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"Los Guerreros de Hierro tienen corazones fríos y amargos. Para ellos la guerra es el traqueteo del ábaco del contable; toda la sangre derramada y las vidas perdidas, las murallas derribadas y los enemigos destruidos no son para ellos más que monedas añadidas a las arcas de la muerte. Los beneficios y las pérdidas de cada batalla son su pan, la aritmética de la masacre es su vino, y con ellos sirven un festín ceniciento, que a pesar de todo no disfrutan. Hay muchos que miran a las Legiones del Emperador y ven en la estirpe de Mortarion la encarnación del antiguo espíritu de la muerte, pero unos pocos sabios miran los cementerios en que los hijos sin rostro de Perturabo convierten los mundos que pisan con una eficiencia tan calculada, y disienten."

Lord Pietra Vietz Gustavus, en De la Guerra: Unas Memorias privadas de la Gran Cruzada, Vol. VIII: Meditaciones sobre las Legiones Astartes

Los Guerreros de Hierro (Iron Warriors en inglés) fueron la IV Legión de Marines Espaciales creada por el Emperador para su Gran Cruzada. Su mundo natal era Olympia, y su Primarca, Perturabo. Durante la Herejía de Horus, se unieron al Señor de la Guerra y traicionaron al Imperio, y actualmente tienen su base en Medrengard, en el Ojo del Terror.

Historia[]

Durante décadas la Legión de los Guerreros de Hierro fue el ariete de la Gran Cruzada, una maza usada para derribar toda fortaleza inexpugnable o ciudadela impenetrable que se atrevía a interponerse en el camino de la voluntad del Emperador. La IV Legión se convirtió en sinónimo de guerra rigurosa y maestría en el asedio, tanto en la defensa como en el ataque. Su Primarca Perturabo era igualmente conocido como un caudillo despiadado y efectivo, un maestro estratega cuya afiladísima mente podía discernir la debilidad oculta en cualquier enemigo y aprovecharla con una acción salvaje y decisiva, y un general para quien la derrota era anatema y la victoria valía cualquier precio en sangre.

No obstante, este loable historial enmascaraba una discordia hirviente en el interior de la Legión. Una discordia engendrada por un mal uso y por ofensas tanto reales como imaginarias, que con el paso del tiempo se hizo notar a través de un marcado distanciamiento y una creciente desconfianza entre los Guerreros de Hierro y la Gran Cruzada a la que servían. Una floreciente amargura se enconó en los corazones de sus Legionarios y, especialmente, en el de su cada vez más paranoico y retraído Primarca. Cuando la traición de Horus fue revelada en Istvaan III, los Guerreros de Hierro ya eran una Legión en crisis, dispersa por las estrellas, dividida entre cien despliegues diferentes y todavía tambaleándose tras un brutal acto de salvaje supresión llevado a cabo en contra de su propio mundo natal, Olympia, pero respondieron a la llamada a castigar al Traidor sin dudar. Sin embargo, cuando Perturabo, el Señor de Hierro de la Cuarta Legión, llevó al grueso de la misma a Istvaan V, fue para desatar la furia de los Guerreros de Hierro no contra los Traidores, sino contra los que seguían siendo Leales. El veneno que llevaba tanto tiempo supurando en el alma de la Legión había dado por fin su amargo fruto, y en los oscuros años que siguieron miles de millones sufrirían por esto.

Orígenes: Filas aserradas y estandartes de acero[]

Legionario terrano de la IV Legión que participó en la Pacificación del Cinturón de Kuiper, anterior al reencuentro con Perturabo.

Fundada como sus Legiones hermanas en Terra durante las últimas fases de las Guerras de Unificación que presagiaron la Gran Cruzada del Emperador, aún quedan considerables detalles superficiales sobre los orígenes de la IV Legión. Se sabe que su primer cuartel general fue fundado sobre las ruinas de una fortaleza rebelde en la Meseta de Auro de Sek-Amrak. Las belicosas tribus artilleras, pesares sangrientos y tecnoenclaves del área circundante proporcionaron a la Legión buena parte de sus primeras oleadas de reclutas cuando la recalcitrante región fue sometida por completo a la Unificación de Terra, convirtiéndose rápidamente en uno de sus dominios más firmemente leales. Los documentos atestiguan que la semilla genética de la IV Legión mostró una adaptabilidad superior a la media y que las tasas de rechazo de implantes fueron notablemente bajas, especialmente en comparación con las dificultades encontradas en la implantación a gran escala de otros tipos de progenoides, que no serían solventadas hasta la adquisición de los laboratorios genéticos de Luna. Esta ventaja hizo que la fuerza de combate de la Cuarta creciese rápidamente, expandiéndose hasta alcanzar el tamaño de varios Batallones listos para el combate mientras otras Legiones nacientes aún no eran capaces de desplegar más que una centuria. Esto a su vez hizo que la Legión fuese puesta muy pronto en servicio activo junto a la Primera y la Quinta.

