas. Además, si resultara presa por las fuerzas del orden, cosa que a mi parecer es bastante improbable, el desmantelar una nave que no fuera mí sería el menor de mis problemas, te lo aseguro.- Tras un breve descanso y después de que se lamiera el labio superior continuó hablando.- Así que deberíais plantearos la opción de trabajar junto a nosotros.

-¡Nunca maldita bruja!- Gritó Inbra.- ¡Devuélvenos nuestra nave y nos iremos, nada más que hablar!

-Andreus, cariño. ¿Podrías decir a la señorita Inbra que abandonara la sala y se quedara fuera?

-Inbra, ¿podrías?

Ella me miró desafiante, con ganas de dejarme sin dientes de un puñetazo, pero al final accedió a mi propuesta. Sería porque le dije antes que actuara con normalidad, cosa que desde luego no hizo. Movió rápidamente su asiento y salió del "despacho". 

-En el fondo es buena chica, ¿verdad Andreus?- Comentó La Dama, justo después de que Inbra diera un portazo.

-Sí, así es.

-Ahora que no está ella; dime Andreus: ¿alguna vez te han juzgado mal solo por ser psíquico?- Fue directamente a la herida.

-La verdad es que sí. No soy un monstruo, no pido que se me trate como tal. 

-Exacto. Verás, todos los que estamos aquí abogamos por lo mismo. Nosotros somos como los demás. Vale que tengamos algunas "cualidades especiales" pero ¿y qué? ¿Acaso el Emperador no ama a todos los humanos que le rinden culto? Muchos de nuestros compañeros son tan fieles como lo son los altos cargo eclesiárquicos. O puede que más. ¿Por qué entonces se nos condena y se nos aparta como apestados? ¿Acaso lo somos? ¿Lo somos Andreus, somos apestados?

-Claro que no lo somos, Dama. 

-Bien dicho. Por eso estamos intentando hacernos valer. Nuestra lucha comienza aquí, en las partes más bajas y lamentables de la colmena, pero no se para aquí. En otro lugar de este planeta, se está llevando a cabo una revolución por parte de los que son como nosotros. Nuestros aliados de allí perdonarán a todos los "normales" que acepten a los mutantes como sus semenjantes. Y aquí no seremos menos. ¿O sí, Andreus?

-Por supuesto que no.

-Andreus, ¿estás harto de que se te juzgue, de que los demás te miren mal, de que todos tengan miedo de los que son como tú?

-Por supuesto.

-¿Deseas que las cosas cambien?

-¡Sí!

-Pues este es el momento. La colmena arderá tanto por dentro como por fuera cuando lleguen nuestros aliados de fuera. Mantuve con su líder, un hombre como tú, un poderoso psíquico, una conversación hace unos dos días. La colmena más próxima está a punto de caer; y entonces se dirigirán hacia aquí. Nuestra misión será que se encuentren con poca resistencia a hora de atacar nuestra colmena. Andreus, ¿has visto alguna vez una colmena por fuera, desde la lejanía?

-Creo recordar que no.

-Pues es algo fastuosamente masivo. Pero eso no sería relevante. Lo importante es que tiene unas defensas espectaculares de cara al exterior. Pero en el interior solo tienen las fuerzas del orden: los Arbites y los regimientos que aquí se encuentre -¿Estás diciendo que está habiendo un levantamiento contra el Imperio en este mismo momento, en este planeta?- Pregunté, atónito.

-Así es. Y quiero que formes parte de esa guerra. Serás una parte importante de ella, según te muestres. ¿Qué me dices, Andreus?

Capítulo XVIII: Absolutismo, revolución y mentirasEditar

-¡Porque hoy es el gran día! Hoy nuestros esfuerzos y penurias se verán recompensados. El Emperador, siempre vigilante, nos ha elegido, a nosotros y a nadie más como los que llevarán Su justicia hacia los malvados que nos apalean y nos subyugan bajo la amenaza de castigo. ¡Pero ya basta! Ya basta de esos opulentos desgraciados que osan aprisionarnos y pagan por mantenernos fuera de sus impolutas calles¡Hoy su sangre las bañará, sus muertos se agolparán en sus grandes y lujosas casas! Pero yo solo no podré hacerlo...quiero...es decir, ¿puedo contar con vosotros?- Espero a que todos griten que sí, cosa que no tardan mucho en hacer.- ¡¿Puedo contar con mis hermanos y mis camaradas?!- Parece que la colmena va a caerse de tanto grito; mis tímpanos puede que exploten.- ¡Gracias al Emperador! ¡Todos somos sus elegidos! Ahora queda prepararnos. Los hermanos de la Congregación tienen la forma de abrir las grandes puertas, así que podremos llevar Su luz a los malvados de arriba. ¡Dentro de dos horas! ¡Dentro de dos horas podremos subir y ajusticiar!

Termino y me marcho a mis aposentos, estoy cansado. Cada vez parecen quedarme menos fuerzas y no sé si llegaré vivo a la gran victoria para el Emperador. 

Me despierto. Parece que he dormido demasiado, no tengo ni idea de qué hora es. Salgo corriendo de allí en busca de mis hermanos...nadie en las calles. Todo está vacío, por más que recorra aquel lugar. ¿Y si se han ido sin mí? pienso. 

Corro hacia la puerta cuatro, la que usamos para la incursión salvadora. Cualquiera que se uniese a nosotros debería estar allí antes de partir. Llego exhausto, no tengo aire en los pulmones para poder respirar ni un segundo más, así que decido parar. A lo lejos la veo, la gran puerta cuatro. Una gran pared blindada, hecha para que pasen los grandes camiones industriales, justo antes de que se dejara de lado la subcolmena. Ahora simplemente es un recurso para mantenernos fuera. 

Pero...hay algo que no va bien. Los de la Congregación Disopiana tienen que tener un plan mejor que este. Las puertas no sólo están abiertas. Veo, a lo lejos, cómo un gran foco de luz abarca toda la puerta, y de ella salen múltiples figuras humanas, sin duda huyendo. Yo camino hacia la luz, mientras que mi instinto me insta a retroceder, como todas las personas que me estoy cruzando. Pronto, oigo disparos; que vienen en dirección de la luz. De repente, esta se apaga. 

A lo lejos, puedo distinguir decenas de figuras en fila, apuntando hacia mí. Arbites. Nos tienen. En ese momento me dejo llevar completamente por mi instinto y salgo huyendo de allí.  Recibo un disparo en el costado.

Llego a mis aposentos de nuevo, el disparo no parece ser muy profundo. Allí me encuentro con llkgra Musii, la Acógena (como una suma sacerdotisa) de la Congregación Disopiana. "Hemos fallado" me dice nada más verme.

-Por el Emperador, ¿qué ha pasado?- Le pregunto, apresurado.

-Nuestra causa se ha visto truncada por algún espía de arriba, de los esclavizadores. Ellos sabían cuándo y dónde atacaríamos al sistema corrupto.

-¡No! Por Su estampa...no puede ser...¿cuántos han caído?

-Me temo Matthias que han sido muchos como para siquiera pensar en un segundo asalto. Hemos perdido, y no podemos reconstruir esto de nuevo. 

Capítulo XIX: Cojos, notas musicales y almuerzos arruinadosEditar

-Nesaricca… ¿qué opinas del Primer Hombre? – le pregunto, mientras el lnquisidor y nuestro futuro tema de conversación se alejan hacia su trono a charlar.

-Sólo sé que es un enemigo del Emperador; y por tanto…

-Ya, ya. Por tanto debe ser eliminado con fuego. Pero ¿no hay nada más?

-Parece que quiere utilizarnos para algo.

En ese momento recordé que las Hermanas de Batalla no son enseñadas para disponer de un espíritu demasiado crítico. Todo para ellas es condenación y fuego; así que tampoco merecía la pena explayarse hablando con ella. De todos modos tampoco me apetecía demasiado, pero era ella o Mireas, así que decidí rápido. Mientras aquellos dos seguían de cháchara, unos cuantos tipos se nos acercaron y nos ofrecieron amablemente abandonar la sala del “subtrono”, como ellos lo llamaban. A cambio, fuimos a una especie de cantina, situada a varios cientos de metros del “subtrono”. Entre un sitio y otro pude comprobar la calidad logística y organizativa con la que estaba planeada esta base. He de decir que no se parecían a simples bandidos, por muy organizados que estén. Los pasillos, largos y rectos, como en damero, estaban llenos de personas que iban y venían llenos de cajas. Una vez llegamos a la cantina con los sirvientes (que ellos mismos decían que era la cantina número 2), se nos puso en una larga cola, en espera de que unos individuos nos sirvieran la comida en bandejas.

-Qué ordenado todo.- Dijo Mireas; muy atento como siempre.

-Así es. Esto me recuerda a cuando estaba en la Guardia Imperial.

-¿Tú has estado en la Guardia? ¡Pero si eres un viejo hereje!- Gritó Nesaricca, discreta como ninguna. En el momento en el que dijo eso, todos los comensales miraron hacia ella; momento en el que habría que preocuparse por su integridad física.- ¿¡Qué miráis condenados!? ¡Seguid comiendo u os cortaré el cuello!- Vociferó mientras acelerada cogía un cuchillo de una mesa y se subía encima de ella. Evidentemente, quienes tendrían que preocuparse por su integridad física eran los presentes, y no ella.

-Ya estamos…- Suspiré en voz alta.- Nesaricca, anda. Ya les llegará la hora del juicio del Emperador pero por favor, bájate de esa mesa y pídele perdón a ese señor por cortarle en la cara.

-Está bien. Pero como vuelva a ver que me miráis… ¡hijos de puta!- Blandió de nuevo el cuchillo, los demás saltaron hacia atrás, sorprendidos. Nesaricca dejó el cuchillo donde lo había cogido y lanzó una sonrisa. Un rato después de ese altercado, casi nos tocaba a nosotros la comida. Cuatro sujetos con muchos lamparones en sus camisas repartían una especie de puré de color anaranjado en las bandejas. Justo cuando le tocó recibir su ración al tipo de delante, oímos gritos desde el principio de la cola.

-¡Dejad pasar! ¡Vamos, perros!- Se oía, cada vez más cerca. Al parecer sea quien fuere aquel individuo que venía desde atrás debía ser un líder o algo así. Por fin llegó a donde yo estaba. – ¡Apártate desgraciado!- Me mostré reacio a hacerlo, teniendo en cuenta que yo no era un subalterno de aquel tío, si es que era una especie de jefe. Sin embargo le dejé pasar. -Claro señor, por supuesto señor.- Dije. En lo que no caí es que delante de mí en la cola estaba con quien menos desearía enfrentarse ese tipo antes de comer.

-¡Fuera de ahí, zorra!- Gritó, justo antes de tragarse sus palabras de la misma manera que habían entrado. Se tragó las palabras y creo que algún diente.

-¿¡Zorra!?- Creo que sus ojos se volvieron de verdes a rojos debido a la inyección de sangre. - ¿¡Cómo que zorra, hereje bastardo!?

-Esta vez que se las arregle ella sola.- Me dijo Mireas.- Yo ya tengo comida, si quieres comemos y entre los dos vemos el espectáculo. No me pareció mala idea, así que nos mantuvimos ajenos al tema y nos fuimos a una mesa lejana de la pelea que se iba a producir en breve, en estos momentos estaban frente contra frente diciéndose cosas. Una vez me senté, pude ver el adversario de Nesaricca: era un tipo de talla normal, con un pelo blanco, largo, a la altura de las orejas y revoltoso, pero bastante abundante. Tendría una edad más o menos avanzada, pero la suficiente como para estar vigoroso y poder hacerle frente a Nesaricca con valentía. Su piel, blanca, estaba marcada con numerosas arrugas. Pero lo más extraño es que llevaba una ropa un tanto peculiar; con un largo abrigo de noble de color negro y una extravagante camisa con chorreras que en su momento debían ser blancas; pero ahora eran de un tono marrón y con marcas rojas (esto último debido a la sangre, supongo yo). También contaba con unas medias de color café metidas dentro de unas largas botas con unos broches dorados; tanto las botas como las medias estaban roídas y viejas.

-¿¡Acaso eres nueva!?- Gritó el hombre, mientras se tapaba la nariz con las manos, evitando la hemorragia. - ¿¡No sabes quién soy!? No te dejaré refractarte de tu error ni dejaré que el Primer Hombre te juzgue, ¡te mataré aquí mismo!

-¡A ver si es verdad, cerdo herético!- Contestó ella, mientras buscaba algún instrumento afilado con el que acabar esa conversación. Todo acabó en una emocionante lucha a puñetazos, en la cual Nesaricca tenía las de ganar. Su rival estaba ya mayor y no reaccionaba de acuerdo con la situación. Recibió un izquierdazo en la parte de los riñones, y un gancho en la barbilla; esto último lo tiró al suelo y todo. A Nesaricca, en cambio, solo le llegó un golpe perdido en la sien; lo suficiente para dejarla aturida pero no para perder. El otro tipo estaba en el suelo y Nesaricca se apoyó con el codo en la barra en la que servían las comidas, dispuesta a descansar. Muy a su pesar, el tipo se estaba levantando y la enfermedad de Nesaricca (una de las varias) empezó a hacerle efecto. En cuestión de segundos, se quedó dormida allí mismo, mientras su rival empezaba a saber dónde estaba.

-¡Ja! ¡Ahora esa desgraciada se hace la dormida! Eso no te va a librar de mí…probarás un “la sostenido”- Dijo ese sujeto mientras yo me preguntaba si había oído bien lo que quiso decir. Cuando deduje que se notaba de una nota musical (algo que no tenía sentido ninguno), ese individuo extrajo de su camisa de chorreras una pequeña granada, dejándola al lado de Nesaricca.

-¡Ahora verás qué despertador más bueno te he regalado!- Tras decir esta para nada ingeniosa frase, le quitó el seguro y se alejó poco a poco de ella, sin dejar de mirarla. En ese momento yo salí corriendo para quitar a Nesaricca de allí, evitando su espantosa muerte por explosión. Salté por encima de dos mesas y llegué por fin donde ella estaba; la cogí en brazos y la arrojé al otro lado de la barra, el otro tipo dijo “la” con un tonito. Un instante después, la granada explotó. Yo salté justo donde ella estaba, parapetándome así por completo…o eso pensé. De repente, dejé de notar la pierna derecha a la altura de la rodilla. “No puede ser” pensé. Instantes después, vi con dificultad cómo un objeto que bien podría ser lo que se había separado de mí iba a parar a una de las ollas llenas de ese potingue que nos iban a servir como comida. Al instante, me puse a gritar como un condenado.

Cincuenta y siete años en el frente y ni una sola herida grave. Pero claro, en ese momento no era el laureado coronel Zephirus Spei, sino un desdichado bandido. Todo lo que podía esperar en aquel lugar era o que me pusieran un implante de dudosa procedencia, o que me ataran con cinta aislante la pata de alguna silla. He de reconocer que en ese momento la suerte no me sonreía; pero al menos he salvado la vida de una joven. Digo yo que el Emperador me tendrá en cuenta al haber salvado a una de sus devotas a riesgo de perder la vida. Sangraba como un orko cuando se le atraviesa el pecho y la única atención que tuve fue la de Mireas, que se acercó a ver qué me pasaba.

-Oye, Spei.- Me decía, mientras se quitaba los restos de puré de la boca con la manga.- Creo que te has quedado sin pierna.– Ni que decir tiene que en ese momento se la tenía jurada.

-¿¡Ves lo que pasa al meterse con el tercero!? Yo soy Luven Beething, el compositor más afamado de todo este planeta; y esa prostituta ha osado ponerme una mano encima. No es que desprecie el trato de las prostitutas pero…

-¡Maldito viejo, me has arrancado la pierna!- Grité con todas mis fuerzas.

-¿Quieres más música? ¡Te voy a enseñar lo que es un primer movimiento!

-¡Ya basta! ¡Mirad lo que le habéis hecho a mi cantina!- Dijo una voz conocida, la que segundos más tarde descubrí que se trataba de la del Primer Hombre.

Capítulo XX: ¡Hacia arriba!Editar

Habían pasado unos dos o tres meses desde que le dije a La Dama que sí, que me uniría a su causa; y nunca antes me había sentido tan feliz ni tan realizado. Mi corta instrucción militar como soldado y coronel me sirvió para organizar a las hordas mutantes de La Dama hasta convertirlas en un ejército más o menos profesional. Sus rivales, los bandidos, las bandas de traficantes y los fanáticos religiosos están mucho menos organizados. Dirigía en ese momento a toda una sección del ejército de mutantes para eliminar un objetivo concreto, la asamblea de fieles del Emperador que se reunían anualmente en un lugar conocido como la plaza del fuego y la redención. 

Una legión de fieles se reunía para hacer hogueras y meter en ellas a los herejes, que hasta donde llegaba mi entendimiento solían ser decenas, o incluso cientos de ellos. Nosotros éramos excactamente setecientos cincuenta y siete, y ellos eran muchos más. Sería interesante y sangriento, teniendo en cuenta que sólo unos setenta de los nuestros tenían armas de fuego. 

Llegaba el momento, justo cuando los fanáticos sacaran de sus jaulas a los herejes y los presentaran sería el momento de atacar. ¿Que cómo sería el ataque? Bueno, una ofensiva a la antigua usanza: ataque frontal y que sea lo que el Emperador quiera. Bueno, no exactamente. El lugar de purificación era una gigantesca plaza, que antes (o eso me dijo La Dama) era un espaciopuerto pero claro, se construyó encima y ahora sirve como lugar de reunión. Al espaciopuerto se accedía por tres grandes arcadas que hacían las veces de avenidas. Fue curioso que, habiendo entrado en el distrito de los fanáticos, no nos encontráramos con nadie.

Mejor así, supuse. Yo, armado como un comandante de segunda mano (portaba una sucia espada de energía que funcionaba a ratos y una armadura completa de soldado de asalto imperial un tanto raída ya; y en mi cinto guardaba una pistola de munición sólida, conocida en otro tiempo como revólver. No me fiaba demasiado de esta última pieza para completar mi equipamiento), iba en el frente, mientras dividía a las tropas en función de la avenida por la que atacarían. Sería un triple movimiento de pinza, no soy tan estúpido como para dejar escapar a las muchedumbres por algún lado. Ni que decir tiene que la plaza estaba rodeada por bloques de pisos que llegaban hasta el nivel superior, hasta el techo que podía verse a lo lejos si uno miraba hacia arriba. 

-Sí, ajá...perfecto.- Me comunicaban que los herejes ya habían salido de sus jaulas, era el momento de atacar.- A Ryen y Gaspindru (mis dos subordinados más directos. He de decir que jerarquicé mucho la estructura de mando de los mutantes a mi llegada), atacad ya y no dejéis piedra sobre piedra. La Dama nos protegerá, y el Emperador velará por ella. 

-La Dama nos protegerá, y el Emperador velará por ella.- Me respondieron ambos al unísono.

En ese momento, corté las comunicaciones y me dirigí a mis hombres.

-Ahora es el momento, mataremos a esos que nos hacen llamar monstruos. Esto no es una venganza, es justicia. ¡Por la Dama y el Emperador!

Todos corrimos enloquecidos por la larga calle, la llamada por los fanáticos la Avenida Redentora, hasta las posicones de los fanáticos, situadas a unos quinientos metros de la congregación. Era evidente que ni unos religiosos dejarían desprotegida su reunión. No eran muchos, pero iban armados con armas de fuego y combatieron como fieras. En cuestión de escasos minutos eliminamos a los veinte hombres de la dotación. Ahora no quedaba más que entrar allí y llevarnos a todos por delante. Y eso hicimos.

Mi espada se puso en funcionamiento, y mi pistola disparó catro de las seis balas en los pocos segundos antes de entrar al espaciopuerto. La gente se agolpaba por salir, corriendo despavorida hacia ninguna parte. Decenas de ellos murieron aplastados por sus propios feligreses y la sangre corrió por aquel lugar. Era una verdadera matanza, no había respuesta armada... y yo la estaba disfrutando. 

En ese momento, sin saber por qué, quise hacer uso de mis poderes. Una vez más, la sangre se me heló, la cabeza empezó a dolerme...pero yo rezumaba placer por todos sitios. Mis manos, mi pecho...todo mi ser pegaba relampagazos, pero yo estaba dispuesto a desatarme. Mi espada se cayó de mis manos, y la pistola se volvió tan caliente que instintivamente tuve que soltarla. Cuando vi con mis ojos plapitantes a gente huyendo de mí, arriesgándose totalmente a morir a manos de un tipo con dos cabezas, supe entonces que el Imperio odiaba a los psíquicos más que a cualquier otra clase de mutante...La Dama tenía razón.

Entonces mi poder se volcó contra ellos. Sólo recuerdo de aquello cómo caían números impensables de personas ante la furia disforme que desprendían mis manos, en forma de rayos. Yo no paraba de reir, y ellos de llorar, sangrar, y morir. Al final, no quedó vivo ninguno de ellos, y yo me sentí tremendamente cansado a la vez que satisfecho.  Mis hombres se habían portado bien. Solo habían caído unos sesenta hombres de los nuestros, mientras que las muertes de los fieles se contaban por miles. Incluso a quienes tildaban de herejes los matamos. 

Cuando ya todos los heridos habían sido eliminados, subí al estrado que esos fanáticos habían construido en el fondo del espaciopuerto, justo delante del gran silo subterráneo abierto que antes era un depósito de combustible pero que ahora era el lugar donde los "herejes" se quemarían horriblemente. En ese estrado me dirigí a los soldados.

-¡Hombres! Sabemos todos que esta masacre ha sido brutal e inmisericorde, pero se lo merecen.- Me crecía en mi convencimiento de lo que estaba haciendo era lo justo, esos individuos se merecían morir de esa forma. 

-¿Otra vez en las mismas?

-¿Qué?¿Quién ha dicho eso?- Grito, mientras los demás me miran atónitos.

-Vaya...veo que no te acuerdas de mí. 

En ese momento ya caí de quién se trataba. Aquel ser...aquella capilla...todo volvía a aquel infierno. Pero algo no cuadraba; ese ente estaba atado con cadenas, o al menos eso creía.

Mis ojos se nublaron, la cabeza empezó a dolerme de una manera que me hacía querer volármela de un tiro, pero la pistola la había tirado. Sentí un frío glacial cuando, sin haberlo previsto, me derrumbé. Seguía consciente, pero cada vez veía menos hasta que dejé de sentir mi cuerpo y ví cómo mis hombres corrían a socorrerme, pero era demasiado tarde: ya me había desmayado cuando llegaron.

Parte tercera: La colmena en llamasEditar

Capítulo XXI: Verdaderas intencionesEditar

-No entiendo el sentido de este ritual, Acógena.- Le cuento mis preocupaciones, al ver todo ese sentimiento ocultista que ella tenía y los curiosos símbolos que tenía la sede de la Congregación.

-No es necesario que lo entiendas, hermano. Solo necesitas seguir mis órdenes y el Emperador te dará las fuerzas que desees.  

-¿De veras, hermana?-Pregunto, preocupado.

-Por supuesto. sabemos muy bien cómo utilizar Su favor. Pero...necesitaremos algún que otro...sacrificio.

-¡Me sacrificaré lo que sea necesario siempre y cuando esos tiranos mueran!

-Bien...entonces podremos iniciar el ritual que teníamos ideado. Su gracia vendrá a nosotros para acabar con nuestros enemigos.

Eso me tranquiliza, pero todo se vuelve cada vez más inquietante. Me estoy adentrando demasiado aquí, y las manchas de sangre y los cadáveres se amontonan por todos lados. Empiezo a pensar que estos fanáticos son gente muy peligrosa, no tendría que haber venido. 

Atravesamos un largo y estrecho pasillo, para acabar en una gran galería alumbrada con velas. Desde la penumbra vienen gritos agónicos, y tiempo más tarde ya sé de que son: tienen a hombres enjaulados como animales.

-Hermana, estos hombres...- Comento, mientras me inquieto cada vez más.

-No te preocupes por ellos, son necesarios. Sus voces han de ser escuchadas también.

"Claro, eso es" pienso. Siguo sin verle lógica a esto, cuando llego a una gigantesca sala semicircular, en la cual hay textos enteros escritos con sangre. No logro identificar el idioma, pero por cada letra que consigo ver me da un escalofrío tremendo. Antes de llegar a aquella macabra pared, hay una gran circunferencia descrito con sangre, así como ocho flechas que salen de su centro y van a parar a unos tipos que están encadenados. Justo detrás mía ha aparecido un tipo con piel demacrada y vestido con una sencilla túnica color marrón. 

-¡Hermana, he de exigir una explicación a todo esto!

-¿No querías poder?¿No querías sacrificio? Pues este es el método más directo para acabar con esos tiranos y mosntruos. ¿Lo comprendes, Matthias?

-Esto...sí...- Esta mujer me hace dudar. 

-Excelente. Ahora ponte ahí, en el centro.- Le hago caso.- Hermano Rdia, puedes empezar con el ritual. 

En ese momento, las luces se apagan y el Hermano Rdia empeza a recitar unos cánticos que no pueden alcanzarse mediante el esfuerzo vocal humano, sería demasiado grave. Justo al término de cada verso, oigo un grito de dolor, seguido de un reguero de sangre. Las letras que han en la pared empiezan a brillar de una manera antinatural.

-¡Hermana!¡Exijo una explicación y la quiero ya!- Le grito, indignado.

-Matthias...¿no querías sacrificarte por tu causa?

-¡Sabes que haré todo lo que está en mi mano para que los tiranos sean derrotados!- Le grito con convencimiento.

-Excelente. Por la gracia del Caos, tú serás la punta de la envenenada lanza que acabe con el Falso Emperador. Matthias Capitol, por el Caos.

-¿Qué?¿Falso Emperador? ¡Eres una hereje!

Tras esto, siento un sonido silibante que cruza mi costado. Una y otra vez siento ese sonido. Viene seguido de un dolor inescriptible...esa hermana me ha apuñalado. Me desvanezco, veo, ya en el suelo, cómo brota la sangre de mi cuerpo y se extiende por el suelo.

-Tú...traición...-Es lo único que puedo articular.

-No...no temas, hermano. Tu sacrificio está justificado y tu deseo se cumplirá. Los guerreros del Caos vendrán, y le rogaré a mi maestro que, en tu honor, le arranque la cabeza a los gobernadores de este maldito planeta. Y ese sólo será el primer paso, ¡tu Emperador irá después!

No me lo creo...había escuchado hablar de lejos de estos rituales heréticos que propagan la muerte por donde se realizan...pero esto es algo totalmente distinto. Mi muerte servirá para que el lmperio se haga más débil y los tiranos mueran pero...¿a qué precio? 

-Los Dioses del Caos nos recompensarán hermanos. ¿No estáis felices? ¡La muerte de nuestros enemigos primero, la gloria y la eternidad irán detrás!

En ese momento, el hermano Rdia termina su cántico con una nota más grave y más potente de lo normal. Cuando hace eso, las letras de la pared brillan hasta alcanzar lo molesto, y la sangre, tanto la mía como la de los demás sacrificados, se está desplazando hacia esas mismas letras. 

Mientras los asistentes se mantienen inmóviles viendo aquel herético espectáculo, yo intento apartarme del círculo malvado, para evitar la muerte en un lugar pagano. Consigo apoyarme enla pared cuando las letras empiezan a moverse, para mi asombro. Cada vez tengo la vista más nublada, mi muerte está próxima. 

Las letras se mueven alrededor del círculo, y cada vez con más fuerza. De repente, una potente luz ilumina toda la sala, seguida de el sonido de una profunda y grave risa. 

-¡Por fin!- consigo escuchar.

Toda la sala se llena de una nube, parecida al incienso, de un color imposible, de los mismos tonos que veía en mi sueño.

-...Emperador...¿eres tú?-Consigo decir, convencido de que esa voz era de Él, de quien me hablaba en mis sueños.

-¡Ja ja ja!- Me dice esa voz.- Lo siento, Matthias. No soy el Emperador. Ni siquiera soy uno de sus fieles; al contrario. 

No puede ser...me habían engañado...ese ser, sea quién sea, me ha estado engañando para propiciar esto.

-Matthias, he de darte mis más sinceros agradecimientos. Sin esos sacrificios en nombre de los Dioses del Caos que has cometido, jamás se hubiera podido producir esta brecha y sin ella, no estaría aquí. Pero no te apures, como ha dicho la Acógena, tus tiranos morirán. Y tú, Matthias Capitol, ¡serás el primero de muchos en ser sacrificado!

Capítulo XXII: Todos los hombres del Primer HombreEditar

-¡Mataré a ese maldito cerdo, y lo haré poco a poco!- Gritaba, probablemente para calmar un poco el dolor.

-Tranquilo señor.- Me dijo el médico que estaba de turno. Bueno, médico si pudiera llamársele así. Era un escuálido descamisado con unos grandes anteojos y cuyo quirófano era un sitio lleno de manchas de sangre, sanguinolentas vendas esturreadas por el suelo y numerosos serruchos colgados en la pared cogidos con clavos.

-¡No no no! Tú no me toques.

-Bro, vete de aquí.- Llegó Stodder, que no sabía qué pintaba allí. Le estaba diciendo que se fuera al médico. La verdad es que fue la primera cosa buena que había hecho por mí.- Bueno, veamos que puedo hacer con esto, bro.

-¿Qué quieres hacerme? ¡Maldita sea, no me toques!- Me revolvía en la camilla, pero como estaba atado por dos cinturones y una cable alargador en los pies, era en vano.

-No pasa nada, bro. ¿Por qué crees que el lnquisidor me tiene en su séquito? Aparte de un chico guapo, soy uno de los mejores médicos de esta maldita galaxia. Y ahora bro, relájate.

-¡No! ¡No quiero morir así!- Grité, mientras Stodder sacaba una aguja de uno de los bolsillos de su pantalón, y me la inyectó en el cuello.

-Bro, no seas tan negativo.

Desperté y no sé lo que había pasado. Estaba en una cama (bueno, en realidad era un colchón tirado en el suelo) mirando hacia arriba, cuando una figura borrosa se interpuso entre el foco fluorescente del techo y yo. 

-¿Qué ha pasado?

-Gracias, Zephirus.- Me dijo una voz que me sonaba difusa. Parecía ser de mujer.

-¿Quién eres?

-No merecía la pena, tendríamos que haberlo sacrificado en nombre del Emperador.- Dijo esa voz, dirigiéndose hacia otro lado.

-¿De qué hablas? Si solo ha perdido una pierna.- Comentó otra voz, esta vez se asemejaba a una de hombre.- Y encima que te salva de ese chiflado de los explosivos.

-¿Dónde estoy?

-Parece que está empezando a espabilarse.- Alegó una tercera voz.

-A ver si es verdad. Bien bro, he de decirte que tienes una reluciente pierna nueva. No es un lujoso implante imperial de alta clase, pero es lo único que he podido encontrar.- Por esa muletilla deduje que se trataba de Stodder. Segundos más tarde recuperé la completa facultad de visión, y no me equivoqué en mi suposición.

-¿Pierna? ¿Me habéis implantado una pierna?

-Exacto, bro. Bueno, concretamente te la he implantado yo.

-Esto...gracias Stodder.

-Para eso estamos. No dejaría que a un miembro del séquito del lnquisidor le pasara nada.

-Eso dice mucho de ti. Y yo que pensaba que eras otro sucio hereje.

