FANDOM


Bigotes 2 El Hermano Bigotes de los Martillos de Wikia protege este artículo y a toda la Wiki.

¡Este artículo es para los editores! ¿Cómo es que aún no eres uno de ellos?

¡Regístrate YA!

Inqsello Por orden de la Sagrada Inquisición este artículo debe ser mejorado para adaptarse al Código de Estilo del Círculo de Terra so pena de crucifixión para su autor. Si usted es el autor, por favor, no se mueva de la terminal en la que se encuentra, un acólito del Ordo Hereticus se dirige a su posición.
"Nuestra búsqueda ha sido fútil. No sirve de nada. No así. Es hora de un cambio. No uno superficial. Un cambio... completo."
Raum


Raum fue el antiguo Maestro de Santidad de los Martillos de Wikia y único señor de la partida de guerra de los Alas de Cóndor. Su conversión al Caos se produjo durante los traumáticos sucesos del Cisma de Wikia, cuando él y la 9ª Compañía fueron seducidos y atados por las garras de Tzeentch.

Historia Editar

Raum señalaba sus orígenes en la nobleza de la Federación de Colmenas del norte de Nyumba, en el seno de una familia muy religiosa que llevaba pocas generaciones en el planeta. Raum, como tantos otros, sabía que los Martillos de Wikia reclutaban en su planeta; por lo que siguió el anhelo de tantos jóvenes nobles a lo largo de la galaxia y se preparó para las pruebas durante años en centros de entrenamiento. Día a día le rezaba al sagrado Emperador para que le diera fuerzas para superar los retos que debería afrontar.

Raum no tuvo grandes problemas para superar las pruebas de reclutamiento cuando llegó el momento, pero se encontró dentro de un Capítulo que no era como esperaba. Pese a que, como todos los neófitos, se despojó de todo objeto de su vida anterior y juró lealtad a los Martillos, sus fuertes creencias religiosas chocaban con la cultura pragmática y heterodoxa del Capítulo. Y de ellas no podía deshacerse tan fácilmente.

Con el paso de los años, el problema fue quedando oculto. Raum era un explorador capaz y sociable, con grandes aptitudes. Los demás conocían y respetaban sus creencias, y él aprendió a soportar la "laxitud" religiosa del capítulo y las chanzas amistosas de algunos de sus compañeros. Década tras década siguió sirviendo al Emperador y estuvo contento por ello. Se ganó su servoarmadura y no mucho tiempo después se le ofreció prepararse como Capellán en el Reclusiam, un puesto que parecía hecho a su medida.

Raum pasó a ser, según sus propias palabras, "el Astartes más feliz de los Martillos de Wikia"

Sirviendo al Reclusiam Editar

Tal y como se esperaba, Raum no tuvo problema alguno para acostumbrarse a la mayor rigidez y severidad que imperaban en el Reclusiam. Incluso se sintió más cómodo con ella. Fue un verdadero placer para él memorizar los salmos y los himnos que debería de conocer en su puesto, y se convirtió en un excelente orador. El día más feliz de su vida fue cuando, finalizada su larga preparación, se le ungió como Capellán y se le entregó el Crozius de su cargo. Sentía que estaba a punto de cumplir el objetivo de su vida, que todo le había llevado hasta ese punto. Amaba los Martillos de Wikia, y estaba dispuesto a lo que fuera para que cada día fueran un Capítulo más fuerte y más sólido.

Ser Capellán parecía hecho a su medida, y década tras década de servicio siguió distinguiéndose en su puesto. Era capaz de devolver la moral a sus hermanos en las situaciones comprometidas, de inspirarles a actos mayores de heroísmo e incluso se distinguió sobresalientemente como mediador en las disputas de sus hermanos. Sabía que todos los que sirven al Emperador son imperfectos; pero tal y como manifestaba el credo del Capítulo, la fuerza está en la unión. Por ello era paciente y sincero ayudando a sus hermanos a no dejar nunca de ser hermanos. Todo ello llevó a que el Maestro de Santidad Gherrix le nombrase Reclusiarca por encima de bastantes otros Capellanes más veteranos que, sin embargo, seguían respetándolo.

Para todos estaba muy claro que la historia de los Martillos de Wikia  tenía reservado un papel muy importante para Raum.

Maestro de Santidad Editar

La fatalidad hizo que pocos años después Gherrix muriera, superado por un torrente de Orkos en un mundo lejano. La noticia entristeció a todo el mundo, y en especial a Raum. La costumbre solía marcar que el Reclusiarca pasara a ser el Señor de Santidad en estos casos; pero el Señor del Capítulo y el resto de altos mandos se reunían siempre para hablar sobre ello y confirmarlo; y más teniendo en cuenta que Raum era nuevo incluso en el cargo de Reclusiarca. Pero no sucedió nada de eso. Raum esperó a que desde alguna parte le notificasen qué pasaba con el Reclusiam o le llamasen para comparecer. Sus hermanos estaban inquietos. Una vez consiguió abordar tímidamente al Señor del Capítulo, Crissos el Viejo:

- Mi Señor, hace meses que falleció nuestro amado hermano Gherrix y mis hermanos del Reclusiam y yo no sabemos a quién dirigirnos como Señor de Santidad.

- ¿Quién es el Reclusiarca? - Preguntó Crissos mientras seguía andando.

- Lo tenéis ante vos, mi señor.

Crissos se paró un momento, miró levantando una ceja a Raum y siguió andando.