La Legión luchó primero en Terra para destruir los últimos elementos de resistencia del planeta, y después a lo largo de toda la pacificación del Sistema Solar. Prueba de esto son algunos frescos supervivientes del Palacio Imperial, que les adjudican los honores de batalla de la Órbita Cydo-Tyre, el Archipiélago de Zidec, la Estación de Hielo Echo y Mehr Yasht. Este último fue quizás el más notorio, ya que fue la batalla clave en la terrible campaña venusiana y en los registros se citan “las filas aserradas y los orgullosos estandartes de acero de la IV Legión” marchando a la batalla bajo el mando directo del propio Emperador para quebrar a los ejércitos de letales Litho-Gholem de las Brujas de Guerra.

Parece que los primeros éxitos de la IV Legión fueron consecuentemente recompensados con prioridad en el reaprovisionamiento con nuevas clases de armas y máquinas de guerra a medida que estas se ponían a disposición de los ejércitos del Emperador a raíz de su alianza con Marte, así como un notorio incremento a corto plazo del número de reclutas al asignársele los aspirantes terranos originalmente destinados a la Tercera Legión (que estaba sufriendo una crisis catastrófica con la pérdida de sus reservas de semilla genética) para reemplazar las pérdidas sufridas en combate. Fue gracias a esta adaptabilidad genética y a su demostrado éxito en combate que la IV Legión se convirtió en una de las más amplias durante los primeros años de la Gran Cruzada, lo que permitió a sus fuerzas dividirse con éxito entre varias Flotas Expedicionarias de gran tamaño.

La más destacada de ellas fue la 8ª Flota Expedicionaria, en la que los Legionarios de la Cuarta formaron su núcleo y cuerpo de mando. Esta fuerza conquistó o reclamó veintinueve cúmulos de sistemas en dirección al núcleo de la galaxia y aniquiló a varios reinos interestelares xenos en una prolongada campaña de once años que fue clave en el establecimiento del control del Imperio sobre el Segmentum Solar. Todos fueron logros por los que fueron reconocidos y alabados por el Emperador. La Legión tomó de la 8ª Flota Expedicionaria el emblema del Rayo Alado como su primer emblema heráldico y mostró sus honores de batalla con orgullo, llevándolos como estandartes-vexilla ante las intrépidas columnas de sus Legionarios mientras avanzaban contra los disparos enemigos en docenas de mundos conquistados por la fuerza de las armas de la IV Legión.

A medida que las fuerzas de la Gran Cruzada sobrepasaban los límites del Segmentum Solar, avanzando con la expansión de la Gran Cruzada, varias fuentes indican que la Cuarta Legión (que no se reuniría con su Primarca hasta finales de la década del 840.M30) había perdido rápidamente todo lazo con Terra, tanto en cultura como en reclutamiento, aunque mientras continuaba avanzando sin cesar al frente de la expansión, su formación militar permanecía rígidamente intacta. La adherencia de la IV Legión a las estructuras organizativas, los métodos de combate y la panoplia planteados como un patrón para las Legiones Astartes al principio de la Gran Cruzada no varió, sin ninguna “nueva marca” cultural importada por la interacción con un Primarca durante muchos años.

Como resultado, sus métodos de guerra tampoco cambiaron en demasía, sin importar las circunstancias ni el enemigo, y la Legión tendía a superar cualquier obstáculo o dificultad con la aplicación implacable y meticulosa de la fuerza de sus armas en lugar de con astutas estratagemas o sangrientas heroicidades. La combinación de estos factores les hizo destacar y ser cada vez más diferentes de muchas de sus Legiones hermanas, ya que para esta época de la Gran Cruzada la mayoría de ellas ya divergían del patrón terrano básico fijado como modelo en su fundación, sin importar o no si ya habían conocido a su Primarca. A diferencia de la Cuarta, en unas pocas décadas sus hermanas habían evolucionado hasta revelar rasgos de carácter reconocibles y hasta extremos en algunos casos, y modos de combatir idiosincrásicos que se apartaban considerablemente del patrón básico, y la constancia y el pragmatismo de las operaciones de la IV Legión contrastaban con esto.

Se dice que estos rasgos les marcaron como combatientes poco imaginativos, mecánicos y hasta deshonrosos a ojos de algunas Legiones Astartes y sus señores (entre ellos, Horus). Por otro lado, no obstante, para algunos miembros del Alto Mando de la Gran Cruzada estos rasgos eran positivos, ya que hacían de la Cuarta una Legión más fiable en sus despliegues que algunas de las Legiones más quijotescas, y más dispuesta a obedecer órdenes de fuera de su propia cadena de mando sin quejas. Como consecuencia, la IV Legión fue cada vez más usada para librar campañas sin gloria pero vitales de desgaste demoledor e interminable derramamiento de sangre, y en poco tiempo se convirtieron en “bestias de carga”, en las que se confiaba por su poder marcial y porque seguían las órdenes al pie de la letra.

