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El anochecer empezaba a caer sobre el bosque, cubriéndolo. Mientras los últimos rayos de sol se filtraban por los frondosos árboles, los animales se escondían en sus madrigueras y las alimañas se preparaban para la caza. En ese momento, un grupo entró en el claro. Eran unas 20 figuras, altas y estilizadas, todas ellas embutidas en armaduras excepto tres, que iban ataviadas con túnicas. Los guerreros vestían de azul y blanco, con una cresta con vetas doradas que sobresalía del casco, e iban armados con una especie de rifle largo y con complejos sistemas que lo atravesaban. Las tres figuras que cerraban la comitiva eran la escolta de la vidente, que parecía ir desarmada pero que guardaba su propia arma bruja bajo la tela, aparte de contar con sus extraordinarios poderes psíquicos. Los dos eldar que lo acompañaban eran dos brujos, psíquicos menores, armados con sendas lanzas, que chisporroteaban con la energía que salía de sus mentes.

El grupo se detuvo y esperó pacientemente. Al cabo de unos minutos, una sombra se separó de los árboles, como si cobrara vida, y entró en el claro. Era una figura más fornida que el resto de eldars, con una armadura verde que sin embargo no le restaba agilidad. Con paso seguro, se acercó al grupo:

-No hay señal de vida inteligente en 5 kilómetros a la redonda. –dijo Kuar-Let, el guerrero verde.

Entonces, uno de los soldados de azul, cuya armadura era sutilmente diferente, se adelantó y se dirigió a todo el grupo:

-En ese caso, acamparemos aquí esta noche –todo el mundo se mostró de acuerdo con la idea de Cantier-. Mis hombres y yo haremos guardia alrededor del campamento. Si quieres levantar escudos psíquicos también, Vidente, prepáralos. Pero haznos el favor de no salir del claro –Un brillo oscuro se reflejó en sus acerados ojos-. Ninguno queremos que sufras ningún daño… -Ya te he dicho que no hay nadie aquí. Ni Saen ni ninguno de nosotros está en peligro, salvo de tus paranoias. –dijo Kuar-Let.

De repente, sin previo aviso, Cantier levantó su arma y apuntó al Escorpión Asesino. Éste, sorprendido, empezó a moverse, pero el Exarca fue más rápido y disparó antes. La munición shuriken pasó a apenas un centímetro de Kuar-Let y fue a chocar contra un árbol, que se astilló.

-Te aseguro que si eso le da a la Vidente, la mataría igual que a cualquiera; incluso a pesar de sus fabulosas capacidades –añadió Cantier con tono burlón-. Y más aún si se dedica a ir con una túnica en medio de un planeta infestado de enemigos. A veces llego a dudar de la sensatez de los psíquicos –el exarca masticó las palabras con desprecio, como si las fuera a escupir. -¿He de demostrar también cómo cualquiera podría echársele encima y acuchillarla? –dijo, dejando entrever su espada. Los dos brujos se situaron al lado de Saen y bajaron las lanzas en actitud defensiva. Cantier sonrió arrogantemente y bajó sus armas.- Estamos en un planeta plagado de enemigos y mon-kheigs, no podemos fiarnos de nada, ni siquiera de las habilidades de Kuar-Let.

Sin mediar más palabra, el Exarca salió del claro con 10 hombres a montar guardia, seguido por la atenta mirada de la Vidente Saen. El resto del grupo empezó a levantar el campamento mientras los tres psíquicos creaban escudos que los escondiesen de miradas indiscretas. Cuando terminaron, Kuar-Let miró a uno de los hombres de Cantier:

-¿Por qué tiene que ser siempre así? –preguntó. -¿Así, cómo? –dijo Krein, uno de los Vengadores Implacables. -Tan altanero, tan despreciativo con Saen… No es propio de un eldar tratar así a un Vidente. -Es un exarca, no entiende de Videntes. –respondió Krein. -Aun así, nunca he visto que ningún exarca fuese tan desagradable con uno. -No sabes lo que sufrió. Su paso a exarca fue… accidentado. -¿Qué ocurrió? –preguntó Saen, repentinamente interesada.

Krein los miró a los dos un momento, y al resto de Vengadores Implacables que se encontraban allí. Luego, con un suspiro, se sentó en el suelo y empezó a hablar mientras se quitaba el casco.