- Sí, es verdad. Recuerdo haberte visto con Gherrix. ¿Entonces qué problema hay?

- Mi señor... fui nombrado Reclusiarca hace poco y... lo habitual, según las crónicas, es que tal nombramiento se debata, se analice y venga confirmado por vos y el resto del alto mando.

Crissos se paró y puso los brazos en jarras.

- Vamos, que tenemos que dedicarle al tema horas y horas de debates para que tú tengas la palmada en la espalda que necesitas para coger el cargo. ¿Qué pasa, no te sientes preparado?

Raum se debatió entre la humildad y la necesidad de zanjar el asunto.

- Mi señor, no... no es ese el problema. No quisiera alzarme sobre mis hermanos indebidamente y sin el apoyo del Señor del Capítulo.

- Mira, eh... - Empezó Crissos, aparentemente cansado de la conversación - Si Gherrix te puso ahí es por algo. Ve al relicario, coge lo que necesites de entre las posesiones de Gherrix y asegúrate de que esté todo en orden hasta que atendamos esos tediosos debates.

El tono de Crissos hacía ver que era inútil tratar de alargar la conversación.

- Sí, mi señor; así se hará.

Y así fue como Raum convocó a los capellanes y les dijo que el ilustre Señor del Capítulo Crissos le había solicitado que ocupase las funciones de Gherrix hasta que el resto del alto mando y él pudieran reunirse. Incluso lo excusó diciendo que las demandas bélicas ocupaban todo el tiempo de Crissos y era normal que no pudiera atender el nombramiento al instante.

Pero ésa fue toda la ceremonia de nombramiento que tuvo Raum como Señor de Santidad. Algunas veces más dejó caer el tema, y siempre le decían lo mismo: "En cuanto haya tiempo se tratará el asunto". Raum sintió que le daban largas, y finalmente dejó de preguntar. El nuevo Señor de Santidad, teóricamente provisional, se sintió decepcionado. La propia forma de hacerse con el cargo le había parecido indigno. Le habían hecho rebuscar entre las cosas de Gherrix para coger sus objetos y decirle a sus hermanos que ahora mandaba él. Toda la vida esforzándose para ser un Capellán diligente... para que ni el propio Señor del Capítulo tuviera un momento para coordinar la sucesión del Reclusiam.

Todo ello, unido a otras muestras de dejadez que empezaban a hacerse evidentes en el Capítulo, le hizo sentirse molesto con Crissos. El Señor del Capítulo, que llevaba ya bastantes siglos en el cargo, había sido, al parecer, un gran señor y poderoso guerrero. Y aún tenía fama de ello. Pero ya no era el de antes. Su actitud se empezaba a contagiar, y el Capítulo comenzaba a mostrar el aspecto de una magnífica espada a la que nadie se ha preocupado de limpiar el oxido.

Raum decidió que eso no pasaría en el Reclusiam, ni en ninguna parte donde llegase su influencia. Durante los siguientes casi dos siglos, Raum acabó haciendo del Reclusiam un ente casi independiente dentro del Capítulo, harto de que cada trámite que dependía de instancias superiores se demorase lo indecible.

El Capítulo se pudría poco a poco, y Raum tenía que mantener vivo el Reclusiam hasta que hubiera un cambio... hasta la muerte de Crissos.

La muerte de Crissos Editar

Cuando llegó la noticia de la muerte de Crissos, Raum era ya uno de los veteranos más antiguos y respetados del Capítulo. Crissos había vivido muchísimo tiempo, dejándose crecer una barba larga y manteniéndose sentado en la Sala del Martillo día tras día.

Raum sentía hacia él un cortés desprecio. La misión existencial de los Martillos de Wikia, su búsqueda de conocimiento, estaba prácticamente parada. Si no era posible siquiera mantener limpios los pasillos de El Sello, ¿cómo iban a avanzar en una cruzada tan complicada?

Y todo por respetar la posición de Crissos. Desde que Raum era Señor de Santidad, Crissos había ido cayendo más y más en la apatía, y nadie era capaz de coger las riendas que su señor había dejado abandonadas mientras él siguiera en su puesto. Pese a que Raum era un especialista en burlar la burocracia para agilizar sus trámites, había cosas para las que aún necesitaba la aprobación de Crissos. Y todas ellas se hacían tarde, mal y nunca.

Crissos permanecía ahí sentado, obstaculizándolo todo con su desidia; como el corcho de una botella.

Nada quedaba ya del gran guerrero que había sido. A Raum le parecía milagroso que aún pudiera levantar la Purificadora.

Pero entonces ocurrió. Crissos había decidido quitarse de en medio voluntariamente y Raum recibió la noticia con optimismo. Pensó que era la primera cosa útil que Crissos hacía por el Capítulo en más de dos siglos. La verdadera tragedia era que se hubiera llevado consigo a todos los miembros de su Guardia de Honor.

Que se lo dijeran al pobre Heford.

Se convocó la asamblea que reuniría a todos los capitanes y miembros más respetados del Capítulo en busca de un sucesor, y Raum se preparó ansioso para ejercer el papel de moderador en esa reunión tan importante.

Siempre había sido famoso por su capacidad como mediador; que se había incrementado con los años por necesidad, al tener que negociar salidas rápidas a asuntos del Reclusiam con otros organismos del Capítulo. El creciente respeto de sus hermanos hacía el resto.

Esa reunión, de la que saldría el líder que sacaría a los Martillos de Wikia de su decadencia, sería la misión más importante de la vida de Raum. Su aportación a la posteridad del Capítulo.