Además, donde otras Legiones de tamaño sustancial como las de Leman Russ, Ferrus Manus y Horus se negaban a dividir sus fuerzas por orden de comandantes de operaciones menores (y meros humanos), la IV Legión no se echaba atrás ante ningún deber al que fueran lícitamente asignados. Libraron repetidamente asedios ingratos y campañas prolongadas de supresión que exigían el poderío de los Astartes para asegurar la victoria, pero que conllevaban poco renombre. También se encargaron de guarnecer mundos demasiado peligrosos para nadie que no fuese Astartes. La Cuarta tenía un único rumbo, que era marcado por manos ajenas: obedecer las órdenes de la Gran Cruzada, ir a donde se le ordenara ir y morir cuando debiera morir. La IV Legión fue de guerra en guerra sin descanso ni fanfarria, enorgulleciéndose sombríamente de su por lo general ingrato trabajo. Así fue cómo la Legión empezó a cambiar sutilmente por fin, a la vez que su antaño gran fuerza numérica se desangraba con el desgaste y sus Legiones hermanas la superaban en gloria. Visto en perspectiva, es quizá posible ver que fue en esta época, antes incluso de reunirse con su Primarca, cuando apareció una sutil división entre la IV Legión y sus hermanas, creando una fractura que solo empeoraría con el tiempo.

El precio de la victoria[]

La IV Legión operó desde sus primeros días con una fuerza determinada y disciplinada, tan sólida e inflexible como el metal del que más adelante tomarían su nombre. Sus miembros eran conocidos por ser unos de los más tecnológicamente aptos y habilidosos por vocación (aunque fueran superados parcialmente por la Décima durante los primeros años de la Gran Cruzada), y preferían atacar desde una posición de superioridad aplastante siempre que podían, descargando directamente todas sus fuerzas sobre el enemigo. A medida que su papel pasó a ser el de una fuerza de combate de primera línea, y a menudo soportar el peso de operaciones de combate prolongadas, la IV Legión dio cada vez más importancia a la formulación de detalladas estrategias previas a la batalla y al uso de bombardeos concentrados en masa como precursores del ataque: el cálculo de campos de fuego, el uso de bombardeos altamente intensos y el despliegue de blindados pesados y fuerzas mecanizadas para encabezar los ataques se volvieron los recursos característicos de la IV Legión. Para servir a esta inclinación, la Cuarta también reunía el que quizá fuera el mayor tren de artillería de las Legiones de la historia de la Gran Cruzada.

Pero aunque estas tácticas indicaban un enfoque cerebral, pragmático y calculado de la guerra, también era igualmente cierto que una vez empezada la batalla, no cesarían en su ataque por nada excepto una orden directa del nivel más alto de retirarse, incluso a pesar de sufrir repentinos reveses de fortuna o bajas inesperadamente altas (incluso apabullantes). Esta amarga testarudez creció con el tiempo dentro de la Legión, y casi se convirtió en fuente de orgullo para sus miembros: se negaban a fracasar, sin importar el coste en vidas, y arrancaban la victoria fueran cuales fueran las probabilidades a fuerza de pura disciplina y potencia de fuego. Del mismo modo que las victorias de la Legión, a menudo nunca cantadas, fueron muchas, también fue elevado su precio.

La aparente paradoja de una pronunciada dependencia en la racionalidad y el intelecto enfrentada a infrecuentes pero reveladores episodios de terca testarudez en el comportamiento de la Legión nunca fue más evidente que durante la liberación del disputado mundo forja de Incaladion en una devastadora campaña que duró desde el 842.M30 hasta el 843.M30. Aunque al final se logró la victoria, la guerra supuso la casi total aniquilación de las fuerzas del frente de la 8ª Flota Expedicionaria de una forma probablemente innecesariamente costosa.

Tras la campaña, varias voces críticas en la Corte Imperial y entre los Primarcas opinaron que la IV Legión se había arriesgado deliberadamente a ser derrotada para demostrar que había podido lograr lo que se le había encomendado en solitario, sin importar lo difícil que fuera. Durante esta batalla, la Legión se negó a retirarse del campo después de que un asalto inicial se viniese abajo espectacularmente ante un contraataque enemigo inesperado sin precedentes, y siguió luchando a pesar de todo, aferrándose a un plan de batalla hecho pedazos. Casi 29000 de sus Legionarios cayeron en ese único combate antes de que las fuerzas enemigas fueran destruidas a base de sangriento desgaste. Entre los muertos estaban muchas de las unidades más veteranas de la Legión, convirtiendo a la batalla en una de las más costosas de su tiempo.