-Es que si no el lnquisidor me despediría. Y cuando un lnquisidor te despide, te convierte en un servidor o, en el mejor de los casos, te borra la memoria. 

-Pues vaya...gracias de todos modos.

Miré a mi alrededor. Allí, en aquella sala (otro almacén cochambroso) estaban Nesaricca (que se había cambiado de ropa, esta vez iba con un mono azul de mecánico), Mireas (que iba igual que Nesaricca) y Stodder, quien no se había cambiado de ropa todavía (mas tarde me diría que era porque no se fiaba "de estos bandidos ladrones de trajes). Segundos más tardes, miré hacia abajo, allí estaba mi nueva pierna. 

Con su desgastado color plateado, era una pierna de un modelo usual dentro de la Guardia Imperial, en mi carrera había visto cientas de ellas, dicen que son cómodas y uno se adapta bien a ellas. Era un implante hasta la rodilla, esta incluída. La rótula había sido destruida en el desafortunado accidente. 

-Una belleza, ¿eh? Tiene algunas modificaciones hechas por estos tipos, por lo visto son una especie de genios de la mecánica, o algo así. ¿A que quieres verlas, bro?

-Por supuesto.- Dije, mientras me levantaba pesadamente. Empezar a controlar una pierna nueva era como andar de nuevo, pero uno acababa acostumbrándose. 

-Veamos...¿por dónde empiezo? Ah, sí. Como habrás podido ver, no se trata de un implate sustituto, sino mejorado. Es por eso por lo que no tiene el usual pie humano de cinco dedos. En su lugar tiene una garra de tres dedos, dispuestos de forma que puedas agarrar cosas, hacerla prensil. Su segunda característica especial es que la rótula puede disparar. 

-¿Cómo va a disparar una rodilla?- Pregunté, estupefacto.

-Muy sencillo. Mediante un proceso cognitivo, podrás disparar una pequeña carga láser lo suficientemente potente como para hacerle daño a un tipo en una distancia efectiva de treinta metros. Si le das, claro. 

-Oye tío.- Dijo Mireas, que hacía ya mucho tiempo que estaba mirando atentamente al foco.- ¿Me podrías poner una de esas a mí también?

-Cuando un loco te reviente una pierna con un explosivo, entonces sí, bro. Y ahora, la mejor de todas las características de tu nueva pierna. Mediante otro proceso cognitivo, podrás sacar un pequeño frasco. Pues bien, ese frasco contiene dos sustancias. Una de ellas es un potente explosivo plástico, que solo hay que colocarlo en el sitio que desees volarlo por los aires y !BUM¡

-¿Y el otro?

-Un potente...

-¿Veneno?- Me anticipé.

-¿Ácido?- Dijo Nesaricca.

-No y no. Es un potente y delicioso licor que se prepara aquí. Por si te aburres, ya sabes. 

-Entiendo...

-Bien, basta de charla.- Una quinta figura entró en la sala. Era el lnquisidor.- Después de este incidente contra el Tercer Hombre, he arreglado un poco las cosas con el primero. Zephirus, ¿cómo estás?

-Bastante bien, gracias.

-Perfecto. Ad hoc vamos a hablar acerca de nuestros planes para el futuro próximo. No se ha podido contactar con Libertador, pero con toda seguridad estará bien y con la señorita Taworson. Eso nos da una ventaja. El Primer Hombre la busca, y nosotros buscamos a Libertador, así que no es mala idea aliarnos por el momento. Siguiente punto. Lo que vamos a hacer a partir de ahora. Somos como mercenarios al servicio del Primer Hombre, ajenos a su cadena de mando. 

-¿Cadena de mando?- Preguntó Nesaricca.

-Sí, ellos tienen un simple sistema numérico, en el que un número superior manda sobre otros más pequeños. Por eso hay que tener cuidado con los números superiores porque son un poco...soberbios. Dicho esto, continuo con el plan. Nuestra idea es encontrar a un tipo que es un conocido del Primer Hombre, así que nos conviene seguir con él por esas dos razones.

-Inquisidor...-Salté.- ¿Cuáles son los verdaderso planes dle Primer Hombre? No parece un simple bandido.

-Muy agudo, Spei. La pérdida de tu extremidad no te ha hecho menos ingenioso, aunque no sería lógico que lo hubiera hecho. El Primer Hombre busca derrocar al gobernador, así de simple: no es un bandido, es un revolucionario.

-¿Y cómo piensa hacerlo? ¿Con su ejército de malnacidos? ¿Con el compositor chiflado?- Vuelvo a preguntar, esta vez con un tono sarcástico.

-No exactamente. Los gobernantes en este planeta perpetraron un golpe de estado hace ya tiempo. Todos sabemos cómo funcionan estas cosas, las coronas se ganan con sangre de los enemigos. Por lo visto, la familia Taworson fue la que realizó ese ataque, y el Primer Hombre es un familiar directo de los derrocados. Por razones que no me ha querido explicar, fue exiliado aquí, y desd eestas cloacas planea su ataque.

-Inquisidor, lamento ser pesado, pero no has respondido a mi pregunta.

-Todo a su tiempo, Zephirus. Resulta que en este planeta es costumbre que en las bodas los futuros suegros den al novio lo que él desee. Es una norma seguida a rajatabla y quien no la siga será incluso castigado.

-¿Y eso qué tiene que ver?

-El Primer Hombre quiere a Inbra Taworson. La quiere para casarse con ella. Lo peor es que en esta colmena, para una boda no se necesita un consentimiento e ambos cónyuges, sino un intercambio de sangre mediante una herida en la mano. Así que...

-Solo tendría que rajarle la mano a Inbra para obtener el derecho a reclamar una dote que...sería el trono.

-Extactamente.

-¿Y en caso de que no le cediera el trono?- Preguntó Nesaricca.

-Se le tacharía de no ser seguidor de las costumbres de los ancestros y bla, bla, bla. Esto conllevaría a un cuestionamiento de su moral y por tanto de su fe en el Emperador; lo que daría pie a una investigación inquisitorial y a una serie de indeseables revueltas. Ahí aprovecharía el Primer Hombre para sacar a sus ejércitos numéricos del subsuelo y hacer un golpe de estado ascendente. 

-Ganaría de igual forma....pero solo si encuentra a Inbra Taworson.- Aclaró Nesaricca, que mostraba un poco de razonamiento lógico

-Correcto de nuevo, Spei. Su objetivo principal es encontrar a esa mujer.

-Inquisidor...dije.- ¿Nosotros deberíamos apoyarle? Es decir, ¿deberíamos ayudar a un golpista para desequilibrar un gobierno imperial? Eso podría provocar una desestabilización de todo el engranaje industrial de lmperio, teniendo en cuenta que esta es una de sus colmenas.

-Eso no es de nuestra incumbencia. Nosotros no somos reguladores ni politólogos. No nos encargamos de evitar revoluciones. Nos encargamos de buscar, cazar y aniquilar a los alienígenas y a los que traten con ellos, y eso es lo que estamos haciendo. El fin justifica los medios, Zephirus Spei. Esa es la ley fundamental de la Inquisición. Dicho esto, a partir de mañana seremos integrantes del ejército de bandidos del Primer Hombre, eso hasta que contactemos con Libertador. ¿Alguna pregunta más? Excelente, ahora vámonos de aquí, que hay otro tullido por una explosión del tercero al mando.

Capítulo XXIII: Retirada tácticaEditar

-¡Quiero esos tanques en el sector 12-B, y los quiero ya!- Ordenó el general, sabiendo que su orden no sería cumplida.

-Pero señor, mis hombres están defendiendo el Parque de los Héroes.- Vociferó alguien por el comunicador, entrecortado.

-Retiraos de allí y acudid al sector 12-B, cambio y corto.- Tras esto, el general cerró las conversaciones.

-General.- Salté.- Creo que estaban haciendo un buen trabajo allí. Las tropas de Von Freed habrían aguantado hasta que...

-¡Silencio Huggil! Tengo cosas más importantes de las que ocuparme. ¡Ponedme con la 3ª brigada de pesadas!- Volvió a gritar a los que estaban con las radios.- Por el Emperador que esta colmena no caerá a manos de los herejes.

Treinta y cuatro días habían pasado desde que se desataron las primeras revueltas histéricas en la subcolmena. Nada raro, unos cuantos fanáticos y otros tantos descontentos con el mundo que les ha tocado vivir. En realidad no me parecía extraño. Yo me crié en una buena familia militar, siempre al servicio del Emperador y he podido presenciar en las "limpiezas de mutantes" que hacíamos regularmente la miseria con la que se vive ahí debajo. Pero lo ocurrido después de ese incidente fue desastroso. Marines...sí, Marines Espaciales empezaron a salir de los suburbios de la colmena seguidos de hordas incontables de rebeldes. Esta situación no era posible, nadie había estudiado la actuación ante este tipo de conflictos; y por eso caímos tan rápidamente. 

En ese momento, la colmena había caído casi en su totalidad, a excepción de tres puntos situados en las partes más altas: el Palacio del Gobernador, el espaciopuerto militar (la zona más fuerte, donde yo me hallaba) y la Catedral de la Espada, el edificio religioso más grande de toda la colmena. Los demás puntos habían caído hacía ya tiempo.

Creo que no me he presentado, mi nombre es Solomon Huggil, ayudante del general y comandante en jefe de las fuerzas de defensa planetaria en la colmena, Cathoral Tiers. 

-¡Huggil!- Me gritó el general.- Informa a Cistäir, dile que preveemos otro ataque por el este, que estén preparados allí.

-Sí, señor.

He de decir que el espaciopuerto militar era una gran explanada de ferrocemento donde aterrizaban y despegaban naves. Formaba parte de las instalaciones militares superiores, las cuales ocupaban un tercio del nivel superior de la colmena; lo cual ya es decir mucho. Podía considerarme de los pocos afortunados que veían el cielo. Pero ahora todo el cielo estaba más que humeante y era lo que menos importaba ahora, al contrario que los ataques por parte de los herejes. 

Sabiamente construido, el espaciopuerto estaba rodeado por una gruesa muralla, que hacía las veces de apartamentos para los soldados...vale, quizás no estaba tan bien diseñado, pero resulta que los herejes no sabían eso. El cuartel general se hallaba en el mismísimo centro del espaciopuerto, rodeado por centenares de metros de alambradas y armas pesadas por doquier. Tardarían en conquistarlo.

Intentamos pedir ayuda a las otras cuatro colmenas del planeta, incluída Cattra, la colmena principal. No obtuvimos respuesta de ninguna...hasta ese momento.

-¡Señor!- Gritó al general uno de los encargados de comunicaciones.- Recibimos señales de naves que vienen hacia aquí. Creo que se trata de naves de rescate.

"¿Rescate?" pensé. No quería creerlo, pero sabía que íbamos a caer si no recibíamos ayuda, pero no de este tipo. En las otras colmenas daban esta por perdida, sin saber que podríamos luchar más, incluso ganar terreno. Pero no; ellos nos evacuaban de aquí. 

-Gracias al Emperador.- Suspiró el general.- Cambio de planes, ordena retirada total hacia el espaciopuerto, que no entre ni uno. 

-Pero señor, aún podemos seguir luchando y...

-¡Retirada total, he dicho! Nuestra colmena está perdida, al menos de momento.

-Señor, yo...

-¡¿Es que no me has oído?! Tenemos a diez mil hombres ahí fuera defendiendo sus posiciones, mientras que solo el Emperador sabría decirnos cuántos son nuestros enemigos, sin contar a los Marines Espaciales. 

-Sí...mi señor.- Tardé en reaccionar.- Ahora mismo contacto con la catedral y el palacio. 

-¿Cuánto tiempo tenemos para que lleguen las naves?

-Unas tres horas. Vienen de Cattra y tienen espacio para treinta mil hombres y para quinientos tanques. Nos ordenan que salvemos todo lo que podamos.- Le comunicó el tipo que estaba atento a la radio.

-Excelente, nos sobra tiempo. 

No podía creerlo. Nuestro general se estaba rindiendo a los enemigos del Emperador. No, no solo él, sino todos los hombres bajo su mando. Retirarnos del que ha sido nuestro hogar desde siempre, desde que nuestras familias empezaron aquí sus vidas. Todo ello destruido en cuestión de pocos días. Pero era el general, y había que seguir sus órdenes.

-¿Furia?¿Me recibes, Furia?- Dije por el comunicador, intentando contactar con los soldados apostados en la Catedral.- Aquí Torre, ordenan que bajes de la campana y convivas con la reina hasta el fin de tus días.- O lo que era lo mismo, que se fueran escopetados de allí.

-¿Cómo? Mis escudos resuenan, Furia.- "No me resulta viable".- Las danzarinas otean escuelas de los grandes manglares de caramelo.- Tiene una traducción más larga, pero al fin y al cabo viene a decir "estamos jodidos". 

-Eso es todo, Torre, tienes dos horas.- Corté con la comunicación. 

-General, nuestros hombres de la puerta este parecen estar sufriendo interferencias, los mensajes no les llega. 

-Maldita sea...¡Huggil! Coge un vehículo y ve a comunicarles a los del flanco este que mantengan su posición hasta que...qué demonios. Ve allí y di que eres el oficial al mando, releva a quién esté ahora mismo dando órdenes. Tú sabes qué hacer allí, ¿verdad?

-Sí, señor.

-Pues entonces vete y hazlo. Aguanta hasta que veas llegar las naves. En ese momento, ordena retirada, ¿entendido?

-Sí, mi señor.- Contesté, cuando por fin me dieron algunos hombres a los que dar órdenes.

Me puse en camino, bajé rápidamente todos los pisos de la central y corrí hacia los hangares en busca de algún vehículo ligero y rápido. Allí había pocos vehículos, todos habían sido destinados al frente; pero por suerte quedaba un Sentinel con una ametralladora giratoria IPS-34 Cermann, exclusiva de las ya destruídas forjas de nuestra colmena. Tardé tres minutos en subirme y en ponerme en marcha. 

El Sentinel coría a máxima potencia por el espaciopuerto a una velocidad más que aceptable, pero tardaría como poco unos quince minutos en recorrer la distancia que me separaba de la puerta este. Al llegar, decenas de hombres se quedaron mirándome, sin saber qué pasaba. Bajé del vehículo y fui corriendo a preguntarle a un soldado que estaba cargando cajas de municiones.

-¡Soldado! Dime quién está al mando de esta dotación ahora mismo.

-El teniente Calro, señor. Se encuentra en la primera línea de defensa.

-Gracias, soldado.

Corrí atravesando las dos líneas (sin incluir la retaguardia artillada a la que llegué en el Sentinel) y allí encontré un panorama un tanto desesperante. Cientos...miles de muertos se podían ver a lo largo de la gran carretera que conectaba el espaciopuerto con las otras zonas del nivel superior. Las bajas, en su mayoría herejes, habían caído como si fueran carne de cañón.

-¡Teniente Calro! ¿Quién de vosotros es el teniente Calro?- Gritaba, mientras recorría la línea de lado a lado (decir tiene que es una gran puerta en la muralla que estaba abierta (probablemente los cierres de la puerta estarían rotos)

-¡Teniente!¡Alguien le llama!- Dijo alguien.

-¡Ya voy!- De entre uno de los pequeños búnkers de seguridad con dotaciones de ametralladoras pesadas salió un hombre bastante joven para su cargo, con un implante en el brazo derecho, el cual habría sido arrancado de cuajo. De piel negra, el sudor que emanaba por su torso desnudo lo hacía brillar. Llevaba unos pantalones militares de teniente (como es normal).- ¿Y tú quién eres?- Me dijo nada más verme, mostrando poco respeto.

-Soy Solomon Huggil, ayudante del general Cathoral Tiers, de quién vengo a traer órdenes.

-Pues bien, hombre del almidonado uniforme, veamos qué órdenes nos traes del mando. 

-A partir de ahora, y por orden del general, yo tomaré el mando de este punto de defensa. Se ordenará una retirada que deberá efectuarse dentro de dos horas y diez minutos. 

-¿Tú? Pero si nunca habrás cogido un arma que no sea del campo de entrenamiento. Pero en fin...órdenes son órdenes. Te pondré al corriente.- En ese momento habló con otro soldado que estaba a su lado, quien desempeñó las mismas labores que hacía el teniente antes de mi llegada.- Los herejes han atacado esta puerta en tres ocasiones, todas repelidas. Pocos de ellos usan armas de fuego, lo que me parece extraño. 

-Entonces...¿nos están atacando con...piedras y palos?

-Más o menos. Disparando a bocajarro conseguimos un número de bajas increíble. El problema es que nos estamos quedando sin munición. 

-Entiendo...he oído rumores acerca de...

-Sí, los marines espaciales. Dicen que hay decenas de ellos combatiendo al lado de los herejes. Dicen incluso que hay algunos de ellos capaces de usar hechicería. 

-¿Hechicería? Eso no son más que patrañas. La hechicería no existe.

-Por lo visto sí. Dfew, uno de mis hombres dijo que vió a uno de esos marines brujo lanzar fuego y teletransportarse de un sitio a otro. 

-Vaya...entonces sí estamos en problemas como eso sea verdad. 

-Así es. Solomon, te voy a ser sincero. Mis hombres están totalmente aterrorizados. Se están enfrentando a los que hace meses eran ciudadanos de bien que trabajaban y vivían para el Emperador, a quién le daban las gracias todos los días. Ahora no son más que enloquecidos que cargan contra nuestras balas como si no les quedara otra. 

-Muy triste, pero así es la guerra.

-Esto no es una guerra, mi ayudante del general. Es una matanza, solo hay que verlo. -Justo al decir eso, sonó una alarma, la cual indicaba que se acercaban enemigos.- Otro asalto. Solomon, saca tu arma y prepárate.

Capítulo XXIV: Competición de cuerdaEditar

Cuando desperté de nuevo me vi atado de pies y manos en una ancha columna de color carmesí. Mi alrededor…bueno, se podría definir como un pequeño despacho. Sí, esa sería su mejor definición. El exterior, tapado por las cortinas, no parecía muy apacible, ya que de vez en cuando podía apreciar relampagazos, que alteraban el color de tonos rojizos y violetas que llegaban por la luz que escapaba a los visillos que parecían estar manchados. Fijándome ya en el interior de la reducida sala, pude ver una gran cantidad de papeles tirados por el suelo, como si alguien los hubiera tirado hacia el techo para ver cómo caían. Los únicos muebles que había en aquel lugar eran un escritorio y una silla, en la cual había alguien sentado. La luz que lograba entrar le prolongaba la sombra, dotándolo de un aspecto un tanto siniestro.

-Vaya…otra vez…de nuevo libre.- Dijo quien quiera que estuviese allí sentado, y cuya voz no logré reconocer.

-¿Quién eres? ¿Qué hago aquí?- Grité, mientras me movía hacia todos lados para intentar escapar de mi cautiverio.

-Nah, no lo intentes. No merece la pena. Pero me entristece que no me recuerdes.- En el momento justo en el que se levantó y se dio la vuelta , uno de esos ocasionales rayos que surcaban el cielo hizo acto de presencia, iluminando toda la sala. Pude ver su rostro debido a la instantánea luz del rayo pero…no podía ser…él estaba preso dentro de la catedral…

-¿Cómo?- Pregunté, temeroso.

-Eres un hombre muy divertido. Sigues sin entender nada de lo que pasa a tu alrededor, solo te fijas en tus gestas caballerescas y de rescate de princesas, ¿eh?

-¡Suéltame!

-Te has atado tú solito. Yo no tengo culpa de que seas un egocéntrico estúpido.

-¿Qué dices? Yo he aparecido así. Tú tienes la culpa de mis desmayos y de mis desgracias.

-Ojalá, de veras te lo digo. No, no. Yo no soy el causante de ello. Bueno, en parte sí pero no del todo.

-¡Deja de dar rodeos y desátame ya!

-Que no puedo. Todo eso es tu culpa. Además, así no me golpearás como la otra vez ¿te acuerdas? ¿Recuerdas cómo me ataste con esas malditas cadenas? ¿Cómo me convertiste en la bestia que en realidad soy?

-…sí…-Dije, entre titubeos.- Claro que lo recuerdo.

-Pues bien, yo también. Como habrás podido comprobar, mi poder aumenta cuando el tuyo se vuelve más débil ¿y cuándo pasa eso? Exacto, cuando usas tus poderes psíquicos.

-Pero eso…

-Eso es lo que pasa. ¿Aún no sabes que el uso de esos poderes conllevan un riesgo?

-¿De qué hablas?

-Posesión. Posesión por parte de un ente disforme, que entra en tu cuerpo usando el rastro que has dejado por la Disformidad. Adivina quién entró cuando usaste esos poderes.

-No…

-Así es. Soy un habitante de la Disformidad, lo que vosotros llamáis lnmaterium. En otros casos la posesión hubiera sido inmediata y te hubiera matado, pero por alguna extraña razón tu resistencia a la posesión es inusualmente alta.

-¿Te dedicas entonces a morar por mi mente al ver que no puedes conmigo? -Más o menos.

-¿Y por qué me cuentas esto?

-Muy fácil. Ya que no puedo contigo ni por lo visto tú tampoco tienes la posibilidad de expulsarme, te propongo un trato, del cual ambos saldremos muy beneficiados.

-¡No pienso tratar con entes malvados como tú!

-No soy un ente malvado, simplemente oportunista. Si tienes en cuenta eso, sabes que me aprovecharé de ti, siendo en la mayoría de casos beneficioso para ambos, como antes dije. 

-¡Jamás!- No dejé de moverme para liberarme, en vano.

-Tú verás. ¿Te acuerdas de la esfera que te permitió vencerme? Pues entraré en acción cuando la rompas. No tengo más que hablar contigo.

-¿De qué hablas?

En ese momento, mi fuerza se desvaneció de nuevo, perdiendo el conocimiento. Entre tanto, pude verlo a él cambiando de forma alrededor de una neblina purpúrea, a la vez que oía unas risiotadas, provenientes de su cambiante boca.

Al despertar, me encontré en una de las dependencias superiores de La Dama. Era una cama bastante grande y limpia para los estándares de los mutantes, no me podía quejar. Unos cuantos focos móviles extraídos de recintos de construcción estaban en torno a mí. A mi derecha pude distinguir una figura; era Inbra. 

-¿Qué...qué me ha pasado?- Le pregunté, nada más verla. 

-¡Andreus!¡Ya estás bien!- Gritó ella, mientras corría a abrazarme.- ¡Me alegro tanto de que hayas despertado!- Sus ojos desprendían lágrimas, probablemente de alegría.

-Esto...¿sí? ¿Qué me ha pasado, Inbra?- Seguía preguntando, preocupado.

-Habíais conseguido una victoria aplastante, según dicen y te desmayaste. La Dama ha ordenado unos períodos de rezo al Emperador para salvarte. Por lo visto ha funcionado.

-Sí...eso parece.

-Andreus, todo esto que ha pasado...te has convertido en un héroe para ellos. ¿Qué ha pasado ahí fuera?- En ese momento recordé que Inbra se mantuvo al margen de todo aquello; ella se había convertido en una especie de administradora de la Dama ya que sus estudios civiles mejoraron la organización de una forma sorprendente. 

-Nada en especial. Solicitamos una rendición total y...

-¡Comandante!- Me cortó Ryen, uno de mis oficiales, el cual entró de sopetón en la habitación.- Gracias al Emperador que está bien. Sus hombres le lanzan felicitaciones.

-¿Felicitaciones?¿Por qué?- Pregunté confuso.

-La Dama ha decidido convertirlo en comandante en jefe de todas sus tropas; además de hacerle un homenaje en cuanto se encunetre estable. -Gracias Ryen. ¿Podrías retirarte?- Le ordené.

-Por supuesto señor, es un placer verlo de nuevo despierto.- Tras decir eso, se fue.- Un buen soldado, ¿verdad, Inbra?

-Sí, y te respeta mucho Andreus.

-Por eso será una parte importante de lo que pasará en estos próximos días.

-¿A qué te refieres?

-Inbra, hazme un favor. Comprueba que la puerta esté bien cerrada. Tenemos que hablar de algo importante.

Capítulo XXV: La parte siniestra y Número DosEditar

Mi pierna se estaba adaptando a mi organismo con una velocidad increíble. Un dicho en la Guardia sostiene que "El metal y la carne casan cuando la sangre se calienta", y puede que fuera verdad. Desde que pude mantenerme de pie, estuve entrenando con la espada, luchando contra el lnquisidor. Era un magnífico adversario, su nivel estaba muy por encima del mío nada más empezar el entrenamiento, a pesar de haber estado media vida combatiendo con una espada en la mano. 

Estábamos entrenando en una ocasión cuando se nos presentó delante nuestra un individuo al uqe ya conocíamos. Su piel oscura, su ropa elegante, su anillo explosivo...todo parecía indicar que era el golpista del que extraímos la información para llegar hasta aquí. 

-Buenos movimientos, casi tanto como los míos.- Dijo cuando supo que nos habíamos dado cuenta de su presencia.

-¿Qué haces aquí?- Grité un tanto furioso.

-Por favor, no tienes por qué tratarme así. Sé que no estáis al servicio del Primer Hombre, por lo tanto no me debéis lealtad. 

-¿De qué hablas?

-Ah, ¿no te lo han dicho? Tu jefe oculta más cosas de las que parece. Soy Número Dos; o lo que es lo mismo, el segundo al mando de la organización. 

-Es decir que tú eres...

-Correcto, el segundo hombre más poderoso del entorno. Sin embargo, no me gusta hacérmelo notar, siempre puede haber enemigos cerca. 

-Zephirus, creía que lo sabías.- Comentó el lnquisidor, mientras sonreía. Desde hacía tiempo, había trabado buena amistad con él, tanto como para que bromeara conmigo, pero no la suficiente para que me contase todo lo que estaba pasando por su cabeza.

-Muy gracioso, Inquisidor. 

-Vaya, los agentes imperiales estáis hechos unos grandes humoristas. En fin...vengo a comunicaros que formáis parte de una comisión de protección del Primer Hombre. Partís en treinta minutos.

-¿Cómo una comisión? Nuestro jodido trabajo no es el de guardaespaldas.- Dije, furioso.

-Lo sé, pero es lo que quiere el Primer Hombre. Tened en cuenta que yo estoy al tanto de todos sus planes, y he de deciros que lo tiene todo muy bien montado. Yo que vosotros haría caso, ¿eh?

Ese tipo actuó de una manera bastante condescendiente con nosotros en aquella ocasión. Su cara desprendía desprecio, al contrario que en la fiesta, donde parecía un verdadero noble altanero. Su indumentaria apenas había cambiado, salvo quizás por el color del traje, el cual había pasado de un blanco puro a otro de un negro absorbente. A su derecha llevaba una espada de tinte elegante, usada para el combate, presumiblemente. Siempre me sorprendió la facilidad con la que ese hombre lucía tan elegantes trajes. Momentos después de decir eso, nos reunimos en la sala del trono del Primer Hombre, donde fuimos informados de nuestra misión. El Primer Hombre nos puso al tanto de la situación en las zonas bajas de la colmena. Por lo visto una de las bandas rivales había tomado una antigua estación de suministros, las cuales usaban los hombres de nuestro entonces jefe para comerciar (traficar, más bien) con todo tipo de drogas y estupefacientes. Nuestro deber en todo esto era escoltar al Primer Hombre para hacer negociaciones con el líder de nuestros enemigos; nada fuera de lo normal en estos lares. En las fuerzas de escolta estaríamos nosotros y unos cuantos bandidos, integrantes del grupo conocido como "los locos veinte", que por lo visto eran los hombres de los número 4 al 24. todo muy organizado. 

Fuimos a una de las salidas del "palacio", una antigua estación de tren monorail, con uno de esos vehículos operativos. El Primer Hombre entró primero, después los soldados y por último nosotros. El monorail llevaba dos vagones, sin contar al de la máquina que lo llevaba; nosotros nos sentamos en el último de ellos, acompañados del Primer Hombre y otros cinco soldados. Los asientos estaban dispuestos de forma que los ocupantes se miraran entre sí, conun gran pasill central. Se notaba a la vista que el monorail fue anteriormente un transporte de mercancías al que le habían colocadon unos asientos. 

Me senté casi enfrente del Primer Hombre, al lado de Mireas y el Inquisidor. Todos íbamos armados, incluso el Primer Hombre (este último con su ya habitual espada y su Rosarius incrustado en el brazo), algo extraño sabiendo que la nuestra era una misión considerada como diplomática. En mi caso, llevaba dos pistolas al cinto y un cuchillo militar envainado en mi pierna sana. Antes pensaba que los bandidos portaban armas rudimentarias y toscas, pero estos saben muy bien cómo. Sería por su poder dentro del sistema de allí abajo. Al rato nos pusimos en marcha. El monorail, usando un rudimentario sistema eléctrico, empezó a moverse de una forma lenta pero eficaz.

Una vez salimos de la antigua estación, seguimos por una serie de alamacenes y lugares de recogida de materiales, todos en desuso o repletos de chatarra y escoria. En el interior del vehículo, imperaba un silencio absoluto, solo cortado por las pequeñas hendiduras que había entre los distintos tramos del raíl. Pasó el rato y entramos en un túnel (concepto curioso teniendo en cuenta que estábamos en un sitio donde no existía el cielo y por lo general el techo se alzaba a unas decenas de metros sobre nuestras cabezas), donde el sonido que escuchábamos se acrecentó. De repente, todas las luces del interior del vagón se apagaron y desde el primer vagón se oía a alguien gritar. Uno de los que estaba con nosotros se asomó a la puerta que unía ambos vagones para saber qué pasaba. "Estamos perdiendo velocidad, nos hemos quedado sin electricidad. Pararemos dentro de poco." dijo. Eso fueron malas noticias para nosotros.

-Sabéis todos lo que esto significa, ¿verdad?- Saltó el Primer Hombre, de repente.

-¡Sí, señor!- Gritaron todos al unísono. Nosotros (al menos yo) también sabíamos lo que significaba, así que agarré mis pistolas y les quité el seguro.

No eran potentes pistolas bólter ni tampoco una de esas innovadoras pistolas láser de alta capacidad de detención. Una era un arma de cargador sólido, pudiendo ser de arcanotecnología; sea como fuere, necesitaba cambiar de cargador cada vez que disparaba diez veces. La otra parecía ser una pistola láser de la Guardia Imperial, algo con lo que estaba acostumbrado a tratar, a pesar de tener solo dos cargadores que dispararían cada uno un tanto de cincuenta veces. De todos modos, estaba contento con el equipo que había conseguido ya que los demás iban más pobremente armados. Nesaricca portaba una escopeta de detención de los Arbites y una espada sierra al cinto. Mireas llevaba un rifle de un tamaño considerable a las espaldas (supongo yo que sería para hacer las veces de francotirador, tarea para la cual se había entrenado desde siempre), una pistola láser igual que la mía y un cuchillo envainado a la cintura. El caso del Inquisidor y de Stodder era distinto, ellos portaban sus propias armas, ya que sabían dónde se iban a meter una vez dejaran la Entelequia. En el caso del Inquisidor, cargaba con su ya habitual sable-bastón y con una pistola de plasma, ésta guardada. Stodder se había equipado con una espada de energía y con un bólter, que llevaba con una correa. Además de eso, en su mano derecha tenía un equipo médico de primeros auxilios, muy parecido al que usan los médicos de los Marines Espaciales pero adaptado a los humanos normales. En ejemplos de ese tipo era donde se encontraba mi asombro por la capacidad de la lnquisición por conseguir instrumental.