Juntos, pero no unidos Editar

Ningún Martillo de Wikia vivo había presenciado la reunión de la que surgió Crissos como Señor del Capítulo, así que Raum desempolvó las crónicas para seguir los procedimientos adecuados.

Sería sencillo: En una semana, dos a lo mucho, tendrían un elegido. Heford había sido el gran favorito a suceder a Crissos. Si no hubiera sido por su mortal herida y su internamiento en el Dreadnought, seguramente las reuniones hubieran durado aún menos que eso. Con la muerte de Crissos, los Martillos de Wikia habían perdido, de alguna manera, dos Señores del Capítulo.

El ambiente era bastante tenso entre todos los asistentes. No había candidatos claros y había un malestar generalizado hacia la situación actual del Capítulo, que quizá se había acallado en vida de Crissos pero que ahora surgía con toda su fuerza.

Las reuniones se sucedieron día tras día, con todo el Capítulo parado en El Sello y todas las compañías esperando resultados en los pasillos.

Los primeros días había una intención seria de llegar a algún acuerdo... pero el ambiente estaba demasiado envenenado. Demasiados trapos sucios, demasiado descontento, demasiada envidia. Y Capitanes que no venían, precisamente, con la actitud adecuada. Como Demetrius o Tulfias. Hel Vaal era uno de los más veteranos de los presentes, pero era heterodoxo incluso para sus propios hermanos, no digamos para Raum. Además él mismo, aunque participaba en las reuniones, rechazaba ser candidato. Raum siguió aplicando la paciencia y usó sus mejores técnicas para tratar de llevar las conversaciones por caminos constructivos.

Pasó el plazo lógico de las tres primeras semanas y quienes esperaban el resultado de las reuniones desde el exterior comenzaron a inquietarse. Y Raum no tenía, precisamente, motivos para tranquilizarles: Las conversaciones habían pasado de intentar dilucidar quién era el Señor del Capítulo que los Martillos necesitaban... a un intercambio de gritos sobre quién tenía la culpa de qué.

A Raum las reuniones se le iban de las manos, pero él seguía teniendo fe en sí mismo. Todas las noches rezaba al Emperador para que le diera sabiduría suficiente para que al día siguiente fuera capaz de llevar las conversaciones a buen término... y todas las noches volvía con las manos vacías.

Lo intentaba, lo intentaba... pero siempre salía alguien con alguna pulla y otro le cogía el guante. Cuando quería encarrilar la conversación hacia la posibilidad de que fuera elegido el Capitán de la 2ª, o de la 3ª, o de la 1ª; cualquiera del resto recordaba algún asunto que tenía contra él y lo desacreditaba. Y había mucha envidia. Ningún Capitán, salvo quizá Hel Vaal, Aulo Plautio y Syrio, que parecían más tranquilos, parecía dispuesto a dejar que otro les pasase por encima.

Y siguieron las semanas. Raum sentía vergüenza de que en el mismísimo Círculo Interior tuvieran que oírse semejantes insultos entre los miembros más respetados del Capítulo. Su paciencia se quebraba... y finalmente llegó al límite.

Un día Demetrius se puso a perorar acerca de que finalmente la Inquisición acabaría por condenarles a todos por herejes y haría un Exterminatus sobre la propia Wikia, y que si seguían así quizá fuera él mismo quien les mostrase el camino. Raum se levantó de su asiento con violencia y rugió con las venas del cuello hinchadas, escupiendo saliva, diciendo que tenía menos honor que la mierda de Grox.

Demetrius se levantó también y encendió sus cuchillas relámpago. Hubo un interminable silencio.

Finalmente no ocurrió nada, pero la vergüenza suprema se había consumado: Unos hermanos desenfundando las armas contra otros en el mismísimo Círculo Interior. Desde ese día Raum supo que las conversaciones no llevarían a ninguna parte, que el esfuerzo era inútil. Era la primera vez en casi 4 siglos de servicio que Raum perdía los estribos con un hermano. Sin embargo, el procedimiento impedía que dejasen de reunirse hasta que no hubiera Señor del Capítulo. Nadie podía irse y, de todas maneras, tampoco podían operar como Capítulo sin un guía. La tensión y el odio se sentían ya incluso en los pasillos.

El camino al exilio Editar

Tras semanas de más reuniones de puro trámite, la situación estalló cuando la 2ª Compañía de Aulo Plautio se fugó del Sello con las reliquias más valiosas del Capítulo.

Aulo Plautio, uno de los pocos que parecían tener una pizca de sentido común... y encima, supuestamente, con colaboración de la Forja. Raum se sintió robado: Muchas de esas reliquias eran verdaderamente sagradas y estaban bajo su cuidado. ¡Sagrado Emperador, si se habían llevado hasta el Codex Wikipaedicus original, como vulgares piratas!

Raum ardía de rabia, y dejó atrás sus diferencias con Demetrius presentándose con él y con parte de sus hombres, armados, en las puertas de la Forja. Sin embargo, los Tecnomarines habían cerrado a cal y canto y estaban también armados justo detrás, por lo que desistieron para evitar un baño de sangre.

Pero nada volvió a ser igual: Una parte de los Capitanes escupió sobre su vinculación al Sello y se marchó con sus Compañías. El resto, más moderados, se fueron igualmente pero para evitar males mayores. Miembros del Librarium y del Apothecarion se apresuraron a crear un comité temporal para dirigir El Sello y evitar la anarquía total. Invitaron a Raum a unirse... pero Raum no quería saber nada más del tema.