Lo que quedaba de la Cuarta tras Incaladion era una Legión que ya no era favorecida y aún sin Primarca que hablase por ella. A finales de esa década, sería bastante correcto decir que la fortuna de la IV Legión había decaído fuertemente mientras otras crecían. Incaladion había arrojado una sombra sobre los primeros éxitos de la Cuarta y había supuesto la muerte de muchos de sus comandantes más veteranos, así como la masacre completa de más de dos millones de Soldados Imperiales bajo su mando. Donde antes la Cuarta había estado entre las Legiones más numerosas, la guerra constante y el desgaste habían erosionado sus filas, no hasta el punto de suponer un peligro para su existencia, ya que su semilla genética seguía siendo de la mayor calidad en cuestión de facilidad de implantación, pero sí lo suficiente para que otras le hubieran eclipsado en tamaño y poderío, mientras que otras Legiones, en especial los Lobos Lunares y los Ángeles Oscuros, le superaban en brillo con la gloria y majestad de sus conquistas. Fue a esta IV Legión dañada, desilusionada y sin un rumbo claro que llamar propio a la que llegó su Primarca.

La Gran Cruzada[]

Perturabo, Señor de Hierro de la IV Legión.

Las pruebas que quedan sobre la recuperación de Perturabo y su integración en las fuerzas de la Gran Cruzada indican que el proceso fue rápido y contó con la inmediata aceptación de Perturabo, en claro contraste con otros Primarcas. Es probable que el tirano Dammekos estuviera más que dispuesto a someter a Olympia al Imperio como su sátrapa, y el precio de liberar voluntariamente a Perturabo de su servicio no le resultó caro. Por su parte, se cree que Perturabo ya había descubierto por sí mismo su verdadera naturaleza, al menos de forma abstracta, como ser artificial sobrehumano, y que de hecho esperaba que algún día su creador se le revelase, aunque los particulares permanecieron sin duda ocultos para él hasta que el Emperador en persona apareció en órbita con su flota.

En varias fuentes del momento de su recuperación se hizo mención a la famélica mente que poseía el Primarca recién descubierto. Aunque todos los hijos sobrehumanos del Emperador mostraban un intelecto y una capacidad para absorber y adaptarse a los nuevos conocimientos que sobrepasaba a la de cualquier humano no modificado, la capacidad de Perturabo para aprender era verdaderamente increíble, y pronto se dijo que de todos los hijos del Emperador él era el más dotado en términos de inteligencia científica y técnica. No obstante, gran parte de esta sagacidad estaba dirigida al interior, y Perturabo fue desde el principio una mente maestra calculadora y distante a la que no le importaba mucho socializar con otros, ni se dignaba a explicar sus actos o intenciones a quienes le rodeaban, ni siquiera a sus hermanos Primarcas al conocerlos, a los cuales se mostró frío y cauteloso hasta el punto de la indiferencia arisca. Para el Emperador estas manías importaban poco, y en Perturabo encontró una nueva arma para el arsenal de la Gran Cruzada, un caudillo y general cuyo salvaje poderío solo era eclipsado por su afiladísimo intelecto. Para Perturabo cada batalla y cada campaña no eran más que un problema que concretar, deconstruir y superar, y no pasaría mucho antes de que los enemigos de la Humanidad sintiesen el terrible poder de su mortífera mente.

Tras un breve periodo que pasó junto al Emperador luchando a su lado y consumiendo conocimientos sobre la Gran Cruzada, su historia, su maquinaria bélica y sus operaciones, Perturabo recibió el mando de la IV Legión que portaba su semilla genética, y la transición de autoridad hacia él fue rápida y absoluta. En aquella época se habían reunido en torno a 35000 Astartes de la IV Legión para crear su propio destacamento independiente, y además había unos 17000 dispersos por los dominios conquistados del Imperio en guarniciones menores independientes y destacamentos asignados a la vigilancia y otras tareas permanentes. Decisiones como esta minaban la moral de la Legión. Tras llevar a cabo una revisión completa del historial bélico, las doctrinas y las prácticas de la IV Legión y compararlos con los de otras Legiones, Perturabo se sintió insatisfecho de sus hijos y actuó consecuentemente. Su castigo fue el diezmado.

Por los fracasos de la Legión todos sufrirían, pues todos eran culpables. Como decía el edicto de diezmado, “la guerra es inequívoca, indiferente, inmisericorde y ciega. A ciegas también será la selección de aquellos que pagarán el precio de sangre por el fracaso general de vuestro historial”. Uno de cada diez Legionarios, determinado por sorteo, fue ejecutado sin honor, un acto realizado por los propios camaradas de cada reo con las manos desnudas. Algunos en la Corte Imperial protestaron por este sangriento mandato, creyendo que el Emperador había dado el poder absoluto sobre una Legión Astartes a un loco, mientras que otros, más comedidos en sus críticas, opinaron solo que el mando se le había dado demasiado pronto al Primarca, que no estaba acostumbrado a los usos del Imperio. El más vehemente de estos críticos fue Roboute Guilliman, Primarca de los Ultramarines, que se enfureció ante la ignominia de las muertes que habían sufrido valerosos Astartes junto a los que su propia Legión había luchado a menudo. Fue un brote de discordia entre los dos Primarcas que, aunque más tarde fue eclipsado por otros rencores y disputas entre los Primarcas, ninguno de los dos olvidaría. Todas estas críticas fueron silenciadas por el Emperador.

