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Los Ángeles Sangrientos se enfrentan a los Tiránidos

La Devastación de Baal fue una campaña librada entre finales del M41 y principios del M42 por los Ángeles Sangrientos y sus Capítulos Sucesores para impedir que la Flota Enjambre Leviathan devorase el sistema Baal.

HistoriaEditar

La sombra de LeviathanEditar

Dante, señor de los Ángeles Sangrientos, uno de los hombres más respetados y honrados del Imperio, ya conocía desde hace mucho tiempo la amenaza Tiránida que se acercaba a Baal. Hacía tan solo unos meses que el sistema Cryptus, el sistema de mundos fortificados que protegían el acceso al mundo natal de los Ángeles Sangrientos, se había visto superado por la inmensa Flota Enjambre Leviathan. Baal era ahora el siguiente objetivo y, aunque sus guardianes se encontraban entre los guerreros más poderosos de la galaxia, los Ángeles Sangrientos no podrían aguantar solos.

Sabiendo que el destino del capítulo y quizás el del propio Imperio descansaba sobre la defensa de Baal, Dante envió una petición de ayuda a los capítulos sucesores de los Ángeles Sangrientos, contándoles la ruina que se acercaba al mundo de su querido progenitor Sanguinius. Todos acudieron a ayudar a los Ángeles Sangrientos, desde los feroces Desgarradores de Carne hasta los nobles Bebedores de Sangre, e incluso los salvajes y misteriosos Espadas Carmíneas. Todos y cada uno de los hermanos de batalla serían vitales en la inminente guerra, ya que la enorme flota Tiránida era la mayor de todas las Flotas Enjambre jamás registradas por el Imperio.

Cientos de miles de bionaves aparecieron en dirección a Baal, en grupos tan densos que la flota de invasión parecía ser un gran organismo de múltiples extremidades. La flota de los Ángeles Sangrientos les hizo frente con sus números reforzados por la presencia de sus Capítulos sucesores a bordo de sus naves espaciales. El cielo sobre Baal estalló en una violenta tormenta de fuego cuando los poderosos navíos de los Marines Espaciales se abrieron paso en medio de los Tiranidos que se aproximaban, lanzando devastadoras andanadas de cabezas nucleares. Sin embargo, aunque valiente, esta acción naval fue inútil. Viéndose cercados por pequeñas embarcaciones biológicas y abrumados por la cantidad de misiles orgánicos, las Barcazas y los Cruceros de los Marines Espaciales fueron cayendo una por una.

Entrando en órbita baja sobre Baal y sus lunas, las naves de la Flota Enjambre comenzaron a enviar nubes de esporas y transportes orgánicos a la atmósfera. Mientras se desarrollaba la batalla en el espacio, los defensores de Baal esperaban a las primeras oleadas de Tiránidos, tomando posiciones en fortificaciones que databan de la era de la Herejía, y que habían sido desenterradas y reconstruidas por los siervos y servidores del Capítulo. Baal y sus lunas gemelas se transformaron en campos de exterminio salpicados de reductos de artillería, quedando los atacantes atrapados entre zonas minadas y zonas de fuego cruzado.

Contra el enjambreEditar

Las primeras oleadas de enjambres Tiránidos que cayeron al planeta fueron destruidas por la precisión del fuego de la artillería y las abrasadoras ráfagas de proyectiles de bolter mucho antes de que llegaran a tocar tierra. Sin embargo con cada segundo que pasaba más esporas de Tiranocitos llovían desde la órbita baja, abriendo su abultada carne para arrojar organismos guerreros a la refriega. En la décima oleada el suelo era ya apenas visible, más allá de la estampida de blindados cuerpos de quitina. En medio de esta alfombra de carne viva se encontraban criaturas sinápticas inmensas: Tiranos de Enjambre y gigantescos Tervigones que vomitaban más organismos mientras aullaban. Estos monstruos dirigieron a los enjambres a su alrededor mientras lanzaban salvas de plasma ardiendo o hacían grandes grietas en las gigantescas fortificaciones con enormes cantidades de armas. Los Genestealers entraron por estas brechas llegando al cuerpo a cuerpo. En la retaguardia de los enjambres Tiránidos, una enorme criatura contempló la carnicería observando las tácticas de los Ángeles Sangrientos y ordenando a sus parientes menores contrarrestar cada uno de sus movimientos con una astucia nacida de eones de guerra. El Señor del Enjambre, heraldo de la Mente Enjambre, había sido engendrado de nuevo para asegurarse de la muerte de los Ángeles Sangrientos.