Había fracasado. El Capítulo se desmembraba. Había visto y oído demasiado, tenía la conciencia sucia y el alma cargada de culpa. Quería poner tierra de por medio, huir. Odiaba a todo el mundo por el caos que habían causado, y a sí mismo por encima de todos. No podía aguantar permanecer en ese antro de vergüenza.

Brevemente, Raum dejó a su Reclusiarca Kelbor a cargo del Reclusiam, ante todos los capellanes, y dijo que se iba a expiar sus culpas junto a la 9ª Compañía de Syrio; un capitán de poca monta que apenas había abierto la boca durante las reuniones. La 9ª era prácticamente la última Compañía que quedaba en El Sello, y también se iba.

Un cambio de rumbo Editar

En la 9ª Compañía de Reserva de Devastadores del Capitán Syrio reinaba el desconsuelo, como en todas las demás, ya separadas.

La 9ª había salido de su Fortaleza-Monasterio al borde de la guerra interna, cargados de ira y culpa, sin querer saber nada del resto del Capítulo. Ahora que su crucero "Mente Iluminada" operaba independientemente, no sabían qué les diferenciaba de una banda de renegados. Todo ello pesaba como una losa sobre el honor de cada Astartes, sumiendo a la Compañía en la depresión y en la sensación de no tener futuro alguno.

Y Raum era el más afectado de todos. Su vergüenza era demasiado grande. Él, el encargado de mantener la pureza de doctrina y de intención del Capítulo, siendo Señor de Santidad de un Capítulo que ya ni siquiera era tal.

Él, el encargado de moderar una reunión que casi acaba en matanza de hermano contra hermano.

Durante días y días no salió de su camarote. Realmente nadie tenía nada que hacer aparte de echarse las manos a la cabeza. Esos días Raum pensó en las circunstancias que habían llevado a esa catástrofe: En Crissos, un buen Señor del Capítulo, cayendo en la apatía. En la búsqueda de conocimiento, completamente parada. Ni siquiera llegarían a reanudarla. En su propia responsabilidad en la reunión, dándole vueltas y vueltas a cada hecho. Preguntándose si podría haber actuado mejor.

En Tulfias y, sobretodo, en Demetrius. Dos idiotas ascendidos a Capitán, la flor y nata del Capítulo. ¿¡Ellos eran la flor y nata del Capítulo!? ¡Bah!

En Aulo Plautio, el Capitán que había robado todas las sagradas reliquias del Capítulo. Eterna vergüenza cayera sobre él y sobre su nombre por siempre. El Emperador le daría su justo castigo.

Sagrado Emperador...  ¿De qué habían servido todos los buenos deseos de cada Martillo de Wikia? ¿De qué todo el esfuerzo para salvar al Imperio a largo plazo? ¿Para qué todos sus sermones?

De nada, de absolutamente nada. La doctrina del Capítulo estaba podrida, no había servido más que para crear una panda de idiotas con semilla Astartes. Mientras que otros Capítulos, como los Puños Imperiales, llevaban unidos sin fisuras al servicio del Emperador desde la Herejía, los Martillos se habían separado tras menos de dos milenios.

Eterna vergüenza.

¿Su búsqueda de conocimiento? Totalmente inútil. El nivel tecnológico del Imperio seguía cayendo pese a sus esfuerzos. Dentro de poco, la Humanidad combatiría a los Orkos con palos y piedras. Todo había sido fugaz, etéreo. No tenían acceso a una verdadera fuente de conocimiento.

Pero un Marine Espacial nunca se rinde. Jamás. Hacía falta un cambio, y bastante profundo en vista de lo ocurrido. Podían volver a partir de cero desde una nueva base. Una base que permitiera cambiar realmente el curso de la historia. Y él mismo, Raum, podría liderar ese cambio. Había sido el único alto mando competente de los dos últimos siglos. Él lo haría... buscando nuevas respuestas.

Y entonces Raum se dio cuenta de que muchos de sus pensamientos no eran suyos, sino que una inteligencia ajena se los susurraba al oído. No sabía exactamente en qué punto había comenzado a suceder, pero tenía la fuerte sensación de que era así.

Aturdido y sintiéndose estúpido, Raum se levantó de su catre, se irguió y preguntó al aire si había alguien.

Y una voz amable le respondió. Una voz que acabaría conociendo como El Cóndor.

El CóndorEditar

El Cóndor no se presentó. No dijo quién o qué era. De hecho, apenas podría decirse que Raum "conversase" con él. Más bien hablaba consigo mismo mientras alguien amable y sabio le preguntaba, le daba respuestas o le mostraba cosas en su propia mente. Y ese "alguien" solo se identificó a si mismo como El Cóndor.

Este hizo énfasis de nuevo en una idea: igual que un arbol podrido solo puede producir frutos podridos, la muestra evidente de que la doctrina del capítulo estaba podrida eran los resultados que se estaban cosechando en el Cisma.

Pero el objetivo de los Martillos era puro. La búsqueda de conocimiento merecía la pena. Solo había que dotarla de otra base, de otra doctrina. De otro liderazgo.

Raum no era ingenuo. Sabía que esa conversación mental no era normal, y le asustaba lo que El Cóndor pudiera ser. Pero el tiempo le había demostrado que las respuestas que siempre había dado por válidas o por "normales" quizá no eran las correctas. O tal vez esto último lo pensó con ayuda. No era capaz de separar claramente sus pensamientos de los de El Cóndor.