Para los supervivientes del diezmado autoinfligido de la Legión la lección estaba clara: así sería el gobierno de Perturabo, despiadado e inmisericorde, y sin favoritismos ni preferencias. La muerte sería el precio del fracaso al servicio de Perturabo, y la guerra era para él una ecuación binaria. Su pecado no era que hubieran fallado a la Gran Cruzada, pues ese no era ni mucho menos el caso, sino que no habían alcanzado todo su potencial. Para Perturabo no era suficiente que fueran simplemente superiores, su defecto era que no fueran ya supremos entre las Legiones.

Perturabo exigió que su Legión fuese una máquina de guerra sin igual, y de inmediato se dispuso a transformarla en el arma que deseaba que fuera, un arma cuyo filo probaría primero contra el resto del Cúmulo de Meratara, en cuyo borde se encontraba el sistema de Olympia Majoris. Allí derrocó primero a los famosos “Jueces Negros” y conquistó sus antiguos dominios para el Imperio, antes de purgar a los xenos Ectosáuridos de Verikhonia y someter al feudo renegado de Caballeros de Lyxos, completando así la conquista del cúmulo. En su último conflicto, la Legión de Perturabo acabó por la fuerza con un cisma milenario entre aquel fragmentado imperio y sus antiguos amos del Mechanicum, ganando mucho favor para la Legión entre los Señores de Marte.

Dionor de los Guerreros de Hierro, en Istvaan V.

Este periodo fue para la IV Legión uno de cribas, pruebas y testeos a manos de su Primarca. Con una calculada premeditación y salvajes experimentaciones, Perturabo rehízo a la Legión a su imagen y semejanza, una imagen que no reflejaba los ideales olympianos ni los terranos, sino basada únicamente en su propia psique sombría e imperturbablemente despiadada. Al final de la campaña del Cúmulo de Meratara, la antigua IV Legión ya no existía, y los Guerreros de Hierro habían sido forjados con sangre y fuego en su lugar.

Para cuando Perturabo regresó de nuevo a Olympia con su rebautizado ejército, la maquinaria de sus planes ya estaba en marcha. Aliándose con el Mechanicum, nuevos astilleros orbitales y fundiciones ardieron con frenética actividad; muchos de ellos habían sido arrancados de órbitas muertas en torno a estrellas conquistadas, arrastrados hasta Olympia y reparados y expandidos para servir a su Legión. Los mundos del Cúmulo de Meratara también pagaron ahora su tributo de carne y sangre al Señor de Hierro para alimentar el hambre de nuevos guerreros, armas y municiones de su Legión. Todo fue por obra y gracia de Perturabo. En el crisol de la guerra los Guerreros de Hierro habían sido reformados, y puede verse que en muchos sentidos los cambios ocurridos habían amplificado lo ya presente en la IV Legión más que cambiarlo hasta lo irreconocible: donde antes la Legión había sido inflexible en su voluntad de aceptar pérdidas a cambio de lograr la victoria, ahora estaba tan absolutamente por encima de tales consideraciones como del miedo de los mortales. La guerra se había convertido en una ecuación letal que los Guerreros de Hierro estaban extremadamente preparados para resolver; eran una máquina de guerra implacable e inflexible, una bestia de acero y fuego que barría mundos y devoraba ejércitos enteros.

A la cabeza de un destacamento recién constituido, la 125ª Flota Expedicionaria, en la que Perturabo reunió al grueso de las fuerzas de su Legión, el Primarca tuvo a su disposición un ejército que rápidamente se convirtió en el ariete de la Gran Cruzada. A medida que luchaban junto a cada una de sus Legiones hermanas, se ganaban una reputación sin igual por su eficiencia brutal en combate, su dominio de la guerra de blindados y su puntería sin rival como artilleros. Se decía de los Guerreros de Hierro que no había ninguna fortaleza construida por manos humanas o alienígenas que no pudiesen derribar, ningún bastión que no pudiesen asaltar y ningún ejército que no pudiesen ahogar en su propia sangre a base de disparos y bombas.