Los escoltas del Primer Hombre no es que portaran nada que merezca la pena mencionar en términos generales, pero aplicándose al entorno en el que nos encontrábamos, no estaban para nada mal. Su equipo consistía o en rifles de proyectil sólido o en rifles láser. En un par de casos logré ver Rifles Inferno, pero nada demasiado espectacular. Sus cascos parecían buenos, de los que llevaban visión nocturna y todo eso; además llevaban chalecos Antifrag (que algo hacen) y sistemas de comunicación.

Una vez el tren se hubiera detenido, los hombres abrieron todas las ventanas del vehículo para sacar las armas, y nosotros los emulamos. Oscuridad tan solo y nada más. No se podía divisar nada a más de medio metro, la penumbra era tan intensa que daba miedo. De repente surgieron pequeños destellos seguidos de un ruido ensordecedor, producido por la reverberación del túnel. Estábamos sordos y gracias a los flashes de luz, ciegos. Pero no era luz, sino disparos. "¡Al suelo!" gritó alguien antes de escucharlo borbotar sangre. Nos habían tendido una emboscada, no había duda. De pronto, los disparos cesaron.

-Asimov...tírala.- Susurró uno de los soldados, que al ver que iba vestido algo distinto, supuse que sería una especie de sargento. Asimov asintió y arrojó un pequeño cilindro por la ventana que él tenía más próxima. Al realizar tal acción, el túnel se iluminó por completo de un siniestro color verde, lo que nos permitió ver.

-¡Todos a una!- Gritó el mismo individuo. De repente y al unísono, todas las armas de los nuestros descargaron su letal carga contra los que se apostaban a los lados del túnel, que resultó tener unos diez metros de ancho, ya que conectaba varios raíles, todos ellos en desuso (o al menos no parecían muy apropiados para viajar. Detrás de todos aquellos raíles se encontraban parapetados decenas de bandidos con armas automáticas.

-¡Estamos en Vistral!- Vociferó uno de los soldados, que sabía (digo yo) donde diablos estábamos.

-Vistral...esos malditos hasta aquí.- comentó el Primer Hombre, quien no se había agachado ni había comenzado a disparar, un hecho e por sí lógico teniendo en cuenta que no llevaba armas de fuego.- Esto no puede permitirse.

Sin decir nada más, el Primer Hombre se puso de pie y salió ágilmente por una de las ventanas. "A este lo fríen" pensé nada más verlo. Pero no fue así.

A una velocidad increíble, se iba acercando cada vez más a los hombres que, sin acertar, disparaban una y otra vez contra él. En ese momento el Primer Hombre parecía haber adquirido propiedades fantasmagóricas, parecía estar esquivando las balas o incluso parecían atravesarlo. No me podía creer lo que estaba viendo.

Llegó a la línea donde se encontraban nuestros enemigos, en un parapeto formado por tablas y chapas, lo suficiente para cubrirse de los disparos de pequeño calibre. A la vez que saltó por la defensa desenvaió su espada, la cual introdujo en el pecho de uno de los que nos atacaron. Una vez atravesado, los pies del Primer Hombre, todavía en el aire, se posaron sobre lo pectorales y flexionándolos sacó la espada. Dando una ágil voltereta volvió al suelo, ya con uno de los enemigos muertos. Los otros, sin salir de su asombro, empezaron a disparar.

Entre la luz verde de la bengala, se podían divisar hilos de sangre volando allá por donde fuera el Primer Hombre, cortando y mutilando a doquier. Nosotros por nuestra parte decidimos dejar de presenciar tal grotesco espectáculo para eliminar a los que nos disparaban desde el otro lado. Mireas con su rifle consiguió matar a la mitad de los que nos atacaban, del resto nos encargamos los demás. -¡Nada por aquí!- Gritó el Primer Hombre, asegurando que había eliminado a todos sus enemigos solo con su espada.

-¡Objetivos eliminados!- Le siguió uno de los dos sargentos de "los locos veinte", presumiblemente serían los números cuatro y cinco de la simple cadena de mando del Primer Hombre.

-Debemos bajar.- Comentó un tipo que sería quién se encargara de manejar el aparato.- Nos hemos quedado sin energía, habrán cortado los suministros. 

-Tenemos que ir a pedirle explicaciones a quienes hayan perpetrado esto.- Aseguró el Inquisidor.

-Nadie debe quedar impune de este atentado.- Le siguió uno de los soldados.

-¡Bien dicho! Hombres, bajad conmigo y limpiad Vistral.- Dijo el Primer Hombre, mientras la luz de la bengala se apagó por fin. 

Capítulo XXVI: Sobre nuestras balasEditar

Rocas, trozos de metal y palos...con eso prentedían atacarnos. Cientos...miles de ellos se agolpaban para estar en una primera línea a la espera de recibir una muerte segura. Corrían enloquecidos, fuera de sí, bajo un estado de cólera y furia que nunca antes había visto...no había palabras para describir una carga de ese tamaño.

Nosotros respondimos. Los bólteres y las armas láser empezaron a rugir por toda la línea, y nuestros enemigos caían a decenas por segundo. Algunos de ellos, los suficientemente listos o afortunados, disponían de rudimentaria armas de fuego, con las cuales lograban ocasionalmente acertar en alguno de los soldados. El resto no hacían nada más que recibir impactos de bala, no podían con nosotros. Unos diez minutos después de haber divisado a los primeros enemigos, todos yacían muertos en el acceso al espaciopuerto.

-¿Así de terrible es todo esto? ¿Así de horripilante? ¿Así de sangriento?- Conseguí decir, casi entre sollozos.

-No es tiempo para ponerse así. Ellos se han opuesto a la voluntad del Emperador y deben ser aniquilados.- Me aseguró el teniente.

-Pero ellos...antes eran ciudadanos de bien.

-La gente cambia, Solomon.- Dijo, mientras recargaba su arma.

-Pero esa gente...lo has visto. Lo estás viendo. Nadie cambia de esa manera, parecían animales furiosos. Se han abalanzado sobre nuestras balas, no tenían ninguna oportunidad de sobrevivir, o de superarnos. 

-Solomon, fuera de tus libros y lecciones sobre la guerra, hay un mundo que no es el de las tácticas y las batallas perfectas, de dos disciplinados ejércitos que luchan en un campo de condiciones óptimas para ambos. Nunca ha existido eso y nunca existirá. Yo fui destinado a la segunda luna de Catmoss, contra los pielesverdes. Usaban tácticas parecidas a lo que tenemos ahora; era una masacre tras otra. De vez en cuando solía aparecer uno de esos líderes que llegaba a nuestras posiciones, causando estragos.

-¿Cómo los detuvisteis?- Pregunté.

-Los benditos del Emperador, los Marines Espaciales, llegaron a Catmoss. Según supe después, solo vinieron una veintena de ellos, pero gracias a su poder, logramos vencer a los xenos.

-Tú...¿tú has visto a un Marine Espacial?

-No vi a uno, sino a tres de ellos. Y lo más terrible de todo: los vi combatir. Tendrías que haberlo visto, es absolutamente brutal. Sus armas son precisas en extremo y sus armaduras repelían las balas como si estuviesen bajo algún hechizo protector. A uno de ellos le cortaron una mano, pero segundos después volvió a combatir. Yo no cabía en mi asombro...

-¡Señor!- Gritó algún soldado por el comunicador del teniente.- ¡Se acercan enemigos de nuevo, se distinguen en los puntos 3 y 6!

Cuando el soldado lanzó esa advertencia, todos volvieron a sus tareas habituales, extrañados debido al escaso tiempo entre ataques. Yo miré el cronómetro para ver cuánto tiempo de evacuación nos quedaba. No cupe en mi asombo: faltaban menos de treinta minutos. 

-¡Teniente!- Grité.- ¡No queda apenas tiempo, tienen que evacuar!

-Ni lo sueñes, hombre de almidón. No vamos a abandonar nuestros puestos para que nos disparen por la espalda. Además, tengo las piernas un poco agarrotadas.- Me dijo con una torcida mueca burlona.- Creo que mis hombres también tienen algún que otro calambre que les impide correr o manipular algún vehículo. No sé cómo vas tú de las piernas.

Era claramente una indirecta para decirme que ellos se quedarían y que esperaban que yo defendiera la posición también. No pude salir corriendo por puro orgullo, pero eso cambiaría pronto. 

Desde la lejanía se pudo ver algunos destellos, entre la niebla  y el polvo creados por los escomboros. Esos destellos acabarían golpeando a los nuestros; eran disparos de bólter.  -Hombre de almidón, coge estos binoculares y dime qué diablos ves.- Me ordenó.

-Está bien...no...no puede ser.

-¿Qué pasa?¿Son muchos?

-No, no es ese el problema. Son...marines espaciales.

En ese justo momento, el teniente recibió un disparo en el brazo, arrancándoselo en el momento. Su arma se cayó y él la acompañó al suelo.

-¡Teniente!- gritamos todos los que nos encontrabamos allí, al unísono. Yo, que me encontraba más cerca, intenté auxiliarlo.

-¡Vamos, no ha pasado nada!- Decía entre gritos agónicos; más bien parecía que se lo estaba diciendo para sí. "No podéis ganar, ya habéis perdido, rendíos" Una voz sonó en mi cabeza.

-¿Qué ha sido eso?- Pregunté a los demás, mientras veía al teniente levantarse apoyándose en la mano que le quedaba.

-¿También lo habéis oído?- Gritó otro de los soldados.

Justo después de que ese individuo dijera eso, salió volando hacia atrás, pero era raro: no había recibido ningún disparo.

-¿¡Qué está pasando!?- Consiguió vociferar otro soldado, justo antes de que su cabeza explotara a causa de un disparo de bólter. 

No fui capaz de seguir allí...una instancia superior a mi conciencia me forzaba a irme de allí, sería mi instinto de supervivencia. Corriendo como un poseso, me dirigí hacia el Sentinel en el que había venido, dejando a todos los soldados de lado.

-¡Hombre de almidón!- Me gritaba el teniente.- ¡Cobarde, yo te maldigo!- Fue lo último que escuché antes de alejarme de allí y poder ver las naves de rescate. No tardé en subir a una de ellas y dejar la colmena a manos de los enemigos del Imperio...me juré que nunca más me volverá a pasar, nunca más huiría de un combate.

Capítulo XXVII: Lo mejor para tiEditar

-¿Qué? No podemos hacer eso.- Me decía una y otra vez.

-Pero Inbra, somos capaces. Ryen y los suyos saben que podemos, y lo haremos.

-La Dama no lo aceptará. No tan pronto. 

-Inbra, me gusta que digas eso. La Dama...la Dama debe morir para que el plan siga adelante de manera satisfactoria.

-¿Qué estás diciendo Andreus? ¡La fama se te ha subido a la cabeza!- Cortó ella, perpleja. 

-Inbra, Inbra...silencio.- Decía yo, mientras me llevaba el dedo índice a la boca en señal de que se callara.- Yo no soy artífice del plan. Por lo visto hay una gran red con el fin de asesinarla. 

-Pero...¿por qué? Ella nos ha dado cobijo y asilo. Los mutantes parecen gozar de seguridad aquí. 

-Sabes que es así, pero por desgracia los mutantes no quieren vivir como parias. ¿Sabes? Una vez estuve preso por un esclavista, y supe de los más horribles actos de tortura imaginables. Nadie puede merecerse esto, y la Dama lo está permitiendo. 

-Sabes que no es así. Ella...

-¡Ella no nos da nada más que mentiras! Inbra, reconócelo. A la Dama le gusta su posición de poder, no la cambiaría por nada, se ha hecho antirevolucionaria y sedentaria. Ahora nos tiene entretenidos luchando contra fanáticos o bandidos, pero eso ya pasará. Hay un plan en marcha, y no puede detenerse.

-Andreus...¿era poder lo que quieres, verdad? Se te ha subido a la cabeza y andas sediento de él. Bajo la premisa de la venganza quieres hacer de éste tu pequeño reino personal.

-¡Ja! No Inbra, no es poder. Es retribución. Es hora de que la colmena entera sepa de nosotros, de nuestra existencia, de que merecemos respeto, de que somos iguales a ojos del Emperador...iguales.

-¡Estás diciendo lo mismo que la Dama!

-Pero ella no nos comprende. Nosotros tendremos un plan que va más allá de esos ataques ocasionales con nuestros vecinos. Iremos arriba, donde está el verdadero poder de esta colmena y lo arrasaremos. Y eso implica...

-Eso implica que matéis a mi familia.- Me cortó, sabiendo que iba a decir eso.- Mis hermanos, mi padre, mi linaje...todo será destruido. 

-Ahí es donde te equivocas. Inbra, cuando la asesinemos, tenemos que elegir a alguien que nos lidere, que nos lleve hacia arriba y que nos gobierne cuando hayamos vencido. Inbra, tú serás la Dama.

Dicho esto, no tuve más remedio que irme a una de las salas donde nos reuníamos los conspiradores para acabar con la Dama. Inbra en ese momento estaba consternada, la dejé en aquella habitación, inmóvil, sin apenas respirar; su cerebro no era capaz de procesar tanta información a la vez. Desde otro punto de vista era natural, ella adoraba a la Dama y debe ser muy duro escuchar eso de alguien a quien amaba, o sea, yo.

De camino a la reunión pensé que quizás no fue adecuado decírselo, pero mejor así, supongo. Una vez allí, pude ver al resto de mis compañeros, entre los que se encontraba Ryen, a quién saludé.

-Señor, ¿le ha dicho eso?- Me preguntó nada más verme.

-Así es. Creo que está digiriendo todo, pero no te preocupes, se unirá a nosotros. 

Estábamos todos en pie, esperando a que saliera el artífice de la conspiración que, a efectos prácticos, no era un dirigente dentro de la organización formal. De entre los cincuenta y cuatro presentes surgió su figura: Coindros, apodado el sapo. Todo su cuerpo, incluído su rostro, estaba lleno de grandes verrugas y grandes hinchazones. Su ojo derecho apenas podía abrirse y difícilmente conseguía andar enguido. 

-Bien, bien, bien...- Decía mientras los demás nos disponíamos en círculo a su alrededor.- ¿Las cosas van como esperamos?- Nadie respondió, por lo que continuó hablando.- La Dama ya mismo estará muerta y nosotros encabezaremos la revolución. 

-Sapo.- Pregunté, sabiendo que él prefería que le llamaran por su mote pues consideraba su mutación como algo de lo que enorgullecerse, ya que nadie era igual a él.-¿Y si Inbra...tiene dudas y decide rehusar?

-Joven comandante.- Se aceró a mí cojeando, como no podía ser de otro modo.- Se verá obligada a aceptar el trabajo. Y ahora, sin más intromisiones, empecemos relatando el plan.

Capítulo XXVIII: Justo lo que buscábamosEditar

Vistral...el distrito de Vistral. uno de los puntos más externos de la colmena. Según supe, a diez minutos andando de allí, siguiendo el carril que teníamos a mano derecha, se podía salir del entramado de la colmenta, o lo que era lo mismo, pisar suelo de verdad. Pero nuestro camino no sería ese. Ni mucho menos. 

Desde que el Primer Hombre había pisado Vistral, se encontraba un poco más distante de lo habitual.Según supe después, eso era porque dicho distrito formaba parte de su pasado; pero no quiero adelantarme.

Anduvimos durante horas en la más absoluta oscuridad, sin saber dónde pisabamos, todos menos el Primer Hombre, él parecía conocerse todo de arriba a abajo. Atravesamos zonas medio anegadas, grandes portones soldados, cadáveres casi consumidos por los animales carroñeros que moraban por allí...no tenía ni idea en ese momento de lo que estaba pasando, solo que éramos presa de un grupo de bandidos más inteligentes que el Primer Hombre...o no.

Al fin pudimos ver una luz en la lejanía. Era poco luminosa, de color rojo, probablemente de algún tipo de luz de emergencia. Parpadeaba con intermitencia, lo que indicaba un estado un poco lamentable del sistema de iluminado de la estación. Era un poco extraño: el Primer Hombre ordenó que no fuéramos con intenciones hostiles a pesar de haber sido emboscados hace un rato. 

Una vez llegamos allí, vimos el panorama: un sujeto esperaba en el centro de la vieja estación mercantil, acompañado de un pequeño grupo de escolta (creo recordar que eran siete en total), iban muy bien armados. 

-Vaya, no pensé que el Primer Hombre se procupara tanto por su seguridad.- Soltó el individuo que estaba en el centro, parecía ser un miembro del Mechanicus por sus numerosos implantes (a excepción de una gran parte de la cabeza, el resto visible del cuerpo parecía metálico) pero no por su indumentaria, ya que llevaba una vestimenta parecida a la nuestra y "Los locos veinte".

-Siempre tan preocupado, Kryat.- Decía el Primer Hombre, mientras se alejaba de nuestro grupo para acercarse a los otros.

-Spei.- Me susrró el Inquisidor.- ¿Recuerdas nuestra misión?

-Claro. Encontrar y matar al Xenólogo.

-Efectivamente. 

-No me diga que...- Dijo Nesaricca en voz baja, quién también había escuchado la conversación.

-Así es. Pero no hagáis nada. El Primer Hombre nos está probando. 

-Ya veo...- Comenté, sabiendo que si matábamos al Xenólogo allí mismo, tanto sus hombres como los del Primer Hombre nos acribillarían. ¿Pero él sabía a ciencia cierta que aquel al que llamaba Kryat era a quién estábamos buscando?¿Merecía la pena este riesgo con tal de asegurar que nuestro trato (el de entregar a la hija del gobernador) se iba a producir? ¿Tanto le importaba eso? Después adivinaré que sí, al Primer Hombre todo le merecía con tal de conseguir a Inbra, su objetivo era claro y no se detendría. 

-Sabes que no estoy de humor últimamente.- Comentaba el Xenólogo, mirando al suelo con desdén.- Mis intereses se están viendo truncados por ciertos grupos contrarios a mi buen hacer.

-¿Qué son esta vez? ¿Bandidos? ¿Fanáticos?- Preguntaba el Primer Hombre.

-Mutantes. Esa especie de comunidad mutante de ahí debajo está generando problemas. No soy nadie para juzgar cómo son, tú lo sabes mejor que nadie pero si intentan truncar mis plantes ya es otro asunto.Lo entiendes, ¿verdad?

-Por supuesto Croella. No puedes hacer nada con una pandilla de hombres con cuatro brazos, tres ojos y una pierna.- Espetó el Primer Hombre con un tono irónico.

-Es más que eso. Es por esa...

-La mutante a la que llaman Dama...he oído hablar de ella. Según parece gran parte de lo más bajo de la ciudad ya es suyo pero no es algo preocupante.

-¿Que no? Cuando esos seres vengan saltanto, trotando, reptando o lo que quiera que hagan hasta tu ostentosa guarida y vean que eres un blanco fácil y suculento; ya me dirás qué es o no preocupante.

-Te noto nervioso, amigo mío.

-¿Tanto se nota? Han eliminado a una de las facciones de fanáticos que pululaban en los fondos. Unas diez mil personas muertas, por lo visto en unas horas. Según contó uno de los supervivientes, había uno que tenía un poder desmesurado. Era un hombre normal, un joven que podía generar rayos. Cientos cayeron bajo sus sobrenaturales poderes.

-Spei.- Me susurró Nesaricca mientras el Primer Hombre y el Xenólogo seguían hablando.- ¿Puede que sea...?

-A lo mejor. Veamos cómo se desarrolla esto y luego decidiremos.- Comentó el Inquisidor que, cómo no, estaba escuchando.

-¡No pienso aliarme con unos mutantes!- Gritó el Primer Hombre en el momento en el que nos incorporamos a la conversación de nuevo.

-Corio, piénsalo detenidamente. Eso te quitará un problema de encima, los mutantes por lo general solo quieren ser aceptados, así que con poco que hagas te dejarán en paz. Además, pueden serte útiles en un futuro.

-Pero...

-¿Pero qué? Son unos enemigos potenciales, pero también pueden convertirse en unos grandes aliados y más teniendo en cuenta que...

-¡Que son mutantes! ¿¡Qué clase de gobernante seré si permito a esos engendros puluar por mi ciudad, mi planeta, libremente!? -¡Coriolano Taworson!- Le gritó.- ¿No eres consciente de que ellos pueden serte de ayuda? Como amigo te doy esa recomendación ¿y tú la rechazas? ¿Eso es lo que te enseñé, a no fiarte de mí?

-¡No digas mi nombre nunca más! Ya no me llamo así...y lo sabes.

-Lo siento, me sacaste de mis cabales. No sé qué harás, yo voy a presentarle mis respetos a esa Dama. Puede incluso que le de un obsequio. Hasta otra, Corio.

Mientras el Xenólogo se iba y nosotros no hacíamos nada, escuché al Primer Hombre decir "Mandaré a unos cuantos hombres." 

-Yo quiero ir. Los mutantes siempre me han parecido fascinantes.- Comenté, para que me enviara el Primer Hombre junto a la comitiva.

-Uhm...vaya Inquisidor, tiene unos hombres con una iniciativa encomiable. Pues bien, dentro de dos días partirá un grupo reducido de hombres de mi confianza para mostrar mis respetos a esa reina mutante.

Capítulo XXIX: Hombre de almidón, héroe de pajaEditar

-Así que...Karttus ha caído...

-Eso me temo señor.- Aseguré. Solo habíamos podido escapar unas cuantas decenas de hombres del desastre que se había organizado allí y yo era el encargado de notificar eso en persona a los dirigentes de la colmena principal.- Luchamos con todas nuestras fuerzas pero estaban...enloquecidos. Nuestros efectivos establecían grandes puestos defensivos pero ellos venían y venían sin temer nuestros disparos.

-¿Ellos?

-Los propios habitantes, señor. Se habían rebelado contra nosotros, contra los ejércitos del Emperador.

-Así que rebeldes...¿tan cobardes sois los de Karttus que no podéis hacer frente a unas cuantas revueltas?

-No era solo eso, señor.- En cuanto dijo eso, me sentí muy herido.- La revuelta parecía estar dirigida por...lo que parecían ser Marines Espaciales.

Todo el Consejo se puso a reir, salían carcajadas por sus incompetentes bocas.

-¿Marines Espaciales?- Logró decir uno de los miembros, entre risas.

-¡Eso son cuentos de niños!- Dijo otro mientras se secaba las lágrimas de tanto reir.

-No, señor. Sé lo que vi y pude comprobarlo. Uno me miró a la cara, era un gigante de casi tres metros y de una envergadura tan grande que no cabría en la sala.

Todos volvieron a reir. Por lo que parecía, no estaban demasiado convencidos de mi historia. Supuse entonces que no me harían caso en el resto de cosas que tenía que decirles.

-Señor, no puedo soportar esto. Nos hemos retirado para advertirles. No creo que los Marines Espaciales y los rebeldes se queden allí, esperando. Deberíamos actuar.

-¿Primero nos hablas de Marines Espaciales y ahora nos amenazas y adviertes?¿Quién te crees que eres?

-Demos esto por finalizado, no son más que tonterías. 

-¿Qué cree entonces que me ha traído a esta colmena?

-¡Cómo osas hablarnos así!¡Serás fusilado en cuanto salgas de aquí!

-Dejadlo, puede que lo que diga sea verdad. 

-¿Ahora crees cuentos de un insubordinado, Gyuk?- Le dijo uno al que me había defendido.

-A lo mejor no son cuentos. Los habitantes de una colmena, por muy descontentos que estén con su vida, no pueden hacer caer el gobierno sin ayuda externa. No me fío de eso de los Marines Espaciales pero sin duda han sido comandados por alguien que sabía lo que hacía. Solomon, puede irse.

A la orden de aquel general me retiré de la sala, oscura y llena de humo, solo iluminada por las pantallas holográficas de la mesa y los puros encendidos de alguno de los generales allí presentes. Al salir, un servidor de carga se chocó conmigo, provocándome una pequeña brecha en la frente. Ese día estaba todo en mi contra hasta que llegué a la enfermería de los cuarteles generales en busca de alguien que me curara. Allí me encontré con el servidor enfermero de turno, que no paraba de indicarme que sí, sin temor a equívocos, tenía una brecha en la cabeza y que estaba sangrando.

-Perdona a Wanui, está un poco viejo. Bueno, para serte sincera es más viejo que yo.- Dijo alguien, que parecía ser una mujer, entre las cortinas.

-¿Wanui?¿Le has puesto nombre a ese servidor médico?- Pregunté mirando a la silueta tras las cortinas traslúcidas.

-¿No te gusta? Me parece muy original. En fin, a ver qué tenemos.- Volvió a decir tras soltar un ligero suspiro y correr la cortina. Era una mujer, sí. Supe después que se llamaba Qaoregt, pero que le gustaba que la llamaran Regt.

-Según tu amigo Wanui, una herida en la frente. Me gustaría que me curaran o algo, esto no para de sangrar.- Mi uniforme recién planchado se había puesto lleno de gotas de sangre; lástima, tendría que tirarlo y pedir otro por lo que estaría unas cuantas semanas sin uniforme de gala. 

-Túmbate ahí, anda.- Regt empujó mi torso bruscamente hasta que estaba en esa cama tan blanca y dura en posición horizontal.- Ajám...ya veo.- Dijo mientras con sus manos le daba vueltas a mi cráneo para observarlo bien. Después de eso, me dió un tortazo en la frente, haciendo que los muelles de la cama sonaran.- ¿Sabes lo que es la frenología? Es una ciencia muy novedosa, permite saber las características  psicológicas de un individuo con solo examinarle el cráneo. Y tú, mi quejicoso amigo, no pareces demasiado espabilado.

-¿Qué?- Estaba atónito ante todo lo que decía. Yo solo quería que me curara como fuera y me dejara marchar.

-Que según la frenología eres un poco tonto. Bueno, vayamos a lo que nos concierne, te has golpeado con...¿qué?- Decía mientras se encendía un cigarrillo.

-¿Aquí te dejan fumar?

-¿Con qué te golpeaste?- Volvió a insistir.

-Con un servidor de carga.- Le dije con boca pequeña.

-¡Diablos!- Consiguió decir mientras soltaba grandes carcajadas, su cigarro se cayó y todo de lo que se reía.- Tienes muy mala suerte, ¿eh?

-Eso parece, y ahora cúrame por favor, tengo que informar a los míos.

-Ya, ya.- Indicó mientras buscaba algo con lo que hacer que dejara de sangrar.- Vaya, no tengo de nada; estos de cuidados intensivos se lo han llevado todo por eso de los evacuados de Karttus. Por lo visto fue un desastre.- Comentaba mientras de una sábana extraía un hilo.- ¿Qué sabes de eso? Se comentan muchas cosas por los cuarteles. Incluso he oído que ha sido cosa de Marines Espaciales. ¿Te lo puedes creer? ¡Marines Espaciales!

-Sí, para creer esas historias. Están locos los de Karttus, parece que quieran recuperar su orgullo haciendo pensar que no fueron simples obreros los que se rebelaron y tomaron la colmena.- Intenté ocultar la verdad para que no se riera de mí otra vez.

-Bueno, ponte recto. Esto puede que duela. 

Esa carnicera me cosió la brecha con un hilo como si fuera una vulgar camisa rota. Ella estaba sonriente mientras me dejaba ir. 

-¡Vuelve cuando quieras!- Gritaba desde la puerta de la enfermería con los brazos cruzados. No me había dado cuenta hasta entonces lo joven que era; tendría unos veinte años y era bastante guapa, pero no podía pararme en analizarla, ya me la volvería a encontrar más adelante.

Estaba perdido hasta que un sujeto con pinta de ser un alto mando (raro que no lo fuera, ya que estaba en la parte de oficiales de los cuarteles generales) me indicó dónde ir para encontrar a los míos. Había perdido, entre la joven que cose las heridas y mi pésimo sentido de la orientación, cerca de una hora, cosa que no podía permitirme. 

Una vez llegué allí, a un sector (el F) dedicado a los refugiados de Karttus, conté a mis compañeros lo que decían los generales; todos se mostraron indignados. 

-No puede ser...- Se repetía un cabo, encargado de las comunicaciones, que había perdido tres dedos de su mano derecha.

-¡Tienen que hacernos caso!- Vociferaba otra.- ¡No nos merecemos esto!

El lugar, un barracon largo con camas a los lados, rebosaba de indignación. Era comprensible, habíamos perdido nuestro hogar, a nuestra familia...lo habíamos perdido todo. Yo antes pertenecía a una familia noble de bajo estatus, con larga tradición militar. En esos momentos era un simple refugiado que, por lástima, era acogido en la colmena principal del planeta para que contara "cuentos de críos" a unos generales escépticos. ¿Qué se creían que había pasado? ¿Una rebelión a escalas inmensas? ¿Un derrocamiento? No...ellos conocían la verdad pero no quieren darse cuenta de ella. Los Marines Espaciales existen, y quieren matarnos.

-¡No!- Grité mientras le pegué un puñetazo a la pared, de pura impotencia. Mis nudillos empezaron a sangrar.- No nos merecemos esto, tenemos que honrar a nuestros muertos.

-¿Qué quieres que hagamos, Solomon?- Me preguntó un soldado. Nosotros ya no entendíamos de rangos, no eran necesarios.- ¿Volver allí e iniciar una guerra de guerrillas con los Marines Espaciales?- Todos, las escasas decenas de hombres que quedaban empezaron a murmurar.

-Tengo una idea. Demostrémosles a estos desgraciados que no somos llorones inútiles.- Alcé la voz al aire, para quien me escuchara.

-¿Qué planeas?- Preguntaron muchos al unísono.

-Que seamos parte de las fuerzas de defensa planetaria de esta colmena. Nuestro hogar no tiene salvación, pero el suyo sí.

-¿Y qué ganamos nosotros con eso?- Inquirió uno, un sujeto barbudo que carecía de oreja.

-Honor. Vi como me examinaban detenidamente esos generales. Se estaban riendo de mí, lo notaba en sus ojos. No he sido más humillado en la vida.

Volvieron los murmullos entre los presentes. Para ser sincero, ni yo mismo sabía a ciencia cierta lo que íbamos a hacer.

-¡Presentaremos nuestra solicitud al Consejo entero! Antes de empezar mi comparecencia con ellos, escuché que debían permanecer allí unas horas más así que podemos ir.

-¡Vamos!- Se pusieron todos en marcha. Estábamos decididos: volveríamos a la acción.

Una vez allí, en la puerta, pasé la identificación de nivel 3 (no me habían pedido que la devuelva) por el lector y las puertas se abrieron. El humo salió de la sala como si quisiera escapar de aquel ambiente tan tenso. Allí, como estatuas, estaban los doce generales sentados en sus doce sillas detrás de la gran mesa con forma de C; solo que ahora había una silueta oscura en el centro, como había estado yo antes, hablándoles. Me sonaba la forma de ese cuerpo, lo había visto hace poco...era ella, la joven que me había curado. Los generales se habían quedado estupefactos, pero ella se mantenía impertérrita mirando hacia adelante, con su larga coleta negra mirando hacia nosotros. Unos instantes después (que a mí y a mis sorprendidos paisanos nos parecieron eternos) su coleta se giró a la derecha, y con ella todo su ser. Fijó sus ojos en mí.

-Ah, si es el quejicoso. Vaya...ahora tendré que dar algunas explicaciones.