Pero El Cóndor siguió hablando. Y Raum siguió escuchando. Escuchó porque estaba desesperado y sin rumbo, necesitaba que alguien le indicase el camino. Y escuchó porque lo que oía era lo que él mismo creía que era cierto.

El Cóndor habló de lo infructuosa que había sido la búsqueda de conocimiento y de reliquias de los Martillos hasta el momento. ¿Cómo iba a poder ser eficaz, si apenas sabían dónde buscar? ¡Qué gran diferencia sería si alguien les señalase el camino! Raum vio mundos, y vio lo que escondían bajo tierra. En grutas, en capillas, en sitios donde a nadie jamás se le hubiera ocurrido buscar: Ruinas, bibliotecas arcanas, tecnologías perdidas, objetos sagrados. Uno de ellos... le dejó sin aliento y atormentó su mente las siguientes semanas. Todo daría un vuelco si Raum lo sacase a la luz...

Pero El Cóndor jugaba sabiamente sus cartas: Raum no pudo identificar ninguno de esos planetas. Unos parecían imperiales, otros no. Solo le sería revelada su ubicación cuando el Capítulo estuviese unido de nuevo. Cuando los Martillos se reunificasen libres de sus errores anteriores.

¿Y quién los reunificaría? Solo había uno que había estado a la altura, que había actuado correctamente. Solo uno había puesto todo su corazón en evitar el cisma por todos los medios. Y ese era él, Raum.

Uniendo de nuevo al Capítulo no solo enmendaría sus errores. No solo evitaría que jamás se repitieran. Desecharía el manchado nombre de "Martillos de Wikia" y guiaría a sus hermanos a un destino más glorioso que nunca bajo las alas del Cóndor...

El Capitán y el ProfetaEditar

Raum siguió muchos días más encerrado en su camarote. En esos dias aprendió y recibió instrucciones. Debía estar listo para la gloriosa tarea que tenía por delante, listo para enseñar a sus hermanos el nuevo camino.

Cuando por fin salió, los hermanos de la novena compañía lo percibieron como un cálido sol de entusiasmo y fe renovada en medio de la mas fría y gris de las desesperanzas. Necesitaban consuelo, y el Señor de Santidad era la persona ideal para sanar sus corazones y devolverles la confianza. Muchos acudieron a él en privado para volcarle sus sentimientos y dudas, y a todos los reconfortó con palabras de ánimo.

Syrio llevaba tiempo siendo el capitán de la novena compañía. Era un combatiente y un táctico de nivel, como cualquier capitán astartes; y era apreciado por sus hombres. Pero era un hombre introvertido, poco carismático y acostumbrado a liderar a su compañía manteniendo un perfil bajo. Y, por supuesto, también estaba afectado por los acontecimientos. En esos tiempos de angustia, no era lo que sus hombres necesitaban. Nada pudo hacer su carácter contra la arrolladora personalidad del Señor de Santidad.

Desde el principio Syrio percibió a Raum como un "cuerpo extraño" en su compañía. De hecho, secretamente le fastidió que se hubiera unido a ellos en su vagar. Raum lograba fácilmente ser el protagonista, que todo girase en torno a él. Y eso irritaba a Syrio más de lo que quería admitir. Al poco tiempo, el capitán casi sentía la desagradable sensación de que el Señor de Santidad esperaba que le diera explicaciones por decisiones que eran meramente tácticas, de intendencia. Atribuciones que eran solo suyas.

Pero Raum no se preocupaba realmente de esas cosas. Solo atendía contínuamente las almas de sus hermanos, y celebraba oficios en la capilla de la nave. Esos oficios cada vez congregaban a más hermanos, que salían aliviados de sus penas y que pasaban a dirigirse a Raum para tratar asuntos que, en principio, deberían de haber sido atendidos por Syrio.

Con el paso de los meses, Syrio se dio cuenta de que la novena compañía empezaba a no estar en sus manos. Varios de sus sargentos más leales se unieron calladamente a su malestar. Cuando un día acudieron ante Raum para exponer sus quejas, este les tranquilizó amablemente asegurándoles que no tenía otro interés que consolar a los hermanos de batalla. Que la compañía siempre estaría bajo el mando de Syrio.

El capitán y sus compañeros salieron del Reclusiam de la nave casi sintiéndose mal por ser tan desconfiados. Casi, porque seguían teniendo la sensación de que algo no iba bien.

Pasaron los años. La novena compañía se distinguió en combates aquí y allá, dando apoyo a otras fuerzas. La influencia del Señor de Santidad sobre ella se había hecho casi completa. Incluso alguno de los sargentos que habían acudido a quejarse ante él era ahora de sus incondicionales. Syrio y algunos mas formaban ya un corrillo marginal que apenas tenía peso en el día a día. No es que Raum se enfadase si las cosas no se hacían a su manera: los que se enfadaban eran todos los que le rodeaban, que eran la aplastante mayoría.

Poco después de llegar a esta situación; Syrio, ya aislado en sus posturas, empezó a oler algo diferente en el ambiente. Pese a que los hermanos le hacían el vacío, les oía hablar de cosas que no entendía. De términos cuyo significado no comprendía. De que era necesario un cambio para seguir adelante. Cambio, cambio. Esa palabra sonaba aquí y allá en boca de todos, como un mantra.