La grieta que se había abierto entre los Guerreros de Hierro y las demás Legiones, no obstante, solo se ensanchó más con el paso del tiempo, y el resentimiento, el orgullo y la paranoia se acumularon en los corazones de muchos Legionarios. Con sus terribles métodos y su salvaje ejemplo, Perturabo había despertado en sus guerreros un reflejo de su propia oscuridad espiritual, y dentro de ellos creció su suspicacia, malévola desconfianza y su desalmada indiferencia hacia la vida junto con la despiadada determinación, el frío intelecto y la fuerza que deseaba despertar. Por ello quizás no sorprenda que, dada la predilección de la Legión por las batallas en campo abierto, su empleo en asedios y asaltos a fortificaciones (la más peligrosa e impredecible de todas las formas de guerra) y su disposición (en todos los niveles, desde el Primarca hacia abajo) a aceptar el desgaste como precio de la victoria, muchas fuentes estiman que los Guerreros de Hierro sufrieron las mayores tasas de bajas de todas las Legiones de la Gran Cruzada. También es prueba de su valía y del frío y cruel genio de su Primarca que tales pérdidas fueron encajadas rutinariamente por la Legión sin que los Guerreros de Hierro sufrieran ninguna depreciación duradera de su potencia estratégica de combate y que las numerosas pérdidas rara vez supusieran derrotas para la Legión. No obstante, a pesar de su resistencia genéticamente potenciada a los traumas mentales y de su adoctrinamiento psicológico, se cree que una exposición tan continua a la pérdida y la destrucción provocó una lenta y amarga corrosión en la psique de la Legión.

Perturabo y su Legión no buscaron amigos ni aliados entre aquellos junto a los que sirvieron, salvo quizás entre los agentes del Mechanicum que les apoyaban en su búsqueda de medios cada vez más potentes y eficientes de librar guerras. En sus Legiones hermanas veían debilidades engendradas por el autoengaño, la falta de disciplina, el falso misticismo y la vanidad, y también veían insultos y ofensas cometidos por ellos, tanto reales como imaginarios. Muchas facciones del Mechanicum, para el que el intelecto tecnológico de Perturabo era una maravilla, no confiaban en él ni en su Legión por completo por ser tan peligrosamente autosuficientes y habilidosos sin compartir su fe en el Omnissiah. Para las fuerzas del Ejército Imperial y sus auxiliares, la reputación de los Guerreros de Hierro era particularmente oscura. Más que ninguna otra Legión, los Guerreros de Hierro eran vistos como no solo dispuestos a usar las vidas de los auxiliares humanos como un recurso estratégico, sino a gastarlas deliberadamente: como carne de cañón para agotar la potencia de fuego de un enemigo, en oleadas sacrificiales a millares para sacar al enemigo de sus defensas, o simplemente para calibrar la fuerza del enemigo observando cuánto tardaba en aniquilarlos.

Guerrero de Hierro tras acabar con un orko del ¡Waaagh! Mashogg

Estos repetidos incidentes solo sirvieron para manchar aún más el nombre de la Legión y le hizo ganarse el odioso epíteto de los “Muelecadáveres” entre la soldadesca de la Gran Cruzada. Los motines, sofocados con predecibles matanzas minuciosas, se volvieron cada vez más frecuentes en las zonas de guerra donde las fuerzas del Ejército Imperial estaban bajo el mando de los Guerreros de Hierro hasta que, por edicto del Señor de la Guerra, se dio la orden de garantizar que el grueso de las tropas puestas a las órdenes de los Guerreros de Hierro debían componerse de criminales reclutados a la fuerza o rebeldes esclavizados para compensar el efecto corrosivo sobre la moral general. En las últimas décadas de la Gran Cruzada, las rivalidades y el hirviente desprecio, a menudo mutuo (como la antipatía entre los Guerreros de Hierro y la Guardia del Cuervo despertada por las fricciones durante la Guerra Rompehielos, y una rivalidad cada vez más amarga entre los Guerreros de Hierro y los Puños Imperiales), caracterizaron la relación de la IV Legión con sus hermanas. De hecho, incluso cuando los Guerreros de Hierro y su Primarca lucharon con éxito junto a sus congéneres, como en la crítica guerra contra el ¡Waaagh! Mashogg, su participación solía ser tratada con indiferencia o comedido desdén por los contemporáneos de la Legión.

En este último incidente, por ejemplo, antes de la llegada de Perturabo y sus hombres a la zona de guerra las vastas fortificaciones orbitales del Zeñor de la Guerra Mashogg habían rechazado previamente un ataque tras otro tanto de los Lobos Espaciales como de los Cicatrices Blancas. Aunque el plan de Perturabo logró por fin romper las líneas enemigas y permitir la masacre de los Orkos, el Señor de Hierro solo es mencionado en las crónicas contemporáneas de las otras Legiones como un “camarada” sin nombre.