Durante semanas los vástagos de Sanguinius rechazaron hasta diecinueve oleadas de Tiranidos luchando con un valor y habilidad que honraron la memoria de su Primarca caído. Los Bebedores de Sangre lucharon hombro con hombro con los Ángeles Descarnados formando un círculo de cuchillas y bólters contra las falanges de guerreros Tiránidos que avanzaban. Los Marines de Asalto de los Ángeles Sangrientos saltaron al corazón del enjambre enemigo, cazando a los monstruos más grandes y feroces del enjambre, mientras en los valles desérticos quemados por el calor, formaciones masivas de tanques y artillería se enfrentaron con las estampidas de carga de los Carnifex en una tormenta de carne y metal. Sin embargo, por muy valiente que fuera la defensa de Baal, esta no podría durar. Con cada nuevo ataque Tiránido, mas y mas hermanos de batalla iban cayendo, y cinco Señores de Capítulo de entre los capítulos sucesores de los Ángeles Sangrientos dieron sus vidas para contener la creciente marea; sin embargo, a medida que los cuerpos se amontonaban cada vez más, parecía que ese sacrificio desinteresado no serviría de nada. Baal estaba perdido.


       El Saguinor había acudido a él al final de su servicio. "Viniste", dijo Dante, tenía la garganta seca, sangraba  por una docena de heridas mortales, la hermosa voz que había inspirado a millones ahora era solo un susurro áspero. "Viniste después de todo".  El Sanguinor guardó silencio y señaló una presencia mayor detrás de él.

      El aliento de Dante quedó atrapado en su pecho. Era Sanguinius, pero no era una representación metálica, la cara era de carne y sus alas extendidas a los lados de su cuerpo eran de plumas blancas. "Mi hijo", dijo Sanguinius, "Mi hijo más grande". El Primarca se acercó a él, "Has sufrido tanto por el bien de la humanidad", dijo Sanguinius. Su voz era hermosa, "Has ganado tu descanso tantas veces, Luis de Baal Secundus. Te daría cualquier cosa. Te llevaría a mi lado". "¡Sí!", dijo Dante. "Por favor, dame la libertad de la muerte, he servido durante tanto tiempo". Sanguinius le dirigió una mirada de profunda tristeza a Dante.

    "No puedo, lo lamento, te necesito Dante. Tu sufrimiento no ha terminado". Sanguinius tomó la cara de Dante con ambas manos y la fuerza fluyó desde el Primarca expulsando la comodidad de la muerte y reemplazándola por el dolor. "¡Por favor, no!", gritó Dante.

    "Lo siento, hijo mío, pero aún no puedes descansar", dijo Sanguinius. "Vive".

-Encuentro entre Dante y Sanguinius, 999.M41

Se abre la Gran FisuraEditar

Fue en ese momento, en la hora más oscura, cuando una nueva calamidad se desencadenó sobre el sistema Baal. En una cataclísmica erupción de energía empírica, una tormenta de disformidad llamada Gran Fisura se abrió abarcando toda la galaxia. Los cielos de Baal ardieron con el fuego etéreo de las profundidades del Inmaterium, donde viles y antiguos seres dirigieron su temible mirada hacia el reino material. La lucha de los sucesores de los Ángeles Sangrientos que se enfrentaban con todo su odio a los enjambres Tiránidos en la superficie de Baal Primus fue tan feroz que la realidad se abrió y llenó el aire con el olor a azufre y a sangre ardiente. Con alabanzas al Dios de la Sangre, la legión demoníaca de Khorne atravesó la grieta mientras esta se ensanchaba. Llegaba en cabeza una criatura extraída de la más negra de las pesadillas, una monstruosidad con alas de murciélago que empuñaba una hacha en una garra y un látigo de púas en el otra. Este era Ka'Bandha, un Devorador de Almas de Khorne. Los hijos de Sanguinius no odiaban a ningún enemigo más que a este, ya que miles de años atrás Ka’Bandha había avivado en ellos la Sed de Sangre, la maldición genética que había devastado la Legión. Ka’Bandha buscaba para sí el honor de acabar con los Ángeles Sangrientos y no tenía intención de permitir que los Tiranidos interfirieran antes de que llegara el momento de su triunfo.