Capítulo XXX: La nueva DamaEditar

-Inbra, ¿estás segura de continuar con el plan?- Le dije una vez más, mientras limpiaba concienzudamente mi rifle.- Nadie puede titubear a la hora de actuar. Y menos tú, la parte más importante.

-Andreus, me has estado ayudando desde que nos conocimos y, lo quiera o no, siempre he confiado en ti. Podría haber muerto decenas de veces y siempre has estado allí, protegiéndome. Confía en mí por esta vez, Andreus.

-Bien, pues es hora de empezar.- Lo sabía. Sabía que no era difícil hacer que Inbra se uniera a nosotros. Ella me amaba con todas sus fuerzas, me seguiría al mismísimo infierno si fuera necesario. ¿La estaba utilizando para mis propios fines? Sí ¿Me daba cuenta de eso? Tal vez no, mis deseos ahora eran claros: acabar con la Dama, poner a Inbra en su lugar y, comandada por ella, escalar hasta la cima de la colmena a sangre y fuego. Me estaba conviertiendo en un monstruo y ahora lo sé pero...ellos me habían tratado de esa manera. Cada vez que alguien se daba cuenta de mis poderes, se mostraba asqueado y se sentía inmediatamente repugnado. Era normal que buscara algo de retribución en aquellos momentos, rodeado de gente que había pasado por los mismos prejuicios que yo.

La luz de la habitación, una luz de emergencia de color rojo que parpadeaba continuamente, hacía que la iluminación pareciera excesivamente siniestra. Las sombras se reflejaban tenebrosamente en las paredes que, cerca nuestra, formaban figuras temibles e irreconocibles. Ambos estábamos ya preparados, sabíamos lo que hacer. Al salir de nuestra habitación, todo seguía igual: los estibadores de carga llevaban cajas pesadas de un sitio a otro mientras que algunos soldados paseaban tranquilamente con sus garras, patas o piernas (no siempre eran dos). Al salir los dos, suspiré, Inbra rezó un pequeño salmo en voz baja y ambos nos besamos. "Que no sea la última vez" pensé. Tras esto, cada uno fue por su lado para iniciar el plan.

Mientras daba mi último paseo tranquilo, decenas de individuos se me cruzaban. Era curioso, muchos de ellos formaban parte de la conspiración, pero no había que decir nada. Ni un saludo, ni gesto de asentimiento con la cabeza, ni una simple mirada. Nada.  Una vez llegué a los barracones (he de decir que la Dama tenía todo esto muy bien montado), examiné las municiones, pasé revista...lo típico: rutina. Minutos después me llegaría el aviso: la Dama había sido raptada y nosotros nos pondríamos en marcha.

Inbra debía de haber hecho bien su trabajo: tanto ella como la mitad de su escolta (que se componía de cuatro individuos) debían acabar con el resto y sedar a la Dama (esta misión recaía en Inbra exclusivamente); dejando a los escoltas muertos en la sala de la Dama, en esa de GUARDEN SILENCIO; algunos conspiradores se encargarían de llevar a los muertos a un lugar donde nadie sospechara nada; el cambio de turno había permitido que se relajaran y por ello sería la Dama un blanco fácil. ¿Un blanco fácil de quién? Habíamos contratado, por unas cantidades desorbitadas, a un grupo de no mutantes para que formaran parte del plan. Su función sería la de recibir a la Dama, sedada y en una vieja y chirriante silla de ruedas (debido a sus pasadas y numerosas enfermendades no podía caminar durante mucho tiempo) y llevársela lo más lejos posible. 

Ellos entrarían en contacto con el resto de los escoltas e Inbra en una parte del barrio Veck, que antes formaba parte de un gigantesco almacén de metal pero que ahora estaba poblado por los nuestros. Una vez en su poder, tenían el deber de mantenerla en un punto acordado. Del resto ya nos encargaríamos nosotros.

-No puede ser...-Me decía un y otra vez para que me oyeran todos. En mi interior estaba dibujando una gran sonrisa.- ¡Que las escuadras Crogg y DIeras vengan conmigo!- Hay que aclarar que los integrantes de estas dos escuadras formaban parte de la conspiración, eran todos los conspiradores del brazo militar que los había juntado en dos escuadras para poder hacer el movimiento que estaba a punto de hacer. Mientras corríamos por las calles, la gente que se cruzaba con nosotros no hacía más que aplaudirnos y vitorearnos: estabn con nosotros para atrapar a esos "limpios" (como los mutantes llamaban a los humanos normales) y rescatar a su Dama. Las noticias corrían rápidamente si parte de los conspiradores tenían tal misión y era el caso.

Una vez llegamos al barrio de Veck (uno de los menos poblados pero por el contrario más extenso) nos dirigimos con tranquilidad hacia donde se encontraban los secuestradores de la Dama. 

-Somos nosotros.- Dije una vez nos acercamos a la puerta; estaban todos en el interior del edificio, lo que antes había sido una delegación del Administratum, un edificio imponente pero ruinoso.- Todo ha salido según lo planeado.

-Dejadlos pasar.- Comentó alguien desde dentro.- ¿Tenéis lo que es nuestro?

-Claro, ahora dejadnos entrar y los lo mostraremos.

Cuando la gran puerta metálica se abrió gracias a su sistema hidráulico (que milagrosamente aún funcionaba), vimos a uno de los secuestradores. Nada más verlo, le disparé con mi rifle y cayó redondo al suelo. 

-Uno menos. Quedan cinco.- Me dije a mí mismo.- Matadlos a todos.

Se escucharon numerosos gritos de "Traidores" y de "Apestosos mutantes", justo antes de ser acallados. No nos supusieron problema alguno, salvo tal vez uno de ellos, que se inmoló y mutiló a uno de los míos, dejándolo sin su útil cola prensil peluda. Quedaban dos todavía, estaban en lo que era una sala de juntas y tenía a la Dama de rehén. 

-No sé lo que pretendéis, pero como os acerquéis un paso más a nosotros.- Gritaba entre titubeos, estaba nervioso.- Me la cargo. Os lo juro por el Emperador que esta mujer recibirá un balazo en la cabeza.

Pobre cobarde...mientras su camarada  se había atrincherado detrás de un conjunto de mesas de maderas nobles y oscuras; sin dejarse ver más allá de su cabeza y su rifle, el otro estaba allí, esocndido, detrás de la dama y su aparatosa silla, apuntándola a la cabeza. Era ya demasiado tarde cuando se dieron cuenta de que éramos muy pocos respecto a los que habíamos entrado; flataban siete hombres pero...¿cómo? ¿Si no había muerto ninguno? Fácil: se habían colado por el sistema de ventilación (que era bastante amplio para paliar el calor que hacía dentro del edificio en su época de actividad) ya ahora estaban, en silencio, detrás de los mercenarios.

-Ahora.-Logré decir. Esos hombres ya no secuestrarían a nadie más. Cuando todos nos reunimos, allí estaba la Dama. Sola, indefensa, dormida. 

Pensamos en todo. Maldita sea, el Sapo había calculado hasta el cambio de guardia en los vigilantes de la otra punta de la ciudad para que el tráfico de mercancías diario no supusiera un problema y ocasionara una rebelión; pero no lo más importante: ¿quién apretaría el gatillo para acabar con ella? Teóricamente era muy fácil matarla, pero en la práctica...había sido indulgente con todos nosotros, ella había formado todo esto, nos permitía vivir en paz....queríamos derrocarla, pero no matarla. Sin embargo, había que hacerlo.

-Tengo que hacerlo yo.- Aseguré.- Soy el máximo responsable de todo esto, así que en mí recae este deber. Por favor.- Mi boca temblaba, mis piernas parecían gelatinosas y mi cabeza me retumbaba con fuerza, sudaba por la frente y las frías gotas caían hasta mi chaleco haciendo correr las manchas de sangre recientes.- Dejadnos solos. Esperadme en la calle.

Todos obedecieron mis órdenes; ni uno se atrevió a mirarnos ni a mí ni a la Dama, mal sentada y babeante en su silla de ruedas. Saqué una pistola láser que tenía en el cinto, hiper ventilé una vez, hice amagos de apretar el gatillo otro par de veces hasta que...

-Niño imbécil.-La Dama no estaba sedada. Ella había estado consciente durante todo el tiempo. Se irguió.- Nunca pensé que vosotros me haríais esto.- El aire se volvió frío de repente, como si una ráfaga inperceptible surgiera por todos los puntos de la sala. 

De repente, la pistola voló de mi mano y salió disparada hacia otro lugar, detrás de donde ella estaba sentada. Una fuerza invisible me golpeó, llevándome al fondo de la sala y estrellándome contra la pared. La boca me sabía a sangre, mi rifle se cayó al suelo.

-¿Por qué?- Me preguntó ella, con lágrimas en sus ojos oscuros. La voz no le había cambiado; seguía siendo el mismo terciopelo que acariciaba todo tu ser.- ¿Qué razón teníais?- Su mano derecha estaba apuntándome a mí, con la palma abierta. "Debía de tener algún tipo de poder de telequinesis" pensé.- ¿No os he dado todo lo que necesitábais?¿Tan cruel y malvada he sido?

-Los enemigos...los enemigos no están aquí debajo.- Logré decir; el pecho me apretaba.- Debemos...subir...para...

-¿Vengarnos?¿Eso es lo que queréis todos vosotros? Venganza...así que eso es lo que buscan ahora los golpistas...bien...si es así...será lo mejor para todos que me vaya. Andreus, no podréis hacer nada pero, ya que no puedo generar más que muertes, te mate o no, será mejor que ya no siga sufriendo más.- Se puso a toser y llegó a escupir un esputo de un color marrón, casi rojizo.- Me iba a morir igual, mis órganos no están bien; yo no estoy bien, mi pequeña comunidad no está bien. Necesito sangre nueva, al igual que la comunidad también la necesita. Andreus...-Decía mientras con sus propios poderes se levantaba y se quedaba suspendida en el aire. Llegó a soltarme, ya no sentía la presión.- La venganza no siempre quiere decir justicia.

Tras decir esto, ella, con sus propios poderes, se empujó a una velocidad pasmosa de espaldas contra la pared que estaba detrás; se oyó un crujido. Cuando cayó, abatida y muerta, la pared tenía ahora unas grietas de más. Yo también caí. No cansado, no herido, nada de eso. De mis ojos salían lágrimas a raudales; ella tenía razón: ahora mataríamos inocentes con tal de saciarnos, inocentes de verdad. "¿Estaba bien todo lo que haríamos a partir de ahora?" Pensaba en ese momento. Ella tenía razón...ella...nunca supe cómo se llamaba en verdad. Pero todo eso ya no importaba. Ahora tenía una certeza: Inbra sería la nueva Dama.

Cuando llegamos a la plaza de Ettryl (antes eran un aeropuerto intraplanetario pero ya se había quedado obsoleto, por eso de construir encima la ciudad entera), todos se habían reunido allí; los encargados de propagar la noticia también habían cumplido con su plan y sabían que todos se reunirían allí, dejando de lado sus actividades. La plaza estaba a rebosar, todo el mundo tenía por costumbre quedar en ese punto concreto para los asuntos de urgencia o anuncios importantes. Esto era las dos cosas.

Llevábamos a la Dama, ya muerta, en una de esas camillas para trasladar heridos que encontramos cerca. Cuando aparecimos por la bocacalle de Sjan el Émpata (uno de los mutantes más famosos, por lo visto comprendía todos los problemas de los demás con solo verlo a los ojos), aquellos que se encontraban cerca nos abrieron paso hasta el atril, situado en el centro y construido a base de metales robados o recuperados de alguna instalación, lo suficientemente elevado como para que todos pudieran ver a quien estuviera en él y pudieran escucharlo (disponía de algunos micrófonos). La población que nos dejaba pasar hasta el centro, cubriendo todo el radio de la plaza, no podía comprender lo que estaba pasando: algunos lloraban, otros, con ojos mirando al infinito hacían ademán de rezar mientras que algunos, simplemente, se desmayaban. 

Nosotros avanzamos hacia allí con paso lento pero seguro llevando nuestros cascos bajo el hombro para que todo el mundo pudiera ver nuestras caras marcadas, oscurecidas por la escasa luz del lugar y con ojos vidriosos. Ninguno participó por sentimientos contrarios a la Dama, sino a su poder. Ese poder era nuestra meta, no ella. Lo lamentamos como nadie, pero debíamos hacerlo por el bien de nuestra comunidad y para buscar justicia.

Una vez llegamos al escenario elevado donde estaba el atril, los que portaban el cadáver bajaron y se quedaron con sus compañeros, al pie de las escaleras. Yo debía actuar ahora, era mi segundo objetivo en esta misión: como comandante en jefe de las fuerzas de la Dama, debía comunicar a los míos el estado de emergencia y, si no había suerte, la ley marcial.

-La Dama ha muerto.- Toda la plaza en ese momento no era más que un conglomerado de gente que rezaba y lloraba a partes iguales.- Unos "limpios" han conseguido quebrar nuestras defensas usando la extorsión y el engaño y han logrado matar a ella, a nuestra madre.

Los gritos agónicos hacían retumbar todo el lugar. Incluso las luces parecieron apagarse cuando terminé de comunicar oficialmente la muerte de la Dama. En ese momento nadie sabía qué hacer, estaban todo inmóviles.

-¡No es momento de lamentarnos de su muerte! Los "limpios han conseguido una victoria...creen que la han conseguido, pero demostrémosles que no es así.- Cuando dije eso todas las miradas se dirigieron hacia mi persona, atentas, vibrantes, con unos ojos vidriosos que observaban ya atentamente al que sería su salvador de la anarquía y el caos. El plan de el Sapo no podría estar saliendo mejor.

-¿Y qué hacemos?- Logró decir alguien, probablemente siendo esto parte del plan.

-No tenemos por qué alarmarnos. De momento deberíamos elegir alguien de confianza que, en tiempos de crisis, sepa adaptarse y dar lo mejor de sí.

-¡Andreus!¡Andreus!- Clamaron todos mientras alzaban sus puños (los que tenían) al cielo.

-No, no, no. Yo no serviría para esa carga. Pero sí hay una persona que puede hacer que la Dama esté siempre en nuestra memoria.

Capítulo XXXI: Andreus y LibertadorEditar

-Esto me pone los pelos de punta...Spei ¿tienes algo de ese licor en tu pierna?- No paraba de repetirme Stodder, sentado a mi derecha.- Necesito algo para los nervios.

-No domino esas órdenes nerviosas todavía.- Le decía en vano una y otra vez, a sabiendas de que no dejaría de pedirme que sacara el frasco.

-Spei eres un flojo. Te dije que hicieras ejercicios para estimular los enlaces con...bah, déjalo. Eres un viejo y los viejos son muy testarudos.

-¡Qué me has llamado! ¡Cerdo asqueroso!- Con un movimiento rápido como un látigo le golpeé con el revés de la mano abierto, dejándolo casi sin nariz.- Para que veas que no soy tan viejo.

-No le digas viejo a Zephirus.- Entró Mireas a la conversación. Él estaba enfrente, sentado en la banqueta que miraba hacia nosotros. No iba armado con su rifle porque, de hecho, ninguno de nosotros lo estábamos.- Demasiado tiene con sus achaques como para recordárselo.

-Lo mato. ¡Juro por el Emperador que te mataré!- Me extrañaba de sobremanera que Mireas me defendiera, la verdad. He de reconocerlo, la edad es un tema del que no me gusta que hablen; soy un poco mayor pero...¿y qué? Eso se traduce en valiosa experiencia.

-¡Hereje descerebrado!- Gritó Nesaricca a la vez que se levantaba rápidamente para hacerme frente.-¡Ni se te ocurra mentar el nombre del Emperador en vano!

-¿Qué me has llamado?- Estaba demasiado enfadado como para medir mis palabras.

-¡Silencio todo el mundo!- Llegó a decir el Inquisidor, que se encontraba en una esquina del vehículo.- ¿Qué clase de inútiles sois? El Primer Hombre nos ha encomendado una misión que podría forjar una nueva alianza y vosotros estáis así, luchando entre vosotros. Guardad ese genio para los asaltos a dependencias imperiales y no para pelearos entre vosotros.

-Sí, sargento...- Llegamos a decir todos con la cabeza gacha. 

Todo aquello, evidentemente, era un engaño. Nuestros acompañantes, los hombres del Xenólogo, debían creerse que éramos una escuadra de élite del Primer Hombre, no un equipo inquisitorial. Esa pequeña trifulca dentro del vehículo que nos llevaba hasta las profundidades de los mutantes nos haría parecer lo que no éramos, bandidos con poca o ninguna disciplina.

El vehículo en el que viajábamos no era más que un antiguo transporte de contenedores de suministros, por lo que carecía de comodidades. El Primer Hombre quería que así fuera para que los mutantes no se dieran cuenta de los recursos que disponían arriba, que tampoco eran tantos. Seguíamos bajando por una de las vías principales de la colmena, ya en desuso. El sistema de seguridad para plagas había sido cerrado en casi todos los puntos de conexión con los niveles más bajos, por lo que había pocas filtraciones de una parte a la otra. Solo existían las necesarias y éstas estaban controladas celosamente por diversos clanes que operaban independientemente y cuya tarea principal (muy lucrativa por cierto) era cobrar peajes. Cualquiera habría atacado esos pequeños puestos de no ser porque los habitantes de esos lugares eran los únicos que sabían los mecanismos, códigos y desencriptasciones necesarios para desbloquear las entradas al submundo.

Una vez llegamos a una de esas puertas, el transporte paró y tuve tiempo para mirar por el exterior en uno de los agujeros del vehículo, por el que se filtraba algo de luz. Allí no había apenas nada: unas dos docenas de personas vagando de un lado a otro y haciendo fuego dentro de unos bidones y otros hablando tranquilamente. Vivían en los edificios de los laterales de la vía, unos antiguos barracones del Administratum. 

Una vez nos pusimos en marcha de nuevo, pude ver el método usado para frenar epidemias: un gigantesco puente metálico de varios centenares de metros de longitud que colgaba de un vacío que nadie sabía dónde acababa. Una vez hubieran bajado la parte central del puente pudimos pasar: ya estábamos oficialmente en la suboclmena (aunque en realidad estábamos a la misma altura que antes, pero el descenso en las colmenas nunca era demasiado vertical).

La zona habitada por mutantes abarcaba casi todo el espacio de aquel lugar, habiéndose ampliado bastantes veces desde hacía ya unos meses, todo aquello era muy raro pues las partes más bajas siempre estaban pobladas por grupos de lo más pintorescos y, como era de esperar por las autoridades, en conflicto entre sí. Pero en ese momento los mutantes se habían consolidado como fuerza casi única de la subcolmena y aquello era preocupante para el siguiente nivel: nosotros. 

Pasaban las horas y viajábamos por almacenes y zonas residenciales desiertas y desvalijadas. De vez en cuando atravesábamos algún que otro punto lleno de cadáveres, pero eso en lugares así no era raro. Todo eso hasta que llegamos a un sitio peculiar, un punto donde se decía que empezaba realmente el territorio de los mutantes: una gran estatua de bronce de uno de algun héroe local, que había sido profanada y ahora contaba con dos cabezas y un brazo de más. 

-Todo esto es real, tal y como decían los viajantes.- Comentaba uno de los hombres del Xenólogo, que miraba incrédulo todo aquello.- Esos mutantes han conquistado la subcolmena.

-No hay por qué alarmarse. Todos morirán en el juicioso fuego del Emperador.- Le aseguró Nesaricca.

-Ya, seguro.- Dijo el mismo que por lo visto no tenía mucho apego por el Emperador ni lo sacro.

-Nesaricca, por favor. Quiero que te comportes y no hagas ningún comportamiento extraño.- Le ordenó el Inquisidor. Supe en aquel momento que todo lo que dijera sería en vano pero...había que intentarlo.

-Claro Inq...sargento.

Por fin llegamos a los cuarteles generales de los mutantes. Todo aquello...esa organización...parecía un verdadero cuartel de la Guardia Imperial. El orden imperaba en la zona y todo lo que se veía era a unos seres en su mayoría grotescos portando armas y algún tipo de protección, limpiando armas rudimentarias y hablando entre ellos. El vehículo se paró sin previo aviso, para continuar su marcha unos instantes después. A un ritmo pausado esta vez (luego supe que estábamos escoltados) seguíamos por las dependencias mutantes y todo aquello me dejó boquiabierto, la organización era superior a la del Primer Hombre, rozaba lo perfecto, parecía que tenían a un equipo completo del Administratum trabajando para ellos solos. 

-¡Hemos llegado!- Gritó el conductor del vehículo desde alante.- Bajaos.

Las puertas traseras se abrieron y no había nada extraordinario, era una gran avenida oscura con raíles de tren, dejados a su suerte, a los lados. Pero una vez nos dimos la vuelta y miramos por donde estaba el morro del vehículo lo comprendimos todo: esa avenida daba a una gran plaza la cual estaba repleta de esos parias genéticos. La Dama era una reina en aquel lugar, una reina muy querida. 

La multitud, al vernos, hizo un largo pasillo hasta el otro lado de la plaza, donde supuse que estaría el palacio donde vivía la Dama o algo parecio. Miradas de todo tipo se centraban en el minúsculo grupo de personas que avanzaba por allí, sin mirar nada más que al frente por miedo a alguna represalia por parte de los mutantes. He de admitirlo, durante el viaje había escuchado algunas historias que me helaron la sangre acerca de los mutantes y su predilección por las mutilaciones. Aquel pasillo parecía no tener fin, la otra parte cada vez se alejaba más, como un horizonte que nunca se alcanza. 

A nuestro alrededor mutantes de todo tipo y categoría se afanaban por ver a los humanos normales, aquellos con todo en su sitio (menos yo que tenía una pierna de menos y uno de los hombres del Xenólogo que le faltaban dos dedos de la mano izquierda) y con alguna posiblidad de escapar de aquellas alcantarillas. El aire estaba tan viciado que tuvimos que llevar mascarillas para no contagiar ninguna enfermedad o morirnos por asfixia; las escasas luces hacían que el vaho imperante en aquel lugar se notara más, haciéndolo más tenebroso a medida que nos acercábamos a nuestro destino. Nosotros andábamos rectos y sin mirar a los lados para evitar cruzar las miradas con algún habitante de las profundidades de la colmena, porque según las leyendas de por aquí, eso trae mala suerte. El techo, apenas visible por el vaho, se alzaba muy por encima de nosotros.

Después de unos minutos larguísimos llegamos al otro extremo de aquella plaza, en el cual había una edificación empotrada en la fachada (como casi todos los edificios de la colmena), medio derruída por el paso de los siglos pero engalanada como les fue posible a los mutantes: focos de luz blanca se habían colocado a su alrededor, algunas bandas de un rojo desteñido y polvoriento bajaban a través de las ventanas superiores hasta el suelo y las puertas, de un acero casi oxidado pero todavía robustas, se habían pintado recientemente de un verde oscuro.

Una vez en el interior me di cuenta de que el edificio había sido habitado hace poco pues estaba lleno de cajas y andamios, listos para una reparación que no se había dado a tiempo. Las paredes estaban llenas de grietas a medio sellar y por todo el techo se veían vigas y travesaños. Algo había pasado allí para que la Dama hubiera cambiado tan repentinamente de residencia. Los distintos pasillos, todos replentos de guardias, estaban en el mismo estado. Al fin llegamos a donde se suponía que estaba la Dama. Todos los hombres del Xenólogo parecían realmente tensos, así como alguno de nosotros. Mireas, sin embargo, estaba tan tranquilo y relajado como siempre, mirando hacia todos lados con desgana.

Al entrar a aquella sala, llena de andamios y distintos materiales de obra, nos encontramos con dos grandes y pesados sillones metálicos de distinto tamaño recubiertos de telas ocupados por dos figuras que no lograban distinguirse bien ya que los focos en esa sala habían sido apagados probablemente para mantener la solemnidad de la habitación que, por otro lado, no era para nada regia y solemne. 

-Espero que no os hayan molestado mucho los ciudadanos. Son gente honrada pero curiosa.- Decía una voz masculina desde alguno de los dos sillones.- No os lo toméis mal pero no están acostumbrados a ver limpios tan cerca. 

En cuanto dijo esto, el ambiente se heló de repente. Pude escuchar el chisporroteo de algún cable hasta que me di cuenta de que lo que soltaba chispas es quien estaba sentado en el sillón más pequeño. "Es él" me dije a mí mismo. "Está vivo y ahora es el segundo al mando de los mutantes" afirmé para mis adentros. Él estaba ahí...¿pero cómo? Había desaparecido de todo rastro en aquella fatídica fiesta y ahora estaba llí sentado siendo la mano derecha de una especie de reina de los mutantes. Aunque bueno, viniendo de él no me extrañaba lo más mínimo. 

Las chispas iban en aumento hasta que subió su mano hasta alcanzar su rostro: la misma luz de aquel poder hacía que su rostro fuera visible, no había cambiado nada. Todo en él era igual, tal y como lo recordaba. todo excepto la rectitud de su rostro. Sus ojos antes estaban llenos de dudas, se movían rápidamente por todos lados y parecían estar siempre a punto de llorar, como si fuesen presas casi desbordadas. Ahora eran firmes y decididos, por lo visto aquello que hubiera hecho allí abajo para llegar tan alto le había marcado.

Un relámpago cruzó por encima de nuestras cabezas como si fuera un rápido latigazo, hasta llegar a una extraña bobina que se encontraba a nuestras espaldas. "Está haciendo alarde de su poder...y ha mejorado, por lo que veo" pensé. El rayo sobrenatural activó un mecanismo por el que la habitación al completo se iluminó, dejando al descubierto el rostro de ambos ocupantes de los sillones.

-Pero si es...-sururró Nesaricca, asombrada.

-Eso me temo.- respondí.- El Dios Emperador parece ser siempre bondadoso con los idiotas.

-Disculpad a mi comandante, os lo ruego.- Dijo la mujer que estaba sentada a la izquierda, la que sería la Dama.- Es un poco impetuoso con las escasas visitas que tenemos por aquí.

-No hay por qué disculparse, mi señora Dama.- Argumentó el Xenólogo mientras se acercaba.- El que os habla es Croella Kryat, mercader y tasante de objetos antiguos y extraños. Los que me acompañan son mis gardaespaldas y los enviados del Primer Hombre, afamado señor de...

-Sabemos quiénes sois. ¿Crees acaso que dejaríamos entrar libremente a bandidos estúpidos? Id al grano, la Dama y yo tenemos asuntos más imporantes que tratar.

-¡Andreus! Son nuestros invitados, no puedes hablarles así.- Espetó la Dama.

-Pero Inbra no podemos mostrar flaqueza.

"¿Inbra? No puede ser...¿Inbra Taworson?¿La heredera de la colmena?" pensé. Una de las personas más poderosas e influyentes de la colmena, no, del planeta, como reina de los mutantes. Era como poco extraordinario.

-Mi señora, hemos bajado a sus dominios para ofrecer una alianza entre el Primer Hombre y usted. Sería un pacto beneficioso para ambos.- El Xenólogo alzó la voz por encima de las discusiones entre la Dama y su segundo. 

-Tus proposiciones serán estudiadas detenidamente, no te preocupes por eso. Dime, ¿tantos hombres hacen falta para sugerir una alianza?- Él se había vuelto tremendamente arrogante estando ahí debajo. Al contrario de lo que pensaba cuando estaba al mando de los Cruzados de Enma, no estaba hecho para el mando. 

-Para ello no, pero para atravesar todos los peligros entre nuestro territorio y el suyo es conveniente estar acompañado de algunos amigos.- Espetó el Xenólogo.- Siento que mi compañía les desagrade.

-En absoluto.- Dijo Inbra, la Dama.- Andreus, estas personas están exhaustas, necesitarán descansar.

-Conseguiremos unas habitaciones para que...descansen mientras estudiamos sus propuestas.

-Nos sentimos muy agradecidos por su hospitalidad.

"Muy agradecidos..." qué palabras más vacuas. Unos mutantes, probablemente los mismos que nos escoltaron, nos trasladaron a una sala cercana, muy parecida y llena de sacos en los que nos sentamos y pudimos quitarnos las máscaras de contaminación para la contaminación. Los hombres del Xenólogo fueron separados de nosotros, por lo que pudimos hablar con tranquilidad.

-Ese era...Libertador, ¿verdad?- Dijo Mireas.

-Eso me temo. Nadie es tan estúpido como para llegar tan lejos solo dependiendo de la suerte.

-¿Cómo sabes que ha sido cosa de la suerte, Spei?- Preguntó el Inquisidor, incrédulo.- Se ve muy hábil con sus poderes psíquicos y con la política interna de este reino mutante.

-Señor, no lo conoce tan bien como yo. Ha sobrevivido a indecibles peligros milagrosamente y siempre indemne o con alguna compensación.

-Sí, puede ser. Sin embargo se ha convertido en el segundo al mando de un ejército de mutantes además de un psíquico descontrolado. Pide la Purificación a gritos.- Espetó Nesaricca. 

-Ahí tienes razon pero eso no es de nuestra incumbencia ni interfiere con nuestros...

-Inquisidor.- Le corté.- ¿Cuáles son nuestros planes? Es decir, ¿qué busca del Xenólogo? ¿Matarlo? Pues matémoslo ya. Es nuestra oportunidad, acabamos con él y salimos corriendo de aquí. Los mutantes nos respaldarán si decimos que es un agente imperial o...

-No quiero matarlo. Bueno, sí, pero después de que me de cierta información relevante acerca de un asunto de máxima importancia para el Ordo Xenos.  -¿Por qué no lo torturamos?- Saltó Stodder con tono siniestro.

-Gab, sabes tan bien como yo que no es posible. Nunca nos diría la ubicación de...bueno.

-¿De qué, Inquisidor?- Volví a preguntar.

-Eres persistente, Spei. Se nota que los años te han hecho experimentado.- Justo después de decir eso, la puerta se abrió y el aire turbio inundó la sala. El polvo de materiales de construcción llegó a nuestros ojos y tuvimos que frotarlos con fuerza, aun así los teníamos llenos de lágrimas.

-Qué maleducados.- Dijo alguien que entró.- No habéis saludado a un viejo amigo.

-¿Sabías...quienes somos?- Le pregunté.

-Libertador...- Gruñía el Inquisidor.

-Ahora soy Andreus Tumbrii, mano derecha de Inbra Taworson, Dama del submundo y futura señora del planeta por derecho propio.

-¡Hereje!- Gritó Nesaricca.

-he de reconocer.- Decía mientras se acercaba a nosotros.- Que os he echado mucho de menos. Nesaricca, Zephirus, Impavidus...incluso a ti, Stodder. Ah, no olvidar al Inquisidor. 

-¿Dónde quieres llegar, Libertador?- Preguntó Stodder mientras se llevaba la mano derecha a una pistolera vacía.

-No conseguiréis salir de aquí. Ese Primer Hombre es un bandido que solo se guía por interés propio. Nosotros, en cambio, nos regimos por ideales. Es por eso por lo que tanto él como sus emisarios serán eliminados sin miramientos.- El ambiente seguía viciado, pero en ese momento empezó a helarse. Una sensación recorría mi cuerpo, era como una leve descarga de electricidad estática. El aire vibraba.- Se acerca una guerra de los de abajo contra los de arriba, y eso será porque los de arriba han estado siempre contra los de abajo. En esa guerra...en esa guerra quiero que estéis de nuestra parte. 

-¡Jamás me aliaré con un hereje traidor al Emperador!- Volvió a gritar Nesaricca!