Este creciente cisma, quizás más fácil de ver en perspectiva que lo que habría parecido en su día, fue aún más exacerbado tras la ascensión de Horus al puesto de Señor de la Guerra. Este gran realineamiento del despliegue de la Gran Cruzada supuso la renovación y emisión de una serie de directivas y órdenes, algunas de ellas procedentes de Terra y otras del Señor de la Guerra. Estas órdenes siguieron desangrando a la Legión de los Guerreros de Hierro y dispersaron a buena parte de sus fuerzas por una miríada de Flotas Expedicionarias menores, asedios ingratos y guarniciones en los rincones más peligrosos, solitarios y aislados del cada vez más amplio Imperio. El más famoso caso de estos cuarteles de vigilancia fue el destacamento de los Guerreros de Hierro en Delgas II, donde tan sólo 10 Astartes debían controlar a 130 millones de habitantes descontentos.

Entretanto, la 125ª Flota Expedicionaria de Perturabo fue empujada contra un letal enemigo tras otro, sin pedir ni recibir refuerzos o recursos adicionales salvo los que podía generar y adquirir por sí misma. Perturabo, amargado pero férreo en su palabra, obedeció. Vistos en retrospectiva, estos sucesos solo sirvieron para fomentar y amplificar el resentimiento y la discordia en el seno de la Legión y separarla del Imperio al que servía, y para desquiciar cada vez más a sus guerreros a la vista de algunos de los peores horrores que la Gran Cruzada tendría que afrontar. De hecho, puede que ese fuera el plan del Señor de la Guerra.

La Herejía de Horus[]

La corona vacía[]

Más que muchos de los que se volvieron Traidores y se aliaron con Horus, las motivaciones y la senda de la condenación de los Guerreros de Hierro siguen siendo quizás las más ignotas e inciertas, salvo tal vez la historia de la Legión Alfa, sobre la cual apenas circulan más que mentiras. Antaño impecablemente leales, no cedieron, sino que para los que lo observaron, pareció que su lealtad se quebró repentina e inexplicablemente. Muchos de los que contemplan el asunto con la suficiente ecuanimidad ven, con más o menos acierto, una Legión erosionada por demasiado horror, desgaste y muerte al servicio de una causa a la que obedecían sin gloria ni gratitud. Ven a un Primarca y a sus hijos lentamente derribados por la sospecha, el descontento y una creciente locura. Pero apenas hay evidencias de una corrupción completa de la Legión, ni de la insidiosa obra de los Poderes Ruinosos, y menos de un trato real con fuerzas oscuras antes de que el cataclismo de la guerra civil galáctica engullese el Imperio. Para otros la respuesta es simplemente que en el seno de la Legión creció una arrogancia salvaje y envidiosa, nacida de una vulgar sed de sangre y el descontento, que llevó a los Guerreros de Hierro a su ruina.

Ha habido quienes han argumentado que el defecto fatal de los Guerreros de Hierro era, sin embargo, una falta de fe a nivel fundamental: no creían verdaderamente en la causa de la Gran Cruzada ni en el Emperador al que servían, o que ellos mismos fueran más que máquinas creadas para matar. Podría concluirse entonces que fueron arruinados por el mismo pragmatismo y lógica que les habían convertido en soldados tan despiadados y efectivos, pero les habían dejado mal preparados para enfrentarse a un enemigo tan existencial como la duda y el terror moral. Si esto es cierto, para Perturabo el manto de Primarca se convirtió en nada más que una licencia para masacrar sin un propósito mayor, y sus conquistas se volvieron vacías y sus victorias huecas. Se ha dicho también que esto fue lo que acabó por desquiciarlos y destruirles por dentro, dejando solo recipientes vacíos que llenar con el insensible salvajismo y el reflejo de los horrores que habían desatado.

La Rebelión de Olympia[]

Para la Legión de los Guerreros de Hierro, la Herejía de Horus supuso la culminación de una serie de reveses y terribles tragedias que había acechado en los últimos años a la Legión, trastornando y retorciendo su psique. La más grave de todas fue la rebelión de Olympia, la sede del dominio de la Legión en el Cúmulo de Meratara y mundo adoptivo de su Primarca Perturabo. Con Dammekos, el longevo Tirano de Lochos y Sátrapa de Olympia finalmente muerto, la retorcida y venenosa política de Olympia había degenerado de nuevo en luchas internas y venganzas. La violencia y la división estallaron con más amargura que nunca debido a los cambios traídos por el Imperio al planeta y al descontento acumulado por el diezmo de generaciones enteras de los mejores jóvenes del planeta entregados a la Legión para nunca volver. La repentina noticia de la rebelión, transmitida personalmente por el Señor de la Guerra Horus a Perturabo, golpeó el corazón de la Legión y su amo, y no podía haber llegado en un momento peor. Durante más de un año, la Legión de los Guerreros de Hierro había estado enfrascada casi en solitario con la supresión de una gran infestación de la nociva especie xenos conocida como "Hrudd" (o "Temporaferrox", en algunos registros) en varios mundos de las Fosas de Sak'trada. Todas las acciones de la Gran Cruzada contra esas pesadillas habían resultado costosas en términos de vidas y de cordura, y esta no fue una excepción.