La horda demoniaca cayó sobre los Tiránidos y los defensores de Baal derramando torrentes de sangre sobrehumana y xenos por igual. Los Guerreros Tiránidos se abrieron paso desgarrando a los Bebedores de Sangre mientras los Desgarradores de Carne barrían la tierra salpicada de sangre y aplastaban a los Termagantes bajo sus pies blindados. Ka’Bandha acechaba a través de la locura de la batalla, cosechando un terrible peaje en su camino mediante grandes golpes de sus temibles armas. Los defensores, dirigidos por el Señor del Capitulo Gabriel Seth de los Desgarradores de Carne, retrocedían siendo acosados por todos lados. Solo el sacrificio de los Caballeros de Sangre, un Capitulo Sucesor declarado Excommunicate Traitoris por los Altos Señores de Terra que, sin embargo, había sido aceptado como aliado por Dante, permitió que los supervivientes abordaran sus naves y escaparan cuando Baal Primus se vio abrumado por las monstruosidades engendradas por la disformidad. Cuando las fuerzas de Seth se retiraron, vieron por última vez a los Caballeros de la Sangre lanzándose al grueso de un combate cuerpo a cuerpo con una ferocidad sin sentido, completamente envueltos por la locura de la rabia negra. En la órbita de Baal, miles de bionaves de la Flota Enjambre Leviathan fueron atrapadas en la disformidad por la energía empírica o tragadas por grietas en el espacio. Pronto, solo los restos ardientes de la flota enjambre acabaron cayendo sobre la superficie de Baal debido a la atracción gravitatoria.

Bajo este furioso infierno, Dante retiró a sus pocos guerreros restantes a las murallas de la fortaleza monasterio de los Ángeles Sangrientos. El tiempo mismo fue víctima de la creciente locura empírica; parecía como si la carnicería se prolongara durante años mientras los xenos y los Marines Espaciales luchaban y se conducían a la aniquilación mutua. En vanguardia, el Señor del Enjambre entraba en la refriega en una coyuntura vital mientras iba cortando a los Marines Espaciales con sus sables óseos. Agotado y lleno de dolor, aunque desafiante como siempre, Dante se abrió paso entre los cadáveres xenos con su hacha Mortalis buscando la cabeza del Señor del Enjambre. Bajo el cielo ardiente los dos lucharon hasta que Dante, sangrando por una docena de heridas mortales, venció a la criatura. Cuando Dante se desplomó, sus angustiados guerreros se esforzaron por alcanzar su cuerpo tendido mientras los cielos finalmente se aclaraban. La tormenta había pasado y la flota Tiránida había sido borrada del cielo, no quedaba ni una sola nave. En su lugar había majestuosas naves Imperiales. El Primarca Roboute Guilliman, el Hijo Vengador resucitado, había llegado a la cabeza de la Cruzada Indomitus.

La furia del primarcaEditar

Ahora las cápsulas de desembarco y las naves Stormraven salpicaban los cielos sobre Baal mientas Guilliman y sus guerreros se estrellaban contra el enjambre Tiranido. Las fuerzas de tierra de la Flota Enjambre Leviathan aún superaban en número a los Marines Espaciales, aunque con la muerte del Señor de la horda y la destrucción de su Flota, los Termagantes y los Hormagantes volvieron a sus instintos más básicos. Los Marines Primaris, una nueva generación de guerreros genéticos nacidos de las bóvedas de Marte, pelearon al lado de Guilliman desencadenando salvas devastadoramente precisas con sus rifles bólter mientras iban despedazando al poderoso ejército Leviathan. Grupos aislados de organismos Tiránidos huyeron a los páramos radiactivos de Baal, llegando a costar muchos meses perseguirlos y eliminarlos a todos, aunque Baal se había salvado. Gravemente herido pero todavía con vida, Dante doblo la rodilla ante el Primarca Guilliman. Este reconoció el noble espíritu de Dante y de sus Ángeles Sangrientos supervivientes, ya que habían mantenido viva la parpadeante llama del glorioso pasado del Imperio. Su regalo para ellos fue realmente poderoso: formaciones de Primaris con el linaje de Sanguinius para reforzar sus devastadas filas.

De las naves de la Flota Enjambre Tiránida no había señales. Sobre Baal Primus no quedó ningún resto de vida, y los demonios se habían desvanecido de nuevo en la disformidad, dejando tras de sí grandes montañas de calaveras Tiránidas amontonadas. Estos zigurats formaron el vilipendiado recuerdo de Ka’Bandha, un mensaje sombrío para sus eternos enemigos. Por ahora la amenaza de la Flota Tiránida Leviathan había sido derrotada, pero los desafíos que esperaban a los Ángeles Sangrientos estaban lejos de terminar.

FuentesEditar

  • Codex: Ángeles Sangrientos (8ª Edición).
  • Codex: Tiránidos (8ª Edición).
  • Warhammer 40,000: Reglamento (8ª Edición).
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