Syrio era un astartes con pocas inclinaciones religiosas. Era lo habitual en el Capítulo. Sabía que algunos de sus hombres sí las tenían, y siempre lo había respetado mientras eso les diera valor en la batalla. Pero jamás había visto celebrar oficios con ese nivel de santurronería y devoción antes de los combates, no en los Martillos de Wikia. Su compañía estaba adoptando usos y costumbres que le eran ajenos. Aunque apelaban a un ente superior para que les protegiera y les diese fuerzas, pasado un tiempo Syrio se dio cuenta de que no debía dar por sentado que se referían al Emperador. Nunca le mencionaban. Si acaso les oyó rezar por estar protegidos "bajo las alas del cóndor", expresión que no entendió.

Pero Syrio ya lo veía todo desde fuera. Estaba solo. Esas costumbres le desagradaban, pero su compañía ya solo le soportaba con una desconfianza mal disimulada. El "cuerpo extraño" de la novena era ahora él.

Un nuevo nacimientoEditar

Los cambios verdaderamente profundos nunca se producen de la noche a la mañana. Son lentos, paulatinos. Apenas se aprecian si uno los ha tenido delante a diario, al menos hasta que esos cambios traspasan líneas que antes eran impensables.

Esto fue lo que sucedió en Digma Tertius décadas después del exilio de la Novena.

La compañía llevaba semanas viajando por la disformidad hacia el sistema Digma, pero nadie le había consultado esa decisión a Syrio. El capitán solo se enteró cuando volvieron al espacio material, entraron en órbita, y Raum expuso los hechos. Se cuidó de que no pareciera un plan de batalla, pues exponerlo hubiera sido tarea de Syrio; sino una enumeración de motivos de orden moral por los que eran necesario intervenir. Aunque lo mismo daba, tal era la situación de aislamiento de Syrio.

Lo ocurrido era simple: dos días antes había estallado una revuelta en los niveles inferiores de la Colmena Primus de Digma Tertius. Los rebeldes, quizá influenciados por algún culto de la sangre, habían rebasado a los arbites y andaban saqueando esos niveles de manera desorganizada. Sin embargo estaban en un punto muerto ya que solo algunos contaban con las armas y vehículos ligeros capturados a los arbites, las élites se habían atrincherado en los niveles superiores de la colmena y las Fuerzas de Defensa Planetaria ya les rodeaban desde el exterior para entrar y poner órden. Además, no había señal alguna de actividad disforme ni de presencia de astartes traidores.

Sin duda las FDP podrían dar cuenta del asunto, aunque no sin un nivel significativo de bajas. Por eso Raum animaba a la Novena a participar y ahorrarle sangre al Imperio.

Sin embargo, a Syrio no le pasó desapercibido el hecho de que llevasen semanas viajando hacia un punto en el que justamente había estallado una revuelta dos días antes.


Los Martillos desembarcaron y empezaron a limpiar sistemáticamente de rebeldes todos los sectores que estos controlaban. Syrio luchaba de manera casi independiente junto a una escuadra de sus hermanos más allegados. Descubrió rápidamente que aunque una turba violenta infestaba las calles, muchos otros ciudadanos imperiales habían escapado del horror encerrándose en sus bloques de habitaculos y escondiéndose en diminutos zulos. No era para menos: había cadáveres de ciudadanos brutalmente golpeados por todos los rincones.

Pese a ser dramático, esto no era inusual cuando se producían revueltas. Los Martillos limpiarían la zona con ayuda de las FDP, los inocentes saldrían de sus escondrijos y el gobernador reestablecería el órden en cuestión de semanas.

Pero algo no iba bien. Syrio seguía oyendo gritos y disparos de bólter en las zonas que supuestamente ya habían sido limpiadas. A medida que la operación avanzaba y todos confluían hacia los últimos reductos de resistencia, Syrio comprendió lo que pasaba: sus hombres los estaban matando a todos, sin distinción. A lo lejos vio como un hermano táctico localizaba un agujero en el que al parecer se escondían varios supervivientes. Cuando el primero, con cara de alivio, se dispuso a salir tras haber pasado la tormenta, solo encontró frente a su rostro la bocacha de un lanzallamas. El agujero se convirtió en un horno.

Syrio, aturdido y sin comprender, corrió gritando hacia el causante. La disciplina sería sumamente severa. Pero mientras avanzaba hacia él, vio que la escena se repetía en otros recodos que iba descubriendo: supervivientes que creían que lo peor había pasado y que eran purgados a bólter contra una pared, o simplemente a filo de espada-sierra. No era el único que no comprendía: al fondo, un oficial de las FDP y varios de sus hombres trataban de detener la sinrazón interponiendose entre quienes seguramente eran sus paisanos y sus ejecutores. Solo sirvió para que compartieran su misma suerte.

Syrio se abalanzó sobre uno de los Martillos que al parecer había perdido la razón, y los compañeros de este saltaron sobre Syrio. Las escuadras de uno y otro forcejearon a puñetazos hasta que se sumaron más hermanos a la trifulca y redujeron a Syrio y los suyos.

Solo dos cosas más supo el capitán antes de ser obligado a volver a la barcaza: la razón de aquel desatino era que Raum había decretado que todos estaban manchados, y debían morir para garantizar la pureza del planeta. También supo que el comandante de las FDP había ordenado la retirada por final de misión. Sin duda sabía lo que estaba pasando y sabía de las muertes de sus hombres, pero era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que poner tierra de por medio era la única forma de mantener vivo al resto.