Él parpadeó y Nesaricca se quedó paralizada. Mientras se acercaba, parecía que ella estaba soportando una pesada carga sobre sus hombros, se empequeñecía mientras él se hacía cada vez más grande.

-Nesaricca...siempre tan enérgica. Tu voz siempre ha sido el canal por el que el Emperador ha transmitido su palabra, siempre has seguido tus ideales sin titubear. Tu vida ha sido una desgracia continua...esa infancia...-Por las mejillas de Nesaricca caían unas lágrimas que hacían que el polvo y la suciedad acumulados en ella se fueran.- Has sabido luchar contra los enemigos del Emperador con justicia y furia, siempre te has mantenido erguida pese a las dificultades. He de contarte un secreto: antes no creía en el Emperador; de hecho no creía en nada, vivía al día pensando en que al día siguiente mi muerte iba a ser segura. Pero ahora he podido ver la realidad. El Emperador me ha bendecido con estos poderes para que pueda llevar a los desheredados a la batalla. Una batalla que se luchará con los que usan disfraz de fervientes seguidores pero solo viven de interés propio. 

-Libertador, ¿qué intentas?- Decía Stodder.- ¿Convencernos a todos diciendo que tu causa es justa?

-Nada de eso.- De pronto, el ambiente se relajó, Nesaricca volvió a su estado normal y la electricidad estátia cesó.- Es...bueno, consideradlo como el favor d eun viejo amigo.

-Nunca nos uniremos a unos mutan...- El Inquisidor me cortó.

-Aceptamos tu oferta, pero con una condición: del jefe de los emisarios me encargo yo.

Capítulo XXXII: Los desheredados de KarttusEditar

-Santell, fuego de cobertura. Nuddo, Jiarm; conmigo.- Mis órdenes se elevaban entre el ruido de los disparos y las explosiones.- ¡Ya!

Mientras Exwern Santell, artillero del grupo, disparaba a bocajarro contra unas posiciones bien cubiertas desde las que nos disparaban, nosotros tres pasábamos de escombro en escombro usándolos como parapeto hasya llegar a las posiciones enemigas. "Nuddo, granada" ordené. Mi subordinado lanzó el explosivo tan pronto como pudo y salimos corriendo de allí hasta alguna cobertura cercana. Me tapé los oídos y solo tuve que esperar a que Santell dijera por el comunicador que esos revolucionarios habían volado por los aires.

-Parece que se han convertido en polvo, Solomon.- Llegó a decir Santell entre ruidos de estática.

-Bien hecho.- Dije.- El equipo de Bel debe estar llegando a los puntos de huída, debemos darnos prisa. 

Cuando me presenté con todos los supervivientes del ahora llamado "Incendio de Karttus" no pensé que nos acabaríamos convirtiendo en un cuerpo de élite de los ejércitos de la colmena. Allí estábamos, delante de esos doce generales y de la joven que me cosió la brecha. 

-¡Cómo osáis,cerdos cobardes?- Gritó uno de esos generales, al que se le escapó el puro de la boca.

-¡Os fusilaremos por intervenir en una reun...- Intentó decir otro, hasta que la chica, que se encontraba en el centro de la sala, rodeada por esa pesada mesa de madera tallada, alzó la mano en señal de que se callaran.

-Basta, ellos no se merecen eso.- Dijo ella.- Vaya, ¿así que en realidad eres uno de los cobardes de Karttus? Normal que seas tan cobarde.

-¡No soy ningún cobarde! ¡Ninguno de nosotros lo somos!- Los míos gritaron con entusiasmo mientras los generales murmuraban entre ellos.- Y queremos demostrarlo.

-¿Cómo vais a hacerlo?¿Os enviamos de vuelta a vuestra colmena caída?- Espetó uno de los generales.

-Silencio, Lord Macabia.- Volvió a decir la chica.- Personalmente hablaré con ellos para ver si son aptos. Quieras o no, son altos mandos de las Fuerzas de Defensa Planetaria en Karttus, por lo que han recibido el mismo entrenamiento que vosotros.

-¡Pero son unos...

-¿Cobardes? Sí, eso ya lo sé; pero envié naves de rescate a Karttus por alguna razón ¿no crees?¿O acaso desafías mis órdenes?

-Mi señora, yo...

-Ya sé lo que vas a decir, pero deja de lamerme el culo. Y ahora marchaos todos.

-Esta es la sala de generales y no...- Otro general fue cortado por ella.

-¿Ahora mandas sobre mí, Lord Cassidi? Vaya, parece que los generales no saben nada acerca de la cadena de mando. Ya tendré tiempo de hablar con vosotros, y ahora...!a la mierda!

La voz de la chica no se rompía en grito en ningún momento, pero sonaba fuerte y pesada sobre mi cabeza, así que no puedo imaginar cómo sonaría en la de alguno de aquellos generales. Cuando éstos se fueron, pasando entre nosotros con miradas de odio, ella nos instó a entrar. Cupimos todos pese a estar un poco apretados, ella se subió encima de la mesa para hablar.

-Vosotros sois los supervivientes de Karttus, tildados de cobardes por toda esta colmena. Vuestro honor no existe, vuestra valía está denostada. Yo, en cambio, soy la Mariscal Qaoregt Vilmesda y por mi rango me corresponde decir que ocupo el cargo de comandante en jefe de todas las Fuerzas de Defensa Planetaria del planeta. Es implica, por tanto, que soy vuestra superior.- Regt, mientras hablaba, hacía gestos con las manos muy propios de la colmena de Giup, por lo que supuse que era de allí.- Así que tengo poder sobre vosotros, mis subordinados. ¿Alguna pregunta?- Dijo mientras se encendía un cigarrillo.

-¿Cómo es que...- Intentó preguntarle uno, pero ella le cortó.

-...una chica tan joven se encuentra al frente de una jerarquía tan inmensa como es la de un ejército de FDP a nivel global?- Ella terminó la pregunta.- Soy lo que se dice...cómo era...ah, sí. Un genio. Soy de esa gente que consigue todo lo que quiere, y lo que quiero ahora mismo es ser Lady Mariscal de nuestro planeta, para mayor gloria del Emperador. He sido destacada en doce largas campañas que terminaron con una fraglante victoria imperial gracias a primero mi ímpetu y arrojo al batallar y después a mi habilidad de mando. ¿Otra pregunta?

-En las FDP de nuestro planeta no...- Preguntó otro, para luego volver a ser interrumpido por ella.

-...hay Lord Mariscal, la cúpula militar es un consejo de doce generales procedentes de todas las colmenas elegidos por todos los coroneles de todos los regimientos del planeta.- Rió.- Si todo eso está muy bien, pero las fuerzas armadas de un planeta tan grande y poblado como este requieren un solo individuo extremadamente cualificado, o sea yo. Bueno, también soy sobrina del gobernador planetario...eso puede que influya en algo.

-Entonces...¿usted es la Lady Mariscal que manda en secreto tras doce generales que no son más que títetes?- Pregunté. Me sentí aliviado de que no me cortara la pregunta.

-Eso me temo ¡Ja ja ja!- Volvió a reír, despreocupada.- Y bueno, ¿qué puedo hacer por vosotros?

-Queremos reincorporarnos a las FDP, pero aquí.- Dije.- Necesitamos redimirnos a ojos del Emperador y esta es la mejor opción.

-¡Ja ja ja! La mejor opción dice...No creo que entrar sin previo aviso a una reunión de las más altas cámaras militares sea lo más sensato que hayáis hecho en vuestra vida pero en fin...debido al último diezmo andamos un poco escasos de tropas, así que unos soldados ta curtidos y valientes como vosotros podríais sernos de ayuda. Wanui os llevará a algún barracón vacío hasta que decida lo que hacer. Podéis marcharos.

Regt nos encomendó primero algunas misiones sencillas, como escoltar a algún mercader adinerado por las partes altas de la colmena o servir de instructores de tiro a los reclutas, pero conforme fueron pasando los días, cada vez más de nuestros hombres elevaban quejas por considerar esas tareas demasiado sencillas. Ella, siempre pendiente de nuestras acciones, decidió enviarnos en expedición al temido "sector del hierro negro", una gran extensión de la colmena cuyos habitantes viven al margen de la Ley Imperial. Allí conseguimos derrocar a un gobierno de contrabandistas y ladrones, devolviendo así el control de la zona al gobierno. A partir de la misión llamada en clave Sangre de Perseo, la niña mariscal nos encomendó misiones cada vez más difíciles hasta que conseguimos colarnos entre las mejores fuerzas de élite de toda la colmena...eso en medio año.

-Especia picante, tenemos problemas en los exteriores de la Boca del Trébol, nos están atacando.

-Recibido, Nadir azul. Nos dirigiremos hacia allí de forma inmediata.- Respondieron por el comunicador.- Tenemos unos problemas de Color 4 en nuestra posición.

Nuestra última misión parecía sencilla comparada con la explosión del navío mercante Poslchat en los grandes astilleros de la colmena. Por aquel entonces nuestra tarea era de una simpleza máxima: la típica de buscar y destruir, en este caso unas instalaciones dedicadas a producir falsificaciones arcanotecnológicas en masa, presumiblemente con materiales obtenidos de forma poco lícita; dicho complejo sito en las partes más bajas de la colmena recibía el nombre en clave de Trébol, siendo Boca de Trébol el centro logístico y de mando de las mismas. Tras dos días enteros de combate por todo el gigantesco complejo industrial, nuestras tropas consiguieron llegar a la llamada Boca de Trébol y, por tanto, estábamos cerca de lograr nuestra misión. 

-Nuddo, fuego de cobertura hacia esa posición artillada. Los demás iréis por esos montones de cajas metálicas y los rodearéis. Yo intentaré acercarme directamente hacia ellos para tirarles una granada. ¿Todo en orden?- No respondieron, así que supuse que todos sabían qué había que hacer.- Bien, ¡en marcha!

Mis órdenes fueron seguidas al pie de la letra: mientras Nuddo mantenía a esos tipos que nos impedían el paso tras sus parapetos, mis hombres los estaban rodeando y conduciendo a una trampa. Por si eso fallaba, yo iba directo hacia ellos con una sorpresa explosiva, cosa que no hizo falta. En cuestión de pocos segundos, la ametralladora pesada de nuestros enemigos cayó y yo ya no tenía que correr: había llegado el equipo de Especia picante, los chicos de Asmur Trassiana. 

-Me has ahorrado una granada y a mis hombres unas cuantas balas, muchas gracias.- Le dije por el comunicador a Trassiana.

-Nadir azul, nosotros hacemos nuestro trabajo con eficiencia. Qué lástima que no se pueda decir lo mismo de vuestra escuadra...

-Eso será.- Comenté sin mucho ánimo.- Señores.- Dije, dirigiéndome a los de mi escuadra.- Ya que se han ido a rodear a los muertos, que no sea en vano. Busquen toda resistencia y elimínenla mientras el equipo de Especia picante y los que quedan de nuestro equipo acaban con esto.- Volvió el ruido de estática, señal de que todos habían entendido perfectamente la misión.- Nuddo, conmigo.

Nos quedaba el último paso: eliminar el centro de operaciones del complejo, contando con su "directiva". Se sospechaba que éste era parte de una serie de negocios de un mafioso del submundo, así que se entendía la idea de Regt: cabrearlo para que cometiera actos imprudentes y saliera de las partes bajas para que pudiera ser ajusticiado. En el momento en el que hice esa asociación mental dejé soltar una risita  apenas visible a través de mi casco táctico. 

Subíamos y subíamos escalones de mármol roto y descolorido: por lo visto esto era un antiguo Manufactorum, por lo que sería el lugar idóneo para realizar la actividad que estaban desempeñando estos delincuentes. Detrás de las escaleras y al final del todo se encontraba la típica puerta de "Fin del juego" con grandes huecograbados indicando que era anteriormente propiedad del Mechanicum -me parecía extraño que no lo hubieran reclamado, pero dentro de las colmenas se esconden muchos secretos-, así que volamos respetuosa y devotamente esas puertas blindadas para poder acceder al interior de la gran sala.

-¿Cómo os atrevéis, cerdos?- Escuchamos una voz lejana tras la nube de polvo ocasionada por la caída de las puertas. Nuestro equipo se desplegó rápidamente alrededor de la sala y apuntamos hacia donde se dirigía la voz. 

-Por orden del Sagrado Emperador de la Humanidad queda detenido por actividades heréticas.

-Me encantaría entregarme y ser juzgado, pero hay un problema. Muerto no podré componer.- Dos delos nuestros que estaban en los flancos de la formación volaron de repente por los aires. El resto fuimos a cubrirnos tras los diferentes cuadros de mandos que poblaban la sala, pero desde todos lados se podía ver ya la figura que dijo esas palabras. Por lo visto todos los mafiosos de los bajos fondos eran unos tipos peculiares: éste era un viejo vestido con andrajosas ropas de noble.

-¡Disparad!- Ordené por el comunicador.

El tipo, sentado en una silla, la inclinó hacia atrás hasta caerse de espaldas, esquivando así las primeras ráfagas. Al caer con los brazos extendidos, de sus mangas deslizó un par de granadas que tiró con bastante precisión hacia los nuestros.

-Esto es un Do.- Se dijo a sí mismo con un tono demente. Instantes después, las granadas explotaron y dos más de los nuestros murieron.- En fin.- Decía mientras se ponía de pie.- Habrá hoy una sinfonía de todos los tonos.

-Este tío es un demente.- Me comentó Asmur desde un canal privado del comunicador.- Acabemos ya con él.

-La primera vez en mi vida que estoy de acuerdo contigo. A todas las unidades: disparad con todo lo que tengáis.

La sala era más profunda de lo que en un principio creíamos, así que nuestro enemigo corrió hacia atrás mientras nosotros lo seguíamos por los diferentes cuadros de mandos enviando disparos cada poco tiempo.

-¡Oh, alguien ha dado con un bemol!- Dijo él mientras corría, tras lo cual vi una explosión donde estaba un soldado que corría delante de mí.

-¡Todos quietos!¡Todos quietos!- Grité.- Ha llenado esto de trampas explosivas. Intentad darle desde la distancia.

Donde él se encontraba, en un pasillo central elevado e iluminado, era una posición como poco privilegiada para eliminarlos. Pero claro, no iba armado...hasta que desenfundó. Otro de los nuestros voló por los aires tras recibir un disparo del arma que nuestro loco enemigo tenía bajo su abrigo de noble: un lanzagrandas.

-Ahora que tengo mi batuta se han equilibrado el juego...sí, nadie puede hacerle frente en materia musical a Luven Beething.- Ese cerdo tenía un lanzagranadas arcanotecnológico: de esos pequeños con gran potencia explosiva.

El tipo siguió teniéndonos con las cabezas agachadas disparando su arma, que por lo que parecía no necesitaba recargar. Durante la refriega otro de los nuestros había caído, quedando solo Asmur, Nuddo, tres hombres más y yo. Lo que no tuvo en cuenta es que el resto de mi escuadra todavía estaban frescos, por lo que uno de ellos le disparó desde la entrada, haciéndole arrojar su lanzagranadas entre los cuadros de mandos.

-¡Ahora!- Ordené.- ¡Apresadlo!

Una vez lo tuvimos atado y con los ojos vendados -por precaución- procedimos a su interrogatorio, siempre lleno de sangre y dientes rotos.

-¡¿Para quién trabajas?!- Gritó Asmur, que además de una excelente sargento disfrutaba torturando.-¡Dínoslo y te dejaré morir de un tiro en la cabeza!

-Vivo por y para la música.- Se repetía el tal Beething cada vez que le preguntaba por tal cosa.- No sigo otra motivación aparte de eso.

Dejé a ellos dos para que "dejaran sus diferencias a un lado" y me dispuse a hablar con mis hombres, para ver qué sacaban en claro de todo eso.

-¿Y bien?- Pregunté.

-¿Y bien qué, Solomon?- Saltó Exwern.- Ya hemos terminado. Se acabó por hoy.

-Venga, vamos. Sabes tan bien como yo que ese tipo no puede ser uno de los líderes criminales más importantes de aquí abajo. Es imposible.

-Pero supo defenderse y mató a varios de los nuestros con sus trampas.- Espetó Nuddo.

-Eso solo lo define como buen guerrero, no como un señor del crimen. Aquí debe de haber algo más gordo.- Al decir esto, sonó mi comunicador. Por la frecuencia de la señal debía ser alguien del cuartel general.

-Aquí equipo del Trébol. Hemos reportado el estado de nuestra misión y estamos...

-Sé cómo estáis, Solomon.- Me cortó mi interlocutora: Regt.- ¿Tienes a Luven Beething contigo? ¿Está vivo?

-Sí y sí. Estamos procediendo a su "interrogatorio". Creo que este tipo debe saber algo que nosotros no sabemos. Podríamos descubrir algo bastante serio.

-¡Deja a ese hombre! No sabes en lo que nos hemos metido...marchaos de ahí, misión cumplida.

-¿Misión cumplida?¿Dejamos a este tipo libre y...misión cumplida? ¡Él ha matado a varios de mis paisanos!¡Se merece algo peor que la libertad! Algo mucho peor...

-Solomon, sé que en este momento estás frustrado, pero no puedo explicarte lo que pasa desde aquí, así que debéis volver al punto de extracción. Es importante. 

-¡Más importante es vengar el honor de mis hombres!

-¿Honor?¿Habla de honor aquel que huyó con el rabo entre las piernas?

-Sabes que eso no fue así. Además, te he dado razones suficientes para que no me tachases de cobarde. 

-Lo sé muy bien. Sé que aparte de un hombre valiente ers un hombre sensato, así que déjalo libre y marchaos.

-Este hombre debe morir, y punto. Nos vemos dentro de siete horas para que pueda dar el informe de la misión. Corto.

Capítulo XXXIII: Como viejos amigosEditar

-¿En serio hace falta que sea todo tan complicado? Esos tipos ya estarán asustados, no hace falta tanta parafernalia.

-Es totalmente necesario. Necesitamos hacer alarde de nuestra fuerza y nuestra fuerza es la cantidad de los que somos y el miedo que me tienen.

-Lo sé, pero...

-Inbra, querida...estás siempre tan llena de dudas...- Le dije, mientras mi rostro se acercaba al suyo para darle un tranquilizador beso.

-No puedo quitarme la idea de llevar a toda esta gente a la guerra. A una guerra contra mi familia.

-Sé que es algo contradictorio, pero un gobernante debe siempre anteponer la felicidad de su pueblo, y éste es tu pueblo.

-Andreus.- Decía mientras me evitaba la mirada, lanzándola al suelo.- No estoy segura de que lo que hagamos está bien.

-No temas. Es el Emperador el que nos ha puesto aquí para que liberemos a sus desamparados de la tiranía y la opresión.

Dicho esto, me informaron por el comunicador que los emisarios de El Primer Hombre estaban ya cerca, a punto de pasar la plaza llena de gente. El escenario estaba dispuesto de forma que todos debían saber de nuestro poder: una multitud en la plaza los llevaría directamente haciendo un pasillo a donde Inbra y yo estábamos, para así demostrar que eramos miles pero lejos de ser una turba de mutantes, sabíamos qué era la disciplina. Tras eso, mostraría mi poder como psíquico ya en instancias privadas, para que supieran que los rumores del brujo que gobierna las partes más bajas era verdad.

Una vez en la sala de la reunión, pude ver, sentado, que eran muchos para ser solo emisarios, además de ir con indumentaria de combate. Por lo separados que iban, detecté que eran dos grupos distintos pero...¿por qué iba el Primer Hombre a traer dos grupos que actuaban por separado? -Espero que no os hayan molestado mucho los ciudadanos. Son gente honrada pero curiosa.- Dije, sentado en uno de los sillones. Seguía dándole vueltas a por qué eran varios grupos, entre los que cabría la posibilidad de que uno de ellos quisiera matar a Inbra. No...era demasiado obvio.- No os lo toméis mal pero no están acostumbrados a ver limpios tan cerca. 

Al decir esto, decidí que era momento de seguir con la actuación. mi mano empezó a acumular poder disforme, tanto que incluso me alcanzó el rostro, dejando mi cara al descubierto. Me di cuenta mientras lo hacía que un grupo no se mostró impresionado por mis poderes, mientras que el otro sí. Uno de los dos sabía quién era.

-Disculpad a mi comandante, os lo ruego.-Intervino Inbra. Todo iba según lo planeado, pero me daba la sensación de que algo no era como debía ser, y ese algo pasaba seguro por uno de los dos grupos.- Es un poco impetuoso con las escasas visitas que tenemos por aquí.

​-No hay por qué disculparse, mi señora Dama.- Argumentó uno de ellos.- El que os habla es Croella Kryat, mercader y tasante de objetos antiguos y extraños. Los que me acompañan son mis gardaespaldas y los enviados del Primer Hombre, afamado señor de...

-Sabemos quiénes sois. ¿Crees acaso que dejaríamos entrar libremente a bandidos estúpidos? Id al grano, la Dama y yo tenemos asuntos más imporantes que tratar.

-¡Andreus! Son nuestros invitados, no puedes hablarles así.- Me riñó Inbra.

-Pero Inbra no podemos mostrar flaqueza.- Dije, teniendo una ligera idea de quiénes eran los integrantes del segundo grupo. No podía ser posible que ellos, el Inquisidor, Zephirus...estuvieran aquí. Y lo más sospechoso de todo era su asociación con el Primer Hobre y ese...tasante. 

-Mi señora, hemos bajado a sus dominios para ofrecer una alianza entre el Primer Hombre y usted. Sería un pacto beneficioso para ambos.- El alzó la voz por encima de lo que debía. 

-Tus proposiciones serán estudiadas detenidamente, no te preocupes por eso. Dime, ¿tantos hombres hacen falta para sugerir una alianza?- Quise que el grupo del Inquisidor se mostrara nervioso para poder saberlo con certeza de que eran ellos.

-Para ello no, pero para atravesar todos los peligros entre nuestro territorio y el suyo es conveniente estar acompañado de algunos amigos.-¡Claro! Ese tasante era el Xenólogo al que estaba buscando el Inquisidor. Ahora casi todo cobraba sentido.- Siento que mi compañía les desagrade.

-En absoluto.- Dijo Inbra.- Andreus, estas personas están exhaustas, necesitarán descansar.

-Conseguiremos unas habitaciones para que...descansen mientras estudiamos sus propuestas.

-Nos sentimos muy agradecidos por su hospitalidad.

Una vez se fueron, Inbra me comentó lo contenta que estaba por lo bien que había salido el plan intimidatorio, pero yo no podía sentirme más extrañado. Mientras ella se retiraba a estudiar verdaderamente las propuestas de ese tal Kryat, yo me quedé sentado en el sillón pensando cual sería mi próximo paso. "Habrá que hacer algo" me dije a mí mismo, justo antes de dirigirme a las habitaciones de hospedaje para reencontrarme con mis viejos amigos.

​-Qué maleducados.- Dije justo al entrar, mientras levantaba una gran nube de polvo a causa de las reformas que estábamos haciendo.- No habéis saludado a un viejo amigo.

-¿Sabías...quienes somos?- Me alegré de verlos a todos, incluso a Stodder. Me sentí impresionado, todos habían bajado a los suburbios sin ninguna baja...quitando quizás que Zephirus tenía una pierna nueva.

-Libertador...- Gruñía el Inquisidor.

-Ahora soy Andreus Tumbrii, mano derecha de Inbra Taworson, Dama del submundo y futura señora del planeta por derecho propio.

-¡Hereje!- Gritó Nesaricca.

-he de reconocer.- Iba diciendo mientras me acercaba- Que os he echado mucho de menos. Nesaricca, Zephirus, Impavidus...incluso a ti, Stodder. Ah, no olvidar al Inquisidor. 

-¿Dónde quieres llegar, Libertador?- Preguntó Stodder mientras se llevaba la mano derecha a una pistolera vacía.

-No conseguiréis salir de aquí. Ese Primer Hombre es un bandido que solo se guía por interés propio. Nosotros, en cambio, nos regimos por ideales. Es por eso por lo que tanto él como sus emisarios serán eliminados sin miramientos.- El ambiente seguía viciado, pero en ese momento empezó a helarse. Una sensación recorría mi cuerpo, era como una leve descarga de electricidad estática. El aire vibraba.- Se acerca una guerra de los de abajo contra los de arriba, y eso será porque los de arriba han estado siempre contra los de abajo. En esa guerra...en esa guerra quiero que estéis de nuestra parte. 

-¡Jamás me aliaré con un hereje traidor al Emperador!- Volvió a gritar Nesaricca.

Con un simple parpadeo conseguí que Nesaricca se sintiera como si el mundo se posara sobre sus hombros, dejándola totalmente paralizada.

-Nesaricca...siempre tan enérgica. Tu voz siempre ha sido el canal por el que el Emperador ha transmitido su palabra, siempre has seguido tus ideales sin titubear. Tu vida ha sido una desgracia continua...esa infancia...-Por las mejillas de Nesaricca caían unas lágrimas que hacían que el polvo y la suciedad acumulados en ella se fueran.- Has sabido luchar contra los enemigos del Emperador con justicia y furia, siempre te has mantenido erguida pese a las dificultades. He de contarte un secreto: antes no creía en el Emperador; de hecho no creía en nada, vivía al día pensando en que al día siguiente mi muerte iba a ser segura. Pero ahora he podido ver la realidad. El Emperador me ha bendecido con estos poderes para que pueda llevar a los desheredados a la batalla. Una batalla que se luchará con los que usan disfraz de fervientes seguidores pero solo viven de interés propio.

-Libertador, ¿qué intentas?- Decía Stodder.- ¿Convencernos a todos diciendo que tu causa es justa?

-Nada de eso.- De pronto, el ambiente se relajó, Nesaricca volvió a su estado normal y la electricidad estátia cesó.- Es...bueno, consideradlo como el favor d eun viejo amigo.

-Nunca nos uniremos a unos mutan...- El Inquisidor cortó a Zephirus.

-Aceptamos tu oferta, pero con una condición: del jefe de los emisarios me encargo yo.

Ahora ya estaba claro: el jefe de los emisarios era el Xenólogo. El Inquisidor ya había mostrado todas sus cartas. Dejando al lado todas esas intrigas y deducciones, me alegré de verdad que de nuevo volviéramos a estar juntos aunque...no creo que en ese momento el grupo estuviera en sintonía con mis sentimientos.

-Inquisidor, seamos serios. ¿Ese "jefe de los emisarios" es el Xenólogo?

-¡Ja ja ja! Habrías sido un buen Inquisidor, "Andreus".- Las carcajadas brotaban de su boca, parecían tan reales que ni se me pasaba por la cabeza el que estuviera fingiendo.- Efectivamente, por él estamos todos aquí.

-¿Soy el único que ve algo raro aquí?- Zephirus lanzó la pregunta al aire, la cual aprovechó el Inquisidor para explicarnos por fin qué era lo que pasaba.

-Ya veo...así que no es tan fácil como pegarle un tiro en la nuca.- Deducí tras haber escuchado esa historia tan poco verosímil.- Necesitaréis nuestra ayuda...la ayuda de los mutantes.- En ese momento comprobé cómo a todos se les erizaba el pelo con solo pensar que tendrían que ser apoyados por los míos.

-Eso me temo.

-Dígame, Inquisidor. ¿Qué gano yo con todo esto?

-El perdón por todos tus pecados contra el Emperador, como el rapto de la señorita Inbra o el apoyo explícito de grupos mafiosos y mutantes. 

-No son pecados; el Emperador me ha guiado hasta aquí, para liberar a parte de su pueblo contra la tiranía y la opresión. Lo siento, pero lo que usted pide es irreal, por fin he encontrado mi sito. Además, matar a Croella Kryat nos pondría en un aprieto en nuestras negociaciones con el Primer Hombre. 

-Míralo por todas las partes, Libertador. Como Inquisidor, tengo la potestad de acusar de herejía a cualquier ser humano, incluso a las personas de las más altas esferas. No sé si estás al tanto de las intenciones del Primer Hombre, pero él lo que busca es el trono de la colmena. Piensa un escenario en el que el Primer Hombre y las autoridades estén en guerra abierta. ¿Qué podría hacer ahí un ejército de mutantes?

-Le sigo perfectamente, ¿pero cómo puedo confiar en usted?

-No puedes. Solo piensa que podrías tener allá donde iríamos una recompensa mucho mayor que estando aquí, esperando en tu madriguera el momento oportuno. Y no tendrías más que venir tú.

-Vale, me ha convencido. Y ahora...¿cómo piensa matar al Xenólogo?

-Yo no voy a matar a nadie. Lo hará Inbra Taworson.

Parte cuarta: El momento de decidirEditar

Capítulo XXXIV: De entre todos los hombres...Editar

-¡Tuviste que matar a ese! Luven Beething, tercero al mando del Primer Hombre, el hombre más poderoso de la colmena ahora mismo. No tenemos suficiente con las incursiones de los renegados herejes de Karttus que ahora vais vosotros y lanzáis toda la furia del Primer Hombre contra nosotros. 

-¿Por qué el miedo a ese Primer Hombre si es solo un mafioso?- Bufó Asmur Trassiana mientras se miraba las uñas en gesto de indiferencia.

-No te equivoques.- Regt parecía rabiólica, la bullición de su sangre parecía que iba a tener como resultado una explosión de sí misma.-El Primer Hombre no es un mafioso. Es un terrorista que se financia con ese tipo de actividades.

La sala estaba con el ambiente cargado. Con la única luz de un globo fuorescente que iba de un sitio a otro siguiendo un lento patrón, Regt nos estaba echando la bronca a todos los miembros de la compañía por las acciones en la fábrica de armas.

-No sabemos sus intenciones verdaderas, pero quiere para sí el gobierno de la colmena llegando incluso, según nuestros informes, a raptar a la señorita Inbra Taworson para tomarla como esposa. Y ya saben que las leyes de nuestra colmena dictaminan que...

-Sí, lo sabemos.- Le corté.- Pero ese Primer Hombre no puede tener tantos efectivos ni tan preparados como la Guardia Imperial y las FDP juntas.

-Ese es el problema, Solomon. Mientras estábais fuera, desde arriba habían solicitado el diezmo correspondiente a la colmena y nosotros se lo hemos tenido que dar pese al conflicto en Karttus. Nosotros quisimos pedirles una prórroga para extinguir el problema, pero esos malditos burócratas nos lo han impedido. Ahora el Primer Hombre tiene casi el 60% de la colmena en su poder, las partes más deprimidas; con lo que todo ello implica.

-Tumultos.- Afirmó Nuddo con seguridad.

-Nada de eso. Más efectivos para su causa; un par de "los de arriba nos roban" o "yo os voy a dar esperanza", un suministro continuo de armas y ya tendríamos un conflicto del que no podríamos salir. Ese es el verdadero problema.

De repente, la luz del globo se apagó, señal de que había pasado ya cuatro horas.

-Veré qué puedo hacer. Eso es todo.

Mientras salíamos todos de la sala, pude oir cómo a Regt se la reclamaba por su el comunicador que llevaba en su oreja.

-¡Mierda! ¿Ahora ellos?- Se dijo.- ¡Solomon!¡Ven conmigo ya!

Una vez me puse a su lado, empezamos a caminar a una velocidad vertiginosa por los pasillos del cuartel general. Todo parecía en orden allí dentro, con gente llevando cajas, comisarios dando órdenes...lo típico.

-¿Qué está pasando, Regt?