Una columna de Guerreros de Hierro avanza en la guerra contra los Hrud

Obligados a afrontar las violentas perturbaciones en el tejido temporal, tormentas de llamaradas solares e inestabilidades tectónicas asociadas a estas incomprensibles entidades, así como la maligna tecnología blandida por las propias criaturas, se cree que los Guerreros de Hierro perdieron más de un quinto de sus fuerzas activas del momento en una campaña alejada de las fronteras del Imperio y, para muchos, aparentemente condenada y sin propósito, a pesar de que se suponía que respondía a órdenes directas de Terra. Tras las recientes y horribles tasas de bajas sufridas al servicio de la Gran Cruzada, la rebelión de Olympia fue una herida insoportable.

Dejando atrás una fuerza sacrificatoria para acabar la lucha contra los horrores alienígenas a cualquier coste, Perturabo se llevó su Legión de vuelta al hogar con furia asesina. Olympia ardió, las ciudadelas de las montañas fueron derribadas, y ciudades enteras de parientes de los propios Guerreros de Hierro fueron pasadas a cuchillo. Con una rabia amarga que rayaba en la locura, Perturabo destrozó con sus propias manos las defensas de Lochos que él mismo había levantado en otra época. Los Guerreros de Hierro no mostraron piedad hacia sus propias familias, y después millones quedaron muertos y Olympia y su sistema planetario fueron esclavizados brutalmente. Algunos dicen que, entre las ruinas de la antaño hermosa Olympia, Perturabo y su Legión sintieron por fin la desesperación al ver lo que habían desatado, y horror y culpa por aquello en lo que se habían convertido. Pero para otros, fue entonces cuando los últimos restos de autoengaño abandonaron a la Legión, y los Guerreros de Hierro y su Primarca vieron por primera vez el verdadero rostro de sus almas, y abrazaron la oscuridad. Para muchos en el Imperio este fue un impactante crimen de autodestrucción, pero el Señor de la Guerra lo autorizó y le dio una apariencia de justicia.

Tras esta tragedia, la Legión se encerró aún más en un mundo privado, lleno de sombría violencia y paranoias amargas. Oprimió brutalmente los mundos que guarnecía y desató genocidios al primer atisbo de rebelión abierta, mientras muchos de sus comandantes se fueron volviendo cada vez más desquiciados y aislados del Imperio al que servían.

No obstante, antes de que este sangriento evento fuese condenado en Terra, llegaron nuevas órdenes de ponerse en marcha: debían formar parte del grupo de Legiones encargadas de someter al Señor de la Guerra en las oscuras y áridas arenas de Isstvan V.

La Herejía[]

De las siete Legiones que fueron enviadas a derrotar a las fuerzas traidoras de Horus en Isstvan V, cuatro de ellas ya se habían unido y jurado lealtad a Horus secretamente. Los Guerreros de Hierro, la Legión Alfa, los Portadores de la Palabra y los Amos de la Noche traicionaron a las tres Legiones restantes que formaban la vanguardia de la expedición, que eran la Guardia del Cuervo, los Salamandras y los Manos de Hierro. Rodeados por las tropas Traidoras y superados ampliamente en número, las tres Legiones Leales fueron masacradas y prácticamente exterminadas. Despues, dejaron el planeta, excepto 3 columnas de Marines que fueron masacradas por la resistencia de Corax y la XIX Legión.

En otra ocasión posterior, convirtieron el mundo agrícola de Tallarn en un desierto inhóspito y estéril mediante bombardeos químicos constantes. Cuando los gases tóxicos se disiparon, los habitantes supervivientes surgieron de sus refugios subterráneos y se enfrentaron a la Legión. El mayor combate de tanques y vehículos de toda la historia tuvo lugar en Tallarn; dicho conflicto concluyó con la derrota de la Legión gracias a la intervención de tanques Astartes (que estaban hermetizados y podían resistir los gases nocivos, a diferencia de los tanques estándar del Ejército Imperial de Tallarn).

Posteriormente, la Legión de Perturabo fue decisiva en el Asedio de Terra, pues con su experiencia en el campo de los asedios permitió que las demás Legiones Traidoras atravesaran los muros y defensas del Palacio Imperial al lograr destruir con satisfacción las fortificaciones que los Puños Imperiales habían erigido. Al mismo tiempo, en el resto del Imperio, los Guerreros de Hierro combatieron en muchos frentes y planetas ya que todos los comandantes de las guarniciones y fortalezas se habían rebelado también contra el Imperio siguiendo las órdenes de su Primarca.

Tras la derrota de los Traidores y la precipitada huida de Terra, Perturabo preparó su propia revancha contra los Puños Imperiales en el planeta Sebastus IV, donde levantó la llamada Fortaleza Eterna. Al enterarse,