-Cantier tuvo una relación con una vidente. Se conocían de antes de elegir sus sendas y separarse. Yo ya era amigo entonces de Cantier, y os puedo decir que se querían mucho. Hasta planearon elegir la Senda del Vagabundo y viajar los dos solos por la galaxia… -Krein sonrió, recordándolo- Pero sus monitores les descubrieron antes de que lo llevaran a cabo. Los dos eran muy tozudos, y seguían con la misma intención de antes, incluso llegaron a escabullirse un par de veces, sin conseguirlo, por supuesto. Al final, acabaron sentando cabeza, y los dos escogieron sus respectivas sendas. Decidieron continuar la relación y, aunque se distanciaron, siguieron muy unidos. Recuerdo haber tenido que ayudarla a introducirse a veces en nuestro Templo.

Sin embargo, los entrenamientos acabaron y entonces empezaron las batallas de verdad. Cantier estuvo ausente durante 50 años mientras combatía en diferentes mundos contra los tiránidos y los orkos. Fueron tiempos duros en los que todos terminamos de madurar y comprendimos la existencia a la que estábamos condenados. Cuando la campaña terminó, y todos los enemigos estaban muertos o en desbandada, regresamos. Todo lo que habíamos conocido había cambiado. Los mismos que se habían quedado allí seguían, pero se habían transformado, como nosotros. El amor de ella por Cantier se había enfriado, hasta quedar reducido a apenas un rescoldo. Se había convertido en una Vidente importante y profunda. Ya no tenía tiempo para el pobre y tosco guerrero y su alocado amor. Sus caminos se habían separado, dijo. Se habían perdido en las aguas de la vida, se habían inundado, y el olvido los había borrado, dejando apenas un surco, un recuerdo de lo que había sido y que ya nunca volvería. Él no lo aceptó. Suplicó, razonó, habló y al final hasta la acosó… pero todo en vano.

Cantier no tuvo otra cosa que hacer que volcarse en la batalla, en los entrenamientos, en la preparación, en el constante ajetreo, en la adrenalina subiendo por sus venas… Estaba cada vez más obsesionado con la lucha, con la guerra. Ya entonces era arrogante, y ello sólo lo empujaba a intentar mejorar cada vez más rápidamente. Los entrenamientos empezaron a absorberlo y siempre aprovechaba cualquier oportunidad para ir al combate. Sólo fue cuestión de tiempo que el Templo decidiese que Cantier se había perdido en la senda de la guerra, y que el momento para convertirlo en exarca había llegado. Su personalidad se perdió con su transformación. Ya no es que intentase vivir sólo para la guerra, sino que no podía hacer otra cosa. Por un momento, el dolor lo abandonó, el recuerdo desapareció, y su alma tuvo paz –Krein hizo una pausa y cerró los ojos unos segundos, mientras los recuerdos acudían a su mente-. Entonces llegó el Bahzhakh, la Tormenta de Espadas, contra el mundo virgen de Fren-Guer, para limpiarlo de los fétidos Tiránidos. Fue una buena campaña, y rápidamente acorralamos al Tirano de Enjambre en su guarida con sus últimas fuerzas. En la ofensiva final, Cantier participó en la vanguardia, al igual que su antiguo amor. Pero los recuerdos de su anterior vida estaban difusos, y apenas se daba cuenta de que la conocía mientras se abría paso entre los alienígenas –a las mentes de todos acudieron imágenes caóticas de la batalla, con cientos de formas mutantes lanzándose sobre los guerreros eldar, mientras masas informes de biomasa intentaban arañar inútilmente los estilizados cascos de los vehículos eldar-. Al final, entraron en la sala donde se escondía el Tirano de Enjambre: una bestia enorme como jamás había visto antes. Una masa gigantesca de la que salían varios brazos y armas biológicas que se fusionaban con su cuerpo. Un furor salvaje se reflejaba en sus ojos sin pupila y su boca llena de dientes, al igual que en su escolta de Guerreros tiránidos. Fue una lucha cruenta, en la que perdimos a varios compañeros. Nuestra escuadra se trabó con la guarida del Tirano mientras la vidente y su escolta se abrían paso hasta él. En aquel momento, Cantier desplegó una habilidad que nunca había observado en nadie. Se movía como si bailara, cercenando miembros y atravesando armaduras con sus disparos. Se le veía que disfrutaba, que el éxtasis en el que se encontraba era lo que llevaba buscando para olvidar desde que el amor se había apagado.