-Nos atacan desde el exterior. En Karttus han empezado a moverse y me han convocado para un consejo de guerra urgente.

Lo que pasó en las horas siguientes me puso de los nervios: un ejército se acercaba desde Karttus con intenciones invasivas y nosotros estábamos en un momento de debilidad. Se acercaba la guerra, y lo hacía a una velocidad vertiginosa.

Días después de aquello, los chicos de Regt habían establecido un impresionante dispositivo de defensa y las levas de ciudadanos se agolpaban en los cuarteles para ser instruidas. Si todo iba según los planes, la batalla tardaría poco en dar comienzo y se necesitarían todos los efectivos disponibles. Desde el cuartel general podía ver cómo se entrenaba a niños y viejos para que pudieran combatir, se les enseñaba cómo disparar y algunas nociones de primeros auxilio. Tras eso, estarían listos según los sargentos instructores de las FDP. En un corto período de tiempo se podía decir que estábamos preparados para resistir una invasión...pero no a lo que nos acabaríamos enfrentando.

Según relataban los informes, los primeros ataques desde Karttus se produjeron en los acantilados de San Aigo, por donde pasaban los raíles del ferrovial entre las colmenas; pero nadie les hizo caso. Hablaban los mensajes recibidos de enegendros y monstruos de pesadilla entre los atacantes. Marines espaciales es una cosa, pero eso...nadie se lo creyó, hasta la batalla en las Canteras del Héroe.

La estrategia de Regt estaba clara: parar al enemigo antes de que se acercaran a la colmena, evitando así el daño a la misma. Con una pomposidad habitual en las marchas imperiales a la guerra, tanques, vehículos aéreos y soldados marcharon a la batalla ovacionados por todos los que no podían combatir (generalmente tullidos y personas que no podían llevar un arma como los muy jóvenes o los muy viejos, así como los Arbites), lo que elevaría el entusiasmo. Se elegió un sistema de "barreras", creando tres líneas de defensa a cada cual mejor defendida, y la de las Canteras del Héroe sería la primera.

Decenas de miles de soldados esperábamos en una posición ventajosa de las Canteras un ataque frontal y desorganizado liderado por rebeldes dementes armados con machetes y pistolas. Las polvorientas lomas llenas de soldados y los acantilados creados a causa de la actividad minera llenos de artillería acabaría con toda resistencia, sin necesidad de mancharnos las manos. A nosotros, los Desheredados, nos tocó defender la colina A-58 junto con dos compañías de soldados chupete y tres piezas fijas de artillería Basilik. Según parece, Regt había asignado a cada posición impotante una dotación de soldados veteranos para que los novatos no huyeran.

-Señor. -Me dijo uno de los hombres de los Basilik por el comunicador.- Me informan de que el enemigo se encuentra cerca. Tenemos munición de sobra, podríamos probar a tirarles una salvas a ver qué tal.

-Conforme, corto.- La lástima que me daba matar paisanos a base de artillería se suplía al ver lo que habían provocado: miles de niños habían sido forzosamente adiestrados para combatir al enemigo. En ese momento me encontraa delante de muchos de ellos, los cuales no hacían más que llorar.- Vosotros.- Les dije.- Todo saldrá bien si no dejáis que se acerquen. Quiero una línea de fuego completa hasta nueva orden. Todos tenéis órdenes de no retroceder, y eso es lo que haremos aquí. ¿Entendido?

-¡Sí señor!- Gritaron los pocos que no estaban ocupados en cagarse en el uniforme. Maldita sea, el mayor de ellos no tendría ni quince años.

A lo lejos, tras la gran llanura desierta llena ahora de alambradas de espino y minas antipersona, se empezaba a vislumbrar una nube de polvo generada, seguramente, por las hordas de enemigos que se aproximaban. Los cañones de los Basilik no paraban de disparar sus municiones, generando aún más polvo en el horizonte, sumado a las minas que empezaban a explotar.

-Vaya...- Me dije a mí mismo, con sorpresa.- Regt ha hecho un buen trabajo, puede que no tengamos ni que disparar una bala. Ojalá estos chicos puedan irse a casa sin ver el horror de la guerra.

Capítulo XXXV: QuebradoEditar

-Este será el último acto cuestionable que cometerás. Te prometo que nunca más verás una gota de sangre.

-Pero es nuestro invitado. No podemos matar a un emisario simplemente porque tú lo ordenes.- Inbra me hablaba con sus preciosos labios rosados, pero sus ojos no decían nada, estaban inexpresivos.- Es algo que no... no está bien.

-Es el último paso para que podamos organizar la revolución contra los opresores limpios.

-Y contra mi famila.- Sus pupilas volvían a cobrar vida como si estuvieran bajo un hechizo, pero se volvieron vidriosas a causa de las lágrimas.

-Eso...- El tiempo en aquel momento pareció detenerse. Incluso daba la sensación las motas de polvo que surcaban el aire estaban quietas.

-Nunca lo has pensado, ¿verdad, Andreus? Toda mi familia morirá si alzas la espada contra ellos. ¿Me he convertido en lo que acabará con ellos?

-¡No! Cualquiera que atente contra tu felicidad debe ser destruido. Inbra, eres lo más valioso que tengo en este mundo y...

-¡¿Más valioso que tus mutantes!?

En ese momento la ira me invadió todo el cuerpo, mis puños se llenaron de cólera en la misma medida en la que el rostro de Inbra se llenaba de terror. Su precioso rostro... golpearle en él ha sido lo más cruel y de aquello de lo que más me arrepiento de haber hecho en toda mi vida, pero en ese momento no era consciente de ello.

-Mata al Xenólogo de la forma que te he dicho.- Ordené mientras ella se dolía de los golpes en la nariz y el estómago.- Tardaré poco en volver.

En ese momento no pensé en ello, pero tiempo después me arrepentiría. Sin embargo, entonces solo pensaba en mi siguiente objetivo: bajar al llamado Hueco del Mundo, una gigantesca cantera ancestral que servía de cimiento principal de la colmena. Todo aquello me sonaba mal, ya que estaríamos yendo al lugar más bajo de la colmena, lugar que, por otro lado, está plagado de leyendas de fantasmas y espíritus que roban almas.

-Llegas tarde, Libertador.- Saltó el Inquisidor nada más verme, en uno de los pasillos cubiertos de polvo y bañados con una tenue luz roja de emergencia.

-Por favor, llámame Andreus.- Dije haciendo un gesto con la mano en señal de que le quitara importancia.- Ya está todo organizado, solo falta que nos pongamos en marca. ¿Está seguro de dónde debemos ir?

-"Andreus", nunca he estado más seguro. Dejémonos de charla, vámonos.

Finalmente nos pusimos en marcha, usando un vehículo militar envejecido pero bien equipado, semejante a un Chimera (es posible que lo fuera en un principio, pero tras tantas modificaciones era más parecido a uno de esos vehículos orkos destartalados), hacia el Hueco del Mundo. Dos días de viaje hacia abajo por unos lugares semiderruídos y cargados de leyendas de fantasmas.

-Libertador -Me decía Stodder desde la cabina de conducción, estando nosotros sentados en los asientos paralelos a los laterales del vehículo.- ¿Cómo has matado al Xenólogo?

-Igual de sutil que siempre.- Notaba que por instinto alcé una ceja y sonreí levemente.- El pueblo lo matará tras unas palabras de Inbra.

-Palabras cargadas de veneno, supongo.- Saltó el Inquisidor.

-Se dirá que tanto el Xenólogo como los suyos estaban tramando un plan para eliminar a Inbra.- Hice caso omiso al comentario del Inquisidor.- Los limpios sois gente malvada y recelosa.

-Tendrás al Primer Hombre encima de aquí a unos cuantos días. No sé hasta qué punto sabes su situación actual, pero podría incluso arrebatar el trono a los Taworson.

-Los limpios nos tienen miedo, no estoy seguro de que unas hordas de desorganizados bandidos nos supongan un problema para seguir adelante. Cambiando de tema, Inquisidor.

-Sé lo que vas a decir. Tu recompensa será justa. Eres capaz de entender que los asuntos que acaecen a los equilibrios de poder en un planeta me importan bien poco, siempre que sigan bajo la luz del Emperador.

-Cuando nosotros seamos quienes gobiernen, el planeta estará más cerca del Emperador que nunca.- Afirmé con rotundidad.

-¿En qué momento te has vuelto tan piadoso?- Dijo Stodder entre carcajadas, las cuales retumbaban por todo el compartimento para la tripulación.- Cuando te conocí eras un pobre diablo suertudo, per sin fe alguna.

-La gente cambia.- Comenté tras suspirar.- El mismo cambio que me ha convertido en un piadoso seguidor del Dios Emperador me ha convertido en Andreus, no en Libertador. Ahora soy Andreus Tumbrii, el comandante en jefe y mano derecha de La Dama del Abismo.

-Vaya nombre más pomposo.- Zephirus pareció decirse eso para sí mismo, pero lo dijo en voz alta.

-¿Cual, Spei? Hay tantos donde elegir...- Comentó Impavidus con unas palabras que pretendían ofender.

-Todos ellos. Andreus Tumbrii el elegido del Emperador para llevar a los mutantes y a Inbra Taworson, la Dama del Abismo, a la victoria. Con lo corto que era Libertador.- En ese momento, todos rieron. Incluso se me escapó una leve sonrisa. 

Con pachanga y jarana solo duramos unos dos minutos más, justo antes de empezar el tedioso descenso por las laderas del Hueco del Mundo. Día y medio de viaje que nos esperaba bajando en espiral hasta llegar a una base que no se lograba ver a causa de la oscuridad. Al llegar al inicio del descenso, decidimos parar a descansar. Al bajar del vehículo pude comprobar lo grotescamente inmenso que era el Hueco, así como todo lo de alrededor. Pese a que la oscuridad no me dejaba ver mucho, solo un gran espacio vacío y una quietud total que hacía que me estremeciera. 

-Tal es la superstición por este lugar- Decía el Inquisidor mientras bajaba del vehículo todos los apeos necesarios para que pudiéramos dormir.- que la ciudad empezó a construirse sobre unos inmensos pilares sobre el suelo. El descenso de hace cuatro horas y la puerta que tuvimos que forzar era de uno de ellos, por el que hemos bajado. 

-Gran lección de historia, Inquisidor.- Comentó Zephirus, quien estaba entretenido en sacar de sus cajas los globos luminosos para que no estuviéramos gastando la batería del vehículo en iluminarnos.- Pero en mis años en todos los frentes posibles no he visto un fantasma, y dudo que a mi edad me sorprenda eso.

-Los fantasmas son meras leyendas, Spei. Lo terrorífico es aquello que se esconde detrás. 

-Mientras llevemos la luz del Emperador con nosotros no tendremos nada que temer.- Le aseguró Nesaricca, que se había pasado la mayor parte del trayecto dormida. Con un gesto amable puso la mano encima de su hombro.

-Tiene razón, no hay nada que temer.- Le afirmé mientras cruzaba los brazos y asentía. Nesaricca en ese momento cambió su rostro por otro lleno de rabia.

En el momento de acostaros en sucias y destartaladas tiendas de campaña, no pude conciliar el sueño. Estaba nervioso, intranquilo, como si algo me hiciera sentirme incómodo. Como mi tienda era individual, pude escapar al exterior para calmarme. La luz de los globos seguía ahí vagando en un círculo prederminado aportando un fulgor azul verdoso bastante apaciguador. Encima del vehículo estaba Zephirus, quien montaba guardia.

-Chico, deberías dormir. El viaje va a ser largo y tedioso.- Decía mientras se ponía en pie, su pierna metálica brillaba a causa de la luz de los globos.

-No tengo sueño. A lo mejor es por lo importante de nuestra misión.

-...a lo mejor.- Dijo cada palabra como si la estuviera analizando, como si realmente sabía su significado oculto.- Bueno, si no tienes sueño quizás podrías acompañarme en la guardia.

-¿En la Guardia Imperial? Ni loco volvería allí.- Ambos reímos en voz baja.- ¿Por dónde subo?

Una vez llegué al techo del vehículo, ambos nos sentamos y dejamos el rifle láser de Zephirus a un lado para ponernos a hablar, al fin y al cabo, seguíamos siendo amigos pese a todo lo que había pasado.

-¿Y lo de tu pierna?- Pregunté sin poder contenerme más.

-¿Esto? Ah, bueno. Digamos que cometí una buena acción. Las fuerzas del Primer Hombre eran muy obstinadas y a mí parece que se me acabó la suerte. 

-Eso no parece muy propio de ti.

-Ya, pero qué le vamos a hacer. Lo bueno es que mi pierna anterior no podía hacer esto.- Dijo, y con esfuerzo logró que de su gemelo se extrajese un frasco lleno de líquido.- Mira siempre el lado bueno de la vida.

Vertió la mitad del contenido del frasco en una cantimplora de combate que sacó del vehículo y me lo ofreció.

-Brindemos. Por nosotros y por el Emperador.

-Por el Emper..un momento, ¿qué es eso?- En la lejanía pude escuchar un leve zumbido, seguido de unos movimientos y martilleos metálicos.- Dime que estás oyendo eso, Zephirus.

-Mi viejo oído no permite percibir esas cosas. ¿De qué se trata?- Instintivamente, cogió el rifle y apuntó hacia donde yo miraba, alarmado.

-Suena como el sonido de forja, pero diferente. 

-Eso aclara poco las cosas.- Los globos lumínicos que giraban no percibían ningún cambio en el entorno, por lo que no se volvieron de color rojo. De repente, el sonido paró.

-Ha...desaparecido. Bah, será algo que había caído o algún roedor que esté merodeando.

-Seguro. Y ahora, brindemos.- Tras brindar, él me lanzó la pregunta que tenía guardada bajo la manga.- ¿Tienes pensado volver con nosotros? Quiero decir, eres un valioso activo para el séquito del Inquisidor y...

-Zephirus, basta. No necesitas decirme que sea valioso para el Inquisidor, soy valioso para ti.- En ese momento, su curtido y envejecido rostro cambió, entrecerró levemente los ojos y miró para otro lado. Sentí que había dado en el clavo. Aun así, se merecía una respuesta.- A pesar de todo, también soy valioso para mucha gente. Los míos esperan mucho de mí, y no puedo decepcionarles. 

-Libertador, nosotros somos los tuyos...

-¡No soy Libertador, ahora soy Andre...

-Andreus Tumbrii, lo sé. Yo también era Zephirus Spei, afamado coronel de la Guardia Imperial. Andreus, Libertador...qué más da. Hoy eres alguien y mañana no eres nada, así es la vida. Tú deberías saberlo mejor que nadie, aprendiz de Caballero Gris.- Eso me trajo dolorosos recuerdos.

-Eso...

-Es la verdad. Mira, haz lo que quieras, que ha sido lo que has hecho siempre, pero ten en cuenta algo: ahora no estás solo. De ti dependemos nosotros, los sueños y esperanzas de tu gente y sobre todo tu amada Inbra.

Al nombrarla, sentí como si un millón de puñales envenenados con el sentimiento de culpa invadieran mi cuerpo. Allí mismo me desmoroné por lo que le había hecho a Inbra y me puse a llorar.

Capítulo XXXVI: ¿Lo harás?Editar

El combate se había vuelto una locura. Cientos de cadáveres diseminados por todo el campo de batalla dejaron un sangriento terreno por el cual se hacía difícil combatir cuerpo a cuerpo, y eso es lo que estábamos haciendo en ese momento. Pese a los preparativos de Regt y la sorprendente disciplina que mostraron los soldados chupete, nuestros enemigos, mis paisanos, consiguieron llegar a nuestras posiciones. Regt no había previsto algo así, de hecho nadie podría haberlo hecho: el abastecimiento de munición se agotó, gastamos todas nuestras balas, incluso las cargas de artillería. Todas las minas explotaron y las vallas llenas de alambre estaban inservibles porque tenían una funesta capa de cuerpos humanos.

Cinco horas disparando sin descanso. Cinco horas vaciando cargadores y volviendo a recargar, hasta que por fin nos alcanzaron. La lucha cuerpo a cuerpo nos llevó a mancharnos las manos de sangre de civiles Karttusianitas, mis paisanos. Habían lanzados a toda la colmena contra nosotros, millones de hombres y mujeres de cualquier edad. 

Los hombres de las dotaciones de artillería luchaban con las bayonetas y cuchillos de combate, haciendo frente a hordas de fanáticos de...¿de qué? Mientras desde las posiciones artilladas se bombardeaba a los que llegaban me lancé esa pregunta: ¿qué era tan importante como para arrojarsea morir contra tus antiguos vecinos? ¿Qué te hace alzar tus armas contra ellos? Sin embargo, en el momento de la batalla, mi concentración se enfocaba en el combate. El olor a sangre hirviendo a causa de mi espada de energía ocupaba mi olfato, mi vista estaba nublada por tanto enemigo y polvo y mi oído recibía todos los gritos de angustia y dolor que solo puede proporcionar la lucha cuerpo a cuerpo. Hasta que escuché algo por el comunicador de mi casco, un sencillo "retirada". Según el número que apareció en la lente del casco,  procedía del mando central. 

-¡Retirada!- Grité, aun sabiendo que los míos no lo escucharían.

Despues de vociferar la orden dos o tres veces mientras me zafaba de un tipo armado con un tubo de hierro, me dispuse a marcar un sangriento camino hasta la segunda línea, donde esperarían tropas defensivas frescas. Corrí lanzando espadazos a diestro y siniestro, sin importar a quién pertenecían los miembros que amputaba. Minutos, tal vez segundos más tarde, conseguí vislumbrar un hueco, hacia el que fui corriendo, pero trastabillé con algún brazo o un cadáver y caí de rodillas. Un viejo enloquecido aprovechó para atacarme con un leño mugriento, como por instinto logré desenfundar la pistola láser y le disparé dando una vuelta por el suelo. El tipo se me cayó encima, ya muerto. 

-...minutos...Prometheum...- Se escuchaba desde el comunicador, pero yo estaba demasiado ocupado como para prestar atención, teniendo un muerto encima mientras que a mi alrededor se desarrollaba una brutal batalla. Por fin tuve la posibilidad de zafarme de ese peso muerto (nunca mejor dicho) y escapé corriendo de aquella matanza. 

-¡Aquí Solomon Huggil, comandante de los Desheredados, solicito información!- Vociferaba por el comunicador mientras escapaba de allí, de la última línea de combate.

-Huggil, la primera línea de combate será enteramente incenciada con Prometheum. Nuestas naves ya están de camino.

-No podéis...- Dije entre jadeos, mientras miraba hacia atrás y observaba la batalla desde cada vez más distancia.- No podéis hacer eso, hay miles de soldados ahí dentro.

-Son órdenes. Tiene diez minutos, póngase a cubierto de inmediato. Corto.- El sonido de estática se inició al decir eso, tras lo cual intenté ponerme en contacto con el alto mando.

-¡Regt!- Su canal era el cuatro, el cual estaba también lleno de interferencias. Debería sentirme un privilegiado por tener canal directo con la mariscal y comandante en jefe, pero en ese momento me importaba poco.- ¡Regt!

-Estoy ocupada, Sol. Tengo una ciudad que defender.

-Regt, escucha. No estoy seguro de que tú hayas dado la orden, pero van a bombardear toda la línea de las Canteras del Héroe y mis hombres siguen allí.- Era consciente de que ella se estaba encargando de coordinar los esfuerzos para establecer un cordón defensivo en los aledaños de la ciudad, así que esa orden debía haber surgido de uno de los generales.- Regt, ¿me escuchas?

-Sol, esa orden no proviene de mí.- Declaró después de un segundos que se me hicieron eternos.- Sin embargo, acabo de recibir los informes de combate...han hecho bien en enviar esas naves. 

-¡Pero mi mariscal, estamos desperdiciando efectivos!- Siempre usaba su cargo para ponerme más serio con ella, al fin y al cabo solo era una joven.- Solo tú puedes revocar esa orden, la segunda línea de combate podrá aguantar los embites, hemos hecho ya lo más duro. 

-Lo siento, Solomon.- Por otro lado, ella usaba mi nombre completo cuando debía transmitir órdenes.- Pero es lo que debe hacerse. Morirán como héroes.

-¡No quiero héroes muertos, quiero soldados vivos!

-No es algo que me guste hacer, Solomon.

-Pero...¿lo harás?

En ese momento las comunicaciones se cortaron para dar paso a las del canal 1, el de emergencia que transmitía automáticamente: "Manténganse lejos de la primera línea de combate". Cuando se envió ese mensaje lo di todo por perdido, así que me senté en la polvorienta tierra dorada a esperar que decenas de naves soltaran su peligrosa carga sobre mis hombres. Me había alejado lo suficiente como para que no fuera presa de las llamas, hasta me surgió el pensamiento de hacer el camino de vuelta para morir quemado junto con los míos, pero mi instinto me quitó esa idea de la cabeza. Sin embargo, sí me atreví a quitarme el casco integral de combate para poder ver aquella destrucción con mis propios ojos, como símbolo de purificación.

-Puede que Regt haya entrado en razón y haya dejado las naves en tierra. Así podría morir a manos de mis paisanos, aunque fuera a palos. -Me dije a mí mismo, mientras escuchaba un sonido lejano.

Decenas de naves de combate más grandes que las Valkyrias se acercaban a la velocidad del rayo por el horizonte de levante, dirigiéndose a su funesto destino. Al pasar encima de mí, levantaron una inmensa nube de polvo y cuando sobrevolaron el campo de batalla, lanzaron sus destructivos torpedos. La arena y el polvo del desierto que habían levantado no me permitió ver con claridad cómo todo lo que quedaba de los míos se volatilizaba en cuestión de minutos. Mis ojos llorosos por el polvo no lograban ver nada más allá de un color rojo fuego traslúcido, y unos gritos de agonía que se extendían hacia donde yo estaba, a bastante distancia. Todo el horizonte se iluminaba con el paso de los bombarderos, Esperábamos encontrarnos con unos atacantes de infantería bien preparados y nos encontramos con una masa de civiles que rozaba el absudo que en ese momento no serían más que huesos carbonizados. Minutos después, todo había acabado. La calma había llegado a las Canteras del Héroe. 

-Aquí Solomon Huggil, comandante de los Desheredados. Solicito vehículo de extracción inmediata. Zona de combate hostil.- Dije una vez puesto el casco a través del canal de comunicaciones cinco.

-Señor, en estos momentos estamos algo ocupados en materia logística, pero indíquenos su posición y en cuestión de dos horas tendrá por allí uno de nuestros pájaros.

-Bien. Corto. 

El sol se ocultaba mientras la temperatura pasaba de un calor asfixiante al gélido del desierto nocturno. Siglos de explotación minera dejaron la zona de las Canteras como una tierra yerma, al igual que todo el planera a excepción de las colmenas. La oscuridad empezaba a llenar el cielo, dejando reducida mi visibilidad, hasta que al fondo, detrás de las zonas de bombardeo de las minas, detrás de los agujeros hechos por los Basiliks, detrás de los cuerpos ennegrecidos por el Prometheum, pude visumbrar una luz artificial. En ese momento me puse el casco, cuyo visor me otorgaría una visión aumentada y con mejor percepción nocturna. "Mierda" dije, tras ver que era un vehículo que se acercaba. Momentos después pude hacer que la lente del visor se acercara y aprecié que venía de Karttus. Era un vehículo militar.

En ese instante no tuve oportunidad de luchar contra quienes se acercaban, si es que acaso tuvieran intenciones hostiles (que seguro que las tendrían), así que determiné que lo más coherente sería esconderme detrás de algo. Una agrupación de rocas en el punto más alto de una colina, justo al lado de una de las carreteras, era lo mejor que encontré, y allí pude ver a los que bajaban del vehículo: unos seis o siete seres gigantescos, con una armadura integral impresionante. "Marines" pensé, y creí estar en lo cierto. Un par de servidores que salieron del vehículos tras de ellos circularon en sus orugas mecánicas. Estaba especialmente confuso en ese momento hasta que caí en algo. "Están seleccionándolos" me dije a mí mismo. "Están seleccionando y los están amontonando".

Capítulo XXXVII: ¡Atrás!Editar

-Tres minutos para llegar abajo.- Gritaba Stodder desde la cabina de conducción.- Vaya viaje más largo.

Tenía razón. Habíamos tardado más de día y medio en bajar por el Hueco, realizando largas circunferencias alrededor del mismo, siguiendo un tortuoso camino de tierra. El descenso en espiral se había hecho mucho más sencillo dos horas antes de llegar abajo, el camino se había allanado mucho, como si camináramos sobre metal pulido.

-Nuestro objetivo, una vez encontremos la puerta, será entrar en las catacumbas y sin tocar nada seguirme, ¿entendido?- El Inquisidor parecía tenso mientras decía estas palabras y se amarraba por décima vez la pistolera al cuerpo, la cual tenía debajo del hombro izquierdo; su espada de energía estaba apagada y envainada.

-Sí, señor.- Respondimos todos escasos de ánimo, el viaje nos había dejado exaustos.

El vehículo finalmente dejó el camino inclinado para llegar a una zona lisa. "Estamos abajo del todo" pensé, aliviado. Sin embargo, la preocupación me recorrió la espina dorsal como si fuera un viento gélido. Sentía algo raro, como si el aire fuera...más ligero que de costumbre.

-¿No lo notáis? Hay algo raro en el ambiente.

-Culpa mía.- Saltó Impavidus levantando la mano con gesto despreocupado.- No podía aguantarme hasta parar.

-¡Maldito hereje.- Gritó Nesaricca, justo antes de intentar abalanzarse contra él y ver que ambos tenían arnés de seguridad, por lo que no podían moverse.

-No me refiero a eso.- Continué con gesto de asco por lo que había dicho Impavidus.- Es como si faltara algo en el aire, no sé cómo expresarlo.

-El Hueco es una zona de nulidad disforme, como te comenté. Eso implica que aquí la Disformidad es inexistente o bien muy escasa. Lo que notas es esa falta de conexión con el espacio disforme, nada más.

-Es algo que no me gusta ni un pelo, Inquisidor.

-Tenemos que seguir adelante, y eso sin tu ayuda no sería posible. Y para que la Inquisición  pueda ayudarte, primero tienes que servirle a ella de utilidad. On ego rem, on ego hominem, recuerda eso.

-Ya, claro. 

-Gab.- Dijo, haciendo caso omiso de mi indiferencia.- Ponme en contacto con el Entelequia. ¿Tenemos señal?

-Débil pero existente, señor. Ese artefacto Jokaero se está pagando solo, ¿verdad?

-Así es.- Afirmó el Inquisidor, dejándome con la duda de qué era un Jokaero.- Aquí Viel Fhragen llamando a Entelequia. Respondan, Entelequia.- Se decía hablando por un comunicador que enganchó en su oreja.- Sí, hola. Hemos encontrado lo que estábamos buscando. Dentro de menos de una semana nos hará falta la extracc...¿cómo? Uhm...eso es imposi...- El rosotro del Inquisidor había palidecido de inmediato.- Apoyen en la medida de lo posible a los Taworson y manténganse a la espera de nuevas órdenes. Corto.

-¿Qué ha pasado, Inquisidor?- Inquirió Zephirus.

-La colmena está bajo asedio. Por Marines Espaciales.

En ese momento, todos permanecimos en silencio. 

-¿Marines Espaciales?- salté.- ¿Pero cómo?

-No se sabe, los sistemas de inteligencia de los Taworson estaban centrados en suprimir la amenaza del Primer Hombre...lo mejor que pueden hacer es defenderse con uñas y dientes hasta que envíen refuerzos.

-Deberíamos...

-Spei.- le cortó el Inquisidor.- no nos compete ayudar a la defensa de la colmena, no ahora. Nuestro deber está aquí.

La conversación se cortó en ese momento, instante el cual aprovechó el Inquisidor para ordenar que nos bajáramos del vehículo. Una vez en tierra, la lente especial de los cascos se activaron, dando la sensación de color en la oscuridad total; el equipo con el que contábamos era de lo mejorcito que pudo conseguir el Primer Hombre, por lo que era de la máxima calidad. El traje contaba con un casco integral con mascarilla y todo tipo de mejoras para la visión y la percepción, así como un sistema de comunicación interno bastante eficiente, según describió el Inquisidor. En cuanto al traje en sí, estaba hecho de algún material bastante resistente y ligero, contaba con varios bolsillos y una pequeña carcasa creadora de vacío para conservar cualquier tipo de objeto al vacío. 

En cuanto a las armas, todos portábamos una pistola arcanotecnológica de proyectil sólido, cortesía del Arsenal de la Dama, con lo que Venier Crank (el encargado del arsenal) decía que eran balas de plata con carga de uranio empobrecido, lo que sonaba demasiado bien como para negarse. Todas las pistolas estaban aparentemente anticuadas y desgastadas, pero habían sido desmontadas y limpiadas por el propio Venier (alguien con dieciocho dedos tan minúsculos como los de un bebé hace ese trabajo con una facilidad increíble). Aparte de eso, las armas principales variaban de uno a otro. En mi caso portaba un magnífico Rifle Inferno (y su pesada mochila) y una espada-sierra, envainada. Además de eso, todos contábamos con cargas de demolición y granadas, tanto aturdidoras como letales.

-¿Hola?- dijo el Inquisidor por el canal de comunicación grupal.- ¿Me escucháis nítidamente.

-Sí.- saltamos al unísono.

-Perfecto. Debemos caminar hacia el norte, coordenadas 2007/58.- al decir esto, un mapa translúcido apareció en la esquina inferior derecha de mi visor, indicando la posición del objetivo.

-Qué lejos.- comentó Impavidus, con desgana. Él llevaba un pesado rifle largo con mirilla abatible, más adecuado a su posición de francotirador que un rifle Inferno.

-Es lo que toca, Mireas. Y ahora, pongámonos en marcha ya y acabaremos antes.

Anduvimos durante un rato, hasta que pudimos por fin divisar el lugar indicado en esas coordenadas: una gigantesca pirámide de color negro como el azabache. Era lo único que se levantaba del suelo en la sima del Hueco, una protuberancia que, lejos de ser algo que rompía la monotonía del ambiente, lo impregnaba de una dura y fría magestuosidad, parecía que íbamos justo contra el mismo centro de una de sus caras. Lejos de admirar la arquitectura del edificio, parecía que algo dentro de mí me decía que era mala idea entrar, subir o estar siquiera cerca de aquella estructura ciclópea que se alzaba ante nosotros y que, en caso de que hubiera, habría tapado todo el horizonte.

-Bendito Emperador.- dijo Nesaricca para sus adentros, aunque pudimos escucharlo todos por tener el comunicador abierto.

-Aquello es 2007/58. En concreto esas coordenadas están en su cima, así que daos prisa que tenemos que subir por la pirámide. 

Algo iba mal. Aunque todos continuamos la marcha con sospechoso entusiasmo, algo dentro de mí seguía diciéndome que no debía estar en ese lugar. "Serán los fantasmas" pensé, aunque temía que aquellos fantasmas fueran reales. El aire cada vez se helaba más, a pesar de que el visor del casco registraba una temperatura fresca y húmeda pero dentro de lo que cabe, normal. 

-Zephirus.- dije mediante el canal privado.- ¿No te sientes...raro?

-¿En qué sentido?

-No sé...parece hacer más frío conforme nos acercamos a la pirámide, y el aire más liviano.

-Yo no noto nada, y los indicadores...