El sacrificioEditar

Syrio no fue apresado. Simplemente le dejaron en su camarote hasta que el resto volvió.

Rugía, como una fiera encerrada. Frustrado. No solo había perdido el control sobre su compañía, sino que ahora tenía que ver cómo se convertía en una tropa de salvajes. Actuaciones tan sangrientas como esa podían ser propias de los Minotauros o de los Desgarradores, pero nunca de los Martillos. Jamás, en ningún momento de la historia del capítulo, las acciones que acababa de ver hubieran quedado libres de un severísimo castigo.

Su deber como Capitán era disciplinar a esos astartes; pero para verguenza suya aquello estaba ya lejos de sus posibilidades. Sus hombres no respondían ante él, y además quien había dado la órden de "limpieza" había sido el Señor de Santidad, alguien superior en autoridad dentro del Capítulo. En este caso, lo mejor que se podría hacer es presentar el caso ante el Señor del Capítulo, pero obviamente no había tal cosa. Solo eran una compañía errante.

Syrio se mordía el labio de impotencia. No podía hacer realmente nada útil, pero desde luego no se iba a quedar de brazos cruzados. Lo que acababa de ocurrir era inadmisible. Inadmisible. Ofendía todo aquello que los Martillos representaban.

De ese modo, el capitán hizo lo único que podía hacer: hablar con los pocos fieles que le quedaban, los que siempre habían permanecido con él. Solo había una solución, una muy extrema pero necesaria: arrestar a Raum, por la fuerza si era preciso. A él y a quienes tratasen de impedirlo. Raum era la clave, el origen de aquella locura. Si le neutralizaban, quizá el resto de hermanos de batalla entrase en razón y pudieran ser disciplinados. Incluso cabía la posibilidad de que muchos otros también hubiesen quedado silenciosamente horrorizados por lo sucedido y se sumasen a él.

La reunión duró apenas veinte minutos. Y solo eran siete. Y de esos siete, tres no se sumaron al plan de acudir armados a arrestar al Señor de Santidad. Demasiadas dudas, demasiada gente en contra. Así que Syrio cogió sus armas y acudió a salvar a la Novena o morir en el intento acompañado de tres hombres: los sargentos Mitras y Hereno, y el hermano táctico Tobías Met. Cuatro de toda una compañía, cuatro hombres que no estaban dispuestos a ver a los Martillos caer en la barbarie.

Tragando saliva, Syrio y los suyos caminaron firmes por los pasillos de la Barcaza, armados hasta los dientes, directos al Reclusiam. Allí donde sabían que encontrarían a Raum.

Nadie en los pasillos, sorprendentemente. Nada salvo sus pisadas sobre el suelo metálico mientras avanzaban.

Así llegaron a la compuerta del Reclusiam. Y cuando la abrieron; allí estaba Raum, sentado tras su mesa. Con cara sonriente. Y a su alrededor, seis de los mejores luchadores de la compañía; como guardaespaldas. Fuertemente armados.

Syrio lo supo: Raum les había estado esperando. Volvió a tragar saliva y dijo lo que había venido a decir:

- "Por ser responsable de los crimenes cometidos contra civiles imperiales desarmados e inocentes, y por mi autoridad como capitán de esta compañía; yo, Syrio, he venido a apresar al Señor de Santidad Raum. Para que responda de ellos ante el resto de cargos del Capítulo o ante el futuro Señor del Capítulo"

Silencio durante unos largos instantes. Syrio se dio cuenta de que, desde el resto de pasillos, los hermanos de la compañía iban acudiendo lentamente al Reclusiam, y que contemplaban la escena desde cierta distancia.

Raum habló, pero dirigiendose a los astartes que le hacían de improvisada guardia de corps:

- "¿Lo veis, hijos míos? Ya os dije que esto ocurriría. El Cóndor nos ha bendecido, y gracias a esa bendición las cosas han empezado a cambiar. Y justo cuando el cambio que iniciará la reunificación empieza a dar frutos... personas "de la vieja guardia", de los mediocres causantes de nuestra desgracia, vienen aquí a tratar de impedirlo. A obligarnos a seguir atados a los errores del pasado. Como ellos no pudieron arreglarlo, nos impiden hacerlo a nosotros -Y entonces sí, se dirigió a Syrio- Dime, capitán: ¿por qué no hablaste con esa decisión ni una vez en todos los meses en los que discutimos sin sentido sobre quién debía ser el nuevo Señor del Capítulo? ¿Acaso aquello te parecía admisible, y esto no?"

Syrio no era hombre de grandes palabras. Y no le gustaba el cáriz que empezaba a tomar la situación. Se impacientó y apretó el mando de su espada de energía.

- "Ya sabes lo que he venido a hacer, Raum. No nos lo pongas más difícil, o nos veremos obligados a hacer lo que no queremos hacer"

- "¿Y qué vais a hacer? -Dijo Raum con teatralidad- ¿Venís armados al Reclusiam de vuestra propia nave y amenazáis gravemente al Señor de Santidad del Capítulo? ¿Vais a matarme, acaso? Ah, sí que vais a matarme. Quieres matarme, Syrio, no se lo niegues al resto. Nunca me has querido en esta compañía, nunca te ha gustado que consolase a estos buenos hombres tuyos. Y ahora vienes a quitarme de enmedio para erigirte en opresor de tus hermanos. -Raum se levantó- No, eso no va a suceder. No te dejaremos acabar con esta compañía"

Syrio no podía creer el nivel de hipocresía de lo que escuchaba. No podía soportar tanta falsedad. Rojo de ira y sin ser capaz de pensar más allá, se lanzó contra Raum por encima de la mesa, dispuesto a inmovilizarlo. Sus tres compañeros le siguieron con menor decisión, pero fue del todo inútil: no solo los seis protectores de Raum, y él mismo, se lanzaron contra ellos. Todos los astartes que habían contemplado la escena desde fuera, que habían rodeado silenciosamente a Syrio y los suyos, se abalanzaron sobre su capitán.