Entonces, cuando ya sólo quedaba un enemigo en pie aparte del enorme Tirano de Enjambre, la Vidente y su escolta llegaron hasta el asqueroso y enorme alienígena, y se entablaron en combate con él. Cantier tendría que haber acabado rápidamente con su último enemigo e ir a ayudar, pero se entretuvo en matarlo de la forma más vistosa posible, cortándole uno a uno cada uno de sus 4 brazos, y luego disparándole a la cabeza. Esos segundos fueron la perdición de la Vidente, ya que el Tirano acabó con su escolta y luego hizo lo mismo con ella –La imagen se veía nítida en las mentes de todo el grupo. La enorme bestia se abalanzaba sobre la Vidente, aplastando los cuerpos de los brujos que habían sido su escolta y alargando un brazo a una velocidad increíble. Sin que la Vidente pudiera hacer nada, el poderoso miembro penetró sus defensas y atravesó carne, hueso y vísceras por igual. Un segundo después, una espada, blandida por el Exarca, cortó el brazo por la mitad, arrancándole un rugido de furia y dolor al alienígena. Pero ya era demasiado tarde, la vida de la eldar desapareció de sus ojos, y su alma se depositó en la Piedra Espiritual que reposaba en su pecho.-. La furia de Cantier era inimaginable, se echó encima del monstruo como si ya no le importara ni su propia vida, y empezó a golpearlo por todos lados. Si no hubiera sido porque recibió apoyo de los disparos del resto, el Tirano de Enjambre lo hubiera despedazado. Pero la bestia cayó, y la rabia de Cantier se disipó de golpe. El Exarca se acercó al cuerpo caído de la Vidente. El velo se había rasgado, y los recuerdos volvían a fluir por su mente, atormentándole por haberla perdido de nuevo y para siempre. Pero la tragedia no terminó allí, ya que la bestia, al caer, había golpeado la Piedra Espiritual, rompiéndola en pedazos y condenando al alma de la vidente a la tormenta y la perdición de la Disformidad.

Krein calló y abrió los ojos. Todo el grupo estaba en silencio, asimilando lo que se les acababa de contar, como si esperaran algo más. El Vengador Implacable se levantó y se colocó el casco de nuevo. Luego dijo: -No hay nada más que decir. Será mejor que continuemos con nuestro trabajo.

Los eldar se pusieron en movimiento y siguieron con sus respectivas tareas. Un rato después, Cantier volvió con sus hombres de la guardia. Mientras inspeccionaba el campamento e impartía órdenes, Saen se acercó a él y le dijo:

-No sabía que participaste en Fren-Guer. Cantier se dio la vuelta bruscamente. -¿Qué sabes de ese sitio? –preguntó. -Los videntes estamos en todos lados. Fue una tremenda pérdida la caída de mi compañera allí. –Saen miró al exarca directamente a la cara, y sus profundos ojos intentaron buscar algo en los suyos, mientras su mente tanteaba la del exarca. Pero su mente permanecía tan hermética como siempre, y sus ojos no hicieron más que rasgarse ligeramente. Aún así, Cantier tardó algo en responder. -No habría habido ninguna pérdida si os hubieseis quedado en vuestro sitio, y no os metierais donde no os llaman.

Cantier se dio la vuelta para marcharse, pero Saen volvió a hablar: -Se supone que el resto de guerreros estáis para protegernos del enemigo, no para perderos en la batalla y olvidaros de vuestro deber.

El Exarca se detuvo de golpe. Se dio la vuelta y se aproximó violentamente a la Vidente, acercando su angulosa cara a pocos centímetros de ella. Su respiración estaba algo acelerada, y un brillo extraño deslumbraba en el fondo de sus ojos.

-No te atrevas a cuestionar mi trabajo en la guerra, Vidente. Es bastante más limpio, honrado y valiente que quedarse a leer runas mientras los brujos te escoltan a todas partes. Con un brusco movimiento, el Exarca se separó de Saen y se alejó con paso rápido y seguro. Sin embargo, la Vidente podía sentir que, tras la hermética muralla que rodeaba su mente, una tormenta azotaba el alma de Cantier.

Autor: Fernando Lamas

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