-Sí, lo sé.- le corté, sabiendo lo que iba a decir.- Pero es algo que se me está calando en los huesos. Una sensación de que no deberíamos estar aquí.

-Déjame preguntarte algo. ¿Has luchado alguna vez contra alguna civilización xeno? -inquirió, aun sabiendo la respuesta.

-Están los orkos, pero no podemos consider...

-Eso es que no. Por más que se aleje uno de su hogar o de lo que le resulte conocido, siempre que entra en contacto con alguna otra cultura humana de forma cordial, se tiene un sentimiento de cercanía, una especie de sensación ancestral de familiaridad; al fin y al cabo, todos venimos del mismo lugar. Sin embargo, al ver cualquier estructura alienígena nos embarga una sensación de que lo que estamos viendo no nos pertenece, no tiene sentido para nosotros. ¿Entiendes lo que quiero decir?

-Sí, que nos resulta inconscientemente extraño.

-Eso es.- continuó.- A pesar de no saber hacia qué nos dirigimos, puedo deducir que nuestra misión consiste en explorar algún tipo de ruina alienígena.

-Audax et cautus, Spei.- saltó el Inquisidor, para nuestra sorpresa. Él se encontraba delante de nosotros, y sin aminorar el paso, siguió hablando.- Si os lo preguntáis, todos los canales privados de comunicación están conectados con el mío como medida de seguridad.

-¿Y por qué no ha dicho nada antes?

-Quería ver a dónde llevaba vuestra conversación. Y sí, vamos a explorar unas ruinas alienígenas.

-¿Para qué?- quiso saber Zephirus.- ¿Buscamos algún artefacto o algo así?¿Son acaso meras exploraciones arqueológicas?

-Un poco de todo, Spei. Hay variedad, para que no nos aburramos.

-Y además, este sitio está desierto. ¿Para qué vamos armados?

-Toda pregunta es respondida a su debido tiempo, a su debido tiempo.

Tras decir estas inquietantes palabras, el Inquisidor calló. La marcha después de eso se nos hizo mucho más larga, sobre todo en el momento en el que tuvimos que escalar toda aquella estructura escalonada hasta llegar a la cúspide. Ésta era una explanada lo suficientemente grande para que cualquier nave de transporte de aterrizaje vertical pudiera posarse en tierra, pero por lo visto esa no era su función.

-¿Y ahora?- inquirió Impavidus mientras intentaba no ahogarse tras la subida.- ¿Buscamos una trampilla o algo?

-Casi, Mireas. Nuestro objetivo es encontrar una hendidura en la piedra, así que a buscar.

Unos diez minutos que estuvimos buscando la dichosa hendidura hasta que Stodder tropezó, soltó un "¡Puto bache!", todos nos giramos hacia él y ya la vimos. Un pequeño hueco, no más grande que un puño y con una profundidad más pequeña aún.

-Bueno.- saltó el Inquisidor.- Veamos si este cacharro sirve.

Acto seguido se sacó de uno de los numerosos bolsillos de su traje -que por cierto era igual que el de los demás- una pequeña pieza del mismo material que la pirámide, pero con ciertas líneas talladas en bajorrelieve. Puso ese artefacto en el hueco y encajaba perfectamente, es como si hubiera encontrado la llave a una puerta cerrada hace siglos, por el sonido que se desprendió a continuación. "¡Bien, funciona!" comentó el Inquisidor, con un entusiasmo poco común en él. Cuando nos dimos cuenta, la pirámide empezó a temblar, parecía que habíamos despertado a una bestia que no quería dejar de estar en su letargo. Intentamos agarrarnos donde podíamos, pero como no había nada, todos tarde o temprano acabamos por caer al suelo.

-Inquisidor, -dijo Zephirus, ya en el suelo.- ¡Creo que ya es el momento de las explicaciones! ¿Por qué se está moviendo esto?

-¡No nos estamos moviendo, Spei!- saltó él, era evidente que estaba cargado de entusiasmo.-¡Estamos bajando!

Capítulo XXXVIII: La mariscalEditar

-¡Doscientos mil efectivos muertos! ¡Todo un ejército!- vociferaba uno de los generales mientras se movía, incómodo, en su asiento.- A eso habría que sumarle las pérdidas en artillería y en equipo. 

-Sí, Pohuimar, las bajas han sido totales pero ¿sabíamos acaso a qué nos enfrentábamos? Los mensajes de ese tal Huggil es todo lo que tenemos después del bombardeo aéreo.- saltó otro.

-Pfff...Marines.- comentó un tercero con desdén. No podemos asegurarnos que una rebelión civil esté organizada por Marines Espaciales. Además, ¿para qué?

-Quien esté detrás de todo esto nos importa ahora lo más mínimo.- mi voz hace que toda la sala quede en silencio. El ambiente estaba cargado por culpa de aquellos generales que fumaban de nerviosismo e iluminado solamente por el holograma topográfico y unas pequeñas luces rojas instaladas en Wanui, luz que parecía moverse confusa entre todo aquel humo.- En este momento hemos avisado a los sistemas de Nuevo Lorr y Gravania, y estamos recibiendo el apoyo de una pequeña nave de combate llamada Entelequia. Su ayuda, pese a no ser muy valiosa, se agradece para la observación de los movimientos enemigos y la posible evacuación de los Taworson en el momento crítico.

-Pero mi mariscal.- intervino uno de los generales, por su posición alrededor de la gran mesa de madera oscura debía ser Venier S'engores, aunque no podía verlo con claridad.- Si los benditos Marines Espaciales están detrás de esto, ¿no deberíamos preguntarnos si hemos hecho algo mal y se trata del castigo del Emperador?

-Eso son solo rumores. De momento, lo único que sabemos es que la población civil de Karttus ha sido aniquilada por nuestras tropas. También que la moral de la segunda y tercera línea se mantiene intaca y alta. Dada nuestra situación, lo más conveniente serí seguir manteniendo las líneas de defensa y enviar refuerzos y suministros según convenga. Esta vez, la segunda línea deberá aguantar al menos durante semanas para que podamos recibir la ayuda de los sistemas cercanos. Eso es todo por hoy. El Emperador protege.

-El Emperador protege.- dijeron todos al unísono, tras lo cual se disolvió la reunión. 

Al salir de aquella sala pude ver la claridad de las luces fluorescentes una vez más. "Por fin aire fresco" pensé. Con Wanui siempre tras de mí, iba por los pasillos pensando qué sería mi próximo movimiento. No podíamos quedarnos sentados esperando a que nos atacaran, así que estaba dándole vueltas a varios planes que me cruzaban por la mente como si fueran impulsos. Mapas, experiencias, cosas que hubiera escuchado, libros que hubiera leído...todo aquello parecía juntarse y dividirse para crear una estrategia que nos llevara a una victoria -aunque fuera temporal- sobre nuestros enemigos. En ese momento se me vinieron a la cabeza dos palabras: Primer Hombre. Pero no... no eran vocablos extraídos de mi recuerdo, era algo que había escuchado. Dejé de concentrarme en las estrategias de la guerra y volví en mí. Era Wanui el que hablaba.

-Regt.- me decía. Estaba programado para que hiciera las veces de oficial de comunicaciones pero en un tono informal.- estoy recibiendo señales que indican que el Primer Hombre está moviéndose. Sugiero que reúna al alto mando cuanto antes. Regt, estoy recibiendo señales que indican...

-Ya basta.- también había sido programado para repetir esos mensajes hasta que yo le dijera que se callara.

En ese momento todo explotó dentro de mí. No tenía suficiente con una guerra alrededor de la colmena contra fuerzas supuestamente dirigidas por Marines Espaciales sino que ahora un rey bandido de los bajos fondos quería, aparentemente, conquistar toda la colmena. Claro que tenía pensado de antemano un plan de actuación contra él, habiendo previamente buscado el modo de que las noticias de la sublevación de Karttus y la guerra contra ellos se mantuviera en secreto, pero era algo difícil de contener. Miles de personas habían sido reclutados a modo de leva y de muchos de ellos no se había vuelto a tener noticia, por no decir que nunca volverán a sus casas. 

El Primer Hombre...sabía la amenaza que representaba, así que intenté que su inevitable invasión ascendente de la colmena se retrasara hasta una vez terminada la guerra, pero estaba ya en movimiento, y a saber con cuántos efectivos contaría. Otra vez volví a concentrarme, con cientos de detalles que pasaban delante de mis ojos en milésimas de segundo. Los Marines, el Primer Hombre...¿hacer que combatan entre ellos? No sería nada descabellado, teniendo en cuenta que las partes bajas de la colmena estaba llena de sus hombres.¿Pero y si se aliaban? ¿Y si, en coalición, conquistaban la colmena y, por ende, todo el planeta?

La cabeza me daba vueltas mientras recorría los pasillos andando más y más deprisa con Wanui detrás comunicándome peticiones de apoyo de la segunda línea. Mi mente se estaba colapsando de tanta información inútil y una sobreestimulación que no venía nada bien a mi estado de concentración. Todo formaba un caos que se detuvo cuando Wanui enunció dos palabras: Solomon Huggil.

-¿Qué?- salté, como salida de un sueño.- ¿Qué has dicho de Sol?

-Solomon Huggil ha vuelto a central desde la primera línea. Según parece ha sido el único superviviente de la misma.

-¿Dónde se encuentra ahora?- pregunté, nerviosa.

-Hasta donde yo sé.- Wanui estaba usando un tono demasiado coloquial, lo que indicaba que no le habían comunicado exactamente su ubicación.- se encuentra en el Cuartel Gener...

-Sí, sí. El Cuartel General. Ponte en contacto con los oficiales de toda la central y comunícales que se busca a Solomon Huggil.

Segundos después ya estaba de camino a la enfermería donde se encontraba, y abriendo la puerta con violencia para encontrarme con él. El médico que estaba cuidando de él se volvió molesto, pero le dije que era su amante y que necesitaba verlo; puro engaño. Allí estaba Sol, rodeado de cables y máquinas de soporte vital.

-Regt...-dijo con esfuerzo, parecía atado a la camilla del poco movimiento que desprendía su cuerpo.- No deberías estar aquí.

Incluso inmóvil por el dolor como estaba, vi que sus ojos intentaban rehuirme. Según supe después, se alejó de la zona de combate lo suficiente como para que los oficiales de la segunda línea consideraran seguro el rescate y después de eso se desmayó para despertarse ya en el cuartel general. Ni que decir tiene que el oficial que lo envió para acá sería ascendido varios días más adelante.

-Sol, sé que aquello...

--¿Aquello?¿Llamas "aquello" a la muerte, la aniquilación de cientos de miles de personas inocentes?¿De niños que estaban defendiendo su colmena contra una horda enloquecida?- ahora sus ojos sí me estaban mirando antentamente. No podía, pero si fuera por él seguro que me golpearía con todas sus fuerzas.

-¿Crees que estoy orgullosa de las órdenes que di? Pero todos ellos serán recordados como héroes cuando consigamos salir de esta. Su muerte no será en vano.

-"Da la vida por el Imperio", ¿verdad?- entre pausas por toser, conseguía hablar.- ¿Y cuándo da el Imperio la cara por nosotros? Todos con quien alguna vez haya compartido algo han muerto y el Imperio no ha hecho el esfuerzo por detener esta guerra absurda. Desde la caída de Karttus he visto cómo he ido perdiendo a todos con quien contaba. - ahora con la tos soltó esputos de sangre. Una máquina empezó a pitar ruidosamente.- Qaoregt Vilmesda, ¿acaso conoces la sensación de sentirte totalmente solo en el mundo?

Nunca he llorado. Desde que tengo memoria, he sido una mujer fuerte y decidida criada en un mundo de hombres. Muchas veces achaqué la ausencia de sentimiento de pena y, por tanto, el llanto, a mi cerebro lógico y analítico, alejado del sentimentalismo de aquellos menos favorecidos intelectualmente que yo. Sin embargo, allí me derrumbé. La muerte de Solomon en aquella camina no supuso que llorara por la pérdida de alguien a quien apreciaba y me trataba como una igual, sino que acertó en mi mayor pesar, la soledad absoluta. Eso Wanui lo sabía demasiado bien.

-Mejor que nadie.- fue lo que contesté antes de que el electrocardiograma del corazón de Solomon solo mostrara una línea recta. Esperaba que lo hubiera escuchado antes de expirar. 

Una vez el médico confirmó su muerte, lancé al aire un grito de dolor tan fuerte que Wanui al escucharlo alertó inmediatamente a un grupo de guardaespaldas para que vinieran corriendo a ver qué pasaba. Caí abatida al suelo y seguí llorando como una niña pequeña.

-Regt.- Wanui se movió hasta estar justo tras de mí.- ¿necesitas ayuda?

-No.- ese "necesitas ayuda?" quería decir "¿pongo en alerta a todo el Cuartel General?".- Prepara todos los canales de comunicaciones para dentro de una hora y ordena que lleven a mis aposentos el más ostentoso de mis uniformes. Quiero decir algo a la tropa.

Intenté levantarme, pero todavía me temblaban las piernas por la muerte de Sol, quien había perecido en una cama en vez de ser abatido en combate con el resto de los suyos; habiéndose convertido en una ceniza uniforme, como el resto de los habitantes de Karttus. 

Yendo para mis dependencias caí en la cuenta de que Solomon había dado con la clave de todo aquel asunto. "Da la vida por el Imperio" es la máxima que todo ciudadano imperial debe seguir, incluyendo a los nobles de más alta alcurnia de la colmena, y había cierto que estaría encantado a que esos nobles "dieran la vida por el Imperio": las FDP pactarían con el Primer Hombre para hacer frente a un mal mayor.

Una vez entré en mis aposentos, abrí la vitrina que contenía el ostentoso y sobrecargado uniforme de mariscal. Formado por varias capas de tela de alta calidad y resistente en buena medida a impactos de bala; sin embargo era la primera vez que me lo ponía por eso de dirigirlo todo en la sombra, para mayor conformidad de la tropa y honor de los generales. Cuando ya me lo puse, parecía ser el triple de ancha de lo que sería desnuda, con aquel pantalón militar, las botas negras recién embetunadas y una camisa cargada de condecoraciones y medallas y con varios ribetes alrededor de ella. Me recogí mi cabello, una vez corto al estilo militar, en una cola de caballo color castaño bien apretada. El resto del pelo lo cubriría una gorra rematada con un Aquila dorada en su parte frontal. Por último enfundé la espada y la pistola ceremoniales y Wanui me puso la pesada capa que hacía que andara con movimientos torpes, la cual tenía dos hombreras doradas que contrastaban con los colores militares que se entremezclaban en el resto del uniforme. Me sentía pesada e inmóvil con todo eso puesto, pero era lo necesario para hacer de esto algo creíble.

Mientras caminaba por el Cuartel General hacia la sala de comunicaciones, medité acerca de lo que estaba a punto de hacer: traicionar a la familia Taworson que tan bien me acogió entre los suyos y mandarlos directamente -aunqeu esto dependiera que lo que fuera a hacer el Primer Hombre- a la muerte en pro de salvar la colmena; incluso mi vida estaría en riesgo en cuanto los Taworson supieran del comunicado. "Todo por el Imperio", esa es la máxima militar. 

La sala de telecomunicaciones estaba perfectamente iluminada y decorada, con una docena de asientos pomposamente grandes ocupados por sendos generales. S'engores iba a ser el encargado de lanzar parte del comunicado hasta que yo hiciera aparición. Me senté en una zona cercana de pie, encima de un estrado con un gran y plateado vocoemisor para que el cambio de cámara fuera justo después de que S'engores me presentara.

-Este es un mensaje de emergencia para todos los transmisores de la colmena.- advertía el equipo receptor de ondas que había en la sala. Todo aquel dispositivo capaz de recibir y reproducir información en forma de vídeo o audio se encendería inmediatamente y emularía nuestro comunicado. El mensaje automático se repitió tres veces.

-Hola a todos. Soy Venier S'engores, general de las Fuerzas de Defensa Planetaria. A causa de nuestra situación bélica en los alrededores de la colmena desde las FDP nos vemos obligados a lanzar un comunicado de manos de nuestra mariscal, Qaoregt Vilmesda.- ese era el momento esperado para que la cámara que estaba delante de mí se activara y el vocoemisor se encendiera. 

-Me llamo Qaoregt Vilmesda y creo que todos merecen una explicación. He dirigido, en calidad de comandante en jefe y mariscal supremo de las FDP, todas las acciones de las mismas durante estos cinco últimos años. El que haya mantenido el anonimato durante todo este tiempo detrás de un grupo de generales fieles tiene como origen el desconocimiento de si las FDP soportarían ser comandadas por una "niña". Dicho esto, comunico el cese total de las hostilidades con las fuerzas del llamado "Primer Hombre", esto es, una rendición, siempre y cuando él esté dispuesto a entablar contacto directo conmigo. Eso es todo.

Al cortar la comunicación, los generales, más tensos que una vara de acero, mostraron sus discrepancias respecto a mi plan al completo. No pasaron ni cinco minutos cuando escuché a de Wanui decir "Regt, te llama alguien que dice ser el Primer Hombre".

Capítulo XXXIV: Como el propio tiempoEditar

Una media hora después de iniciar el descenso, por fin el elevador-pirámide había parado. Enfrente de nosotros, una gran portón que siempre había estado allí y se había revelado una vez la pirámide se había vuelto "del revés", como un molde de postre. Ahora, viendo hacia arriba se podía vislumbrar que estábamos mucho más abajo, todo lo que habíamos escalado "no había servido de nada". Todavía seguía con una sensación de vacío demasiado extraña, como si faltara un aire que siempre hubiera estado ahí. Faltaba presión en el ambiente, todo era demasiado liviano y demasiado...sobrio. 

El gran portón que descubirmos una vez la pirámide se invirtió estaba repleto de runas desconocidas que parecían tan antiguas que convertirían al cualquier construcción ancestral humana en algo edificado días atrás. Una oscuridad total cubría los alrededores del mismo, una neblina de color negro que incluso dificultaba la visión de los cascos. 

-Supongo que debemos entrar ahí.- comentó Zephirus.

-Eso me temo.- le contestó el Inquisidor, que se acercaba al portón con paso ligero.- Aunque no lo parezca, seremos los testigos del que va a ser uno de los momentos más gloriosos de la Humanidad.

Esa respuesta me dejó aún más helado. ¿Había algo que el Inquisidor no me hubiera contado? ¿Y qué era eso de un momento glorioso? ¿Tan trascendental era aquello que fuéramos a hacer para ser considerado así? Las preguntas que me asaltaron a la mente pararon en seco cuando algo dentro de mí se manifestó gritando "No" con una fuerza desmedida, tanta que sentí que la cabeza me iba a estallar. Sabía quién era, pero no tenía ni idea de por qué se manifestaba ahora, si había sido encerrado dentro de mí hacía ya mucho tiempo.

-Ese sitio es peligroso. Nos atrapará a los dos.- me decía.- Sabes que no debemos entrar ahí.

Yo no le respondí, sabiendo que el Inquisidor podría estar escuchándome por el comunicador. Para ser sincero, yo también notaba eso, esa sensación de que algo iba mal, de que no debía estar allí; ese "algo" me acompañaba desde que descendimos por el Hueco. Sin embargo, dejé todo eso a un lado y pensé que si no acompañaba al Inquisidor todo mi plan de llevar a los míos a un futuro esperanzador se rompería. 

El Inquisidor tanteó con la mano dónde introducir otro pequeño artefacto-llave que portaba consigo y cuando lo encontró, hizo lo propio. Al meter aquello en la hendidura, el portón rugió  con desgana y empezó a abrirse entre una polvareda tan negra como la obsidiana. 

-Todo en orden.- saltó en cuanto se hubo detenido el mecanismo de apertura.- Vamos, no perdamos más tiempo.

Nos adentramos en aquella caverna con la más absoluta oscuridad, a pesar de tener visores. Nos vimos obligado a encender las linternas acopladas al hombro derecho para ver algo. Al principio solo vimos un largo pasillo que se perdía en la distancia, el cual atravesamos.

-Aquí no hay nada- comentó Impavidus, yendo el último y con su habitual parsimonia.- Podríamos estar donde el Primer Hombre.

-Cállate.- le espetó el Inquisidor.- No sabes de lo grandioso de este momento. Todo esto es...

El Inquisidor rozaba con sus dedos enguantados la pared del pasillo, no porque estuviera buscando algo como antes, sino porque le gustaría sentir el tacto de aquellas catacumbas que parecían más antiguas que el Universo en sí mismo.

-Increíble...esto es increíble.- la voz de Zephirus se alzó por el comunicador. Él estaba un poco más alante que el grupo principal, cerrando Impavidus la marcha.- Tenéis que ver esto.

Zephirus no exageraba. Después de unos diez minutos andando por el pasillo, llegamos a una gigantesca sala circular en cuyo centro había algo, una especie de columna cilíndrica gigante, concéntrica a las paredes de la sala. Entre esa columna y el pasillo en el que nos encontrábamos había un puente con una anchura capaz de hacer pasar un puente con total tranquilidad. Entre el pasillo y la columna, la nada: un espacio vacío que parecía precipitarse hacia ninguna parte, quizás hacia el centro mismo del planeta o puede que unos metros más abajo. No había posibilidad de saberlo. Por encima de nosotros se alzaba la columna, la sala y el mismo vacío.

-Por el Dios Emperador...- se decía a sí misma Nesaricca, mientras se la veía agarrarse a la pared, probablemente por el vértigo de ver algo tan grande.- ¿Qué...qué...es eso?

-Lo que estábamos buscando. Y ahora cubrid el puente de globos oculares y detectores de movimiento. Yo me acercaré allí.- ordenó el Inquisidor.- Estamos tan cerca...

-Mierda Inquisidor, ya es momento de que nos cuente para qué estamos aquí- exploté.- Su entusiasmo es contagioso, pero no quiero morir en estas catacumbas para solo cumplir su sueño de...explorar cuevas xenos.

-Ah...-suspiró Stodder.- Qué pesados sois. Fhargen, puedo...

-Sí, creo que ya se merecen saberlo. Y no vuelvas a llamarme así.

-Sí, Fhargen ¡Ja ja ja!- su estúpida risa me retumbaba en el casco.

-¿Por dónde empiezo?- continuó el Inquisidor.- Bien...como sabéis, pertenecemos...

-Pertenece.- salté.

-Vale, vale. Pertenezco al Ordo Xenos, encargado de...

-Xenos, que sí.

-Por favor, Libertador. Nuestra labor consiste en el estudio, control y eliminación de las razas alienígenas, aquellas que no hayan sido bendecidas con el favor del Emperador. Para ello algunas ramas dentro del Ordo consideran legítimo usar armas alienígenas para aniquilarlos. Por eso estamos aquí.

-¿Este sitio tan siniestro es un arma?- preguntó Impavidus, sentado en el suelo con las piernas cruzadas.

-No exactamente. Digamos que es su percutor, aunque no sé si es su mejor ejemplo. ¿Stodder?

-Sí, ya está abierto.

De repente se empezó a mover una parte de aquel cilindro ciclópeo, esa sección daba al puente. Stodder había accionado algo para hacer que se abriera esa sección.

-Entremos.

Una vez dentro, el diseño de la estancia era similar, solo que alrededor de la pared se describía una pasarela en caracol que subía y bajaba por todo aquella estructura. En el centro, nada. Cuando acordamos, el Inquisidor se encontraba delante de nosotros, al borde, mirando al frente. 

-Así que esto es...uhm...supongo que tirándolo...- meditaba, sin pensar en que tenía el canal de comunicación abierto. 

-Inquisidor, sigue sin explicarnos qué está pasando aquí.- repitió Zephirus, que parecía furioso por su tono.

-Ah, sí. Bueno...os he mentido. No estamos buscando un arma sino un ejército; un ejército de xenos.

-¿Un ejército xeno? Eso ya transgrede demasiado el dictamen del Emperador...hereje.- a Nesaricca se le escapó esa palabra y milésimas de segundo más tarde estaba amartillando su rifle y apuntando al Inquisidor.

-Yo no haría eso.- dijo Stodder apuntando a Nesaricca con la arcanopistola desde la diestra del Inquisidor, que seguía adelantado y de espaldas a nosotros.

-No hay motivo por el que alarmarse. Sé que estamos transgrediendo demasiado, pero es necesario. Nada puede fallarnos, si no despertamos a sus líderes me tomarán como tal, y obedecerán mis órdenes. Miles de guerreros inmortales al servicio del Emperador.

En ese momento miré a Zephirus. No podía ver a través del casco, pero en este espacio vacío las almas brillaban como luces fluorescentes en la más absoluta oscuridad, y la de Zephirus parecía emitir de forma muy poderosa cólera y confusión. Conocía demasiado bien a Zephirus, por lo que no era siquiera necesario que fuera psíquico (de hecho en muy pocas ocasiones he conseguido leer el alma de alguien) para saber qué pensaba, así que con mi Rifle Inferno hice lo mismo que Nesaricca, esta vez apuntando al Inquisidor. Zephirus imitó mi comportamiento con sus dos pistolas: la bólter y la arcanotecnológica.

-Vaya, herejes sediciosos. Sabéis tan bien como yo que apuntar a un Inquisidor es...

-Herejía mayor, lo sabemos, Inquisidor.- dijo Zephirus.- Pero seguro que es más herético el acto que está a punto de hacer. Inquisidor, aún puede dar marcha atrás y los tres bajaremos las armas.

-Fhargen, nos están poniendo condiciones.- saltó Stodder, sin dejar de apuntar a Nesaricca.

-Pensadlo un momento.- comentó el Inquisidor mientras se daba la vuelta.- Estoy al borde de un precipicio. Si arrojo un objeto que tengo en alguna parte del traje, este gran cilindo se pondrá en funcionamiento generando así energía para despertar a una legión de antiguos alienígenas descontrolados que arrasarán el planeta.

-¿Y qué? ¿Esa es su idea?- preguntó Nesaricca, cada vez más furiosa.

-No, es mi amenaza. Si uno de vosotros me dispara, me caeré al vacío, provocando esa reacción. Sin embargo, si sigo vivo cuando arroje el artefacto, podré controlar a los Necrones y saldremos todos de aquí para matar a los asediantes de la colmena. Así podremos salvar a todos, mutantes incluidos.

-Hay un fallo en esa amenaza, tío.- dijo Impavidus, que se había quedado fuera, donde el pasillo conectaba con la sala exterior.- Si te disparo en la pierna, justo en el punto de unión con el pie, lo único que harás será caer arrodillado, eso suponiendo que estoy apuntando allí. Puede que esté apuntando a la posible trayectoria que reciba tu mano derecha; no sé qué pasaría si cayera tu mano dominante segada de ti a ese foso...puede que el mismo efecto que has comentado pero contigo aquí, agonizando. O eso o estoy apuntando a tu otra mano sabiendo que estás pensando eso...quién sabe.

Impavidus no era muy dado a hablar, a ser útil o a...nada. Pero cuando estábamos en problemas siempre sacaba la forma de ser útil. Desde la distancia, había armado su rifle cuidadosamente, se había tumbado, y había esperado a que algo peligroso saliera de allí, era nuestra defensa en la retaguardia. Allí, en la oscuridad, podía ver todo lo que estaba pasando y apuntaba directamente al Inquisidor, el cual en ese momento debería estar cagado de miedo: nunca he visto a Impavidus fallar.

-¿Gab?- saltó el Inquisdor.

En ese momento, el percutor de la arcanopistola de Stodder se disparó, generando un efecto de luz cegador para nuestros visores. Seguido al estallido lumínico, escuchamos un poderoso estruendo, como si un gigante se despertara de su letargo. Conseguí desactivar la visión nocturna unos segundos después del aturdimiento, para descubrir que todo el cilindro se estaba iluminando de un fulgor verde de lo más siniestro mientras el suelo tembló de nuevo.

-¿Estáis todos bien?- grité por el comunicador, ya que las señales biomédicas no aportaban nada, se habían estropeado tras el estruendo.

-¡Estúpidos!- era el Inquisidor.- ¿Qué habéis hecho? ¡Nos habéis condenado a todos en este Sector!

Una vez se aclaró mi vista, el panorama era desolador. Impavidus había acertado de lleno tanto en el análisis como en el tiro: le había dado al Inquisidor en su brazo izquierdo, arrancándoselo de cuajo a la altura del codo. Nesaricca estaba tumbada en el suelo, no sabía si aturdida o muerta. De Stodder sí estaba seguro: tenía un agujero en la cabeza provocado casi seguro por la ira de Nesaricca. Tanto Zephirus como yo estábamos bien. 

Cada vez había más ruido y un pequeño rayo color verdoso empezaba a surgir de forma vertical desde el centro del cilindro.

-¡Vámonos de aquí, no tenemos mucho tiempo antes de que los Necrones despierten!- seguía vociferando el Inquisidor, entre algunos momentos en los que se dolía de su brazo amputado. 

-¿Tenemos?- saltó Zephirus, ahora al lado de Nesaricca para ver si se encontraba bien.- No, Inquisidor. Usted se queda aquí. 

-Maldita sea...Entelequia, aquí...- fue lo último que pudo decir el Inquisidor antes de que Impavidus le disparara de nuevo, esta vez en la cabeza. Su casco estalló como la fruta madura al ser golpeada por un martillo, desparramando sesos aquí y allá.

-Nunca me has caído bien.- dijo para sí Impavidus.

-Tenemos que movernos. Sea lo que sea que hayamos despertado aquí, si ese xeno es como nosotros recién despertado no tendrá muy buen humor. Libertador, coge aquello que consideres valioso de lo que tengan Stodder y el Inquisidor. Mireas, desmonta tu rifle tan pronto como puedas y ayúdame a cargar con Nesaricca.

-Sí, Zephirus.- respondimos los dos al unísono.

-Ahora larguémonos de aquí, que esto se está poniendo feo.

Capítulo XXXV: Es cosa de familiaEditar

El Valkiria buscaba cómo aterrizar en esa pista tan pequeña, donde antes al parecer había un aparcamiento de vehículos de transporte civil. Ni dos horas tardamos en rastrear la procedencia del mensaje que había llegado a Wanui, y mucho menos en dirigirnos hacia allí. El tiempo era muy valioso entonces y seguro que el Primer Hombre tenía una larga lista de condiciones...o no. Al fin y al cabo la colmena era suya ahora. 

-Mi señora, tenemos problemas para aterrizar aquí. ¿Está segura que es el lugar indicado?- me decía el piloto por el comunicador. Al haber rendido toda una ciudad colmena a un ejército bandido, no podía dejar que viniera conmigo lo que quedaba del ejército; estaban concienciándose de que estaban dirigidos por una joven no mucho mayor que los soldados chupete. Por tanto íbamos en el Valkiria el número justo de tropas: tres guardaespaldas, el piloto y yo. Wanui se había quedado en el Cuartel General. 

-¿No te fías de nuestro servicio de inteligencia, soldado?- comenté entre bromas. 

-¡Claro que sí! Intentaré hacer todo lo que pueda.  

"Todo lo que pueda". El maldito piloto casi me hizo vomitar y ralló el fuselaje del Valkiria en al menos tres ocasiones. Recordaría su nombre para darle una reprimenda, pero no tenía tiempo ni ganas para hacerlo. Sería malgastar esfuerzo físico teniendo en cuenta que ahora tocaría negociar con un bandido que había conseguido levantar a toda la colmena en contra de su gobierno legítimo. 