Absolutamente incapaces de hacer frente a tantos contendientes, Syrio, Hereno, Mitras y Tobías fueron reducidos tras un violento pero brevísimo combate en el que varios astartes quedaron heridos o muertos. Hereno fue uno de ellos, atravesado al revolverse más de la cuenta contra uno de los fieles a Raum. Los otros tres fueron salvajemente golpeados hasta que fueron incapaces moverse.

Syrio apenas veía nada. Le costaba pensar. Tenía los ojos terriblemente hinchados por los golpes recibidos. Y eso no era, para nada, lo que peor estaba. Sus hermanos se habían asegurado a conciencia de que no pudiera volver a levantarse.

Oyó a Raum dirigirse a todos con voz potente: "¡Lo habéis visto! ¡Lo habéis visto todos! ¡Son traidores! ¡Han tratado de asesinarme! ¡No puede haber perdón para tales actos! ¡Se oponen al cambio, a la reunificación del capítulo! ¡Deben desaparecer para que podamos hacer resurgir al capítulo de sus cenizas!"

El resto de la compañía rugió con aprobación. Syrio no se creía lo que estaba sucediendo, pero el mareo no le permitía pensar con claridad.

"¡El Cóndor los exige! ¡El Cóndor pide sus vidas como tributo, como pequeña muestra de agradecimiento por las muchas bendiciones que nos está otorgando, y que nos va a otorgar! ¡Todos a la capilla!"

El capitán no podía andar, así que le arrastraban entre dos astartes sujeto por los hombros. Hacía muchos años que no entraba en la capilla de la nave, décadas quizá. Casi desde la llegada de Raum. Primero por decisión propia, aunque después notó que aunque hubiera cambiado de idea, los seguidores de Raum no le hubieran dejado unirse al culto.

Cuando le hicieron pasar por la puerta, Syrio se sorprendió de lo mucho que había cambiado la decoración del lugar. No conocía la nueva iconografía. Alas azules y violáceas, ojos de ave... El Cóndor...

La realidad golpeó a Syrio mucho más duro que lo que lo habían golpeado antes sus hermanos. El capitán era un veterano Martillo, un gran receptáculo de los conocimientos y saberes de la Galaxia. Y pertenecía al Anillo Exterior de Conocimiento del capítulo, lo que significaba ser un buen conocedor del Caos... y de sus cultos.

No había duda, todo encajaba: un culto al dios caótico del cambio había infectado a la novena compañía. El capitán maldijo su incompetencia por no haber sido capaz de verlo hasta cruzar las mismas puertas de la capilla. Trató de gritar y revolverse, pero no tenía fuerzas. Si le soltaban, caería a plomo. Todo se volvió confuso. El mareo, el dolor, mil pensamientos a la vez en completo desorden saturaban la mente de Syrio. Raum seguía hablando, pero no le escuchaba:

"...se han opuesto al Cambio, al cambio esencial que el Capítulo necesita. Con su negativa, quieren obligarnos a pagar por sus errores, pero no se lo permitiremos. Se los regalaremos al Cóndor... y les obligaremos a "Cambiar". Poned al primero sobre el altar y aseguráos de que el jefe de estos traidores lo vea"

Syrio vio pasar a Mitras, atrastrado al altar. Usaron toda clase de instrumentos para despojarle de su servoarmadura y de cualquier otra vestimenta. Lo que siguió atrajo la atención de innumerables entes del Caos, pervertidos observadores de los más desagradables asuntos humanos. A Mitras le fueron amputadas las cuatro extremidades y, hecho eso, fue eviscerado. Sus órganos fueron extraídos uno por uno, dejando los esenciales para el final. Antes de retirar estos, las extremidades seccionadas fueron colocadas en la cabidad torácica del astartes, en el hueco resultante. Con repugnante deleite; Raum afirmó que, al final, Mitras sí había cambiado completamente.

Syrio intento apartar la mitada, pero no le dejaron. Le obligaron a contemplarlo todo desde primera fila. Todo le daba vueltas, algo envenenaba el ambiente. Retiraron lo que quedaba de Mitras y obligaron al aterrado Tobías a ocupar su lugar en el altar lleno de sangre. El proceso se repitió.

El capitán de la novena compañía sabía como iba a acabar aquello. Antes de que le llegase su turno, oró al Emperador. Nunca había sido un astartes religioso, pero la perspectiva de una muerte terrible en circunstancias vergonzosas hace ver las cosas de manera diferente. Para él, Syrio solo suplicó perdón al Señor de la Humanidad. Perdón por no haber sabido evitar esa locura en su compañía. Por la novena no pidió nada, todos estaban ya condenados. Pero por lo que más rogó fue por el resto de compañías, por que no pasase lo mismo en ellas. Porque Raum no lograse su proposito y porque, algún día, los Martillos volviesen a ser lo que habían sido.

El camino a la ReunificaciónEditar

El contenido de la comunidad está disponible bajo CC-BY-SA a menos que se indique lo contrario.