Una vez aterrizamos y se abrieron las puertas, pudimos tomar tierra. En el exterior, cerca de una pequeña puerta de emergencia anti incendios se alzaba una figura: un tipo con unn abrigo apoyado en el quicio de la entrada. Sus ojos parecían moverse todo el rato, como si se hallara perdido o mareado. 

-Vaya, debes ser la tal Qaoregt.- dijo el individuo, que se acercaba a nosotros.- No te imaginaba tan..joven. 

-Me has visto hace un rato en mi transmisión. ¿Envejezco en vídeo?- los demás apuntaban al sujeto, pero yo no paraba de acercarme. Ahora librada de la ropa de mariscal y con una indumentaria de combate estándar, solo armada con una espada y una pistola, podía moverme con más libertad.- ¿O es acaso por la ropa? 

-No, mariscal.- comentó entre risotadas.- Me refiero desde antes de que aparecieras en pantalla. Un grupo de generales imbéciles no suele dar órdenes tan directas y precisas, por eso sabía que había alguien detrás. También puede ser que tengo...amigos dentro de la corte. 

-¿Amigos? Entonces tú eres... 

-Eso me temo. El señor de la colmena, Einarming Trefflich, también conocido por el "Primer Hombre". No me gusta mucho ese apodo, pero dada la estructura de mi organización es bastante apropiado.- Ahora pude verlo más de cerca. Era un sujeto de tez pálida, con un pelo tan claro que parecía blanco cuyo flequillo le tapaba las cejas, igual de blancas; el resto del cabello lo mantenía más o menos largo con las típicas greñas. La barba descuidada y los ojos vivos eran otros rasgos que parecían distiguirlo de la mayoría de hombres de por aquí, exceptuando a los de más alta alcurnia. En cuanto a su ropa, llevaba pesadas botas militares negras y un abrigo con hombreras abierto, que dejaban al descubierto un Rosarius.- Creo que tienes un trono que darme. 

-No, ahí te equivocas. Nos hemos rendido a ti, pero no implica que la colmena sea tuya.- al decir esto, él hizo un gesto cansado. 

-¿Y eso qué significa, mariscal?- su mano derecha salió de su bolsillo para posarse en su barbilla. 

-Tus fuerzas se unirán a las FDP para expulsar al enemigo herético de las puertas de la colmena. 

-¡Ja ja ja!- rio a carcajada limpia- ¿Y por qué tendría que hacer eso? ¡Tengo ya la colmena en mi poder! 

-Se me ocurren dos razones. La primera de ellas es que si consigues hacerte con el poder aquí solo tendrás una colmena despoblada y bajo asedio. La segunda es que no seías el legítimo gobernante, y eso puede que le moleste a la Inquisición imperial, la cual está por aquí rondando. 

-Sí, eso he escuchado.- saltó, divertido.- Parece que esto no será fácil... ¿por qué no apostamos el futuro de la colmena? 

-¿Cómo? 

-Un duelo a espada. Así ninguno dará su brazo a torcer.- volvió a reír.- ¿Qué te parece? Una mariscal tan joven tiene que ser un genio en combate. 

-Mi señora, no deberíamos...-quiso decir uno de mis guardaespaldas. 

-Acepto.- le corté.- Traed mi espada y ni se os ocurra meteros en medio.  

Uno de los guardaespaldas fue corriendo a traerme la espada, un cuidado sable antiquísimo de la dinastía Taworson que había perdido tanto su pareja como su vaina, ahora se encontraba enfundado en un pañuelo de seda rojo. Su equilibrio era perfecto y era de una belleza inigualable excepto...por el del Primer Hombre. 

-¿Cómo has...conseguid eso?- dijo él con la cara desfigurada.- ¡Ese sable me pertenece! 

Sin previo aviso se lanzó al ataque. Desenvainó a una velocidad que era difícil de seguir, y los guardaespaldas le apuntaron. "Quietos, es un duelo" dije preparando la defensa. Con el largo abrió en el suelo, pude apreciar que al Primer Hombre le faltaba casi la totalidad del brazo izquierdo, solo recordado por un muñón a la altura del codo. 

Su habilidad y precisión eran increíbles; nunca antes había tenido que esforzarme tanto en un combate a espada. Todos sus envites eran nuevos para mí, parecía haber desarrollado una técnica que parecía ser improvisada, por lo que no podía recordar sus movimientos. En el momento en el que pensara atacar, mis golpes eran esquivados con la misma facilidad con la que se esquivaría el lanzamiento de un globo.  

Las espadas chocaron y chocaron hasta llegar a un punto donde la fuerza sería lo que mandaba. Ambas se cruzaron y nosotros nos miramos a los ojos; los suyos parecían cansados y furibundos. No quería saber cómo estaban los míos.

-¿Cómo te has hecho con esa arma?- me comentó mientras intentaba sobrepasarme en fuerza bruta.

Aproveché esa distracción para ceder deliberadamente y hacer que el Primer Hombre cayera hacia delante, incliné la guarda hacia adelante y giré sobre mí misma usando un movimiento de pies para quedar a sus espaldas. Pero cuando hice un sablazo horizontal en otro giro, él había desaparecido: estaba agachado y mirando hacia mí. Con su hombro tullido me golpeó, echándome hacia atrás y haciéndome balancear.

-¡Respóndeme!- seguía insistiendo, así que decidí contárselo. Esto me daría unos segundos para respirar.

-Los Taworson me la dieron justo después de ascender a capitán. Según me contó Bomerai Taworson, el tío del gobernador, no fue por mis servicios sino por la dedicación de mi familia en El Empalamiento de Valoom. Todos ellos murieron excepto yo.

-Sí…Valoom…Valoom Trefflich. ¿Te suena de algo ese apellido?- al decir esto, guardó su espada y sacó otra vaina, igual que la suya pero vacía, y me la arrojó a los pies.

-Tú eres…

-Su sobrino. El único Trefflich que salió con vida del ignominioso golpe de estado de los Taworson apoyados por tu familia.

-Pero eso no…no es posible. Vildesma y Trefflich eran dos familias con varios lazos de sangre. Mi madre era una Trefflich…- en ese momento la cabeza me iba a estallar. Analicé toda la historia reciente de la colmena y el Primer Hombre, fuera un Trefflich o no, tenía razón.

Sintetizando mucho, en uno de los dirigibles de recreo que sobrevolaban hace años la colmena, los grandes señores pasaban sus días allí arriba, ociosos y mirándose sus ombligos. La familia en el gobierno por entonces, los Trefflich, se encontraba al completo en uno de esos grandes globos de ocio. Ni que decir tiene que los Vildesma se encontraban con ellos, ya que en parte tenían lazos matrimoniales.

Sin embargo, los Trefflich debían tener mala fama entre el resto de nobles de entonces. Una de las familias más poderosas y contrarias era la Taworson, emporio familiar del comercio de Promethium en las lunas del Sistema. Resulta que sus globos de recreo se encontraron, acercándose mutuamente en señal de amistad, falsa por supuesto. En ese momento los Trefflich ni se imaginaban en el puente entre ambos globos que se produciría una traición conocida después por El Empalamiento de Valoom, el patriarca de la familia. Valoom y Gormenn Taworson, ambos en el puente, se acercaron a darse un abrazo y en resumidas cuentas Gormenn tiró a Valoom al vacío, acabando el Trefflich empalado en la aguja del Dedo de Terra, la torre más alta y por tanto cúspide de la colmena. 

A partir de ese momento, se produjo una batalla entre los Taworson y los Trefflich a base de armas ceremoniales y pistolas arcanas de pólvora. Con las fuerzas de Vildesma y Trefflich combinadas, los Taworson no tenían ninguna oportunidad. El heroísmo de Gormenn Taworson y los suyos los llevó a la victoria y aterrizaron convertidos en los nuevos gobernadores de la colmena…o eso parecía. El recuento de víctimas de cada uno de los orgullosos Taworson no coincidía, algo raro debió pasar: su alianza con los Vildesma. 

Los Trefflich tuvieron que hacer frente a dos enemigos en aquel globo: por un lado los trapaceros Vildesma y los Taworson…y perdieron.

-El Empalamiento de Valoom terminó con el globo Trefflich en llamas y precipitándose hacia un sector de los bajos fondos de la colmena. No había supervivientes…o eso pensaron los despreciables Taworson. Es curioso. Estamos aquí, frente a frente, los únicos supervivientes de dos familias de alta alcurnia. Tendría todo el derecho a matarte por razones de honor,- en ese momento me dio la espalda.- pero no lo haré. 

La historia negra de los Taworson cobraba sentido ahora, ellos habían perpetrado ese golpe de estado y el Primer Hombre quiere el trono que le corresponde por derecho de nacimiento.

-Ahora los Taworson están cautivos por el estado de sitio que sufre la colmena.- dije mientras se alejaba hacia la puerta.- ¿Qué piensas hacer con ellos?

-Pasaré personalmente por la espada a todos y cada uno de ellos. Incluso a la esquiva Inbra.

Mis hombres volvieron a apuntarle, aun sabiendo que no tenía sentido por ser Trefflich portador de un Rosarius. 

-Dentro de dos días quiero a todas las fuerzas que no estén ocupadas en combate en Aghora, quiero que sepan quién es su nuevo líder.- su cuerpo se desvaneció en la oscuridad del interior del edificio pero su voz seguía con nosotros.- Ha sido un placer, mariscal Vildesma.

-¿Señora?- uno de los guardaespaldas me sacó de un trance en el que pensaba en todo lo que había ocurrido.- ¿Qué nos ordena?

-Volvamos al Cuartel General.- dije mientras recogía la vaina de la espada, la cual encajaba perfectamente en el sable.- Tengo un planeta al que proteger.

Capítulo XXXVI: Porque es Su voluntadEditar

Logramos salir de aquel pozo de energía a una velocidad razonable, sin sufrir ningún daño. Una vez en el vehículo, emprendimos el camino hacia arriba, hasta llegar a territorio aliado y alejado de aquel terror. Entre Zephirus, Imavidus y yo nos turnábamos para conducir y cuidar a Nesaricca, que no había despertado aún a pesar de tener unas constantes vitales estables.

-Zephirus.- le dije una vez salimos de El Hueco del Mundo.- ¿Qué vamos a hacer ahora? El Inquisidor ha muerto y no sabemos cómo parar esto. Tampoco sabremos el alcance que tendrá ese proceso de activación.

-De momento tenemos que concentrarnos con irnos de aquí y reunirnos con los tuyos. Quizás entre ellos e Inbra sepan cómo detener todo esto. 

El camino de vuelta se nos hizo mucho más corto, a pesar de haber tardado casi los mismos días; pero al menos teníamos más tiempo para nosotros. Una vez llegamos a uno de las gigantescas bases de la colmena, nos sentimos tremendamente aliviados, pero hasta que llegamos por fin a nuestro territorio, de las primeras zonas habitadas, no estuvimos tranquilos del todo. "Quiero una instancia con La Dama, debe dejar toda reunión o asunto que tenga. Esto es de primordial importancia" le dije al primero de los habitantes que tenía comunicador con la central. 

-Zephirus, creo que es el momento de movernos. Tomaremos las armas e iremos contra los de arriba.

-¿Tomaremos?¿Quiénes?- me decía mientras ajustaba la altura de los mandos del vehículo, ya que él era un poco más alto que yo.

-Tú. Yo. Nosotros. Mi pueblo.

-¿Por qué quieres hacerlo ahora? Además, ellos pueden que sean tu pueblo, pero no el mío. Ni el de Mireas. Ni, por supuesto, el de Nesaricca.

-No os queda otra alternativa...¿Qué vas a hacer? Embarcarte en días de viaje con esos dos y llegar hasta algún sitio donde haya autoridades imperiales y decir "Vaya, hemos matado a un Inquisidor y de paso despertamos a una raza alienígena"?

-Visto así...pero yo no decido las vidas de Mireas y Nesaricca. Me quedaré contigo de momento siempre que me prometas que ellos podrán elegir libremente.

-Trato hecho.- dije, antes de irme a la parte de atrás a dormir. Todavía quedaba medio día de camino.- Eres un buen amigo, Zephirus.

Fui hacia uno de los bancos laterales y cerré los ojos, intentando dormir y dejar que pasara todo durante unas horas. Una vez desperté, no oía a nadie en el vehículo, de hecho dudaba si estaba encendido. Cuando me levanté, observé por el parabrisas blindado -que había sufrido daños- una gran cortina de humo negro. "Se habrán chocado con algo y lo estarán arreglando" pensé.

Salí por la escotilla superior con el traje completo -nunca se sabe la radiación o peligros que pudiera haber- y el paisaje me dejó atónito. A mi alrededor solo había una gran cantidad de edificios otrora brillantes y marmóreos pero que ahora caían derruidos por el fuego. Largas humaredas subían hacia el cielo, dejándolo cubierto por una inmensa nube negra. Por todos lados había rastros de sangre y de batalla. "Un momento" me dije. Miré otra vez hacia arriba y pude comprobar que sí, había cielo. Era imposible, hace poco estaba a kilómetros bajo construcciones, en la parte más baja de la colmena y ahora...estaba allí. Un cielo enrojecido por el atardecer y cubierto de negro a causa de las cenizas.

Mientras pensaba sentado en el techo del vehículo qué había pasado, se me ocurrió que podía ser otra de esas visiones con "él", pero "él" estaba atado aunque...me habló acerca de la esfera...algo relacionado con la esfera que me permitió vencerlo. No. No era cosa suya. Todo esto era demasiado real como para que fuera uno de esos episodios. Nada levitaba ni había tormentas de rayos multicolor; solo era un escenario de guerra.

Como allí sentado no podía averiguar nada y lo más seguro es que algún francotirador me pegara un tiro, decidí salir a explorar. Cargué mi rifle al hombro comprobando que estaba cargado y me agencié un papel y algún tipo de carboncillo para trazar un pequeño mapa. 

Una vez salí por segunda ve del vehículo, me puse en marcha. Las largas columnas de humo se extendían más allá de donde alcanzaba la vista y el atardecer rojo dotaba al paisaje derruido de un color semejante al de la sangre; ese era el color de la batalla. Mientras caminaba podía percibir rastros de carros de combate y restos de balas, casquillos, metralla, armas, otros vehículos destrozados...pero no personas. No había absolutamente nada, era como una especie de campo de entrenamiento gigante, un gran escenario construido para recrear una ciudad en llamas. La avenida era ancha y se transitaba sin problemas a pesar de los escombros y los cráteres, pero yo decidí caminar cuidadosamente pegado a la pared de los edificios.

Pasó un tiempo y seguía sin encontrarme con nadie, la avenida continuaba hasta perderse en alguna humareda provocada por los combates y el silencio era casi más perturbador que el ruido de los combates que debería llenar el ambiente y a cada paso que daba me ponía más nervioso. 

Empezó a llover. Según indicaba el contador geiger integrado en el sistema de combate del uniforme, era una lluvia cargada de una ligera radiación. "Qué raro" pensé, "en las partes altas no puede llover, está por encima de las mismas nubes...y encima radiactiva". 

Seguí caminando cuidadosamente mientras la llovizna se convertía en tormenta. Lo bueno de eso es que disipó un poco el humo y pude ver una intersección de la avenida por la que estaba yendo con otra. De forma cauta decidí girar la esquina en cuanto llegué al cruce, esperando a que hubiera algún rastro de...en fin, de algo. 

Allí lo ví. De entre la neblina y la ceniza pude distinguir una serie de rayos fulugrantes que, de forma antinatural, se dirigían de un sitio no demasiado alto hacia el suelo, tras lo que sonaba un pequeño ruido, que conforme me iba acercando se acrecentaba hasta formar un estruendo. Estaba estupefacto, esos rayos salían de una estructura móvil y gigantesca que levitaba. Cerca suya pude distinguir formas humanoides. "¿Una invasión de Xenos?" pensé, pero no era posible...hasta que me di cuenta de lo que estaba pasando: esos rayos eran los mismos que soltaba ese reactor dentro del Hueco del Mundo. Justo cuando tuve esa revelación, una de las figuras posó sus ojos verdosos en mí y disparó con su pesada arma desde la cadera.  

Esquivé el disparo con una voltereta. Otros de los Xenos se fijaron en mí y avanzaron hacia mi posición sin dejar de disparar, con poco acierto. Logré meterme en un edificio que estaba medio derruido, con solo las paredes me bastaban de parapeto...o eso creí. Con el mismo fulgor verdoso de los rayos se creó una neblina delante de mí, que estaba sentado de espaldas al muro intentando recuperar el aliento. De esa pequeña nube surgió uno de esos Xenos; era una parodia de esqueleto humano, negro y metálico, con unas garras llenas de sangre seca. Su cuello estaba rodeado de una raída tela de color marrón, que caía en forma de capa por su espalda hasta llegar a la mitad de la misma. En su zarpa derecha llevaba un báculo con largas y aparentemente oxidadas cuchillas, así como unos pequeños generadores -o lo que fuera- de esa extraña energía verdosa.  

Caminó hacia mí de forma segura y con la espalda encorvada, apoyando el báculo en el suelo a cada paso que daba. Yo instintivamente le vacié el cargador de mi rifle pero no le hice nada a pesar de haberle impactado en más de una ocasión: su cuerpo hacía rebotar las balas como si fuesen de goma. Con cada paso levantaba polvo y rompía los restos de edificio que quedaban enteros bajo nuestros pies. Sus ojos, tan inexpresivos como antinaturalmente verdes me indicaban que iba a morir. 

De repente, una luz totalmente distinta a la que desprendía aquel ser metálico se apareció desde mi izquierda. Una luz blanca y viva, muy pura, casi celestial. El Xeno giró de pronto y agarró su báculo con las dos manos, tras lo que empezó a disparar esos rayos tan antinaturales como él mismo. En menos de un segundo fue derribado por algo tan grande como él mismo; sin duda aquello que lo hubiera abatido era lo que desprendía ese brillo tan glorios, tanto que me impedía ver con claridad de qué se trataba. 

Después de unos segundos que se hicieron eternos, parecía que estaba fuera de peligro, aquella luz celestial me había salvado. Mientras se acercaba la fuente de aquel resplandor iba distinguiendo su forma: un ser gigantesco, con grandes hombreras adornadas en relieve, unas grebas gigantescas y llenas de muescas, una espada del tamaño de un hombre y un casco con unos visores característicos: se trataba sin ápice de duda de un Astartes. 

-Recuerda que tu causa está con nosotros.- me dijo a través del casco, por lo que su voz sonaba más grave y mecánica de lo que realmente sería.- Arriba, hijo mío. 

Cuando dijo esto, en mi cabeza retumbaron esas palabras a la vez que la visión se me iba nublando. Lo último que pude ver era al Astartes tendiéndome su mano para levantarme y su luz ser cada vez más tenue. Y desperté. 

-¡No! - grité mientras me erguí en el camastro.- ¡Argh! Era otro maldito sueño...pero esta vez....todo era demasiado real para que fuera mentira...ese Astartes... 

-¿Viste a un Astartes en un sueño? Vaya, parece que tus sueños húmedos son muy raros.- Impavidus estaba a mi lado limpiando el cañón de su rifle entre soplidos. 

-Cállate. ¿Cuánto tiempo he dormido? 

-No lo suficiente para que me olvide de tu compañía, pero según el viejo estamos al caer en tu ciudad mutante. 

-Te he oido, maldito.- vociferó Zephirus desde la cabina del conductor.- Seré viejo, pero aún conservo el oído.  

Como era usual, Impavidus y Zephirus empezaron a discutir mientras yo empecé a darle vueltas a todo lo que me había sucedido. Era demasiado real para que fuese solo una causa de un sueño profundo, era...algo más. Un Marine Espacial que desprendía luz, un ejército de Xenos devastando la colmena...estaba en lo cierto, no era un sueño: era una revelación del futuro. Si esos Xenos tenían intención de atacar a toda la colmena y yo estaba en compañía luchando codo con codo con un Astartes, significaba que ese momento de clarividencia me lo había otorgado el Emperador para advertirme: debía ser defensa activa del Imperio de la Humanidad contra esos Xenos metálicos. Y mi pueblo tenía que formar parte de esa égida contra ellos.  

-¡Calla y atiende!- volví al mundo, donde Zephirus e Impavidus seguían discutiendo.- Ya hemos llegado a tu pequeño reino, Libertador. 

Capítulo XXXVII: MagnicidioEditar

-¿Él? Regt, permitimos tu ascenso hasta lo más alto, dejamos que todas las decisiones respecto a esta invasión se tomaran por tu juicio e incluso nos mostramos conformes en que se nos confinara en este apestoso lugar, ¿y ahora nos entregas a ese bandido?- Claude Taworson escupía trozos de fruta mientras me gritaba, tumbado en un diván. Sus rasgos faciales, finos y apolíneos cuando era joven, ahora parecían invisibles tras la ingente cantidad de grasa que acumulaba su mórbido cuerpo desde la pérdida de su hermana meses atrás.- ¡No podemos permitirlo, es inconcebible!

- Claude tiene razón. ¿Qué será de nuestro linaje si caemos en manos de ese salvaje? Igual nos vende como esclavos...o algo peor.- a Nikolat Taworson, también conocido como "el pequeño Nickie" por su baja estatura hasta que pegó el estirón, no le agradaba tampoco su cautiverio, más que nada porque no podía meter a ninguna mujer en su cama, ya que esos aposentos privados y secretos eran solo y exclusivamente para la familia regente.

-¡Callaos los dos! Vuestro pobre padre está sufriendo en sobremanera y vosotros en lo que os preocupáis es en ese vándalo...no os merecéis el apellido que tenéis.- Ikkara Taworson salió de entre las sombras para reprochar a sus hijos, el obeso y el libidinoso. Ella se había vuelto bastante protectora con su esposo, Sordianus Fedialtes Taworson, patriarca y actual gobernante, había sufrido un grave infarto y desde el cuerpo medicae aseguraron que le quedaba poco antes de reunirse con el Emperador.- Regt, tienes que acabar con todos ellos. Sordianus necesita ver su dominio de nuevo brillar antes de partir...todos confiamos en ti.

Ikkara se me acercó mientras pronunciaba estas palabras hasta cogerme por los hombros y, entre lágrimas, posar sus ojos en mí y repetirme que confiaban en mí. En ese momento pensé que la pobre Inbra había tenido suerte al desaparecer antes de haber visto a su en otro momento orgullosa familia convertirse en una parodia de sí mismos: de ver al atleta de Claude transformado en un gordo que apenas podía moverse con soltura, de ser testigo de cómo su hermano Nickie metía en su cama a las más extrañas compañías hasta coger una enfermedad incurable que acabaría por llevarlo a la muerte tarde o temprano y de ver a su madre, una de las mejores diplomáticas del planeta y con un don de gentes extraordinario, convertida en una mujer que se movía entre las sombras de las columnas de mármol y la seda de las cortinas para pasar desapercibida. 

-Haré lo que pueda, señora Taworson. Sabe que su familia estará segura mientras yo esté aquí. Wanui, vamos.

-Sí, Regt.- El servidor se movió a mi orden para abandonar las dependencias de los Taworson, una gran mansión en la plataforma de La Sanguinaria, un gigantesco plato de metal que confinaba a las casas de vacaciones de los grandes nobles de la colmena. Los tecnosacerdotes se las habían ingeniado para crear un microclima donde nunca hacía frío o calor extremos y surgía vegetación a modo de jardines y parques; pero en ese entonces estaba plagada de tropas de las FDP, tanto de uniforme como de icógnito, para que ningún malnacido se colara y fuera a por los Taworson. Hasta, claro, que yo dejara entrar que el mayor de los malnacidos por la puerta grande.

-Regt tienes una petición por un canal de comunicación seguro.- dijo Wanui tras de mí, pues ambos estábamos caminando por la ancha avenida flanqueada por robles, ahora secos y sin hojas debido a la caída del sistema del microclima.

-Que hablen.- creía que era uno de mis altos mandos dándome un reporte de situación, pero era algo menos afable.

-Hola, querida. El nuevo comandante en jefe de las FDP de la colmena quiere saber qué es de su tropa. ¿Para cuándo esa reunión general.- el Primer Hombre se mostraba arrogante en esas palabras. Por suerte, se había olvidado con su nuevo "cargo" de matar a los Taworson.

-Todos estamos ocupados aquí. Nuestros exploradores y unidades de vigilancia no reportan nada, pero sabemos que los enemigos están al acecho. No podemos permitir que los hombres abandonen sus puest...

-Ya, comprendo...en fin, tendré que llevar a cabo mi segunda tarea. ¿Dónde estás ahora mismo?

-En la plataforma de La Sanguinaria, avenida principal.

-Bien.

De repente, algo me hizo caer de boca al suelo aunque por suerte puse las manos antes de dejarme la cara contra el pulido asfalto. "¿Qué ha sido eso?" fue lo primero que se me vino a la cabeza, hasta que escuché el ruido de una explosión inmediatamente después. Al mirar hacia atrás, vi cómo la mansión donde los Taworson se habían confinado había desaparecido. Miré hacia mi izquierda y Wanui estaba tumbado, pero sus piernas metálicas luchaban por llegar a la verticalidad.

-Por el Trono...¿qué has hecho?- gritaba a Wanui.

-¡Justicia!- me vociferó el Primer Hombre entre risas.- ¡Demasiado poco han sufrido esos desgraciados! Ahora quiero una evacuación total de la población civil hacia las partes altas de la colmena, de niveles cincuenta y tres para arriba, donde la Catedral del Martillo. No debe quedar ni un alma debajo para dentro de dos días y de ser así...que el Emperador le ayude.

-¿Qué diablos intentas?

-Que los enemigos se maten entre ellos. Quaoregt, te faltan ojos y oídos...

La conversación se cortó ahí pero yo no paraba de zarandear a Wanui gritándole que me respondiera. Tras esto, me recompuse y vi cómo decenas de soldados y de vehículos ligeros se acercaban a la mansión destruida, ya en vano. Me pregunté cómo había conseguido el Primer Hombre introducir esa clase de explosivos, pero caí en la cuenta que sobornar a un soldado de las FDP recién salido de la academia no sería muy difícil. 

-Contáctame con el alto mando.- dije a Wanui una vez lo puse en pie.- Quiero que evacúen según las órdenes del Primer Hombre.

-Sí, Regt.

En ese momento discurría sobre los planes del Primer Hombre. ¿Sobre qué enemigos hablaba?¿Por qué gastar tiempo y esfuerzo en un rescate de la población civil, la cual le tendría que importar bien poco? Él sabía más que yo, y en ese momento me propuse sonsacarle su conocimiento, aunque debía esperar. Lo primero era movilizar a la población.

-Regt, tienes a las autoridades competentes en el canal 1.

-Perfecto.- el comunicador parecía no haberse roto, lo que me alegraba bastante. Mi ropa... había tenido días mejores.- Aquí Quaoregt Vildesma. Quiero a toda la población civil en las partes controladas de la colmena a partir del nivel cincuenta y tres.

-¿Qué mierda estás tramando, mariscal?- vociferó uno de mis generales.- Esos piojosos solo conseguiran matarnos de hambre.

-Son órdenes.- en cierto modo no mentía, pese a que las órdenes me las dieron a mí.- Cíñete a cumplirlas. Quiero los controles en las puertas tres, seis y doce. Todo aquel que se quede fuera pasados dos ciclos diurnos a partir de ahora no tendrá derecho a pasar. Ordenen matar a quien lo intente. Eso es todo.

-Estás loca, niña. Esos desgraciados nos matar...

Bloqueé el canal y seguí en dirección a la Avenida del Trono, donde estaba ubicado el cuartel general. Allí tendría que rendir algunas cuentas y sacar algunas conclusiones de lo que estuviera tramando el Primer Hombre. Sin embargo, en cuanto subí al vehículo de mando, varios canales de comunicación se abrieron casi simultáneamente auspiciando malas noticias.

-¿Qué quieres ahora, Rommland?- grité al abrir el que tenía más a mano.

-Mariscal, nos acaban de avisar de que se han detectado fuertes temblores en la subcolmena, algo deben tramar desde los suburbios...o algo peor.

-Joder, Rommland.- suspiré aliviada.- Pensé que se trataba de algo peor. Deja que esos mierdas intenten sacar promethium del suelo si quieren, si los enemigos sobrepasan nuestras defensas se encargarán ellos de acabar con esos mutantes. Corto.

Al instante cogí el otro comunicador que gritaba para que me pusiera al aparato y me reportaran más malas noticias.

-Mi señora.- Prianmus, el odioso y gordo Prianmus, encargado de comunicaciones exoplanetarias.- Los astrópatas advierten de la Disformidad está especialmente revuelta. Varios han muerto y los que no lo han hecho afirman que será difícil que algún mensaje salga de aquí.

-Fantástico. ¿Algo más?- pregunté, sin ganas.

-No, mi señora.

Colgué antes de que dijera más. Tendríamos que apañárnoslas solos, pero al menos teníamos la cantidad y el armamento de nuestro lado, con un poco de coordinación las ocho colmenas que quedaban podían plantarles cara, si esos generales imbéciles me hacían caso. Agarré, con más calma, el último comunicador que sonaba.

-Mi mariscal, malas noticias.- esta vez era Itelew, uno de los comandantes más capaces.- Solo quedamos nosotros.

-¿Cómo que nosotros?

-Las demás colmenas han caído.- comentó con tono triste, dolido.- Todas a la vez. A lo largo de la mañana. ¿Mi mariscal, qué hacemos? ¿Se lo comunicamos a las tropas?

Me faltaba el aire. Esperaba un movimiento defensivo coordinado entre las siete colmenas restantes del planeta para aplacar al mal que estaba saliendo desde Karttus. Ahora solo quedaba sentarnos y esperar a que nos maten, fueran quienes fueran. Si el enemigo había tomado en un solo día siete colmenas con sus guarniciones listas, la colmena principal no resistiría tampoco ese ased...

-¡Están dentro!- grité, alarmada.

-¿Disculpe, mi mariscal?- Itelew todavía seguía por el comunicador.

-Itelew, ¿este es un canal seguro?- en ese momento empezaron a sudarme las manos y el micrófono del comunicador temblaba.

-Sí, mi mariscal. Todas las frecuencias del alto mando se hacen mediante el modulador...

-¡No me cuentes idioteces de técnico de radio! Itelew, tenemos el cáncer dentro de nuestra propia colmena. El enemigo está entre nosotros.

-¿Cómo?- mi subordinado parecía inquieto, pero poco asustado para como lo estaba yo.- Mi señora, no querrá decir que...

-Eso me temo. Puede que sea como en las historias de locura que circulan por todos lados. Cultos, magia, control mental.

-Pero eso no es posible...

-Tampoco lo es que un ejército salido de la nada tome siete colmenas en una mañana. Itelew, informa de esto a tus hombres de confianza e infórmales de esta posibilidad. Ve realizando, si estimas oportuno, ejecuciones a quien sea sospechoso de herejía dentro del propio ejército. Por el Trono, no quiero a una manada de locos sublevados con armamento imperial.

Cuando colgué la transmisión con Itelew, me desvanecí en el suelo por el estrés psicológico que estaba sufriendo. Era, sin duda, la única crisis militar que no supe gestionar hasta entonces. El sudor me salía a borbotones por todo el cuerpo, y Wanui no hacía más que dar vueltas a mi alrededor, cosa que no me tranquilizaba en absoluto.

-Espero que no sea demasiado tarde.- me dije a mí misma, con la mirada fija en ninguna parte.

Sin embargo, ya nada podía pararse.

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